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jueves, 13 de mayo de 2021

DE LOS TRES MALES

 Bajé a comprar fruta. Naranjas, tomates y limones para el bar y ya de paso una docena de tomates raf, tres inquietantes calabacines, y unas "lolitas" para mi, un capricho adquirido desde hace poco; son enormes, están riquísimas y luego cagas que es gloria ver lo que has echado de tu cuerpo.

No había ni cristo en la frutería del moro. Claro que era el turno de tarde y la mayor parte de la venta suele hacerla por las mañanas al relance de la cercanía de tu supermercado de confianza, ese cuyas frutas y verduras son como el doble de caras y saben a última copa en garito ignoto, lo que unido a las ancianas jodeoras de los edificios de alrededor hace que esas sean horas a evitar en la medida de lo posible.

Entré, saludé, pedí unas bolsas grandes que Rida, solícito, me abrió sin necesidad de pedírselo ante mi sabida incapacidad para lograrlo sin cagarme en mi puta calavera y sin más inicié el habitual peregrinaje entre las bancadas bajo el gorigori de uno de los audiolibros que siempre llevo en mis orejas durante las salidas a cualquier lugar y más aún en este donde el reguetón anima de vivísima voz al personal del moro a realizar sus compras lo más rápidamente que pueda o a ponerse a follar allí mismo a mami, o a papi o a la puta madre que parió a este mundo perdido sin electrificar.

- ¿Qué tal, Kufisto? -me preguntó ante la báscula-
- Bien. De fábula - respondí con los auriculares puestos y el recuerdo de la mierda de mañana que había echado en el bar-
- Ya...

Es un chico joven, tendrá unos veintipocos años, lo conozco desde que apenas era un chaval y sus "tíos" todavía iban y venían por aquí hasta más ver. También él se fue pero luego, al cabo de año y medio o así, regresó junto a sus padres para alegría de nuestras ancianas en chanclas, madres de nido vacío y mujeres en general: es un moro guapo, moderno, simpático que pone una música marchosa y tal, no como su hermana que aparte de ser más fea que un tiro de mierda era tan jodidamente desagradable que la familia no tuvo más cojones que mandarla a su otra frutería en la punta del pueblo y dejar en esta a la madre, una mujer brava pero que sabe como funciona el asunto.

- Oye, Kufisto -me dijo-
- ¿Qué?- 
- Tú que sabes...¿como va lo de las vacunas?
- ¿Como va de qué?
- Mañana vacunan a mi madre y no sé. Dicen que hay una vacuna mala-
- Astra Zeneca -respondí-
- ¿Astra Zéneca?
- Sí. Esa es la mala.
- Espera.

Cogió un boli y un pedazo de papel.

- Dímelo, por favor.

Se lo dije. Vi como la escribía. Mal.

- ¿Y la buena?
- Pfizer

Lo escribió. Peor.

- Vale...La buena es esta y la mala...esta-
- No -lo estaba poniendo al revés- La buena es esa y la mala es la otra-

Dios Santo.

- Ah, vale. ¿Ahora sí?
- Eso es -dije- La buena Pfizer, la mala la otra.
- Ajá...Gracias, Kufisto-
- De nada, Rida-
- Me voy a ir con ella. Y si intentan ponerle la otra, la mala, le voy a decir que se le ponga su puta madre
- Harás bien
- Gracias, Kufisto-
- De nada, hombre, adiós-
- ¡Espera!

Y me dio medio melón.

- Oye -me dijo- ¿qué vas oyendo hoy? ¿El...como me dijiste el otro día que tanto te reías?...
- El Buscón-
- ¡Eso! ¡El Buscón! Lo miré en Internet cuando te fuiste...¿Pero es muy viejo, no?
- Sí que lo es, sí, viejísimo...Pero hoy estoy oyendo algo más moderno- dije-
- ¿El qué?
- "Así habló Zaratustra" 
- ¿Es bueno?
- Joder, buenísimo


- Muchas gracias, Kufisto
- A ti, Rida





domingo, 2 de mayo de 2021

DÍA DE LA MADRE

 La verdad es que cuando uno lleva tanto tiempo escribiendo (aunque mal) no resulta tan sencillo dejar de hacerlo. Son muchos años con ello y mucha la solitaria ilusión vertida sobre el teclado. Durante algún tiempo creí estar a punto de conseguirlo, sobretodo entre el 2012 y el 2013. Recuerdo que entonces escribía muchísimo y algunas historias me parecían realmente buenas. Hubo noches, no pocas, en las que antes de dormir me releía a mi mismo y pensaba: "¡joder! ¡esto es bueno!" Y creo que fue pensando en mejorarlo, leyendo a los muy grandes, a los demasiado grandes, que poco a poco la cosa derivó a una especie de introspección excesiva, muy acentuada por la necesidad de alcohol para ponerme a ello. Claro que también cuenta una cosa: durante aquellos buenos años yo trabajaba de noche y escribía al día siguiente; resacoso, claro, pero no borracho como pasó después. Y hasta hoy. 

Eran escritos más ligeros, paisajísticos, de ojos afuera, casi siempre ribeteados por un trasfondo risible cuando no directamente jocosos. ¿Menos cuidados, "peor" escritos? puede. Pero eran honrados aún en los momentos pretenciosos. Hay una luz en la resaca; mortecina, sí, pero luz. Y siempre será preferible una luz tibia que un proyector intermitente. Al menos para mi. Pero en la borrachera buscada todo acaba con un fundido a negro. Desde entonces no he vuelto a releerme ninguna noche. Es más, son incontables los textos que desde entonces he retirado al despertar el día siguiente: me daban asco sólo de pensar en ellos. 

Todo era muy inocente en aquellos primeros buenos tiempos primeros, casi infantil. Yo estaba tan mal después que mi ex me dejó (la única razón por la que empecé a escribir) que la cosa salió como una especie de auto-terapia, de auto-curación, de auto-salvamento. Estuve un año matándome a beber por ahí y entonces mi madre llegó una tarde al piso con mi tío el manitas y un ordenador de mesa. Él lo instaló y todavía hoy, doce años más tarde, sigo escribiendo en él.

Y me curé, sí. Me curé. De hecho creo que fue "Eran 73" (una de mis historias preferidas) la que definitivamente enterró toda aquella basura: no había bastado con haberla vivido tiempo atrás, tendría que escribirla, tenía que leerla, para darme cuenta de la enorme injusticia que estaba haciendo con mi vida. Todavía hoy, durante algunas noches de pedo en que la cuelgo en el foro por trigésima vez, me emociona. De hecho sigo pensando que no he escrito nada mejor. Hay otras de ese tiempo que no me avergüenzan, pero esa era yo naciendo por mi polla. 

No habría llegado hasta aquí, lo tengo claro, sin la ayuda de mis amigos. Amigos que no conozco, amigos a los cuales no he visto en mi puta vida. De todas formas no he tenido muchos amigos. Ahora mismo puedo decir que no tengo ninguno fuera del ordenador. Y dentro de él, uno. Tampoco los busco. Siempre he sido un solitario. Estar con la gente me agota, es un constante "mi mi mi": "Me gusta esto", "pues a mi me gusta esto", "no me gusta esto", "pues a mi no me gusta esto", "qué día hace", "odio días como estos", "ayer leí a Huysmans" "ah, ¿y quien es ese?", "un escritor francés del siglo XIX", "ponme una cerveza"

Pero bueno, uno llega y a sus 46 años se encuentra con que por orden del gobierno no puede salir de su puto piso ni para trabajar (aunque no para pagar impuestos) y teniendo tiempo y poco a poco viene a ponerse en forma. Al cabo vuelve al trabajo pero sigue con ello, pequeñas lesiones mediantes: retoma el saco, la tabla gimnástica...todo eso. Me pongo fuerte. Tan fuerte como para verlo todavía más claro que cuando "Eran 73" Con todo pronto caerán los 48 y se va notando cuando me animo demasiado: pequeñas molestias, dolorcillos, pastillitas,  control...No sé pararme. No sé controlarme. Bueno, mentira: ahora mismo estoy escribiendo esto por no liarme a hacer ejercicios que no debo; pero también estoy bebiendo para no hacerlo.

En este punto de la historia empiezo a beber whisky. Ya llevo un par de litros de cerveza y sé que el whisky va a joderme, pero no importa. Tengo claro no salir de casa, al menos tan claro como la última tarde en la que escribí y estuve a cero coma de salir. Son las seis menos veinte y hace un sol del carallo, que decían aquellos cuando yo era chico.

Mañana descanso. Eso es una buena noticia. Borges no trabajó en su vida y no le quedó más que hacer sino escribir. Se inventó mundos, como el gran Lovecraft, y lo hizo bien; o al menos tan bien como para que otros se animaran a ello, como esos que se tienden con las cabezas en las vías del tren antes de que lleguen los extraterrestres.


El demonio está en el whisky, mama.


Feliz día.