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domingo, 29 de noviembre de 2020

EN EL RINCÓN

 La tipa reía y reía. Una risa escandalosa, una risa explosiva, una risa irritante. ¿Qué clase de tía ríe así después de cagar en un bar? "Gracias, cariño" dijo cuando les llevé el cambio de las primeras cervezas. Cariño. Sólo las putas te llaman hoy así. O las locas.

Llegaron sobre las tres y media. Apenas había otra pareja en el bar. Algo de jazz en el Spotify y mucho sopor en el espíritu. Ese último rato en el bar, esa última hora de la semana, se va cada vez más lentamente. "Acuérdate de todas estas horas -me digo mirando al frigorífico mientras le pego unas caladas al cigarrillo- cuando llegue el día de la recapitulación" Lo peor no es hacer lo que no quieres sino, encima, no hacerlo y tener que seguir estando allí. Es entonces, absurdo sobre absurdo, que el espíritu de la pesadez te deja contra las cuerdas. Y sólo la campana te salva de arrastrarte a tu bienamado rincón, ese que raras veces te ha ofrecido menos de lo que has visto fuera de él.

El tipo, un calvo escuchimizado de brillante y esquiva mirada, se acercó a la barra y pidió dos cervezas. Por quitármelo de delante le dije que ya se las llevaba yo. No me gustó. Dicen que uno crea su propia realidad, que recibes lo que esperas, que si das amor recibes amor y que todas las demás emociones siguen idéntico camino. Pura mierda. Tampoco es que tenga un ojo clínico; en mi hay poco de clínico. Es el tiempo, joder, el tiempo pasado allí, detrás de la barra, y la buena y natural desconfianza hacia lo desconocido lo que hace presentir la otra cara de lo otro.

La chica más hermosa que he visto en mi vida vino hoy con sus padres.

- Hola, Kufisto
- Hola, Sonia. ¿Qué tal?
- Pues aquí, como todos los domingos -dijo sonriendo con los ojos y la maldita mascarilla- 

Pidió las cervezas y esperó para llevárselas. 

- Ahora te las llevo yo -le dije para evitarle la molestia o cualquier incomodidad de estar allí, al otro lado de la barra, esperando que uno que bien podría ser su padre tire unas cañas desde el lado de enfrente; unas cañas que ella, llena como está de amor y dolor, sabe, seguro, enamoradas-
- Gracias

Estaba preciosa al dejarle los servicios. Jamás la he visto tan guapa. Se puso un poco nerviosa cuando fui a recoger la segunda tirada para dejar la tercera. Intentó alcanzarme algo y nuestras manos coincidieron en tiempo y espacio. Unas manos grandes, huesudas, blanquísimas. La pelirroja melena teníala caída hacia un lado. Sonrió otra vez sin mirar. Siempre sonríe, siempre...Pero cuando habla en confianza, cuando lo hace con su padre, a veces se pone seria y saca a relucir una inteligencia que emana de toda ella; y aún desde lejos y a hurtadillas se ve tan brillante como un sol. A veces un grifo de cerveza y cualquier gilipollas sediento te da la ocasión de recordar a ese dios al que le rezabas en tu infancia.

Cuando se despidió de mi llevando del brazo a su madre enferma ya llevaba otra vez la mascarilla puesta.

- Adiós, Kufisto-
- Adiós, Sonia-

Pasé a la cocina, encendí un cigarrillo y mirando el blanco frigorífico acabé por pensar en una operación a vida o muerte de riñón, pulmón, cerebro o corazón. Y yo tenía el único órgano compatible y se lo daba. Y ella, agotada por la enfermedad, me pedía que no lo hiciera y yo le cogía la mano sudada y respondía que no se preocupara, que todo saldría bien, que con un riñón o un pulmón de menos también puedo vivir, incluso sin cerebro, llevo casi toda la vida viviendo sin él, pero que sin verte a ti de domingo a domingo no puedo vivir, que mi corazón, a mis 47 años, dulce niña mía, es tuyo, y que si también lo necesitas aquí lo tienes, no esperes a un moribundo, que hay quien vive más una vez muerto que cuando estuvo vivo, y que, ¡oh, amada mía!, toda mi vida, toda mi existencia, todo lo que soy, todo lo que esperaba ser hace mucho tiempo y ya estaba como durmiendo ahora se despierta rugiente como un león cabreado, ahora que muere, y ¡oh, por favor!, déjame hacerlo, permítelo por ti y por mi, ¡sobretodo por mi (mentiría)!...Y entonces, por algún altavoz, sonaría el preludio de Tristán e Isolda y en su nota discordante ella diría agarrando fuerte mi mano:

- Bien, Kufisto. Hazlo-


Un sucio gordaco con pinta de pajillero llegó y se unió a la pareja de cerdos. Pidió un nestea. 


Y desde entonces hasta el final las risas fueron tan grandes y fuertes que todo se me olvidó.


Hasta que regresé a mi rincón.






viernes, 20 de noviembre de 2020

UN BUEN VIAJE

 No sé porqué pero al cuarto o quinto tono supe que no iba a coger el teléfono. Esperé hasta el último pensando incluso en dejarle un mensaje de voz al final, pero no tenía activado el servicio, cosa que tampoco sé porqué no me extrañó. "Bueno, aprovechemos el tiempo. Yo he cumplido" Y tiré con el coche hacia el centro comercial para hacer la compra del fin de semana. "Mejor ahora que esta tarde. Una cosa menos. Así tendré tiempo de aprovechar el sol"

Estaba entrando por la puerta cuando recibí su llamada.

- Hola, Gonzalo -respondí-
- Holaaa...-respondió una voz que con toda evidencia acababa de regresar del más profundo de los sueños. Yo no estaba seguro de que me hubiese reconocido. Era la primera vez que hablábamos por teléfono y de hecho tuve que añadir su wasap (nuestro medio de comunicación, digamos, "habitual" aparte del presencial) a mis contactos para hacer la llamada-
- Qué pasa, hombre. Soy Kufisto -le dije-
- Ah sí, Kufisto...
- ¿Oye, hacemos eso que dijimos?
- Sí, sí -respondió la voz- Dame un rato para ducharme y eso-
- Claro, claro...Yo estoy comprando. Una media hora o así, ¿vale?-
- Vale, vale-
- Te llamo cuando esté-
- Vale-

Eran al menos de las once cuando llegué al bar en busca de mi tabaco. Creí habérmelo dejado allí pero no. El que sí estaba era Gonzalo a medio camino entre la barra y la primera mesa alta, como quien no tiene claro donde ponerse, algo que por otra parte no es tan raro en estos días. En el salón uno de mis hermanos estaba reunido con unos proveedores. Saludé desde lejos y pasé a la barra.

- ¿No me he dejado aquí el tabaco? -le pregunté a mi otro hermano-
- No, no he visto nada

Miré y no vi nada. Después de todo tendría que estar en la bolsa que llevo al trabajo, en la misma donde poco antes había buscado, pero llevo tanta mierda dentro que no lo vi. En fin.

- ¿Bueno, qué? Vámonos -dije-

Y salimos del bar mientras pensaba divertido en la cara que debían tener mis hermanos al ver que el mayor había quedado con alguien como Gonzalo. 

- Bueno -dije-, yo tengo el coche en dirección contraria. Tira tú para allá y espérame a la entrada del camino-
- Pero vamos en el mío, ¿no?-
- No no no...Tira tú para allá y espérame.

Cuando di la vuelta todavía estaba él sin arrancar. Es un hombre tranquilo, Gonzalo. Cuando está bien.

Conduje rápido. En la avenida industrial que lleva al camino le di caña. Un par de badenes imprevistos, sin señalizar, (sobretodo el primero, hacía años que no pasaba por allí) por poco no me hicieron reventar el cárter. La mañana era magnífica, soleada, poderosa...¿como no pisar el acelerador? Recordé aquella vez, hará 25 años, en la que pusimos el Golf G60 de un amigo a casi 200 en esa misma avenida con el "Exit" de U2 atronándonos los oídos. Esta vez no pasé de 80. Tampoco mi coche corre a 200.

Bajé a esperarlo fumando un cigarrillo. Poco a poco fui quitándome ropa de encima. En verdad la mañana era allí aún más magnífica de lo que parecía. Acabé quedándome en camiseta. Vi venir un coche y al pasar a mi lado lo saludé creyendo que era Gonzalo, pero era un viejo que me miró como si fuese maricón. No respondió al saludo. Y fue en ese momento que en verdad parecía un maricón, ¿qué coño hacía allí, solitario, en zona casi mariconil, un coche parado a las once de las mañana con uno exhibiéndose cual pavo real a su lado? ¡Oh, Dios, no me jodas! ¡La madre que me parió!

Como a los diez minutos recibí una llamada de Gonzalo.

- ¿Donde estás, Kufisto?-
- Donde voy a estar, joder. Aquí, esperándote-
- ¿Pero donde?
- Pues donde quedamos. Aquí, al final de la avenida...-
- No, no, no...Espera que ya voy-

Joder.

Esta vez llegó pronto.

- Venga, sube. Vámonos en el mío- dijo-
- No. Cada uno en el suyo. Tira tú delante y te sigo-

Tiró casi a paso de abuela y enseguida llegamos al camino, apenas al otro lado. Yo había metido la jodida mascarilla en el bolsillo de la cazadora y casi que la eché de menos al ver la procesión que íbamos formando. Un maricón estaba esperando junto a su coche al final de la avenida correcta. Nos miró. "Me cago en la puta"

Gonzalo entró al camino de tierra a su marcha. En caminos parecidos a esos reventamos unos cuantos coches hace años. Bastantes años.

Y de pronto las ovejas. Un rebaño de ovejas. Estuvimos parados un rato que se hizo eterno. Y ya con vía libre el mamón de Gonzalo no se decidía a tirar. El pastor, un chico joven, le hizo señas para que lo hiciera pero él no se decidía, quizá asustado de asustar a esos animales. Los perrillos iban y venían tirando ovejas a la cuneta y ya cuando no quedaba ninguna nos miraban como si fuésemos tontos o maricones. Pité. Gonzalo tiró aún con más cuidado. El pastor nos vio pasar. Volví a acordarme de la puta mascarilla. El último perro, uno que había dejado baldada a una pobre oveja rezagada, me echó una mirada que no olvidaré.

Un poco más adelante, ¡una liebre!. La vi saltar y perderse como hacen todas las liebres. Gonzalo me llamó:

- ¿Has visto?-
- ¿Qué?-
- ¡La liebre! -dijo entusiasmado-
- Sí
- ¿Te has fijado en sus orejas?-
- (Me cago en Dios, ¿quien se fija en las orejas de una maldita liebre?) No-
- ¡Eran triangulares al final! ¡Una cosa extrañísima! ¿no lo has visto?-
- No, coño, tira-
- Joder...¡Triangulares!
- (¿Pero qué cojones?) Venga, tira.

Tiró. Un poco más allá, cuatro árboles mal plantados. Vuelta a parar en la cuneta. Esta vez se bajó del coche.

- Kufisto, ¿te importa si paramos en este bosque un momento? Quiero ver si la liebre vino de aquí-
- (¿Bosque?) No no no...A las doce tengo que estar de vuelta y no da tiempo. Vamos. 

Otra parada, esta vez al lado de cuatro piedras. Otra vez que se baja.

- Quiero enseñarte este dolmen -dijo-
- ¿Dolmen?
- Sí, baja -respondió con firmeza-

"Yo a las montañas subí, yo a las cabañas bajé"

Piedras. Algunas grandes y otras pequeñas. Ninguna encima de ninguna. El dolmen.

- Aquí hice un ritual -dijo-
- Sí-

Me explicó algo, no mucho, pues vio musgo en las piedras.

- ¡MIRA, KUFISTO!-
- ¿Qué?
- Aivá chaval...¡Mira que musgo!

Una cosa verde sobre las rocas. Estupendo. Creo haber leído algo del musgo en las novelas de Agatha Christie.

- Sí-
- Aivá chaval...-y se agachaba y lo tocaba. Y no sé porqué me dio asco-
- Gonzalo...a las doce tengo que irme-

Al final llegamos, como siempre que se llega al final aunque este no diste más de cinco kilómetros del principio, un mundo para mi.

Aquello era...más piedras. Muchas piedras. 

Ya en la parada anterior tuve que ponerme el jersey, pero allí pillé la cazadora y la bufanda mañanera. Con todo, hacía fresquete. Es increíble como cambia la temperatura en campo abierto.

Echamos a andar. Al principio yo detrás de él pero pronto cada uno a su bola, pues no hacía más que pararse a comentar cosas, rituales anteriores en compañía de alguna bruja, aunque él la llamó de una manera que no entendí. Que si aquí, en La Mancha, hubo mar, "¿pero prehistórico, no?", que rituales del fuego a los dioses, que otro dolmen que sólo él veía, que mira esto, "¿musgo?, "¡LÍQUEN!", que un trébol de cinco hojas que casi lo sacó de quicio...lo dejé y eché a andar entre las piedras.

- ¡HUELES EL AIRE, KUFISTO!- bramó-
- Sí, sí...

La verdad es que allí se estaba tan bien como en cualquier sitio en el que uno está solo. El aire era más ligero, sí, y aparte de piedras que mirar para no torcerte el tobillo el buen sol, mi viejo amigo, iluminaba toda la escena como quien tiene el frigorífico lleno de latas de cerveza. A lo lejos oía gritar a Gonzalo por sus nuevos descubrimientos. "Sí, sí..." Poco a poco aquel bosque de piedras, el fuerte silencio y la lejanía del otro hicieron vibrar a mi alma en su estrecha onda correcta. Sí, sin lugar a dudas, ese era un buen sitio.

Miré el reloj. Pronto tendría que irme de allí. Y eché a andar de vuelta.

- Vámonos, Gonzalo-le grité-

Él andaba recogiendo cosas del suelo.

- ¿Qué haces?-
- Hay que mantener limpio esto-

Postas, cristales, latas y algunas piedras maravillosas que se había encontrado.

- Toma, Kufisto. Este cuarzo para ti-

Cerca de donde los coches vimos la pelada calavera de un animal, de uno pequeño. Gonzalo se maravilló pero yo (tras un vistazo y su breve explicación de que era un pequeño depredador, un lobezno o así) seguí adelante, pues ya iba estando fuera de hora.

- Venga, Gonzalo- voceé

Y vino con las manos y los bolsillos llenas de postas, cristales, latas, piedras maravillosas y calaveras. 

Intentó abrir el capó del coche pero no pudo.

- Kufisto, por favor, méteme la mano en el bolsillo y ábrelo tú-

Se la metí, lo abrí y aquello era algo inenarrable de la mierda que allí había. Con todo y mucho cuidado fue depositando todo el material como si fueran explosivos.

- Bueno, venga, vamos -dije yo-
- Ku-fis-to -dijo él- ¿te importa irte tú solo? Es que yo tengo que hablar con mi padre...-
- Claro, claro -dije yo como un secundario de Lovecraft- Sin problema-

Arranqué el coche. Él tuvo tiempo para acercarse. Ya estaba todo dentro y bien colocado en su maletero.

- Kufisto- y me tendió su huesuda mano- ¿no te importa, verdad?
- Qué coño.


El regreso de un viaje siempre es mucho más corto. 


Y si se hace sobre arena y sin ovejas a la vista ya es algo casi orgiástico.

jueves, 29 de octubre de 2020

CAMBIO DE HORA

 Como chicos de quince años, cuchicheando los tres cerca de la puerta del bar sobre cuanto pillar, con dos de ellos ya visiblemente tocados de la cabeza a pesar de ser poco más de las cuatro de la tarde, les oí acordar pollo y medio desde el otro extremo de la barra. Dos salieron a hacer la compra mientras el más pasado se quedaba esperando ya en la calle en compañía de un viejo buscavidas. Así los dejé.

Me había tocado aguantar sus gilipolleces durante la última media hora. Uno de ellos estaba empeñado en que hacía años que no me veía, cosa que era mentira pero dejé estar al oírlo por cuarta vez de tan emocionado como lo decía. Con todo, tuvo que repetirlo tres o cuatro veces más, abrazo incluido. Yo no recordaba ni su nombre. Otro, el que todavía estaba sereno, comentó que habían levantado el toque de queda. Creo que fue esta noticia la que acabó por animarlos a comprar más cocaína. Poco antes, nada más llegar, el más joven y pasado de todos, uno al que no le queda mucho para cumplir 40, hizo su entrada al bar explicando a grandes voces y entre risas como había pipeado a la secreta justo antes del trapicheo anterior, de ese del que ya no le quedaba nada, un encargo para un casi sesentón, un tipo de dinero, un hombretón alegre y divertido, un tío agradable, uno que pegó el braguetazo y que de vez en cuando viene de la gran ciudad al pueblo, uno que al quedarse conmigo solo en el bar dijo como para sí mismo y con cierto tono de asqueo que él ya no estaba para eso. Y otra vez, sin hablar ni por un segundo del tema, me contó de qué conocía a ese niño rico, a ese pobre desgraciado, de la larga amistad que tiene con su padre y en fin, que poco después le faltó tiempo para meterse al water tras salir de él su conseguidor, el hijo de su buen amigo al que conoce desde pequeño. Luego se fueron y después volvió él solo. Un amigo algo más joven, algo menos viejo, le había estado esperando enfrascado con su teléfono. Y cuando ya iban a irse los dos para comer y todo lo demás me dijo aliviado:

- Kufisto, si vuelve ese y pregunta por mi dile que me he ido. 

Salí con Gustavo, el chico que a veces habla solo, a fumar a la puerta de la calle. Todavía no eran las tres y ya todo era sombra en la acera de nuestro bar.

- Así es como noto el cambio de hora, Gustavo -le dije- Hace unos días todavía había bastante sol por aquí-

Continuamos la conversación que habíamos llevado dentro del bar. No sabía que el evangelio de San Juan, que había tomado por apócrifo, es canónico, que viene en la Biblia. Se lo expliqué. 

- Es el diferente, el "especial" Están los de Mateo, Marcos y...Lucas, que más o menos vienen a ser lo mismo, pero el de Juan es más original, más subjetivo. No olvides que fue "el discípulo amado del Señor"-
- No estoy bautizado -respondió-
- Bueno...

Habló de algunos libros de JJ Benítez. La otra madrugada me reenvió por wasap unos audios con su voz. Era la primera vez que lo hacía y dejé pasar unos días hasta decidirme a escucharlos. En ellos hablaba a otro amigo sobre algo terrible que había descubierto gracias a un péndulo. El primero duraba dieciséis minutos y el segundo era una especie de coda de tres. Los escuché tres veces seguidas.

No le he dicho nada. Tampoco él ha preguntado. 

El viento cortaba algunas de las secas hojas de los árboles de la soleada mediana de enfrente, apenas separada de nosotros dos por unos pocos metros. Allí, a diez pasos, en su hora, todavía estaba el sol. 


Y fue entonces que pensé que todo aquello era demasiado bueno. Y entonces, de repente, apareció el pobre niño rico con su coche en compañía del viejo buscavidas. Y supe que todo se había acabado y deseé que al menos mi buen amigo Gustavo tuviera la intención de irse del bar.

jueves, 15 de octubre de 2020

FIFTEEN FEET OF PURE WHITE SNOW

 - ¡Tu tío Kufisto, David, tu tío Kufisto!...¡Ehhh, Kufisto!

La voz de su abuela llegó hasta mis oídos a pesar de la distancia y al ir tapados por los auriculares que en ese instante hablaban de las viejas y nuevas tablas a medio escribir de Zaratustra. Miré, los vi y ya con las orejas liberadas me acerqué hasta ellos sonriendo.

Es un parquecillo de barrio, con toboganes, columpios, balancines y algunas otras cosas de las que desconozco sus nombres. Una cosa pequeña, recogida, vallada por maderos de quizá un metro de alto y pintados de alegres colores. Los niños juegan allí dentro mientras los padres miran o, sin son tan pequeños como mi chico, los acompañan durante sus aventuras. El piso es del tipo acolchado y así el peligro es menor. También está pintado de colores. El sol se estaba poniendo y el frescor de la incipiente noche llegaba, también obediente. Yo lo vi salir en la fría mañana pensando otra vez que no es que salga sino que nosotros salimos a él, pero bueno. Le costó superar los edificios de enfrente. Luego, a eso de las once y media, empezó a calentar y fue maravilloso ver como su luz y su calor lo vivificaba todo, hasta lo muerto, hasta las hojas caídas en la pequeña mediana arbolada que divide la vía donde se encuentra nuestro bar. Apagué el cigarrillo, contento, y volví para adentro.

- ¿Es Nick Cave? -preguntó el último cliente antes de irse con el resto del grupo-

Sí, sonaba como Nick Cave pero yo no estaba seguro. Sorprendido me acerqué al ordenador. Era Nick Cave.

- Sí, es Nick Cave. Buen oído.

Y se marchó. Apenas podía creerlo. Ese tío, ese que me había recordado a aquel patán de ayer, reconocía a Nick Cave mientras hablaba de gilipolleces con sus compañeros de cañas, unos que han conocido a Eddie van Halen cuando el telediario dijo que había muerto.

"Sospecha -me dije ya solo y a puerta cerrada- Sospecha. Quizá llevaba una aplicación de esas en el móvil y vio la canción..." Pero no. Era absurdo. Completamente absurdo. Conocía a Nick Cave. Te había recordado al imbécil de ayer pero este conocía a Nick Cave.

Llegué a casa y me eché un rato con Zaratustra, en su segunda parte. Cerré los ojos mientras hablaba de las tarántulas. 

Así estuve una hora. Supe que había dormido porque no recordaba haber oído algún capítulo. Miré en el teléfono y comprobé que no recordaba nada de al menos dos de ellos. Veinte, treinta minutos...suficiente. En verdad basta con cerrar los ojos para descansar. Esto es algo que he descubierto hace poco tiempo.

Me levanté fuerte y decidido a hacer la tabla de gimnasia que tocaba. Estiré e hice el precalentamiento indicado de siempre desde hace unos meses, no sin antes tener un leve forcejeo con la gata y su empeño por arañar la esterilla. Un par de voces, un amago de patada y ya estaba todo en su sitio, también Zaratustra con su tercera parte, la mejor si no existiera la cuarta. Aunque es la más hermosa de todas.

Una ducha caliente, templada, fría, obediente, en el baño grande...La de mi habitación está medio loca: un leve toque al grifo consigue hacerla pasar de hirviendo a helada en cosa de segundos. Eso no está mal cuando te hierve la sangre pero yo ya tengo 47 años y aunque todavía hiervo no es cuestión de hacer más tonterías. Esto tampoco lo he aprendido hace tanto.

Fui a comprar para el bar y para mi. Pensé en la chiquita rubia tan simpática de la caja, en decirle lo preciosa que es, en invitarla al cine, a cenar y a mi piso pero hoy no estaba. Me tocó la gorda, que me atendió simpática. 

El sol ya estaba bajo al salir de allí. La Tierra giraba sobre si misma hacia otras caras. Diecisiete kilómetros por segundo. Esa es la velocidad a la que se desplaza tras su sol. Diecisiete kilómetros por segundo mientras gira sobre sí misma como una bola de billar disparada con un cierto efecto. Un brazo fuerte el del taco, sin duda.

Casi no salgo. Pensé en pegarle un buen viaje a "Crimen y castigo" Ayer la retomé tras haberla dejado hace un par de semanas en su tercera parte. No sé cuantas veces la he leído. Por ella llegué a él cuando yo era chico. Suelo decir que me gustan más otras novelas suyas. Pero la verdad es que esta es la mejor. Sonia empezó a leer el Evangelio...

Salí. Me abrigué bien. Dobles calcetines, chaquetilla...Los pies tienen que estar calientes. Todo lo demás pude estar frío pero los pies tienen que estar calientes. O no fríos. Maldito plato de ducha.

La tercera parte es la mejor. Zaratustra canta ahí como nadie ha cantado; ni siquiera Robert Plant en "Since I´ve been loving you" 

Ya había que buscar el sol. Las aceras que te llevan hacia las afueras. Gente vieja transcurría por ellas, algunas cogidas del brazo por sus depauperados hijos. Una leve desviación, sombra fría y enseguida el último sol del día que se va. En la distancia, un tío le da patadas a un balón tras el cual corre su hijito y después él. Como yo, también van hacia el sol. Al dobla la esquina que divide la luz y la sombra veo que juegan sobre una rampa con la pelota. Los coches están muy lejos. La pelota sube y baja y el chico se vuelve loco. Sólo es una pelota que sube y baja por una leve altura. El chico se maravilla y ríe.

Cojo al chico. La abuela está reventada. La madre se ha ido a algo y se lo ha dejado a ella un momento. El chico me coge la gorra, rollizo y cabrón. "¡Tu tío Kufisto, David! -dice la abuela- Anda, tenlo un rato que yo ya estoy reventada"

Tu tío Kufisto.

Le gusta la gorra que llevo desde hace años. Siempre le ha gustado. Mi gorra tiene un toro rojo grabado en la frente. Él lo mira e intenta arrancarlo otra vez. En año y medio ha jodido tantas cosas que parece no explicarse como no puede hacer lo mismo con esa.

Pronto llega la madre. Es la suya quien la ve aparcando el coche. 

- ¡Mira, David! ¡mama!

David oye mama y mira. Y en cuanto la ve salir del auto, enmascarada, se tira de mis brazos hacia los de ella.

- ¡Espera, cabrón! 

Se va con su mama. Le ríe.

- ¿Qué tal, Kufisto?
- Bien, aquí con el petardo este

Reímos y hablamos. Y un buen rato después me voy.


Es tarde. Al sol le queda poco. La noche llega y lo mejor es estar en casa.


En tu caverna.




jueves, 17 de septiembre de 2020

UN CHICO RARO

El chico, un chaval de unos diez años, guapo y bien formado, entró al bar, dio unos "buenos días" perfectos y sin más se dirigió hacia la mesa del salón, todavía sin las sillas desplegadas. Enseguida apareció su padre, un tiarrón de aspecto curtido con acento del Este de Europa, pidió para los dos y se fue con él.

Preparé un colacao y un café que llevé mientras la tostada iba haciéndose. Dejé los servicios y el chico me dio las gracias apartando por un momento la mirada del teléfono. "¡Qué chico más raro!" pensé. Subí las cortinas, bajé los taburetes de las mesas altas y encendí el televisor dándole volumen. El inglés calvo también empezaba su jornada laboral en busca de trastos viejos.

Llevé la tostada del chico. "Deja el teléfono" le dijo el padre. No les oí hablar más.

El padre vino a la barra, pidió una botella de agua y una copa de coñac y pagó. Un poco más tarde, ya desayunados y con el padre aún en el water, el chico salió del bar despidiéndose, "adiós". 

"Qué chico más raro" volví a pensar. "Entra solo a un bar, saluda al camarero, despliega las sillas, da las gracias y se despide...Apenas tendrá diez años y ya sabe todo eso"


Y la mañana siguió por los duros derroteros de casi todos los días. 

jueves, 20 de agosto de 2020

WILD CHILD

Los días van decayendo poco a poco. Hace semanas que me di cuenta de esto. Ese rayo de sol del amanecer dejó de deslumbrarme al doblar con el coche la primera esquina del breve viaje. La verdad es que ni bajaba la visera de tan próxima como está la siguiente curva. El rayo cegaba pero yo todavía puedo ver lo que viene de frente sin necesidad de parar la marcha.

A veces te encuentras con alguien delante de ti pero que no ven como tú. Suelen ser jubilados. Entonces paran durante demasiado tiempo y el primer fastidio del día llega antes de lo previsto. Miran a uno y otro lado, vuelven a mirar y cuando crees que al fin se han decidido a avanzar pisan otra vez el freno para dejar pasar a otro que no lo necesitaba ni de lejos. El jubilado cree que todo el mundo está jubilado. Mientras tanto, detrás de él, hay gente que aún tiene prisa por llegar a los sitios, quizá los mismos pero no de la misma manera.

Allí en la churrería que está al final de la avenida donde tengo el bar suele haber algunos, aunque lo normal a esa hora es que sean trabajadores. El tipo que me sirve los churros, un cincuentón con gusto por el oro, se llama Amalio, lo lleva escrito en la camiseta, sobre el corazón, aunque yo nunca le he llamado así ni tampoco de ninguna otra manera. "Ocho para llevar". Y él coge las pinzas y como mejor sabe va metiéndolos en una bolsa de papel y luego e otra de plástico. Hay días que recuerdo a mi joven padre al ver esa esclava en su muñeca.

- ¿Qué es eso, papa?
- Una esclava, hijo
- Ah...¿y para qué sirve? -preguntaba sorprendido por el nombre-

- Adiós -digo a modo de despedida-
- Adiós, chaval -responde siempre un jubilado sentado en un taburete y apoyado junto a la pared donde se fríen los churros-

Ya nadie espera mi llegada en la puerta del bar. El ciego hace meses que no puede valerse por sí mismo a causa de la cadera y Josemari, mi fiel ayudante, se fue a Ciudad Real hará dos meses. Antes de irse me dijo que sería para una semana, "dos como mucho, Kufistín...no me gusta aquello", pero no ha vuelto. La mujer tiene una hermana allí y al parecer estaba enferma, aunque vistos los acontecimientos que tras la partida se desarrollaron en su barrio marginal bien pudiera ser un quitarse de en medio. Primero fue el uno y después el otro. Al principio de verme solo lo noté.

Hay una muchacha. Trabaja en una establecimiento cercano al mío pero sólo ahora le ha dado por venir antes de entrar a trabajar. Es guapa. Todavía es joven. Yo creo que alguna compañera le habló de mi, de lo serio que era, y es como si ella adoptara una especie de excesiva seriedad al hablar para gustarme. Sí, está claro que le gusto: con demasiada frecuencia me habla de su novio. El otro día me dijo que iba a hacerse otro tatuaje. Lanzó la cosa como quien tira el anzuelo sin mirar al río y sólo vuelve la mirada hacia él cuando lo oye caer en el agua. 

Como azucarillo que cae en ella, así se deshacen los nudos más fuertes. Amistades que parecían y juránrose eternas se transforman en odio por causa de una borrachera descompensada. Así se ha jodido mi más preciada cuadrilla del bar. Una mala palabra, unas malas palabras a lomos de muchas otras que parecían olvidadas, y en un momento todo lo bueno que hubo entre ellos se va al infierno. Y por no verse, para evitarse el uno al otro, los he perdido a casi todos sin tener nada que ver en el asunto. Así es la vida cuando te ha tocado verla desde detrás de la barra con otra mascarilla encima de la que ya te pusieron.

- No puedes ser así, Kufistín -me decían de pequeño-
- ¿Y por qué no? -gritaba yo-
- Vas a penar más que garbanzo en olla

Mi entrañable amiga llegó puntual. Le puse un tercio y arrancamos a hablar. No había nadie en el bar y esta vez vino sola, lo cual ayuda bastante en este caso. Tampoco entró nadie durante un buen rato. Los ratos en los que no entra nadie son la nueva normalidad. Pero entonces se habla mejor.

- Me voy a hacer otro tatuaje, Kufisto -dijo- Aquí, en la pierna.
- Vaya -respondí-
- ¿Qué? -dijo ella-
- Una clienta me ha dicho lo mismo esta mañana, aunque no donde
- ¿Quien?

Cerré a las tres. Ahora cerramos a las tres y volvemos a las seis. Vuelven. Llegan otros.

Un amigo me llamó en el último momento.

- ¿Estás allí todavía?
- Sí, cerrando y a punto de irme pero todavía estoy.
- Espérate un momento que te llevo la botella.
- Vale

Una botella. ¿Una botella? ¡Ah, sí! La botella. La botella de DYC de diez años que le dije me comprara hace algún tiempo. Me arrepentí de haberle dicho que todavía estaba aquí.

Llegó con ella y a puerta cerrada bebimos, fumamos y hablamos. Él se metió algo de speed y siguió hablándome incluso cuando me fui a cagar. El whisky era bueno pero yo estaba sin comer desde el desayuno. Yo cagaba y me limpiaba el culo mientras el rememoraba una vieja velada en el Excalibur de Madrid, una en la que lloró escuchando el "Wild child" de los WASP


Subí los molinos por detrás, por un durísimo sendero recién descubierto. A veces me sorprendo a mi mismo. Años, años y años subiendo los molinos y jamás se me había ocurrido hacerlo por detrás.


El atardecer también está cambiando. Es menos escandaloso que su cara luminosa pero esto sólo es debido a un punto de vista: cuando él ya no está yo hace tiempo que lo estoy en mi casa. La noche viene antes que el día pero cuando uno está a cubierto no se entera de nada.



 

sábado, 11 de julio de 2020

MASCARILLA

Lo mejor, sin duda, era salir a la calle. El piso, especialmente el salón con su gran ventanal, lleva en modo horno algunas semanas y en esas condiciones no se puede hacer nada. Está la opción de quedarse tumbado en el dormitorio, algo más fresco por oscuro, pero resulta un tanto deprimente meterse en él cuando son las siete de la tarde. Miré el teléfono y vi que la temperatura afuera no era tan alta como otros días, podría soportarlo con cierta facilidad. Hace algunos años ni miraba esas cosas. Claro que entonces una de las cosas que no tenía era un teléfono que me dijera la temperatura que había afuera.

Bajé en el ascensor alemán disfrutando de su frescor. Una pegatina sobre los llamadores mostraba la caricatura de una pareja de simpáticos ancianos sin facciones con una llamada solidaria. Es cosa de los del mantenimiento. Todos los meses hacen la revisión y ya de paso ponen una pegatina corporativa adecuada a las circunstancias del momento. Sólo las de diciembre sufrían algún acto de vandalismo. La del año pasado ya venía nada más que en castellano. Quedó impoluta.

La tarde, en efecto, era calurosa pero no tanto como en el piso. El movimiento (está demostrado) produce calor pero su ausencia causa desesperación. Pasé por delante de la piscina municipal, bajo los árboles del mediado aparcamiento, y ya sin más sombra que transitar enfilé hacia una de las avenidas de la desierta ciudad. Allí fue donde me crucé con aquel gilipollas.

Es una acera grande, espaciosa, con el tamaño suficiente como para hacer una vía de tres carriles de coches. De frente, a lo lejos, a unos doscientos metros, vi a un tío caminando en sentido contrario al mío. Con una cierta sorpresa (todavía me sorprendo) observé que iba con la mascarilla puesta. Bien, yo iba sin ella pero el espacio entre nuestras respectivas trayectorias era más que suficiente como para respetar al menos tres distancias de seguridad. Sin embargo, y poco a poco, noté como el tío tendía su línea de paso hacia la mía, tal que si hubiese caído en mi zona de gravedad y no pudiese escapar de ella. Y fue la cosa que al llegar el cruce de las dos fuerzas poco le faltó para sobrepasar el límite del cual iba él protegiéndose, quizá esperando que yo, avergonzado por algo, tendiese al otro lado, a la pared de la cual me separaba metro y medio, al paredón de los edificios, cosa que no hice en ningún momento. Tampoco bajé la mirada ni miré a ningún sitio más que al frente, pero en ese último instante pude ver auténtico odio en su mirada, algo tan desproporcionado que estuve a punto de echarme a reír. No miré atrás pero juraría que él sí lo hizo, pues la sensación de odio hacia mi persona la llevé conmigo durante lo que quedaba de avenida. Y fue esa misma sensación la que me dio fuerzas para decidirme a tomar el camino hacia los molinos. El odio fortalece. Sólo la risa destruye.

Tomé el camino que va junto a la carretera. Un camino lleno de maleza sólo aliviada por las huellas de los tractores, pero con todo preferible al escaso arcén alquitranado: allí casi puedes sentir al fuego subir por tus piernas. Apenas vi coches, qué decir de humanos. El campo abrasado, las tinajas derruidas, el puente y la vía del tren. Me las vi negras para cruzarlas: un mar de espinosos cenizos la guardaban celosos. Al fin encontré un claro y mirando a los lados bajé entre las traicioneras piedras puntiagudas. Volví a mirar y crucé las traviesas, los raíles, las piedras y las malas hierbas del otro lado hasta llegar al pequeño sendero que todo lo bordea. Allí meé y me rulé un cigarrillo para después.

La última vez que subí los molinos vi bastante gente. Ya era época de mascarillas pues muchos las llevaban puestas aún subiéndolos. En esta ocasión no encontré a nadie. Sólo arriba un coche aparcado junto al mirador daba señales de vida. Una pareja muy joven estaba sentada a la vuelta del segundo molino, en su sombra, la que a esa hora mira hacia el pueblo, abrazados. Bajé recortando por la cantera y ya en la otra cara del camino seguí sin cruzarme con nadie.

Tomé el atajo que hay antes de pasar el puente del otro lado que te devuelve al pueblo. Bajo él, a mano derecha, hay un difícil sendero que por detrás alcanza al cerro. A su vera, a mano izquierda, hay una pequeña finca con algunos árboles frutales: el limonero es un primor cuando está en flor. A la derecha, otra pelada y seca con un burro que vaga por ahí. Pero el que vi ayer era un burrito, no el otro que casi acaricié una vez tras la valla: se acercó tanto a mi desde tan lejos que estaba que tuve la tentación. Luego, cuando volvía a pasar por ahí, siempre lo saludaba. Él hacia el amago de venir pero yo no paraba y entonces la distancia parecía ser más grande. Este chiquitín se conformó con rebuznar con ganas desde su posición en la valla este. Yo le saludé a grandes voces mientras subía hacia el norte y él entonces se calló. Agarré bien la cuesta de cabras que alcanza el cerro por detrás y resollando alcancé su cumbre arbolada. En ella volví a mear y dejando atrás al santo de piedra salpicado por hoces y martillos y a la antena de telecomunicaciones enrejada descendí hacia la ciudad.

Ya en ella tampoco vi a nadie durante unos minutos. Sólo cuando llegué a las inmediaciones del pabellón encontré a unos chavales jugando al baloncesto en una maltrecha pista adyacente. Un poco más allá el pequeño parquecillo trasero lindante a la carretera. Unos adolescentes se encaminaban hacia él riendo. 


Entré en la primera calle con nombre y encendí el cigarrillo. Dejé la sombra de la acera afortunada y me pasé a la del sol para no molestar a los contados enmascarillados que venían de frente. Con todo, por ella venía una mujer con su carrito de bebé. Y me eché a la calzada.


Y así, zigzagueando, fue mi regreso a casa.


Sólo al final, ya anocheciendo, cuando no hubo más remedio, me puse la mascarilla que había llevado en el codo todo el tiempo.