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domingo, 28 de noviembre de 2021

DILO OTRA VEZ



 Hace como veinticinco años, en el viejo bar, solía jactarme de memorioso, las más de las veces ante mi mismo.

- Si me pusieran delante -decía- la foto del careto de cualquiera de los que hoy he atendido en la terraza sabría decir qué ha tomado - Incluso en noches de fin de semana cuando, fácil, podrían contarse por doscientos -

Utilizaba la libreta de la comanda más por no mirar a los ojos de la gente que otra cosa. Muchos se incomodaban y dudaban todavía más. Era algo estratégico para no perder un tiempo que no sobraba. Por entonces fue cuando empecé a interesarme por el ajedrez, en el 95, lo recuerdo, cuando el match Kasparov-Anand. Poco después mi padre cayó enfermo por primera vez y durante su recuperación (dos o tres meses) fui abducido por la leyenda de aquel viejo bar ahogado en deudas pero de glorioso pasado que tan bien conocía de oídas. Y yo, que aún pensaba que aquello seguía siendo un juego previo a mi salto hacia alguna parte, poco a poco fui cayendo en la red hasta quedar atrapado en el orgullo familiar. Lo que pasó después, una vez que salimos a flote, ya no importa. Al menos a mi, que fui protagonista. 

Tampoco es algo tan misterioso. Un bar es un bar, no la defensa siciliana. Hay un amplio margen de opciones pero las sutilezas no son tantas ni tan decisivas. Una caña sin espuma, un tomate restregado en lugar de cortado en láminas, un café con la leche hirviendo y otro del tiempo, un Larios con sólo un cubito de hielo, una tapa de Cabrales con un chorrito de whisky son matices de brocha gorda: el cubito puede estar aguado y quedarse corto, el chorrito ser un poco largo, la leche demasiado caliente o fría y la cerveza de barril nunca saldrá sin espuma alguna. Pero se entiende, hay un cierto margen. En el ajedrez no. El ajedrez es cuadriculado. Hay lo que ves pero...¿ves lo suficiente como para seguir jugando?

El otro día un cliente me llamó para pagar su consumición. Yo estaba en la cocina preparando el guiso del mediodía y con las prisas salí con media cebolla en la mano que dejé sobre el lavavajillas. Cobré, le puse su vaso de sifón y regresé a la cocina. "¿Y la cebolla?" Salí a la barra y no la veía. "¿Y la puta cebolla?" dije en voz alta; "la tienes ahí, Kufisto -dijo el cliente- en el lavavajillas"

En un bar, en un bar pequeño, todos los días son parecidos. Tienes tu pequeña clientela de diario y la aún más pequeña flotante. El sábado cambia y algunos de los habituales no vienen pero sin embargo aumenta en mucho el número de la otra parte hasta llegar a doblar o incluso triplicar la caja. Es como haber salido igualado de la archiconocida apertura para alcanzar el medio juego con ligera ventaja. Y si tu olfato táctico está en forma y no has bebido la noche anterior quizá puedas apretar la posición.

No hay día más extraño que el domingo. En él todo es distinto y lo mismo a la vez. Prácticamente desaparecen todos los clientes que nos mantienen y sólo se hacen presentes los de fin de semana. Es el final de la partida, el remate previo al día de descanso que precederá al inicio de la siguiente. Y como de costumbre la posición está igualadísima. 

Son las dos y media de un domingo cualquiera y en la barra queda su delantera habitual. Ordenados de izquierda a derecha están mi amigo el camello, uno de mis hermanos y un poco más allá dos divorciados y un viejo solterón. Mi amigo el camello está viendo el fútbol en el móvil apoyado en un servilletero mientras alterna con mi hermano; los otros tres, entre bromas, hablan fuerte del fútbol de ayer. A veces se comunican y la conversación llega a un punto que sólo la edad, la vieja amistad y la experiencia en los finales ganados y luego perdidos dejan la cosa en una posición tablífera. El viejo se va, también los penúltimos del salón, siempre tan simpáticos, y salgo a recoger su mesa. Una pareja está mirando la televisión. Tengo puesto en mute el match por el título mundial entre Carlsen y Neponiamchitchi. Ella lo ve todo claro mientras barro. Él no tanto. Mi hermano se va y los divorciados también. Hoy no han tenido suerte. No ha habido invitación de la casa.

- Me voy a chispar, Kufisto - dice mi amigo el camello - ¿Te queda guiso? -
- Sí-
- Pues ya está -

Me habla de la necesidad de chisparse una vez por semana, cosa con la que estoy de acuerdo.

- El problema sería no poder hacerlo -digo. Y me da la razón-

Le llaman al teléfono. "Vengo ahora" Se va sin pagar. Vuelve. "Ponme de comer, Kufisto"

Come mientras recojo. 

- Un café, Kufisto. Y un whisky - Un Glenlivet de 12 años sin hielo -

Abro un tercio, me siento y charlamos. Hablamos del tabaco que fumo, uno a granel que me pasa un colega. Se lo comento un poco y se rula un pito. Salimos para afuera a fumar.

- Hace frío -digo-
- Sí. Y más que va a hacer en cuanto se vaya el sol -responde-
- Y todavía queda un mes de bajada -
- Vaya -
- ¿Sabes que lo del nacimiento de Jesucristo es por eso? -
- ¿Por qué? -
- Porque el sol permanece estable del 22 al 24. Y sólo a partir del 25 vuelve a ir para arriba- 
- Me cago en Dios -
- Sí, viene de antes, es una cosa muy antigua, de los babilónicos y todo eso...Voy a mandarte un vídeo donde lo explican -
- Me cago en Dios, sí, mándamelo -

Lo busco y se lo envío.


Pasamos adentro. Pide otro whisky de lo mismo. Mi hermano está a punto de llegar para el relevo. Quito el mundial de ajedrez del televisor. Hablamos de whiskys. Me cuenta de uno excepcional, el mejor que he probado en mi vida (y tengo en el bar) que está a muy buen precio en un mayorista del pueblo. Tomo nota y le digo que mañana iré por una botella a modo de homenaje por Navidad.

- ¿Quieres tú una? -le digo-
- No, pero si tiene "Old Parr" me lo dices. Es imposible encontrarlo -
- Tranquilo que me acuerdo -


Supongo que la tercera partida también habrá sido tablas. O al menos eso parecía cuando dejé de mirarla.


Me voy al chino a pillar otra de Johnnie.





jueves, 25 de noviembre de 2021

MALA SANGRE

 No llegué a frotarme con ajo machacao porque ya tenía que volver al bar.

Y no es que la cosa haya reaparecido de un día para otro, no, qué va: lo menos hace mes y medio que empezó a avisar. Pero como uno vive en su nube ve los síntomas como si fuera otro quien le mira desde el espejo: una leve picazón en las aletas de la nariz, bajo las bolsas de los ojos, tras los lóbulos de las orejitas, en el esternón...todo ello adornado por un leve tono rojizo que la socorrida pomada anti eccemas no conseguía curar. Y no sólo eso; hará como tres semanas, tres, que en la despejadísima parte frontal de mi calavera, como media cuarta más allá, ahí donde todavía no se ha batido en retirada mi desgraciadísimo pelo, hicieron acto de aparición las consabidas irritaciones indicativas de que algo ("algo" jodido Kufisto) volvía a no ir bien. Pero nada, mejor no pensar en ello y salir a andar en busca de la inspiración necesaria para el estelar despegue de mi carrera literaria (once años van ya en la pista de salida y contando); o sentarme en el sillón a ver vídeos de Youtube (ahora ando con los de un fraile cocinero); o tumbarme en el sofá para leer libros de divulgación que ya no puedo entender y que cual remolino de aguas negras en el water me devuelven sin remisión a los exhaustos pozos de los de siempre. 

Hasta que hace tres días llego don Dolor y ya no hubo manera de mirar hacia otro lado: "su brote de dermatitis seborreica, don Kufisto." Y entonces, las prisas.

Del bálsamo de Fierabrás que guardaba en el frigorífico no quedaba ni la muestra, lo que no me extrañó pues recordaba perfectamente haberle pasado su contenido hará como dos años a un amiguete que andaba desesperado con el mismo problema. Ya entonces estaba caducado, pero menos es nada. Algo le hizo, no mucho pero algo, aunque siguió (y sigue) tan desquiciado como lo ha estado toda la vida. Algún día saldrá en los periódicos.

Llamé un amigo médico (que debe estar hasta los cojones de todos nosotros) pidiéndole por favor una receta del bálsamo, que es una fórmula magistral para hacer en farmacia, un ungüento maravilloso que un doctor palestino me recetó hará como veinte años y a quien siempre le estaré agradecido hasta las lágrimas. Mi amigo se hizo cargo, lo dejé en sus manos y un rato después me envió un wasap indicando que ya estaba solucionado...¡a finales de la semana que viene! ¡Ay Dios, no me jodas! ¿y qué hago yo todos estos días con mi puta cabeza?

Anoche no podía resistir la tirantez y el picazón. Recordando las loas hacia el jabón Lagarto de una amiga y sus hongos cogí una pastilla que tenía por ahí y me duché y lavé la cabeza con ella. Eso me desveló, no iniciáticamente como cuentan en otros de los vídeos que veo en el sillón, sino que no me podía dormir, aunque verdad es que el dolor disminuyó un tanto, más quizá porque hacía cinco días que no me lavaba el pelo que otra cosa. Desperté mal, me fui a trabajar, regresé a eso de las diez y, tan desesperado como para pedir otro favor, llamé a la farmacia donde el médico había hecho mi encargo para que por favor, por favor, por favor adelantaran el proceso de elaboración.

Por una feliz coincidencia el propietario fue compañero de estudios, un chico de familia bien con el que aún hoy mantengo algún contacto en forma de sus esporádicas visitas al bar en compañía de su esplendida mujer y sus dos preciosas hijitas. No estaba pero tomaron nota del recado con la promesa de devolverme la llamada en cuanto llegara y de hacer todo lo posible para tener mi cura cuanto antes. Me metí en la cama y me arropé en posición fetal con "El caso de Charles Dexter Ward" sonando bajito por el móvil, no sin antes echarme una mezcla de bicarbonato y agua sobre las heridas que tras veinte minutos aclaré "con abundante agua tibia" tal y como decía un vídeo de una furcia en Internet.

A eso de las doce sonó el teléfono. Tan sobresaltado como Ward al encontrarse en la biblioteca de casa con el gilipollas de su padre lo cogí y vi, cosa extraña, que era mi madre, que parece que huele mis problemas. Hablamos de brócolis y de los gases que le producen y al acabar dijo: "¿Estás bien?" Yo le había dicho que me había despertado, lo cual era casi verdad, pero con todo a ella le salió el estás bien. Es increíble lo de las madres. Qué miedo dan a veces.

Desconcertado y dolorido me levanté. La una estaba a la vuelta de la esquina con su regreso al bar. Comí algo viendo un vídeo del fraile. Sopa Minestrone. Es de mi edad y también de mi tierra. Habla como un niño grande, con esa candidez típica de quien tiene de buen grado la líbido por los suelos. Casi que dan ganas de cortarse los huevos.

Google. Remedios naturales. Ajo machacado. Aplicar. 

Gracias a Dios que ya no me quedaba tiempo.

Regresé no muy mal a eso de las cuatro. La última media hora del lánguido mediodía la había pasado en compañía de mi amiga la del Lagarto y los hongos. No le dije nada y ella tampoco se dio cuenta. Hablamos de cuando éramos jóvenes y nos drogábamos; más ella que yo, mucho más. 

Y mi "amigo", el pijo de la farmacia, sin llamar.

Fue estar solo y sentir el dolor. Es como grapas estampadas en la cabeza. Dos veces me he abierto la cabeza y esa es la sensación. Pero en toda la extensión del maldito melón. 

Consciente de que sudar quizá no fuera la mejor opción, y tras descartar ponerme a beber y a escribir o a echar a andar, me puse con la tabla de ejercicios y después me encerré en la habitación a golpear el saco.

Estaba duchándome con Zaratustra y el calentador de fondo, lavándome el pelo con el jabón de glicerina habitual, cuando creí que Zaratustra calló. Terminé y el mago persa seguía hablando. Desconfiado, tal y como aconsejó, cogí el móvil y vi una llamada perdida de la farmacia. "¡Dios Santo, lo han hecho ya! ¡Bendito seas, amigo mío! ¡Vivan los Hombres G! ¡Muerte al heavy metal! ¡Sí!" El capullo de Zaratustra andaba entre viejecillas y jovencillas cuando le tapé la boca.

- Hola, soy Kufisto, acabo de recibir una llamada vuestra y...-
- Ah, sí, espera...Te paso con Javier -

¡Javi! ¡amigo mío! ¡Santo Dios! ¿Te acuerdas, te acuerdas cuando éramos chicos, yo jevi y tú pijo, y nos sentábamos en el mismo pupitre y tú te reías de las fotos de culos caídos de las chicas jevis que yo llevaba pegadas en mi carpeta? ¡Joder, qué razón tenías! ¡Estaba equivocado! ¡Estoy equivocado! ¡Mira tú, gran pìjo, ya entonces acariciador de prietas y turgentes nalgas de niñas de colegio privado! Sí, guapo pero soso, que también yo me hice algunas. "Me gustó tu manera de llegar tarde al examen" me dijo uno de ellas después de sobarla un buen rato en un callejón oscuro, el de Santa Ana, "entraste como quien no tiene miedo" ¡Oh, Dios mío, pero ahora tengo casi cincuenta años y vivo en una nube! No tengo mujer, no tengo hijos, no tengo amigos, no tengo nada como decían Salvatore de la Rosa y Bob Dylan; no tengo más que un piso hipotecado y una amiga que se lava el coño con jabón Lagarto; y un coche mayor de edad y una madre rayos gamma; y una gata que recogí de la calle porque se empeñó en que la recogiera; y un kindle con muchos libros que no puedo entender y ni un sólo escritor nuevo que leer...¡Oh, Javi!

- ¿Sí...Kufisto? -
- ¡Hola, Javi! -
- ¿Kufisto? -
- Sí, Kufisto, el del bar -
- Ahhh...sí -

La madre que me parió. ¿Será posible?

Y empezó a hablarme de tal manera que, como mi madre, supe que tenía a alguien delante; quizá la suya, o su hermana. 

En resumidas cuentas, todo había sido un error, ellos no hacían nada de eso y adiós muy buenas.

Y yo que había pensado en llevarles un décimo de lotería de Navidad del bar como agradecimiento volví a cagarme en Dios por mi ingenuidad. Hijo de la gran puta.

Con todo, se dignó a decirme dos farmacias en las que hacían tales fórmulas. Y yo le di las gracias y salí disparado hacia ellas.

Me vestí, y agarrando todo lo necesario (bote del frigo con la fórmula pegada), cogí el coche y me lancé a la aventura, pues bien sabía que sin receta nanay. Pero quien sabe.

En la primera de ellas, en el viejo barrio donde me crié cuando todavía no había tal, me despacharon pronto. Y eso que iba con la melena recogida, precaución tomada en vista del tema, que me lo conozco bien. De todas formas tuvieron la amabilidad de indicarme la otra, la misma del otro.

Allí fui. Amplia y luminosa, moderna, con tres mostradores atendidos por tres chicas jóvenes, una farmacia donde uno se bebería a gusto un cubalibre. 

- Ya, pero te hace la falta la receta -dijo una de ellas-

Llamé a mi médico. A mi gran amigo médico pensando que se había equivocado de farmacia.

- Oye, Enrique, me ha pasado esto...

Y se lo conté. 

- Joder, Kufisto -
- ¿Qué? -
- Que no era esa la que te dije. ¡Era la otra! ¡Del mismo apellido pero la otra! La de debajo de tu bar -
- Bueno, de todas formas...¿Puedes hacerme otra receta para llevársela a estos? Estoy fatal y dicen que la tendrían pronto -
- Venga, claro que sí. Ven para acá y te la doy - 
- No te preocupes por la otra, no diré nada y me la llevaré -
- Venga, anda, vente para acá -

No sé qué habré hecho por él en otro de esos infinitos universos paralelos.


Regresé a la farmacia guay con la receta. Me atendió un tío. Nervioso, llegué a enseñarle las heridas de la cabeza.


Gloria eterna para mi doctor palestino:


http://elblogdekufisto.blogspot.com/2012/02/viva-palestina-libre-in-memoriam.html





domingo, 21 de noviembre de 2021

¿COMO LO VES?

 - ¿Tú como le ves? -
- Bien - mentí -
- Pues yo no -

Removió un poco más el azúcar en el café, mirando con fijeza la espiral que estaba creando. Echó un sorbo y levantó la vista al frente, hacia las botellas de whisky. Era una mirada que estaba viendo otra cosa. Era la mirada de alguien que rememora un tiempo mejor, un tiempo en el que no era viejo.

Habló de la juventud compartida en Madrid junto a su hermano mayor. Dos chicos de pueblo en el Madrid donde el príncipe Juan Carlos acababa de ser designado sucesor con título de Rey por el General Franco. Un piso para cuatro; un piso de una habitación con dos camas y un saloncito con sofá y catre que iban turnándose a la semana. La juerga, las chicas, el cachondeo, el Santiago Bernabéu. Él era un recién llegado y su hermano llevaba dos años trabajando en Madrid. No había día que no anduvieran chicas por allí. Era Madrid, la capital de España. Y el poco dinero que ganaban les duraba aún menos en los bolsillos.

No aparecían por el pueblo. Hasta que su padre, un divisionario azul, les dijo que al menos uno tenía que ir cada fin de semana para ayudarle en las labores del campo, pues el que quedaba allí aún era demasiado pequeño. Pero la muerte le sorprendió pronto y todo quedó en nada. Una muerte traumática y evitable por la que siempre guardaron rencor hacia el despreocupado médico. Y la vida cambió. Recogieron a la madre y al hermano y se los llevaron a Madrid.

- Más que otra cosa porque mi madre no cogiera la escopeta y se cargara a la querida de mi padre que vivía en la casa de enfrente -

Pero sin embargo se hicieron novios aquí. Una fuerte lesión en la rodilla jugando al fútbol postró en cama durante un año al hermano mayor y durante la convalecencia regresaron al pueblo. La chica con la que estaba lo dejó y conoció a otra del mismo barrio, la hermana pequeña de mi padre. Luego las bodas, los hijos y la lucha constante por ganar más dinero en aquel Madrid ya dejado de la mano del Caudillo por gracia de Dios.

- Él -decía hablando de su hermano mayor- que siempre se cuidó tanto, que pasaba una hora en el servicio para arreglarse, que hacía tanta gimnasia...y mira ahora-

Y es que nos acostumbramos a ver de determinada forma a quienes queremos y cuando sin motivo aparente se produce un cambio en su fisionomía es como si fuese otro. Aún recuerdo la vez que siendo niños mi padre se afeitó el bigote: nos enfadamos tanto que no lo volvió a hacer. 

En el caso de mi tío ha sido a causa del pelo, del poco pelo con el que siempre le he conocido ("cuando llegué a Madrid llevaba la melena por los hombros" ha dicho su hermano, algo que no sabía y me ha maravillado) Ha dejado de tintárselo color ala de cuervo y el efecto es devastador. La primera vez que lo vi, una mañana más en el bar, me salvó la mascarilla: no lo podía creer. Claro que yo ya no soy un niño y encima llevo medio año luciendo una hermosa coleta, algo indescriptible para lo que la familia (y él en particular) siempre ha pensado de mi, por lo que no dije nada ni él comentó cosa alguna. Mutis por el foro, como tantas veces en la familia.

Es verdad que la muerte de mi padre le afectó bastante. Tuvieron una relación muy estrecha durante toda la vida, especialmente a partir de su definitivo regreso al pueblo a mediados de los ochenta. Para él era como el hermano mayor de quien nunca ha tenido un hermano mayor. También hizo lo suyo la enfermedad que casi se llevó a su mujer poco tiempo antes de que se le declarara a mi viejo la que terminó con él. Desde entonces mi tía hizo lo que Greta Garbo con la llegada del cine sonoro con la sola excepción de la asistencia a misa, y entre esto y que él nunca fue de tener muchos amigos la soledad y el no tener nada que hacer ni nadie con quien hablar fueron mellándole el ánimo hasta hacerle encontrar alivio en pasatiempos equivocados que le metieron en graves problemas económicos finalmente solucionados con la ayuda de los hermanos y una de las hijas, pues su mayor angustia era que no se enterara su mujer, tan delicada de salud. Esto, a mi modo de ver, junto a su archiconocida hipocondría fue el motivo principal de la aparición de la enfermedad que lleva trastornándole desde hace un par de años, una cosa que "es, pero poco", "que ya no aparece, pero hay que dar algunas sesiones" y en fin, lo habitual entre nosotros.


Está diferente. Por supuesto no hablo con él de nada que pueda alterarlo, no quiero tentar a la suerte: nada de política, ni de fútbol, ni de...yo qué sé. ¿De qué vamos a hablar? ¿de Zaratustra? ¿de ajedrez? ¿del NWO? Hace bueno y qué tal va la cosa, sin entrar en detalles. 

Pero lo veo más condescendiente, menos subyugado por las filias y fobias que tantos malestares le han traído. Hay un aire más suave en torno a él, una cierta placidez en la resignación de la edad, como una serena exultación oculta tras sus dogmas de siempre. Están sus hijas, sus nietos y sus sobrinos, su Real Madrid y su Partido Popular, sus misas y su Dios, su cochecito que lleva de acá para allá, sus pequeñas tareas diarias y sus pequeños dolores de cabeza por ayudar en lo que pueda, como siempre hizo en ausencia de sus demonios. Y está la mujer de su vida, claro.


Aunque lo del pelo blanco como ala de cisne nos ha descolocado a todos.

viernes, 19 de noviembre de 2021

PASE SIN LLAMAR

Como era de esperar, el viento arreció de cara en cuanto alcancé la gran avenida que hasta no hace tanto delimitaba al pueblo del viejo camposanto. Las ligeras nubes estaban tan altas que parecían quietas, blanqueadas por el suave ocaso del sol otoñal, tan inocentes e inofensivas que era como si estuviesen perdidas esperando a alguien antes de la llegada de la noche. En la amplia y despejada acera el viento corría cual chiquillo con su bicicleta nueva lejos del temor de los padres, con toda su fuerza, con toda su alma, henchido por la ilusión de libertad. Cargando mi peso hacia delante y la cabeza baja llegué hasta el final de la casi desierta avenida. Allí me desvié dejando al otro lado el bajo muro blanco y los altos cipreses cimbreantes del cementerio y su crematorio.

Caminé entre pequeñas naves industriales, talleres de coches, gimnasios low-cost, restaurantes de franquicia y casas de putas camufladas de bares. Un poco más allá, a la derecha, la última calle del viejo pueblo, viejas casas de una sola planta y persianas verdes ya habitadas sólo por viejos que esperan mientras todo crece a su alrededor. Un local del final de la calle, un local que ha sido muchas cosas, ahora es un centro de reunión evangélica. "Pase sin llamar" declara una cartulina pegada en el cristal de la puerta. A veces miro al pasar y veo las nucas de gente sentada.

Veo los molinos y me tientan. Podría subir hasta ellos. Tal vez con el tiempo justo, la luz se está yendo, pero todavía tendría tiempo. Y fuerza. Pero no, mañana me harán más falta en el bar. 

Por aquí, casi en el límite de las vías del tren, las casas son aún más grandes, más poderosas. Altos muros y varias plantas, todas con el escudo de seguridad en la puerta. Hay una parcela en construcción y otra cercada a la espera. Tan sólo queda libre la adyacente a las vías y ahí, tras los arbolillos que la separan de las vías valladas, es donde paro a mear. Hoy, casi con la chorra fuera, topé por primera vez con un viejo un tanto despistado que quiero suponer venía de hacer lo mismo. Blasfemé algo bajo los auriculares, eché a andar un poco más adelante y no miré atrás.

Allí, en ese banco de ese parquecillo, frente a ese buen graffiti egipcio, releí este último agosto "La montaña mágica" Había caído una tormenta fuerte y el parque, el gran parque del pueblo, estuvo casi tres semanas fuera de servicio. Un poco más y encendería el cigarrillo.

Tres caladas y dejo que se apague. Mucha gente con la mascarilla puesta, la mayoría mujeres. Algunas llegan a bajarse de la acera. 

Me animo y sigo adelante. Estoy bien. Haré el paseo largo. 

Entre las sombras de los edificios llego al otro lado del pueblo veo que el sol todavía está allí, sobre las naves del polígono industrial, no de todas, pero sí de algunas. Y así voy mirándolo mientras camino. Ahora no hace daño si lo haces. 

Unos pajarillos revolotean sobre un edificio de pisos. Nerviosos se posan en las antenas, empujándose, volando otra vez, pillando sitio. La noche llega. La noche, la noche, la noche...

El sol está capado cuando llego al perímetro del parque. Unas lejanas nubecillas se toman sus últimos rayos de luz. Veo un súper de carretera al que no voy hace desde hace años y entro para hacer la compra de mañana. Unas costillas. Un guiso con patatas. Me sale bien. La gente lo dice.

El carnicero está atendiendo a la única clienta de la nave. Lo que fue esto y lo que es ahora. La mujer ha salido para afuera, "ahora te lo llevo" oigo que le dice, y él no me hace ni puto caso, como si no existiera. Me voy mientras Zaratustra me habla de los sabios famosos. Compraré donde siempre.


Hay un grupo de niñas que entran a mi bloque cuando salgo de comprar. No hace falta llave alguna para entrar al patio interior. Son cinco y se sientan en el poyete enrejado que separa el acceso a las cocheras. Abro la puerta y entro al patio. No las miro ni les digo nada. 

- ¡Hola, Kufisto! -grita una-
- ¡Hola, chicas! -digo abriendo la puerta de mi bloque-

Y ríen nerviosas mientras yo paso para adentro. 




martes, 16 de noviembre de 2021

OTOÑO PRIMAVERAL

 Era a la luna a quien el sol había estado mirando. Caí en ello al darle la espalda. La luna, aún sin su mejor cara, despertaba hacia una nueva noche. Un viento frío venía con ella; y el dorado azul del otro extremo del cielo iba transformándose en un oscuro violeta. Me abroché el abrigo, ajusté la bufanda y ya con el gorro de lana sobre la cabeza miré a la tierra que iba pisando, tan llena de guijarros y pequeñas piedras como antes pero que sólo ahora veía y sentía. Deseché encender el medio cigarrillo prometido; lo haría más adelante, cuando anduviera sobre cemento y bajo el paravientos de las que entonces serían las primeras casas del pueblo. Alcé la mirada y vi la luna un poco más alta. Pensé un poco en ello mientras no le quitaba ojo. Parecía quieta, parada. Mi sombra se hizo tan larga que tuve que fijarme en ella. Noté otra acercándose a la mía hasta superarla. Y cuando nuestros cuerpos estuvieron a la misma altura del camino torció la cabeza como para asegurarse de cual era la cara de aquellas espaldas. Era un niño que ya cansado corría de regreso a casa. Vi temor y desconfianza en su infantil mirada. Demasiado tiempo viendo unas espaldas.

Y la luna más alta y más blanca y la noche tras ella y mi oblicua y gigantesca sombra oscureciendo vides secas al otro lado del camino.

Llegué a las primeras casas del pueblo, las últimas, y encendí el cigarrillo; tres caladas después dejé que se apagara entre mis dedos antes de volverlo a guardar en algún bolsillo.

La gran avenida me recibió en sombras; todavía había sol en el otro extremo. Los últimos rayos refulgían sobre el blanco del nuevo bloque de pisos de grises balcones. Y más allá, en lo alto, los molinos capados del cerro. Ayer estuve allí. Subí hasta ellos como tantas otras tardes, por detrás, fuera del camino alquitranado, mirando donde pisaba, resollante, las duras y afiladas piedras que entre abandonadas canteras guardan sus laderas sombreadas. Luego, arriba, el sol poniente de frente. Y después ninguna sombra, ninguna luna. Todo queda atrás hasta que llegas a la gran sombra del pueblo y sus farolas. 


Has sido tú, sol, el que hoy ha trastocado mi camino. Estabas tan radiante y fresco cuando eché a andar que no pude hacer otra cosa sino ir hacia ti. Y me equivoqué.


Parecías primavera pero ahora te toca ser otoño.


Y a mi también.




sábado, 6 de noviembre de 2021

NO ES LA CARRETERA, ESTÚPIDO, ES EL MOTOR

 Topé con ella en la puerta del bar. Yo salía a dejar la bolsa de trabajo en el coche y ella entraba armada de varios apechusques que daban a entender su oficio como azafata de bebidas. Nos dimos el hola en la misma cortina, salí afuera, dejé la bolsa y ya otra vez dentro del bar vacío me preguntó si ese era el bar de Kufisto; respondí que sí y ella suspiró diciendo lo que le había costado encontrarlo, algo que no entendí hasta un ratito después al notar su evidente nerviosismo que pronto confirmó de palabra al confesar que era su primera vez.

Era una chica muy joven, veinteañera, de negra melena rizada, alta a pesar de ir en zapatillas y guapa en lo que permitía ver la mascarilla que no se quitó. El tono de voz era todavía más juvenil, casi colegial. La muchacha no paraba de hablar mientras extraía de los cartones las diferentes partes del tenderete a montar, una cosa de chusco aspecto siendo como era de una ginebra premium. Yo la miraba agacharse para dar fondo a la dudosa forma del mostrador, lo que no logró excusándose con salir otra vez al coche por la cinta americana, los regalos y parte del resto de cosas necesarias. Tenía unas buenas piernas enfundadas en medias. "¡Y me cambio de calzado! -dijo- ¡que así parezco una loca!" No se por qué pero esto me hizo mucha gracia. Todo era tan natural en la chica, todo estaba tan desprovisto de afectación, que era inevitable no sonreírse con ello.

En ese compás de espera llegó mi hermano pequeño a dar el relevo. Le comenté un poco lo que había y ya me iba cuando ella regresaba con los tacones puestos, un plus en toda regla que le sentaban estupendamente.

- Bueno, me voy -le dije- Te dejo con mi hermano. Luego llegará el jefe. Adiós. -
- ¡Adiós! ¡Gracias!

Sonriendo subí al coche. Y pensé en la buena pareja que hacían y en la que iban a montar hasta tener en orden todo aquello. Confieso que casi llegué a reír.


Todo el mundo tiene problemas. Todos los días alguien me cuenta los suyos. A veces son cosas serias, enquistadas en el tiempo y cada vez más complicadas de tratar sin hacerse más daño del ya hecho. A veces, muchas, la gente sigue con sus problemas de puro miedo por no darse de frente con la solución a ellos. Con la edad, con el paso de los años y la pérdida de la juventud, se hacen más grandes los problemas. Y no porque sean más grandes, no, sino porque nosotros los hacemos más grandes. Nunca tiene uno más problemas que cuando es joven pero, por así decirlo, se resuelven solos, tal que ese muñeco que aprietas, retuerces y deformas al extremo pero que le basta con que, cansado de hacer el tonto, lo sueltes para recuperar su forma.


- Vaya noche ayer, Kufisto...-me dijo un buen amigo este mediodía- 
- Ya te estoy oyendo la voz...-
- Anda, ponme un vino blanco bien frío -

Se lo acompañé con una pulga de chorizo que mordisqueó mientras me contaba lo poco que podía recordar.

- Ya no estoy para esos trotes. Ponme otro. Pero no me pongas pincho-

Seguía sin sentirse en su cuerpo.

- Me vas a poner un chupito de ginebra, Kufisto. A ver si así...-

Se lo bebió de un trago, acabó con el vino, pagó y dijo que se iba a por el pan.

"¿Qué tal estás?" me ha dicho la mujer al despertarme hace un rato. "Bien" le he contestado. Es lo mejor, hacer somo si nada. Y encima hoy toca comida familiar...Ay, la hostia.


La chica debutante ya estará tras el frágil tenderete ofreciendo la mercancía con su mejor disposición a los clientes del bar. Mi hermano andará de acá para allá, puro nervio, poniendo copas. Quizá fallé algo, tal vez se desmorone el reutilizado cartonaje de la marca con las risibles consecuencias, pero no pasará de un ay, una pequeña vergüenza y a seguir adelante. Unos pedazos de cartón no podrán con ellos, inocentes del todo. La noche es joven.


Y el día también.

jueves, 4 de noviembre de 2021

4 DE NOVIEMBRE

 Hoy hace veintitrés años que el abuelo se murió. Estaba cerca de cumplir ochenta y un años. Lo hizo al amanecer, en el hospital donde pasó las últimas dos semanas de su vida. La úlcera de estómago que padeció desde la Guerra Civil acabó derivando en un cáncer de estómago, aunque esto nosotros, los chicos, sus nietos, sólo lo supimos tiempo después. Esa palabra, como tantas otras, estaban vedadas en nuestra familia para según quien. "De lo malo no se habla" Nunca oí está frase en boca de ningún familiar pero se sobreentendía. La abuela, tan diferente al abuelo y tan parecida a mi padre, siempre tenía una salida llegado el caso. Tuvo una infancia tan pobre y desgraciada que cuando pudo escapar de las manos de su padre se acabaron todas las penas. "¡Alegría!" decía riendo. Yo a mi abuelo sólo le vi reír y bailar cuando Señor marcó el último gol frente a Malta.

La familia siempre ha dicho que me parezco a él, tanto en el rostro como en el alma. Esto nunca me gustó. Yo quería parecerme a mi padre. Pero me miro en el espejo y veo más a mi abuelo; detrás del espejo ya no lo sé. ¿Quien conoce a su abuelo, a ese hombre que ya era viejo cuando tú naciste? Para su nieto el abuelo nunca será otra cosa que un abuelo.

Jamás hablamos de nada. Tan sólo en la adolescencia, ya alejados del barrio, un domingo de esos que mi hermano y yo íbamos a por la pasta, nos dijo que deberíamos conocer más gente, que siempre andábamos juntos y eso no era bueno. Y era verdad, éramos uña y carne, siempre estábamos juntos, no solos, teníamos amigos, pero donde iba uno iba el otro. Es curioso como él, el hombre de proverbial seriedad, nos incitaba a abrir el círculo de nuestras vidas cuando por el otro lado, por todo el otro lado tan alegre y al mismo tiempo tan cerrado sobre ellos mismos, nos animaban a cuidar el uno del otro. Y ello no tanto por una sentimiento de estar por encima del resto (que creo que también, sobretodo por la rama femenina) sino por un indecible temor a la separación, a la pérdida, a la disolución. Era como si todo contacto con lo extraño, aunque fuese tu vecino, conllevara una amenaza, una espina en esa redondísima burbuja en la que se desarrollaban sus vidas. Y no por falta de sociabilidad, al contrario, todos estaban de cara al público, tanto en el bar, como en la tienda, como en el banco, pero fuera de ahí no había nada más que la familia y las dos o tres parejas amigas desde la juventud.

Vi poco al abuelo en los últimos años de su vida. Yo ya había dejado de estudiar, me emborrachaba, andaba con las tías, me drogaba, mi hermano vivía su vida, trabajábamos en el bar...todo eso. A veces lo acompañaba a comprar la fruta en un mayorista que estaba en la carretera. Hablábamos poco y cada dos por tres nos parábamos a saludar a algún viejo que se acercaba para saludar, algunos con lágrimas en los ojos, algo increíble. Mi abuelo sonreía, decía algo y seguíamos andando. Luego llegábamos a la nave, una cosa enorme, y sin decir nada enseguida se nos acercaba el encargado para ofrecernos mejor material. Yo no podía entender como un hombre que por su enfermedad se había retirado de la circulación a los cincuenta años hasta coger fama de ermitaño podía seguir teniendo veinte después tanta mano a la hora de coger cuatro peras, dos pimientos, tres manzanas y cinco mandarinas.

Cuando cayó tan malo en el hospital iba a verlo todos los días. La abuela estaba siempre con él. Se llevaban apenas cuatro días. Pasaron toda la vida juntos.

La última tarde que le vi, el día antes de su muerte, estaba sentado en el sillón. Tenía los ojos vidriosos, muy oscuros, la tez muy pálida. Me senté sobre su cama y vi a la abuela esforzarse por no llorar. 

- ¿Qué tal, abuelo? -
- Bien, bien...¿Como estás tú, Kufistín? -
- Bien. Me voy para el bar ahora -
- Eso está bien. ¿Qué tal va el bar? -
- Bien, abuelo, bien...-
- Bien...-

Nos quedamos en silencio. La abuela se llevó el pañuelito a los ojos. Hablé al abuelo. Estaba un poco despistado. Me preguntó otra vez por el bar. Le dije lo mismo. Vi como desvió la mirada hacia el cuello de mi camisa blanca.

- Está manchado -dijo-
- ¿El qué? -respondí-
- El cuello de tu camisa- y alargó la temblorosa mano hasta tocarlo-

Miré y no vi ninguna mancha. La abuela se sonó la nariz.

- Ahora me cambio, abuelo -
- Bien, bien...Kufisto-
- ¿Qué, abuelo? -
- No discutas nunca con nadie -
- Claro, abuelo -
- Dame un beso, Kufistín -

 
Estábamos abriendo el bar cuando mi padre cogió el móvil.

- Me voy para el hospital, Kufisto -me dijo- El abuelo ha muerto. Cierra tú con Manolo-

Y cerramos el bar y vi a Manolo llorar como un chico, como el chico que fue cuando su padre, treinta y cinco años atrás, se lo llevó a mi abuelo para ver si podía hacer algo con él.