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viernes, 2 de noviembre de 2018

FOOL IN THE RAIN

La mujer hablaba por teléfono preguntando por un número de teléfono. Miré su tarjeta de identificación y vi que se llamaba Vanessa. Extrañado eché cuentas y supuse que poco más o menos tendría la edad de la hija de Manolo Escobar. "Bueno -pensé- ahí tienes una posible respuesta a un nombre tan inusual para alguien de su edad. Por entonces Manolo era famoso y supongo que los padres de esta pensaron que sería una buena idea"

Eran las cinco de la tarde y todavía no había comido. Esperando en la enorme cola de paso a las diferentes cajas sentí un leve mareo que azuzado por el gilipollas que tenía detrás estuvo a punto de conseguir que le echara mano a una de esas barritas de mierda azucarada estratégicamente colocadas para niños malcriados y adultos descabezados. El joven imbécil no paraba de decirle estupideces a su madre y a la hermanita que con bastante más seso que él le pedía que la dejara en paz. Diez minutos tardé en llegar a mi caja, una atendida por una chica extraña, una mujer que parece sacada de una peli de Tim Burton, una tía que puedes imaginarla haciendo cualquier cosa sin extrañarte. Saqué las cosas del carro, casi todas para el bar, y esta vez no olvidé las cuchillas de afeitar. Pagué sin mirarla y ya más tranquilo me fui donde estaba al principio.

Miré a un lateral del mostrador y me vi en su estrecho espejo: una barba de varios días y las ojeras de siempre me devolvieron una mirada que no tuve problema alguno en sostener hasta que desviándola me fijé en la mujer que estaba esperando detrás y que con parecido aspecto al mío miraba como yo estaba mirándome en el espejo. Al instante deshicimos el deshecho nudo y volví a apoyarme del todo en el mostrador de atención al cliente. Una mujer muy gorda y uniformada con los colores de la empresa pasó adentro y Vanessa aprovechó para pedirle otro número de teléfono. La gorda le contesto que no lo sabía con cara de una gran tensión mientras se movía torpemente, rebuscaba papeles y cogía algunas llaves antes de perderse tras la puerta interior entre visibles muestras de estrés. Vanessa dejó el auricular sobre el mostrador y pasó tras ella. Poco después volvió a salir con un papelito entre sus manos, volvió a coger el teléfono y volvió a marcar otro número con mi ticket entre sus manos. "Esta chica tuvo que ser guapilla en su juventud -pensé- Aún con gafas y todo..." Me cae bien incluso desde antes que supiera de su joven viudedad al cargo de dos hijas. Tiene un semblante de concentración, de repartidora de cartas, de inteligencia aplicada al medio, de hacer bien los test de visión para renovar el carnet de conducir. Me volví para mirar a otro lado y estaba vez encontré la mirada de un tío con el que a veces me encuentro en la carnicería y siempre delante de mi, pidiendo carne como si al mundo le quedaran dos telediarios y medio. Es uno que me parece mal conozco de algo y no recuerdo qué, cosa que creo también le sucede a él. Alguna vez lo he visto acompañado por sus críos, aunque no estoy seguro. Esta mañana fueron al bar un par de tíos como este, como yo, y al oírles preguntarse por sus familias me sentí como si no hubiera entendido un chiste.

- Señor -terminó por decirme Vanessa- hoy no vamos a poder hacerle la factura, tenemos problemas con el terminal.
- Bueno, vale, no importa. Lo dejamos para otro día.
- Claro. Guarde su ticket y lo haremos otro día
- Claro

Antes de salir paré a echar una bonoloto, un euromillón y una primitiva. Un rumano estaba flirteando con la lotera, una gordita casada con otro que parece el carpintero de Norman Bates y que cuando me ve se pone como si tuviera a Harry Callahan delante. El rumano se hizo levemente a un lado, como si se fuera, y al instante metí baza dejándole con la palabra en la boca. Se había olvidado de echar algo más pero ya era demasiado tarde. Por joder le pedí a la lotera que también me hiciera una quiniela aleatoria, un gordo del domigo y una múltiple para las carreras de caballos.

Dejé la compra en el asiento de atrás, encendí una colilla y arranqué el motor. Robert Plant acababa de darse cuenta de que esa no era la esquina donde había quedado con la chica.


Y al llegar a casa, de pie y yendo de un lado a otro entre los maullidos y las acometidas de la gata, me comí una lata de magro cocido acompañado con unas rebanadas de pan tostado integral de consumo preferente en 2016 que me supieron a gloria.


Esta vez sólo me he olvidado del pan.


Creo.




miércoles, 24 de octubre de 2018

ESPERANDO UNA LLAMADA

Todavía algo jodido y sin embargo contento salí a la puerta del bar para fumar un cigarrillo. La sospecha sobre qué era aquello que me sentaba mal había pasado a ser certeza esta misma mañana. Pero ahora, sin recurrir a nadie, a fuerza de ensayo y error, por fin había descubierto el por qué y el como evitarlo. Y esto es algo que pone de buen humor a cualquiera.

Un tipo hablaba por teléfono. Estos últimos días ha venido al bar alguna que otra tarde. De aspecto normal pero como un tanto desubicado producía esa conocida sensación de incomodidad aún sin que abriera la boca más que para pedir un café. Evité encontrar su mirada y miré el teléfono. Poco antes había hecho un comentario acerca de Dios en una página de Internet y quería saber las reacciones que hubiera podido suscitar; nada especial, una cosa más de otro que mía, pero buscar la aprobación de los otros aún despreciándolos las más de las veces es una de las enfermedades que padezco de nacimiento. "Mejor cree en ti, que Dios vendrá después" leí el comentario de uno refiriéndose a quien había abierto el tema. Le di las gracias al leerlo.

Bueno, no estaba mal. La tarde lucía espléndida y pronto saldría del bar para dar un paseo a mi gusto con el que quitarme los rescoldos del malestar que seguro ya no volverá. La música que salía era buena y pasé adentro para darle un poco más de volumen. Al volver a salir vi que el otro estaba ahora en la acera de enfrente todavía con el teléfono en la oreja. No se iba, seguía allí dando pasos de acá para allá, como quien hace algo que no sabe qué está haciendo. Con un poco de suerte acabaría por perderse de vista y me libraría de su presencia. No me apetecía nada que pasara a mi bar. Pero al final dejó de hablar y se encaminó hacia donde yo estaba.

- No tienes gente -dijo al verme en la puerta
- Pues no -respondí sonriendo de mala gana y un tanto sorprendido de esa confianza. Era la primera vez que cruzábamos más palabras de las pertinentes y no me gustaron. Esas cosas no se dicen así, de esa manera. Uno puede llegar a entender que el otro se alegra de que no tengas gente. Y si es alguien desconocido peor. Tiré la colilla y pasamos adentro.

Le puse el café mientras él pasaba al servicio y decidí que era el momento justo para ponerme a fregar los platos. Con suerte bastaría con ese rato para que se fuera y así lo hice, pero él no. Todavía estaba allí cuando salí de la cocina. Me senté en un extremo de la barra a esperar que pasaran los últimos veinte minutos, mirando otra vez lo mismo en el móvil, Dios esto Dios lo otro, mi comentario, los insultos cruzados, otra vez mi comentario que seguía igual, tampoco esta vez había sido nada especial, seguía ahí perdido entre otros tantos, pronto olvidado hasta por mi, más insultos, más mala leche, la gente se cabrea un montón cuando no le hacen caso y también cuando se lo hacen pero no como él esperaba...Sonreí pensando en la de veces que eso me había pasado a mi.

El tipo se levantó del taburete, dejó el teléfono por un momento y preguntó qué debía. Le cobre y no sé por qué, quizá por terminar con algo parecido a como él había empezado, le pregunté qué tal, así por decir algo, como para corresponder un tanto, tampoco hace falta ser desagradable.

Y entonces me dijo que regular.

Una hija, su única hija de apenas quince meses, en el hospital. Una enfermedad rara, grave, más que probablemente mortal de necesidad. Una cosa de las enzimas que no saben qué hacer con las grasas. Están ahí pero es como si no estuvieran. Y esto, este desconocimiento celular, está provocando que su niña se muera.

- Nos dimos cuenta a partir del quinto mes. La niña estaba cada vez más débil y la llevamos al hospital. Le hicieron unas pruebas y vieron que era algo grave. Luego le hicieron algunas más y nos dijeron que era algo degenerativo, que no había solución, que no sobreviviría, que no sobrevivirá. Es un gen que llevamos tanto la madre como yo y que cuando se juntan hay un 25 % de posibilidades de que el niño salga con la enfermedad. Nosotros no lo sabíamos, ¿como podíamos haber sabido eso?... Mi mujer está deshecha, no se separa de ella. No sé qué va a pasar cuando se muera...No hacemos más que preguntarnos el por qué de todo esto...Hace unos días la pobre niña tuvo un ataque epiléptico que le duró una hora. Estaba ahí, entre convulsiones, con los ojos en blanco...Se quedó tan reventada que desde entonces ha pegado un bajón que la ha dejado sin fuerza alguna...Cada día que pasa puede ser el último, o al menos eso es lo que nos dicen. Si hubiera alguna forma, algún tratamiento, lo que fuera, aún en América o donde sea...pero no hay nada. Sólo esperar.

Recordé a otro cliente que está viviendo un caso muy parecido, aunque parece que este tiene más esperanzas.

- Pues te agradecería que pudieras ponerme en contacto con él. Creo que nos vendría bien hablar con alguien en nuestra misma situación.

Hice una llamada. Me dijeron que en cuanto dieran con él me darían su teléfono. Se lo dije y él me dio su tarjeta.

- Seguro que doy con él -le dije convencido

Nos dimos la mano

- Me llamo Kufisto
- Javier


Y se fue.


Salí a la puerta. Encendí otro cigarrillo. Coches arriba y abajo y gente caminando de la mano de sus móviles. Los árboles de la mediana dejaban caer algunas de sus hojas. Me fijé en que unos tenían menos y más amarillas que los otros. Eran justo aquellos que no tienen la sombra de los edificios de enfrente, aquellos que reciben los rayos del sol de poniente entre las calles que separan las moles de hormigón que según la hora nos cobijan a algunos y dan sombra a casi todos.

Oí llegar a Paco golpeando los tobillos de la mía con su bastón. Unos bastonazos fuertes, de amplio arco, como si todo en la vida fuera de cemento y que poco importa si alguien viene de frente.

- ¡Paco! -le grité desde lejos
- ¡Qué! -contesto de igual forma parándose
- ¿Qué tal va eso, hombre?
- ¡Mal! -respondió mirando a algún punto intermedio entre él y yo mientras se agarraba a su bastón

Sorprendido por tan inusual respuesta me acerqué a él.

- ¿Qué te pasa?
- Mi madre, que no hace más que mirarme la cartera y decirme que llevo mucho dinero
- Ya
- Estoy harto
- Bueno, es tu madre, Paco. Y eso son muchos puntos a su favor
- Ya, pero...
- Venga, vamos para el bar.


Me agarró del brazo y llegamos a la puerta. Encendimos un cigarrillo mientras esperábamos que llegara mi hermano.


- Tanto mirar, tanto mirar...
- Venga, Paco...Es tu madre que te quiere mucho y se preocupa por ti
- ¡Pero ya no soy un niño!
- No, ya eres casi un viejo que juega demasiado a lo ciegos
- ¡Pero es mi dinero! ¿Qué le importa a ella? Mi trabajo me costó
- Eso es lo que tenías que hacer, volver al kiosko a despachar cupones
- Ya, ¡miau! Con lo bien que estoy jubilao
- Jajaja...qué cabrón
- Anda, vamos para adentro y ponme una cocacola light
- La cocacola no es buena para perder peso...
- Vete a la mierda tú también, so listo, que me tenéis harto entre los unos y los otros. Tanto consejo, tanto consejo...¡Anda ya!
- Jajaja...Siempre lo he dicho: no hay mejor médico que uno mismo
- Sí
- Y si no lo eres, para eso están las mamis
- ¡Mira que te arreo!
- Jajaja...
- Y déjame el móvil para llamar a Antonio
- Mira que no quiero ser cómplice de tus desfases...
- Pues si no me lo das tú ya me lo dará otro
- En fin, cada uno es cada uno y cada dos, dos.
- Eso mismo
- Toma. Ya está llamando
- ¿Antonio? Oye, que ya estoy aquí. Vente para el bar


Mi hermano llegó y cogiendo el móvil y lo demás me fui de allí esperando la llamada que ojalá llegue cuanto antes.

viernes, 5 de octubre de 2018

PINCHAZOS

La idea era salir a por cambio, dejarlo en el bar y poco más; de paso echar un euromillón, una bonoloto y una primitiva, quizá un breve paseo antes que anocheciera, regresar a casa, ver algunos vídeos en Youtube de tíos devorando montañas de comida basura con un cronómetro delante y luego irme a dormir. La siesta no había podido serlo tras el ajetreo de las cañas y su rápida recogida para cerrar a tiempo. Y cansado de no poder dormir me hice una paja y salí a la calle.

En el estanco me cambiaron cien pavos y compré tabaco. Había una chica muy mona ofertando marcas de esas que nadie fuma. Van pintadas que da gusto verlas y más aún ignorarlas. Al despedirme de todos también lo hice de ella, que contestó con una gran sonrisa roja. Fui a la administración a pillar los boletos y la quiniela de la peña. La chica de la ventanilla nunca está maquillada. Joven, con gafas y seria sin llegar a ser repelente es una muchacha muy hermosa para mis ojos. Lleva unos aritos en la oreja derecha pero no está marcada, al menos que se vea. Delgada, de facciones marcadas, nariz noble y pecho pequeño pero firme, está ahí sentada, esperando a la gente que tienta a la suerte, como si quienes vamos a tentarla tuviésemos algo con que hacerlo.

- Dame un Gordo de la Primitiva también.
- Suerte, Kufisto
- Gracias, adiós
- Adiós, Kufisto

Y al salir le ha dado al botón de voz automático que desea suerte a pesar de que estábamos solos.

De camino al bar he visto a una ludópata clienta mía hablando con sus vecinas. La he ignorado por educación y supongo que ella habrá hecho lo mismo. Es una mujer de aspecto prehistórico, de esas que alguna vez has visto en fotografías de estatuas de arcilla o en el asiento trasero de tu coche una noche que andabas de resaca cercana a la locura.

Ya en el bar he dejado el cambio. No quedaba nada que hacer más que irse y eso he hecho tras cerrar la puerta, pero aprovechando la cercanía de la farmacia de confianza he ido a por una pomada. Estaba la tiarrona, una mujer que hace unas semanas vi sentada sola en el parque y a la que saludé desde la bici sin dejar de pedalear. Me sorprendió su semblante. No al saludar sino antes: estaba ahí, en ropa deportiva, sentada en un banco, muy seria, como mirando fijamente a algún punto de hace muchos años. Al oír mi saludo fue como si saliera de un trance y correspondió como de costumbre, como hoy, como esta tarde.

- ¿Qué quieres, Kufisto?
- Quiero una pomada para los eccemas...Y la diferencia del bote de vitamina C de ayer -le he dicho sonriendo

Se ha reído con sus grandes dientes y me ha dicho que ya se la había dado a Paco el ciego esta misma tarde, que había sido un error de no sé qué. Y es que la cosa había aumentado como un veinticinco por cien de precio en apenas dos meses.

- Ah, vale. Entonces ya lo veré. Adiós.
- Adiós, Kufisto.

Iba tan cargado de cosas en los bolsillos ("El Camino" de Delibes incluido) que decidí dejarlas en casa antes del paseo. Sonó el teléfono:

- ¿Kufisto? -dijo mi hermano
- ¿Qué?
- Oye, a ver si puedes decirle a Julio que nos lleve unas cajas de...

Ya se lo había dicho antes. Y antes. Y antes. Cuatro veces hoy. El hermano en jefe está de vacaciones y se nota.

- ¿Julio?
- ¡Me cago en tu cabeza!
- Jojojo...Venga, joder, sólo dos cajas más...
- ¡La madre que te parió, desgraciao, que me tienes consumío, cabrón...!
- Veeenga
- ¡A las siete estoy ahí! ¡NI UN MINUTO MÁS, EH!
- Venga, sí, te abro yo
- Cagüen Dios...

Llegué a casa a las seis y veinticinco. Eché cuentas y pensé que iba a andar muy justo de tiempo para ir a la biblioteca, dejar el libro, pillar otro y volver al bar antes de que Julio, con justicia, empotrara su camión contra mi pobre puerta, así que dije: "bueno, está más que visto que no pasa nada por no leer" y bajé a la cochera por la bici.

Nada más salir de la rampa, en cuanto empecé a dar pedales, me di cuenta de que algo no iba bien. La rueda de atrás. Todavía estaba cerrándose la puerta cuando al sentir mi presencia volvió a abrirse y bajé.

No parecía pinchada. Era como si estuviera desinflada. "¿La última vez que la cogí?" La última vez que la cogí fue hace cuatro días, yo que sé, no me acuerdo, pero no hace treinta años, y eso todavía tenía aire dentro. Bien, creo que tengo un bombín por algún sitio. De hecho recuerdo haberlo comprado no hace tanto tiempo, sí. Y allí estaba, en el trastero,  tirado como si fuera mi piso. "Estupendo" Lo malo era que no recordaba como había que abrirlo para meterle el pitorro adecuado. Es uno de esos que lleva varias bocas para las diferentes medidas de rueda y tal...Y ya cuando estuvo a punto de romperle la cabeza me he dado cuenta de que quizá, sólo quizá, la buena fuese la que llevaba puesta. Y esa era.

Y en ese, mientras la hinchaba como buenamente podía, me ha llamado Julio.

- ¡¡¡KUFISTO!!!
- ¡¡¡QUÉ, ME CAGO EN DIOS!!!
- ¡Qué haces, coño!

Miré el reloj.

- ¡Son las 18:47, cacho perro. Dijimos a las siete!
- Venga, vente pacá
- Voy, joder, voy

La rueda aguantaba el aire pero ya no había tiempo. Cogí el coche y me fui al bar.

Metimos las cajas en el almacén y le puse una copa, me eché una cerveza y puse a los Badfingers

- Discazo, Kufisto
- La puta polla
- ¿Sabes cuanto vale este disco? Yo lo tengo. El original.

Hablamos un rato, se fue y entonces, mientras terminaba de recoger, pensé que por qué no quedarme mientras llegaba mi hermano a abrir el turno de noche. Y me quedé al ver que llegaba Paco el Ciego repartiendo bastonazos a las paredes.

- ¡Paco!
- ¡Kufisto! ¿Qué haces por aquí? ¿Y tu hermano?
- Está al llegar
- Ahhh
- Creo que me voy a quedar mientras viene
- Pues muy bien...Anda, ponme una cocacola

Se la puse y me quedé hasta que llegó mi hermano.


Pasó más gente durante esa media hora. Pasó un tío con una bici que le aparcó justo al lado de donde yo estaba empezando a desplegar la terraza; "¿te molesta?", "¿no, tranquilo?" Pasaron tres hermanos, uno de ellos compadre mío, a los que poco a poco está muriéndose el padre. Pasaron dos que son de otra manera cuando vienen en mi turno, más tempranero: "¿Qué haces aquí, Kufisto?" "pues ná, aquí estoy" La gente iba pasando como yo iba haciéndolo con mis cervezas. Las campanas tronaban y todo eso que dicen en La Regenta y todas esas novelas tan campanudas. Y cuando el cielo tremendo estaba a punto de caer sobre mi cabeza llegó la gorda casi que al mismo tiempo que mi hermano. Cinco minutos antes, ¡qué coño, dos!, ¡medio!, y yo no hubiese estado allí.

- ¿Qué tal? -le pregunté de cualquier manera mientras le ponía la primera copa.
- Bueno...mal
-Ahhh

No es fea. Podría ser muy guapa si no estuviera tan gorda. Ojos, piel, cabello...podría ser muy guapa si tuviera treinta kilos menos...

Ha roto con su novio. Él ha roto con ella. Ella también estaba harta. Diez años. Yo también lo hice hace tiempo.. Por eso empecé a escribir. Y por eso sigo vivo.

- Menudo cabrón -dijo
- Ya


Y le cogí un cigarrillo, me eché otra cerveza y me senté a oírla hablar.

martes, 18 de septiembre de 2018

POBRE MARÍA

Fue una muchacha pálida, alta y flacucha. Llevaba los malos nervios de su madre en la altiva mirada y la frustración del padre en los finos labios pegados. Cuando los abría era para proferir palabras de enfado y consternación. Los chicos se burlaban de ella y las chicas la temían. A veces su desgarro era tan grande que las abuelas del barrio tenían que tranquilizarla mientras alguien iba a buscar al padre a algún bar de la plaza. La madre rara vez se dejaba ver fuera de casa. La hermana pequeña lloraba asustada a su lado. Luego todo se calmaba, los chicos sentían un cierto sentimiento de culpa ante los reproches de sus abuelas y las chicas reían nerviosas por lo bajo. La noche caía, los niños se recogían y los viejos salían a la puerta de sus casas para tomar el fresco de otro sofocante día de verano. Entonces el viejo barrio, tan agitado durante la tarde, recuperaba su eterno y antiguo aspecto de lago con letreros de prohibido echarle comida a los patos.

María no era la única persona especial de allí. En aquel tiempo todo el mundo tenía hijos y todos nacían. Algunos no dejarían de ser niños toda su vida; otros, pobres, no podrían llegar ni a serlo. Las propias familias hacían por evitarse cualquier situación enojosa. La Iglesia, siempre presente, decía que todos éramos hijos de Dios pero eso no llegaba a quitar la vergüenza en un pueblo temeroso de Dios al menos entre sus mujeres: los hombres creían a su manera y aquellas en la que decía el señor cura.

Había niños especiales, pero lentos, que jugaban con los que no lo eran casi que como fueran uno más hasta que la pubertad empezaba a llamar a la puerta. Entonces la cosa cambiaba pero sin dramatismos; los chicos se daban cuenta pero detrás tenían un pasado común y no había crueldad. Era como decir adiós a un amigo que se queda en puerto. Él te sonreía y tú montabas en el barco. Más tarde volverías a verle en el mismo sitio, él seguiría sonriéndote y tú, mejor yendo solo, le devolverías la sonrisa y el saludo.

María no. María siguió creciendo sola con sus anormales nervios. Sólo era eso, nervios. No había retraso, ni idiotez, ni deformidad, ni nada que la hiciera tan diferente del resto. Quizá lo único que le hiciera saltar la regla fuese la fuerte religiosidad que exhibía. Iba a misa a diario con su madre y era muy devota de todos esos carteles tan rimbombantes que anunciando novenas, triduos y demás cosas extrañas que exhibían las panaderías, estancos y tiendas de comestibles del barrio. En Semana Santa era algo digno de ver. Era como si dijera: "¡Ahora os jodéis, hijos de puta!" No es que estuviera guapa, no lo era, pero todo aquello, toda esa altivez, le sentaba bien en ese momento.

Los años siguieron pasando y todo el mundo se perdió de pista. Los amigos de entonces se transformaron en adoquines en el mejor de los casos y el viejo barrio llegó a hacerse tan aburrido como siempre lo fue cuando uno deja de ser un niño.

Un día, hace unos años, María pasó al bar en compañía de un hombre. Hacía semanas que la había visto cruzar mi paso de cebra agarrada del brazo. Me sorprendí. El tío era uno, más raro que un buen disco de U2 después de Achtung Baby, que de vez en cuando pasa a mi bar para echar un par de monedas en las tragaperras y nunca pide nada pero no dejó de parecerme algo hermoso. "He ahí -me dije con otras palabras- que finalmente ha encontrado a alguien parecido a su padre"

María entró con su novio, maquillada como lo haría una abuela, y mirando el bar y mi persona como si fuera un un triduo del padre Ángel pidió un Aquarius de limón.


Estaba hoy a lo mío cuando ha llegado mi tío.

- ¿Sabes a quien le han sacado un cáncer?
- ¿A quien?
- A María, la loca del barrio. La hija de...

Ya, ya, ya...


De pulmón. Y metástasis en la cabeza. Fumando lo mismo que yo cuando la abuela decía que no nos riéramos de esa pobre chica.


Luego, en aquellas noches de verano, mi hermano y yo nos acostábamos con ella y acurrucados entre sus grandes tetas nos contaba historias de miedo hasta que los nervios conseguían que el abuelo nos gritara desde la habitación de al lado que calláramos de una vez.


Pobre María.


sábado, 15 de septiembre de 2018

SOL DE AGUA

- Es un sol de agua -dijo el cliente
- Sí -respondí por decir algo que mi silencio no provocara hablar más y peor después- El aire huele húmedo.

Yo no sabía qué era ese "sol de agua" del que hablaba el amigo, pero por el contexto colegí que se refería a la posibilidad de lluvia. Estábamos en la puerta del bar y él dijo eso y bueno, qué iba a decir yo, pues que sí, que a pesar de las pocas y ligeras nubes olía a humedad y todo eso, que era muy posible que lloviera durante la tarde y todo lo demás, que ya llega octubre, el otoño, las hojas caen, los días se hacen más cortos, el cambio de hora y la Navidad...El colega quedó satisfecho y pasamos para adentro. Pronto llegó otro y se hizo con él, le vale casi cualquiera. Yo me liberé otra vez de toda mala conciencia por mi perpetuo desinterés en público y empecé a recoger la barra. En media hora, si no había ningún imprevisto, estaría solo en casa para no hacer nada que no quisiera hacer.

En el otro extremo de la barra había dos currantes hablando de las cosas del trabajo, criticándolas. Uno de ellos, el más viejo, me dijo una vez que si no sabía quien era él; empezó a darme explicaciones de sus hermanos, amigos y familiares, bares antiguos en los que por fuerza tuvimos que coincidir de jóvenes y de los que yo apenas recordaba nada. Con todo a veces decía que sí, o "ahhh, ya...ese que", respuestas abiertas que daban a entender mi conocimiento de la cosa en cuestión aunque en verdad fuera un subterfugio para salir del paso cuanto antes. El contexto ayuda bastante en todo esto. No sé qué sería de mi sin el contexto. Seguramente haría bastante tiempo que estaría en prisión.

El contexto apareció en mi vida cuando dejé de estudiar y algún tiempo después empecé a trabajar. Hasta entonces yo no sabía lo que era tal si no quizás por los libros que leía: uno no podía estar cada dos por tres mirando en el diccionario por las palabras que no conocía. Bastaba con encontrártelas en un párrafo para más o menos situarlas en sus márgenes. Los escritores son una gente bastante coñazo; como no son habladores, escriben y escriben conteniendo el aliento; buscan palabras con las que amartillar sus frases, adjetivos y sustantivos que poco o nada añaden a lo que están contando y que causan en el joven e impetuoso lector unas ganas enormes de darle un puñetazo en el estómago. Luego, como en la vida, recuerdas que siempre te quedará el contexto y te calmas. O sino otro libro o el fin de tu turno.

Ya se habían ido los dos currantes (les invité a un par de cañas que agradecieron casi tanto como yo dejar de escuchar sus tonterías) y sólo quedaban el colega y el otro tío de cara rara. Es este un cuarentón divorciado que se ha quedado en el paro. Es callado conmigo y hablador con otros, como el colega, otro que le gusta hablar. Y ahí estaban, hablando de sus cosas mientras yo terminaba de limpiar la barra, bajar los toldos y apagando la maldita televisión. Bajé la música (country de mierda pero que al menos no me subleva) y estaba a punto de cerrar la puerta cuando llegó el último cliente, uno con el que me fumé unos cuantos petas en mi juventud. Le dejé pasar, cerré la puerta, le puse su café de rigor y se quedó enzarzado con el As. Le chiflan los deportes. "Kufisto, ¿no pones el...?" lo que sea, me dice algunas tardes de verano. Y entonces cojo y lo pongo; sin voz, claro. Y él va echándoles vistazos entre página y página del deportivo. Una vez le pregunté a uno de sus amigos sobre su trabajo. Se rió y me dijo que no trabajaba en nada, que ese no sabía lo que era trabajar. Está casado con uno de mis primeros amores platónicos y parece ser que eso y cuidar de su hijito le basta. No me disgusta. No es tonto y sabe estar callado. Pero yo le he visto esa mirada y esas palabras de loco por tonterías difíciles de entender. Una pequeña broma de este su amigo que os digo le llevó una tarde a una especie de paroxismo que nos dejó a todos petrificados. Se ve que el fuerte contexto familiar que padeció en su infancia dejó eterna huella en su genio. Y viendo que podía vivir de una mujer pensó que lo mejor para él era no trabajar.

Se fue al poco y me quedé con los otros dos ya a puerta cerrada. Era mi nuevo amigo quien estaba en el uso de la palabra tras el largo soliloquio que el otro había escupido mientras yo andaba de acá para allá. Retazos de odio y mala leche por su última experiencia laboral quedaron en mis oídos sin quererlo yo. Recordé aquella vez que tras su tercera copa escuchó el comentario mío sobre el hijoputa de Inda que le estaba diciendo a un amigo y las palabras de odio animal y la mirada aún más cerrada que le entraron al oír ese nombre. Ahora estaba escuchando el comentario de Totus tuus, que así habría que llamarlo y así voy hacerlo desde este momento, pues es increíble la cantidad de gente que conoce y más aún que le quieren. Y ya, una vez acabado todo lo que tenía que hacer, me salí para sentarme con ellos.

Totus tuus estaba repitiendo otra vez la parte más decisiva de la alucinante escena que había tenido con una jefa al principio de entrar a trabajar en lo que todavía sigue trabajando. Yo no pude menos que reírme al oírlo. Él, siempre tan simpático y comedido, tan educado y buena gente, ahora tenía la yugular bombeando sangre como si estuviera viendo a la misma puta zorra gorda que tanto le sublevara aquel día en el que por una nimiedad lo dejó en ridículo a la vista de todos.

- Luego la cogí y le dije que quería hablar con ella. Le dije que ni se le ocurriera tratarme otra vez como lo había hecho. Y que si lo hacía LA RAJABA. Claro que entonces todavía no estaba esta ley de mierda de las mujeres  y tal...pero es igual, hoy le hubiese dicho lo mismo.

Me reí tanto al ver ese odio saliendo por su boca que los tres acabamos por reírnos.

- Joder, Totus tuus, ¿de verdad le dijiste eso? -le dije
- ¡Que me quede muerto si no fue así!

Él, un chico enfermizo, un tío con problemas de salud, un chaval condenado desde su nacimiento no había podido evitar aquel arrebato de odio extremo hacia alguien que se había pasado de la raya por muy jefa que fuera...

Nos fuimos. Totus tuus se vino conmigo. Durante el trayecto hacia su casa, la de sus ancianos padres enfermos a los que cuida y con los que sigue viviendo, siguió explicándome toda aquella situación, como justificándose. Yo reía y él se animaba por hacerlo con trazos aún más gruesos. Él me conoce desde hace más tiempo de lo que yo a él y supongo que pensaba que eso era lo que me iba a gustar. Y así fue.

A Totus tuus lo conozco desde siempre, sólo que antes no era nadie para mi. Supongo que mi falta de contexto, la irreductible barbarie que me dominó durante mis años más tiernos, hizo que él me viera como una especie de loco peligroso. Luego coincidí con él alguna que otra vez por circunstancias más que obligadas y la cosa no fue a mejor, todo lo contrario, aunque no fuera nada de vis a vis. Y al final, hace algunos meses, ha venido a parar a mi bar y nos hemos caído en gracia. Por el contexto en mi caso, claro. Siempre por el contexto.

Yo de pequeño, cuando empecé a tener consciencia, lo primero que me gustó fue el Universo. Miraba los planetas tan grandes y luego leías que apenas eran nada con el resto y me quedaba maravillado. Yo quería hacer algo de eso. Mirar los planetas con un telescopio, viajar a ellos y ver si era de verdad todo todo aquello. Yo era pequeño y me gustaba todo lo grande, lo enorme, lo que te dejaba con la boca abierta. Leía a Julio Verne y sus veinte mis leguas de viaje submarino. "Veinte mil leguas...¿cuanto es una legua?" Era el contexto. Un viaje es algo medible, así que legua era algo que se podía medir. Todavía no sé cuanto es una legua.

- Kufisto -me decía Totus tuus de camino a casa de sus padres- yo es que no sé como puede haber gente así, tan cabrona, tan hija de puta...Mira que han pasado años y no puedo olvidarlo. Esa hija de puta trabaja desde hace tiempo en la otra oficina pero es que no puedo ni verla...El otro día vino a la mía a no sé qué y le dije que lo hiciera de la forma y manera debida. Por supuesto ni se atrevió a contestar, yo hace tiempo que soy su par y ni se atreve a levantarme la voz...Pero es que sigue siendo tan hija de puta como hace veinte años. Y no. No me da la gana. "¿Quieres esto? Bien; pero vas a hacerlo como manda el reglamento" Y se fue. ¡Se fue sin decir nada! ¡Que le jodan, maldita zorra!


Lo dejé en la casa de sus padres. Llegué a la mía y viéndome ya medio malo por el inaudito exceso físico de hace un par de días decidí que lo mejor sería salir a andar un rato. No es bueno quedarse en casa cuando uno no está bien.


El sol sería de agua pero no llovía. Más o menos todo estaba como antes de ayer y aunque yo era el mismo la cosa se hacía un poco más complicada. ¿Por qué hacer lo mismo si yo no era el mismo? ¿Lo haría si a la vuelta me esperara algo mejor? ¿Lo haría por una ilusión, por un sueño, como tantas veces lo hice cuando era menos viejo que ahora? Antes hacía cosas sólo para probarme, para ver si era capaz de hacerlas. Y cuanto peor estaba, más ganas de hacerlas tenía. La fuerza, su exceso, tiene los ojos muy juntos. Y el peligro está en que te quedes bizco.


Y vi el monte y pensé que lo mejor sería volver a casa y escribir algo antes de que al sol de agua le diera por llover.


Cosa que a esta hora sigue sin hacer.





domingo, 2 de septiembre de 2018

STREETS OF GOLD

A esta hora estarás por ahí, en otros bares, con tu novio o marido o lo que sea que fuere ese pijo tan educado que te abrazaba por detrás de vez en cuando. Tus amigas, tan compuestas ellas, tan monas, seguirán riendo contándose sus cosas y haciéndose fotos que enseñar al momento. Los chicos de tus amigas, tu novio o marido entre ellos, hablarán a grandes voces entre ellos: que si las motazos que llevan, que si las que se van a comprar, que si este coche de mil caballos o esa bicicleta para los domingos que vale más que mi puto auto. Dos meses han tardado en pasarle la ITV, algo que nunca les llegará a pasar a ninguno de tus hombres. Una mañana de descanso vi la cola que había y decidí que era mejor llevarlo al taller, a "mi" taller, para que la pasaran ellos. Y no es que tuviera urgencias que hacer, sólo soy un camarero que a veces escribe, pero no podía soportar la idea de estar haciendo cola durante horas en mi día libre. Dos meses. Tampoco es que me hiciera mucha falta...pero dos meses. Luego fui a recogerlo y pagué encima de la mano. No había necesidad, pero cuando uno vive como yo lo llevo haciendo desde hace tanto tiempo lo único que quiere es que le dejen en paz. Vivir en paz es casi como descansar en paz, preciosa. Por eso cuando ayer llegaste al bar y vi tus ojos azules hablándome de la copa que querías beber fue como si hubieses atravesado el anillo de fuego y me hubieras despertado con un beso. Es algo de Wagner y pasa al revés, pero fue así aunque tú no sepas de qué coño estoy hablando. Muchas veces es un coñazo, todo hablar en bárbaro de carros de fuego capaces de llegar al sol o de espadas de titanio reforzado tanto como para hacer llorar de miedo a los titanes que quieren el maillot amarillo de los domingos. Pero entre medias habla del amor. Y entonces soy yo el que lloro.

Tampoco es para tanto. Una furtiva lágrima de vez en cuando y fuera. No creas que soy un plancha abanicos ni nada de eso, no...Al contrario: cuanto más fuerte es el viento, más me cago en Dios. Me gusta esa sensación. Si yo fuera Dios me gustaría ver a alguien como yo. Todos esos curillas, toda esa gente que ve a Dios como si fuera tu novio, no tienen ni puta idea de lo que significa crear algo de prácticamente nada, lo que sea. Pero empiezo a hablar de Dios y esto no será cosa de tu agrado. Tú estás ahí, has pasado este fin de semana por mi bar, te he visto, y lo que quieres es alguien con un par de huevos que eche la escalera al cielo que lleva hacia ti, como Matilde con el buen Sorel. ¿Has leído ese libro? Es el último que he leído. Claro que al final lo primero es lo primero. Eso siempre será así.

De todas formas estoy echándola por ti. A mi manera, claro; ya no tengo veinte años, tú tampoco, y por la cara con la que recibías los arrumacos de tu torrelodones tampoco es que parezca ser lo que todavía puedes conseguir. No conmigo, claro, sólo soy un puto camarero más o menos bien conservado...

Ya había llegado mi hermano y yo estaba ahí afuera echándome un pito. Entonces tú has salido la primera y te has ido. Luego todos los demás. Faltaban algunas copas por pagar y he pasado adentro. Una de tus amigas, la más simpática de vosotras y bien mona, estaba pagándole a mi hermano pequeño. Hemos hablado un momento entre risas celebrando la buenas copas y el buen techno de estos días que tanto les ha hecho bailar y me ha dicho que gracias por todo.

- ¿Os vais hoy?
- Mañana a primera hora
- Ah...


Adiós.





miércoles, 29 de agosto de 2018

DOBLANDO ESQUINAS

Desperté de la siesta con una erección. Fui a comprar naranjas a la frutería de la esquina y al pagarlas ella no hizo el comentario que esperaba. No dijo nada y volví a casa. Cogí la bici y me fui al parque. Estuve leyendo en un banco apartado hasta que el sol empezó a ponerse y las sombras fueron oscureciendo el papel. Sorel acababa de pegarle dos tiros a su primera amante creyendo haberla matado. Luego, en la cárcel, se enteró de que estaba con vida y se alegró. Recogí las cosas y marché para casa mientras veía a la gente pasando ante mi.

Todavía era de día y yo apenas llevaba algo más de dos horas despierto. Estaba relajado y pensé que lo mejor sería salir a pasear antes de encerrarme por hoy. Dudé en volver a salir con la gorrilla pero al final me la llevé. El ocaso era tibio y despejado. La humedad que había recibido al día se había difuminado con sus nubes y todo parecía estar en su sitio correcto. Los viejos sacaban la basura por el barrio antiguo y un poco más allá, en la gran avenida, la gente andaba, corría, iba en bici, en patines o miraba jugar a sus hijos. El calvo de la oficina inmobiliaria se afanaba por convencer de sus planos a una pareja joven que le escuchaba con las piernas encogidas y la mano en la boca. Tuvo tiempo para mirarme de refilón mientras daba unos golpecitos en la mesa como queriendo recalcar algo. Sonreí.

Vi gente tomando el fresco en la calle y olí a chicos fumando hierba en los parquecillos; otros estaban sentados en las terrazas y hablaban; también me encontré a quien como yo sólo andaba por ahí; el último de estos era mayor que yo, llevaba la gorra del revés y olía mal; por suerte estaba cerca la esquina y no tuve necesidad de acelerar el paso.

Una pareja de ancianos caminaban delante de mi cogidos de la mano. Puede que vinieran de misa. La iglesia que hacía poco había dejado atrás todavía tenía luz cuando pasé por su puerta. El hombre andaba como si fuera en un barco y movía el brazo como algunos hacen cuando hablan. La mujer miraba de vez en cuando a la otra acera, quizá buscando alguna amistad a la que saludar.

Ya en la manzana de mi piso vi una bolsa de basura desparramada en el suelo. Creí ver algo pero no paré. A lo lejos, poco a poco, vi acercarse a una mujer con una camiseta naranja fosforescente y unos pantaloncitos negros. Ella también había salido a andar y también llevaba los auriculares puestos. Tenía la melena negra y rizada, el pecho firme y los muslos dorados y prietos. Pasamos de largo y doblé la última esquina.

En la puerta de mi bloque, un poco más allá, los trabajadores del super hablaban entre ellos después de su jornada laboral. Mientras me acercaba fui buscando la llave correcta del llavero y así entré en el rellano.


Y ya en el ascensor le di al botón, se cerró la puerta y me quité los cascos.