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viernes, 17 de noviembre de 2017

LA HABITACIÓN

Una de las aficiones que tenía cuando fui un chaval desocupado era la de escribir en papelitos los nombres de las canciones de la banda que más me gustara en ese momento, meterlas en una bolsa e ir sacándolas a ciegas para hacer una grabación. Recuerdo que entonces compartía habitación con uno de mis hermanos. Dormíamos en la planta de abajo y el resto de la familia en la de arriba. Rara era la noche en la que apagáramos la luz antes de las tres mañana, algo que por otra parte ya hacía poco después de empezar el BUP. De hecho no fue sino hasta los treintaitantos la primera vez que no vi el inicio de un nuevo día en el reloj. Una habitación como aquella era poco menos que un tesoro adolescente: quince años, water propio, equipo de música, televisión y vídeo. Arriba, los padres y hermanos pequeños; abajo, nosotros; y entre medias un tragaluz, un largo y frío pasillo, otra puerta y las escaleras. Un mundo. Se había acabado el "¡apagad la luz!" desde el salón, su consiguiente "rezad" que hacíamos en voz alta, el cagadero casi siempre caliente y todavía pestoso, las pajas furtivas, desesperadas, el turno para ducharse, los lloros de los pequeños y las discusiones de los padres, el "¡bajad la música!", el temor a ser pillado aporreando la guitarra de dos cuerdas como si estuvieras haciéndolo con una Fender delante de cien mil personas, el no fumar ni de cachondeo...A veces ser parte de una familia muy numerosa en una casa pequeña tiene sus ventajas cuando no queda más remedio que hacer sitio donde sea.

Aquellas grabaciones, aquellas noches, fueron fantásticas. Y lo eran porque aunque aleatorias, sabíamos que saliera la que saliera nos iba a gustar. Tan sólo cambiábamos el orden y el tiempo. Y no nosotros sino la suerte, el destino, lo que es todavía mejor. Encendíamos un canuto y empezábamos a sacar papelitos de la bolsa, "tal", "joder -decía mi hermano- ponla" Y la poníamos y la escuchábamos con auténtica devoción. Otra, "tal", "hostia puta...ponla" Y a seguir grabando y fumando. Esa sensación de estar compartiendo algo es quizá la más bonita y profunda que pueda haber.

La gente pasa al bar y tú estás detrás de la barra. A unos los conoces más, a otros menos, a algunos nada y a ninguno bien. Y cuando crees que has conocido a alguien como para compartir algo al final acaba fallando por una razón u otra, de una parte o la contraria, pero fallando. Siempre. La experiencia de bar, el trabajo en la jungla, la brutal competencia, te deja esa enseñanza: que no hay nadie imprescindible. Nadie. Ni tú. Te irás y el bar seguirá ahí, abierto y con otro tras la barra.

Hoy ha vuelto a venir un chaval que conozco desde siempre y del que no sé su nombre, aunque sí el apellido, bien conocido por aquí. Tiene a la anciana madre muy enferma en el hospital. Está acompañándola y se pasa por aquí para airearse. A la velocidad del rayo se bebe un par de chupitos y regresa a hacerle compañía. Tiene mala cara, de bebedor por lo menos. Alto y delgado, con el pelo tirando a rubio recogido en una coleta  y de ojos azules, serio, voz profunda y mirada decidida, pareciera como si hubiese salido de un cuento de Lovecraft. Tendrá casi cuarenta años y trabaja en un garito los fines de semana, según me ha dicho esta tarde. El otrora buen negocio familiar hace tiempo que dejó de ir con él salvo para casos excepcionales. Se mueve en una vespino que va a vender por 100 euros. No quiere coche. No tiene carnet. No quiere que lo paren en la primera rotonda. Eso me dijo mientras fumábamos un cigarrillo en la puerta del bar. Entonces llegó otro cliente y él se fue como el rayo en busca de su relámpago.

Es un tío de mi edad, supongo. Lo conozco desde hace unos años. Está casado con una mujer muy atractiva. Trabaja en temas económicos. Centrado, muy centrado. Alto, con sobrepeso, medio calvo y siempre bien vestido me pidió un carajillo quemado. Le gusta como lo hago y más hablar, con prudencia y educación, por supuesto, pero hablar. Claro que si tú eres un escritor dipsómano pues no hay mucho que contestar cuando enfrente tienes a alguien que ya estaba centrado con quince años; pero la barra, como dicen con la política, hace extraños compañeros de cama. De todos modos me contó algunas historias interesantes relacionadas con el tema que él maneja: amaños, chanchullos, justicias...Fue interesante aunque lo hubiera sido más de haberlo contado otro. La forma es importante. En caso contrario yo no sería escritor ni aún estando sobrio.

Luego vinieron dos de los conocidos, dos amigotes de vuelta de comer para tomarse unos whiskys buenos y meterse alguna que otra raya en el water. Esta mañana vino un hombre mayor que siempre viene cuando tiene que traer a su mujer para la revisión. Sus chicos abrieron un bar pero tuvieron que cerrarlo. No duraron mucho. Fue bien hasta que dejó de ir bien. En este negocio hay poca paciencia si no lo has vivido desde pequeño. Y de esos ya quedamos muy pocos, aunque seguro que más que jugadores de ajedrez; como Ginés, mi compañero de partidas que viene los viernes al mediodía a tomarse una cerveza.

Antes, cuando me iba a las seis, llegaba a eso de las cuatro y media con su magnífico tablero y nos poníamos a jugar en un rincón de la barra. De no ser por el mío que no encuentro desde hace trece años diría que es el mejor equipo de juego que haya visto nunca. Un tablero grande de madera, de amplios bordes con motivos arabescos y unas piezas imponentes sin epatar, bien talladas, suaves y bonitas, sin aristas innecesarias...Joder, jugar ahí era un puto placer.


Existe una variante del juego en la que se sortean las casillas iniciales de las piezas con el fin de evitar que quien sólo es un memorizador de variantes vomitadas por un ordenador pierda su ventaja ante el talento puro, pero esto es algo que no acaba de ser aceptado por la ortodoxia que nos subyuga.


En fin, qué le vamos a hacer.


Problema: juega la planta de arriba y gana a la de abajo aunque al final acaben perdiendo.




miércoles, 15 de noviembre de 2017

SOL DE OTOÑO

- Los limones bien pero las naranjas las compraré en el moro -le diré al murciano ambulante este sábado.

El anterior se pasó por el bar. Yo estaba en la cocina y mi hermano, prudente, me llamó. Salí, le vi y lo reconocí del año pasado. No le compré muchas veces. Creo que este es de los que si les dices una vez no, se olvidan de venir a verte. Me da igual. Mi vendedor es el moro, más bien su señora, y después de tantos años me tratan con cierta deferencia e incluso un tanto de cariño por parte de ella, una mujer bajita pero con unas manazas ancladas en tales muñecas que más parecen olmos bien maduros. Ya llevo algún tiempo comprándoles menos por pura comodidad. Mi ayudante de apertura, el famoso Josemari, no quiere tratos con moros y tira para el mercado en su bicicletilla aún pillándole más lejos. Es verdad que a esas horas el moro está cerrado, pero daría igual si estuviera abierto. También abomina de los gitanos. Él es merchero; y bien alto lo dice, aunque atrancándose, cuando le confunden con uno de ellos. Hoy me ha enseñado su telefonillo. Este es de verdad, de los que funcionan, no como los otros que encuentra en los contenedores de basura. Le gustan todas esas cosas electrónicas a pesar de que no funcionen. Se ve que las encuentra bonitas.

- Así que marcha -le he dicho
- Sí, Kufistico. Y además muy bien
- Pues nada. Déjamelo que voy a hacer una llamada perdida al mío y así lo grabo -después se la he devuelto y le he grabado mi nombre.

A eso de las nueve y media fui a echar mano del tomate frito para el guiso y antes de mirar recordé que ayer me quedé sin, olvidándome por completo de comprarlo por la tarde que empleé en pasear mirando los grandes árboles del paseo principal de la ciudad. Luego llegué a casa, puse el brasero, me tumbé en el sofá, cogí el teléfono para navegar por Internet y ya volví a olvidarme de todo menos de la puta gata.

Llamé a Josemari y lo cortó. "Cabrón" pensé. Esperé un par de minutos y volví a llamar por segunda vez. Lo mismo. "¿Pero este tío no sabe descolgar un teléfono, joder?" Y entonces me llamó él.

- ¿Josemari?
- Soy su mujer -dijo su mujer
- Ah, buenas...¿Está Josemari contigo? Soy Kufisto
- Sí
- Dile que se ponga, haz el favor
- Ahora te lo paso, Kufisto
- Gracias, hermosa
- Dime, Kufisto
- ¿Qué haces?
- Ná, aquí en casa, con mi mujer...
- Venga, hombre, que necesito tomate frito...
- Voy pallá
- No tardes
- No, no...

Llegó a los diez minutos pegando esos maullidos que tan bien le salen. Le di el dinero y volvió cuando los guardias civiles estaban tomándose el café. Más tranquilo me soltó la compra, le di una propina y le pregunté si quería otro café con leche. Dijo que sí y se lo puse con extra de azúcar y la leche del tiempo, como le gusta. Y ya con el tomate en mis manos y la barra controlada pasé a la cocina para rematar el sofrito y apartarlo. Al salir vi que Josemari tenía compañía. Me acerqué y era uno de los trece hermanos que alguna vez tuvo. Hacía tiempo que no lo veía y le saludé.

- ¿Qué tal va eso? -le dije
- Ná, que he visto la bicicleta de este y he pasao adentro, a ver qué hacía...Y míralo, ¡como los señoritos!

Josemari sonrió un tanto avergonzado, me reí y cogí el billete de los guardias que ya se iban. Los hermanos estuvieron un rato hablando discretamente de lo putas que habían salido las hijas de no sé quien y un poco más tarde se fueron.

Al mediodía llegaron los médicos habituales con una nueva incorporación. Les serví un plato del guiso para acompañar sus cervezas y poco tardaron en celebrarlo como si hubiesen descubierto una vacuna para la caída del cabello. El nuevo, un tío todavía joven y muy educado, llegó a preguntarme si daba comidas. Le dije que no pero que con antelación todo era posible, aún para nuestro cada día más alopécico bar, algo que por otra parte no es que sea la norma general sino que se cuentan con los dedos de una mano los que todavía usan peine, siquiera las manos. Después la visita de una amiga admirable, una conversación acerca del cáncer en la puerta del bar mientras nos fumábamos un cigarrillo y más tarde poco más. Pero muy poco.

Eran casi las tres cuando con desgana y la barra sin recoger me puse a comer algo. Salí a fumar un pito y a mirar los árboles de la mediana, estos sí bien secos de hojas. Pasé adentro y esperé que dieran las cuatro como tantos otros días. Peor era cuando tenía que hacerlo hasta las seis. Pero de todas formas ese tiempo vacío unido a la decepción por otro mal mediodía consigue que te entre una especie de tranquila desesperación que te deja poco menos que baldado. Mi prudente hermano, mi buen hermano pequeño, vino hoy a la hora justa por una vez en su vida. Y yo, agotado, salí del bar con muchas de ganas de llegar a casa.

Estuve a punto de no salir. Al sol apenas le quedaba una horilla para meterse por el debajo del horizonte y el mío casi no veía más que el del sofá, el brasero, la gata jodiendo y el teléfono para mirar cosas en Internet hasta las nueve de la noche. Decidí ir a cagar antes de ponerme el pijama. Salí y miré por el ventanal. Nubes ligeras, casi desparramadas, como estelas gaseosas, eran suficientes para hacerle incómodo el ocaso a este pobre sol de otoño. Pero todavía estaba ahí. Y su luz es buena para la vista.

Salí a la calle. Fui al paseo principal y volví a mirar sus grandes árboles, todavía frondosos, magníficos, irguiéndose fuertes en la tierra de la que se alimentan con la ayuda de este débil sol que se nos va. Y yo, tan necesitado de él como los propios árboles, regresé sobre mis pasos para que su última luz de hoy mirara mis ojos.


Y luego fui al moro y le compré un saco de patatas y diez kilos de naranjas a su buena mujer.

viernes, 10 de noviembre de 2017

FRUTOS SECOS

Entré a la tienda por su puerta secundaria para comprar cuatro euros de anacardos crudos. Había una mujer pagando y esperé apoyándome en el mostrador. El paseo se me había hecho más largo de lo que en realidad había sido. El cielo, todavía luminoso y casi diáfano cuando salí, había terminado por cubrirse de nubes. Y el viento, apenas una suave brisa al principio, poco a poco fue haciendo hablar a los árboles hasta el punto que los últimos que vi, ya atrapados en las sombras, causaban una mezcla de pena y miedo. Dentro del pueblo bajé por su calle principal. Había poca gente y la conocida que encontré no quiso verme. Y ya abajo, en su principio, pasé a la tienda de los frutos secos.

La mujer que estaba pagando no tenía dinero suficiente o puede que tuviera de más, cosa que a veces y según donde es como no tenerlo. Le faltaba un euro y acabó por pedirle ayuda al marido que la esperaba en la salida de la puerta principal junto a un chiquitín. Lo llamó por mi nombre y enseguida, sin verlo ni saber porqué, supe que era él. Y lo era aún de medio lado. Instintivamente volví mi cabeza al frente. Pero cuando se fueron a subir la calle que yo acababa de bajar vi como él, con el rabillo del ojo, me echaba una de aquellas tristes miradas para asegurarse. Ninguno hizo amago de nada y yo compré mis anacardos. Hace veinticinco años me prestó el dinero que me faltaba para comprar las obras completas de Dostoyevski en un puesto de libros que había poco antes de llegar a la feria que esa noche terminaba. Aquella leve amistad no duró mucho y poco después le perdí de vista durante años, con algún casual e incómodo encuentro en alguna cola del súper o cosas así. Es como si aquellas amistades del pasado tuvieran la culpa de tu presente, por breves e insustanciales que fueran; y las que fueron fuertes y dejaron huella, sólo ahora, ya con el tiempo volando de las manos y la salud empezando a renquear en algunos de ellos, volvieran a verte como te veían cuando éramos unos chicos que a lomos de cadys y vespinos más trucados que la baraja de un mago íbamos por ahí rompiendo los retrovisores de los coches.

Hace unos días, hará un par de semanas, uno de estos vino al bar con su segunda mujer. No tienen hijos, no creo que los tengan ya, y parecen felices. Con la sonrisa puesta charlamos un rato mientras les atendía y pronto los dejé para seguir con los clientes que iban llegando. Al rato llegaron un par de amiguetes habituales y, sorprendidos, se pusieron a hablar con la pareja tras los respectivos abrazos. Y fue entonces, mientras tiraba unas cañas, cuando les oí hablar del accidente de moto que había sufrido un viejo amigo un par de semanas atrás. La hostia había sido fuerte. Estaba en el hospital pero no había nada que temer. Durante una pausa me enteré mejor. Hace años, años, que no lo veo pero me dolió. Un motero de los auténticos, de los de toda la vida, no de los sobrevenidos, pero prudente aunque no cobarde ya siendo chaval había estado a punto de matarse por una cuestión de mala suerte en uno de esos caminos dejados de la mano de Dios aunque no de las rejas de los tractores. Mientras escuchaba busqué en la agenda del teléfono y vi un par de números con su nombre, aunque bien pudieran ser los de su hermano pequeño. Por un momento pensé en pedirle a mi amigo el número para confirmar, pero no lo hice. Y cuando se iba a marchar le dije que le diera recuerdos de mi parte. ¿Qué otra cosa? Estará hecho caldo, lo conoce todo el mundo y no tendrá ganas de más. Y después de todo puede que ahora, cuando ha tenido el susto grande, vuelva a venir por aquí para verme tal y como otros están haciéndolo. Ya cuando éramos chavales la cosa iba así. Yo era algo más mayor y tontorrón que ellos, leía libros y todas esas mierdas y si tenían que confesarse con alguien, si tenían que hablar de algo que les daba vergüenza hacerlo con los otros, era conmigo.

El sábado pasado por la mañana vino al bar uno de los que se fue del pueblo. Lo hizo con su novia, una mujer de esas que no te extrañaría ver haciendo un anuncio dirigido a mujeres maduras. Siempre se le dieron bien las mujeres. Era chulo, guapito, popular y sabía hacerlas reír. Él me enseñó a hacerme los canutos cuando ya andaba metiéndose rayas. Después fue él quien vino a preguntarme qué tenía que hacer para dejar de hacer el subnormal. Le dije que lo mejor sería dejar de estar con la gente con la que estaba. Y se fue de aquí.

Viene al pueblo por Navidad, en Nochebuena. Está tres o cuatro días, quizá cinco, pero no más. Después se vuelve a su isla y hasta el año que viene. Pero esos días que está por aquí siempre viene por mi bar, junto a la marabunta que suele traer y de la que yo siempre pasé bastante. La mayoría de estos, sino todos, viven fuera; pero vienen al bar porque él dice que hay que ir a mi bar. Llega, entra y con una gran sonrisa me da un abrazo. Después nos preguntamos por la salud y eso y empezamos al lío, sin más. Eso es todo. Y lo más curioso es que no siendo esta, ni de lejos, una amistad de las de aquellas noto su sincera alegría cuando me ve. Y yo, siempre tan escopetado, la agradezco de veras: la noche y el día tienen un rato en el que se complementan.

Se iban a correr al parque, me dijo. No le pregunté nada del porqué andaba por aquí no siendo Navidad. Bebieron sus cafés y se fueron a lo suyo. El martes o el miércoles, solo, volvió al bar. Y entonces ya, con cara seria, me dijo que estaba en el pueblo por su padre enfermo. Al día siguiente tenía que volver a su trabajo en la isla y venía para despedirse. Pronto llegaron sus amigos. Los dejé a sus anchas y ya se iban cuando mi amigo volvió:

- Nos vemos en Navidad, Kufisto
- Nos vemos

Nos dimos un abrazo y se fue.


He salido a comprar tabaco y whisky mientras escribía esto. De primeras pensé en hacerlo andando, no serían más de veinte minutos que me vendrían bien para despejarme un tanto. Pero hace frío. Y yo ya tengo cuarenta y cuatro años. Cada vez me gusta menos el frío.

Llaves del coche. Primer día de calefacción. Me pongo la bufanda, la cazadora de cuero de segunda mano y el gorro de la Real Sociedad. Bajo a la cochera. Abro la puerta mientras lo arranco y hago la maniobra. Perfecta. El loro está en modo AUX. Lo pongo en radio y sale la Clásica. No, no me apetece. Una pulsación más y aparecen los King Crimson con su jodido "In the court of the Crimson King" Los llevo puestos dese hace un mes, creo. Mis trayectos son tan cortos que se me olvida cambiarlos. Estoy hasta los cojones de King Crimson. Subo la rampa y salgo a la calle con mucho cuidado. No, no más "in the court of the Crimson Kiiiiiiing" por un buen tiempo. Lo quito y como puedo, sin mirar, saco un Cd cualquiera. Lo meto y son los Pogues en directo desde París...

Sólo me falta darle a las luces largas como Homer Simpson. Un imbécil que circula a paso de tortuga por delante mía aparca justo donde pensaba hacerlo. No me achanto y lo hago a continuación, tapando dos salidas de cocheras particulares. Pongo las luces de emergencia y me bajo del coche antes que él con "Streams of whisky" en la cabeza.

- Un Golden Virginia de 50, guapa -le digo a la estanquera

Me lo da y veo un pulmón negro abierto por la mitad

- Oye, encanto, dame otro haz el favor...

Me lo cambia y voy a irme cuando alguien me da un toque por detrás.

- Kufisto

Era el del coche de delante.

Era uno de los que no me caían bien cuando teníamos veinticinco años menos. Ahora, desde hace muchos años, es amigo por cliente fijo del bar, del café de la tarde y alguna que otra vez de un chupito. Más madridista que Bernabeú cruzado con Rubalcaba, es un pirao de los deportes, aunque discreto si ve que te importan los mismos tres cojones que a él el ajedrez.

Salgo un tanto trastornado por el breve encuentro y enfilo hacia el 24 horas. Podría ir al super que tengo al lado de mi casa y pillar la botella de whisky por cuatro pavos menos. Pero no, nonono...eso es sólo en última instancia. Precisamente ayer me topé con uno de sus encargados, un antiguo buen amigo, mientras iba hacia mi casa con las naranjas del moro de la esquina y no quiero verlo al menos tanto como él no quiere verme a mi: no sabía ni como ponerse mientras nos cruzábamos. Joder.

- Adiós, Kufisto
- Adiós, adiós...


Estoy aquí y he escrito esto. La noche ya está más que caída y mi gata anda jugando con el tapón de una botella en vistas de que ni subiéndose a mis espaldas le hago caso. Anoche, ya en la cama, me fijé en una mancha que tenía tras sacarla poco menos que arrastras del water de la habitación. Y pensando que era alguna de las pelusas que allí crían sus pelusillas fui a quitársela y me encontré un poco de mierda de gata al tacto y, sobretodo, al olor.

- ¡Me cago en tu puta madre!

La lancé como si fuese una jabalina y corriendo fui a lavarme las manos.


Hija de puta.


Después durmió conmigo y esta mañana estaba ronroneándome media hora antes de lo previsto, justo cuando la noche es más negra.


Luego me levanté, le di de comer y me fui para el bar con los malditos King Crimson.





sábado, 4 de noviembre de 2017

SEIS GRADOS

Eran asturianos. Él, siendo joven, había ganado en varias ocasiones el Campanu, algo que le permitió conocer al anciano Franco cuando este hacía sus excursiones de pesca por la región. Ángel, mi amigo, le hacía de guía y consejero en cada ocasión que necesitó de sus servicios, que fueron varias. Después no recuerdo si se hizo minero, o ya lo era cuando pescaba, o puede que fuera cualquier otra cosa. Ya hace años desde la última vez que nos vimos (poco antes de regresar a su tierra para cuidar a un hijo que había sufrido un gravísimo accidente de coche) y mi memoria se va perdiendo ante el continuo goteo de personajes que pasan por la vida: es como si estos, poco a poco y casi que de manera obligada, fueran empujando hacia el olvido a todos aquellos; aunque siendo yo todavía tan joven como era, la fuerte impresión de sus presencias dejaron una huella perenne a costa de algunos surcos en la suela. Pero que Ángel era un buen hombre es algo que recuerdo bien. Y que tenía una fuerza descomunal en las manos es otro algo que, este sí, recordaré mientras me quede memoria.

Vinieron al pueblo por el trabajo de ella, que era enfermera y poetisa de vocación y de cuyo nombre acabo de acordarme mientras escribo esta frase. Ángel ya se había jubilado de lo que fuera que fuese. Eran gente de bar y se pateaban todos los del pueblo. Y cuando digo todos, digo todos: conocieron algunos de los que yo no tenía noticia, y no éramos pocos. Pero la última parada siempre era en el que por entonces fue el nuestro y estaba más cercano a su vivienda. Bebían vino y hablaban con quien fuera. A nadie les caían mal, aún siendo esta una tierra tan huraña y desconfiada. ¿Pero como te iba a caer mal alguien que no se ponía pijama ni en invierno?

- Nunca, Kufistín -me decía Ángel con su perenne sonrisa
- Venga, no jodas -decía yo- ¿ni en invierno?
- Ni en invierno. Si siento un poco de frío engancho a esta y ya está -decía mirando a su mujer, unos diez años menor que él.

Y entonces ella, esa cuarentona de grandes tetas, anchas caderas y un tanto pasada de gorda, lo miraba como una poetisa sin nadie que la editara y nosotros nos reíamos. Y es que Ángel, aunque viejo, era una auténtica fuerza de la naturaleza. De estatura normal, delgado pero de complexión fuerte, huesuda, y con unas manazas que parecían rastrillos, era echártela y sentir como te crujían los huesos. Una vez me cogió por el antebrazo y creí que me lo partía. Yo creo que la verdadera fuerza de un hombre se ve en la de sus manos.

Me he acordado de ellos al ver a la pareja que ha llegado al bar mientras estaba recogiendo la tarea de las cañas. Ella es limpiadora, como me dijo el mismo día que me enteré era de un pueblo tan cercano como mágico cuando yo pensaba que por el acento era asturiana. Bajita y feúcha, ya tendrá bien cumplidos los cincuenta, pero de fuertes piernas que siempre enseña y un tremendo par de tetas que no necesita vender. Él también es bajito y tiene cara de pocas bromas. Trabaja en algo duro aunque tampoco recuerdo el qué. Su acento también es raro, como del Norte, pero creo que me dijo que era de algo más abajo, como de...¿aquí mismo? no me acuerdo. Ya hace años también.

Ella siempre está de buen humor. Yo siempre la veo como si viniera de follar. Hoy venían de comer paella gratis a causa de la inauguración de no sé qué movida. Lo malo es que ha coincidido con el primer día de lluvia en no sé cuantos meses y la cosa no ha salido como las autoridades esperaban. Se han tenido que recoger en donde han podido y al final ella le ha dicho a él que fuera a por el coche para comérsela dentro con más comodidad. Y eso han hecho. Luego han venido a mi bar para tomarse el café y la copa de crema ella y el pacharán él.

Estaba fregando los últimos platos cuando la oí chillar. Salí y no vi a nadie. Miré a la puerta y vi que estaban como ayudando a entrar a un viejo de bigotes. Y pasaron todos adentro sacudiéndose bien en el felpudo. Por lo visto uno de los dos viejos que acababan de entrar había estado a punto de estrellarse cruzando el paso de cebra. Su compadre lo había agarrado y con la ayuda de mis dos clientes la cosa no había llegado a mayores. Y ya una vez todos tranquilos estos se fueron y aquellos se acoplaron en la barra.

- ¿Qué van a tomar?
- Un Dyc con cocacola zero -dijo el accidentado
- Un café solo -dijo el otro, un tío delgado y curtido con un cerradísimo acento andaluz del sur

Lo puse y seguí a lo mío mientras ellos se iban a jugar con la tragaperras.

Por fin acabé la cocina. Salí afuera y seguían dándole a la máquina. Hacían una extraña pareja en un extraño día de lluvia. ¿Qué hacían en un bar como el mío estos dos personajes en este extraño día? En ese momento estaba sonando la música electrónica que de un tiempo a este parte suelo poner a la hora de los cafés. El viejo que estuvo a punto de acabar el sábado en el hospital vino a la barra, cogió su copa y se retiró hacía la máquina cantando "A quien le importa lo que yo haga..." No estaba borracho, eso era evidente, aunque quizá esa fuera su idea. "Qué cosa más rara..." pensé, huraño y desconfiado.

Bueno, después de todo el bar es una cosa muy rara a pesar de lo se crea la gente. Hoy, sin ir más lejos, con la mañana tan fea que ha hecho, la caja ha salido bastante mejor que otros días hasta arriba de luz y calor. Llevo toda la vida trabajando en esto y no pondría la mano en el fuego por el resultado del día ni aunque el mismo Ángel me la cogiera como al Caudillo.

Quedaba arreglar el salón, todavía lleno de vasos vacíos, servilletas arrugadas y chucherías de los demonios que por hijos tienen algunos. En ello andaba cuando oí al bigotes que la tragaperras no daba un duro. El andaluz no decía ná. Yo acabé y ya, por fin, me senté.

- Dame un whisky con hielo -dijo el andaluz- Y a este ponle otro de lo que beba.

"Joder, ¿otro? -pensé- ¿pero si este tío tendrá setenta años? ¿qué hace bebiendo dos J/B con cocacola zero? ¿de qué va esto? me cago en su puta madre..."

Volvieron a pagar y volvieron a irse con el cambio a la máquina, como dos chicos. Recogí la vacía taza de café del andaluz y vi que ni había tocado el azúcar, lo que unido a su whisky a pelo me dio una cierta idea de como iba el asunto.

Estaba viéndolos jugar desde la esquina de la barra cuando llegaron unos amigos; más bien uno, o ninguno, porque tanto como amigo...el tiempo no hace espacio. Pero en fin, gente de medio bien.

Y fue graciosa la cosa.

Al principio pensé que el otro que venía con la chica era un conocido maricón local que vive en el gran extranjero.

- ¿Como te va por Nueva York? -le dije convencido
- ¿Nueva York? ¡Todavía no nos hemos ido! Pero vamos que estamos a punto...-dijo agarrando a su novia- ¡Como te acuerdas, Kufisto!

Hará no sé, ¿tres o cuatro meses? ¿seis o siete?, estuvieron por aquí y coincidió con uno de esos raros fines de semana en los que cierro el bar. Y claro, pues con unas copas encima, sin llegar al terrorífico Armaggedon que me provoco cuando estoy letraherido, soy un tío simpático. Y con ellos, ya a puerta cerrada, estuve hablando de buen rollo, en plan "qué tío más cojonudo es este Kufisto con lo serio que parecía..." Tengo mis cosas, sí, pero sé estar con cualquiera cuando no estoy solo.

En fin, que pensaba que era nuestro maricón (un buen chico, todo sea dicho) cuando resultó que era el novio de la entusiasmada chica que yo empezaba a recordar de esa noche en la que Kufisto pareció ser una persona enrollada.

Tiene treinta años. Es joven. Es tan joven que se va a ir a Méjico con un amigo que no es su novio, aunque en el cicerone que les acompañará durante algunos días lleve la penitencia manchega. Él tiene un hermano que está de mochilero por Thailandia con su novia. Me ha enseñado fotos. Ella, su novia, no paraba de sonreír excitada ante la proximidad de su viaje, aún siendo ya a su edad una mujer que ha visto y trabajado mucha Europa. No se porqué me ha dado muy buen rollo. Hay gente que te causa ese estado. La gente natural, la de la vida viva, la que vive para que otros vivan sin ellos darse cuenta...


No sé. Sólo son seis grados para llegar a cualquier lado.


Seguro que mi padre pescó con Franco.







miércoles, 1 de noviembre de 2017

DÍA DE DIFUNTOS

Recordé su nombre cuando le oí llamar a su mujer, también olvidado por mi. Hacía años que no les veía por el bar pero tiempo atrás, cuando yo todavía trabajaba de noche, eran asiduos clientes de los viernes. Llegaban, se tomaban cuatro o cinco copas cada uno, charlábamos de algo si la cosa estaba tranquila y se iban después de discutir un poco entre ellos, conforme a ella se le iba calentando la lengua. Poco después tuvieron un crío y dejaron de venir al bar. Hoy lo he visto por primera vez y ya tendrá siete u ocho años, puede que nueve, incluso diez. Estaba jugando con los hijos de la pareja que ha llegado un poco más tarde. "Joder, es verdad -he pensado al ver de nuevo al hombre que había venido solo al mediodía-: estos se juntaban con estos...¡no me acordaba! Y mira que este lleva un tiempo volviendo a venir por aquí...pero no me acordaba, jajaja..."

Incluso este día, el de los muertos, era de celebración en otros tiempos. Venía al pueblo nuestra gente de Madrid y tras visitar las viejas tumbas de sus familiares se pasaban por el bar y todo era una fiesta: abrazos, bebida, comida, risas, lotería de Navidad y los chicos dando guerra. No faltaba nadie y todos nosotros éramos pequeños. Y los muertos lo estaban desde hacía muchos años. Nuestros padres todavía estaban fuertes y algunos incluso teníamos abuelos. La muerte era algo que estaba como podía estarlo cualquier cosa. Pero poco a poco fue llegando junto a sus enfermedades y hoy ha sido el primer año que no ha venido nadie de Madrid.

Este es un día fuerte en los bares. Todo el mundo va a ver las tumbas de sus seres queridos, o casi. El Ayuntamiento engalana sus calles durante los días previos tal y como si se vinieran unas elecciones. Viene mucha gente de fuera y han de hablar bien de su pueblo. Ya sean más rojos que un vómito de sangre, la tradición sigue siendo la tradición aún cuando ahora se pase la noche anterior rindiendo pleitesía y vasallaje a brujas y demonios bárbaros desde hace cuatro noches a las que yo no llego: no es que se rían de ellos sino que se ríen de quienes no hacen lo que ellos.

Hoy me levanté con una erección aún más fuerte de lo habitual. Ayer me fui a la cama a eso de las ocho y para mi sorpresa no me volví a levantar hasta la una y media. Me levanté para fumarme un pito y a las tres me quedé frito otra vez. Eran las seis y media cuando abrí el ojo y mirando el móvil, todavía con sueño, pensé en retrasar la alarma de todos los días laborables que ayer olvidé retrasar, pero no lo hice. Obediente sonó a las siete, justo cuando estaba echando el polvo del año. Me quedé un rato ahí, en la cama, los ojos cerrados, oyendo el Bron Yr Aur de los Zeppelin mientras desesperado seguía dándole a aquella morena...hasta que mi gata vino ronroneando a olerme los ojos.

Al final llegué al bar antes que Josemari, aunque no por mucho. Ayer le dije que se pasara a las ocho y media y él respondió que estaría allí a las siete y media, como siempre. Pero no eran las ocho cuando desde mi coche vi que no estaba su bicicletilla y en consecuencia tiré por la prensa. Al volver con ella todavía no estaba. Pero cinco minutos después oí unos tímidos golpes en la puerta.

- Kufisto, Kufisto...
- Voy...

Y le abrí, nos saludamos, le dije lo que tenía que hacer y se puso a hacerlo no sin cantar sus tibios fandanguitos mañaneros que tanto me gustan pese a las amenazas de algunos vecinos.

Josemari es mi Argos. Él sabe más que yo. Él estaba antes que yo. Lo conocí en el viejo bar, cuando afilaba cuchillos en la piedra que llevaba incorporada a su moto. Yo era un niño y él ya un hombre. A mi me daba miedo cuando mi padre me decía de llevarle los cuchillos para que los afilara. Pero él se reía, los cogía como si fueran de papel y empezaba a darle a los pedales de la moto muerta.

- ¿Qué más hay que hacer, Kufistico? -ha dicho al acabar su tarea de hoy con ganas de más
- Nada, ya está todo hecho

Le di lo suyo y ya se iba cantando un fandanguillo bueno en su bicicletilla cuando volvió

- ¡Kufistico!
- Quéeeee...
- No te enfades
- Qué me voy a enfadar
- ¿Te puedo preguntar algo?
- ¿Qué?
- Que si te puedo preguntar algo
- Joder...¿qué te pasa, hostias?
- Ná, hijo...sólo que si te puedo preguntar algo
- Pues claro
- ¿Tú crees en Dios?

¿Dios? ¿Creer en Dios?

- Sí, creo en Dios.
- Pues toma

Y me soltó un pequeño crucifijo metálico.

- Gracias
- De nada, Kufistico
- ¿Y tú? ¿crees en Dios?
- Claro, Kufistico. Si no crees en Dios, ¿en qué vas a creer? -dijo sonriendo

Y se fue cantando.

Metí el Cristo en mi bolsillo de los billetes y esperé a que viniera la gente.


- Yo lo que quiero es estar como Kufisto -le oí decir a Carmelo- ¡Míralo, si está hecho un figurín!


- Adiós, Carmelo
- Adiós, Kufisto


Estaba recogiendo cuando Gonzalo llegó por su café con leche. Es un buen chico con problemas que un mediodía, falto de medicación, estuvo cerca de montarla de no ser yo quien en ese momento estaba detrás de la barra.

Salí a fumar. Él salió después.

- El día de los muertos -dijo
- Sí -dije mirando los árboles
- ¿Tú crees en la reencarnación?
- Yo no sé ni el dos por dos, Gonzalo. Sólo recuerdo que mi padre murió hace ocho meses, que tengo cuarenta y cuatro años y que a mi edad él tenía cinco hijos y era el rey del mundo.

- Kufisto
- Qué
- Eres tremendo
- Ya
- ¿Vas a ir a ver a tu padre?
- No. No está allí. Allí no hay más que piedra, cemento y carne podrida. Lo veo todas las noches en mi habitación, en una foto que tengo. Es como era. Es como fue. Es como es...
- Kufisto
- Qué
- Ojalá y tu padre esté bien
- Seguro, Gonzalo, seguro...Y si no lo está que me guarden sitio, que si Dios no quiere a mi padre yo no quiero a Dios.




sábado, 28 de octubre de 2017

¿SEIS? Y CUATRO




Las hojas muertas caen del árbol como los días del preso viejo...La brisa más imperceptible es suficiente para darle el golpe de gracia a la hoja seca...El raro calor con los muertos a las puertas no es bastante para mantener a las hojas colgadas de las ramas de los árboles; como si las noches, todavía tibias pero cada día más largas, las consumieran sólo con su oscuridad...

Es importante empezar bien; si no lo haces, luego nadie te hará caso. Pero estoy cansado y no quiero beber. Voy a tumbarme en el sofá. Son las cinco y media de la tarde y ya estoy con el pijama puesto. La gatita que hará un mes recogí tras entrar desesperada cuatro veces al bar se viene conmigo. Siempre lo hace. No puede estar sola. No sé qué hará cuando yo no estoy. Haga lo que haga quiere mi cercanía. El otro gato que tuve no era así. Dormía más y nos dejábamos tranquilos. Murió por un descuido mío, creo. No lo sé con certeza, jamás lo sabré, pero estoy casi seguro que yo tuve la culpa. Pero al menos esta ya no tiene los ojos tristes, asustados todavía, que tuvo durante los primeros días.

Leo que hace unos días un astrónomo vio un raro objeto de impronunciable nombre cruzar la órbita de Mercurio y hacer un giro extraño a la altura del Sol para continuar hacia Pegaso. Hay un gif que acompaña la noticia. En el se ve un puntito fijo haciendo de Sol en una ínfima parcela del infinito Universo y otros cuatro aún más pequeños girando a su alrededor a diferentes velocidades. Son Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Me fijo bien y en la parte de arriba aparece Júpiter por un momento. Entonces el raro objeto entra en escena y hace lo que dice la noticia. Lo veo diez, quince, veinte veces. "Va a Pegaso -me digo-, a Pegaso..." Y miro el punto en el que estoy girando en torno al Sol y oigo las voces de la calle y me tiro otro pedo. La gatita ni se inmuta. Estamos girando en torno al Sol mientras un raro objeto va hacia Pegaso. Qué importa. La gatita se acurruca aún más entre mis piernas y me mira con las pupilas dilatadas. 

El reflejo del sol cae sobre el suelo del piso y alcanza mi ojo izquierdo. Bajé la persiana antes de tumbarme pero no tanto como para que no encontrara el último hueco. No me quiero levantar. Tampoco quiero molestar a la gata. Pronto se marchará. También yo podría marcharme, pienso. Levantarme, coger un tren e irme a Madrid. Quizá allí haya algo para un raro objeto como yo. Pero cierro los ojos y veo que no.

¿Dormir un poco? Son las seis y media. A estas horas no me duermo aunque quiera. Luego despiertas y cuando tienes que dormir todavía puedes hacerlo menos. Es mejor seguir las costumbres. Es mejor no salirse de la órbita. Luego haces extraños giros, acabas en Pegaso y al despertarte no recuerdas ni como te bautizaron.

Las monjitas de la maternidad me llevaron a la capilla cuando nací. Me moría y fueron a bautizarme o algo para que no me quedara en el Limbo, supongo. Pero eso no pasó. Luego en preescolar recuerdo que había una que me quería mucho. Sor Rosa se llamaba. Era vieja, alta y delgada. Siempre me miraba sonriendo bajo sus gafas. Yo ya era arisco por entonces, creo. Nunca me gustaron las cercanías. Pero ella me cogía en brazos y se reía dándome besos. Quizá sabía algo que yo entonces no sabía. A veces pienso que todo esto no es más que los recuerdos de otro.

Abro los ojos y la gatita sigue donde estaba, tranquila pero mirándome igual que antes. Pensaba que estaba dormida. Es raro. Vamos a levantarnos. Hay que hacer algo.

Voy a la cocina y cojo un vaso grande. Le echo unos cubitos de hielo y un chorreón de whisky con agua del grifo. Me siento ante el ordenador, abro el blog y rulo el primer cigarrillo. Caerán más de los dos, seguro.

Las hojas que aguantaron los fuertes vientos de la primavera caen muertas de las ramas de su árbol por una suave brisa que es incapaz de variar el quieto vuelo del abejorro que tengo a dos palmos por encima de la mesa. Si yo fuera más pequeño podría ver si está mirándome, aunque creo que él también estará mirando sus cosas pequeñas. De pronto, como un rayo, sin darle tiempo a mi ojo, baja y se posa sobre el amarillo. Empieza a mover sus patas delanteras. "¿Qué hay ahí? -pienso- ¿estará comiendo? Sí, estos bichos todo es comer, no van a estar escribiendo algo..."

Y de pronto, como un relámpago, regresa a la memoria de Dios.

lunes, 23 de octubre de 2017

PASSWORD: DULCINEA

Hace muchos años ya, en la calle Dulcinea, dentro de mi coche, junto a un contenedor de basura, me hicieron la mejor felación de mi vida.

Era domingo y acababa de cerrar el bar. La resaca de la noche anterior aún me tenía en ese estado de nervios que te deja al no darle aunque sea un poco para lo suyo. Ya entonces no era hombre de dos borracheras seguidas nada más que en ocasiones muy puntuales. Puse una televisión local y me fijé en sus anuncios. Salió el de una chica y la llamé. Quedamos en su pensión y la recogí. Era joven y parecía simpática. Estaba un poco gorda pero eso no importaba. Le dije lo que quería y me pidió 30 euros. Yo iba tan acelerado que ni enfilé a las afueras. Paré en la primera calle que vi discretamente iluminada, eché atrás el asiento y me bajé los pantalones. Ella se sacó el chicle de la boca y empezó a chupar con ganas. Estaba a punto de correrme y ella seguía bombeando. "¡Que me corro, que me corro...QUE ME CORRO!!! ¡DIOSSS, DIOSSS!!!" Lo hice en su boca. Ella seguía como esperando la segunda venida. "¡Para, para, para...ay, Dios!" Me dieron hasta calambres en las piernas. "¡Para joder, para!" Paró, abrió la puerta y escupió en la acera. Me miró y sonrió. Cogió el chicle y volvió a masticarlo. Y yo al final pude subirme los pantalones, pagarle y dejarla en su habitación.

Iba caminando esta tarde por las afueras, haciendo el paseo grande que suelo hacer en mi día descanso, pero a pesar de la buena tarde yo no lo estaba tanto. El sábado enganché una de esas que ni recuerdas como terminaron. La mañana amaneció aún más incomprensible de lo normal.Y hoy, pasado el día crítico, tocaba el turno de preguntas: ¿como? ¿cuando? y ¿donde? Sobretodo esta, "¿donde?" No recordaba haber salido de casa nada más que para comprar otra botella. Y volver con ella. Después...amnesia. Y así, sin memoria, es difícil andar por los montes que salen a tu paso. Aunque el sol, el cielo, los caminos y los coches en dirección contraria te digan que vas bien, que estás bien.

Ya dentro del pueblo he recortado para volver a casa. No tenía ganas de seguir por ahí. Y haciendo eles irregulares, fuera de mi órbita extrarradial, he dado en salir a esa misma calle donde aquella chica me sacó hasta la última gota.

- Dulcinea -me he dicho al levantar la vista y ver el nombre de la calle- ¡Dulcinea! Se llama Dulcinea la puta calle...Joder.

Sí. Esa era. Estaba hasta el contenedor, aunque ahora en compañía de otros de diferentes colores. Las plazas de aparcamiento son hoy peatonales. Donde yo aparqué ahora hay baldosas. Y bajo ellas yace aquella memorable noche otoñal.

Estaba llegando a casa dándole vueltas a todo esto cuando al levantar la vista he reparado en la pareja de vecinos que con sus dos hijitos iban delante de mi para entrar en el portal. La distancia no era tanta como para darles tiempo a hacerlo sin mi y no había más opciones que entrar con ellos o dar una vuelta a la manzana. Ayer me los crucé cuando regresaba de mi paseo tras salir del trabajo y parecían aún menos entusiasmados de lo habitual. Pero hoy yo ya estaba tan harto de calle que no quería ni media manzana más. Y he pasado con ellos.

La niña, una rubita que tendrá cinco añitos, estaba sujetando la puerta de acceso. He saludado bajo los cascos y he pasado adentro. El padre, un buen chico algo más joven que yo, estaba buscándose las llaves en los bolsillos. Le he saludado.

- No las encuentro -ha dicho nervioso.
- Pues yo llevo las de la cochera -he dicho- He pasado por aquí porque te he visto.

En estas que habla la mujer desde la verja y dice que las tiene ella. Se las da a su angelita rubia y, corriendo, viene con ellas. El padre las coge, abre la puerta y pasamos los tres para adentro. "Habrá olvidado algo" pienso. Llama al ascensor y esperamos su bajada.

- Era yo el del otro día -me dice
- ¿El de qué? -digo
- El del sábado

Coño

- ¿El del sábado?
- Sí, el que llamó a tu puerta -dice un tanto azorado.
- ¿A mi puerta?
- Sí. Tenías la música muy alta y ya era tarde...y subí con la niña para decirte que la bajaras un poco...

Llega el ascensor. Pasamos adentro y pulso el dos pensando que es el suyo.

- No jodas -digo- No me acuerdo...
- Pues sí...Estabas cantando y voceando. Gritaste algo desde dentro y pensé que lo mejor era irme no fuera que encima me llevara dos hostias.
- Joder...Perdona, tío, perdona...
- Ná, ná, si no pasa nada...Pero es que las niñas tenían que dormir...Menuda fiesta, ¿eh?
- Sí, sí...

La niña me mira tapándose la boca con una manita. Sonríe. La puerta del ascensor se abre y nadie sale. Yo vivo en el 3º y ellos en el 1º. No me acordaba. Me bajo y vuelvo a pedirle disculpas. Subo a pie los últimos peldaños de la escalera al piso. Podría haber sido peor.


Dentro de cien años no habrá más que ladrillos sobre todos nosotros.