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lunes, 17 de julio de 2017

QUEDANDO COMO UN GILIPOLLAS (VOL. XXXVI)

Una hora larga esta mañana y media corta esta tarde. Ese es el tiempo que le he dedicado a un (otro) fracasado intento por ajustar las zapatas de los frenos de la rueda delantera de la bici.

Había quedado con el de la tienda para el viernes pasado. Una "potencia" (así la llaman) al manillar o adiós cuello, desafortunado compañero de mi vida y sustento de mi débil cabeza. Lo olvidé. Fui el sábado y estaba cerrado. Y esta mañana también. Allí, en la acera de enfrente, me he puesto a la sombra para terquear un rato con la Mecánica más básica, siempre cuántica para alguien como yo. A eso de las once y media, ya con las rodillas casi destrozadas, sudando como si estuviera desactivando la bomba más gorda, he cogido el dos y a duras penas, vencido y derrotado, he ido hasta la gasolinera como si estuviera escalando el Tourmalet.

¿Por qué a la gasolinera y no a mi puta casa? No lo sé.

Primero le he pasado la manguera. La bici estaba llena de barro desde la última gloriosa salida (30 kilómetros por caminos) y hasta a mi me daba vergüenza verla.

- ¿Tienes algo para sujetarla? -le he preguntado al operario. El chico ha desplegado un hierrajo que tenía delante de mis grandes narices y ha sido tan amable de colocar en él la rueda trasera. Menos mal que soy cliente y me conoce.

Segundo problemón: donde echar la moneda. No encontraba la ranura. He estado a punto de volver a llamarle, pero gracias a Dios en el último momento he encontrado el botón correcto que daba acceso al monedero. Había cuatro botones. Le he dado al primero y casi me caigo. Una voz metálica, fría, femenina, indicaba algo que no podía entender bien, tal era el estruendo del chorro a presión. Finalmente, después de tres o cuatro minutos que se me han hecho eternos por aburridos, la cosa ha llegado a su fin con el agradecimiento de la robot y el mío. Después le he dado aire a mis flojas ruedas y a punto he estado de reventar la trasera; tanto que he tenido que quitarle un poco metiendo la llavecilla del buzón en el pitorro, cosa que me ha animado algo, lo suficiente como para echarme a un lado y volverlo a intentar con las zapatas. En esta ocasión he sacado en claro una rozadura en la cara interna de la rodilla derecha. Y ya, cagándome en todo, me he ido de allí para volver a mi casa, no sin antes parar otra vez para ajustar lo que buenamente pudiera, pues aquel Tourmalet se estaba convirtiendo en el puto K-2.

Y así, casi que con calambres en las piernas, conseguí llegar a casa.

La comida no lo fue. Cuando el telediario entra por su salón mis frenos saltan por la puerta de la calle. Me tumbé en el sofá de mi casa y esperé a dormir. Tampoco. Eran las cinco de la tarde. Bajé a la cochera, al trastero. Me fijé en una mesa que allí tengo y hasta hoy no había visto. Pensé que sería bueno para mis rodillas colocar encima la bici. Casi me estrello en el intento. Es tan pequeño el espacio que diez centímetros más hubiesen echado por tierra mi luminosa idea. Quizá a otro le sobraría un metro, pero tampoco soy bueno casando figuras geométricas o distribuyendo pesos. Nada otra vez. Cero. He llamado al tío de la tienda. Ahora sí estaba, ante mi estupefacción. Le estaba explicando mi problema lo peor que podía cuando se ha cortado la comunicación. He salido a la calle para recuperar la cobertura y algo de lucidez.

- Vente para acá -ha dicho. Y al colgar he tenido la sensación de que ha acabado la frase con el "anda" reservado a los zotes.

Para allá me he ido. El infierno. El bochorno. La condenación.

Al llegar estaba hablando con uno con pinta de pijo. Me he fijado en su bici de carreras, preciosa, moderna, ligera, bien montada. Después he reparado más en él y he creído reconocerle del bar. Un médico. Él ni siquiera me ha mirado y el de la tienda me ha dicho que esperara un momento. El pijo, el médico, el doctor, el padre, el amante, el cuentas saneadas, el ciclista anecdótico hablaba y hablaba sobre sus escapadas por la sierra de Madrid, subiendo puertos con su magnífica máquina, visitando lugares maravillosos y conociendo gente entrañable y campechana. He mirado mi Orbea de montaña, mi intermitente y traicionera compañera durante los últimos diez años, y la he agarrado bien del sillín ante el temor de que se fuera con él.

- Bueno, ¿qué te pasa? -me ha dicho al final el de la tienda viendo que el otro se iba a mirar coulottes.
- El otro día pinché...Bueno, no exactamente...Pinché pero...ya en casa, en el bar, es decir, que me di cuenta al día siguiente...Un amigo estaba por allí y se ofreció a reparármelo...en fin...Que al cogerla esta mañana he visto que las zapatas rozaban.

Ha enganchado la bici con una facilidad pasmosa. Ha metido el mismo cable que me ha traído de cabeza durante todo el día por algún sitio desconocido para mi y eso ha empezado a girar como dando un grito de alivio. "La rueda está al revés" ha dicho. La ha sacado y la ha vuelto a colocar. Todo en treinta segundos.

- Ya está.
- Gracias, gracias...¿qué te debo?
- Nada
- Joder, gracias...¿Entonces me paso el viernes para lo de la potencia?
- Sí, sí...Como te he dicho antes no tenían la tuya. Es antigua y por eso va a tardar un poco más, pero puede que el jueves ya esté aquí. Ya te llamo si eso.
- Bueno, pues adiós y gracias otra vez
- De nada, de nada...


En la puerta he pensado en los comentarios post-gañán que seguramente estarían produciéndose dentro.


Pero al dar un par de pedaladas se me ha olvidado todo y he sonreído calle abajo.


A veces tener una mala cabeza es bueno para su salud.

domingo, 2 de julio de 2017

LA MUERTE DE NUESTRO PADRE (y V)

En una de aquellas revisiones detectaron que su tumor en el pulmón se había extendido a la cadera y al riñón. Volvieron las sesiones de radio y quimio, aunque esta vez no fueron tan dramáticas como la primera. Con todo, cada día se le veía con menos fuerza. Dejó de venir al bar por el mediodía para tomarse su vinito en el bar de sus chicos. Pasó a tomárselo en casa con su cuñado y uno de mis hermanos. Pero él no perdía el ánimo.

Una mañana la oncóloga le dijo que iban a cambiar el tratamiento por otro que prácticamente estaba en vías de experimentación. Le explicó que era algo que estaba dando buenos resultados y que él iba a ser uno de los primeros en recibirlo, aunque por lo costoso primero tenía que pedir autorización. Aquel día llegó todavía más animado a casa. Mi padre, que lo fue de cinco hijos, tenía una fe ciega en los médicos. En los curas perdió la que tuviera cuando siendo niño uno le preguntó en el confesionario que si se tocaba.

- Me fui corriendo y se lo dije a mi padre. ¿Qué clase de tío le pregunta eso a una criatura?

Durante toda su vida creyó firmemente en Dios sin necesidad de pisar una iglesia. En la mesita del salón, durante toda su enfermedad, no faltaron estampitas de cristos y vírgenes que las mujeres de la familia iban dejando con sus mejores intenciones. Él creía que después de la muerte había algo, no sabía qué, pero algo...Estaba seguro de ello. La nada no tenía nada que hacer con un hombre tan lleno de vida como lo fue mi padre.

Dieron el visto bueno al nuevo tratamiento. No era tan pesado como la quimio, que tenía que estar dos o tres horas enganchado al goteo: bastaban treinta minutos para volver a casa. Y ya allí, y tal y como le dijeron, tres días de un cierto malestar general. Pero esos tres días resultaron ser todos. Y después de una semana teníamos que ingresarlo.

El segundo de aquellos ingresos fue por orinar sangre: el riñón estaba empezando a fallar. Ahí fue cuando por primera vez en mi vida vi el miedo en sus ojos. Los doctores, con la ayuda de sus ganas de vivir, consiguieron estabilizar el mal y dos semanas más tarde volvía a estar en casa. Pero no se podía dejar aquello sin tratar y cuando recuperó algo de fuerzas le dieron la tercera sesión del nuevo tratamiento, con parecidos resultados.

Era un domingo. Salí del bar y me fui a verle como todos los días. Llegué y mi madre me dijo que estaba orinando con sangre y que si nos íbamos al hospital. Él no quería y llamamos a nuestro médico de confianza, ya uno más de la familia desde hace muchos años. Nos dijo que si la cosa era muy escandalosa fuéramos a Urgencias, pero que en caso contrario él lo vería al día siguiente en su consulta y haría lo que hiciera falta, como siempre. Mi padre no dejaba de beber agua a instancias de su mujer para volver a orinar y en una de esas se levantó para ir al water. Para allá se fueron los dos ante mi atenta mirada. Entonces mi madre me llamó.

- Ven, Kufisto.

Fui y eché un rápido vistazo.

- Ya no está como antes -dijo él
- Parece que no -dijo ella mirándola y remirándola.

Y decidimos esperar al día siguiente. En la tele empezaron a poner "Todos a la cárcel" y mi padre y yo nos reímos tanto que mi madre nos miraba como si estuviésemos locos. Esa fue la última película que vimos juntos.

El lunes lo ingresaron. Al tercer o cuarto día pareció como si la orina volviera a salir clara, tanto que poco faltó para que diéramos por hecha otra increíble recuperación. Pero luego, pronto, llegó el bajón. Yo salía del bar, me iba al hospital, le daba dos besos y miraba la bolsa. Roja. Me quedaba allí diez, quince minutos, y después me iba.

- Kufisto no puede con los hospitales...-decían

Kufisto no puede con los hospitales ni cuando es su padre el que está dentro.

La segunda semana...la segunda semana ya todo fue a peor. El miércoles ya tenía muy mala cara. Se me hizo un nudo en la garganta al verle. En aquel momento sentí que mi padre no iba a salir vivo de allí.

El viernes le administraron morfina para los dolores. Nos dijeron que eso ya iba a ser cosa de cuidados paliativos y que el lunes le iban a dar el alta, ya sin más tratamientos que drogas para hacerle menos penosa la muerte. Cuando llegué a eso de las seis todavía estaba colgado del chute que le habían metido al mediodía. Su hermana, mi tía, estaba junto a él, llorando. La besé y cogí una silla. Ella intentó despabilarlo.

- Andrés, Andrés...Está aquí tu hijo, Kufisto...¡Despierta, hombre! -le decía cogiéndole del brazo que había estado acariciando.

Él abría los ojos, gruñía algo y volvía a cerrarlos. No podía, no podía...Cogí la mano de mi tía y nos quedamos mirándolo.

Llegó mi madre. Intentó despertarlo. Él nos miraba por un momento como si no nos conociera y volvía a dormirse. Finalmente llamamos a una enfermera. "Es lo normal" dijo. Le cogió por los pies, tan hinchados que daba grima verlos, y lo llamó por su nombre:

- ¡Andrés, Andrés! ¡despierta!

Y por fin, a eso de las ocho, se despertó un tanto.

- ¡Qué, coño, qué! -dijo, tan mal hablado como siempre. Y nos reímos.

Le di dos besos. Poco a poco fue recuperando algo de consciencia. Le trajeron de cenar. A duras penas lograron que se sentara a un lado de la cama. Comió algo con la ayuda de mi madre y volvió a echarse. Se habló de algo. Él bromeaba con las enfermeras, que se reían, como nosotros. A eso de las ocho y media me levanté para despedirme. Le di dos besos y le acaricié la mejilla. Y ya me iba cuando dijo:

- ¿Habéis visto que planta tiene?


Sonó el teléfono. Todavía era de noche. Mi madre.

- Kufisto
- ¿Qué? -dije por decir algo
- Que ya ha pasado lo que tenía que pasar. Vente para acá.

Me duché y me afeité. Desayuné. Cogí el coche y me fui al hospital. Estaba amaneciendo. Llegué justo cuando lo hacía uno de mis hermanos con su mujer. Subimos arriba y ya estaban todos los demás. Nadie decía nada. En silencio nos besamos y esperamos a que terminaran de arreglarlo para llevarlo al mortuorio. un enfermero lo sacó en una camilla. Una sábana lo cubría por entero. Me puse tras él y después de mi toda la familia. Bajamos una rampa y cogimos un ascensor. Dos guardias jurados nos esperaban a la entrada de la sala. Lo metieron en ella y un rato después preguntaron si queríamos verle. Mi madre, sus cinco hijos, su hermana y su cuñado pasamos para adentro. Le descubrieron y las dos mujeres se abalanzaron para abrazarle. Yo me salí. Poco después llegó el chófer de la funeraria y mi tío y yo nos fuimos con él para elegir el ataúd entre los que había en una habitación contigua. No tardamos nada en elegir uno y marchamos hacia el tanatorio. Allí hablamos con el encargado para escoger la sala y la iglesia. Nos dijeron que nos pasáramos en una hora y me fui a casa de mis padres. Allí estuvimos esperando mientras empezaban a llegar los familiares más directos. Y pasada la hora nos fuimos para allá.

Llegó la noche y por fin nos quedamos solos, velándolo. De vez en cuando alguien se levantaba, descorría la cortinilla y le daba a la luz. Y allí se quedaba un rato.

Amaneció. Uno de la funeraria dijo que pasara quien quisiera darle el último adiós. Pasaron. Y después no montamos en el autobús hacia la iglesia, una relativamente nueva.

Estaba llena cuando llegamos. Sus hijos, los cinco, nos pusimos en uno de los bancos delanteros, con mi tío. El cura dio su discurso y al final sacó las hostias. Comulgué el primero sin saber por qué. Luego me enteré que eso es pecado mortal sin haberse confesado antes. Después vinieron los pésames y allí estuvimos dando la mano, algunos abrazos y unos cuantos besos. Salimos a la calle. La mañana, todavía invernal, era tan gris y fría como se supone que es la muerte. Subimos al autobús y nos condujeron al cementerio.


Empezó a chispear en cuanto nos bajamos. Unos operarios cogieron el ataúd y lo pusieron sobre un carrillo que seguimos hasta el final. Una tía mía me cogió del brazo y de salir el primero casi que pensé que no llegaba a ver como enterraban a mi padre. Al fin llegamos y pillamos un buen sitio, aunque por detrás. Y entonces pasaron unas maromas alrededor del ataúd y lo bajaron a la tumba.


Un chico joven empezó a poner losas y cemento por encima. Primero una tanda y luego otra, hasta dejarla a ras del suelo, que llenaron con coronas de flores.


Y después nos fuimos a casa de mi madre, hice la comida, comimos y me fui para mi piso.


Me tumbé en el sofá.


Mi padre había muerto.






domingo, 25 de junio de 2017

LA MUERTE DE NUESTRO PADRE (IV)

- Cuando sueño -me dijo una de aquellas tardes en las que la película no daba para seguir callados- me veo bien, normal, como siempre...Luego despierto y...
- Ya
- Es duro esto, Kufisto, es duro esto...No se te va de la cabeza
- La cabeza manda -dije yo por no hacer más pesado el silencio
- Ya...pero por mucho que mande, ahora no le hacen caso
- Sí
- Como vosotros cuando eráis pequeños
- Sí
- Ay lo que nos costó a tu madre y a mi
- Sí
- Y ninguno habéis salido malos, pero joder...Cinco hijos, cinco...Cuando no eras tú, era el otro, y cuando ya no eráis ninguno de los dos, los otros tres...Qué lucha, qué lucha...
- Sí
- ¿Tú te acuerdas del tío Victoriano, el viejo aquel que estaba por el bar, el de la garrota?
- Claro que me acuerdo, como no me voy a acordar de él -dije sabiendo lo que me iba a contar
- ¿Sabes lo que me dijo una vez?
- No -le mentí
- Yo entonces estaba...Joder...el bar iba como iba y en casa pues...la cosa no iba bien. Tu madre, la pobre...La muerte de su padre, de tu abuelo, ¿te acuerdas de él?, le afectó mucho, mucho...Por no hablar de cuando se murió tu primo Rubén y todo lo que vino después, que eso fue la puntilla...Y luego vosotros siempre dando guerra, y el dinero, el puto dinero, y que si mira el otro (su socio) y mira como estamos nosotros, y tal, y esto y lo otro...
- Sí...
- En fin...la vida.
- La puta vida
- La vida, Kufisto, la vida...Bueno, pues una mañana estaba yo ahí, en el bar, y llego Victoriano y viéndome se dio cuenta de que algo no iba bien, que ya sabes tú que yo nunca he sido de esos que se vienen abajo por cualquier tontería...
- No, claro que no, papa
- Y como me vería el hombre que me preguntó qué pasaba...Y mira que nunca he sido hombre de contarle mis problemas a nadie, pero Victoriano...Joder, ese hombre era un tío de los que se vestían por los pies...Tenías que haberlo conocido cuando era joven, tan alto como era, el pelo rubio, esa chulería sana, natural, ese saber estar...El cabrón hacía lo que quería...Pero eso sí, su familia y tal que no le faltara de nada, aunque luego pasara lo que pasó...Si es que fue muy golfo el jodío...
- Ya...A mi me contó algunas buenas historias, sí...
- Jajaja...Le gustaban mucho las cartas. Y las mujeres. Se pulió mucha pasta...
- Jajaja...sí -dije yo- Me acuerdo de la historia aquella con el barco negrero, esa de después de la Guerra que estuvo a punto de hacerle millonario...El barco se hundió cerca de la costa y él se echó al mar. "¿Y los negros?" le pregunté, "¿los negros? en el barco se quedaron"
- Joder
- Qué tío
- Era otra época, otros tiempos, en fin...Cada cual sabe lo que ha hecho y lo que ha dejado de hacer...¿Pero sabes lo que me dijo esa mañana? Yo empecé a decirle que si esto, que si lo otro, que si el dinero, que si la mujer, que si los chicos...Él me miraba como si no entendiera nada. Y cuando yo ya estaba cagándome en la hostia puta me dijo: "¿Los chicos? ¿Cuantos chicos tienes?", "Cinco, ¿o no lo sabe?", "Sí, claro que lo sé...¿y te ha salido alguno tonto?" "Pues no -dije yo- claro que no" "¡Y entonces de qué cojones te estás quejando! ¡Anda ya el dinero, y la mujer, y el negocio y la mala puta que parió al mundo!...Tienes cinco hijos sanos, ¿de qué te quejas?" Y oye, fue oír eso de la boca de ese hombre y todas mis preocupaciones se fueron a hacer leches. Y es que es la verdad, Kufisto, es la verdad...Si tus hijos están bien, todo lo demás es tontería. Todo.


Y hablando del pasado se nos fue la tarde y olvidó su Pasapalabra. Después llegó mi madre de hacer la compra y yo me fui a mi casa.


Y él se quedó con ella, cenaron, brindaron con una copa de vino blanco bien frío por un día más juntos y después se fueron a dormir.


Y a soñar.





viernes, 23 de junio de 2017

LA MUERTE DE NUESTRO PADRE (III)

En el ajedrez hay una máxima que dice que la amenaza es más fuerte que la ejecución. Esto que a primera vista puede parecer un sinsentido (como suele suceder con todas las primeras vistas), lo cobra cuando alcanzas el momento adecuado, el momento en el que empiezas a tener la experiencia suficiente como para entender las máximas del ajedrez y de la vida, aunque sea algo que sólo te sirva para sacar la tijera y podarte a ti mismo cual vid dejada de la mano de su agricultor, ese que viendo tu rara y problemática desmesura piensa que lo mejor es dejar que tu naturaleza siga su curso hasta que a fuerza de repetirlo vea que necesitas ayuda para pasarlo.

Desde el primer día que a mi padre finalmente le diagnosticaron que lo que tenía era cáncer de pulmón y no ninguna otra cosa no hubo tarde que no pasara al menos un par de horas con él. Salía de trabajar del bar a eso de las seis, me iba a dar un paseo para despejarme y después iba a su casa a ver una de vaqueros y Pasapalabra, programa que le gustaba mucho y en el que siempre estaba (estábamos) del lado enfrentado al cerebrito de turno. Recuerdo a un tío gris y flojo con gafas y a un chaval culopollo que decía que también era poeta. Este lo sacaba especialmente de quicio. Al final se llevó el bote y por fin dejamos de verlo después de otras ciento y pico derrotas.

Normalmente no hablábamos de nada. Estábamos ahí, sentados, él en su sillón y yo en el sofá. Me preguntaba por el bar, yo le decía que bien y veíamos la película, o si era más mala de lo normal poníamos al cocinero de Canal Sur que tampoco le gustaba demasiado por lo mucho que hablaba y porque siempre lo cortaban los de Membrilla TV cuando estaba a punto de rematar el plato ante su desesperación, porque si algo había que le gustara aparte de su familia era eso, la comida. Entonces, y para la mía, decía que pusiera Telecinco y su puto Pasapalabra. Con todo, conseguí que nos saltáramos todos los jueguitos previos al rosco final de esa cuadrilla de capullos.

Pero una tarde que estaban echando otra vez la del último tren a Gun Hill él empezó a hablar de cuando trabajábamos en el viejo bar. Y recordando todo aquello, toda esa gente, todas aquellas penurias que a punto estuvieron de destruir la familia...nos echamos a reír. Y reímos y reímos. Y reímos hasta llorar de la risa. Tanto que esa tarde no hubo más pasapalabras que las nuestras. Y cuando mi madre llegó de hacer la compra nos preguntó si nos pasaba algo. Y secándonos las lágrimas le dijimos que no, que todo estaba bien, que sólo era algo que...


Bajé para subir las bolsas que habían quedado abajo.


Y riendo llegué a mi casa.



domingo, 11 de junio de 2017

LA MUERTE DE NUESTRO PADRE (II)

De aquella larga estancia en el hospital no le quedó más secuela que la incómoda obligación de dormir con la mascarilla del oxígeno puesta, aparte de las horas que pasara en casa. Pronto se dio cuenta de que no era ninguna tontería y que por el contrario era una absoluta necesidad: cuando no lo hacía se dormía hasta de pie, por lo que sólo le costó lo justo hacer caso de los médicos. De su médico, más bien, un hombre joven y nervioso, de buena fama y muy buena gente, sobre el que desde el principio puso una fe ciega. Conociendo a mi padre, supongo que lo que le gustó de él fue su llaneza, su falta de atalayismo, algo que no podía aguantar y que junto al no saber estar y los mal paridos eran las únicas clases de personas de las que nada quería saber: a unos, aquellos, por sobrarles de todo y a otros, a estos, por faltarles de todo. Que tuvieran o no tuvieran era algo que carecía de importancia. El mundo tenía una reglas básicas y bastaba con respetarlas para llevar una vida feliz. Había que confiar; no ser un inocente, pero tampoco el descreído que todo lo sabe. Había que procurar vivir bien, pero no al precio de dejar de ser uno mismo a las primeras de cambio. Había que intentar hacer las cosas como es debido, pero no tanto como para que lo debido fuera el único modo de hacerlo. Quien tiene hijos, quien es padre, sabe que lo debido siempre está supeditado a lo necesario. El heroísmo del padre acabará siendo la desgracia del hijo. Y mi abuela, su madre que tanto quiso y tanto le marcara, una mujer muy sabia que como la inmensa mayoría de aquellas mujeres pasaron lo que no está en los escritos y que lo único que quería era la felicidad de los suyos y después la de todos, solía decir algo que ahora, con el paso de los años y la marcha de tantos, cada vez veo más claro:

- Tú, hijo mío, ni el primero ni el último, en el medio.

Oxígeno extra aparte y medicación incluida, pocas más fueron las indicaciones a seguir. Y ninguna tan grande que le quitarán sus inmensas ganas y alegría de vivir: fuera tabaco, poco alcohol y de baja graduación y bajar de peso, algo que siempre le costó y que sólo la enfermedad final fue capaz de empujarle a alcanzarlo:

- Mira, Kufisto -me dijo una tarde- Ahora que estoy tan malo es cuando por fin estoy en mi peso -Y nos reímos.

Pronto volvió al trabajo y las cosas regresaron a sus cauces habituales, es decir: problemas en el ruinoso negocio, problemas con los cabrones de los chicos y problemas con la mujer a causa del bar y de los hijos, aunque no tanto como para conseguir el desánimo de aquel hombre sencillo, que no simple.

- A mi no me quita la sonrisa ni Dios -decía de vez en cuando.

Con todo, raro era el año en el que al menos no pasaba un par de semanas en el hospital; ingresos casi siempre motivados por su excesivo peso y sobre el que tanto insistía su ya amigo el médico. El principal problema era la apnea del sueño que, agravada por el delicado estado de los pulmones, era algo para lo que los kilos de más resultan especialmente peligrosos, tal y como si necesitáramos volar para descansar y ese exceso de equipaje nos dejara en tierra dormidos, sí, pero como quien lo hace en el suelo del aeropuerto.

Le pusieron a régimen. Mi madre, muy seria, colgó la imponente hoja en la puerta del frigorífico. Y mi padre, viendo que eso sí que iba a quitarle la sonrisa, se echó a andar. Él, que desde que vino de la mili no había hecho más ejercicio que ver a su Bilbao, se puso un chandal, se calzó unas zapatillas y con sus Ray-Ban de sol que en realidad eran "para no ver a nadie" salió a andar por ahí, por calles, parques y arcenes con la esperanza puesta en que de esa forma aquella dura sentencia tendría sus circunstancias atenuantes. Y así fue. Y mal que bien la mayoría de las veces, bien que mal unas pocas, siempre bromeando e intentando hacerle trampas a la báscula bajo la estricta mirada de la enfermera en la que también tuvo que convertirse su santa mujer, consiguió que la planilla del frigorífico se pareciera a la de Botvinnik en su primer match con Tal, algo que suele venir bien. Por no hablar de cuando estaba trabajando en el bar, pero esto era algo con lo que contaba mi madre, nosotros sus hijos y hasta Agustín Rodríguez Sahagún, en el caso de habérselo explicado muy despacio y bien. "Decidme lo que come cuando estéis con él en el bar. Y lo que bebe" decía ella; "no me jodáis, no le digáis nada a vuestra madre. O poco" decía él.

Y así se fueron aquellos años, siempre más alegres cuando se recuerdan.


Después nos fuimos a otro bar (ya sin las tan malas "medias") y mi padre se jubiló, aunque nunca del todo, según se contará.


viernes, 9 de junio de 2017

LA MUERTE DE NUESTRO PADRE (I)

A fines de agosto de 2015 mi padre empezó a escupir sangre. Aquel fin de semana no dijo nada a nadie, pero cuando al levantarse el lunes vio que seguía igual le dijo a su mujer que tenían que ir al hospital. Primero lo tuvieron en observación en los boxes de Urgencias y ya por la tarde le dieron habitación en planta, como tantas otras veces durante los últimos veinte años, desde que justo en el día después de que su PP por fin ganara unas elecciones tuvimos que ir deprisa y corriendo al hospital porque, como entonces me dijera nuestro médico privado haciendo un discreto aparte conmigo, mi padre se estaba muriendo: "coge a tu padre y vete a toda leche al hospital" Luego, con otras palabras, se lo dijo a él; y cuando yo ya estaba al volante de su BX como si fuera a hacer la carrera de mi vida me dijo:

- Tranquilo. Y primero paras en casa para recoger a tu madre
- Pero es que...
- He dicho que primero paras en casa para recoger a mama

Paré en casa, la recogimos y nos fuimos para el hospital.

El día anterior, la mañana del domingo, mi padre ya tenía muy mala cara cuando a eso del mediodía llegué al bar para echarle una mano. Recuerdo que un familiar, un tío lejano, una vez que mi padre se pasó al baño, me dijo que si "¿no ves la cara de MUERTO que tiene tu padre?" Yo le dije que sí, pero que no quería ir al médico.

- ¡Joder, pues cógelo tú y llévalo, hostia! ¿no ves que no puede estar aquí?

Ciertamente llevaba un tiempo fatigándose sobremanera; tanto que, según él mismo reconocería después, tenía que pararse dos o tres veces en el trayecto que había del bar a casa, no más de doscientos metros. Pero mi padre no era hombre de quejarse. Después de todo, ¿cual puede serlo siéndolo de cinco hijos todavía jóvenes? Yo por entonces tenía 23 años y el pequeño, 10. Los dos mayores ya habíamos dejado de estudiar desde hacía tiempo pasándolo entre jugar a trabajar y hacer el imbécil por ahí, con el tercero ya a las puertas de lo mismo, mientras los pequeños, viendo el ejemplo de sus mayores, hacían lo que podían y más.

Aquella vez se libró de la muerte por un par de horas: un pulmón a rebosar de sangre y el otro más allá de la mitad.

Hace tiempo de esto. No recuerdo si llegaron a dos los meses que estuvo ingresado, pero sí que fue el suficiente como para que yo, viendo moribundo a Dios, me quitara de encima al ejército de pájaros que anidaban en mi cabeza. Y he de reconocer, pasados los años y todo lo que vino después, que mi "tío", su primo hermano, su socio, su cruz, en el tiempo que mi padre estuvo ausente se comportó conmigo con un cariño que jamás olvidaré.

Durante aquella primera convalecencia todo cambió en nuestra casa. Todos, los cinco, empezamos a ayudar a nuestra madre en todas aquellas cosas que dábamos por supuestas en casa: hacer las camas, hacer la comida, hacer la limpieza, hacer el orden...Ella no se separaba de él ni por un momento. Ella, la maltratada niña que con trece años mandó a esparragar a ese tío chulo de 19 las primeras veces que osó acercarse a la dura, durísima, órbita de ese naciente sol en el que se estaba convirtiendo, ahora, treinta años después, no dejaría a su valiente planeta errante ni aunque en ello fuera la resurrección de su padre que tanto quiso y que tan pronto murió.

Y ante la estupefacción de casi todos, nuestro padre salió adelante. Y con su eterno buen humor, enseguida se reincorporó al bar.

Dejó de fumar. Tampoco era hombre de muchos cigarrillos. Dejó de beber alcoholes duros, aunque eso ya hacía años, cuando ante el escándalo de su padre lo fue por quinta vez y siguió adelante como si nada hubiera pasado, como si todo lo demás de la vida, las discusiones con unos y con otros, los problemas económicos (él, que era tan malo para todas esas mierdas siendo tan bueno para dibujarlas), las movidas políticas que tres cojones le importaban mientras todavía quedara un poco de buen sentido para llevar las cosas por sus cauces, ya fueran rojos o azules, que todos eran padres y él lo fue de cinco hijos...

- Mira, Kufisto -me dijo una de esas tardes que pasábamos juntos viendo una de vaqueros durante la enfermedad que al final pudo con él- No hay cosa más bonita que tener a tu hijo en tu pecho. Todo lo demás...ná. Recuerdo tenerte a ti, a todos, a tus hermanos...Yo venía del bar, comía con tu madre e iba a echarme la siesta. Entonces te cogía a ti, o a Marcos, que vosotros fuisteis del tirón, jajaja...Y te ponía sobre mi panza...Y tu piel era tan fina, eras tan...no sé decirlo, de verdad, no soy tan inteligente como tú...pero era tan bonito...Hay que ser padre para entender lo que se hace por un hijo.



miércoles, 7 de junio de 2017

DYLAN LIVE!

- Me tienes hasta los cojones con el puto Bob Dylan, Kufisto. Pero hasta los cojones
- Joder, es verdad. ¡Dos putos años con el voz de gato este a todos horas!
- No sé, tío, en serio, ¿no podrías poner otra cosa? No sé, cualquier cosa...¡a Demis Roussos aunque sea, me cago en Dios!
- Es que cuando le da por algo...Acordaros con los Zeppelin, ¡¡¡CUATRO AÑOS, CUATRO JODIDOS AÑOS SIN PONER OTRA COSA!!! Que Dios me perdone pero llegué a odiarlos
- Pues anda que cuando le dio por Amy Winehouse...
- Sí, esa ya fue para mear y no echar gota
- Míralo, ¡y se ríe!
- Qué desgraciao
- A ver si vas ya al puto concierto y nos dejas en paz
- ¿Cuando es?
- La semana que viene. Se va a verlo con su abuela, tócate los cojones
- No, creo que dijo con su tía la jipi; pero vamos, que ya le vale. Para una vez que se va a ver algo y no se le ocurre otra que irse con una vieja
- Jajaja...¡Y todavía se ríe el cabrón!
- ¿Y el aire acondicionao, qué? ¿cuando coño lo vas a arreglar? Porque esto es un infierno. En pleno verano y sin aire acondicionao.
- La semana que viene, dirá. Así lleva dos meses el muy cabrón
- Dios, me voy a volver loco...Anda, ponnos otra ronda. Pero por favor, ¡¡¡QUITA ESO!!! De verdad, tío, quítalo.

Lo quité.


Habíamos quedado a las dos de la tarde en Sol, junto al Ayuntamiento. Estuve esperando un rato y viendo que mi tía no llegaba me metí a un bar. Pedí una caña y me la bebí de un trago. Hacía año y medio que había dejado de beber al quitarme de fumar, aunque alguna vez, ya cuando tuve controlado el tema del tabaco, sí que me echaba alguna cerveza, quitando la Nochevieja en la que me puse a todo lo que daba a pelito, es decir, sin fumar, cosa que me maravilló y acabó de certificar que sí, que casi un año después podía decir bien alto que había conseguido dejar el tabaco, el verdadero acelerador de todas mi bombas.

Sonó el teléfono, me preguntó que donde estaba y le dije que iba enseguida. Apuré mi tercera caña, pedí una cuarta, y bebiéndomela de un trago salí de allí diez minutos después de haber entrado.

Sí, tenía edad para ser una abuela, incluso bisabuela dentro de algunas etnias, pero a mi me pareció tan guapa como aquella vez, treinta años atrás, en la que vino al pueblo para una boda vistiendo un vestido rojo que seguro causó que más de uno y más de dos durmieran aquella anoche en el sofá. Yo, al menos, me dormí soñando con ella, con mi madrina.

Es una mujer inteligente, de izquierdas, sensible y discreta, a la que le tocó vivir su juventud durante el desarrollismo franquista. Estudió, se echó un novio y cuando iban a casarse este se mató en un estúpido accidente de tráfico. Se sacó sus oposiciones y dejó el pueblo de La Mancha para irse a la gran ciudad de Madrid. Y ni se casó, ni tuvo hijos, ni conocimos ningún novio o nada parecido. A cambio, y cuando su trabajo se lo permitía, se dedicó a ver mundo; tanto que no hay continente que no haya visitado. Una vez, siendo yo todavía lo suficientemente joven como para desear ver algo, le pregunté por lo que más le había impresionado. Ella se quedó pensando un rato. Y al final dijo:

- Las Pirámides de Egipto

Si algo he querido ver desde que era pequeño, si alguna cosa todavía podría sacarme de mi guarida, son esas Pirámides.

Nos fuimos andando hacia el restaurante que ella había elegido para comer, tan lentamente que a pesar de su proverbial y sabia pachorrez me dio por pensar si no tendría algún tipo de lesión en los pies o algo. De camino nos encontramos con diferentes puestos ambulantes. Me paré en uno para admirar un tablero de ajedrez. Seguimos adelante y le pregunté por qué tal estaba haciéndolo Carmena. Ella me respondió que muy bien y que el reciente Gay Pride del fin de semana anterior había sido una gran fiesta para Madrid. Por fin llegamos al restaurante y le dije que pidiera ella por mi.

Era un sitio bonito, elegante pero típico, todo enmaderado y atendido por camareros españoles, muy profesionales todos ellos. Vino uno y nos preguntó por la comanda. Le dije a ella que pidiera por mi y pidió cordero, ensalada y cerveza para beber. Discretamente, nos preguntamos por la salud mientras esperábamos a que nos trajeran la comida y bebíamos nuestras cervezas. Yo pedí por más. Eran unos copones que daban gloria verlos.

Comimos. El cordero estaba de muerte. Justo enfrente de nosotros estaban diez o doce viejos de reunión de amigos, sin mujeres. Eso era un no parar de sacar platos y botellas de vino. Todavía se quedaban allí cuando nosotros nos fuimos después de tomar café, que hasta a eso me animé, cosa que no hago desde los veinte años, pero estaba tan a gusto, me lo estaba pasando tan bien, que me pedí un cortado con leche fría, tal y como lo bebía cuando lo bebía a semejanza de mi padre.

Al final pagó ella y nos fuimos. Me recordó que había sido yo quien había pagado las entradas. Y así fue, que por esas casualidades que tiene la vida fue que vino a venir al pueblo justo el fin de semana anterior a que se pusieran a la venta las entradas para el concierto.

- ¿Te quieres venir conmigo? -le pregunté en mi bar
- Pues sí, sino te parece mal
- ¡Qué me va a parecer, coño!

Salimos de allí y con la misma inaudita parsimonia con lo que habíamos llegado bajo un sol de justicia nos fuimos a tomar algo en algún local de las cercanías de un Palacio de Oriente que más parecían paredones. Entramos a uno tan desastrado que parecía en obras y no le convenció. Pasamos a otro y tampoco fue de su agrado, ni del mío, que por lo visto también eran de mi equipo, de los que piensan que el aire acondicionado es una cosa aún más relativa que el tiempo.

Acabamos en uno cualquiera. Yo ya estaba hasta los huevos y se lo dije. Allí tampoco tenían al diez el puto aire pero al menos se podía estar. Pedimos dos gin tonics y pronto, muy pronto, tuve al aburrido camarero de mesas a mi servicio. "No bebas tanto" dijo ella. "Qué coño -dije yo- voy a ver a BOB DYLAN" Pedí por otro y le conté que era escritor.

- ¿Ah, sí?
- Sí
- ¿Y qué escribes?
- Mierdas. Cosas que me pasan y tal...Pronto dejaré el puto bar y oirás hablar de mi, de Kufisto, ¡KUFISTO, JODER!
- Haz el favor...
- ¡¡¡KUFISTO, COÑO!!! Traéme otro gin tonic, simpático -le dije al ya sieso camarero que andaba un tanto preocupado por las cercanías.

Fuimos a la parada más cercana del bus y cogimos uno que nos dejara cerca del Barclays Card.

Las puertas se abrían a las ocho. Los Lobos, los teloneros, empezaban a las ocho y media, pero eso era algo que a mi me importaba una puta mierda. Tenía entradas reservadas y podía entrar a la hora que yo quisiera. Pasamos a un bar petado de gente y pedí un par de minis de cerveza. Me bebí el mío y casi que el de ella.

- Vamos para adentro, Kufisto, deja de beber
- Espera que pida una cerveza

La fila para entrar al concierto todavía era corta. Pasamos adentro y nos paramos en un puesto de merchandising. Me compré una camiseta y una gorra. Ella se guardó mi camisa en su bolso. Y entonces pasamos adentro.

Aquello era...joder, como un sueño. Teníamos asientos a diez metros del escenario. Pronto, muy pronto, el viejo Bob estaría ahí cantando sus canciones, mis canciones, las que tanto me gustan, las de los 90 para acá, no esas pesadas mierdas de los sesenta y setenta con su puta armónica...

Y Los Lobos empezaron a tocar...

Me flipé tanto con la caña que le daba el joven baterista a las canciones de esos muertos que di buena parte de todo lo que llevaba encima ante la estupefacción de unos cuantos. A mi me sudaba la polla. Eso era un concierto de rock y el puto batera se estaba comiendo vivos a casi todos.

Se fueron Los Lobos y pronto llegó Bob con su sombrero. Yo salté de mi silla y me puse a dar palmas, como todos.

Ahí estaba él: Bob Dylan. Y sin decir ni esta boca es mía empezó con uno de sus temas modernos.

Aquello sonaba como un infrarrojo de Orión en Gizah. ¡Qué sonido, qué banda, qué iluminación...! Era tan impresionante que entre medias de los tema tenía que salirme a pillar un mini de cubalibre.

- No bebas tanto -decía mi tía
- Calla, joder

Y cuando Bob hizo su descanso de la primera hora, estando yo ya más allá de los leones, algo hizo clock en mi cabeza y ya no recuerdo nada de lo que vino después.

- Kufisto
- Mmm...
- Kufisto
- ¿Eh?
- Que te tienes que ir para el pueblo -oí a mi tía
- ¿Qué?
- Sí, son las seis y media -dijo suavemente- Me dijiste que te levantara a esa hora
- Ah, sí, sí...

Me levanté, me vestí y no encontré mis gafas de sol.

- Me voy, Lola
- Venga, Kufisto. Ahora cuando salgas a la calle te vas a esta esquina que pasan los taxis y que te lleven a Atocha
- Gracias, gracias...

Salí a la puta calle. Un taxi me recogió en la esquina indicada.

- A Atocha
- A Atocha

En Atocha, medio muerto, cogí el tren. Estaba tan vacío como la cámara de una rey del año cuatro mil quinientos después de Jesús. Saqué el teléfono y miré por lo que había visto la noche anterior. Apenas recordaba una puta mierda. Y cuando vi el listado de canciones me dieron ganas de morirme.

Puse mi atención en el indicador de velocidad. 150, 149, 151...no variaba de ahí. Era tan constante que hasta dejé de torturar mi estupidez.

Llegué al pueblo y me fui a abrir el bar.

- ¡Qué tal el concierto?
- Maravilloso