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domingo, 17 de febrero de 2019

HICE BIEN MI TRABAJO

Hice bien mi trabajo. Llevo un rato en casa y pronto me iré a la cama. El salón ahora está silencioso. He visto algunos vídeos de empezar sin acabar ninguno. La gata anda dando vueltas por ahí. Oigo pasar algún que otro coche por la calle, puertas que se abren y se cierran y gente que habla cosas que no llego a entender desde aquí arriba. Hice mi trabajo y me vine a casa. La pantalla del ordenador se apaga y la gata parece haber visto algo en la estantería de los libros. Vi un mosquito en el water cuando pasé a lavarme los dientes. Era grande y estaba como pegado a la pared. Me acerqué para verlo mejor y me pareció que estaba cojo. Ni intenté matarlo. No estaba en la habitación. Al abrir la puerta salió disparado a la velocidad del rayo. Creo que no se ha pasado a la habitación. Cerré la puerta rápido, sin perderle ojo mientras lo hacía. Salió disparado cuando oyó la puerta. No ha podido darle tiempo. Lo he perdido de vista ante mis ojos pero creo que no ha podido darle tiempo. Segundos antes estaba tan quieto y yo tan cerca que parecía como si estuviera con los ojos cerrados esperando el golpe definitivo. Yo lo miré bien y me pareció que estaba cojo. Luego salí y él salió disparado. Creo que no ha entrado a la habitación. Pronto lo sabré. Allí sí, allí tendré que matarlo si lo veo. No puedo dormir con un mosquito cerca. Tampoco con una gata. A esta sólo la dejo entrar cuando araña la puerta en mitad de la noche. Es tan constante y lo hace con tanta decisión que la mueve en su holgura y con el ruido me despierta. Entonces me levanto, la dejo entrar y vuelvo a dormirme enseguida. Duermo mucho desde hace unos días. Nunca había dormido tanto, aunque somos muy exagerados cuando escribimos. Pero no recuerdo dormir tanto. Caigo en el sueño poco después de las nueve y así estoy hasta las seis con la breve interrupción de la entrada de la gata. No sueño nada, que yo recuerde. Y como no tengo que levantarme hasta las siete ahí me quedo, cambiando de posición de vez en cuando sin pensar en nada más que no molestar demasiado a la gata al cambiar de postura. A veces es inevitable, me deja en mala posición y me veo obligado a quitarla de en medio. Pero enseguida vuelve y busca acomodo en un sitio mejor. Y así hasta las siete menos algo. Nunca dejo que suene el despertador. Controlo bastante el tiempo en ese estado. "Ahora son y 33" me digo, y cojo el teléfono y veo que más o menos es esa hora; "ahora son y 47" me digo y estoy cerca; y cuando siento que pronto será la hora de levantarse lo cojo por última vez y veo que ya esta en la cincuentena bien pasada. Hoy lo cogí en el 59. Después me duché y me fui al trabajo. Trabajé bien, relajado hasta en las prisas, y sólo me excité un tanto a la hora de irme. Y no porque estuviera esperándola (no me dio tiempo) sino que vi que ya podía irme y salí disparado a casa. Hacía una tarde muy agradable pero ni se me ocurrió salir a pasear. Creo que esto es algo que afecta al sueño. Conviene aburrirse unas horas para dormir bien. Está bien dormir mucho. Luego uno anda más tranquilo cuando tiene que salir.

La tarde ya está cayendo. Pronto se hará la noche y la gata está en su rato loco. ahora ha venido a morderme mientras escribo esto. Es su manera de advertirme que quiere jugar. He tenido que darle cinco o siete manotazos para que me deje en paz. Se ha ido al ventanal. A veces me ha pasado ir por la calle y ver a las mujeres mirar hacia mi ventanal.

Ha sido un buen día. He hecho bien mi trabajo. Pronto me iré a la cama. Miraré la Red en el teléfono y a las nueve y media ya estaré durmiendo. Luego, a eso de las 3 o las 4, oiré a la gata llamando a mi puerta. Le gusta pasar la última parte de la noche conmigo. Le abriré, nos volveremos a dormir, me levantaré a eso de las siete, me ducharé y me iré al bar para abrirle a la mujer de la limpieza. Un rato más tarde haré la recaudación de la tragaperras y ya tendré a mi entera disposición el día de descanso. Iré a comprar algo, comeré pronto y saldré a dar un buen paseo. Mañana subiré los molinos. Seguro que hará un buen día.

Suenan las campanas llamando a misa. No sé qué hora es. Pronto me iré a la cama. Espero que el mosquito no haya tenido antes tiempo de pasar a la habitación. De todas formas todavía le queda alguna oportunidad. La puerta del water es la última que cierro antes de dormir.


Aunque pensándolo bien tampoco creo que a estas alturas un mosquito cojo vaya a joderme el sueño.

martes, 12 de febrero de 2019

RESIDENCIA

El sitio es amplio, limpio, luminoso. Las habitaciones son dobles en su mayoría. El cuarto de baño es espacioso, acondicionado de forma adecuada para quien no puede lavarse por sí mismo. Un gran ventanal descubre una buena vista del vasto campo con la sierra a lo lejos cuya visión es entorpecida por la tímida presencia de un arbolito del jardín que circunvala la residencia. Dos cortinas, leve la de fuera y pesada la de dentro, están a disposición de los internos para modular la luz en el ocaso de los días. La yaya dijo que corriéramos las dos nada más entrar en la habitación. Así lo hice mientras mi madre se la llevaba al water para cambiarle el pañal. Miré en los tres cajones de su mesita de noche y sólo vi un evangelio y una Biblia como cosas digna de mención. También vi una funda para las gafas que estaba vacía. Nada más verla en el salón donde están nos había dicho que había perdido las gafas. Luego, a pregunta de mi madre, dijo que no sabía quien era yo y que aquello era una casa de locos, cosa que repetiría varias veces durante la visita. Yo era la primera vez que iba en cuatro años que lleva allí. Quedé ayer con mi madre en que hoy la llevaría yo. La semana anterior me había dicho que había entrado allí Luis, un viejo amigo mío. Y esta sorpresa, unida a un verdadero interés por ver a una de mis abuelas, a la última de su generación que me queda viva, consiguió que me decidiera a dar el paso.

Una vez limpia la yaya mi madre la hizo sentarse en una silla mientras le preparaba la cama. Es una especie de cuna que se cierra por los lados. Volvió a preguntarle si me reconocía y dijo que no mirándome de reojo. Enseguida salimos de allí para irnos a la cafetería a tomar algo.

En el trayecto me fijé mejor en el salón principal, grande y de techo muy alto, circular y rodeado por enormes ventanales, que bien surtido de sofás y sillones daba una cierta sensación de placidez que unida a la más que notoria calefacción lograba que algunos de los que allí estaban parecieran dormir ignorantes de que apenas eran las seis de la tarde, del gran televisor que echaba una película de Castilla la Mancha TV y de las conversaciones del resto residentes, muchos de ellos en sillas de ruedas. El personal que les atendía era femenino en su totalidad, algunas de ellas chicas muy jóvenes. A una de estas mi madre le preguntó por las gafas de la yaya y le contestó que mirarían a ver, no sin decirle si habíamos mirado en su bolso o en la habitación. Otra, más mayor, grande y fuerte, estaba cambiando de silla a una anciana impedida. Un culazo enorme tomó forma en un instante ante mis ojos. Fue una cosa tan inesperada que apenas pude disimular. Y luego estábamos en la cafetería.

Nos sentamos en una mesa que tenía un ejemplar de La Razón lleno en su portada de ejercicios de caligrafía  y pedimos dos tés verdes, una manzanilla, un bizcocho y un plato de patatas fritas. Todo se lo comió la yaya menos mi manzanilla. Entre medias respondía a las preguntas de mi madre: "¿Como me llamo yo? ¿como se llamaba tu hijo que ya no está? ¿como se llamaba tu hija que ya no está? (aquí falló) ¿como se llama tu hija que hoy no está aquí? (acertó tras dudar) ¿como se llamaba tu padre? ¿como se llamaba tu madre? ¿en qué año naciste? (no quiso decirlo) ¿en qué día?..." Después hizo que le pasara revista a toda la tabla de multiplicar, desde el 2 hasta el 9, y sólo falló dos que corrigió al toque mientras trasegaba el bizcocho, las patatas, su té y el de mi madre. A mi me miraba de reojo de vez en cuando. A mi madre no la miraba.

Vi que había un par de wallys en aquella escena. Uno, un tío que recuerdo de mi época más negra, estaba allí con un chisme pegado en la cabeza. No es mucho más mayor que yo, quizá diez años, pero ya le ha dado para acabar en un sitio como ese, siquiera como recuperación en la reciente ala de desequilibrados mentales que han abierto. El otro era aún más joven, otro perdido, y pasó pidiendo que alguien le cambiara cinco euros hasta que lo consiguió cuando aquel lo reconoció llamándole de viva voz por su nombre y poco menos que obligando a que alguien hiciera lo que el desgraciado iba pidiendo, cosa que logró. El tipo se fue con sus cinco monedas que luego fueron seis, pues así se las cantó la mujer que poco menos que como a un parvulario tuvo a bien cambiarle el billete por cuatro monedas de 1 euro y 2 de cincuenta céntimos. Y vi como el tontaco del otro parecía hasta orgulloso al ver que su voz había encontrado eco.

La yaya terminó de comérselo todo y ya casi eran las siete y tenía que hacerse la prueba del azúcar previa a la cena. Nos levantamos y fuimos para allá. Había cola y mi madre pilló unas sillas para la espera, silla que rechacé, por supuesto. Lo malo era que nos pillaba justo al lado de los servicios y si durante todo el tiempo pasado allí no había sentido ningún olor raro ni desagradable en ese momento saltaron todos hasta para el olfato de un fumador como yo. Más aún cuando no habían ni pasado ni treinta segundos cuando salió un viejo atándose el cinturón. "¿Por que no sales a fumar mientras esperamos?" Y eso hice. Soy un hijo obediente.

La noche estaba cayendo. Una tía gorda, enana y fea hablaba por teléfono junto al único banco de la entrada. Me rulé un pito y miré al sur, al único norte a la vista. Las luces de la ciudad, tan cercanas, iluminaban la escena como en aquella gran película. Por no estar cerca de la gorda enana me eché a la izquierda, en el lado que lleva a los aparcamientos. De la residencia salió un visitante y al ver quien era los dos pensamos que mejor no habernos visto. Hay gente que te odia en el tiempo sin razón ni motivo aparente. Yo, por lo menos, no sé qué coño le habré hecho a ese tío para que me mire así desde hace veinticinco años. De verdad que no, pero ya es que me da igual. Y más cuando acto seguido apareció el tontaco con uno de los colegas que van a verle.

Por mirar a algún sitio miré para adentro y vi que Luis salía con su bastón. Y se vino directo a mi a pesar de la llamada del tontaco.

- ¡Kufisto!
- ¡Luis!
- ¡Pero qué coño!...

Nos dimos un abrazo.

Yo esperaba encontrarme una especie de viejo medio subnormal, a alguien ido y fuera de sus cabales, a una piltrafa humana, y la alegría fue grande cuando lo vi tal cual, que no hace falta más que un golpe de mirada para reconocer a alguien sano aunque sea un enfermo de cáncer pata negra, que ya serán seis los años que lleva con el suyo.

- Kufisto, me cago en la puta...Acabo de ver a tu madre y me ha dicho que estabas aquí...
- Aquí estoy, joder. El otro día me enteré que estabas aquí y mira, aprovechando que quería ver a la yaya he venido a ver como estás.

Luis tiene sesenta y pocos años y muchas motos y mujeres a cuestas. La última fue la única que le hizo daño de verdad. Ya estaba mayor.

Está bien. Ha sido una cosa oftalmólogica, un par de desprendimientos de retina. Una mañana se levantó y estaba casi ciego, cáncer aparte.

- Joder, Kufisto, ¡si yo no había bebido la noche anterior! Te juro que me acojoné más con esto que con el cáncer. No ver es lo peor.

Ahora está allí recuperándose. Vive solo y es la mejor manera. Todo está bien. Lo he visto estupendo, mejor todavía. Enseguida saldrá de allí. Será cosa de otro mes como mucho.


Y en esas andábamos cuando mi madre salió y nos fuimos a tomar algo al bar.


Le gusta que la vean con su hijo mayor.


Y a mi con mi madre.

sábado, 2 de febrero de 2019

GORDA LOCA

Esto es como Homer cuando se hace camionero.

Lo del fútbol de ayer fue una cosa menor, sí, un error. ¿Qué te propones ahora? ¿escribir todos los días? ¿escribir cualquier cosa? El otro día le dijiste a tu amigo que habías encontrado un sistema para hacerlo sin beber. Se trataba de hacerlo a mano, junto a la ventana, lejos de la pantalla del ordenador y luego pasarlo a este. Creo que han sido tres los días que lo he hecho así. Ayer no, ayer no bebí pero lo hice delante de la pantalla. Hoy ya vengo bebido y voy a hacerlo como siempre. No tengo constancia, ese ha sido siempre mi problema. Ese y la impaciencia, como decía mi abuelo. Todos dicen que me parezco a él. Yo también lo creo ya. Yo quería parecerme a mi padre, pero no he podido.

Bien, el nuevo sistema se toma un descanso y volvemos a lo fácil, a hacerlo difícil, a la excusa de los perdedores. Fischer dijo al final de su vida que si pudiera volver a hacer lo que hizo lo haría por el camino fácil: "¿por qué hacerlo tan difícil?" dice en aquel avión que le llevaba a Reykjavik como Moe con Homer cuando se hizo boxeador. Luego, un par de años más tarde, al final de su vida, ya muriéndose, dicen que dijo que no había nada como el calor humano. Él, el héroe solitario, el genio que logró lo imposible con la sola ayuda extra de su voluntad, acababa su periplo vital renegándose a sí mismo y reconociendo que se había equivocado. 

Algunos van a un muro para hacer acto de contrición. Leen un libro como si estuviesen delante del escenario de Manowar. De esta manera logran el perdón de los pecados, o consuelo, o lo que sea que signifique eso. ¿No están todavía esperando a su Mesías? Será yo qué sé, un acto de reafirmación, de cabezonería, de lealtad absoluta, de lo que coño quiera ser todo eso. No me importa. Yo he vuelto a rezar por las noches y al despertar y hoy vuelvo a caer en lo de siempre. Creía que así me iba mejor; no que fuera la panacea ni nada de eso, que de verdad creyera en el tema, sino simplemente que es lo mejor para alguien como yo, alguien impaciente, inseguro, alguien ingobernable, una especie de loco latente que sólo sabe donde está el norte cuando siente el viento frío en la cara.

Esta mañana llegué al bar de buen ánimo, demasiado quizá contando que anoche dormí poco. Yo no sé si fue el polvillo ese que traen los higos secos, o los propios higos, pero fue comerme tres de postre tras la merienda y tener que salir de casa aún con la tarde que hacía. Fui a por tabaco y a por los anacardos donde vi al delantero centro de infausto recuerdo. Empecé a escribir la historia prácticamente del tirón y sólo pasó que luego me vine abajo y la estropeé. Yo mismo me daba cuenta al hacerlo. 

También yo canté hoy mientras limpiábamos el bar. Había desayunado un pedazo del pastel que horneé ayer con un buen puñado de higos de esos entre los otros ingredientes habituales y Josemari me dijo que lo hacía bien y yo le dije que no. Josemari diría que hago bien cualquier cosa, hasta escribir, con tal de darle para tabaco. Luego le mandé a por hígado de ternera para mi almuerzo, abrí las puertas del bar y enseguida me entró el bajón.

La mañana fue pasando hasta alcanzar los dos signos de interrogación, tal que si fuera la jugada que encabeza mi blog en la opinión de muchos expertos. Otros, los menos, los más perspicaces, dicen que aquello fue un truco nivel Dios de Fischer para conseguir que Spassky se confiara. Y con todo y con eso pudo hacer tablas si hubiese jugado a la perfección, aunque hay quien como yo piensa que hasta eso estaba previsto por Fischer, al igual que aquel manotazo al aire cuando se rindió antes de perderse tras las cortinas. Todo lo había previsto, todo. Todo.

Me sorprendí al ver la caja que había hecho a eso de las tres de la tarde, la verdad. No creía que fuera tanta. Para celebrarlo me comí el hígado acompañado por un vino de la Rioja. Si mi padre hubiese visto eso en otro manchego que no fuese su hijo hubiera pensado que era gilipollas. 

El malestar seguía ahí; un tanto aminorado por la carne y el vino, pero ahí. Era como si estuviera resfriado, como si el par de pajas que tuve que hacerme anoche para poder conciliar el sueño estuviesen pasándome su triste factura, como si el cielo, tan gris como todos estos últimos días, definitivamente hubiera caído sobre mi cabeza, como si yo fuera Víctor Sanvicens teniendo que aguantar los testimonios de la mugre de Valencia tras volver de la buena, santa y rica América que guarda el Sabbath tal y como Dios (y Fischer durante su mejor época) dijo que debía de hacerse.

Me eché un whisky. Una piedra de Ballantine´s 17 años, uno de los mejores de nuestro extenso catálogo de whiskys premium según la solvente opinión de uno de los camellos del pueblo, gran y viejo amigo mío aunque yo no sea cliente suyo. 

Estaba bueno. Yo también entiendo un poco de whisky. Llevo toda la vida bebiéndolo. Y desde hace un montón de años sin mezclarlo con ningún refresco a no ser que necesite perder la cabeza. 

Hay parejas raras, parejas extrañas, parejas que ni te imaginas como pueden serlo y parejas que te cagas hasta en la perra. Parejas a muerte por un rato, felices y folladoras, son las contadísimas excepciones. Mi amigo Manu podría entrar en el de las que están hechas el uno para la otra pero no tanto en el sentido romántico o sexual como en el práctico: lo suyo es una cosa que parece de conveniencia. Él tiene dinero desde la cuna y ella no tiene aspecto de venir del arroyo. Siempre, desde que nos vinimos al bar nuevo, los he visto por aquí y siempre me parecieron que de verdad eran tal para cual. 

Él y yo hicimos la EGB juntos, o más precisamente estábamos en la misma clase. Tengo un buen recuerdo, seguro, y otro que queda un tanto en el aire. El fijo es que entonces él lucía una enorme pelambrera casi pelirroja, fuerte, como de diablo; el que queda el aire, aunque poco (casi seguro que fue con él), es el de ir a su casa-mansión, bajar al sótano y ponernos a jugar al ping-pong, o a alguna máquina recreativa, o a lo que fuera que fuese aquel paraíso que se convirtió en cielo cuando una criada con cofia bajó con un carro lleno de pasteles para los amigos del señorito. Fue esa vez, nada más. Éramos unos cuantos, éramos unos críos asalvajados y supongo que no les hizo mucha gracia.Y recuerdo con total claridad que al llegar a casa se lo dije a mi padre y vi como él ponía aquella cara que ponía, como de " no me da envidia", como de macho-padre de cinco hijos a los que no le falta de nada de lo necesario, como de seguridad total, con aquellas carantoñas que me hacía, como de quien a la hora de la verdad, en la casa de putas, se lleva a la que quiere por los billetes justos, sin excesos, por buena gente, por buena fama, por buen follador y por ser un tío de ley con todas las letras.

El caso ha sido que hoy mi amigo Manu ha tenido deseos de hablar un rato conmigo. Digo mi amigo sin decir bien, pues no tengo ninguno, o casi, pero este no cuenta porque es historia aparte. Pero vamos, que Manu no fue mi amigo ni cuando éramos chicos. Mi recuerdo de él, aparte de el pelo y aquella probable visita a su casa, es el de un chico que no podía creerse estar en la misma aula que las bestias salvajes que éramos nosotros. Y esa media sonrisa, como irónica, sarcástica, de quien sabe que su futuro está escrito.

Al principio de venir a nuestro bar no lo reconocí, aunque decir al principio es decir poco: pasaron años hasta darme cuenta de quien era. Se había quedado calvo y estaba irreconocible. Pero cuando alguien me dijo quien era lo vi: era él, sin duda. Era él pero calvo. Exactamente igual sólo que sin el pelo. Es increíble lo que hace o deshace una buena cabellera. Es una tragedia.

Bueno, Manu estaba esta tarde hasta la polla de su amor y se vino a mi barra después de mear. Yo estaba paladeando el Ballantine´s con gusto pero un tanto amargado por mi incapacidad. Él se quedó ahí, a mi lado, y yo no sabía si es que quería pagarme, o pedirme algo, que no suele haber más entre lo dos, pero el caso es que que tenía ganas de hablar conmigo y yo le escuché como escucho a cualquiera, aunque no sin cierta curiosidad por lo raro de la situación.

- ¿Has visto, Kufisto, lo viejos que están los que estudiaban con nosotros? -me dijo sonriendo con aquella misma sonrisa de hace treinta y tantos años. Acababan de irse cuatro de aquellos que estudiaban con nosotros, uno de ellos en silla de ruedas dese hace 25 años.


Dios Santo, apiádate de mi, de mis putos escritos y de la gorda loca que vino después.


viernes, 1 de febrero de 2019

EL DELANTERO CENTRO

Él era el delantero centro del equipo del pueblo y yo un niño que tenía un balón por cabeza. Todos los domingos que tocaba íbamos al fútbol. La grada principal (y única) solía llenarse y los chicos nos buscábamos la vida acurrucados bajo la valla que rodeaba el terreno (que no campo) de juego. A veces, si había suerte, podíamos pillar sitio tras las porterías. Eso sí que era bueno. Le gritábamos de todo al portero rival y animábamos a los nuestros. Una vez hicimos llorar a uno, un chico joven que desquiciado por una cagada calamitosa, nuestras crueles burlas y la impotencia de no poder pegarnos dos hostias a todos y cada uno de nosotros se hincó de rodillas en el punto de penalty hasta que se lo llevaron al botiquín.

Eran los primeros años ochenta en un pueblo de La Mancha.

Los menores de doce años no pagaban entrada en aquellos tiempos. El dinero de la paga de los abuelos lo gastábamos en pipas y cocacolas. Al irnos dejábamos aquello hecho un asco; hasta que a alguien se le ocurrió la feliz idea de dar algunas pesetas por tantas botellas de refresco que se devolvieran en la barra del bar. Eso contribuyó a mejorar la limpieza de las instalaciones pero empeoró aún más las difíciles relaciones entre pandillas, siempre tan problemáticas. Pero las pipas no, las pipas siguieron allí: ni por todas las cocacolas del mundo ningún chiquillo hubiera cogido una escoba para barrer toda esa mierda como una chica cualquiera. Ni que fuésemos maricas.

El delantero centro del equipo del pueblo era un jugador controvertido entre la afición. Sí, era quien más goles marcaba, pero su carácter indolente, su aspecto de extranjero y las pifias que cometía con cierta asiduidad le hacían el blanco ideal de las iras del público, bastante cargado de alcohol en las segundas partes. Entonces eso era una risa. Se levantaba del asiento algún tiarrón de aquellos y con voz cazallera soltaba alguna bestialidad celebrada con carcajadas por el resto de la grada. "¡Fulano, eres más perro que el cornudo de tu padre!¡Corre, cabrón!" O alguien de los que estaba de pie tras la valla de separación, esa misma que no podía evitar la distancia necesaria para que los líneas no recibieran un collejón si se pasaban de pitarnos fueras de juego, juntaba las manos en la boca a modo de altavoz y aullaba tal cantidad de insultos hacia el árbitro que parecía como si un espíritu aún peor que el del Anís del Mono lo hubiese poseído a cambio de su alma, en el caso de que le quedara para tanto. Todo eso junto con lo nuestro hacía de aquellos partidos un acontecimiento que solía alcanzar su climax con el final, cuando la gente, borracha y cabreada tanto si habíamos ganado aburriendo como perdido ante unos muertos, lanzaba almohadillas y alguna cosa más sin ton ni son, a lo que pillara, tanto árbitros como jugadores locales y rivales, lo que fuera, hasta los de la Cruz Roja. Salían cagando leches para dentro en cuanto se oía el triple pitido final.

Mi jugador favorito era un centrocampista todo corazón que le pegaba unas hostias al balón que lo rompía. Era un tío duro, serio, leñero, de pueblo aunque no lo fuese del nuestro, pero lo parecía. Sorprendía que gozara de tanta simpatía siendo extranjero, lo menos separaban trece kilómetros su tierra de la nuestra, pero con todo se hacía respetar por su hombría. Como sería la cosa que ya en las postrimerías de su carrera le fichó nuestro eterno rival (unos quieroinopuedos con dinero que Dios, en su infinita sabiduría, alejó 30 kilómetros de nuestros territorios) y cuando venía a jugar como visitante nadie se cagó en su puta madre más que lo necesario. Es más, su nombre era aplaudido al ser escuchado en la emocionada voz de nuestro speaker durante el recitado de las alineaciones iniciales que seguía a la atronadora puesta del himno, cosa que con el delantero centro jamás en la vida ocurrió salvo una vez que creo marcó cuatro goles y al cambiarlo el entrenador a modo de recompensa obtuvo unas cuantas palmadas de aprobación. La verdad es que muy pocos querían a nuestro delantero centro. Era un flojo.

Una tarde había fallado tantos goles que el motín en la grada de la zona noble parecía inminente. Los de las vallas andaban echando espumarajos por la boca, agarrándose al hierro con todas sus fuerzas por no echar a correr por él. ¿Como se podía ser tan malo? ¿Por qué no sacaban a otro, a ese chico joven, al hijo de la Fulgencia, la de la tienda de caramelos, y mandaban a este a su puto país, fuera el que fuera? Nadie podía creerse que semejante cagahorchatas hubiera nacido aquí aún cuando todos le conocían desde chico. Era una vergüenza, una deshonra.

El partido se estaba acabando y el delantero centro falló otro gol clamoroso. Corriendo vino por el balón tras la portería donde nos encontrábamos. Yo la cogí, se la dí y de corazón, excitado, le dije que le daría dos donuts si marcaba un gol. Lo conocía de verlo por el bar de mi padre. Siempre estaba comiendo donuts.

- Cállate, coño -respondió muy cabreado

- ¡Fulano! -dije a voz en grito, colorado como un tomate, mientras él se iba con el balón- ¡Eres más malo que tu abuela!


Y una explosión de risas celebró la ocurrencia del chico.


Desde entonces y todavía hoy un odio larvado, exacerbado, persiste en las contadas ocasiones que nos topamos por el pueblo.


Hace un rato le he visto con su mujer mientras yo compraba anacardos.


Algún día acabaremos a palos.

jueves, 31 de enero de 2019

FIN DE MES

Una tarde gris, descolorida, vieja, despide al primer mes del año. No se ven nubes; todo el cielo es una que difumina los efectos del viento hasta hacerte pensar que está fijo, inmóvil y perenne tras la ventana. Las primeras gotas de lluvia caen oblicuas sobre los cristales de mi ventana; lo hacen dividiéndose en puntitos apenas perceptibles; un leve vistazo a otra parte del cuadro y al volver a mirar ya no puedes saber quienes llegaron en la gota que estabas viendo. Pero pronto llega otra y la olvidas.

Poco a poco van llegando más al sucio cristal de mi ventana. Lo hacen como a modo de prueba, semejante al pintor que mancha al aire un lienzo cansado de verlo en blanco; así, poco a poco, va llenándolo como si fuese un limpio y claro firmamento tanto más brillante cuanto menos rastro queda del sol. La diferencia es que aquí, desde mi ventana, sí se ve lo que hay detrás.

Hay árboles, edificios y gente paseando que ignora mi presencia. Aquí, tras la ventana y un poco más allá, yo estoy fuera del alcance de todos. Habrá quienes piensen que alguien debe vivir donde yo lo hago, pero no pueden verme. Bien pudiera ser que esta, mi casa, estuviera vacía como tantas otras. De hecho lo está cuando yo no estoy, que es buena parte del tiempo. Si ahora que estoy llamasen a mi puerta podría no abrirles con toda tranquilidad. Si subieran a mi puerta y tocaran su timbre bastaría con hacerme el sordo para hacerles dudar. Y si sabiéndolo me llamaran por mi nombre yo podría jugar a que lo cambié por otro que todavía nadie conoce.

El viento trae campanas a muerto. Hay días en los que hace cualquier cosa con tal de que sepa que está ahí. Hay tardes que parece un chico pequeño en medio de otros muchos chicos pequeños.


Llaman a mi puerta y abro. Es el administrador, un jubilado que necesita mi firma de aceptación a las decisiones que haya tomado la comunidad. Me entrega unos papeles que no leo ni ya me explica y firmo en otra hoja. Ahora estoy conforme con lo que sea que hayan decidido, como tantas otras veces, como siempre.


Y al irse de mi puerta dice que no creía que estuviera aquí.

martes, 29 de enero de 2019

FANDANGOS

Josemari había tenido otro de sus buenos despertares, sin duda. Eran las siete y media de la mañana cuando llegué al bar. Él estaba en la puerta, como siempre, esperándome abrigado tal que si fuésemos a irnos al polo Norte. Guarda mucho cuidado con los fríos, creo recordar que por inolvidable prescripción de su madre, una señora de 97 años que parió 17 veces criando 14 hijos y que llegó a España desde Hungría en plena II Guerra Mundial. Supongo que de allí los expulsaron por el tema racial y acabaron su calamitoso peregrinaje por Europa en la España de Franco. Josemari fue de los últimos en nacer y lo hizo en el 58, en el pequeño pueblo de Murcia donde pasaron aquellos años. Josemari quiere mucho a su madre y va todas las tardes a verla a la residencia. Dice que ya está muy vieja pero que a veces le reconoce.

- ¡Buenos días, Kufisto! -voceó al verme salir del coche
- Buenos días, Jose

Y ya se puso a cantar antes de coger las bolsas que siempre llevo conmigo en el asiento de atrás.

Canta muy bien, a media voz pero muy sentío. Lo hace sin darse cuenta, para desgracia de los vecinos en el tiempo que está en la calle. Le sale de dentro y más a esas horas cuando todo el día está por venir. Si tú le dices que cante algo él dice que no, que así no le sale. Hay que dejarle. Una vez, una mañana, le dije que cantaba muy bien; él sonrió avergonzado mientras fregaba el bar y dejó de hacerlo. Desde entonces no he vuelto a decirle lo bien que lo hace. Es lo que tienes que hacer si quieres oírle cantar.

Cuando canta no tartamudea. Cuando habla solo, tampoco. Es al hacerlo con la gente que se traba. También conmigo, que soy su amigo.

Pasamos adentro y cada uno se puso a lo suyo. Yo con la barra y él sacando las mesas y colocando el salón. Luego le di para que fuera por los churros y la prensa. Y allí se fue, bien abrigado en su bicletilla canastera, cantando por fandangos a las ocho de la mañana, alegre de ver amanecer a otro día, el purillo con aroma a vainilla en los dedos, avenida arriba, subiéndola como otros domingueros no la bajan...Yo me maravillo cada vez que lo veo pasar así, tan tranquilo, sin apenas esfuerzo, con esa agilidad que le da su fibroso cuerpo, ese que jamás en la vida ha pisado un gimnasio ni hecho más ejercicios que el necesario para su sustento como afilaor de cuchillos, mosca de bar y buscador de los contenedores de basura. Una vez se encontró dos negros dentro comiendo. Le dieron un buen susto. Pero a veces encuentra cosas buenas, cosas que me enseña con excitación. "¡Quédatelo!" me dice siempre. Yo le digo que no y tras insistir un poco más lo guarda un tanto decepcionado, como si pensara que yo no creyera que eso sea algo tan bueno como a él le parece. Hace una semana me afiló los cuchillos del bar. Los dejó como navajas de afeitar.

Llamé a uno de mis proveedores ya con el bar abierto y no cogió el teléfono.

La chica rubia con cara de trabajar hasta al amanecer vino hoy con más hambre que de costumbre. Pidió tres porras en vez de dos, su colacao y un zumo de naranja en el lugar del chupito de cortesía con el que acompaño los cafés hasta el mediodía. Parecía cansada, con sueño, como todas las mañanas. Josemari todavía estaba por ahí, revoloteándole un cigarrillo al ciego, que no se lo daba. Se acercó a ella y la saludó un tanto avergonzado. Ella se lo devolvió levantando la vista fugazmente de su teléfono. Es una chica que devuelve el saludo a todo el que entra al bar. Y les mira, nos mira, como si fuéramos pájaros que pasan por la ventana.

Josemari le dijo algo del tiempo, su tema favorito. Ella sonrió mirando a su teléfono y respondió que sí, que hacía mucho frío. "¡Muuucho frío!" resolvió él yéndose a otro lado, contento tras haber hablado con una chica guapa.

Es rubia, joven, del Este, bajita y menuda, graciosa, callada. Viene ya desmaquillada y se le nota en la cara que casi esconde sobre el teléfono. A veces ríe bajito con algo que esté viendo; las más permanece silenciosa, comiendo churros mojados en colacao. Y al final se levanta del taburete, se pone la cazadora dejando caer la rubia cabellera fuera y dando un saltito se ajusta los jeans que, por cierto, le quedan como un guante. Dice adiós y se va a dormir cuando el sol ya sale por el horizonte.

Volví a llamar al proveedor. No vino la semana pasada y ya iba notándolo en mis existencias. Esta vez lo cogieron pero no era él.

- ¿Hola? -dijo una voz
- Hola, soy Kufisto, del...
- ¡Ah, hola, Kufisto! ¿qué necesitas? -Era el jefe, recordaba su voz de otras veces.

Se lo dije. Y no sé si fue que pregunté yo o se explicó él pero me dijo que el vendedor habitual estaba de baja por un problema y tal...Y no me gustó el tono de duda que empleó para decirlo.

El chaval es un chico que parece como si acabara de oír un portazo a sus espaldas. De mediana estatura, muy delgado, frente huidiza y grandes entradas en el pelo, tiene una mirada de esas que parecen mirar al otro como a alguien que va a preguntarle algo de vital importancia que él no va a saber responder. Le costó bastante relajarse un poco, algo que por otra parte no ha conseguido del todo. Con el tiempo, viendo que es un buen chico, hicimos una cierta amistad comercial. Hace un par de años me contó que acababa de ser padre y le felicité. Por primera vez vi una franca sonrisa en su rostro, cosa que, como a todos, le sentaba muy bien. Desde entonces suelo preguntarle por su hijo más por cortesía que otra cosa. Él responde de la mejor manera que le permiten sus nervios, quejándose un poco de esto y lo otro pero muy contento de su primera criatura.

El otro día se levantó con la garganta inflamada y fue al hospital. Le miraron y vieron que era cosa de los ganglios y que había que hacer una biopsia. Y en fin, que según su jefe en esas está, esperando el resultado.

Tuve un rato que me quedé casi solo y la mañana pasó lenta, muy lenta, hasta que llegó más gente y me dieron cosas que hacer.

Josemari llegó otra vez al bar cuando yo estaba solo en la puerta, a punto de irme, fumando un cigarrillo en espera del relevo. Esta vez venía andando con el palo de escoba que usa para escarbar en las profundidades de la basura. La tarde era gris y ventosa. Las nubes bajas amenazaban una lluvia que todavía a esta hora no ha caído. Le di un cigarrillo y apenas hablamos. A él se le nota más que a mi el paso del día a la noche. Por la tarde no está ni la mitad de contento que cuando amanece.

Venía de ver a su madre, a esa gitana húngara que parió 17 veces donde y como Dios quiso y que ahora, a sus 97 años, pasa los días en una residencia para ancianos.

- ¿Y qué hace? -le pregunto a Jose
- Nada. Mirar por la ventana. Ya casi nunca se acuerda de mi.

- Va a llover -dice un rato después


Y en silencio se va calle arriba, a su casa, con su idolatrada y estéril mujer, cabizbajo, dando golpecitos en la acera con el palo de la escoba.


Mañana tendremos otro amanecer al que cantar.

sábado, 26 de enero de 2019

TARDE

Salgo a la calle y apenas bastan diez pasos para pensar que he hecho bien en no quedarme en casa. Al primero que veo es al viejo. Había otro hasta hace unos meses, puede que ya esté muerto; le vi ir apagándose poco a poco con el paso de los años; pasaba por la acera del bar, sin entrar; una vez lo hizo y fue para devolverme un paraguas que mi hermano le había prestado la tarde anterior; fue la única vez que hablamos en todo ese tiempo; vestía bien, como si tuviera alguien que le cuidara. Yo siempre le vi solo.

A este otro viejo lo llevo viendo muchos años, no podría decir cuantos. Casi seguro más de diez, puede que veinte no sean demasiados, no sé...El tiempo se difumina en determinadas situaciones; su relatividad y todo eso. Este también pasó al bar una vez. Fue hace poco y fueron dos veces, ahora que recuerdo. Ambas en compañía de una mujer sudamericana, una señora ya de edad pero menos vieja que él. Casi no podía creerlo cuando le vi dentro del bar. Y menos en compañía de una mujer.

Tiene todo el aspecto de haber sido agricultor: la piel curtida, los ojillos recelosos y la boca pequeña, casi sin labios; de frente estrecha y manos grandes e hinchadas siempre juntas tras la espalda; la tez roja, sanguínea, y la cabeza un tanto baja, como descargada por la nuca, hinchada de tal manera que recuerda la testa de un toro pero sin la agilidad de estos en el cuello, que lo tiene como atrofiado, tanto que le cuesta horrores girarlo, cosa que soluciona parándose y dando medio paso a un lado.

Las dos veces que entró al bar tomó café, igual que la mujer. Pagó él de la manera que yo esperaba, como si le doliera.

Este último mes ha venido un par de veces al bar otro viejo con una sudamericana, esta más joven que aquella y de mejor ver. Ella pide cerveza sin alcohol y él café solo, del cual se deja casi la mitad. Ya se iban el otro día cuando la mujer le dijo al viejo que esperara un momento mientras iba al servicio. El viejo, obediente, lo hizo en la puerta. La mujer salió, recogió su bolso y me dijo hasta luego en ese tono de natural tan meloso, tan femenino, que gastan las hembras de aquellas tierras. Y yo le respondí lo mismo con el añadido de guapa.

Hacía un atardecer espléndido para ser del mes de enero, sin duda el más frío de estas en las que nací. Llevamos así unos días y parece que así lo acabaremos. Apenas he salido a andarlo. Voy al bar, salgo y me encierro en casa a ver aburridos vídeos de Youtube. La pereza es el peor de los pecados. De él nacen todos los demás.

Un par de chicas jóvenes se acercan. Me fijo en la del triste semblante, anguloso, una de andrógino aspecto, y pienso que podría ser bastante más atractiva a poco de que se lo propusiera. Hay bellezas escondidas, bellezas robadas a ellas mismas, que más que ocultarlas las agrandan a los ojos bien entrenados. Quizá ellas lo hagan porque eso es lo que quieren. Las mujeres saben lo necesario por instinto.

Cruzo la avenida y bordeo el parque. Unos chavales, cuatro, están jugando donde los gatos suelen tomar el último sol. Uno le da patadas a un balón de fútbol; dos están intentando doblar el patinete con la ayuda de la reja que mal guarda el terreno del edificio abandonado; y el otro está sentado mirando su móvil.

El rumor del polideportivo llega del otro lado del parque. La gente grita excitada a lo lejos mientas una joven pareja se acerca andando por el carril bici. No van cogidos de la mano. Ella es atractiva y él un aprendiz de malote. Ella va diciendo algo con sus rojísimos labios y él responde moviendo los brazos. Es alto y delgado, la cabeza pequeña y el pelo a medio rapar por los lados. Viste deportivo, holgado, de blanco por arriba y negro por abajo.

Llego al pequeño paso de cebra que da acceso a la rotonda de una de las entradas secundarias al parque. Viene un chaval en bici con un perro atado. Le cedo el paso y cuando está más cerca veo que es ese chico que viene al bar a comprar tabaco para él y su madre. Nos saludamos. Creo que le ha costado reconocerme. Una gorra hace bastante. Y más cuando te ven donde no te esperan.

Sólo viene una pareja tras ese pequeño paso de cebra. La tarde es buena pero también es sábado y la gente hoy está a otras cosas. Son un poco mayores que yo, que ya es bastante. Andan rápido. Él mirando al suelo y ella al frente mientras habla. Los dos tienen las huellas propias de la edad que ya deja pocas. Al cruzarnos sé que ella me ha mirado de reojo.

Por fin el buen sol de frente sin nadie ni nada haciéndole sombra. Son unos pocos minutos. Es el final del pueblo en el inicio de mi camino. Pronto sólo calentará mis espaldas.

Unos motoristas aceleran parados en uno de los stops de aquella gran rotonda que da acceso a mi tierra. Todavía está en obras. Van a ponerle algo dentro. En el perímetro ya se lee completo el nombre de nuestro pueblo.

Y entonces pienso que ya he visto lo necesario, que ya tengo lo suficiente para escribir una historia y que ya es tontería seguir caminando por ahí, de espaldas al sol y a la primera luz de las farolas, y que lo mejor que puedo hacer es abreviar y volver a casa rodeando el parque.


Hay muchos coches aparcados en las cercanías del polideportivo. Poco a poco, desde la otra acera, oigo como regresan aquellos gritos excitados. Camino de regreso a casa. El último sol de hoy templa mis espaldas.

Camino sin querer ver para no olvidarme de lo que ya he visto. Pero veo mustias parejas a medio separar que bajan de sus coches para entrar al parque con sus nerviosos hijos. Al final del paseo, en su última curvatura, hay una tía toda de negro hablando en lengua extraña aunque ya familiar por teléfono. Me echa un vistazo, se da la vuelta y sigue hablando.

Unos pasos más allá, apoyada en las barras metálicas que limitan la calzada de la avenida, una muchacha en flor habla por teléfono. Ella me ve pero no me mira. Tiene la melena rizada, dorada como un sol naciente, y se lleva un dedo de la mano derecha a la boca mientras escucha el móvil con la izquierda.

Cruzo por el paso de cebra y estoy en la plaza de toros. Con cierto cuidado la bordeo mirando al suelo. Una mañana encontré a un viejo borracho inconsciente, sangrando por la cabeza tras caerse en ese infame pavimento que más parecen olas que suelo. Había una mujer junto a él sujetándole la cabeza y otro tío llamando por teléfono.


Estoy a punto de llegar a casa cuando veo a una cajera del super de al lado que triunfal sale de él en compañía de dos tíos tan rientes y golfos como ella. Y al verla me acuerdo de la hermosa chica de los ojos cansados que a primera hora de la mañana viene al bar a tomarse un colacao y un par de churros antes de irse a descansar tras pasar otra noche en la cara oculta de la puta luna.


- Adiós


Adiós.