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sábado, 22 de septiembre de 2012

UNA FOTOGRAFÍA PARA RECORDAR




Me quité los auriculares poco después de iniciar el descenso, no podía soportarlo más, la siesta había sido tan pesada que desperté más zombi de lo normal, es lo que te pasa cuando lo haces con la comida y casi que con el vino: la sangre está más en el estómago que en la cabeza. Y uno deja de ser persona. Creo que por eso nos atiborran de comiduza. Es el sistema menos molesto para debilitarnos y controlarnos. Lo hacemos nosotros mismos por ellos.

Así que viendo el panorama que me esperaba (fumar tumbado a lo bartolo) tomé la determinación de salir a pasear, que todavía no lo había hecho a esas horas (eran las seis) ningún día de las vacaciones, sigue haciendo demasiado calor, ayer leí que ha sido el cuarto verano más caluroso desde que se tiene noticia, yo no me acuerdo de los otros tres, no escribí sobre ellos, pero este ha sido especialmente cabrón, y aunque el otoño ha llegado al calendario aún no lo ha hecho a nuestra tierra, que es donde tiene que llegar, no a una jodida hoja de papel en el congelador, mi ventilador continua trabajando casi a plena potencia, incluso de noche, y porque darle caña al aire acondicionado se está convirtiendo en una temeridad por obra y gracia de nuestros sin pares políticos, que si no...

Pero me embargaba tal sopor, tamaño aburrimiento, que pasé de escuchar Radio Clásica o mi música y busqué algo diferente en el dial. Caí en los deportes, ya no me acordaba, y ahí lo dejé después de comprobar que en el resto de emisoras musicales no había más que mierda, así que me quedé con Ares y sus desquiciados mariachis, una bazofia monumental, pero ya os digo que yo era poco menos que un walking dead, aunque no tanto como para aguantarlos más allá del cuarto de hora, cuando mi sangre comenzó a repartirse por sus diferentes ríos, y entonces me fui con los de Punto Radio, que como tienen menos posibles son menos para gritar, que aquí hay que gritar para que los demás sepan lo que tienes, según parece, y allí me quedé hasta el principio del relato, preguntándome de vez en cuando cómo es posible que solo los idiotas tengan micrófonos. Sí, es otro buen sistema.

Hacía bastante que no oía el sonido del campo al atardecer, tan inspirador para poetas y demás almas en pena, lástima que la sed no me dejara prestarle atención, pues la botellita de agua más era ya caldo que ninguna otra cosa, que no me dio tiempo a enfriarla ante lo imprevisto de la salida, y tuve que concentrarme en pensar el trayecto más corto hasta el avituallamiento más cercano, que siendo sábado tarde es bastante complicado, "quizá el kiosko aquel..." Pero del kiosko aquel no quedaba ni la muestra cuando llegué quince minutos después, que se lo han llevao, y aunque había varios bares cerca no quería pasar a ninguno, además que se me había antojado un bote de cocacola, un bote de cocacola bien fría y una botella de agua para hacer base, que con esa sed hay que hacerlo así, y recordé la máquina expendedora de un restaurante a poco más de cinco minutos, y hacia allí me fui, cruzándome con niños que jugaban al fútbol en la hierba donde cagan los perros ante la atenta mirada de sus abuelas, parejas de puretas discutiendo el camino a seguir para pasear al perrazo y lolitas de piernas tostadas y pechos en flor, pechos en perpetua primavera, pechos vivos y crecientes, pechos todavía llenos de sangre caliente, sangre que fluye como el agua de esas atracciones, alegre por hacerlo donde lo hace...sí, yo también estaría contento si fluyeran conmigo, sí...pero todavía más si tuviera un bote de cocacola en la mano.

El restaurante estaba cerrado, no sé si parasiempre como tantos otros pequeños negocios, no me he fijado, estaba a diez minutos de casa pero no podía irme sin beber un bote de cocacola, ya era una cuestión de salud mental, "¿y el kiosko del parque infantil, el de los helados...ese tiene que estar abierto ya, no?", otros diez minutos de camino, y ahora entre la gente y sus hijos, y sus perros, y sus bicicletas, y sus balones, pero ya me daba igual, cuando el deseo aprieta todo te da igual.

Me ha dado tiempo a toparme con un amigo de la juventud que hacía siglos no veía e iba empujando un cochecito de bebé, solo, con tal cara de asqueamiento que me ha hecho sentir bien, no en vano aún recuerdo una jugarreta que me hizo, una nimiedad, sí, pero aquí la mayoría no andamos firmando tratados internacionales o estudiando la manera de expandirnos por Asia y joder al rival, aquí nos movemos por cosas como llévame hasta allí con tu coche, no puedo..., ¡sera hijoputa! ¡será hijo de milputas! ¡cuando hace dos días te dejé el mio para que te tiraras a aquella zorra!

A veces la necesidad te obliga a ir a sitios donde no quieres ir, como era el caso, que la propietaria del kiosko también nos hizo una mala jugada hace muchos años, y aquí hablo en plural, no le salió del coño darle unas pajitas a mi hermano pequeño que había ido de mandao del bar a por ellas, a pesar de que éramos uno de sus mejores clientes de verano, con todo ese rollo de los helados y granizados...tan mal nos sentó que no le volvimos a comprar a pesar de que vino a pedirnos disculpas, a aclarar el malentendido, pero uno puede aguantar carros y carretas, no que le chuleen, que a nosotros siempre nos molestó el vuelo de un mosquito, así que por unas pajitas se fue a la mierda una relación de décadas, que los de pueblo somos así, y los pueblerinos manchegos más.

Pero tal y como esperaba no estaba ni ella ni él, que ese kioskillo es peccata minuta para ellos, y sí una chica que tenía toda la pinta de ser su hija, demasiado joven para conocerme, me ha vendido lo que buscaba y me he ido de allí, de aquella marabunta, de aquel infernal lugar donde Jesucristo sería feliz, con una sonrisa de oreja a oreja. He cruzado la avenida en busca de un banco donde estar tranquilo, y mientras iba de camino me he bebido casi toda el agua, dejando un poquito para el final, que como diablejo sé más por viejo que por serlo.

Después de dejar atrás el último obstáculo, unos barbudos veinteañeros y todavía con gorrilla y patinete haciéndose los malos que me han incitado a pensar en el grado de su gilipollez, he alcanzado mi meta: un solitario banco desde donde se podía ver perfectamente la puesta de sol. Nadie en cuarenta metros a la redonda, más allá todos los demás. El paraíso.

Que diga lo que quiera quien sea, que si veneno que si alquitrán, que si limpiatornillos que si destroza estómagos...me ha dejado como Dios.

He encendido el cigarrillo de guardia, me he quitado el sombrero y las gafas de sol, y viendo su diaria muerte he tenido la misma sensación de felicidad, de calma, que la otra noche ante la iglesia.

Es curioso, pero uno tiene más consciencia de la fuerza del sol cuando se va que cuando llega, es como si amaneciera más despacio, como si su luz llegara más lentamente que cuando se marcha, que parece una lámpara de esas que se van apagando poco a poco pero no tanto como para no darte cuenta. Quizá no es tan diferente a nosotros, remolones hasta que entramos en acción, y quizá por eso se marcha a toda hostia, cansado de vernos, como nosotros con quienes nos rodean desde hace demasiado tiempo, pero él está con gente diferente todas las noches y nosotros con los mismos, o contigo mismo, que ya es más que suficiente para seguir matando moscas.

Me doy cuenta que esto son más fotografías para leer que literatura, pero releyéndolas algunas noches recuerdo que estuve allí, que a veces la memoria no basta, y aunque lo pasado no es gran cosa sí es lo suficiente como para seguir escribiendo de lo que vaya viniendo.

No sea que un día lo olvides todo y, entonces sí, te quedes sin nada.

2 comentarios:

  1. Lo de los chavales esos de 20 años (bueno, ya no deberian ser tan chavales) que te has cruzado con pinta de malotes es lo mas habitual hoy en dia. Ya no se ven menores de 20 que sean normales y corrientes. O son de esos malotes con perilla, que huelen mal y parece que te van a sacar una pistola como si se creyesen un negro del bronx, o son de estos bakalas que para el caso es lo mismo. Ya no hay “clase media“. Bueno, y las chicas de esas edades hacen que les tenga respeto a las putas profesionales, y de largo.

    Cuando yo era pequeño, no hace tanto, todavia veia a gente normal y corriente. Recuerdo ver a gente de 18 o 20 años que parecian hombres y mujeres, y hablo de principios de los 90.

    En cuanto a la coca cola... me gusta mucho, pero llevo bebiendo pepsi desde que era pequeño, supongo que porque es mas barata, y lo que hace es que cuando bebo una coca la disfruto mas. Tambien me encanta el trina de limon, en lata, no en botella.

    Un saludo.

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    1. Nuestros chicos y chicas están abducidos, nada es más fácil, y si un buen número de ell@s sueñan con ser el mejor delincuente o la mejor puta será porque les conviene a los que llevan a sus hijos a colegios high-level, nuestros próximos amos, y vuelvo a lo del león salvaje y el drogado del zoo: es mucho más fácil con el último. En España todo cambia para que nada cambie, como siempre. Mejor una juventud enferma que fuerte. Y esto es así a nivel global, mejor dicho, occidental.

      Venir de Grecia y Roma para terminar como los bárbaros.

      El cocido está a punto de estar en su punto.

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