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martes, 18 de septiembre de 2012

EN LA MUERTE DE CARRILLO




Desperté de un profundo sueño, tan profundo que todavía ahora me parece que sigo allí, en lo negro, pues todo es negro cuando se duerme profundamente, y a veces uno preferiría seguir allí, en lo negro pero durmiendo que en la luz y despierto: lo suficiente, al menos, como para seguir intentando evitar a gigantes y molinos de viento.

Puse Radio Clásica en el ordenador, parecía un especial de Bach, aunque más que de él era de otros sobre él, pues uno no es más que sus obras, que nadie vive de las ideas sino tiene orejas que las escuchen, ojos que las vean y manos que las estrujen. Miré en la Red por unas vacaciones en Silos, incluso estuve a punto de coger el teléfono, pero vi que ya se me había pasado la hora. Las cinco y media de la tarde lo es demasiado para según qué cosas y según quien, como yo hoy, le cuesta mil dudas hasta salir a comerse un bocadillo al bar de cualquier esquina, no sea que donde menos lo espere salten gigantes y molinos de viento, todos juntos, que hay días donde ves lo que hay y lo que puede o no haber habido. Y allí, entonces, sí que no tendría escapatoria. De allí, entonces, solo te traerías luces hirientes y destelleantes, malignas. Mejor la oscuridad que no te conoce.

Sonó el Liebestod del Tristán wagneriano adaptado para piano por Listz. Era como si con sola esa música fuera suficiente para no pasar frío en el mismo Polo Norte, como si esas notas, una a una, a diferentes cadencias, te arroparan mejor que nada, mejor que todo, y pensé, también, que ojalá y alguien la tocará para mi, aquí, sin máquinas traductoras, aunque quien lo hiciera fuera otra máquina, mejor, pero con el piano delante, que pudiera ver el movimiento de las teclas, una a una, a diferentes cadencias, como gotas de lluvia que caen del techo de tu habitación. Hay tardes en los que no te basta con oír la música: necesitas verla.

Y cuando terminó me levante y vi que Carrillo había muerto, a veces uno se sorprende más de la muerte de los muertos que de la de los vivos, a veces uno lleva tanto tiempo vivo que parece muerto, aunque esté ahí, más podrido que vivo, a veces la muerte llega mucho antes de lo que pensamos: no es tanto cuando te cierran los ojos como cuando tú los cierras a la vida.

Volví a tumbarme, anunciaron el Ave María de Bach en arreglo de no sé quién, pensé que era curioso en ese instante, en la muerte definitiva de un ateo, y recordé cuando yo era chico y nos enseñaron a recitarlo en latín, como el tenor, y me sorprendió no haberlo olvidado después de tanto tiempo, y más aún que mi memoria pudiera esquivar a tantos gigantes y molinos de viento como para llegar hasta allí sin tropezar con alguno. A veces pasan cosas imposibles.

Como la periquita blanca que se pasea junto a mi mientras escribo esto.

Miro la jaula y sigo sin ver por donde ha salido.


2 comentarios:

  1. Vale, tomemonos algo a la salud de los vivos, vivos. Los vivos muertos tardan un cojón en irse, más que los otros. En fin un lío.
    Saluditos.

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    1. Aunque parezca mentira, a veces uno no tiene ganas de brindar, pero si se lo pide un amigo...aquí esta mi copa. Echa. Hasta el borde.

      Un saludo, amigo mío

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