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martes, 30 de julio de 2019

PROBLEMAS DOMÉSTICOS

Bueno, digamos que la lámpara se rompió hace unas noches y no era plan de seguir con su cadáver desmembrado a los pies de la cama. Claro que no le hizo ella sola, eso es físicamente imposible, supongo, pero sobre el como fue será mejor correr al menos un velo que no hace falta sea muy tupido pues tampoco yo recuerdo muy bien lo sucedido aquella trágica noche. Casi catorce años llevaba conmigo. No voy a decir que la echo de menos, es difícil echar de menos a una lámpara aún para alguien como yo; es más, me importa tres cojones y me alegro de haberla destrozado al fin. Ya llevaba mucho tiempo que no era la misma que cuando alguien la puso ahí (yo no, por supuesto) y se ve que este último embate, fuera el que fuera, fue demasiado para ella. Al despertar estaba descabezada, la bombilla hecha añicos (podía recordar una pequeña explosión) y la tarima flotante presentaba un aspecto muy poco amigable en esas circunstancias. Con mucho cuidado lo dejé para después (una de mis especialidades) y aquella misma tarde al menos barrí los cristales. Y hoy, pasados tres o cuatro días, me decidí a quitar de mi vista los restos muertos y bien muertos de la lámpara.

La primea noche la pasé a oscuras. Recordé que tenía unas gafas de lectura con dos puntos de luz del Lidl y probé a leer con ellas. Era un suplicio, podía ver como bichejos volando a los lados. Estas putas criaturas sólo se ven cuando la luz es mínima y procede de tus ojos. Me puse de muy mala hostia y pronto dejé de intentar leer algo. No es que soñara con esos bichos pero qué puto asco dan. Dicen que hay trillones de ellos en nuestros colchones y que hagas lo que hagas, aunque lo hundas en amoníaco al despertar, siempre estarán allí. Tienen un aspecto horrible vistos desde los demoníacos microscopios. Mi madre se puso mala cuando supo esto, le tiene un miedo horrible a los bichos y tampoco se puede decir que le gusten mucho los animales. Nos tiene dicho de siempre que la quememos cuando muera. No puede soportar la idea de ser devorada por los gusanos. Mejor el fuego y luego cenizas. Si no supiéramos tanto viviríamos más tranquilos. Parece que todo conocimiento está hecho para joderte: o eres tan pequeño que no pintas una mierda en el infinito Universo que te ignora o eres tan grande que no puedes ni imaginar las horrendas y casi invisibles criaturas a las que sirves de alimento durante tu supuesto descanso. Y no hablemos cuando este sea eterno. Ahí ya da casi para llorar. Mejor el fuego y polvo eres, polvo serás y jódete que bastante te llevas con haber dejado que vieras todo esto durante un rato, mamón. Madre mía qué puta locura.

La segunda noche hice un apaño con la lámpara del otro lado del cabecero. Esta no tenía ni bombilla desde hace años. Probé con una parecida que tengo en la lámpara de pie del salón pero el pitorro era demasiado gordo y no se enroscaba. Fui a comprar la indicada al centro comercial sin olvidar de llevarme la del pitorro gordo para dar a entender lo que quería. Es ridículo pero es así.

Pregunté por la sección de bombillas a una muchacha reponedora con aspecto de saber lo mismo que yo de las diferencias entre los pitorros de bombillas y me mandó a un par de pasillos más adelante. Había un buen muestrario allí, demasiado bueno para mi. Con todo y tras mucho mirar con desconfianza pude comprender que tampoco era tan grande el inventario de pitorros. Yo imaginaba que serían casi infinitos, como todo, pero parecía haber dos únicos calibres: el gordo y el fino. Claro que esto bien pudiera deberse a un fallo de mi percepción visual y que los gordos no fuesen todos iguales de gordos y los finos lo mismo. Pasé mis buenos diez minutos comparando los unos con los otros. Estaba solo en aquel pasillo, llevaba los auriculares puestos y me sudaba un tanto la polla parecer tan subnormal como suelen parecerme a mi otros en situaciones similares. Al final me decidí por una de las de pitorro fino y al salir del pasillo encontré al chico encargado de esa sección. Le conté mi problema y respondió que no me preocupara, que sólo había dos tipos de pitorros, el gordo y el fino, y que si el que había traído de casa no había valido sin duda alguna ese que acababa de adquirir resolvería el problema. Por supuesto él no habló de pitorros, era un profesional y dijo la palabra correcta que sepulta a pitorro en el gran colchón del desconocimiento por el retraso. Lo importante era que yo llevaba dinero para pagarlo y que alguien que va a comprar una bombilla con otra de su casa en la mano nunca parece un tipo peligroso sino más bien precavido, con todo lo que conlleva palabra tan poco nietzscheciana.

Pasé por caja después de comprar el resto y cual no fue mi sorpresa al descubrir que en una de las bolsas (había echado dos en el carro y me había sobrado espacio con una) yacían ocultas las dos bombilla, tanto la mía de casa como la mía de allí. No había saltado ningún pitorro indicador de robo y dudándolo un poco eché a andar con el carro hacia la salida. ¿Habría allí otro pitorro de robo? No diré que con el corazón en un puño pero sí un tanto inquieto por la inesperada situación enfrenté el reto de salir por la última puerta automática, puerta a la que nunca he prestado la menor atención de si está provista de pitorros vergonzantes porque yo nunca robo nada. Nada saltó y ya fuera ni me lo pensé: al coche y pá casa.

La probé en la lámpara del otro lado de la cama y resucitó al instante. Fue hasta hermoso. La esperanza en una vida eterna puede con lo que no vemos y con quienes no nos ven. Esto también es absolutamente ridículo, pero qué más da. La resurrección, la tuya y la de tu madre, la de tu padre y algunos más, la de los otros y todos esos volvía a estar ahí en la luz de esa pequeña bombilla de pitorro fino muerta desde hace tanto tiempo. Era mediodía, estaba de descanso, iba a comerme un cocido con la familia y su nuevo y pequeño componente y la vida era bella y la muerte no es nada cuando hay luz y un cocido.

Sólo quedaba deshacerse de la lámpara, está sí, bien muerta. La esperanza de los totalmente muertos creo que no es tan grande como la de los que sólo lo están parcialmente.

Y hoy ha llegado el día. Lo primero era quitar los malditos cabeceros que colocaron ante mi proverbial desidia, pues la idea de cortar el cable con unas tijeras y dejar un pedazo ahí colgando quizá envueltos en cinta aislante (¿era así, no?) no me resultó muy atractiva. Detrás de ellos, tan pesados como las cajas de algunos muertos, se hallaban los enchufes liberadores de tanta destrucción. Cual no fue mi sorpresa y absoluto abatimiento cuando después de un titánico esfuerzo por quitar esos armatostes de su casi inaccesible marco vi que ahí no había enchufes, o no como yo los conozco, de esos que tienen dos agujeros y les metes los pitorros y ya está, no: era una especie de cuadro oscuro con varios cables sujetos a él. Me dio hasta miedo.

Miré en Internet. Siempre miro en Internet cuando encuentro algo que no entiendo. Casi siempre me vale para salir adelante. Pero esto, joder...aquí estaba jugándome casi la vida aún con el automático quitado y requitado.

Encontré un vídeo y la cosa resultó mucho más sencilla de lo que esperaba: simplemente tenías que quitar el automático y tirar de los cables que deseabas quitar. Así lo hice y por fin la lámpara muerta quedó a mi merced. La metí casi con odio en una bolsa del DIA que dejé colgado en la silla de la cocina para tirarla después al salir. Por supuesto no lo hice, me olvidé y más que probablemente pase lo que queda de la semana sin hacerlo. Es como si quitando el lunes que descanso y tengo tiempo para pensar en esas cosas como tirar la basura, limpiar el arenero de la gata, quizá cambiar las sábanas o fregar algo un poco el resto de días mi casa me importara tres cojones. Después de todo no deja de ser un piso de cemento y ladrillos y no creo que las piedras sufran, o al menos por el momento no se ha descubierto al microcospio, que todo puede ser, pero mejor que no lo descubran hasta después de mi partida de toda esta locura porque entonces esto ya sería para cagarte vivo.

Claro que...claro que...todavía quedaba un gran, grandísimo problema: ¿qué hacer con los otros cables. Y aquí ya casi que vino el pánico. Cables eléctricos colgando encima de la almohada y yo con mis tardes inspiradas de esas...Podía ser el fin, pero perfectísimamente que podría ser el fin.

Pero un momento, tranquilidad, para algo está la cinta aislante, ¿no?, eso lo utilizan para estas cosas. Lo enrollan alrededor del cobre (¿es cobre, no?) y ya se acabó el milhombres, ya no tenemos a nadie, ya no hay nada que temer, todo está bajo control, cutre y patético, sí, pero sin peligro alguno, sujeto a las leyes de la cinta aislante y la electricidad, sean las que sean, que tampoco quiero conocerlas, sólo quiero resultados, coño, que piensen otros, yo pago mis impuestos, no defraudo a Hacienda (¡hola!) y no robo, o casi, y si lo hago es por descuido y con cargo de conciencia, que soy autónomo, hostia, que soy de los que reman y un poquito de humanidad...

Con todo y eso llamé a mi tío el manitas para confirmar. Y mejor aún, para que viniera a casa a dejarlo niquelao como tantas otras veces lo ha hecho con tantas cosas que no sé hacer.

- Buenas, tío
- Hola, Kufisto
- Oye, tengo un problema con un enchufe y quizá pudieras venir...
- Ahora no puedo, tendrá que ser ya mañana...
- Joder (se me cayeron los cojones al suelo), es que lo tengo en la habitación, en el cabecero
- Bueno hombre, pues ponles un poco de cinta aislante y ya está, no pasa nada.
- ¿Ah, entonces basta con eso?
- Sí, hombre
- Bueno, pues gracias y hasta mañana
- Venga, hasta mañana, Kufisto...¡Espera, espera! Y no se te ocurra cruzarlos. Envuelves cada uno en cinta por separado, ¿comprendes?
- Claro, claro es evidente (era justamente lo contrario de lo que pensaba hacer)


Y eso he hecho con bastante éxito. Ya lo de la limpieza general que había pensado acometer en un momento de extrema indignación mejor lo dejamos para mañana.

domingo, 28 de julio de 2019

A BREAK IN THE CLOUDS

Anoche bebí demasiado y hoy desperté con una buena resaca. Llegué al bar de mala leche, masticando almendras tras haberme tomado un ibuprofeno. No había esperado ni a comer algo para hacerlo del dolor de cabeza que tenía. Josemari estaba esperándome en la puerta para limpiar. Nos saludamos, cogió la bolsa y pasamos para adentro. Paco llegó cuando ya habíamos terminado, a eso de las nueve y pico, justo después que mandara a Josemari por una malla de ajos del moro. Yo no estaba de humor y él sí, como siempre que empieza un nuevo día en su vida. Le di una mala contestación a una de sus bromas y al rato se marchó con su bastón a otra parte, ofendido, gritándome un adiós de enfado que oí desde la cocina. Vi que iba calle arriba y supuse que iría a la cafetería del hospital. La segunda vez que salí a la puerta, unos diez minutos después, lo vi sentado en el primero de los bancos que hay de camino. Estaba fumando apoyado en sus rodillas y el sol ya le daba en la cara. Josemari andaba dándole los últimos retoques a la barra y sin decirle nada lo dejé allí solo canturreando sus fandangos.

- Paco -le dije suavemente
- ¡Qué! -contestó con algunas lágrimas en los ojos
- Oye, perdona hombre...Ayer pasé una mala noche y no he dormido bien...
- ¡Y a mi que me importa!
- Venga hombre, vámonos para el bar que aquí no estás bien...
- ¡Que no he dicho! ¡Me voy con mis amigos!
- ¿Con qué amigos?
- ¡Con los del hospital, que esos sí me quieren!
- Yo también soy tu amigo
- ¡No! ¡A un amigo no se le trata así!
- Perdóname, tío, lo siento de verdad...Venga, vamos para el bar -le dije echándole mano a su bastón
- ¡Deja eso ahí! -respondió al sentir que lo cogía del banco para desplegarlo
- Pero Paco, hombre...
- ¡Que lo dejes he dicho!

Lo dejé y volví al bar sin él. Se paró a fumar en todos y cada uno de los bancos, apenas separados veinte metros los unos de los otros. Casi no puede caminar de la insuficiencia respiratoria que padece (está al 40% de capacidad pulmonar según me dijo hace unos días) y entre eso, lo otro y el sobrepeso le cuesta cada vez más desplazarse de un sitio a otro. Finalmente, al cabo de unos veinte minutos, le perdí de vista durante otra de mis salidas a la puerta.

Regresó al mediodía. Otras veces el enfado le dura algo más de tiempo, pero hoy domingo no abre el otro bar de la calle y tiene que conformarse con el nuestro, que es el suyo: "Paso más tiempo aquí que en mi casa, me dice mi madre" Y así es en verdad.

Ninguno mencionó el incidente de la mañana y todo volvió a la normalidad.

Eran las cuatro de la tarde cuando bajó al bar. Yo ya lo tenía todo recogido y apenas había un par de clientes en la mesa del fondo.

- ¿Qué tienes puesto? -preguntó por la música- ¿la radio de esos?
- Los Jayhawks
- Eso, los jaicuás esos que pones ahora -le gusta burlarse de mi diciendo todo lo mal que puede el nombre de las bandas que me gustan-
- Esos mismos. Mal dichos pero esos mismos
- Yo no sé inglés. No me acuerdo de nada de lo que estudié
- Yo tampoco
- Por donde te dé. Ya te cansarás de ellos como te pasa siempre. ¿No pones techno?
- Ahora después
- Vale. Ponme una manzanilla y una botella de agua -dijo apurando el café- Me salgo afuera, a fumar. ¿Me lo sacas ahora?
- Claro
- Bueno

- ¡Kufistooo!
- ¡Quéee!
- ¿Puedes salir un momento?
- Voooy

- Oye, se me ha caído el mechero...o lo he perdido, no sé

Miré al suelo y no vi nada más que colillas

- Aquí no hay nada, Paco...espera, sí. Aquí detrás de ti.
- Gracias. Oye, ¿y el tabaco?
- ¿Qué tabaco?
- El que he sacado antes
- Pues no sé, lo tendrás en uno de los bolsillos. Antes me pareció ver como te lo guardabas en el bolsillo de atrás. ¿No será ese que llevas en el bolsillo de la camisa?
- No
- ¿Y en el del pantalón?
- No, ese es otro
- ¿Y en el bolsillo de la otra pierna? Ahí se nota otro bulto
- No, ese es otro...Me voy a volver loco
- Jajaja...-me reí con tantas ganas que también él acabó riendo-
- No sé donde he dejado el dinero
- ¿Qué dinero?
- El que tengo en casa. No sé donde lo he dejado. He mirado por la cama y la habitación y no lo encuentro. Se lo diré a mi madre a ver si lo ve
- Joder, Paco, que despiste tienes encima. Ya llevas unos días que te confundes con los billetes a la hora de pagar. Eso no te había pasado nunca. Ten cuidado por ahí.
- Sí, es verdad, no sé qué me pasa.

Volví adentro pero me quedé observándole. Fuma en cadena. Tira un cigarrillo, echa un traguito de agua y enciende otro. Chupadas fuertes, profundas, tanto que a veces no se traga la primera bocanada de humo. Ayer conté dieciocho colillas en apenas dos horas. Todo el mundo está preocupado. Su anciana madre, ya de casi ochenta años, viene a verme alguna que otra mañana para rogarme que a ver si le hablo para que fume menos.

- Lo hago, Vicenta, lo hago, pero ya sabe usted como es él de terco

Es una señora que se conserva estupendamente para su edad. Cuidó de su marido impedido los últimos once años de su vida y a pesar de eso siempre anda por ahí con una bonita sonrisa en el rostro, una de esas que apenas puede explicarse quien conozca las circunstancias de su vida.

He de confesar que hoy me he asustado de la forma en la que fuma Paco. No es que no lo hubiera visto nunca, pero sabiendo su estado pulmonar y el evidente deterioro de su capacidad física ha sido como verlo por primera vez. Es como si se estuviera matando a conciencia. Y aparte de todo esto me he dado cuenta de que ahora habla solo, o murmura al menos.

Los dos clientes se fueron. Apenas faltaban veinte minutos para el cambio de turno. Puse techno, me hice un pito y salí para afuera.

- Ya tienes el techno
- ¡Ya está bien!

Acabé por sentarme con él. La tarde era magnífica y no se veía un alma por la calle. No era el día para cansinearle con el tema del tabaco y hablamos de otra cosas. Más bien le escuché, se ve que tenía ganas de hablar con alguien.

Adoptó el tono de voz de quien cuenta un cuento a un niño pequeño.

- ¿A qué hora llega tu hermano? -lo sabe mejor que yo pero le gusta preguntarlo
- Pronto pero tarde, como de costumbre.
- Jajaja...Sí, tiene ese fallo. La puntualidad no es lo suyo
- No, no lo es
- Nadie es perfecto -dijo
- Nadie lo es -confirmé
- Yo tengo lo del tabaco, tu hermano lo de la hora y tú tienes lo tuyo
- Claro que lo tengo
- Pues ya está, ¿qué más da? Son fallejos que se pueden solucionar

Y me habló de cuando piensa quitarse de fumar, del nuevo día que se ha fijado.

- Ese es el día que murió tu padre -dije yo

Y se quedó como sorprendido, como si no hubiera caído en ello.

- Sí, es verdad...Dos años ya.


Mi hermano llegó sólo doce minutos tarde según el reloj parlante de Paco. Cogí mis cosas, me despedí de él y después de cambiarme salí a pasear.


No encontré a ningún otro caminante durante todo el trayecto. Apenas circulaban coches y algún que otro patín eléctrico de esos. Iba escuchando a los Jayhawks y pensando en Paco, en como ayudarle, en no sé, quedar con él y llevármelo al parque a ver los patos, allí hay muchos bancos y podríamos sentarnos en cualquiera de ellos, luego andar un poquito, parar otra vez y volver a andar, poco a poco, pasito a pasito, él cogiéndome del brazo, contándonos cosas, no sé, o ir a algún bar a tomarnos algo, sacarlo de ahí, de su barrio, de su círculo, de su rutina, hacer algo, pero hacerlo de verdad no sólo pensarlo como siempre, jodido gilipollas, maldito borracho capaz de hacer llorar a un pobre ciego que se está matando...



I just want to remember you
The way you're standing there
With that hurry home looks in your eyes
And flowers on the table
Sometimes I see too much
Sometimes I see too little
Sometimes shadows fall, darken all
And cover up the fable
Every time that I see your face
It's like cool, cool water running down my back
Cool, cool water running down my back
Sometimes I see my memories
Like a film that never stops
Although I know how it ends
Still I can't help but watch
There's a break in the clouds
As I feel myself shiver
Still there's no light coming through
No reflection



sábado, 27 de julio de 2019

LA MONTAÑA MÁGICA

El ultimátum había sido claro: o me pasaba por casa de madre o todos esos viejos libros iban a terminar mal. Los de Punto Limpio habían sido avisados y no tardarían en concertar hora y día para la recogida de toda esa basura. Uno de mis hermanos, el último que vive en la casa familiar, había descubierto durante una limpieza vacacional que bajo su catre, el mismo en el que yo dormí durante veinte años y en que él lleva haciéndolo unos quince, había encontrado una plaga de termitas. Y siendo él como siempre ha sido el más violento de todos nosotros poco le faltó para prenderle fuego.

Todo había empezado por una rotura en la cañería oculta tras el gran armario abandonado posterior a la habitación, ya en la zona del pequeño patio y el angosto cuarto de la caldera. Se llamó al seguro ante la casi incredulidad de mi madre (ella no entiende de eso, es decir, que tengas derecho a unos servicios por los que pagas sin hacer nunca uso de ellos) y se concertó una cita para ver los daños y comprobar si los cubría el seguro, cosa que con la inestimable ayuda de mi tío (la némesis de nuestra madre) se consiguió sin mucho esfuerzo. Ella apenas sabe escribir y menos aún leer clausulas y contratos de esos. Ella se puso a trabajar con doce años, a los trece empezó a ser cortejaba por mi padre que tenía veinte ("¿pero qué quiere usted, señor?, déjeme, déjeme..." me contaba a veces mi padre entre risas) y cuando tuvo 21 se casaron y parió cinco hijos varones que crió al mismo tiempo que regentaba una tienda de ropa junto a su cuñada (la mujer de Némesis), por lo que eso de cultivarse o vivir experiencias en otras culturas fue algo a lo que no llegó sin pena alguna de su parte, bien es cierto. "Los años que pasé con tu padre fueron los más felices de mi vida, Kufisto -me ha dicho muchas veces desde que él murió- Con sus cosas buenas y sus cosas malas, claro, pero los más felices. Yo no podía ser más feliz que estando con él, los dos solos, los dos juntos. Y ahora que podríamos estar tan bien en la vejez, ya con todos vosotros por fin bien encarrilados...Lo echo mucho de menos" Y es que mi madre fue maltratada por la suya hasta que se casó. "Era mala, Kufisto...mi madre era mala", cosa que no le ha impedido cuidar de ella durante estos últimos años de vida, cuando ya sin fuerzas tuvo que resignarse y dar su brazo a torcer para ser llevada a una exclusiva residencia de ancianos donde no había día por malo que fuera en el que su hija mayor fuera a verla para estar con ella y adecentarla como sólo hacen quienes han amado mucho. Las veces que la he llevado por ausencia de su otra hermana conductora siempre la he visto pasarla al servicio de la habitación para cambiarle el pañal o lo que hiciera falta. La yaya hace tiempo que no reconoce a nadie pero no deja de decir que vayan a visitarla. Y mi madre no falla porque las nueva experiencias en forma de viajes para viudas como ella o divorciadas como su hermana pequeña no son cosa que vayan con ella por más que lo hayamos intentado. "Ahora la quiero más que nunca, Kufisto"

- ¿Donde están los libros, Juan? -le pregunté a mi hermano sin pasar a la habitación abierta de donde venía un inconfundible olor a marihuana.
- ¿Qué libros? -dijo una voz
- Los que dice mama que mire por ver si me vale alguno
- No sé...

No tenía ganas de hablar. No tiene ganas de hablar conmigo. Creo que piensa que buena parte del fracaso que siente es culpa mía por ser el mayor y no haberlo parecido. Yo debería haber sido de otra forma, como lo fue mi padre, supongo, pero no pudo ser. Y Juan, que de todos nosotros es quien dicen más se parece a él (yo no estoy de acuerdo, en mi opinión es el cuarto), harto de haberme visto entre libros que él jamás leerá y con la idea fija de haber dormido durante años encima de las termitas pasó de mi.

No pregunté más pero eché a andar el pasillo y ya en el cuartillo de la calefacción vi perfectamente apilados los libros entre otros enseres variados.

Diré la verdad: la razón principal, casi la única que me había llevado hasta allí tras salir de trabajar en otra infernal tarde de julio en La Mancha, era dar por fin con el espléndido tablero de ajedrez de madera que mi tía la bohemia me regalara por un lejano cumpleaños de infancia. Sería 1983 o por ahí, yo no tendría más de diez u once años y aquello no duró mucho. Recuerdo que aquellas vacaciones, como unos dos meses después del cumpleaños, nos lo llevamos con nosotros junto al libro de iniciación para niños que lo acompañaba, un ejemplar magnífico de tapas duras que entre los consabidos monigotes característicos para representar las piezas de una manera divertida con el fin de así azuzar el interés venía con un texto en letras claras donde te explicaban como iniciarte en el noble juego. Claro está que durante el día andábamos de acá para allá, el mar, la playa y todo eso, pero no he olvidado que después de cenar en el apartamento (mi hermano Marcos y yo nos atiborrábamos a bollos de salchichas con mahonesa) nos sentábamos en el suelo a jugar al ajedrez mientras nuestros padres y la yaya (sí, la yaya) salían a la terraza para ver la peli que estaba echando el cine de verano de enfrente. Al final mi inseparable hermano y yo siempre acabábamos a palos, como de costumbre, y casi que despertábamos a Juan que por aquel entonces tendría seis o siete añejos. Y a dormir calientes.

No estaba. Lo he perdido o lo tiene Marcos y no quiere decírmelo. Hace tiempo que vive lejos de aquí con su familia y nos vemos poco. No creo que lo tenga, me lo ha dicho otras veces. En fin, habrá desaparecido. Aquí no llegue a traérmelo cuando me fui de casa, estoy seguro...¿o no? Joder, ya no sé qué pensar, no me acuerdo bien. Tengo tantos trastos en las habitaciones vacías...pero he mirado muchas veces y no lo he encontrado. No, joder, no. No llegué a traérmelo. ¿O puede que sí? ¿o era otro ese del que te estás acordando ahora mismo? No, no, no...No puede ser

Los libros estaban apilados a lo alto, como no podía ser de otra manera en vista del espacio. Tuve la suerte de que la puerta estaba calzada con algo envuelto en una bolsa de basura que era lo suficientemente duro como para aguantar mi peso durante el escrutinio. Bueno, estoy acostumbrado a cagar en cuclillas, peso setenta kilos escasos, pero la idea de ponerme en ellas tras diez horas de trabajo en el bar no resultaba demasiado atractiva. Así que sin ver qué era lo que iba a aguantarme me senté encima y empecé a pasar títulos.

Al final me llevé casi todos. Sólo dejé la casi totalidad de una colección de libritos pretendidamente humorísticos de esos que publicaban los diarios cuando llegaba agosto. Algunos estaban todavía con el precinto. También había discos y me los llevé todos. Algunos no me sonaban a mi padre y abriendo uno que daba demasiado cante vi que era de mi tío el rockero. El viejo plato del equipo de música de mi padre también lo eché a una bolsa. Allí Marcos y yo jugábamos a los clicks de Fámobil cuando éramos niños. Lo poníamos a 78 rpm y salían volando. El Dark Side of the Moon estaba entre ellos. Miré la fecha: 1973.

Llené siete u ocho bolsas de supermercado con todo el material. Supongo que tanto mi hermano como mi madre fliparían al verlo. Allí sólo quedaron unas cuantas tejas, los libros descartados y poco más. Sólo tuve cuidado en dejar uno a la vista para que no se me olvidara: el primer tomo de "La Montaña Mágica" No vi el segundo. Este sí que estoy seguro de que lo he visto en casa.


Paco el ciego llegó hoy al bar a eso de las nueve y pico. Normalmente siempre está esperándome en la puerta antes que llegué yo. Subo la avenida con el coche, veo al par de dos antes de hacer la rotonda, y ya fuera de ella mi buen Josemari aparta la bicicletilla con la que hace por guardarme el sitio aunque a esas horas ni Dios ande por esas calles. Luego pasamos todos para adentro entre grandes voces y arranques flamencos de Josemari, siempre muy bien agradecidos por la concurrencia que todavía duerme y que después bajará al bar.

- ¿Y Paco? -le pregunté a Josemari
- No ha venido, Kufistico
- Ah
- Está raro Paco estos días, ¿eh, Kufisto?
- Sí, sí que lo está
- ¡Me da tabaco sin que yo se lo pida!
- Joder, pues eso sí que es raro
- Está muuu raro

Limpiamos el bar y lo abrimos un poco más tarde de lo habitual. Hoy es sábado y tampoco hay las urgencias de todos los días. Con todo, el panadero llegó a la hora de siempre y me dejó algo parecido a lo de todos los días. Hoy no habría tantos desayunos pero sí más jaleo a la hora de las cañas.

- ¿Y Paco? -preguntó
- No sé

La cosa empezó enseguida, casi sin darme tiempo a preparar la barra en condiciones. Entraron tres rumanos y pidieron unos cafés. Luego una pareja para desayunar y varios tíos solos pidiendo churros. Mandé a Josemari al mercado por unas cosas que me hacían falta para el arroz del mediodía y la gente siguió entrando, cosa rara en una mañana de sábado. Y a eso de las nueve y pico, cuando ya me había quedado solo, salí afuera para echar un pito mientras esperaba a Josemari y vi que llegaba Paco por el lado de arriba dando bastonazos.

- ¡Paco!
- ¡Qué!
- ¿De donde vienes, coño?
- ¿Qué?
- ¡Que si vienes de la cafetería del hospital!
- No -dijo casi sin resuello- No sé de donde vengo. Creo que me he perdido. Creo que he estado en el polígono.

Le coloqué una silla y se sentó, los pies hinchados, sin calcetines, y la cara transfigurada: era él pero parecía otro.

- Me cago en la puta, Paco, ¿pero qué cojones estás haciendo?
- ¡No sé! ¿Tienes café?
- Claro que tengo
- Pues ponme uno

Pasé de preguntarle nada. Josemari llegó del mercado con el chorizo y las cebollas.

- Paco está malo -volvió a decirme
- Ya
- No hace más que reírse. Y otra vez me ha dado tres pitos.

Normalmente le da uno, y eso estando de buen humor, pero de una semana aquí se los suelta de tres en tres.

En dos horas se fumó un paquete de tabaco. Conté las colillas cuando se fue. Ayer, mientras nos fumábamos un pito en la puerta del bar, me dijo que tiene los pulmones al 40 %

- ¿Qué te pasa, Paco?

Y volvió a no decirme nada por segunda vez en una semana.

Paco es el primer hijo varón de un guardia civil que fue hijo de otro guardia civil. Paco, por una enfermedad, empezó a quedarse ciego con dieciséis años. Estuvo vendiendo cupones en la ONCE y hace siete u ocho años que se jubiló. Tiene un hermano pequeño que también es guardia civil. Tiene sobrinos que ya son policías nacionales. Incluso muy pronto tendrá sobrinos-nietos.

- ¿Qué te pasa, Paco?
- ¡Nada!
- La gente se da cuenta de que no estás bien, no sólo yo
- ¡Que no me pasa nada! ¡Ponme otro café!


Otro café.


El mediodía fue apoteósico. Por dos veces se llenó el bar. Mi hermano pequeño estuvo ayudándome en la primera de ellas, cuando vino a traerme los pinchos. Si lo hubiese sabido se habría esperado sin miedo a la segunda a pesar de quitarse un rato de descanso. Es un tío bravo que se ha hecho un hombre en cuanto le han tratado como tal, no como a un chico. Todos sus fantasmas, sus precipicios, se diluyeron como una apertura española en manos de Fischer cuando se vio de frente con la realidad: era esto o ir de trabajo en trabajo ajeno o acabar como otro subnormal. Él obedeció, aprendió y ahora es uno más de los tres que seguimos aquí.


Acabé mi turno y me fui a casa. Por supuesto no iba a salir a andar y sólo quería tumbarme en la cama, cerrar las ojos y descansar aún sin dormir. La tarde estaba fresca y legué a echarme la sábana por ver si así podía coger el sueño, cosa que no pasó. Paco y sus movidas de esta última semana volvían una y otra vez a mi cabeza.


La gata estaba por ahí. La había visto muy desesperada en sus maullidos por la soledad de todas estas horas y dejé que pasará conmigo a la habitación; eso sí, con la ventana que da al tejadillo bien cerrada. Hoy no hace calor y casi que hasta se puede pasar del ventilador aún estando al uno de tres. Llegué a echarme la sábana en un momento, pero al final no pude dormirme.


Paco venía a mi cabeza una y otra vez. Ese libro maravilloso con su mágica montaña también.


Lo salvé, está aquí, lo veo, ayer leí ochenta de sus páginas.


Y sé que la segunda parte también está aquí, por más que nunca la encuentre. 


Esto no es un juego.




martes, 23 de julio de 2019

UNA VUELTA POR LOS ANGELES

La cerveza está helada y son cerca de las nueve de la tarde. Estamos en 2019 y ya tengo cuarenta y seis años. Esta tarde he visto Los Ángeles desde un coche. Está llena de semáforos.

Creo que el peluquero me cobra cada vez más. No mucho, quizá cincuenta céntimos, no tengo buena cabeza para eso. El día que llegue a veinte supongo que dejaré de ir. Ahora estoy por los catorce. Es demasiada pasta para el pelo que tengo. No sé por qué sigo yendo allí. No tengo ningún motivo para hacerlo que no sea la costumbre. Será por eso que nunca he estado en Los Ángeles. Sí en Madrid, aunque hace tiempo de la última vez. Tampoco era nada tan estupendo. La verdad es que si me pongo a pensar en mis recuerdos cuesta encontrar algo que eche de menos. Ayer iba a escribir algo del pasado y enseguida caí en que me estaba mintiendo. No, no fue tan estupendo. También entonces tenía esa sensación de estar fuera de juego. Siempre la he tenido, esto sí que es verdad. Una vez, siendo chico, escribí en el libro de Latín: "Si estos son mis mejores años como serán los peores" Recuerdo que alrededor dibujé un montón de espirales.

Aquel tío, el profesor de Latín, era una buena persona; quizá la mejor que haya conocido en mi vida. Era incapaz de hacer daño, no podía. Y yo me aproveché de ello, aunque de poco me sirvió. Sacar ventaja de las debilidades ajenas no es ningún triunfo. Vencer las propias sí lo es. Pero las más de las veces esto sólo se consigue cuando la victoria lo es por dejación de la aburrida derrota.

La cerveza está tan helada y buena que está quitándome las ganas de irme a dormir. De todas formas tampoco lo conseguiría, harían falta dos o tres horas más, quizá cuatro o cinco, y algunos pitos en la ventana del salón. Mi padre se dormía con poner la cabeza sobre la almohada. Yo trabajo como lo hacía él y nunca he podido sin estar borracho. Tampoco tengo cinco hijos, ni una mujer, ni soy yo quien lleva las cuentas del negocio. Sólo tengo una gata que no dejo entrar a la habitación para que no me moleste. La capé en cuanto dio señales de sufrir el primer celo. Me gasté tres años de peluquería por no oírla. En cuanto ve una ventana abierta salta hacia ella para escapar. Tengo un cuidado loco con las ventanas de mi casa. Están todas con las persianas bajadas, salvo la de mi habitación cerrada que abro cuando llega el verano y el calor se hace intolerable.

Estos últimos meses he dado por comprar packs de Voll Damm cuando hago la compra un par de veces a la semana. Ya casi no bebo en el bar, así que no me pasa eso de arramblar con unas cuantas para mantener la inspiración soñada en casa. Ahora es como ir a lo seguro: las cervezas están allí, en el frigorífico de casa, a mi disposición para cuando las necesite y no por ir al relance del medio pedo agarrado mientras recogía para irme, que era como si no pudiera aguantar sin echar un trago siquiera el tiempo que ahora aguanto la respiración. Y luego para escribir hundido en whisky, que tampoco me privaba de él.

La otra noche pillé una botella. Había terminado con el pack de seis Voll Damms y sólo me faltaba rematar el texto. Ya era tarde y no había otra opción que jugársela en el 24 horas. Esta vez, al abrirla, no me pareció garrafón. Al despertar tampoco fue la locura de otra veces. miré la botella y vi que apenas faltaban un par de copas. Pensé en llevármela para el bar, quitármela de en medio, no quiero whisky en casa, pero al final no lo hice por no estar seguro de ello. Ahora que estoy bien me echaré un par de ellas mientras escribo esto.

El tipo que conducía por Los Ángeles sólo hacía eso, conducir. Aquí en La Mancha empezó a llover fuerte y dejé de ver semáforos para mirar por la ventana. Subí la persiana y la gata, al oírla, dejó su puesto fijo en el recodo de la cocina y vino como un tiro a ver si la abría. Y la verdad es que no hay miedo, pudiera haberla abierto, allí no hay más escape posible que el suelo tres pisos más abajo, pero me pone enfermo verla encaramada en el filo, creo que se va a caer, y más desde que leí lo de los gatos paracaidistas, ya es lo que me faltaba. Recuerdo que la primera vez que la vi hacerlo casi se me salió el corazón por la boca.

- ¿Qué haces? -le pregunté asustado- ¡Qué haces! No me jodas, por favor no me jodas...
- Miau -respondió
- Tranquila, tranquila...-dije acercándome con el corazón en un puño y mucho cuidado
- Miau

Y cuando la tuve al alcance la enganché y la muy puta me arañó. Yo creía que acababa de salvarle la vida y luego me di cuenta de que no, de que los gatos son muy capaces de andar por ahí, de hecho pude haberla matado por mi miedo, pude haberla hecho caer a la calle por mis nervios. La dejé a su aire en esa ventana por un tiempo. Pero no podía verla allí. Me ponía enfermo.

Dejó de llover. Yo ya me había bebido una cerveza de postre y no tenía muchas ganas de salir. Pero hice la intentona. Y no sé si fue por la claridad de ideas que da la alta graduación de la primera cerveza que miré al cielo y fue como si no me convenciera demasiado, como si todavía estuviera guardándose algo. Me paré en seco en la primera esquina, miré al oscuro oeste, al este más claro que parecía venir por el viento y seguí dudando. Así plantado pasé mis buenos tres o cuatro minutos, los que dura una canción de Led Zeppelin I. Había quien venía de frente y al pasar junto a mi lo hacía mirando como esperando algo. Andé un poco más y el viento se calmó. Volví a mirar hacia el este y parecía como si el cielo se estuviera abriendo de nubes. Pero no. A veces pasa que el viento viene y no sabes por donde lo hace, te engaña. Eché marcha atrás y no había acabado de andar los cien metros que me separaban de mi casa cuando otra vez empezó a llover torrencialmente.

La verdad, otra vez, es que fue un alivio. No tenía ganas de salir a andar.

El whisky es bueno. esta vez no ha sido garrafón. Quizá alguien se haya cabreado de verdad por primera vez.

Mi padre era de ginebra con cocacola cuando éramos chicos. Cuando estábamos en un bar y mi madre se iba al water le pedía un cubalibre al camarero, siempre amigo suyo estuviésemos donde estuviéramos. Y antes de que mi madre saliera, en dos tragos, se lo bebía entre risas y guiños para que no dijéramos nada. Nosotros, los mayores, niños todavía, flipábamos con aquello.

Ya de viejo, o no tanto, a partir de más o menos la edad que ahora yo tengo, dejó las copas a una cosa testimonial para seguir con el vino blanco y la Voll Damm que por entonces empezaba a entrar por la zona. Una cerveza cojonuda, sí señor.

Hemos tenido un cliente que más que cliente casi fue familia, que durante los últimos veinte años de vida de mi padre fue su ángel de la guarda. Mi padre tuvo un problema muy serio con los pulmones que estuvo a punto de llevarle a la muerte con 52 años y él, este médico, fue quien lo atendio hasta casi el final, hasta que le salió el cáncer y ya hubo de ponerse en manos de otros. Veinte años sin fumar y al final te sale el bicho ahí. Que lo sepáis quienes esteis por quitaros a esas alturas.

Este médico, "Otegui" para los amigos, era casi un chaval cuando se hizo cargo de mi padre. El hospital acababa de abrir hacía un par de años y él era casi un recién llegado. Cántabro, menudo, puro nervio y más rojo que un vómito de sangre enseguida congenió con mi padre, que siempre fue más de derechas que el grifo del agua fría aunque eso no era óbice para que tuviera un montón de gente amigable aún entre los comunistas, pues si algo nunca tragar mi padre fue el sectarismo: había gente buena y mala tanto en un lado como en el otro. Aunque él pensaba que en la derecha eran menos.

Otegui se hizo amigo de mi padre. Pero amigo, amigo. Yo cuando hablé la primera vez con él casi no me lo podía creer. La ETA todavía andando matando de aquella manera y él casi me justificaba todo aquello. Claro que yo ya no era un niño y sabía y podía lidiar con aquello, aunque he de reconocer que aquella primera vez me dejó a cuadros: jamás hubiese esperado que un tío como ese, no un mierda reventado, todo un doctor en medicina, el médico amigo de mi padre, tuviera esas ideas.

Aquella primera tarde yo no había bebido y en verdad sólo le hice hablar, sin añadir poco más que estirar la goma para ver hasta donde llegaba, que fue mucho más allá de mi estupefacción. Luego sí, hubo tardes y noches en las que ya yo caliente me enfrenté a él y terminamos discutiendo más por el alcohol que por otra cosa. Era uno de los pocos clientes con los que podías hablar de Kubrick sin sentirte idiota. Controlaba de todo: de música, de cine, de libros, de política...Por entonces estaba liado con una enfermera de muy buen ver que poco tiempo después dejó de hacer acto de aparición. Otegui vivía cuidando a su anciana madre (que todavía hoy vive) y supongo que eso reventó la relación.

Dejarla y liarse a muerte fue todo uno. Bares hubo a los que íbamos rematados y por sus cojones tenía que invitar a la barra entera. Gracias a Dios no estábamos solos.

Aquello lo dejó en cuanto se dio cuenta de que estaba haciendo el imbécil, cosa de la que alguien de su inteligencia se daba cuenta. Y pasaron los años, las recaídas he ingresos de mi padre, las espirometrías previas a ello y todo eso.

Otegui sólo venía a nuestro bar y aquí, nada más que aquí, se bebía un par de Voll Damms cuando salía de trabajar con su enfermera, una agradable mujer casada bastante mayor que él y con la que congeniaba de la misma forma que yo lo hacía con sus hijos, mis clientes.

Una tarde mi padre dio su brazo a torcer y reconoció que estaba malo. Estaba escupiendo sangre desde hacía dos días sin decir nada a nadie y eso había acabado de ser algo ni medio normal para convertirse en un problema que iba pareciendo bien gordo. Llamamos a Otegui, vino a casa y enseguida nos procuró un salvoconducto.

Al final, casi un mes después, se certificó que era cáncer de pulmón. Era grande e intratable, no se podía extirpar. La buena noticia era que no se había extendido a otros órganos. Luego sí, luego se extendió y mató a mi padre.

Otegui empezó a perder la cabeza poco antes de que muriera mi padre. De alguna manera él se sentía culpable por no haberle descubierto el tumor del pulmón en una de las revisiones que solía hacerle. Cuando dio la cara era tan grande que daba para pensárselo. Otegui, durante los últimos meses de vida de nuestro padre, estuvo a nuestra disposición todavía más de lo que lo había estado antes. El día de su funeral, cuando él, ateo convencido, vino a la iglesia para darnos el pésame no podía ni hablar. Y después, simplemente, fue deteriorándose de tal manera que `llegamos a pensar que había perdido la cabeza.

Pero no. Aquellas cosas extrañas, aquellas solicitudes para ayudar en el bar en lo que hiciera falta, aquellas inusitadas muestras de extremo afecto, tanto como para llegar a dudar de la salud mental del interfecto tenían una razón que muy pronto dio la cara: Otegui era alcohólico. Mi amigo Otegui, el único con quien podía hablar de algo, era alcohólico.

- Lo soy, Kufisto, lo soy...He empezado un tratamiento y por lo que más quieras, no me pongas nada si vengo a pedirte algo de alcohol
- Pero qué cojones me estás contando, si tú no bebes más que un par de Voll Damms y unos bourbons de  allá pá cuando
- Que sí, Kufisto, joder...¡QUE ME MUERO, COÑO! Estoy tomando una medicación incompatible con el alcohol...
- Pero me cago en Dios, ¿donde bebías así?
- En mi casa
- ¿En tu casa?
- Sí
- ¿Desde cuando?
- Hace años de esto
- Joder...
- Lo siento...
- No entiendo una puta mierda, joder, me cago en Dios
- Perdona

Otegui tuvo que pedirse una baja para superar su adicción. Vino su hermana de Francia para apoyarle en esos momentos. Es escritora.


Me quedan dos de seis. ¿Parece el acertijo del nombre de la rosa, verdad? El whisky ha superado la prueba, es bueno. Han caído tres copas y estoy entero. Sólo queda rematar la cerveza y ya está hecho.


Mi padre fue un tío importante en el pueblo. Era un hombre que lo aceptaba todo menos la soberbia, viniera de donde viniera. Sabía cual era su sitio y más todavía el de los demás. No le importaba reconocer la superioridad intelectual de otro que la hubiese demostrado con hechos. Mi padre era hechos. "¿Sabes de esto? te escucho y me callo...Pero no me vengas a decir como tengo que hacer mis cosas"


Ninguno de sus cinco hijos ha salido malo. Ninguno. Son casi las doce de la noche y hay que acabar con esto.


El alcohol y el tabaco empiezan a hacer efecto. Ha sido un rato largo y quiero terminarlo antes que cambie el día.


Otegui no ha vuelto al bar, se quitó. A veces lo veo pasar con su bicicleta. Una vez, un domingo, hubo en el que vino a pedirme que lo llevara a la farmacia de guardia para un medicamento. Hace casi un año de aquello, puede que más, no me acuerdo de nada.


Mi padre era la hostia, son las 23:51 y quiero acabar esto antes de que en Los Ángeles me digan que es de día.

lunes, 22 de julio de 2019

CONCIERTO EN EL SÚPER

Aparcar allí en el mediodía de un lunes es una cuestión de confianza en uno mismo o de estar en las nubes. En mi caso era esto último aunque no tardé en darme cuenta del inmenso error y como pude, en la misma entrada, maniobré con la ayuda de los espejos para salir de allí antes de discutir con nadie. Por un golpe de suerte, gracias a una efímera llama de inteligencia, caí en la cuenta de que a continuación está el hotel y una gasolinera. Entré y justo al final había un pequeño hueco libre. Y como mi coche también es pequeño allí aparqué.

El supermercado de moda está en obras y no da abasto con la afluencia de vehículos. El parking actual se queda tan corto que a veces, como hoy, te da la risa: aquello era un absoluto sindiós de luces traseras blancas, claxons enfurecidos y caras congestionadas por los buenos 33 grados que ya marcaba el termómetro. Entre medias gente yendo y viniendo como yo, unos empujando sus carros y otros colgando bolsas. En la entrada que había evitado por un milagro se había formado tal tapón que la misma carretera estaba colapsada. Ya en la puerta automática me fijé que no estaba la enorme negra que suele sentarse a pedir allí con un paraguas multicolor. En su lugar se hallaba una conocida con su carro y la hija a quienes había visto en el coche del marido durante mi fuga. Supongo que él andaría por ahí, aparcando a la buena de Dios. Ella no me vio, o hizo como que no (lo más probable) y sin más dilación pasé adentro con una bolsa de la competencia en la mano y buena música techno a toda hostia en los oídos.

Enseguida llegué donde los aguacates, el objetivo de mi visita. Los únicos decentes de la ciudad se venden aquí, tal y como he aprendido tras mucho ensayo y error. No hay trucos, no hay artimañas en forma de meterlos bien en frío para endurecerlos, sacarlos poco antes de abrir para que vayan cogiendo temperatura sin perder la firmeza necesaria para que algún tonto los compre y cuando vaya a comerse uno unas horas después ya estén blandos y negros como la mierda. Da mucho coraje ser estafado así. Y no por el puesto en el mercadillo del tío Heredia, no, sino por grandes supermercados que se supone cuidan la calidad y todo eso.

Para mi desilusión hoy estaban todos verdes, o eso parecía. La temporada ha acabado y eso se nota en la procedencia y en el precio: del Perú, un 20 % más caros y sin madurar. Ya iba a irme cuando recordé el viejo truco de las cajas ocultas. Y bajo una de ellas estaba otra con unos buenos ejemplares. Estaba eligiendo unos cuantos cuando oí como un golpe seco y un grito, volví la cabeza y un metro más allá vi a una chica muy gorda que se había resbalado hasta caerse el suelo. Enseguida le echó mano uno que por el aspecto podía ser su novio. Ella intentaba incorporarse pero no podía, quejándose de un dolor en la rodilla. La del carro de la entrada ahora estaba casi bajo mis sobacos ajena a todo con su hija, en las cajas de los mangos pero como esperando a que dejara mi sitio en la caja buena de aguacates. Terminé de coger los míos que al final fueron casi todos. Un tipo ya cuarentón, de aspecto currado, fuerte y mascando chicle fue acercándose poco a poco hacía la chica accidentada con una especie de media sonrisa en el duro rostro. Y allí lo dejé cogiéndola de uno de los brazos mientras ella seguía quejándose de algún dolor. Miré en el piso y vi una caja de cerezas tirada y abierta. Con mucho cuidado, como si fuera una mina antipersona, evité una espachurrada, la sospechosa evidente de la caída.

Un poco más allá, parado ante la sección de congelados, pasó a mi lado el muchacho que yo creía novio de la gorda. Al final la habían levantado.

La gente se hace invisible cuando hay muchos productos alrededor. Nadie mira a nadie y nadie es tan extraño como para sentirse incómodo. Los buenos supermercados, el autoservicio, son perfectos por ese motivo. No hay necesidad de hablar con nadie para hacer tu compra y sólo en la caja has de soportar la espera; cajas que por otro lado ya están siendo dirigidas por máquinas en algunos sitios (a este le faltará poco) que avisan cuando una queda libre a quienes están guardando la cola, evitando así discusiones y problemas innecesarios. Todo está enfocado a que tengas el menor contacto humano posible mientras gastas tu dinero. Y durante la espera siempre tienes a mano el móvil.

Los pasillos, estrechos todavía, estaban atestados de gente: unos hurgando entre las gangas de los lunes, otros haciendo la compra habitual. Entremedias las chicas de la empresa iban de acá para allá arrastrando palés como podían. Casi todas son mujeres, incluso una hay de segurata, una rubia grande de mandíbula cuadrada que lleva el pelo recogida en una larga trenza, cosa no muy recomendable a simple vista.

Maravilla es como a pesar de todo ese maremágnum tan similar al del parking apenas hay una voz más alta que otra. Todo se mueve despacio pero se mueve, circula sin percances. Es como si al estar la atención puesta en otra cosa lo demás fuese en modo automático, como esas veces que coges el coche pensando en algo y sin saber como has llegado adonde ibas. La gente se hace poco a poco a un lado, echa un pasito para allá con el fin de dejar sitio a algo no ofensivo que siente cercano y los carros rectifican su posición de forma tan leve y discreta como tomas de Kubrick. Es una sinfonía en creación que acaba en las cajas.

Y allí llegué con los aguacates y la tarta de chocolate para la celebración de la comida familiar de esta tarde.

Hoy me había tocado una de las rubias, una chica de unos treinta años que ha estado de camarera en varios sitios. Se ve que se cansó del tema lo suficiente como para preferir ir pasando códigos por un lector de barras.

Alguien tocó mi espalda y al volverme vi que era uno de los podemitas del pueblo, uno que como yo cree que en la adulteración con fines espurios de la comida, de los cielos, del agua y de la música popular. Fuera de ahí todos los demás caminos son divergentes. Hablamos un poco del tema durante la espera y al salir la cosa de los aguacates ya era mi turno de paso. Cuando volví la cabeza vi que no estaba. Supongo que se había olvidado de ellos. Y al pagar para irme todavía no había vuelto.


Con todo, la cola esperaba en orden y concierto.

viernes, 19 de julio de 2019

SOME KIND OF MONSTER

- ¿Sabes? He estado cuatro días sin tomar nada. Nada de speed, ni hierba, ni alcohol...nada. Me levantaba temprano y me acostaba pronto. Hacía cosas durante el día, lo aprovechaba; arreglos en el piso más que nada. ¿Sabes donde estoy viviendo ahora? ¡Como lo vas a saber! Estoy en un piso viejo, muy viejo; uno que es de unos amigos de mis padres. Lo tenían deshabitado y ahí me he metido. Estoy bien allí, es perfecto para mi. Y lo estoy mejorando sólo con darle una utilidad a sus defectos. Por ejemplo con el calor. Tiene tantas corrientes de aire que he ideado un sistema para estar fresquito. Abro algunas puertas, cierro otras y lo mismo con las ventanas. Pongo bayetas húmedas en ciertas habitaciones del piso cuando me levanto. Y se está del copón. ¿Pero sabes qué, Kufisto? Cuatro días son más que suficientes para mi. Yo no valgo para eso, no es mi rollo. llevo drogándome desde los veinte años y ahora tengo 42. Me gustan las drogas, siempre me han gustado. El speed es lo mejor. Te mantiene alerta, concentrado, espabilado...Funciono de puta madre con él. Ahora tengo pasta de sobra para pasar un buen verano. Luego, en octubre o así, tendré que volver al curro. Ahora están todos los médicos de vacaciones y no hay nada que filmar. Pasaré unos días aquí, otros por ahí, follaré y me pondré hasta las trancas. Por cierto que he oído que van a dejar el garito de M y estoy pensándome si meterme en el negocio. Sería un garito de rock n´roll, de la música que nos gusta a ti y a mi. No hay ni uno en la ciudad desde hace tanto tiempo...Bueno, sí, está el d esos pringaos pero ya sabes, es tipo rollo familiar y todas esas mierdas. Yo lo que quiero es un garito macarra, canalla, uno de los nuestros...¿qué te parece?

Le dije algo sin quitarle ojo al vagabundo que estaba sentado en la terraza con Paco el ciego. Poco antes había llegado al bar. Yo estaba con la guardia baja tras una buena mañana y le puse una copa de sol y sombra que no debí habérsela puesto. El tío estaba hecho calderilla; no de borracho sino de enfermo. Delgado hasta el extremo, medio sordo, desdentado, sucio...Había dejado la copa en la barra y todavía la tenía entera veinte minutos después. Se había salido con Paco después de pedirle un cigarrillo que le dio. Y allí estaban los dos, mi amigo y el desconocido, fumando a voces, el uno ciego y el otro medio sordo aunque casi como estuviera en su casa...

Se me estaban empezando a hinchar los cojones.

Mi amigo drogadicto se fue. Cuando el vagabundo volvió a entrar le dije que me pagara.

- ¿Ya?
- Sí
- Pero si no me voy a ir
- Pero yo sí y tengo que cerrar la caja
- Bueno...¿cuanto es?
- Dos euros

Hurgó en sus bolsillos y sacó uno

- Pues sólo tengo uno

Le quité la copa.

- ¡Eh!
- Paga o tira de aquí

Volvió a meter la mano en el bolsillo sacando un puñado de monedas. Me dio otra de un euro. Cogí un vaso de plástico y vertí el contenido de la copa en él.

- ¿Por qué haces eso?
- Porque ya es tarde y tienes que irte a Cáritas. ¿No me has preguntado antes donde estaba?
- Ya, pero me dijeron que abría a las cinco
- Pues ya casi son.

- Como se te ocurra liársela a mi hermano -le dije al oído cuando me iba diez minutos más tarde- vuelvo aquí y te muelo a palos.

Llegué a casa y nadie me llamó al móvil. Y hoy ni mi hermano ni el ciego me han dicho nada de ese tipo.

La mañana de hoy no ha sido tan estupenda. Todo el mundo va estando de vacaciones y eso es algo que ya se va notando, aunque también me beneficio a la hora de las cañas por la multitud de bares que han cerrado. Hoy no ha sido tan descarado pero en fin, he hecho las cosas.

A eso de las tres y media, ya con todo recogido, ha venido el Loren, uno de los viejos borrachos friendly del pueblo. Lleno mierda (me ha dicho que está pintando no se qué nave) y ya bien borracho ha pedido su copa de anís con el vaso de agua aparte. Ha empezado a decir las mismas incongruencias que acostumbra y lo he dejado estar. No había nadie en el bar y él es buen tipo, uno que aún borracho sabe como funciona el tema. Lo dejé en la entrada de la barra y yo me fui a mi sitio en el otro extremo. Luego salimos a fumar mientras decía cosas. Me fijé que iba con zapatos, sin calcetines.

- ¿Como vas con zapatos, tío? Y encima sin calcetines...Tienes que ir destrozándote los pies

Volvió a la pintura de la nave espacial y viendo que desvariaba más de lo acostumbrado pasé para adentro. Al poco todos estábamos en el sitio, yo con el móvil y él con su copa de anís y el vaso de agua.

- ¿Va bien el reloj, Kufisto?
- Sí, Loren
- Está como parao...
- Es que no tiene segundero
- Ahhh...pero no. Está parao
- Que nooo

- Está parao -volvió a decir
- No, Loren. Han pasado diez minutos y los ha marcado. No tiene segundero, eso es todo lo que no tiene
- Está parao

El tiempo siguió pasando. Y sin darme cuenta empecé a oírle murmurar.

Al principio pensé que estaba hablando por teléfono. Siempre va con unos auriculares, le gusta el country, su sueño siempre fue montar un local del estilo, y bueno, pudiera darse la circunstancia de que estuviese hablando con alguien. Después de todo es un tío muy mañoso que pinta y colorea todo lo que haga falta y la verdad es que hay bares que lo tienen poco más o menos de chico para todo. Toda su vida la ha pasado en el negocio y sabe donde poner tiritas cuando hay una hemorragia. Otra cosa es que funcionen, pero eso no es culpa suya.

No. No estaba hablando con nadie. No tenía los auriculares puestos ni nada, que lo vi cuando hice como que salía a la puerta. Estaba hablando solo y en susurros mantenía una conversación violenta.

- Mátalo, quémalo y ya está, joder.

- ¿No ha venido nadie preguntando por mi, Kufisto? -dijo otra vez como al principio
- No, Loren

Traguito de anís, traguito de agua. Me fijé. Es un borracho profesional.

- Me voy, Kufisto
- Adiós, Loren
- Si vienen preguntando por mi, ese del BMW de enfrente que te he dicho, le dices que me he ido
- Vale

Cruzó los pasos de cebra como si sólo hubiera leones en la China. Al llegar a la otra acera, al edificio de enfrente, vi que paraba para echarle un vistazo a un coche que parecía un BMW. Y luego siguió andando hacia su cercana casa.

Salí del bar y fui a comprar para él y para mi. De regalo me eché seis botes de Voll Damm.

Cuarenta y dos grados marcaba el último termómetro que vi antes de dejar el coche en la cochera. Agarré las bolsas y pillé el ascensor. La gata, como siempre que hace calor, no salió a recibirme. Lo coloqué todo, cagué y me puse fresco. Eran las cinco y media de la tarde.

Hay muchas cosas imposibles a esa hora de un día de julio en La Mancha. Una de ellas es salir a andar y las otras ya las había hecho en el hipermercado. No había que salir a por fruta o verduras, o a echar las loterías del fin de semana (eso también está allí) o...¡coño! ¡un libro de la biblioteca para echar el finde! se me había pasado. El otro día un amigo mío, el concejal de cultura, volvió a recomendarme uno al que una vez intenté echarle mano pero no fue tal. Y no es que me asustara tanto su desmesurado tamaño como la procedencia de quien lo firmaba. En fin, también yo pronto estaré de vacaciones y será el momento propicio de darle una oportunidad.

Miré en Youtube y enlacé un vídeo documental de Metallica. Después de ver su primera parte recordé otro que habían hecho cuando Hetfield estuvo tan jodido. Lo busqué y no venían más que retazos. Y entonces recordé que estoy en Megadede y allí estaba.

En un descanso de la grabación de aquel disco grabado con la ayuda de un psicólogo, Hetfield se fue a cazar osos a Siberia y al volver se metió en un centro de desintoxicación para alcohólicos.

Se decían las verdades y todo eso que algunos dicen que hay que decir. Salían hasta los padres de alguno, incluso antiguos y legendarios componentes de la banda hablando como tú hablabas cuando tenías quince años y estabas borracho...


Era absurdo. Todo era absurdo. Ellos eran absurdos. Seguir haciendo esa música con cuarenta años era absurdo y yo estaba siendo todavía más absurdo por verlos.

Lo quité. Mi padre está muerto desde hace dos años y medio y yo no voy a ser una estrella del rock´roll. Estuve en los chiringuitos cuando tocaba y no pasé de beber y fumar mientras otros hacían lo mismo al tiempo que buscaban las claves que tampoco les llevaron a ningún sitio.


Eres una clase de monstruo. Estás a punto de cumplir 46 años y sólo te sientes bien estando solo. Ves lo que hay por ahí y te dices por qué no. Todavía hay un leve interés de tu parte que ahogan un tanto todas aquellas primitivas movidas que no te dejaron opción y en fin, que sí, que soy, que eres, uno de esa clase de pequeños monstruos que no pueden olvidar lo que pasó.


En el infierno te espero.

martes, 16 de julio de 2019

EL ANTIMONIO

Y "El carro triunfal del antimonio" me llevó a ver una entrevista online a Espinosa de los Monteros.

Un par de horas antes lo había intentado con una cutre-conferencia de dos horas y pico sobre asesinos en serie. Eran las cinco y media de la tarde y mi cerebro no sabía qué hacer ante la imposibilidad de conciliar el sueño. Vencido y casi riendo me levanté de la cama para ir al salón, que es como salir de Málaga para meterte en Malagón. Un aire acondicionado descargado de gas desde hace no sé cuantos años preside desde lo alto de la puerta, ciego y en silencio, mis peripecias caseras. Antes de ayer le di al botón de ON como quien echa una Primitiva de la máquina y prácticamente no hizo nada. En otros años abría algo la boca aunque fuera para expulsar el mismo aire caliente. Claro está que lo apagaba; pero bueno, la movía y hacía algo. Ya no. Después de todo es difícil exhalar aire fresco cuando uno está dentro de un horno. Casi imposible. Y ahí sólo quedan tres opciones: o te pones a rezar por un milagro, o llamas a un técnico o, inasequible al desaliento de los cuarenta y cinco años que se te están acabando, recurres a la magia.

La conferencia de los asesinos en serie se desarrollaba en un bar. Había una tele apagada con un icono móvil sobre su fondo negro. Pronto fijé mi atención en él, más o menos a los cinco minutos. Un rato después me di cuenta que la palabra iba formando una especie de rombo irregular. Bajaba tres veces por un lado y subía cuatro por el otro. De hecho creo que variaba, no sé...nunca fui muy bueno con estas cosas. La verdad es que el calor estaba jodiéndome vivo. Le di al vídeo para adelante, vi que en vez de la palabra ahora salía la cara de un tío feo y, oyendo la monótona voz del más joven de los dos expertos, decidí que ya había tenido más que suficiente.

Salí a la calle y la hostia fue más tibia de las que estaba recibiendo en el salón. 

De camino hacia la Administración sentí como la voz de una vieja que desde su balcón me llamaba por mi nombre para pasar una tarde de amor. Miré hacia arriba y no vi a quien esperaba ver, tan sólo unos toldos amarillentos que gemían atrapados entre los palos que les daban forma al irregular compás del aire acondicionado por el sol. Lástima.

Allí, tras el cristal, estaba la hermosa joven. Miriam es su nombre. El otro día escuché a alguien llamarla así. Es un bonito nombre. Lleva gafas y una gran melena castaña y rizada que a veces, ¡ay!, recoge en un moño. Una vez me atendió recién duchada. Estaba perfecta con el pelo mojado y sin peinar. Se lo dije.

- Hola, un euromillón y una bonoloto
- Ahí tienes
- Adiós
- Adiós, Kufisto

Di la vuelta a la manzana y pasé a la frutería del moro d la esquina. Compré naranjas y regresé a casa. Eran las seis y cuarto cuando ni la gata salió a recibirme.

Había que hacer algo y busqué algún libro que leer. Miré en viejas y sucias cajas ya mil veces removidas sin encontrar nada. Si uno es su biblioteca yo, desde luego, soy la mía.

Por mirar algo más lo hice en el armarito donde muy al principio de vivir aquí estaban las copas. Por entonces yo era un ser social que hasta tenía novia y a veces hacíamos cenas de amigos y todo ese rollo. No pasó mucho tiempo que saqué el cristal y metí el papel: ahí, apilados entre facturas de la luz de la pimera década de este milenio, colecciones de VHS, pastillas caducadas y auriculares rotos duermen su sueño casi eterno una serie de novelas y biografías que sólo de verlas se me quitan tanto las ganas de leer como vienen las de darme de cocotazos contra la pared.

Desesperado por encontrar algo que hacer antes que volver a ver la conferencia de los asesinos múltiples, vi un librito debajo de todos los demás que enseguida reconocí. Era ese del antinomio que seguro no compré y o me llevé de la biblioteca, o no se lo devolví a un amigo, o lo robé en alguna de las ferias de mi juventud, o yo qué sé...El tiempo pasa y olvidas las cosas, gracias a Dios.

Lo único que recordaba de él era que no había entendido nada. Yo era muy joven y enamoradizo y supongo que semejante título hizo presa en mi. "El carro triunfal del antimonio"...Joder, me sonaría de puta madre, como una especie de hechizos y todo eso para hacer caer a tus pies a todas las titis que deseabas..."El carro triunfal..." Hace dos horas que me he enterado de que el antimonio es un metal. 

Bueno, el libro escrito por un monje benedictino era una paranoia continua, algo parecido a mi etapa temprana en el blog. Lo dejé y miré por antimonio en Google, pues no me había quedado claro de que estaba hablando el jodido monje aún leyendo cuarenta de sus lunáticas páginas. Un metal, eso es el antimonio de los cojones. Un metal.

Tengo un ventilador de pie que es una maravilla. Creo que lo compré casi cuando la época de las pijas cenas aquellas. Hará ya más de diez años y ahí sigue, cumpliendo su función. Si no fuera por él yo ya estaría hecho pan.

Espinosa de los Monteros estaba haciendo una entrevista con uno que dice ser anarco-capitalista, creo, cosa que me suena igual que antimonio y que por lo menos hoy no buscaré su significado.

La seguí un poco más que la de los asesinos en serie. Ahí no había lugar para las distracciones en forma de palabra que se mueve haciendo rombos irregulares en un televisor apagado. La mitad de la pantalla la ocupaba el careto de uno y la otra mitad la del otro. Cada dos por tres se caía el experimento y casi que era mejor. Y cuando no todo eran los esperados lugares comunes aún para una audiencia de dos mil y pico gilipollas que estábamos viéndolos. Y a este pijo y a sus pijopaletos les he votado dos veces.


Será por el antimonio. 


No sé porqué pero siempre escribo antinomio. 

viernes, 12 de julio de 2019

UN BUEN TIPO

Me bebería una cerveza pero no tengo. Hace un rato estuve en el súper haciendo la compra y pasé de largo por el pasillo de las cervezas. Podría bajar ahora mismo y pillar un paquete de seis en el de aquí al lado. Claro que habría que enfriarlas y eso llevaría su tiempo, lo menos una hora en el congelador. Pongamos que a las ocho y media estuvieran en condiciones. Para las diez y pico ya me las habría bebido todas. Y eso sin contar los cigarrillos, uno tras otro. Puede incluso que en ese momento pensara que estaba escribiendo algo realmente bueno, como tantas veces me pasa cuando bebo. Y quizá llegara a coger el coche para ir por una botella de whisky para completar. Cogería también unas cocacolas y remataría la noche a eso de las doce, exhausto, viendo viejas canciones en el ordenador, casi siempre las mismas. Después dormir como un tronco y despertar con la boca seca y el dolor de cabeza. Tan sólo quedaría aguantar un sábado en el bar que mañana será todavía más largo que el habitual.

Otra posibilidad sería salir a andar. Todavía hay tiempo y se supone que el calor de hoy ya estará menguando. Un cielo gris, como de tormenta, ha estado ejerciendo de tapadera durante todo el día. Costaba respirar ahí afuera. A eso de las cinco y media salí a la frutería de la esquina y el aire quemaba. La fruta tampoco lleva bien este tiempo. Casi toda estaba blanda y con mal aspecto. Apenas he comprado unas verduras para el arroz de mañana. El moro tenía un aspecto más serio y taciturno del normal. No, salir a andar sería otra estupidez.

Una opción novedosa sería ir en coche a los molinos. Llevarme unas cuartillas, una botella de agua, el tabaco y escribir algo en otro sitio distinto a este. Seguro que saldría algo diferente. Pero el otro día estuve andando por allí a estas horas y ya había bastante gente. Puede que hoy, siendo viernes, aquello esté peor. Me fijé que había algunos que se llevaban sus neveritas y todo eso. Bebían botes de cerveza y hablaban entre ellos. Sólo me faltaría encontrar a algún conocido y ponerme a beber cerveza con el coche en los molinos. No.

Quedaba empezar a leer el libro que saqué el lunes de la biblioteca. Tras un buen rato de mirar no vi el que iba buscando y al final casi cogí uno por obligación, uno con un título ridículo. Le he dado treinta páginas. Es bastante malo aunque tiene una buena frase en el segundo párrafo. Hay pocas novelas buenas. La mayoría son aburridas. Y lo son mucho más cuando ves las páginas que te quedan por delante. Hoy se lo decía a uno en la puerta del bar: "Si uno aprende algo con el paso de los años es a aceptar las cosas, a no obcecarse en cambiarlas" Yo antes me obcecaba en terminar todo libro que abría, por pesado que se me hiciera. Era como una prueba más, otra demostración de fuerza. Hace tiempo que dejé de hacer eso. Hace tiempo que dejé de medir fuerzas con los otros.

La última opción era quedarme aquí y escribir algo mientras hacía tiempo hasta la caída de la noche. Resulta imposible dormir sabiendo que el sol todavía está ahí fuera. Puedes estar cansado, agotado, casi cerrando los ojos sentado en el sofá viendo un vídeo cualquiera que es levantarte para ir a la cama y dar vueltas de un lado a otro. Más o menos como cuando es de noche, pero ahí ya sí que no queda más remedio. Siempre despierto con ganas de dormir un poco más. No recuerdo la última vez que dormí hasta hartarme.

Podría haber escrito del bar pero no tengo ganas. Ha sido un buen día, un magnífico día, en lo laboral y están apareciendo algunos nuevos personajes interesantes. También van a irse pronto otros de los que nunca he escrito, no sé porqué, como el director de la sucursal bancaria y las dos chicas que trabajan con él. Bueno, decir chicas es no decir bien, que ya son madres de varios hijos y acaso sean un poco más jóvenes que yo, pero es rara la mujer que se molesta cuando te diriges a ella con esa palabra en el tono adecuado. Y claro está que uno también hace sus excepciones, como cuando la mujer esta sola. Ahí no. Lo de chicas se dice si son varias. En singular queda como cosa de viejo paleto; en plural es casi lo natural. Es curioso.

El director es un tío que me cae bien. Está casado con una mujer de espléndido aspecto, muy femenina, y es padre de dos hijos, el más pequeño de ellos de unos siete u ocho años y el otro con la edad esa en la que uno empieza a descubrir que tiene polla. Hace unos meses le oí hablar con un amigo de que sabía que su hijo estaba empezando a ver porno en el ordenador. En fin, preocupaciones de padres. Yo he conocido al chico antes y después y sí, de un tiempo a esta parte ya se le ve la mirada aquella de infinito sufrimiento.

Su padre es un hombre de buen humor, tranquilo, campechano, nada engolado. Conoce su oficio, sí, sabe que lo suyo es sacar dinero como sea, pero no va por ahí atosigando a la gente. Recuerdo una vez, hace unos años, cuando el rollo de que los bancos vendieran cualquier cosa empezó a salirse de madre, que vino una mañana al bar y tras desayunar charlando de las cosas de todos los días me soltó algo que ahora me hace mucha gracia.

- Kufisto -me dijo casi de soslayo en la puerta del bar como quien prueba otra contraseña más en un ordenador ajeno- ¿no estarás interesado en una alarma?
- ¿Una alarma? -dije yo, sorprendido
- Sí, una alarma. Ahora también vendemos alarmas -dijo casi con una sonrisa. Antes me había ofrecido televisores, lavadoras y no sé qué más, siempre con la misma actitud, cosa muy de agradecer. Y es que ya os digo que este hombre huele el dinero y se nota a la distancia que yo no lo tengo-

Recuerdo que yo también sonreí y puede que hasta acabáramos riendo. Le he visto tratando en el bar con gente de mucho dinero, millonarios algunos, y en ningún momento me ha parecido estar viendo a otra persona como sí me ha pasado con tantos otros de su oficio. Incluso delante de sus superiores, esos que van por ahí viendo in situ como van las cosas, no he apreciado nunca ningún signo de chupapollismo ni nada parecido.

Quizá también sea que su padre va a morir dentro de algunos meses de lo mismo que murió el mío que nuestra amistad se ha ido acrecentando en estos últimos tiempos. Algunas veces, pocas y siempre cuando él ha sacado el tema, hemos comentado algo. Al fin teníamos algo en común. Bueno, eso y la música electrónica, aunque para él esto sea algo tan secundario como para mi lo pueda ser casi todo.

Lo he pensado mientras fregaba los platos: "¿Por qué no les invitas a comer el día que cierren? Sería un detalle por tu parte después de todos estos años"

Ha pagado el desayuno y hemos salido afuera a fumarnos el cigarro de rigor. Y enseguida se lo he dicho, no fuera que de pensarlo no lo hiciera.

- Oye, Luis, ¿por qué no os venís a comer el día que cerréis?

He visto la sorpresa en sus ojos. Y también una cierta emoción. Ha aceptado con su típico buen humor y luego hemos hablado de lo que está pasando con el cierre masivo de sucursales bancarias.

- No sé donde voy a ir. En agosto cogeré el mes de vacaciones y a la vuelta ya me lo dirán. No me voy a comer la cabeza por esto, Kufisto, no...Nosotros siempre somos los últimos en enterarnos de todo. De hecho lo del cierre me lo comunicaron hace dos semanas. Quien me llamó no podía creerse que no tuviera noticia de ello. Y luego la gente, los clientes, están nerviosos con el cambio y todo eso...Que si ahora qué, que si vaya lío, que esto y lo otro y bueno, que tú eres un profesional e intentas no pasar de todo a pesar de las circunstancias y hacerles ver que las cosas seguirán como siempre, que no hay porqué temer nada...Y venga llamadas, y venga mensajes y venga visitas...¡Qué estrés! En fin, ya saldrá cualquier cosa -terminó diciendo con una sonrisa
- ¿Sabes, Luis? Si uno aprende algo con el paso de los años es a aceptar las cosas, a no obcecarse en cambiarlas
- Pues sí, Kufisto, pues sí...Así es. ¿Para qué te vas a enfadar si te va a dar lo mismo?
- Bueno, pues quedamos en eso. El día antes de cerrar me lo dices y ya preparo yo el tema con antelación
- Gracias, Kufisto
- No, gracias a vosotros.

Ya se iba cuando mi tío llegó preguntándole por un número de teléfono. Luis se lo dio y regresó a su despacho.


Y al rato mi tío volvió cagándose en la hostia de la mierda de número que le había dado el puto director del banco.

- ¡Estoy hasta los cojones de ellos! ¡Voy a cerrar la cuenta y...!
- Pues hazlo rápido porque van a cerrar
- ¡Ya lo sé, ya lo sé! ¡Y ahora todo será en la otra sucursal! ¡como si ya no estuviera llena de gente! ¡y ahora encima la de esta!...¡Qué país, Señor, qué país! ¡Lo cierro todo y lo meto en una caja de las pequeñas, de esas que no van ni el Tato! ¡Se acabó, estoy harto!


Bueno, mi tío siempre está cabreado con algo. Él también es un buen tipo sólo que se cabrea demasiado.


Luego se le pasa. Como a todos.

jueves, 11 de julio de 2019

LOS RAMONES

Salí a caminar por no tener otra cosa que hacer. Durante media hora había intentado dormir la siesta sin conseguirlo (como de costumbre) y no me apetecía nada pasar la tarde viendo las últimas novedades de los canales a los que estoy suscrito en Youtube. Uno de los que tenían material nuevo era el de esa adorable china que cocina para la familia y amigos en su hermosa aldea china perdida entre valles y montañas, pero hoy yo no estaba para eso y no quiero ver sus maravillosos vídeos como si fueran los de cualquier otro. Había algo en el canal fascista, una conferencia celebrando el centenario de Blas Piñar en el Casino de Madrid. La presentaba un anciano acompañado por cuatro invitados. Conocía a dos: uno era hijo del recordado, un general que está en la reserva, y el otro era un profesor de una Universidad madrileña, no recuerdo cual. Pasé por la barra de tiempo hasta dar con su cara y estuve escuchando un rato mientras buscaba cosas de Blas en otras ventanas. Di con un mitin de 1978 en San Sebastián en el que se anunciaba algo de tiros y altercados, una charla informal con las juventudes del partido en un campamento de verano y un acto público en la plaza de toros de Aranjuez celebrando el 18 de julio de 1981. Ninguno fue suficiente y a eso de las seis y media de la tarde, una hora después de haber dejado por imposible lo que de verdad me hacía falta, me calcé las zapatillas y salí a la calle.

La idea era dar el paseo estándar, regresar a casa a eso de las ocho, ver algo en el ordenador e irme a la cama poco antes de las diez. Con un poco de suerte conseguiría dormir antes de las doce y mañana, quizá, me levantaría en condiciones. El verano es la peor estación de todas. Uno no duerme como debe y luego está medio dormido durante todo el día.

Cuando uno gasta un cierto retraso de sueño aparte del natural que lleva consigo de nacimiento a veces no sabe porqué hace ciertas cosas o toma determinadas decisiones. Pero fue salir de casa y desviarme de la idea inicial. No tomé la senda de todos los días como este y sin tener nada clara la razón decidí que iba a ir a los molinos. Recordé el trayecto de vuelta que hago cuando vuelvo de ellos y pensé que sería una buena idea verlo al revés. Y así lo hice. Y pasando por delante de una administración de loterías a la que nunca entro me dije que quizá sería conveniente jugar ahí la lotería de todos los días en lugar de hacerlo en la que siempre lo hago. El camino había cambiado ya de salida y era posible que no me diera tiempo a llegar a la otra. Pasé adentro y estaba ese tipo. Yo iba con los auriculares puestos a todo lo que daban y sin quitármelos di las buenas tardes y pedí cuatro apuestas para hoy. No hubo más y reanudé la marcha.

Ya había dos sentados en uno de los bancos de la última tienda del pueblo. Hay una especie de recodo con un par de arbolillos y dos bancos donde el personal se sienta a beber cerveza y fumar canutos. El gordo y otro que no reconocí andaban trasegando lo suyo mientras esperaban a los demás. El carro de basura que está a la entrada andaba hasta arriba de botes de cerveza. Estaba claro que el mediodía se había dado bien.

Miré por el gato negro de ojos verdes con el lomo abierto que estos últimos años he visto rondando una de las últimas casas y no lo vi. Tampoco el bol con agua y comida que le dejaban debajo del coche. Ya son tres o cuatro veces las que me pasa esto. Puede que haya muerto. Siempre le decía algo cuando pasaba por ahí.

Subí el puente y vi los molinos. Quité a Led Zeppelin y puse techno.

El calor era soportable y el camino estaba vacío. Hice la primera ascensión con la idea de bajar por el otro lado, volver a subir y ya retomar la ruta normal. Tal vez no llegara a casa a las ocho, puede que me dieran las ocho y media y bueno, dos horas no están mal. Luego la cama y dormir cuando pueda.

Y estaba bajando para irme, ya un tanto cansado, cuando pensé por qué no subirlos ocho veces. Mi récord, hecho y repetido desde hace unas semanas, estaba en seis y en fin, ¿por qué no? Y seguí subiendo y bajando los molinos por sus dos laderas.

La última vez ya era casi de noche. El sol se había puesto en la sexta y la gente había ido llegando para verlo. Sin dejar de andar vi como desaparecía la parte superior en apenas unos segundos. Había parejas viéndolo. Había familias con críos. Había turistas y coches en la cima. Hacía tiempo que no veía los molinos así. Hacía mucho tiempo que no estaba a esas horas por allí. Los molinos ahora están iluminados. La gente va allí y pasan la noche los unos con los otros. Antes ibas allí para follar. Ahora hacen hasta conciertos en una cantera cercana. Pero no hoy.

Bajé por octava vez, la cuarta por ese lado. La noche ya era casi total y recordé cuando de chico dormíamos en la casita de campo que tenían mis abuelos. Aquello era maravilloso. Tenía unos rosales al otro lado de la pared del dormitorio que cuando por la mañana abrían la ventana para despertarnos inundaban la estancia con un olor tan intenso que no quedaba más remedio que levantarse para desayunar. Luego a jugar a lo que fuera y a no matar bichos que no había que matar.

- ¿Por qué las pisáis? -decía el abuelo cuando nos veía pisando hormigas- ¿Os han hecho algo?
- No
- Pues no las matéis

La noche era casi cerrada cuando bajé el puente. Habían pasado cuatro horas desde mi salida y seguía estando bien. Recordé una vez, hace muchos años, en la que estuve seis andando por ahí. Y pensé que hoy era una buena noche para intentarlo.

Es verano y los chicos están de vacaciones. Hay parejas que van por ahí cogidas de la mano. En las terrazas de los bares y las heladerías las familias y los amigos beben y hablan. El silencio, ya sin los auriculares, es grande cuando no andas por allí.

Rodeas el pueblo hasta llegar al parque. En tu camino hasta llegar allí han ido apareciendo jovencitas de pantalones cortos con el móvil pegado en sus culos. Recuerdas a esa bonita muchacha, la hija de ese paleto de los últimos días que hoy ha regresado a tu bar, sola, un tanto nerviosa, a tomar un café con una camiseta de los Ramones. No me ha dado tiempo a decirle algo sobre la banda. La mañana anterior, viendo como hablaba con su padre de nuestros whiskys, le habías dejado el librito tan chulo que tenemos con todas las referencias de los premium. Estaba con su padre y lo miraron juntos, sorprendidos por los precios, más ella que él, claro. Él no ha perdido ocasión en estas dos últimas mañanas para explicarme entre copa y copa de DYC sus cosas, de mucho nivel y todo eso...

- Mi hija tiene diecinueve años y sabe llevar un tractor. Está sacándose el carnet de coche.

Diecinueve años.

Hoy ha venido con una camiseta de los Ramones, sola, y se ha ido enseguida.

- Me ha dicho mi hija que le has puesto un chupito de naranja
- Sí, es un detalle que tenemos por norma. Al menos hasta el mediodía.

Ya era de noche total y el perímetro del parque estaba tan negro que sólo la media luna lo iluminaba algo. Una cuadrilla de marujas, de dos en dos, andaban cotorreando sin parar en la penumbra. Un poco más allá empecé a oír música. Y fue como si al oírla se me vinieran abajo las piernas: un cansancio infinito me llegó de pronto. Quizá hubiera un concierto de esos de verano en el parque. Me sentaría, fumaría un pito y con un poco de suerte quizá hubiera alguien que podría venderme una cerveza bien fría. Pero el concierto no era allí sino en un hotel que hay a la vuelta. Oí "Killing my softly with this song" hasta casi perderlos. Las chicas gritaban entre verso y verso y luego por más. La cantante lo hacía muy bien. Hoy no iba a ser el día de batir mi récord. Tenía las piernas hasta los cojones. Ya había sido más que suficiente.


Pronto darán las siete. Entonces escucharé Bron Yr Aur dos veces y media, me levantaré, me ducharé, me afeitaré y me iré para el bar.


- ¿Ya no te pones techno para empezar, Kufisto? -dirá Paco el ciego cuando oiga la tercera llamaa de mi alarma
- No
- ¿Y qué es eso?
- Led Zeppelin. Lo que oigo al levantarme.
- Ahhh...¿Como AC/DC?
- Sí. Y Los Ramones
- ¿Los qué?
- Los Ramones
- Vale. Ponme una manzanilla


Y es que le suda los cojones ocho que ochenta y ocho.

viernes, 5 de julio de 2019

LOS COCACOLOS

Nada más verlos entrar al bar, tal que una cañería que recupera la corriente de agua tras un corte en el suministro, supe que aquellos eran los famosos cocacolos de estos últimos días.

Primero llegaron dos, enseguida otros tres; se sentaron y pidieron sin esperar a nadie más. Pronto fue uniéndose al grupo más gente y al final fueron unos quince, todos hombres, jóvenes y mayores, y un par de chicos. Mujeres no había ninguna.

Gitano puro vi a uno, un tío macho de unos cincuenta y tantos años, pelazo rizado y voz ronca que tenía toda la pinta de ser un chulo de putas. Él fue el único que pidió café. Los demás, como era lo esperado, se decantaron por cocacolas, una de ellas zero.

- ¡Jefe! -voceó uno joven, un absoluto mostrenco de muñecas como mis bíceps- ¿no le puedes dar un poco más al aire?
- Está a tope -mentí desde la barra mientras preparaba la cocacoleada- Espera un poco que enseguida lo vas a sentir
- Joder qué calor

La verdad era que estaba a 24 grados aunque eso sí casi a plena potencia, más que suficiente para sentirlo pero bien, aparte que era mediodía y si cierto es que ya hacía calor en la calle todavía no era el infierno de todos los días. De todos modos no volvió a quejarse durante la media hora larga que estuvo allí.

La mayoría de ellos eran jóvenes, chavales todos con un claro sobrepeso. Los más viejos eran el gitano y dos con aspecto de payos duros, uno de ellos calvo total. Estaban mezclados, eran mercheros, tal y como yo había colegido tras las explicaciones dadas entre risas por mi hermano pequeño estos dos o tres últimos días. No había habido peligro, no habían liado ninguna, pagaban sin discutir, no remoloneaban, pero eso...que llegaban por la tarde, cogían la terraza y devoraban cocacolas como si no hubiera un mañana.

Bueno, a esas horas no hay ni Dios y el dinero no tiene nombre. Bien está.

Las cocacolas volaban. El del aire, el de las muñecas como cuatro mías, voceó que les llevara algún pincho. A todo eso mis hermanos acababan de llegar con todos los de hoy. "Ahí tienes a los cocacolos" me dijo con una sonrisa el mayor. Guardé la tortilla como oro en paño y fui sacándoles los pinchos de ayer, que devoraban casi antes de mi salida del laberinto de mesas y sillas que tenían formado.

La primera gran ronda la pagó uno de los más jóvenes con un billete de cincuenta que sacó de un fajo en el que ese era el más pequeño.

El gitano del café se pasó a la cocacola tras preguntar qué era eso que había entre la carne de la brocheta recalentada.

- Calabacín
- ¿Calaqué?
- Calabacín, tío -dijo uno- Una cosa como de verdura

Al recoger las mesas vi que la rodaja de calabacín estaba en la taza del café.

Uno de los dos chiquillos, un chavalillo rubio y con gafas, muy gracioso, se acerco en uno de esos raros intervalos de tranquilidad a pedir otra cocacola en la barra.

- Dame una cocacola
- ¿Quieres vaso o pajita? -a esas alturas yo ya había dejado por imposible el tema de ponerles vasos, no había tiempo a que se deshiciera el hielo, "¿queréis vaso?" les pregunté viendo el tema, "ná, déjalo, con este vale"
- Pajita

Le puse una y cuando ya iba a irse dijo que le pusiera otra.

- ¿Otra qué? ¿otra cocacola?
- No. Otra pajita.

Yo hacía igual cuando era como él. Y bastante peor. La verdad es que ni se les oía entre el sindiós de voces de sus mayores. Se la puse con una franca sonrisa y salió disparado hacia su sitio en el bar junto a su primo.

El gitano bramó diciendo que aquel a quien estaban a punto de velar había sido, seguía siendo, un "buen hombre"

No sé las cocacolas que puse pero sí que las cobré todas. Ni en Nochevieja he puesto tantas en menos tiempo.


Los cocacolos habían salvado mi turno. Julio acaba de empezar y ha tardado cero coma en hacerse notar. El hospital va cerrando compuertas y poco a poco sólo quedará la orquesta y yo. Agosto llegará pronto y entonces seré yo quien vaya a leer un buen libro mientras fumo bajo la sombra de un árbol del parque a la hora en la que debería de estar sirviendo cocacolas y pinchos de ayer.

miércoles, 3 de julio de 2019

MOSCAS DE BAR

Se había pillado el dedo con la puerta del coche y estaba contándomelo. Luego dijo que la noche anterior había hecho un pisto así de grande. También que había dormido fatal y que odiaba el verano, aunque esto es tema recurrente con todas las estaciones del año, cosa de la que creo ella no se da cuenta. Yo tampoco si no fuera por los repetidos monólogos escuchados durante todos estos años. A veces, de tanto machacar las cosas, uno acaba por cogerlas, como esa mosca que de puro aburrimiento y para sorpresa tuya cazas cuando ya creías imposible volver a cazar una: sientes que la tienes en el puño y sin pensarlo mucho abres la mano y la dejas marchar sin correr la misma suerte que otras más ágiles pero no tanto como para escapar al alcance de una húmeda bayeta desplegada. Matar así, desde la distancia, es fácil; pero si el roce es cercano la cosa se vuelve más complicada.

Miró la hora y pidió otro vino. Siempre lo hace cuando pide alcohol. Eran las dos de la tarde y ya lo tenía todo hecho. La comida estaba preparada y la casa hecha. Me habló otra vez de lo maniática que es con la limpieza, de la angustia que le entra al ver algo que no está como ni donde debe, de las quejas de sus hijas y su marido por esa obsesión y de como tiene ordenada la ropa en los armarios, casi a modo de trampa por si alguien hurga en ellos. También hubo tiempo para su padre, un señor tan mayor y enfermo como los de todo el mundo que sin embargo se cree que todavía es joven, y de la herencia genética recibida por parte materna en cuanto a ciertas dolencias físicas que está segura pasarán a sus hijas, algo que ya sucede con la mayor, la que tuvo con el primer marido, una universitaria que es la viva y espléndida fotografía de su madre a su edad aunque según parece y de momento sólo tiene eso de ella, algo esto último que siempre agradece a quien quiera escucharla.

Su marido llegó con la hija pequeña y le cedí el sitio. Pidió una cerveza y ella un vino que era el tercero e intentó colar al marido como el segundo, lo que no consiguió aunque le diera igual tanto a la una como al otro. Ella hablaba en voz alta sobre los viajes de sus amigas y oí como él le decía si estaba hablando para toda la barra o con él. Bajó un poco la voz mientras la niña jugaba con la cortina metálica de la puerta."Te voy a matar" vi que me decía abrazada a tantos hilos como podía aguantar con la angelical sonrisa que suelen tener las criaturas de seis años. Otro cliente se dio cuenta y nos miramos estupefactos sin decir nada.


Al final no quedó nadie y salí a la puerta a fumar. La calle estaba desierta y llena de luz, vencida y aplastada por la fuerza del sol. Una mosca solitaria trepaba por la sombra de mi pared azul. Toda llena de pequeños ojos, a veces detenía su errático camino y fijaba al menos uno en algo que parecía merecer la pena, aunque no por mucho tiempo.


Quien sabe, quizá no había nada y sólo estaba esperando que intentara cazarla.


Pero yo no lo hice y pronto se fue a otra parte.

lunes, 1 de julio de 2019

BLOOM MAX

Paré en mitad del camino y miré hacia los molinos, pensándomelo. Eran las seis y media de la tarde y el sol caía en su descenso como un zepelín de plomo. Me quité los auriculares con la idea de pensar con algo de claridad. Apenas había dejado atrás el puente que salta las vías separando al pueblo del campo y el calor empezaba a hacerse insoportable. Poco ayudaba el hecho de los dos pares de calcetines que calzo cuando salgo por aquí. Subir cuestas no es igual que andar llanos, algo que saben muy bien tus pies y que tú has aprendido a base de rozaduras en sus talones. El paso no es el mismo por lo que el calzado tampoco debe de serlo. Pero esto, tan fácil de entender, no es cosa que se coja a la primera cuando uno siempre ha andado solo, ni mucho menos. Por el contrario pueden pasar años hasta dar con la solución que evita los esparadrapos. Parece estúpido, será estúpido, pero si no tienes a nadie a tu lado que te enseñe y tu sentido de lo práctico está averiado de serie es lo más normal del mundo.

Hace un par de semanas, sin ir más lejos, compré un ahuyentador eléctrico de mosquitos. Unos días antes había estado en la peluquería y no sé como fue que salió el tema. Ya sabéis, esos sitios hacen que hablar sea agradable hasta para el más silencioso, será por eso de tener a un tío con unas tijeras detrás de ti, maquinilla (por desgracia) en mi caso, pero con estos se da el típico caso de fidelidad tan típico entre los tíos, es decir, si algo funciona para qué cambiarlo, aunque luego veas y oigas que si este pela más barato, o aquella te lava la cabeza, o esta tiene dos tetas como dos campanarios...En fin, que ya son muchos los años que peino y no es que no me crea nada pero casi que me da igual. Después de todo, ¿qué voy a hacer con dos tetas en el espejo? ¿qué coño me van a lavar si la mitad de mi cabeza está monda y lironda? ¿o qué más dará pagar siete que trece cuando eso es algo que hago cada dos meses? Estoy tieso pero no llego a esas miserias. Quizá por eso sea que toda la vida he estado tieso.

El peluquero es un chaval de mi edad o casi que todavía tiene menos pelo que yo. Él se lo rapa al cero y yo al uno. Nunca he pensado en hacerme un cero. Sería como no sé...demasiado enfermizo para mi. Durante un tiempo lució una espléndida barba, que es algo que hacen muchos calvos. De hecho una de sus especialidades y la razón que motiva el éxito de su pequeño negocio autosuficiente es lo bien que despacha a los barbudos, tan numerosos entre los jóvenes de hoy. También, como no, he tenido tiempo para comentarle esto, preguntarle por el sin número de cremas y potingues que exhibe en las repisas entre fotos de alfas barbados y alguna que otra de Elvis, estas para las gominas y todo eso. Pero aquella última tarde la cosa derivó hacia los mosquitos. Le comenté mi cruz (hasta en Navidades los tengo cantándome villancicos) y él me habló de un producto que al parecer iba de miedo para el tema. Una de sus hijas es alérgica a los bichos y aparte de las mosquiteras tenía puestos varios chismes electrónicos de esos. Me quedé con la copla de la misma forma que me quedo con todas las coplas: "Ah, pues qué bien"

Pero durante una de las compras que hice después di por pura casualidad con lo que él me había dicho. Estaba ahí, al alcance de mi mano, y con todo y con eso seguí adelante tras echarle un vistazo. Y fue por una cosa de esas que a veces pasan que tuve que volver a por otra olvidada y ya viéndola por segunda vez me decidí a comprarla. Después de todo tampoco era tanto, apenas seis euros y pico, y yo aunque pobre no soy de los que mira mucho los precios.

Y ah, amigo...¡Esa ha sido la mejor compra que he hecho en mi vida desde las obras completas de Dostoyevski en 1996!

Ni uno, pero ni uno, he oído rondarme desde que lo tengo, aún cuando he abierto las ventanas en estas infernales noches que llevamos. Y han sido catorce los años que he pasado luchando a muñeca partida con ellos. Tengo las paredes y el techo bajo que parecen la Vía Láctea.

- ¿Como tienes esto así, Kufisto? -me preguntó una vez una mientras fumábamos un cigarro
- ¿Y como quieres que lo tenga?
- Pues así...Con todos esos bichos ahí aplastados...¿Por qué no echas fly en vez de aplastarlos o no lo limpias con amoniaco? Así se van
-  No soporto el fly. ¿Que se va qué?
- Joder, pues eso...sus cadáveres ahí aplastaos...quedaría limpio
- ¿Amoniaco?
- Amoniaco
- Pero eso huele fatal
- Pero limpia, desinfecta y luego no hueles nada...Joder, Kufisto...
- ¿Qué?
- Eres la hostia de raro


Estaba parado a las seis y media de la primera tarde de julio en mitad del sendero alquitranado que lleva a los molinos y el sol caía cagándose en todos nosotros, yo el primero. Un leve manto de nubes conseguía que el calor fuese aún más espantoso. El contacto de las suelas de las zapatillas con el ardiente alquitrán y los dos pares calcetines subían hasta mi cerebro en forma de información difusa, de datos poco procesables. Me quedé así un rato, mirando los molinos, el sol y el puente que poco antes había dejado atrás. Poco a poco la idea de volver sobre mis pasos fue cobrando sentido a la manera de una canción de King Crimson. En cierta manera resultó una iluminación.

- Hostia, no puedo

Y bajé lo poco que había andado por primera vez en mi vida sin rozadura mediante.

Antes de subir el puente volví a ver al perro que guarda la finca. Es un ejemplar de esos fieros pero ahora como antes andaba echado a la sombra de su perrera, un simple pedazo de uralita. El pobre no decía nada. Yo le dije algo para animarnos y no caerme rodao pero él no respondió, mirándome triste con las orejas gachas. Un poco más allá el puente y después los arrabales del pueblo y sus pequeñas sombras. Llegué hasta ellas pillando hasta las de las ventanas, rulándome un cigarrillo que al encenderlo fue como echarme fly en la garganta. En el barrio noble los hijos de los ricos se bañaban en la piscina de su club privado, protegido por altas vallas y grandes y espesos setos de las miradas indiscretas. Unos albañiles trabajaban en la construcción de una nueva parcela. Son casas grandes, enormes. Muchas, casi todas, las he visto nacer desde sus cimientos. Luego vas pasando y van creciendo hasta quedar formadas. Y al poco notas que ya están habitadas.


Hay un gato por allí. Es un gato negro de ojos verdes. Hace años que lo veo. La primera vez que lo vi pensé que se estaba muriendo de la mala pinta que tenía. Una enorme herida en su lomo, tal como si se lo hubieran abierto dejaba ver de par en par sus carnes infectadas. El pobrecillo estaba ahí, a la sombra de una de esas casas. No se movió cuando me acerqué.

Pasaron los días y seguía estando allí. Me fijé y vi que bajo un coche aparcado junto a la puerta tenía un bol de comida y otro de agua. Cogí la costumbre de saludarle cada vez que pasaba por allí. Siempre estaba en el mismo sitio, acurrucado en sí mismo, seguro de estar en terreno fiable.

Y ya son años, años...Los propietarios de la casa son una pareja con dos hijos pequeños, niña y niño. A veces los veo llegar cuando paso por allí. Todos, tanto los chiquetes como los padres, van con todas las medidas de seguridad: casco y coderas y rodilleras en el caso de los pequeños. Es gracioso verlos en fila india. El padre va el primero, los chicos detrás, y la madre cerrando la comitiva. Sé por donde van, a veces los he visto por el carril bici de la gran avenida arbolada.


Al final me fumé el cigarrillo. Pronto llegaría a casa y me bebería una cerveza bien fría. Las calles vacías ardían a mi paso y los termómetros de las farmacias sólo daban la hora.

Llegué, abrí la puerta y la gata no salió a recibirme como todos estos días. Miré en la cocina y vi que estaba acurrucada en su rinconcillo, junto a la lavadora, al lado de la amojamada chacha, sin duda el sitio más fresco de este horno, si no ella no estaría ahí.

La jodía está loca por irse. Ya se fue hace casi dos años y me la encontraron tres semanas después, cuando ya la daba por muerta. Era una cría y no hubiera durado un día más. Estábamos en el previo a la entrada de la primera noche jodida de invierno y una buena mujer se la llevó a su casa. No habría aguantado aquella noche, seguro.

Tengo un cuidado loco con las ventanas. Claro que hay pocas que le den posibilidad de fuga pero las hay, sobretodo la de mi habitación. Siempre pasa como un rayo cuando abro la puerta. Su idea es encaramarse en el radiador y desde ahí a la ventana que da acceso al tejado. La otra noche, antes de acostarme, la cerré mal mientras iba a la cocina a beber un poco de agua y al volver supe que había entrado. Miré a la ventana y allí estaba, en el tejadillo, mirándome. Casi me vuelvo loco.

- Olegaria, Olegaria...no me jodas, Olegaria...
- Miaaau
- Venga, tranquila hijaputa, venga...-dije acercándome
- Miaaau
- No por favor, Olegaria, no te vayas...
- Miiiauuu
- Espera, espera, hija de la gran puta
- ¡Miau!

La enganché.


Después la dejé en el salón, cerré bien la puerta del dormitorio, enchufé el antimosquitos y dormí como debería haberlo hecho desde hace catorce años, salvo excepciones.


Qué maravilla.