i

i

viernes, 17 de noviembre de 2017

LA HABITACIÓN

Una de las aficiones que tenía cuando fui un chaval desocupado era la de escribir en papelitos los nombres de las canciones de la banda que más me gustara en ese momento, meterlas en una bolsa e ir sacándolas a ciegas para hacer una grabación. Recuerdo que entonces compartía habitación con uno de mis hermanos. Dormíamos en la planta de abajo y el resto de la familia en la de arriba. Rara era la noche en la que apagáramos la luz antes de las tres mañana, algo que por otra parte ya hacía poco después de empezar el BUP. De hecho no fue sino hasta los treintaitantos la primera vez que no vi el inicio de un nuevo día en el reloj. Una habitación como aquella era poco menos que un tesoro adolescente: quince años, water propio, equipo de música, televisión y vídeo. Arriba, los padres y hermanos pequeños; abajo, nosotros; y entre medias un tragaluz, un largo y frío pasillo, otra puerta y las escaleras. Un mundo. Se había acabado el "¡apagad la luz!" desde el salón, su consiguiente "rezad" que hacíamos en voz alta, el cagadero casi siempre caliente y todavía pestoso, las pajas furtivas, desesperadas, el turno para ducharse, los lloros de los pequeños y las discusiones de los padres, el "¡bajad la música!", el temor a ser pillado aporreando la guitarra de dos cuerdas como si estuvieras haciéndolo con una Fender delante de cien mil personas, el no fumar ni de cachondeo...A veces ser parte de una familia muy numerosa en una casa pequeña tiene sus ventajas cuando no queda más remedio que hacer sitio donde sea.

Aquellas grabaciones, aquellas noches, fueron fantásticas. Y lo eran porque aunque aleatorias, sabíamos que saliera la que saliera nos iba a gustar. Tan sólo cambiábamos el orden y el tiempo. Y no nosotros sino la suerte, el destino, lo que es todavía mejor. Encendíamos un canuto y empezábamos a sacar papelitos de la bolsa, "tal", "joder -decía mi hermano- ponla" Y la poníamos y la escuchábamos con auténtica devoción. Otra, "tal", "hostia puta...ponla" Y a seguir grabando y fumando. Esa sensación de estar compartiendo algo es quizá la más bonita y profunda que pueda haber.

La gente pasa al bar y tú estás detrás de la barra. A unos los conoces más, a otros menos, a algunos nada y a ninguno bien. Y cuando crees que has conocido a alguien como para compartir algo al final acaba fallando por una razón u otra, de una parte o la contraria, pero fallando. Siempre. La experiencia de bar, el trabajo en la jungla, la brutal competencia, te deja esa enseñanza: que no hay nadie imprescindible. Nadie. Ni tú. Te irás y el bar seguirá ahí, abierto y con otro tras la barra.

Hoy ha vuelto a venir un chaval que conozco desde siempre y del que no sé su nombre, aunque sí el apellido, bien conocido por aquí. Tiene a la anciana madre muy enferma en el hospital. Está acompañándola y se pasa por aquí para airearse. A la velocidad del rayo se bebe un par de chupitos y regresa a hacerle compañía. Tiene mala cara, de bebedor por lo menos. Alto y delgado, con el pelo tirando a rubio recogido en una coleta  y de ojos azules, serio, voz profunda y mirada decidida, pareciera como si hubiese salido de un cuento de Lovecraft. Tendrá casi cuarenta años y trabaja en un garito los fines de semana, según me ha dicho esta tarde. El otrora buen negocio familiar hace tiempo que dejó de ir con él salvo para casos excepcionales. Se mueve en una vespino que va a vender por 100 euros. No quiere coche. No tiene carnet. No quiere que lo paren en la primera rotonda. Eso me dijo mientras fumábamos un cigarrillo en la puerta del bar. Entonces llegó otro cliente y él se fue como el rayo en busca de su relámpago.

Es un tío de mi edad, supongo. Lo conozco desde hace unos años. Está casado con una mujer muy atractiva. Trabaja en temas económicos. Centrado, muy centrado. Alto, con sobrepeso, medio calvo y siempre bien vestido me pidió un carajillo quemado. Le gusta como lo hago y más hablar, con prudencia y educación, por supuesto, pero hablar. Claro que si tú eres un escritor dipsómano pues no hay mucho que contestar cuando enfrente tienes a alguien que ya estaba centrado con quince años; pero la barra, como dicen con la política, hace extraños compañeros de cama. De todos modos me contó algunas historias interesantes relacionadas con el tema que él maneja: amaños, chanchullos, justicias...Fue interesante aunque lo hubiera sido más de haberlo contado otro. La forma es importante. En caso contrario yo no sería escritor ni aún estando sobrio.

Luego vinieron dos de los conocidos, dos amigotes de vuelta de comer para tomarse unos whiskys buenos y meterse alguna que otra raya en el water. Esta mañana vino un hombre mayor que siempre viene cuando tiene que traer a su mujer para la revisión. Sus chicos abrieron un bar pero tuvieron que cerrarlo. No duraron mucho. Fue bien hasta que dejó de ir bien. En este negocio hay poca paciencia si no lo has vivido desde pequeño. Y de esos ya quedamos muy pocos, aunque seguro que más que jugadores de ajedrez; como Ginés, mi compañero de partidas que viene los viernes al mediodía a tomarse una cerveza.

Antes, cuando me iba a las seis, llegaba a eso de las cuatro y media con su magnífico tablero y nos poníamos a jugar en un rincón de la barra. De no ser por el mío que no encuentro desde hace trece años diría que es el mejor equipo de juego que haya visto nunca. Un tablero grande de madera, de amplios bordes con motivos arabescos y unas piezas imponentes sin epatar, bien talladas, suaves y bonitas, sin aristas innecesarias...Joder, jugar ahí era un puto placer.


Existe una variante del juego en la que se sortean las casillas iniciales de las piezas con el fin de evitar que quien sólo es un memorizador de variantes vomitadas por un ordenador pierda su ventaja ante el talento puro, pero esto es algo que no acaba de ser aceptado por la ortodoxia que nos subyuga.


En fin, qué le vamos a hacer.


Problema: juega la planta de arriba y gana a la de abajo aunque al final acaben perdiendo.




miércoles, 15 de noviembre de 2017

SOL DE OTOÑO

- Los limones bien pero las naranjas las compraré en el moro -le diré al murciano ambulante este sábado.

El anterior se pasó por el bar. Yo estaba en la cocina y mi hermano, prudente, me llamó. Salí, le vi y lo reconocí del año pasado. No le compré muchas veces. Creo que este es de los que si les dices una vez no, se olvidan de venir a verte. Me da igual. Mi vendedor es el moro, más bien su señora, y después de tantos años me tratan con cierta deferencia e incluso un tanto de cariño por parte de ella, una mujer bajita pero con unas manazas ancladas en tales muñecas que más parecen olmos bien maduros. Ya llevo algún tiempo comprándoles menos por pura comodidad. Mi ayudante de apertura, el famoso Josemari, no quiere tratos con moros y tira para el mercado en su bicicletilla aún pillándole más lejos. Es verdad que a esas horas el moro está cerrado, pero daría igual si estuviera abierto. También abomina de los gitanos. Él es merchero; y bien alto lo dice, aunque atrancándose, cuando le confunden con uno de ellos. Hoy me ha enseñado su telefonillo. Este es de verdad, de los que funcionan, no como los otros que encuentra en los contenedores de basura. Le gustan todas esas cosas electrónicas a pesar de que no funcionen. Se ve que las encuentra bonitas.

- Así que marcha -le he dicho
- Sí, Kufistico. Y además muy bien
- Pues nada. Déjamelo que voy a hacer una llamada perdida al mío y así lo grabo -después se la he devuelto y le he grabado mi nombre.

A eso de las nueve y media fui a echar mano del tomate frito para el guiso y antes de mirar recordé que ayer me quedé sin, olvidándome por completo de comprarlo por la tarde que empleé en pasear mirando los grandes árboles del paseo principal de la ciudad. Luego llegué a casa, puse el brasero, me tumbé en el sofá, cogí el teléfono para navegar por Internet y ya volví a olvidarme de todo menos de la puta gata.

Llamé a Josemari y lo cortó. "Cabrón" pensé. Esperé un par de minutos y volví a llamar por segunda vez. Lo mismo. "¿Pero este tío no sabe descolgar un teléfono, joder?" Y entonces me llamó él.

- ¿Josemari?
- Soy su mujer -dijo su mujer
- Ah, buenas...¿Está Josemari contigo? Soy Kufisto
- Sí
- Dile que se ponga, haz el favor
- Ahora te lo paso, Kufisto
- Gracias, hermosa
- Dime, Kufisto
- ¿Qué haces?
- Ná, aquí en casa, con mi mujer...
- Venga, hombre, que necesito tomate frito...
- Voy pallá
- No tardes
- No, no...

Llegó a los diez minutos pegando esos maullidos que tan bien le salen. Le di el dinero y volvió cuando los guardias civiles estaban tomándose el café. Más tranquilo me soltó la compra, le di una propina y le pregunté si quería otro café con leche. Dijo que sí y se lo puse con extra de azúcar y la leche del tiempo, como le gusta. Y ya con el tomate en mis manos y la barra controlada pasé a la cocina para rematar el sofrito y apartarlo. Al salir vi que Josemari tenía compañía. Me acerqué y era uno de los trece hermanos que alguna vez tuvo. Hacía tiempo que no lo veía y le saludé.

- ¿Qué tal va eso? -le dije
- Ná, que he visto la bicicleta de este y he pasao adentro, a ver qué hacía...Y míralo, ¡como los señoritos!

Josemari sonrió un tanto avergonzado, me reí y cogí el billete de los guardias que ya se iban. Los hermanos estuvieron un rato hablando discretamente de lo putas que habían salido las hijas de no sé quien y un poco más tarde se fueron.

Al mediodía llegaron los médicos habituales con una nueva incorporación. Les serví un plato del guiso para acompañar sus cervezas y poco tardaron en celebrarlo como si hubiesen descubierto una vacuna para la caída del cabello. El nuevo, un tío todavía joven y muy educado, llegó a preguntarme si daba comidas. Le dije que no pero que con antelación todo era posible, aún para nuestro cada día más alopécico bar, algo que por otra parte no es que sea la norma general sino que se cuentan con los dedos de una mano los que todavía usan peine, siquiera las manos. Después la visita de una amiga admirable, una conversación acerca del cáncer en la puerta del bar mientras nos fumábamos un cigarrillo y más tarde poco más. Pero muy poco.

Eran casi las tres cuando con desgana y la barra sin recoger me puse a comer algo. Salí a fumar un pito y a mirar los árboles de la mediana, estos sí bien secos de hojas. Pasé adentro y esperé que dieran las cuatro como tantos otros días. Peor era cuando tenía que hacerlo hasta las seis. Pero de todas formas ese tiempo vacío unido a la decepción por otro mal mediodía consigue que te entre una especie de tranquila desesperación que te deja poco menos que baldado. Mi prudente hermano, mi buen hermano pequeño, vino hoy a la hora justa por una vez en su vida. Y yo, agotado, salí del bar con muchas de ganas de llegar a casa.

Estuve a punto de no salir. Al sol apenas le quedaba una horilla para meterse por el debajo del horizonte y el mío casi no veía más que el del sofá, el brasero, la gata jodiendo y el teléfono para mirar cosas en Internet hasta las nueve de la noche. Decidí ir a cagar antes de ponerme el pijama. Salí y miré por el ventanal. Nubes ligeras, casi desparramadas, como estelas gaseosas, eran suficientes para hacerle incómodo el ocaso a este pobre sol de otoño. Pero todavía estaba ahí. Y su luz es buena para la vista.

Salí a la calle. Fui al paseo principal y volví a mirar sus grandes árboles, todavía frondosos, magníficos, irguiéndose fuertes en la tierra de la que se alimentan con la ayuda de este débil sol que se nos va. Y yo, tan necesitado de él como los propios árboles, regresé sobre mis pasos para que su última luz de hoy mirara mis ojos.


Y luego fui al moro y le compré un saco de patatas y diez kilos de naranjas a su buena mujer.

viernes, 10 de noviembre de 2017

FRUTOS SECOS

Entré a la tienda por su puerta secundaria para comprar cuatro euros de anacardos crudos. Había una mujer pagando y esperé apoyándome en el mostrador. El paseo se me había hecho más largo de lo que en realidad había sido. El cielo, todavía luminoso y casi diáfano cuando salí, había terminado por cubrirse de nubes. Y el viento, apenas una suave brisa al principio, poco a poco fue haciendo hablar a los árboles hasta el punto que los últimos que vi, ya atrapados en las sombras, causaban una mezcla de pena y miedo. Dentro del pueblo bajé por su calle principal. Había poca gente y la conocida que encontré no quiso verme. Y ya abajo, en su principio, pasé a la tienda de los frutos secos.

La mujer que estaba pagando no tenía dinero suficiente o puede que tuviera de más, cosa que a veces y según donde es como no tenerlo. Le faltaba un euro y acabó por pedirle ayuda al marido que la esperaba en la salida de la puerta principal junto a un chiquitín. Lo llamó por mi nombre y enseguida, sin verlo ni saber porqué, supe que era él. Y lo era aún de medio lado. Instintivamente volví mi cabeza al frente. Pero cuando se fueron a subir la calle que yo acababa de bajar vi como él, con el rabillo del ojo, me echaba una de aquellas tristes miradas para asegurarse. Ninguno hizo amago de nada y yo compré mis anacardos. Hace veinticinco años me prestó el dinero que me faltaba para comprar las obras completas de Dostoyevski en un puesto de libros que había poco antes de llegar a la feria que esa noche terminaba. Aquella leve amistad no duró mucho y poco después le perdí de vista durante años, con algún casual e incómodo encuentro en alguna cola del súper o cosas así. Es como si aquellas amistades del pasado tuvieran la culpa de tu presente, por breves e insustanciales que fueran; y las que fueron fuertes y dejaron huella, sólo ahora, ya con el tiempo volando de las manos y la salud empezando a renquear en algunos de ellos, volvieran a verte como te veían cuando éramos unos chicos que a lomos de cadys y vespinos más trucados que la baraja de un mago íbamos por ahí rompiendo los retrovisores de los coches.

Hace unos días, hará un par de semanas, uno de estos vino al bar con su segunda mujer. No tienen hijos, no creo que los tengan ya, y parecen felices. Con la sonrisa puesta charlamos un rato mientras les atendía y pronto los dejé para seguir con los clientes que iban llegando. Al rato llegaron un par de amiguetes habituales y, sorprendidos, se pusieron a hablar con la pareja tras los respectivos abrazos. Y fue entonces, mientras tiraba unas cañas, cuando les oí hablar del accidente de moto que había sufrido un viejo amigo un par de semanas atrás. La hostia había sido fuerte. Estaba en el hospital pero no había nada que temer. Durante una pausa me enteré mejor. Hace años, años, que no lo veo pero me dolió. Un motero de los auténticos, de los de toda la vida, no de los sobrevenidos, pero prudente aunque no cobarde ya siendo chaval había estado a punto de matarse por una cuestión de mala suerte en uno de esos caminos dejados de la mano de Dios aunque no de las rejas de los tractores. Mientras escuchaba busqué en la agenda del teléfono y vi un par de números con su nombre, aunque bien pudieran ser los de su hermano pequeño. Por un momento pensé en pedirle a mi amigo el número para confirmar, pero no lo hice. Y cuando se iba a marchar le dije que le diera recuerdos de mi parte. ¿Qué otra cosa? Estará hecho caldo, lo conoce todo el mundo y no tendrá ganas de más. Y después de todo puede que ahora, cuando ha tenido el susto grande, vuelva a venir por aquí para verme tal y como otros están haciéndolo. Ya cuando éramos chavales la cosa iba así. Yo era algo más mayor y tontorrón que ellos, leía libros y todas esas mierdas y si tenían que confesarse con alguien, si tenían que hablar de algo que les daba vergüenza hacerlo con los otros, era conmigo.

El sábado pasado por la mañana vino al bar uno de los que se fue del pueblo. Lo hizo con su novia, una mujer de esas que no te extrañaría ver haciendo un anuncio dirigido a mujeres maduras. Siempre se le dieron bien las mujeres. Era chulo, guapito, popular y sabía hacerlas reír. Él me enseñó a hacerme los canutos cuando ya andaba metiéndose rayas. Después fue él quien vino a preguntarme qué tenía que hacer para dejar de hacer el subnormal. Le dije que lo mejor sería dejar de estar con la gente con la que estaba. Y se fue de aquí.

Viene al pueblo por Navidad, en Nochebuena. Está tres o cuatro días, quizá cinco, pero no más. Después se vuelve a su isla y hasta el año que viene. Pero esos días que está por aquí siempre viene por mi bar, junto a la marabunta que suele traer y de la que yo siempre pasé bastante. La mayoría de estos, sino todos, viven fuera; pero vienen al bar porque él dice que hay que ir a mi bar. Llega, entra y con una gran sonrisa me da un abrazo. Después nos preguntamos por la salud y eso y empezamos al lío, sin más. Eso es todo. Y lo más curioso es que no siendo esta, ni de lejos, una amistad de las de aquellas noto su sincera alegría cuando me ve. Y yo, siempre tan escopetado, la agradezco de veras: la noche y el día tienen un rato en el que se complementan.

Se iban a correr al parque, me dijo. No le pregunté nada del porqué andaba por aquí no siendo Navidad. Bebieron sus cafés y se fueron a lo suyo. El martes o el miércoles, solo, volvió al bar. Y entonces ya, con cara seria, me dijo que estaba en el pueblo por su padre enfermo. Al día siguiente tenía que volver a su trabajo en la isla y venía para despedirse. Pronto llegaron sus amigos. Los dejé a sus anchas y ya se iban cuando mi amigo volvió:

- Nos vemos en Navidad, Kufisto
- Nos vemos

Nos dimos un abrazo y se fue.


He salido a comprar tabaco y whisky mientras escribía esto. De primeras pensé en hacerlo andando, no serían más de veinte minutos que me vendrían bien para despejarme un tanto. Pero hace frío. Y yo ya tengo cuarenta y cuatro años. Cada vez me gusta menos el frío.

Llaves del coche. Primer día de calefacción. Me pongo la bufanda, la cazadora de cuero de segunda mano y el gorro de la Real Sociedad. Bajo a la cochera. Abro la puerta mientras lo arranco y hago la maniobra. Perfecta. El loro está en modo AUX. Lo pongo en radio y sale la Clásica. No, no me apetece. Una pulsación más y aparecen los King Crimson con su jodido "In the court of the Crimson King" Los llevo puestos dese hace un mes, creo. Mis trayectos son tan cortos que se me olvida cambiarlos. Estoy hasta los cojones de King Crimson. Subo la rampa y salgo a la calle con mucho cuidado. No, no más "in the court of the Crimson Kiiiiiiing" por un buen tiempo. Lo quito y como puedo, sin mirar, saco un Cd cualquiera. Lo meto y son los Pogues en directo desde París...

Sólo me falta darle a las luces largas como Homer Simpson. Un imbécil que circula a paso de tortuga por delante mía aparca justo donde pensaba hacerlo. No me achanto y lo hago a continuación, tapando dos salidas de cocheras particulares. Pongo las luces de emergencia y me bajo del coche antes que él con "Streams of whisky" en la cabeza.

- Un Golden Virginia de 50, guapa -le digo a la estanquera

Me lo da y veo un pulmón negro abierto por la mitad

- Oye, encanto, dame otro haz el favor...

Me lo cambia y voy a irme cuando alguien me da un toque por detrás.

- Kufisto

Era el del coche de delante.

Era uno de los que no me caían bien cuando teníamos veinticinco años menos. Ahora, desde hace muchos años, es amigo por cliente fijo del bar, del café de la tarde y alguna que otra vez de un chupito. Más madridista que Bernabeú cruzado con Rubalcaba, es un pirao de los deportes, aunque discreto si ve que te importan los mismos tres cojones que a él el ajedrez.

Salgo un tanto trastornado por el breve encuentro y enfilo hacia el 24 horas. Podría ir al super que tengo al lado de mi casa y pillar la botella de whisky por cuatro pavos menos. Pero no, nonono...eso es sólo en última instancia. Precisamente ayer me topé con uno de sus encargados, un antiguo buen amigo, mientras iba hacia mi casa con las naranjas del moro de la esquina y no quiero verlo al menos tanto como él no quiere verme a mi: no sabía ni como ponerse mientras nos cruzábamos. Joder.

- Adiós, Kufisto
- Adiós, adiós...


Estoy aquí y he escrito esto. La noche ya está más que caída y mi gata anda jugando con el tapón de una botella en vistas de que ni subiéndose a mis espaldas le hago caso. Anoche, ya en la cama, me fijé en una mancha que tenía tras sacarla poco menos que arrastras del water de la habitación. Y pensando que era alguna de las pelusas que allí crían sus pelusillas fui a quitársela y me encontré un poco de mierda de gata al tacto y, sobretodo, al olor.

- ¡Me cago en tu puta madre!

La lancé como si fuese una jabalina y corriendo fui a lavarme las manos.


Hija de puta.


Después durmió conmigo y esta mañana estaba ronroneándome media hora antes de lo previsto, justo cuando la noche es más negra.


Luego me levanté, le di de comer y me fui para el bar con los malditos King Crimson.





sábado, 4 de noviembre de 2017

SEIS GRADOS

Eran asturianos. Él, siendo joven, había ganado en varias ocasiones el Campanu, algo que le permitió conocer al anciano Franco cuando este hacía sus excursiones de pesca por la región. Ángel, mi amigo, le hacía de guía y consejero en cada ocasión que necesitó de sus servicios, que fueron varias. Después no recuerdo si se hizo minero, o ya lo era cuando pescaba, o puede que fuera cualquier otra cosa. Ya hace años desde la última vez que nos vimos (poco antes de regresar a su tierra para cuidar a un hijo que había sufrido un gravísimo accidente de coche) y mi memoria se va perdiendo ante el continuo goteo de personajes que pasan por la vida: es como si estos, poco a poco y casi que de manera obligada, fueran empujando hacia el olvido a todos aquellos; aunque siendo yo todavía tan joven como era, la fuerte impresión de sus presencias dejaron una huella perenne a costa de algunos surcos en la suela. Pero que Ángel era un buen hombre es algo que recuerdo bien. Y que tenía una fuerza descomunal en las manos es otro algo que, este sí, recordaré mientras me quede memoria.

Vinieron al pueblo por el trabajo de ella, que era enfermera y poetisa de vocación y de cuyo nombre acabo de acordarme mientras escribo esta frase. Ángel ya se había jubilado de lo que fuera que fuese. Eran gente de bar y se pateaban todos los del pueblo. Y cuando digo todos, digo todos: conocieron algunos de los que yo no tenía noticia, y no éramos pocos. Pero la última parada siempre era en el que por entonces fue el nuestro y estaba más cercano a su vivienda. Bebían vino y hablaban con quien fuera. A nadie les caían mal, aún siendo esta una tierra tan huraña y desconfiada. ¿Pero como te iba a caer mal alguien que no se ponía pijama ni en invierno?

- Nunca, Kufistín -me decía Ángel con su perenne sonrisa
- Venga, no jodas -decía yo- ¿ni en invierno?
- Ni en invierno. Si siento un poco de frío engancho a esta y ya está -decía mirando a su mujer, unos diez años menor que él.

Y entonces ella, esa cuarentona de grandes tetas, anchas caderas y un tanto pasada de gorda, lo miraba como una poetisa sin nadie que la editara y nosotros nos reíamos. Y es que Ángel, aunque viejo, era una auténtica fuerza de la naturaleza. De estatura normal, delgado pero de complexión fuerte, huesuda, y con unas manazas que parecían rastrillos, era echártela y sentir como te crujían los huesos. Una vez me cogió por el antebrazo y creí que me lo partía. Yo creo que la verdadera fuerza de un hombre se ve en la de sus manos.

Me he acordado de ellos al ver a la pareja que ha llegado al bar mientras estaba recogiendo la tarea de las cañas. Ella es limpiadora, como me dijo el mismo día que me enteré era de un pueblo tan cercano como mágico cuando yo pensaba que por el acento era asturiana. Bajita y feúcha, ya tendrá bien cumplidos los cincuenta, pero de fuertes piernas que siempre enseña y un tremendo par de tetas que no necesita vender. Él también es bajito y tiene cara de pocas bromas. Trabaja en algo duro aunque tampoco recuerdo el qué. Su acento también es raro, como del Norte, pero creo que me dijo que era de algo más abajo, como de...¿aquí mismo? no me acuerdo. Ya hace años también.

Ella siempre está de buen humor. Yo siempre la veo como si viniera de follar. Hoy venían de comer paella gratis a causa de la inauguración de no sé qué movida. Lo malo es que ha coincidido con el primer día de lluvia en no sé cuantos meses y la cosa no ha salido como las autoridades esperaban. Se han tenido que recoger en donde han podido y al final ella le ha dicho a él que fuera a por el coche para comérsela dentro con más comodidad. Y eso han hecho. Luego han venido a mi bar para tomarse el café y la copa de crema ella y el pacharán él.

Estaba fregando los últimos platos cuando la oí chillar. Salí y no vi a nadie. Miré a la puerta y vi que estaban como ayudando a entrar a un viejo de bigotes. Y pasaron todos adentro sacudiéndose bien en el felpudo. Por lo visto uno de los dos viejos que acababan de entrar había estado a punto de estrellarse cruzando el paso de cebra. Su compadre lo había agarrado y con la ayuda de mis dos clientes la cosa no había llegado a mayores. Y ya una vez todos tranquilos estos se fueron y aquellos se acoplaron en la barra.

- ¿Qué van a tomar?
- Un Dyc con cocacola zero -dijo el accidentado
- Un café solo -dijo el otro, un tío delgado y curtido con un cerradísimo acento andaluz del sur

Lo puse y seguí a lo mío mientras ellos se iban a jugar con la tragaperras.

Por fin acabé la cocina. Salí afuera y seguían dándole a la máquina. Hacían una extraña pareja en un extraño día de lluvia. ¿Qué hacían en un bar como el mío estos dos personajes en este extraño día? En ese momento estaba sonando la música electrónica que de un tiempo a este parte suelo poner a la hora de los cafés. El viejo que estuvo a punto de acabar el sábado en el hospital vino a la barra, cogió su copa y se retiró hacía la máquina cantando "A quien le importa lo que yo haga..." No estaba borracho, eso era evidente, aunque quizá esa fuera su idea. "Qué cosa más rara..." pensé, huraño y desconfiado.

Bueno, después de todo el bar es una cosa muy rara a pesar de lo se crea la gente. Hoy, sin ir más lejos, con la mañana tan fea que ha hecho, la caja ha salido bastante mejor que otros días hasta arriba de luz y calor. Llevo toda la vida trabajando en esto y no pondría la mano en el fuego por el resultado del día ni aunque el mismo Ángel me la cogiera como al Caudillo.

Quedaba arreglar el salón, todavía lleno de vasos vacíos, servilletas arrugadas y chucherías de los demonios que por hijos tienen algunos. En ello andaba cuando oí al bigotes que la tragaperras no daba un duro. El andaluz no decía ná. Yo acabé y ya, por fin, me senté.

- Dame un whisky con hielo -dijo el andaluz- Y a este ponle otro de lo que beba.

"Joder, ¿otro? -pensé- ¿pero si este tío tendrá setenta años? ¿qué hace bebiendo dos J/B con cocacola zero? ¿de qué va esto? me cago en su puta madre..."

Volvieron a pagar y volvieron a irse con el cambio a la máquina, como dos chicos. Recogí la vacía taza de café del andaluz y vi que ni había tocado el azúcar, lo que unido a su whisky a pelo me dio una cierta idea de como iba el asunto.

Estaba viéndolos jugar desde la esquina de la barra cuando llegaron unos amigos; más bien uno, o ninguno, porque tanto como amigo...el tiempo no hace espacio. Pero en fin, gente de medio bien.

Y fue graciosa la cosa.

Al principio pensé que el otro que venía con la chica era un conocido maricón local que vive en el gran extranjero.

- ¿Como te va por Nueva York? -le dije convencido
- ¿Nueva York? ¡Todavía no nos hemos ido! Pero vamos que estamos a punto...-dijo agarrando a su novia- ¡Como te acuerdas, Kufisto!

Hará no sé, ¿tres o cuatro meses? ¿seis o siete?, estuvieron por aquí y coincidió con uno de esos raros fines de semana en los que cierro el bar. Y claro, pues con unas copas encima, sin llegar al terrorífico Armaggedon que me provoco cuando estoy letraherido, soy un tío simpático. Y con ellos, ya a puerta cerrada, estuve hablando de buen rollo, en plan "qué tío más cojonudo es este Kufisto con lo serio que parecía..." Tengo mis cosas, sí, pero sé estar con cualquiera cuando no estoy solo.

En fin, que pensaba que era nuestro maricón (un buen chico, todo sea dicho) cuando resultó que era el novio de la entusiasmada chica que yo empezaba a recordar de esa noche en la que Kufisto pareció ser una persona enrollada.

Tiene treinta años. Es joven. Es tan joven que se va a ir a Méjico con un amigo que no es su novio, aunque en el cicerone que les acompañará durante algunos días lleve la penitencia manchega. Él tiene un hermano que está de mochilero por Thailandia con su novia. Me ha enseñado fotos. Ella, su novia, no paraba de sonreír excitada ante la proximidad de su viaje, aún siendo ya a su edad una mujer que ha visto y trabajado mucha Europa. No se porqué me ha dado muy buen rollo. Hay gente que te causa ese estado. La gente natural, la de la vida viva, la que vive para que otros vivan sin ellos darse cuenta...


No sé. Sólo son seis grados para llegar a cualquier lado.


Seguro que mi padre pescó con Franco.







miércoles, 1 de noviembre de 2017

DÍA DE DIFUNTOS

Recordé su nombre cuando le oí llamar a su mujer, también olvidado por mi. Hacía años que no les veía por el bar pero tiempo atrás, cuando yo todavía trabajaba de noche, eran asiduos clientes de los viernes. Llegaban, se tomaban cuatro o cinco copas cada uno, charlábamos de algo si la cosa estaba tranquila y se iban después de discutir un poco entre ellos, conforme a ella se le iba calentando la lengua. Poco después tuvieron un crío y dejaron de venir al bar. Hoy lo he visto por primera vez y ya tendrá siete u ocho años, puede que nueve, incluso diez. Estaba jugando con los hijos de la pareja que ha llegado un poco más tarde. "Joder, es verdad -he pensado al ver de nuevo al hombre que había venido solo al mediodía-: estos se juntaban con estos...¡no me acordaba! Y mira que este lleva un tiempo volviendo a venir por aquí...pero no me acordaba, jajaja..."

Incluso este día, el de los muertos, era de celebración en otros tiempos. Venía al pueblo nuestra gente de Madrid y tras visitar las viejas tumbas de sus familiares se pasaban por el bar y todo era una fiesta: abrazos, bebida, comida, risas, lotería de Navidad y los chicos dando guerra. No faltaba nadie y todos nosotros éramos pequeños. Y los muertos lo estaban desde hacía muchos años. Nuestros padres todavía estaban fuertes y algunos incluso teníamos abuelos. La muerte era algo que estaba como podía estarlo cualquier cosa. Pero poco a poco fue llegando junto a sus enfermedades y hoy ha sido el primer año que no ha venido nadie de Madrid.

Este es un día fuerte en los bares. Todo el mundo va a ver las tumbas de sus seres queridos, o casi. El Ayuntamiento engalana sus calles durante los días previos tal y como si se vinieran unas elecciones. Viene mucha gente de fuera y han de hablar bien de su pueblo. Ya sean más rojos que un vómito de sangre, la tradición sigue siendo la tradición aún cuando ahora se pase la noche anterior rindiendo pleitesía y vasallaje a brujas y demonios bárbaros desde hace cuatro noches a las que yo no llego: no es que se rían de ellos sino que se ríen de quienes no hacen lo que ellos.

Hoy me levanté con una erección aún más fuerte de lo habitual. Ayer me fui a la cama a eso de las ocho y para mi sorpresa no me volví a levantar hasta la una y media. Me levanté para fumarme un pito y a las tres me quedé frito otra vez. Eran las seis y media cuando abrí el ojo y mirando el móvil, todavía con sueño, pensé en retrasar la alarma de todos los días laborables que ayer olvidé retrasar, pero no lo hice. Obediente sonó a las siete, justo cuando estaba echando el polvo del año. Me quedé un rato ahí, en la cama, los ojos cerrados, oyendo el Bron Yr Aur de los Zeppelin mientras desesperado seguía dándole a aquella morena...hasta que mi gata vino ronroneando a olerme los ojos.

Al final llegué al bar antes que Josemari, aunque no por mucho. Ayer le dije que se pasara a las ocho y media y él respondió que estaría allí a las siete y media, como siempre. Pero no eran las ocho cuando desde mi coche vi que no estaba su bicicletilla y en consecuencia tiré por la prensa. Al volver con ella todavía no estaba. Pero cinco minutos después oí unos tímidos golpes en la puerta.

- Kufisto, Kufisto...
- Voy...

Y le abrí, nos saludamos, le dije lo que tenía que hacer y se puso a hacerlo no sin cantar sus tibios fandanguitos mañaneros que tanto me gustan pese a las amenazas de algunos vecinos.

Josemari es mi Argos. Él sabe más que yo. Él estaba antes que yo. Lo conocí en el viejo bar, cuando afilaba cuchillos en la piedra que llevaba incorporada a su moto. Yo era un niño y él ya un hombre. A mi me daba miedo cuando mi padre me decía de llevarle los cuchillos para que los afilara. Pero él se reía, los cogía como si fueran de papel y empezaba a darle a los pedales de la moto muerta.

- ¿Qué más hay que hacer, Kufistico? -ha dicho al acabar su tarea de hoy con ganas de más
- Nada, ya está todo hecho

Le di lo suyo y ya se iba cantando un fandanguillo bueno en su bicicletilla cuando volvió

- ¡Kufistico!
- Quéeeee...
- No te enfades
- Qué me voy a enfadar
- ¿Te puedo preguntar algo?
- ¿Qué?
- Que si te puedo preguntar algo
- Joder...¿qué te pasa, hostias?
- Ná, hijo...sólo que si te puedo preguntar algo
- Pues claro
- ¿Tú crees en Dios?

¿Dios? ¿Creer en Dios?

- Sí, creo en Dios.
- Pues toma

Y me soltó un pequeño crucifijo metálico.

- Gracias
- De nada, Kufistico
- ¿Y tú? ¿crees en Dios?
- Claro, Kufistico. Si no crees en Dios, ¿en qué vas a creer? -dijo sonriendo

Y se fue cantando.

Metí el Cristo en mi bolsillo de los billetes y esperé a que viniera la gente.


- Yo lo que quiero es estar como Kufisto -le oí decir a Carmelo- ¡Míralo, si está hecho un figurín!


- Adiós, Carmelo
- Adiós, Kufisto


Estaba recogiendo cuando Gonzalo llegó por su café con leche. Es un buen chico con problemas que un mediodía, falto de medicación, estuvo cerca de montarla de no ser yo quien en ese momento estaba detrás de la barra.

Salí a fumar. Él salió después.

- El día de los muertos -dijo
- Sí -dije mirando los árboles
- ¿Tú crees en la reencarnación?
- Yo no sé ni el dos por dos, Gonzalo. Sólo recuerdo que mi padre murió hace ocho meses, que tengo cuarenta y cuatro años y que a mi edad él tenía cinco hijos y era el rey del mundo.

- Kufisto
- Qué
- Eres tremendo
- Ya
- ¿Vas a ir a ver a tu padre?
- No. No está allí. Allí no hay más que piedra, cemento y carne podrida. Lo veo todas las noches en mi habitación, en una foto que tengo. Es como era. Es como fue. Es como es...
- Kufisto
- Qué
- Ojalá y tu padre esté bien
- Seguro, Gonzalo, seguro...Y si no lo está que me guarden sitio, que si Dios no quiere a mi padre yo no quiero a Dios.




sábado, 28 de octubre de 2017

¿SEIS? Y CUATRO




Las hojas muertas caen del árbol como los días del preso viejo...La brisa más imperceptible es suficiente para darle el golpe de gracia a la hoja seca...El raro calor con los muertos a las puertas no es bastante para mantener a las hojas colgadas de las ramas de los árboles; como si las noches, todavía tibias pero cada día más largas, las consumieran sólo con su oscuridad...

Es importante empezar bien; si no lo haces, luego nadie te hará caso. Pero estoy cansado y no quiero beber. Voy a tumbarme en el sofá. Son las cinco y media de la tarde y ya estoy con el pijama puesto. La gatita que hará un mes recogí tras entrar desesperada cuatro veces al bar se viene conmigo. Siempre lo hace. No puede estar sola. No sé qué hará cuando yo no estoy. Haga lo que haga quiere mi cercanía. El otro gato que tuve no era así. Dormía más y nos dejábamos tranquilos. Murió por un descuido mío, creo. No lo sé con certeza, jamás lo sabré, pero estoy casi seguro que yo tuve la culpa. Pero al menos esta ya no tiene los ojos tristes, asustados todavía, que tuvo durante los primeros días.

Leo que hace unos días un astrónomo vio un raro objeto de impronunciable nombre cruzar la órbita de Mercurio y hacer un giro extraño a la altura del Sol para continuar hacia Pegaso. Hay un gif que acompaña la noticia. En el se ve un puntito fijo haciendo de Sol en una ínfima parcela del infinito Universo y otros cuatro aún más pequeños girando a su alrededor a diferentes velocidades. Son Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Me fijo bien y en la parte de arriba aparece Júpiter por un momento. Entonces el raro objeto entra en escena y hace lo que dice la noticia. Lo veo diez, quince, veinte veces. "Va a Pegaso -me digo-, a Pegaso..." Y miro el punto en el que estoy girando en torno al Sol y oigo las voces de la calle y me tiro otro pedo. La gatita ni se inmuta. Estamos girando en torno al Sol mientras un raro objeto va hacia Pegaso. Qué importa. La gatita se acurruca aún más entre mis piernas y me mira con las pupilas dilatadas. 

El reflejo del sol cae sobre el suelo del piso y alcanza mi ojo izquierdo. Bajé la persiana antes de tumbarme pero no tanto como para que no encontrara el último hueco. No me quiero levantar. Tampoco quiero molestar a la gata. Pronto se marchará. También yo podría marcharme, pienso. Levantarme, coger un tren e irme a Madrid. Quizá allí haya algo para un raro objeto como yo. Pero cierro los ojos y veo que no.

¿Dormir un poco? Son las seis y media. A estas horas no me duermo aunque quiera. Luego despiertas y cuando tienes que dormir todavía puedes hacerlo menos. Es mejor seguir las costumbres. Es mejor no salirse de la órbita. Luego haces extraños giros, acabas en Pegaso y al despertarte no recuerdas ni como te bautizaron.

Las monjitas de la maternidad me llevaron a la capilla cuando nací. Me moría y fueron a bautizarme o algo para que no me quedara en el Limbo, supongo. Pero eso no pasó. Luego en preescolar recuerdo que había una que me quería mucho. Sor Rosa se llamaba. Era vieja, alta y delgada. Siempre me miraba sonriendo bajo sus gafas. Yo ya era arisco por entonces, creo. Nunca me gustaron las cercanías. Pero ella me cogía en brazos y se reía dándome besos. Quizá sabía algo que yo entonces no sabía. A veces pienso que todo esto no es más que los recuerdos de otro.

Abro los ojos y la gatita sigue donde estaba, tranquila pero mirándome igual que antes. Pensaba que estaba dormida. Es raro. Vamos a levantarnos. Hay que hacer algo.

Voy a la cocina y cojo un vaso grande. Le echo unos cubitos de hielo y un chorreón de whisky con agua del grifo. Me siento ante el ordenador, abro el blog y rulo el primer cigarrillo. Caerán más de los dos, seguro.

Las hojas que aguantaron los fuertes vientos de la primavera caen muertas de las ramas de su árbol por una suave brisa que es incapaz de variar el quieto vuelo del abejorro que tengo a dos palmos por encima de la mesa. Si yo fuera más pequeño podría ver si está mirándome, aunque creo que él también estará mirando sus cosas pequeñas. De pronto, como un rayo, sin darle tiempo a mi ojo, baja y se posa sobre el amarillo. Empieza a mover sus patas delanteras. "¿Qué hay ahí? -pienso- ¿estará comiendo? Sí, estos bichos todo es comer, no van a estar escribiendo algo..."

Y de pronto, como un relámpago, regresa a la memoria de Dios.

lunes, 23 de octubre de 2017

PASSWORD: DULCINEA

Hace muchos años ya, en la calle Dulcinea, dentro de mi coche, junto a un contenedor de basura, me hicieron la mejor felación de mi vida.

Era domingo y acababa de cerrar el bar. La resaca de la noche anterior aún me tenía en ese estado de nervios que te deja al no darle aunque sea un poco para lo suyo. Ya entonces no era hombre de dos borracheras seguidas nada más que en ocasiones muy puntuales. Puse una televisión local y me fijé en sus anuncios. Salió el de una chica y la llamé. Quedamos en su pensión y la recogí. Era joven y parecía simpática. Estaba un poco gorda pero eso no importaba. Le dije lo que quería y me pidió 30 euros. Yo iba tan acelerado que ni enfilé a las afueras. Paré en la primera calle que vi discretamente iluminada, eché atrás el asiento y me bajé los pantalones. Ella se sacó el chicle de la boca y empezó a chupar con ganas. Estaba a punto de correrme y ella seguía bombeando. "¡Que me corro, que me corro...QUE ME CORRO!!! ¡DIOSSS, DIOSSS!!!" Lo hice en su boca. Ella seguía como esperando la segunda venida. "¡Para, para, para...ay, Dios!" Me dieron hasta calambres en las piernas. "¡Para joder, para!" Paró, abrió la puerta y escupió en la acera. Me miró y sonrió. Cogió el chicle y volvió a masticarlo. Y yo al final pude subirme los pantalones, pagarle y dejarla en su habitación.

Iba caminando esta tarde por las afueras, haciendo el paseo grande que suelo hacer en mi día descanso, pero a pesar de la buena tarde yo no lo estaba tanto. El sábado enganché una de esas que ni recuerdas como terminaron. La mañana amaneció aún más incomprensible de lo normal.Y hoy, pasado el día crítico, tocaba el turno de preguntas: ¿como? ¿cuando? y ¿donde? Sobretodo esta, "¿donde?" No recordaba haber salido de casa nada más que para comprar otra botella. Y volver con ella. Después...amnesia. Y así, sin memoria, es difícil andar por los montes que salen a tu paso. Aunque el sol, el cielo, los caminos y los coches en dirección contraria te digan que vas bien, que estás bien.

Ya dentro del pueblo he recortado para volver a casa. No tenía ganas de seguir por ahí. Y haciendo eles irregulares, fuera de mi órbita extrarradial, he dado en salir a esa misma calle donde aquella chica me sacó hasta la última gota.

- Dulcinea -me he dicho al levantar la vista y ver el nombre de la calle- ¡Dulcinea! Se llama Dulcinea la puta calle...Joder.

Sí. Esa era. Estaba hasta el contenedor, aunque ahora en compañía de otros de diferentes colores. Las plazas de aparcamiento son hoy peatonales. Donde yo aparqué ahora hay baldosas. Y bajo ellas yace aquella memorable noche otoñal.

Estaba llegando a casa dándole vueltas a todo esto cuando al levantar la vista he reparado en la pareja de vecinos que con sus dos hijitos iban delante de mi para entrar en el portal. La distancia no era tanta como para darles tiempo a hacerlo sin mi y no había más opciones que entrar con ellos o dar una vuelta a la manzana. Ayer me los crucé cuando regresaba de mi paseo tras salir del trabajo y parecían aún menos entusiasmados de lo habitual. Pero hoy yo ya estaba tan harto de calle que no quería ni media manzana más. Y he pasado con ellos.

La niña, una rubita que tendrá cinco añitos, estaba sujetando la puerta de acceso. He saludado bajo los cascos y he pasado adentro. El padre, un buen chico algo más joven que yo, estaba buscándose las llaves en los bolsillos. Le he saludado.

- No las encuentro -ha dicho nervioso.
- Pues yo llevo las de la cochera -he dicho- He pasado por aquí porque te he visto.

En estas que habla la mujer desde la verja y dice que las tiene ella. Se las da a su angelita rubia y, corriendo, viene con ellas. El padre las coge, abre la puerta y pasamos los tres para adentro. "Habrá olvidado algo" pienso. Llama al ascensor y esperamos su bajada.

- Era yo el del otro día -me dice
- ¿El de qué? -digo
- El del sábado

Coño

- ¿El del sábado?
- Sí, el que llamó a tu puerta -dice un tanto azorado.
- ¿A mi puerta?
- Sí. Tenías la música muy alta y ya era tarde...y subí con la niña para decirte que la bajaras un poco...

Llega el ascensor. Pasamos adentro y pulso el dos pensando que es el suyo.

- No jodas -digo- No me acuerdo...
- Pues sí...Estabas cantando y voceando. Gritaste algo desde dentro y pensé que lo mejor era irme no fuera que encima me llevara dos hostias.
- Joder...Perdona, tío, perdona...
- Ná, ná, si no pasa nada...Pero es que las niñas tenían que dormir...Menuda fiesta, ¿eh?
- Sí, sí...

La niña me mira tapándose la boca con una manita. Sonríe. La puerta del ascensor se abre y nadie sale. Yo vivo en el 3º y ellos en el 1º. No me acordaba. Me bajo y vuelvo a pedirle disculpas. Subo a pie los últimos peldaños de la escalera al piso. Podría haber sido peor.


Dentro de cien años no habrá más que ladrillos sobre todos nosotros.

sábado, 21 de octubre de 2017

EL BAR ES EL MUNDO

El bar es el mundo. Por él y ante su puerta desfilan todas las criaturas. Una gatilla asustada pasó cuatro veces hace un mes y hoy está en mi casa mirándome mientras escribo esto. Ayer la llevé a la veterinaria para su primera vacuna. "La encontrarás un poco tonta durante la noche -dijo la chica- No te asustes. Mañana estará bien" Llegamos a casa y a la media hora, enfebrecida, fue como si se derritiera entre mis manos que vino a buscar. Pensé que se me moría ahí mismo del calor que la pobre me estaba pasando. Pero una hora después empezó a perder temperatura, se espabiló y poco a poco le volvieron las ganas de morder y arañar. Le di un golpe cuando sus muestras de cariño fueron excesivas para mi y ya en el suelo se fue a comer algo a su habitación.

El bar es el mundo, sí. En él también he visto entrar a mucha gente. Podría escribir una enciclopedia entera con todos ellos. Todos tienen su historia, hasta los que no repiten. Quizá estos más que nadie. Hace poco vino un viejo de Suiza. Nació aquí pero se fue con veinte años. Ahora tiene ochenta y ya está solo. Parecía joven para su edad, pero decir setenta en lugar de ochenta no es gran cosa si hablamos de los años del hombre. Él me contó algunas buenas cosas de su viajada vida durante las tres o cuatro tardes que vino por el bar. En la última, sin darse cuenta, se llevó mi teléfono. Yo estaba recogiendo los toldos cuando vi llega a una muchacha con un buen par de tetas. Ella también me miró y yo pasé para adentro.

- Hola -le dije
- Hola -me dijo ella- ¿eres el jefe?
- Sí
- Entonces este teléfono es tuyo
- ¿Qué?
- Sí. Este teléfono tiene que ser tuyo. Me lo acaba de dar un cliente del hotel.
- Nonono...pero qué coño

Me enseñó el teléfono. Llevaba mi salvapantallas. Era el mío. "¿Pero qué coño?"

- Se lo ha llevado sin darse cuenta el señor que viene por aquí y está alojado en el hotel donde trabajo. A mi me pillaba de paso y le he dicho que se lo traería yo...
- Joder, pues muchas gracias
- De nada
- ¡Tómate algo!
- No, no, me voy que tengo que comer
- Bueno...

Y ya no he vuelto a ver a ninguno de los dos. El discreto señor suizo ya estará en Suiza o en Torremolinos y ella seguirá dando de comer a los que tienen más hambre que yo.

El bar es mi mundo por muchas historias thailandesas que me cuenten. A él vienen a contarlas. Yo las escucho con atención, pero siempre deseando irme a mi casa. No hay nada como estar aquí. Nada. Nada más que cuando sales a andar con los auriculares puestos en las zonas sonoras.

El bar es el mundo. Y hoy llegó un gemelo de mi padre con su lejano hijo, un buen amigo mío, y otro tío, un compadre, que es un puto lobo solitario como yo, aunque se lo monte mil veces mejor.

- Kufisto, ponnos de beber, me cago en Dios
- No hables así, joder -dijo el viejo

Les puse de beber y me puse con ellos. El mediodía ya estaba vencido y me gustó ver a ese viejo que tan buenos ratos echó con mi padre. Es casi clavao, el cabrón...sólo que él, siendo más viejo, todavía sigue vivo aunque hoy, ya siete meses después de la última vez que lo vi en el funeral de mi padre, lo he visto más deteriorado. Se nota la puta muerte, joder, se nota...

- Yo me acuerdo mucho de tu padre, Kufisto -dijo el viejo-, sí...Cuando iba por ahí, por el bar de mi barrio con tu tío...Me acuerdo mucho de él...De su Athletic y tal...Como nos reíamos...Joder...Iba con tu tío. Ahora lo veo pero es como si no estuviera a gusto, se va enseguida...
- Sí, mi tío está como pollo sin cabeza, el pobre.
- Sí...qué lástima, coño
- Pues sí. Es una lástima.

El bar es el mundo. Y el mundo se va muriendo mientras nos reímos.

Estos se fueron y llegó otro. En la acera de enfrente un coche de la Guardia Civil estaba reteniendo a un tío. Salí a fumar y miré bebiéndome una cerveza. El colega de adentro tenía ganas de hablar por primera vez en un año. Supongo que estaría medio pedo. Nos puso por las nubes y más allá. A la gente le encanta nuestro bar.

- ¡Coño, como te llamas, hostias!
- Jorge
- Yo soy Kufisto
- Joder, coño, Kufisto, si es que sois la polla, los mejores...
- Pues sí, lo somos, pá que nos vamos a engañar...
- ¡No, de verdad! que yo ando pá allí y ando pallá y no hay un bar como el vuestro, joder...
- Gracias
- Nonono...De verdad te lo digo, Kufisto...
- ¿Como te llamas tú, joder? Vienes viniendo por aquí un año y todavía no sé como te llamas
- ¿Jorge?
- Bueno, pues yo soy Kufisto
- Ya, si ya sé que eres Kufisto...

El bar es el mundo. El bar te reconoce. Kufisto puede tener un mal día pero luego se le va.


El bar es el mundo que espera, el mundo que aguanta, el mundo que trae y el mundo que lleva; el mundo de las fiebres gatunas y el del padre que no te conoció más allá de atarte los cordones, el de tu puerta abierta a una gata callejera y cerrada a toda que no lo intente, el de la...


El bar es el mundo. Sí, lo es.


Y esta hija de puta de gata me está jodiendo otra vez...

miércoles, 18 de octubre de 2017

OSCAR

De frente estrecha y mirada fija, pequeña cabeza y sonrisa torcida, Oscar era uno de esa clase de tipos a los que la gente prefiere evitar aún sin conocerlos.

Cuando tuve que tratarle él andaría por los treintaipocos. Ya estaba divorciado y su hijo vivía con la madre. Por entonces andaba de pastor, cosa que casi podría advertirse a simple vista por su cara curtida por el sol. Extraña cara aquella, pues pareciendo mayor de lo que en realidad era seguía conservando un acusado tono jovial, travieso, que unido a su pequeña estatura y a la falta de corpulencia habría podido llevar a error a cualquiera que pensara vérselas con él: hay lobos que a la hora de la verdad maúllan y gatos que llegado el momento rugen. Y Óscar era uno de estos.

En el viejo bar todos lo conocían menos yo. Venía poco y siempre por la tarde, a la hora del café. Llegaba, pedía el suyo y se quedaba ahí, solo, acodado en la barra con su sempiterna media sonrisa, mirando a los viejos jugar a las cartas. A veces se sentaba con ellos como mirón. Y si algo no le había cuadrado una vez finalizada la partida lo decía bien alto, con aquella voz brutal tan acostumbrada a tratar con bestias. Los viejos no solían hacerle mucho caso y empezaban otra tras el breve intercambio de comentarios. Se jugaban cuatro perras que según como y de qué manera parecían millones: el orgullo de un hombre es lo último en morir; como si tu sombra, ya tan alargada por el sol de poniente, se riera de ti desde el otro lado del seco canal, quince o veinte metros más allá, viendo tu pesado andar mientras ella se desliza entre tierra, hierbajos y chinarros tal que tú cuando tenías diez años y no había más sombras que las chinescas de tu abuela en la pared de su dormitorio...Luego se apagaba la luz, todo era sombra y había que dormir.

Oscar llegó una tarde y me vio con el tablero de ajedrez.

- ¿Juegas al ajedrez, Kufisto?
- Sí
- ¿Y estás jugando solo?
- No, coño -dije yo- Estoy viendo una partida de maestros

Me miró extrañado, como sin comprender.

- ¿Echamos una? -dijo
- Vale -dije. Y se sentó conmigo en una de las mesas de la terraza del bar.

Le gané varias veces. No jugaba del todo mal. No tenía ni idea de teoría pero tampoco hacía jugadas estrambóticas. Era como si tuviera claro que las piezas están para algo, no de adorno. Y él las desarrollaba y las ponía en marcha, aunque no siempre en las casillas correctas. Pero les daba vida, que es lo que hay que hacer aunque no sepas como lo hicieron otros antes que tú.

- ¿Pero ese sabe jugar al ajedrez? -me preguntó mi tío, con aquella pachorra que tenía, una vez que hubimos acabado.
- Pues sí
- Anda con Dios...¿y te ha ganao?
- No, coño
- Ahhh...-y dio como un suspiro de alivio. En los pueblos se suspira mucho.

Oscar se picó y empezó a venir más a menudo al olor del tablero. Se olvidó de los viejos y se venía conmigo. Había una hora en la que podía dedicarme a ello y eso hacíamos. Trabamos una cierta amistad. Yo no lo veía tan malo como lo veían los demás. Jugábamos y charlábamos. Sí, podías sentir su mala leche, su mala follá, pero jamás me montó ningún número como a veces lo hacía con las partidas de cartas de los viejos. Él perdía una y otra vez, yo le explicaba donde se había equivocado y volvíamos a jugar. Y cada vez me costaba más.

Hasta que una tarde me ganó.

- ¡Te gané! -dijo- ¡TE GANÉ! JAJAJA...

Me alegré, de verdad lo digo. Me alegré porque me ganó bien, sin concesiones por mi parte. Pero cuando vi la cara de mi tío ante las exclamaciones de Oscar fue como ver a mi maestro de Matemáticas cuando le dije que iba a escoger Letras Puras en BUP.

Después de aquella derrota jugamos poco más. De hecho no sé si volvimos a jugar. Ahora que lo pienso creo que no. Ganó y se retiró. Como Fischer.

Luego yo tuve una mala racha en la vida y volvimos a encontrarnos en algunos tugurios que jamás hubiera pisado de no ser por estar como estaba. Y a no ser por él no hubiera salido con bien de alguno de ellos.

Una noche, hace años, ya en el nuevo bar, Oscar apareció bien pedo. Hacía tiempo que no lo veía y más´que hubiera deseado no verlo. Estábamos a punto de empezar con el jaleo de las copas del sábado noche.

- Hola, Kufisto
- Hola, Oscar

Fue la primera vez que lo vi borracho. O la primera en verlo sin estarlo yo.

- Ponme un cubalibre

Se lo puse. Él se acodó en mitad de la barra y empezó a soplar. Intenté ignorarlo pero él tenía ganas de hablar. Seguía teniendo aquella voz brutal, bestial, impropia de aquel cuerpo, como el de un gato con lengua de dragón.

Llegó la gente. Subieron mis pulsaciones. Todos le hacían hueco; ninguno le atosigaba. Era como si llevara un letrero sobre la cabeza. "No tocar" "Don´t touch"...

Fui a mear y al salir le vi hablándole a una niña de diez años que esperaba su turno en el servicio de señoras. Era la hija de una clienta, una tía más flamenca que Rocío Jurado con veinte años. No me dio tiempo a hacer nada cuando llegó su madre y la cogió para llevársela.

- Me gusta tu hija -le dijo Oscar a la mujer
- Sí, jajaja...-respondió nerviosa ante mi más absoluta estupefacción.
- Me gusta...

El miedo hace cosas increíbles.

La madre cogió a su hija y se la llevó.

- Oscar, no me jodas -le dije
- Quéee...
- Que no me jodas

Volvimos a nuestros puestos. Nos dejamos estar. Hay veces que tienes que hacerlo así. Hay veces que tienes que hacerlo así...

Se quedó hasta el cierre, hasta que mis hermanos se fueron por indicación mía y yo hice la caja.

Nos bebimos la última y cerramos el bar.

Ya en la calle me dio otro abrazo. Y arrancando mi coche con el Highway Star lo oí:


- ¡KUFISTO!
- ¡QUÉ!
- ¡¡¡YO TE GANÉ UNA VEZ AL AJEDREZ!!!


Sí.


Y ahora que lo pienso bien creo que me dejé.






miércoles, 11 de octubre de 2017

EL LOBO MESETARIO

Un tiarrón vestido de mujer fue el primer cliente del nuevo día que estaba amaneciendo. Pidió una cerveza mejicana y un chupito de tequila. "¿Me lo puedo llevar? Vivo ahí enfrente, luego te lo traigo" Le miré, lo vi cansado y le dije que sí. Sacó un paquete de tabaco con el cambio que le devolví y salió del bar con su compra.

Ayer lo vi por primera vez. Vino al bar a eso de las dos de la tarde y se sentó en la terraza junto a una chica menuda, sudamericana también. Pidieron dos cafés con tostadas. "Piso de enfrente" pensé. Allí duermen y hacen sus extras, aunque el trabajo serio lo desarrollan en un club de un pueblo cercano, tal y como me explicara una jefa hace unos meses, una chica joven que era la encargada de traer y destraer al personal y la depositaria del dinero que iban ganando. Venía a tomar café por la tarde, cogía un taburete y se sentaba a mi lado. Supongo que le gustó mi tranquilidad. Entonces empezaba a hablar y yo a escuchar. Hablaba mucho, rápido y gesticulando sin dejar de mirarte a los ojos nada más que para recordar algo. Contaba historias del club, de su vida, del novio que tenía en la cárcel y de los chulos que había tenido que ir a visitar a la comisaría. También me habló de una casa que se estaba haciendo en la costa y del hijo que cuidaba su madre. Le daba a todo pero decía controlarse desde la meningitis que hacía un par de años la había tenido postrada en cama durante casi uno. Un leve gangoseo al hablar era una de las secuelas que le había dejado. Ella era buena pero dura, decía. Me invitó a su cumpleaños, creo que el 34. Aquella tarde se pasó por el bar en compañía de un par de chicas, dos travelos y dos muchachos. Bebieron algo y pronto se fueron. Estábamos solos y ellos tenían ganas de fiesta.

- ¡Luego venimos por la noche, Kufisto! -me dijo ella- ¿estarás por aquí?
- No sé, no creo
- Ven, ven...

Poco después dejé de verla. Supongo que a ella también la trasladaron. La vida de esta gente es un continuo traslado. Con el dinero que ganan en un mes yo vivo seis. Pero los vicios, las medicinas y las hormonas nos igualan. Y el mundo que ven no es el que yo alguna vez quise ver.

Eran las tres de la tarde cuando salí a recolocar la terraza. Durante la mañana la ponemos junto a la fachada, bajo los toldos, y por la tarde, cuando llega la sombra, la dejamos en su sitio legal, un par de pasos más allá, al otro lado de la acera. Hay una ordenanza que no permite obstáculos a menos de dos metros de la pared por respeto a los invidentes pero bueno, se hace un poco la vista gorda y no pasa nada, aparte que yo ya tengo mi ciego oficial y controla bastante bien el tema a base de buenos bastonazos. Claro que también hay otra ordenanza que pone parecido impedimento sólo que a un metro de la calzada para que los coches puedan abrir las puertas y todo eso, pero bueno...si todas las ordenanzas se cumplieran escrupulosamente el Ayuntamiento no vería un duro. Y eso sí que no. Mejor hacerse el ciego y recaudar que ir pegando bastonazos y no sacar para las putas y los putos, la farlopa y el piso en Nueva York entre los aplausos y los vítores del personal.

"¿Cuanto tiempo llevo trabajando aquí? -pensé mientras le daba los dos pasos de todas las tardes a la primera mesa- ¿dieciséis años? ¿dieciséis ya?...Joder...ya llevo más tiempo aquí que allí. Cuando llegué aquí tenía veintiocho años. Ahora tengo cuarenta y cuatro. Dentro de dieciséis tendré sesenta y dos...Sesenta y dos...Me acuerdo en el viejo bar cuando yo era un chico e iba a echarle una mano a mi padre y a mi tío...Había dejado de estudiar y empecé a ir también durante los inviernos, no sólo los veranos con la terraza...¿qué tendría yo? ¿dieciséis años? Lo dejé en COU...sí, sería por ahi, más o menos...dieciséis años...Entonces yo llegaba con mi libro y me sentaba en la cocina después de preparar algunos pinchos para la tarde, cosa de poco, esto siempre ha sido cosa de poco...Después a leer mientras esperaba alguna voz desde la barra por alguna rara ración de algo...A veces me enfadaba, sí, jajaja...A lo mejor estaba en lo más interesante del libro y llegaba mi padre o mi tío y voceaban "¡¡¡UNA DE CALAMARES!!!", bien fuerte, para que lo oyeran hasta en la calle, si, jajaja...Y yo me cagaba en la puta, dejaba el libro, pillaba un manojo de calamares de los buenos y mis manos enharinaban aquellos maravillosos calamares antes de echarlos a aquella durísima freidora italiana...¿Qué leía yo entonces? ¿Hesse? Sí, casi seguro que era Hesse. El Siddharta, el Damian y todo aquello...¡El lobo estepario, sí! el lobo estepario...Luego lo leí y me pareció una mierda. Claro que todo lo que gustaba entonces ahora me parece una mierda, o casi...Y lo que no me gustaba, ahora lo echo mucho de menos...Yo estaba allí, en esa vieja cocina, leyendo todo aquello y haciendo gambas a la plancha y jamás pensé, jamás pensé, que veintiocho años más tarde iba a estar poniéndole una cerveza y un chupito de tequila a las ocho de la mañana a un tiarrón vestido de mujer...Aquello era algo circunstancial, nada más. Yo tenía talento, todo el mundo lo decía, los profesores los primeros...¿Qué pasó, qué pasó, qué pasó...?...Cuarenta y cuatro años...cuarenta y cuatro años...¿Recuerdas cuando en uno de aquellos locurones le dijiste muy serio a tu amado hermano que te ibas para Bilbao, así porque así? Al final no te fuiste a ningún sitio. Pero él si se fue después. Y aunque no fue a Bilbao, ahora trabaja en lo que mucho más tarde quiso estudiar y tiene una mujer y dos hijas...Hesse, Hesse...también a él le gustaba. A él le gustaba todo lo que a mi me gustaba. Yo era el mayor, yo era el mayor...¿Y mi padre donde estará? ¿y mi tío? ¿y toda aquella gente que ya no volveré a ver?...¿te acuerdas de aquel viejo cliente que esa noche, viendo el éxito que tenía el bar de enfrente, contestó suavemente a tu odio juvenil con aquella llamada a la calma y al buen sentido? Sí, sí, sí que me acuerdo...me avergoncé aún sin reconocerlo. Era muy buen amigo mío, muy bueno...me apreciaba...Yo sólo era un chico, sólo eso. Un chico que leía libros y eso, pero un buen chico. Después de todo yo era el primogénito de mi padre y él, amigo suyo, lo estaba pasando muy mal en su vejez por su mala cabeza anterior. Ángel, Ángel...llegaste a venir al nuevo bar. Fuiste de los pocos, poquísimos, que hicieron el largo paseo aún cuando tú ya estabas con el bastón que te ayudaba a andar. Poco después te moriste. Fui a ver tu tumba a algunos días más tarde. No tenías lápida ni nada. Tu nombre y tu alfa y omega, nada más. Yo iba a ver las de mi gente, con sus flores y sus mármoles, y siempre me pasaba a verte para rezar algo por ti. Y ahí seguías tú, a pelo. Ni tu mujer, ni tus hijos se gastaron más de lo imprescindible para enterrarte, Ángel. Hesse, Hesse...Hesse..."


Algo chocó con algo. El bastón de Paco había topado con las sillas de la mesa de la entrada del bar.

- ¡Me cago en la puta, Paco!
- ¡Qué!
- ¡Pero qué coño haces ya aquí!
- ¡Pues aquí estoy!
- ¿Y eso? ¿y la siesta?
- ¡Que hoy no ha habío siesta!
- ¿Pero qué te ha pasao?
- ¡Ná, que he discutío con mi madre! Vamos pá dentro, anda
- Anda con Dios...
- Sí, anda con Dios pero ponme un café


Pasamos y le puse su café con hielo y sacarina. Después me contó su historia.


Pero esta la dejo para otro día.

viernes, 6 de octubre de 2017

ESTRELLA FUGAZ

La muchacha entró al bar apartando la cortina metálica casi que con violencia. Por un momento se quedó allí, en la entrada, quieta, seria, con la cabeza un tanto baja y mirando al frente, hacia el muro azul que tapa los servicios y esconde las cajas de botellas vacías. Apoyado en él, mirando su teléfono, estaba un arquitecto que suele venir los viernes a tomarse unas cañas. Después de unos segundos ella dejó de mirar hacia allá, lo hizo fugazmente hacia el salón y vino hacia la barra encontrando sitio detrás del grifo de la cerveza.

La reconocí, aunque estaba algo cambiada. Llevaba el pelo muy corto. Parecía como si se lo hubiese rapado o algo. Iba maquillada como siempre, de una forma un tanto infantil: los labios de un rojo intenso y las uñas, muy comidas, del mismo tono. La noté más delgada que otras veces. Había perdido esos kilos que le sobraban y su carita resultaba agradable de ver aún estando enfurruñada. Tímidamente, sin mirarme a los ojos y después de dudarlo un tanto, pidió un café solo.

- ¿Puedes ponerme un pincho de tortilla? -me dijo
- Claro. ¿Así? -le dije enseñándole uno que venía a ser la tapa normal
- ¡Oh, no, no, no...! La mitad, la mitad

Se lo puse y la pobre rompió a llorar.

Los hombres que había a los lados dejaron de hablar. Uno de ellos le tocó suavemente el brazo y le preguntó si se encontraba bien. "Sí, sí..." dijo ella llorando a lágrima viva mientras dejaba ver unos dientes blancos, preciosos, que me llegaron al alma.

- ¿Qué te debo? -preguntó.
- Uno treinta

La chica buscó en su bolso y al final logró sacar un pequeño monedero. Me pagó como pudo y cogiendo el café y el pincho de tortilla hizo ademán de salirse a la terraza.

- Jesús -le dije al mismo que le había preguntado- Haz el favor de abrirle la cortina a la chica.

Jesús lo hizo y tuve la sensación de que hubiera podido abrírsela aunque hubiese sido de plomo. Los hombres no sabemos qué hacernos cuando una muchacha joven y bonita llora sin qué sepamos porqué.

Volví con el arquitecto.

- ¿Qué pena, no? -dijo
- Sí, una pena...-respondí- La conozco de otras veces. Creo que no está bien...ya sabes, de la cabeza y tal...
- Qué lástima más grande, joder. Dame fuego, anda, que voy a salir a fumarme un pito.

Se lo di y salió. Yo me hice uno, el primero del día y más para que no se olvidara de devolverme el mechero que por las pocas ganas que me había dejado la apocalíptica noche de ayer. Al salir estaba hablando agitadamente por teléfono y me supo mal pedírselo. Miré a la chica. Ya no lloraba. Pero no consigo recordar si estaba mirando su móvil u otra cosa que tenía entre las manos. No lloraba. No lloraba, ya está. Y me pasé adentro.

El arquitecto pasó y le pedí el mechero. Salí justo cuando la muchacha ya iba por la otra acera, mirando de vez en cuando hacia atrás. Me fijé en sus pantalones vaqueros, demasiado grandes, y en la cazadora de cuero que llevaba puesta a pesar de los treinta grados. La vi bajar la calle sola, como asustada, y un sentimiento de dolorosa ternura me colocó un nudo en la garganta. Tiré con asco el mal pito después de tres o cuatro caladas y volví al trabajo.

Mi turno acabó. Quedaba mucha tarde por delante y no era plan de pasarla en casa cociendo los restos de la resaca entre malos pensamientos. Me puse los pantalones cortos, una camiseta, la gorra y una botella de agua y salí a andar el paseo de castigo, el más grande y duro, el que reservo para esta clase de días.

A mitad del camino me acordé de ella y no dejé de pensar en lo que había pasado. Una tras otra pasaban canciones de Led Zeppelin mientras yo no hacía más que darle vueltas al asunto. ¿Podría haberla ayudado, hacer algo por ella? De entrada podrías no haberle cobrado el puto café, capullo, aunque quizá ella se hubiese atorado todavía más. O puede que preguntarle si podías hacer algo por ella, lo que fuera, cualquier cosa, hasta la más jodida: "¿qué te pasa, hermosa? por favor, dímelo, dime por qué lloras, quien te hace llorar, qué te hace llorar, dímelo, por favor...haré lo que sea por ayudarte, tú sólo tienes que decírmelo y verás qué pronto acabo con tus lágrimas...¿estás sola? ¿te has quedado en la calle? ¿quieres venirte a mi casa?...no, por favor, no te confundas, no quiero aprovecharme de ti ni nada de eso, sólo quiero ayudarte, ayudarte...no quiero verte llorar...no quiero que vuelvas a llorar...tengo una gata en casa, una gatita pequeña que recogí hace dos semanas, seguro que te gusta...aunque tiene las uñas muy largas y hay que andarse con cuidado...tengo poca comida en el frigo, pero compraré lo que te guste...tú dormirás en la cama grande, si quieres con la gata para que te haga compañía...yo ya dormiré donde sea...me levanto temprano...te dejaré unas llaves de casa por si luego te apetece salir...luego volveré y comeremos algo...si quieres iremos al cine o a cenar algo por ahí...lo que tú quieras, lo que tú quieras...¡Oh, joder, no haberle dicho todo esto cuando has podido, imbécil! siempre te pasa lo mismo, siempre...¡ahora estará por ahí, sola, asustada, temiendo que cualquier cabrón le haga daño, que cualquier hijo de puta intente abusar de ella! ¡Santo Dios, qué malo soy! Ojalá la viera ahora, ojalá la viera ahora..."

Bajando un puente encontré a un enorme gato muerto reventado a un lado de la carretera.


Cincuenta metros más tarde pensé que hubiera estado bien sacarlo de la calzada para que ningún otro coche lo reventara más por muy muerto que estuviera. Por un momento hice el amago de volver atrás. Pero seguí adelante.


El sol estaba declinando rápidamente hacia su ocaso. A lo lejos se veía el pueblo. Pronto estaría de vuelta a él.


Llegué. Vi gente paseando, sentada en los bancos, montando en bici o corriendo, hablando entre ellos o con los auriculares puestos, para arriba y para abajo, por los lados, en coche y en moto, en camiones, en sucios talleres y en la entrada al cementerio, en la amplia avenida llena de árboles y césped bien cuidado, en sus limpias aceras, en sus bonitas casas, en el Polideportivo, en el parque y en su merendero lleno de familias celebrando algún feliz acontecimiento, en los niños corriendo y jugando, riendo salvajemente, en la arteria principal y su frenético circular del inicio del fin de semana, en los bares y sus terrazas, en las tiendas y sus reclamos, en todos aquellos colores, en todo aquel ruido blanco...


Y no la vi.




jueves, 5 de octubre de 2017

UN LOCO EN EL BAR

- Buenos días -dijo
- Buenos días -dije
- Una copa de anís con hielo; Castellana, por favor

No he conocido ni un sólo bebedor de anís que no sea un borracho o peor. Cogí un vaso de tubo.

- En copa si no te importa, gracias.

Miré por donde los vasos de las cañas y encontré la única copa que guardamos para tales menesteres: el anís y su primo hermano el coñac ("la coñac") dejaron de ser por aquí los amos del cotarro cuando ya en tiempos de mi padre empezaron a entrar el ponche y el pacharán. Y ni os cuento con la llegada de los licores de hierbas y cremas de orujo: cero. O casi cero. Pero la pequeña coma está reservada para los más perdíos de la vida.

Cogí la botella de Castellana y le eché una copa.

- ¿Seguro que es Castellana?

Esta es otra. No es sólo que sean los más borrachos, sino que no sé qué les pasa que no pueden con otro anís que no sea el suyo: o el que beben, o nada.

- Sí, es Castellana -le dije enseñándosela. La Asturiana es muy parecida, de ahí sus reticencias.
- Ah, vale, vale...perfecto.

Le miré. Parecía aún más jodido para la edad que parecía tener. De seguro era un enfermo de hospital o algo semejante.

Y efectivamente lo era, pero no él sino su madre.

- Estoy en el hospital con mi madre -dijo ya en la distancia que hay entre el grifo de cerveza y el ordenador
- ¿Ah, sí?
- Sí. Un linfoma.
- Vaya, lo siento.
- Sí...oye, ¿sabes donde hay por aquí un sitio para comprar periódicos o revistas?

Se lo indiqué mientras de reojo miraba lo que había dejado encima de mi barra: un número de Año Cero y un libraco sobre no sé qué de los Espíritus.

- Muchas gracias, Maestro -dijo

"¿Maestro?" ¿yo? ¿Maestro? Cuando alguien que te ve por primera vez te dice maestro, o es gitano o está loco. Y este no tenía pinta de gitano.

Insistió en hablar. Tenía muchas ganas. Yo había acabado de dar los desayunos y estaba en el impass hacia las cañas. Él no paraba de llamarme Maestro y yo de asentir. Me fijé en una oscura mancha bajo su pómulo derecho, en su extrema delgadez, y pensé que ese tío no podía estar bueno ni aunque yo fuera sordo. Finalmente tuvo que irse a cuidar de su madre.

- ¿Das de comer, Maestro?
- Bueno...algo parecido
- Pues ya está, luego vengo
- Vale
- Adiós, Maestro
- Adiós, adiós

Llegó mi hermano de sus vacaciones. Nos besamos y me dijo que vendría un poco antes de mi habitual salida, cosa que interiormente celebré. Todavía tenía tiempo para medio currarme mi comida y eso hice. Cuando la gente llegó por sus cañas y vinos yo ya tenía mi posterior papeo listo para echarle un poco de pimentón picante y estrellarle un par de huevos.

También se dieron bien las cañas, cosa rara, que en la siempre incómoda silla de los bares cuando no te falla una pata te falla otra y cuando no, las cuatro.

Estaba recogiendo. Llegó un amigo, un guardia civil. Le puse una caña y me dio un melón que le sobraba. Hablamos algo del tema catalán. Me eché la primera cerveza. Se fue a recoger a sus hijos y justo estaba por hacer lo mismo con mi bar cuando volvió a venir Jesús.

- Aquí estoy, como te dije
- ¡Hombre! -dije yo poco menos que viendo "Apocalypse Now" en Telecinco-...¿qué tal tu señora madre?
- Pues mal, mal...Dame un vino y un bocadillo de tortilla
- Venga, vamos

También me jodió con el vino. Quería un Rioja y esto es La Mancha, LA-MAN-CHA.

- Rioja, 0- Lamancha, 3
- ¿Qué?
- Que no tengo Riojas
- ¡Bueno, pues ponme uno bueno, Maestro!

Le puse uno y un buen bocadillo de tortilla. La venida de mi hermano me había alegrado el día y en fin, las cuatro de la tarde no son las seis cuando has abierto a las siete y media, ni mucho menos. Me eché otra cerveza y me olvidé de comer más o menos como Julio Iglesias se olvidó de vivir.

- ¿Maestro?
- Qué
- ¿Quien ha hecho esta tortilla?
- Mi hermano pequeño
- Pues luego le dices que esta buenísima
- Vale

Terminé de recoger hasta los toldos. No le perdí de vista mientras lo hacía. Recoloqué la terraza y pasé para adentro.

- Maestro
- Qué
- Que puta es la vida

Y empezó a contarme la suya.

- ¿Como te llamas? -dijo
- Kufisto
- Yo me llamo Jesús
- Estupendo
- Tengo el VIH. Una amiga me lo pegó hace casi veinte años. Una amiga de la infancia, no creas...Me lo dijo algún tiempo después, cuando se lo detectaron a ella, o eso me contó...El caso es que me hice las pruebas y di positivo...Nos fuimos de acampada y tal...en fin. Yo creo que no lo sabía, que me dijo la verdad
- Claro
- Sí...Mira, estas son mis medicinas -dijo sacando un paquete de su bolsa. Las miré. Eran pastillas- Setecientos pavos
- ¿Setecientos pavos te cuesta esto?
- No, Maestro, esto lo paga la Seguridad Social

Me eché otra cerveza. Pasé de lavarme ya ná.

Sus hermanos, tres, querían echarle de su casa, de la de sus padres, una a la que fueron cuando se largaron de Entrevías para irse a un pequeño pueblo de La Mancha.

Y ya, el medio comido y yo sin comer más que cerveza en vistas de mi próxima liberación, empezamos a hablar.

Sus hermanos eran unos hijos de puta, de entrada: querían vender la casa y dejarlo en la calle cuando muriera su madre.

- Joder, ya les vale -dije yo
- Pues sí, así es, Maestro
- Kufisto
- Ku qué
- Que me llamó Kufisto, ya te lo he dicho antes -dije
- Ah, perdona...No me acuerdo bien de las cosas
- Ya
- Pues eso, Maestro, que cuando mi madre murió hace tres años...
- Espera, espera, espera, espera...-dije yo ya en modo qué me estas contando- ¿pero no estás diciendo que tienes a tu madre ahí, en el hospital, medio muerta con un linfoma...qué cojones me estás contando?
- No, no, nonono, no es mi madre...Es una puta
- ¿Una puta?
- Una puta
- La madre que me parió...Voy a echarme otra cerveza
- Te invito yo a esta, Maestro
- ¡Pero qué coño me vas a invitar llamando madre a una puta, Jesús!
- Que no, que no, que ha sido un error, Maestro...
- Me llamo Kufisto, joder, que ya te lo he dicho cuarenta veces.
- No...mi madre murió hace tres años, sí, pero esta mujer me salvó la vida cuando estaba allí, en Entrevías...
- Vale, vale...

Lo había desvirgado. Luego él se quedo tirado, ella lo recogió, sin su ayuda seguro que estaría muerto...y ahora era él quien estaba cuidándola. Todo muy dostoyevskiano. Pensé en pasarme al whisky pero me eché otra cerveza. La cosa se calmó un poco.

- ¿Crees en los extraterrestres, Maestro? -dijo

Lo miré. Evidentemente estaba jodío, tenía el SIDA y cuidaba de una puta moribunda de 57 años.

- Eso es muy relativo -dije
- ¿De qué?
- De que si te crees que el Universo es infinito como dicen, pues sí. Pero sino, no
- No te entiendo
- Ni yo me entiendo.
- ¿Sabes, Maestro? Yo tengo varios libros editados
- ¿Qué?
- Sí, libros, libros que dicen la verdad; qué es lo que va a pasar y todo eso...Me pagan por ello
- ¿Que te pagan?
- Sí, sí me pagan...
- Pues yo también escribo y nadie me ha pagado nada nunca.
- ¿Y qué escribes?
- Mi puta vida

- Maestro
- Qué, joder. Y me llamo Kufisto
- ¿Juegas al ajedrez?
- Pues claro
- Tengo un amigo...Apostamos pasta y le gano. ¿Tienes un tablero?
- Lo tengo, pero no voy a jugar contigo. Mi hermano está a punto de llegar y voy a irme a mi puta casa.
- Qué lástima -y empezó a contarme el mierda mate que hace un par de meses le había dado al del bar de abajo.

"Dios, te follo vivo" pensé

- ¿Cual es tu ajedrecista favorito? - le dije
- Bobby Fischer -dijo


Y entonces llegó mi hermano y le di gracias a Dios por adelantado.

viernes, 29 de septiembre de 2017

VIVIR Y MORIR EN LA MANCHA

Yo tenía veintipocos años y él los que ahora tengo. Ella era algo mayor que yo, no mucho más, o eso es lo que hoy recuerdo. Que no eran de aquí saltaba a la vista. Que eran muy felices, también. Y que cada vez que venían al bar todos nos alegrábamos es algo que no he olvidado.

Fue un verano de hace muchos años, quizá hayan pasado ya veinte. Vinieron una tarde y se sentaron donde siempre se sentarían, en la barra. Él tenía aspecto de profesor. Ella era muy guapa: apenas maquillada, el pelo largo, la tez pálida, y unos ojos grandes, tímidos, profundos y serenos. Eran educados sin resultar cargantes, cosa que puede resultar casi tan irritante como no serlo y que muchas veces es signo de mala educación. Sus conversaciones eran eso, suyas, y esto era lo que sin duda alguna les delataba como extranjeros en esta Mancha tan dada a llevar el altavoz cosido a la garganta. Pero lo que más llamaba la atención eran sus perennes sonrisas, tan naturales y contagiosas que hasta unos mancheguitos como nosotros no veíamos nada ofensivo en ellas, al contrario.

La verdad sea dicha, nosotros éramos de lo mejor que ellos podrían encontrarse por aquí. Y supongo que ellos se dieron cuenta enseguida porque muy pronto empezaron a venir a diario. Jamás les preguntábamos nada. Nunca nos hacíamos los típicos graciosos pueblerinos que no éramos. Les atendíamos bien y punto. Y cuando ellos querían charlar, charlábamos. Y mi padre, que era un figura y en cierto sentido un hombre de mundo y los apreciaba casi tanto como yo a ella, se quedaba con ellos.

No recuerdo hablar poco más de cuatro nerviosas cosas con aquella pareja. Era muy joven, ella me gustaba mucho y yo me daba cuenta de que no tenía nada que hacer.

Una noche, a finales de verano, vino Paco el Gato con una borrachera del quince. De hecho no llegó a entrar al bar por indicación de mi padre y, obediente, se quedó en el ventanal que daba a la calle. Yo era la primera vez que lo veía borracho. Paco no bebía más que café y algún que otro zumo. Era ladrón y había estado en la cárcel. Gordo, bajito, ininteligible aún sereno, cuasi deforme, estaba casado con una de su clase a la que solía ahostiar antes de que lo encerraran en la cárcel por robar los cepillos de las iglesias madrileñas. Pero salió y ya más tranquilo se vino para su pueblo. Y se convirtió en una de nuestras moscas de bar: ¿hacía falta algo del mercao? Paco iba; ¿que había que ir a por unas botellas de coñac? Paco iba; ¿que había que echar una Primitiva? Paco iba; ¿que había que ir al video club a por el último estreno para mi padre? Paco iba...y volvía.

Una tarde que estábamos muy liados y no había tiempo para nada vi que no me daba tiempo a ir por el tabaco. Para tales situaciones teníamos a un mozo viejo con la natural fama de maricón de los pueblos al que le soltaba los veinte mil duros necesarios para rellenar la máquina. Pero aquel día no estaba por allí.

- No me va a dar tiempo para ir a por el tabaco, papa -le dije a mi padre

Mi padre miró y vio a Paco.

- Que vaya Paco -dijo
- No jodas
- Que sí
- ¿Pero como va a ir Paco?
- Trae, dámelo

Le di el dinero y llamó a Paco.

Y al rato volvió.

Desde entonces el maricón tuvo que conformarse con las suplencias, como seguramente le advirtiera el Gato.

Pero la noche del ventanal Paco el Gato no estaba para ir a ningún sitio, ni recurriendo a su increíble agilidad y rapidez reconocida aún por la propia Policía Nacional.

- ¿Qué te pasa, Paco? -le dijo mi padre
- Wrawrawra...cbrlbr
- Estás jodió, cabrón
- Wrwrawra
- Venga, anda...Tómate uno y te vas

Vi como la chica miraba a aquel ser que había emergido en la noche. Por primera vez no la vi sonreír. Una expresión como de miedo le crispó la cara. A su hombre también se le borró la sonrisa. Mi padre, sin embargo, seguía sonriendo.

- Wrwrgaha
- ¿Tienes hambre?
- Ji
- Dame unos mejillones a la vinagreta, Kufisto -me dijo

Alucinado, cogí seis y se los llevé

- Toma -dijo mi padre cogiendo el plato
- Grgacgr

Y Paco cogió y empezó a comérselos con la concha y todo, triturándolos bien con los cuatro dientes que le quedaban.

Mi padre ni se inmutó, sonriente, pero yo me quedé alucinado y la feliz pareja no pudo más y se fue.

También Paco se fue después de otro cubalibre. Y puede que aquel postrero día del verano fuera el último que vi a la pareja.


Hoy ha venido al bar uno que estuvo haciendo la mili conmigo. Al principio ni lo reconocí de lo viejo e hinchado que estaba. Llegó con una mujer gorda y envejecida a la que por más fuerza que hice no pude reconocer como el pivón que tenía en aquellos años. Y no lo era, como ya reconociéndonos me dijo después. Aquella lo había dejado en la ruina hace unos pocos años. Tuvieron un hijo y esto y lo demás fue su perdición. Los tiempos de Paco el Gato habían quedado muy atrás.

- ¿Te acuerdas de Santi, el conductor?
- Claro, coño, lo veo de vez en cuando, ¿qué pasa?
- Cáncer de páncreas. Le han dado cuatro meses de vida.

Eran las diez de la mañana. Le puse su segundo JB con hielo. Hablamos de los viejos tiempos mientras se lo bebía y al final se fue ante los urgentes requerimientos de la mujer porque no bebiera más.


Acabé mi turno. Eran las seis y algo cuando diez horas y media después llegué a casa. Me cambié y salí a andar. Al sol le quedaban un par de horas como mucho. Puse música electrónica en el teléfono y enfilé hacia el paseo de las afueras.


Santi...Santi...¿te acuerdas de Santi?...Sí me acuerdo, sí...Un tío tremendo...fuerte y grande, noble, tontorrón...Está muriéndose vivo...Este dice que ya está escuchimizao, que no lo reconocería, que es una puta pena...Tengo que verle, tengo que verle...Tengo que darle las gracias por todo aquello antes de que se muera...Santi, Santi...me acuerdo de ti, me acuerdo de ti...Me cago en la puta, Santi...


Oí un pitido. La batería estaba acabándose. Y ya sin esa música que va cerrando mi pasado pensé que lo mejor era volver a casa. Pero andaba tan lejos que tuve que oír mis pisadas y ver mi sombra, alargadísima de espaldas e invisible de frente.


Eché un Euromillón aleatorio y una Bonoloto en la administración de lotería que encontré.


Estaba cerca de casa. Sólo había que llegar. Después un par de pitos y a la cama. Pero vi la alargada sombra de una hermosa mujer mirando una tienda de mascotas y tuve que escribir algo.



jueves, 21 de septiembre de 2017

SUERTE II

Yo estaba medio malo cuando a eso del mediodía entró al bar mi querido tío con cara de estarlo entero, y no por haber cogido frío. Le puse una caña, un pincho y me retiré a hacer algo para que corriera un poco el tiempo con la esperanza de que así el retardo influyera en la más que previsible explosión. También ayudó la presencia del loco de las dos últimas semanas, un pedazo de mostrenco que viene al bar cuando sale de la revisión. Llega, se sienta justo delante del grifo y pide una cerveza sin alcohol con limón. Hoy no estaba la puta de la semana pasada y supongo que decepcionado le ha dado por ver el vídeo de "Nothing compares 2U" de Sinead O´Connor a pleno volumen de su móvil, lo que no dejaba de crear un cierto desconcierto con la mierda que yo tenía puesta en forma de radio Country del Spotify. Pero en fin...¿qué vas a poner a la una y media en un bar decente de La Mancha? ¿Black Sabbath?

Terminé de fregar los cuatro platos sucios y, ya sí, fui a sentarme sobre la cámara para echar el rato con mi tío.

Estaba leyendo el As como pudiera haber estado leyendo "Los hermanos Karamazov" El Madrid había perdido, sí, pero eso no daba para tanto ni aún para él, el hombre más madridista que he conocido en toda mi vida.

- ¿Qué te parece esto? -dijo casi entre dientes
- ¿El qué?
- Lo del Barcelona con los independentistas esos...
- Ah, sí...
- Pero qué hijos de puta...Y que todavía vayan por los campos de España y nadie, NADIE, les silbe
- ...
- Yo es que ya no sé qué pensar de lo que pasa en España...¡Pero joder, QUÉ NO OS QUIEREN, COÑO! ¡COMO PODÉIS APOYAR A ESTOS SINVERGÜENZAS! La madre que me parió...
-...

Sinead O´Connor volvía repetir lo mismo en el móvil del loco.

- Esta gente que quiere destrozar el país, que nos odia con todas sus fuerzas, que nos toman por gilipollas...-seguía con cierta contención. Miré al loco y vi como una lágrima luchaba por escapar de su curtido ojo de hombre de campo- Mira, Kufisto, yo en mi casa no entra nada, pero nada, que sea catalán. Miro las etiquetas, ¿eh? Y si veo cualquier cosa que no me cuadre, fuera. Estoy hasta los cojones ya de todos estos, coño. Hasta los cojones. ¡ANDA Y QUE SE VAYAN YA A LA PUTA MIERDA!
- Yo lo que creo es que tienen a alguien detrás -aventuré a decir quizá movido por la educación y la fiebre
- ¿Alguien? ¿a quien?

Estaba a punto de decírselo cuando llegaron un par de médicos. Mi tío se fue y el loco me pagó la cerveza. Pero no se fue. Se quedó un rato más ahí, en el grifo, mirando a la jodida calva irlandesa. "Santo Dios -pensé- ¿de verdad era esto lo que tenías preparado para mi, con lo cojonudo que yo era de pequeño?"

Al final se fue el loco y también uno de los doctores. Quedó el otro leyendo un periódico, uno que parece hermano de Rajoy. Le puse un vino y me fui a la esquina para seguir mirando TV3 en mi móvil. Pero ya sin la O´Connor era como si no hubiera más que silencio.

- Joder qué tropa -dije
- ¿Qué? -dijo él
- Sí, el tema este de Cataluña

Al doctor le gusta hablar, eso lo tengo claro desde hace tiempo. Pero como dicen que soy tan serio y parezco tan serio, nunca ha intentado entablar conversación conmigo.

- Ah, pues sí -dijo- Lo que está pasando allí es algo que no tiene nombre.

Me acerqué después de un intercambio de frases y de echarme una cerveza. Hablamos. Un tío inteligente, claro, de mundo. Es médico. Vi como él no se esperaba ni mi vocabulario ni mis respuestas. Soy camarero. Pero un rato más tarde vi hasta emoción en sus ojos. A la gente le chiflan las sorpresas. A mi no tanto. Soy camarero y estoy medio loco.

Se fue. Seguro que no será la última conversación. Yo me sentí un poco mejor, tanto que cuando iba echarme la segunda cerveza pensé si no sería mejor hacerlo con el primer whisky. Seguía estando medio mal y ya como que me daba lo mismo: "si hay que estarlo, que sea del tó" Iba a pillar la botella de Johnnie Walker cuando de refilón vi su "Royal Salute 21", el mejor whisky que he probado en mi puta vida. Me eché media copa, cogí las gafas de sol y el tabaco y me salí a la terraza.

La tarde era magnífica. Nadie por aquí, nadie por allá. Mi ciego parecía haberse quedado dormido y nada podía impedir ese rato de felicidad. Cogí el vaso y le eché un trago. Estaba casi tan glorioso como la primera vez: qué whisky...Me hice un pito. E iba a echarle el segundo trago a aquel almíbar cuando vi que un pequeño bicho había caído dentro. Metí el dedo para sacarlo y no fui capaz de cogerlo. Siempre pasa cuando lo intentas sobre otro elemento. Estaba a punto de dejarlo por imposible cuando lo enganché contra la pared del cristal. Me pareció que todavía estaba vivo al tenerlo en la yema de mi dedo, cosa que me sorprendió y alegró. Le di un empujón y seguí a lo mío.

De pronto se oyó un maullido. Un gatito loco cruzó la acera e intentó meterse en mi bar, hasta que topó con la cortina metálica. "¿Pero qué coño?" Volvió a intentarlo y volvió a echarse para atrás. Pero a la tercera lo consiguió.

- Me cago en su puta madre...

Pasé para adentro y lo enganché. Lo saqué afuera y volvió a hacer lo mismo. "¿Pero bueno, este cabrón qué coño hace?" Oootra vez, fuera. Oootra vez, dentro. Así hasta cuatro veces. En estas que vino uno de los pocos viejos que viene el bar cuando yo ya estaba poniéndole un plato con leche al puto gatito, cosa de la que pasaría como de la mierda.

- ¿Qué haces, Kufisto?
- Pues ná, este cabrón que va pá arriba y pá abajo. Ha llegado hace un rato y se mete al bar.
- Jajaja...Ponle algo de comer. Algo de carne o algo de eso, no sé

Pasé adentro y puse un poco de chorizo desmenuzado sobre un trocito de papel albal. Nada. Cero. Para adentro. Y en una de las que pasó encontró la parte trasera de la tragaperras donde tengo la alfombrilla y allí se quedó y lo dejé.

- ¡Qué cabrón! -dije
- Jajaja -rió el viejo- Anda, ponme un café.

Se lo puse y me eche una copilla de las normales. Y entonces pensé que si el gato siguiera allí cuando llegara mi hermano para darme el relevo...me lo quedaría.

El viejo, un buen hombre, empezó a contarme historias de cuando él lo fue. Yo le escuchaba con atención pero no perdía ripio de la situación de ese pequeño cabrón. Por algún motivo lo había intentando setenta veces contra mis cortinas y al final las había cruzado. Seguía allí, escondido, acurrucado, seguramente raspando la jodida alfombrilla para afilarse las uñas como por instinto hacen todos estos pequeños cabrones. Yo había tenido uno hace años y este no podía tener más que tres meses de vida. Eran las cuatro y media de la tarde. A las cinco y media cambiaba el turno. Si a las cinco y media ese pequeño hijo de puta seguía tras la tragaperras...me lo llevaba al veterinario y después a mi puta casa.

Bajé la música, ya en onda Rock. Llegó el ciego y bromeé algo menos de lo normal. De vez en cuando salía de la barra para asomarme para ver si el gato todavía seguía allí. Y allí seguía, mudo, encogido, sin moverse, tal y como se ponen ellos cuando las ven negras. Puede que tuviera hambre, puede que tuviera sed, puede que tuviera ganas de joder...pero estaba claro que lo que más tenía era miedo. Y por eso estaba allí, donde nadie sabía que estaba menos yo y el viejo que ya se había ido.

Eran las cinco cuando por sorpresa llegó el del mantenimiento de los grifos de cerveza. Un amigo, sí, Pero en qué momento...Algo de ruido haría, algo de ruido haría...Yo ya tenía a los Led Zeppelin casi en código Morse. Empecé a echarme chupitos para ayudar a mi gato.

Y a eso de las cinco y veinte, apenas a diez minutos del límite, llegó uno, pidió un café y se fue a jugar a la máquina. "Oh, Dios, ¿por qué me haces esto?"

Me puse en la esquina buena. El gatete todavía estaba allí. "Dios, aguanta, aguanta, aguanta..." En estas llegó un conocido pasao, ya puesto, y se puso a hablar a voces con el que estaba jugando a la máquina. "Oh, Dios, no, no me jodas, coño -pensé- no, no, no tan cerca..."

Yo no hacía más que agachar la puta cabeza desde mi esquina para ver si mi gato aguantaba. "Aguanta, aguanta, aguanta..." Más risas, más escándalo, más ruidos de monedas..."Dios, mi gatete va asalir disparao, el pobre..."

- ¡¡¡KUFISTO!!! -dijo uno
- ¡¡¡QUÉ, COÑO!!!
- Ehhh, ¿qué pasa?
- Ná, ¿qué quieres?
- Ponme un cubalibre, joder
- Vale, vale...
- Hostia, pues vaya...

Llegó mi hermano. Pillé la bolsa con mis cosas y agarré al gatete sin que ellos se dieran cuenta: "¿qué haces, coño?", "ná, joder"

Disparado llegué a la veterinaria donde llevaba a mi anterior gato, a Suerte, aquel buen amigo. Aparqué en una plaza de minusválidos y pase para adentro con él en la mano.

- Hola, buenas. Vengo a que me miréis a este pequeño. Me lo he encontrado en el bar y...
- ¡Ay qué guapo que es! -dijo la chica de recepción acariciándolo- ¡qué ojos más azules! pero bueno...¿y esto dices que te ha entrado en el bar?
- Pues sí
- Pero antes tengo que pasarle la máquina para ver si tiene chip
- Pues pasáselo

Pasó a por la máquina y se la pasó. Nada. Era un puto gato callejero.

- ¡Ay que guapo...! -dijo- Bueno...¿tú has estado aquí antes, no?
- Sí, claro -dije- Tuve un gato. "Suerte" Se me murió el año pasado
- ¿Y tu nombre?
- Kufisto
- Ah, sí, estás aquí...Espera allí. ¿Como quieres llamarle?

Me quedé un rato en negro.

- Suerte II
- ¿En latino o en...?
- En latino. Una cosa seria.

Dejé a Suerte II en la solitaria bandeja de una habitación vacía y me fui a la sala de espera.

Allí estaba una gorda de teta tatuada con un cachorro de bulldog. Luego llegó una chica joven con su madre y un galgo con los cojones colgando y una pata rota. Empezaron a hablar mientras yo miraba la enorme elegancia del galgo. El pobre animal se estiró en el suelo, las ancas traseras en modo persecución, y mirando alrededor ahí terminó por derrumbarse viendo lo que había.

- ¿Kufisto?
- Sí
- Pase por aquí, por favor.

Una chica muy joven, pequeña y morena, con gafas, de no más de veinticinco años, enganchó a Suerte II y empezó a examinarle.

- Esto bien, esto bien, esto bien...-decía palpándole
- Aja...

Le miró el culo.

- Es gata -dijo
- Me cago en Dios
- ¿Qué?
- No, nada, nada...Sigue

- Bueno, Kufisto, pues está perfecta. Le voy a dar el antiparasitario y nada más...¡Ay qué hermosa que es! ¡qué ojos más azules que tiene la chiquitina...!

Suerte II y yo salimos a recepción para pagar. Todo el mundo miraba mi mano derecha, hasta la guarra del bulldog.

- ¿Qué te debo?
- Tres euros...¡Ay qué hermoso...!
- Es gata
- ¡¡¡AAAYYY!!!, ¡Ay mi chiquitina, hermosa, guapa!...¿y donde dices que te la has encontrado?
- En mi bar
- Ay, la pobre...¡chiqui, chiqui, chiqui...!
- Ay qué cosa más hermosa -dijo la del bulldog
- Bueno, venga que me tengo que ir
- Ayyy...
- Venga -dije- ya que estoy aquí dame algo de comida para gatos y eso.
- Claro, claro...¡Ay, qué hermosa!


Veinte pavos. Fui a la plaza y pillé un cagadero y un par de bols para el agua y la comida. Diez más. La arena no me convenció y decidí pillarla en el súper de al lado de mi casa. La puta gata no quería salir de mi puto coche y me las vi negras para encontrarla. Al final la enganché bajo el pedal del acelerador. Cogimos el ascensor y subimos a casa. Allí la dejé mientras bajaba por su arena.

Había un tío viejo pidiendo en la entrada. Español. Le solté los cuarenta céntimos que me encontré y pasé para adentro. Cogí el saco de arena perfumada para gatos y ya me iba para la caja cuando volví sobre mis pasos, pille una bandeja de salchichón, dos botes de cerveza y una barra de pan.

Un par de moros estaban delante de mi cuando fui a pagar. Ni miraban a la chica, ni la miraron mientras les atendía, ni se despidieron de ella al irse.

- Esto me lo pones en una bolsa, por favor -le dije a la muchacha

Salí. El viejo español seguía allí. Le di su bolsa y me dio las gracias.


Y mientras escribo esto todavía no sé donde está la puta gata.