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lunes, 19 de febrero de 2018

TASCALATAPA

- Adiós, Kufisto
- Adiós, Gustavo

- Jajaja...Y creerás que es tu amigo
- Lo es
- Ese tabernero borrachín
- Nunca lo he visto borracho
- Yo sí. ¿Sabes que tiene un blog en internet?
- No
- Pues lo tiene. Escribe relatos. Son muy malos pero él todavía cree que algún día le valdrán para salir de la mierda en la que está. Y a veces has salido tú. Ya sabes...el tío raro...no es mal chico pero...Lo típico en los escritorcillos, eso de buscar la bondad en lo enfermo. Será porque él también lo está. No tanto como tú, claro, pero es sólo cuestión de tiempo. Al final todo el mundo acaba oyendo voces que nadie más oye. Como tú cuando no tomas la medicación.
- Se me ha olvidado. La tomaré en cuanto llegue a casa y dejaré de oírte.
- Claro. Y de pensar. Pero a mi no me engañas. No lo habías olvidado; es solo que querías probar otra vez a ver si podías pasar sin ella, pero ya ves que no. Estás condenado a tomarla de por vida, a pasar por ella como un zombi anoréxico...Tienes muy mal aspecto, muchacho...¿Sabes que muchos te llaman así, el zombi? Tan demacrado, tan serio, tan trágico...Tienes una mirada que echa para atrás hasta al viento. Y tú lo sabes. Por eso andas siempre cabizbajo de acá para allá, porque no quieres verte en los ojos de los otros. Sí, es ahí donde tienes que mirarte, en los otros. Y actuar en consecuencia. Quizá así no te haría falta la medicación...Puede que si hicieras lo debes hacer dejaras de oírme, pero eres demasiado cobarde para ello
- ¿Por qué yo?
- ¿Por qué tú qué?
- ¿Por qué ha tenido que pasarme esto a mi? ¿qué he hecho yo para merecerlo?
- Muchacho...esas no son preguntas. La vida es una cuestión de hechos consumados. Tu padre y tu madre se juntaron y de eso saliste tú. Quizá las estrellas no estaban aquella noche en el sitio correcto o puede que tu padre tuviera un mal día, quien sabe...historias para dormir y tranquilizar conciencias. 
- Pero yo recuerdo que antes no era así. Tuve una vida como la de los demás. Estudiaba y tenía amigos. Y luego no sé qué pasó que todo empezó a ir mal...
- Claro, cuando llegue yo, ¿no?
- Sí, cuando tú llegaste. Empecé a oírte y me asusté. No era mi voz, no era yo, pero te oía dentro de mi cabeza. Al principio era como un zumbido, como si tuviera una abeja en el cerebro...
- El cerebro es como miel para nosotros
- ...y no me dejaba ni dormir. ¡Cuantas noches pasé en vela viendo la televisión o escuchando la radio!...
- O con los auriculares puesto escuchando esa música tan agradable
-...y luego aquel zumbido fue cogiendo forma poco a poco, como cuando sintonizas un dial...
- Jejeje
- ...y recuerdo la primera vez que te oí, lo que dijiste y el frío que sentí...
- Tan sólo te saludé
- ...y como me levanté de la cama y corriendo fui a mirarme en el espejo del water...
- Sí, me acuerdo. Y también que tu hermano se despertó
- ...y mi hermano vino y me preguntó qué me pasaba
- Sí...y le pegaste un puñetazo
-...y yo le pegué, le pegué...
- Y bajaron tus padres a la habitación
- ...y bajaron mis padres a la habitación y también les pegué a ellos...
- Y vino la policía
- ...y vino la policía, y una ambulancia, y luego el hospital, y me ataron y pincharon...
- Crisis psicótica
- ...una crisis psicótica, dijeron...
- Y ya van para diez años. Tus padres ya están resignados. Tus hermanos te evitan. Tus amigos de entonces te saludan cuando no les queda otra, por pura superstición. Tú no te das cuenta porque vas drogado. Es lo que tiene la medicación. Dejas de sintonizar el dial y sólo oyes el monótono sonar del vacío. Por eso te concentras en lo que puedes hacer, que es poco o nada, como barrer las hojas de las calles o mover el azúcar en el café como si allí dentro estuviera pasando algo importante...
- Eres malo
- Soy lo que soy, como tú. ¿O acaso no sientes una liberación cuando "te olvidas" de tomar la medicación y das rienda suelta a tus fantásticas ideas, como esa de la cura del cáncer que a todo el mundo decías haber encontrado? ¿o aquella otra de que hay personas que no lo son, que son demonios disfrazados de humanos? ¡Oh, y como mirabas entonces a los ojos de la gente, cara a cara, sin miedo al reflejo...! Pero ellos se asustaban y tú te violentabas ante su incomprensión. Y otra vez vuelta a empezar: más policía, más ambulancias, más hospitales, más pinchazos y más dosis. Y otra vez el letargo. Y otra vez las hojas muertas y las espirales en el café...¿Pero dime? ¿como te sentías en esos momentos en los que eras libre de decir lo que piensas, sin adormideras que nublaran tu mente? No, no me lo digas, ya lo sé. A veces hago preguntas cuando sé las respuestas, defecto profesional. Bien sé yo como te sentías...Sí, he de reconocer que tienes buen fondo, que lo tuyo tira más por ayudar a la gente...por eso me gusta tanto estar contigo. Así vales más.
- ¿Valgo?
- Vales. El valor de una cosa lo da su dificultad. Así el premio es mayor.
- ¿Qué premio?
- Ya lo sabrás cuando pierdas. "Cuando seas padre comerás carne" ¿Pero qué haces aquí? ¿no íbamos a casa a tomar la medicación? ¿qué hacemos entonces aquí, en este cerro desierto? ¿has visto qué tarde hace? No, no la has visto. Pronto llegará la primavera y dejarás de barrer hojas para barrer polen, para barrer vida desperdiciada y tirarla al mismo sitio que la muerta. ¿Es gracioso, verdad?...Venga, vámonos
- ¿No quieres quedarte aquí? ¿no quieres quedarte aquí un poco más?
- No, no quiero quedarme aquí un poco más. Aquí no hacemos nada.
- ¿Y por qué no?
- Arranca el coche y vámonos a casa. 
- ¿Tienes miedo?
- ¿Yo? No. Yo no puedo perder y tú no puedes ganar. 
- ¿No puedo ganar?
- No. Sólo puedes retrasar tu derrota
- ¿Y sería esta la primera vez?
- Jejeje...Arranca. A casa.
- ¡Vaya, parece como si fueras tú quien quisiera tomar la medicación!
- Muchacho, tú eres mi medicación.
- ¿Y si no te la doy?
- Me la darás.
- ¿Estás enfadado?
- Estoy aburrido. 
- ¿Tiemblas?
- Sólo me estiro
- Qué bonito se ve el cielo. Es más hermoso cuando hay algunas nubecillas. Así como ahora, desde lo alto, que se ve la tierra dividida entre luz y sombras.
- Venga, arranca. Pareces un poeta y eso es lo que me faltaba.
- ¿No te gusta la poesía?
- No. La poesía es el último recurso de los que no entienden nada.
- ¿Y qué hay que entender?
- Nada. Vámonos.
- ¿Y si no hay que entender nada por qué te da miedo la poesía?
- No me da miedo, me aburre. Es una pérdida de tiempo. 
- ¿Pérdida de tiempo? 
- Sí. Pérdida de tiempo.
- ¿Y por qué es una pérdida de tiempo?
- Porque un poeta no hace nada
- ¿Y qué hay de malo en no hacer nada cuando es lo mejor que se puede hacer?
- Arranca
- Mira aquella nube. Se la ve pesada. Pronto la veremos haciéndole sombra a alguna zona del pueblo.
- Sí. 
- No me gusta esa nube.
- Mira, ya está llegando donde tenía que llegar.
- Sí...
- ¿Ves como la sombra es más oscura?
- Sí
- Pronto llegará aquí
- Sí
- Será mejor que nos vayamos. Así la dejaremos atrás cuando lleguemos donde está ahora.
- Sí
- Es hora de irse a casa, Gustavo
- Sí, vámonos.

sábado, 17 de febrero de 2018

UNO

Despertar como si te hubieras dormido. O peor aún, hacerlo como si acabaras de regresar de un pasado puede que exagerado. Levantarte y ducharte en blanco, mirando el grifo de vez en cuando para ver si de verdad cae el agua. Sales y ahí tienes el espejo con tu cara y todo lo demás en apenas un centímetro. Todo lo que ves y lo que no puedes ver está ahí, dentro de ese centímetro, de esa centésima parte del metro, de esa milésima parte de lo que sea que corresponda. Vives en un pueblo de mierda que es una diezmilésima parte de los pueblos de mierda de tu país, uno de los cuatrocientos que hay en esta diminuta bola llamada Tierra que gira a no sé cuantos kilómetros por hora alrededor de esa ridícula estrella ardiente que le da la vida quizá sin saberlo mientras busca lo que coño sea que esté buscando en la infinitud de un Universo que parece ser sólo es uno más entre infinitos, pero no tan grande como lo que hay por debajo de ti, tras lo pequeño, que todavía es más infinito que lo grande, no puede ser de otra manera, lo grande es torpe y medio imbécil, en lo pequeño se esconden las esencias, los flujos y reflujos, las células portadoras de whisky con agua y un par de huevos duros en el congelador, los átomos que rebotan y tiran adonde salga, siempre encontrarán una canasta, todo es grande y está lleno, el vacío no existe, es una ilusión que no vemos, eso es todo, todo, sólo que el ojo, tus ojos, no ven nada más que las bolsas que cuelgan bajo ellos y la barba de dos días que tienes que afeitar con esa última cuchilla mellada desde hace semanas, esa que ya va siendo poco menos que un sueño deshacerse de ella de tan caras como son para las cuatro perras que tienes con las que pagar facturas e hipotecas, impuestos y putas, multas y amenazas de embargo, botellas y primitivas de esas que una vez estudiaste con la ilusión de encontrar la llave a su solución confiado en la fuerza de la inteligencia que tu juventud te daba, ¡oh, si! ¡sólo hacía falta conocer el patrón, las pautas de comportamiento de los números en el día que salieron, nada más, pares e impares, unos y ceros, ¿no se trata de eso? ¿no dicen que todo es eso? ¿no es todo eso? ¿acaso ahora, ya con tanto tiempo pasado, no te das cuenta que todo estaba claro desde el principio, desde que salimos del cascarón? ¿o te has olvidado de quienes estaban contigo en ese momento? todos, todos, estamos ahora donde teníamos que estar, todos...Todos.

Los pelos de la barba caen bajo el yugo de mi cuchilla mellada. La gata observa todo el proceso desde la montaña de ropa sucia que cubre el inodoro. Me visto y cojo el coche. Compro los periódicos y abro el bar. Trabajo y vuelvo a casa. A veces salgo a pasear. Otras no y me quedo viendo cosas de tres dígitos en Youtube. Luego duermo y después despierto.

La otra noche, ayer, buscando noticias por las últimas 24 horas de dos de mis tres héroes muertos como hago todas las noches antes de irme a la cama, vi algo nuevo de uno de ellos: Fischer había estado en Bruselas en 1990 para encontrarse con un patrocinador de ajedrez y unos amigos. En las fotos regadas por copas de vino aparecía aún fuerte, decidido, con aquella mirada, y en el texto decían que después habían acabado de putas en un club. Dos años después jugó con Spassky y ya no volvió a jugar más.

Los días pasan como si los años no contaran. Hoy me levanté, miré y volví a ver que tenía 44. Ya son muchos. Muchos incluso para esto.


domingo, 11 de febrero de 2018

NIRVANA

Paso las tardes viendo hablar a otros. Dicen algo cuando los ves, pero después es como si no hubieran dicho más que nada. A veces me pongo un parche en el ojo izquierdo mientas los oigo. Luego me lo quito para dormir y al despertar pruebo. No pienso en nada. No es tan complicado. No hay tantas nubes como decían. No veo nada y cuando veo algo apenas me cuesta dejar de verlo. Tampoco llega aquel cielo azul tras las nubes. Nada. Entonces oigo a la gata desperezarse bajo las mantas. La acaricio y pronto viene a verme. Saca la cabecilla y se queda ahí, esperando que haga algo. Le rasco entre las orejas y así estamos un rato. Ella ronronea y yo sigo respirando hasta que enciendo la luz, nos miramos y vemos que seguimos juntos.








jueves, 25 de enero de 2018

TARDE DE ECOS

Oíamos la lluvia en el cristal de la ventana mientras jugábamos a las cartas. La abuela se unía cuando lo hacíamos por parejas; dejaba de leer la novela, o la revista o de rezar el rosario o a santa Bárbara si los truenos eran muchos y cogía sus cartas con aquellas manos tan pequeñas. El abuelo repartía y los demás cortábamos. Ellos hacían trampas para que las victorias estuvieran repartidas y así pasábamos aquellas tardes de lluvia. Luego venía nuestro padre y nos íbamos a casa.

Era aquel un saloncito de imposible planta y complicada área. Estaba tan recortado, tenía tantos ángulos, que parecía el intento de un niño por lograr que las tijeras hiciesen un círculo de su cartulina. A la izquierda un aparador de madera lleno de cajones con tiradores dorados, de esos colgantes; sobre él algunas fotos de la familia; a continuación la tele y el frigo; el acceso a la cocinilla, el balcón con la jaula del periquito, la bancada donde se sentaba el abuelo y la mesa con las sillas de esparto y los cojines para los demás. Un brasero de picón nos calentaba en invierno. Y una bombilla nos iluminaba desde la lámpara que colgaba del techo. Bajo ella, por orden del abuelo, nos poníamos cada vez que íbamos a verle cuando empezamos a dejar de hacerlo a diario. Él nos miraba y midiendo los dedos que faltaban para que nuestras cabezas tocaran la lámpara veía como estábamos creciendo.

El abuelo apagaba la tele cuando había tormenta, cosa que no entendíamos como tantas otras, como esa de cortar el pan con cuchillo. "Pídemelo y yo te lo corto, pero no lo partas así" decía al vernos partir pedazos con las manos. El mando de la tele, cuando lo hubo, no era para jugar, es decir, para utilizarlo de cualquier manera. El mando lo tenía él y lo accionaba con sumo cuidado, nada de a tontas y a locas. Tampoco había muchos canales por entonces, creo que apenas había llegado la segunda cadena, pero de vez en cuando tenías que darle más voz, o brillo, o color y a veces lo cogíamos nosotros acostumbrados como estábamos al de nuestra casa y era cosa buena ver la cara de preocupación que se le ponía. La abuela, siempre más condescendiente, le decía que nos dejara, hasta que la cosa se iba un poco de las manos y se acababa el mando e incluso la tele, porque eso sí, comiendo no se veía la tele.

Cuando ya las cartas no eran suficientes la abuela nos contaba algunas historias pasadas o cuentos tradicionales del pueblo. El abuelo sacaba las gafas y se ponía a leer el Marca. Si el cuento era un poco truculento la miraba por encima de ellas sin decir nada y ella cambiaba de tema. "Abuela, ¿por qué te dan miedo las tormentas?", "porque cuando yo era chica...", "Abuela, ¿qué es ese collar que sujetas en las manos cuando rezas?", "esto es el Rosario", "¿y para qué sirve?", "para ir contando..."

La calle iba oscureciéndose tras el ventanal. Poco a poco la tenue luz anaranjada de los farolillos entraba en funcionamiento. Era aquella una luz triste de mirar. Si estabas jugando en la calle con los amigos no le hacías ningún caso, pero si la veías desde la casa de los abuelos te embargaba una cierta sensación de tristeza y pesadez, como si aquella pobre luz fuera a apagarse en cualquier momento.


Entonces oíamos el claxon del coche de nuestro padre y salíamos disparados escaleras abajo.

lunes, 15 de enero de 2018

EL GORRO PERDIDO

- Hola, quería un gorro
- No me quedan -dijo poco menos que riéndose la dependienta, una chica joven, bajita y de grandes tetas.
- Nooo, nooo
- Lo siento, se han acabado...Hemos pedido más esta mañana. También bragas. Llegarán la semana que viene. Lo siento.

La semana que viene...Claro que podría haber ido a otra tienda, sin ir más lejos a dos o tres que hay un poco más arriba, pero son demasiado grandes para mi, me pierdo, me siento estúpido allí dentro entre tanto personal moderno, no sé ni como pedir lo que quiero. Fui una vez y terminé llevándome unas zapatillas que no me gustaban con tal de salir cuanto antes. Esa calefacción a tope, esa música horrorosa, esos dependientes que cuando te miran lo hacen como si fueras una cassette de Manolo Escobar...no. Bastante me costó acoplarme a la otra aunque sólo fuera para quince minutos cada seis meses. En una ocasión no aceptaron mi pretendida devolución de unas zapatillas que me quedaban pequeñas. Ya había andado por la calle y no podía ser. Yo no podía entenderlo. Conocía al dependiente, era cliente mío:

- No puede ser, Kufisto -dijo muy serio
- Pero hombre...si han sido cinco minutos

No pudo ser. Me las llevé y miré en Internet por algún sistema para darles de sí. Las rellené con trapos empapados y así se quedaron durante una semana. No hubo manera. Era imposible caminar con eso. Y así fue como cambié de tienda por una vez. Luego volví y el otro acabo marchándose poco después. Hace tiempo que no le veo por ningún sitio. Ninguno pierde nada con ello.

De vuelta a casa pensé otra vez por un momento en pasar por los chinos. Seguro que tendrían algo de eso. Pero joder...ponerme una cosa de los chinos con lo psicópatas que son, ¡y encima en la cabeza! No, no, no. Era mejor esperar. O puede que encontrara el gorro de repuesto que hace poco vi de casualidad en un cajón y hoy no he encontrado por más que he buscado. Sólo me ha faltado mirar en el congelador. ¿Como puede ser si lo vi hace cuatro días, coño? ¡Tenía que estar ahí, en ese cajón, en el de los calzoncillos de reserva o en el de esa cosa que no sé lo que es! Pero no, no estaba ahí. Cuatro veces he mirado. "Quizá ahora..." Quizá un brujo estuviera riéndose de mi y en ese momento hubiera decidido que ya era suficiente...

Rendido decidí ir a comprar uno. Cogí las cosas para salir a la calle y no vi los auriculares. Recordaba habérselos quitado a la gata de los dientes cuando regresé a casa este mediodía tras perder el gorro de la Real Sociedad que un colega me regalara hace años. Me lo había quitado al salir a las afueras por disfrutar un poco del raro sol que hacía, algo maravilloso después de tanto tiempo. Luego, al regresar, fui a ponérmelo y no lo encontré. Estaban los gordos guantes que no me había puesto en ningún momento pero no así mi querido gorro. Fui a casa y pillé el coche. "Bah, seguro que lo encuentro, no tiene perdida...¿y además quien va a querer un gorro de la Real tirado en el suelo" Aparqué extrañado de no haberlo visto cuando no pude ir más allá y andando volví a hacer el corto trayecto que poco antes había hecho. Entonces recordé que había meado en un matorral. "Seguro que está allí" Tenía una cierta idea de cual era pero iba mirando en todos, por imposible que fuera. Llegué donde más o menos suponía que debía estar y no estaba. Había desaparecido. Lo había perdido. Alguien se lo había llevado. No me lo podía creer. Recordé aquella noche de verano que saqué el contenedor de basura del bar a la calle. Olía que apestaba y le eché un litro de salfumán y otro de amoníaco mezclado con veinte litros de agua. Aquello podría derribar a un elefante desprevenido si se le hubiese ocurrido mirar lo que había dentro. A la media hora salí a por él y vi como dos gitanillas se lo llevaban calle arriba. "¡Eh, ehhh, EHHH! ¡PERO DONDE VAIS CON MI CONTENEDOR!" Dijeron que como estaba junto a los de la basura habían creído que no era de nadie. Otra vez alguien se llevó el cenicero metálico que teníamos atornillado en la puerta del bar, una especie de lata con un simple agujero en medio que no valía ni el esfuerzo de desaflojar los tornillos. Pero se lo llevaron. Igual que hoy mi gorro.

Tampoco encontré los auriculares. No sé qué hice con ellos después de quitárselos a la gata. Estuve a punto de estrellarla por la mala leche que traía encima. ¿Pero como es capaz de subirse ahí? El otro gato que tuve jamás fue capaz de llegar ahí y esta en cinco meses de vida ya no tiene más tierra incógnita que el chisme que aguanta las cortinas. Hace unos días la vi trepando por ellas ante mi más absoluta estupefacción. Se quedó a medio metro de hacer cima. La estatuílla de la negra que una tía nos trajera hace siglos de Tanzania y que no sé por qué la tengo yo tiene los días contados. Cualquier tarde llegaré del bar y la encontraré reventada en el suelo. De momento se conforma con olerla en las alturas del mueble más alto del salón. Que haga lo que quiera. No me importará. Además, puede que rompiéndola cambie mi suerte. Después de todo, ¿qué hace eso en mi casa?

Ya lo tenía todo (es decir, nada) para salir y en el último momento dejé los guantes. Cogí las bolsas de basura y al tirarlas temí haberlo hecho también con los dos libros que saqué de la biblioteca y pensaba llevar a devolver de paso. Miré pero enseguida me di cuenta que no, que también me había olvidado de ellos. Sólo faltaba que tuviera que abonar el coste de esos dos libros de mierda. ¿Pero y mi cabeza? ¡si los había dejado en la encimera para atar la puta bolsa de basura y había bastado con eso para olvidarme de ellos! ¿Y los guantes? Ahora que hacía frío no los llevaba. Tampoco la gorra de invierno que me regalaran en la apocalíptica nochevieja pasada y que por comodidad decidí no sacarla en vista del nuevo gorro que iba a comprar, un gorro estupendo, invernal, un gorro que pudiera cubrir todo el cabezón, cogote incluido, y no esa cosa tan cool como poco práctica cuando aprieta el frío. Tenía tanto que estuve a punto de pasar de la tienda para ir al cercano chino...


Aterido entré a la frutería de la mora.

- Te cojo una bolsa -grité al no verla tras la caja
- Vale -gritó ella desde algún sitio

Compré naranjas, granadas, manzanas, plátanos y, en el último momento, dátiles. No compré ni kiwis ni judías de bote, como estaba previsto.

- ¿Quieres el ticket de los dátiles?
- No.
- ¿Y el gorro? Tú siempre vas con gorro, o gorra en verano, jajaja...
- Lo he perdido esta mañana. Vengo de no comprar otro.
- Ah, no entiendo...
- Ni yo tampoco.




domingo, 14 de enero de 2018

GRACIAS POR SU VISITA

El primero en llegar fue Paco el ciego. Todavía no habíamos acabado de fregar el bar pero dejé que se sentara en un taburete de la barra. Le puse su café con hielo mientras Josemari dejaba un momento la chacha para decirle a grandes y entrecortadas voces el frío que hacía, como si Paco, siendo ciego, no lo sintiera como los demás, cosa que muy bien puede ser pues hay que tenerlos cuadrados para quedarse sentado junto a la puerta abierta de par en par en una helada mañana de enero. Paco no le hizo mucho caso y menos aún cuando le pidió el cigarro acostumbrado. El viernes le quitaron cuatro dientes de abajo y le colocaron un molde provisional con la advertencia de que no fumara al menos durante tres días, algo que luego por la tarde comprobé que no está haciendo con todo rigor. Josemari se rindió pronto y Paco pidió dos magdalenas. Poco después su vendedor particular vino a por él y se lo llevó en el coche a jugar rascas de la ONCE donde ningún conocido les viera.

Josemari sólo tiene un diente; una muela, creo recordar que me dijo. "¿Y qué comes?" le pregunté un día, "habichuelas, patatas, pan...¡todo eso!" Le gusta el café con leche del tiempo y doble de azúcar, algo que da gusto vérsela echar en la taza por el cuidado con que lo hace, como si estuviera midiendo la dosis aunque luego los eche enteros. Yo creo que lo hace así porque le gusta ver como el azúcar va hundiéndose poco a poco entre la crema del café. La chocolatina que pongo de cortesía la prefiere blanca, "por la leche...¡está más rico!" Tiene sesenta y un años y es como un chico. Hoy mismo lo ha dicho no sé a cuento de qué. Se pone muy contento cuando está en confianza. De suyo tímido, le da por cantar fandanguillos buenos mientras está a la tarea, aunque hay que dejarlo: como se te ocurra decirle que cante algo no le sale. Por eso yo no le digo nada. Pero a veces, entre el rumor de las cámaras frigoríficas, le oigo cantar bajito desde el fondo del bar. Y cuando acaba le digo que está muy bien cantao y él sonríe avergonzado.

El gordo de las máquinas es un chico aún joven pero ya con pinta de pureta que sólo viene los domingos por la mañana. Llega, pide un café con leche y doble de azúcar, paga y se va a la tragaperras. No sé lo que jugará; desde que funcionan los monederos de billetes ya no es como antes que podías calcularlo según los que fueras cambiando, pero sí suele tirarse cerca de media hora dándole buenos manotazos a los botones. La que tengo ahora es de fantasmas y monstruos y funciona bastante bien, al menos para mi. Yo creo que por las maneras este es de los que pierde. Y media hora con estas máquinas dan para perder bastante. A veces pienso que ahorra durante la semana para darse el gusto de esa media hora de libertad lejos de la mujer y el hijo con quienes lo vi en una rara ocasión.

Tomás es de diario y desde siempre. Ya es viejo y lleva mucho tiempo jodido, aunque ahora lo está todavía más. El otro día me contaron que lo vieron en la quimio. Puede que por ello esté un poco más simpático estos días. El miedo hace que queramos ser buenos, como si de esta manera pudiéramos conmoverlo. Hoy ha ido dos veces al servicio en los apenas cinco minutos que dura su parada en el bar, la segunda de ellas un tanto precipitada y dramática por lo que le cuesta caminar. Después le ha dado el pequeño sorbo con el que despacha su caña, se ha comido tembloroso el pinchito que le he puesto y ha salido del bar encendiendo un cigarrillo para seguir haciendo lo mismo por otros. Tal vez así, haciendo lo de siempre, la cosa vaya más despacio con la ayuda de los médicos.

Uno de estos es Julio, aunque no exactamente. Él se dedica a analizar sangre, tejidos y cosas aún más raras. Después ve los resultados y se los envía al médico correspondiente. No sabe de quien son pero sí lo que pueden significar si no están dentro de los parámetros. Luego el médico decide y el paciente acata. Más o menos como él cuando hace casi treinta años tuvo que acatar el accidente de tráfico que dejó tetrapléjica a la mujer que sigue cuidando. Acatarlo o no está en tu mano, pero el hecho no va a cambiar hagas lo que hagas. Quizá sea por esto que acata muy pocas cosas más. Gusta de estar a su aire sin que le molesten. Llega con los auriculares puestos, saluda y pide lo de siempre; coge el periódico que lee con atención mientras desayuna y después paga, pide un poco de sifón y se va sin saludar si no estás cerca. Una vez, un domingo, le pregunté por algo para el callo que me estaba jodiendo y amablemente me indicó lo que necesitaba. Pero enseguida me di cuenta de que tendría que llamar a la mujer de Josemari para que le dijera que viniera al bar a hacerme un recado.

Hay gente que conoces de muchos años y de la cual sólo sabes su nombre y gente que conoces de muchos años y de la cual no sabes ni el nombre. Suelen venir solos, piden lo suyo, cogen un periódico y se quitan de la barra. Después pagan, se van y hasta otro día que será lo mismo. El de hoy es un hombre discreto y silencioso que está casado con una mujer aún más discreta y silenciosa que él. Esto lo sé porque hay días que se pasa por el bar cuando está pagando, supongo que tras quedar con él por teléfono. Como hoy, que hablando en un susurro mientras le cobraba han salido del bar para entrar en el frío y oscuro mediodía de la calle con pocas ganas de despedirse de nadie.


La tarde cayó a plomo y yo me quedé solo una vez más. Salí de la barra y me senté en un taburete frente al ventanal. Una bandada de palomas echó a volar de un tejado. Hicieron un círculo alrededor de él y enseguida volvieron a posarse en el mismo lugar, como si un hilo invisible las mantuviera atadas de las patas. Algunas rezagadas que no pudieron frenar a tiempo tuvieron que dar una vuelta más. Luego cogieron sitio y allí se quedaron con las demás.


Paco llegó y pidió su café de la tarde. Esta vez lo acompañó con un par de platillos de paella que había sobrado, sin recalentar.


- Está mejor que este mediodía -dijo


No le dije nada cuando entorné la puerta de la calle y lo vi encendiendo un cigarrillo de vuelta a casa.


¿Qué voy a decir yo?

viernes, 5 de enero de 2018

CABALGATA

El estruendo de la cabalgata podía oírse desde la otra punta de la avenida. "¿Por qué es tan mala la música festiva?" Entré en el coche, lo arranqué y tiré para casa. El primer stop fue tan largo que me sacó del ensimismamiento. El desfile no había hecho más que comenzar y hacia allí se dirigían aquellos últimos rezagados con sus hijos pequeños. Llegué a ver entre ellos a una pareja que poco antes había estado en el bar en compañía de otra más habitual y que ahora tiraban sonrientes y excitados del carrito de un bebé. Supongo que lo habían dejado con los abuelos mientras ellos se iban a comer por ahí y a echarse una copa con los amigos. Él pidió café y gin tonic y ella café y crema de orujo que no me quedaba. Al final le puse un Bayley´s y poco después otro café para mezclarlo. "Con lo malo que es el azúcar...¿pero esta gente no sabe lo malo que es?" Recordé al último grupo del mediodía, una cuadrilla familiar, hermanos y primos con sus respectivas mujeres, supongo, yo sólo tengo por cliente a uno de ellos, un tío de unos cincuenta años, educado y simpático, que es quien lleva la voz cantante. Se reúnen siempre por Navidad, desde Nochebuena hasta Reyes pasando por Nochevieja. Algunos trabajan fuera y sólo vienen por estas fechas, de vacaciones. Tendrán profesiones de esas. Uno de ellos, el más joven y sonriente, uno de mi edad que conozco de toda la vida y de quien no sé ni su nombre, hablaba de cuando estuvo en Venezuela hace diez o doce años y la brutal inflación que ya había por entonces; otro terció a cuenta y puso sobre la barra el tema del bitcoin, de las criptomonedas; alguien sacó a relucir la cabalgata de travestis...Era como un episodio de esos de Jordi Hurtado en el que este va sacando temas de actualidad y los concursantes van contando lo que han aprendido sobre ellos. Luego una voz en off de un desconocido dice quien lo ha hecho mejor y ese es el que gana más, porque ninguno pierde del todo mientras se atenga a las respuestas correctas y no haga preguntas a quien cocina las preguntas.

El segundo stop fue más llevadero, aunque me dio tiempo para ver a un repartidor de bollería refrigerada, uno que veo subir y bajar todos los días por la avenida como donuts sin agujero; un tío cincuentón, medio calvo, delgado y de ojos hundidos, que no puedo imaginar de otra forma que no sea conduciendo a todo lo que se pueda su furgoneta granate. Ahora estaba descargando un par de cajas de esa mierda venenosa en una pizzería. Le di un toque al claxon para que cruzara la calzada. Vi sus ojos y me recordaron los de un hombre que se está cagando. Lo agradeció con un nervioso cabeceo y paso para adentro. Llegar, entregar, firmar albarán y salir disparado otra vez. La desesperada cabalgata de todos los días. Al menos todavía no le hacen ir disfrazado de Rey Mago. Aunque puede que el día que lo haga sea para sacar la escopeta.

En el tercer stop sólo tenía a uno delante. Una mujer se bajó de la puerta del acompañante y echó a andar, pero el coche seguía sin moverse, a pesar de que nadie venía por ningún lado. Quince segundos después lo hizo al ralentí. Y entonces pude ver que había estado esperando a que la mujer quitara la valla que cortaba el acceso a la calle de enfrente para pasar él con su coche. Quizá viva ahí y tenga derecho a eso; quizá sólo fuera un cara en busca de aparcamiento. No lo sé y no es cosa que me importe. La gente hace cosas que no entiendo y que yo jamás haría. Torcí a la izquierda y a lo lejos me pareció ver una ambulancia con las luces de emergencia, pero yo ya estaba tan cerca de casa que sólo caí en ella cuando ya la tuve encima. De todas formas había espacio suficiente para los dos, aunque un tanto justo. Un poco menos y hubiera tenido que darle a las sirenas para que la viera.

La entrada a la cochera estaba tan justa por un coche mal aparcado que quien saliera por ella no hubiese podido hacerlo, cosa que estaba por ver para quienes accedieran a ella, como demostré sin dudarlo ni un segundo. Accioné el mando de la portada y no respondió. Lo hice por segunda vez y nada. Y a la tercera, apretando el botón hasta poner el chivato más allá del rojo, oí como se descorría el cerrojo. Y aquello sonó a música celestial.


Claro que diez minutos después, ya con el pijama puesto, me di cuenta de que había olvidado el tabaco y tuve que volver al bar a por él.


La cabalgata sólo se acaba cuando no recuerdas haber olvidado nada.