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sábado, 24 de diciembre de 2016

INVENCIBLE PIARA

Pacía no lejos de ellos una gran piara de cerdos y los demonios le rogaban: "Si nos echas, envíanos a la piara de cerdos" Les dijo Jesús: "Id" Salieron ellos, se fueron a los cerdos y, al instante, toda la piara se arrojó al mar por un precipicio y murieron en las aguas.

Cerré el libro, recé y me dormí.

Desperté con el tiempo suficiente y estuve un rato con los ojos cerrados, hasta que vi la claridad necesaria. Volví a rezar lo mismo que cuando iba a dormir y me fui para el bar.


- Joder, tengo que comprarme un mono -dijo uno
- ¿Un qué? -dije
- Un mono
- ¿Un mono?
- ¡Un mono, coño, un puto mono tití, de esos pequeñitos, de esos que llevas en el hombro...!
- Ahhh...

Me acordé de la hija de Stanley Kubrick pero no se lo dije. Y tuve que servirme un whisky con cocacola zero: el extraordinario gin tonic post-comida no podía ganarle a ese puto mono ni llevando un full de ases y reyes en la mano.


Antes del mono había lavado al bar, llevado los periódicos a mi padre con la buena noticia de la caja de ayer, ido al moro para comprarle más limones, "¡que pases una feliz noche!" dijo el chaval, no llegué a decirle Feliz Navidad conformándome con un "y tú igual" que me trajo a la cabeza a Bergoglio. Abrí y puse música navideña, moderna. Llegaron algunos, pocos, y con todos estuve como quien se duerme leyendo la Biblia por primera vez en un año.

Vino mi hermano pequeño y me fui a comprar algunos retales que faltaban tras el destrozo de la noche anterior, siempre tan peligrosa. Dejé el coche cerca de donde tenía que comprar el tabaco y andando me fui para el centro a pillar las seis botellas que yo creía faltaban para completar la noche que va a venir. Cosa de poco, vodka y ponche, bebidas secundarias y cuaternarias, pero cuando un buen tipo pilla un buen juego le gusta ganar bien ganao, como esa torre a e1 de Fischer a Petrossian en aquella séptima partida de Buenos Aires.

Un grupito de muchachas estaba ante la estantería de lo que ya andaba buscando. No tendrían más de quince o dieciséis años. Y yo 43. Desde atrás, miré los estantes como si estuviera haciendo algo malo. Ellas no se decidían y yo no conseguía ver al puto Absolut por ningún lado. Fui a una de las cajas y pregunté: "hay lo que hay ahí", me dijo una una rubita no mucho mayor que las que no me dejaban ver bien. Volví. Ahí seguían. La guapa rubia de pelo liso, la jefa, estaba ofreciendo variantes a sus amigas como Geller, Nei y Krogius a Spassky en 1972. Yo estuve a punto de decirles que no bebieran, que luego los cerdos se tiran por el barranco y los dioses se esconden en Pasadena, pero me callé. Hasta que ya desesperado metí pierna y dije aquella frase naranjamecánica de mi juventud: "Perdón, señoritas..."

La rubia se echó a un lado educadamente y vi que Absolut  no estaba allí.

Llamé a mi padre por si estaba donde suele estar a esas horas y no lo conseguí por cero coma. "Pero no te preocupes que volvemos a por eso" dijo no sin que después me llamara dos veces para cerciorarse de que eran esas y no otras las botellas que necesitábamos.

- Que sí, esas.
- ABSOLUT, vodka. Y ponche
- Esa
- Vale, ¿ABSOLUT, no?
- ABSOLUT
- ABSOLUT

Las cañas de la Nochebuena se fueron casi como las de los demás días y entonces llegó el del mono con un amigo. Esperé a que se fuera un grupo que ocupaba nuestro sitio de la barra y serví las verduras rehogadas y el codillo que otro de mis hermanos había ido a comprar. 

Comimos. Me eché un par de vinos buenos y se me encendió el piloto automático. Para celebrarlo me puse el gintonic y empecé a interactuar y tal con los otros dos, el del mono y su amigo.

Hablamos de alcoholes, de borrachera duras y tal, de esas en las que no puedes jurar si la puerta atrancada de tu water esconde a una puta rumana muerta; de la absenta prohibida, la fuerte, la de los 70 grados al sol con todas las insolaciones previas; de las subidas del Red Bull con whisky; de la casi mortal resaca del Jaggermeister...


- Joder, tengo que comprarme un mono...
- ¿Un mono?
- Un mono
- Pero eso está prohibido, ¿no?
- ¡Qué va a estar prohibido! Yo sé donde los venden...pero no te voy a decir donde


Se fueron y llegó el aluvión. 


Siempre llega.



miércoles, 21 de diciembre de 2016

GARY COOPER QUE TODAVÍA ESTÁS EN LA TIERRA

Yo estaba ahí sentado, mirando de reojo la tele, comiendo las nueces que el abuelo nos estaba partiendo con su viejo cascanueces como si fueran esos peces venenosos de los japos, cantando de mala gana los ridículos villancicos de la abuela y todos los demás, cuando llegó borracho un familiar con su mujer. El hombre la cogió conmigo y estuvo un buen rato importunándome con sus tonterías. Yo, a pesar de mis nueve o diez años, pude darme cuenta de que el resto estaba incómodo, como esperando mi salvaje reacción. Por alguna razón me contuve y estuve bien, hasta gracioso, aunque todavía hoy recuerdo el fuego que me corría por dentro. Poco después su mujer se lo llevó y supongo que nosotros no tardaríamos mucho más en irnos a casa. Y estábamos subiendo al coche cuando mi padre me cogió aparte y acariciándome la mejilla me dijo que estaba orgulloso de mi.

- Una botella de Johnnie Walker -le he dicho a la chica del 24 horas. Podría haber cogido un resto de alguna del bar, tampoco voy a bebérmela entera, pero me he dado cuenta cuando ya no estaba allí. Y no era cuestión de volver e importunar a mi hermano viendo como el mayor volvía para llevarse a casa un poco de alcohol. A veces no hace falta hablar para molestar.

Una muchacha de apenas doce o trece años se acercó a la barra. Estaba sentada con su madre y su tía. Ya las conozco de otras veces. Su tío, uno que recuerdo le daba duro a la ginebra, estaba muy enfermo hace algún tiempo. Puede que ya esté muerto. Al padre lo vi este verano en la terraza con un gran esparadrapo por nariz. Recuerdo que una de las veces me pidió cambio para tabaco. Luego me enteré que a la madre también le habían visto algo mientras lo velaba en el hospital. Hoy la he visto un tanto hinchada de la garganta. La muchacha, en fin, se ruborizaba cada vez que me pedía su consumición. Seguramente haya llegado a verla en su carrito, pero ya no me acuerdo.

- Te falta la leche manchada -me ha dicho con la mirada baja y las mejillas arreboladas.
- Ah, sí, perdona...Ahora te la llevo -y se ha ido a sentarse con su madre y su tía.

Nos acordamos de él la otra tarde, mientras hablábamos de su hermano mayor, uno que al final se quedó a la mitad del camino y ahora anda medio ido por ahí, pidiendo un euro a quien cree reconocer para comprar una litrona en el chino y bebérsela junto a otros perdidos en el centro del pueblo. Se juntan diez o doce y ahí pasan los días, sentados en el banco frente a la tienda, hablando y riéndose de sus cosas y las de los otros.

- ¡Kufisto!

Siempre viene al bar en estas fechas. Sus padres todavía viven y aún siendo un moderno de toda la vida la Nochebuena todavía es la Nochebuena para quienes ya no cumpliremos los 40.

- El otro día nos acordamos de ti -le he dicho después de saludarle a él y a su chica.

Me han contado lo bien que les va en la isla, en sus estimulantes trabajos y en su bonita casa ajardinada frente al mar, y que no se quedarían mucho más allá de Navidad pues no era plan de dejar tantos días solo al perro.

 - ¿Tienes el tabaco que te dí ayer? -le he preguntado a mi hermano pequeño después de comer
- No, lo tengo en casa
- Pues ve a por él.

Había pillado otra racha de cinco días sin fumar, pero ayer, con el almuerzo y su puta copa de vino, vi que no se había llevado la mediada chivata de Golden Virginia que el día anterior le había dejado en la bolsa junto al montón de comida de mi gato muerto hace dos meses. Poco antes le había comprado un bolsón de tres kilos de comida seca para gatos seniors y esterilizados (él ya era senior desde hacía sólo medio año) y un tres por dos de cajas con diez sobres de la comida húmeda que tanto le gustaba: todas las mañanas veía al gato Félix de los ojos puestos relamiéndose feliz mientras yo cogía mi bote de cacao puro libre de grasa con el que aliñar mi té verde orgánico. Y viendo el tabaco me hice un pito pensando que me estaba equivocando. Me obligué a fumarlo entero y poco faltó para que al llegar mi hermano se lo metiera en los bolsillos; aunque menos que cuando ya de noche y a punto de irme a la cama, viendo una entrevista a un fascista con evidentes problemas de hígado, me entró tal ansia que a punto estuve de llamarlo para que me lo trajera corriendo.

- Bah, déjalo -le he dicho. Tenía tantas ganas de fumar que no podía esperar- Dame uno de los tuyos y luego me lo traes.

Poco después ha llegado un amigo, un drogadicto confeso, "llevo 20 años comiendo anfetas a diario y estoy bien" Bueno, según quien mire, pero mis ojos no son tus ojos y yo qué sé, nadie es nadie para juzgar mientras lo diga el Papa y no te toquen mucho los cojones, que no es el caso. Le puse una cerveza y una cazuelita de patatas con chorizo, me fui al ordenador, volví cuando acabó y viendo que estaba rulándose un pito le dije que me diera para uno.

- Toma. Ten cuidao que hay una china dentro
- No jodas que no quiero
- No, si es gorda, la vas a notar
- Vale

Salimos afuera y tuvimos una interesantísima conversación respecto a su trabajo, tanto que hubo un instante que se me fue la cabeza. Y estábamos acabando de fumar cuando lo llamaron y tuvo que irse.

La mañana había pasado entre el ciego, un medio ciego y un grupito de seres de otra galaxia que en dos meses ganan lo que yo en un año. Miré la caja y vi el agujero negro que había creado tras cinco horas, descontando prensa, pan y putos churros. Vino mi hermano y me fui a comprar. Entré a saco en la gran rotonda y por dirección prohibida al llegar a las señalizaciones del centro comercial. Estaba tan lleno que parecía como si Jesucristo hubiera dicho que nadie estaría salvo sin un carro en las manos. Pillé unas ristras de chorizo barato, unas pastillas de caldo Knorr, unos buenos aguacates, una botella de aceite de oliva extra virgen y una cajita de té verde orgánico y me puse a la cola.

Aceleré. Vi que el sol hacía por lucirse. "¿Hace cuanto que no lo veo?" En un instante deseché la habitual media hora en el sofá y pegué un volantazo a derechas.

Aparqué. Casi hacía calor. Casi estuve a punto de quitarme el abrigo y el gorro. Pero no lo hice. Eché a andar. Me quité las gafas de sol. No conseguía recordar la última vez que me dio en la cara. ¿Dos meses? ¿tres? Por un momento pensé en entrar al cementerio par ver la tumba de mi reciente tío muerto. Pero apenas tenía tiempo para eso. Seguí andando. Ya de vuelta el frío del norte me hizo ver que no me había equivocado al salir con todo el equipaje: una cosa es ir de espaldas y otra de cara.


El viejo estaba en el water cuando llegué.

- ¿QUIÉN? -preguntó al oír cerrar la puerta
- Yo -dije como tenemos acordado desde hace dieciséis meses a la misma hora

Después de toser mucho salió. Le di las buenas tardes y un beso. Nos sentamos y zapeé buscando una de vaqueros.

- ¿Ese es Gary Cooper, no?
- Yo creo que no

Pulsé el botón de info y era Gary Cooper. Me he alegrado de equivocarme

- Pues sí, es Gary Cooper
- Sí
- Claro -he dicho viendo el año (1952)- esto era cuando tú eras chico...Yo a este no lo tengo muy controlao...John Wayne vino después...
- Sí, un poco después -dice con las gomillas que le dan extra de oxígeno a sus pulmones
- ¿No querías salir esta mañana?
- No...me he levantao...pero luego he visto el sol y...
- Sí, hacía un buen sol...
- Luego se ha estropeao...pero bueno

Gary Cooper es bueno, pero el cocinero de Canal Sur también lo es aunque hable mucho. Y nos gusta verlo.

- A ver qué hace hoy

Unos aperitivos de Navidad: rulos de ensaladilla y...no me acuerdo de lo otro. Lo ha cortao Membrilla Televisión cuando iba a empezar con ello. Había jamón ibérico por medio.

- Joder
- Cada vez lo cortan antes
- Sí

Volvemos con Gary Cooper.

Ahora está persiguiendo a quien antes parecía ser su amigo. Al final consigue acorrararlo a base de fuego. El malo se escapa pero el bueno va detrás de él hasta que lo atrapa sin matarlo, "quiero que sepan la verdad de tu boca"


Y lo último que vemos es a Gary Cooper lleno de banderas y medallas ante la emocionada mirada de su mujer y su hijo.







miércoles, 14 de diciembre de 2016

MUST TO HIGH

- ¿Tenéis "La isla del día de antes", de Umberto Eco? -le pregunté a la bibliotecaria después de que le diera un librito de Lope de Vega a una lolita que estaba antes que yo.
- Ummm...creo que no, pero vamos a ver.

Miró en el ordenador y fue entonces cuando recordé que esto ya había pasado antes. Y mientras ella buscaba en la memoria de otro vinieron a la mía Hannibal Lecter y Marco Aurelio.

- No, no lo tengo.

Lo sabía.

- ¿Tienes algo de Marco Aurelio? -creo que la otra vez me llevé uno de Cicerón. ¿O era Suetonio?
- Espera a ver...

Sí, sus Meditaciones

- ¿Vale?
- Vale
- Vale

Fue a por él al piso de arriba mientras yo miraba desde abajo. Jamás he subido allí. Seguramente esté prohibido.

Salí de allí y me fui para la casa de mi padre pensando que después, en la mía, iba a echar un buen rato leyendo un libro escrito por el último buen emperador romano, según decía el inicio de la introducción y estudio preliminar que hojeé mientras andaba.

Al fin llegué a casa, encendí la calefacción y el brasero, me puse el pijama y la bata y me fumé un pito ante al ordenador para darle tiempo al calor. Apagué la luz principal y su maldito e ignoto ventilador, encendí la lámpara negra de Gin Bulldog, la acosté sobre la cabecera del sofá y ya cómodo abrí el libro prescindiendo de toda introducción y estudio preliminar.

Veinte minutos después comprendí que ese libro estaba escrito por el último buen emperador romano y que yo era un solitario camarero de 43 años de La Mancha leyéndolo dos mil años después de haber sido escrito.

Lo cerré, lo dejé encima de los otros, me levanté, me masturbé y me fui a la cama. Y ahí me di cuenta de porque me había acordado de Hannibal Lecter y Marco Aurelio.

Yo estaba enfrente de la casa de un hijoputa. Era hoy y hacía frío. Allí adentro había mucha gente, muchas risas, el calor suficiente. Cosa rara, estaba fuera pero era como si estuviera dentro: todo lo veía y todo lo oía, todo me sonaba conocido. Tanto que llegué a pensar si no habría pasado dentro sin darme cuenta. "Joder -pensaba- ¡pero no veis que es un hijo de puta!...¿por qué estáis aquí? no os dais cuenta que es un falso, que todo es una impostura, que es un mentiroso, un aprovechado, un demonio...Joder, esto no puede ser, todo la puta vida igual, siempre lo mismo...¡¡¡PERO DE VERDAD NO VEIS COMO ES!!!"

Desperté.

Ya en el bar estaba bromeando con el vendedor de los ciegos antes de que se fuera a su kiosko.

- No das ná, hijoputa.
- A ver esteee...

Nada. Cero de cuatro.

Y pasó uno un tanto acelerado con un papel en la mano.

- ¿Donde pongo esto?

Iba a decirle que en mi bar no ponemos carteles cuando vi que era una esquela.

La cogí. Mi tío. El hermano de mi madre. Sesenta y un años. Llamé a casa: "¿cerramos?", "habla con tu hermano" dijo mi padre. Hablamos y decidimos seguir abiertos. Me entró una especie de presión en la cabeza y pasé al water para quitarme los ajustadísimos slips que ya al ponérmelos en mi agónico despertar había vislumbrado que iban a darme problemas. Liberado, me fijé en como una extraña pareja languidecía en una de las mesas. Ella estaba diciéndole a su pasión mora que necesitaba un poco de chispa en su vida, un poco de "espontaneidad" Entre los dos sumaban un siglo largo de vida. Ella no hacía más que hablar y hablar como si tuviera una cámara de Telecinco por cabeza; él musitaba algo de vez en cuando. Entré a la cocina y empecé a pelar patatas.

Ya era mediodía cuando llegó mi hermano pequeño. La loca y su moro ya se habían ido y ahora sólo estaba una tía que ni sabía el nombre del bar donde estaba tomando un café.

- ¿Como se llama este bar? -me había preguntado con el teléfono en la oreja
- Solzimer
- ¿Como?
- Solzimer

Le dije a mi hermano que la que había debía un café y salí afuera para coger el coche y hacer las compras de todos los días. El sol había vencido a la niebla y me maravillé por no haberme dado cuenta. Encendí un cigarrillo y enfilé hacia el mercado. Vi la farmacia y pasé de recoger el bote de ácido ascórbico que me guardan desde ayer. Pillé un carro sin moneda y compré lo justo. Una embarazada que parecía haber sido maquillada por Jack Nicholson me la puso bien dura mientras esperábamos con nuestros carros. El gilipollas que estaba detrás de mi no hacía más que gritarle paridas a su puto hijo. La chica de la caja me recordó a mi primera novia, la que luego se hizo monja. Le di mis billetes y la tarjeta club y me devolvió un montón de papelajos y algunas monedas. Iba a la administración de loterías de la morenaza para jugarme un euro a la bonoloto cuando a diez metros oí la voz del gilipollas que antes estaba detrás de mi y ahora lo estaba delante. Y me fui.

Llegué a casa. Me duché y me afeité. Me puse unos buenos calzoncillos y pillé un jersey verde que venía con camiseta de ron Matusalem.

Buscando aparcamiento en los alrededores del tanatorio vi un pequeño hueco en una esquina que estaba a punto de dejar atrás. "Joder, qué suerte": cincuenta metros más allá estaba la puerta de quien conserva a los muertos como los productos al 50 % del super para consumir en el día.

Vi a mi madre y la besé. Vi a su hermana pequeña y besé sus lágrimas. Vi a la mujer de mi tío y la besé mientras me cogía tan fuerte que me hizo estremecer. Besé y abracé a sus hijas, desde hace tiempo casi desconocidas, y me sentí como el hombre elefante en brazos de Anne Bancroft, besé a la que me dijeron era la hermana de la mujer de mi tío y...vi a uno de mis hermanos.

Me senté con él. Con mi jersey verde, mi camiseta de ron Matusalem y mis calzoncillos a medida. Miré a mi madre y vi como mantenía el tipo entre todo ese drama: cinco hijos, cinco machos, un marido con cáncer de pulmón, dos hermanos pequeños muertos, un padre con el corazón reventado cuando sólo había parido a tres, una madre maltratadora que no la dejó vivir hasta que mi padre la rescató de toda aquella mierda, una mujer capaz de perdonar hasta esto, hasta cuidarla cuando ya está tan ida como para para darle un vistazo a su ojito derecho muerto y decir que la lleven a su casa, a su residencia de lujo, a la que sus hijos tuvieron que llevarla para que no le comiera la mierda, la basura y las ratas en sus delirios religiosos...

Vi a más gente desconocida. Saludé a algunos. Y me fui sin derramar una lágrima.

Eché marcha atrás de aquella afortunada esquina y casi me llevé por delante a una vieja puta rumana de puerta de supermercado y vaso de plástico en la mano.

- Ehhh...-dijo golpeando el coche
- Vale, vale...

Aceleré antes de que le diera tiempo a ver mi matrícula para que su chulo le diera una patada en las piernas.

Ya en el bar hicimos lo de siempre. Vino un amigo y bebimos mientras oíamos a Guns n´Roses. Después llegó mi hermano y me fui. Podría haber vuelto al tanatorio, todavía tenía un margen de hora y media hasta ir a ver a mi padre, pero preferí venir a casa y empezar a escribir esto. Y eso es lo que hice.

Fumar en cadena, beber como el agua y escribir. ¿Acaso puedo hacer algo mejor?

Guardé el material escrito. Fui a ver el viejo. Hablamos menos que de costumbre, que ya es no hablar. En la tele unos vaqueros estaban con sus cosas de todos lo días. Creí ver a Lee Marvin acojonando toda una iglesia y se lo dije: "a ver...Sí, es él" Acto seguido un subnormal le pegó un tiro y se lo cargó. La peli era del 54, cuando Lee no era nadie, cuando todavía no había tirado al suelo el filete de John Wayne. En los anuncios puse al mierdas del cocinero de Andalucía Televisión y vimos como empezaba a hacer la receta que jamás termina. Membrilla Televisión tiene la culpa. Y jode, vaya que si jode. Todo jode cuando te lo cortan. Llamé al pequeño y le dije que viniera a hacer el cambio de guardia.

Y con su novia, andando, charlando, tan hermosa como una estatua romana con la melena azulada, volví al tanatorio.

Y ahí estaba mi madre, tan entera como seis horas antes, Vi a su tía, tan querida por ella, y le di dos buenos besos; saludé a su marido, ese que nunca se ha llevado bien con mi padre y que ahora nadie puede asegurar quien está peor de los dos; hablé con uno de sus hijos y poco después me di cuenta de que uno que estaba por ahí podría ser que fuera otro de ellos. Al final, ya cuando me iba, nos saludamos. Era ese, uno de hace veinticinco años.

Alguien me preguntó si estaría dispuesto a dar clases de ajedrez a los niños; yo respondí tan evasivamente como Marco Aurelio en una casa de viejas putas rumanas. Y por cortar el rollo fui a ver a mi tío muerto.


Estaba como durmiendo pero como muerto.


Jamás hablé de nada con él. Antes de irme me despedí de sus hijas y de su mujer.


Y una de aquellas desconocidas me cogió la mano de tal forma que tiemblo al recordarlo.




sábado, 10 de diciembre de 2016

GRATRAE

Vi a una mamá primeriza mirándose en el gran espejo de la salida del water; vi a uno que en dos horas rió más que yo en dos años; vi a un gordo vendedor de zapatillas que sólo corre para pillar cocaína; vi a uno discutiendo de política con su divorciada novia de cincuenta años; vi como iba emborrachándose hasta las babas uno que pronto será padre por segunda vez; vi a un chico bien que dentro de quince años estará en las reuniones de padres de alumnos de colegio privado; vi ningunearse a una orgullosa psicóloga para que su todavía macho alfa la vaya preñando cuanto antes; vi a un grupo de chicos y chicas pasándose entre risas a sus bebés; vi a una pareja de puretas besándose como si lo hicieran para tener algo que escribir en sus Facebook antes de ir a dormir; vi a un drogadicto que el sábado que viene irá a pasar unos días con su hija en la lejana ciudad donde vive y crece junto a su mami y su nuevo papi; vi a un chaval tímido e inteligente, sin más amor que el de serie, hablándole dulcemente a una chica con ojos de mosca; vi a un sonriente ciego y a su ojeroso lazarillo; vi a una que ve tan poco como para seguir llamándome; vi a un hombre solo que siempre viene a la misma hora; vi el cáncer de mi padre en el suyo; vi a una mujer.

Salí del bar. Mi turno había acabado. Ella estaba ahí fuera, con sus amigas. Eché mano al bolsillo y no tenía ninguna de mis llaves. Pasé adentro y acabé encontrándolas tiradas entre el barril y la botella de ácido.

Arranqué el coche para ir a ver a mi padre.

Y después me fui a mi casa y estuve un buen rato lavándome la cara.

domingo, 4 de diciembre de 2016

PENITENCÍAGETE

Llegué a casa. Encendí la calefacción sin quitarme ni el gorro y ya sin él, pero todavía con el abrigo, el brasero. Me puse el pijama, la bata y me rulé un pito ante el ordenador. Y tras unas cuantas caladas lo dejé reposar para irme al sofá.

Nunca me gustó hacerle señales a los libros, marcarlos como si fueran vacas a no confundir. Un libro es una cosa seria. Y una cosa seria requiere tu atención y tu memoria, nada más.

Encendí la bombilla sobre la botella de Bulldog que hace tiempo me regalaron y me dispuse a terminar de releer El nombre de la rosa no sin antes levantarme perjurando para apagar la excesiva y olvidada luz que venía del techo.  Abrí el libro por donde más o menos recordaba haberlo cerrado la noche anterior y a golpes de vista llegué donde no recordaba.

Tres horas y media más tarde, a eso de la una y media, lo acabé. Disfruté tanto el diálogo final entre Jorge y Guillermo que di por bien merecidas mis prisas por haberme quitado de en medio a vuela ojo el pesado, pesadísimo, sueño de Adso previo al encuentro final: a veces los escritores creen que son médicos.

Ya en la cama tardé un rato en dormirme. No podía olvidar a Jorge y su abadía. Eché mano al libro de las mejores partidas de Karpov y poco después lo conseguí.

Me hicieron mucho bien las dos horas extras de sueño. Hoy es sábado y mucha gente no trabaja. A las nueve, puntual, sonó Fool in the rain. Yo ya estaba despierto pero dejé que hiciera su trabajo, no como con Honest with me, que poco me falta para dejar mudo a Dylan antes de que acabe su primer verso. Y cuando  Bonham estaba dándolo todo por segunda vez supe que mis últimos diez minutos se estaban acabando. Me levanté, hice mis cosas y me fui para el bar.

Faltaban algunas y tuve que ir al francés. Viendo los precios de las patatas resolví que mejor era comprarlas en el moro, no sin antes llevarme unos buenos filetes de buey que el tatuado carnicero me había aconsejado. Ya en el moro vi que las patatas baratas lo eran porque lo valían, no como antes de ayer, y al final tuve que comprar otras al mismo precio que estaban las de donde venía.

Estaba dándole un chachazo al bar, a punto de llamar al panadero, cuando su rumano llegó derrapando con la furgoneta mientras yo limpiaba la entrada. Todavía estaba el suelo mojado y llegó el ciego. Le puse su café con hielo y sacarina, sus dos magdalenas, su vaso de agua, su otro vaso de agua y todo lo devoró como siempre, como si delante de él hubiese alguien que quisiera quitárselo; después le di mi teléfono, habló con el número que le había marcado y me puse a pelar patatas.

El partido era a las cuatro y yo no lo tenía desde hace cuatro años. Algunos despistados vinieron preguntando por él; veían el espacio vacío y casi sin esperar mi respuesta se iban a otro sitio. Llegó un viejo que no conocía hablando de cánceres propios y ajenos; una ciudadana más moderna que un Ipod de 2036 ;un proveedor con su gente sentenciando vinos malos y peores; una psicologada psicóloga pidiendo por gintonics con sabor a astrolabio para ella y sus pacientes amigas; uno que fue concejal del PP y ahora mira a las esquinas; uno que antes tenía pelo y ahora tiene dos hijos; una que por la mañana se come el churro con sacarina; uno que hace veinte años le dije que me hiciera un favor y no me lo hizo; otro que ayer se dejó cien euros en la tragaperras y vi como esperaba en su coche por si yo hacía algo más que recoger su copa...

Estaba a punto de irme cuando un amigo me dijo que había un teléfono cargando la batería en el suelo que ellos estaban pisando.

- Le dije que lo cargara donde estaban sentados.

Pero nadie hace caso. Y luego se van y no se acuerdan hasta que necesitan un culpable.

Y después, ya en la casa de mi padre, estuvimos viendo el Cádiz-Zaragoza.

En el descanso puse Teledeporte y vimos a una gente extraña haciendo Bobsleigh.


- Joder, están locos.
- Sí -dije yo- Pero son valientes.
- Ná...están locos.


Y volvimos al fútbol y un calvo del Cádiz metió un golazo.








miércoles, 30 de noviembre de 2016

WELCOME TO THE JUNGLE

- ...y cuando te vayas a acostar puedes ponerte algo encima, un gorro o una tirita, así no ensuciarás la almohada y no se enfadará tu mujer.
- Claro...

Sonreí, me despedí y bajé hasta la recepción. Allí, como me había dicho antes de subir (estaban cambiando el turno cuando llegué y eso las traía de cabeza a pesar de no haber ninguna más que las nuestras a la vista), le di mi número de teléfono a la recepcionista, una mujer que daba el pego de amateur haciendo porno en Berlín, y finalmente quedó en orden mi ficha médica. Cosas de no ir a los ambulatorios nada más que cuando te aplican la cura para siete puntos de sutura en la cabeza.

Salí afuera y hacía un sol que daba lástima perdérselo. Por un instante tuve la tentación de irme a andar vía adelante, cruzarlas y subir los cerros, respirar el aire frío del final de noviembre, su tierra mojada, los caminos vaciados, los campos muertos, las casuchas, los chamizos, las chozas bajo los puentes que nadie, ni siquiera yo, sabe quien o qué vive en ellos...Pero arranqué el coche, reencendí el primer cigarrillo tras una semana y puse rumbo de regreso al bar. Comimos en buena armonía, esperé al momento correcto para echarme una copa y rularme un pito, y lo que quedaba de esta tarde ha pasado como tantas otras buenas veces.

No habían empezado a hervir las patatas del guiso de ayer cuando decidí ir al hospital: tanto me preguntaron, tantos consejos denunciadores me dieron, que me llegó una especie de mareo y empecé a preocuparme. Los guardias se fueron, el bar se quedó vacío y vi la ocasión propicia. Apagué el fuego, cogí el abrigo, cerré la puerta y me fui para allá pensando que mi cerebro estaba derramándose. Con todo, volví un par de veces, puede que tres o cuatro, para dejar algunas cosas en el punto apropiado. Me hizo gracia, aunque no demasiada.

- Hola -dije en Urgencias-, el sábado me hice una brecha en la cabeza y hoy estoy un poco mareado...Me dijeron que si me sentía mal viniera aquí...

Pasé a una habitación. Un hombre me hizo algunas preguntas y me mandó que esperara afuera. Dos parejas de viejos estaban sentados. No pregunté quien era el último. Cogí el teléfono y llamé a mi padre, "estoy en el hospital...he cerrado el bar..."

- ¿Kufisto...?
- Sí
- Venga por aquí, por favor.

Fui.

- Colóquese así, de frente, apoye la nariz, no se mueva...

No me moví.

- Y ahora así. Apoye la oreja ahí, así...

Ganas me dieron de decirle que la brecha estaba en el otro lado, pero me callé.

- No se mueva.

No me moví.

- Salga, ahora le llamarán.
- Gracias.

Era una chica más joven que yo, menos vieja, de buenas tetas y anchas caderas.

Me senté donde me indicó y me hizo algunas preguntas.

- Túmbese en la camilla, por favor

- Mire mi dedo, ¿lo ve? -me preguntó mientras lo movía ante mis ojos
- Sí

En ese momento entró mi madre con cara de este es el primero de mis cinco hijos.

- Saque la lengua. Muévala. Así...Extienda los brazos y llévese el dedo índice a la nariz,..Bien...Ahora con la otra mano...Bien...Suba el brazo, haga fuerza,...Bien...Ahora el otro, apriete...Bien...Suba la pierna, haga fuerza...bien...Ahora la otra...bien...

Todo bien.

- Bueno, espere un momento mientras miro la radiografía.

- ¿Qué tal estás? -me preguntó con esos ojos, con esa cara que sólo quien te ha llevado dentro puede preguntar sin que tú tengas derecho a nada que no sea hacerle el menor daño posible.
- Bien, bien...

Cinco minutos tardó la doctora en volver.

Y no había nada. Todo había sido una sugestión por escuchar y responder a unos y otros: te ven con un esparadrapo en la cabeza y les falta tiempo para ponerte malo con sus malos consejos de buena voluntad: "los golpes en la cabeza son peligrosos...siete puntos...ve a que te hagan un scanner...no te confíes...un amigo tal..." 

Los bares.

Cuando el sábado pasado salí del mío a las siete de otra lluviosa tarde para ir a la casa de mi padre a echar el rato que echamos desde hace quince meses y algunos días, recordé que el día anterior había mirado por sus frutos secos y vi que apenas le quedaban. Bueno, un cáncer no se cura con nueces, ni aunque sean de macadamia, pero si lo hemos hecho así desde entonces...¿por qué dejar de hacerlo?

- Dame 200 gramos de nueces de macadamia...200 de nueces mondadas (le gustan porque le gustaban a su padre) y 200 de anacardos crudos (me gustan a mi por...es cosa mía)
- ¡Pero si ayer te llevaste un kilo! -respondió la dependienta al oír los anacardos.
- Ya, pero esto es para otro lao

Salí. Y dos minutos después, en la esquina de la calle de mi padre, junto a la tienda de un viejo amigo suyo muerto desde hace muchos años, pisé una chapa metálica y me pegué el hostión de mi vida.

Al principio no pude ni levantarme. Por un momento pensé que no podría hacerlo. "Oh, Dios, no..." Todo lo largo que soy, todo mi metro ochenta, tirado en el suelo. No pude dejar escapar un aullido de dolor.

"Oh, no..., me cago en la puta..." Diez, quince, veinte segundos pasaron hasta que conseguí reincorporarme. Nadie, en ese intervalo de tiempo, se había dignado en preguntarme siquiera qué me pasaba. Eran las siete y media de la tarde en el centro del pueblo. Y nadie, nadie, se preocupó por lo qué acababa de pasarle a ese desgraciado. Como en un flash me acordé de aquella cucaracha que malherida vi luchar por su vida cuando era un chaval, aquella por la que llegué a llorar viendo como luchaba por no morir; recordé a aquel viejo vagabundo que una mañana, borracho, se había derrumbado en los alrededores de la plaza de toros por andar sobre las baldosas descompuestas por las raíces de los árboles cercanos: "Tranquilo -le dije- tranquilo..." La sangre de su cabeza manaba lentamente hasta formar un dibujo de sangre. Él me miraba como si yo fuera su madre muerta. "Tranquilo, tranquilo..." Le di mi mano y la agarró como si fuera la última mientras con la otra, como pude, llamé al 112...

Me levanté. Y un minuto más tarde estaba junto a mi padre. El golpe, la herida, lo llevaba en el lado derecho. Yo me siento a su derecha, así que no lo podía ver. Disimuladamente me palpé un tanto y noté que había sangre. Fui a la cocina y me limpié, cosa que tuve que hacer dos o tres veces más mientras el Zaragoza y el Reus porfiaban por ver quien era más matao. A eso de las nueve, como siempre, llegó mi madre de hacer la compra, la ayudé a subirla y sin darle tiempo a nada más que dos besos, por fin, me fui.

A casa, al coche.

- Hola, me hecho una brecha en la cabeza, creo...-le dije al de Urgencias

No había nadie y entré enseguida. Me atendió un chaval joven, uno que estaba escuchando Rock FM por el ordenador. Estaban sonando los AC/DC.

- ¿Qué te ha pasado?
- Me he caído
-  ¿Hace cuanto?
- Una hora...Bueno, hora y media
- Esto parece casi de dos...

Pasó el jefe, uno mayor, y le dijo que me diera los puntos que hicieran falta.

Siete.


Y mientras escuchábamos a Guns n´Roses empezó por el primero.


Welcome to the jungle.


jueves, 24 de noviembre de 2016

DESGRACIAO

- Fíjate si seré desgraciao, Kufisto, que una vez que intenté robar un coche rebotó el ladrillo en la ventanilla y se me estampó en la boca.

No pude menos que reírme. No pudimos menos que reírnos. Él ya andaba con su cáncer a cuestas y siempre venía por el bar a echar el rato. Algún tiempo después tuvieron que extirparle el tumor de la garganta y ya no pudo hablar nunca más. Acabó muriendo absolutamente consumido por la enfermedad a la edad que más o menos tengo yo en estos momentos. Dejó varios hijos, algunas mujeres y muchos amigos. Por aquellos, por darles de comer, fue lo de aquel fallido robo de vídeos de primera: "estaba tan desesperado, tan sin un duro, que tuve que hacerlo...Y mira como me salió"

Hay gente que es lo que parece y gente que parece lo que no es. Y mi amigo era de estos últimos.

- ¿No necesitarás una cocinera, verdad? -me preguntó esta mañana una mujer que acompañada por otra que me había parecido un tanto loca acababan de pagarme dos de los quince o veinte cafés que había puesto en cuatro horas. Hay preguntas que se hacen mal porque está claro que da igual como hacerlas.

Le dije que no, que probara en los grandes bares de abajo, esos en los que nadie conoce al dueño y quizá sean cuatro los que conozcan a alguno del sinfín de camareros que por ellos van pasando como nenes en los caballitos de feria de Atracciones Casado. Al menos allí tendría alguna posibilidad de opositar por el cuenco de arroz, aunque su sex-appeal (tan importante en una cocinera) daba para poco más que en una resaca criminal, de esas en las que o eyaculas de alguna manera o te da el derrame cerebral.

- ¿Podemos sacarnos fuera los cafés? Es para fumar...

Y cuando se iban lo encontraron en el suelo.

- Oye, este teléfono...

Diez minutos antes se había ido del mismo sitio uno de mis habituales, uno de esos solitarios que por más habituales que sean casi ni sabes como hablan: un "sí" a tu consabido "¿con leche?" da para lo que da, aunque hayan sido cientos de ellos con el paso de los años.

- Sí, este tiene que ser de uno que se acaba de ir. Gracias.

Dejé el móvil en el botellero y ya solo otra vez me fui al ventanal para ver algo mientras esperaba el próximo relevo del mediodía, ese que me da una horita para hacer algo que me guste, como tumbarme en el sofá de mi casa mientras miro el poco cielo que me dejan ver los edificios de enfrente. Pero había tan poco ahí afuera que tuve que tirar de móvil. Y viendo el mío, ya extremauncionando, me acordé del otro.

¿Por qué no?

Fui a la barra y me lo guardé en el bolsillo. Un rato después salí a la calle y lo metí en el coche, no fuera a ser que viniera el dueño, me preguntara por él, le dijera que ni idea y en ese momento sonara su melodía de alguien que le llamara. Soy un tío grande. Llegó mi hermano pequeño y ya estaba saliendo por la puerta cuando apareció.

- Oye, ¿no habrás visto un teléfono?...-dijo con una voz tan emocionada que apenas pude reconocer.
- No -respondí como aquella vez que siendo niño nuesta madre nos preguntó quien era el que estaba recortando las fotos del Interviú de padre.

Pasó adentro y miró nerviosamente. Mi hermano le dijo que mirara a ver por entre los asientos del coche, como tantas veces pasa. Él dijo que había venido andando. Yo me quedé en el no, sin aventurarme más allá ni de cachondeo. "Me voy a la farmacia, a ver si allí..." "Joder cuanto habla este tío -pensé-" Y se fue y me fui. Ya en mi coche aceleré como si hubiera hecho algo malo. Sonó un tono que no era Bob Dylan y a punto estuve de atropellar a un pasocebrista más tronchao que tres tristes tigres en tres trigales de Monsanto. El viejo me miró como si le hubiese robado sus medicinas. Rory Gallagher seguía a lo suyo, sin enterarse de nada. Lo apagué. "Céntrate, coño, tampoco es para tanto, nadie se va a enterar...Y a fin de cuentas es funcionario, tiene sueldo fijo, pluses, vacaciones, pensión garantizada y tú sólo eres un pobre, un pobre hombre, un pobre hombre autónomo digno de lástima por la mierda de negocio, de vida y de teléfono que tiene..."

Ya en casa, y aún en el ascensor, intenté quitarle la carcasa. No pude. Atacado, me fui a cagar y lo oí sonar otra vez mientras miraba uno de los problemas de Schlechter como quien mira una hostia de pan Bimbo en el Pozo del Tío Raimundo...


Miré con tristeza el sofá y cogí las llaves. Volví al bar y le di el teléfono a mi hermano. "Me lo he encontrado al salir. Estaba debajo de mi coche. Dáselo si viene"


Y fue.


Y yo me quedé sin mi hora feliz.


jueves, 17 de noviembre de 2016

LOS ÚLTIMOS ESTERTORES DE UN VIEJO AMIGO

Tendrá cuatro o cinco años, puede que seis, ya no me acuerdo y creo que él tampoco. Hace casi dos que lo cambié por otro, uno que me dieron previo contrato más una módica cantidad mensual. No llegó a los tres meses cuando una mañana al despertarme se cayó al water mientras meaba. Tardé poco en rescatarlo pero le quedaron secuelas. Miré en Internet y lo metí en un vaso grande lleno de arroz durante una semana. Al octavo día lo encendí y pareció como si despertara de una mala resaca. Y así se quedó. A veces pasa.

Tras muchas e insistentes mentiras me dieron otro parecido, aunque ya no estaba sin estrenar. Le metí mi memoria y no la reconoció al completo; no sé porqué, aunque lo imagino. No insistí y lo dejé estar. También puedo vivir sin parte de ella.

Una noche que estaba borracho herí su entrada de energía. Miré en Internet por como dársela en esas circunstancias y no vi más que tonterías. Probé con un par de ellas y no dieron resultado ante mi acojonante incredulidad por lo que estaba haciendo a mis 43 años. Finalmente lo dejé a un lado de la mesa, entre el resto de cosas que ahí van quedando. Entonces recordé que en algún lado tenía que haber uno de los viejos. Busqué en una de las bonita cajas que mi madre comprara para ordenar mis trastos una de las veces que vio como tenía el piso y allí estaban. Uno ya no podía con sus microcircuitos, pero el otro sí. Y me alegré al comprobar que cuando lo desperté todavía recordara a mi inolvidable Rachel.

Enseguida me reconoció. Toda mi música, todas aquellas canciones que tantas noches andamos, volvían a estar disponibles. Las fotos, los tontos vídeos del muertísimo Whassap y el resto de ridículos archivos que sólo los lunáticos se descargan también estaban ahí. La conexión a Internet iba como siempre había ido, lenta. Pero ir lento es mejor que ir parado. Puede que ya incluso mejor que rápido. Pero no tanto.

Durante todos estos meses ha habido momentos que ganas me han dado de estrellarlo contra la pared cuando estábamos en la cama viendo cosas de Internet. Era como la no actriz del "Royal Posture" que anuncian por la mañana temprano en la tele del bar, que ya no sabía qué hacer con los dolores de espalda hasta que el comprensivo Roberto Cuadrado le había regalado una faja de esas. Un teléfono de sustitución vale, dos es imposible. Hay que esperar hasta abril para mandarlos a la mierda sin penalización. Las penalizaciones han amariconado el mundo. Y el mundo está amariconando a todo lo que lleva a cuestas.

Lleva un tiempo que de vez en cuando, sin siquiera tocarle, exhuda fatigosamente una luz azul interminente, como si fuera una especie de SOS más pasado que el de un viogenizado, tan profundamente azul que hasta el mismísimo Kasparov sentiría cierta conmiseración. A veces la muerte es más hermosa que la vida.

Esta tarde, hace un rato, mientas estaba echando una atolondrada cagada en el water de zorras del bar, he visto salir su hermosa luz a la altura de mis tobillos. Ha sido tan triste que me he acordado de aquellas frías noches en las que paseábamos las calles escuchando "Sister Morphine" en modo sinfín.


Cuanto menos cagas más sucio tienes el culo.

viernes, 4 de noviembre de 2016

DROS´L

Hay mañanas en las que sabes que has dormido porque al despertar ves como se duermen tus sueños.

Noches en las que primero debes dormir un ojo y un rato después el otro, por lo que pueda pasar. Noches en las que el sueño te vence el pulso de todos los días pero no como siempre: tiene que romperte la muñeca contra la mesa para darte por derrotado, hasta el jaque mate, nada de abandonos prematuros. Y no es que no puedas dormir, sólo que ya sabes que esas noches son para apagarlas así, por lo que pueda pasar.

Luego, durante el día, no hay sol que alegre tu corazón ni música que alivie tus pensamientos. El estúpido y obeso perro del remordimiento muerde tus pelotas sin compasión y así andas, de acá para allá con cara de "debo haber perdido algo en algún sitio", pero como son tantas las cosas perdidas y tantos los sitios en los que has estado no eres capaz de dar con el hueso que aleje al perro de tus cojones, al contrario, cada recuerdo hace que la dentellada sea más fuerte, más dolorosa, tanto que cuando terminas la arrasadora tarea del día lo único que quieres es tumbarte y releer a alguien. No hay nada mejor en un día así. No puedes apagarte, programar que te despierten a las ocho de la mañana y dormir dieciséis horas de un tirón; eso es cosa de las máquinas y de los bebés. Y tú ya no eres ninguna de esas dos cosas.

Vuelve a caer la noche. Otro día que pasa como el botellín en la cinta de la fábrica. Tendrás que salir un rato, respirar aire fresco, el frío ayuda a espabilar, pero al salir te das cuenta que el chisme de la música tiene aún menos energía que tú, que hay demasiada gente por las calles, que hay demasiados coches, demasiadas luces, demasiado ruido...Regresas a casa, tienes toda la noche por delante, más tarde será mejor, cuando solo los gatos y los solitarios pisen las angustiosas calles, cuando apaguen las dolorosas luces de los comercios: ¿para qué tenerlas encendidas?, los gatos no tienen bolsillos y tú como si no los tuvieras. Aquellos a rebuscar su comida en la basura y tú ya más en el suelo que en el cielo. Ellos encuentran su rica mierda y tú y yo una ración más de nada para el coleto.

Una rápida ducha. Una buena ración de jabón. Ni hambre tienes. Te sientas ante el ordenador, enciendes el enésimo cigarrillo, escuchas tu respiración y el rumor de la máquina y tienes que ponerte una copa. En la calle se oyen las risas de quienes todavía pueden reír. Así es la vida. Unos ríen, otros los ven y tú y yo los oímos.


Mudos desde hace mucho tiempo, ciegos un poco después y sordos de aquí a dos días.

lunes, 24 de octubre de 2016

ESCALERA AL SÓTANO




Estaba lloviendo y tuve que aparcar a tomar por culo. Eran las 9 de la mañana y las mamás y los papás estaban dejando a sus hijos en el colegio antes de irse a desayunar y cotorrear. Me fijé en la moderna iglesia de enfrente y pensé que si yo fuera Jesús me volvería otra vez a mi tumba. Un grupo de mujeres (no vi ningún hombre) fumaban como carreteras en la segunda entrada al hospital. Las puertas de la primera se abrieron sin necesidad de tocarlas y pasé adentro buscando el salvoconducto en el bolsillo del abrigo: no hacía diez minutos que lo había  metido dentro y ya se había confundido entre los tickets del super, décimos de loterías y recibos de bonolotos, primitivas, euromillones y cupones de la ONCE.

- Buenos días -le dije al recepcionista. Y le alargué su papel
- Sí...El pasillo de la izquierda, hasta el final. Y allí pregunte.

No me gustó la primera tipa que había tras el mostrador, una cuarentona que conozco y que está medio quedá, así que fui un poco más allá y se lo dejé a la otra, una que no conocía.

- Sí, vaya a esa máquina y pase el código de barras por el lector.

Fui y no me lo reconocía.

Volví al mostrador y antes de llegar apareció la gobernanta, una cincuentona teñida de rubio a la que no me hubiera importado metérsela hasta la tráquea.

- ¿Qué le sucede?
- Sí...ehhh...Me dice que no tengo cita. Quizá sea porque le cambiaron la fecha.

Miró el papel.

- Venga conmigo -tecleó algo- Ya está. Su nombre aparecerá en las pantallas 4, 5, 7 y 6.
- Muchas gracias.

Y me senté en la del cinco pensando en el orden de pantallas que me había dicho. ¿Por qué no 4, 5, 6 y 7?

La sala de espera aún no estaba demasiado concurrida. A mi lado, junto al ventanal que daba a la calle, había un viejo. Enfrente, más, y sillas vacías que poco a poco iban dejando de estarlo. Miré mi pantalla y leí las instrucciones que en un sinfín salían de su parte inferior. A la tercera vez de leerlas creí entenderlas.

- Oiga usted -me preguntó el viejo- Yo me llamo tal y tal, ese que está ahí, ¿lo ve?
- Sí - respondí dejando a un lado el móvil donde seguía una discusión acerca de la supuesta invención del Cristianismo en el 303 d. C
- Entonces...¿qué tengo que hacer ahora?

Bueno, yo ya lo había entendido, así que se lo dije.

- Ah, pues muchas gracias.

Y pasó para dentro. Recordé una conversación que tuve con alguien hace algunos años sobre lo bien que se siente uno haciendo el bien y volví a lo mío, a Lactancio y Eusebio de Cesárea.

El lugar del viejo pronto fue ocupado por una chica de mi edad, o eso me pareció. Cambiando página levanté la vista y vi a una adolescente preocupada junto a sus padres. Era tan hermosa que la miré cuando ninguno me veía. La belleza es aún más grande cuando no se refleja en nadie.

Alguien preguntó lo que antes me habían preguntado a mi y otro le dijo que había que pasar cuando el nombre estuviera parpadeando. Poco después vi salir a mi viejo, que esta vez se sentó en otro sitio. Ganas tuve de ir a pedirle disculpas, pero me reprimí. Al poco rato volvió a entrar. Tampoco estaba tan equivocado.

La chica que estaba a mi lado también pasó y esto me mosqueó. Saqué mi papel y vi que la cita era para veinte minutos más tarde. Si me hubiera jugado mi salvación con la hora lo hubiese apostado todo. Dos semanas con ella en mi poder y no había sabido leer lo único que importaba.

Y salió mi nombre con las iniciales de sus dos apellidos. Y me dije: "mira, ahí estás, nadie te conoce menos tú" Y una agradable sensación vino a mi cabeza. Un nombre y dos iniciales son suficientes para sentirse un individuo entre la multitud.

Pasé. El pasillo estaba silencioso, bien iluminado por un patio interior en el que se podía ver caer a la lluvia sin oírla, como en un documental de alguien que no te gusta. Esperando su entrada a cada habitación estábamos los llamados, no muchos. En la espera pasó un médico que creí reconocer junto a su enfermera, una chica joven y rubia. Él me reconoció y nos saludamos. Me dio la impresión de que ya no estaba casado. Aquella mujer con la que tan a menudo iba por el bar llevaba en la cara el "ya te he pescado". Y, todo sea dicho, era su enfermera de entonces. Ten hijos para esto, Lactancio...

Salieron los que estaban antes que yo y entré tras la indicación de una panchita que bien pudiera ser mi abuela en su respetable cultura.

- Buenos días -dije
- Buenos días -dijo el doctor

Era un tío joven, de mi edad, unos cuarenta, me cayó bien. Nos dimos la mano y me preguntó. Yo le expliqué lo de la muñeca y, sobre todo, lo de la maldita rodilla izquierda. Me la cogió e hizo algunas preguntas. Yo le dije que suponía era por mis ejercicios con el saco de boxeo y tal, aunque dejé caer lo de camarero con cafetera por no parecer demasiado subnormal.

- A ver la rodilla

Me subí la pernera del pantalón, me senté en la camilla y estuvo tocándomela un rato.

- Bueno -me dijo tras explicarme algunas cosas mientras me examinaba- se va a ir a Radiología y cuando salga vuelve aquí.

Apenas tardé nada en mi visita a Rayos. Claro que nada y mucho es muy relativo cuando de hospitales y Biblias se habla. Una tía fea y gorda me dijo que me quitara los pantalones. Claro que el anterior había sido un gitano de 80 años. Me colocó la rodilla en el chisme tres o cuatro veces, hasta que estuvo a su gusto, y después se pasó para adentro. "No te muevas" No me moví. Después hizo lo mismo con mi muñeca. "No te muevas" Coño, hacía frío allí. ¿Por qué no primero la muñeca y después la rodilla?

- Tiene una rodilla muy hermosa -me dijo el doctor ya de regreso a su consulta. Me acordé de "Un genio con dos cerebros"- Bueno, no es nada. Esto tal, esto cual...
- Esta puta mierda es la que me ha hecho volver a fumar -le he dicho ya en confianza. Él se ha reído diciendo que eso sí que lo tenía que dejar, pero que lo demás era no forzar ni olvidar que tengo 43 años. "Ya, 43...Me están jodiendo vivo los 43, no sé porqué...¡Ni cuando cumplí los 40!" Nos hemos dado otra vez la mano y la vieja panchita ha intentado abrirme la puerta un tanto escandalizada. Un tío listo este doctor.

Ya en casa no me ha quedado más remedio que hacerme un pito mientras seguía leyendo a los exégetas de Pablo de Tarso, Lactancio, Eusebio de Cesárea y demás. Entretanto he puesto algo de Led Zeppelin para no rayarme y al final he determinado tirar a la mierda el puto tabaco en cuanto saliera a por las garrafas de agua mineral. Ducha, afeitado y a por ello.

Lleno de buen rollo gracias a todo y a todos, un perro de mierda me ha ladrado nada más salir de la cochera. Al bajarme para depositar la basura en el contenedor he visto que su dueño era el prejubilado de cincuenta años con joven rusa rubia a su vera. Me he cagado en sus putas madres. "No pasa nada, venga"

En el super he saludado sonriendo sin ton ni son, como si todos ellos supieran que Lactancio y Cesárero tuvieron razón en hacer lo que hicieron y el Cristo no fuera más que el Logos que une a la Divinidad con el Hombre, cual Monolito Benevolente, Kubrick Mediante. Lo importante, lo único, es no hacer daño.

No hacer daño, Kufisto, cojones, no hagas daño. Ni a ti mismo. Hacer daño es de monos. Y hacérselo a uno mismo, de gilipollas.

Hoy era la comida en casa de mis padres. Allí estaban mis hermanos y sus mujeres. Hemos preparado los aperitivos mientras le decía a uno de los míos que hoy mismo volvía a dejar la mierda del tabaco que me lleva a Johnnie y todo lo demás...Nos hemos echado un vinillo, dos,  y se me ha endulzado el paladar.

Y comiendo me he bebido otros tres.

Estaba arrancando el coche y por un momento he pensado en ir al contenedor. Pero al final he pensado que mejor comprarlo en el 24 horas.

- Golden Virginia, boquillas y papel.


Y mientras escribía esto he tenido que bajar a por otra botella de Johnnie.


Puto perro.


Y puto amo.








miércoles, 19 de octubre de 2016

NO HACE FALTA IRSE AL HIMALAYA




Apenas había abierto el bar cuando llegó. Pronto me di cuenta de que era un tío raro, aunque esto sea algo que pienso de la mayoría de los desconocidos. Se quedó en un extremo de la barra, junto a la puerta, y con una voz apenas audible me pidió algo.

- ¿Qué? -dije
- Un belmonte...
- Ah...eso lleva...-no me acordaba
- Café con leche condensada y coñac

Sí, no es bebida de aquí. Como él.

Era un tío de un metro noventa, de unos cuarenta años, ancho de espaldas y con unas gafas que enseguida me recordaron a Supermán. Le puse su café sabiendo que iba a quedarse un rato demasiado largo. Llegó el ciego con su tío y pidieron lo de siempre tras quejarse del oscuro y lluvioso día que estaba amaneciendo, "hoy se nos ha fastidiado el paseo"; el médico acabó de desayunar su café con 3 porras y me pagó pidiéndome cambio para tabaco; la mujer de la tragaperras estaba a su tarea y en la tele había uno muy sonriente vendiendo una faja mágica para las gordas que fueran lo suficientemente estúpidas de pagarlas; muchas, podéis creerme. Poco después apareció el afilaor y le mandé a por los periódicos que todavía no habían llegado una hora antes. A veces pasan estas cosas. Es raro, pero pasa.

Se fueron todos menos él. Me pidió una copa de coñac y continuó saliendo a la puerta para fumar. El tío apestaba a tabaco. Me preguntó por la Oficina del Paro y se la indiqué; "tenía que haber venido ayer...-decía como el niño que dice las cosas después de haber sido regañado-...¿pasará algo?", "no, no creo..." Yo no entiendo de eso, pero bueno: él parecía preocupado, yo no sé como va ese rollo y siempre es mejor dejar abierta la puerta de salida cuando no quieres estar con alguien.

Al rato, después de pasar un par de veces al servicio, pidió la segunda copa.

- Cinco ochenta -le dije antes de ponérsela.
- Pero...¿la copa?
- No, con la que te ponga
- Ahhh..., perdona

Pagó y se la puse.

Siguió fumando tabaco de liar.

- ¿Pones música? -me dijo una de las veces que estaba por ahí cerca.
- Después
- Música alegre...

A eso de las diez ("¿crees que ya estará abierta?", "seguro") se marchó igual de acabado que cuando llegó.

Eran las seis menos cuarto de la tarde, ya estaba a punto de irme, cuando una de las mil veces que he salido a la puerta he visto a alguien que subía calle abajo. Me he fijado y era el tío raro. Llevaba una bolsa de plástico y caminaba dando bandazos. Me he pasado para dentro. Él ha seguido para arriba, ya por la calzada, siempre a punto de caer en el mar de alquitrán, sin mirar quien iba y quien venía por muy coche o camión que fuera. Ha tenido suerte: por no haber no había ni tráfico. Ya en la otra acera, más escalando una montaña de hielo que subiendo una puta calle, ha conseguido apoyarse en una pared. Ha intentado liarse un cigarrillo y no lo ha conseguido. Ha sacado el tetrabrick de la bolsa y le ha metido un trago de espanto. Después le ha pegado un manotazo a la pared y ha proseguido su ascensión hasta el primer vivac de madera. Allí se ha sentado intentando hacerse otro pito. Creo que tampoco lo ha conseguido esta vez. Se ha vuelto a levantar. Cincuenta metros más allá ha alcanzado el segundo banco. Ya apenas lo veía. Otra vez arriba. Otra vez andando sobre el hielo. Otra vez cualquiera apartándose de él...


Y al final ha conseguido doblar una esquina.




viernes, 14 de octubre de 2016

ADIÓS, SUERTE

- ¿Nicéforo, Nicéforo?...-he preguntado al entrar en casa. Cuando estoy de buen humor siempre le llamo por otro nombre, a cual más feo. Este creo no habérselo dicho nunca. He pasado a la cocina para dejar algo y he cerrado la puerta al salir, como siempre. No me gusta que entre solo allí; tengo demasiadas bolsas de plástico colgadas de la silla y al muy tonto le gusta jugar con ellas, arañarlas y morderlas; luego le vienen esas angustiosas toses y parece como si fuera a quedarse en el sitio, aunque siempre acaba por regurgitar la mierda de bolas de pelo o lo que coño se trague; después se queda un rato parado, como diciéndose nunca más, y a otra cosa. Mi habitación también está cerrada para él, así como el cuarto de baño del pasillo, aunque este no sé para qué. El resto del piso, su habitación, la otra llena de trastos y el salón están a su entero antojo y al de su hermoso y abundante pelo, tan naranja y blanco como la primera luz de la mañana.

No estaba en el salón a pesar de ser mediodía, hora en la que le gusta tumbarse frente al gran ventanal que da a la calle para tomar su baño de sol y quizá, sólo quizá, mirar lo que pasa fuera: gente, coches y niños jugando y gritando en el colegio de enfrente. Me he quitado la bufanda acordándome con una sonrisa del vídeo que poco antes había visto en Youtube sobre como anudársela de diez maneras diferentes (ayer la saqué del armario) y yendo a dejarla en el perchero le he visto tirado en su habitación, junto al plato de la comida húmeda.

Él nunca se había dormido ahí. Él jamás se dormiría así.

- ¿Nicéforo?

Y antes de tocarle ya sabía que estaba muerto.

Sus ojos, del color de la miel que no tiene que pasar lectores de barras, ahora estaban negros. Tan negros, tan oscuros, como sólo están las cosas que dan miedo. Su pequeña boca, siempre tan elegantemente cerrada, ahora permitía salir un pedazo de su rosada lengüecilla. Le he acariciado la cabeza llamándole por su nombre. He cogido una de sus patitas y la he dejado caer inerte el suelo. Su lomo, aún tibio, se notaba pesado, como si ya todo estuviese parado por dentro. Me he incorporado y me he quedado un rato mirándole. Después he ido al salón y he mirado por el ventanal: gente, coches y niños jugando y riendo en el colegio de enfrente. He vuelto a su habitación y en la puerta he visto, ahora sí, los restos de su último devuelto. Los he recogido y los he tirado en una de las mil bolsas de la silla de la cocina. Y me he tumbado en el sofá.

Mirando al revés el título de un libro que tenía un poco más allá de mis pies he estado pensando sobre lo que había hecho esta mañana: echarme un poco de pomada en el pelo para curar unas pequeñas heridas que hacía más de un año que no me salían, comerme unas nueces que compre ayer después de meses sin hacerlo, ese rato loco, esa extraña hora loca, nerviosa, que había tenido en el bar de puro aburrimiento por no tener a nadie, las ganas que me habían entrado de fumar tras la copa de vino del almuerzo, el vídeo de la bufanda...Todavía estaba caliente cuando lo he encontrado.

He llamado a mi madre. "¿Qué hiciste con tu gata cuando se murió?" Luego vendrá con su hermana a por él y lo enterrarán en su casa de campo. Yo tengo que volver al bar. Una ducha, un afeitado y una despedida antes de irme. Y acariciándole como le gustaba, en la cabeza, por las orejillas, le he dicho adiós sin abrir la boca.

Cuando hace diez años una dulce muchacha me lo trajo en tren desde el Levante me sobraba palma de la mano para sostenerlo. Hoy lo he tenido que coger con los dos brazos para meterlo en una bolsa grande de basura. Hace días que se me acabaron las pequeñas. Y anoche pensé en no comprarlas hasta utilizar las que cuelgan de la silla.


Y hace un rato, volviendo a casa después de ver a mi padre en la suya explicándome como podía el nuevo tratamiento para su enfermedad mientras mirábamos una película de Bud Spencer, he pensado que quizá todavía estaría abierto el estanco donde compro el tabaco para el bar. Iba sin dinero y pensaba dejárselo a deber. Seguro que no habría problema alguno. Antes de llegar he visto otro abierto. Un poco más allá, el mío estaba cerrado. Pero el frío me ha hecho meter las manos en los bolsillos y he encontrado monedas. Suficientes.

- Mañana me voy a verlos de jugar -le estaba contando al que estaba delante de mi, un padre con su hijo.
- ¡Pero si son cuatro horas de viaje!
- Es igual

- Dame un Sweet Virginia...un Golden Virginia de 25 -le he dicho. Llevaba lo justo, poco más.


El whisky lo tengo en casa desde hace dos semanas.


Por los viejos tiempos, Suerte...


Por los viejos tiempos que parece que van a volver.



Pero ya sin ti.

















sábado, 3 de septiembre de 2016

RECUERDOS DE MOMENTOS QUE SÓLO PASAN MIL VECES

- Dale recuerdos a tu padre

¿Por qué le habré dicho que iba a verlo? ¿quizá para no afirmar su pregunta de si iba de paseo? ¿por vergüenza? Joder, es sábado y todo el mundo está en la calle, de fiesta, con sus amigos o familias, por ahí, a cenar, al cine, a emborracharse con los amigos o a lo que sea, y quien me ve no se le ocurre nada más que preguntarme si voy de paseo, como los viejos, o ni eso, que está anocheciendo, más bien como los raros, como los locos, como alguien que por supuesto no puede estar más que solo...Y él estaría esperando a su guapa e inteligente mujer, esa mujer de bonitas piernas, para salir a cenar junto a otras parejas; después un par de copas y a casa...Dale recuerdos a tu padre, me dice sin dejar de mirar su teléfono...¿Así me lo peguntas, cabrón? ¿como quien le dice no al moro ambulante de los chismes que parpadean y hacen ruido? ¿acaso soy ya eso para vosotros? ¿acaso es él ya eso para vosotros? ¿un próximo y vago recuerdo, nada más?...

Llego a la casa de mi padre y lo encuentro viendo El Padrino. Me siento en mi sitio y le contesto a su previsible pregunta que hoy sí, que hoy por fin he echado una buena tarde en el bar, una de las mejores. Él se alegra y callamos para ver la peli, como de costumbre. Mi madre está terminando de arreglarse un poco para ir a comprar algunas cosas. "No salgas con el hocico recogío" le dice el viejo, "¿y como quieres que salga?, ¿así?" contesta haciendo una sonrisa americana, "no, tampoco. Eso es falso" Se va y nos quedamos solos. "El Padrino" sigue siendo tan buena como hace casi treinta años. Hace mucho tiempo desde que la vi por última vez. Pero la vi tantas veces, le eché tantas horas, que no he olvidado nada de ella. Sterling Hayden le sopla aquel puñetazo a Al Pacino, "¿cuanto le paga Sollozzo por matar a mi padre?..."

Llaman a su teléfono. Es del bar. Un amigo de mi hermano que va a venir a por hielo. "¿Está Kufisto?", "sí", "pues dile que me prepare cinco sacos que estoy allí en tres minutos" Sí, hoy vamos a tener un gran día en el bar...

Al colocar el cuarto saco en la puerta oigo un claxón tras ella. La abro y es él. "Ves cogiendo que voy a por los que faltan" Al final son siete, ya no hay más. "¿Y van a caber?" me dice, "Sí. Y sino los metes en el del frigo", "¿cuantos entran el grande?", "ocho", "entonces sí que caben" Hoy va a hacer falta mucho hielo...Vuelvo con otros dos, los últimos y no le veo. Ha tenido que aparcar más adelante. La calle es un hervidero. Se los acerco y al regresar me encuentro con un hombre muerto que anda como puede. Dudo en saludarle pero lo hago, me cae bien; él se para con intención de hablar algo, no como aquel, pero voy con mucha prisa y sin pararme se lo digo. Veo que lo entiende y sigue su pesadísimo camino. Quien está al borde de terminarlo suele entender muy bien las cosas. Ya lo veré una mañana de estas por el bar, si es que todavía le quedan algo de tiempo y fuerzas para hacerlo. Solemos reírnos mucho cuando hablamos. Los hombres muertos se ríen entre ellos. Los hombres muertos se ríen de ellos. Los hombres muertos se ríen de todo cuando se encuentran.

Subo arriba. El Padrino baja a ver a Tom Hagen, que bebe en la oscuridad, junto al teléfono. "Qué bien está Marlon Brando en esta escena" dice mi padre. Ya en la funeraria me fijo en la iluminación y lo comento. Mi padre no dice nada. El Padrino parece tan cansado y agotado, tan derrotado, como pueda estarlo un hombre que ganó muchas veces cuando estaba lleno de vida.

Llega mi madre y entonces me voy. Yo todavía puedo estar solo.

Abro la puerta y pasa un viejo conocido. Jamás he cruzado una palabra con él. No creo que le gustara. Siempre le he visto solo, caminando por ahí su enfermedad, sea la que sea. Anda ligero, la mirada baja, evitando hasta a las sombras de quienes se cruzan con él, pisando como si temiera despertar a alguien bajo el suelo, mirando de vez en cuando hacia atrás como para asegurarse que de verdad quedan atrás, que no tiene a nadie a su espalda...Le pierdo de vista en poco tiempo después de pensar por un instante en seguirle.

Dos muchachas vienen hacia a mi. Se hacen a un lado sin darse cuenta y veo que la rubia lleva una botella de ron barato en el regazo. Es sábado. Los coches vomitan mierda por sus altavoces. La gente habla, grita, excitada por otra noche de sábado que acaba de comenzar. Por un instante pienso en salir por ahí. Pero ya me sé el final de esa historia y me voy para casa.

Ahora estarán pasando la segunda parte del Padrino. No creo que mi padre la esté viendo. Yo tampoco.


Abajo, en la calle, otro coche vomita más mierda.


Y ya se ha ido.


Todo se va.


Todo.

viernes, 8 de julio de 2016

UN VIEJO VAGABUNDO

Ha dudado si entrar o no mientras sujetaba la cortinilla de la puerta. Yo estaba en el otro extremo de la barra, casi fuera, por lo que él no podía saber con certeza si yo era el camarero. Enseguida lo he calado. Y él, al final, se ha decidido a entrar con su gorrilla y su mochileja.

Se ha quedado junto a la entrada , sin querer aventurarse más allá, tal y como hacen los que temen a causa de las hostias que llevan encima.

- Hola -he dicho seriamente, como quien se imagina lo que viene después- ¿qué quieres?
- Una caña -ha respondido con voz apenas audible.

No le he preguntado si grande o pequeña. Se la he puesto de las últimas. Ni he pensado en ofrecerle un pincho. Y mientras lo hacía me he fijado un poco más en él, que no acababa de cogerle el tono al sitio.

- ¿El servicio?
- Allí detrás, la segunda puerta -he contestado aún de peor gana.

"Verás -me he dicho mientras se encaminaba indeciso hacia donde le había indicado-, ahora me echa una buena mierda, se asea, me apesta el puto water y me dice que no tiene dinero para pagarme la caña, como si lo viera...Eso te pasa por no pedirle el dinero antes, gilipollas"

Ha salido en tiempo de meada, sin dármelo para dudar siquiera un instante. Y se ha vuelto a su sitio de la misma manera que lo dejó.

Viendo que el otro cliente estaba rulándose un pito, el vagabundo se ha echado mano a su paquete de tabaco; ha sacado un cigarrillo y se lo ha puesto en la boca. "Verás -me he dicho-, ahora se lo enciende y ya tiene excusa para que lo eche a la puta calle" Pero no lo ha encendido, sino que ha seguido allí, en su sitio, como un pocero en una tienda de perfumes en los Campos Elíseos, como si estuviera esperando en cualquier momento la patada en el culo.

- ¿Cuanto es? -me ha dicho una vez que me ha pillado por su lado, tan cerca como para reclamar mi atención sin llamarla mucho.
- Uno veinte

Y ha sacado veinte céntimos y un billete de 20 euros

"Verás -me he dicho- como es más falso que Judas" Pero no lo era.


Y le he cobrado y poco después se ha ido con un tímido "adiós"


Y yo no me he sentido muy bien.

miércoles, 8 de junio de 2016

EL SUELO DEL VIEJO




Ayer, por fin, me decidí a regalarle un paquete de tabaco; un Philip Morris, el más barato.

Lo vi llegar como todos los días, las manos a la espalda, mirando al suelo en busca de colillas, fija la vista en el de la terraza de mi bar donde yo estaba sentado disfrutando de la mañana, ya que no poniendo cafés. Unos pasos más allá, junto a la ortopedia, ha rebuscado en la papelera. "Ahora" pensé; y pasé adentro a por el tabaco.

Salí y se lo dí.

- Tenga, para usted
- ¿Y esto?
- Se lo doy...se lo regalo...es tabaco del bueno

No me dio ni las gracias. No me importó. Poco antes de todo esto mi padre había venido a decirme que los médicos le habían dicho que todo estaría bien durante al menos otros tres meses: el dragón que duerme en su pulmón sigue aletargado, como la sabandija con su huésped, viviendo de él sin estrujarle demasiado. También a estos les va la vida en ello.

Hoy he vuelto a sentarme en mi desierta terraza. Estaba mirando el hábil vuelo de los vencejos en el edificio de enfrente, oyendo sus canciones, cuando ha vuelto a llegar el viejo de ayer. Ha pasado por delante de mi sin decir nada, las manos en la espalda, mirando al suelo con ojos de pajarillo en tierra sin fuerzas ni para cobijarse a la sombra del árbol, vencida su nariz aguileña ya sin el apoyo de esa boca vacía de dientes. Unos pasos más allá ha vuelto a detenerse ante la papelera de la ortopedia. Le he visto rebuscar torpemente. Y mientras lo hacía me he fijado en que va demasiado arreglado como para hacer esas cosas. Puede que simplemente no le dejen fumar en su casa y no le den dinero para nada, no sea que se lo gaste en eso.

Y ha regresado sobre sus pasos, sin ni siquiera mirarme, para irse por donde había venido.


Y volviendo a mirar a los vencejos que bailaban acrobáticamente en el cielo azul no he podido más que preguntarme como será posible que se entiendan tan bien como para no atropellarse los unos a los otros.


Puede que sea porque hablan el mismo lenguaje en el mismo tiempo.

miércoles, 1 de junio de 2016

ES LA FALTA DE AMOR LA QUE LLENA LOS INFIERNOS




Está cerca de cumplir los 40 años. Vive solo en el viejo piso de sus padres. Su madre murió cuando él todavía era un chiquillo que aún iba al colegio, o puede que al instituto. Poco después dejó de estudiar y empezó a golfear por ahí. Su padre tardó no mucho más en rehacer su vida con una mujer de otro pueblo. Y el hermano mayor se marchó a la ciudad, de donde regresaría algún tiempo después convertido en un hombre influyente para la comunidad.

Una vez acabada la mili encontró trabajo en unas gran empresa dedicada a la construcción. Allí le hicieron fijo y empezó a ganar un buen sueldo. Su padre terminó por irse de casa y todo parecía ir sobre ruedas. No le faltaban los amigos, tampoco las follamigas ni las bolseras, y los fines de semana se lo pasaba todo lo bien que puede pasárselo un chico joven que sale de fiesta sin cargos de conciencia por el hambre en el mundo y todo lo demás: él no tenía la culpa de nada.

Llegó la crisis y fue de los primeros en ser licenciado. Le quedó una indemnización y un par de años de paro. No se preocupó mucho y se lo tomó como unas vacaciones pagadas, al igual que tantos otros. Pero eso se acabó. Y cuando quiso volver a entrar en la rueda ya no había sitio para él.

Trapicheos, trabajillos, algún dinero de su padre, puede que también de su hermano...Poco a poco casi todos sus amigos acabaron por casarse y formar una familia; y los que no, ya no tenían humor para estar por ahí, donde cualquier gilipollas te puede buscar un problema en una noche loca. Y ya sería de los gordos. Así que mejor en casa, con la Play o el vídeo, juegos y películas, whisky y hash, un poquito de farlopa, algo de música, quizá alguna guarrilla en busca de algo que pueda pagarse sin dinero...Pero esto ya no era como había sido.

Ya muy al límite, tan quemado como una fiera enjaulada en mitad del Serengeti, solía fantasear en voz alta con agarrar una escopeta y salir a matar hijoputas. Tanto énfasis le ponía que a nadie de quienes le conocemos nos hubiera extrañado verlo en las noticias de las tres. Y en esas andaba, bailando con sus demonios, cuando su hermano le consiguió un trabajo en un centro comercial. Era cosa de poco, pero era algo. Y poco después empezó a salir con una divorciada, una de su cuerda, pero tenía una hija pequeña y esto hacía un tanto de freno de mano, y de nariz, por lo que puede que llegara a pensar en hacer algo más con ella, en ser como los demás, en convertirse en otro hijoputa feliz...

Pero tanto lo uno como lo otro duraron poco: un trabajo de mierda siempre será un trabajo de mierda aunque te lo proporcione tu hermano mayor y una puta siempre será una puta aunque tenga una hijita adorable. Y se quedó sin nada y se encerró en el viejo piso de sus padres. Hoy alguien lo ha visto por ahí.

Y por tres veces, entre lágrimas, le ha dicho que se iba a echar la soga al cuello.


Quien lo dice no lo hace.


O eso es lo que dicen los otros.

sábado, 14 de mayo de 2016

LA MUJER DEL MAGO




La mujer del mago tiene piernas que no parecen suyas; cualquiera que las vea dirá que tienen la mitad de años que su cara vista de cerca.

La mujer del mago nunca entra sola al bar; se queda ahí, en la puerta, sola, esperando a que llegue su amiga y mi clienta, una que también es la mujer de otro, pero no de un mago. Me pongo a pensar y no recuerdo haberle visto las piernas. Hay mujeres que no las enseñan. Hay mujeres que no pueden enseñarlas.

La mujer del mago se sienta en un taburete del fondo, junto al ventanal, y mira afuera mientras su amiga y mi clienta viene a pedirme las consumiciones como una niña tímida le pediría un truco a un mago muy solicitado.

La mujer del mago tiene un culo que parece tan duro como mi polla y una cintura como la de la abeja que por la mañana estampé contra el ventanal; las tetas son pequeñas, pero te miran como si fueran dos montañas nevadas.

La mujer del otro pagó y salió a la calle a buscar las llaves que no encontraba. La mujer del mago se acercó a la barra para pagar lo que ya había sido pagado. Me miró otra vez, aunque ya no como cuando salió del water poco antes de la llegada de ese tío que ahora se la llevaba.

Un cliente estaba en la barra jugando con su hijo. Reconoció a ese tío y se saludaron efusivamente. Y después que se fueran me preguntó si lo conocía.

- No
- Es Patri, el mago ese que...
- Ah, ya


Entonces me acordé de él. Un idiota.


Supongo que la otra encontró las llaves en algún sitio.


No estaría mal que yo encontrara las de las mujeres de los magos.


Aunque sólo fuera para después tirarlas a la incineradora de basuras.



miércoles, 6 de enero de 2016

PON TU CABEZA SOBRE MI ESTÓMAGO




Finalmente la noche había sido buena, nada más.

Desperté cuando era probable que todavía no hubieran cerrado el bar. Una hora más tarde abrí su puerta. Y enseguida, aún a oscuras, me di cuenta de que sólo había sido una buena noche, nada más: a veces basta con oír tus pisadas para saber con bastante exactitud lo que ha pasado.

Encendí la luz y vi que el piso estaba sucio, pero no demasiado. Fui hacia el cuaderno de contabilidad y miré la recaudación. Busqué por los Reyes del año pasado y comprobé que había estado bastante mejor. La Navidad, laboralmente, había sido notable para nosotros. Y como premio casi que forzoso para nuestra salud mental más que física, ayer mismo habíamos acordado cerrar durante una semana. Hoy se esperan nuestro cierre; mañana, no. Y el fin de semana habrá quien se pregunte si no se ha muerto alguien en nuestra familia. Pero el pronóstico de quien vive al día es más corto que el del tiempo.

No puse música durante la limpieza. Ni lo pensé. Y ahora que lo hago me resulta curioso: es como si no hiciera falta cuando no tienes que abrir la puerta. Si yo fuera rico necesitaría incluso menos que ahora.

Desenchufé las cámaras y eché en varias bolsas todo aquello que pudiera ponerse malo durante nuestro descanso: naranjas, limones, cebollas, ajos, huevos...todo para casa. Y fue entonces, cuando abrí el frigorífico, que vi los roscones prácticamente intactos. Y en ese mismo momento, puede que iluminado por mi ayuno que ya iba por su hora 36, determiné llevármelos a casa, trocearlos, envolverlos en papel de aluminio y salir a repartirlos entre los pobres de la ciudad.

Eran las 8 de la mañana y estaba terminando de amanecer cuando llegué a casa.

Ya lo tenía todo preparado para salir. Tan sólo me faltaba encontrar los guantes que protegieran mis manos durante el trayecto bajo la helada mañana, la primera del invierno. Y buscándolos recordé si no sería conveniente ir desayunando, a pesar de encontrarme bastante bien de fuerzas. Los guantes seguían sin aparecer y ya no me quedaba ningún sitio por mirar. Pensé en llevar las porciones de roscón a Cáritas y que las repartieran ellos, pero enseguida deseché la idea: Cáritas es parte del enemigo. Así que me iba a tocar a mi...Me di por vencido con los putos guantes y determiné desayunar para meterle calor al cuerpo en vista del frío que iba a pasar fuera.

El kiwi estaba delicioso, entre ácido y dulce, todo verde brillante, en su justo punto. Le hinqué el diente al primer aguacate y su insipidez me supo a gloria; con el segundo, redondo como el sol, disfruté paladeando su suavísima textura. Le eché un vistazo a la bolsa ecológica medio llena de aluminio arrugado y rápidamente me di la vuelta para coger una de esas hermosas naranjas que había rescatado del bar; la pelé con mis propias manos y su pulpa me supo a néctar de reyes. Me acordé de los pobres que encuentro las pocas veces que circulo por la calle comercial, unos viejos y otros no tanto, pero seguramente muchos tendrían problemas con el azúcar, alguno habría diabético, y puede que el remedio fuera peor que la enfermedad; pensé en las viejas beatas y que ellas estarían preparándose para hacer algo parecido a lo que iba a hacer yo; y eso sí que sería tremendo, absurdo, mortal...llegar allí, hasta los pobres de tus famélicos sueños, y ver que te miran con aburrimiento al coger tu pedazo de roscón, casi que diciéndote con la mirada que lo van a tirar a la papelera, que están hartos del puto roscón, tan empalagoso, y que ellos lo que quieren es dinero para vino, que alegra el espíritu y calienta el cuerpo, que si no seré un maricón en busca de algo cuando soy tan amable como una puta vieja...Para cuando abrí la cuarta nuez ya lo tenía casi decidido. Y con la novena y última avellana no tuve duda alguna: los roscones se iban de vuelta al bar.


Sólo que ahora en porciones.


Y masticando un buen puñado de pistachos le eché una sonrisa y once bultos de aluminio a las casi vacías tripas de mi pobre frigorífico del bar dormido.