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sábado, 11 de julio de 2020

MASCARILLA

Lo mejor, sin duda, era salir a la calle. El piso, especialmente el salón con su gran ventanal, lleva en modo horno algunas semanas y en esas condiciones no se puede hacer nada. Está la opción de quedarse tumbado en el dormitorio, algo más fresco por oscuro, pero resulta un tanto deprimente meterse en él cuando son las siete de la tarde. Miré el teléfono y vi que la temperatura afuera no era tan alta como otros días, podría soportarlo con cierta facilidad. Hace algunos años ni miraba esas cosas. Claro que entonces una de las cosas que no tenía era un teléfono que me dijera la temperatura que había afuera.

Bajé en el ascensor alemán disfrutando de su frescor. Una pegatina sobre los llamadores mostraba la caricatura de una pareja de simpáticos ancianos sin facciones con una llamada solidaria. Es cosa de los del mantenimiento. Todos los meses hacen la revisión y ya de paso ponen una pegatina corporativa adecuada a las circunstancias del momento. Sólo las de diciembre sufrían algún acto de vandalismo. La del año pasado ya venía nada más que en castellano. Quedó impoluta.

La tarde, en efecto, era calurosa pero no tanto como en el piso. El movimiento (está demostrado) produce calor pero su ausencia causa desesperación. Pasé por delante de la piscina municipal, bajo los árboles del mediado aparcamiento, y ya sin más sombra que transitar enfilé hacia una de las avenidas de la desierta ciudad. Allí fue donde me crucé con aquel gilipollas.

Es una acera grande, espaciosa, con el tamaño suficiente como para hacer una vía de tres carriles de coches. De frente, a lo lejos, a unos doscientos metros, vi a un tío caminando en sentido contrario al mío. Con una cierta sorpresa (todavía me sorprendo) observé que iba con la mascarilla puesta. Bien, yo iba sin ella pero el espacio entre nuestras respectivas trayectorias era más que suficiente como para respetar al menos tres distancias de seguridad. Sin embargo, y poco a poco, noté como el tío tendía su línea de paso hacia la mía, tal que si hubiese caído en mi zona de gravedad y no pudiese escapar de ella. Y fue la cosa que al llegar el cruce de las dos fuerzas poco le faltó para sobrepasar el límite del cual iba él protegiéndose, quizá esperando que yo, avergonzado por algo, tendiese al otro lado, a la pared de la cual me separaba metro y medio, al paredón de los edificios, cosa que no hice en ningún momento. Tampoco bajé la mirada ni miré a ningún sitio más que al frente, pero en ese último instante pude ver auténtico odio en su mirada, algo tan desproporcionado que estuve a punto de echarme a reír. No miré atrás pero juraría que él sí lo hizo, pues la sensación de odio hacia mi persona la llevé conmigo durante lo que quedaba de avenida. Y fue esa misma sensación la que me dio fuerzas para decidirme a tomar el camino hacia los molinos. El odio fortalece. Sólo la risa destruye.

Tomé el camino que va junto a la carretera. Un camino lleno de maleza sólo aliviada por las huellas de los tractores, pero con todo preferible al escaso arcén alquitranado: allí casi puedes sentir al fuego subir por tus piernas. Apenas vi coches, qué decir de humanos. El campo abrasado, las tinajas derruidas, el puente y la vía del tren. Me las vi negras para cruzarlas: un mar de espinosos cenizos la guardaban celosos. Al fin encontré un claro y mirando a los lados bajé entre las traicioneras piedras puntiagudas. Volví a mirar y crucé las traviesas, los raíles, las piedras y las malas hierbas del otro lado hasta llegar al pequeño sendero que todo lo bordea. Allí meé y me rulé un cigarrillo para después.

La última vez que subí los molinos vi bastante gente. Ya era época de mascarillas pues muchos las llevaban puestas aún subiéndolos. En esta ocasión no encontré a nadie. Sólo arriba un coche aparcado junto al mirador daba señales de vida. Una pareja muy joven estaba sentada a la vuelta del segundo molino, en su sombra, la que a esa hora mira hacia el pueblo, abrazados. Bajé recortando por la cantera y ya en la otra cara del camino seguí sin cruzarme con nadie.

Tomé el atajo que hay antes de pasar el puente del otro lado que te devuelve al pueblo. Bajo él, a mano derecha, hay un difícil sendero que por detrás alcanza al cerro. A su vera, a mano izquierda, hay una pequeña finca con algunos árboles frutales: el limonero es un primor cuando está en flor. A la derecha, otra pelada y seca con un burro que vaga por ahí. Pero el que vi ayer era un burrito, no el otro que casi acaricié una vez tras la valla: se acercó tanto a mi desde tan lejos que estaba que tuve la tentación. Luego, cuando volvía a pasar por ahí, siempre lo saludaba. Él hacia el amago de venir pero yo no paraba y entonces la distancia parecía ser más grande. Este chiquitín se conformó con rebuznar con ganas desde su posición en la valla este. Yo le saludé a grandes voces mientras subía hacia el norte y él entonces se calló. Agarré bien la cuesta de cabras que alcanza el cerro por detrás y resollando alcancé su cumbre arbolada. En ella volví a mear y dejando atrás al santo de piedra salpicado por hoces y martillos y a la antena de telecomunicaciones enrejada descendí hacia la ciudad.

Ya en ella tampoco vi a nadie durante unos minutos. Sólo cuando llegué a las inmediaciones del pabellón encontré a unos chavales jugando al baloncesto en una maltrecha pista adyacente. Un poco más allá el pequeño parquecillo trasero lindante a la carretera. Unos adolescentes se encaminaban hacia él riendo. 


Entré en la primera calle con nombre y encendí el cigarrillo. Dejé la sombra de la acera afortunada y me pasé a la del sol para no molestar a los contados enmascarillados que venían de frente. Con todo, por ella venía una mujer con su carrito de bebé. Y me eché a la calzada.


Y así, zigzagueando, fue mi regreso a casa.


Sólo al final, ya anocheciendo, cuando no hubo más remedio, me puse la mascarilla que había llevado en el codo todo el tiempo.




miércoles, 27 de mayo de 2020

TABURETE

Llega la noche, sus parejitas, sus cuadrillas y sus solitarios. Toca fijarse en estos, copa en una mano y teléfono en la otra, mirándolo como si fuera una estampita de aquellas que adoraban nuestras abuelas, esperando no se sabe qué, quizá introduciendo la secuencia correcta aparezca la Pataky deseosa de hacerte una mamada por la cara. Un trago, una mirada alrededor, nadie mira a los capullos solitarios con móvil en la mano, "ponme otra", y venga a teclear en la máquina, a levantar la mirada, a ver que nadie te mira. Al final, aburridos y decepcionados por otra noche más sin dar con la clave, se largan a sus cuchitriles para meneársela antes de dormir, ahí no hacen falta códigos ignotos, únicamente la mano y que aún se te ponga medio dura. Al sobre, a soñar que eres el que muchas veces soñaste llegar a ser.

Estoy recogiendo cuando entra uno de esos solitarios que se había largado media hora antes. Lo conozco, un cuarentón soltero, apocado, obeso, calvo, feo y vicioso. Hacía tres o cuatro años que no lo veía por mi bar. Es el típico desgraciao que se pone a todo lo que da porque no se soporta a sí mismo. Algunos lo llevan bien pero este no pertenece a esa categoría. No es peligroso cuando está pasado pero molesta. Me hizo las estúpidas preguntas de rigor, contesté en modo "pasando del tema", se bebió su copa y se marchó. Por eso me sorprende verlo otra vez. Aunque ahora no parece él.

Sí, es el mismo tipo que se había ido normal media hora antes, pero ahora tiene las pupilas tan completamente negras y brillantes que me asusto: son iguales a las de los demonios en forma de niños que atormentan a Judas poco antes de ahorcarse en "La Pasión" de Gibson. Enseguida me doy cuenta de que a ese tío le va a pasar algo. Para más inri me hace exactamente las mismas preguntas de antes. Yo lo miro y me quito de en medio esperando que le pase cualquier cosa en un breve.

Al minuto cae rodao del taburete. El nota está tirado en el suelo boca arriba, cerrados los ojos, un hilillo de sangre sale de su cabeza. Una tía que es bizca y enfermera, puta rematada, borracha como una cuba, se acerca a él. Nos aparta a los seis o siete que estamos alrededor del caído y empieza a hablarle, "¡¡¡LLAMAD A UNA AMBULANCIA!!!" El tipo consigue abrir los ojos y farfulla cosas ininteligibles. Se reanima un tanto y abraza como puede la cabeza de la chica:

- ¿Me...me quieres? -le pregunta
- ¡¡¡SÍ, TE QUIERO, ABRÁZAME FUERTE, NO TE DUERMAS!!!
- Yo...yo te quiero mucho...
- ¡¡¡Y YO A TI TAMBIÉN!!! ¿HABÉIS LLAMADO A LA AMBULANCIA!!!
- Sí, coño

Saco un paño limpio y se lo coloco bajo la cabeza. Llega la ambulancia. La enfermera de todos nosotros conoce a la doctora de guardia, una mujer bajita, consumida, que la hace a un lado en cero coma dos. Se agacha sobre el caído y le habla mientras apunta una luz sobre sus pupilas. El tipo va recobrando el poco conocimiento que le queda y habla, dice su nombre, su dirección, que siente mucho todo aquello, que lo dejen ir...Se lo llevan.


- Ponme una copa, Kufisto -dice ya más tranquila la buena samaritana llegándose a mi rincón-
- Vale, pero bébela rápido que voy a cerrar.

- ¿Vamos a tomar la última por ahí, no? -dice-
- Venga

Subimos en mi coche y nos vamos. Acabamos la noche en el último bar abierto, el primero en abrir allí cuando todos los demás por fin cierran. Ahora sí nos tomamos la última, la dejamos casi entera  y conduzco hasta el cercano polígono industrial para ver la salida del sol. Aparco, me besa y me echa mano a la bragueta.


- Me voy, Kufisto -me susurra al oído recién duchada-
- Mmm...
- Que me voy a trabajar
- Ehhh...¿Qué hora es?
- Las doce y media
- Joder...Quédate un poco más, ¿no?
- No, tengo que irme -dice mientras me besa en los labios- Tengo papeleos que hacer antes de ir a trabajar. Eres un encanto
- Ohhh, joder...¡quédate un poco más! ¡te quiero!
- No...otro día, de verdad. Adiós, Kufisto


Oigo la puerta cerrar, me levanto, me doy una ducha, me afeito, me lavo los dientes y me miro en el espejo.


Jodeeer...




sábado, 23 de mayo de 2020

PIEDRAS

El sol pareció llegar como quien tiene prisa para irse a otro lado. Un cielo azul casi ocultado por grandes y perezosos cirros lo precedía. Por debajo de ellos la habitual procesión hacia el mismo destino de todas las mañanas, aunque ahora toca llevar los capirotes sobre la boca. No importa. Antes no era así y tampoco nuestra estrella varió su marcha. Le da igual. También a nosotros, claro: nadie le canta ya canciones. Está ahí, siempre ha estado ahí, y punto. Da su luz y nosotros andamos en ella, olvidados de él y absortos en lo que nos muestra. Es como poner la tele o la radio para que hagan ruido. Muchos sólo consiguen dormir así.

Flores que nadie ha plantado exhalan susurrantes alientos de vida para algunos y malestar para otros. Pequeñas mariposas blancas revolotean errantes entre ellas. El viento que nosotros no vemos y apenas sentimos las lleva como alcohólicas hacia nuevos bares. Hormigas enfiladas cruzan los caminos ajenas a los peligros que en ellos las acechan, aunque tal vez sean menores a no hacerlo. Es el instinto. Tienen que hacerlo como harían otra cosa si tuvieran alas blancas.

Malas hierbas crecen exageradamente junto al terraplén de la autovía vallada. Entre el espacio dejado por sus alambres se retuercen formando figuras grotescas, desafiantes. El breve alquitrán detiene la conquista y más allá quedan las tierras labradas y la perpetua lucha de quienes cuidan de ellas. Después, a lo lejos, la sierra ignota, todavía azulada, siempre azul.

Árboles salvajes junto a las valladas vías del tren hacen de urinario para los caminantes y cagadero para algunos perros sin dueño. Piedras de vía, piedras que sobraron, piedras caídas en el último momento, piedras volcadas por alguien que quizá volcó la noche anterior, piedras iguales o mejores a las que están allí arriba, en su sitio, entre las vías, sujetándolo todo unas contra otras, en la vibración, en la onda correcta. Piedras.


El chico estaba hoy un poco serio, o quizá sea mejor decir que no tan alegre como antes. Pronto hará un año y ya se le va notando. En sus ojos, en su intensa mirada azul, en la inteligente fijeza que ya demuestra, se ve que va dándose cuenta de que está dejando de ser un juguete en brazos de su tío o de cualquier otro. La memoria llegará más tarde, claro, pero el instinto ya está ahí: el instinto nace cuando puedes mover tus piernas y mantenerte sobre ellas, aunque todavía sea tan complicado como para necesitar la ayuda de su tío, de uno de ellos, aún de ese que habiendo andado mil caminos sigue meando fuera del tiesto.




martes, 19 de mayo de 2020

BABY BLUE

Mi padre apoyando las manos sobre la cámara frigorífica que estaba junto al ventanal, esa en la que enfriábamos las jarras de cerveza. Desde allí se veía el bar de enfrente. Él miraba y callaba. El nuestro casi vacío y aquel casi lleno. Una noche cualquiera. Otra noche de aquellas. ¿Cuantos años tendría él entonces?

Ni se miraban cuando hacían la caja, qué decir de hablar. Él y su socio, su primo hermano. Mi padre cogía las cuatro perras y luego nos íbamos a casa, andando. El trayecto era corto, apenas cinco minutos. Me gustaba andar junto a mi padre después de trabajar, de vuelta a casa. Hablábamos de cualquier cosa menos del bar de enfrente y de mi tío. Entrábamos en casa y mi madre preguntaba qué tal nos había ido. "Bien" era la respuesta de siempre, como cuando iba a ver al abuelo y me preguntaba por como iba el bar. Él lo dejó antes de cumplir cincuenta años, apenas cuatro de los que yo ahora tengo.

Dormí mal y salí a pasear. La mañana era espléndida pero yo no. Una vieja con mascarilla me dijo que yo no la llevaba y poco me faltó para mandarla a la mierda. "Todavía no es obligatoria, chivata" respondí. Ya son muchos días solo y hasta yo me sorprendí de la acritud de mi voz. La verdad es que me dieron ganas de partirle la cabeza. Puta vieja estúpida.

No tenía ganas de andar más y recorté. Bajé por el centro del pueblo y vi que algunos bares empezaban a sacar las terrazas, terrazas grandes, de esas que aún partiéndolas por la mitad todavía pintan algo. Pasé junto a la casa de mi madre y poco después llegué a la mía tras comprar algo en la tienda de la mora.

Me eché en la cama y miré el reloj: todavía faltaba un buen rato hasta las diez. Habría podido estar por ahí pero ya estaba aquí. Intenté dormir y no pude. El cansancio de la mala noche seguía, pero el sol ya estaba ahí aún con la persiana bajada. Abría los ojos y veía claridad. Era de día, era el día, y no se puede dormir así. Si ya es complicado de noche qué decir de día. Me levanté y comí antes del mediodía.

Volví a la cama y unos poceros me sacaron del sueño que llegaba. No pude volver a cogerlo por más que lo intenté. Cuando se fueron a eso de las dos yo ya estaba totalmente desvelado.

Pasé la tarde viendo una serie que ya he visto. No es mala pero tampoco buena. Demasiado larga. Las cosas deberían guardar el sentido de la medida, el tempo justo, la posibilidad de una isla donde pararse en mitad de un océano. Pero sigo viéndola, reviéndola, y ya no queda mucho para acabarla. Sé como acaba pero llegaré hasta el final. Y la verdad es que la parte final es lo mejor de todo: allí, con todo lo pasado, junto a todos los ventanales y vueltas a los refugios, entre sueños, cánceres y pajas a medio hacer, al final, suena una buena canción que medio te salva.


Y no es poco.




martes, 12 de mayo de 2020

EL PODER DEL ACERO

Conan. No tengo un recuerdo claro de ella. Sí de muchas otras...quizá "Karate kid" sea el más grande de todos aquellos años en los que las películas sólo podían verse en el cine. Esa patada a la pata coja del final nos puso a todos en pie, gritando como posesos. Era lo que habíamos estado esperando. Queríamos eso, que se cargara a ese chulo de mierda, a ese rubito de los cojones. Oh sí, aquello fue una auténtica explosión de felicidad por la justicia: el chico bueno vencía al chulo de mierda. Sí, me acuerdo bien. Pero Conan...no sé, no consigo recordar nada de entonces. Quizá lo viera como a un chulo de mierda. Todos esos músculos, toda esa fuerza, toda esa determinación estaba tan lejos de mi que no podía simpatizar con ello ni aún siendo el bueno. Para mi no había mérito en eso, supongo: Conan era demasiado grande y fuerte como para verme reflejado en él.

Hoy puse "Conan" Leí algo en algún sitio y la puse. Nunca vería "Conan" sin que otro me la recordara. Y aún así tampoco la vería: ¿para qué ver Conan a mis 46 años? Hay gente de mi edad que sí la ve, como ese que leí antes de hacerlo yo; será que para él si fue importante. Yo no he vuelto a ver "Karate kid" nada más que alguna escena suelta en televisión. Había muchas películas que ver en aquellos años y yo estaba creciendo. Pronto "Karate kid" me pareció algo ridículo. Pero una vez me hizo saltar de la silla y gritar de felicidad. Entonces uno salía de allí creyendo que al final todo acabaría por estar en su mano: los aplausos, el coche rojo y la buena chica no rubia.

La quité antes de acabar, justo después de incinerar a su walkyria, una rubia como todas las rubias de mi vida. De todas formas ya la había visto entera no hace tanto tiempo, también leyendo a otros, puede que a los mismos, no es que me mueva mucho ni en Internet. Hablaban del rollo nietzscheciano de la peli y bueno, yo soy nietzscheciano, ¿no? Sí, te la explican, la ves con su música y dices "sí, ecce Nietzsche" Pero no acabas de verla, o la ves entera entre miradas al reloj, o te olvidas de ella a los cinco minutos. Una cosa es leer a Nietzsche (que está bien), otra oírlo mientras haces algo (que es lo mejor) y otra muy distinta verlo.

Eran casi las cinco de una tarde lluviosa. Estamos confinados y salir a la calle es un riesgo hasta los ocho. Y además, ando por la mañana, entre las seis y las diez; prefiero ver el sol cuando sale y sube hasta arriba. Claro que no siempre aprovecho todo el tiempo permitido, de hecho sólo lo hice el viernes pasado y eso bajo el signo de una buena resaca que me sacó pronto de la cama. Lo normal es a las ocho, ocho y media, y a las diez o así en casa. Y ya no salgo. Aparte que a las ocho de la tarde están todos los vecinos cantando abajo en el patio y me da cosa pasar entre ellos. Bueno, no todos, serán algunos, pero cada vez que paso al water en esos momentos los oigo cantar por la ventanilla ciega canciones folklóricas, algo a lo que le tengo un asco indecible desde mis tiempos de chaval en la terraza del viejo bar: aquellas tardes de festivales eran las peores, un completo horror en todos los aspectos, nada más que viejos y viejas atrincherados por horas en nuestras sillas con un puto trinaranjus o una leche manchada. Joder, madre mía, qué tardes aquellas...De todas formas las juntas de las ventanas del piso son buenas (no así las puertas) y aparte no hacen mucha falta con esto, ninguna en verdad, pues sólo se oye ahí, en el water, y tampoco tarda tanto uno en mear. Pero siempre que los oigo me acuerdo de toda aquella mierda.

No dura mucho. La verdad es que ya nada dura demasiado. Pronto lo olvido y a otra cosa. Aunque sí, hay veces que uno se emociona al encontrar algo nuevo y enseguida vuelva a él aquella patada a la pata coja pero no, no es lo mismo. Es un rato, un ratín. Por entonces te dormías pensando en eso que acababas de procesar. Ahora lo único que quieres es quedarte en blanco para dormir.

Fregué los platos y las sartenes de ayer y hoy, limpié un poco la cocina. Pensé en fregar el piso del salón. Hace unos días que fregué la habitación y la cocina y el cubo todavía está ahí, en el pasillo. Volví a dejarlo para otra ocasión. La lejía aguanta.

Era otra hora y ya no sabía que hacer. Leer ya me tiene harto, no leo más que libros de mierda. Ayer acabé de un tirón con la biografía de David Mustaine. Y no porque me gustara sino porque no di para otra cosa: leí algo en algún lado, vi que se podía descargar y...en fin, lo de siempre. Nunca fui fan de Megadeth pero bueno. Es un gilipollas y el libro es basura pero el tiempo muerto está dilatándose tanto como el culo de esa chica de la que el otro día hablaban en la Red: joder, se mete cualquier cosa por el culo. Intento recordar su nombre pero no lo consigo. Cuando acabe esto pondré una foto suya, sé donde tiene que estar, me muevo muy poco en la Red. Pero ahora estoy escribiendo.

"True detective" Ya la he visto entera dos veces. Jamás hubiera caído en que ese mamón fuese capaz de hacer un papel como el de Rusty. Jamás hubiera pensado que un chulo de mierda como él, el tipo al que en mi adolescencia le habría hecho un karatekid de haber podido, treinta años más tarde iba a transformarse en algo tan cercano como lejano: el tiempo es relativo, sí, pero también lo es el espacio.

Ahí estaba el dolor del chulo de mierda, el de la patada final. Jodido y demacrado, tan jodido y demacrado como cualquiera, castigado al fin por la vida. Pero aún así hablaba con los polis de otra manera a la imaginada alguna vez por ti: todavía en la mierda era claro que aún diciendo lo mismo que tú imaginas decir a alguien, él lo hacía de otra forma, mejor, más creíble, más todo.

Lo quité a medias del tercer episodio, en el flirteo con la potente mujer de su compañero que más tarde se follará y despreciará tras haber hecho una heroicidad, después de su pasada por la iglesia evangélica, cuando me di cuenta de que en esa serie en el mejor de los casos yo no sería más que otro sospechoso.


Héroes, Nietzsche...Conan y Karate kid...


El grupo de wasap de los hosteleros en el que estoy metido lleva unos días un tanto parado. Estamos todavía en fase cero, ya como deprimidos, a la espera de las alegres cadenas. Algunos se mueven un tanto para pillar en común gel hidroalcohólico a buen precio. Todo son buenas palabras y frases tipo Paulo Coelho.


Ninguna patada de pájaro a la rótula del otro.


Ni mucho menos algún rastro del poder del acero.


A fin de cuentas todos somos camareros.


También tú.

jueves, 7 de mayo de 2020

TYSON vs DE LA CIERVA

El día valió las tres horas que estuve andando.

Amaneció nublado y con algo de viento que en las afueras se explayó bastante más. Por él no subí los molinos ni anduve malos senderos, antes bien lo hice como todos los demás, aunque la verdad es que tampoco iba con muchas ganas. Los dejé atrás, rodeé el otro cerro y ya dentro rodeé todo el pueblo y un poco más. Casi todos los paseantes que en las calles me encontré llevaban la mascarilla puesta. Yo no, la mía es de esas de graffitero y no me la pongo para salir a pasear.

Alcancé el perímetro del parque. Miré el reloj y vi que todavía tenía algo de tiempo. Bueno, hubiera podido cortar allí y volver a casa pero no lo hice. Pasé adelante y volví a salir afuera pero esta vez por el otro extremo. Ahí me crucé con un tío y su perro. Él me saludó y yo se lo devolví sin dejar de mirar la tierra del camino. El puente de la autovía estaba cerca. Volví a mirar el reloj y vi que lo mejor era ir regresando.

A lo lejos, en la otra punta, diminutos, aparecían los molinos. A sus pies había estado hacía un rato. Parecía mentira. Tan lejos en el espacio y tan cerca en el tiempo. Tuve una rara sensación, como si no hubiese salido de casa y sin embargo ya llevaba casi tres horas fuera de ella. Ni rastro de cansancio ni idea alguna en la cabeza. Llegué a casa.

Comí, hice algo y me eché en la cama. Casi me dormí pero no llegué a hacerlo. Justo cuando estaba a punto salía de mis labios una especie de burbuja que me sacaba del sopor. Las babillas de la desconexión, supongo. A la tercera o cuarta vez me levanté. Miré el reloj y no había pasado ni una hora. Me fui al salón.

Puse un combate de boxeo en el ordenador, el Tyson-Holyfield, la primera pelea. Esa la vi en su momento con mi padre, en el viejo bar, hace muchos años. Recordaba que Tyson le había metido una hostia a Holyfield nada más dar el gong que casi lo sacó del cuadrilátero. Claro que esa madrugada yo ya estaba muy borracho. Pero sí, fue así aunque ni mucho menos tanto. Quizá todo haya sido así.

La verdad es que sólo pensaba ver eso, esa primera hostia, pero lo dejé correr para acabar viéndolo entero. Yo iba con Mike, claro. Pero perdió otra vez. Holyfield le daba gracias a Dios en la entrevista tras el combate, no hacía más que decir eso entre bufido y bufido. Hijo de puta.

Puse el segundo, el de la oreja. También lo vi entero, aunque este fue mucho más corto. Mike le mordió dos veces. Estaba muy cabreado cuando le dieron perdedor. Una nube de polis ascendió al ring para controlar la situación. Nadie podía calmar a Mike. Le entrevistaron al salir del vestuario y gruñía como una fiera herida señalando su ojo derecho que había hecho de diana para los disimulados cabezazos del buenazo de Holyfield en los clinchs. Tenía una brecha en el párpado superior que se la había abierto en el segundo asalto. Había peleado con un ojo, le decía al entrevistador. Cuando este le preguntó si se arrepentía del mordisco lo miró como si fuera a arrancarle la cabeza de un bocado.

Vi muy por encima algunos combates más de otra gente y luego fui al sillón del ventanal.

Había descargado una novela negra de un noruego actual, una que decían era buena. Pasé cuatro o cinco hojas con cierto cuidado y a la sexta la dejé. No, hoy no iba a mirar nada más que leer. Ya no sé que tecla pulsar. Esto empezó bien, muy bien, pero desde hace un par de semanas o tres o cuatro se ha transformado en un callejón sin salida.

Ayer fue ya la puntilla con el mamotreto que me bajé de Ricardo de la Cierva. Mi padre tenía su biografía de Franco (que leí de chaval) y cual no sería mi desesperación que al verlo citado por ahí pensé en leer algo suyo. Bueno, el día anterior y el del día de antes lo había pasado con Mario Conde y sus "Días de gloria", así que miedo ninguno. Pero no, no, no...¡Joder, me cago en la puta, no! Qué cosa más coñazo, qué rollo eclesial, qué locura de huesos pulverizados. Cinco minutos a salto de página bastaron para borrarlo hasta del ordenador. Que no quedara ni rastro.

Eran las cuatro y media y ya no había nada que hacer. Cogí el teléfono y pasé el resto de la tarde mirando Internet.


Cuando empezó todo esto llegué a ser feliz. No había otra cosa que hacer que gimnasia y leer. Leí un montón de buenos libros y la buena forma, poco a poco, volvió a mi sin necesidad de estar tres horas andando por ahí. Media hora de ejercicio y un cuarto de pegarle al saco hacen más milagros que cualquier libro lleno de polvo y mierda trasmundana. Después una buena ducha, una buena comida, una tranquila siesta con la boca cerrada y la tarde para leer. ¡Qué buenos ratos pasé! Ni me acordaba que estaba encerrado.

No sé si primero fue el pequeño dolor en la pierna que me hizo parar un tanto hasta hacerlo del todo o la paulatina escasez de libros buenos pero la cosa fue que poco a poco todo ha acabado por joderse. Luego llegó el dolor en el cuello por una mala postura ante el ordenador y eso fue el acabóse: he pasado tres noches sin apenas dormir. Ayer por la tarde (el segundo día medicado) estuve a punto de ir a Urgencias. Pero aguanté.


Ha habido un buen libro durante todo este tiempo revuelto, en este nublado que ha ido viniendo: el de Tyson. Una biografía que es un ajuste de consigo mismo. Un epílogo que me recordó las "Memorias del subsuelo" de Dostoyevski. Una cosa brutal. Un rajarse a uno mismo como pocas veces he visto. Tan fuerte que se nota le dieron el toque para que lo edulcoraran un tanto en su remate. Pero no hay que ser muy listo para darse cuenta de que ese ya no es Tyson sino su editorial.


Mañana saldré tan pronto como hoy. Puede que lo haga antes. He bebido y será mejor que ponga el despertador. No quiero dormirme. Ya no tengo libros.

Saldré a la calle y enseguida andaré por las afueras, pero esta vez entre los salvajes matorrales nacidos en esta rara primavera, allí donde no se ve más camino que el guardado por tu memoria, entre tinajas abandonadas y chamizos derruidos, imposibles hasta para el más tirado de los vagabundos; cruzaré las vías del tren y mearé en sus cunetas, aunque puede que lo haga entre aquellas; miraré hacia arriba, veré el pedregoso sendero que conduce a los molinos de viento y lo haga o no subiré hasta ellos por su cara más jodida, por su peor ladera, allí donde las viñas hace tiempo que no tienen nombre. Y cuando llegué arriba plantaré las dos manos sobre su encalado por tres veces.

Y bajaré de allí sin pararme a mirar nada, sin necesidad de respirar nada, sin la obligación de sentir nada.


Luego, desde el otro lado, los encontraré pequeños, diminutos, como tantas otras veces.


Y mañana será una más.




viernes, 20 de marzo de 2020

RESISTIRÉ

Hoy le ha tocado al salón. La tarima que hay sobre el sofá ha quedado limpia de libros y películas, también de todas las cosas que he ido dejando sobre ellos durante estos años: facturas, librillos de papel, cables...cosas. Había un mar de mecheros bajo el sofá y casi todos funcionaban; algunas piezas de ajedrez, más papeles y hasta una nuez. Lo he guardado todo menos el polvo y la pelusa y en cajas y grandes bolsas me los he llevado a una de las habitaciones de los trastos.

No se ha librado la mesa baja del televisor. El vídeo, la play2, el equipillo de música y el TDT han corrido la misma suerte. Hace muchos años que no utilizo nada de eso. Los tenía ahí porque no tenía tiempo. Incluso he llegado a pensar en dejarme los riñones con el televisor (es de los antiguos y llevo años sin encenderlo) pero me he acordado de mi madre y una vez limpio he vuelto a dejarlo en su sitio. No sé, quizá tenga que venirse aquí y a ella le gusta ver la televisión.

Después he terminado la segunda parte de las lentejas con salchichón que hice ayer y la he llamado.

No podía dormirme en el sofá y me fui a la habitación. Allí creí hacerlo durante más tiempo del que dijo el teléfono cuando lo miré, apenas treinta minutos después. Ahora duermo menos que antes. Tengo más tiempo, tengo todo el tiempo, pero duermo menos. Anoche llegué a ver las dos y media. Y a pesar de que como siempre la persiana estaba bajada a tope he visto las seis en el reloj. Un poco más, al otro lado, el brazo por debajo de la sudada almohada, por abajo, los pensamientos, las ensoñaciones, el cerebro despertando, un poco de Zaratustra en la voz de Artur Mas para apagarlo, otra vuelta, esa parte me gusta, más cerca, mi sobrinete, quiero verlo, hace once días que no le veo...

Ayer tuve una llamada de vídeo con él. Su padre, mi hermano, me avisó el día anterior. Yo estaba en el sofá, como hoy, leyendo otra novela de Agatha Christie en mi nuevo Kindle, una de las regulares. Fue mi primera videollamada.

El chico miraba al teléfono en los brazos de su padre, que le decía que ese que estaba ahí dentro era su tío, ese que los lunes que descansa le saca en el carrillo. Sí, lo llevo por ahí al mediodía de los lunes. Este último no, claro. El chico miraba el teléfono y yo me veía en una ventanilla. "¡Tu tío -le decía su padre- tu tío!" Pero el chico miraba aquello sin saber muy bien a qué atenerse. Alzaba los bracitos como esperando que yo lo cogiera para subirlo. Sí, era yo, era su tío, ese pelón que todos los lunes lo sube hasta el techo cubriéndole de besos antes de encerrarlo en el cochecito, pero esta vez, por alguna razón no podía hacérselo. Y además, ¿como es que ahora era yo tan pequeño cuando antes parecía un gigante?

Hoy no había partidas en el Torneo de Candidatos. Ayer el chino, uno de los favoritos, le ganó la partida al más favorito de todos, el americano, uno que estos días he visto demasiado sobrado. Y eso que contra todo pronóstico había perdido las dos primeras partidas. Ahora está otra vez en la pomada: ganó a quien tenía que ganar y empataron todos los demás. La ronda perfecta tras dos para olvidar. A veces pasa eso, que te viene un golpe bueno, aunque tal vez sea más por el espectáculo que por ti. Es muy jodido remontar después de haber empezado tan mal. Muy jodido.

Con mucho temor y cuidado reanudé la limpieza con la gran mesa del ordenador. En otro tiempo estaba en otro sitio, junto al ventanal, cumpliendo su función social sin ordenador necesario. Pero de eso ya hace muchos años.

Por un momento pensé en meterle los altavoces del equipillo de música que había quitado. No son gran cosa, una ful, pero mejores que los que tengo seguro. Claro que también pensé que eso ya lo había pensado antes y así fue, pues cuando vi las conexiones se me quitaron las ganas. Limpié como pude sin quitar más accesorio que el teclado y eso haciendo una clara nota mental sobre qué cable había desconectado.

La novela de hoy no era demasiado buena. Tenía la sensación de haberla leído ya. O puede que la haya visto en uno de esos episodios de Poirot. No sé; es como leer algo que deberías reconocer pero que sin embargo aparece a tus ojos de otra manera. De todas formas mañana seguiré dándole una oportunidad.

A las ocho empezaron otra vez con las palmas. Poco antes, apenas dos minutos, un gilipollas abrió las ventanas de su piso y pinchó el "Resistiré" del Dúo Dinámico a todo lo que daba. Algunos salieron a las ventanas para dar palmas y voces.


Creo que mañana voy a poner el de Barón Rojo a la misma hora y a todo trapo.


Sí. A mi manera. Como el chino del ajedrez. Como Ding Liren. Como quien parece tenerlo todo perdido y se clava en su silla frente al sobradísimo subcampeón del mundo y juega una apertura dudosa y se mete en líos demasiado duros para su decepcionante clasificación y con todo y con eso va hacia ello. Y al final ganas y vuelves a estar dentro.


Resistiré, sí. Pero a mi manera.