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lunes, 27 de noviembre de 2017

LAS GAFAS PERDIDAS

Perdí las gafas de sol la última noche que Dylan cantó en Madrid. Yo me puse tan ciego que al día siguiente recordaba algo mejor a sus teloneros, aunque tampoco mucho.

- Kufisto -dijo mi tía con delicadeza
- Mmm
- Kufisto
- Weerr...
- Que son las seis y cuarto, que te tienes que ir al pueblo
- Wooor?
- El pueblo, que te tienes que ir a trabajar
- Ah, sí...sí...

Y recogiendo las cosas para volverme pitando al pueblo en el primer tren de la mañana vi que no estaban las gafas. Se lo dije a mi tía, quien mirándome con cara de "anda y vete con Dios o con cualquier otro" dijo que luego echaría una mirada. Pillé un taxi y ya en el vacío vagón del tren fijé la mirada en el contador digital de velocidad con la esperanza de no torturarme demasiado con el hecho de haber desperdiciado la ocasión que llevaba esperando los dos últimos años de la banda sonora de mi vida: "149...150...150...151...148...149...Joder, no me acuerdo de nada...150...151...150...149...Sí, el batería de Los Lobos, qué bueno...150...150...150...¿Y Dylan qué?...149...148...147...Joder, me cago en mi puta vida...150...151...152...Y encima pierdo las putas gafas...150...150...150..." "Próxima parada: TU PUTO PUEBLO, GILIPOLLAS" Bajé, cogí el coche del aparcamiento, fui a casa, me duché y afeité y escopetado tiré hasta el bar.

- ¿Qué tal el concierto, Kufisto?
- Bien, bien...de puta madre
- Hombre, como para no estarlo después de dos años jodiéndonos vivos con el voz de gato ese..."

Al mediodía llegó mi hermano con algunas cosas para el bar y le dije que se esperara un momento mientras yo iba a un sitio. Fui a la óptica y en cero coma compré otras parecidas con una sensación de alivio; hasta de limpieza y perdón, diría yo. Ya con ellas puestas y de mejor humor volví al bar. Y al rato mi tía llamó para decirme que había encontrado las perdidas bajó el sofá en el que había dormido aquel sueño perdido.

Hoy soñé con mi padre. Parecía muy enfermo y asustado ante su cercana muerte. Yo le hablaba y él ni me miraba con la vista fija en algo que había delante. Estaba con la boca entreabierta pero decía nada, sólo miraba allí, a ese punto de la pared. Yo le decía algo más y después me iba corriendo a trabajar al viejo bar, pero nada estaba en su sitio. Por fuera era aquel bar pero por dentro era otro. Yo no encontraba nada donde había estado antes y me desesperaba. La gente llegaba y no sabía qué hacer. Pidieran lo que pidieran no conseguía encontrarlo. Hasta que me fui corriendo para ir a ver a mi padre, que seguía en el mismo sitio y en la misma posición. Le grité algo y entonces me miró como si yo fuera el mismo punto de la pared sólo que cambiado de sitio. Y cuando iba a decir algo desperté. Recé, me duché y fui para el bar.

Poco después llegó la señora de la limpieza. El lunes es el día de cierre pero apenas llego una hora más tarde al bar. Luego viene el de la tragaperras y hace la recaudación. Hoy no se ha dado mal. De vuelta a casa cogí a la gata para llevársela a mi madre. Ayer volvió a preguntarme por ella. Cuando llegué todavía estaba dormida. "Te traigo compañía" le dije dándole un beso. Ella se alegró y yo me llevé a la gata para la cocina, lejos de los muebles del salón, única razón por la que mi madre no quiere otra gata como la que ya tuvo. Aún medio dormida llegó sólo un minuto después. Alegre, empezó a decirle cosas a la extrañada gatita. Y sin tiempo para más ante el inicio de la hora azul y la cercanía de sus controladores vistos al bajar del coche me fui de allí dándole otros dos besos que a punto estuvieron de ser en los labios a causa de su todavía cercano sueño. Quizá ella también ha soñado hoy con él. Quizá ella siempre sueña con él.

Otra vez en casa. Dinero y a pagar facturas y comprar cuatro cosas. Cogí el gorro, la bufanda y las gafas de sol y fui a Correos para pagar el último a viso de los de la luz. La máquina que da los turnos estaba averiada y le pregunté al de delante si iba por vez. Apenas se volvió pero dijo que sí. No había mucha gente y terminé rápido. Al salir me puse las gafas de sol y a tararear lo que estaba escuchando por los auriculares. Pasé por delante del viejo bar y entré a la tienda de los frutos secos. Compré medio kilo de nueces y nada más salir me di cuenta de que no llevaba las gafas por ningún sitio. Volví a entrar a la vacía tienda y me dijeron que allí no me había dejado nada. Salí y miré por los alrededores. Estaba seguro de que había llegado con ellas puestas. No las vi y regresé a Correos. Ya había más gente y fui al mostrador donde estaba quien me había atendido. Le pregunté por mis gafas y dijo que allí no me había dejado nada. Volví a salir y volví a hacer el mismo camino que había hecho al salir por primera vez. Nada. En los aledaños de la tienda de los frutos secos vi como la chica me miraba desde el interior un tanto preocupada. Pasé de volver a entrar. Y me fui para seguir haciendo lo que todavía me quedaba por hacer.

Terminé cuando el sol estaba empezando a calentar algo la fría mañana. Me quité el gorro y lo eché en la bolsa de las nueces. Volví a mirarme en todos los bolsillos de la cazadora de segunda mano que un familiar nos ha dado junto a otras ropas que él ya no iba a usar más. Nada. Por un momento pensé que quizá las tuviera en casa, que a lo mejor no las había sacado viendo lo temprano de la hora en la que había salido, que pudiera ser que al llegar a casa las encontrara ahí, delante del ordenador, sobre la factura en la que las había dejado para no olvidarlas al salir por la puerta...Nonono, las había cogido, estaba seguro de ello. Incluso me acordaba de habérmelas quitado justo antes de entrar a la tienda.

Subía en el ascensor pensando en esa remota posibilidad cuando al abrirse la puerta se cayó el mando de la cochera que llevaba colgado del juego de llaves. Estaba a punto de caerse aún más por el estrecho hueco del elevador pero cuando iba a hacerlo le di una patada y se quedó dentro, es decir, fuera. Lo recogí del pasillo y pasé a casa sin acordarme de las gafas. Un rato después miré y vi que no estaban. Las había perdido. Había perdido las gafas que compré cuando creí haber perdido las otras en el concierto de Dylan.


Encendí un cigarrillo y lo fumé mirando por el ventanal cerrado. A lo lejos unos niños jugaban en la hora del recreo. Podía oír sus gritos desde mi ventanal.


Bajé a las cocheras, entré en mi coche y eché mano al portagafas del asiento del conductor. Ahí estaban, ahí seguían estando las viejas gafas de repuesto.


Arranqué, le di al mando y la puerta de la cochera se abrió.


Y entonces subí la rampa, me puse las viejas gafas y conduje hasta la última parada de la mañana.




viernes, 24 de noviembre de 2017

MUJERES

Mi primera novia tenía un pequeño problema de halitosis. Aparte de eso estaba bastante bien: era morenita tanto de pelo como de piel, los labios carnosos y unos ojos bastante grandes para la estatura que gastaba. La primera vez que nos enrollamos lo hicimos en un oscuro callejón cerrado de tan mala planta que por allí no podrían entrar ni salir nada más que tractores. Apoyados en la pared le metí bien la lengua apretándola fuerte contra mi pecho. Ella respondió y poco a poco intenté tocarle una teta por debajo de toda la ropa que llevaba puesta. Por tres o cuatro veces, justo cuando estaba alcanzando su ardiente y duro seno, me retiró la mano. Pero al final se dejó hacer mientras nos comíamos la boca como si no lo hubiésemos hecho nunca antes, que era ni más ni menos lo que estaba pasando. Y ya enfebrecido y con el nabo loco bajé la mano hacia su pantalón, toqué un poco de pelo y...ahí se acabó la función: aquello era demasiado para una chica de buena familia, supongo. Salimos abrazados a la calle. Era una noche de invierno. Recuerdo caminar en silencio agarrándonos de la cintura, parando cada dos por tres a darnos tiernos besos bajo la fría luz de aquellos faroles de hierro fundido que mal alumbraban las estrechas calles del barrio antiguo, mirándonos a los ojos con una sonrisa tan grande como para dudar de que alguien más estuviera sonriendo en el mundo entero. Después la dejé en casa de sus padres y yo me fui a la de los míos. Éramos unos críos de catorce años. Ella contaba los días y las semanas que llevábamos juntos. Íbamos a la misma clase, tenía que estar con ella todo el rato y en fin...que yo también quería estar con mis amigos. Estuvimos saliendo un par de meses y al final lo dejamos. Lo dejó, más bien, cosa que no me importó demasiado. Algún tiempo después me dijeron que se había metido a monja o algo por el estilo.

Luego hubo otra, una que siempre llevaba de carabina a su mejor amiga, una chica fea pero "muy enrollada" y todo eso. La mía venía rebotada de una relación que había durado cerca de un año, cosa que en sus breves ausencias para ir al baño o a pedir bebidas era aprovechada por la amiga para contarme lo mal que lo había pasado con su ex y lo bien que la veía conmigo. Yo ya estaba un poco hasta los cojones de que cada dos por tres saliera el susodicho, pero bueno: esta, aunque igual o más posesiva que la primera, era mucho más puta y al final acabé metiéndosela en el parque en una noche de verano. Pero el otro siempre estaba ahí de espíritu presente y antes que lo estuviera de cuerpo me fui por patas lejos del par de dos.

Vinieron algunos rolletes todavía más pasajeros y a los dieciocho conocí a una chica de la que me enamoré de verdad. Creo que el enamoramiento es eso, querer estar siempre con una persona y pensar en ella cuando no lo estás. Y lo tremendo es que durante el año que estuvimos más o menos juntos no hicimos nada. Nada. Aún hoy no sé qué fue aquello. Fue la primera vez que lo pasé mal cuando se acabó. Hasta que empecé a pinchar música en un garito y por primera y última vez entré en el circuito de los que pillan cacho cuando les apetece. Pero aquello acabó colapsando y yo, por fin, entré al redil de la vida que nos anunciaban nuestros padres.

Apareció otra mujer. Era muy guapa, muy joven y se enamoró de mi. Estuvimos juntos muchos años y una tarde que estaba borracho me dejó. Ya había pasado alguna vez pero esta pronto me di cuenta de que no había marcha atrás. Me hundí. Una noche desperté a eso de las cuatro de la mañana después de haberme acostado bien ciego. Fui al salón y encendí el ordenador que tres meses atrás, uno más tarde del final de la relación, me había regalado mi preocupada madre para que estuviera entretenido con algo, aunque no había servido de mucho. La pobre había venido una tarde al piso con su cuñado (el manitas de la familia) para que lo instalara y lo dejara listo. Conociéndome sabía que yo no lo hubiera hecho ni viviendo cuatro veces. Todavía tengo un armario sin acabar de ensamblar por completo y ya van para trece los años que llevo aquí. Y antes se caerá como ya se está cayendo que yo acabe de formarlo. Tan sólo espero que no pille a la gata cuando lo haga.

Esa noche estaba delante del ordenador, poniendo su nombre en el buscador, cuando miré por el móvil y no lo vi. Empecé a buscar por toda la casa y seguí sin verlo. No recordaba nada. De pronto vinieron flashes del tugurio donde había acabado y me entraron los siete males: "¿y si me llama hoy? -me dije aún sabiendo que me lo había bloqueado apenas dos semanas después de dejarme- ¿y si ahora mismo, GILIPOLLAS, está llamándote y tú estás sin el puto teléfono? ¡Joder, Dios!" Pero recordé que otras veces me había pasado lo mismo y lo había solucionado llamándome con el fijo del ordenador. Tan sólo había que marcar mi número de móvil y este respondería con su grito de auxilio desde la cocina, o de la habitación del gato aquel que tuve, o del abrigo que no me ponía, o del frigorífico, o la taza del water o lo que fuera. Descolgué, marqué y dio tono.

- ¿Sí?

Era ella. Sin darme cuenta había marcado su número. Se oía ruido y jaleo. No me salían las palabras.

- ¿Sí?
- Soy yo, perdona, me he equivocado.
- Ah, vale -dijo tranquila. Y colgó.

Ni adiós, ni nada. De fiesta. No pensamientos mágicos, no grandes esperanzas, no volver a empezar, no nada. De fiesta. Me quedé petrificado. Hasta olvidé la búsqueda del teléfono que a la mañana siguiente aparecería olvidado en nuestro bar. Pero esa misma noche, en ese mismo momento, me olvidé de ella aunque todavía me costara aceptarlo algo más de tiempo.

Nueve años después sigo solo. He estado con casadas que me he tirado al amanecer en el polígono; con buenas chicas por feas que se dejaban sobar en busca de la penúltima intentona por pillar marido; con desequilibradas que me hicieron suspirar de alivio cuando vi que al despertar se iban de mi casa; con separadas con hijo pequeño, piso mediano  y pizza grande y casera; con putas de teléfono disponible mientras te la chupan en el coche.


Hace un par de noches estaba en la cama con la gata. Se puso entre mis piernas, le hice una foto y se la envié a mi madre. Tuvo una durante dieciocho años que se le murió hace tres y un hombre que le duró los cincuenta y dos años que la muerte esperó para llevárselo hace nueve meses. Y ya no quiere ni una ni otro, si es que alguna vez quiso otra cosa.

- Qué hermosa -respondió por Wasap
- Pero guerrera -dije

Y un minuto después escribió otro

- Te quiero mucho

Estupefacto, tardé un poco más en responderle

- Yo también


Yo también te quiero.





martes, 21 de noviembre de 2017

DOS HOMBRES CABREADOS

Aburrido salí de la barra para sentarme en un taburete del salón cercano al televisor. Estaban pasando otra de Hércules Poirot. Apenas llevaba diez minutos y no me costó cogerle el hilo a los subtítulos. La acción transcurría en un encantador hotelito perdido en una isla. Al paso del detective iban apareciendo en escena los diferentes personajes de la película. Me sorprendí pensando al cabo de un rato que las mujeres no actuaban como hombres. Había una vieja repelente, otra tonta pero voluntariosa, una doncella sumisa y discreta, una bella y despechada esposa y una especie de sofisticada pelandusca que claramente iba a ser la que palmara, cosa que hizo como a los veinte minutos estrangulada en la playa, algo que con el proverbial buen gusto de los british para tales menesteres no apareció en pantalla. Hay asesinatos, sí, pero suceden en un entorno tan limpio y seguro que no parecen sino parte necesaria en el juego, no la mollar: lo bueno, lo bonito, es descubrir con tranquilidad y sin sobresaltos al desgraciado asesino. Y una vez hecho que lo acepte con deportividad, tal y como si sólo fuera cosa de aceptar que había otro más inteligente que tú. Después uno se imagina una cárcel limpia y segura y una condena llevadera, sin sobresaltos. Y quizá hasta el justo muerto (o la justísima muerta) esté más tranquilo y mejor en su estado, tan propicio para hacer un exhaustivo examen de conciencia. Luego todo acaba y mañana habrá otro episodio nuevo pero igual. Y seguirá estando bien porque la buena educación, el orden y la justicia siempre están bien.

En mitad de los interrogatorios dieron paso a la publicidad y giré la cabeza para mirar por el ventanal. Una mujer embutida en unos pantalones de cuero, cuidadísima melena al aire y maletín en la mano derecha cruzaba el paso de cebra mirando el dispositivo móvil como si estuviese rodando su anuncio con la aplicación "haz una pasarela de tu paso de cebra" Y efectivamente, sólo era un viejo en una furgoneta destartalada el que tuvo que cederle el paso. No pasó lo mismo en el de enfrente, donde una mujer a lomos de un Audi se pasó por el forro la próxima llegada de su congénera con el consiguiente gesto de desaprobación de esta y una cierta sonrisa que creí ver en el rostro de la motorizada. Y ya, por fin, alguien entró al bar y volví a la barra.

Es un tío de unos cuarenta años. No muy alto, moreno de piel, delgado, facciones muy marcadas y un tanto tensas, siempre vistiendo de chandal, lleva como un mes viniendo por aquí. Llega, pide una cerveza, saca el móvil y va bebiendo. A veces dice algo y a veces no. A veces pide otra y a veces no. Pero siempre se va pronto y sin molestar. Hoy ha bostezado y yo, que estaba cerca, he hecho lo mismo.

- Joder -he dicho- como se pega esto
- Sí, jajaja...Es una cosa natural
- Sí...Es que hasta lo ves en un animal y haces lo mismo. ¿Qué sera esto?
- No sé. Supongo que es algo que se pierde en la noche de los tiempos, como dicen
- Sí, será eso -he respondido- O que hoy he echado otro mediodía de esos de morirte de asco
- No me digas ná que yo también tuve un bar -ha dicho- Allí en Toledo. Tuve que cerrarlo porque al final sólo trabajaba para pagar. Ahora estoy en un instituto
- ¿Y qué tal?
- Bien. No comiendo vamos tirando. Divorciado y con dos hijas pues tú me dirás. Ayer tuve que pedirle dinero a mi padre con toda la vergüenza de mi corazón.
- Hostia...

Así que profesor de gimnasia o algo de eso y pillado por los huevos...

- ¿Y como lo llevas?
- Que como lo llevo...Vivo en una habitación de alquiler. Le paso a la ex 400 euros mensuales por la manutención de las dos niñas, a pesar de que yo las tengo quince días durante los que las mantengo y ella no me pasa nada a mi ganando lo mismo que yo. Se ha quedado con la casa y yo tengo que seguir pasando la mitad de la hipoteca. De vez en cuando las niñas me dicen algo del nuevo amigo de mamá, o novio, o lo que sea...¡Vaya si lo hago yo! A veces tengo que pasar por esa calle, ¡vivimos en el mismo pueblo, coño!, y lo veo salir de mi casa...En fin
- Es tremendo el tema este de las tías...
- Yo mira...Lo que aguanta un hombre no lo aguanta una mujer ni Dios que lo soñó. Luego ves que pasan cosas y no es que las entiendas ni apruebes ni nada de eso pero...joder. Hostia puta. Es duro.
- Te entiendo
- Y luego siempre dándole vueltas a todo, nunca están contentas; si no es por una cosa es por otra, pero siempre discutiendo, siempre retorciéndolo todo, siempre buscándole las vueltas...¡Si los tíos somos más simples que un reloj de arena! ¿A qué tanto lío, tanto desasosiego, tanta mala baba?...¿pero qué les pasa?
- Es la tele -le he dicho-, la publicidad y todo eso. Están volviéndolas locas con todo ese asunto del género y toda esa mierda.
- ¡Esa es otra! -ha respondido ya sobresaltado- ¿Pues no me llama el otro día la directora del instituto para asistir a un taller sobre no sé qué que iban a dar a los alumnos y voy y me encuentro a dos tiarronas de esas con el flequillo palante, amachorrás, vomitándoles mierdas a chicos y chicas de doce y trece años? Si lo hubieras visto...Como sería la cosa que hasta algunos chicos les sacaron los colores: "¿Y por qué si hay tanto machismo -decían- son los hombres quienes hacen los peores trabajos, como albañil, minero, basurero y cosas así?" ¿Y sabes qué? ¡no sabían qué decir! ¡se callaban como putas! Todo era que si las nuevas normas, las nuevas palabras, que ya no hay "alumnos y alumnas sino alumnado", que la "Asociación de padres de alumnos" pasaba a llamarse "Asociación de MADRES y padres de alumnos", recalcando que lo de madres tenía que ir por delante, chorradas de esas, de verdad...Mira, al acabar fui y le dije a la directora que a mi no me llamaran más para asistir a estas tonterías porque no iba a ir, que todo lo que fueran cosas para ayudar a los chavales podían contar conmigo para lo que fuera, pero para eso, no. Ya está bien, coño, ya está bien...
- Y pensar que esas petardas estarán levantándose 1500 o 2000 euros por ir esparciendo mierda por ahí...-he dicho cabreado
- ¿1500 o 2000? ¡y 3000!
- Me cago en la hostia puta
- Y luego está el tema de las ayudas a los libros o para el comedor y todo lo demás -ha seguido ya lanzado- Mira, yo no soy racista, pero es que vas a las reuniones de los padres y ves como al moro, por decir uno, le dan todo gratis a pesar de que el tío funciona, ¡que lo conozco yo!, que es un constructor que maneja cuartos, joder...Pues nada, todo gratis y tú hecho un paria. ¿Pero qué es esto? Yo no digo que no haya que ayudar al que no tiene, ¿pero al que sí tiene, qué? ¿por qué? Yo no tengo nada, nada, y no puedo reclamar nada porque dicen que no tengo derecho a ello.
- Joder, esto no tiene ni pies ni cabeza
- Un desastre, un desastre...En fin, lo que sea por mis niñas. ¿qué te debo?

Le he cobrado diciéndole si quería la tercera por mi cuenta. Ha dicho que no y se ha ido a seguir remando para sus niñas.


Al final la galera va a encallar en la costa y no va a haber playa suficiente para tant@ hij@ de put@.


Y Hércules Poirot mirará para otro lado y nos saltaremos ese capítulo para hacer el primero de la nueva temporada.


El de siempre pero por fin diferente.

viernes, 17 de noviembre de 2017

LA HABITACIÓN

Una de las aficiones que tenía cuando fui un chaval desocupado era la de escribir en papelitos los nombres de las canciones de la banda que más me gustara en ese momento, meterlas en una bolsa e ir sacándolas a ciegas para hacer una grabación. Recuerdo que entonces compartía habitación con uno de mis hermanos. Dormíamos en la planta de abajo y el resto de la familia en la de arriba. Rara era la noche en la que apagáramos la luz antes de las tres mañana, algo que por otra parte ya hacía poco después de empezar el BUP. De hecho no fue sino hasta los treintaitantos la primera vez que no vi el inicio de un nuevo día en el reloj. Una habitación como aquella era poco menos que un tesoro adolescente: quince años, water propio, equipo de música, televisión y vídeo. Arriba, los padres y hermanos pequeños; abajo, nosotros; y entre medias un tragaluz, un largo y frío pasillo, otra puerta y las escaleras. Un mundo. Se había acabado el "¡apagad la luz!" desde el salón, su consiguiente "rezad" que hacíamos en voz alta, el cagadero casi siempre caliente y todavía pestoso, las pajas furtivas, desesperadas, el turno para ducharse, los lloros de los pequeños y las discusiones de los padres, el "¡bajad la música!", el temor a ser pillado aporreando la guitarra de dos cuerdas como si estuvieras haciéndolo con una Fender delante de cien mil personas, el no fumar ni de cachondeo...A veces ser parte de una familia muy numerosa en una casa pequeña tiene sus ventajas cuando no queda más remedio que hacer sitio donde sea.

Aquellas grabaciones, aquellas noches, fueron fantásticas. Y lo eran porque aunque aleatorias, sabíamos que saliera la que saliera nos iba a gustar. Tan sólo cambiábamos el orden y el tiempo. Y no nosotros sino la suerte, el destino, lo que es todavía mejor. Encendíamos un canuto y empezábamos a sacar papelitos de la bolsa, "tal", "joder -decía mi hermano- ponla" Y la poníamos y la escuchábamos con auténtica devoción. Otra, "tal", "hostia puta...ponla" Y a seguir grabando y fumando. Esa sensación de estar compartiendo algo es quizá la más bonita y profunda que pueda haber.

La gente pasa al bar y tú estás detrás de la barra. A unos los conoces más, a otros menos, a algunos nada y a ninguno bien. Y cuando crees que has conocido a alguien como para compartir algo al final acaba fallando por una razón u otra, de una parte o la contraria, pero fallando. Siempre. La experiencia de bar, el trabajo en la jungla, la brutal competencia, te deja esa enseñanza: que no hay nadie imprescindible. Nadie. Ni tú. Te irás y el bar seguirá ahí, abierto y con otro tras la barra.

Hoy ha vuelto a venir un chaval que conozco desde siempre y del que no sé su nombre, aunque sí el apellido, bien conocido por aquí. Tiene a la anciana madre muy enferma en el hospital. Está acompañándola y se pasa por aquí para airearse. A la velocidad del rayo se bebe un par de chupitos y regresa a hacerle compañía. Tiene mala cara, de bebedor por lo menos. Alto y delgado, con el pelo tirando a rubio recogido en una coleta  y de ojos azules, serio, voz profunda y mirada decidida, pareciera como si hubiese salido de un cuento de Lovecraft. Tendrá casi cuarenta años y trabaja en un garito los fines de semana, según me ha dicho esta tarde. El otrora buen negocio familiar hace tiempo que dejó de ir con él salvo para casos excepcionales. Se mueve en una vespino que va a vender por 100 euros. No quiere coche. No tiene carnet. No quiere que lo paren en la primera rotonda. Eso me dijo mientras fumábamos un cigarrillo en la puerta del bar. Entonces llegó otro cliente y él se fue como el rayo en busca de su relámpago.

Es un tío de mi edad, supongo. Lo conozco desde hace unos años. Está casado con una mujer muy atractiva. Trabaja en temas económicos. Centrado, muy centrado. Alto, con sobrepeso, medio calvo y siempre bien vestido me pidió un carajillo quemado. Le gusta como lo hago y más hablar, con prudencia y educación, por supuesto, pero hablar. Claro que si tú eres un escritor dipsómano pues no hay mucho que contestar cuando enfrente tienes a alguien que ya estaba centrado con quince años; pero la barra, como dicen con la política, hace extraños compañeros de cama. De todos modos me contó algunas historias interesantes relacionadas con el tema que él maneja: amaños, chanchullos, justicias...Fue interesante aunque lo hubiera sido más de haberlo contado otro. La forma es importante. En caso contrario yo no sería escritor ni aún estando sobrio.

Luego vinieron dos de los conocidos, dos amigotes de vuelta de comer para tomarse unos whiskys buenos y meterse alguna que otra raya en el water. Esta mañana vino un hombre mayor que siempre viene cuando tiene que traer a su mujer para la revisión. Sus chicos abrieron un bar pero tuvieron que cerrarlo. No duraron mucho. Fue bien hasta que dejó de ir bien. En este negocio hay poca paciencia si no lo has vivido desde pequeño. Y de esos ya quedamos muy pocos, aunque seguro que más que jugadores de ajedrez; como Ginés, mi compañero de partidas que viene los viernes al mediodía a tomarse una cerveza.

Antes, cuando me iba a las seis, llegaba a eso de las cuatro y media con su magnífico tablero y nos poníamos a jugar en un rincón de la barra. De no ser por el mío que no encuentro desde hace trece años diría que es el mejor equipo de juego que haya visto nunca. Un tablero grande de madera, de amplios bordes con motivos arabescos y unas piezas imponentes sin epatar, bien talladas, suaves y bonitas, sin aristas innecesarias...Joder, jugar ahí era un puto placer.


Existe una variante del juego en la que se sortean las casillas iniciales de las piezas con el fin de evitar que quien sólo es un memorizador de variantes vomitadas por un ordenador pierda su ventaja ante el talento puro, pero esto es algo que no acaba de ser aceptado por la ortodoxia que nos subyuga.


En fin, qué le vamos a hacer.


Problema: juega la planta de arriba y gana a la de abajo aunque al final acaben perdiendo.




miércoles, 15 de noviembre de 2017

SOL DE OTOÑO

- Los limones bien pero las naranjas las compraré en el moro -le diré al murciano ambulante este sábado.

El anterior se pasó por el bar. Yo estaba en la cocina y mi hermano, prudente, me llamó. Salí, le vi y lo reconocí del año pasado. No le compré muchas veces. Creo que este es de los que si les dices una vez no, se olvidan de venir a verte. Me da igual. Mi vendedor es el moro, más bien su señora, y después de tantos años me tratan con cierta deferencia e incluso un tanto de cariño por parte de ella, una mujer bajita pero con unas manazas ancladas en tales muñecas que más parecen olmos bien maduros. Ya llevo algún tiempo comprándoles menos por pura comodidad. Mi ayudante de apertura, el famoso Josemari, no quiere tratos con moros y tira para el mercado en su bicicletilla aún pillándole más lejos. Es verdad que a esas horas el moro está cerrado, pero daría igual si estuviera abierto. También abomina de los gitanos. Él es merchero; y bien alto lo dice, aunque atrancándose, cuando le confunden con uno de ellos. Hoy me ha enseñado su telefonillo. Este es de verdad, de los que funcionan, no como los otros que encuentra en los contenedores de basura. Le gustan todas esas cosas electrónicas a pesar de que no funcionen. Se ve que las encuentra bonitas.

- Así que marcha -le he dicho
- Sí, Kufistico. Y además muy bien
- Pues nada. Déjamelo que voy a hacer una llamada perdida al mío y así lo grabo -después se la he devuelto y le he grabado mi nombre.

A eso de las nueve y media fui a echar mano del tomate frito para el guiso y antes de mirar recordé que ayer me quedé sin, olvidándome por completo de comprarlo por la tarde que empleé en pasear mirando los grandes árboles del paseo principal de la ciudad. Luego llegué a casa, puse el brasero, me tumbé en el sofá, cogí el teléfono para navegar por Internet y ya volví a olvidarme de todo menos de la puta gata.

Llamé a Josemari y lo cortó. "Cabrón" pensé. Esperé un par de minutos y volví a llamar por segunda vez. Lo mismo. "¿Pero este tío no sabe descolgar un teléfono, joder?" Y entonces me llamó él.

- ¿Josemari?
- Soy su mujer -dijo su mujer
- Ah, buenas...¿Está Josemari contigo? Soy Kufisto
- Sí
- Dile que se ponga, haz el favor
- Ahora te lo paso, Kufisto
- Gracias, hermosa
- Dime, Kufisto
- ¿Qué haces?
- Ná, aquí en casa, con mi mujer...
- Venga, hombre, que necesito tomate frito...
- Voy pallá
- No tardes
- No, no...

Llegó a los diez minutos pegando esos maullidos que tan bien le salen. Le di el dinero y volvió cuando los guardias civiles estaban tomándose el café. Más tranquilo me soltó la compra, le di una propina y le pregunté si quería otro café con leche. Dijo que sí y se lo puse con extra de azúcar y la leche del tiempo, como le gusta. Y ya con el tomate en mis manos y la barra controlada pasé a la cocina para rematar el sofrito y apartarlo. Al salir vi que Josemari tenía compañía. Me acerqué y era uno de los trece hermanos que alguna vez tuvo. Hacía tiempo que no lo veía y le saludé.

- ¿Qué tal va eso? -le dije
- Ná, que he visto la bicicleta de este y he pasao adentro, a ver qué hacía...Y míralo, ¡como los señoritos!

Josemari sonrió un tanto avergonzado, me reí y cogí el billete de los guardias que ya se iban. Los hermanos estuvieron un rato hablando discretamente de lo putas que habían salido las hijas de no sé quien y un poco más tarde se fueron.

Al mediodía llegaron los médicos habituales con una nueva incorporación. Les serví un plato del guiso para acompañar sus cervezas y poco tardaron en celebrarlo como si hubiesen descubierto una vacuna para la caída del cabello. El nuevo, un tío todavía joven y muy educado, llegó a preguntarme si daba comidas. Le dije que no pero que con antelación todo era posible, aún para nuestro cada día más alopécico bar, algo que por otra parte no es que sea la norma general sino que se cuentan con los dedos de una mano los que todavía usan peine, siquiera las manos. Después la visita de una amiga admirable, una conversación acerca del cáncer en la puerta del bar mientras nos fumábamos un cigarrillo y más tarde poco más. Pero muy poco.

Eran casi las tres cuando con desgana y la barra sin recoger me puse a comer algo. Salí a fumar un pito y a mirar los árboles de la mediana, estos sí bien secos de hojas. Pasé adentro y esperé que dieran las cuatro como tantos otros días. Peor era cuando tenía que hacerlo hasta las seis. Pero de todas formas ese tiempo vacío unido a la decepción por otro mal mediodía consigue que te entre una especie de tranquila desesperación que te deja poco menos que baldado. Mi prudente hermano, mi buen hermano pequeño, vino hoy a la hora justa por una vez en su vida. Y yo, agotado, salí del bar con muchas de ganas de llegar a casa.

Estuve a punto de no salir. Al sol apenas le quedaba una horilla para meterse por el debajo del horizonte y el mío casi no veía más que el del sofá, el brasero, la gata jodiendo y el teléfono para mirar cosas en Internet hasta las nueve de la noche. Decidí ir a cagar antes de ponerme el pijama. Salí y miré por el ventanal. Nubes ligeras, casi desparramadas, como estelas gaseosas, eran suficientes para hacerle incómodo el ocaso a este pobre sol de otoño. Pero todavía estaba ahí. Y su luz es buena para la vista.

Salí a la calle. Fui al paseo principal y volví a mirar sus grandes árboles, todavía frondosos, magníficos, irguiéndose fuertes en la tierra de la que se alimentan con la ayuda de este débil sol que se nos va. Y yo, tan necesitado de él como los propios árboles, regresé sobre mis pasos para que su última luz de hoy mirara mis ojos.


Y luego fui al moro y le compré un saco de patatas y diez kilos de naranjas a su buena mujer.

viernes, 10 de noviembre de 2017

FRUTOS SECOS

Entré a la tienda por su puerta secundaria para comprar cuatro euros de anacardos crudos. Había una mujer pagando y esperé apoyándome en el mostrador. El paseo se me había hecho más largo de lo que en realidad había sido. El cielo, todavía luminoso y casi diáfano cuando salí, había terminado por cubrirse de nubes. Y el viento, apenas una suave brisa al principio, poco a poco fue haciendo hablar a los árboles hasta el punto que los últimos que vi, ya atrapados en las sombras, causaban una mezcla de pena y miedo. Dentro del pueblo bajé por su calle principal. Había poca gente y la conocida que encontré no quiso verme. Y ya abajo, en su principio, pasé a la tienda de los frutos secos.

La mujer que estaba pagando no tenía dinero suficiente o puede que tuviera de más, cosa que a veces y según donde es como no tenerlo. Le faltaba un euro y acabó por pedirle ayuda al marido que la esperaba en la salida de la puerta principal junto a un chiquitín. Lo llamó por mi nombre y enseguida, sin verlo ni saber porqué, supe que era él. Y lo era aún de medio lado. Instintivamente volví mi cabeza al frente. Pero cuando se fueron a subir la calle que yo acababa de bajar vi como él, con el rabillo del ojo, me echaba una de aquellas tristes miradas para asegurarse. Ninguno hizo amago de nada y yo compré mis anacardos. Hace veinticinco años me prestó el dinero que me faltaba para comprar las obras completas de Dostoyevski en un puesto de libros que había poco antes de llegar a la feria que esa noche terminaba. Aquella leve amistad no duró mucho y poco después le perdí de vista durante años, con algún casual e incómodo encuentro en alguna cola del súper o cosas así. Es como si aquellas amistades del pasado tuvieran la culpa de tu presente, por breves e insustanciales que fueran; y las que fueron fuertes y dejaron huella, sólo ahora, ya con el tiempo volando de las manos y la salud empezando a renquear en algunos de ellos, volvieran a verte como te veían cuando éramos unos chicos que a lomos de cadys y vespinos más trucados que la baraja de un mago íbamos por ahí rompiendo los retrovisores de los coches.

Hace unos días, hará un par de semanas, uno de estos vino al bar con su segunda mujer. No tienen hijos, no creo que los tengan ya, y parecen felices. Con la sonrisa puesta charlamos un rato mientras les atendía y pronto los dejé para seguir con los clientes que iban llegando. Al rato llegaron un par de amiguetes habituales y, sorprendidos, se pusieron a hablar con la pareja tras los respectivos abrazos. Y fue entonces, mientras tiraba unas cañas, cuando les oí hablar del accidente de moto que había sufrido un viejo amigo un par de semanas atrás. La hostia había sido fuerte. Estaba en el hospital pero no había nada que temer. Durante una pausa me enteré mejor. Hace años, años, que no lo veo pero me dolió. Un motero de los auténticos, de los de toda la vida, no de los sobrevenidos, pero prudente aunque no cobarde ya siendo chaval había estado a punto de matarse por una cuestión de mala suerte en uno de esos caminos dejados de la mano de Dios aunque no de las rejas de los tractores. Mientras escuchaba busqué en la agenda del teléfono y vi un par de números con su nombre, aunque bien pudieran ser los de su hermano pequeño. Por un momento pensé en pedirle a mi amigo el número para confirmar, pero no lo hice. Y cuando se iba a marchar le dije que le diera recuerdos de mi parte. ¿Qué otra cosa? Estará hecho caldo, lo conoce todo el mundo y no tendrá ganas de más. Y después de todo puede que ahora, cuando ha tenido el susto grande, vuelva a venir por aquí para verme tal y como otros están haciéndolo. Ya cuando éramos chavales la cosa iba así. Yo era algo más mayor y tontorrón que ellos, leía libros y todas esas mierdas y si tenían que confesarse con alguien, si tenían que hablar de algo que les daba vergüenza hacerlo con los otros, era conmigo.

El sábado pasado por la mañana vino al bar uno de los que se fue del pueblo. Lo hizo con su novia, una mujer de esas que no te extrañaría ver haciendo un anuncio dirigido a mujeres maduras. Siempre se le dieron bien las mujeres. Era chulo, guapito, popular y sabía hacerlas reír. Él me enseñó a hacerme los canutos cuando ya andaba metiéndose rayas. Después fue él quien vino a preguntarme qué tenía que hacer para dejar de hacer el subnormal. Le dije que lo mejor sería dejar de estar con la gente con la que estaba. Y se fue de aquí.

Viene al pueblo por Navidad, en Nochebuena. Está tres o cuatro días, quizá cinco, pero no más. Después se vuelve a su isla y hasta el año que viene. Pero esos días que está por aquí siempre viene por mi bar, junto a la marabunta que suele traer y de la que yo siempre pasé bastante. La mayoría de estos, sino todos, viven fuera; pero vienen al bar porque él dice que hay que ir a mi bar. Llega, entra y con una gran sonrisa me da un abrazo. Después nos preguntamos por la salud y eso y empezamos al lío, sin más. Eso es todo. Y lo más curioso es que no siendo esta, ni de lejos, una amistad de las de aquellas noto su sincera alegría cuando me ve. Y yo, siempre tan escopetado, la agradezco de veras: la noche y el día tienen un rato en el que se complementan.

Se iban a correr al parque, me dijo. No le pregunté nada del porqué andaba por aquí no siendo Navidad. Bebieron sus cafés y se fueron a lo suyo. El martes o el miércoles, solo, volvió al bar. Y entonces ya, con cara seria, me dijo que estaba en el pueblo por su padre enfermo. Al día siguiente tenía que volver a su trabajo en la isla y venía para despedirse. Pronto llegaron sus amigos. Los dejé a sus anchas y ya se iban cuando mi amigo volvió:

- Nos vemos en Navidad, Kufisto
- Nos vemos

Nos dimos un abrazo y se fue.


He salido a comprar tabaco y whisky mientras escribía esto. De primeras pensé en hacerlo andando, no serían más de veinte minutos que me vendrían bien para despejarme un tanto. Pero hace frío. Y yo ya tengo cuarenta y cuatro años. Cada vez me gusta menos el frío.

Llaves del coche. Primer día de calefacción. Me pongo la bufanda, la cazadora de cuero de segunda mano y el gorro de la Real Sociedad. Bajo a la cochera. Abro la puerta mientras lo arranco y hago la maniobra. Perfecta. El loro está en modo AUX. Lo pongo en radio y sale la Clásica. No, no me apetece. Una pulsación más y aparecen los King Crimson con su jodido "In the court of the Crimson King" Los llevo puestos dese hace un mes, creo. Mis trayectos son tan cortos que se me olvida cambiarlos. Estoy hasta los cojones de King Crimson. Subo la rampa y salgo a la calle con mucho cuidado. No, no más "in the court of the Crimson Kiiiiiiing" por un buen tiempo. Lo quito y como puedo, sin mirar, saco un Cd cualquiera. Lo meto y son los Pogues en directo desde París...

Sólo me falta darle a las luces largas como Homer Simpson. Un imbécil que circula a paso de tortuga por delante mía aparca justo donde pensaba hacerlo. No me achanto y lo hago a continuación, tapando dos salidas de cocheras particulares. Pongo las luces de emergencia y me bajo del coche antes que él con "Streams of whisky" en la cabeza.

- Un Golden Virginia de 50, guapa -le digo a la estanquera

Me lo da y veo un pulmón negro abierto por la mitad

- Oye, encanto, dame otro haz el favor...

Me lo cambia y voy a irme cuando alguien me da un toque por detrás.

- Kufisto

Era el del coche de delante.

Era uno de los que no me caían bien cuando teníamos veinticinco años menos. Ahora, desde hace muchos años, es amigo por cliente fijo del bar, del café de la tarde y alguna que otra vez de un chupito. Más madridista que Bernabeú cruzado con Rubalcaba, es un pirao de los deportes, aunque discreto si ve que te importan los mismos tres cojones que a él el ajedrez.

Salgo un tanto trastornado por el breve encuentro y enfilo hacia el 24 horas. Podría ir al super que tengo al lado de mi casa y pillar la botella de whisky por cuatro pavos menos. Pero no, nonono...eso es sólo en última instancia. Precisamente ayer me topé con uno de sus encargados, un antiguo buen amigo, mientras iba hacia mi casa con las naranjas del moro de la esquina y no quiero verlo al menos tanto como él no quiere verme a mi: no sabía ni como ponerse mientras nos cruzábamos. Joder.

- Adiós, Kufisto
- Adiós, adiós...


Estoy aquí y he escrito esto. La noche ya está más que caída y mi gata anda jugando con el tapón de una botella en vistas de que ni subiéndose a mis espaldas le hago caso. Anoche, ya en la cama, me fijé en una mancha que tenía tras sacarla poco menos que arrastras del water de la habitación. Y pensando que era alguna de las pelusas que allí crían sus pelusillas fui a quitársela y me encontré un poco de mierda de gata al tacto y, sobretodo, al olor.

- ¡Me cago en tu puta madre!

La lancé como si fuese una jabalina y corriendo fui a lavarme las manos.


Hija de puta.


Después durmió conmigo y esta mañana estaba ronroneándome media hora antes de lo previsto, justo cuando la noche es más negra.


Luego me levanté, le di de comer y me fui para el bar con los malditos King Crimson.





sábado, 4 de noviembre de 2017

SEIS GRADOS

Eran asturianos. Él, siendo joven, había ganado en varias ocasiones el Campanu, algo que le permitió conocer al anciano Franco cuando este hacía sus excursiones de pesca por la región. Ángel, mi amigo, le hacía de guía y consejero en cada ocasión que necesitó de sus servicios, que fueron varias. Después no recuerdo si se hizo minero, o ya lo era cuando pescaba, o puede que fuera cualquier otra cosa. Ya hace años desde la última vez que nos vimos (poco antes de regresar a su tierra para cuidar a un hijo que había sufrido un gravísimo accidente de coche) y mi memoria se va perdiendo ante el continuo goteo de personajes que pasan por la vida: es como si estos, poco a poco y casi que de manera obligada, fueran empujando hacia el olvido a todos aquellos; aunque siendo yo todavía tan joven como era, la fuerte impresión de sus presencias dejaron una huella perenne a costa de algunos surcos en la suela. Pero que Ángel era un buen hombre es algo que recuerdo bien. Y que tenía una fuerza descomunal en las manos es otro algo que, este sí, recordaré mientras me quede memoria.

Vinieron al pueblo por el trabajo de ella, que era enfermera y poetisa de vocación y de cuyo nombre acabo de acordarme mientras escribo esta frase. Ángel ya se había jubilado de lo que fuera que fuese. Eran gente de bar y se pateaban todos los del pueblo. Y cuando digo todos, digo todos: conocieron algunos de los que yo no tenía noticia, y no éramos pocos. Pero la última parada siempre era en el que por entonces fue el nuestro y estaba más cercano a su vivienda. Bebían vino y hablaban con quien fuera. A nadie les caían mal, aún siendo esta una tierra tan huraña y desconfiada. ¿Pero como te iba a caer mal alguien que no se ponía pijama ni en invierno?

- Nunca, Kufistín -me decía Ángel con su perenne sonrisa
- Venga, no jodas -decía yo- ¿ni en invierno?
- Ni en invierno. Si siento un poco de frío engancho a esta y ya está -decía mirando a su mujer, unos diez años menor que él.

Y entonces ella, esa cuarentona de grandes tetas, anchas caderas y un tanto pasada de gorda, lo miraba como una poetisa sin nadie que la editara y nosotros nos reíamos. Y es que Ángel, aunque viejo, era una auténtica fuerza de la naturaleza. De estatura normal, delgado pero de complexión fuerte, huesuda, y con unas manazas que parecían rastrillos, era echártela y sentir como te crujían los huesos. Una vez me cogió por el antebrazo y creí que me lo partía. Yo creo que la verdadera fuerza de un hombre se ve en la de sus manos.

Me he acordado de ellos al ver a la pareja que ha llegado al bar mientras estaba recogiendo la tarea de las cañas. Ella es limpiadora, como me dijo el mismo día que me enteré era de un pueblo tan cercano como mágico cuando yo pensaba que por el acento era asturiana. Bajita y feúcha, ya tendrá bien cumplidos los cincuenta, pero de fuertes piernas que siempre enseña y un tremendo par de tetas que no necesita vender. Él también es bajito y tiene cara de pocas bromas. Trabaja en algo duro aunque tampoco recuerdo el qué. Su acento también es raro, como del Norte, pero creo que me dijo que era de algo más abajo, como de...¿aquí mismo? no me acuerdo. Ya hace años también.

Ella siempre está de buen humor. Yo siempre la veo como si viniera de follar. Hoy venían de comer paella gratis a causa de la inauguración de no sé qué movida. Lo malo es que ha coincidido con el primer día de lluvia en no sé cuantos meses y la cosa no ha salido como las autoridades esperaban. Se han tenido que recoger en donde han podido y al final ella le ha dicho a él que fuera a por el coche para comérsela dentro con más comodidad. Y eso han hecho. Luego han venido a mi bar para tomarse el café y la copa de crema ella y el pacharán él.

Estaba fregando los últimos platos cuando la oí chillar. Salí y no vi a nadie. Miré a la puerta y vi que estaban como ayudando a entrar a un viejo de bigotes. Y pasaron todos adentro sacudiéndose bien en el felpudo. Por lo visto uno de los dos viejos que acababan de entrar había estado a punto de estrellarse cruzando el paso de cebra. Su compadre lo había agarrado y con la ayuda de mis dos clientes la cosa no había llegado a mayores. Y ya una vez todos tranquilos estos se fueron y aquellos se acoplaron en la barra.

- ¿Qué van a tomar?
- Un Dyc con cocacola zero -dijo el accidentado
- Un café solo -dijo el otro, un tío delgado y curtido con un cerradísimo acento andaluz del sur

Lo puse y seguí a lo mío mientras ellos se iban a jugar con la tragaperras.

Por fin acabé la cocina. Salí afuera y seguían dándole a la máquina. Hacían una extraña pareja en un extraño día de lluvia. ¿Qué hacían en un bar como el mío estos dos personajes en este extraño día? En ese momento estaba sonando la música electrónica que de un tiempo a este parte suelo poner a la hora de los cafés. El viejo que estuvo a punto de acabar el sábado en el hospital vino a la barra, cogió su copa y se retiró hacía la máquina cantando "A quien le importa lo que yo haga..." No estaba borracho, eso era evidente, aunque quizá esa fuera su idea. "Qué cosa más rara..." pensé, huraño y desconfiado.

Bueno, después de todo el bar es una cosa muy rara a pesar de lo se crea la gente. Hoy, sin ir más lejos, con la mañana tan fea que ha hecho, la caja ha salido bastante mejor que otros días hasta arriba de luz y calor. Llevo toda la vida trabajando en esto y no pondría la mano en el fuego por el resultado del día ni aunque el mismo Ángel me la cogiera como al Caudillo.

Quedaba arreglar el salón, todavía lleno de vasos vacíos, servilletas arrugadas y chucherías de los demonios que por hijos tienen algunos. En ello andaba cuando oí al bigotes que la tragaperras no daba un duro. El andaluz no decía ná. Yo acabé y ya, por fin, me senté.

- Dame un whisky con hielo -dijo el andaluz- Y a este ponle otro de lo que beba.

"Joder, ¿otro? -pensé- ¿pero si este tío tendrá setenta años? ¿qué hace bebiendo dos J/B con cocacola zero? ¿de qué va esto? me cago en su puta madre..."

Volvieron a pagar y volvieron a irse con el cambio a la máquina, como dos chicos. Recogí la vacía taza de café del andaluz y vi que ni había tocado el azúcar, lo que unido a su whisky a pelo me dio una cierta idea de como iba el asunto.

Estaba viéndolos jugar desde la esquina de la barra cuando llegaron unos amigos; más bien uno, o ninguno, porque tanto como amigo...el tiempo no hace espacio. Pero en fin, gente de medio bien.

Y fue graciosa la cosa.

Al principio pensé que el otro que venía con la chica era un conocido maricón local que vive en el gran extranjero.

- ¿Como te va por Nueva York? -le dije convencido
- ¿Nueva York? ¡Todavía no nos hemos ido! Pero vamos que estamos a punto...-dijo agarrando a su novia- ¡Como te acuerdas, Kufisto!

Hará no sé, ¿tres o cuatro meses? ¿seis o siete?, estuvieron por aquí y coincidió con uno de esos raros fines de semana en los que cierro el bar. Y claro, pues con unas copas encima, sin llegar al terrorífico Armaggedon que me provoco cuando estoy letraherido, soy un tío simpático. Y con ellos, ya a puerta cerrada, estuve hablando de buen rollo, en plan "qué tío más cojonudo es este Kufisto con lo serio que parecía..." Tengo mis cosas, sí, pero sé estar con cualquiera cuando no estoy solo.

En fin, que pensaba que era nuestro maricón (un buen chico, todo sea dicho) cuando resultó que era el novio de la entusiasmada chica que yo empezaba a recordar de esa noche en la que Kufisto pareció ser una persona enrollada.

Tiene treinta años. Es joven. Es tan joven que se va a ir a Méjico con un amigo que no es su novio, aunque en el cicerone que les acompañará durante algunos días lleve la penitencia manchega. Él tiene un hermano que está de mochilero por Thailandia con su novia. Me ha enseñado fotos. Ella, su novia, no paraba de sonreír excitada ante la proximidad de su viaje, aún siendo ya a su edad una mujer que ha visto y trabajado mucha Europa. No se porqué me ha dado muy buen rollo. Hay gente que te causa ese estado. La gente natural, la de la vida viva, la que vive para que otros vivan sin ellos darse cuenta...


No sé. Sólo son seis grados para llegar a cualquier lado.


Seguro que mi padre pescó con Franco.







miércoles, 1 de noviembre de 2017

DÍA DE DIFUNTOS

Recordé su nombre cuando le oí llamar a su mujer, también olvidado por mi. Hacía años que no les veía por el bar pero tiempo atrás, cuando yo todavía trabajaba de noche, eran asiduos clientes de los viernes. Llegaban, se tomaban cuatro o cinco copas cada uno, charlábamos de algo si la cosa estaba tranquila y se iban después de discutir un poco entre ellos, conforme a ella se le iba calentando la lengua. Poco después tuvieron un crío y dejaron de venir al bar. Hoy lo he visto por primera vez y ya tendrá siete u ocho años, puede que nueve, incluso diez. Estaba jugando con los hijos de la pareja que ha llegado un poco más tarde. "Joder, es verdad -he pensado al ver de nuevo al hombre que había venido solo al mediodía-: estos se juntaban con estos...¡no me acordaba! Y mira que este lleva un tiempo volviendo a venir por aquí...pero no me acordaba, jajaja..."

Incluso este día, el de los muertos, era de celebración en otros tiempos. Venía al pueblo nuestra gente de Madrid y tras visitar las viejas tumbas de sus familiares se pasaban por el bar y todo era una fiesta: abrazos, bebida, comida, risas, lotería de Navidad y los chicos dando guerra. No faltaba nadie y todos nosotros éramos pequeños. Y los muertos lo estaban desde hacía muchos años. Nuestros padres todavía estaban fuertes y algunos incluso teníamos abuelos. La muerte era algo que estaba como podía estarlo cualquier cosa. Pero poco a poco fue llegando junto a sus enfermedades y hoy ha sido el primer año que no ha venido nadie de Madrid.

Este es un día fuerte en los bares. Todo el mundo va a ver las tumbas de sus seres queridos, o casi. El Ayuntamiento engalana sus calles durante los días previos tal y como si se vinieran unas elecciones. Viene mucha gente de fuera y han de hablar bien de su pueblo. Ya sean más rojos que un vómito de sangre, la tradición sigue siendo la tradición aún cuando ahora se pase la noche anterior rindiendo pleitesía y vasallaje a brujas y demonios bárbaros desde hace cuatro noches a las que yo no llego: no es que se rían de ellos sino que se ríen de quienes no hacen lo que ellos.

Hoy me levanté con una erección aún más fuerte de lo habitual. Ayer me fui a la cama a eso de las ocho y para mi sorpresa no me volví a levantar hasta la una y media. Me levanté para fumarme un pito y a las tres me quedé frito otra vez. Eran las seis y media cuando abrí el ojo y mirando el móvil, todavía con sueño, pensé en retrasar la alarma de todos los días laborables que ayer olvidé retrasar, pero no lo hice. Obediente sonó a las siete, justo cuando estaba echando el polvo del año. Me quedé un rato ahí, en la cama, los ojos cerrados, oyendo el Bron Yr Aur de los Zeppelin mientras desesperado seguía dándole a aquella morena...hasta que mi gata vino ronroneando a olerme los ojos.

Al final llegué al bar antes que Josemari, aunque no por mucho. Ayer le dije que se pasara a las ocho y media y él respondió que estaría allí a las siete y media, como siempre. Pero no eran las ocho cuando desde mi coche vi que no estaba su bicicletilla y en consecuencia tiré por la prensa. Al volver con ella todavía no estaba. Pero cinco minutos después oí unos tímidos golpes en la puerta.

- Kufisto, Kufisto...
- Voy...

Y le abrí, nos saludamos, le dije lo que tenía que hacer y se puso a hacerlo no sin cantar sus tibios fandanguitos mañaneros que tanto me gustan pese a las amenazas de algunos vecinos.

Josemari es mi Argos. Él sabe más que yo. Él estaba antes que yo. Lo conocí en el viejo bar, cuando afilaba cuchillos en la piedra que llevaba incorporada a su moto. Yo era un niño y él ya un hombre. A mi me daba miedo cuando mi padre me decía de llevarle los cuchillos para que los afilara. Pero él se reía, los cogía como si fueran de papel y empezaba a darle a los pedales de la moto muerta.

- ¿Qué más hay que hacer, Kufistico? -ha dicho al acabar su tarea de hoy con ganas de más
- Nada, ya está todo hecho

Le di lo suyo y ya se iba cantando un fandanguillo bueno en su bicicletilla cuando volvió

- ¡Kufistico!
- Quéeeee...
- No te enfades
- Qué me voy a enfadar
- ¿Te puedo preguntar algo?
- ¿Qué?
- Que si te puedo preguntar algo
- Joder...¿qué te pasa, hostias?
- Ná, hijo...sólo que si te puedo preguntar algo
- Pues claro
- ¿Tú crees en Dios?

¿Dios? ¿Creer en Dios?

- Sí, creo en Dios.
- Pues toma

Y me soltó un pequeño crucifijo metálico.

- Gracias
- De nada, Kufistico
- ¿Y tú? ¿crees en Dios?
- Claro, Kufistico. Si no crees en Dios, ¿en qué vas a creer? -dijo sonriendo

Y se fue cantando.

Metí el Cristo en mi bolsillo de los billetes y esperé a que viniera la gente.


- Yo lo que quiero es estar como Kufisto -le oí decir a Carmelo- ¡Míralo, si está hecho un figurín!


- Adiós, Carmelo
- Adiós, Kufisto


Estaba recogiendo cuando Gonzalo llegó por su café con leche. Es un buen chico con problemas que un mediodía, falto de medicación, estuvo cerca de montarla de no ser yo quien en ese momento estaba detrás de la barra.

Salí a fumar. Él salió después.

- El día de los muertos -dijo
- Sí -dije mirando los árboles
- ¿Tú crees en la reencarnación?
- Yo no sé ni el dos por dos, Gonzalo. Sólo recuerdo que mi padre murió hace ocho meses, que tengo cuarenta y cuatro años y que a mi edad él tenía cinco hijos y era el rey del mundo.

- Kufisto
- Qué
- Eres tremendo
- Ya
- ¿Vas a ir a ver a tu padre?
- No. No está allí. Allí no hay más que piedra, cemento y carne podrida. Lo veo todas las noches en mi habitación, en una foto que tengo. Es como era. Es como fue. Es como es...
- Kufisto
- Qué
- Ojalá y tu padre esté bien
- Seguro, Gonzalo, seguro...Y si no lo está que me guarden sitio, que si Dios no quiere a mi padre yo no quiero a Dios.