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sábado, 17 de abril de 2021

HOSTIAS

"Las cincuenta mejores jugadas de Michael Jordan" Eso fue lo último que vi ayer. Intento recordar qué me llevó hasta allí pero no lo recuerdo. ¿Algo del Jordán...? ¡Sí, "El Buscón" de Quevedo, su audiolibro, el nombre del padrino de Pablos en la chirlería, el que lo introdujo en ella!: "Don Toribio nosecuantísimos Jordán" Don...dán, como son de badajo. Pero...no estaba oyéndolo a esas horas ni aún antes, aunque sí después. Jordan, Jordan...Sí, supongo que fue eso.

Al fin hoy vino el del vino, ese viejo a quien el domingo pasado no pude negarme a su casi súplica en memoria de mi padre para que le comprara un par de cajas, un hombre que jamás he tragado, uno que hace tiempo dejó de ser cliente y que tal día se dejó caer como si nada para luego saltarme con esa. Yo de primeras, claro, le dije que hablara con mi hermano que es el que lleva las compras del bar, yo no valgo para eso, pero al viejo no le venía bien el horario (o más bien, no le venía bien mi hermano) e insistió conmigo y a la memoria de mi padre y de los tiempos pasados. Al final accedí, el lunes se lo dije a mi hermano mientras preparábamos entre los dos la comida familiar, se cagó en la hostia, dijo que no "y menos a ese" y en fin, que durante toda esta semana no han sido pocos los momentos en los que me ha venido al pensamiento el incómodo que estaba por llegar, resolviéndome pronto a cogerle las dos cajas, pagárselas de lo mío ("yo te las dejo, las probáis y luego ya vamos funcionando" dijo), confesárselo y cerrar ahí la breve reanudación de nuestro comercio. Total, sería cosa de unos treinta euros pues eran cajas de seis botellas. Conforme. Arreglaría el asunto y tendría en casa dos cajas de vino que no bebo, unos ocho litros que al menos darían para escribir ocho malas historias con las que pasar el rato algo más animado que viendo a Michael Jordan machacando aros. 

Era mediodía. Yo estaba hablando fuera de la barra, en el ventanal, con un cliente cuando de repente vi aparecer en la barra al viejo con una mascarilla de pico de pato. Me pilló tan de sorpresa que apenas pude reaccionar. Ya casi tenía por cierto que durante la semana se había pasado a dejárselas a mi hermano con la consiguiente negativa pero no, allí estaba aunque sin las cajas. Desconcertado por la súbita aparición me subí la mascarilla acercándome a él, cosa que ayudó algo, la verdad. Yo más que mirarle a los ojos miraba la mascarilla de pato, que era lo que le faltaba al hombre para inspirar mayor desconfianza. Enseguida, le recité el arreglo pensado, respondió que no hacía falta que me las quedara para casa, que mejor no, y fuese sin más, como pasa el 99% de las veces que estás dándole vueltas a algo que te reconcome, en este caso quedar como un pardillo ante un hermano diez años más joven que tú.

Luego no mucho más y después a casa, a leer otra de Simenon e incluso empezar bien empezada la segunda, que siendo las cuatro y media de la tarde y estando eventualmente varado por la ya no tan nueva obcecación por mi estado físico (también esto estoy a punto de controlarlo) no es cosa que me disguste.

La de hoy transcurría en América, "El fondo de la botella", título ideal para un hombre como yo con todo un sábado por delante. Y el caso es que no es de las últimas que he descargado, de hecho lleva ahí unas semanas, incluso empecé a leerla, lo recuerdo, y tras cuatro o cinco páginas dejé de hacerlo para coger otra, será por novelas, que llevo no sé cuantos meses leyendo una diaria de este tío. Quizá fuese lo crudo del título, tan bien cocido en mi, pero es igual, el alcohol es omnipresente en toda novela suya. De hecho ahora que lo pienso mientras bebo escribiendo esto se me hace raro no haber pasado un arrebato escritoril bajo su influjo. 

Era la historia de dos hermanos que se reencuentran. El mayor posicionado y el otro fugado de una cárcel en busca de ayuda para pasar la frontera y encontrarse con su familia. El mayor está casado con una divorciada millonaria, borracha como él, sin hijos y al otro le esperan tres y su mujer de toda la vida en Méjico. Hay un juego de identidades falsas entre las ricas amistades, el típico todoputismo simenoniano, una explosión de furor alcohólico, una finísima descripción de su despertar y un sacrificio final de tintes bíblicos que, la verdad, no le va mucho al descreído Simenon.

Tuve que abrir un bote de cerveza antes de la caza final.


Y ahora, tres más tarde, he bajado al super por una botella de whisky. 

Estaba el chavalillo de los pelos largos, ese al que nunca le doy nada. Me asquea ver pidiendo a un tío joven. Ya ni me saluda, dejó de hacerlo, se da la vuelta; y no porque yo no respondiera a su saludo, que lo hacía, soy camarero, sino porque, estoy seguro, le daba vergüenza.

La zona de los whiskies estaba controlada, Como en todos estos sitios está cerca de las cajas para que no den mucho por culo. He pillado una de Johnnie. Tuve la precaución de mirar por el hielo antes de salir. No tenía. No es lo más importante pero ayuda. Cuando yo fumaba canutos llegué a liármelos en papel de Biblia, pero de eso hace mucho tiempo. Por cierto que hace poco oí algo sobre la maldición de utilizar ese papel...¡Ah sí, en "La isla del tesoro"!, otro audiolibro de Spotify. En fin que había dos empleadas hablándose de sus chismes cerca de las cajas y a viva voz, como uno que no tiene un segundo que perder en estado de inspiración, pedí por el hielo. Poco faltó para que en lugar de una me acompañaran las dos.

Me llegué a la caja y pagué con un billete del fajo que siempre llevo en el bolsillo de pantalón. Allí están mis dos meses de supervivencia en zona habitable. No hay más.


El chico de los pelos largos se dio la vuelta cuando me vio salir.


- ¡Eh! -dije-
 
Se volvió hacia mi.

- Toma


- ¡Hostias! -le oí decir- ¡hostias...! 

miércoles, 14 de abril de 2021

ERA MEDIODÍA

No recuerdo a santo de qué pero seguro era con motivo de una celebración familiar, no una boda, algo como una comunión o un bautizo en Ciudad Real y que en aquella cafetería entramos solos mi tío, uno de mis hermanos y yo. Puede que el asunto transitara por uno de esos intervalos que siempre hay entre el fin del hecho en sí y el consiguiente ágape, fotos, firmas, esperas y todo eso pero mi tío se llegó a nosotros y dijo de ir a tomar a algo mientras los otros acababan con los formulismos necesarios, a lo que, claro está, no nos negamos de ningún modo. 

Era mediodía. La cafetería amplia y luminosa, con grandes ventanales a lo largo de los cuales estaban dispuestas las mesas y frente a ellas una amplia barra en forma de codo que ya iba luciendo aperitivos. Junto a la puerta de entrada se hallaba una mesa de servicio sobre la que, medio apoyado en ella, esperaba también a la vera de una enorme copa de vino tinto un camarero alto, delgadísimo, calvo y cuarentón que llegando a nosotros tomó nota cantándonos de manera un tanto desafinada parte de la carta, algo que bien pudo haberse ahorrado al oír el primer no de mi tío, hombre poco amigo de repetir las cosas y menos aún de escuchar letanías. El camarero voceó los servicios un tanto desencantado y regresándose a su muleta echó mano a aquella copaza de vino y le dio un beso tal que mi hermano y yo, estando como estábamos sentados de cara a él, no pudimos menos que sonreír.

- ¿De qué os reís? -dijo nuestro tío. Y señalándolo con las miradas él se volvió y volviéndose hacia nosotros soltó un "joder" tan típico que no pudimos menos que soltar la risa.

Vinieron las cervezas, derramáronse parte de ellas conforme las traspasaba de la bandeja a la mesa y dejando las patatas fritas más listas de todas las que habían venido sobre el plato volvió a insistir acerca de lo que antes parecía haber quedado claro. Entonces mi tío lo miró y el otro no esperó a oír la respuesta.


Esto le conté hoy a mi amigo y mejor cliente frente al ventanal del bar al salir de la barra con una copa de vino tinto en la mano. Eran las tres de la tarde, estábamos solos, hablando y callando como lo hacen dos largos amigos, dos que juntos bebieron hasta casi reventar. Pero una cosa es recordarla y otra contarla.


Y otra escribirla. 
 

jueves, 1 de abril de 2021

JUEVES SANTO

 El sol todavía está alto. Son las siete y media de la tarde y sigo viéndolo tras mi ventana. El cambio de hora. Hay gente que dice quedarse muy afectada por ello. Yo no. No recuerdo si alguna vez llegó a afectarme. Ahora me levanto y es de noche pero es lo mismo: abro el bar, enciendo las luces, me pongo detrás de la barra y espero. La gente viene y va, a veces hablo con ellos y luego soy yo el que desaparece. Así pago las facturas del piso. Y no es que piense mucho en ellas. La verdad es que suelo dejarlas hasta el último momento, cuando los avisos son ya concluyentes. De hecho no me importa pagar el recargo correspondiente. Ir hasta Correos, a sus horas, sólo matinales, aguardar en la inmensa cola durante mi día de descanso para al fin dar cumplida respuesta a las jodidas cartas para las que sólo hay lugar en mi buzón...no. Prefiero hacer cualquier otra cosa. Al menos hasta que sea irremediable.

Hoy es Jueves Santo. De chico iba con mis padres y hermanos a hacer las estaciones. Pasábamos por todas las iglesias del pueblo, estábamos allí un rato y luego nos íbamos a tomar algo. No sé porqué lo hacíamos, la nuestra no era una familia religiosa, o al menos no de esas que iban a misa los domingos, supongo que sería cosa de otra superstición: ya que no cumplíamos el precepto dominical, al menos dar la cara en día tan señalado. Y he de confesar que me gustaba, no sé porqué. Eso de ir de una iglesia a otra sin quedarse demasiado tiempo en ninguna para llegar a la siguiente y encontrar lo mismo, gente silenciosa, cirios ardiendo y gorigoris que retumbaban en los altos techos...Sí, ahora que lo pienso creo que esto era lo que me gustaba, los altos techos ocultos entre las sombras. Levantabas la cabeza y casi te mareabas si mantenías la posición. Luego bajabas la cabeza y entre las espaldas de los demás vislumbrabas al tremendo cristo crucificado.

El otro día entró un alcohólico al bar. No es de aquí, lo conozco de otras veces pero no es de aquí. Creo que fue su tercera o cuarta vez. En la primera tuve que echarle de malas maneras junto a su sempiterna mochila porque no atendía a razones. Luego, al cabo de los meses o quizá un par de años, volvió como uno que no sabe bien si ha estado allí. Le atendí y por la mirada supe que entonces recordó algo, siquiera una ensoñación. Y esa vez y la siguiente, también muy espaciada, se fue sin rechistar tras decirle un gesto que no le servía más. Es un tío alto y ancho, fuerte, todavía joven, de mi edad, tal y como me confesó esta última vez cuando los efluvios del coñac le soltaron la lengua, de suyo tan encadenada como la del mayor de los pecadores, pero se ve que vio que la cosa ya estaba hecha en el bar y que apenas quedaban un par de clientes en el salón y quitándose los auriculares que llevaba puestos desde que entró se animó a hablarme, a llamarme señor Kufisto, pues no se dirigió a mi de otro modo sino con el señor por delante y por mi nombre por detrás, que sin duda debió oír durante el tiempo que estuvo allí. Me habló de lo bueno que era hablar con alguien, de ser escuchado, de la noche que había pasado en Cáritas, de Paulo Coelho, de lo golfo y flamenco que era o había sido, cosa que no me creí mucho pues un golfo y un flamenco nunca tiene cara de buena persona, incluso de ignorante, pero yo atendía y de vez en cuando decía algo pues con el rabillo del ojo veía a uno de mis hermanos cagándose en Dios por lo bajo, que este era uno de los dos clientes que quedaban cuando el borracho por fin se decidió a hablar conmigo, y con mi hermano no valen tonterías, pues si ya no trabaja aquí lo hizo durante mucho tiempo y a esta clase de gente no le daba ni los buenos días, y aún siendo la mitad de grande que este no le habría durado ni cinco segundos, que no es tanto la grandeza como el motor que todavía la mueve, y en eso el de mi hermano da miedo como ronronea aún estando tras el paddock. El alcohólico me pidió otra copa dejándola sobre la barra, le dije que no y después de mirarme un momento se marchó despidiéndose lo más educadamente que pudo. Y mi hermano, ya liberado, viéndolo andar haciendo eses por la acera de enfrente, se cagó en Dios mucho más fuerte que antes, vino a la barra, pidió otra copa para él y su amigo y me reprochó mi paciencia. Y yo, que estaba a punto de irme a mi casa, con mis cosas, lo dejé estar con un par de comentarios apaciguadores. Ya en casa cogí otra novela de Simenon y me olvidé de todos.


Son las nueve y once minutos.. El sol ya se ha ido pero todavía hay luz ahí afuera

miércoles, 17 de febrero de 2021

YOG SOTHOTH

A modo de chanza el youtuber lo anunciaba como el tío más loco del mundo. Un mostrenco polaco, ¡rapero!, hacía de anfitrión en su tierra a un periodista del ramo, un americano, un chaval negro de bondadoso rostro que atónito era testigo tanto de hecho como de palabra de un sinfín de barbaridades. El famoso youtuber español comentaba divertido todas aquellas aberraciones sin sentido. Terminé de verlo por encima (era corto) y tras pasar un rato buscando información del protagonista (que me puso mal cuerpo) me fui al dormitorio pensando que después de todo el mundo, la sociedad civilizada, no es tan odiosa como solemos pensar.

Ya en la cama puse en el teléfono un audiolibro de Lovecraft, y a punto estaba de coger el sueño cuando al apagarlo me desvelé. Volví a Internet, otra vez miré por aquel cafre y después de un rato navegando sin rumbo entre otros que andan tan mal despiertos como yo regresé a la desalentadora historia de Charles Dexter Ward; pero esta vez, prevenido, dormimos juntos.

No recordé nada de lo soñado, aunque bien podría ser que no lo recuerde ahora, pero de cualquier manera lo hice con una cierta pesadez, como la de uno que apenas abiertos los ojos intuye que le falta algo. Hice lo acostumbrado y me fui al bar.

La primera parte de la mañana pasó rápida; no tanto como otras, pero pasó. Me relevaron a eso de las diez con la caja casi vacía. Fui a casa de mi madre y cogí al chico para sacarlo en el carrito a su habitual paseo-siesta matutino. La mañana era magnífica, tanto que en otras circunstancias hubiera aprovechado para extenderlo hasta la hora y media, pero mi espalda no está bien desde hace unos días y decidí acabarlo a la mitad, algo que por otra parte es más que suficiente. Finalmente se lo devolví a mi madre recién despertado, como poco antes de nuestra marcha. Y no había terminado de bajar las escaleras cuando detrás de la puerta cerrada del salón de estar oí las voces excitadas de mi madre y mi sobrino. Llegué a casa, preparé algo de comer y me eché en el sofá sin esperanza alguna de dormir: la hora del regreso al bar era cercana y no había otra que cerrar los ojos y hacer como que duermes media hora. Funciona. Siempre me ha funcionado. O a lo mejor creo que me ha funcionado: hacer como que haces lo que no estás haciendo; ser como te hicieron creer que tenías que ser..

Bajé del coche con el Dexter Ward en el teléfono. Lo apagué antes de entrar al bar sin siquiera ver a quienes estaban sentados en nuestra pequeña terraza. Dentro no había nadie, o casi: sólo un tío extraño en la barra prohibida. Saludé a mi hermano, vacié los bolsillos y echándole un ojo al extraño caí en la cuenta que era el técnico del TPV, pues con él se hallaba enzarzado. Acabó su tarea dándome unas prolijas explicaciones formales acerca del nuevo terminal, de todas las cuales sólo hice caso a las primeras, las indispensables. Le invité a una caña, hablamos de la locura que estamos viviendo como dos huellas de pasos en el desierto y se fue. Después y hasta el final, muy poco y una eternidad de tiempo.

La tarde era todavía más magnífica que la mañana cuando al fin salí de allí. Todo un mundo de posibilidades volvía a abrirse entre ella y mi espalda. Un regreso al saco demasiado entusiasta y unos guantes nuevos me han dejado a modo de respuesta su lógica recompensa. 


El bruto aquel rapeaba que en una mano tenía rosas y en otra un kalasnikov. Algo parecido dijeron los Guns n´Roses.


A Charles Dexter Ward no le fue dado disponer de flores ni de armas. Y buscando con qué hacerle frente en este mundo tan hostil se perdió entre las rosas y los kalasnikov de los fantasmas.


Pero al menos lo intentó.



Yog-Sothoth.

viernes, 29 de enero de 2021

NO ES LA PRIMERA VEZ QUE NO LO HACES

Fui a dormir en paz. A punto estuve de escribir una loa a Jesucristo poco antes de hacerlo. Pero me vi incapaz tras la primera línea y lo dejé correr.


Dormí de un tirón tras fantasear durante un buen rato con ayudar a todo aquel que me lo pidiera. Ya tenía abiertos los ojos cuando a eso de las seis oí los golpes de la gata en la puerta. Me levanté, se la abrí y dormitamos juntos durante una mala hora.


Uno se da cuenta enseguida de como va a ir el día. Es levantarse y casi verlo al completo. Y luego, ya duchado y desayunado, acelerando el coche por las calles desiertas, ves cualquier cosa que no cuadra en el círculo perfecto que anoche creíste cerrar antes de dormir.


¿Donde había quedado aquel estupendo paseo del atardecer, aquella ligereza de pies y pensamiento que me habían dejado en casa con una sensación tal de paz que casi me dio miedo? Recuerdo una vez, caminando una aurora durante otras vacaciones sin salir del pueblo, ya en sus afueras, en marcha hacia los molinos, que por un instante creí que todo estaba bien, que todo había estado bien.


Llegué al bar y no estaban esperándome ni Josemari ni la niña, cosa esta última que me quitó un peso de encima. Es la hija de una degenerada mujer que está tomando la costumbre de mandarla al bar a por su café, unos churros y tabaco, todo a cuenta, claro. La chiquilla acaba de empezar sus estudios en el instituto, así que supongo no tendrá más de doce años. La otra mañana me la encontré junto a Josemari esperándome en la puerta, en pantuflas, con el pijama y un abrigo, tiritando de frío. "¿Pero qué coño?" Josemari salió zumbando a por los churros sin parar por la prensa y mientras tanto le puse un gran vaso de colacao y galletas y el Discovery Max en el lugar de mi Teletienda de todos los días.


- No está bien que salgas así a la calle con este frío. Te vas a resfriar -le dije-

- Ya...-dijo con timidez-


La puta de la mala madre, resacosa, le habría despertado a gritos para que viniera a por su café, los churros y su tabaco.


La chiquilla miraba la tele del salón desde su taburete en la barra desierta.


- ¿Qué quieres ser de mayor?

- Maestra -respondió con voz apagada-...o veterinaria-



Josemari llegó poco después que yo. Al rato lo hizo la niña. "Hoy vengo vestida -me dijo- Le dije a mi madre lo que me habías dicho tú" Más churros. Otro café. Un cigarrillo de los míos. No hay más paquetes por la cara. La niña me dio las gracias como siempre y se fue.


- ¿Y esta cría como es que tiene que andar así? -preguntó, triste, el buen merchero antes de irse a sus cosas.

- Pues yo qué sé, Josemari, yo qué sé...


Pronto todo se fue a la mierda, niña incluida. Todos los buenos deseos, todas las buenas acciones soñadas, se diluyeron ante la realidad de otra mañana metido en el bar.



No hay nada que hacer. No es la primera vez que no lo haces. Tus deseos son aún más débiles que tus sueños.



Mañana amaneceré con mi gata.



Sólo tendré que abrirle la puerta del dormitorio cuando al clarear el día me saque del sueño con sus afiladas uñas.









domingo, 24 de enero de 2021

BATERÍA CARGADA

 No sé en qué iba pensando pero llegué al bar por dirección prohibida. Caí en ello cuando ya había transitado más de la mitad. Es una calle estrecha y corta que en otro tiempo tuvo el sentido al contrario, un sentido mejor para mi interés. Cuando de un día para otro se lo cambiaron tardé algunos en hacerme al nuevo, pero no llegó a suceder lo de hoy. Claro que hoy, domingo, es el undécimo día con el bar cerrado. 

Aparqué junto a la puerta, salí del coche y una mujer que bajaba andando se llevó la mano a la mascarilla al verme sin ella. El bar estaba desordenado, olía un poco a pintura, cogí algunas especias de la cocina, una cuña de queso, una botella de vino y me fui tras echar un rápido vistazo al trabajo de mis hermanos. 

Despacio conduje por la casi desierta avenida, las luces de las farolas todavía encendidas, mortecinas. Algún caminante embozado junto a su perro, coches a medio despertar, quizá sacados a la calle como el mío sólo para recargar sus baterías, terrazas recogidas y encadenadas, cierres echados. 

Por el centro, en la plaza, parado ante el semáforo, vi a tres o cuatro en la churrería al aire libre que instalan durante el invierno y buena parte de la primavera. Se miraban de reojo los unos a los otros, desconfiados, mohínos, sin hablar. Un vagabundo llegó mirando el suelo con sus bolsas a cuestas y se instaló en extremo de la barra. El más cercano a él se desplazó un par de pasitos más allá. El semáforo pasó a verde.

En el último momento decidí ir a los molinos. Quizá tuviese tiempo de ver salir al sol. ¿Cuando fue la última vez? 

Paré el motor. El cielo ya dejaba ver con claridad que hoy no iba a quedar ni rastro de las pesadas nubes que lo han ocultado estos últimos días. Tampoco el vociferante viento iba a ser hoy actor principal. Una calma grande, ligera, silenciosa, inexorable, estaba siendo coloreada todavía por debajo de las últimas nubecillas del lejano horizonte.


Y con ojos entornados vi salir al sol tan rápido que parecía como si tuviera prisa por llegar a algún sitio.

sábado, 19 de diciembre de 2020

RED

Los chiquillos, ya del todo desatados, hicieron del bar otra habitación de juegos. Tal que el santo al que Zaratustra encontró en el bosque al bajar de su montaña, corrían, gruñían, reían y lloraban como arrebatados por el dios de los niños. La más pequeña, de apenas dos años, una criatura que parece una manzana riente, a veces se sentaba junto a la madre para bailar sobre ella un vídeo de Youtube. La puerta del water de señoras, heroica, soportaba como podía las continuas idas y venidas del resto. En el salón, junto al ventanal, en una de las dos mesas altas, dos maduras parejas tomaban sus consumiciones de todos los sábados como si esta vez estuvieran esperando la llegada de Hércules Poirot. En la otra dos parejas más con una niña pequeña que finalmente también fue poseída de la furia, pues reconocía en ella a los amiguitos del lejano barrio donde todos ellos duermen, pero no tardaron mucho en irse. Y a la izquierda, en la gran mesa alta del fondo, junto a la pared donde hace muchos años estuvo la bendita máquina de dardos, una solitaria y taciturna pareja de jubilados quizá se preguntaban la razón o el motivo que les había impulsado a salir también hoy de su cercana casa siendo como era un frío mediodía lleno hasta los topes de nubes amenazadoras. Y por primera vez en los tres o cuatro meses que lleva viniendo eché de menos al viejísimo médico cascarrabias del solitario café y el vaso de agua, a ese que se sienta en la única mesa baja disponible para leer los periódicos en modo biblioteca, a ese a quien cuando llega el fin de semana y para liberar la única mesa baja del salón le insto de buenas formas a hacer lo suyo sobre una de las pequeñas mesas de apoyo que tenemos casi al lado de la gran mesa alta del fondo, cosa que ni a él ni a nadie le importa mucho de momento mientras tenga disponible una silla en la que sentarse.  Pero...¿donde está Dios cuando se le necesita?

Eran las dos y media de la tarde cuando empezó a llover de verdad. La pareja del fondo se marchó enfurruñada, quejándose él de haberle hecho caso a la mujer y venir hasta aquí en un día como hoy, y encima andando, sin la compañía de los amigos de siempre y sin paraguas. Ella sonrió aburridísima. Y entonces fue que salí a la puerta del bar para fumar un cigarrillo y ver la lluvia caer. Pero allí también estaba él, el todavía joven abuelo de una de las cuatro criaturas. Claro está, tuvimos que hablar mientras fumábamos. 

Empezamos, empezó, por lo obvio: el marmitako que yo había cocinado durante buena parte de la mañana y del que tanto sobró. Alabó brevemente su sabor, no hizo pregunta alguna, y enseguida pasó a explicarme pormenorizadamente lo que ellos tenían preparado para comer. Luego llegó el virus y su determinación a ponerse la vacuna en cuanto esté disponible. En esas estaba cuando sentí un buen sobe en el culo. Era ella, la madre de los otros tres niños. 

- Cada vez tienes menos culo, Kufisto -

Normalmente se conforma con palparlo a modo de broma, pero hoy se recreó, sin duda animada por el par de litros de cerveza que ya llevaba en el cuerpo. La dejé hacer, el abuelo dijo algo, tiré el cigarrillo consumido y volví para adentro.

- Vente con nosotros cuando salgas -me dijo-
- No -respondí-
- Cobarde -

Se fueron. Recogí. Me eché una cerveza. Eran las tres y media. Una hora más y también yo estaría afuera.


Cambié la música. Quité el jazz para poner a los Motorhead. Cogí el vaso y me fui al ventanal.

Llovía bien. Llovía sobre el charco formado ante el reductor de velocidad del paso de cebra. Me fijé en los perfectos círculos que las gotas de lluvia dibujaban al ir cayendo las unas cerca de las otras antes de la llegada de los desastrosos neumáticos. Y viendo la forma que creaban al caer sobre la tierra recordé algo que hace muchísimos años me dijo un viejo que conocía la lluvia.

"Llueve bien" pensé.


Apuré el vaso, fui a la barra, cambie a techno y regresé al ventanal con otro vaso de cerveza en la mano.


Sí. Llovía bien.


De puta madre.