lunes, 27 de febrero de 2017

A TIRO DE PIEDRA




Salí de casa.

- ¿La va a tirar, señor? -me dijo la mendiga del súper señalándome una de las bolsas de basura que llevaba, esa de la que sobresalía el mango de una sartén.

Se la di.

- Dios le bendiga, señor.

Tiré el resto de la basura al contenedor y escuchando a King Crimson eché a andar.

Un seiscientos de color carmesí se paró poco después de dejarme atrás. Sonó un frenazo y un golpe seco, sin reverberaciones, que así es como suenan los golpes en la vida real. Me volví, miré y vi que el del 600 había abierto su puerta sin mirar atrás. Un coche blanco, uno cualquiera, había sido el inocente culpable. Se levantaron algunas lejanas voces, no tanto como para que se distinguieran, y viendo que allí no había perdido nada continué mi camino.

Ya en el nuevo y amplio paseo, en su derecha acera, magnífica en amplitud y sencillez, me acordé de la mendiga: "¿Y si ahora coge y me hace un hechizo o algo con la sartén? Nunca le doy limosna, ni la miro, me dan angustia...Ahí van huellas mías, restos de algún tipo aunque estuviera limpia, a esa clase de gente poco le hace falta para joderte, son como bestias...Pero bueno, ese Dios le bendiga no ha sonado mal...El nombre de Dios en vano, cualquier medio es bueno para el fin y todo eso...joder...Tendría que haberla tirado a la basura. No me faltaba nada más que preocuparme por los hechizos de una gitana"

Vi a uno a lo lejos y me acordé del tonto del pueblo, de uno de ellos: "Hace años que no le veo, ¿se habrá muerto?" Recordé cuando una vez, hace muchos años, siendo muy joven, casi me pegué con su hermano por decirle subnormal. No sabía que tenía un hermano subnormal. Pero yo entonces era lo suficientemente subnormal como para habérselo dicho aún habíéndolo sabido.

Al ir acercándome, no sé porqué, he sabido que era aquel, el tonto. Pero este de hoy iba con un bastón de ciego. Y aquel no lo era. Aunque uno, con los años, puede no morirse y sí quedarse ciego. Y este, definitivamente, se había quedado ciego.

El chico iba tan abrigado que apenas dejaba ver sus gafas: gorro, guantes, bufanda, abrigo...La tarde había sido poco menos que primaveral, magnífica, pero tengo comprobado que los ciegos no controlan bien el tiempo: es como si los ojos fueran necesarios para saber si has de sentir frío o calor.

Y ya cerca de él me he dado cuenta de lo que estaba pasando: un coche estaba ocupando el acceso al paso de cebra y el pobre chico andaba como un muñeco de videojuego, chocando su bastón una y otra vez con la valla que quedaba un poco más allá.

- ¿Quieres cruzar la calle? -le he dicho cogiéndole del brazo.
- Sí -he creído entenderle. Era él. Inconfundible voz. Además que recuerdo vive por allí.

Hemos sorteado el coche del escopetero (enfrente hay una tienducha de armas) y poco a poco, mucho, hemos alcanzado la otra acera mientras él me decía cosas que yo no entendía.

- Bueno, ya está...¿Te aclaras?
- Sí, sí...-he creído oir.
- Venga, hasta luego

Le he echado un último vistazo y he visto que torcía a la izquierda tras darle lo suyo a una señal de STOP. "Supongo que querría cruzar -he pensado ya de camino hacía la administración de loterías- Me cago en la hostia...que uno no pueda estar seguro ni cuando parece evidente que lo ha hecho bien..."

No la oía.

- ....que la quiniela estará el jueves -decía la jovencita
- Ah, vale -he contestado tras dejar por otro momento y un sólo oído al Rey Carmesí- Mírame estos, anda

38´42 euros, ha respondido el último de los ocho o diez papelajos que le había soltado

- ¡Hostia!
- Jijiji
- ¿Cuantos tenía?
- Cuatro. Una bonoloto.
- Joder, qué gusto
- Una lástima quedarse tan cerca de más
- Déjate que estoy muy necesitado
- Jijiji...


Ya cerca de casa iba pensando sobre todo esto. Un par de chavales, de esos evangélicos, de los que llevan su chapita negra identificativa, de aquellos que tanto nos hicieron reír, estaban entrando en mi edificio. O eso querían hacer.

- Buenas tardes -les he dicho sacando mis llaves- ¿vais a pasar? -y se han quedado un tanto sorprendidos ante mi ofrecimiento.
- Sí, por favor, gracias.

Uno era sudamericano y el otro yanqui. Aquel llevaba la (poca) voz cantante

- ¿Conoce usted a Juan? -me ha preguntado
- ¿Qué Juan?
- Un señor que nos ha dicho que vive aquí...Nos dijo que viniéramos...
- Ya, sí, pero aquí hay cinco portales y 7 pisos por portal; así que salen 35...
- Ajá...¿entonces...no conoce a ningún  Juan?
- Pues no...No; pero vamos, pasad e id preguntando.

Y así han hecho.


Tampoco es tan difícil.


No, no lo es.



viernes, 20 de enero de 2017

VIERNES NEGRO

"Basta con dejar de hacer lo que uno ha estado haciendo para darse cuenta de lo tonto que era hacerlo" pensó al ver un ciclista pasar a su lado dándolo todo sobre su bicicleta roja. Recordó cuando él había hecho lo mismo unos meses atrás, hasta que lesionó una mano y tuvo que dejar de hacer todo lo que había estado haciendo durante ese año. Sí, qué duda cabe, se había sentido bien, en forma para sus cuarentaitantos años, tanto como para decirse muy a menudo que ese era el camino, que eso era lo que había que hacer, que todo lo demás que le había llevado hasta allí, la mala vida, era un error, una estupidez, una completa pérdida de tiempo, pero...estando bien había seguido igual.

Escupió. El gargajo salió de su garganta llevándose consigo algo de la infección que todavía incubaba su pecho. El viento del norte pegaba de cara y todavía quedaba mucho camino para darle la espalda a la noche que ya venía. Decidió abreviar y volver a casa. De regreso alguien le preguntó por la estación de tren. Sorprendido, se lo explicó como pudo. Durante un rato fue pensando en otros trayectos mejores del que le había dicho al desconocido. "Bueno, al menos le he hecho saber que iba completamente del revés"

Ya en casa encendió una pequeña lámpara y un cigarrillo. Se sirvió un whisky y empezó a escribir algo. Recordó algunas de las cosas que alguna vez le habían gustado tanto como para jurarse que no podría haber nada mejor: amigos, músicas, mujeres, libros, lugares...Todo estaba ya tan lejos que había perdido casi toda importancia. Nada de todo aquello, de todo lo que todavía podía recuperar, era ni la sombra de lo que llegó a ser. Y lo nuevo, ¡ay lo nuevo!, ya traía consigo el pecado original que va de la mano del conocimiento y la experiencia. Sólo quedaba engañarse. Sólo quedaba levantarse por la mañana con fuerza para subir la persiana de la ventana.

Miró el reloj y vio que era hora de ir a ver a su padre. Se abrigó y ya en la calle volvió a ponerse los guantes que le habían regalado la noche anterior. Tuvo la impresión de no saber andar con ellos puestos. Por alguna razón también imposible de concretar se acordó de esos tíos que llevan años vagando de un lado a otro como zombis de un juego para Spectrum, como si no hubieran sido ellos sino su programador quien decidiera que tomaran aquel ácido o aquella pastilla en su más temprana juventud. Oía el motor de los coches, las conversaciones telefónicas, el tintineo de las llaves en su bolsillo, los pasos propios y ajenos, las lejanas risas de las chiquillas, cualquier cosa que pudiera oírse con tal de alejar el pensamiento que los guantes le habían traído. Se fijó en la enorme casa de la esquina que ya casi acabada andaba a la espera de la familia que le había dado la vida. Era tan grande, parecía tan grande, que uno no podía pensar más que en luz, calor, carreras y algarabía. Un grupo de chiquillos tiraba entre risas de un carro lleno de madera para las hogueras. El hombre se quitó los guantes, cogió las llaves y poco después entró a la casa de sus padres.

Él estaba en su sillón con la gomilla del oxígeno puesta; ella, planchando. Besó a ambos y se sentó en su sitio. Puso una de vaqueros y la vieron como quien ha visto todas las películas de vaqueros. Su madre le dijo que mirara los tobillos de su padre, tan hinchados como pueda tenerlos quien apenas puede andar. Al rato llegaron unos familiares con su pequeña nieta y, mientras subían las escaleras, el padre dijo que ni una palabra de sus tobillos. La criatura no parecía reconocer el sitio ni a quienes estaban dentro y se echó a llorar un poco. Pronto la entretuvieron con un gran almohadón con forma de sonriente cucaracha que la madre fue a buscar a una de las habitaciones vacías, todas menos la suya. El hombre se quedó un rato más y cuando iba a irse, su tía, mirando a la nieta, le dijo riendo que como estarían dentro de quince años.


Escupió. El gargajo salió como los otros. Recordó el susto de su padre el día anterior al darle explicaciones de porqué no le daba el beso de todos los días, "¿De qué color?" No, no era de ese color, del que ahora, diecisiete meses después de dar señales de muerte, le tenía confinado en su sillón.


Ahora la calle estaba vacía. Los cierres echados de los pocos negocios que van quedando, con sus luces apagadas y las alarmas encendidas. El viento del norte parecía venir ya hasta del sur.


El hombre llegó a su casa y encendió la lámpara del techo. No le importó el maldito ventilador que llevaba aparejado desde que años atrás se rompiera la cadena que lo había dejado en marcha por los siglos de los siglos.


El hombre sabía desde hace tiempo que arreglarlo era seguir igual.


Y encendió un cigarrillo, abrió una botella de vino y siguió escribiendo.

sábado, 24 de diciembre de 2016

INVENCIBLE PIARA

Pacía no lejos de ellos una gran piara de cerdos y los demonios le rogaban: "Si nos echas, envíanos a la piara de cerdos" Les dijo Jesús: "Id" Salieron ellos, se fueron a los cerdos y, al instante, toda la piara se arrojó al mar por un precipicio y murieron en las aguas.

Cerré el libro, recé y me dormí.

Desperté con el tiempo suficiente y estuve un rato con los ojos cerrados, hasta que vi la claridad necesaria. Volví a rezar lo mismo que cuando iba a dormir y me fui para el bar.


- Joder, tengo que comprarme un mono -dijo uno
- ¿Un qué? -dije
- Un mono
- ¿Un mono?
- ¡Un mono, coño, un puto mono tití, de esos pequeñitos, de esos que llevas en el hombro...!
- Ahhh...

Me acordé de la hija de Stanley Kubrick pero no se lo dije. Y tuve que servirme un whisky con cocacola zero: el extraordinario gin tonic post-comida no podía ganarle a ese puto mono ni llevando un full de ases y reyes en la mano.


Antes del mono había lavado al bar, llevado los periódicos a mi padre con la buena noticia de la caja de ayer, ido al moro para comprarle más limones, "¡que pases una feliz noche!" dijo el chaval, no llegué a decirle Feliz Navidad conformándome con un "y tú igual" que me trajo a la cabeza a Bergoglio. Abrí y puse música navideña, moderna. Llegaron algunos, pocos, y con todos estuve como quien se duerme leyendo la Biblia por primera vez en un año.

Vino mi hermano pequeño y me fui a comprar algunos retales que faltaban tras el destrozo de la noche anterior, siempre tan peligrosa. Dejé el coche cerca de donde tenía que comprar el tabaco y andando me fui para el centro a pillar las seis botellas que yo creía faltaban para completar la noche que va a venir. Cosa de poco, vodka y ponche, bebidas secundarias y cuaternarias, pero cuando un buen tipo pilla un buen juego le gusta ganar bien ganao, como esa torre a e1 de Fischer a Petrossian en aquella séptima partida de Buenos Aires.

Un grupito de muchachas estaba ante la estantería de lo que ya andaba buscando. No tendrían más de quince o dieciséis años. Y yo 43. Desde atrás, miré los estantes como si estuviera haciendo algo malo. Ellas no se decidían y yo no conseguía ver al puto Absolut por ningún lado. Fui a una de las cajas y pregunté: "hay lo que hay ahí", me dijo una una rubita no mucho mayor que las que no me dejaban ver bien. Volví. Ahí seguían. La guapa rubia de pelo liso, la jefa, estaba ofreciendo variantes a sus amigas como Geller, Nei y Krogius a Spassky en 1972. Yo estuve a punto de decirles que no bebieran, que luego los cerdos se tiran por el barranco y los dioses se esconden en Pasadena, pero me callé. Hasta que ya desesperado metí pierna y dije aquella frase naranjamecánica de mi juventud: "Perdón, señoritas..."

La rubia se echó a un lado educadamente y vi que Absolut  no estaba allí.

Llamé a mi padre por si estaba donde suele estar a esas horas y no lo conseguí por cero coma. "Pero no te preocupes que volvemos a por eso" dijo no sin que después me llamara dos veces para cerciorarse de que eran esas y no otras las botellas que necesitábamos.

- Que sí, esas.
- ABSOLUT, vodka. Y ponche
- Esa
- Vale, ¿ABSOLUT, no?
- ABSOLUT
- ABSOLUT

Las cañas de la Nochebuena se fueron casi como las de los demás días y entonces llegó el del mono con un amigo. Esperé a que se fuera un grupo que ocupaba nuestro sitio de la barra y serví las verduras rehogadas y el codillo que otro de mis hermanos había ido a comprar. 

Comimos. Me eché un par de vinos buenos y se me encendió el piloto automático. Para celebrarlo me puse el gintonic y empecé a interactuar y tal con los otros dos, el del mono y su amigo.

Hablamos de alcoholes, de borrachera duras y tal, de esas en las que no puedes jurar si la puerta atrancada de tu water esconde a una puta rumana muerta; de la absenta prohibida, la fuerte, la de los 70 grados al sol con todas las insolaciones previas; de las subidas del Red Bull con whisky; de la casi mortal resaca del Jaggermeister...


- Joder, tengo que comprarme un mono...
- ¿Un mono?
- Un mono
- Pero eso está prohibido, ¿no?
- ¡Qué va a estar prohibido! Yo sé donde los venden...pero no te voy a decir donde


Se fueron y llegó el aluvión. 


Siempre llega.



miércoles, 21 de diciembre de 2016

GARY COOPER QUE TODAVÍA ESTÁS EN LA TIERRA

Yo estaba ahí sentado, mirando de reojo la tele, comiendo las nueces que el abuelo nos estaba partiendo con su viejo cascanueces como si fueran esos peces venenosos de los japos, cantando de mala gana los ridículos villancicos de la abuela y todos los demás, cuando llegó borracho un familiar con su mujer. El hombre la cogió conmigo y estuvo un buen rato importunándome con sus tonterías. Yo, a pesar de mis nueve o diez años, pude darme cuenta de que el resto estaba incómodo, como esperando mi salvaje reacción. Por alguna razón me contuve y estuve bien, hasta gracioso, aunque todavía hoy recuerdo el fuego que me corría por dentro. Poco después su mujer se lo llevó y supongo que nosotros no tardaríamos mucho más en irnos a casa. Y estábamos subiendo al coche cuando mi padre me cogió aparte y acariciándome la mejilla me dijo que estaba orgulloso de mi.

- Una botella de Johnnie Walker -le he dicho a la chica del 24 horas. Podría haber cogido un resto de alguna del bar, tampoco voy a bebérmela entera, pero me he dado cuenta cuando ya no estaba allí. Y no era cuestión de volver e importunar a mi hermano viendo como el mayor volvía para llevarse a casa un poco de alcohol. A veces no hace falta hablar para molestar.

Una muchacha de apenas doce o trece años se acercó a la barra. Estaba sentada con su madre y su tía. Ya las conozco de otras veces. Su tío, uno que recuerdo le daba duro a la ginebra, estaba muy enfermo hace algún tiempo. Puede que ya esté muerto. Al padre lo vi este verano en la terraza con un gran esparadrapo por nariz. Recuerdo que una de las veces me pidió cambio para tabaco. Luego me enteré que a la madre también le habían visto algo mientras lo velaba en el hospital. Hoy la he visto un tanto hinchada de la garganta. La muchacha, en fin, se ruborizaba cada vez que me pedía su consumición. Seguramente haya llegado a verla en su carrito, pero ya no me acuerdo.

- Te falta la leche manchada -me ha dicho con la mirada baja y las mejillas arreboladas.
- Ah, sí, perdona...Ahora te la llevo -y se ha ido a sentarse con su madre y su tía.

Nos acordamos de él la otra tarde, mientras hablábamos de su hermano mayor, uno que al final se quedó a la mitad del camino y ahora anda medio ido por ahí, pidiendo un euro a quien cree reconocer para comprar una litrona en el chino y bebérsela junto a otros perdidos en el centro del pueblo. Se juntan diez o doce y ahí pasan los días, sentados en el banco frente a la tienda, hablando y riéndose de sus cosas y las de los otros.

- ¡Kufisto!

Siempre viene al bar en estas fechas. Sus padres todavía viven y aún siendo un moderno de toda la vida la Nochebuena todavía es la Nochebuena para quienes ya no cumpliremos los 40.

- El otro día nos acordamos de ti -le he dicho después de saludarle a él y a su chica.

Me han contado lo bien que les va en la isla, en sus estimulantes trabajos y en su bonita casa ajardinada frente al mar, y que no se quedarían mucho más allá de Navidad pues no era plan de dejar tantos días solo al perro.

 - ¿Tienes el tabaco que te dí ayer? -le he preguntado a mi hermano pequeño después de comer
- No, lo tengo en casa
- Pues ve a por él.

Había pillado otra racha de cinco días sin fumar, pero ayer, con el almuerzo y su puta copa de vino, vi que no se había llevado la mediada chivata de Golden Virginia que el día anterior le había dejado en la bolsa junto al montón de comida de mi gato muerto hace dos meses. Poco antes le había comprado un bolsón de tres kilos de comida seca para gatos seniors y esterilizados (él ya era senior desde hacía sólo medio año) y un tres por dos de cajas con diez sobres de la comida húmeda que tanto le gustaba: todas las mañanas veía al gato Félix de los ojos puestos relamiéndose feliz mientras yo cogía mi bote de cacao puro libre de grasa con el que aliñar mi té verde orgánico. Y viendo el tabaco me hice un pito pensando que me estaba equivocando. Me obligué a fumarlo entero y poco faltó para que al llegar mi hermano se lo metiera en los bolsillos; aunque menos que cuando ya de noche y a punto de irme a la cama, viendo una entrevista a un fascista con evidentes problemas de hígado, me entró tal ansia que a punto estuve de llamarlo para que me lo trajera corriendo.

- Bah, déjalo -le he dicho. Tenía tantas ganas de fumar que no podía esperar- Dame uno de los tuyos y luego me lo traes.

Poco después ha llegado un amigo, un drogadicto confeso, "llevo 20 años comiendo anfetas a diario y estoy bien" Bueno, según quien mire, pero mis ojos no son tus ojos y yo qué sé, nadie es nadie para juzgar mientras lo diga el Papa y no te toquen mucho los cojones, que no es el caso. Le puse una cerveza y una cazuelita de patatas con chorizo, me fui al ordenador, volví cuando acabó y viendo que estaba rulándose un pito le dije que me diera para uno.

- Toma. Ten cuidao que hay una china dentro
- No jodas que no quiero
- No, si es gorda, la vas a notar
- Vale

Salimos afuera y tuvimos una interesantísima conversación respecto a su trabajo, tanto que hubo un instante que se me fue la cabeza. Y estábamos acabando de fumar cuando lo llamaron y tuvo que irse.

La mañana había pasado entre el ciego, un medio ciego y un grupito de seres de otra galaxia que en dos meses ganan lo que yo en un año. Miré la caja y vi el agujero negro que había creado tras cinco horas, descontando prensa, pan y putos churros. Vino mi hermano y me fui a comprar. Entré a saco en la gran rotonda y por dirección prohibida al llegar a las señalizaciones del centro comercial. Estaba tan lleno que parecía como si Jesucristo hubiera dicho que nadie estaría salvo sin un carro en las manos. Pillé unas ristras de chorizo barato, unas pastillas de caldo Knorr, unos buenos aguacates, una botella de aceite de oliva extra virgen y una cajita de té verde orgánico y me puse a la cola.

Aceleré. Vi que el sol hacía por lucirse. "¿Hace cuanto que no lo veo?" En un instante deseché la habitual media hora en el sofá y pegué un volantazo a derechas.

Aparqué. Casi hacía calor. Casi estuve a punto de quitarme el abrigo y el gorro. Pero no lo hice. Eché a andar. Me quité las gafas de sol. No conseguía recordar la última vez que me dio en la cara. ¿Dos meses? ¿tres? Por un momento pensé en entrar al cementerio par ver la tumba de mi reciente tío muerto. Pero apenas tenía tiempo para eso. Seguí andando. Ya de vuelta el frío del norte me hizo ver que no me había equivocado al salir con todo el equipaje: una cosa es ir de espaldas y otra de cara.


El viejo estaba en el water cuando llegué.

- ¿QUIÉN? -preguntó al oír cerrar la puerta
- Yo -dije como tenemos acordado desde hace dieciséis meses a la misma hora

Después de toser mucho salió. Le di las buenas tardes y un beso. Nos sentamos y zapeé buscando una de vaqueros.

- ¿Ese es Gary Cooper, no?
- Yo creo que no

Pulsé el botón de info y era Gary Cooper. Me he alegrado de equivocarme

- Pues sí, es Gary Cooper
- Sí
- Claro -he dicho viendo el año (1952)- esto era cuando tú eras chico...Yo a este no lo tengo muy controlao...John Wayne vino después...
- Sí, un poco después -dice con las gomillas que le dan extra de oxígeno a sus pulmones
- ¿No querías salir esta mañana?
- No...me he levantao...pero luego he visto el sol y...
- Sí, hacía un buen sol...
- Luego se ha estropeao...pero bueno

Gary Cooper es bueno, pero el cocinero de Canal Sur también lo es aunque hable mucho. Y nos gusta verlo.

- A ver qué hace hoy

Unos aperitivos de Navidad: rulos de ensaladilla y...no me acuerdo de lo otro. Lo ha cortao Membrilla Televisión cuando iba a empezar con ello. Había jamón ibérico por medio.

- Joder
- Cada vez lo cortan antes
- Sí

Volvemos con Gary Cooper.

Ahora está persiguiendo a quien antes parecía ser su amigo. Al final consigue acorrararlo a base de fuego. El malo se escapa pero el bueno va detrás de él hasta que lo atrapa sin matarlo, "quiero que sepan la verdad de tu boca"


Y lo último que vemos es a Gary Cooper lleno de banderas y medallas ante la emocionada mirada de su mujer y su hijo.







miércoles, 14 de diciembre de 2016

MUST TO HIGH

- ¿Tenéis "La isla del día de antes", de Umberto Eco? -le pregunté a la bibliotecaria después de que le diera un librito de Lope de Vega a una lolita que estaba antes que yo.
- Ummm...creo que no, pero vamos a ver.

Miró en el ordenador y fue entonces cuando recordé que esto ya había pasado antes. Y mientras ella buscaba en la memoria de otro vinieron a la mía Hannibal Lecter y Marco Aurelio.

- No, no lo tengo.

Lo sabía.

- ¿Tienes algo de Marco Aurelio? -creo que la otra vez me llevé uno de Cicerón. ¿O era Suetonio?
- Espera a ver...

Sí, sus Meditaciones

- ¿Vale?
- Vale
- Vale

Fue a por él al piso de arriba mientras yo miraba desde abajo. Jamás he subido allí. Seguramente esté prohibido.

Salí de allí y me fui para la casa de mi padre pensando que después, en la mía, iba a echar un buen rato leyendo un libro escrito por el último buen emperador romano, según decía el inicio de la introducción y estudio preliminar que hojeé mientras andaba.

Al fin llegué a casa, encendí la calefacción y el brasero, me puse el pijama y la bata y me fumé un pito ante al ordenador para darle tiempo al calor. Apagué la luz principal y su maldito e ignoto ventilador, encendí la lámpara negra de Gin Bulldog, la acosté sobre la cabecera del sofá y ya cómodo abrí el libro prescindiendo de toda introducción y estudio preliminar.

Veinte minutos después comprendí que ese libro estaba escrito por el último buen emperador romano y que yo era un solitario camarero de 43 años de La Mancha leyéndolo dos mil años después de haber sido escrito.

Lo cerré, lo dejé encima de los otros, me levanté, me masturbé y me fui a la cama. Y ahí me di cuenta de porque me había acordado de Hannibal Lecter y Marco Aurelio.

Yo estaba enfrente de la casa de un hijoputa. Era hoy y hacía frío. Allí adentro había mucha gente, muchas risas, el calor suficiente. Cosa rara, estaba fuera pero era como si estuviera dentro: todo lo veía y todo lo oía, todo me sonaba conocido. Tanto que llegué a pensar si no habría pasado dentro sin darme cuenta. "Joder -pensaba- ¡pero no veis que es un hijo de puta!...¿por qué estáis aquí? no os dais cuenta que es un falso, que todo es una impostura, que es un mentiroso, un aprovechado, un demonio...Joder, esto no puede ser, todo la puta vida igual, siempre lo mismo...¡¡¡PERO DE VERDAD NO VEIS COMO ES!!!"

Desperté.

Ya en el bar estaba bromeando con el vendedor de los ciegos antes de que se fuera a su kiosko.

- No das ná, hijoputa.
- A ver esteee...

Nada. Cero de cuatro.

Y pasó uno un tanto acelerado con un papel en la mano.

- ¿Donde pongo esto?

Iba a decirle que en mi bar no ponemos carteles cuando vi que era una esquela.

La cogí. Mi tío. El hermano de mi madre. Sesenta y un años. Llamé a casa: "¿cerramos?", "habla con tu hermano" dijo mi padre. Hablamos y decidimos seguir abiertos. Me entró una especie de presión en la cabeza y pasé al water para quitarme los ajustadísimos slips que ya al ponérmelos en mi agónico despertar había vislumbrado que iban a darme problemas. Liberado, me fijé en como una extraña pareja languidecía en una de las mesas. Ella estaba diciéndole a su pasión mora que necesitaba un poco de chispa en su vida, un poco de "espontaneidad" Entre los dos sumaban un siglo largo de vida. Ella no hacía más que hablar y hablar como si tuviera una cámara de Telecinco por cabeza; él musitaba algo de vez en cuando. Entré a la cocina y empecé a pelar patatas.

Ya era mediodía cuando llegó mi hermano pequeño. La loca y su moro ya se habían ido y ahora sólo estaba una tía que ni sabía el nombre del bar donde estaba tomando un café.

- ¿Como se llama este bar? -me había preguntado con el teléfono en la oreja
- Solzimer
- ¿Como?
- Solzimer

Le dije a mi hermano que la que había debía un café y salí afuera para coger el coche y hacer las compras de todos los días. El sol había vencido a la niebla y me maravillé por no haberme dado cuenta. Encendí un cigarrillo y enfilé hacia el mercado. Vi la farmacia y pasé de recoger el bote de ácido ascórbico que me guardan desde ayer. Pillé un carro sin moneda y compré lo justo. Una embarazada que parecía haber sido maquillada por Jack Nicholson me la puso bien dura mientras esperábamos con nuestros carros. El gilipollas que estaba detrás de mi no hacía más que gritarle paridas a su puto hijo. La chica de la caja me recordó a mi primera novia, la que luego se hizo monja. Le di mis billetes y la tarjeta club y me devolvió un montón de papelajos y algunas monedas. Iba a la administración de loterías de la morenaza para jugarme un euro a la bonoloto cuando a diez metros oí la voz del gilipollas que antes estaba detrás de mi y ahora lo estaba delante. Y me fui.

Llegué a casa. Me duché y me afeité. Me puse unos buenos calzoncillos y pillé un jersey verde que venía con camiseta de ron Matusalem.

Buscando aparcamiento en los alrededores del tanatorio vi un pequeño hueco en una esquina que estaba a punto de dejar atrás. "Joder, qué suerte": cincuenta metros más allá estaba la puerta de quien conserva a los muertos como los productos al 50 % del super para consumir en el día.

Vi a mi madre y la besé. Vi a su hermana pequeña y besé sus lágrimas. Vi a la mujer de mi tío y la besé mientras me cogía tan fuerte que me hizo estremecer. Besé y abracé a sus hijas, desde hace tiempo casi desconocidas, y me sentí como el hombre elefante en brazos de Anne Bancroft, besé a la que me dijeron era la hermana de la mujer de mi tío y...vi a uno de mis hermanos.

Me senté con él. Con mi jersey verde, mi camiseta de ron Matusalem y mis calzoncillos a medida. Miré a mi madre y vi como mantenía el tipo entre todo ese drama: cinco hijos, cinco machos, un marido con cáncer de pulmón, dos hermanos pequeños muertos, un padre con el corazón reventado cuando sólo había parido a tres, una madre maltratadora que no la dejó vivir hasta que mi padre la rescató de toda aquella mierda, una mujer capaz de perdonar hasta esto, hasta cuidarla cuando ya está tan ida como para para darle un vistazo a su ojito derecho muerto y decir que la lleven a su casa, a su residencia de lujo, a la que sus hijos tuvieron que llevarla para que no le comiera la mierda, la basura y las ratas en sus delirios religiosos...

Vi a más gente desconocida. Saludé a algunos. Y me fui sin derramar una lágrima.

Eché marcha atrás de aquella afortunada esquina y casi me llevé por delante a una vieja puta rumana de puerta de supermercado y vaso de plástico en la mano.

- Ehhh...-dijo golpeando el coche
- Vale, vale...

Aceleré antes de que le diera tiempo a ver mi matrícula para que su chulo le diera una patada en las piernas.

Ya en el bar hicimos lo de siempre. Vino un amigo y bebimos mientras oíamos a Guns n´Roses. Después llegó mi hermano y me fui. Podría haber vuelto al tanatorio, todavía tenía un margen de hora y media hasta ir a ver a mi padre, pero preferí venir a casa y empezar a escribir esto. Y eso es lo que hice.

Fumar en cadena, beber como el agua y escribir. ¿Acaso puedo hacer algo mejor?

Guardé el material escrito. Fui a ver el viejo. Hablamos menos que de costumbre, que ya es no hablar. En la tele unos vaqueros estaban con sus cosas de todos lo días. Creí ver a Lee Marvin acojonando toda una iglesia y se lo dije: "a ver...Sí, es él" Acto seguido un subnormal le pegó un tiro y se lo cargó. La peli era del 54, cuando Lee no era nadie, cuando todavía no había tirado al suelo el filete de John Wayne. En los anuncios puse al mierdas del cocinero de Andalucía Televisión y vimos como empezaba a hacer la receta que jamás termina. Membrilla Televisión tiene la culpa. Y jode, vaya que si jode. Todo jode cuando te lo cortan. Llamé al pequeño y le dije que viniera a hacer el cambio de guardia.

Y con su novia, andando, charlando, tan hermosa como una estatua romana con la melena azulada, volví al tanatorio.

Y ahí estaba mi madre, tan entera como seis horas antes, Vi a su tía, tan querida por ella, y le di dos buenos besos; saludé a su marido, ese que nunca se ha llevado bien con mi padre y que ahora nadie puede asegurar quien está peor de los dos; hablé con uno de sus hijos y poco después me di cuenta de que uno que estaba por ahí podría ser que fuera otro de ellos. Al final, ya cuando me iba, nos saludamos. Era ese, uno de hace veinticinco años.

Alguien me preguntó si estaría dispuesto a dar clases de ajedrez a los niños; yo respondí tan evasivamente como Marco Aurelio en una casa de viejas putas rumanas. Y por cortar el rollo fui a ver a mi tío muerto.


Estaba como durmiendo pero como muerto.


Jamás hablé de nada con él. Antes de irme me despedí de sus hijas y de su mujer.


Y una de aquellas desconocidas me cogió la mano de tal forma que tiemblo al recordarlo.




sábado, 10 de diciembre de 2016

GRATRAE

Vi a una mamá primeriza mirándose en el gran espejo de la salida del water; vi a uno que en dos horas rió más que yo en dos años; vi a uno a quien le encargué una barra de hierro de metro sesenta y cinco hace casi uno y medio; vi a uno con su único testículo sano discutir de política con su divorciada novia de cincuenta años; vi como iba emborrachándose hasta las babas uno que pronto será padre por segunda vez; vi a un chico bien que dentro de diez años estará en las reuniones de padres de alumnos de colegio privado; vi ningunearse a una psicóloga para que su más que maduro macho alfa la vaya preñando; vi a un grupo de chicos y chicas pasándose sus bebés de brazo en brazo; vi a una pareja de puretas besándose como si fueran a escribir dos libros; vi a un drogadicto que el sábado que viene irá a Zarautz para estar unos días con su hija; vi a un chaval inteligente, sin más amor que el obligado, hablándole a una chica con ojos de mosca; vi a uno de mis hermanos; vi a uno que trabajó con nosotros; vi a un ciego y su lazarillo de los sábados; vi a una que ve tan poco como para llamarme; vi a uno que sólo viene los sábados a la misma hora; vi su cáncer en el de mi padre; vi a la mujer de un sargentillo retirado; vi a uno que te pide el café como si fueras lo que acabarás siendo; vi a una mujer.

Salí del bar. Ella estaba ahí fuera, con sus amigas. Eché mano al bolsillo y no tenía ninguna de mis llaves. Pasé adentro y me las dieron.  Arranqué el coche para ir a ver a mi padre.

Y me fui cuando llego mi madre.

domingo, 4 de diciembre de 2016

PENITENCÍAGETE

Llegué a casa. Encendí la calefacción sin quitarme ni el gorro y ya sin él, pero todavía con el abrigo, el brasero. Me puse el pijama, la bata y me rulé un pito ante el ordenador. Y tras unas cuantas caladas lo dejé reposar para irme al sofá.

Nunca me gustó hacerle señales a los libros, marcarlos como si fueran vacas a no confundir. Un libro es una cosa seria. Y una cosa seria requiere tu atención y tu memoria, nada más.

Encendí la bombilla sobre la botella de Bulldog que hace tiempo me regalaron y me dispuse a terminar de releer El nombre de la rosa no sin antes levantarme perjurando para apagar la excesiva y olvidada luz que venía del techo.  Abrí el libro por donde más o menos recordaba haberlo cerrado la noche anterior y a golpes de vista llegué donde no recordaba.

Tres horas y media más tarde, a eso de la una y media, lo acabé. Disfruté tanto el diálogo final entre Jorge y Guillermo que di por bien merecidas mis prisas por haberme quitado de en medio a vuela ojo el pesado, pesadísimo, sueño de Adso previo al encuentro final: a veces los escritores creen que son médicos.

Ya en la cama tardé un rato en dormirme. No podía olvidar a Jorge y su abadía. Eché mano al libro de las mejores partidas de Karpov y poco después lo conseguí.

Me hicieron mucho bien las dos horas extras de sueño. Hoy es sábado y mucha gente no trabaja. A las nueve, puntual, sonó Fool in the rain. Yo ya estaba despierto pero dejé que hiciera su trabajo, no como con Honest with me, que poco me falta para dejar mudo a Dylan antes de que acabe su primer verso. Y cuando  Bonham estaba dándolo todo por segunda vez supe que mis últimos diez minutos se estaban acabando. Me levanté, hice mis cosas y me fui para el bar.

Faltaban algunas y tuve que ir al francés. Viendo los precios de las patatas resolví que mejor era comprarlas en el moro, no sin antes llevarme unos buenos filetes de buey que el tatuado carnicero me había aconsejado. Ya en el moro vi que las patatas baratas lo eran porque lo valían, no como antes de ayer, y al final tuve que comprar otras al mismo precio que estaban las de donde venía.

Estaba dándole un chachazo al bar, a punto de llamar al panadero, cuando su rumano llegó derrapando con la furgoneta mientras yo limpiaba la entrada. Todavía estaba el suelo mojado y llegó el ciego. Le puse su café con hielo y sacarina, sus dos magdalenas, su vaso de agua, su otro vaso de agua y todo lo devoró como siempre, como si delante de él hubiese alguien que quisiera quitárselo; después le di mi teléfono, habló con el número que le había marcado y me puse a pelar patatas.

El partido era a las cuatro y yo no lo tenía desde hace cuatro años. Algunos despistados vinieron preguntando por él; veían el espacio vacío y casi sin esperar mi respuesta se iban a otro sitio. Llegó un viejo que no conocía hablando de cánceres propios y ajenos; una ciudadana más moderna que un Ipod de 2036 ;un proveedor con su gente sentenciando vinos malos y peores; una psicologada psicóloga pidiendo por gintonics con sabor a astrolabio para ella y sus pacientes amigas; uno que fue concejal del PP y ahora mira a las esquinas; uno que antes tenía pelo y ahora tiene dos hijos; una que por la mañana se come el churro con sacarina; uno que hace veinte años le dije que me hiciera un favor y no me lo hizo; otro que ayer se dejó cien euros en la tragaperras y vi como esperaba en su coche por si yo hacía algo más que recoger su copa...

Estaba a punto de irme cuando un amigo me dijo que había un teléfono cargando la batería en el suelo que ellos estaban pisando.

- Le dije que lo cargara donde estaban sentados.

Pero nadie hace caso. Y luego se van y no se acuerdan hasta que necesitan un culpable.

Y después, ya en la casa de mi padre, estuvimos viendo el Cádiz-Zaragoza.

En el descanso puse Teledeporte y vimos a una gente extraña haciendo Bobsleigh.


- Joder, están locos.
- Sí -dije yo- Pero son valientes.
- Ná...están locos.


Y volvimos al fútbol y un calvo del Cádiz metió un golazo.