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sábado, 15 de febrero de 2020

TRES CERVEZAS

¿No es mejor caer en las manos de un asesino antes que en las de una mujer lasciva? (Así habló Zaratustra)


La tarde es estupenda para ser una de febrero. Veinte grados marcan todos los termómetros, o casi. Los días ya son más largos a ojos vista, también cuando dan inicio, siempre más perezosos. Ahora me levanto y veo claridad. Todavía pongo las luces del coche cuando voy hacia el bar, pero ya va siendo una cosa de la que podría prescindir. Es más por la costumbre y a quienes encuentras durante el trayecto.

El invierno ha sido largo. La oscuridad que trae noviembre se hace cada vez más pesada, más dura, más difícil de aguantar. Las semanas caen como losas en el ánimo. Y a veces llegan hasta el alma, que destrozan.

La Navidad dejó de tener sentido hace mucho tiempo. No lo hay para nada de todo aquello. Un correr e ir de un lado a otro como a empujones en un sueño; un no saber los motivos que te han llevado hasta allí, hasta aquello por lo que guardas desordenada fila entre la marabunta como uno que ha dejado de desear lo que fuera que hubiese tras las puertas guardadas por enormes y hoscos porteros.

En la primera mañana del año salí a andar por donde siempre paso. Un árbol que parecía tan muerto como todos los demás me esperaba. Los últimos tres años le había hecho una fotografía contra la espesa niebla que casi ocultaba el cementerio que queda detrás. Empecé a hacerlo un día de año nuevo en el que mis losas eran tantas que amenazaban con asfixiarme. Luego, al siguiente, lo recordé. Y volví a fotografiarlo. Y también el año que vino después. Este no, ya no estaba. Volví sobre mis pasos y seguí hacia adelante pero no lo llegaba a ver. Hasta que me di cuenta de que ese sólo tocón era el de mi árbol por el que todos los días paso.

Poco a poco las tardes se han ido transformando en tales para mi. El sol va levantando el vuelo y volvemos a vernos bien en las afueras del pueblo. Él cayendo hacia su ocaso cuando yo empiezo a despertar, pero nos vemos. Luego me empuja con sus últimos rayos de luz en el regreso a casa.

Era una tarde estupenda, una tarde para andar por las afueras del pueblo con mis pensamientos. Las afueras del pueblo caminando bajo el sol que se va son muy hermosas porque no hay nada más.

Pero no ha podido ser. He tenido que beber para soportar su descarado acoso. Quizá sea culpa mía por haberla tratado demasiado bien en estos sus malos tiempos. Con la segunda cerveza empecé a soltarme ante su descaro, lo peor que hay en una mujer. La tercera cayó ya fuera de la barra, fuera de servicio, con ella tocándome el culo en la puerta delante de sus hijos pequeños.


Antes de beber la primera cerveza había mirado la última vez que escribí una historia. Hubiera jurado que habían pasado tres días.


Y sólo han sido dos.



jueves, 13 de febrero de 2020

COÑOS DE HIERRO Y MIEL

La chica de la ONCE ya se había ido cuando volví a salir después de atender a tres clientes del hospital llegados nada más haber encendido los cigarrillos. Recogí su vaso y regresé adentro.

Eran las dos de la tarde y apenas tenía cinco clientes en el bar, todos más o menos conocidos. Uno de ellos, el más que maduro doctor que tanto se parece al protagonista de "Tamaño natural", vino hoy sin su reciente novia, una mujer rubia de cierta edad, mala fama, espléndida figura y mirada retadora de la que se ha encoñado de tal forma que mirarlo es como ver a uno que por fin puede palpar lo que hasta entonces sólo podía ver a través de un microscopio. A ella la conozco de tiempo atrás, todavía casada con uno de buena aunque dudosa posición. Los fines de semana venían tres o cuatro parejas, todas por el estilo, y tomaban copas, la mayoría sin duda bien encocados. A él, al doctor, recuerdo verle pasar hace años por delante del bar con su maletín de camino al trabajo. Algunas cosas quedaban claras en esos solos vistazos: que era médico, que no era de aquí y que seguro era alguien peculiar. Luego, una noche, vi aquella película y casi me levanté del sillón cuando apareció Michel Piccoli. 

La cosa se animó enseguida con la llegada de mis mejores parroquianos, hoy acompañados por uno de sus mayores cofrades en cuya manaza la mía desapareció por completo al saludarnos tras algún tiempo sin vernos, pues es de otro pueblo y a este sólo viene a comer y hacer la procesión para lo demás con vistas a los negocios y ya bien metido en el paso ver los amigos. Y como era de esperar, pronto derivó todo en su mar: rojos de mierda y putas con coños que saben como a metálico, como a hierro, sin pensar por un momento que quizá sea una lengua bañada en décadas de alcohol la que sabe como a hierro. "Boca ardiente" se llama eso, lo miré la otra noche. Y hace mucho que no me como ningún coño. 

Llegó parte del equipo ginecológico del hospital, pidieron las bebidas y se fueron al ventanal con ellas. Chicas jóvenes la mayoría, bien cuidadas todas, muchas atractivas, de mirada tan neutra como la de alguien acostumbrado a ver y palpar cualquier clase de coños sin necesidad de pasar la lengua por ninguno de ellos para saber si le hace falta hierro o zinc. Al rato llegó el jefe, un tío todavía joven, pidió lo suyo y esperó a que se lo pusiera para llevárselo y ahorrarme un viaje.

Me acordé de los viejos tiempos, de los viejos doctores jubilados o a punto de hacerlo, de los de "tráeme un vaso de agua" cuando la tenías al cuello...


- ¿Qué tal te ha ido hoy? -le pregunté a la chica de la ONCE-
- Ná, mal...¿Y a ti?-
- Parecido. Pero a ti seguro que te ha ido mejor que a mi, pelleja-

Rió. 

- Oye, pequeña, ¿tienes billetes pequeños?- pregunté
- Sí
- Pues cámbiame 


- No te cambiaría por ninguno, Kufisto.


sábado, 8 de febrero de 2020

MAN ON THE MOON

De pronto vi que también había un viejo tras el ventanal del bar; y además cerca, justo al otro lado, mirando arriba y abajo con las manos en la espalda. Apenas le separaban un par de metros del paso de cebra pero no se decidía a entrar en él. Otros viejos, desconfiados, hacen signos y mueven los brazos para que sigan circulando aquellos coches que quieren cederles el paso; pero este no, este guardaba una distancia tan prudencial que nadie podía saber su intención y esperaba. Al final cruzó la calzada hasta la mediana y allí volvió a esperar otra vez como antes, tan lejos y tan cerca, como si no estuviera allí donde estaba. Alguno de los pocos coches circulantes hacían como un intento de cederle el paso y él se daba la vuelta mirando hacia el bar con las manos aferradas a la espalda. El coche seguía adelante y entonces él volvía a mirar, más cerca del paso que había dejado atrás que del que tenía que caminar. Echó a andar, llegó a la otra acera y volvió a darse la vuelta como para ver de donde había venido. Allí, en zona segura, se quedó un rato como dudando, como pensando en volver sobre sus pasos. Pero no, siguió hasta el siguiente paso, uno secundario, del que apenas le separaban veinte metros y vi como lo cruzaba con mejor disposición. Allí, por contra, caminó mirando con cuidado el suelo declinado que da acceso a unas cocheras. Y tan centrado iba en ello que el siguiente paso, uno muy corto, lo hizo como uno que tiene derecho a él. Él mismo se sorprendió, o eso me imaginé, pues al llegar a esa esquinita volvió a mirar hacia atrás con algo que me pareció desazón en sus manos ahora desatadas, como quien se da cuenta de que acaba de hacer algo que no debería de haber hecho. Miró en todas direcciones. Otro paso de cebra, uno de los grandes, estaba a unos pasos de él; un poco más arriba, en el otro sentido, sin duda había otro; tan sólo hacia adelante parecía no haber ninguno. Y hacía allí marchó otra vez con las manos atadas en la espalda.

Era el mediodía de un suave sábado invernal. El sol va recuperando la salud a nuestros ojos y nosotros con él. Un leve manto de nubes, como de primavera, hacía palidecer la escena a modo de gasa en la cámara para una vieja estrella. Todavía es demasiado pronto, o demasiado tarde, quien lo sabe. Llegó mi tío y riéndose preguntó si no le había visto pasar delante del ventanal. Pasé adentro y le puse un café.

Las cañas salieron más que bien e hicimos una buena caja. Hubo de todo: gente con dinero, de derechas y todavía riente, pero ya temerosa por la cercanía de las puertas de la vejez y una parejita de críos con un billete de cinco euros que el chico no dejó caer en la barra hasta que se lo cogí; también un par de golfillos respetuosos con la leyenda del bar y una pequeña familia de circunspectos y educadísimos rojos sentados; tuve gente del lejano y silente pasado que hoy casi se enervaron al contarme una noticia pueblerina de la que han sido testigos y un par de viejas amigas, medio locas las dos por la menopausia, que cuando parecían estar a punto de llegar a las uñas se dieron de besos y abrazos en presencia de la maleducada hijita de una de ellas. También hubo ausencias, ausencias significativas, pero hoy no dio tan poco como para echarlas de menos.

REM tiene muy buenas canciones y yo las escuchaba y cantaba con mi amor cuando era joven, estúpido y enamorado. Hoy las tarareo entre dientes mientras limpio los restos.

Pronto, demasiado, llegó la hora de los cafés y sus copas. Era mi última hora en el bar y estaba claro que iba a comérmela entera. Un numeroso y en su mayoría conocido grupo de maridos sin mujeres entró como si casi todos las hubieran mandado a la mierda. Puse mi lista de techno y un gintonic que bebí en dos tragos mientras se aclaraban. Alguno ya iba triturando chicle como si fueran las cuatro de las madrugada. Otros, "curiosamente" todos los que no conocía, tenían caras como de salmón que baja la corriente. Era una reunión del viejo equipo de fútbol de veinte años atrás, de cuando eran chicos, estúpidos y estaban enamorados.

Atroné el bar con mi música. Hubo quien bailó mientras esperaba su copa de mis desatadas manos. Enseguida llegó más gente para lo mismo. Grandes grupos de gente desconocida, nunca vista por mi, vinieron hoy para darme su dinero a cambio de mi aturdimiento. Yo volaba de un lado a otro de la estrecha barra. Vasos, copas, hielos y pinzas del demonio deslizábanse entre mis manos como cartas marcadas en las de un mago. Gente a la que no le interesaría verme ni en pintura ni detrás de la barra estaban allí, al otro lado, para que esta vez les diera de beber. Gente a la que, igual hoy que ayer, lo mismo le daría que no despertara mañana estaban allí para beber de mis frenéticas manos. Gente que mañana no veré y que quizá nunca vuelva a ver vinieron hoy a mi, agitando brazos y manos, lanzando como rayos ansiosas miradas en cuellos casi a punto de escupir su nuez por otra puta copa, por una copa, por la primera copa...



miércoles, 5 de febrero de 2020

DE PILAS Y LINTERNAS

He comprado pilas y una pequeña linterna, la más barata. Nunca había estado por esos pasillos del centro comercial. Miré algunas cosas más sin quedarme con ninguna: todas me parecieron demasiado. Quizá si hubiese visto mascarillas de esas para los virus habría cogido alguna.

En la frutería me atiende una de las carniceras, esa tímida chica que sin embargo ya tiene algunas canas bajo el gorrito. Es bajita, tosca y feúcha, de mirada triste. Las veces que me ha atendido en su lugar, pocas, lo ha hecho con mucho esmero. Hoy sólo ha tenido que pesarme un pimiento verde donde suelen hacerlo otras un poco más afortunadas, aunque no demasiado. Había poca gente y se ve que tienen orden de estar al tanto.

- Ahí tiene, señor.

Habla así, seria, en un tono que parece el de la última criada. Le pregunto por los aguacates que no encuentro y ella, un tanto azorada, sale disparada en su búsqueda.

- ¡Aquí están, señor! -dice a viva voz- No suelen estar ahí...-continua ya más bajito mientras me acerco. Y regresa a la báscula electrónica para esperarme con las manos en la espalda-

No, no suelen estar ahí. Los palpo y están demasiado blandos. No cojo ninguno.

- Demasiado maduros -le digo sin mirar al pasar con el carro junto a ella. Voy con los auriculares puestos y apenas la oigo decir, "¿se los peso, señor?". No me habrá entendido. No suelo explicarme bien. A veces hablo como si quien oye fuese como yo y no soy bien entendido; otras veces, las más, lo hago como si yo fuese como ellos y no suele salir del todo bien. "Demasiado maduros" no significa gran cosa. La chica piensa que me los llevo "demasiado maduros" y que luego tendré que volver deprisa y corriendo de la caja para que alguien los pese. ¿No quería aguacates? Allí había aguacates, ella los encontró para mi-
- No -respondo- No me llevo ninguno. Están demasiado maduros -le digo con media sonrisa y sin mirarla mucho para no hacerle daño-
- Adiós, señor-

Compré algo de carne enlatada, arroz, latas de conserva, pasta, legumbres y verduras cocidas, cajas de cervezas, un par de botellas de whisky, garrafas de agua y algunas cosas más. Miré en el pequeño expositor de precio rebajado al 50% por la cercanía de caducidad de sus productos y no vi nada que valiera la pena. En la fila de acceso a las cajas apenas había una fea mujerona embutida en un negro pantalón elástico que ocultaba grima. Llamó nerviosa a alguien ante la proximidad de su turno y de la cercana sección de perfumes emergió la figura de una muchacha alta con la melena recogida en una larga coleta. Estaba oliendo perfumes y siguió haciéndolo mientras esperábamos. Llevaba puesta una fina camiseta que torneaba sus firmes y generosos pechos y un pantalón como el de su madre pero incomparablemente más prometedor. El rostro sonrosado llegaba a arrebolarse con los esencias que iba llevándose a la fina nariz. "¡Deja eso ya!", decía la madre, enfurruñada. Y al final lo dejó, ni me vio y pasaron adelante. Pude ver como apenas llevaban unos donuts y porquerías parecidas en su exiguo carro.

Ahora estoy solo y el próximo seré yo. Allí enfrente, en atención al cliente, esta esa chica que siempre me mira mal, una de ellas, una de las que se saben deseadas, y al ver que miro hacia allá desvía la mirada como si hubiera estado esperando que hiciera eso, como si necesitara hacer eso siempre que me ve. Muchos hombres le han sonreído en su vida. Yo no.

La chica de la caja pasa mi compra por el lector electrónico y no me ve hasta el momento de pagar. Salgo empujando lentamente el carro mientras paso frente a atención al cliente mirando confiado el ticket de la máquina, detallado y perfecto, sin posibilidad de error alguno.


El tío de la gorra de los Bulls se va otra vez de allí. Ahora se irá en su viejo coche rayado por la piel de columnas que, sin embargo, nunca pudieron hacerle daño.





miércoles, 29 de enero de 2020

COMPARTIMENTO ESTANCO

La cosa estaba entre empezar a leer otro libraco sobre Led Zeppelin o salir primero a andar y aprovechar las dos horas de sol que todavía quedaban. La mañana en el bar había sido desastrosa, dejándome con esa especie de nube negra que Ibáñez dibuja encima de las cabezas de sus cariacontecidos personajes; por esto no me costó mucho tomar la decisión, aunque con cierta desgana. Pero antes pasé a cagar sin muchas ganas. Lo hice mientras le echaba un vistazo al libro con las partidas de Bobby Fischer, el segundo tomo, que lleva ahí ni se sabe. Creo que ya me sé de memoria la mayoría de los diagramas. A veces pienso en cambiarlo y coger alguno de los otros dos tomos pero es limpiarme el culo y olvidárseme todo. Cogí un trozo extra de papel higiénico y salí a la calle.

Hoy no iba a haber Nietzsche. No, no y no, tres veces no. Estoy harto de Nietzsche. Llevo cuatro o cinco meses que no oigo otra cosa. Hoy no iba a haber nada. Hoy iba a escuchar el sonido de la calle y nada más, quizá así me inspirara.

A los cinco minutos ya había puesto techno.

Cambié la ruta de salida cuando vi a lo lejos a una pareja de tontos fumando en la puerta de un bar. Los tiempos de mantener la trayectoria a cualquier precio quedaron atrás. Esos saludos forzados que más parecen maldiciones, esas miradas torvas, desconfiadas, que jamás en todos estos años (y en el mejor de los casos) pasaron de un hola y adiós, ese reconocimiento por el mero hecho de estar atrapados en el mismo sitio durante toda la puta vida ya me asquea lo suficiente como para dar buena la escapada siempre que no sea deshonrosa. Esto todavía no lo he superado pero no creo que tarde mucho.

Ya en el paseo periférico decidí hacer verdad lo dicho a una pequeña amiga unas horas antes y enfilé hacia los molinos. Le había mentido y pensé que no estaría mal hacer como un acto de contrición cumpliendo esa parte de nuestra conversación. Para esto me ha servido Nietzsche.

El paseo tomó un cariz ridículo desde el primer momento. Un par de tíos mayores que yo venían como picados. Yo entré en la gran acera por delante de ellos pero enseguida me rebasaron, primero el más viejo de los tres (que ya iba con la gorra en la mano) y luego el otro, uno que me miró al superarme, uno que no me costó imaginar dando voces a la tele en su bar de barrio con un botellín en la mano y el escudo de su equipo en el pecho. Creo que fue en ese instante que empezó a picarme el culo. Todavía era pronto para aliviarse.

Cinco minutos después y en la parte final de la avenida, justo cuando el tonto iba a dar alcance al más viejo, vi como aquel se hacía a un lado para mirar un coche. Yo estaba a unos treinta metros de ellos y me dio tiempo a ponerme en segundo lugar. El tipo miraba por una de las ventanillas como buscando algo; luego se hacía atrás, hacia el capó, y volvía a acercarse para curiosear la parte trasera. Y justo fue cruzar su perpendicular cuando se reincorporó a la marcha para volver a sobrepasarme. Por un momento pensé si llevaba puesto mi viejo gorro de la Real Sociedad pero enseguida recordé que lo perdí hace años y que lo que llevaba sobre la cabeza era una gorra de los Bulls. No sé, tal vez el tío era de los yo qué sé, de los que se caguen en los Bulls, a mi esa puta gorra me la regaló uno que ahora me evita porque me debe pasta, coño.

El viejo llegó en primer lugar al final de la avenida, rodeó el último árbol y volvió sobre sus pasos. El otro torció hacia la izquierda y yo crucé la rotonda por la calzada, en línea recta, hacia los molinos.

Y fue que al dejar atrás las cuatro naves y meterme en el camino de mierda vi que este todavía se hallaba medio embarrado por las lluvias del fin de semana, cosa que me desanimó bastante. Un perro ladró y volvió a ladrar. Odio a los perros. Volví la cabeza y no lo vi pero lo seguí oyendo bajo mis auriculares. Por el olor a mierda de oveja supuse que era el que guardaba la nave donde las hacinan. Pero esto fue suficiente para quitar la música y sacar la navaja que siempre llevo en el bolsillo interior para ponerla en el del pantalón.

Asqueado por el barro y lo demás, en silencio, sombrío bajo un triste sol atacado por un gran número de pequeñas nubes como moscas, alcancé la siguiente intersección, esa que da acceso al último bloque de viviendas del pueblo. Y ahí mismo fue, fuera del perímetro vallado desde hace años para hacer no sé qué ampliación, que volví a limpiarme el culo, eché una meada y decidí que lo mejor era volver a casa y dejar las contriciones y todo lo demás para otro día.

Y fue que me sentí perdido, pues hacía tiempo de la última vez que yo andara por allí. En otro tiempo ese había sido mi paso habitual, aunque en el otro sentido, y ahora lo hacía como si estuviera en otro sitio. Vi coches aparcados en el otro lado de una larga curva y pensé que cualquiera podría estrellarse en ellos. Emanaban una rara paz, una cierta seguridad de su situación. Recordé mi hostia de hace años y el derrapar del coche que a última hora de esta tarde se puso casi en dos ruedas en la rotonda del bar. Rodeé el edificio y me subí a la pequeña acera en cuanto la vi. Luego una larga recta de feas casas con persianas a las puertas, algún que otro chalet con el cartel de SE VENDE (ya estaba cuando solía pasar por ahí) y una especie de mansión negra con unos dorados y enormes enrejados que siempre al paso llamaban mi atención. Al final una esquina y otra vez dentro. Pero esta vez con los molinos detrás.

Fue entonces cuando pensé en pillar unas cervezas. De ahí a mi casa apenas me separaban veinte minutos. Y empecé a vislumbrar la historia que ya no se fue de mi cabeza.

Las pillé en el chino de la esquina de la pequeña calle industrial. Me acordé del virus de esa ciudad. Hace días que lo sigo en un foro de Internet. No veo la tele, no oigo la radio, no leo periódicos. La gente no hace más que escribir sobre ello. En el bar nadie habla de eso. Mi gata tampoco.

- ¿No tienes Voll Damm? -le pregunté al chino-
- ¿Uh?
- Que si no tienes Voll Damm

No entendió un pijo pero dijo que no. Yo juraría que era el mismo de la otra tienda, la que está cerca de mi casa. Pillé unas Mahou y le pagué con la chatarra sobrante que suelo llevar en el bolsillo del pantalón. Tenía también buenos whiskys, el cabrón. Pero yo tengo uno mejor en casa. Media botella que me sobró el otro día, jajaja...

"Tabaco", pensé. Tabaco. Palpé el bolsillo interior y tuve que sacarlo. Mala señal. Y en verdad lo era. Había suficiente para dos días pero no para una historia. Pensé en abrir una cerveza de camino pero no lo hice.

Entré en el pueblo, por su parte vieja, en la que me crié. Sólo había mujeres. Mujeres andando, mujeres conduciendo, mujeres tras las persianas. A todas las puse en una situación sexual. Un par de paletos forrados de pasta (al menos uno de ellos, el que construyó mi bloque) hablaban a voces mientras se despedían de canalizaciones de ríos y trasvases a Murcia. Flipé con esto. Yo me crié allí. ¿De qué planeta soy, oh Dios mío? ¿Como soy? ¿De qué? ¿Por qué? ¿Qué pasó conmigo? ¿Por qué soy así?

Reí, reí, reí...Iba andando y riendo. Andando y riendo.

Dos estancos. Llegué al más cercano a mi casa, el más viejo del pueblo, y estaba cerrado. Había que dar marcha atrás para el otro, ir a la plaza del pueblo, cruzarse con toda esa gente, con aquel bar...No, no y no...tres veces no.

Palpé la bolsa de nuevo. Esta vez la abrí y metí los dedos. Quizá aguantara para esto.


Y ha aguantado.

sábado, 28 de diciembre de 2019

CUADRO ABSTRACTO

En realidad él y su novia eran los auténticos Adán y Eva. Toda la historia, tan conocida, no había sido otra cosa que engaño de reyes y de iglesia católica. Me habló, excitándose cada vez más, de largas eras de tiempo circular. Y ahora, desde hacia 33 años, le había tocado regresar aquí para reclamar su trono, pues era él y no Jesús, "ese pederasta", el auténtico Salvador. Él como Señor de la Muerte y su novia como Señora de la Vida.

El asunto había comenzado una media hora antes con otro café a cuenta. Parecía el mismo de estos últimos meses en los que hemos tenido un cierto contacto a través del bar, nada fuera de la pura formalidad. Resultaba evidente que era un tío con problemas pero al menos no te daba la brasa con ellos. Frases sueltas y sentenciosas cuyas respuestas se dan por sabidas sin esperar otra contestación que una palabra o corta frase ya mil veces oída. Una mera cuestión de cortesía.

Poco a poco, como de costumbre, fueron otros que lo conocían quienes me contaron al menos parte de sus problemas. Era un golferas que entre juergas, viajes y coches se había pulido un gran capital durante el último año y ahora estaba viéndole las orejas al lobo. Un buen chico, claro, un buen chico de esa manera, por supuesto: nadie es tan malo entre nosotros. Después de todo ninguno de los que andamos por aquí hemos salido perfectos.

Hará un par de semanas que empezó a pedirme al debe. Hasta entonces había sido buen pagador y no me importó. No era más que un café, quizá un zumo, y eso no se le niega a ningún cliente que te lo pida con educación. "Me muero de vergüenza, Kufisto", "no tiene importancia, déjalo"

Esta mañana, al mediodía, llegó con una cara peor de la habitual. Le puse el café y no tardó mucho en dar buena cuenta de él. El zumo no se lo hice porque ya estaba liado y no podía entretenerme, algo que entendió, aunque le ofrecí un trina de naranja que no aceptó. Y un rato después se fue con su mochila a otra parte tras despedirse.

Eran las cuatro de la tarde cuando, cosa rara, regresó por otro café. Apenas había gente y charlamos algo. Yo le notaba más nervioso. Oí de su propia voz lo que ya había escuchado en la de otros aunque presentado de diferente forma. Y empezó a hurgar en la mochila, sacando cosas como cuadernos y lapiceros. Al final se decidió y me mostró un dibujo que había quedado claro quería enseñarme.

Pura abstracción. Un gran triángulo invertido con muchas líneas de colores vivos y chillones que salían desde su centro hacia los márgenes. Lo miré con atención y no me dio tiempo ni a preguntarle qué representaba. Dijo que era él y su novia. Habló de como al instante de conocerla la reconoció de otras vidas y lejanas eras. Y a partir de ahí, como dique que se rompe, llegó todo lo demás.

Durante quince o veinte minutos escuché imperturbable las mayores barbaridades que he oído en mi vida, dichas eso sí con tan apropiado vocabulario que llegó a sorprenderme. Todo el mundo estaba tras él, todos querían evitar que él recuperara su legítimo trono, ese desde el cual haría tal escabechina entre tantas cabezas que este infierno volvería a ser el Paraíso que en realidad es. Era una especie de delirio no del todo caótico. Extrajo una enorme tablet de la mochila para enseñarme más material gráfico, algo que hacía con increíble agilidad dactilar. Entremedias le dejé el teléfono para que llamara a su gente en Madrid, sin éxito. Estaba sin coche y necesitaba irse a Madrid. Un par de veces, con un leve gesto, le dije que bajara el tono, pues estaba excitándose cada vez más y sus tremendos desatinos ya casi podían ser oídos por los clientes que iban entrando al bar, un tanto moscas por el extraño aspecto del individuo en mi esquina. Yo atendía y volvía con él para no dejarlo solo, pero llegó el momento en el que la marea ya no permitía la marcha atrás. Y justo entonces apareció un buen amigo de la casa y también suyo y fue que aquel lo saludó y yo respiré un tanto al ver que no podía caer en mejores manos.

De vez en cuando, entre servicio y servicio, les echaba un ojo y un oído. Esperaba ver en cualquier momento la cara de estupefacción de mi sensible amigo ante el brote psicótico que estaba sufriendo el suyo. Pero no fue así, ya que con él se limitó a hablar casi que desesperado de la urgente necesidad que tenía de ir a Madrid. Mi amigo se ofreció a pagarle el billete de tren pero él no quiso, necesitaba llevarse sus bultos, sus cosas, y eso no podía meterlo en el tren. Vi a mi amigo devanarse la cabeza para ver como podía ayudarlo, pues estaba claro que él no podía hacer el trayecto ante sus múltiples compromisos. Al final salieron y no los volví a ver.


Luego todo fue gente que hablaban, reían y bebían bajo el potente sonido de la música del bar.

sábado, 21 de diciembre de 2019

...Y VEREMOS ÁGUILAS

Era temprano cuando llegó. Pidió lo habitual y se olvidó del café mientras miraba algo en el teléfono, cosa muy normal en él. Apenas había nadie más en el bar, puede que el ciego, no sé. Al rato se acercó a la otra esquina para enseñarme lo que estaba viendo. Esto era raro. Gustavo suele estar en lo suyo y cuando no lo está es que algo vuelve a ir muy mal en su cabeza.

Con cierto entusiasmo no preocupante me contó lo que había visto y grabado poco antes: águilas. Había salido con el coche al campo, a una parte de él donde dice que las águilas se dejan ver. Le pregunté a qué hora, pues apenas eran poco más de las nueve, y respondió que no lo sabía. En el vídeo grabado se distinguían como unos pájaros volando en círculo bajo el cielo nublado. Conté tres o cuatro puntos móviles. "Águilas, Kufisto, águilas" dijo emocionado dentro de un orden. Le devolví el móvil antes del final no sin antes decirle lo flipantes que eran.

- Tienes que venirte un día a verlas -dijo-

Esto me sorprendió bastante. Y todavía más al ver que lo decía en serio. Gustavo no es un tipo que haga bromas y tampoco uno que vaya por ahí buscando compañía. Siempre solo, a veces lo he visto andando con otro parecido a él. En el bar hay gente que aún le saluda más para calmar su mala conciencia que otra cosa, pero la mayor parte de las veces todo queda en eso y a Gustavo parece no importarle, como si lo diera por descontado. Pero yo soy el que está tras la barra y aunque sólo fuera por eso siempre le saludo y converso con él cuando puedo y quiere, que no es siempre.

Le dije la verdad. Este lunes sería casi imposible con todos los preparativos de fiestas y demás pero que sí, que le llamaría cualquier otro día y quedaríamos para ir a ver águilas.


La mañana transcurrió como si en lugar de estar a las puertas de la Navidad lo estuviéramos a las de la delegación de Hacienda. Poca gente y una sensación como de estar incubando algo, sin duda consecuencia de la borrachera de antes de ayer, eterna madre y parturienta de muchos de mis malos días, que una vez pasada la peor parte de la resaca iba dejando sitio a algo parecido a enfermedad. Aumenté la dosis de vitamina C en polvo y de ajos crudos y con suerte todo quedará en poco.

Gustavo regresó a eso de las tres de la tarde. Una pareja en el ventanal y otra en una de las mesas completaban el cuadro. Esta vez fui yo quien se acercó a su esquina de la barra.

Y volvimos a hablar de águilas.

Una vez vio una muy de cerca yendo junto a su padre y un compañero en la locomotora del tren. Había tenido el pálpito de que precisamente allí, en aquel lento tramo arbolado, iba a aparecer un águila. Gustavo estaba seguro de ello, se concentró y aguzó la visión cerrando los oídos todo lo que pudo. Pero su padre le había dicho algo y justo en ese instante, al mirarlo, fue cuando el águila esperada desplegó las alas y salió de entre las catenarias sin que permitiera ver más que la sombra de su majestuosidad. Tuvo una enorme discusión con su padre.

Sólo faltaba por irse la pareja del ventanal. Él tiene pintas de personaje, de actor de teatro, de fácil acomodo en bares guarros, ruidosos. A mi me habla de un usted forzado sin motivo alguno para ello. Quizá crea que soy de derechas. La gente confunde la seriedad en el trato, la ausencia de conchabeo hacia el primero que llega, con la antipatía.

Cuando viene no es raro que lo haga en compañía de alguna atractiva mujer. Esto es algo bastante común entre este tipo de hombres. La de hoy era especialmente atrayente, al menos así me lo pareció cuando dijo lo que quería. No quedaría nada mal en uno de esos dramas de Almodóvar, uno de esos en los que las mujeres miran a la cámara como si tuvieran una barandilla un poco alta para su barbilla. Y la segunda vez que salí a llevarles las cervezas vi como ella, de espaldas, hacía un gesto con el pelo tal que si en lugar de ese barbas estuviera junto a Bibi Andersson mirándose en un espejo.

Gustavo y yo estábamos hablando del halcón peregrino y su increíble velocidad. Yo tiré de mis conocimientos enciclopédicos y él de sus experiencias con ellos, pues conoce a una mujer dedicada a la cetrería y a veces los ha visto en acción. El pavo barbado pidió la cuenta y, oyéndonos, metió baza no sin hacerlo de una manera un tanto política para alguien tan suspicaz como yo. Habló de águilas y halcones como lo haría un interesado. Gustavo, desde su esquina, decía algo pero este sólo me miraba a mi, ignorándolo. Hubo un momento en el que pensé decirle algo, no sé: "Eh, tío, que no soy yo quien está hablando" Me jodió como lo ignoró. Era como si lo conociera y no quisiera saber nada de él. Pero Gustavo parecía no darse cuenta.


- Bueno, Kufisto -dijo Gustavo ya solos los dos- Entonces quedamos un día de estos y te vienes a ver águilas.

Y volvió a sorprenderme. Yo creía que ya no se iba a acordar.

- Claro, tío.
- Veremos águilas


Un cielo gris lleno de nubes a medio emborrachar me recibió al salir del bar. El viento soplaba tan fuerte que antes de subir al coche pensé en extender los brazos por ver si era el suficiente para hacerme volar.