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domingo, 17 de febrero de 2019

HICE BIEN MI TRABAJO

Hice bien mi trabajo. Llevo un rato en casa y pronto me iré a la cama. El salón ahora está silencioso. He visto algunos vídeos de empezar sin acabar ninguno. La gata anda dando vueltas por ahí. Oigo pasar algún que otro coche por la calle, puertas que se abren y se cierran y gente que habla cosas que no llego a entender desde aquí arriba. Hice mi trabajo y me vine a casa. La pantalla del ordenador se apaga y la gata parece haber visto algo en la estantería de los libros. Vi un mosquito en el water cuando pasé a lavarme los dientes. Era grande y estaba como pegado a la pared. Me acerqué para verlo mejor y me pareció que estaba cojo. Ni intenté matarlo. No estaba en la habitación. Al abrir la puerta salió disparado a la velocidad del rayo. Creo que no se ha pasado a la habitación. Cerré la puerta rápido, sin perderle ojo mientras lo hacía. Salió disparado cuando oyó la puerta. No ha podido darle tiempo. Lo he perdido de vista ante mis ojos pero creo que no ha podido darle tiempo. Segundos antes estaba tan quieto y yo tan cerca que parecía como si estuviera con los ojos cerrados esperando el golpe definitivo. Yo lo miré bien y me pareció que estaba cojo. Luego salí y él salió disparado. Creo que no ha entrado a la habitación. Pronto lo sabré. Allí sí, allí tendré que matarlo si lo veo. No puedo dormir con un mosquito cerca. Tampoco con una gata. A esta sólo la dejo entrar cuando araña la puerta en mitad de la noche. Es tan constante y lo hace con tanta decisión que la mueve en su holgura y con el ruido me despierta. Entonces me levanto, la dejo entrar y vuelvo a dormirme enseguida. Duermo mucho desde hace unos días. Nunca había dormido tanto, aunque somos muy exagerados cuando escribimos. Pero no recuerdo dormir tanto. Caigo en el sueño poco después de las nueve y así estoy hasta las seis con la breve interrupción de la entrada de la gata. No sueño nada, que yo recuerde. Y como no tengo que levantarme hasta las siete ahí me quedo, cambiando de posición de vez en cuando sin pensar en nada más que no molestar demasiado a la gata al cambiar de postura. A veces es inevitable, me deja en mala posición y me veo obligado a quitarla de en medio. Pero enseguida vuelve y busca acomodo en un sitio mejor. Y así hasta las siete menos algo. Nunca dejo que suene el despertador. Controlo bastante el tiempo en ese estado. "Ahora son y 33" me digo, y cojo el teléfono y veo que más o menos es esa hora; "ahora son y 47" me digo y estoy cerca; y cuando siento que pronto será la hora de levantarse lo cojo por última vez y veo que ya esta en la cincuentena bien pasada. Hoy lo cogí en el 59. Después me duché y me fui al trabajo. Trabajé bien, relajado hasta en las prisas, y sólo me excité un tanto a la hora de irme. Y no porque estuviera esperándola (no me dio tiempo) sino que vi que ya podía irme y salí disparado a casa. Hacía una tarde muy agradable pero ni se me ocurrió salir a pasear. Creo que esto es algo que afecta al sueño. Conviene aburrirse unas horas para dormir bien. Está bien dormir mucho. Luego uno anda más tranquilo cuando tiene que salir.

La tarde ya está cayendo. Pronto se hará la noche y la gata está en su rato loco. ahora ha venido a morderme mientras escribo esto. Es su manera de advertirme que quiere jugar. He tenido que darle cinco o siete manotazos para que me deje en paz. Se ha ido al ventanal. A veces me ha pasado ir por la calle y ver a las mujeres mirar hacia mi ventanal.

Ha sido un buen día. He hecho bien mi trabajo. Pronto me iré a la cama. Miraré la Red en el teléfono y a las nueve y media ya estaré durmiendo. Luego, a eso de las 3 o las 4, oiré a la gata llamando a mi puerta. Le gusta pasar la última parte de la noche conmigo. Le abriré, nos volveremos a dormir, me levantaré a eso de las siete, me ducharé y me iré al bar para abrirle a la mujer de la limpieza. Un rato más tarde haré la recaudación de la tragaperras y ya tendré a mi entera disposición el día de descanso. Iré a comprar algo, comeré pronto y saldré a dar un buen paseo. Mañana subiré los molinos. Seguro que hará un buen día.

Suenan las campanas llamando a misa. No sé qué hora es. Pronto me iré a la cama. Espero que el mosquito no haya tenido antes tiempo de pasar a la habitación. De todas formas todavía le queda alguna oportunidad. La puerta del water es la última que cierro antes de dormir.


Aunque pensándolo bien tampoco creo que a estas alturas un mosquito cojo vaya a joderme el sueño.

martes, 12 de febrero de 2019

RESIDENCIA

El sitio es amplio, limpio, luminoso. Las habitaciones son dobles en su mayoría. El cuarto de baño es espacioso, acondicionado de forma adecuada para quien no puede lavarse por sí mismo. Un gran ventanal descubre una buena vista del vasto campo con la sierra a lo lejos cuya visión es entorpecida por la tímida presencia de un arbolito del jardín que circunvala la residencia. Dos cortinas, leve la de fuera y pesada la de dentro, están a disposición de los internos para modular la luz en el ocaso de los días. La yaya dijo que corriéramos las dos nada más entrar en la habitación. Así lo hice mientras mi madre se la llevaba al water para cambiarle el pañal. Miré en los tres cajones de su mesita de noche y sólo vi un evangelio y una Biblia como cosas digna de mención. También vi una funda para las gafas que estaba vacía. Nada más verla en el salón donde están nos había dicho que había perdido las gafas. Luego, a pregunta de mi madre, dijo que no sabía quien era yo y que aquello era una casa de locos, cosa que repetiría varias veces durante la visita. Yo era la primera vez que iba en cuatro años que lleva allí. Quedé ayer con mi madre en que hoy la llevaría yo. La semana anterior me había dicho que había entrado allí Luis, un viejo amigo mío. Y esta sorpresa, unida a un verdadero interés por ver a una de mis abuelas, a la última de su generación que me queda viva, consiguió que me decidiera a dar el paso.

Una vez limpia la yaya mi madre la hizo sentarse en una silla mientras le preparaba la cama. Es una especie de cuna que se cierra por los lados. Volvió a preguntarle si me reconocía y dijo que no mirándome de reojo. Enseguida salimos de allí para irnos a la cafetería a tomar algo.

En el trayecto me fijé mejor en el salón principal, grande y de techo muy alto, circular y rodeado por enormes ventanales, que bien surtido de sofás y sillones daba una cierta sensación de placidez que unida a la más que notoria calefacción lograba que algunos de los que allí estaban parecieran dormir ignorantes de que apenas eran las seis de la tarde, del gran televisor que echaba una película de Castilla la Mancha TV y de las conversaciones del resto residentes, muchos de ellos en sillas de ruedas. El personal que les atendía era femenino en su totalidad, algunas de ellas chicas muy jóvenes. A una de estas mi madre le preguntó por las gafas de la yaya y le contestó que mirarían a ver, no sin decirle si habíamos mirado en su bolso o en la habitación. Otra, más mayor, grande y fuerte, estaba cambiando de silla a una anciana impedida. Un culazo enorme tomó forma en un instante ante mis ojos. Fue una cosa tan inesperada que apenas pude disimular. Y luego estábamos en la cafetería.

Nos sentamos en una mesa que tenía un ejemplar de La Razón lleno en su portada de ejercicios de caligrafía  y pedimos dos tés verdes, una manzanilla, un bizcocho y un plato de patatas fritas. Todo se lo comió la yaya menos mi manzanilla. Entre medias respondía a las preguntas de mi madre: "¿Como me llamo yo? ¿como se llamaba tu hijo que ya no está? ¿como se llamaba tu hija que ya no está? (aquí falló) ¿como se llama tu hija que hoy no está aquí? (acertó tras dudar) ¿como se llamaba tu padre? ¿como se llamaba tu madre? ¿en qué año naciste? (no quiso decirlo) ¿en qué día?..." Después hizo que le pasara revista a toda la tabla de multiplicar, desde el 2 hasta el 9, y sólo falló dos que corrigió al toque mientras trasegaba el bizcocho, las patatas, su té y el de mi madre. A mi me miraba de reojo de vez en cuando. A mi madre no la miraba.

Vi que había un par de wallys en aquella escena. Uno, un tío que recuerdo de mi época más negra, estaba allí con un chisme pegado en la cabeza. No es mucho más mayor que yo, quizá diez años, pero ya le ha dado para acabar en un sitio como ese, siquiera como recuperación en la reciente ala de desequilibrados mentales que han abierto. El otro era aún más joven, otro perdido, y pasó pidiendo que alguien le cambiara cinco euros hasta que lo consiguió cuando aquel lo reconoció llamándole de viva voz por su nombre y poco menos que obligando a que alguien hiciera lo que el desgraciado iba pidiendo, cosa que logró. El tipo se fue con sus cinco monedas que luego fueron seis, pues así se las cantó la mujer que poco menos que como a un parvulario tuvo a bien cambiarle el billete por cuatro monedas de 1 euro y 2 de cincuenta céntimos. Y vi como el tontaco del otro parecía hasta orgulloso al ver que su voz había encontrado eco.

La yaya terminó de comérselo todo y ya casi eran las siete y tenía que hacerse la prueba del azúcar previa a la cena. Nos levantamos y fuimos para allá. Había cola y mi madre pilló unas sillas para la espera, silla que rechacé, por supuesto. Lo malo era que nos pillaba justo al lado de los servicios y si durante todo el tiempo pasado allí no había sentido ningún olor raro ni desagradable en ese momento saltaron todos hasta para el olfato de un fumador como yo. Más aún cuando no habían ni pasado ni treinta segundos cuando salió un viejo atándose el cinturón. "¿Por que no sales a fumar mientras esperamos?" Y eso hice. Soy un hijo obediente.

La noche estaba cayendo. Una tía gorda, enana y fea hablaba por teléfono junto al único banco de la entrada. Me rulé un pito y miré al sur, al único norte a la vista. Las luces de la ciudad, tan cercanas, iluminaban la escena como en aquella gran película. Por no estar cerca de la gorda enana me eché a la izquierda, en el lado que lleva a los aparcamientos. De la residencia salió un visitante y al ver quien era los dos pensamos que mejor no habernos visto. Hay gente que te odia en el tiempo sin razón ni motivo aparente. Yo, por lo menos, no sé qué coño le habré hecho a ese tío para que me mire así desde hace veinticinco años. De verdad que no, pero ya es que me da igual. Y más cuando acto seguido apareció el tontaco con uno de los colegas que van a verle.

Por mirar a algún sitio miré para adentro y vi que Luis salía con su bastón. Y se vino directo a mi a pesar de la llamada del tontaco.

- ¡Kufisto!
- ¡Luis!
- ¡Pero qué coño!...

Nos dimos un abrazo.

Yo esperaba encontrarme una especie de viejo medio subnormal, a alguien ido y fuera de sus cabales, a una piltrafa humana, y la alegría fue grande cuando lo vi tal cual, que no hace falta más que un golpe de mirada para reconocer a alguien sano aunque sea un enfermo de cáncer pata negra, que ya serán seis los años que lleva con el suyo.

- Kufisto, me cago en la puta...Acabo de ver a tu madre y me ha dicho que estabas aquí...
- Aquí estoy, joder. El otro día me enteré que estabas aquí y mira, aprovechando que quería ver a la yaya he venido a ver como estás.

Luis tiene sesenta y pocos años y muchas motos y mujeres a cuestas. La última fue la única que le hizo daño de verdad. Ya estaba mayor.

Está bien. Ha sido una cosa oftalmólogica, un par de desprendimientos de retina. Una mañana se levantó y estaba casi ciego, cáncer aparte.

- Joder, Kufisto, ¡si yo no había bebido la noche anterior! Te juro que me acojoné más con esto que con el cáncer. No ver es lo peor.

Ahora está allí recuperándose. Vive solo y es la mejor manera. Todo está bien. Lo he visto estupendo, mejor todavía. Enseguida saldrá de allí. Será cosa de otro mes como mucho.


Y en esas andábamos cuando mi madre salió y nos fuimos a tomar algo al bar.


Le gusta que la vean con su hijo mayor.


Y a mi con mi madre.

sábado, 2 de febrero de 2019

GORDA LOCA

Esto es como Homer cuando se hace camionero.

Lo del fútbol de ayer fue una cosa menor, sí, un error. ¿Qué te propones ahora? ¿escribir todos los días? ¿escribir cualquier cosa? El otro día le dijiste a tu amigo que habías encontrado un sistema para hacerlo sin beber. Se trataba de hacerlo a mano, junto a la ventana, lejos de la pantalla del ordenador y luego pasarlo a este. Creo que han sido tres los días que lo he hecho así. Ayer no, ayer no bebí pero lo hice delante de la pantalla. Hoy ya vengo bebido y voy a hacerlo como siempre. No tengo constancia, ese ha sido siempre mi problema. Ese y la impaciencia, como decía mi abuelo. Todos dicen que me parezco a él. Yo también lo creo ya. Yo quería parecerme a mi padre, pero no he podido.

Bien, el nuevo sistema se toma un descanso y volvemos a lo fácil, a hacerlo difícil, a la excusa de los perdedores. Fischer dijo al final de su vida que si pudiera volver a hacer lo que hizo lo haría por el camino fácil: "¿por qué hacerlo tan difícil?" dice en aquel avión que le llevaba a Reykjavik como Moe con Homer cuando se hizo boxeador. Luego, un par de años más tarde, al final de su vida, ya muriéndose, dicen que dijo que no había nada como el calor humano. Él, el héroe solitario, el genio que logró lo imposible con la sola ayuda extra de su voluntad, acababa su periplo vital renegándose a sí mismo y reconociendo que se había equivocado. 

Algunos van a un muro para hacer acto de contrición. Leen un libro como si estuviesen delante del escenario de Manowar. De esta manera logran el perdón de los pecados, o consuelo, o lo que sea que signifique eso. ¿No están todavía esperando a su Mesías? Será yo qué sé, un acto de reafirmación, de cabezonería, de lealtad absoluta, de lo que coño quiera ser todo eso. No me importa. Yo he vuelto a rezar por las noches y al despertar y hoy vuelvo a caer en lo de siempre. Creía que así me iba mejor; no que fuera la panacea ni nada de eso, que de verdad creyera en el tema, sino simplemente que es lo mejor para alguien como yo, alguien impaciente, inseguro, alguien ingobernable, una especie de loco latente que sólo sabe donde está el norte cuando siente el viento frío en la cara.

Esta mañana llegué al bar de buen ánimo, demasiado quizá contando que anoche dormí poco. Yo no sé si fue el polvillo ese que traen los higos secos, o los propios higos, pero fue comerme tres de postre tras la merienda y tener que salir de casa aún con la tarde que hacía. Fui a por tabaco y a por los anacardos donde vi al delantero centro de infausto recuerdo. Empecé a escribir la historia prácticamente del tirón y sólo pasó que luego me vine abajo y la estropeé. Yo mismo me daba cuenta al hacerlo. 

También yo canté hoy mientras limpiábamos el bar. Había desayunado un pedazo del pastel que horneé ayer con un buen puñado de higos de esos entre los otros ingredientes habituales y Josemari me dijo que lo hacía bien y yo le dije que no. Josemari diría que hago bien cualquier cosa, hasta escribir, con tal de darle para tabaco. Luego le mandé a por hígado de ternera para mi almuerzo, abrí las puertas del bar y enseguida me entró el bajón.

La mañana fue pasando hasta alcanzar los dos signos de interrogación, tal que si fuera la jugada que encabeza mi blog en la opinión de muchos expertos. Otros, los menos, los más perspicaces, dicen que aquello fue un truco nivel Dios de Fischer para conseguir que Spassky se confiara. Y con todo y con eso pudo hacer tablas si hubiese jugado a la perfección, aunque hay quien como yo piensa que hasta eso estaba previsto por Fischer, al igual que aquel manotazo al aire cuando se rindió antes de perderse tras las cortinas. Todo lo había previsto, todo. Todo.

Me sorprendí al ver la caja que había hecho a eso de las tres de la tarde, la verdad. No creía que fuera tanta. Para celebrarlo me comí el hígado acompañado por un vino de la Rioja. Si mi padre hubiese visto eso en otro manchego que no fuese su hijo hubiera pensado que era gilipollas. 

El malestar seguía ahí; un tanto aminorado por la carne y el vino, pero ahí. Era como si estuviera resfriado, como si el par de pajas que tuve que hacerme anoche para poder conciliar el sueño estuviesen pasándome su triste factura, como si el cielo, tan gris como todos estos últimos días, definitivamente hubiera caído sobre mi cabeza, como si yo fuera Víctor Sanvicens teniendo que aguantar los testimonios de la mugre de Valencia tras volver de la buena, santa y rica América que guarda el Sabbath tal y como Dios (y Fischer durante su mejor época) dijo que debía de hacerse.

Me eché un whisky. Una piedra de Ballantine´s 17 años, uno de los mejores de nuestro extenso catálogo de whiskys premium según la solvente opinión de uno de los camellos del pueblo, gran y viejo amigo mío aunque yo no sea cliente suyo. 

Estaba bueno. Yo también entiendo un poco de whisky. Llevo toda la vida bebiéndolo. Y desde hace un montón de años sin mezclarlo con ningún refresco a no ser que necesite perder la cabeza. 

Hay parejas raras, parejas extrañas, parejas que ni te imaginas como pueden serlo y parejas que te cagas hasta en la perra. Parejas a muerte por un rato, felices y folladoras, son las contadísimas excepciones. Mi amigo Manu podría entrar en el de las que están hechas el uno para la otra pero no tanto en el sentido romántico o sexual como en el práctico: lo suyo es una cosa que parece de conveniencia. Él tiene dinero desde la cuna y ella no tiene aspecto de venir del arroyo. Siempre, desde que nos vinimos al bar nuevo, los he visto por aquí y siempre me parecieron que de verdad eran tal para cual. 

Él y yo hicimos la EGB juntos, o más precisamente estábamos en la misma clase. Tengo un buen recuerdo, seguro, y otro que queda un tanto en el aire. El fijo es que entonces él lucía una enorme pelambrera casi pelirroja, fuerte, como de diablo; el que queda el aire, aunque poco (casi seguro que fue con él), es el de ir a su casa-mansión, bajar al sótano y ponernos a jugar al ping-pong, o a alguna máquina recreativa, o a lo que fuera que fuese aquel paraíso que se convirtió en cielo cuando una criada con cofia bajó con un carro lleno de pasteles para los amigos del señorito. Fue esa vez, nada más. Éramos unos cuantos, éramos unos críos asalvajados y supongo que no les hizo mucha gracia.Y recuerdo con total claridad que al llegar a casa se lo dije a mi padre y vi como él ponía aquella cara que ponía, como de " no me da envidia", como de macho-padre de cinco hijos a los que no le falta de nada de lo necesario, como de seguridad total, con aquellas carantoñas que me hacía, como de quien a la hora de la verdad, en la casa de putas, se lleva a la que quiere por los billetes justos, sin excesos, por buena gente, por buena fama, por buen follador y por ser un tío de ley con todas las letras.

El caso ha sido que hoy mi amigo Manu ha tenido deseos de hablar un rato conmigo. Digo mi amigo sin decir bien, pues no tengo ninguno, o casi, pero este no cuenta porque es historia aparte. Pero vamos, que Manu no fue mi amigo ni cuando éramos chicos. Mi recuerdo de él, aparte de el pelo y aquella probable visita a su casa, es el de un chico que no podía creerse estar en la misma aula que las bestias salvajes que éramos nosotros. Y esa media sonrisa, como irónica, sarcástica, de quien sabe que su futuro está escrito.

Al principio de venir a nuestro bar no lo reconocí, aunque decir al principio es decir poco: pasaron años hasta darme cuenta de quien era. Se había quedado calvo y estaba irreconocible. Pero cuando alguien me dijo quien era lo vi: era él, sin duda. Era él pero calvo. Exactamente igual sólo que sin el pelo. Es increíble lo que hace o deshace una buena cabellera. Es una tragedia.

Bueno, Manu estaba esta tarde hasta la polla de su amor y se vino a mi barra después de mear. Yo estaba paladeando el Ballantine´s con gusto pero un tanto amargado por mi incapacidad. Él se quedó ahí, a mi lado, y yo no sabía si es que quería pagarme, o pedirme algo, que no suele haber más entre lo dos, pero el caso es que que tenía ganas de hablar conmigo y yo le escuché como escucho a cualquiera, aunque no sin cierta curiosidad por lo raro de la situación.

- ¿Has visto, Kufisto, lo viejos que están los que estudiaban con nosotros? -me dijo sonriendo con aquella misma sonrisa de hace treinta y tantos años. Acababan de irse cuatro de aquellos que estudiaban con nosotros, uno de ellos en silla de ruedas dese hace 25 años.


Dios Santo, apiádate de mi, de mis putos escritos y de la gorda loca que vino después.


viernes, 1 de febrero de 2019

EL DELANTERO CENTRO

Él era el delantero centro del equipo del pueblo y yo un niño que tenía un balón por cabeza. Todos los domingos que tocaba íbamos al fútbol. La grada principal (y única) solía llenarse y los chicos nos buscábamos la vida acurrucados bajo la valla que rodeaba el terreno (que no campo) de juego. A veces, si había suerte, podíamos pillar sitio tras las porterías. Eso sí que era bueno. Le gritábamos de todo al portero rival y animábamos a los nuestros. Una vez hicimos llorar a uno, un chico joven que desquiciado por una cagada calamitosa, nuestras crueles burlas y la impotencia de no poder pegarnos dos hostias a todos y cada uno de nosotros se hincó de rodillas en el punto de penalty hasta que se lo llevaron al botiquín.

Eran los primeros años ochenta en un pueblo de La Mancha.

Los menores de doce años no pagaban entrada en aquellos tiempos. El dinero de la paga de los abuelos lo gastábamos en pipas y cocacolas. Al irnos dejábamos aquello hecho un asco; hasta que a alguien se le ocurrió la feliz idea de dar algunas pesetas por tantas botellas de refresco que se devolvieran en la barra del bar. Eso contribuyó a mejorar la limpieza de las instalaciones pero empeoró aún más las difíciles relaciones entre pandillas, siempre tan problemáticas. Pero las pipas no, las pipas siguieron allí: ni por todas las cocacolas del mundo ningún chiquillo hubiera cogido una escoba para barrer toda esa mierda como una chica cualquiera. Ni que fuésemos maricas.

El delantero centro del equipo del pueblo era un jugador controvertido entre la afición. Sí, era quien más goles marcaba, pero su carácter indolente, su aspecto de extranjero y las pifias que cometía con cierta asiduidad le hacían el blanco ideal de las iras del público, bastante cargado de alcohol en las segundas partes. Entonces eso era una risa. Se levantaba del asiento algún tiarrón de aquellos y con voz cazallera soltaba alguna bestialidad celebrada con carcajadas por el resto de la grada. "¡Fulano, eres más perro que el cornudo de tu padre!¡Corre, cabrón!" O alguien de los que estaba de pie tras la valla de separación, esa misma que no podía evitar la distancia necesaria para que los líneas no recibieran un collejón si se pasaban de pitarnos fueras de juego, juntaba las manos en la boca a modo de altavoz y aullaba tal cantidad de insultos hacia el árbitro que parecía como si un espíritu aún peor que el del Anís del Mono lo hubiese poseído a cambio de su alma, en el caso de que le quedara para tanto. Todo eso junto con lo nuestro hacía de aquellos partidos un acontecimiento que solía alcanzar su climax con el final, cuando la gente, borracha y cabreada tanto si habíamos ganado aburriendo como perdido ante unos muertos, lanzaba almohadillas y alguna cosa más sin ton ni son, a lo que pillara, tanto árbitros como jugadores locales y rivales, lo que fuera, hasta los de la Cruz Roja. Salían cagando leches para dentro en cuanto se oía el triple pitido final.

Mi jugador favorito era un centrocampista todo corazón que le pegaba unas hostias al balón que lo rompía. Era un tío duro, serio, leñero, de pueblo aunque no lo fuese del nuestro, pero lo parecía. Sorprendía que gozara de tanta simpatía siendo extranjero, lo menos separaban trece kilómetros su tierra de la nuestra, pero con todo se hacía respetar por su hombría. Como sería la cosa que ya en las postrimerías de su carrera le fichó nuestro eterno rival (unos quieroinopuedos con dinero que Dios, en su infinita sabiduría, alejó 30 kilómetros de nuestros territorios) y cuando venía a jugar como visitante nadie se cagó en su puta madre más que lo necesario. Es más, su nombre era aplaudido al ser escuchado en la emocionada voz de nuestro speaker durante el recitado de las alineaciones iniciales que seguía a la atronadora puesta del himno, cosa que con el delantero centro jamás en la vida ocurrió salvo una vez que creo marcó cuatro goles y al cambiarlo el entrenador a modo de recompensa obtuvo unas cuantas palmadas de aprobación. La verdad es que muy pocos querían a nuestro delantero centro. Era un flojo.

Una tarde había fallado tantos goles que el motín en la grada de la zona noble parecía inminente. Los de las vallas andaban echando espumarajos por la boca, agarrándose al hierro con todas sus fuerzas por no echar a correr por él. ¿Como se podía ser tan malo? ¿Por qué no sacaban a otro, a ese chico joven, al hijo de la Fulgencia, la de la tienda de caramelos, y mandaban a este a su puto país, fuera el que fuera? Nadie podía creerse que semejante cagahorchatas hubiera nacido aquí aún cuando todos le conocían desde chico. Era una vergüenza, una deshonra.

El partido se estaba acabando y el delantero centro falló otro gol clamoroso. Corriendo vino por el balón tras la portería donde nos encontrábamos. Yo la cogí, se la dí y de corazón, excitado, le dije que le daría dos donuts si marcaba un gol. Lo conocía de verlo por el bar de mi padre. Siempre estaba comiendo donuts.

- Cállate, coño -respondió muy cabreado

- ¡Fulano! -dije a voz en grito, colorado como un tomate, mientras él se iba con el balón- ¡Eres más malo que tu abuela!


Y una explosión de risas celebró la ocurrencia del chico.


Desde entonces y todavía hoy un odio larvado, exacerbado, persiste en las contadas ocasiones que nos topamos por el pueblo.


Hace un rato le he visto con su mujer mientras yo compraba anacardos.


Algún día acabaremos a palos.