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jueves, 17 de enero de 2019

PACO 2

La primera vez que vino al bar tuvimos un leve intercambio de pareceres.

- Echa más -dijo al ver que la botella de whisky amenazaba con volver a estar boca arriba
- Si te echo más, te cobro más
- Tú echa, echa...

Paré antes que dijera que lo hiciera cuando ya el vaso de sidra estaba de whisky por su mitad. No protestó.

- ¿Qué te debo?
- Cinco euros
- ¡Cinco euros!
- Cobro la copa normal a cuatro y medio. La que vas a beberte debería cobrártela a seis
- Bueno, vale...

Sacó un billete arrugado del pantalón y pagó.

Algún tiempo después volví a verle. Yo estaba sentado en la terraza, fumando en espera de la llegada de algún cliente, cuando lo vi cruzar la rotonda por la calzada. Caminaba rápido a pesar de su enorme barriga colgandera. Hay tíos sorprendentemente ágiles para sus panzas. He conocido a unos cuantos. Uno de ellos, Paco "el Gato", era célebre por la enorme velocidad que adquiría cuando la policía le perseguía tras una de sus visitas a los cepillos de la iglesias. No lo cogían nunca, o eso se decía. Luego sí, lo cogieron y pasó algún tiempo en la cárcel entre unas cosas y otras, como zurrarle a su mujer cuando volvía hasta el culo a casa, aunque esto, en aquellos tiempos, no creo que fuese lo mollar de la pena. Yo a Paco le soltaba veinte mil duros para que fuera por el tabaco del viejo bar y siempre volvía con el recado. Claro que esto fue ya después de salir del talego, cuando las borracheras eran muy de vez en cuando y sólo era otro tipo más que andaba por allí con las manos en los bolsillos y la media sonrisa irónica en los labios. Y claro que no fui yo quien decidió que Paco se encargara del cometido sino mi padre, a quien respetaba tanto como estas gentes solían respetar a quienes no los trataban como apestados. Paco volvía con la bolsa llena de cartones de tabaco y yo le daba un paquete de Ducados. Llega un momento en la vida en el que la gente, los desgraciados, sólo piden poder estar en un sitio como los demás, sin el temor o la sensación de ser rechazado. Y una vez encontrado ese lugar se cuidan muy mucho de perderlo, que para perder los papeles ya tienen esos pobres bares que sólo pueden vivir de quienes pierden los papeles. En el nuestro, en el viejo bar, Paco sólo bebía los cafés a los que mi padre le invitaba.

El tipo cruzó la mediana por la calzada y vino donde yo estaba sentado.

- ¿Tienes un cigarro? -me preguntó
- No, es el último -contesté

Se quedó un momento mirándome sin insistir y ya por la acera subió calle arriba no sin pararse de vez en cuando para volver la cabeza hacia mi, como si no se creyera lo que acababa de suceder. Tiré el pito y pasé al bar.

Vino un rato después. Pidió un whisky con cocacola y le eché la medida de la otra vez sin que me dijera nada.

- ¿Qué te debo?
- Cuatro cincuenta
- ¿Hoy no me cobras cinco?
- No, hoy no.

Desde entonces se los cobro a ese precio.

Pagó y después se bebió otros dos. Compró tabaco y me contó que venía del hospital de ver a su madre que estaba ingresada. A ella, o al padre, le había cogido la pasta, un billete de cincuenta pavos. Parecía haberse olvidado del supuesto desaire anterior. Un billete de cincuenta euros puede perdonar muchas supuestas afrentas, incluso las reales.

Un mediodía de un domingo (lo recuerdo perfectamente) vino al bar por lo suyo. La gente había empezado a llegar y yo ya andaba liado. Cuando lo vi aparecer no me hizo gracia. Las otras veces habían sido todas a horas libres, de mañana o tarde, cuando poco importa quien ande por allí mientras no dé problemas, pero una mañana dominical, una mañana de lucimiento, no era el horario más apropiado para alguien como él.

Que es gordo ya lo he dicho; que luce panza colgandera ya sea verano o invierno también, o casi; pero es que aparte no tiene trazas de ser muy limpio, incluso de ser un poco cerdo, y esto unido a su descuidada vestimenta, a una cara un tanto abotargada, a la descuidada barba y a una mirada casi que eléctrica no deja de causar cierto repelús entre las gentes de bien, aunque sólo lo sean porque se echen desodorante y vistan con un cierto esmero. Por no decir que ver a alguien así bebiéndose un copazo a la una del mediodía no es una visión agradable para muchos de quienes yo vivo.

Digo que recuerdo bien el día porque dio la casualidad de que un viejo amigo se encontraba en el bar con su chica, y este cuando viene sólo lo hace los domingos. El tipo lo vio nada más entrar y se puso junto a él, se conocían, habían hecho negocios de jóvenes y tal, y un tanto avergonzado mi amigo tuvo que aguantar la brutal conversación en presencia de su dama; poco después se salieron a la terraza y él con ellos. Al rato mi colega volvió a entrar para pagar e irse y mientras lo hacía me contó por encima la pieza que allí se quedaba, un auténtico cabronazo por lo visto, una especie de loco peligroso que hacía tiempo andaba medicado por haber abusado de las drogas. Mi colega se marchó, el otro lo hizo un rato después y yo seguí con lo mío.

Resulta curioso como cambian las cosas según te las cuenten o no. Ya me ha pasado muchas veces en la vida encontrarme en situaciones a priori complicadas y si yo desconocía su naturaleza las solucionaba favorablemente, como por instinto, cuando en las ocasiones en las que me encontraba sobre aviso no lo hacía bien, al contrario, la cagaba o casi. Es como si la vida te diera una lección, como si dijera que no es como te la pintan sino como la ves, que leer y disfrutar "Mazurca para dos muertos" está bien mientras no quieras escribir "Mazurca para dos muertos (segunda parte)" y sí "Tío gordo, cerdo y borracho viene a mi puto bar (episodio 606)", que lo mismo conoces de quienes te sonríen y alaban tu maestría en los arroces los domingos al mediodía que del bruto que viene a por su dosis de alcohol, que no sabes nada y que lo que sabes está equivocado, que todo son supuestos, que todo son disfraces y que lo única variable es si tienen cincuenta euros en el bolsillo, que en verdad ni a ti mismo te conoces, que por otra parte tampoco eres ningún santo...

La última vez que le he visto ha sido hoy. Hubo alguna otra después de aquella y siempre bajo los mismos parámetros: mediodía de diario, primera hora de la tarde, poca gente o casi nadie en el bar y ya.

Hacía un frío de tres pares de cojones. Eran las once de la mañana y estábamos a menos uno. Yo había llegado al bar a eso de las siete y media y eran menos cinco los grados que lucía el luminoso termómetro de la farmacia. En el bar estábamos a veintitrés y medio, una temperatura ideal. Y entonces vi entrar a este con el final de su panza colgando a pelo bajo la camiseta y el ligero abrigo medio abierto que llevaba.

"La madre que lo parió" pensé al verlo.

Uno toma verduras, ajos negros en ayunas, agua mineral, grasas y frutas buenas, evita el pan y los azúcares, lo procesado, la farmacia en la medida que puede, anda y hace ejercicio, se lava las manos con agua constantemente en el trabajo, lee y ve vídeos de conocimiento, abomina de la televisión y se pone condón para que se la chupen y luego llega la Navidad y pilla un catarro, o le sale una verruga, o un grano, o un cuerno que no sabe qué coño hace ahí si él no ha hecho nada tan malo como dicen, salvando las consabidas y casi obligadas excepciones...

Me ha dado más asco verlo entrar así, con las carnes bajas al aire, que el hedor que esta vez desprendía, verdaderamente insoportable.

- Una copa, Kufisto

La madre que lo parió. Es la genética, estúpido, la puta genética.

- ¿Qué tal? -le he dicho- ¿como va eso? ¿al hospital? -pensando en su madre, o en su padre, o en los dos
- Sí, hoy es cosa mía. Voy al centro.

No he preguntado. He supuesto que es algo para alcohólicos o parecido. He vuelto a sentarme en el taburete del rincón para seguir leyendo en Burbuja lo del niño en el pozo y el aniversario de la muerte de Bobby Fischer. Paco el Gato II, a metro y medio de mi, apestaba más que nunca, como si hubiera pasado la amanecida apartando caballos salvajes, marcándolos y todas esas mierdas. Tanto era el hedor que me pasé a la barra, al ordenador de la otra esquina.

- Kufisto -dijo mientras yo leía de los tubos horizontales, verticales y transversales que la Guardia Civil y una banda de suecos están haciendo para rescatar a un niño de dos años y medio que ha caído cien metros por un pozo con una abertura de veinte centrímetros.
- ¿Qué?
- ¿Tú tienes mujer?
- No
- ¿Y novia?
- No
- Pues yo quiero una mujer.

Me acerqué. Volví a sentarme en el taburete del rincón.

- Quiero una mujer, Kufisto -dijo con una mirada propia de quien sigue sufriendo las violentas erecciones de los trece años.
- A veces las mujeres son un problema, Paco.
- Odio el campo -dijo con un odio concentrado, puertohurraquesco
- ¿Trabajas en el campo?
- Sí, en el de mi padre. Ahora viene la época de poda, hasta marzo o abril...Catorce mil cepas...
- Hostia puta
- Sí...entre mi hermano y yo, con las tijeras...odio el campo...lo odio
- Ya...

A todo esto seguía bebiendo como bebe, a pequeños y constantes sorbos.

- Cuando se mueran mis padres -dijo- lo vendo todo. Con mi hermano, claro. Él tiene 57 y yo 51. Los dos estamos solteros. Odio el campo, Kufisto, lo odio con todas mis fuerzas...¿Ves el programa de Ramón?
- ¡De qué Ramón? -dije yo pensando en aquel García, que no veo un programa desde hace veinte años.
- ¡De ese que sale en Castilla la Mancha, ese que junta parejas!
- No, no lo veo
- Pues tienes que verlo. Allí tú mandas que buscas esto y allí que te vas. Luego te llaman y quedas con esta y con la otra. Yo estoy muy solo, Kufisto, muy solo...Quiero una mujer. Mis padres tienen que morirse y después venderemos todo. Odio el campo, no da nada más que trabajo y trabajo...lo odio
- Ya
- Ponme otra copa
- Claro


Daban las doce cuando se largó al "centro".


Y dudé entre retomar la dosis de amoxicilina o darle al extractor.

viernes, 11 de enero de 2019

UNA BUENA SONRISA

Es tan raro encontrarse con una mujer que te sonríe...

Una sonrisa permanente, confiada, de apariencia verdadera, una sonrisa que dice cosas porque le gusta estar ahí, en el mismo sitio que estás tú, sin obligación alguna de hacerla ni gestada en un cursillo de atención al cliente en la Fundación del Ayuntamiento.

Uno está acostumbrado a la profesionalidad en las breves relaciones que mantiene con las mujeres: la muchacha de la tienda de los frutos secos, la chica de la administración de loterías, la mujerona de la tienda de la miel y los ajos negros, las cajeras del centro comercial, siempre tan concentradas, aburridas y seguras en su trabajo que te miran como a un paquete de tomate frito al pasarlo por el lector del código de barras...Algunas te sonríen y otras ni eso, pero en los dos casos no tiene significado alguno: no es a ti, es a tu dinero.

También están las putas y las que te cruzas por las aceras mientras caminas, estas siempre como temerosas de no sé qué, es algo que puedes sentirlo, yo ya ni las miro cuando me veo lo suficientemente cerca de ellas; y si ha anochecido y eres tú el que va por detrás oyen tus pasos, giran nerviosa y disimuladamente la cabeza y casi que puedes oír el grito que están incubando, tal que el aura previa al inminente ataque epiléptico. Las putas sí, te sonríen igual que las del párrafo anterior. El caso es que si no hay dinero das algo así como miedo y asco. Y si lo hay casi que lo mismo con el sólo añadido del interés en la inmensa mayoría de los casos.

La chica vino esta mañana al bar por sus cafés para llevar justo en el peor momento, cuando un grupo de gente de la misma empresa en la que ella trabaja aunque muy por encima de categoría estaban ya sentados esperando los desayunos que yo iba preparando casi que con el último bocado del mío aún rondando en mi boca. No es esa forma de hacer digestión alguna pero ya estoy acostumbrado. Haber estudiao como ellos.

La chica asomó la cabeza desde la puerta y con una gran sonrisa pidió lo suyo. Sin duda estaba fumando y por eso todavía no pasaba dentro. La mañana era gélida pero no lo bastante para olvidarse de la nicotina. Le dije desde la cafetera que esperara un momento que iba a ser un poco largo, dijo que sí y cerró la puerta. Pasó cuando aún estaba liado y esperó mirando su móvil, o eso creo y supongo. Terminé de servir los desayunos entre muestras de la excesiva educación de quienes sin duda alguna piensan que eres inferior a ellos y acto seguido me puse con los cafés de la chica.

Una de las tapaderas estaba rota, era la última y tuve que montar la de Dios para sacar el paquete que guardo de ellas allí donde lo pondría mi más encarnizado enemigo. No suelo servir muchos de estos, lo que unido a que estas cosas siempre pasan en el momento más inoportuno dio motivo a mis amargas quejas que sin duda ella oyó.

- ¡No me pongas cucharillas que tenemos! -dijo ella a mis espaldas viendo como hurgaba en el pequeño armarito que contiene los cachivaches de uso poco frecuente. Casi puedo decir que lo dijo medio riendo.
- ¿Quieres azúcar?
- ¡Sí!

Se los llevé. Una de las tapaderas no acababa de cerrar bien.

- Espera un momento -le dije intentándola meter en su sitio
- ¡No importa, no importa...Si nos los vamos a beber ahora mismo!

La metí y entonces vi que sonreía muy bien.

No sé cuanto tiempo llevará viniendo por aquí. Puede que un par de semanas, un mes o dos, no sé. Suele venir con su otra compañera, pero se ve que hoy hacía demasiado frío para esta, que es algo mayor. La verdad es que nunca les he hecho mucho caso. Dos mujeres de diferente edad, ninguna especialmente llamativa, que esperan sus cafés no diarreicos para llevárselos de vuelta al trabajo. Y los de ellas siempre son para llevar.

La chica volvió esta tarde, a última hora. Yo llevaba un rato que no hacía más que mirar los relojes, el de la pared oculta, el del móvil y el del ordenador. Mi único cliente en ese momento, un jubilado que viene al bar cuando le toca, llevaba quince minutos dándome una lección no pedida de los usos y costumbres de su pueblo en las pantagruélicas fiestas de los santos. Ya tenía el techno puesto a buen volumen desde antes que él llegara, cosa que parece no importarle pues jamás ha dicho nada. Él suele sentarse en un taburete del otro extremo de la barra y así, mientras Boris Brejcha y compañia suenan por los altavoces, yo sentado en mi sitio del otro lado y él en el suyo, charlamos a viva voz del equipo de fútbol de su pueblo (va bien), de los problemas físicos (no graves) de su anciana mujer, de los usos y costumbres de su joven nieta (está harto de tanta tontería de la juventud) y del desastre de sociedad que hay en nuestros días (cosa en la que coincido y donde, desde mi experiencia como camareta, suelo añadir algo que acaba por escandalizarlo)

La chica llegó y se sentó en mitad de la barra, pidió un café, le pregunté si era para llevar y con una gran, gran sonrisa contestó que esta vez no. Era la primera vez que se tomaba uno allí.

Bueno, la competencia no era feroz, así que no recuerdo como fue que nos pusimos a hablar, ella siempre sonriendo, yo me contagié y también sonreí, pude darme cuenta de ello mientras lo hacía, "¡coño, estoy sonriendo de verdad!", llegamos incluso a reírnos hablando de algo. Dijo que se iba a su pueblo a pasar el fin de semana, no le pregunté cual, tampoco nos presentamos y poco después se marchó hasta la semana que viene.

Uno puede saber cosas de las mujeres, creer que sabe cosas de las mujeres, pensar que es mejor pasar de las mujeres, vivir como si el mundo de las mujeres fuese un inmenso centro comercial apoyado y dirigido por las Fundaciones y luego, una tarde que miras los relojes, encuentras a una que sonríe contigo.


Y todo lo demás se difumina como un azucarillo en un café más que cargado.


martes, 8 de enero de 2019

EL GORDO GRANUDO

Nos encontramos en el pasillo destinado a las galletas y los bollos del centro comercial. Yo salía de él tras pasar más tiempo allí que el gastado en hacer el resto de la, por otra parte, sucinta y rutinaria compra de los lunes. Al final, después de casi dejarme los ojos leyendo la letra pequeña de los productos en busca del que fuera menos venenoso, me decidí por esas caras galletas francesas rellenas de chocolate de las otras veces. Y al salir con ellas del pasillo, sonriendo al recordar que había sido poco más o menos como cuando de chico iba al vídeo club más recóndito de la ciudad para pillar algo de porno del bueno, que nos topamos casi de bruces. Y fue como si verdaderamente nos hubiésemos pillado en el pasillo guarro de aquellos vídeos clubs periféricos.

- Hola -dije yo de camino a mi carro
- Eh...hola -dijo él de camino a sus galletas como quien ve en modo FF los títulos de copyright y créditos de "Sexy french Marylin"

Y eso fue todo.

Hubo un tiempo en el que fuimos amigos. Yo había dejado por imposible a la última pandilla de amigos que tuve y andaba de acá para allá, con estos y con aquellos pero siempre solo. Y ya no recuerdo como fue que di con estos.

Eran tres, a veces cuatro si no recuerdo mal. Uno era este, alto, feo y gordo granudo; luego estaba "el guapo", un tío raro y bien peinado, uno que siempre estaba discutido con la novia, o lo había dejado, o qué se yo, pero que cuando bebía le daba por conducir como un kamikaze por la ciudad, ante el espanto de aquel y mis risas; luego estaba el chico judío, un chico inteligente, callado y discreto, uno que miraba a su alrededor como si todo el mundo supiera que era un maldito judío; y por último recuerdo a otro, un tío algo mayor de grandísimas narices y gafas de director del botones Sacarino que creo era primo del primero y que cuando lograba vencer su fobia social para salir a tomar algo con nosotros se me quedaba mirando con una intensidad tal que a cualquier otro le hubiera molestado. Indudablemente le habían hablado de mi y supongo que me vería como al chico de la moto o algo así.

Solíamos frecuentar bares de barrio. Bebíamos cerveza y vino y charlábamos de "cosas inteligentes": cine y literatura, política y filosofía, y todo eso que uno cree el súmmum cuando apenas ha saltado los veinte años. Yo venía de un mundo donde las centraminas se comían como juanolas y el speed rulaba como las sacarinas en una merienda de marujas.

Mujeres había pocas o ninguna, que yo recuerde. El gordo estaba resignado a su suerte, el guapo no hacía más que hacerse el interesante bajo su perfecto peinado y su casi perpetuo e indiferente mutismo ante las conversaciones y el chico judío escuchaba y hablaba poco durante las discusiones que manteníamos el gordo y yo.

Por entonces yo era un provocador y me gustaba pelear a la contra, sea la que fuera, aunque normalmente solía coincidir con mis ideas. Al gordo se lo llevaban los demonios y todavía más cuando me escuchaba decir que "Mein Kampft" era un libro grandioso e incomprendido, por no hablar de "Los Protocolos de los Sabios de Sión" y sus verdades como puños. El chico judío sonreía (y comprendía) y al final todos acabábamos riendo a carcajadas ante cualquier burrada que a grandes voces me soltara el gordo granudo, ya seriamente tocado de jarretes de vino con gaseosa. Por cierto que acabé enrollándome durante algún tiempo con la hermana del chico judío, una chica de rara belleza a la que yo le gustaba por lo cabrón que era.

A veces íbamos a una especie de cochera o algo parecido que el gordo tenía por donde vivía con sus padres. Esa era su mazmorra o así, su sancta sanctorum, su guarida. Allí estaban sus libros, sus juegos de mesa, su porno, su música y todas aquellas cosas. Pillábamos bebida y marchábamos para allá. La verdad es que recuerdo muy poco de todo aquello, pero sí que una vez me dejó un libro de Freud, "La interpretación de los sueños", para que lo leyera a ver si podía hacer algo conmigo. Leí unas cuantas páginas y lo dejé de puro aburrimiento, aunque creo que no se lo devolví por un descuido y como poco después nuestra relación acabó creo que es uno de los motivos por los que me guarda cierta ojeriza.

El otro fue que una vez, años después y ya estando yo en el nuevo bar, apareció por allí y me dejó un cd o dvd con algo que había grabado, una cosa "artística" o parecida que había hecho y a la cual quería que yo le diera un vistazo y que después se la diera a alguien que vendría a por él, no recuerdo quien. Estoy por decir que ni lo miré, y si lo hice soy incapaz de recordar nada. El caso fue que yo lo dejé por ahí, entre el cerro de cedés que por entonces había que gastar, y al cabo de no sé cuantas semanas apareció uno preguntando por el dvd del gordo granudo. Yo ya ni me acordaba de él, y tras un buscar de mala gana por un rato le dije que no lo veía y que estaba casi seguro de habérselo devuelto a su dueño. El notas me miró un tanto raro y se marchó. Algunos días después vino el gordo granudo un tanto nervioso e hice por buscarlo otra vez, incluso le invité a que él mismo lo buscara pasando a la barra, cosa que hizo durante cerca de una hora sin encontrarlo. Y un tanto mohíno se fue no sin echarme en cara que debería haber tenido más cuidado, a lo que respondí que estaba seguro de habérselo devuelto y que realmente ni lo había visto ni me importaba una puta mierda.

Pasaron más años y una mañana apareció con sus compañeras de trabajo. Iban de viaje a su instituto de un pueblo cercano y no sé qué movida les había llevado a tomarse el café en mi bar. Gordo Granudo ya estaba casado con una chica que limpia mis escaleras y esto, sin duda, era otra pulla en su morrillo, por lo que no resultaba rara la cierta tirantez con la que respondía a mi franca alegría por verle, algo que por otra parte no me cuesta nada desde hace tiempo.

Nos hemos visto más veces por ahí, siempre en el mismo plan que en la sección de galletas del centro comercial. Me enteré de su paternidad de dos hijas y por pura casualidad de que es un consumado progre, pues de tal calaña es la leyenda que luce como frase de presentación en su wasap, cosa que vi una noche que estaba comiendo techo y me dio por mirar números de teléfono. Todavía lo tenía ante mi más absoluta estupefacción.


Gordo Granudo fue un buen amigo durante un tiempo. Era divertido charlar con él. Apasionado al hablar, se vencía de tal forma sobre sus gustos e ideas como sólo puede hacerlo quien está falto de amor cuando más falta le hace.

"El guapo" vino un par de veces al nuevo bar. Al final se había marchado a su lejano pueblo y no recuerdo qué me dijo estaba haciendo. Seguía tan bien peinado y autista como siempre. No le pregunté ni por su novia ni por su coche.

El chico judío también se casó, creo, aunque a este hace tanto que no le veo ni sé de él que ya es poco más que la emisora Latina de Spotify.

Del primo que me miraba como si yo fuera el coronel Kurtz recuerdo haberle visto una vez en algún sitio hace algún tiempo, aunque en esa ocasión ya lo hiciera más bien como si me hubiesen dado un puesto en el Congreso.

La chica judía acabó casándose con un compañero mío de estudios y ahora es madre de dos hijas.


El tiempo pasa y la gente más. Muchos se aferran a los recuerdos para seguir durmiendo. Otros se flagelan con sus mismas cadenas para no dormirse. Las fotografías de tu vida valdrán más que tus días llegado el momento. El sueño de los otros, tus sueños, dan el alto en la encrucijada que será eterna. La imagen en el espejo ya tiene lo mismo que ver que Dorothy en la granja de su tío. El Mago de Oz es un greñudo que berrea gilipolleces ante miles de gilipollas que le aplauden. Al conejo se lo comió el gato de tanto mirar el reloj cuando hubiera sido el burro quien debería haber estado pendiente del cronómetro.


La vida es bella, sí. Maravillosa cuando tu memoria lo deshecha casi todo para hacerle sitio a lo que viene después de la ducha.


Es lo bueno de salir mal en las fotos.

jueves, 27 de diciembre de 2018

RELATO DIFERIDO

Mirabas todo aquello como si no entendieras nada de lo que pasaba a tu alrededor


De esta manera, justo ahora hace algo más de dos días, unas cincuenta y una horas, pensé en empezar el relato que tu imagen de la tarde anterior trajo a mi mente mientras caminaba por el parque viejo del pueblo.

El mediodía de Navidad estaba siendo esplendoroso. Toda la niebla de los días previos, la misma que durante todo el día de hoy, semejante a ayer, no ha permitido que viésemos el sol, se había disipado hasta no dejar rastro alguno. En la amplia avenida en la que desemboca el gran parque nuevo se veía un continuo ir y venir de padres con los hijos que ilusionados estrenaban los regalos de Nochebuena: pequeñas bicicletas de llamativos colores con las dos ruedecillas de atrás puestas; patines con todo el equipo completo incluido (rodilleras, coderas y casco); balones de futbito, alguno de mini-basket, raquetas de tenis y de padel que iban a estrenarse en las cercanas y bien acondicionadas pistas multi-deportivas; había incluso quienes conducían patinetes eléctricos con una sonrisa tan grande como la que uno le pinta al sol cuando lo dibuja siendo niño. Todos acompañados de sus padres, algunas mamás empujando el carrito de otro hermanito y los papás vigilantes, orantes más bien, para que nada malo sucediera. También se veían perritos que papá Noel había dejado a alguna niña que se había portado especialmente bien; una pequeña iba hablándole a su recién estrenado juguete mientras sujetaba la correa con una manita y la otra se la daba al padre; el perrillo la miraba de vez en cuando, parándose, como preguntándole con los ojos si estaba haciendo bien eso que ella decía, fuera lo que fuese aquello; entonces la niña reía nerviosa, miraba a su padre que sonreía, y le gritaba excitada que su perrito entendía lo que ella le decía.

Más adelante, ya fuera de allí y decidido a subir los molinos como una especie de acción de gracias por ese mediodía que más parecía primavera en Navidad que otra cosa, sucedió que los perros que se veían en la ya cercana lejanía no eran tan pequeños e iban sin correa de acá para allá ante la pasividad de sus amos, contentos de ir encontrándose con muchos otros como ellos. Y viendo a tantos extraños que iniciaban el peregrinaje en compañía de sus bestias, imaginando a todos la que podría ir encontrándome en el camino y tras un breve examen de mis nervios tras una larga noche, poco sueño, una buen resacón y un par de horas de limpieza de las huellas de la batalla que habían quedado en el bar, dejé la acción de gracias para otro momento menos dudoso. Tomé el camino normal y tras una larga y liberadora meada en el matorral de siempre pensé que la vuelta sería esta vez por esa calle que he descubierto hace poco, una paralela a la habitual pero en la que los gatos parecen ser los señores de la misma.

La primera vez que pasé por allí no tardé mucho en sorprenderme ante su actitud: permanecían tranquilos ante mi paso, sin soliviantarse. Algunos yacían tomando el sol sobre los capós y los techos de los coches, cosa que me hizo una gracia infinita; otros estaban en posición de esfinge sobre las aceras; algunos quedaban arrullados plácidamente sobre las raíces de los árboles; y todo ese raro silencio entre tanto gato feliz de estar bajo el sol me recordó a ti.

Llegaste al bar dentro de un grupito que comandaba alguien que sólo viene aquí por estas fechas, alguien no demasiado agradable de ver para mi. Una chica de boca cubista parecía ser su nueva pareja, cosa nada sorprendente; había también un tío mayor con aspecto de no querer estar allí y luego estabas tú. Enseguida me fijé en ti. Siempre me gustaron las mujeres con la piel ajustada y sin más colores que los que da la sangre.

Primero fueron los cafés y pronto, ya en el tumulto de esa tradicional tarde berlanguiana, se pasaron a las más que previsibles copas que el conocido empezó a trasegar con fruición aún con la nueva nota de "cortas", cosa que tampoco me sorprendió mucho pues es algo que ya vamos haciendo todos aunque al final acabemos como siempre. Tú no pediste nada más hasta que poco menos te obligaron a beber algo. Y fue entonces, una vez que yo andaba aclarando vasos, cuando miré como echabas un lento traguito, como hacen quienes no le gusta lo que están bebiendo, y sentí que justo en ese momento ibas a mirarme. Y me miraste con esa mirada reconocible y nunca olvidada, de felina salvaje. Y estuviste así un par de segundos, sin dejar de despegar tus labios de ese vaso que tan poco te estaba gustando lo que contenía.

En toda la tarde te oí hablar. Sólo estabas ahí de pie, viendo como se abrazaban los demás, oyendo sus gritos, sus risas, su creciente histeria, el nerviosismo general, la sensación de rapidez, de velocidad, de desenfreno que acompaña a todo lo vulgar y agotado en sí mismo mucho antes de llegar a haberlo sido en alguna ocasión...

Más tarde te irías en algún momento.

Y esa noche no, pero la siguiente soñé con aquella otra mujer que conociera exactamente igual que te conocí a ti.


Después pasamos doce años juntos que empezaron calentando los verdes bancos de las calles en Navidad y terminaron en el sopor de mi jaula hipotecada con calefacción de Gas Natural.


A ti no te volveré a ver.


O mucho me equivoco.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

ANTONIO

Lo conocí una mañana que vino al bar. Era un hombretón ya mayor (al menos tan viejo como todavía lo era mi padre), de ojos claros y una mirada limpia, decidida, que causaba confianza en quien la reconociera por haberla visto en otros. Pidió una cerveza y se la serví con la sensación de que él sí me conocía a mi. Tenía la voz grave, profunda, de fumador precoz de hojas de patatera. Una cabeza romana, imponente, conservaba casi todo el cabello, también de aspecto fuerte; la tez roja denotaba la enorme vitalidad de la sangre que circulaba por sus venas; y una boca grande, de labios carnosos y buena dentadura, dibujaba en él un rictus de perpetua sonrisa aún sin sonreír, cosa que les pasa a quienes han reído mucho.

- Gracias -dijo cuando le puse la cerveza
- De nada
- Una cerveza bien tirada
- Muy amable -respondí como quien lo ha oído decir un millón de veces
- ¿Tú no me conoces, verdad? -dijo sonriendo tranquilizador
- Pues no, la verdad -respondí mirándole a los ojos- No le recuerdo ahora mismo...-dije respondiendo un tanto avergonzado
- Yo soy amigo de tu padre -contestó con seguridad, con una mirada tan penetrante que no dejaba lugar a la duda: no había más que verlo decir eso para saber que era amigo de mi padre. Se presentó y seguí sin reconocerle- ¿Qué tal está? ¿Viene por aquí? Tengo muchas ganas de verlo.

Entonces fue cuando le dije que había caído enfermo, sin ocultarle la gravedad, y que en esos días estaba pasándolo un poco mal por el tratamiento. Vi como le cambiaba la cara conforme se lo decía y él tuvo la delicadeza de no preguntar nada más. Poco después se fue no sin decirme antes que por favor le diera recuerdos de su parte y los mejores deseos para su mejoría. Así lo hice aquella misma tarde cuando fui a verlo a casa mientras veíamos una vieja película de vaqueros. Él sonrío en su sillón, dijo su nombre como quien se acuerda de algo agradable y añadió que era un buen tío, sólo eso. Después volvimos a callar y continuamos viendo a los vaqueros matando indios de la misma manera en la que lo hacían cuando todo estaba claro y no había lugar para la duda.

Aquellos niños que lo fueron en los años cincuenta del pasado siglo iban a la escuela a aprender las cuatro reglas y poco más. Algunos, las excepciones, eran buenos estudiantes y conseguían beca para entrar en la Universidad, pero la inmensa mayoría lo dejaba mucho antes para ponerse a trabajar. Todavía niños, andaban de acá para allá rodeados de mayores mientras aprendían un oficio. Entremedias se iniciaban en las cosas de estos y poco a poco iban haciéndose hombres. La religión, también ya fuera del colegio público, seguía siendo un coñazo reservado a mujeres y maricas pero no tenían ninguna necesidad de ir quemando iglesias: ya no tenían la obligación de ir, ni de confesar sus pecados a ningún extraño sospechoso, y eso no dejaba de ser otra liberación. Todo era trabajar, salir con los amigos, flirtear con las chicas decentes y, con el tiempo, irse de putas a un pueblo vecino para desvirgarse, cansados ya de las pajas que, casi por misericordia y un par de perras chicas, les hacían algunas señoras putas del pueblo en el que nacieron. Un poco más tarde conocían alguna buena muchacha, se hacían novios formales sin derecho a roce, llegaba el servicio militar, las cartas de amor y al regreso ya había que ponerse a trabajar en serio mientras se intentaba dilatar un poco más la alegre vida del soltero. Aunque muchos no regresaban tras conocer la vida de una gran ciudad. Y la mayoría de quienes volvieron, teniendo Madrid a tiro de piedra razonable, decidieron buscar fortuna en la capital del Reino. Mi padre no pero su amigo sí. Y por eso no lo conocía. Yo siempre trabajé con mi padre y nunca vi a su amigo por el viejo bar.

La mayor parte de la familia de mi padre acabó en Madrid. Él tenía su bar, el buen bar de su padre, y no vio ninguna necesidad de irse a buscar suerte a ningún otro lugar. En cuanto mi abuelo vio que, por fin, lo de su hijo con mi madre iba en serio se retiró del bar alegando su enfermedad y no volvió a aparecer allí. Tres años más tarde mis padres se casaron y vivieron los años más felices de sus vidas haciendo hijos mientras sacaban adelante sus negocios. Al tercero, dicho por mi padre, el suyo ya empezó a mirarle mal. Él había tenido dos (con un aborto natural, el primero) y más de eso era exageración para un hombre tan austero como lo fue él. Cuando algunos años después, ya tras la casi consecutiva triada, mi padre le dijo que venía el cuarto tuvo una seria discusión. Y apenas un par de años tras esto llegó la anunciación del quinto y, directamente, le dijo que si estaba loco. Yo supongo que mi padre se reía con esto; era un hombre de buen humor y gran confianza y seguridad en sí mismo. Al final se había casado como tanto le insistían y qué otra cosa había que hacer sino hijos: cuantos más mejor. A él le encantaba ser padre, tenernos sobre su panza y besarnos con aquel bigote tan suyo cuando llegaba a casa de trabajar e iba a echarse la siesta después de comer: "teneros ahí, veros sonreír, acariciar vuestra piel, tan fina como si fuera de seda, cuando eráis bebés...eso es lo más grande que puede pasarle a un hombre, lo mejor que me ha pasado en la vida" me dijo alguna de aquellas últimas tardes que pasamos juntos.

Y en el quinto hijo paró porque mi todavía joven madre estuvo a punto de morirse desangrada y el médico le dijo que no tuviera más.

Un par de meses después (quizá cinco, no lo sé, el paso del tiempo es una cosa que cada día se difumina más) su viejo amigo Antonio de visita en el pueblo volvió al bar. Esta vez, y ya sobre aviso, lo primero que hizo fue preguntarme por la salud de mi padre. Yo no me escondí, le dije que estaba peor, y pude ver como le subía el dolor al rostro. Se desencajó todo lo grande que es y cuando se rehízo sin que nadie más que yo lo notara pidió una cerveza y un pincho de tortilla que comió con voracidad, como si otra vez tuviera quince años, como si haciéndolo así todo volviera a ser como fue, como si deseara atragantarse hasta quedarse sin sentido, algo casi que vetado para una constitución como la suya.

- Kufisto -me dijo muy emocionado una vez que hubo acabado-, por favor, te voy a dar mi número de teléfono para que se lo des a tu padre y me llame cuando quiera.

Hasta en eso tuvo la delicadeza de no pedirme el de mi padre. Pensó que en esas circunstancias lo mejor era que lo llamara él. Y así debe ser y así no se hizo.

Lo recuerdo perfectamente. Hay cosas que uno recuerda perfectamente y cosas que no.

Aquel día era jueves y no ningún otro. Llegué a casa de mis padres después de pasear tras salir del trabajo. Mi madre abrió la puerta con aquella cara, con esa cara de Pandora ante el señor de las mil llaves. Mi padre estaba meando con sangre otra vez, como en su penúltimo ingreso. Subí arriba y lo vi sentado en su sillón, asustado. Yo me senté en el sofá de al lado y mi madre en el otro, el que está junto a las ventanas. En la tele estaba la de vaqueros y hablamos bajito. Mi padre tenía los ojos brillantes. Mi madre, medio en penumbra, mantenía la cara como podía sin dejar de decirme lo que había ante el cabreo de mi padre.

- No es tanto -decía él- Es sólo que sale un poco manchada, como con color...
- Es sangre -decía ella- Bebe agua a ve si haces pis, que lo vea el chico.

Y mi padre, obediente al fin, cogía la botella y echaba unos sorbitos.

- Bebe más -decía ella con suavidad

Y entonces mi padre se cabreaba y echaba un buen trago.

"Parece que me estoy meando" dijo un rato después entre silencios y tiros. Mi madre se levantó, ayudó a hacer lo mismo a su marido y, poco a poco, llegaron hasta el water mientras yo permanecía clavado en el sofá.

- Ven, Kufisto -dijo mi madre un ratito después- Mira

Miré la meada de mi padre. Miré la meada del hombre que me acariciaba sobre su panza cuando volvía de trabajar. Miré la meada del hombre que me dijo como atarme los cordones de las zapatillas. Miré la meada del hombre que me enseñó a tirar una cerveza. Y había sangre.

- Hay sangre, papa. Poca, pero hay -le dije para tranquilizarnos.

Ya en el salón decidimos esperar ante su reticencia de ir a Urgencias y la llamada que le hicimos al médico amigo de la familia. Era una cosa más o menos normal por el tratamiento y si no resultaba escandaloso no había necesidad de más.

Era el tratamiento, que era así.

Aquella noche me fui al piso pensando que mi padre de verdad se estaba muriendo.

Llegó el domingo. Mi madre había ido a ver la suya y estábamos solos.Vimos una de Berlanga y nos meamos vivos, casi hasta el paroxismo. Estaba acabando cuando mi madre regresó en compañía de mis tíos y todo se torció. Los muy idiotas encendieron las luces y no hacían más que hablar de que había que ir a Urgencias, que cada vez había más sangre en el meado de mi padre y que había que hacer algo, que no había otra opción, que por narices aquella noche, inmediatamente, había que ir a que lo miraran. Nosotros no hacíamos más que reír hasta las lágrimas viendo a Sazatornil con Torrebruno en aquella puta cárcel.

- ¡Callaros, coño! -dijo mi padre

Se callaron y vimos los diez últimos minutos de la película de otra manera. Y después nos fuimos al hospital.

Mi padre murió doce días más tarde, al amanecer de un sábado de primeros de marzo.


Algún tiempo después Antonio reapareció por el bar. Ya con el miedo en la mirada (¡qué mal le sienta!) preguntó por mi padre. Le dije que había muerto hacía algunos meses y que si no lo llamó fue porque ese mismo día en el que me dio su teléfono se puso malo y hubo que ingresarlo. Unas cuantas lágrimas se hicieron paso como pudieron entre sus ojos y se fue sin pedir nada, balbuceando que él quería mucho a mi padre.


Ayer (¿o puede que fuera el viernes pasado?) salí a fumar un pito a la puerta del bar. Estaba ahí, fumando solo, mirando los árboles de la mediana, cuando un carrillo mecánico de esos que transportan a un ser humano paró en la entrada.

- ¿Me ayudas? -dijo el que iba encima

Y reconocí a Antonio.

Calcé la puerta y le ayudé a subir la rampa sin saber muy bien como hacerlo. Era una de esas sillas electrónicas que se mueven controladamente con un sólo dedo mientras no haya un centímetro de desnivel en el acceso, como es el caso de mi bar. Puedes salvarlo con su potencia, claro, pero ahora en invierno, con las puertas cerradas, te arriesgas a estrellarte contra ellas. Dio la suerte que yo estaba allí fuera y no hizo falta más.

Lo pasé. Adentro había unos cuantos clientes que enseguida le hicieron sitio. Él se acomodó como mejor pudo y pidió un café que dejé en el borde de la barra para que pudiera cogerlo. Antes que pudiera decir nada llegó más gente y tuve que olvidarme de él hasta que alguien le ayudó a salir del bar.

Hoy ha venido otra vez. En esta ocasión yo no estaba fumando en la puerta. Él le ha dado el alto a alguien que pasaba por la calle y al final nos hemos apañado para entrarle al bar. Se ha quedado en la barra y ha pedido una cerveza y dos coreanos.

- ¿No quieres tortilla?
- No porque te voy a pedir un pincho.

Le he puesto un buen pedazo mientras lo veía levantarse de su silla para sentarse en un taburete.

- ¿Qué te pasa? -he preguntado la pregunta del otro día que no pude hacerle
- Nada, algo neuro-degenerativo
- Ah...

Y ha entrado más gente y las he atendido.


- Oye, Kufisto -ha dicho mientras pagaba- ¿tú sabes algo de Pepito?
- ¿De Pepito? ¿de vuestro amigo?
- Sí
- Pues sé que está en Madrid...o al menos lo estaba...Llamó a mi madre para darle el pésame por la muerte de mi padre...
- ¿Está vivo todavía, no?
- Sí...me hubiera enterado...
- Ya sólo quedamos nosotros dos de los cinco que éramos
- Ya...


- Yo me muero este año que viene, Kufisto.


Y luego vino todavía más gente, y les dieron por culo y esta vez fui yo quien sacó del bar a Antonio, el amigo de mi padre que va a morirse el año que viene.


Entré y todo el mundo quería tostadas con tomate.


Cogí el rallador y rallé tomates como si mi viejo todavía estuviera viendo viejas películas de vaqueros en su sillón.




martes, 11 de diciembre de 2018

SLIDE

Yo estaba mirando las cosas pasar por el cristal y tú llegaste adonde estaba mirando y te bajaste de la bici mientras me mirabas como si me hubieras visto en algún otro lugar que no fuera ese bar. Yo no dejé de mirarte y por un par de segundos que ahora, diez horas más tarde, sigo recordando para no olvidarlos te miré como si en tus ojos hubiese algo que perdí hace mucho tiempo o que, quizá, jamás haya encontrado. Tu melena pelirroja, rizada, destacaba aún más sobre tu blanco rostro; tu boca pequeña, entreabierta, dejaba ver dos filas bien ordenadas de dientes perfectos; tu fina nariz dividía tu rostro en dos mitades que eran el mismo visto dos veces; y tus ojos, creo que negros, me miraron mientras frenabas del todo junto a mi pared.

Fui a la barra esperando que entraras y pasaste como esas otras dos veces que lo hiciste sin que te viera llegar. Estábamos solos y me pediste un café igual que si estuvieras aparcando tu bicicleta. Te miré mientras lo hacías y sólo supe repetir lo que acababas de decir. Dijiste que sí y fui a hacértelo sin dejar de mirar como mi café caía en tu taza. Ry Cooder estaba rasgando su guitarra hasta un momento antes de llegar tú. Me ocupé de que la taza estuviera en el platillo correcto, ese en el que no tiene escapatoria por torpe que sea quien lo lleve, y y te la llevé. Sin mirarte esta vez te dije que ahí lo tenías. Ya no recuerdo si respondiste algo, sólo que fui a mi extremo de la barra y volví a sacar el teléfono del bolsillo de atrás del pantalón. Y miré algo sin dejar por un instante de saber que tú estabas allí, en el otro rincón, igual que las otras dos veces.

Hablaste. Querías un mechero y te dije que no tenía pero que podía dejarte el mío. Dijiste que sí, me acerqué y te lo di en la mano. Saliste a la calle sólo con la taza de café, ya sin el platillo. Y sólo ahora, diez horas más tarde, pienso que pude haber salido contigo a fumar uno de mis medios pitos que siempre tengo apagados en la cocina. Todo lo que atiné a elucubrar, todo lo que vino a mi cabeza en esos momentos, fue que iba a darte el mechero.

Un par de minutos más tarde volvías a estar dentro. Soltaste el mechero sobre la barra preguntando qué me debías. Te dije el precio y que te quedaras el mechero. Y tú pagaste respondiendo que no, que sólo era ese cigarrillo que te quedaba del sábado anterior y que el tabaco era algo que lo habías dejado en febrero. Yo, ya igual de lejos que antes de ti y viendo que te ibas, no se me ocurrió otra cosa; te dije que no fueras tonta y no jugaras con eso, que así volví yo y que es una tontería, y tú dijiste algo igual de circunstancial y te fuiste.

No salí enseguida de la barra. Esperé.


Cuando regresé al ventanal ya no estabas fuera. Me senté en el mismo taburete y miré hacia el mismo punto que estaba mirando hasta tu llegada. Vi gente pasar, coches subir y bajar y gorriones picar algo invisible para mi en el alquitrán durante los breves intervalos en los que ninguna vibración les ordena remontar el vuelo. Y viendo esto contigo y nada más que contigo tras los ojos pensé que nunca he visto un gorrión atropellado.



miércoles, 5 de diciembre de 2018

BLACK LABEL

Veinte grados.

Cinco de diciembre y veinte grados. Hice una captura de pantalla con el móvil y pensé en enviársela a alguien casi que descartando la idea al segundo siguiente. ¿A quien podría interesarle aquello? Quiero decir, ¿quien de mis contactos estaría dispuesto siquiera a dudar que tal cosa, semejante aborto, estuviese ocasionado por esas extrañas estelas que dejan los aviones en el cielo? Ni yo me atrevo a comentarlo. Bastante rara es ya mi situación como para encima ponerles más dioptrías a sus miradas. Recordé a Gustavo, el esquizo, aquel chico del que escribí en una ocasión. Él a veces, cuando por alguna razón deja de medicarse, cree en cosas a las que yo no puedo darle ningún crédito; supongo que nuestra situación en tales momentos es parecida a la que sería con los otros si yo les dijera lo que de verdad creo de todo esto. Pero callo. Gustavo también calla cuando está bien drogado. De hecho no dice nada, pasando por el bar como un espectro que todos ven e intentan ignorar. Yo le pongo su café y también callo si todavía está cercana su última crisis. Luego, poco a poco, si estamos solos, hablamos de cosas como esas extrañas nubes en el cielo o de otras parecidas. Pero entonces no hay lugar para curas contra el cáncer que alguien le impide hacer públicas, muertos que andan y hablan y extraños seres benévolos de lejanas galaxias. Cuando empieza así ya sé que está sin drogar y que lo mejor es dejarle soltar a borbotones todo lo que lleva dentro con la esperanza de su pronta marcha. Tal estado le dura algunos días. Luego desaparece durante un par de semanas y cuando vuelve ya es el mismo Gustavo de siempre, ese espectro silencioso que todos ven y casi todos pretenden ignorar.

Tampoco a él le mandé mi captura. Quizá fuera porque empecé a oír el crujido de hojas secas bajo mis pies, pulverizadas a cada paso que daba, deshechas cuando todavía deberían estar enmohecidas, muertas pero enteras, cadáveres aún bien conservados. Pero no, no era así; su ciclo de muerte y resurrección estaba acelerándose a pasos tan agigantados que pareciera como si quien estuviera a la vuelta de la esquina fuera la primavera y no el invierno.

Mi caminar fue haciéndose cada vez más pesado. El mortal aburrimiento de ocho horas más en el bar me había dejado tan exhausto de no hacer nada que a punto estuve de no salir a pasear. Esto, que antes nunca me pasaba, ahora sucede cada vez con más frecuencia. Antes no hacía falta ni animarse a salir con la seguridad de que un rato afuera sería suficiente para disipar cualquier nube, incluso de recibir algunos rayos de sol en forma de ideas para la cabeza. Cualquier cosa, hasta la más nimia, valía para que aquella enseguida empezara a carburar imaginando historias reales o imaginarias que contar. Caminaba por ahí con la idea encima y ya no veía nada más, llevara la música que llevara puesta o sin ella. Era divertido, excitante, prometedor. Llegaba a casa y me faltaban dedos para escribir lo que había llevado dentro. Pero con todo y eso algo quedaba.

Hoy desperté con un mosquito merodeando alrededor de la cabeza. El otro día alguien me dijo que los que quedan ya no pican y es verdad. Están como esas moscas que todavía hay por el bar, las últimas del año, las más tardías de todas ellas, aquellas que nacen a la vida tan tarde que no saben ni lo que hacer; ni molestar pueden. Las veo caminando sobre la barra y es como si buscaran que las mataran, que las liberen de su absurdo proceder. A veces extiendo un dedo en su trayectoria y veo como se suben a él y se quedan quietas, nada más. Luego, viendo que nada pasa, siguen su errático via crucis y al llegar al borde echan un vuelo tan pobre que dan hasta ganas de adoptarlas. Tal vez llegue el día en que hasta las moscas tontas puedan ser adoptadas. Harán a alguien tan feliz como ahora pueda hacerlo un gato.

(Mi gata esterilizada maúlla mientras escribo esto buscando alguna ventana abierta que dé a algún sitio. Tengo bajadas lo suficiente las problemáticas)

Veinte grados, cinco de diciembre, una captura del tiempo y unas hojas muertas que creen estar a punto de volver a la vida...

Alcé la vista y vi los molinos, que me recordaron las Pirámides. O puede que algo me recordara las Pirámides y después mirara los lejanos molinos. El lunes subí a ellos por un camino no andado antes. Lo vi de sopetón como tantas otras veces pero en esta, sin pensarlo, lo tomé por ver como era. Se me hizo un tanto más duro que el habitual y al llegar arriba, al más distante del que suelo ir, no me conformé con ello y bajé por detrás, por otro que sí conocía aunque mucho menos que el habitual. El descenso por allí es mucho más duro y peligroso. Por mucho que vayas mirando las piedras no dejan de devolverte tu pisada en forma de incómoda respuesta. Un mal paso y no adiós mundo cruel pero sí hola esguince de tobillo. Y hay una cierta distancia hasta el pueblo y las tardes son cada vez más cortas.

Llegué abajo y también entonces decidí subir el cerro aledaño por distinto camino del normal. Estaba a punto de iniciar el cómodo ascenso cuando vi que a mi izquierda se extendía un terreno baldío que llevaba al mismo sitio. Tampoco lo pensé esta vez y ahí me metí, aunque pronto me di cuenta de que iba a costarme mucho más: las pisadas hollaban la tierra y la maleza provocaba que fuera haciendo eses, cosa esta bastante habitual en mi vida. Una vez dejado atrás este terreno (que parecía mucho más corto al principio de lo que luego se me hizo) alcancé la ascensión propiamente dicha, también fuera de cualquier camino; y aunque fue corta estaba tan llena de naturaleza odiosa, de esa en la que nadie repara hasta que se le encuentra, que al llegar arriba lo hice con las piernas tan cargadas como el camión grande de la Mahou en ferias. Tuve que parar un momento para recuperar el resuello. Después, ya con la aventura terminada, tomé el camino de siempre, pillé un par de viejos libros famosos en la biblioteca, llegué a casa, empecé uno que dejé a las veinte páginas y leí de otro que hoy esperaba terminar como quien termina sus ocho horas en el bar.

De chico me gustaban un par de cosas. Bueno, tres: el Universo, las Pirámides, y las banderas de los países. El Universo era tan grande que yo lo leía con la boca abierta, en el caso de que esto sea cierto, pero vamos, es una forma de hablar. Todavía hoy lo miro en la pantalla de vez en cuando, aunque con la boca bien cerrada. Las banderas de los países eran tan coloridas, estaban tan bien ordenadas, que podía pasarme horas mirándolas y copiándolas, con especial predilección por la del Brasil. Y las Pirámides eran tan grandes y tenían guardados tantos misterios que creo ya entonces decidí que algún día las vería. Y las tocaría.

Tengo una tía viajera, una solterona como yo pero que conoce los cinco continentes del globo más o menos como yo conozco los cinco rincones de mi provincia. Con ella fui a Madrid a ver a Bob Dylan hace cuatro años y desde entonces he hablado poco con ella. Agarré tal mierda y supongo monté tal show que se le quitaron las ganas de mantener el ya leve contacto que manteníamos en aquellos días. Pero recuerdo que una vez le pregunté por el sitio más impactante que había visitado y me dijo que ese era las Pirámides. Ya no eran ensoñaciones mías, eran hechos: una tía que había visto un montón de cosas decía que lo mejor era lo que yo siempre había soñado que era lo mejor.

Fuera por ir sin escuchar a Led Zeppelin o a Boris Brejcha, fuera por caminar haciendo polvo hojas que deberían hacerme resbalar, fuera por el aburrimiento mortal del paseo a veinte grados un cinco de diciembre tras ocho horas en el bar capaces de volver monje budista al Tyson de veinte años, fuera por no ser capaz de escribir una buena historia desde hace más tiempo del que puedo recordar, fuera por lo que fuera, provocó que mi cerebro, inconscientemente, buscara algo con lo que animarme. Y vi mis molinos, imaginé las Pirámides y pensé que no había tanta diferencia. No son tres pero más o menos están a las mismas distancias unos de otros. Quizá, si alguien mira bien, estén invocando a algunas estrellas del cielo. El Universo es tan grande que parece tener estrellas para todo. Son tantas que muchas de las que vemos están muertas desde hace más tiempo del que ellas vivieron. Este va a una marcha y el espacio a otra. La existencia es como estar esperando largo tiempo un concierto de Bob Dylan y estar para el big crunch en la tercera canción.


En otro tiempo no hubiera dudado ni cero coma en subir los molinos como un desafío en un atardecer como el de hoy: "¿dices que las Pirámides están muy lejos? ¡Ahí tienes tus molinos! ¡Súbelos aunque se te haga de noche, haga frío o nieve, ya sean ocho o dieciséis las horas de hastío, veinte grados arriba o abajo del cero! ¡tú eres un quijote, el último quijote, el único de tu gente que lo has conocido, el que has reído y has llorado con él, el que crees en él, el que piensas como él, el que si no tiene lo que quiere se lo inventa, el que pisa hojas muertas y se compadece de ellas, el que encuentra piedras traicioneras y no las evita, el que da conversación al pobre rico incómodo y asustado por la vejez que ya le llega mientras espera en el bar a otros más jóvenes que él para ir a comer y después a follar putas con la ayuda de Viagra, el que le pone un café con leche y una porra al desgraciao que ha pasado la, esta sí, fría noche en la puta calle de diciembre, el que hace porque Gustavo, ese buen chico, ese chaval que puede que su problema sea que vea más que todos vosotros juntos, vuelva una y otra vez a tu vez a tu bar, a estar contigo, a sentirse todavía partícipe de toda esta gran mágica pirámide pedregosa en la que todos estamos metidos, el que recoge un gato callejero (borracho, sí) y lo lleva a la veterinaria, y después a su casa, y lo cuida y hace por él, el que tras subir mil veces los molinos, plantando por tres veces las manos sobre ellos en forma de saludo y mirando por un momento a al infinito horizonte manchego, ha dado gracias a Dios por permitirle vivir ese instante de paz, de consuelo, de comprensión, de gracia, tú, hombre, que reconoces los errores cometidos cuando todavía no lo eras y los aceptas sin protestar en los que vas encontrando, tú, soberbio y envanecido, lleno de jactancia sin posibilidad de error, que por fuerza (como si no) te ves sumergido en las aguas de los otros y ves y miras y compruebas que tarde o temprano los jeroglíficos nos alcanzan a todos, que sin ser tus deseos sus certezas ninguno es tan diferente, que dos por dos siempre serán cuatro multipliques lo que multipliques, que tus ayeres son tus ahora y que tus mañanas serán el mismo chiste que al final fue todo lo demás, que lo que vendrá te hará comprender lo incomprensible, que el único límite que existe está en el miedo, en tu miedo, en el que le tengas a los límites, a los veinte grados en diciembre, a una mala mañana en el bar, a mil malas mañanas en el bar que te consumen el alma y el espíritu...Te conozco, Kufisto. Te conozco mucho más que tú a mi...Tú, tú, Kufisto, eres tan quijote como lo fui yo!"


Me sobraron dos esquinas para volver a casa. Derrotado me topé con una vieja que hacía ganchillo en una esquina que otrora fuera célebre en el pueblo. Un gato estaba muy quieto a un par de metros de ella.


- Qué gordo está  -le dije
- No, es que tiene mucho pelo para el invierno 
- Ya, a la mía le pasa lo mismo.
- ¡Ay, hijo mío, tú eres el hijo de Kufisto...! Ahora que te veo bien te conozco
- Sí, yo soy
- ¿Y tu padre? ¿como está?
- Murió hace año y medio.
- ¡Ay Dios, con lo bueno que era!


Y poco después llegué llegué a casa y abrí la botella de Black Label.