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jueves, 21 de septiembre de 2017

SUERTE II

Yo estaba medio malo cuando a eso del mediodía entró al bar mi querido tío con cara de estarlo entero, y no por haber cogido frío. Le puse una caña, un pincho y me retiré a hacer algo para que corriera un poco el tiempo con la esperanza de que así el retardo influyera en la más que previsible explosión. También ayudó la presencia del loco de las dos últimas semanas, un pedazo de mostrenco que viene al bar cuando sale de la revisión. Llega, se sienta justo delante del grifo y pide una cerveza sin alcohol con limón. Hoy no estaba la puta de la semana pasada y supongo que decepcionado le ha dado por ver el vídeo de "Nothing compares 2U" de Sinead O´Connor a pleno volumen de su móvil, lo que no dejaba de crear un cierto desconcierto con la mierda que yo tenía puesta en forma de radio Country del Spotify. Pero en fin...¿qué vas a poner a la una y media en un bar decente de La Mancha? ¿Black Sabbath?

Terminé de fregar los cuatro platos sucios y, ya sí, fui a sentarme sobre la cámara para echar el rato con mi tío.

Estaba leyendo el As como pudiera haber estado leyendo "Los hermanos Karamazov" El Madrid había perdido, sí, pero eso no daba para tanto ni aún para él, el hombre más madridista que he conocido en toda mi vida.

- ¿Qué te parece esto? -dijo casi entre dientes
- ¿El qué?
- Lo del Barcelona con los independentistas esos...
- Ah, sí...
- Pero qué hijos de puta...Y que todavía vayan por los campos de España y nadie, NADIE, les silbe
- ...
- Yo es que ya no sé qué pensar de lo que pasa en España...¡Pero joder, QUÉ NO OS QUIEREN, COÑO! ¡COMO PODÉIS APOYAR A ESTOS SINVERGÜENZAS! La madre que me parió...
-...

Sinead O´Connor volvía repetir lo mismo en el móvil del loco.

- Esta gente que quiere destrozar el país, que nos odia con todas sus fuerzas, que nos toman por gilipollas...-seguía con cierta contención. Miré al loco y vi como una lágrima luchaba por escapar de su curtido ojo de hombre de campo- Mira, Kufisto, yo en mi casa no entra nada, pero nada, que sea catalán. Miro las etiquetas, ¿eh? Y si veo cualquier cosa que no me cuadre, fuera. Estoy hasta los cojones ya de todos estos, coño. Hasta los cojones. ¡ANDA Y QUE SE VAYAN YA A LA PUTA MIERDA!
- Yo lo que creo es que tienen a alguien detrás -aventuré a decir quizá movido por la educación y la fiebre
- ¿Alguien? ¿a quien?

Estaba a punto de decírselo cuando llegaron un par de médicos. Mi tío se fue y el loco me pagó la cerveza. Pero no se fue. Se quedó un rato más ahí, en el grifo, mirando a la jodida calva irlandesa. "Santo Dios -pensé- ¿de verdad era esto lo que tenías preparado para mi, con lo cojonudo que yo era de pequeño?"

Al final se fue el loco y también uno de los doctores. Quedó el otro leyendo un periódico, uno que parece hermano de Rajoy. Le puse un vino y me fui a la esquina para seguir mirando TV3 en mi móvil. Pero ya sin la O´Connor era como si no hubiera más que silencio.

- Joder qué tropa -dije
- ¿Qué? -dijo él
- Sí, el tema este de Cataluña

Al doctor le gusta hablar, eso lo tengo claro desde hace tiempo. Pero como dicen que soy tan serio y parezco tan serio, nunca ha intentado entablar conversación conmigo.

- Ah, pues sí -dijo- Lo que está pasando allí es algo que no tiene nombre.

Me acerqué después de un intercambio de frases y de echarme una cerveza. Hablamos. Un tío inteligente, claro, de mundo. Es médico. Vi como él no se esperaba ni mi vocabulario ni mis respuestas. Soy camarero. Pero un rato más tarde vi hasta emoción en sus ojos. A la gente le chiflan las sorpresas. A mi no tanto. Soy camarero y estoy medio loco.

Se fue. Seguro que no será la última conversación. Yo me sentí un poco mejor, tanto que cuando iba echarme la segunda cerveza pensé si no sería mejor hacerlo con el primer whisky. Seguía estando medio mal y ya como que me daba lo mismo: "si hay que estarlo, que sea del tó" Iba a pillar la botella de Johnnie Walker cuando de refilón vi su "Royal Salute 21", el mejor whisky que he probado en mi puta vida. Me eché media copa, cogí las gafas de sol y el tabaco y me salí a la terraza.

La tarde era magnífica. Nadie por aquí, nadie por allá. Mi ciego parecía haberse quedado dormido y nada podía impedir ese rato de felicidad. Cogí el vaso y le eché un trago. Estaba casi tan glorioso como la primera vez: qué whisky...Me hice un pito. E iba a echarle el segundo trago a aquel almíbar cuando vi que un pequeño bicho había caído dentro. Metí el dedo para sacarlo y no fui capaz de cogerlo. Siempre pasa cuando lo intentas sobre otro elemento. Estaba a punto de dejarlo por imposible cuando lo enganché contra la pared del cristal. Me pareció que todavía estaba vivo al tenerlo en la yema de mi dedo, cosa que me sorprendió y alegró. Le di un empujón y seguí a lo mío.

De pronto se oyó un maullido. Un gatito loco cruzó la acera e intentó meterse en mi bar, hasta que topó con la cortina metálica. "¿Pero qué coño?" Volvió a intentarlo y volvió a echarse para atrás. Pero a la tercera lo consiguió.

- Me cago en su puta madre...

Pasé para adentro y lo enganché. Lo saqué afuera y volvió a hacer lo mismo. "¿Pero bueno, este cabrón qué coño hace?" Oootra vez, fuera. Oootra vez, dentro. Así hasta cuatro veces. En estas que vino uno de los pocos viejos que viene el bar cuando yo ya estaba poniéndole un plato con leche al puto gatito, cosa de la que pasaría como de la mierda.

- ¿Qué haces, Kufisto?
- Pues ná, este cabrón que va pá arriba y pá abajo. Ha llegado hace un rato y se mete al bar.
- Jajaja...Ponle algo de comer. Algo de carne o algo de eso, no sé

Pasé adentro y puse un poco de chorizo desmenuzado sobre un trocito de papel albal. Nada. Cero. Para adentro. Y en una de las que pasó encontró la parte trasera de la tragaperras donde tengo la alfombrilla y allí se quedó y lo dejé.

- ¡Qué cabrón! -dije
- Jajaja -rió el viejo- Anda, ponme un café.

Se lo puse y me eche una copilla de las normales. Y entonces pensé que si el gato siguiera allí cuando llegara mi hermano para darme el relevo...me lo quedaría.

El viejo, un buen hombre, empezó a contarme historias de cuando él lo fue. Yo le escuchaba con atención pero no perdía ripio de la situación de ese pequeño cabrón. Por algún motivo lo había intentando setenta veces contra mis cortinas y al final las había cruzado. Seguía allí, escondido, acurrucado, seguramente raspando la jodida alfombrilla para afilarse las uñas como por instinto hacen todos estos pequeños cabrones. Yo había tenido uno hace años y este no podía tener más que tres meses de vida. Eran las cuatro y media de la tarde. A las cinco y media cambiaba el turno. Si a las cinco y media ese pequeño hijo de puta seguía tras la tragaperras...me lo llevaba al veterinario y después a mi puta casa.

Bajé la música, ya en onda Rock. Llegó el ciego y bromeé algo menos de lo normal. De vez en cuando salía de la barra para asomarme para ver si el gato todavía seguía allí. Y allí seguía, mudo, encogido, sin moverse, tal y como se ponen ellos cuando las ven negras. Puede que tuviera hambre, puede que tuviera sed, puede que tuviera ganas de joder...pero estaba claro que lo que más tenía era miedo. Y por eso estaba allí, donde nadie sabía que estaba menos yo y el viejo que ya se había ido.

Eran las cinco cuando por sorpresa llegó el del mantenimiento de los grifos de cerveza. Un amigo, sí, Pero en qué momento...Algo de ruido haría, algo de ruido haría...Yo ya tenía a los Led Zeppelin casi en código Morse. Empecé a echarme chupitos para ayudar a mi gato.

Y a eso de las cinco y veinte, apenas a diez minutos del límite, llegó uno, pidió un café y se fue a jugar a la máquina. "Oh, Dios, ¿por qué me haces esto?"

Me puse en la esquina buena. El gatete todavía estaba allí. "Dios, aguanta, aguanta, aguanta..." En estas llegó un conocido pasao, ya puesto, y se puso a hablar a voces con el que estaba jugando a la máquina. "Oh, Dios, no, no me jodas, coño -pensé- no, no, no tan cerca..."

Yo no hacía más que agachar la puta cabeza desde mi esquina para ver si mi gato aguantaba. "Aguanta, aguanta, aguanta..." Más risas, más escándalo, más ruidos de monedas..."Dios, mi gatete va asalir disparao, el pobre..."

- ¡¡¡KUFISTO!!! -dijo uno
- ¡¡¡QUÉ, COÑO!!!
- Ehhh, ¿qué pasa?
- Ná, ¿qué quieres?
- Ponme un cubalibre, joder
- Vale, vale...
- Hostia, pues vaya...

Llegó mi hermano. Pillé la bolsa con mis cosas y agarré al gatete sin que ellos se dieran cuenta: "¿qué haces, coño?", "ná, joder"

Disparado llegué a la veterinaria donde llevaba a mi anterior gato, a Suerte, aquel buen amigo. Aparqué en una plaza de minusválidos y pase para adentro con él en la mano.

- Hola, buenas. Vengo a que me miréis a este pequeño. Me lo he encontrado en el bar y...
- ¡Ay qué guapo que es! -dijo la chica de recepción acariciándolo- ¡qué ojos más azules! pero bueno...¿y esto dices que te ha entrado en el bar?
- Pues sí
- Pero antes tengo que pasarle la máquina para ver si tiene chip
- Pues pasáselo

Pasó a por la máquina y se la pasó. Nada. Era un puto gato callejero.

- ¡Ay que guapo...! -dijo- Bueno...¿tú has estado aquí antes, no?
- Sí, claro -dije- Tuve un gato. "Suerte" Se me murió el año pasado
- ¿Y tu nombre?
- Kufisto
- Ah, sí, estás aquí...Espera allí. ¿Como quieres llamarle?

Me quedé un rato en negro.

- Suerte II
- ¿En latino o en...?
- En latino. Una cosa seria.

Dejé a Suerte II en la solitaria bandeja de una habitación vacía y me fui a la sala de espera.

Allí estaba una gorda de teta tatuada con un cachorro de bulldog. Luego llegó una chica joven con su madre y un galgo con los cojones colgando y una pata rota. Empezaron a hablar mientras yo miraba la enorme elegancia del galgo. El pobre animal se estiró en el suelo, las ancas traseras en modo persecución, y mirando alrededor ahí terminó por derrumbarse viendo lo que había.

- ¿Kufisto?
- Sí
- Pase por aquí, por favor.

Una chica muy joven, pequeña y morena, con gafas, de no más de veinticinco años, enganchó a Suerte II y empezó a examinarle.

- Esto bien, esto bien, esto bien...-decía palpándole
- Aja...

Le miró el culo.

- Es gata -dijo
- Me cago en Dios
- ¿Qué?
- No, nada, nada...Sigue

- Bueno, Kufisto, pues está perfecta. Le voy a dar el antiparasitario y nada más...¡Ay qué hermosa que es! ¡qué ojos más azules que tiene la chiquitina...!

Suerte II y yo salimos a recepción para pagar. Todo el mundo miraba mi mano derecha, hasta la guarra del bulldog.

- ¿Qué te debo?
- Tres euros...¡Ay qué hermoso...!
- Es gata
- ¡¡¡AAAYYY!!!, ¡Ay mi chiquitina, hermosa, guapa!...¿y donde dices que te la has encontrado?
- En mi bar
- Ay, la pobre...¡chiqui, chiqui, chiqui...!
- Ay qué cosa más hermosa -dijo la del bulldog
- Bueno, venga que me tengo que ir
- Ayyy...
- Venga -dije- ya que estoy aquí dame algo de comida para gatos y eso.
- Claro, claro...¡Ay, qué hermosa!


Veinte pavos. Fui a la plaza y pillé un cagadero y un par de bols para el agua y la comida. Diez más. La arena no me convenció y decidí pillarla en el súper de al lado de mi casa. La puta gata no quería salir de mi puto coche y me las vi negras para encontrarla. Al final la enganché bajo el pedal del acelerador. Cogimos el ascensor y subimos a casa. Allí la dejé mientras bajaba por su arena.

Había un tío viejo pidiendo en la entrada. Español. Le solté los cuarenta céntimos que me encontré y pasé para adentro. Cogí el saco de arena perfumada para gatos y ya me iba para la caja cuando volví sobre mis pasos, pille una bandeja de salchichón, dos botes de cerveza y una barra de pan.

Un par de moros estaban delante de mi cuando fui a pagar. Ni miraban a la chica, ni la miraron mientras les atendía, ni se despidieron de ella al irse.

- Esto me lo pones en una bolsa, por favor -le dije a la muchacha

Salí. El viejo español seguía allí. Le di su bolsa y me dio las gracias.


Y mientras escribo esto todavía no sé donde está la puta gata.






sábado, 16 de septiembre de 2017

ESTANIS

Estanis había pasado doce días en el ala de psiquiatría del hospital. El ingreso había sido causado por un cuadro psicótico producto de su alcoholismo. Pero cuando ante las constantes quejas del paciente los doctores vieron que lo suyo iba a peor con la brutal medicación lo miraron mejor y encontraron un páncreas increíble. Le cambiaron de planta para tratarle la inflamación y por poco no perdieron la cabeza al comprobar que cinco días después ya estaba tan bien como para darle el alta sin más intervención que los consabidos buenos consejos de difícil cumplimiento. Estanis cogió su petate en una bolsa de Mercadona, se despidió cariñosamente del nuevo compañero de habitación que había llegado esa misma mañana, y a eso de las cinco de la tarde salió del hospital con nuevos bríos y, esta vez sí, decidido a todo.

Estanis tenía 53 años y era un tipo duro. Nacido en un pueblecito de Asturias, de familia humilde, noble y orgullosa, pronto vio que a pesar de lo que admiraba a su padre quería ver mundo. Hizo el servicio militar en Algeciras y allí se alistó en la Legión. Seis años después tuvo que salirse para no matar a su sargento, un tipo que estaba haciéndole la vida imposible desde que Estanis le levantara a la puta que se había estado follando. Los hombres de honor, y Estanis lo era, luchan hasta el final y aceptan la derrota sólo cuando el otro demuestra que vale más que él. Entonces, en ese momento, seguir adelante es cosa de tontos. Y si para seguir has de tirar de posición es que eres lo peor: un cobarde. Estanis cogió su petate y se fue a Madrid.

Allí se hizo portero de discoteca. Era un as de las artes marciales aplicadas. De mediana estatura, poco musculado pero todo fibra, solía bastar con mirarle a los ojos para que la mayoría de liantes, aún yendo pasados, se lo pensaran dos veces antes de seguir adelante. Y quien no lo hacía así luego pensaba que lo mejor hubiera sido pensárselo cuatro. Por esto tuvo algunos problemas con la Ley que poca mella hicieron en él. Pero la tensión de la noche empezó a pasarle factura en la cabeza y decidió dejarla antes que fuera demasiado tarde. Tenía 35 años y se fue para Barcelona.

Aprendió el oficio de pintor. Era fácil. Sólo había que pintar con los compañeros y después ir a las bares a echar el resto del día y la mayor parte de la noche. Un poco de coca también para despertar y a tirar de rollo como si no hubiera un mañana. Y así pasaron algunos años, hasta que el poco de coca y el todo lo demás empezaron a causarle problemas serios: se le estaba empezando a ir la cabeza. Y eso era algo que él no se podía permitir. Su padre jamás lo hubiese hecho.

Una mañana se levantó y cogió un tren hacia La Mancha. Llegó a uno de sus pueblos y se echó otra amiga. En cierta manera allí se sentía como en casa por primera vez en mucho tiempo. Aquella gente, huraña y arisca a primera vista, tenía su punto de nobleza cuando el extranjero la demostraba. Y él otra cosa no, pero noble lo era de corazón. Serlo siempre en una gran ciudad era un peligro; pero en un pueblo no había mejor manera. Retomó su oficio de pintor, dejó las drogas y alcoholes duros, y siguió viviendo su vida.

El día que le llamaron para decirle que su padre había muerto enganchó una borrachera tal que tuvieron que llevarlo a Urgencias. No pudo ir al entierro. Ese fue su primer ingreso serio. Cuando le dieron el alta se fue a su pueblo y estuvo hasta la noche llorando sobre la lápida de su padre.

Vino una racha mala. Más mala vida y más ingresos hospitalarios, a cada cual más peligroso para cualquiera que no fuera Estanis. Los médicos se admiraban de sus recuperaciones. Era algo que daba para llevar a los congresos médicos. ¿Como era posible aquello? ¿como era posible que ese paciente siguiera vivo? ¿como era posible que ese hombre tuviera esa capacidad de recuperación?

Después de uno de esos ingresos, Estanis volvió a dejar la peor parte de sus adicciones. Seguía bebiéndose sus tres litros de cerveza diarios y las cuatro copas, repartidas en el día, de anís; pero fuera de los dos paquetes de tabaco y algún canuto de marihuana, nada más. No le afectaba. La gente del pueblo lo seguía queriendo y él se desvivía con todos ellos. Pintaba paredes y hacía todos los favores que podía hacer, que eran muchos. Allí le querían. Y él quería estar allí, con ellos, en el que ya era su pueblo.

Y algún tiempo después llegaron aquellos doce días en el ala de psiquiatría del hospital.

Entró a un bar del que guardaba un buen recuerdo.

- Buenas tardes
- Buenas tardes -dijo el camarero
- Ponme un Bio Solan

El camarero se lo puso y después volvió al ordenador.

- ¿No te acuerdas de mi? -dijo Estanis

El camarero lo miró con un cierto sobresalto. También él padecía de ciertas lagunas mentales y esa pregunta era del tipo que mejor lo siguieran siendo.

Lo miró.

- Pues no -dijo
- ¿No?

Lo miró mejor.

- ¡Ah, coño -dijo aliviado- tú eres Estanis!
- ¡Pues claro, joder!
- ¡Me cago en la puta!...Tan delgao y pelao...no te he conocido
- Pues soy yo, que salgo ahora mismo del hospital.
- La madre que me parió, ¿otra vez?
- Oootra vez. Pero esta va a ser la última. No voy a beber más. Lo he jurado por mi padre y si no lo cumplo soy un hijoputa. Estos doce días que he pasado rodeado de locos no voy a olvidarlos en la vida.

Estaban solos. Hablaron un rato. Salieron a fumar mientras veían pasar coches y algo de gente. Una de estas fue la mujer del último compañero de habitación que Estanis había tenido. Era una señora mayor acompañada de su hijo, un mostrenco tatuado, y tanto ella como él no hacían más que darle las gracias por todo lo que Estanis había hecho y dicho durante las breves siete horas en las que sus vidas se habían cruzado. El camarero miraba maravillado todo aquello y más aún cuando Estanis le contó la brevedad de aquel encuentro. Al final pasaron para adentro, Estanis pidió otro Bio Solan y siguieron haciendo tiempo mientras unos amigos venían a recogerlo.

Llegaron y se abrazaron. Era una pareja normal. Él pidió una copa de whisky y ella una cocacola. El camarero se retiró para dejarlos tranquilos. Su turno estaba a punto de acabar y aquello ya no era asunto suyo.


Y al irse le echó la mano a Estanis con la sensación de que ahora era este quien no lo reconocía.


Y cuando un par de minutos más tarde volvió con su coche para recoger el tabaco olvidado ya no quedaba nadie allí más que su hermano detrás de la barra.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

SARA

Era la una del mediodía cuando Sara, ya sola, cambió la cerveza por el ron. Había llegado poco antes a la nueva ciudad junto a tres compañeras de club. La noche había sido tan larga como todas y el viaje en coche tan incómodo como para ahuyentar el tremendo cansancio. El nuevo jefe estaba esperándolas en un bar. Entraron, pidieron unas cervezas y hablaron de las condiciones. Poco después se fueron a descansar al piso pero Sara prefirió quedarse un rato por ahí a ver si pescaba algo. Volvió al bar y pidió un ron con cocacola. Sacó el teléfono y esperó.

A eso de las dos, y ya con el segundo whisky con cocacola, entró al bar un tío grande y feo de extraño aspecto que no dudó en ponerse junto a ella atraído por la inmensidad de ese culo que el pantalón no tapaba del todo. Pidió una cerveza sin alcohol mientras ella seguía tecleando su móvil como había hecho desde su llegada, pero sabiendo que ahora sí tenía a un posible cliente a sus espaldas. La falta de sueño y la tercera copa ya estaban haciendo su efecto. Miró en el bolso por algo de cocaína que sabía no le quedaba y no la encontró. Cogió un cigarrillo y buscando el mechero oyó la voz del tío extraño que estaba a su lado.

- No fuuumes

Sara lo vio por primera vez. Era feo, calvo y parecía medio subnormal. Tenía esa mirada fija, vacía pero pesada, que tienen quienes no están bien de la cabeza. Le sonrió con el pito apagado en los labios y salió afuera para fumárselo. Miró pasar los coches por la avenida y a los padres y a las madres que cruzaban los pasos de cebra con sus hijos pequeños cogidos de la mano. Los chicos gritaban y agitaban sus carteras. El nuevo curso acababa de empezar. Sara tenía treinta años pero todavía podía recordar que esas cosas empezaban en septiembre, cuando las hojas se van muriendo en los árboles. Y se fijó en uno de los de la mediana que ya las tenía amarillas. Las de los otros todavía aguantaban casi todo su verdor; pero eso era porque no se habían comido todas las horas de sol gracias a los edificios de enfrente: una calle, una simple calle vacía de ladrillos, era la diferencia entre el verde y el amarillo. Sara tiró su cigarrillo y pasó para adentro.

- El tabaco es malo -dijo el tío feo
- Sí -sonrió Sara
- Si sólo fuera su hoja, sin nada más, sin ninguna de la mierda que le echan...todavía. Pero así es un veneno
- Bueno -dijo Sara- pero hay cosas que necesitan un poco de veneno para estar bien.

El tío raro se quedó mirándola.

- ¡Ay, no me mires así! -dijo ella riendo. Y volvió a coger su teléfono.

- ¿Como te llamas?
- Sara
- Yo me llamo Jose, pero todos me dicen el Sardina
- ¿El sardina? -río Sara
- Sí
- ¿Y eso?
- No sé. Es cosa de familia.
- Ahhh

Empezó a contarle lo famosa que era su familia. Él no era de allí, pero a veces tenía que ir por asuntos médicos, cosas sin importancia. El Sardina se acercó un poco más a Sara. Ya casi estaba tocándola y ella no se movía de su sitio. Era una puta, estaba claro. Una de esas guarras que hacen lo que sea por algo de dinero.

- Oye, yo también tengo Wassap -dijo el Sardina
- ¿Ah, sí? -dijo Sara- qué bien
- Mira, te doy mi número
- Vale -dijo ella
- Así estamos en contacto
- Claro, guapo

Intercambiaron números. El Sardina vio que la cosa era real y se excitó aún más.

- Oye, Sara
- Dime
- Queee...podríamos hacer algo, ¿no?
- Claro
- Digo ahora
- Sí, cariño

El Sardina esperó a que el mosqueado camarero no estuviera cerca. Por fin dejó en paz el ordenador y se fue a la otra esquina de la barra.

- ¿Cuanto? -dijo el Sardina
- Cincuenta -dijo Sara

Eso era demasiado para él. Sara estaba buena, era rubia, tenía un culazo enorme, unas tetas grandes y cara de viciosa pero...cincuenta euros, ¡cincuenta euros!

- Te doy veinte
- Con eso sales a la calle y te haces una paja -dijo Sara, ya sin sonreír. Y le dio la espalda.

El Sardina se calló. El aburrido camarero volvió al ordenador.

- Eres una puta

Sara bebió un trago.

- Eres una puta

- Oye, vale -dijo el camarero
- ¿Vale, qué? -dijo el tío raro
- Que vale ya

El tío raro lo miró fijamente.

- ¿Qué te debo?
- Dos con veinte
- ¿Dos con veinte?
- Dos con veinte

Pagó y se fue.


El camarero cogió algunos pinchos y se sentó en el otro extremo de la barra para comérselos. Ella volvió a teclear su teléfono, esperando que el camarero acabara de comer para irse a dormir al nuevo piso.

- ¿Qué te debo? -preguntó
- Tres copas, doce euros

Sacó un billete de cincuenta.

- Gracias -dijo el camarero dándole el cambio
- Gracias a ti -dijo ella
- No hay de qué
- Sí, sí lo hay...¿como te llamas?
- Kufisto
- Yo me llamo Sara. Adiós, Kufisto.


Sara se fue y Kufisto volvió a su esquina.


Y pudo ver como aquel culazo cruzaba los pasos de cebra mirando su teléfono, como si los rugientes leones que bajaban y subían la avenida no fueran más que gatitos domesticados entre cuatro paredes cerradas a cal y canto.



viernes, 1 de septiembre de 2017

UNA BOTELLA DURA DE ROER

El Willy empezó a oír y ver cosas que sólo él podía oír y ver. El festival se había acabado, las drogas también y ya era el momento de hacer el viaje de regreso a casa. Sus amigos le buscaron y no le encontraron. Alguien les dijo algo de Barcelona. Dos semanas más tarde sus padres y la policía le encontraron deambulando por ahí y lo llevaron de vuelta a casa. Diez años después el Willy seguía en el mismo sitio donde se quedó. Las voces y las imágenes iban y venían según como llevara la medicación. Pero fuera de ellas no había nada. Nada. Era como vivir con una silla de ruedas para el cerebro.

El padre murió y sus hermanos se fueron del pueblo a seguir sus estudios. A los amigos ya les había dicho desde el principio que eran demonios y que Dios le había ordenado que no se juntara con ellos. Se enclaustró en casa y pasó los años comiendo, fumando y viendo el televisor. Engordó mucho y empezó a perder algo de pelo. Un día salió y se emborrachó. La policía lo detuvo y llamaron a su madre. Lo llevaron al hospital y algunos días después salió para su casa. Esa fue la primera de muchas. El Willy se había cansado del claustro materno.

Poco a poco empezó a hacer nuevos amigos. Vagabundos y tirados que se reunían allí donde no molestaran demasiado. A veces lo hacían de más y la célula era disuelta a golpe de porrazo policial. Durante unas semanas estaban cada uno por su lado, pero ya con las aguas calmadas y algunas desterradas ausencias la cosa volvía más o menos a su ser. De vez en cuando se les unía alguna puta en las últimas o alguna discapacitada olvidada por todos y las manoseaban por turnos y previo pago en alcohol, drogas o chucherías.

Que viera cosas que los demás no veían no significaba que no viera lo que ellos veían. Él veía más, eso era todo. También a ellos, a sus antiguos amigos, aunque terminaran por evitarlo ante sus solas peticiones de algo de dinero entre pretendidas sonrisas de imposible complicidad. Esto era algo que llevó a algunos de ellos a considerar la posibilidad de que no estuviera loco sino que simplemente se lo hiciera. "Ese cabrón no está tan mal como dicen -decían-, ¿sino de qué iba a estar por ahí bebiendo y poniéndose todos los putos días? ¡y encima viviendo de la madre y con la pensión que le dieron! qué desgraciao, qué hijo de puta...Qué asco me da"

Una tarde los vio a lo lejos sentados en una terraza. Estaban tomando copas con sus novias o esposas y podía oírles reír y hablar fuerte. Parecían estar pasándoselo tan bien que el Willy cesó en su paseo habitual, pasó al chino, compró una botella de whisky, hielo, cocacola y un paquete de cigarrillos y se sentó en un discreto banco para observarlos. Dos horas más tarde se fueron a cenar. Y después de pensarlo un rato decidió hacerles una visita en el último garito de la noche. Ese donde ya los había encontrado alguna vez.

Eran las cuatro de la mañana y ellos todavía no habían llegado allí. Willy lo sabía porque llevaba desde la una haciendo guardia a una prudente distancia. Había pasado un par de veces a mear para asegurarse. No estaban. La botella de whisky se estaba acabando y pronto sólo le quedaría cocacola y unos cubitos de hielo que ya estaban volviendo a ser agua. El sueño comenzaba a vencerle cuando oyó un prolongado maullido al otro lado del callejón. Asustado se acercó y vio desaparecer la cola de una gata en celo, una como tantas de esas que habían matado a patadas tras acorralarlas cuando eran todos unos chicos en busca de diversión. La gata se había escondido en un pequeño recodo muy oscuro. Maullaba y maullaba sin parar. Willy sacó el mechero. Trató de encenderlo pero sólo logró sacar chispas. Y a cada intento los maullidos se hacían más y más fuertes, más y más agudos, más y más dolorosos. Estaba a punto de darle una patada a la oscuridad cuando el mechero se encendió. Los maullidos cesaron y temblando como al borde de un ataque acercó la llama y vio a una gata sonriéndole en silencio mientras un enorme gato negro la montaba furiosamente sujetándola por la nuca con sus dientes.

Despertó. ¿Qué hacía allí? ¿donde estaba? ¿qué había sido eso? Cogió la botella y apuró el último trago a morro. Se incorporó y con todas sus fuerzas la lanzó al otro lado del callejón. No oyó el ruido de cristales rotos. Furioso, fue a buscarla para destrozarla a mordiscos si fuera necesario. Pero a mitad del camino tuvo miedo y se dio la vuelta. Salió a la calle y vio luz enfrente. Tenía una sed horrible. Ese último trago le había abrasado las entrañas. Tan sólo quería beber un vaso de agua e irse a casa, a casa, a casa...

Entró al bar. Las luces estaban dadas y la música baja. La camarera lo miró asustada.

- Un vaso de agua

Un camarero se acercó y mirándole muy seriamente se lo puso

- Te lo bebes y te vas -le dijo
- Sí, sí...

Willy lo cogió y se lo bebió de un trago

- Otro, por favor. Otro y me voy
- El último. Y rapidito.
- Sí, sí...

Esta vez levantó la vista mientras se lo bebía y se vio reflejado en el espejo del botellero. Ahí estaba él; gordo, borracho, abotargado, con una barba que daba asco verla...y detrás de ella estaban sus viejos amigos.

Le miraban. Todo el mundo estaba mirándole muy serio. Se volvió y los vio. Allí estaban con sus mujeres. Allí. Ahora estaban allí. Ahora sabía qué hacía allí. Y ahora que él estaba allí todos habían dejado de reír.

Se acercó al primero de ellos, a quien había sido su mejor amigo.

- ¡Tú! -dijo Willy
- ¡Yo qué, desgraciao! -respondió el otro todavía más fuerte

Willy se echó mano a la cazadora y encontró un pedazo de cristal. Iba a sacarlo cuando alguien por detrás le golpeó con una botella en la cabeza.

Despertó. Ahora estaba tumbado en un banco. Se reincorporó y vio que estaba amaneciendo. Miró a un lado y vio una botella de whisky casi vacía, una de cocacola y unas cuantas colillas. Echó el último trago, se levantó con la botella en la mano, la pasó arriba y abajo de su nuca y se fue con ella para casa.


Estaba en la puerta cuando la tiró al suelo para ver como se hacía pedazos.


martes, 29 de agosto de 2017

UN DESPERTADOR PARA DORMIR


A veces sabes que has dormido porque recuerdas los sueños, aunque tu cuerpo y tu cabeza sigan igual que cuando se acostaron.

Hay noches en las que primero debes dormir un ojo y un rato después el otro, por lo que pueda pasar. Noches en las que el sueño te vence el pulso de todos los días pero no como siempre: tiene que estamparte la mano contra la mesa para darte por derrotado, hasta el jaque mate, nada de abandonos prematuros. Y no es que no quieras dormir, sólo que ya sabes que esas noches únicamente puedes hacerlo así, por lo que pueda pasar.

Luego, durante el día, no hay sol que alegre tu corazón ni música que alivie tus pensamientos. El estúpido y obeso perro del remordimiento muerde tus pelotas sin compasión y así andas tú, de acá para allá con cara de "debo haber perdido algo en algún sitio"; pero como son tantas las cosas perdidas y tantos los sitios en los que has estado no eres capaz de dar con el hueso que aleje al perro de tus cojones; al contrario, cada recuerdo hace que la dentellada sea más fuerte, más dolorosa, tanto que cuando terminas la rutinaria tarea del día lo único que quieres es tumbarte y mirar por centésima vez el Mortadelo de los okupas. No hay nada mejor en un día así. No puedes apagarte, programar que te despierten a las ocho de la mañana y dormir dieciséis horas de un tirón. Eso es cosa de las máquinas y de los bebes. Y tú no eres ninguna de esas dos cosas.

Vuelve a caer la noche. Otro día que pasa igual que las botellas vacías al contenedor de la basura. Tendrías que salir un rato, respirar aire fresco, eso siempre ayuda. Pero sales y te das cuenta que el chisme de la música tiene aún menos energía que tú, que hay demasiada gente por las calles, demasiados coches, demasiadas luces, demasiado ruido...Regresas a casa y pones música. Tienes toda la noche por delante. Quizá más tarde será mejor, cuando sólo los gatos y los solitarios pisen las calles, cuando se apaguen las luces de los comercios, ¿para qué tenerlas encendidas?; aquellos no tienen bolsillos y tú sigues con tu agujero de siempre en los tuyos; unos a rebuscar en la basura y nosotros a mirar el suelo y el cielo; ellos encontrando rica mierda y tú y yo una ración más de nada para el coleto. Rica.

Una rápida ducha y un poco de jabón. Ni hambre tienes. Te sientas ante el ordenador. Apagas la música y enciendes el enésimo cigarrillo. Escuchas tu respiración y el rumor de la máquina. Alguien empieza a tirar cohetes. Así es la vida: unos tiran cohetes, otros los miran y nosotros los oímos. Ya queda menos para salir a la noche. Ojalá y no quede ninguno por lanzar cuando salgas afuera.


Y entonces oyes la llegada del camión de la basura y decides irte a la cama.

domingo, 27 de agosto de 2017

EL AGUA QUE ACLARA LA VISTA

El día, por fin, amaneció gris y fresco. Cogí el coche y pasando por el bar de camino a la gasolinera no vi a Jose y su bicicletilla esperándome en la puerta. Me extrañó. Eran las ocho y media y ayer le dije que llegaría sobre las nueve. "Bueno, yo estaré por aquí a las ocho" dijo. La poca gente que se veía eran viejos paseando con una bolsa de churros o chavales volviendo a casa como podían después de otra noche perdida por ahí. A veces ven a Jose y le insultan si van en coche. "¡Guarro!, ¡feo!, ¡tío mugre!, ¡momia!" y cosas así. Y entonces Jose deja de hurgar en el contenedor de basura o de limpiar mi terraza y a grandes voces, tartamudeando, se caga en sus putas madres y en sus malditos muertos. A veces temo que alguna vez tengamos un disgusto. Uno nunca sabe con una cuadrilla de chavales borrachos. Yo le digo que no les haga caso pero él no puede. Son ya muchos años de humillaciones sin sentido. El otro día me contaron que hace años pasó a un bar de pijos armado con una especie de espada en busca de un niñato que lo llevaba sacando de quicio durante demasiado tiempo. Le vio entrar ahí y supongo que se le cruzaron los cables. Echaría mano del cuchillo ese o lo que fuera que esa mala mañana se hubiera encontrado por ahí y fue a ajustarle las cuentas. Menos mal que el otro tuvo tiempo de esconderse; sino hubiera acabado mal, que no hay nada más peligroso que un buen hombre desatado. Tan bueno es, tan inocente, que me costó creer la historia. Pero sí, así fue.

Los chicos de la gasolinera estaban hoy con cara de pocos amigos. Yo no había despertado mucho mejor pero al verlos me animé. Pillé la prensa y me fui al bar.

Apenas había empezado a colocar las cosas cuando oí un tímido golpe en la puerta. Abrí y efectivamente era Josemari.

- ¿Hay algo que hacer, Kufisto? -dijo. Él sabe que los fines de semana siempre hay algo que hacer pero siempre pregunta antes para no molestar ni dárselas de listo. Su madre lo educó lo mejor que pudo. "Pide, no robes" Tiene 94 años y vive en una residencia de ancianos. Jose es el único hijo de los 18 que parió que va a verla todos los días. Algunos ya están muertos, otros viven fuera y a los demás les da miedo de lo vieja que está. "¿Pero te conoce?" le pregunto, "¡Claro que me conoce! Y hablamos. Está muy viejita ya, pero...es mi madre, Kufisto. Es mi madre" Su padre murió por el alcohol con apenas 50 años. Alguno de sus hermanos también llevaron el mismo camino. Él no bebe, sólo fuma. El alcohol, dice, "me volvía loco" Y yo que le conozco desde hace más de 30 años jamás lo he visto beber ni una gota.

Le dije que sí y se alegró. Y como siempre hace me dio su pronóstico del tiempo para hoy. Respondí que ojalá y cayera el Diluvio. Se rió y empezó a sacar fuera la terraza cantando sus cosas. Yo me lié a fregar. Y así, en buena armonía y con un silencio sólo roto por sus leves cantes, arreglamos otro domingo más el bar.

Suele terminar su parte antes que yo la mía. No me dice nada. Se espera. Y una vez que acabo le doy un paquete de tabaco y algo de dinero. No está mal por media hora de trabajo. Él lo sabe por comparación con otros y así me da las gracias.

- Bueno, me voy pá el bar de Boni, Kufisto
- Muy bien
- ¡Ayer estuve con mi mujer en el hospital! -dijo como quien recuerda en el último momento algo que tenía que decir
- ¿Y eso?
- El ojo otra vez, que se le puso peor. Lo tiene ciego ya, la pobre -me dijo con cara de lástima por ese ojo desgraciado por el borracho de su padre cuando ella era una niña. Ahora es una señora muy simpática y bastante fea que poco después de la muerte de mi padre me dio el pésame que más sentí. Iba yo paseando por las afueras, pensando en él, cuando me los encontré saliendo del barrio donde viven. Ella se acercó, me dio dos fuertes besos y cogiéndome las manos dijo que contara con ellos para lo que fuera: "Aquí estamos para lo que haga falta, Kufisto, de verdad"

Jose se fue y abrí el bar. A eso del mediodía hubo un leve intento de llover. Vino poca gente. La tarde iba poco más o menos que igual hasta que unos amigos vinieron para beber whisky del bueno. No quise unirme a ellos. Bueno, sí quise pero no lo hice.

Salí a la puerta y encendí un cigarrillo. Ahora sí parecía que por fin iba a llover algo. Podías oler la humedad. Es maravilloso volver a olerla después de tantos meses. La esperanza es hermosa cuando la sientes cerca. Y terrible cuando parece olvidarse de nosotros.

Oí cantar a Jose. Miré a la izquierda y vi que venía andando. Por la tarde no saca la bici, pero sí el palo de escoba con el que se ayuda para buscar en los contenedores de basura. Tiene unos sesenta años que parecen aún más en su arrugadísimo rostro y la agilidad de un chico de veinte. Hemos estado mil veces codo con codo y jamás le he olido a sudor ni a nada. Será porque no tiene un gramo de grasa. Y a que se lava. Feo sí, guarro no. Y mejor que muchos, también.

- ¿Qué pasa, Kufisto?
- Pues mira, echando un pito
- Va a llover
- También decías eso esta mañana
- Jajaja...¿me das uno?
- Toma. ¿Y tu mujer?
- Mejor, ya está mejor. Le han dado unas gotas para el ojo...

Y fumando vimos llegar una tímida lluvia.

- ¡Qué bien huele, Kufisto!
- Sí, Jose
- ¡El agua es vida!
- Sí


En silencio estuvimos un rato respirando ese aire húmedo después de tres meses infernales. Pronto escampó. Él se fue a lo suyo y yo volví a la barra y me eché una cerveza para los últimos diez minutos en el bar en compañía de los amigos.


Lo había conseguido.

viernes, 25 de agosto de 2017

TINA ROLLINS

Tina Rollins apuró su tercera copa. Hizo bailar los pequeños trozos de hielo mirándolos como a hojas secas en el suelo y dejó el vaso en la barra como si fuera un pañuelo de papel con mocos. Sacó un cigarrillo del gran bolso y se lo llevo a los labios.

- Dame fuego, muñeco -le dijo al joven camarero. Y salió a la calle para fumárselo.

Un viento furioso y abrasador estaba trabajándose a los árboles del paseo de la estación. El verano estaba acabando y las primeras hojas muertas anunciaban la próxima llegada del otoño. Tina se sonrió al verlas. Tenía 46 años y también estaba harta del calor. Una fuerte ráfaga la hizo estornudar. Cogió un pañuelo de papel y se sonó los mocos. Lo tiró y vio como se lo llevaba el viento calle arriba. Después escupió el cigarrillo, lo pisó y pasó al bar a por otra copa.

Tina Rollins se había casado joven y muy enamorada con el primer hombre que se la había follado en condiciones y que le había cruzado la cara cuando no se había portado bien. Pronto tuvieron una hija y poco después se separaron. El amor había durado hasta que el otro empezó a repartirlo por otros coños. El suyo lo notó pronto y las estrellas dejaron de ser tan infinitas como para compensar lo otro. El infinito es algo en lo que sólo pueden creer los ciegos, los vagos o los tontos. Y ella ya no era ninguna de las tres cosas.

Hay mujeres guapas y mujeres atractivas. Los chicos y los viejos prefieren las guapas, pero los hombres desean a las atractivas. Y Tina lo era. Conoció a muchos. Algunos hubo que estuvieron dispuestos a dejar a sus mujeres e hijos por ella, pero no quiso: eran poco más que unos desgraciados astrónomos podridos de dinero. Y a ella ya le habían enseñado las estrellas que había que ver y había visto para lo que valía el dinero.

La hija fue creciendo y ella envejeciendo. Pronto se vio que el fruto de sus entrañas iba a ser al menos tan atractivo como la semilla. Tina seguía pudiendo estar con el hombre que quisiera, o casi, pero poco a poco, viendo a su hija hacerse mujer, se fue dejando un tanto. Al final la niña se fue a estudiar a otra ciudad y ella se quedó sola.

Durante algún tiempo estuvo buscando un hombre. Se puso en forma y pronto volvió a causar sensación: hay mujeres que necesitan un coach hasta para mear y mujeres que les basta cualquier cosa para estar bien otra vez.

Tina Rollins volvió a ser Tina Rollins con unos cuantos años más. Y los hombres seguían estando ahí. ¿Los hombres? ¿qué hombres? Ella no veía más que a niños apesadumbrados buscando el coño de su madre. Hasta los yogurines del fin de semana, tan musculosos, se deshacían como el hielo en la copa cuando les sonreía. Era Tina Rollins, la comehombres.


Tina pidió la cuarta copa. El tren de su hija ya habría llegado al festival. Cogió el móvil y le escribió algo. Y sin esperar respuesta lo dejó sobre la barra.


- Qué calor -le dijo al joven camarero
- Sí
- Vamos a fumarnos un pito a la calle...¿fumas o qué?

martes, 22 de agosto de 2017

MANOLO

Manolo llegaba al viejo bar a eso de las nueve de la noche; o de la tarde si era verano. Nuestro bar era su última parada antes de ir a casa. Se ponía en una esquina, cogía un taburete, sacaba el paquete de tabaco y el mechero, los dejaba sobre la barra y se sentaba con tal porte y distinción, con una naturalidad, que sólo con verlo ya tenías una idea de quien podía ser ese hombre. Alto y delgado, de nariz aguileña, abundante cabello blanco y prominente nuez, era la viva estampa imaginada del hombre que ha visto mundo. Los compañeros, unos chicos por entonces, lo miraban con admiración y un cierto cachondeo. Yo también, aunque ya iba siendo un hombre. Y él nos dejaba hacer sin darle importancia.

Mi padre lo conocía de toda la vida y nos contó algunas cosas de la de ese viejo tan inusual mientras dábamos buena cuenta de aquellas estupendas cenas que hacíamos al cerrar el bar. "¿Sabes como está bueno de verdad el montado de lomo, Kufisto?" decía mi tío, "no" respondía yo esperando su respuesta, harto como estaba de hacerlos a la plancha. Y entonces partía unos filetes el doble de gordos, cogía una sartén, la ponía bien de aceite y cuando estaba caliente echaba la carne poco más que vuelta y vuelta. Después los retiraba y los cubría con ese mismo aceite. Y al pan bien borracho, sin más.

Manolo había nacido en el mullido seno de una familia bien de la comarca, de cuando las familias bien se contaban con los dedos. No había dado un palo al agua en su vida, más allá de andar de acá para allá (océano Atlántico mediante) y picar de flor en flor. Se lo pulió todo en cuanto pudo. Y ya viejo y sin un duro se vino a pasar sus últimos años a nuestro pueblo.

Tenía un hijo que a veces venía con él. Era un poco mayor que yo, aunque nos conocíamos de vernos golfeando por ahí. Pero normalmente venía solo. Tomaba vino blanco, "¿cual?", "el que sea mientras no sea malo y esté bien frío" (entonces no había la tontería que ahora hay con el vino), se bebía pausadamente tres o cuatro fumando un cigarrillo tras otro y cuando iba a marcharse a su habitación de realquilado pedía una botella de vino y un trozo de mojama para llevar.

No es que no hablara con nadie pero a ninguno buscaba. Él estaba ahí y si alguien se le acercaba hablaba con él. Conmigo lo hacía cuando le apetecía. Siempre he sabido escuchar a los viejos. Él me contaba cosas y yo lo oía con atención. Le gustaban las mujeres caribeñas y la gente educada. Abominaba de la violencia y de los extremismos. La modernidad le parecía un cuento chino. Un bolero abrazado a una bella mujer era lo más grande de la vida. Todo lo demás era mentira.

Una noche alguien puso una cinta de Julio Iglesias en el muy sufrido equipete de música que teníamos bajo la vitrina. Y entonces él, en su taburete de aquella noche que siempre parecía ser el mismo de lo bien que le sentaba, se puso a canturrear mientras fumaba. Esto era algo que jamás había hecho con Iron Maiden, U2 o los Chemicals Brothers, repertorio habitual cuando ya andábamos de recogida con el mute en el televisor. Y fue tal la cosa que a partir de entonces cada vez que entraba al bar alguno ponía a Julio para recibirle.

- Hola, Manolo. ¿Un vinito?
- Pues sí

"Soy Quijote de un tiempo que no tiene edaaad...soy feliz con un vino y un trozo de paaan...¡y también, como no, con caviar y champáaan!"

Nos metíamos a la cocina para reír. Era él, era Julio y estaba en nuestro bar.

Le cogimos mucho cariño. Reírse de alguien no siempre significa perderle el respeto, al contrario: todos queríamos que él nos prestara atención. Él se daba cuenta de todo, claro. Pero le divertía. Era un tío inteligente.


Después nos fuimos del viejo bar y ya no volví a saber nada más de él. Supongo que murió hace mucho tiempo.




lunes, 21 de agosto de 2017

LOS ESPONTÁNEOS

Es un golfo, un mujeriego. Su padre fue policía y él se hizo maestro. Hace unos años dejó de serlo, tal cual, sin pedir una baja o una reserva temporal o como quiera que se llame eso. Se hartó y se fue con lo puesto dejando atrás todo lo que conlleva ser funcionario. Quien me lo contó, aún reconociéndole como un sinvergüenza, no podía ocultar cierta admiración al hacerlo. Y yo, que sólo lo he conocido de refilón, no dejé de mostrar cierta simpatía por ese inusual gesto.

Nuestros encuentros juveniles fueron eso, encuentros. Teníamos algún amigo en común y muy esporádicamente coincidíamos por ahí, sin que ninguno mostráramos el más mínimo interés por el otro. Se casó pronto, fue padre y poco tiempo después se separó entre rumores de palizas, malos tratos e infidelidades. De vez en cuando lo veía pasar por delante del bar con algún cochazo en compañía de alguna tía buena y poco más. Nunca le han faltado mujeres, no así amigos. Y de guapo o cuerpazo tiene bien poco. Será que sabe como tratarlas. Pero suele suceder que quien sabe tratar a las mujeres no sabe tratar con los hombres.

Poco después de dejar su trabajo se juntó con un familiar y abrieron un negocio que les fue muy bien durante algún tiempo. El dinero entraba a espuertas y daba para todo, hasta para construirse una especie de mansión en las afueras del pueblo que suelo pasear.

Una tarde vino al bar uno vestido de torero.

- Un café con leche

Se lo puse. Era un chico joven, ennegrecío, delgado, con cara de haber visto hasta muertos andando. Dejó la montera sobre la barra y suspiró.

- ¿Tu eres un cobrador de morosos, no? -le pregunté perspicaz
- Claro, quillo, qué voy a ser...¿Voy a ir así vestío con la que está cayendo, mi arma?

Me reí. Estábamos solos y hablamos un rato. Una vida perra, sin duda, pero esa era su vida. Ya se iba cuando me preguntó por una dirección. Y entonces supe quien era el moroso que estaba buscando. Un par de horas más tarde pasé, como todos los días, por aquella mansión de las afueras. Y allí estaba el torero, junto a su coche de feria aparcado detrás del deportivo. La policía estaba tomándole los datos y el moroso no hacía más que gesticular enfurecido. El torero callaba y sacaba papeles en silencio, más acostumbrado a salir por la comisaría que por la Puerta Grande. Pero esa tarde al menos hubo uno que en silencio pidió las dos orejas y el rabo. Aunque seguro que no fui el único: todos los palcos y barreras aledañas tenían las persianas a medio echar.

Hará un par de años que este de quien os hablo empezó a venir al bar por las mañanas. Solía llegar él solo con aspecto de no haber dormido, se tomaba un par de cafés con dos sacarinas, compraba un paquete de Marlboro y salía a fumar cada dos por tres. Alguna visita al baño para meterse una loncha y hablar de algo conmigo. Un rato más tarde aparecía una tía y le metía un poco de mano mientras desayunaba. Así durante algunos meses. Ya había roto las medias del negocio que tan próspero había sido y andaba trampeando de acá para allá. Hubo, me dijeron, quien le soltó una hostia en su propia fábrica y no consiguió más que se echara a llorar como un chico pequeño.

Una mañana vino al bar mi proveedor principal en compañía de un señor muy serio y encorbatado que luego supe era representante de vinos. Este fue a sentarse a una de las mesas y ya solos mi proveedor y amigo me contó que habían quedado con el figura para negociar la posibilidad de suministrarle al bar que iba a abrir. Yo me quedé de piedra. Si hay alguien que conoce los piescojeísmos son los proveedores, y más en las circunstancias en las que estamos. Pero como él me dijo, "si no lo hago yo lo hará otro. Aunque eso sí, no somos tontos" Doy fe.

El nuevo y próximo competidor en esta jungla que es la hostelería llegó y enseguida me di cuenta de que iba puesto. Ya sentados le vi gesticular muy serio, demasiado, como sabiendo que los que tenía delante no eran ningunos pardillos a los que engatusar. Al final la cosa se hizo y para la Semana Santa de este año abrió su bar. Salió hasta un reportaje en el periódico local. En las fotografías podía verse a un pianista y a una mujer cantando, un jamón, algunos clientes con caras de no creérselo y a él tirando una caña para la posteridad, puede que la única.

A los dos meses dejaron de abrir por las mañanas. Y el mes pasado, ya con un par de semanas de cierres permanentemente bajados, le cambió el nombre por otro aún más ridículo y todavía no lo ha abierto. Ni lo va a abrir. Será otra jugada más. Patada adelante y a correr. Y como este, muchos.


Mientras tanto, a los cuatro toreros que vamos quedando no nos queda otra que jugárnosla cada tarde con el ruedo lleno de espontáneos y la enfermería cerrada a cal y canto.

sábado, 19 de agosto de 2017

MAL DE OJO

- De trescientos sesenta y cinco días que tiene el año -dije-...salvo veinte. Y me paso.

Jose se rió. Yo también. Todavía faltaba algo más de una hora para acabar mi turno en el bar. Me serví una copa e hicimos tiempo hablando del calor, las mujeres, las familias, Led Zeppelin y un faro en Groenlandia. Después lo acerqué a casa y me fui para la mía a escribir. Estaba abriéndose la puerta de la cochera cuando vi que del portal de enfrente emergía la irritante figura de uno que camina como si estuviera planeando en el aire. Iba con su hijito, como esta tarde en las cocheras, cuando a eso de las tres me vine con la excusa de cagar aunque más era para quitarme de en medio durante media hora. Me saludó como si fuera escuchando "El cóndor pasa" y haciéndole un gesto con la mano enfilé hacia mi plaza de garaje. Abrí la segunda puerta de acceso a mi bloque y casi estrello al chico del vecino que estaba detrás junto a su padre. "Perdón" dije con el pito en la boca. Pasé al ascensor y me miré en el espejo hasta que llegué arriba. Al final solté una tremenda mierda y volví para el bar.

Una sensación de pesadez, como de estar siendo objeto del conjuro de la rechazada mujer de ayer o víctima de un resfriado imposible no me había abandonado desde la tarde anterior. La noche había sido tan calurosa que por tres veces tuve que darle la vuelta a la almohada. Al menos no he despertado con una herida en la frente. Días hay en los que lo hago sangrando. Suelo morderme las uñas, pero a veces se me olvida. O eso o el conjuro.

El sistema del sábado en el bar es algo diferente al de los demás días. Para empezar, abro más tarde y soy yo el que friega; aunque Josemari, el merchero bueno, me echa una mano a cambio de un paquete de tabaco y cuatro perras. Luego voy a comprar y abro a eso de las diez y media. Y poco a poco, de uno en uno, van llegando los clientes del sábado a primera hora.

Café, periódico y silencio. La música country haciendo de ruido blanco. La tele en modo mute y en un canal olvidado de la mano del Gran Arquitecto. Uno en una esquina de la barra, otro en la otra y aquel en el ventanal. Yo en la cocina preparando el arroz del mediodía. El ciego que llega repartiendo bastonazos. "Aquí, Paco, aquí" Un "ponme" y un "¿que...?" que serán continuos mientras no tenga ganas de fumar. Luego algo, muy poco, y después una escapada para al menos poder cagar tranquilo en mi water.

Al kilo de arroz le sobraron casi tres cuartos. Mi hermano se llevó algo para su casa y el resto se quedó allí esperando a que lo tiraran por la noche. El arroz tiene su momento. Fuera de él sólo está para estómagos demasiado hambrientos por enfermos.

Jose llegó y poco a poco fue viendo algo. Le cuesta pasar de la luz a la penumbra. Ni los chicos de Montoro fueron capaces de negarle la jubilación prematura. Vamos a irnos un par de semanas a Las Vegas en cuanto nos toque alguna de los dos apuestas fijas que jugamos a la Primitiva desde hace año y medio.

Suele venir un par de veces por semana, aunque a veces no aparece ni en dos o tres: o su madre está un poco pachucha o ninguno de sus hermanos "puede" llevársela con ellos. Él se calla y lo acepta. Y luego bebe y me lo cuenta.

- Pues eso es lo que hay, Kufisto -dijo al acabar su relato
- Ya...
- ¿Y tú como vas?
- Una mujer me ha echao mal de ojo -insistí, ahora de viva voz
- ¿Otra? la madre que te parió...
- Pues sí
- No te queda mas solución que el faro
- Lejos
- Lejos
- Muy lejos
- Anda, Destroyer, quita la puta mierda que tienes puesta y pon a los Zeppelin
- Pues sí...pá cuatro que estamos
- Y después de Las Vegas a Groenlandia con tu puto faro.

- ¿Sabes? -le dije- De trescientos sesenta y cinco días que tiene el año...salvo veinte. Y me paso.










miércoles, 16 de agosto de 2017

LOS PARÉNTESIS DEL BAR

Todavía estaba fresca la imagen de la mujer del director del banco cuando un viejo llegó y apartando como pudo la cortinilla de la entrada pasó al bar. Había un hueco justo a su izquierda y allí se quedó. Un hombre que estaba a su lado le cedió su taburete y el viejo se sentó. Me acerqué, le di los buenos días y le pregunté qué iba a tomar.

- Una cerveza -dijo mirando como colocar su bastón.
- ¿Grande o pequeña? -le dije. No es algo que suela preguntar a no ser que quien la pida ya tenga una edad.
- ¿Como es la grande?

Le enseñé la copa

- Pues grande -dijo ante mi decepción.

Era un hombre más enfermo que viejo. Tenía aspecto descuidado, sin afeitar, despeinado, de uñas un tanto largas y con algo de roña. Le puse la cerveza y un par de pinchos de los que no necesitan tenedor, aunque añadí un par de palillos a modo de banderillas sobre el asadillo de pimientos en pan tostado; lo otro era un simple trocito de sandwich mixto sin tostar. Blandito.

El bar se vació y nos quedamos solos en compañía de un chaval que lleva unos días viniendo por aquí a diario después de hacerlo de higos a brevas. Más o menos desde que he empezado a hablarle. Ahora está de vacaciones. Trabaja en las oficinas de una mediana empresa; ordenadores y tal. Yo hubiera jurado que era camarero. Es un tipo solitario, callado e introspectivo. No sé por qué me caía gordo. Ahora, después de tratarle un poco, veo que es otro buen chico. Nadie tiene la culpa de ser como es. No es fácil trabajar con tu código genético.

Conoce gente, no es ningún asocial. El otro día, el sábado sin ir más lejos, se saludó con alguien que jamás en la vida hubiese pensado que conocería. Quizá también él tenga su pasado. Y quizá por eso ahora anda solo. También saludó a alguna mujer. Bastante atractiva, por cierto; pero lo hizo de la manera en que suelen hacerlo quienes no saben tratarlas nada más que desde la distancia.

Suele colocarse en el centro de la barra. Cosa rara porque se ve que es un tío de bar y estos normalmente escogen las esquinas. Pide un tercio, sin vaso y sin pincho. Pasa una servilleta por el gollete y bebe a tragos pequeños y frecuentes. Después pedirá otro. Y otro. Y otro. Cuatro es la base, aunque el domingo se le unió un amigo cuando ya llevaba un rato y se pimpló seis. Suelo invitarle al último cuando ya ha pagado, tal y como me enseñaron. No lo desprecia. Fuma tabaco de liar, como yo. Lleva su chivata y una bonita cajetilla metálica donde guarda el papel y algunas boquillas. Una mañana que le pedí un pito me di cuenta de que usamos el mismo papel y las mismas boquillas. Se lo dije y él amplió un poco más su desencantada sonrisa habitual. No estaba malo su tabaco a pesar de parecer seco al tacto. Me dijo que era así, que no llevaba ningún tipo de no sé qué. Y no, no estaba seco.

El viejo sacó el teléfono y empezó a hablar por él. La radio country del Spotify estaba seleccionando casi las mismas canciones de siempre sólo que en diferente orden y ninguno de nosotros se puso a bailar, siquiera a canturrear. Los paréntesis en los bares son así de largos, que ya llega un momento que piensas si te saltaste el de cierre o si alguna vez hubo uno de apertura. Y como la música era una mierda soportable y el viejo se notaba que nunca le había susurrado nada a ningún caballo nos pusimos a escucharle.

Toda la movida se reducía a un candado. Había una casa de campo, puede que una finca, una cochera y un coche. Al otro lado de la línea estaba una mujer. El viejo le preguntaba por una llave. La otra no sabía de qué llave estaba hablando. Salió a relucir la Sagrario. Por la respuesta supimos que al menos había dos con el mismo nombre. El viejo empezó a soliviantarse y colgó. Hablando entre dientes marcó otro número. Miré a Enrique y vi que estaba sonriéndose como yo. Quizá también estuviera recordando a su padre. En el bar se escuchó un clarísimo "soy el último mono" Yo tuve que pasarme un momento a la cocina. Cuando salí, la Sagrario, una de las dos, tampoco sabía decirle al viejo donde estaba la llave que abre el candado de la cochera de su finca. Recuerdo algo de "la alfalfa" y un sonoro "me cago en Dios" Después, el silencio, una mirada al móvil tipo informe médico y un qué te debo.

- El pan está duro -me dijo señalando el del asadillo que se había comido con los palillos.
- Ya, es que lo tostamos -le dije yo
- Ya, pero yo con los dientes...-respondió señalándose la boca.

Se fue.

Eran las doce y media y yo ya tenía una ganas locas de echarme un pito que no tenía. Mi hermano se estaba retrasando y no podía esperar más. Le pedí uno a Quique y me lo fumé en la puerta, tras la cortinilla, charlando amigablemente.

Ninguno mentó al viejo.


No hacía falta.

jueves, 10 de agosto de 2017

DÍA DE TARDE

- ¡Me voy a la vaquilla, Kufisto!
- No jodas
- ¡Sí! Esta tarde -dijo riendo-, con la moto que así controlo más. Ponme un chupito. Llego a casa, como, una buena siesta y me voy con este que acabo de llamar, nos tomamos cuatro cervezas y nos fumamos cuatro porros y para casa, tranquilitos, sin historias...Que luego coges el coche y te bebes cuatro copas y te metes cuatro rayas y te vuelves loco, coño. ¡Pero loco, Kufisto, eh! Mira, estas dos últimas veces que he pillado medio pollo los he tirao a la mitad por el retrete del asco que me estaba dando a mi mismo. Haciendo el subnormal, el payaso, metiéndome en líos...¿para qué?, ¿para qué, coño, para qué? ¡Será que me hace algún bien! Joder, que tengo 31 años y un hijo que sólo puedo ver de higos a brevas...No, se acabó esa mierda...Mi motejo de tranqui, cuatro birras y cuatro petas, unas risas y pá casa. Asco ya de tanta mierda.

Se fue. Salí a la calle y encendí el primer cigarrillo del día. Lo tiré a la mitad y a los cinco minutos estaba acordándome de él. No salí a buscar la colilla como otras veces porque sabía que había más en el paquete que a veces guardamos de reserva en el frigorífico. Bueno, cualquier día de estos será el bueno.

- Hola, Kufisto
- Hola, Pachi
- Ponme una caña
- ¿Qué tal va eso?
- Bien, bueno...que no puedo quedarme solo, jajaja...
- ¿Y eso?
- Ná, que el martes me lié. Tengo a la mujer con los chicos en la costa. Hoy vienen. Yo no me pude ir porque estoy de baja y tal, no sea que la cague otra vez...Pues ná, que estuve por aquí por la noche, con tu hermano, y luego vinieron la Antonia con su novio y, bueno...ya sabes. Venga copas, venga rayas...que nos fuimos para el Birras y joder, ¡estaba aquello lleno, coño!
- ¿Qué hora era?
- Pues no sé, ¿a qué hora me iría de aquí? ¿a las...? joder, no me acuerdo. La una y media o las dos, no sé...Bueno, que hacía siglos que no iba a ese garito. Desde que lo llevaba Alex, más o menos
- Joder, pues como yo
- Pues no veas como ha cambiao la película. Ahora hacen cenas y tal. Tipo montados, pizzas, burguers y todo eso...La gente también es diferente, no es tan, tan...como era antes, de golfos y eso...
- Ya, ya...
- Bueno, pues llegamos allí, bien pasaetes, y llega el Naranjito, el pequeño, ¿lo conoces?
- Claro, muy buen chico
- Pues ese. Y llega y nada más entrar viene a saludarnos y tal, que si esto que si lo otro, que si tal pascual...yo ya estaba cagándome en Dios, pero bueno. Y en esto que nos dice que si íbamos a cenar. ¡Mira! Y ya cojo y le digo que qué cojones le importaba a él si íbamos a cenar o no. ¿Y sabes lo que me dijo?
- ¿Qué te dijo?
- Que bueno, que ¡él era el camarero!
- Jajajaj
- Jajajaj...Me cago en la puta. se quedó blanco el pobre chaval.
- Normal
- Joder...En fin, que en una de las veces que nos salimos al coche volvimos y ya no quedaba casi nadie. Se vació de golpe. Y ná, ya a eso de las cinco nos fuimos ya medio echaos de allí...Y bueno, pues eso. Que no puedo estar solo.

Llegó de trabajar una vieja gloria local y se vino con nosotros. Le puse su tercio de la Mahou y empezaron a cruzarse viejas historias al relance de las últimas brasas de la anterior. Vi su camiseta y conté una anécdota del personaje y su fantástico año 1972 del que no recordaba nada.

- Joder -dijo el portador- eso me pasa a mi con los cinco años que pasé en Madrid en los ochenta. No me acuerdo de nada. Es como no sé, como un paréntesis en negro de mi vida. Todo entripao, todos los putos días...De vez en cuando me he encontrado a alguien preguntándome si no me acordaba de él. "¿Yo qué coño me voy a acordar de ti? ¿quien eres?" Y entonces me decía que era este, que me había conocido en tal sitio, con tal gente, en tal movida...Y ya empiezan a venir algunos fogonazos a la cabeza. O si te metes algo, no ácidos, yo no tomo de eso desde hace mucho tiempo, pero algo...Y es como si el cerebro volviera a coger aquella onda y te entornara un poco la puerta de todo aquello...Joder, la hostia...Pero si estás normal no te acuerdas de ná. Es más, que a muchos los he mandao a la mierda. Alguno se llevó un buen hostión, como aquel pesao en el bar de Pepe que salió por la cristalera. ¡Y menos mal que estaba abierta!
- Jajaja
- Jajaja
- Que sí, que sí, que no soporto a los putos pesaos, que si he dicho que no te conozco es que no te conozco, no me toques más los cojones

Pachi contó algunas buenas historias de sus años perdidos y después se fue.

- Tipo duro el Pachi -dijo
- Joder, y tan duro
- Pocos le han pegao y a muchos ha baldao
- Una fuerza de la naturaleza. Un buen tío con problemas. No llegué a conocer a su padre pero el mío sí y decía que eran iguales. Buena gente mientras los conocieras. El peligro se esconde en el desconocimiento. De aquí vienen todos los malos entendidos.
- Joder...muy profundo eso, Kufisto, muy profundo...Anda, me voy a comer que sino mi mujer me va a estrellar el plato en la cabeza...¿qué hora es? ¡las tres menos cinco! ¡adiós!

Y se fue echando a correr para que me riera.

Uno de mis ciegos preferidos de la ONCE se pasó a verme, tomarse algo y ya de paso colocarme un cupón de los que nunca tocan.

- ¿Como va eso, Domingo?
- Mal, Kufisto, mal -dijo de buen humor, como siempre, tanteando la barra y el taburete. Todavía ve algo, pero el cambio de la luz del día a la del bar le deja momentáneamente ciego total. Se sentó- Dame, dame...¿qué me vas a dar? joder, si es que no puedo tomar ná.
- Ya me dijeron ayer que el martes te sacaron azúcar o no sé qué -desde hace años lleva una lucha constante con sus niveles, siempre descompensados.
- Sí, sí...algo de eso, siempre hay alguna historia. ¿Tienes leche desnatada o semi?
- Nooo
- Pues ponme un cafe con poca leche
- Marchandooo

Le quedan un par de años para jubilarse. Hará doce que empezó a perder visión y tuvo que dejar de trabajar el bar que llevaba junto a su mujer en un lejano pueblo de la ancha Mancha. Se metió a la ONCE y lo mandaron para acá. Los fines de semana va a ver a su familia. Hace poco casó a una hija. Es padre de tres y una de ellas es su tesoro especial, muy especial, y está casado con una mujer que ha caído en una depresión desde hace unos meses. El anterior a la boda de su otra hija estaba tan nervioso que perdió hasta peso. Todo acabó saliendo bien. Él fue quien me hizo la mejor foto que me han hecho en la vida. Fue una mañana en la que yo estaba de resaca criminal. Llegó y pidió algo. Se lo puse y me senté ante el ordenador, mudo. Entonces él, sin decir nada, me hizo la foto.

- Mira, Kufisto
- ¿Qué, coño?
- Miiira, don Cabreos.

De mala gana le cogí el teléfono esperando ver cualquier gilipollez de vídeo. Y entonces me vi. Me vi por primera vez en mi vida en una fotografía. Ese era yo. Ese. Ese y no otro. Le dije que la pasara a mi teléfono y la puse en el wasap. Ese soy yo. Ese seré yo si algún día llegáis a verme. Y es que Domingo, antes de ir perdiendo visión y tener que hacer cosas de ciego, fue un fotógrafo aficionado. Y eso se nota.

- ¿Como ha ido la venta, petardo? -le he preguntado
- Mal, mal...No hay nadie. Está todo el mundo por ahí. Luego dicen que hay crisis
- Pues ya somos dos.
- ¿Y Paco? ¿no ha bajado a tomar café?
- No tardará -dije. Paco es el ciego oficial del bar. Está jubilado y pasa de todo. Si mañana saliera el sol por el oeste él estaría esperándome en la puerta del bar a las siete y cuarto de la mañana, bastón en mano y pito en la boca.
- Pues toma el cupón que me voy. Dale recuerdos al neonazi.
- De tu parte
- Paz y amor
- Dijo el Señor
- Eso

La tarde se iba. Mi día laboral se acababa cuando llegó un buen hombre que sólo viene cuando tiene a alguien muy enfermo. Esta vez es su anciano padre. Ya va para una semana que nos vemos. El sábado pasado cambió su eterno tubo de cerveza por tres Larios con cocacola. El día anterior me había enseñado un mensaje de su ex. Estaba con su "amigo", decía, y no se había enterado hasta ese momento, dos días después. No podía haber dicho que había estado de compras, o de peluquerías, o en un concierto de cámara en Baden-Baden, o vendimiando en la Toscana, no...Tenía que decirle que estaba con su "amigo" Entonces, al relance, que es como pasan las cosas en los bares, me contó que tiene un hijo en la cárcel por "subnormal" (drogas) y otro que "sigue estudiando con 27 años" y al que todavía tiene que mantener.

- ¿Qué tal? -le he dicho
- Bueno...
- ¿Qué te pongo?
- Un tubo, como siempre. Lo del otro día fue el otro día.

El asunto va a mejor. Las pruebas de la alarmante anemia que ingresó a su padre están dando resultados negativos y ya no hay más orificios donde rascar. Todo está medio correcto y probablemente le den el alta este fin de semana. Anemia y cáncer son cosas que suelen ir juntas y parece ser que esta vez ha habido suertecilla.

Estábamos hablando del tema cuando ha llegado Paco dando bastonazos a diestro y siniestro.

- Ahí, Paco, ahí, donde estás -le he dicho
- Ponme un café
- Recuerdos de tu amigo Domingo
- Pues bueno. ¿Qué has comido? -ha preguntado como todas las tardes desde que el mundo es mundo, o eso recuerdo.
- Pues algo que te hubiera gustao
- ¿El qué?
- Tus mejillones a la vinagreta con un bote de judías que he comprado en el moro. No he dejao ni uno.
- ¿Ni uno?
- Ni uno
- Cabrón
- Bueno, tú te comiste diez este mediodía
- Ya, ya...¿Sabes donde va a ir la botella de agua hoy, no?
- Me lo imagino
- Pues eso

De un tiempo a esta parte ha cogido la costumbre de tirar la botella vacía de agua tras la barra. Entonces yo me agacho, la recojo, le digo cabrón y la tiro a la basura. Bueno, no ve nada desde los veinte años, su padre está inconsciente en la cama desde hace ocho y la anciana madre se encarga de los dos. Sus hermanos están pendientes pero tienen sus familias y sus vidas. Ayer vi a uno de ellos y lo reconocí cuando estando en la calle fumándome un pito me saludó de refilón al pasar por la puerta con su rubísimo hijito.

- Hoy me voy de cena con mis hermanos, Kufisto -ha dicho
- Muy bien, Paco
- Vamos a aprovechar que estamos todos por aquí
- Claro...¿Y la mama?
- La mama se queda con el papa
- Bueno, pues nada, a hincharse, figurín
- Y mañana pesaje con la dietista
- Pues a palmar
- Pues que le den
- Haces bien, Paco, haces bien
- Pues claro. ¿Qué te debo?

Paco se fue y el otro se quedó un poco más. Me pidió un par de sandwichs para su padre y su tercer tubo. Y un rato más tarde me quedé solo.


Salí a la calle. La tarde estaba perfecta para dar un buen paseo. Sólo faltaban veinte minutos para el cambio del turno. Consideré el tiempo y la posibilidad de beberme una cerveza helada y fumarme un pito. Dudé un tanto y pasé adentro. Cogí una copa del congelador y me serví una cerveza al gusto. Rulé un cigarrillo del frigorífico y salí afuera. Una mujerona pasó delante de mis narices para sentarse en la terraza que hay en la otra manzana.


Y entonces pasé adentro, pillé una bolsa de hielo, la metí en el coche y esperé un poco más.


Todavía no he olvidado que Johnnie Walker y Golden Virginia siguen esperando que llegue a casa.

domingo, 6 de agosto de 2017

LA CORTINA METÁLICA

Tengo una cortina metálica en la puerta del bar. La pongo cuando llega el tiempo de las moscas y la quito cuando se les acaba. Entonces la enrollo, la meto en una bolsa de basura y la guardo. Ya son muchos años y le faltan algunos eslabones por abajo. A veces, con el paso de los años y de los niños (los únicos que reparan en ella), ha perdido algún hilo que he sustituido por otro de la perenne que tengo colgada a la entrada de la cocina. Al mediodía, con el calor extremo, la estrangulo y cierro la puerta. A veces, con el paso de la gente, tiende a desatarse y tengo que volver a hacerle el nudo. Pero esto es algo que ya pasa muy pocas veces. Que yo recuerde, este año todavía no ha sido necesario. Y no es que haya aprendido a hacer nuevos nudos. Puede que sólo sea que la ato más fuerte. O que alguno de mis hermanos lo haga por mi. No lo sé.

Por ella ha de pasar todo aquel que quiera vernos a mis bebidas y a mi. Ya sea a puertas abiertas o cerradas el roce es inevitable. Y ya sea como sea tampoco te salvas completamente de visitas no deseadas: lo pequeño o momentáneo para nosotros es grande y casi infinito para lo minúsculo. Aunque ya dentro les espere otra trampa en forma de luz incandescente. A veces suena y sabes que algo ha muerto. No deja de ser una buena forma de irse de este mundo: "crucé la cortina y fui hacia la luz" Morir por el odioso bayetazo de cualquiera habiendo una luz que te espera con los brazos abiertos es algo todavía indigno para cualquiera. Esto lo saben hasta las buenas moscas.

Mucha gente ha pasado por mi cortina, mucha...Pasan y se van. Algunos vuelven y otros no. Lo que yo tengo lo tienen muchos otros. Y mis ojos suelen dar para darse una prórroga a casi todo aquel que no sea ciego.

El hombre de ayer ha vuelto a venir hoy. Yo estaba cagándome vivo y ya me iba para hacerlo en casa cuando ha cruzado la cortina.

- ¿Un tubo? -le he preguntado ya con el vaso en la mano y casi que cogiendo el grifo de la cerveza.
- No. Hoy no que vengo hasta los...Ponme un Larios con cocacola.

Y mientras se lo ponía ha empezado a contarme otro capítulo de la odisea con su familia. Yo me he ido y ahí lo he dejado con mi hermano y un par de clientes. Al volver veinte minutos después lo he visto subir calle arriba, las manos en los bolsillos, uno de sus hijos en la cárcel "por subnormal", su ex jodiéndole con mensajitos de móvil y su padre medio muerto en el hospital.

- ¿Y este tío? -me han preguntando entre risas al cruzar la cortina.
- Pues ná -he dicho- Un hombre con problemas.
- Jajaja...

No sé lo que les habrá contado pero sí que se ha bebido tres copas.

Me quedé solo un rato. Después alguien muy cercano me dijo que estaba amargado. Yo dije la verdad, que soy feliz, que estoy como quiero estar y que hago todo lo que puedo para no joder a los demás. Tuve que servirme una copa para aguantar sus embates. Él ya iba por la cuarta y había que hacer algo para mostrar interés:

- No pones la música adecuada, ni la tele, ni ná...¡Joder, pasas de todo el mundo! ¡Esto es un negocio, Kufisto, un negocio, joder!...¡Con lo listo que eres!
- ¡Pero me cago en Dios! ¿qué tengo que hacer, joder? Si me piden fútbol, se lo pongo; si me piden tal música mientras no sea una puta mierda, se la pongo...
- Ya, ya...pero tú antes molabas, joder, te enrollabas con el personal y tal...¿Y ahora, qué? Ahora estás ahí, pasando de todo...
- ¡Pero qué voy a pasar de todo!
- ¡ Que sí, coño, que sí, que pasas de tó, hostia, que ni te das cuenta!
- ¡Y qué tengo que hacer! ¿ponerme pedo todos los días?
- Me cago en Dios...

La conversación estaba empezando a llegar a su cenit cuando una tía atravesó la cortina y con ella cualquier intento de hacer cima. Empezaron a hablar de gilipolleces y desconecté. Será por eso que dicen que estoy amargado. Me serví otra copa y esperé el cercano relevo.

Llegó una de las putas del edificio de enfrente. La pareja se salió afuera para fumar y me fui a hablar con ella.

- ¿Qué tal el finde? -le pregunté intentando hacerme el simpático.
- Bueno...normal. La gente no tiene un duro
- Ya
- Ahora en septiembre, con la vendimia y eso...
- Claro

Lleva un par de meses por aquí. Trabaja en un club de un pueblo cercano ("sala de fiestas" como me dijo el otro día) y aparte hace sus cosas en el piso. A veces viene al poco de abrir el bar, a eso de las ocho de la mañana, toda volada, y se bebe un par de cervezas antes de irse a acostar.

- Venga, vete pá casa a dormir...
- Ya, ya, cariño, ya...

Quiere abrir un garito. Mañana se va a Valencia a no sé qué. Me ha aconsejado algunas mejoras en mi local en forma de tías enseñando cacho y poniendo cocktails. Yo la miraba como si me estuviera hablando un entrenador de fútbol. Le di algunos consejos generalistas con respecto a su paranoia de bar y me serví una cerveza en el vaso más grande que encontré. Salimos a echarnos un pito y se fue.

- Ahora venimos todas -dijo
- Vale -dije yo

Faltaban cinco minutos para las siete. Hora de relevo. Llegó mi hermano y me fui.


Abrí la puerta de mi casa. Me acordé de mi gato muerto. Maldita resaca y maldita vitamina C aguada...


Encendí el ordenador, subí un poco las persianas y abrí un tanto las ventanas.


Funciona cuando sólo eres tú quien tiene el mando.

viernes, 4 de agosto de 2017

AMIGOS PARA SIEMPRE




Éramos muy jóvenes y fuimos buenos amigos. Los del colegio eran eso, del colegio, y los del barrio ya habían quedado atrás. La pubertad había llegado y con ella el ansia por conocer gente nueva, diferente y cercana. La fiebre del fútbol empezaba a dar paso a la musical y este fue el hilo que nos unió. Nos juntábamos en alguna casa disponible y escuchábamos todos aquellos discos con verdadera devoción. Era imposible que hubiese música mejor en el mundo, aunque muy pocos estaban de acuerdo con nosotros, cosa que lejos de desanimarnos nos reafirmaba todavía más. Después salíamos por ahí y jugábamos a ser hombres. Y cuando alguno caía nunca se quedaba solo. Un par de años más tarde empezaron a llegar las chicas, tan diferentes a las que veíamos en las pelis porno, y el grupo comenzó a resquebrajarse: ya no era lo mismo con ellas en medio. Algunos acabaron por dejarlo. Llegaron más drogas que los porros y el alcohol. La música que nos había unido ahora nos tenía encerrados en una jaula. Habíamos vuelto a la casilla de salida. Pero otros no. La partida no empezaba otra vez. La partida seguía. Y ya, casi desde el principio, íbamos a remolque. Me fui cuando las pastillas tomaron el relevo de aquella música que ya estaba dejando de escuchar.

Los años pasaron y las casillas no tanto. Algunos hubo en los que existió la posibilidad de avanzar unas cuantas, pero pudieron más los errores del inicio. Hay quien aprende de los suyos y hay quien los prefiere a los aciertos de los otros. Yo todavía soy de estos.

Antes de ayer vino al bar uno de aquellos buenos amigos con un conocido. Está tan gordo que ha tenido que dejar de trabajar. Me lo contó la última vez que estuvo por aquí, hará un par de meses. Se quedó dormido con el camión y a punto estuvo de matarse. Ahora está viviendo con su madre, siguiendo un plan de adelgazamiento, durmiendo con el oxígeno para su apnea y haciendo de tripas corazón para no salir a la calle con sus amigos. Pero el martes se dio un homenaje. Salió a comer por ahí y después vino a verme para tomarse unas copas y alguna que otra raya. El otro se lío a jugar con la tragaperras cuando vio que empezaba a contarme cosas que él ya había oído. Mi amigo no paraba de hablarme fuerte y de mirarme a los ojos como si fuera a desaparecer. Nos reímos un montón con sus peripecias por Europa. Me sorprendió un tanto su tremenda humanidad escondida bajo esa brutal apariencia que siempre ha tenido. Son muchos años sin apenas contacto de vis a vis, nada más que lo típico de muy allá para cuando y siempre en compañía de otros. Me decidí a echarme una cerveza cuando pidió su segundo gin tonic. Y saqué un paquete de tabaco después de otros cuatro días sin fumar.

- Todo está en la cabeza, Kufisto, todo. Yo voy al dietista y me dice: "Mira, no te voy a volver loco con el tema del pesaje y demás. Lo importante es que tú te lo creas, que sepas donde estás y el problema que tienes, pero no te obsesiones. Lo tuyo es cosa tuya y de nadie más" ¡Me cago en Dios, Kufisto! ¿tú sabes lo que es oír eso después de estar tratando con una jodida zorra de médica que no hace más que decirte que si esto y que si lo otro, como un puto sargento? Que si deje a mis amigos, que si esto, que si lo otro...¡Pero como voy a dejar a mis amigos! ¿y qué hago? ¿me suicido? Yo cumplo, Kufisto, cumplo...Mis verduritas, mis carnes a la plancha y tal, azúcar cero, el tabaco...el tabaco no puedo dejarlo aunque fumo menos, claro, y el alcohol...bueno, soy alcohólico, bueno, medio alcohólico, y a la hora de comer mi vino con sifón y tal, pero nada más. Ni copas, ni chupitos, ni pacharanes, ni cervezas, ni nada...nada ¡Pero coño, el vino con la comida no! Luego me llaman mis amigos; que si vente, que estamos aquí, que esto y lo otro, que tal y cual...Y yo les digo que no. Que no. ¿Entiendes, Kufisto? ¿lo entiendes? ¡Les digo que no y me quedo en mi puta casa con mi madre! Bueno, sí, hoy estoy con este...pero es hoy. Un tío como yo no puede estar encerrado a tutti sin desfogar de vez en cuando, que son muchos años...Yo lo único que quiero ahora es ponerme bien, volver a trabajar ¡y agenciarme una mujer barbuda aunque sea, coño!

Pillé otra cerveza y salimos a la calle para fumar. Él siguió hablando y hablando de toda la gente y sitios que había conocido. Gente y sitios reales, fuera de toda ruta turística. Y para nadie tuvo una mala palabra, al contrario. Sólo para los "coletas" de aquí, como él los llama. Gente que no sabe una puta mierda de nada mientras dictan todo lo que les dictan. Él, un tío que si ha sido de algo es de izquierdas, cagándose en las cabezas de quienes ahora llevan sus riendas.

Llegó mi hermano y me fui. Si él hubiera estado solo me habría quedado, fijo. Pero mejor así. Y nos despedimos con un gran abrazo después de acordarnos de nuestros padres muertos.

Esta tarde ha venido un amigo del barrio. Hacía años que no lo veía por aquí. Casado en su momento, padre poco después, propietario junto a sus hermanos del muy boyante negocio que heredó de su padre...Era bueno jugando al Monopoly. Venía con otro, uno con pinta de pardillo. Después llegaron otros dos. Más copas, más risas bancospaña, más planes llenos de cigalas, gambas de Huelva y putas...Llegó mi hermano y me fui. Ni invitándome a todo eso me hubiese quedado con ellos.


Bueno...en estos casos digo lo que Botvinnik de su mítica partida con Fischer:


- ¿No hubo demasiados errores? -se pregunta en boca de otro
- Ciertamente, los hubo.


Pero ahí está.


Todavía.




lunes, 17 de julio de 2017

QUEDANDO COMO UN GILIPOLLAS (VOL. XXXVI)

Una hora larga esta mañana y media corta esta tarde. Ese es el tiempo que le he dedicado a un (otro) fracasado intento por ajustar las zapatas de los frenos de la rueda delantera de la bici.

Había quedado con el de la tienda para el viernes pasado. Una "potencia" (así la llaman) al manillar o adiós cuello, desafortunado compañero de mi vida y sustento de mi débil cabeza. Lo olvidé. Fui el sábado y estaba cerrado. Y esta mañana también. Allí, en la acera de enfrente, me he puesto a la sombra para terquear un rato con la Mecánica más básica, siempre cuántica para alguien como yo. A eso de las once y media, ya con las rodillas casi destrozadas, sudando como si estuviera desactivando la bomba más gorda, he cogido el dos y a duras penas, vencido y derrotado, he ido hasta la gasolinera como si estuviera escalando el Tourmalet.

¿Por qué a la gasolinera y no a mi puta casa? No lo sé.

Primero le he pasado la manguera. La bici estaba llena de barro desde la última gloriosa salida (30 kilómetros por caminos) y hasta a mi me daba vergüenza verla.

- ¿Tienes algo para sujetarla? -le he preguntado al operario. El chico ha desplegado un hierrajo que tenía delante de mis grandes narices y ha sido tan amable de colocar en él la rueda trasera. Menos mal que soy cliente y me conoce.

Segundo problemón: donde echar la moneda. No encontraba la ranura. He estado a punto de volver a llamarle, pero gracias a Dios en el último momento he encontrado el botón correcto que daba acceso al monedero. Había cuatro botones. Le he dado al primero y casi me caigo. Una voz metálica, fría, femenina, indicaba algo que no podía entender bien, tal era el estruendo del chorro a presión. Finalmente, después de tres o cuatro minutos que se me han hecho eternos por aburridos, la cosa ha llegado a su fin con el agradecimiento de la robot y el mío. Después le he dado aire a mis flojas ruedas y a punto he estado de reventar la trasera; tanto que he tenido que quitarle un poco metiendo la llavecilla del buzón en el pitorro, cosa que me ha animado algo, lo suficiente como para echarme a un lado y volverlo a intentar con las zapatas. En esta ocasión he sacado en claro una rozadura en la cara interna de la rodilla derecha. Y ya, cagándome en todo, me he ido de allí para volver a mi casa, no sin antes parar otra vez para ajustar lo que buenamente pudiera, pues aquel Tourmalet se estaba convirtiendo en el puto K-2.

Y así, casi que con calambres en las piernas, conseguí llegar a casa.

La comida no lo fue. Cuando el telediario entra por su salón mis frenos saltan por la puerta de la calle. Me tumbé en el sofá de mi casa y esperé a dormir. Tampoco. Eran las cinco de la tarde. Bajé a la cochera, al trastero. Me fijé en una mesa que allí tengo y hasta hoy no había visto. Pensé que sería bueno para mis rodillas colocar encima la bici. Casi me estrello en el intento. Es tan pequeño el espacio que diez centímetros más hubiesen echado por tierra mi luminosa idea. Quizá a otro le sobraría un metro, pero tampoco soy bueno casando figuras geométricas o distribuyendo pesos. Nada otra vez. Cero. He llamado al tío de la tienda. Ahora sí estaba, ante mi estupefacción. Le estaba explicando mi problema lo peor que podía cuando se ha cortado la comunicación. He salido a la calle para recuperar la cobertura y algo de lucidez.

- Vente para acá -ha dicho. Y al colgar he tenido la sensación de que ha acabado la frase con el "anda" reservado a los zotes.

Para allá me he ido. El infierno. El bochorno. La condenación.

Al llegar estaba hablando con uno con pinta de pijo. Me he fijado en su bici de carreras, preciosa, moderna, ligera, bien montada. Después he reparado más en él y he creído reconocerle del bar. Un médico. Él ni siquiera me ha mirado y el de la tienda me ha dicho que esperara un momento. El pijo, el médico, el doctor, el padre, el amante, el cuentas saneadas, el ciclista anecdótico hablaba y hablaba sobre sus escapadas por la sierra de Madrid, subiendo puertos con su magnífica máquina, visitando lugares maravillosos y conociendo gente entrañable y campechana. He mirado mi Orbea de montaña, mi intermitente y traicionera compañera durante los últimos diez años, y la he agarrado bien del sillín ante el temor de que se fuera con él.

- Bueno, ¿qué te pasa? -me ha dicho al final el de la tienda viendo que el otro se iba a mirar coulottes.
- El otro día pinché...Bueno, no exactamente...Pinché pero...ya en casa, en el bar, es decir, que me di cuenta al día siguiente...Un amigo estaba por allí y se ofreció a reparármelo...en fin...Que al cogerla esta mañana he visto que las zapatas rozaban.

Ha enganchado la bici con una facilidad pasmosa. Ha metido el mismo cable que me ha traído de cabeza durante todo el día por algún sitio desconocido para mi y eso ha empezado a girar como dando un grito de alivio. "La rueda está al revés" ha dicho. La ha sacado y la ha vuelto a colocar. Todo en treinta segundos.

- Ya está.
- Gracias, gracias...¿qué te debo?
- Nada
- Joder, gracias...¿Entonces me paso el viernes para lo de la potencia?
- Sí, sí...Como te he dicho antes no tenían la tuya. Es antigua y por eso va a tardar un poco más, pero puede que el jueves ya esté aquí. Ya te llamo si eso.
- Bueno, pues adiós y gracias otra vez
- De nada, de nada...


En la puerta he pensado en los comentarios post-gañán que seguramente estarían produciéndose dentro.


Pero al dar un par de pedaladas se me ha olvidado todo y he sonreído calle abajo.


A veces tener una mala cabeza es bueno para su salud.

domingo, 2 de julio de 2017

LA MUERTE DE NUESTRO PADRE (y V)

En una de aquellas revisiones detectaron que su tumor en el pulmón se había extendido a la cadera y al riñón. Volvieron las sesiones de radio y quimio, aunque esta vez no fueron tan dramáticas como la primera. Con todo, cada día se le veía con menos fuerza. Dejó de venir al bar por el mediodía para tomarse su vinito en el bar de sus chicos. Pasó a tomárselo en casa con su cuñado y uno de mis hermanos. Pero él no perdía el ánimo.

Una mañana la oncóloga le dijo que iban a cambiar el tratamiento por otro que prácticamente estaba en vías de experimentación. Le explicó que era algo que estaba dando buenos resultados y que él iba a ser uno de los primeros en recibirlo, aunque por lo costoso primero tenía que pedir autorización. Aquel día llegó todavía más animado a casa. Mi padre, que lo fue de cinco hijos, tenía una fe ciega en los médicos. En los curas perdió la que tuviera cuando siendo niño uno le preguntó en el confesionario que si se tocaba.

- Me fui corriendo y se lo dije a mi padre. ¿Qué clase de tío le pregunta eso a una criatura?

Durante toda su vida creyó firmemente en Dios sin necesidad de pisar una iglesia. En la mesita del salón, durante toda su enfermedad, no faltaron estampitas de cristos y vírgenes que las mujeres de la familia iban dejando con sus mejores intenciones. Él creía que después de la muerte había algo, no sabía qué, pero algo...Estaba seguro de ello. La nada no tenía nada que hacer con un hombre tan lleno de vida como lo fue mi padre.

Dieron el visto bueno al nuevo tratamiento. No era tan pesado como la quimio, que tenía que estar dos o tres horas enganchado al goteo: bastaban treinta minutos para volver a casa. Y ya allí, y tal y como le dijeron, tres días de un cierto malestar general. Pero esos tres días resultaron ser todos. Y después de una semana teníamos que ingresarlo.

El segundo de aquellos ingresos fue por orinar sangre: el riñón estaba empezando a fallar. Ahí fue cuando por primera vez en mi vida vi el miedo en sus ojos. Los doctores, con la ayuda de sus ganas de vivir, consiguieron estabilizar el mal y dos semanas más tarde volvía a estar en casa. Pero no se podía dejar aquello sin tratar y cuando recuperó algo de fuerzas le dieron la tercera sesión del nuevo tratamiento, con parecidos resultados.

Era un domingo. Salí del bar y me fui a verle como todos los días. Llegué y mi madre me dijo que estaba orinando con sangre y que si nos íbamos al hospital. Él no quería y llamamos a nuestro médico de confianza, ya uno más de la familia desde hace muchos años. Nos dijo que si la cosa era muy escandalosa fuéramos a Urgencias, pero que en caso contrario él lo vería al día siguiente en su consulta y haría lo que hiciera falta, como siempre. Mi padre no dejaba de beber agua a instancias de su mujer para volver a orinar y en una de esas se levantó para ir al water. Para allá se fueron los dos ante mi atenta mirada. Entonces mi madre me llamó.

- Ven, Kufisto.

Fui y eché un rápido vistazo.

- Ya no está como antes -dijo él
- Parece que no -dijo ella mirándola y remirándola.

Y decidimos esperar al día siguiente. En la tele empezaron a poner "Todos a la cárcel" y mi padre y yo nos reímos tanto que mi madre nos miraba como si estuviésemos locos. Esa fue la última película que vimos juntos.

El lunes lo ingresaron. Al tercer o cuarto día pareció como si la orina volviera a salir clara, tanto que poco faltó para que diéramos por hecha otra increíble recuperación. Pero luego, pronto, llegó el bajón. Yo salía del bar, me iba al hospital, le daba dos besos y miraba la bolsa. Roja. Me quedaba allí diez, quince minutos, y después me iba.

- Kufisto no puede con los hospitales...-decían

Kufisto no puede con los hospitales ni cuando es su padre el que está dentro.

La segunda semana...la segunda semana ya todo fue a peor. El miércoles ya tenía muy mala cara. Se me hizo un nudo en la garganta al verle. En aquel momento sentí que mi padre no iba a salir vivo de allí.

El viernes le administraron morfina para los dolores. Nos dijeron que eso ya iba a ser cosa de cuidados paliativos y que el lunes le iban a dar el alta, ya sin más tratamientos que drogas para hacerle menos penosa la muerte. Cuando llegué a eso de las seis todavía estaba colgado del chute que le habían metido al mediodía. Su hermana, mi tía, estaba junto a él, llorando. La besé y cogí una silla. Ella intentó despabilarlo.

- Andrés, Andrés...Está aquí tu hijo, Kufisto...¡Despierta, hombre! -le decía cogiéndole del brazo que había estado acariciando.

Él abría los ojos, gruñía algo y volvía a cerrarlos. No podía, no podía...Cogí la mano de mi tía y nos quedamos mirándolo.

Llegó mi madre. Intentó despertarlo. Él nos miraba por un momento como si no nos conociera y volvía a dormirse. Finalmente llamamos a una enfermera. "Es lo normal" dijo. Le cogió por los pies, tan hinchados que daba grima verlos, y lo llamó por su nombre:

- ¡Andrés, Andrés! ¡despierta!

Y por fin, a eso de las ocho, se despertó un tanto.

- ¡Qué, coño, qué! -dijo, tan mal hablado como siempre. Y nos reímos.

Le di dos besos. Poco a poco fue recuperando algo de consciencia. Le trajeron de cenar. A duras penas lograron que se sentara a un lado de la cama. Comió algo con la ayuda de mi madre y volvió a echarse. Se habló de algo. Él bromeaba con las enfermeras, que se reían, como nosotros. A eso de las ocho y media me levanté para despedirme. Le di dos besos y le acaricié la mejilla. Y ya me iba cuando dijo:

- ¿Habéis visto que planta tiene?


Sonó el teléfono. Todavía era de noche. Mi madre.

- Kufisto
- ¿Qué? -dije por decir algo
- Que ya ha pasado lo que tenía que pasar. Vente para acá.

Me duché y me afeité. Desayuné. Cogí el coche y me fui al hospital. Estaba amaneciendo. Llegué justo cuando lo hacía uno de mis hermanos con su mujer. Subimos arriba y ya estaban todos los demás. Nadie decía nada. En silencio nos besamos y esperamos a que terminaran de arreglarlo para llevarlo al mortuorio. un enfermero lo sacó en una camilla. Una sábana lo cubría por entero. Me puse tras él y después de mi toda la familia. Bajamos una rampa y cogimos un ascensor. Dos guardias jurados nos esperaban a la entrada de la sala. Lo metieron en ella y un rato después preguntaron si queríamos verle. Mi madre, sus cinco hijos, su hermana y su cuñado pasamos para adentro. Le descubrieron y las dos mujeres se abalanzaron para abrazarle. Yo me salí. Poco después llegó el chófer de la funeraria y mi tío y yo nos fuimos con él para elegir el ataúd entre los que había en una habitación contigua. No tardamos nada en elegir uno y marchamos hacia el tanatorio. Allí hablamos con el encargado para escoger la sala y la iglesia. Nos dijeron que nos pasáramos en una hora y me fui a casa de mis padres. Allí estuvimos esperando mientras empezaban a llegar los familiares más directos. Y pasada la hora nos fuimos para allá.

Llegó la noche y por fin nos quedamos solos, velándolo. De vez en cuando alguien se levantaba, descorría la cortinilla y le daba a la luz. Y allí se quedaba un rato.

Amaneció. Uno de la funeraria dijo que pasara quien quisiera darle el último adiós. Pasaron. Y después no montamos en el autobús hacia la iglesia, una relativamente nueva.

Estaba llena cuando llegamos. Sus hijos, los cinco, nos pusimos en uno de los bancos delanteros, con mi tío. El cura dio su discurso y al final sacó las hostias. Comulgué el primero sin saber por qué. Luego me enteré que eso es pecado mortal sin haberse confesado antes. Después vinieron los pésames y allí estuvimos dando la mano, algunos abrazos y unos cuantos besos. Salimos a la calle. La mañana, todavía invernal, era tan gris y fría como se supone que es la muerte. Subimos al autobús y nos condujeron al cementerio.


Empezó a chispear en cuanto nos bajamos. Unos operarios cogieron el ataúd y lo pusieron sobre un carrillo que seguimos hasta el final. Una tía mía me cogió del brazo y de salir el primero casi que pensé que no llegaba a ver como enterraban a mi padre. Al fin llegamos y pillamos un buen sitio, aunque por detrás. Y entonces pasaron unas maromas alrededor del ataúd y lo bajaron a la tumba.


Un chico joven empezó a poner losas y cemento por encima. Primero una tanda y luego otra, hasta dejarla a ras del suelo, que llenaron con coronas de flores.


Y después nos fuimos a casa de mi madre, hice la comida, comimos y me fui para mi piso.


Me tumbé en el sofá.


Mi padre había muerto.






domingo, 25 de junio de 2017

LA MUERTE DE NUESTRO PADRE (IV)

- Cuando sueño -me dijo una de aquellas tardes en las que la película no daba para seguir callados- me veo bien, normal, como siempre...Luego despierto y...
- Ya
- Es duro esto, Kufisto, es duro esto...No se te va de la cabeza
- La cabeza manda -dije yo por no hacer más pesado el silencio
- Ya...pero por mucho que mande, ahora no le hacen caso
- Sí
- Como vosotros cuando eráis pequeños
- Sí
- Ay lo que nos costó a tu madre y a mi
- Sí
- Y ninguno habéis salido malos, pero joder...Cinco hijos, cinco...Cuando no eras tú, era el otro, y cuando ya no eráis ninguno de los dos, los otros tres...Qué lucha, qué lucha...
- Sí
- ¿Tú te acuerdas del tío Victoriano, el viejo aquel que estaba por el bar, el de la garrota?
- Claro que me acuerdo, como no me voy a acordar de él -dije sabiendo lo que me iba a contar
- ¿Sabes lo que me dijo una vez?
- No -le mentí
- Yo entonces estaba...Joder...el bar iba como iba y en casa pues...la cosa no iba bien. Tu madre, la pobre...La muerte de su padre, de tu abuelo, ¿te acuerdas de él?, le afectó mucho, mucho...Por no hablar de cuando se murió tu primo Rubén y todo lo que vino después, que eso fue la puntilla...Y luego vosotros siempre dando guerra, y el dinero, el puto dinero, y que si mira el otro (su socio) y mira como estamos nosotros, y tal, y esto y lo otro...
- Sí...
- En fin...la vida.
- La puta vida
- La vida, Kufisto, la vida...Bueno, pues una mañana estaba yo ahí, en el bar, y llego Victoriano y viéndome se dio cuenta de que algo no iba bien, que ya sabes tú que yo nunca he sido de esos que se vienen abajo por cualquier tontería...
- No, claro que no, papa
- Y como me vería el hombre que me preguntó qué pasaba...Y mira que nunca he sido hombre de contarle mis problemas a nadie, pero Victoriano...Joder, ese hombre era un tío de los que se vestían por los pies...Tenías que haberlo conocido cuando era joven, tan alto como era, el pelo rubio, esa chulería sana, natural, ese saber estar...El cabrón hacía lo que quería...Pero eso sí, su familia y tal que no le faltara de nada, aunque luego pasara lo que pasó...Si es que fue muy golfo el jodío...
- Ya...A mi me contó algunas buenas historias, sí...
- Jajaja...Le gustaban mucho las cartas. Y las mujeres. Se pulió mucha pasta...
- Jajaja...sí -dije yo- Me acuerdo de la historia aquella con el barco negrero, esa de después de la Guerra que estuvo a punto de hacerle millonario...El barco se hundió cerca de la costa y él se echó al mar. "¿Y los negros?" le pregunté, "¿los negros? en el barco se quedaron"
- Joder
- Qué tío
- Era otra época, otros tiempos, en fin...Cada cual sabe lo que ha hecho y lo que ha dejado de hacer...¿Pero sabes lo que me dijo esa mañana? Yo empecé a decirle que si esto, que si lo otro, que si el dinero, que si la mujer, que si los chicos...Él me miraba como si no entendiera nada. Y cuando yo ya estaba cagándome en la hostia puta me dijo: "¿Los chicos? ¿Cuantos chicos tienes?", "Cinco, ¿o no lo sabe?", "Sí, claro que lo sé...¿y te ha salido alguno tonto?" "Pues no -dije yo- claro que no" "¡Y entonces de qué cojones te estás quejando! ¡Anda ya el dinero, y la mujer, y el negocio y la mala puta que parió al mundo!...Tienes cinco hijos sanos, ¿de qué te quejas?" Y oye, fue oír eso de la boca de ese hombre y todas mis preocupaciones se fueron a hacer leches. Y es que es la verdad, Kufisto, es la verdad...Si tus hijos están bien, todo lo demás es tontería. Todo.


Y hablando del pasado se nos fue la tarde y olvidó su Pasapalabra. Después llegó mi madre de hacer la compra y yo me fui a mi casa.


Y él se quedó con ella, cenaron, brindaron con una copa de vino blanco bien frío por un día más juntos y después se fueron a dormir.


Y a soñar.