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lunes, 15 de enero de 2018

EL GORRO PERDIDO

- Hola, quería un gorro
- No me quedan -dijo poco menos que riéndose la dependienta, una chica joven, bajita y de grandes tetas.
- Nooo, nooo
- Lo siento, se han acabado...Hemos pedido más esta mañana. También bragas. Llegarán la semana que viene. Lo siento.

La semana que viene...Claro que podría haber ido a otra tienda, sin ir más lejos a dos o tres que hay un poco más arriba, pero son demasiado grandes para mi, me pierdo, me siento estúpido allí dentro entre tanto personal moderno, no sé ni como pedir lo que quiero. Fui una vez y terminé llevándome unas zapatillas que no me gustaban con tal de salir cuanto antes. Esa calefacción a tope, esa música horrorosa, esos dependientes que cuando te miran lo hacen como si fueras una cassette de Manolo Escobar...no. Bastante me costó acoplarme a la otra aunque sólo fuera para quince minutos cada seis meses. En una ocasión no aceptaron mi pretendida devolución de unas zapatillas que me quedaban pequeñas. Ya había andado por la calle y no podía ser. Yo no podía entenderlo. Conocía al dependiente, era cliente mío:

- No puede ser, Kufisto -dijo muy serio
- Pero hombre...si han sido cinco minutos

No pudo ser. Me las llevé y miré en Internet por algún sistema para darles de sí. Las rellené con trapos empapados y así se quedaron durante una semana. No hubo manera. Era imposible caminar con eso. Y así fue como cambié de tienda por una vez. Luego volví y el otro acabo marchándose poco después. Hace tiempo que no le veo por ningún sitio. Ninguno pierde nada con ello.

De vuelta a casa pensé otra vez por un momento en pasar por los chinos. Seguro que tendrían algo de eso. Pero joder...ponerme una cosa de los chinos con lo psicópatas que son, ¡y encima en la cabeza! No, no, no. Era mejor esperar. O puede que encontrara el gorro de repuesto que hace poco vi de casualidad en un cajón y hoy no he encontrado por más que he buscado. Sólo me ha faltado mirar en el congelador. ¿Como puede ser si lo vi hace cuatro días, coño? ¡Tenía que estar ahí, en ese cajón, en el de los calzoncillos de reserva o en el de esa cosa que no sé lo que es! Pero no, no estaba ahí. Cuatro veces he mirado. "Quizá ahora..." Quizá un brujo estuviera riéndose de mi y en ese momento hubiera decidido que ya era suficiente...

Rendido decidí ir a comprar uno. Cogí las cosas para salir a la calle y no vi los auriculares. Recordaba habérselos quitado a la gata de los dientes cuando regresé a casa este mediodía tras perder el gorro de la Real Sociedad que un colega me regalara hace años. Me lo había quitado al salir a las afueras por disfrutar un poco del raro sol que hacía, algo maravilloso después de tanto tiempo. Luego, al regresar, fui a ponérmelo y no lo encontré. Estaban los gordos guantes que no me había puesto en ningún momento pero no así mi querido gorro. Fui a casa y pillé el coche. "Bah, seguro que lo encuentro, no tiene perdida...¿y además quien va a querer un gorro de la Real tirado en el suelo" Aparqué extrañado de no haberlo visto cuando no pude ir más allá y andando volví a hacer el corto trayecto que poco antes había hecho. Entonces recordé que había meado en un matorral. "Seguro que está allí" Tenía una cierta idea de cual era pero iba mirando en todos, por imposible que fuera. Llegué donde más o menos suponía que debía estar y no estaba. Había desaparecido. Lo había perdido. Alguien se lo había llevado. No me lo podía creer. Recordé aquella noche de verano que saqué el contenedor de basura del bar a la calle. Olía que apestaba y le eché un litro de salfumán y otro de amoníaco mezclado con veinte litros de agua. Aquello podría derribar a un elefante desprevenido si se le hubiese ocurrido mirar lo que había dentro. A la media hora salí a por él y vi como dos gitanillas se lo llevaban calle arriba. "¡Eh, ehhh, EHHH! ¡PERO DONDE VAIS CON MI CONTENEDOR!" Dijeron que como estaba junto a los de la basura habían creído que no era de nadie. Otra vez alguien se llevó el cenicero metálico que teníamos atornillado en la puerta del bar, una especie de lata con un simple agujero en medio que no valía ni el esfuerzo de desaflojar los tornillos. Pero se lo llevaron. Igual que hoy mi gorro.

Tampoco encontré los auriculares. No sé qué hice con ellos después de quitárselos a la gata. Estuve a punto de estrellarla por la mala leche que traía encima. ¿Pero como es capaz de subirse ahí? El otro gato que tuve jamás fue capaz de llegar ahí y esta en cinco meses de vida ya no tiene más tierra incógnita que el chisme que aguanta las cortinas. Hace unos días la vi trepando por ellas ante mi más absoluta estupefacción. Se quedó a medio metro de hacer cima. La estatuílla de la negra que una tía nos trajera hace siglos de Tanzania y que no sé por qué la tengo yo tiene los días contados. Cualquier tarde llegaré del bar y la encontraré reventada en el suelo. De momento se conforma con olerla en las alturas del mueble más alto del salón. Que haga lo que quiera. No me importará. Además, puede que rompiéndola cambie mi suerte. Después de todo, ¿qué hace eso en mi casa?

Ya lo tenía todo (es decir, nada) para salir y en el último momento dejé los guantes. Cogí las bolsas de basura y al tirarlas temí haberlo hecho también con los dos libros que saqué de la biblioteca y pensaba llevar a devolver de paso. Miré pero enseguida me di cuenta que no, que también me había olvidado de ellos. Sólo faltaba que tuviera que abonar el coste de esos dos libros de mierda. ¿Pero y mi cabeza? ¡si los había dejado en la encimera para atar la puta bolsa de basura y había bastado con eso para olvidarme de ellos! ¿Y los guantes? Ahora que hacía frío no los llevaba. Tampoco la gorra de invierno que me regalaran en la apocalíptica nochevieja pasada y que por comodidad decidí no sacarla en vista del nuevo gorro que iba a comprar, un gorro estupendo, invernal, un gorro que pudiera cubrir todo el cabezón, cogote incluido, y no esa cosa tan cool como poco práctica cuando aprieta el frío. Tenía tanto que estuve a punto de pasar de la tienda para ir al cercano chino...


Aterido entré a la frutería de la mora.

- Te cojo una bolsa -grité al no verla tras la caja
- Vale -gritó ella desde algún sitio

Compré naranjas, granadas, manzanas, plátanos y, en el último momento, dátiles. No compré ni kiwis ni judías de bote, como estaba previsto.

- ¿Quieres el ticket de los dátiles?
- No.
- ¿Y el gorro? Tú siempre vas con gorro, o gorra en verano, jajaja...
- Lo he perdido esta mañana. Vengo de no comprar otro.
- Ah, no entiendo...
- Ni yo tampoco.




domingo, 14 de enero de 2018

GRACIAS POR SU VISITA

El primero en llegar fue Paco el ciego. Todavía no habíamos acabado de fregar el bar pero dejé que se sentara en un taburete de la barra. Le puse su café con hielo mientras Josemari dejaba un momento la chacha para decirle a grandes y entrecortadas voces el frío que hacía, como si Paco, siendo ciego, no lo sintiera como los demás, cosa que muy bien puede ser pues hay que tenerlos cuadrados para quedarse sentado junto a la puerta abierta de par en par en una helada mañana de enero. Paco no le hizo mucho caso y menos aún cuando le pidió el cigarro acostumbrado. El viernes le quitaron cuatro dientes de abajo y le colocaron un molde provisional con la advertencia de que no fumara al menos durante tres días, algo que luego por la tarde comprobé que no está haciendo con todo rigor. Josemari se rindió pronto y Paco pidió dos magdalenas. Poco después su vendedor particular vino a por él y se lo llevó en el coche a jugar rascas de la ONCE donde ningún conocido les viera.

Josemari sólo tiene un diente; una muela, creo recordar que me dijo. "¿Y qué comes?" le pregunté un día, "habichuelas, patatas, pan...¡todo eso!" Le gusta el café con leche del tiempo y doble de azúcar, algo que da gusto vérsela echar en la taza por el cuidado con que lo hace, como si estuviera midiendo la dosis aunque luego los eche enteros. Yo creo que lo hace así porque le gusta ver como el azúcar va hundiéndose poco a poco entre la crema del café. La chocolatina que pongo de cortesía la prefiere blanca, "por la leche...¡está más rico!" Tiene sesenta y un años y es como un chico. Hoy mismo lo ha dicho no sé a cuento de qué. Se pone muy contento cuando está en confianza. De suyo tímido, le da por cantar fandanguillos buenos mientras está a la tarea, aunque hay que dejarlo: como se te ocurra decirle que cante algo no le sale. Por eso yo no le digo nada. Pero a veces, entre el rumor de las cámaras frigoríficas, le oigo cantar bajito desde el fondo del bar. Y cuando acaba le digo que está muy bien cantao y él sonríe avergonzado.

El gordo de las máquinas es un chico aún joven pero ya con pinta de pureta que sólo viene los domingos por la mañana. Llega, pide un café con leche y doble de azúcar, paga y se va a la tragaperras. No sé lo que jugará; desde que funcionan los monederos de billetes ya no es como antes que podías calcularlo según los que fueras cambiando, pero sí suele tirarse cerca de media hora dándole buenos manotazos a los botones. La que tengo ahora es de fantasmas y monstruos y funciona bastante bien, al menos para mi. Yo creo que por las maneras este es de los que pierde. Y media hora con estas máquinas dan para perder bastante. A veces pienso que ahorra durante la semana para darse el gusto de esa media hora de libertad lejos de la mujer y el hijo con quienes lo vi en una rara ocasión.

Tomás es de diario y desde siempre. Ya es viejo y lleva mucho tiempo jodido, aunque ahora lo está todavía más. El otro día me contaron que lo vieron en la quimio. Puede que por ello esté un poco más simpático estos días. El miedo hace que queramos ser buenos, como si de esta manera pudiéramos conmoverlo. Hoy ha ido dos veces al servicio en los apenas cinco minutos que dura su parada en el bar, la segunda de ellas un tanto precipitada y dramática por lo que le cuesta caminar. Después le ha dado el pequeño sorbo con el que despacha su caña, se ha comido tembloroso el pinchito que le he puesto y ha salido del bar encendiendo un cigarrillo para seguir haciendo lo mismo por otros. Tal vez así, haciendo lo de siempre, la cosa vaya más despacio con la ayuda de los médicos.

Uno de estos es Julio, aunque no exactamente. Él se dedica a analizar sangre, tejidos y cosas aún más raras. Después ve los resultados y se los envía al médico correspondiente. No sabe de quien son pero sí lo que pueden significar si no están dentro de los parámetros. Luego el médico decide y el paciente acata. Más o menos como él cuando hace casi treinta años tuvo que acatar el accidente de tráfico que dejó tetrapléjica a la mujer que sigue cuidando. Acatarlo o no está en tu mano, pero el hecho no va a cambiar hagas lo que hagas. Quizá sea por esto que acata muy pocas cosas más. Gusta de estar a su aire sin que le molesten. Llega con los auriculares puestos, saluda y pide lo de siempre; coge el periódico que lee con atención mientras desayuna y después paga, pide un poco de sifón y se va sin saludar si no estás cerca. Una vez, un domingo, le pregunté por algo para el callo que me estaba jodiendo y amablemente me indicó lo que necesitaba. Pero enseguida me di cuenta de que tendría que llamar a la mujer de Josemari para que le dijera que viniera al bar a hacerme un recado.

Hay gente que conoces de muchos años y de la cual sólo sabes su nombre y gente que conoces de muchos años y de la cual no sabes ni el nombre. Suelen venir solos, piden lo suyo, cogen un periódico y se quitan de la barra. Después pagan, se van y hasta otro día que será lo mismo. El de hoy es un hombre discreto y silencioso que está casado con una mujer aún más discreta y silenciosa que él. Esto lo sé porque hay días que se pasa por el bar cuando está pagando, supongo que tras quedar con él por teléfono. Como hoy, que hablando en un susurro mientras le cobraba han salido del bar para entrar en el frío y oscuro mediodía de la calle con pocas ganas de despedirse de nadie.


La tarde cayó a plomo y yo me quedé solo una vez más. Salí de la barra y me senté en un taburete frente al ventanal. Una bandada de palomas echó a volar de un tejado. Hicieron un círculo alrededor de él y enseguida volvieron a posarse en el mismo lugar, como si un hilo invisible las mantuviera atadas de las patas. Algunas rezagadas que no pudieron frenar a tiempo tuvieron que dar una vuelta más. Luego cogieron sitio y allí se quedaron con las demás.


Paco llegó y pidió su café de la tarde. Esta vez lo acompañó con un par de platillos de paella que había sobrado, sin recalentar.


- Está mejor que este mediodía -dijo


No le dije nada cuando entorné la puerta de la calle y lo vi encendiendo un cigarrillo de vuelta a casa.


¿Qué voy a decir yo?

viernes, 5 de enero de 2018

CABALGATA

El estruendo de la cabalgata podía oírse desde la otra punta de la avenida. "¿Por qué es tan mala la música festiva?" Entré en el coche, lo arranqué y tiré para casa. El primer stop fue tan largo que me sacó del ensimismamiento. El desfile no había hecho más que comenzar y hacia allí se dirigían aquellos últimos rezagados con sus hijos pequeños. Llegué a ver entre ellos a una pareja que poco antes había estado en el bar en compañía de otra más habitual y que ahora tiraban sonrientes y excitados del carrito de un bebé. Supongo que lo habían dejado con los abuelos mientras ellos se iban a comer por ahí y a echarse una copa con los amigos. Él pidió café y gin tonic y ella café y crema de orujo que no me quedaba. Al final le puse un Bayley´s y poco después otro café para mezclarlo. "Con lo malo que es el azúcar...¿pero esta gente no sabe lo malo que es?" Recordé al último grupo del mediodía, una cuadrilla familiar, hermanos y primos con sus respectivas mujeres, supongo, yo sólo tengo por cliente a uno de ellos, un tío de unos cincuenta años, educado y simpático, que es quien lleva la voz cantante. Se reúnen siempre por Navidad, desde Nochebuena hasta Reyes pasando por Nochevieja. Algunos trabajan fuera y sólo vienen por estas fechas, de vacaciones. Tendrán profesiones de esas. Uno de ellos, el más joven y sonriente, uno de mi edad que conozco de toda la vida y de quien no sé ni su nombre, hablaba de cuando estuvo en Venezuela hace diez o doce años y la brutal inflación que ya había por entonces; otro terció a cuenta y puso sobre la barra el tema del bitcoin, de las criptomonedas; alguien sacó a relucir la cabalgata de travestis...Era como un episodio de esos de Jordi Hurtado en el que este va sacando temas de actualidad y los concursantes van contando lo que han aprendido sobre ellos. Luego una voz en off de un desconocido dice quien lo ha hecho mejor y ese es el que gana más, porque ninguno pierde del todo mientras se atenga a las respuestas correctas y no haga preguntas a quien cocina las preguntas.

El segundo stop fue más llevadero, aunque me dio tiempo para ver a un repartidor de bollería refrigerada, uno que veo subir y bajar todos los días por la avenida como donuts sin agujero; un tío cincuentón, medio calvo, delgado y de ojos hundidos, que no puedo imaginar de otra forma que no sea conduciendo a todo lo que se pueda su furgoneta granate. Ahora estaba descargando un par de cajas de esa mierda venenosa en una pizzería. Le di un toque al claxon para que cruzara la calzada. Vi sus ojos y me recordaron los de un hombre que se está cagando. Lo agradeció con un nervioso cabeceo y paso para adentro. Llegar, entregar, firmar albarán y salir disparado otra vez. La desesperada cabalgata de todos los días. Al menos todavía no le hacen ir disfrazado de Rey Mago. Aunque puede que el día que lo haga sea para sacar la escopeta.

En el tercer stop sólo tenía a uno delante. Una mujer se bajó de la puerta del acompañante y echó a andar, pero el coche seguía sin moverse, a pesar de que nadie venía por ningún lado. Quince segundos después lo hizo al ralentí. Y entonces pude ver que había estado esperando a que la mujer quitara la valla que cortaba el acceso a la calle de enfrente para pasar él con su coche. Quizá viva ahí y tenga derecho a eso; quizá sólo fuera un cara en busca de aparcamiento. No lo sé y no es cosa que me importe. La gente hace cosas que no entiendo y que yo jamás haría. Torcí a la izquierda y a lo lejos me pareció ver una ambulancia con las luces de emergencia, pero yo ya estaba tan cerca de casa que sólo caí en ella cuando ya la tuve encima. De todas formas había espacio suficiente para los dos, aunque un tanto justo. Un poco menos y hubiera tenido que darle a las sirenas para que la viera.

La entrada a la cochera estaba tan justa por un coche mal aparcado que quien saliera por ella no hubiese podido hacerlo, cosa que estaba por ver para quienes accedieran a ella, como demostré sin dudarlo ni un segundo. Accioné el mando de la portada y no respondió. Lo hice por segunda vez y nada. Y a la tercera, apretando el botón hasta poner el chivato más allá del rojo, oí como se descorría el cerrojo. Y aquello sonó a música celestial.


Claro que diez minutos después, ya con el pijama puesto, me di cuenta de que había olvidado el tabaco y tuve que volver al bar a por él.


La cabalgata sólo se acaba cuando no recuerdas haber olvidado nada.

viernes, 29 de diciembre de 2017

LUCES DE NAVIDAD

Eran unos azulejos extraños. De tonos muy oscuros, casi negros, unas hojas muertas hacían por decorarlos. Acabé de mear y tampoco yo tiré de la cadena. La papelera del lavabo estaba hasta arriba de servilletas de mano. Salí echándole un vistazo al de minusválidos, que estaba con la puerta abierta y la luz encendida. Una buena mancha de mierda en donde suele apoyarse el muslo izquierdo fue lo que me dio tiempo a ver antes de alcanzar la puerta de salida casi que conteniendo la respiración. Y ya aliviado y asqueado pasé a la biblioteca.

Dos mujeres desconocidas, una vieja y otra más joven, hacían hoy de bibliotecarias. Entré al primer estante donde guardan las novedades y miré por algo que leer. Ya tenía en la mano un enorme mamotreto de Bolaños que un funcionario me recomendó hace tiempo cuando vi en la parte de abajo unos libritos con el nombre de alguien que me sonaba de algo. Cogí el más pequeño y le eché un vistazo a la contraportada y a su primer párrafo. Dejé a Bolaños para cuando sea funcionario o jubilado.

Un niño de unos diez años estaba junto a su abuela, o quizá fuera su madre, quien sabe. La mujer sonreía un tanto nerviosa mientras preguntaba a la bibliotecaria más joven por unos libros infantiles que había seleccionado. El chico, gordito y dientón, bien peinado y lavado, miraba todos aquellos libros como si fueran un saco de patatas sin lavar. Estaba acordándome de Ernesto Sáenz de Buruaga cuando creí oír algo parecido a un "¿Sí?", pero tan leve y lejano que apenas me di por aludido. De pura casualidad giré la vista y vi que bien pudiera haberse escapado de los labios de la vieja bibliotecaria de guardia.

- ¿Sí? -dije yo
- ¿Qué quiere? -respondió sin alzar la vista
- Esto

Agarró el libro y me pidió el número de socio.

- No lo sé, no lo llevo encima, pero te doy mi nombre...
- Dígame el DNI -respondió un tanto indignada por el tuteo y esta vez mirándome hasta con cierto odio.

Buscó en el ordenador.

- ¿Usted es Kufisto...?
- Sí
- El 19 de enero -le dijo al mostrador
- Gracias

Una sensación desagradable se apoderó de mi mientras salía de allí. En un momento lo comprendí todo. Toda esta gente vive de mi pobreza. Toda esta gente es la que vota. Toda esta gente está segura de todo. Todo lo que hay fuera de ellos es irracional. Y como son los suficientes no necesitan ser la mayoría.

Dos criajas hablaban a gritos por la calle. No sabían si era la que buscaban pero ni mucho menos iban a preguntárselo a nadie, y menos a mi, que ni me vieron aún teniéndome que echar un tanto a un lado para no llevarme por delante a la más flamenca de ellas, una chiquilla que ya parecía tenerlo todo tan claro como las bibliotecarias.

En la administración de loterías vi como una anciana le daba a la propietaria dos boletos que se había encontrado por ahí para que los mirara por si estaban premiados. La máquina dijo que no y la señora se fue sonriendo tristemente.

Compré miel de la buena en la tienda de la mujerona y me pidió el teléfono para un sorteo por una cesta de Navidad. Se lo escribí junto a mi nombre. Quizá algún día me llame para echar un polvo.

Bajé hacia mi casa evitando las calles más concurridas. Una madre cuidaba que sus gemelas caminaran bien pegadas a la pared cuando nos cruzamos por la estrecha acera. De hecho me bajé de ella aún teniendo los coches a la espalda pero no por ello dejó de mirarme desconfiada. Un poco más abajo un coche estaba como husmeando por quien había dentro de un bar que está cogiendo fama de swinger. Miré a quienes iban dentro y reconocí a uno de ellos, un cincuentón divorciado hace tiempo que cualquier día de estos reventará como el lagarto de Jaén. Todo lo que le queda a esta gente es fisgar, ponerse y esperar que no llegue la noche en la que se pasen tanto como para que no se quede en otro susto. Quizá sean así los desgraciados criminales que andan por ahí. Gente agotada que ya no espera nada bueno de la vida y que empiezan a preguntarse si no estaría bien hacer algo verdaderamente malo.

Por el centro el personal iba y venía bajo la discreta iluminación navideña sólo de nombre. Alguien me dijo hoy que esto ya no se parece en nada a aquello que fue. La memoria también acabará perdiéndose y será como si no hubiera existido.


¿O acaso alguna vez fueron diferentes los azulejos del water de la biblioteca? ¿lo recuerdas de otra manera o al ser tan cosa de poco fuiste dejándolo pasar hasta que empezó a llamarte la atención? ¿siempre fue así? ¿estás seguro? ¿recuerdas al antiguo bibliotecario, al de tu juventud, al que se jubiló? La otra tarde te cruzaste con él, viejo y enfermo, mirando al suelo, y no le dijiste nada "para no molestarlo" ¿Se acordará él de ti, de ese chaval que devoraba libros de mayores? puede que ya no, que ya no te recuerde y para él seas como si no hubieras existido.


Y hasta la memoria puede cambiarse cuando no miras más que adentro o al suelo.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

COPAS

El intermitente sonó todavía mejor que lo haría cualquier sinfonía de Mozart, no digamos que el último disco de los AC/DC. Regular y constante, medible y predecible, su monótono ir y venir resultó un bálsamo para mis labios. No tuve ninguna prisa en dejar el aparcamiento. Salí de él cuando alguien me dio varias veces las largas y pronto topé con una concurrida intersección. Todo el mundo iba a alguna parte y yo de vuelta a la casa de la que había salido doce horas antes. Eran las siete de la noche de otro día de Navidad. La puerta de la cochera estaba en movimiento cuando al fin llegué. Es tan lenta que de primeras no supe si estaba cerrándose o abriéndose, como más o menos le pasa al sol, que uno sólo sabe que está saliendo o yéndose porque conoce por donde lo hace. Pero la luz, en ambos casos, es la misma.

La puerta se abrió y viendo que ningún coche la subía bajé la rampa. Unos niños corrieron nerviosos, alegres, hacia las espaldas de su padre. Estaba maniobrando cuando inesperadamente sonó Boogie with Stu. Pensé que era mi hermano del bar y como pude cogí el teléfono de la bolsa que llevaba en el asiento de atrás. No era su número pero bien pudiera ser que estuviera llamándome con el de otro. Descolgué.

- ¿Sí?

Silencio

- ¿Sí?

- Sí, hola. Soy Aurora, de Vodafone, y quería ofrecerle nuestra oferta para móvil e Internet...
- No, no, no...

Colgué.

No se había abierto la puerta del ascensor y ya oía maullar desesperada a la gata. Dos horas de más pueden ser mucho para quienes están acostumbrados a dos de menos. Abrí la puerta de mi casa y salió disparada hacia la luz del ascensor. La enganché y pasamos adentro. Entonces vi encendida la del salón, cosa rara, rarísima, aunque no tanto como para no pensar que sólo se había tratado de un despiste mío, nada más. El sueño de anoche fue tan extrañamente profundo que esta mañana olvidé apagar la luz. Y así seguí, abismado, hasta que a eso de las cinco de la tarde, ya a punto de irme, empezó a llegar la gente.


Poner copas, eso es todo. Poner copas y ponérlas rápido, lo más rápido que puedas. No recordar nada y poner copas, sólo eso. Como una máquina. Como un robot. Poner copas. Poner copas. 


Y me puse a poner copas. La gente tenía tantas ganas de beber que me dieron ganas de beber. Y entre trago y trago, copas y más copas. Grandes grupos, comidas de empresa. Gente que nunca ves y mira, ¡ahora la ves! Un año, cinco, ¡quince! y ahora te piden canciones con una sonrisa. Copas. Más copas. Hay que poner copas, hay que ganar algo de dinero, hay que poner copas sin pensar; ponerlas, eso es todo. Nada importa que este te desdeñe o esta piense que todavía eres más anormal de lo que pensaba. Copas. Más copas. Un trago. Otra petición musical mientras ven como tus ojos tararean "El novio de la muerte" Otro trago. Mi hermano que al fin llega y se pone a hacer lo mismo que yo sin siquiera saludarnos. Sólo hay que poner copas, copas. Poner copas para ganar algo de dinero con el que poder pagar las deudas. Hay que hacerlo, no hay otra manera...no, no la hay. Copas, copas, copas..."Pon esta canción, pon esta otra, por favor..." Canciones horrorosas, canciones para que las mujeres de los gestores, de los banqueros, de los profesionales liberales rían sus ridículos bailes mientras ellos, complacidos, ven como ríen, como se menean ante un entorno controlado, como se la ponen morcillona al compañero que no puede catarla una vez a la semana, o al mes, o al año...


Luego todo se despejó y yo me fui con dos horas más de retraso.


Son tantas que ya me da igual.




sábado, 23 de diciembre de 2017

VIRGILIO

- ¿Como te llamas? -dijo ella
- Virgilio -respondí. Nos echamos a reír y...


"No. Será mejor que salga a pasear. Otra historia forzada no vale una mala borrachera. Y menos siendo mañana Nochebuena. Tengo que estar fuerte, bien. Josemari estará esperándome desde las ocho y no puedo tenerle ahí muerto de frío y encima para llegar de mal humor, no estaría bien. Haremos tranquilamente el bar mientras canturreamos, después iré a comprar y luego a abrir entero, sin resaca, tranquilo y sereno. Sí, eso es lo que tengo que hacer. Ahora un paseíto, hora y media, y a casa, tranquilo. Luego leeré algo en el sofá y a las diez a la cama. Sí, eso es"

Puse la calefacción y salí a la calle.


Eran casi las seis de la tarde. Pronto, en cuanto pude, abandoné el estruendo callejero para alcanzar la periferia de la ciudad. Dejé atrás las luces de colores pero no así el ruido salvaje, confuso y machacón, de las diferentes atracciones ambulantes. En otra ocasión me hubiese puesto los cascos sólo para no oírlos, pero hoy ya había tenido suficiente ruido por mi parte y ni los cogí cuando salí de casa. Fijé la atención en los árboles de la vacía calle adyacente al parque que iba caminando. Secos ya desde hace unas semanas, sin una sola hoja apetecible para nadie en ninguno de ellos ni luz artificial que ilumine sus negros esqueletos, sin embargo estaban tan vivos o muertos como puedan estarlo los árboles del otro lado de la valla, de los que están dentro, de los de hoja perenne y cercana farola anaranjada, cálida; de los plantados entre la hierba; de los buscados por los niños cuando juegan al escondite y de los que amparan a las parejas que se aman; de los que tienen un horario en los atómicos relojes de quienes los cuidan y guardan y no uno que la única vez que te da la hora es para que sepas que estás empezando a morir otra vez.

Al otro lado del parque el viento frío venía de cara. Es curioso que uno apenas se dé cuenta de cuando lo lleva a favor pero sí cuando lo tiene enfrente. Lo bueno del viento de cara, entre otras muchas cosas, es que se lleva el ruido a otra parte. Y así, poco a poco, vas dejando de oírlo conforme más avanzas.

El sol se había ido pero su luz todavía coloreaba la parte de su cielo más cercano que yo ya había dejado atrás. Con todo, de vez en cuando giraba el cuello para verlo, aunque sin dejar de andar. Del rojo al negro iban pasando los tonos sin solución de continuidad, como en un travelling cósmico. Me fijé especialmente en el cambio del azul al negro, muy hermoso. Y entonces vi que justo abajo estaba el cementerio y me acordé de mi padre y de la primera cena sin él que mañana tendremos.

Levanté la mirada y a lo lejos vi los molinos iluminados, algo que se hizo hace poco. Nunca los he subido andando de noche. Y en coche hace mucho tiempo..."¿Por qué no?" pensé. No por la carretera, claro, aunque con una sonrisa me acordé de la cinta de ciclista con luz incorporada que Josemari me regalara unos días atrás, una que sólo Dios sabe donde se la encontrara. Pero sí podría subirse por la parte de atrás, por el sendero. No muy convencido dejé ahí la idea, sin decidirme mientras seguía el camino, ya fuera de la gran avenida y dentro de una calle industrial tan diferente a la que suelo transitar de día que apenas la reconocí.

Giré hacia la derecha, hacia las últimas casas de la ciudad, las de que antaño fueran de las pobres gentes que ya están muertas o en el proceso y ahora lo van siendo de quienes tienen el dinero suficiente como para edificar un poco más allá la casa-mansión de sus sueños, tan alejada del centro como sea posible.

La posibilidad se acababa y yo no terminaba por decidirme. Miré otra vez al cielo y vi que la luna estaba como si ayer hubiera bebido. No. Otro día. Otra noche. Otra noche que me eche la cinta de Josemari a la frente.

Y fue no hacerlo y empezar a oír los lejanos ladridos de perros que no podía ver y la sierra eléctrica de alguien que estaba cortando algo. En la rotonda de acceso una mujer paró su coche y me dijo que no sabía donde estaba, que quería ir a otro pueblo y no sabía como hacerlo, que se había perdido y no sabía ni donde estaba. Miré al asiento de atrás y lo menos vi tres chicos pequeños que ni ganas tenían de mirar por la ventanilla, hartos de dar vueltas y más vueltas sin llegar a ningún sitio, cansados de oír a su madre y a la otra que iba al lado preguntando aquí y allá por como hacer para salir de la oscura ratonera en la que se habían metido, deseando llegar a casa, a cualquier casa, la que fuera, ¡hasta la de la abuela!, con tal de no tener esa sensación de pérdida y desencanto, de papás noeles más cutres que la Playstation 3 y con muchos menos huevos que Thor, el martillo de los dioses.

- Vas al revés. Haz esto, esto y esto -le dije

Creo que al final lo hizo, aunque no estoy muy seguro porque justo en ese último momento las casas taparon mi campo de visión.

El pueblo me recibió con indescriptible alegría. Tanto que me asusté y al final cambié el trayecto para ver de qué se trataba. Unas voces jóvenes, muy jóvenes y mayoritariamente masculinas, bramaban para poco después quedarse en silencio, como a la expectativa, hasta que otra vez empezaba el escándalo, los gritos, los aullidos, el nombre de alguien, "¡¡¡HÉCTOR, HÉCTOR, HÉCTOR...!!!" "¿Se estarán pegando?" al menos así era como se hacía antes, pero no tanto como para hacer ese ruido que más parecía de un concierto que de una pelea.

Llegué al sitio, una especie de parquecillo con unas gradas en uno de sus extremos, y vi que sólo era una gran reunión de chavales rapeando y seguí adelante. Delante mía una vieja viejísima iba del brazo de su hijo, uno que es más viejo que yo y al que reconocí hasta de espaldas, aunque bien es verdad que por haberle visto antes en la misma situación. Pasé adelante con mi gorro y mi braga sin necesidad de hacer ningún paripé del que, por otra parte, nunca ha hecho falta: él, por alguna razón, siempre ha creído que yo soy como mi padre sin haber cruzado una palabra ni con el uno ni con el otro y a mi siempre me ha sudado el nabo su tonta sonrisa de funcionario a las tres.

El centro era una fiesta. Todo el mundo hacía por divertirse. Todos somos Héctor. Enseguida me metí por una callejuela.

Claro que hubo tiempo para toparme y saludarme al paso con alguien insustancial que hacía veinte años no veía y ahora, en cuatro días, me lo he encontrado dos veces; también con una pareja de viejos, él enfurruñado por el ruido mientras ella le contestaba que eso era porque tenía más años que Matusalem y que si no se acordaba de cuando él era tan joven como ella e iba por ahí liándola más o menos tan parda como ahora lo hacían otros.


En la última esquina previa a mi casa di con con cinco o seis chavales. Eran dos chicas y cuatro chicos, todos muy bien arreglados. Hablaban de alguien ausente, de una chica a la que estaban poniendo de puta para arriba. Yo iba más rápido y el chico más gordito y feo, el más hablador, me vio llegar y se echó a un lado. Pasé y oyéndoles pensé que eran como del Opus.



- ¿Como te llamas? -dijo ella
- Virgilio -respondí. Nos echamos a reír y...


Y luego acabamos en el asiento trasero de mi R7 de segunda mano en los ciegos molinos de entonces.


Veinticinco años de distancia nos contemplaban esta tarde.


Es cosa de poco si lo trasvasas a años luz y de menos si ves al rico gilipollas con el que está.

viernes, 15 de diciembre de 2017

EN BUSCA DE UNA CÁLIDA BOMBILLA PARA MI LÁMPARA

Miré por la ventana y pensé que lo mejor sería buscar una bombilla para la lámpara. Probé con la única que funciona en mi habitación y vi que no le valdría ni esa ni ninguna otra: estaba destrozada por dentro. Lleva meses así, desde que la gata o yo la tiráramos al suelo. Poco después nos cambiamos de habitación y allí quedó olvidada hasta hoy.

Había leído en la Red algunas opiniones sobre los "Demonios" dostoyevskianos y decidí que la tarde daba para reencontrarme con ellos, o con algunos de sus primos hermanos, desde siempre tan dolorosamente cercanos. Tan sólo necesitaba un foco de luz con el que iluminar la cabecera del sofá. Irse a la cama, a pesar de todo, no era opción a las cuatro y media de la tarde.

Recordé una lámpara de pie que tengo en el salón. Un día no dio luz y así se ha quedado durante años. Bastaba con la del ventilador de techo, aunque tiene el inconveniente de estar siempre activado debido al encasquillamiento de las cadenillas que lo activan y desactivan. Esto fue algo que pasó todavía hace más tiempo. Creo recordar que compré la lámpara de pie para no tener que sentirlo en invierno...No, no la compré, me la regalaron, ahora recuerdo. El truco está en apagar la luz en las raras ocasiones que me siento en el sofá para ver algo en el ordenador.

Cogí la lámpara de pie y extraje su bombilla. Demasiado gorda. No me sonó tener ninguna de ese tamaño. Pensé en la del ventilador y fui a por el potro que creía tener y ya no tengo. Tampoco rebusqué mucho. Agarré una silla y vi que llegaba bien para desenroscar la mampara, cosa siempre desagradable. Saqué una de las dos y vi que no era del mismo calibre. Volví a dejarlo todo peor de lo que estaba antes y fui a la cocina. Quizá esa si valiera. Luego si eso mañana, cuando despertara aún de noche para ir al bar, bastaría con abrir el frigorífico para ver lo necesario como para hervir el agua del té. Sí, sería más que suficiente.

Me costó más alcanzar la de la cocina. Como pude quité el recubrimiento, cayéndose al suelo. Intenté sacar la bombilla pero lo dejé al darme cuenta de que seguramente no fuera de rosca. Sí, esa la compré hace unos meses y no era de rosca, no...Bajé de la silla, recogí el trozo de plástico caído y probé a ponerlo en su sitio, sin éxito esta vez. Y dejándolo sobre la encimera le di al interruptor y vi que la luz salía más o menos igual.

En las otras habitaciones no había nada siquiera parecido. Tenía que salir a la calle para comprar una bombilla. Lo pensé un poco y al final me quité el pijama. Ya vestido de calle volví a mirar por la ventana, pero tuve que abrirla para asegurarme de que no llovía. Incluso saqué la mano. A veces llueve tan poco, o miras tan mal, que no te diferencias de un ciego. Miré la hora en el ordenador. Puede que la tienda de la vuelta de la esquina estuviera cerrada. Vi el teléfono cargando y allí lo dejé. Y cogiendo el abrigo y la gorrilla bajé a la calle.

Enseguida noté el frío en los pies y el dolor en la rodilla. No voy a llegar a las rebajas para las zapatillas. Esta tarde en el bar, a última hora, me he dado cuenta que ya la suela de al menos el pie izquierdo está empezando a abrirse. Tengo unas viejas y no demasiado usadas por ahí, un regalo que me hicieron. Mañana probaré con ellas. Pero me llevaré las otras en una bolsa.

La tienda estaría cerrada durante unos quince o veinte minutos, según mis cálculos. Pensé en regresar a casa y esperar pero eso hubiese sido casi como no volver a salir, así que eché a andar para hacer algo de tiempo. A cada paso el duro y frío suelo hacía que no olvidara el problema. Lo que quedaba de tarde era tan gris y estaba tan encapotada que miraras donde miraras todo parecía estar igual. Un árbol sin hojas, negro, dejaba caer gota a gota el exceso de agua a través de sus ramas más débiles, vencidas por el peso. Poco más allá vi una tienda parecida a la que necesitaba, abierta, pero me pareció demasiado grande como para entrar a pedir una bombilla. No pasé. Di la vuelta a la manzana y la tienda seguía cerrada. ¿Qué hora sería ya? Me acordé del móvil y continué caminando por donde antes. Esta vez sí entré a la otra tienda después de llamar al timbre que ya tienen hasta las tiendas de chucherías. No tardaron mucho en abrir. No tengo tan mal aspecto. Y no tenían lo que yo estaba buscando. No me había equivocado. Esa no era mi tienda.

La segunda vez que pase por esa calle caí en la cuenta de que en una de sus tiendas había trabajado mi amor de juventud. El local estaba igual visto desde la otra acera. Allí quedé de pie mirando hacia su escaparte, justo en el mismo sitio donde aquella mañana le había hecho esa foto que más tarde quemaría. Ella sonreía levemente con el brazo derecho medio recogido, sujetando un cigarrillo; era invierno porque llevaba un jersey, un jersey de cuello vuelto color granate sobre el que descansaba su hermoso pelo negro, lacio y fuerte; la tez pálida y aquellos ojos oscuros, profundos, que parecían estar riéndose de mi por ser tan malo echando fotos..."¡Venga, Kufistooo...échala ya que hace frío y va a venir el jefe!"

Por tercera ocasión vi mi tienda cerrada. Era imposible que todavía no fueran las cinco y media. Me acordé de uno que leí ayer diciendo que a mitad de la noche anterior se le habían ido dos horas como si fuesen dos minutos, que era imposible haber dormido durante esas dos horas, estaba seguro, que simplemente esas horas habían pasado no como minutos sino a la velocidad del minuto, que había sido como una broma, como un juego de lo más profundo del cerebro para demostrar que es él quien controla la realidad, como si estuviera aburriéndose de ti y te tuviera en un permanente fast forward para acabar la partida cuanto antes, y así te va, que pasas por ella sin enterarte de nada, a otra velocidad, viendo ridículo el mundo entero y siendo visto por él como una especie de extraño viejo prematuro con alguna clase de problema en su ordenador central...Fui a echar mano del móvil para ver la hora y no lo encontré. Me acordé de 1992 y paré de andar cuando otra vez llegué a la esquina de la misma calle. Estaba harto de hacerlo. Me dolían los pies y la rodilla, tenía frío, estaba empezando a llover un poco más y yo seguía ahí, dando vueltas a la manzana, sin reloj o móvil, sin nadie ni nada que me dijera qué puta hora era, un jodido letrero electrónico de esos que cuelgan por ahí, algún sonoro cuarto en el reloj del maldito Ayuntamiento, la diaria y matemática huida final de este sol otoñal de mierda ocultada hoy por un trillón de nubes gordas, pesadas como camino de aburridos elefantes moribundos hartos ya de vivir comiendo insípida hierba para cagar montañas de mierda y más mierda, hartos de sus monstruosos colmillos y de su estúpida trompa, de sus enormes huellas y sus parabólicas orejas, sobretodo de estas, pero más que de ninguna otra cosa de su culo, de su puto culo y de su cerebro de mosquito muy a medio cocer, que todavía está por nacer el elefante que cace un mosquito queriendo y no por accidente...

Volví la vista atrás y vi llegar a la dueña de la tienda. Abrió la puerta y encendió la luz. Crucé el paso de cebra que tenía delante y me cambié de acera. Metí la mano en el bolsillo y encontré la bombilla. No vi a nadie. Llamé al timbre y enseguida abrieron.

- Buenas tardes
- Buenas tardes
- Venía a por una bombilla como esta -dije sacándola del bolsillo
- Ah, sí...-dijo mirándola- ¿de luz cálida o blanca?
- ¿Qué?
- Que si la quieres cálida o blanca
- Bueno...no sé...como esa
- Cálida mejor, ¿no? -dijo sonriéndome

Ya lo había hecho la última vez que nos vimos.

- Sí, cálida mejor

Y mientras hacía como que buscaba bombillas de luz cálida aprovechó para enseñarme lo bien que le sentaban los vaqueros a ese pedazo de culo casi cincuentón.

- Vamos a probar con esta -dijo en el mismo plan. Y pasó por algo a una habitación interior. Entonces miré a la derecha y vi un retrato suyo que no sé por qué imaginé lo había pintado su marido, un tío alto y fuerte que esa misma última vez, habiendo llegado a la tienda por algo para continuar con el trabajo externo, se ofreció a acompañarme a casa para instalar algo al ver mi cara de estupefacción. Estaba claro que esa esposa del cuadro no era la mujer que estaba viendo yo tras el mostrador. Ella salió del cuarto oscuro con una especie de alargador y volvió a mirarme fijamente mientras encajaba la bombilla- ¿Te gusta así?
- Sí, está bien
- Lo malo de estas bombillas es que tardan un poco en dar toda su luminosidad -dijo mirándome por encima de sus gafas
- Bueno, eso es algo que no me importa
- ¿Sí, verdad? Las cosas es mejor hacerlas con calma, sin prisas
- Sí
- Sí...porque luego pasa lo que pasa...-añadió como hablando del pintor de su retrato mientras contemplaba la cálida luz de mi bombilla- ¿entonces esta?
- Sí, creo que sí
- ¿Y por qué no miras otras?...Deja que te enseñe estas
- Claro

Sacó otras y fue probándolas en ese chisme, ahora un tanto enrollado en una de sus muñecas.

- ¿Qué te parecen?
- Bien
- ¿Mejores que la tuya?
- Hace mucho tiempo desde la última vez que la vi encendida. Ya no me acuerdo como era.

Nos miramos. Algunos rizos rubios serpenteaban su estrecha frente; los labios, muy rojos, dejaban ver unos dientes pequeños y muy blancos cuya lengua se fue hacia los ojos pintados de verde.

Llamaron a la puerta. Era una niña.

- Hola, mami

Llegué a casa y metí la bombilla en la lámpara de pie. No respondió. Entonces recordé que tenía roto el botón de encendido y que había que ponerle un peso para que luciera. Así lo hice y así pasó. Ya casi no me acordaba.


Sí, es cálida. Ya era hora.


Si desatiendes las cosas ellas también se desentienden de ti. Eso es todo.