miércoles, 8 de marzo de 2023

LA SOMBRA

 No debería haberme puesto esta camiseta. No deja transpirar el sudor. No es la primera vez que me pasa. 

Claro que cuando la extraje del árbol eran las siete de la mañana, yo todavía estaba a medio despertar aún recién salido de la ducha tras otro mal dormir y no es cosa de andar tonteando desnudo a esa hora; y además me gusta aunque no me siente bien. Como tantas otras cosas.

La duda estuvo en los calcetines. Ya me había vestido y sólo quedaba calzarse los pies. Tenía dos opciones: o los de tipo ejecutivo de propaganda de Martin Miller o uno de los Nike que le compré al negro. Hasta hace un par de semanas no lo hubiese dudado, pero los de la ginebra ya tienen un roto delante y resultan molestos si un dedo queda atrapado en él. Con todo los preferí; ya van para tres semanas sin coche y el camino hasta el bar, aunque corto, se hace largo a esas horas de la mañana, más aún si vas cargado con la bolsa de trabajo. El truco está en ponértelos del revés para que el roto no caiga sobre el dedo gordo y no estirarlos demasiado, tan sólo lo imprescindible para cubrir toda la pantorrilla sin que se caigan como todos. Son, eran, unos calcetines magníficos que poco a poco han ido perdiendo fuerza; pero aún son los que más tiempo aguantan mi paso sin caerse hasta los tobillos.

Fue al mediodía, a eso de la una de la tarde, cuando nada más regresar al bar y quitarme el jersey me di cuenta de que olía a sudor. Bueno, había una barra por delante, hoy es miércoles y no sen preveían aglomeraciones, como así resultó. De hecho la única mesa que hube de atender fue la de dos parejas de funcionarios jubilados progres entusiasmados por el día de la mujer.

Mi amigo llegó hoy algo más temprano de lo habitual, cosa que me sorprendió lo suficiente como para (en aras de nuestra mutua y reciente confianza) quebrantar una de las pocas leyes sagradas del camarero. Contestó que tenía cita con la psiquiatra (cosa normal) pero que también tenían que meterle un dedo por el culo a modo de comprobación rutinaria. Le serví un pacharán, abrí un tercio y reanudamos la conversación de todos los días una hora antes del horario previsto.

No recuerdo como llegamos al tema de los toros, que el politizó a las primeras de cambio. Es algo consustancial a ellos: todo pasa por el tamiz de su ideología. Y aunque lo trató con cierto respeto por sus contadas experiencias no por ello dejó de añadir los típicos lugares comunes al tema, no en el aspecto animalista sino en el social, recurso que con toda tranquilidad tiré abajo con los primeros tragos de cerveza y mi experiencia en el tema. 

Pero fue en la segunda ronda, hablando yo de José Tomás, cuando definitivamente me fui arriba de forma que resulta difícil explicar. Yo mismo me daba cuenta de la pasión de mis palabras. Casi podía verme en los ojos de quien escuchaba casi estupefacto. Yo, que sí, que me han gustado mucho los toros pero que hace años, ¡años, quizá una década!, no he visto una corrida ni en televisión, ahí estaba, bregando por algo que ya no me interesa, defendiendo el pasado, mi pasado, aquello que alguna vez amé tanto..."¡Dios -pensé- y esto con dos putas cervezas!"

Mi amigo se fue a que le metieran un dedo por el culo y otro en la cabeza y nos despedimos hasta mañana. Todavía quedaba una hora para irme. Y me eché un whisky pensando en el obligado paseo que me faltaba por dar.

Mi hermano llegó, cogí la bolsa y eché a andar.

El viento pegaba fuerte, de cara; el cielo, entre sol y sombra.

Sin pensarlo bajé la avenida siempre enfilando hacia la carretera. Llegué a los institutos y me sorprendió hacerlo tan pronto. Otras veces he ido por el lado equivocado. 

Pasé todo el camino elucubrando en comprar tan sólo lo imprescindible para el bar. Los diversos productos se alborotaban en mi mente como pruebas de acusación.

Llegué al mayorista en mucho menos tiempo y compré lo justo. Y a modo de camello salí de allí con la bolsa sobre mis hombros.

El viento me empujaba hacia delante. Salí de la carretera y alcancé los aledaños del parque. El sol poniente proyectaba mi sombra sobre el suelo. Y entonces me di cuenta.

No dejé de mirarla. Lucía bien. Miré mi sombra durante todo aquel trecho del camino. Era yo cargado con una mochila a la espalda. Era yo caminando cansado y dolorido. Era yo de regreso haciendo lo no que no hubiera querido hacer.  

Llegando al pueblo sentí un dolor en el pie izquierdo. Sin lugar a dudas un dedo de los pequeños había atravesado el agujero del gran calcetín de Martin Miller. Miré donde apoyarme y no vi ninguno. Anduve un poco más hasta los bancos adyacentes al instituto.

Un chaval flirteaba con dos chicas quince metros más allá. Dejé caer la bolsa, me quité la zapatilla y ajusté el calcetín de Martin Miller hasta hacerlo caer entre dos dedos minúsculos, dos dedos que a veces valen más que ver cortar dos orejas a José Tomás en Las Ventas.


A veces, casi nunca.

No hay comentarios:

Publicar un comentario