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jueves, 19 de diciembre de 2013

LIGERA BORRASCA





Salí a pasear, borracho. Estaba lloviendo por primera vez en meses. No me importó. Enseguida vino el dolor a mi talón. Tampoco le hice caso. Pensé en entrar a alguno de los bares que fui encontrándome, pero no lo hice. 

De vuelta a casa, al doblar otra esquina, me topé con ella; "perdón" nos dijimos y seguimos nuestros caminos. Pero nos habíamos reconocido. Ella volvió y me llamó por mi nombre; la oí debajo de mis auriculares; puede que la estuviera esperando.

Nos miramos a las ojos, bajo la débil lluvia de la fría noche, y me preguntó por como me iba. Yo también. Nos mentimos durante menos tiempo del que tardo en escribirlo. Cogió mis manos y me dijo que siempre me había portado bien con ella; la yonki, la que nadie quiere ya. Siempre y bien no es apenas nada para quienes casi siempre han estado bien. Sonreí, le di dos besos y le acaricié la mejilla. Vi lagrimillas en sus ojos. Nos separamos.

Un rato después me decidí a mirar hacia atrás. No vi a nadie. No vi a nadie que deseara encontrar. 

Y pensé en ir a buscarla.

Pero regresé a casa.

Todavía llueve.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

DEAMBULANDO




- Hola, buenas -he dicho una vez localizado mi destino en el ambulatorio, "D5, en la primera planta" había contestado a mi pregunta una enfermera todavía joven, demasiado rubia y un tanto bigotuda.

"D5 -pensaba mientras subía la escalera-, ese es el movimiento típico de las blancas para cerrar el centro en la India de Rey..." Me gustaba jugar esa línea cuando llevaba las negras, tan elástica, tan al filo...un tiempo perdido y estabas frito; después (tras una mala racha) me pasé a la Ben-Oni, todavía más movediza. Y allí sigo a pesar de que agarré otra que me condujo a mis catacumbas; en la vida había estado tan abajo de rating. Pero he ido remontando y ahora estoy un poco mejor que al principio, aunque lejos de mi mejor momento. Creo que voy a regresar a la India de Rey.

Suele decirse que uno juega al ajedrez como es; y es verdad, pero...¿quien te conoce mejor que tú mismo? nadie con quien vayas a jugar una partida. Yo, de puertas para afuera, no debería sino abrir de dama con blancas y hacer el espejo con negras hasta donde me fuera posible; pero, sin embargo, hago todo lo contrario: abro de rey y respondo como un vaso roto. Es tan fácil cuando se trata de ajedrez...

Pocos han respondido a mi saludo, no me ha importado, me he sentado donde trotara el aire a medio evaporarse y rápidamente me he dado cuenta de que podía ir olvidándome de que me tocara a mi hora, que casi era esa pues me he entretenido de más buscando la tarjeta sanitaria, algo parecido a buscar una aguja en pajar hasta arriba de pajas. Al final he encontrado una que había caducado en el 2008, "a lo mejor vale para algo..."

No ha tardado en salir una muchacha alta, con gafas, fea y corpulenta, aunque no repulsiva.

- A ver...¿Luis Nosecuantos?
- Yo
- Pues ahora pasas...¿Antonia Nosequé?
- ¿Sí?
- Detrás...¿Pepe Palotes?
- ¿Uh?
- Detrás de Antonia...¿María Martillo?...

Y así siete u ocho.

- ¿Kufisto Benoni?
- Yep
- Detrás de Mari Carmen

Ya casi que me había olvidado...

- Ehhh...perdón, ¿Mari Carmen...? -he dicho al acabar el recuento.
- Sí, yo
- Ah, vale

"Me cago en la puta...y yo sin el teléfono" me he dicho al ver a los demás hurgando en los suyos.

Deberían ofrecer uno desechable cuando pasas a esos sitios. Aunque fuera de juguete.

- Perdone, señor...¿lleva su teléfono?
- ¡Anda la hostia!...Lo he dejado cargando en casa...Como iba a llegar justo a la hora de la cita..."
- Ya, pero vamos con retraso. Siéntese e intente no llamar la atención.

Bueno, soy de esa clase de personas que puede mirar una pared durante media hora, aunque no estoy acostumbrado en hacerlo rodeado de gente...pero al quitarme el abrigo he visto El Aleph. Literal.

No recordaba que mientras había estado buscando la tarjeta sanitaria me había encontrado en su lugar aquel libro de Borges que saqué de la Biblioteca hace unas semanas, y oye, lo uno por lo otro, que seguro ya estaba a punto de sanción, que es cosa curiosa como buscando algo te encuentras otra parecida, y los dientes sanos son para cuando los tuyos también lo están, y en fin...que no está de más dar un par de saltos dentro de la cuerda. Y de la cuenta.

Resumiendo: que se me ha abierto el techo.

Sin dudarlo un segundo me he ido al primero, al Inmortal, el que más me gusta con mucha diferencia de ese extraordinario escritor.

Al principio no sabía ni como ponerme, no estoy hecho a leer sentado y menos aún en público, en verdad no sé si lo estoy para algo que no sea poner copas, y esto también era cosa que jamás pensé pudiera hacer cuando todavía tenía tiempo para ser lo que quisiera, como dicen cada vez más, que ya ves tú...Kufisto Benoni a los quince años leyendo a Hesse en la cocina del bar de su padre mientras esperaba las comandas...

- ¡UNA DE CALAMARES! -¿has oído, Kufisto?, pasaba el viejo para asegurarse.
- Ehhh...sí - y entonces Siddharta tenía que esperar cinco minutejos. Aunque algún ojo le echaba durante el tiempo en el que se freían aquellos. Me traía loco lo de la apertura del tercero. El de la frente, claro.

Soy de los que piensan que fondo y forma han de ir de la mano y, llegado el caso, que esta tire de aquel: es la forma quien da profundidad al fondo, y no al revés. Necesitamos el aire más que el agua.

Y esta tarde de reloj (que ya era noche de luz) un escritor, poco a poco, ha conseguido que olvidara donde estaba hasta el punto de hacerle daño a la rubia embutida en cuero que junto a su marido (o lo que fuera) esperaba turno un par de butacas más allá sin dejar de atusarse la melena y estirar sus ajustados pantalones; quizá, seguro, esperando otra mirada deseosa de ese tío raro con un libro en las manos que entró saludando y no le hice ni puto caso.

Que te jodan. Sólo durante un rato serás mejor que Borges.

¿El talón?

Bien.

Chapa y pintura.




lunes, 9 de diciembre de 2013

HOLOGRAMAS PÁ LOS POLLOS




Hay noches en las que uno tiene sus puertas mentales como las petardas de couché las de sus coños: abiertas. Pero si las de estas lo están permanentemente (no hay candado que valga contra la ambición, como bien sentenció Gordon Gekko ante aquella estúpida pregunta) no ocurre lo mismo con las mías que, sino blindadas, al menos gastan una contraseña cuyo número creo que he olvidado.

La noche del pasado viernes llegué a casa realmente cansado, puede que no lo estuviera tanto, pero enseguida te acostumbras a dejar de hacer algo mientras sepas que puedes volver a hacerlo cuando quieras, aunque de tanto no hacer termines por no recordar qué hacías, o al menos no sus beneficios frente a la inacción, tan cómoda y segura, tan cálida y acogedora como un sanatorio mental con televisión en lugar de pastillas multicolores: un poquito de suave música relajante, muy repetitiva, y ya puedes olvidarte del mundo. Uno menos.

Y otro día más decidí no salir a andar, ya van dos semanas, puto talón, aunque ayer por la mañana di un breve paseo después de fregar el bar; qué sol hacía...

Pero la noche no es el día, la noche es como la televisión o internet, algo para salir del paso, no para entrar en él; todo te cuesta más, o eso parece, que es como si nada valiera la pena cuando no hay luz, luz de la buena. Quizá por esto nos colocamos cuando falta: para hacer como si estuviera. Aunque no sea lo mismo la mentira que la verdad. No. Ya pueden decir misa negra.

Como lo mío con la televisión ya ha llegado a un punto tal que el que pueda yo tener con una muchacha de Kansas decidí buscar algo en Youtube, algo estrambótico pero no mucho, a mi manera, es decir: que por muy grande que sea la barbaridad lo hagan en pocos planos. Fijos, a poder ser. Y ya si es con una única iluminación, miel sobre hojuelas. Pan blanco, mejor, que a ciencia cierta no sé que son las hojuelas, que no hacemos más que hablar por hablar, o escribir por escribir, como loros mecánicos, El Blues del Loro Mecánico, por Gaylord Focker, ese hombre de nuestro tiempo.

Me decepcionó un tanto no encontrar nada nuevo de mi magufo favorito, David Icke, o si lo había no parecía muy estimulante, como una cena-coloquio en Barcelona donde hablaba y hablaba y comía y comía mientras un chico modernillo traducía sus enseñanzas al español, un sindiós, pero podría haber sido peor: imaginad que lo hubiera traducido al catalán con subtítulos en español. De todas formas, ¿como va a decir alguien algo interesante, siquiera brillante, mientras está comiendo? Además que yo acababa de hacerlo, y eso es como ponerte a ver porno después de echar un polvo. No sé, aquí hay algo que no funciona. Es como si el mundo estuviera empachado.

En vídeos relacionados vi un enlace de un tipo con pinta de raro, español, por más señas; enseguida lo reconocí, era el tío aquel del que hablan en algunos foros, un ex-vicealcalde de Sevilla, profesor universitario, compromisario del Betis y socialista, que lo dejó casi todo después de una iluminación. Y todo cuando estuvo al borde de la muerte por una negligencia médica, algo que, en sus palabras, jamás podrá agradecer al médico que se la infringió, pues fue esa experiencia extrema la que finalmente le dio la fuerza necesaria para cambiar radicalmente de vida.

Estuve a punto de cortarlo incluso antes de enterarme de todo eso, antes de que empezara a hablar. Y la razón fue que lo presentaba una cuarentona fea y delgaducha, catalana (la conferencia era en Lleida, como se empañaban todos en llamarla, hasta el andaluz protagonista), con evidentes síntomas de estar enamorada de él, tanto que daba vergüenza ajena, sentimiento casi tan doloroso como la propia, al menos para mi. La salvó que ya estaba apalancado en el sofá, con el pie en alto y la manta arremetida; en caso contrario, no lo hubiera dudado. Y me lo hubiera perdido, que es cosa de la que cada vez me doy más cuenta: hay que encontrar más que buscar.

Emilio Carrillo, que así se llama, es un hombre con gafas, calvo, de espesas y negras cejas, fibrado, que aparenta bastantes menos años de los que tiene, pues aunque no lo dijo sí lo dio a entender con su afirmación de que empezó a dar clase en 1981, experiencia que (unida a su actividad política) le ha servido para hablar más que correctamente en público: una hora entera estuvo haciéndolo sin parar ni para tomar un sorbo de agua. Al final tenía la comisura izquierda blanca, como los farloperos, pero como el plano estaba orientado hacia el perfil derecho casi que no daba tiempo a fijarte en ella lo suficiente como para olvidar lo que estaba diciendo, que esas también son cosas que pueden echar por tierra a cualquiera, ya esté diciéndote el secreto de la vida: "y el secreto de la vida es..." Y tú mirando el moco que tiene colgando.

Otra cosa fea, y esta desde el principio, era su empeño en el -os, -as, cosa que me saca de quicio, que me provoca mirar al pajarito, y uno está ya harto del jodido pajarraco, coño, échame la foto sin que me entere y déjame tranquilo, hostia puta. Pero al ser la cosa muy etérea, simbólica, pudiera decirse que soñada, era una fórmula que utilizó muy pocas veces, aunque para mi siempre sean demasiadas.

Básicamente, Carrillo dice que todo esto es un holograma, una ilusión de nuestra mente, un juego que de alguna manera aceptamos jugar, una simple plataforma hacia otras dimensiones que van alcanzándose con la muerte, que no existe, pues somos hijos de Dios (no lo dice así aunque no se corta en utilizar cierta terminología cristiana) y como tales somos inmortales, pensamiento que por sí solo basta para que hasta el burro agudice las orejas; burro que según él también es divino, al igual que las piedras y las flores, y cualquier cosa que exista: todo proviene del Padre (así lo dijo y me dejó bastante loco viniendo de él; puede que se le escapara) Pero su idea última, su idea abismal, que diría Zaratustra, es que todo lo que nos pasa es porque queremos que nos pase.

Y así empezó el coloquio posterior, con esa primera pregunta formulada por un parado de cuatro años; muy educadamente, eso sí, que esto es Cataluña, o Catalunya, sí, que aquí ni queriendo te puedes hacer el diferente, o no todo lo que quisieras: "¿estás diciéndome que yo quiero estar así?" A lo que llegado su turno de responder a las diferentes preguntas (buena táctica para enfriar la temperatura) le respondió afirmativamente, cosa que le dio la oportunidad de contar lo duro que es decir eso a los padres que han perdido algún hijo; tanto que alguna vez han estado a punto de partirle la cara.

El porqué esto es así ya no lo recuerdo, y aunque lo recordara no sabría decirlo. Ahí todo eran dimensiones extra-sensoriales, espíritu, vibraciones, matrices holográficas que se descomponen y cosas por el estilo, es decir, que no son para ti. Pero si todo eso lo vistes con la no-muerte, con la vida eterna, es más fácil que te hagan caso. Otro gallo cantara si después de todo eso dijera: "Sí, amigos y amigas, todo esto es así. Y una vez muerto no hay más" Entonces, probablemente, te partirían la cara hasta los que ahora se ponen por medio para evitarlo.

Finalmente terminó leyendo algo que había escrito ex-profeso para la ocasión, algo bastante malo; y así, aplaudido por casi todos y vuelto a besar por la enamorada anfitriona, acabó la conferencia. Me fijé en el barrido que hizo la cámara: los únicos que no aplaudían eran los de la última fila, aquel parado entre ellos. Pero el resto, mujeres en su mayoría y algún que otro viejo, parecían muy contentos. Y contentas.

La tarde siguiente, la del sábado, fue una verdadera locura en el bar, un no parar de poner cubalibres a diestro y siniestro. Y en esas andaba cuando me vino a la cabeza lo del holograma, lo de Matrix, lo de que todo eso era lo que quería cuando dos borrachos llegaron a sus mujeres que ya llevaban un rato en la barra, dos gorditas cuarentonas con pinta de zorras que pasaron de ellos como de comer mierda. Yo, entre flexiones y carreras, no hacía más que echarles el ojo de los tambaleantes que iban, tanto que parecía milagro no se les cayeran las cervezas que les habían pedido sus mujeres viendo el estado que se habían buscado; más aún cuando justo al lado se encontraban unos coleguillas que ya habían empezado a meterse la directa. No pasó nada, que es lo mejor que puede pasar cuando eres tú el que está detrás de la barra. Volví a acordarme del holograma a la cuarta o quinta vez que se acercó uno que me mira como si yo fuera juez de instrucción, no sé qué coño le pasa aparte de que parece tener una vida sexual al nivel del de las piedras pómez, no hace tanto que pasé uno de mis más engorrosos ratos de vergüenza ajena viéndole sonreír como un huelebragas a una cincuentona divorciada más mala que el baladre y más puta que María Martillo; sólo hacía eso, sonreírle como si fuera su madre, completamente borracho, la otra acabó por reírse en su cara y estuvo un rato jugando con él, hasta que llegó otro que prometía rabo duro. Tuve tiempo para ver como se retiraba hacia el salón no sin antes despedirse educadamente con la misma sonrisa. Ya a punto de irme, de escabullirme, me cogieron por banda en la puerta, "¡TÓMATE ALGO CON NOSOTROS, KUFISTO, CABRÓN!", "no, que mañana...", "¡AAAAHHH...ERES UN MIERDER!" Eran las siete y media de la tarde y ya iban como deberían estarlo a las de la mañana, si es que resulta necesario ponerse así. Y yo, que no me hace falta ni que me toquen las palmas y más cuando acabo de cruzar la meta a trescientos...me fui.

E hice lo mismo que la noche anterior, igual, pero esta vez era en Valencia, y no sé qué cojones pasa allí pero se oía ruido por todos lados, chicos corriendo y gritando, portazos, gente que llegaba tarde a la conferencia, siseos, micrófonos que no funcionaban...el pobre Emilio, un tanto desmejorado, parecía un poco incómodo, la verdad, tan acostumbrado al silencio y a la meditación. No sé en qué vibración fluirá Valencia, pero seguro que no es la mía. Probé en otra, en Granada, casi en su tierra, aunque seguro que se llevan a matar, que aquí nadie aguanta a nadie. Pero, ay Dios, cuando vi aparecer a la presentadora, micrófono en ristra...un par de barriles de cerveza de los que se pinchaban con el espadín vestida con algo que parecía un pijama.

- Hasta aquí hemos llegado, Emilio. La forma y el fondo, colega...La forma y el fondo.

Los catalanes tendrán sus cosas, pero al menos intentan hacerlas bien. Y mi madre, que pasó allí su más tierna infancia, no habla más que bien de ellos. Aunque, como decía Michael Corleone, los tiempos cambian, que no hace falta ser Agamenón para darse cuenta de eso.

Ancha es la puerta de la perdición y estrecha la de la salvación.

O algo así.

Yo, a mi rollo.




miércoles, 4 de diciembre de 2013

HISTORIA FALLIDA




Aún con todo lo que me ha pasado después, recuerdo perfectamente la desazón que me entraba al ver como algunos (pocos, todo sea dicho) intentaban tirar por tierra a aquellos que yo leía entonces, tan tierno; tanto que cada paja era una escalera al cielo, como esa que han construido en Australia, como aquella canción de Led Zeppelin.

Yo, señor, no soy malo, tampoco bueno, pero en lo referido a lo literario...qué quieres que te diga: me gusta lo mejor. Y esto se calibra cuando están muertos todos los que pudieron catarlo: un escritor, uno bueno, siempre es póstumo. No es tanto que el tiempo ponga cada cosa en su sitio como que van muriendo quienes creyeron que mejor podría haber sido de otra forma; algo que es tal que el hijo enseñando al padre.

Me llevaban los demonios al encontrar una mala palabra sobre Cervantes, o Dostoyevski, o Hesse, o...ninguno, que esa fue mi Santísima Trinidad cuando todavía estaba en aquel BUP del que únicamente salí para quedarme en el primer trimestre de esotro COU: "Cinco muy deficientes, un insuficiente (en inglés), y un notable (la nota más alta de la clase) en Literatura -me dijo Esperanza, mi joven maestra de inglés...- ¿por qué haces esto, Kufisto?, ¿por qué quieres dejarlo?"

Pues no lo sé; no llegamos a follar por cero coma, ahora tendrá cincuenta años, si los tiene...Qué poco faltó cuando aprobé el examen del coche en aquel noviembre...

Dice Cervantes que no se puede escribir con el estómago vacío, que el gobierno de la cabeza se lleva con el de las tripas; y esta verdad, como tantas otras que dijo como llovidas, no lo es tanto a la contraria, es decir, llenándolo, pues entonces te embotas y los cuatro pájaros de hogaño se convierten sin remisión en los cerdos del Tío Gilipollas Tarradellas, ese que ahora va de revolucionario. 

Anoche llegué a casa con toda la historia del día en la cabeza, únicamente había que escribirla bien, ordenarla, u ordeñarla, que diría Arrabal, ese genio. Y era tan buena...hubiera quedado tan bien...con ese sentimentalón final que tanto gusta...Pero ya estaba medio borracho, tenía mucha hambre y cené mejor, tanto que se me fueron las ganas de todo lo demás. Y hoy, al acordarme, me ha venido a la quijotera su autor, mi maestro, y mejorándolo digo que el rollo es escribir con la digestión hecha; todavía más: mejor de vacío que de lleno, como suelo hacerlo antes de darle marcha al puto colon... Así que llené la tripa que cagué sin escribir lo que soñé. Y después me dormí.

Veo mis papelotes de ayer y ya no sé como darles forma, sentido, es un laberinto; como si hiciera trampas, como si no tuviera que ser, como si engañara a alguien, como si perdido un segundo, perdida una eternidad...¡Oh, y qué bien me hubiera salido sin haber comido!

Ahora es otra cosa, uno aprende, como esta mediodía con los pies, tres días doliéndome los talones, tres días comiendo mierdas de ibuprofenos, tres días equivocándome...

- ¿Enrique? - mi médico.
- Dime, Kufisto
- Hola...pues...no sé...que me duelen los talones
- ¿Ah, sí?

Yo estaba empezando a volverme medio loco, acabo de cumplir los jodidos cuarentas, ¿y porqué coño tienen que dolerme los talones, hostia puta...Precisamente llevo una semana sin andar ni hacer ni el güevo, me cago en satán...

- Pues tómate unos antiflamatorios, ibuprofeno está bien, cuatro o cinco días, dos o tres tomas..."

No problem, son mis amigos.

Y este mediodía, como la otra mañana en la copistería de la que os hablé, haciéndolo con otro, he ido a caer en el poblema...

- Me pasa esto. Y tal.
- Me cago en Dios, Kufisto...
- ¿Qué?
- Que eso fue lo mismo que me dijiste hace un año





jueves, 28 de noviembre de 2013

TIERRA ADENTRO




- Hola, ¿qué queréis?
- Tres Heineken -respondió la chica que te mira como si le debieras la manutención de seis meses.
- ¿Queréis vaso?
- No. ¿Cuanto es?
- Siete cincuenta.

La noche del sábado acababa de comenzar como si fuera la última de nuestras vidas, pero aún así me dio tiempo para coscarme de que le pedía algo a las otras dos, "dinero" supuse, como si le hubiera pillado por sorpresa mi contestación. Pagó sin mirarme y no dijo nada.

Diez minutos después se acercó mi hermano pequeño mientras luchábamos por dar de beber al ahíto:

- ¡KUFISTO! -me gritó al oído bajo el estruendo general.
- ¡QUÉ, COÑO!
- ¡LOS TERCIOS A DOS EUROS, QUE LOS SÁBADOS SE COBRAN ASÍ!
- Me cago en la puta...
- ¡QUÉ!
- Nada, nada...

Y tuvo que ser precisamente a esa...La próxima vez me mirará como si fuera su ex-suegra.

Y mira que intenté dar con ella, "oye, me he equivocado, toma las vueltas y perdona y tal...", pero había tanta gente que resultó imposible; tampoco hubo una segunda visita, se cagarían en mi puta cabeza, no sé..."Con lo guapo y simpático que es el otro chico y hoy nos toca este viejo gilipollas que encima nos cobra de más" Bueno, sólo era por ese finde, ya ha vuelto, el próximo estará con todas vosotras y yo ya estaré durmiendo, tranquilidad y tal que no me veréis más, coño...¿No podríais haberlo dicho? Aunque puede que hubiera sido peor con todo ese jaleo, "no sé qué me estás contando...son a dos cincuenta. Venga que hay prisa" ¡Ay, Dios, menos mal...!

Esta mañana he formalizado mi nuevo seguro del coche, uno por el que voy a pagar menos de la mitad de lo que he estado pagando estos últimos años. Y así hubiera sido hasta el fin de mis días de no mediar la inaudita casualidad de comentárselo de pasada a un cliente dos días antes de renovarlo.

- No jodas que pagas eso, Kufisto
- Pues sí
- Tú estás tonto
- Eso ya me lo dijo otro antes que tú. Pero es lo que hay
- El lunes te llamo y me das los datos.
- Vale

Yo ni sabía que se dedicaba a eso a pesar de que lo conozco desde hace años...Miento, sí lo sabía, pero muy poco, que es como no saberlo.

"Y pensar que ese hijo de puta se lo ha estado llevando crudo durante todos estos años" me he dicho de camino a la copistería. Uno cobra cincuenta céntimos de más, por desconocimiento, y casi se cuelga un cilicio de las pelotas y otros te roban trescientos euros y encima parece que están haciéndote un favor...Es lo que tiene vivir en las nubes.

Estaba esperando mi turno, mirando alrededor con la sensación de que faltaban cosas desde la última vez, cuando he reparado en la cara del jefe, un chico más joven que yo y que hasta hace un año era padre de cuatro hijos que exhibía en un pintura del escaparate. El caso es que no sé si habrán tenido otro pero me he dado cuenta de que ya no estaba aquella, así como la profusa decoración religiosa que te encontrabas allá donde miraras. Nada...Bueno, miento otra vez, que sobre el mostrador (junto a unos ejemplares estupendamente editados de un autor local del que me ha bastado ver su foto, leer las tapas y el primer párrafo para sentir nauseas) se exhibían unas copias evidentemente realizadas por ellos del Evangelio de San Juan. He cogido una y he ido a su inicio, a lo que ya sabía, a aquello de "En el principio era el Verbo...", palabras eternas, palabras que parecen conjuros, palabras que parecen escritas por un dios.

En esas andaba cuando la chica ha despachado a su cliente y se ha venido a mi.

- Hola, ¿qué deseas?
- Ehhh...fotocopia de esto y de...esto"
- Muy bien, ¿en la misma hoja?
- Ehhh...no sé - "Mi no entender. Mi en nube. Mi nube. Mi ajedrez y Kufisto"
- ¿Van al mismo sitio?
- Sí
- Pues entonces te vale con una

Un ateo, o un católico, me lo hubiera hecho en dos para cobrarme el doble. Pero estos son evangelistas.

Y en el tiempo que ha tardado lo he tenido para fijarme en la cara de él.

Estaba con un tío gordo y fofo, medio calvo y barrigón, con pinta de guarro, que le preguntaba por la mejor manera de hacer algo con unos cartelitos, como si fueran para una fiesta o así, puede que tenga un garito, no sé, tal vez una casa de putas o una inmobiliaria, o quizá venda coches embargados, quien sabe...Pero el caso ha sido que menos me ha gustado el aspecto del dueño: extremadamente delgado, grandes ojeras, tez amarillenta. Por un instante me ha venido a la cabeza el pensamiento de si no llevaría un buen cilicio pegado a la pierna, que a este se le ve capaz, no como otros que sólo lo tienen para hacer chistes malos. Y me he acordado de Job.

- Aquí tienes
- Ah, sí...¿qué te debo?
- Diez céntimos
- (Joder qué vergüenza) Toma -y le he dado una moneda de veinte pensando en decirle que se quedara con la vuelta, cosa que no he hecho al recordar la última vez, que me miraron como a un marciano.
- Muchas gracias
- Sí...de nada. Adiós
- Hasta luego.

Y abriendo la puerta he oído el musical hasta luego del jefe, como si fuera un Teletubbie. "¡Qué bárbaro! ¿como podrá soportarlo?...Por cojones tiene que creer en Dios"

Luego, en el bar, a la hora de las cuatro cañas y media, ha aparecido la chica de los cupones, una muchacha bajita y pizpireta a quien hace poco le metieron uno de cincuenta falso, no veas como lloraba la pobre al salir del banco, que ya hay que ser cabrón para hacer eso. Pero hoy venía contenta, como casi siempre, y más aún al hacerlo con un chico gordote y de raya a un lado del pelo que no sé si será su novio, aunque más parecían en tratos, ni han tocado el estupendo guiso que he preparado hoy, tan sólo hablaban y reían, especialmente él, que siendo una cabeza más bajo que yo es el doble que ella. Y yo no soy Tachenko.

- ¿Necesitas monedas, Kufisto?
- No, gracias, Silvia
- Jo...hoy que tengo...
- Bueno, venga, dame lo que te sobre
- ¿Quieres billetes pequeños?
- No...venga, dame de cinco
- ¿Un cupón?
- ...
- ¿Un siete treinta y nueve?
- Joderrrr...
- Jajaja
- Ya...

Llegó la primera hora del café y la pasé hablándola con sus tres clientes, una conversación agradable, nos reímos mucho, es fácil cuando pierdes la desconfianza, cuando vemos lo que somos y no lo que imaginamos, que de tanto malo como dicen que hay uno no deja de ver fantasmas aunque sea el mediodía. Y claro que hay malo, pero de tanto esperarlo se te escapa todo lo bueno. ¿Cuanto habré dejado marchar por creer en lo que dicen quienes hablan megáfono en mano? ¡Ay si viviéramos la vida con un eterno vaso de vino en la mano...!

Estaba a punto de ponerme a escribir todo esto y llegaron dos clientes inesperados, dos que hacía meses no veía. "Vaya, qué fastidio", además que se han puesto a mi vera, junto al ordenador, por lo que la idea se ha ido al garete. Pero yo estaba bien, me había dejado buen sabor de espíritu la conversación anterior y pronto he conseguido que ellos también se sintieran cómodos; no hay como hablarle a la gente de lo que le gusta para que el tiempo parezca un lindo gatito. Y así, hablando de motos que no me interesan, hemos echado otro buen rato, ya con el acompañamiento de Johnnie Walker, ese estupendo amigo mientras no lo mezcles con otra cosa que no sea agua. Y sin gas.

Vinieron algunos más y con todos estuve bien; yo, sí, al que todo el mundo le sobra me sentí bien estando con ellos, escuchando sus cosas, unas alegres, otras tristes y alguna especialmente trágica.

Hay un tiempo para todo, letaniza mi libro preferido de la Biblia. Y detrás de una barra te das cuenta de la verdad que encierran esas palabras. Hay un tiempo para hablar del fútbol que hace tanto no te interesa, o para escuchar a quien hace dos días tuvo que llevar a su anciano padre a Urgencias mientras espera en un box la que puede ser su última cama, o al que se tiene que ir rápido porque su preñadísima y primeriza secretaria está de baja después de enterrar ayer al padre que un cáncer se ha comido en una semana, una semana...

Uno, a veces, desearía hacer como el joven Zaratustra e irse a la montaña.

Pero hasta él tuvo que bajar a la plaza.

Quizá haya que hacerlo al revés, quizá primero tengas que estar en la plaza para ir después a la montaña.

O quizá las montañas no son asunto de los hombres.

No es bueno que el hombre esté solo.

Otra cosa es el viejo.

O puede que sea la misma.

Es cuestión de tiempo.


Y para acabar, un regalito:




martes, 26 de noviembre de 2013

YO Y BORGES




Pasé la noche de ayer releyendo a Borges, sus cuentos, uno de los cinco libros que me bajó la bibliotecaria, la que me sancionó sin remisión por un mes hace dos; juré no volver a pedirle un libro, pero no soy yo de cumplir la palabra para según con quien. Cosas de haber entendido el diálogo aquel entre Ernest Borgnine y William Holden.

Había tenido un lunes dominical tan estupendo que merecía ser coronado con una buena lectura, no una mala peli como la última vez, que por mirar algo de ajedrez tuve que tragarme una de las mayores mierdas que he visto en mi vida, o casi, que la quité cuando aún le faltaba media hora, cosa rarísima en mi, aunque no lo es tanto si os confieso que desde hace años el cine dejó de ser algo importante para mi. Por contra, al salirme los enlaces de esa bazofia, di con uno delicioso, La Gran Película del Ajedrez, con un Arrabal absolutamente genial, heroico, loco...Y me fui a dormir con un buen reflejo de espejo, tal que el del anoche después de ganarle una partida desde la cama a uno de bandera que no reconocí. Pero sí vi sus puntos que media hora más tarde fueron míos. O su parte correspondiente.

Llegué a Borges de casualidad; iba andando cerca de la biblioteca y recordé que ya había cumplido mi pena con exceso, "¿y por qué no...?" Así que olvidé lo olvidable, es tan fácil cuando pesa tan poco...

Ya en casa, saltándome una historia que perfectamente podré contar dentro de algún tiempo, leí algunas de ese enfermo que no fue más que un buen escritor. Y, cosa nada rara, me reafirmé en mi primera impresión de todas ellas: que lo bueno, lo natural, lo mejor, es aquello que te entra a la primera.

Aquella vez, la primera que lo leí bien, me fui de cabeza al Aleph, cuento famoso donde los haiga, todo el mundo lo ha leído y tal y parece mentira que no lo dieran el Nobel...He leído poco de García Márquez, apenas nada, ni quiero, me aburre, cosas mías para otra historia, pero lo hizo bien una vez que lo ganó.

Pues mejor...A mi, el que me gustó de verdad fue El Inmortal. Pero bien. Como ayer. Como siempre.

Tumbado en el sofá, con la bombilla ginbulldogriana sobre mi cabeza, empecé a leerlos en el orden que venían, dieciocho, nada menos; y echándole un vistazo al índice vi que lo abría el que más me gustaba y casi lo cerraba el más famoso, como la otra vez, de hecho creo que elegí el mismo, dudé entre tres y a uno lo descarté porque lo prologó Zapatero y al otro por la letra pequeña, como siempre...

...y volví a leer El Inmortal.

Y eso es un buen cuento que podría haber sido mejor; uno al estilo de aquella Marnie la ladrona de Hitchcock, "le gran film malade" que dijo Truffaut en aquel maravilloso libro-entrevista que hizo con el Maestro. Pero, con todo lo que le sobra, es una maravilla: uno de los mejores relatos que se hayan escrito nunca.

Al relance seguí leyendo los demás, todos buenos, todos tan correctos como una buena cena de boda. Me fijé, sobretodo, en sus puntos y comas, cosa que me trae de cabeza últimamente, su uso, "es la marca del buen escritor", que me dice un amigo...Llegó un momento en el que sólo los esperaba, tan abundantes en su escritura, cosa que me recordó a los malos y sus defectos, cuando no hacen más que repetir una palabra que consigue te olvides de todo los demás. Sí, aquello estaba maravillosamente escrito; tanto que me pareció una mierda. Y me fui al Aleph.

Y casi que lo pasé por encima.

Habla Borges en El Inmortal, antes del locurón final, como si lo mereciera; como si los dioses estuvieran con él, como a veces lo están conmigo. Pero...yo soy un camarero antes que un escritor, yo no tengo el tiempo del que él disponía a su antojo para ver inmortales y alephs: yo veo lo que veo aunque a veces ponga los puntos y comas en su sitio.

Y cogiéndote (en los dos sentidos, Jorge Luis) no veo nada que no pueda hacer yo si dispusiera del tiempo que tuviste.

Y mejor que tú.

Y lo haré.


jueves, 21 de noviembre de 2013

CRÍTICA GASTROANÍMICA




Convencido como estaba de tomarme un tiempo de reflexión (más bien de descanso) con este rollo que sigo sin estar seguro sea el mío, hete aquí que al levantarme esta mañana y reanudar mis desayunos ante el ordenador después de un par de semanas haciéndolos junto al ventanal de la calle, he leído el comentario de un amigo hablando sobre un bar de Madrid que conocí hace años; y leerlo y volver a tener ganas de escribir ha sido todo uno, tanto que en respuesta le he dejado un extenso comentario que no ha mitigado aquella sensación, antes al contrario la ha acentuado hasta el punto de lamentarme seriamente por no tener tiempo para coger mi pluma virtual y trasladar al lenguaje escrito lo que bullía en mi cabeza tal que si la hubieran puesto en una placa de inducción, de esas que en cero coma ponen a cien cualquier cosa que pueda llegar a cien. Las inocentes palabras de un amigo y el frío que se filtra junto a los cristales que dan a la calle han sido los culpables de mi recaída. Espero que para bien.

Ya en el bar (con la idea permanentemente en la cabeza, aunque mejor sería decir la historia entera, que uno sólo tiene que colocarla tal y como se hace con un puzzle), y como si todas las circunstancias se hubieran puesto de acuerdo para no dejarme pasar el día de hoy, he dado en caer de forma inopinada en el rápido hojeo de un periódico, que hace tiempo que ni a eso llego. Y hete otra vez, aunque ahora allí, que viendo al propietario del nuevo tres estrellas de Madrid, el primero, he hallado la punta del hilo necesaria para desliar todo el ovillo, aunque ya va un rato y todavía no he empezado; como de costumbre, me voy por los cerros del Campo de Montiel, más cercano. Así que, amigos míos, todo lo anterior no es más que un proemio, que diría Dostoyevski, o un inútil prólogo, en pluma del Príncipe de los Ingenios que en el mundo han sido. Y de La Mancha también.

Y ahora, con el whisky en su punto y el puro en su coma, a por los dos puntos:

Hay nombres que se quedan en tu memoria no tanto por lo bueno como por lo malo; y el de este, el de David Muñoz y su restaurante Diverxo, se quedó en la mía cuando en las postrimerías de mis lecturas mass-mierderas leí la inclemente crítica que Salvador Sostres realizó tanto sobre el uno como su otro, más bien parejas cuando no aún mayor la personal, cosa que chirriaba un poco pues parecía más que no le gustaba él que su cocina, como si fuera un ajuste de cuentas, como si allí poco tuvieran que ver los negocios, sino las personas: craso error que en un país normal le costaría, al menos, su carrera como crítico gastronómico. Y más después de un día como hoy en el que aquel muchacho ha sido ascendido a esas estrellas que son para los cocineros como la hija para la Esteban.

La nueva que luce en el firmamento patrio tiene pinta de quinto defcon-dos, aunque no sé los que eran, pero siendo cuatro los Beatles el quinto lo es de cualquiera, así que quédese ahí. La cabeza pelada al cero y toda ella atravesada por un línea continua de pelo, como dividiendo sus hemisferios, y una mirada seria, concentrada, que fijamente miraba desde abajo al objetivo, dando la apariencia buscada por el fotógrafo. Y así, de esta manera, tanto el uno como el otro quedan conformes con el resultado: aquel por parecer otra cosa y este por sentirse otra.

Tengo para mi que quien busca llamar la atención por su apariencia exterior lo hace porque tiene un problema con la interior. Y siendo esta vida, como lo es, una cuestión de neumáticos en los que prima la seguridad por encima de todo, hay que escoger los que uno va estimando que mejor se adaptan a sus caminos, pues son estos y no las ruedas quienes hacen que tu pasar por aquella sea lo menos degradante para estas, que uno nunca sabe cuantas gomas le quedan en su cuarto oscuro. Y hoy en día, en estos tiempos, en ciertos ámbitos y ambientes, lo conservador es lo estrafalario: si eres normal, eres un ruletero ruso.

En el comer, como en todo lo demás, soy prácticamente un terrorista: me gusta lo normal, entendiendo como tal todo lo que nos ha traído hasta aquí, hasta darnos la posibilidad de volvernos anormales y hacer como quien tiene una tía en Alcalá, que ni es tía ni es ná. Por esto, y en las contadas ocasiones que me he salido de mis casillas, siempre he hecho oídos bien abiertos a los sabios consejos de quienes antes estuvieron en las que me iba a encontrar: me bastan las mías para caer una y otra vez.

Cuando hace muchos años empecé a ir a Madrid con una cierta asiduidad, cosas del amor o parecido, un tío mío me habló muy bien de una marisquería aledaña a la plaza del Callao, nombre que sólo él hace que tengas que ir a verla: "Las Tres Encinas. Es la mejor de Madrid" Y él conocía Madrid y sabía de marisco. Y sino es de nuestra sangre la mezcló bien mezclá. Esta es la única manera de jugar a caballo ganador, aunque no siempre, claro: los caballos ganadores viven en el cielo. O detrás del arco iris.

Yo, por entonces, todavía vivía con mis padres, es decir, no tenía ni un gasto que no fueran mis vicios. Y a ellos les ofrendaba todos mis posibles que, sino infinitos, eran bastantes como para desear poco más, de hecho nada, podría decir: de los siete capitales la envidia es la que menos tiene que hacer conmigo. Y en esa época ni te cuento.

Fuimos al mediodía siguiente de la noche anterior, una vez deslumbrados por la coqueta y recogida vitrina que tenían expuesta en una ventana que daba a la calle. "¡Hostia puta!" le dije a mi chica, aquello era obra de un artista de tan bien puesto como estaba, "mañana venimos con mi prima...", la hija del aconsejador.

Jamás había entrado a ningún bar o restaurante que tuviera azafata en la puerta, una chica joven, guapa, elegante y sonriente que nos preguntó si queríamos barra o mesa, "barra" dije yo, soy un animal de barra, y si los instintos casi nunca se equivocan, menos aún cuando la cartera está por medio. Detrás de ella emergió un tío enorme, perfectamente trajeado, que se hizo a un lado para permitir que la chica nos abriera la puerta con una gran y estupenda sonrisa que, al menos a mi, hizo que perdiera todo resquemor, no así a mis jóvencísimas acompañantes que, como yo, no se habían visto en otra. Pero era yo quien llevaba la morterada de billetes y esto, junto a una franca sonrisa de una mujer guapa, hace que todo parezca tan fácil como lo es.

La barra estaba a la derecha, una barra de madera noble en forma de ese que exponía a la vista (y al tacto si eras un suicida), sin vitrina ni hostias, en gloriosas bandejas, unos mariscos que no parecían de este mundo. Había poca gente y no tuvimos problemas en acomodarnos sobre tres magníficos taburetes, enseguida se acercó un camarero alto, cuarentón, delgado y con bigotes que muy amablemente, sin pizca alguna de suficiencia, nos preguntó qué íbamos a tomar, ya habíamos pasado el control de normalidad a la entrada, ya estábamos dentro, y en ciertos sitios solamente tú puedes meter la pata. Pedí cervezas y poco a poco nos fuimos soltando; nadie nos hacía de más porque nosotros no queríamos estar de más. Allí estábamos bien, ¿por qué joderla?, ¿acaso podría ser mejor? Bebimos, comimos y reímos tan bien que todavía me acuerdo. Como de aquella vieja solitaria a la que los camareros llamaban por su nombre que se ventiló una docena de ostras y dos copas de cerveza helada junto a nosotros.

En otra ocasión, ya sólo con mi chica, me decidí a entrar a otra marisquería cercana que estaba al final de la otra acera, una de la que también me había hablado mi tío, Korynto, y que como la anterior también tenía una vitrina expuesta hacia la calle, aunque no tan estupenda. Y si he de decir la verdad no entramos antes porque daba un poco de respeto de tan exclusivo como parecía, así como tapaíta, sin dar mucho cante...algún tiempo después vi en la televisión salir por sus puertas a la duquesa de Alba después de haber celebrado allí su cumpleaños. Pero aquella noche ya íbamos un poco pedos, "¡vamos para dentro, coño!" Además que no se veía ni chica ni portero.

Abrimos la puerta y nos encontramos con una enorme, pesada y oscura cortina que sola ella era capaz de hacértelo pensar dos veces, aunque fueras como si una ya te fuera costando. Recuerdo que mi chica se echó un poco atrás, aquello parecía no sé, algo raro, como si detrás no hubiera lo que esperábamos, "ehhh...venga, va, coooño..." dije yo en la penumbra. Y agarré bien el velo.

Había una gran, enorme barra a mano derecha, a todo lo largo, bien recta, llena de taburetes vacíos y con un viejo de pelo blanco tras ella que no nos hizo ni puto caso estando como estaba partiendo jamón, que ahora os contaré. Al otro lado una fila de mesas normales, con asiento de esos compartidos junto a la pared y sillas alrededor que estaban ocupados más o menos en su mitad por un grupo de los que no tardé en darme cuenta eran guiris, todo con una iluminación muy discreta, nada de ruido y voces, cosa a la que uno como yo se acostumbra fácilmente aunque no deja de asombrarse después de llevar toda la vida guerreando en los bares con sus gentes, sus televisores, sus músicas y sus olores, sus codazos y empujones, tragaperras y futbolines...Lo que más me llamó la atención de todos aquellos sitios fue la ausencia de todo lo accesorio, su pureza.

Nos sentamos en mitad de la barra, solos, y enseguida me di cuenta de como tenía que hacer la jugada. Y en cuanto el viejo terminó de cortar el plato de jamón y se vino hacia nosotros con cara de pocos amigos le dije:

- Dos cervezas, por favor...¿los servicios?
- Al fondo a la derecha

Y lo dejé solo con mi hermosísima, joven, educada y encantadora novia.

Antes de los servicios estaba el salón, el inferior, que me dio tiempo a ver unas escaleras que prometían una segunda planta, quizá más reservada y exclusiva, y tengo que deciros que no he visto cosa igual nada más que en las revistas...¡Qué mesas!, ¡qué mantelería!, ¡qué cubertería!...Apenas estaban ocupadas un par de ellas pero, de verdad, que era tal que hasta el marinaledo se hubiera comportado con corrección. Y los wateres, clavaos, pero clavaos, a los de El Resplandor; tanto que miré para atrás mientras los meaba antes de que se le ocurriera llamarme a Patrick Magee.

Salí y el viejo ya tenía otra cara, estuvo charlando con nosotros todo el tiempo que no tenía que pasarlo cortando jamón para los guiris, a los que no se cortaba en ridiculizar mientras nos contaba esto o aquello. Definitivamente era de la vieja escuela. Un tío agradable.

Y en una de esas que andaba tocando el violín como a nadie he visto hacerlo, cogiendo la pezuña del jamón con una mano y dándole al cuchillo con la otra, sin jamonero ni máquina ni pollas, harto ya de ver como los malditos extranjeros se comían lo mejor de lo nuestro y encomendándome a la suerte pues ya era última hora y no iba muy largo de dinero, le dije que nos preparara uno; nos lo puso en un plato enorme cubierto por un pañito de punto, como los que enebraban nuestras abuelas, y aquello estaba...

Pagué y nos invitó a la última. Nos despedimos y me dio una caja de cerillas de la casa que puede que todavía conserve.

Calle abajo, en la perpendicular dirección a Sol, dimos en otra ocasión con un buen asturiano, uno de fama, aunque este nadie me lo contó, que lo encontré yo. Casa Parrondo, se llamaba, y así sigue llamándose según el incitador de esta historia que ya está alargándose en demasía.

Uno no aparece en la vida así como así, sin ton ni son, derecho y entero, autosuficiente y autodesmontable, no...A uno le hacen, después le forman y cuando empieza a ser consciente se desmonta a sí mismo para ver si lo han hecho mal, cosas del sindiosismo que todo lo inunda; hasta que, si no cayó entre zaques y no es demasiado estúpido, comprueba que tenía la forma correcta e intenta recuperarla para volver a andar con los pies: cerca de lo bueno, poco puede haber de malo.

Era una tasca, no más, que siempre estaba atestada de gente joven ansiosa por atiborrarse de su contundente tapeo a buen precio. La barra estaba a la izquierda, y el espacio donde sus camareros se desenvolvían como podían era la mitad de grande del que teníamos para hacerlo nosotros, sus clientes. Al fondo estaban los cagaderos y a un lado cuatro o cinco mesas que eran más imposibles que una butaca para Bayreuth. No había centímetro de sus paredes que no estuviera ocupado por las fotografías de sus ilustres clientes, cualquiera podía conocerlos a todos, o casi, que este país da para lo que da, tampoco conozco otro, pero eso era como un álbum de cromos de la Liga, o del cine, o del teatro, también de los toros, creo recordar que vi incluso al rey, pero yo me fijé en el mío de entonces, en José Tomás. Ahí lo tenías, sonrisa americana y manos cruzadas, en un lugar preferencial junto al bigotón y sonriente amo del garito, enorme como una cuba de vino peleón, parecía como si se oyera su vozarrón saliendo de la fotografía, hay gente que ni así te la imaginas callada...

El restaurante lo tenía justo enfrente, sólo tenías que cruzar la callejuela, no pocas veces salían camareros disparados con las viandas que le iban faltando, arrollando, gritando, casi a hostias, aquello era un sufrimiento para todo el que no tuviera menos de cuarenta años, los que yo ahora. Y allí todo era ruido, y allí eras mucho menos que uno foto, y allí todos estábamos más para allá que para acá.

Nadie puede tener veinticinco años eternamente. Por eso está el dinero.

Y ahora que mi balanza está al revés...ya no son horas para bares con faltas ortográficas y cocineros punkis.

Ni aunque pudiera.

Ni entonces.


domingo, 10 de noviembre de 2013

LA APERTURA DE LA ESCOBA




Desde que empecé con esto he tenido clara una cosa: tienen que ser cinco minutos. Ni uno más.

No fue algo premeditado (soy aún peor haciendo planes que leyendo mapas), simplemente fue saliendo así, sobre la marcha, al encuentro, sin buscarlo, que no hace falta ir por la vida como si no pudiera haber otra, y aunque así sea, ¿por qué tantas prisas?, ¿acaso naciendo hombres nos han convertido en conejos? ¿hemos cambiado la Cruz de la esperanza por un reloj que no sabemos adonde nos lleva? ¿conocemos mejor cual es nuestro destino ahora que casi es mejor no pensar de donde venimos? ¿yo un mono? ¿tú un conejo? ¿Y Alicia? ¿qué hemos hecho con ella? ¿podremos seguir la historia sin quien nos imaginó? ¿no es aún más absurdo todo esto?

Cinco minutos, aunque te lleve seis días crearlo, que no es mi caso: hora y media, dos, alguno ha habido que se me fue a las cuatro. Y fue de los peores. Pero uno es dueño de su tiempo, no del de los demás. Cinco minutos: "tú también eres nadie"

Por esto fue que anoche no pude evitar sonreírme ante la inocencia de un colega: no se le ocurrió otra cosa que colgar un catapacio de un tornillo más flojo que los de Jack Torrance. Y claro, las respuestas no se hicieron esperar: a la yugular y a la que esté más allá. Nadie se lo leyó y todos se rieron de él, algunos con gracia, otros no tanto, pero es tan fácil destruir, cuesta tan poco hacer daño cuando sigues la línea blanca...Yo le di cinco, parecían bien escritas, pero el terror no es mi rollo. Y menos aún cuando antes de empezar la sexta bajé la página por curiosidad. Aquello no tenía fin. Se había equivocado al menos en dos cosas: en el complemento circunstancial de modo, sobretodo, y en el de lugar. Son los riesgos de hablar en la plaza. Que se lo digan a Zaratustra, que hubo de esperar a que cayera un muerto del cielo. Con lo bien que está uno en su montaña...

La segunda partida del Campeonato del Mundo de Ajedrez parecía haber comenzado con otro aire distinto al gloryholesco de ayer, más sano, más natural, no por nada Anand ha abierto el juego con el peón de rey, tan sepultado como está entre la élite por el de dama, no así entre los aficionados; entre nosotros sigue siendo el más popular: el ajedrez del pueblo sigue siendo como el coñac aquel. Pero ayer el joven noruego ni abrió de rey, ni de dama, sino de caballo, cosa que cada vez está más de moda entre ellos, y esto me hizo pensar en Arrabal y su teoría de que el ajedrez marca el signo de los tiempos, desde Philidor en el XVIII y sus "peones son el alma del ajedrez" previo a la Revolución Francesa, hasta el eclipse fischeriano del 72 como dando sepultura al sueño inocente de los sesenta: definitivamente no eran reinos para este mundo. Y la apertura de caballo es la del futuro que ya llega: el de las máquinas, el de los cyborgs, el transhumanista. Ni pá ti ni pá mi, ni de rey ni de dama...de caballo, que dicho sea de paso es la única alternativa válida. Todas las demás opciones son inferiores.

En el ajedrez hay defensas que obligan a las blancas, es decir, que desde la primera respuesta ya no puede ser de otra manera nada más que esa. Y una de estas es la Caro-Kann, nombre que me hace recordar al Quijote y su explicación del de su amada, ¿o era Bender, el robot borracho de Futurama, hablando del de sus calzoncillos? Una de las múltiples curiosidades de nuestro juego es que el nombre de la partida no siempre lo ponen las blancas, las que lo empiezan, sino que más o menos estará en un ten con ten, pues si estas definen los omnipresentes Gambitos de dama, o aperturas Catalanas, o Inglesas, no es menos cierto que las negras tienen a su disposición un número aún mayor de ellas, como las defensas Indias de rey o de dama, las Rusas, las Españolas, las Sicilianas o las de jugandores legendarios como Alekhine o, menos, Pirc y los susodichos Caro-Kann, que eran dos, ¿no se han escrito libros de mierda a pachas, como Lapierre y Collins? no van a poder crearse buenas defensas de ajedrez entre dos...Y a fe que lo hicieron bien.

Antes de seguir, ahora que lo pienso...abriendo de rey, en la mayoría de las ocasiones, quien decide el nombre de la partida son las negras. Y no tanto abriendo de dama.

Sí, todo parecía presentar otro aspecto esta mañana, todo lo importante, lo del tablero, que lo demás estaba igual que ayer: Anand imperturbable, tan seguro como un árbol, Carlsen haciéndole perder el pie a su peón en c6 (ayer fue el bolígrafo en su primera jugada de caballo...), la chica de aquí abajo haciéndoles fotos dentro de la pecera (ya no está tan bien, ay...), los indios salvajes haciendo lo mismo desde el otro lado del cristal, porque es para verlo, por no hablar de los polis que los controlan, que parecen sacados de "El expreso de medianoche", el joven vikingo se les ha quedado mirando cuando han empezado a echarlos una vez transcurridos los primeros cinco minutos, parecía como si fuesen a darse de hostias, cosas de llevarlas a cualquier sitio, cosas de la Transición Universal, no os quedéis cortos...

Y casi que lo mejor ha sido mientras estaban haciéndoles fotos, han jugado una línea fuerte, casi al toque, de doble filo, con enroques opuestos, que suele ser algo así como Rocky contra Apollo Creed, o contra Mr.T, o aquel ruso feo, o su puto hijo, que estando Rocky por medio hasta la Madre Maravillas tiene que tirar de bardeo...Pero no, ha sido llegar el momento clave, el jodido gong en forma de cambiamos las damas o vamos a saco y..."mejor otro día, ¿vale?" Y tablas unos cuantos movimientos de madera después. Y ya van dos partidas que no han hecho ni media.

Luego, por la tarde, he estado leyendo algunos comentarios de los aficionados, que si a partir del martes empieza lo bueno, que esto era sólo de tanteo, que ya se han sacudido los nervios, que patatín, que patatán...Como si tuviéramos por delante 24 partidas, como se hizo toda la vida del antiguo Dios.

Pero no, ahora son doce, doce, que hay que mantener el interés de los medios y tal, como si el ajedrez los necesitara, como si no pudiera existir sin ellos, como si hubiera nacido ayer, como el juego ese de la petanca sobre el hielo, que es para verlo, ni me acuerdo de su nombre, pero sí de que van dos tíos moviendo las escobas alrededor del trayecto que hace una piedra lanzada por un tercero, con un par, sí señor, creo que es hasta deporte olímpico, sí, en algún sitio lo he tenido que ver, también quieren hacerlo con el ajedrez, como si lo necesitara, como si su existencia dependiera de salir desfilando bajo una bandera por un estadio lleno de gente con televisiones en lugar de cerebros, la madre que me parió...Y así les pasa a esos dos, que están acojonaos de tan pocas como son.

Y la gente, la pobre gente, que diría Dostoyevski aunque en otro tono de haber vivido en estos aciagos tiempos, traga y da como soluciones hacer lo que el fútbol con los tres puntos, que es algo como ver a una Von Bismarck medio borracha colgada de un chulo en un sarao marbellí, o, simplemente, abandonar el ritmo clásico de dos horas por jugador (tan aburrido) y hacerlo a media hora, o quince minutos, mejor cinco, ¡qué coño!, ¡¡¡UNO Y DOS SEGUNDOS DE BONIFICACIÓN POR JUGADA!!!, ¡¡¡QUE VUELEN LAS MANOS SOBRE EL TABLERO!!!, con una buena conexión, claro, que no se perdiera detalle...pero qué coño de detalle...Eso no es ajedrez, eso es como si en los antiguos monasterios, esos lugares mitológicos donde dicen que se transmitía el saber sin faltar a una sola coma, en lugar de estar en ello se hubieran puesto a ver quien lo terminaba más rápido. No sé, por ejemplo el Beato de Liébana, ese que conocemos todos los que alguna vez hemos tenido la desgracia de leer periódicos, "venga, hostia puta, que los del monasterio de Avranches ya han traducido hasta el maldito Necronomicón, y nosotros aquí, con esta puta mierda, muertos de frío y comiéndonos los mocos mientras ellos están tocándose los huevos en Córcega, al sol, a gastos pagados por el archi-duque de...", "pero es que...", "¡tú, vete a leerle al venerable Jorge, por listillo!"

Vale que sean cinco minutos tuyos...pero a cambio te llevas horas de mi vida.

Y en el ajedrez no puede haber una sola coma fuera de lugar.

En caso contrario...mejor nos ponemos a darle a las escobillas.

Son tan monas.

sábado, 9 de noviembre de 2013

EL INVIERNO SON LOS OTROS




"No esperes demasiado del fin del mundo..."

Así, literal, sólo tenéis que pegarla en Google para saber quien la dijo. Yo no me acuerdo. Ni me interesa el nombre del autor.

Hay frases que sin saber porqué se quedan grabadas en tu memoria. Ahora mismo recuerdo pocas, muy pocas, puede que solamente una, sí, aquella referida a Raskólnikov, eso de "...y aunque estaba solo, no podía sentirse solo"

Al recordar esta tarde aquella frase me ha venido a la cabeza un libro que leí siendo muy joven, uno titulado "El fin del mundo está muy cerca" Estaba por casa, en algún cajón o algo así, la nuestra no lo era de libros sueltos; sí de enciclopedias y todo eso, "para los chicos, cuando les haga falta", o colecciones de libros, "¿y dices que estos son buenos?...está bien, te los compro, por si luego a los chicos les da por leer" Algunos estaban primorosamente editados, como aquella de los Premios Goncourt, creo que se llamaban así, cosa francesa. No recuerdo haber leído ni uno, lo mío con los vecinos de arriba viene desde el principio, de hecho todo viene conmigo desde ese momento, desde el que fuera: es como si siempre hubiera sabido lo que no puede gustarme.

Pero todo aquello estaba más para decorar que para otra cosa, y en verdad cumplían su cometido: bien colocados y numerados en el lugar correcto, ya fuera debajo del televisor o en una repisa que le viniera como de molde, como hecha por encargo. No diré que no leí algunos, pero con esto también pasa como con lo demás: si eran de tus padres, no eran los tuyos.

Ese libro al que me he referido antes tenía que ser cosa del Circulo de Lectores, engendro al que estaban suscritas mi madre y mi tía supongo que por razones de interés, "tú compras en mi tienda, nosotras nos hacemos socias de eso", así funciona el asunto, quid pro quo, y donde hay beneficio no puede haber interés.

Claro está que con ese título no era cosa de ir dejándolo al alcance de los chicos, ya estábamos los cinco, pero si había veces en las que padre descuidaba el Interviú, qué no sería de madre y su constante bregar con su equipo de futbito particular, aparte del trabajo, como si aquello no lo fuera, que no parece sino que las mujeres han empezado a ello cuando lo ha ordenado la banca.

Era un librito pequeño, de tapas verdes y duras, cuyas gruesas hojas estaban llenas de dibujos en sus amplios márgenes; dibujos en los que se representaban inquietantes y etéreas figuras, me acuerdo especialmente de sus grandes ojos, alguna noche soñé con ellos. El tema era la profecía de San Malaquías, su defensa frente a quienes pretendían desprestigiarla, entre ellos un tal padre Pingeón, o algo así, parece mentira que no haya olvidado su nombre...Por cierto, que según aquello el último es Paquirri.

Pero no fue allí donde vi esa frase, no, no pudo serlo; ese libro era muy attention whore, claramente esperaba algo grande, tremendo, apocalíptico, y aquellas son palabras que no casan en ese scrabble: no dice que no esperes mucho de la vida, o de la que esté por venir, o de la muerte...dice que no esperes mucho del fin del mundo. Y si no lo haces con eso, ¿con qué vas a hacerlo?

De esta me he acordado cuando he visto que la primera partida del Campeonato del Mundo de Ajedrez ha acabado en tablas después de 16 jugadas, aunque antes he dicho en voz alta un "vaya par de hijos de puta" mientras regresaba a la cocina para seguir con el arroz. Estábamos solos, mi padre y yo, ya me había visto ir y venir al ordenador más de lo normal, murmurar y tal, está acostumbrado, de hecho suelo cantarle canciones a la paella, canciones melódicas, de Julio Iglesias, normalmente, en ocasiones a los Motörhead, o tonadillas que de pequeño le oí cantar a él, como aquella de "mira que eres lindaaaa, que preciosa ereeeeesss" Todavía la canturrea de vez en cuando. Pero yo dejo de hacerlo cuando me doy cuenta.

Y es que era algo que había estado esperando con una cierta ilusión; tanta que no puedo recordar la última vez que un "acontecimiento" de índole semejante me había causado algún interés, no sé...¿el regreso de José Tomás? Y ahí estaba yo, aún en casa cuando a las diez y media ha empezado la partida, conectado desde una hora antes, esperando ver a los jugadores, sus caras, sus gestos, su ropa, la salaelárbitrolosfotógrafoselpúblicoyloquefuera. "Sí, voy a escribir de este mundial. Un artículo todos los días de partida, como hizo Arrabal para el ABC en el match Karpov-Kamsky, el primero que seguí, aquello de Iré como un caballo loco. Estaba bien, estaba de puta madre...tan cortito, tan concentrado, tan ininteligible para cualquiera que no ame ni este juego ni la buena literatura...Pero yo lo haré a mi manera, todavía no sé hacerla de otra, necesito demasiadas palabras para contar cualquier cosa..." Y luego pasa eso. He recordado a Fischer en 1972, cuando perdió la primera partida casi aposta, transformando un estanque de la Granja de Segovia en el tsunami que arrasó Indonesia, aún sabiendo que no era necesario, que no iba a ganar más de lo que ya tenía en la mano, que metiéndose allí no iba a sacar más de lo que ya tenía...y se metió. Y perdió. Y luego ganó. Y se convirtió en una leyenda viviente.

"Es como ver a Cervantes escribiendo el Quijote" le he dicho orgulloso de la idea a un amigo para que se animara a echarle un vistazo.

Y mira.

Mañana estaré atento a la segunda partida, por supuesto, y puede que sea algo memorable, algo que me haga recuperar la fe tanto como para escribir un panegírico sobre ella, básicamente a los hombres nos encanta engañarnos, pensar que siempre es posible, como ese Caminante schubertiano que he escuchado esta amanecida sin saber que faltaba poco para que empezara lo que estaba esperando, uno se olvida por las mañanas...No lo he dejado acabar, me gustó más la introducción del presentador que la música del pianista. Y he puesto uno de los Maiden, "Extranjero en tierra extraña"

A veces me siento así, como si me hubiera retrasado en la llegada, como si se hubieran traspapelado los informes y sentencias, como si todo esto sólo fuera un lamentable error burocrático: todo lo que me gusta de nuestro tiempo pasó cuando mi padre pudo disfrutarlo. A él seguro que le hubiera dado igual. Pero no a mi: tan cerca y tan lejos...

Una idea vino a mi una vez superada esta nueva decepción con los otros, aunque más que idea fue un recuerdo, uno bien reciente, que yo soy de los llegan hasta ayer sino es para ir a mi prehistoria, o casi. Y fue que en la mañana de aquel, mientras daba una rápida vuelta al parque previa a la inminente entrada al trabajo, me fijé en los árboles que lo habitan, enormes, perennes, con unos troncos que daban ganas de abrazarlos de tan firmes y callados como lucían bajo el sol de este otoño que siempre llega aunque lo ninguneen los tontos, aquellos para los que hasta de palabra sólo hay verano e invierno, "¿Y esto qué es? -les pregunto cuando ya me harto de oír que si o nos asamos o nos helamos- ¿acaso tienes calor, estás helao? ¿no, verdad? ¿te pones una cazadora en julio? ¿la llevas abierta en enero? ¿o no la cambiarás por un buen abrigo?...ESTO ES EL OTOÑO. Esto, coño" Pero hay que decir lo que dice todo el mundo.

Esos árboles...Bajé el paso casi hasta ir así, miré sus copas, sus ramas, sus troncos, fijándome bien en los que salían más derechos, sin ayudas que repartieran el peso, eran pocos, la inmensa mayoría se bifurcaban en dos grandes ramas, algunos habían que hasta en tres, y si todos formidables aquellos parecían inmortales, magníficos, fantásticos, como si estuvieran diciéndote tranquilamente: ES POSIBLE.

Un árbol así hace que todavía creas en ti mismo.

No esperes demasiado del fin del mundo...

Antes del invierno estuvo el otoño.

La mejor época del año.

Sin duda.

martes, 5 de noviembre de 2013

LAS VENDAS, EN LAS ESTATUAS




Era un hombre antipático, que no serio, algo que se suele confundir. Tenía un bar en la calle más emblemática del pueblo, un bar que llevaba con la ayuda de su mujer y de sus hijos, dos varones y una hembra. En aquellos años (primera mitad de los ochenta) todos los bares eran familiares, exceptuando los que necesitaban de ajenos para atender una clientela demasiado numerosa, o las incipientes bajas dentro del seno familiar en busca de un futuro mejor: hoy puedo decir que nosotros somos una especie de últimos mohicanos. Y algunos de los que se fueron a descubrir América han terminado regresando con las manos vacías a Palos Sin Fronteras.

Nuestro circuito de bares con padre era muy reducido. Sota, caballo y rey. "Llevátelos mientras me arreglo -le decía nuestra madre-, a ver si me dejan tranquila" Y uno de aquellos, la sota o puede que el caballo, era el del principio.

Recuerdo haber leído a la Pantoja que el secreto para el éxito de un restaurante es la limpieza, el buen género y el trato agradable. Esto, que a primera vista parece impepinable aún viniendo de los morros de una tía así, no siempre es verdad, ya sea restaurante o bar: he conocido sitios cuyos wateres harían vomitar al Arropiero y sin embargo no eran obstáculo para ser frecuentados por las muchachas de aquellos años, y eso que eran bastante menos bastas que las de ahora, pero ya apuntaban maneras. Apuntábamos, vamos. Y para qué hablar de las tapas o del personal de barra, por llamarlo de alguna manera...Sólo era que estaban en el lugar y en el momento correcto: allí jamás te encontrarías a tu padre. Y hubo quienes de esta manera, embruteciendo a la juventud menorísima de edad, se hicieron millonarios. Sí, millonarios, aunque parezca increíble en este negocio; que luego acabaran en la ruina no dejaba de venir en el guión: después de todo no habían salido del arroyo. Éramos nosotros los que fuimos a él.

El bar aquel reunía dos de las tres coordenadas pantojeriles, y hubieran sido las tres de no ser por el elemento masculino del clan: eran más secos que la mojama. Que la mala, claro, porque precisamente allí fue donde descubrí ese manjar. Una loncha de la buena y una almendra frita, nada más, ni salsas de tomate, ni hostias que sirven por el Sur: si es buena no necesita ningún adobo. En verdad nada que esté bien lo necesita: desconfiad de ellos y de ellas como si viérais a un bankster vendiendo preferentes. Pero una buena almendra, bien frita...ummm, verdadero bocado de cardenal.

Hacia poco que Tejero había dado el golpe, para mayor gloria del Elefante Blanco, y la cosa política supongo que andaría aún más revuelta que después, o puede que menos, este país no tiene solución correcta, pero a mi me importaba tres cojones, más o menos como ahora: entonces era el comecocos y ahora es el ajedrez. Pero a ese no: él era de Fuerza Nueva. Y aquí gobernaban los rojos.

Así no era de extrañar su perpetua cara de estreñido, acorde con su extrema delgadez, que lo uno va con lo otro las más de las veces. Siempre estaba como mascando algo, ahora enseguida sospecharía de la cocaína, pero entonces no se estilaba; además que era bastante pachorra, no se "sofocaba", es decir, que no perdía el culo con según quien, para eso estaban sus hijos, ¡menudas voces les pegaba!, aunque ya ves tú...En fin, que se puso malo y cerró el bar, o el bar lo puso malo y tuvo que cerrarlo. Poco después los hijos abrieron un local de copas en la zona franca de aquellos años, era imposible no acertar...pero nada es imposible para los hijos de las momias: palmaron en cero y coma. Cosas de ir de exclusivos. Y no sé si antes o después, el viejo murió. Y de los suyos aquí no se quedó ni el Tato.

Esta mediodía, a última hora, ya empezando a recoger el aperitivo, ha hecho acto de aparición un tipo extraño, uno que viene de allá para cuando pero es de los que te quedas con él, me da mal bajío. Y no es que tenga malas pintas o peores formas, no...pero tampoco las tiene Ansón y enfermo cada vez que me topo con él.

Da la impresión de ir un tanto sobraete, aunque lo disimula. Pero lo que me choca es verlo comer: devora. Yo, prudentemente, me hago el loco, pero alguien que come en público así sin parecer así es...raro.

En la mayoría de las ocasiones, tal que hoy, suelen llegar un poco después una chica muy alocada y una charo que con él trabajan en el hospital. Y como siempre que veo llegar a esa polvorilla he vuelto a tener esa sensación, más o menos como Jack Torrance cuando ve aparecer a Wendy mientras está trabajando, tan a gusto, tan inspirado...pero yo soy un camarero, no un escritor. Aunque tengo un bate bien hermoso detrás del frigorífico.

Han pedido de beber y ha pagado la otra.

- ¡NO, DÉJAME A MI! -ha gritado aquella
- No, pago yo
- ¡BUENO, PUES AHORA PAGAMOS UNA CADA UNO...Y LA CUARTA, TÚ! -me ha dicho dirigiéndose a mi.

La he mirado a través del hilo de cerveza y le he sonreído a la pagana, una que parece tertuliana de Ana Rosa Quintana.

"Al menos todavía no me ha dicho qué serio eres..."

"Sí, lo soy -le dije un día que andaba de resaca-...siempre he sido así..." Sólo faltó la música del fantasma de la ópera.

La conozco, ella no se acuerda, cosa normal, siempre estaba puesta, salía con un camello, huele el tema a lo lejos, qué no será en este pueblo. Dos amigos míos que fueron a instalarle la conexión a Internet al poco de venirse aquí me dijeron que no se cortó un pelo en preguntarles por donde se movía el material.

Pero hoy, después de oírles hablar, les he invitado sin que me lo pidieran. Era la quinta.

No nos conocemos, ese es el problema, que no sabemos de donde venimos aunque sí adonde vamos. Y viendo todo en presente es como ver con una venda en los ojos: que sólo te fías de las voces que conoces. Como mi amigo Paco, el ciego.

"Para juzgar al hombre, camina un día con sus zapatos"

O con sus tacones.

Quizá por eso hoy nos hemos sonreído por primera vez al despedirnos.



roger sanchez - another chance por Stella78

jueves, 31 de octubre de 2013

MENOS ESPAÑA, MÁS IMPERIO




No me hubiera parecido inquietante de no haber sabido su final, cosa que vuelve a certificar que todo cobra un cierto sentido cuando la muerte anda cerca.

En el vídeo, tomado por la cámara interior del ascensor, se ve llegar a una muchacha, más o menos normal, hasta que empieza a accionar los botones, como desasosegada, como si tuviera mucha prisa. Pero la puerta no se cierra y ella se pone en un rincón, parece temerosa, el ascensor no termina de funcionar como es debido y bueno, no sé, un ascensor desobediente es lo más cercano a HAL que espero conocer en mi vida, no me gustaría quedarme encerrado en uno de ellos, debe ser algo para perder la cabeza; estar ahí, suspendido en el vacío y en los circuitos de una jodida máquina jodida, tan pequeña como un ataúd de matrimonio. Estoy seguro que Poe hubiera escrito un buen cuento de haberlos conocido, dan para ello. Y Hitchcock una peli. Pero cumplió su parte haciendo aquella de la balsa, cameo incluido.

La chica, viendo que algo no va como debería quizá en el momento menos oportuno, se aventura a salir, lentamente, como esperando encontrarse con alguien que no querría. Y poco después la vemos hacer extraños movimientos con sus manos. Sólo eso, nada más.

Sale del plano y unos segundos más tarde se cierran las puertas sin nadie en su interior. Vuelven a abrirse, no vemos nada, y vuélvense a cerrar. Y ya está.

La muchacha, una joven oriental que vivía en los States, desapareció ese mismo día y su cadáver fue encontrado dieciocho más tarde en los depósitos de agua situados en la azotea del hotel. La misma con la que se ducharon y saciaron su sed los clientes que allá se alojaban. El como llegó hasta allí es la pregunta que se hacen: ella sola no pudo hacerlo. ¿Asesinada por un par de trabajadores (un hombre solo no podía mover las tapas de aquellos depósitos) del hotel con acceso a las llaves de esa parte del edificio? ¿tan listos y fríos como para saber de la existencia de la cámara interna del ascensor? ¿y como saber que iba a fallar, que no iba a ponerse en marcha? ¿y por qué razón la chica se queda ahí fuera, durante un rato, sin que veamos a nadie, moviendo las manos de esa extraña manera cuando en todo momento las había tenido entrelazadas? ¿Drogas? no las encontraron en la autopsia del cadáver, tampoco tenía antecedentes psiquiátricos, alguna enfermedad grave, delirios o paranoias. ¿Un brote súbito? Sí, bueno...pero ella no pudo meterse donde apareció muerta.

La mejor trampa del diablo es hacernos creer que no existe, dicen, y si yo fuera él haría lo mismo por dos sencillas razones: porque así también dejarían de creer en el bueno y porque los cazaría con la guardia baja.

Hoy es su noche por la gracia del Imperio, sin duda el más dañino de la Historia. Y resulta curioso y revelador hasta que punto están consiguiendo sus últimos objetivos; con que facilidad, sin prisa pero sin pausa, han logrado darle la vuelta a la tortilla hasta el punto de que ya ni nos acordamos si dentro llevaba patata o higos chumbos, ¡qué más da!: luce tan bien, está tan doradita, parece tan apetitosa que lo de menos es lo que lleva dentro. Como con lo demás.

Estaba a punto de salir del bar cuando un amiguete, ya más que medio borracho, nos ha contado de qué iba a disfrazarse esta noche, incluso nos ha enseñado fotos de su hijo de dos meses con un disfraz de esqueleto, sacaba la lengüecilla y todo, sonriendo, "esta se la enseñaré a sus amigos cuando sea mayor, que se joda", "qué cabrón"

De camino al tanatorio, mientras escuchaba a los Beatles, he empezado a ver niños travestidos de fantasmitas, brujitas, zombies y demás, se ve que estaban esperando que cayera la noche para salir a la calle y causar más efecto; de buena me he librado en esta ocasión, no ha aparecido ninguno durante mi turno, ya van diciendo hasta eso de "truco o trato", aunque todavía en español, siquiera castellano...Y es que no me gusta verlos así, aunque intente disimularlo para no herirles.

He visto a mi tío nada más entrar en las inmediaciones de la moderna pensión del moderno muerto, iba delante de mi, había salido a recibir a unos amigos de Madrid, "Jose", "¡Kufisto! -me ha dicho sorprendido- gracias por venir", nos hemos dado la mano y me he decidido a darle dos besos, después de todo es mi padrino y anoche se murió su madre, mi tía, o tía segunda, no lo sé, esta familia es un lío, antes las familias eran así, habían un montón de tíos y tías..."La mujer del hermano de tu abuelo, Kufisto" 93 años. Y sus dos hijos fueron los padrinos de mi católico bautismo. Dos jóvenes rojos y ateos como reservas para el primogénito de mi derechista y creyente padre. Pero eran de la familia. Y con eso sobraba. Además que el viejo nunca le ha hecho mucho caso a lo que digan los curas, los conocía bien. Él es, como tantos otros conocedores del percal, protestante sin saberlo. Un cristiano protestante a machamartillo. "Hay Dios" eso es todo. Y por eso su hermana sigue viva y su tía ha muerto cuando tenía que morir. Y un poco más.

Mis padrinos ya estaban en la capital de España cuando yo nací, han hecho toda su vida allí, por aquí vienen de higos a brevas: navidades, unos días en verano para ver a su madre y poco más. Era una mujer fuerte, como todas las que sobrevivieron a la guerra, y se valió por sí misma casi hasta el final. No quería irse a vivir allí, creo que estuvo una temporada que andó un poco pachucha, pero se vino para el pueblo en cuanto pudo, a su marcha, creo que con una asistenta o algo así, sí...

Se quedó viuda muy pronto, todavía no tenía los cincuenta, complicaciones derivadas de una operación de estómago, "yo podré comer chorizos y tú no" le dijo a su hermano, a mi abuelo, también él padeció toda su vida del estómago...Y llegó hasta los ochenta, hasta que no hubo más remedio que operarlo. Y no salió de ella, como su hermano, pero treinta años después. Sin comer chorizos, claro. A base de arroz cocido, merluza hervida, peras, leche, galletas María y agua. Y Kaiser´s hasta que dijo ni uno más. Eso era todo.

- Eran otros tiempos, Kufisto...-me ha dicho mi tío, dando a entender aquella España gris y carcelera, tan lejana a la que alguna rara vez le he oído a mi padre

Estábamos en una habitación pequeña, cosa de agradecer, era demasiado vieja para atraer multitudes, ha enterrado a todos los que tenía que enterrar y aún a muchos más. Y vivir sólo para enterrar no es vivir.

La última vez que la vi fue unos días antes de que cayera mala mi tía, la joven, hará poco más de dos meses. Mi padre me había dicho que estaba mala, desahuciada, terminal, algo de un tumor o así...93 años. Y una mañana que pasé por el barrio entré a verla.

Me abrió la puerta su hija, mi madrina, nuestra Carmen Sandiego, una mujer que siempre he querido mucho, ella fue quien me inculcó el gusto por la lectura y el gusano por las Pirámides, aunque esto fue muchos años después, ya lo llevaba yo dentro sin saber porqué. De hecho todavía no lo sé.

- Loli -le dije una noche mientras cenábamos en su piso de Madrid, cuando empecé a trabajar en las vías del tren- ¿cual es el sitio que más te ha impresionado de todos los que has visitado?

Lo pensó un momento, cero coma, nada.

- Las Pirámides -y ya había estado en los cinco continentes
- Yo quiero verlas
- Son...-ya no me acuerdo de lo que me dijo. ¿Qué vas a decir de algo así? Pero sí de como le brillaban los ojos mientras intentaba contármelo.

Ya está mayor, se ha jubilado recientemente. Exteriormente poco queda de aquella mujer diferente, atractiva, que sin ser guapa sabía llamar la atención sin necesidad de llevar un cencerro al cuello: culta, no sabihonda, discreta, que no pasota, elegante cuando tocaba serlo, snob sin quererlo ni jactancia si resultaba procedente...Recuerdo una boda que se presentó con un vestido rojo, apenas tendría cuarenta años...No se ha casado, perdió a su novio cuando estaban a punto de hacerlo, accidente de moto...Ha vivido su vida. Libre.

Se sorprendió al verme aquella mañana, no lo esperaba, le di dos besos y pasamos a la pequeña habitación que está a mano izquierda, la que fue la vieja tienda de su madre, una especie de colmado, por llamarla de alguna manera, que vendía todo lo necesario en aquellos años: comida enlatada, sardinas y mejillones, tomates y pimientos, cosas así, naturales, nada que necesitara un libro de instrucciones para desentrañar sus ingredientes, sifones, gaseosas, bacalao seco, embutidos...no sé, todo eso, no me acuerdo bien.

- ¡TÍAAAA!
- ¡¿QUÉ?! -respondía ella desde adentro, quizá estuviera en la cocina, o tendiendo la ropa, o fregando la casa
- ¡QUE ME HA DICHO EL ABUELO QUE ME DES...!
- ¡CÓGELO TÚ, QUE AHORA NO PUEDO!

Y a veces, mientras buscaba lo mío, llegaba una mujerona del barrio.

- ¿Y tu tía?
- No sé...está adentro..."
- ¡¡¡EULALIA!!!
- ¡QUÉ!
- ¡QUE NECESITO...! -lo que fuera
- ¡CÓGELO TÚ, QUE AHORA NO PUEDO!
- Váigame Dios...

Y lo cogía.

- ¡AQUÍ TE DEJO EL DINERO!

Y allí dejaba el dinero. O le cantaba a voces lo que se llevaba para que se lo apuntara en la cuenta.

Algunas veces le abría el cajón de madera donde lo echaba. No había mucho. Y creo que nunca cogí nada.

Hacia bastante tiempo que no la veía, puede que un par de años, y si siempre ha sido una mujer muy delgada, huesuda, lo de entonces ya era el extremo: era huesos y pellejos. Y ojos. Siempre los tuvo grandes, puede que fuera por las gafas. Me reconoció. Se incorporó de la bancada donde estaba tumbada.

- "Ay, Kufistínnnn..."
- "Tía..."

Nos dimos dos besos y me apretó fuerte.

Durante media hora estuve hablando con su hija, con mi tía tercera, o lo que sea, mientras ella no dejaba de mirarnos, ya estaba sorda, o casi.

- ¿Y tú -le pregunté a mi madrina- te has jubilado?
- ¡CHSSSTT...que no lo sabe!

Esta loca familia siempre ha sido de preguntar pocas cosas...

Me fijé en una foto de ella a los pies de la Torre Eiffel, casi de mitad de cuerpo, el pelo al aire, sonriendo con unas grandes gafas de sol, de cuando aquel vestido rojo...

No estábamos más de veinte personas en esa pequeña habitación, mis padres entre ellos, los únicos de lo que queda de aquella familia. También se han sorprendido al verme, puede que me esperaran para más tarde, o que no fuera, soy una caja de sorpresas...

He estado bien, en mi sitio y un poco más. Sé hacer las cosas si antes no he hecho otras.

Diez, quince minutos, suficiente, no hacia falta más, no conocía a nadie que no fueran los míos: los demás, quitando a cuatro viejas, eran de los suyos, de los otros, de los que iban a arreglar este país.

Al salir de allí me he topado con una caterva de pequeños diablillos que chillaban y saltaban alrededor de uno que enseguida he reconocido como un antiguo amigo de cuando jugábamos por las calles de nuestro barrio muerto, uno que está metido en cofradías de Semana Santa y Más Allá, un católico, apostólico y romano, padre de dos hijos, que, divertido, buscaba dentro de su coche en busca de caramelos o dinero para aquellas fieras entre las que es más que probable anduvieran las suyas, que este también es de los del puño cerrao en todos los sentidos...

Soy un chico con suerte, no ha podido verme, no he tenido que darle explicaciones, tampoco somos de los que gustan darlas.

El pueblo está hirviendo cuando voy de camino a casa con los Beatles y los demonios que todavía no han cambiado los colmillos de leche, tanto que casi me trago una prohibida que veo a diario, no atino a comprender el porqué. Mercadona está a reventar, al menos por fuera, yo no paso ahí, y antes lo haré al infierno que enriquecer a quien esta tarde he leído que debemos aprender de los chinos que viven aquí.

Yo nací en España.

Pero ya no sé donde moriré.

Descansa en paz de una vez.

Sí.

martes, 29 de octubre de 2013

HOJAS CADUCAS




De regreso a casa después de realizadas un par de gestiones bancarias, un tanto preocupado por la primera de ellas en la que me pidieron la firma en un documento que no leí ni apenas escuché al tipo de la caja bajo mis auriculares (parezco el autobusero de los Simpsons cuando estoy fuera de mi cueva o de mi trabajo...era algo para mi "firma electrónica" o así), reparé en una esquela que había al otro lado de la calle. Me acerqué y la miré: Fulano de Tal, de 81 años...Sí, era ese. El de nuestro primer bar, ahí al lado, lleva cerrado desde ni se sabe, creo que desde nuestra marcha, o poco más, y de esto hace veinticinco años...Me acordé de aquella mañana dominical en la que fuimos a desayunar un par de amigos y yo, "¿tienes churros?", "no, pero voy a por ellos si queréis", "vale" No había nadie más en el bar. Nos dejó solos. Éramos sus mejores clientes. "Mira a ver qué tiene en la caja", "pipea" Tenía cuatro perras y le cogimos dos. Volvió al rato, desayunamos juntos y nos fuimos casi convencidos de que se daría cuenta. "Ná, está medio gilipollas", "pero es que no había ná", "que le den por culo...para cuando nos cobra de más, que es muy listo" Puede que aquel fuera el canto de cisne en nuestro primer lago, sí...Hizo la prueba y la cagó bien cagá, como aquel curioso impertinente: no toques lo que no va mal.

A eso del mediodía me enteré del sorpresivo fallecimiento del padre de un cliente, un chaval algo más joven que yo que enterró a su madre hará como cinco años, cáncer, y mañana hará con aquel lo mismo por lo mismo, apenas tenía 65 años, todo parecía estar bien hasta hace dos domingos que empezaron a caérsele las cosas de las manos...Un tumor cerebral, por lo no visto no parecía tan grave como para hospitalizarlo, de hecho lo mandaron a casa, hoy era cuando iban a hacerle la biopsia..."Ya ves tú -me decía ya por la tarde su íntimo amigo-...Esa mañana la pasó jugando con el nieto y por la noche...Lo llevaron al hospital y se lo vieron, pero dijeron que se fuera a casa, aunque durante la semana ya se veía que la cosa era grave, me lo dijo su hijo el viernes pasado, ¿te acuerdas que estuvimos aquí?...Pero nadie se esperaba esto"

Poco después llegaron un par de colegas a por sus cafés, no recuerdo que música estaba sonando, alguna ful, supongo, música de ambiente que ponemos durante las cañas, música para hacerle caso nada más que cuando se acaba, el silencio en un bar es lo más parecido a un tanatorio, pero el caso es que uno de ellos (la cara alegre de la historia anterior) ha dicho algo de poner a Lou Reed como homenaje a su reciente muerte, "como hiciste la semana pasada con Manolo Escobar" Nos hemos reído recordándolo y he pinchado el Vicious y unas cuantas más, no con muchas ganas, la verdad, o al menos al principio, que es como si resultara fastidioso todo lo que te gustó y te dejó de gustar, como si tuviera la culpa de algo, sí...Me pasa lo mismo con la gente: ¿como van a ser buenas las segundas partes cuando está visto que no lo fueron las primeras?

Me quedé solo y salí a la puerta para encender un cigarrillo. Miré como caían las hojas de los árboles mecidas por el viento, ya muertas hace algún tiempo. Aún las más cercanas al tronco, las más resguardadas...Si no es hoy, será mañana. O pasado.

Pasé para dentro y me senté ante el ordenador mientras apuraba las últimas caladas, enseguida llegaron las moscas, son las últimas de esta temporada, las más pesadas, las más tocapelotas. Es como si ya les diera igual, como si olieran su próxima muerte, como si de algún modo supieran que su fin está próximo, a la vuelta de los primeros fríos que van llegando..."soy una mosca, me queda poco, ¿qué quieres que haga?"

Iba a decir que fui a por el fly, como de costumbre...

Pero sería decir mentira.


domingo, 27 de octubre de 2013

MIEL SALVAJE




Estuvieron a punto de comprarme un telescopio, aunque puede que no llegara a pedirlo; es raro que no lo hicieran, ¿o lo hicieron?, no sé, creo que me acordaría de eso...Pero la infancia ya está tan lejos que necesitaría un telememoria o algo así.

A mi me gustaban las estrellas, las galaxias, el Universo y todo lo demás, aquellos números tan grandes, "un uno seguido de..." Yo leía y miraba bien miradas las fotografías, ¿o recreaciones?, qué más da. Era estupendo.

Nací un 22 de julio, pero en mi DNI pone 23, no sé porqué; alguna vez lo pregunté y no recuerdo la respuesta, supongo que sería vaga, vagísima. Y qué más da, sólo es un día, tampoco será tan anormal, "tú naciste el 22, a las ocho de la tarde. Te costó salir, fuiste el primero. Estuviste a punto de morir, las monjitas te bajaron a la capilla para bautizarte. Pero te rehiciste en la madrugada...y aquí estás"

La Historia la escriben los que van ganando. Y los registros, los que van registrando. Pero la verdad de las dos sólo la saben los tuyos, esos para quienes eres realmente importante. Y poco a poco, cuando es pertinente, te la van contando.

Un día puede que no sea gran cosa cuando nos medimos por años, pero tú no puedes estar seguro de nada que contenga un margen de error, por pequeño que sea. Imagina que vas a lanzar un cohete a Júpiter, en dirección al Monolito, y vas y calculas la trayectoria (o lo que sea que tengas que calcular) como si dejaras la olla exprés en acción mientras bajas a por el pan. Tienes tiempo de sobra, pero puede que olvides las llaves, o que te encuentres con alguien que haga que te olvides de la comida, y por una cosa o por otra puede que vuelvas tarde y por lo tanto mal, y entonces te encuentras la cocina hecha cisco, "jodeeeerrrr..." Tampoco pasaría nada...mientras no fuera la cena de Nochebuena.

Teóricamente soy Cáncer del último día, o al menos así me tuve durante un montón de años. Y no porque fuera un adepto a todo ese rollo de los horóscopos y tal, qué va, pero uno va siendo de cosas conforme va creciendo, aunque no te interesen demasiado, peor es no serlo de nada, entonces sí que estás jodido, liquidado...Como ahora, más o menos.

Esas, las preguntas horoscoperas, eran propias de las chicas, supongo que seguirán siéndolo. Hay algo de femenino en eso de buscarle las vueltas a las cosas, de visión de cerradura, de buscar una parte que cambie el todo. Esto no significa que sea algo exclusivo de las mujeres, y no lo digo por quedar bien, hay hombres que no son homosexuales y también gustan del tema, aunque creo que eso es un indicio de "latencia", si es que existe tal palabro. "Los hombres piensan, las mujeres traman" leí el otro día.

Una de estas, hace muchos años, una gordita que estaba chiflada con todas esas cosas, me preguntó por mi signo un rato antes de llevármela al R7:

- Cáncer
- ¡Lo sabía...lo sabía! ¿de qué día?
- Del último, del 22
- ¿22? ¡pero si acaba el 21!
- ¿Pues no era el 22? -yo recordaba haberlo visto así de pequeño
- ¡No, no! ¡es el 21! ¡el 22 es Leo!...Pero no, tú eres Cáncer, nacerías en la madrugada, todo lo más...

Me corté de decirle que así fue mi resurrección, pero en el 23. Y qué más daba. Además que todas me han dicho que soy Cáncer. Y alguna hubo que terminó creyéndome uno.

Y no es que yo piense que las estrellas estén ahí de adorno, no, ¡qué va!, estoy seguro que pintan en nosotros algo más que nosotros en ellas, que no salimos del ¡oh, qué bonitas! o del pesado uno seguido de un trillón de ceros. Pero como no puedo saberlo, al igual que nadie vivo, no me preocupo. Y es que si soy de los que creen que la misma Meteorología, tan caótica pero menos, es indispensable para explicar la Historia, el Devenir, e incluso el Porvenir de la Humanidad...¿como una alma tan ajedrecística como la mía no va a tener en cuenta un orden tan matemático como el del firmamento? Y a propósito de esto recuerda una anécdota que cuentan sobre Smyslov, aquel grandioso jugador soviético: una vez le preguntaron el motivo por el que las mujeres jugaban peor al ajedrez que los hombres, y el respondió que porque eran incapaces de estar calladas durante seis horas, algo muy machista y tal...Aunque yo creo que es más por la naturaleza del juego: todo está a la vista. Mirad como sí las hay en el poker.

Pero una cosa es estar convencido de su influencia sobre nosotros...y otra creer en cualquiera que diga entenderlas. A las estrellas, que luego me regañan. Bueno, a las dos.

Pongamos que soy Cáncer, que es por lo que me tengo y por lo que me han esquematizado...Pues bien, conozco a gente nacida en sus días que es como mi noche; "una carta astral es más que eso -dirán- Se necesita la hora exacta, hasta el minuto, y el lugar exacto. Cualquier variación de un cuarto de grado, siquiera una décima, y todo se va al garete. Además que..." Lo que sea. Lo que pidan. Siempre he desconfiado de quien pide demasiado.

Lo que sé, lo que certifico, es que hay gente que nace con estrella y gente que nace estrellada.

Entra uno al bar, uno que conozco de toda la vida, la misma en la que todavía está por darle un palo al agua. Está casado con una mujer encantadora que le mantiene, han sido padres hace poco, suelo verlo por las mañanas paseando a su retoño, muy digno y orgulloso, muy metido en su papel...Luego, en el bar, con sus amigos, cambia la careta y no se le cae la sonrisa, bastante sardónica para un buen observador, cosa que me la sopla, incluso me llevo bien con él, yo ya estoy fuera de todos esos juegos desde hace mucho tiempo.

- Kufisto, un café, por favor -es muy educado mientras no hables mal del Real Madrid o de los socialistas, sus dos pasiones. Por mi, aunque lo fuera de Kasparov y las Femen.

Voy hacia la cafetera, hago la carga y le doy caña, cojo el platillo y la cucharilla, echo mano del azúcar y...es el último sobre. Justo el último. Será el próximo quien me obligue a coger la escalera para echarle mano a la caja del altillo. Y el siguiente es, invariablemente...un desgraciado. Tan verdad como lo que voy a contaros a continuación.

Esta tarde, justo al final de la que hubiera debido de ser dentro de un mes y pico ("nos han robado un mes por la cara" precisamente le he dicho al vividor esta tarde. Hoy había azúcar de sobra) ha llegado un chaval que viene de vez en cuando y siempre por la misma razón, cosas de la mala salud de su madre. Es un poco más joven que yo, pero parece más viejo, y a mi siempre me han echado más años de los que he ido teniendo; también es un colega, un camarero, me lo contó la única vez que hemos hablado, allá por la tercera o cuarta, lo demás no ha pasado de lo típico, qué más da, y además entre nosotros...Se le ve buena persona, un tanto apocado, parece cansado, mucho, pero no a lo fariseo, bastante tendrá que aguantar de cara al público y a la que le parió, como para hacerlo cuando va a tomarse una puta caña. Coño.

- ¿Quieres un pincho?
- No...gracias

Al rato, después de un tímido comentario a uno de mis hermanos que me ha hecho ver que también es del Barcelona, me ha dado un billete de veinte para que le cobrara.

Voy a la caja y no hay pequeños. Voy a los del cambio y tampoco. Me echo mano al bolsillo, ya con la media sonrisa. Tengo. Pero no hay monedas de euro entre aquellos billetes, es una bolsa de las pequeñas, "jodeeeerrr..." Voy al cajón de de debajo de la caja, ahí guardo una que está entera, "oye -me dice tímidamente viendo las vueltas que estoy dando- si quieres te lo doy con monedas, pero es que necesitaba cambio para tabaco...", "no te preocupes...ya está" le respondo de espaldas sonriendo abiertamente mientras intento deshacer el nudo de la bolsa sin romperla.

Y al final he tenido que meterle la uña.