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sábado, 21 de mayo de 2022

ESCUCHA, HERMANO

 - Escucha, hermano -susurró Kámel acercándose otra vez a la barra- Ya no tengo...
- ¿Chupito? -respondí sin esperar más explicaciones-
- Ja, chupito.

Le puse el cuarto chupito de J/B, más las dos cañas de cerveza que ya llevaba puestas.

- Gracias, hermano. Apúntalo. Está mal la cosa. No tengo pero pago...Todos somos humanos...Gracias, hermano.

No lo apunté en su pequeña cuenta al debe. Ese último iría por el bote que casi siempre deja. Creo que es el cliente que más propina da. Creo no, seguro. El cliente que más propina deja en nuestro en bar es un pobre de iglesia. Literal. ¿Qué bar puede vanagloriarse de algo así? El nuestro.

Cogió el chupito y lo bebió como siempre, de un trago. Pasé a la cocina para fregar los últimos platos mientras él se embadurnaba hasta los antebrazos de gel hidroalcohólico.

- ¡Adiós, hermano! 
- Adiós.

Salí a fumar. Kámel andaba por el segundo paso de cebra con una pequeña bolsa al hombro. Así que hoy no había venido con la bici. A veces pasa, no creo que se la hayan robado. Tal vez la tenga pinchada, o puede que no se fíe con este calor. Una caída, te rompes algo ¿y luego qué? Caminaba errático sin llegar a hacer eses. Alcanzó los bancos de enfrente y por un instante lo vi dudar. Pero la tarde era tan bochornosa que lo pensó mejor y dejó para otro momento el petardo de marihuana. Siguió adelante y de repente hizo un giro extraño, retrocedió y pasó por la calzada, detrás de los coches aparcados. Pronto vi la razón. Una pareja venía de frente y Kámel no quiso cruzarse con ellos. Es un ilegal en tierra extraña, un ex-presidiario de la sección psiquiátrica de Herrera de La Mancha, un hombre alerta que prefiere evitar los problemas. Tiene una navaja, me la enseñó una tarde que nos quedamos solos en el bar. Sólo me habla cuando nos quedamos solos. Entonces me cuenta historias de su vida, de su llegada a España hace once años, de la hija que tiene con una rumana que le amenaza. El resto del tiempo lo pasa callado, sentado en una mesita leyendo el periódico deportivo, ajeno a todo. Ya irá para un año que lo tenemos de cliente. 

Recuerdo verle a la puerta de la iglesia cuando volvía de mis paseos. Un asco indecible se apoderaba de mi mientras le veía abrir solícito la puerta de entrada a las viejas que iban llegando. Yo caminaba escuchando el Zaratustra, venía de los molinos, fuerte como un sol matinal que viene de oscuras montañas, y veía eso y se me ponían los pelos de punta. Un par de veces estuve a punto de irme a él al ver que mantenía mi mirada. Tenía una cara toda arrugada, quemada, casi negra sin serlo, el pelo ensortijado, la boca grande de todos los mentirosos...¡Dios, qué puto odio me daba!

Kámel siguió caminando por la calzada y justo cuando iba a perderle de vista volvió a hacer otro giro extraño al ver que un coche de la Guardia Civil venía por detrás. El coche siguió su marcha hacia el cuartel adyacente y Kámel subió por la misma calle. Y allí lo perdí de vista.

Una pareja cruzaba el paso de cebra mientras apuraba el cigarrillo. Todavía pensando en Kámel casi no me di cuenta cuando se plantaron en la puerta del bar. Me hice a un lado, les saludé y entraron. Creí reconocer a la chica y un poco a él. Pasé adentro.

En el bar no quedaban más que dos busconas medio ajadas, dos de esas en las que sólo puedes pensar con la polla resacosa, que habían llegado media hora antes, cuando todavía estaban allí esos que mueven miles de euros como tú las decenas, una pequeña cuadrilla de nuncafollistas, una extraña pareja y Kámel. 

La verdad es que me alegré de su venida. No me apetecía nada quedarme solo con esas dos. Ya al llevarles la segunda consumición una de ellas, la rubia con el rostro lleno de maquillaje, la amiga de la clienta habitual, me había jijeado. Sí, daba asco verla, pero llevaba un vestido ajustado que le marcaba todo y hoy yo andaba con esa resaca amable, esa resaca tipo zen, que te da el haberte retirado a tiempo la noche anterior. Las jodidas son peores porque entonces estás más salido que los picos de mil puertas y se nota. 

Tan llevadera había sido la dulce resaca que a eso de las dos y media me había servido la primera cerveza, algo que evito desde hace tiempo; pero toda la mañana había pasado tan fácil como una partida de Capablanca y yo me sentía bien, tan despejado como un cielo por el que las nubecillas pasan como con miedo. Sí, afuera el cielo estaba cargadísimo, todo él hecho una nube baja, pesada pero blanca, una especie de olla mal tapada, pero yo me sentí ligero durante toda la mañana, tan ligero como el sueño que había tenido durante la madrugada. 

Las chicas pagaron y se fueron y la pareja pidió otra ronda de lo mismo. Yo conocía a la chica, bueno, a la mujer, pues ya no cumplirá los cuarenta años. Siempre ha sido feúcha, aún hace veinte años, cuando uno de mis hermanos, el follador, todavía estaba aquí, en el bar. El tío era un tío grande, de mi edad, de corta barba sin peluquería, buena gente. Enseguida alabó mi gusto musical, que no era sino una emisora del Spotyfi que había puesto unas horas antes a petición de un amiguete muy cansino por una canción de los Clash. Pronto llegaron los recuerdos de juventud y todo lo demás. Una conversación agradable. A su pasión por los Radiohead saqué a colación a mi hermano Marcos, el follador, y vi como a la chica se le encendía la mirada. Él no hacía más que hablar de bandas de los noventa, de los festivales, de la que se supone también tuvo que ser mi década, pero yo, aún conociéndolas a todas no había oído a ninguna. Sí, claro, conocía sus éxitos, ¡quien no!, pero mis bandas son otras más viejas. Y aquellos años, los años de mi juventud, los pasé de otra manera.

Jamás en la vida pensé, cuando era un adolescente que leía a Dostoyevski en la cocina del viejo bar mientras esperaba la voz de mi padre por una ración de calamares, jamás en la vida pensé, repito, que mi futuro estaría en un bar. No sé lo qué quería, no lo recuerdo, tampoco creo que entonces lo supiera, ya tempranamente fuera de los estudios y todo eso, pero seguro, seguro, no era esto.

Pero ahora, a mis casi cincuenta años, sin un duro en el banco y solo desde hace muchos años, algo que siempre me busqué, miro atrás, miro adelante, miro los coches que pasan por mi camino y los doy por buenos y sigo calle arriba. 


Estoy escribiendo mi vida. ¿No sería eso lo que deseabas cuando leías a Dostoyevski en la cocina del viejo bar?


¿Y qué mejor sitio que un puto bar en el que tu mejor limosnero es uno que pide limosna?










viernes, 20 de mayo de 2022

ACNÉ JUVENIL

 Salí a fumar a la puerta del bar. El viento, el ardiente "solano" tan típico de La Mancha, corría con toda la fuerza de un nuevo amanecer; un poco más tarde, cuando el sol empezara a remontar el cielo, se calmaría. O no. Hay días en los que no deja de soplar, como ayer, y entonces la gente, sobretodo las mujeres, se quejan de dolor de cabeza. 

La chavalería pasaba de camino a los institutos cargados con sus mochilas, ellas en grupo o en parejas y animadas charlas y ellos no tanto, algunos solos, los auriculares puestos, el móvil en la mano, la mirada dubitativa. Me fijé en uno que cruzaba solo el paso de cebra del otro lado de la avenida. Andaba cabizbajo, sin teléfono en la mano. Ya en el que da acceso a nuestro bar vi que tampoco llevaba auriculares. Pasó a mi lado, la mirada fija en el suelo, el semblante serio, tenso, reconcentrado...tenía las mejillas llenas de granos.

Una infinita ternura conmovió todo mi ser mientras le vi alejarse calle abajo. Era guapo, de buena estatura, pelo fuerte, complexión atlética pero...le esperaba otro día en el infierno. Las chicas no quieren besar a quien tiene esas mejillas. Las chicas ven eso con ojos de asco o, en el mejor de los casos, miran hacia otro lado; y los chicos...bueno, te humillarán todo lo que puedan, se vengarán en ti de sus miserias.

La enfermedad visible pasará y después, si todo va bien, no será más que otro borroso archivo de la mente. Eso es fácil decirlo. Todo recuerdo se torna llevadero porque la memoria es la fotografía de un molino de viento. Y si te ha tocado empezar a subir hasta él por el pedregoso sendero de las cabras, fuera del camino asfaltado, no te quedes abajo por ello. Sube, camina, siente el dolor en tus pies, aplasta a las piedras que sólo creen en pezuñas y luego, cuando dolorido, bufando y sudoroso alcances la cima del viejo molino, atado de pies y manos desde hace mucho tiempo cual monstruo de feria, sonríe; sonríele al sol, sonríele al viento, sonríele a la vida, sonríele a las piedras, sonríele a las cabras, sonríele a los granos.


Y entonces, chaval, sentirás como el viejo molino te sonríe sólo a ti. 

sábado, 14 de mayo de 2022

LATELY

La anciana llegó al bar apoyada en el tacatá bajo la cercana supervisión de su hijo que hoy como mañana hacía las veces de la cuidadora habitual. Acomodó a su madre en la mesa de todos los días y le acercó el desayuno. Pagó con el móvil y charlamos un poco acerca del programa de televisión que tenía puesto, uno nuevo, uno de ovnis. Ovnis a las nueve de la mañana. Estábamos bromeando sobre ello cuando la anciana voceó por menos volumen. Siempre lo hace, ya sean ovnis, yanquis buscadores de tesoros o anticuarios ingleses. Obedecí, el médico se marchó y regresé a la cocina.

- ¡Bájalo un poco! -oí otra vez. Salí a la barra, quité el volumen del televisor y puse algo de música suave, Lera Lynn, y ya la vieja no protestó. Tolera mejor la música cuando se queda sola ahí sentada, con las manos juntas como una buena chica, mirando la portada del periódico. 

- Gracias, hijo.

Nunca me ha llamado por mi nombre. Siempre me dice hijo o compañero. A menudo, cuando salgo al salón para atender a alguien, me sonríe y me echa la mano, una mano pequeña, fría y suave surcada por venas azuladas. 

- Cuanto te quiero, hijo. 
- Yo también a usted, compañera.

Al rato llega su hijo, la recoge y se van a casa. Y el día está hecho. El resto del tiempo lo pasa viendo películas, series o, ya menos, leyendo libros. 

- Ahora la tengo con las de 007 -me dijo su hijo esta mañana- Con el volumen quitado, sólo los subtítulos. Tiene una vista...Apenas utiliza las gafas.
- Y el oído ni te cuento.
- Jajaja...

Pero es estar en el bar lo que más le gusta, lo sé. Bajar del piso, salir a la calle, empujar su carrito y desayunar en el bar de su compañero que tan bien le prepara el café con leche.

- ¡Es que está perfecto! -dice casi nerviosa- ¡No sé, en mi casa no sabe igual! Tienes una mano...

Y yo sonrío y recojo la que me tiende.

- Me recuerdas tanto a mi hijo, al que se murió...Se mató con el alcohol, el pobre...Era tan bueno, pero...en fin. ¿Tu has estado en mi tierra, en Cantabria?
- No, compañera.
- Pues es una cosa...-dice con los ojos brillantes de emoción- Aquello es precioso, todo verde, el mar, las montañas...¡Con lo andarina que he sido yo y ya ves ahora! Pero aquí, en La Mancha, ¡no hay nada!, ¡y ese calor! No sé como podéis soportarlo.
- Quizá porque no conocemos Cantabria.
- ¡Ay si la conocieras, hijo...! ¡Vente con nosotros este verano!
- No puedo.
- Tengo una casa grande allí. Y el mar está cerca. Respirar aquel aire...Cuanto lo echo de menos. No me acostumbro a esta tierra.
- Pues ya lleva muchos años aquí.
- Sí, muchos...Demasiados
- Leí una vez una cosa sobre las mujeres cántabras...
- ¿Lees, hijo?
- Sí, compañera. Y a veces hasta escribo.
- ¿Y qué escribes?
- Cuentos. Bueno...cosas que me pasan.
- Yo también escribí cuando era joven. Poemas...Mi hija, la que está en Francia, es escritora ¿Pero qué era eso que ibas a decirme de las cántabras?
- Pues que según los romanos eran unas mujeres duras como ellas solas. Cuando parían eran ellas las que cuidaban del marido.
- Jajaja...Sí, somos gente dura, hijo. La vida es dura...la vida ha sido muy dura. ¿Pero sabes? No me quiero morir. ¡Y mira que ahora estoy hecha una piltrafa! pero no, no quiero morirme. Lo que peor llevo son las piernas. Si pudiera andar...Bien está, qué le vamos a hacer. Pero echo mucho de menos mi tierra.
- La tierra de uno lo es todo...
- Sí que lo es, sí. Más tarde te darás cuenta, hijo.




miércoles, 4 de mayo de 2022

EL ÚLTIMO PEÓN DE BOBBY FISCHER

 Cuando le vi tomar asiento en la barra supe que hoy venía solo. Pidió su primera cerveza y empezamos a charlar. Enseguida, tras la cuestión del tiempo, salió a relucir nuestro común amigo, su compañero habitual en la mesa del fondo. Hace unos días de su cumpleaños y recordé que el lunes me contó un tanto abrumado la festiva semana que le esperaba con dos cumpleaños más del grupo de amigos; uno fue ayer y el otro será mañana. El cliente se extrañó de este último, algo que me inquietó un tanto por si había metido la pata, pero pronto cayó en la cuenta de que era un tema del tiempo, de la lluvia, del sitio donde iba a celebrarse. Y con esto pasamos a charlar de este último celebrante, un hombre adinerado del pueblo, como todos los de la cuadrilla, aunque puede que sea el que más. 

Me habló de la reciente venta de un pisazo en pleno centro de Madrid, del dinero que había sacado y de su voluntad de liquidar casi todas las propiedades o terrenos por efectivo, con el consiguiente embrollo familiar. El hombre, que siempre ha sido de fuerte constitución, lleva un par de años con problemas de salud y parece tenerlo claro. Oí unos cantidades de dinero que me dejaron atónito.

Poco más tarde llegó al bar otro integrante de la cuadrilla, el que ayer cumplió años, y la conversación derivó hacia la reapertura de un conocido restaurante de la localidad que llevaba cerrado por reforma desde primeros de año.

- ¿Como? -dije yo- ¿Que lleva cerrado desde Reyes?
- Sí
- ¡Joder! ¡Pues la primera noticia que tengo! Y mira que paso por ahí.

Creo que fue en ese preciso momento cuando me vino a la cabeza que llevó unos días oyendo un audio-libro de Conan el Bárbaro. 

Con gusto me explicaron el tema, que se resume en pocas palabras: al final ha comprado por jubilación del propietario el cercano local por el que tantos años llevaba detrás uniéndolo todo para crear una especie de trasatlántico hostelero de primera clase. Y eran tales las cantidades de dinero, de trabajadores, de dimensiones de la terraza exterior que casi fue como cuando veo algún documental del Universo. Yo, mi familia, tres generaciones de camareros autónomos, y casi con una mano delante y otra detrás, siempre a dos meses de no poder hacer frente a la hipoteca con el banco, lejos ya, muy lejos de los buenos tiempos del abuelo que ahora resultarían irrisorios, lejos también de los complicados años que tuvo que afrontar mi padre aunque con la inestimable ayuda de la tienda de ropa que abrieran atendida por mi madre y una tía (algo que muchos años después, ya con la tienda cerrada por jubilación y mi padre muy enfermo, me confesó que fue la tienda y no el ruinoso viejo bar la que traía la mayor parte del dinero y los problemas a casa) la que nos hizo pasar una infancia en la que creímos ser mucho más de lo que éramos, al menos yo...Y este tío que salió de la nada, trabajando para el restaurante más famoso del pueblo, que se fue por su cuenta pegando un buen petardazo y luego partió con su socio y montó el propio justo enfrente de aquel donde había empezado hasta convertirlo en el más elegante de la ciudad, el lugar donde la gente de dinero va a comer y a hacer negocios, y no contento con eso levantó un gran pub para que lo llevara su hijo, y ahora, ya mayor y supongo cerca de la jubilación, echa el resto con la confianza puesta en el hijo, volcado en el restaurante desde hace tiempo...

Toda mi vida trabajadora he estado igual. Quizá no tan mal como ahora pero parecido. Siempre he trabajado, nunca he faltado a mi puesto bajo ninguna circunstancia, pero fuera del bar se acaba el bar. Esta gente no. Esta gente le da a la cabeza. Esta gente no piensa en otra cosa. Y por eso ganan.

Nunca olvidaré aquella frase de mi idolatrado Bobby Fischer en una entrevista tras vencer a Petrossian la final de Candidatos en Buenos Aires y ganarse el derecho de luchar por el título mundial frente a Spassky: "Demasiadas veces la gente no hace todo lo que puede, no tiene espíritu entusiasta, el espíritu de vencer. Y una vez que usted lo tiene debe dedicarse a ello por completo. Por eso no pierdo el tiempo por ahí. Mi meta es ganar el campeonato mundial de ajedrez. Y me tomo esto muy en serio"

Salí del bar con Conan en el teléfono. Subí al coche, encendí la chusta y conduje hasta casa pensando que no era raro que Howard se hubiese suicidado a los treinta años.  Cerré la puerta del dormitorio para desesperación de la gata, me eché en la cama y durante una hora dormí a ratos mientras el locutor sudamericano murmuraba otra vez las extraordinarias luchas del Bárbaro por recuperar su trono frente a un mal mago.


No, nunca he sido como el gran Fischer. Ni como Conan. Ni como este del restaurante.


Pero bueno, también fue Fischer quien al final de su vida renegó de toda ella salvo de su última parte.


Aquella en la que, por fin, sintió el verdadero calor humano.


La última carta es paciente, Kufisto.

lunes, 2 de mayo de 2022

Y NO DIRÉ QUE NO MIRÉ ATRÁS CUANDO LLEGUÉ AL LLANO

 El tío que se plantó en la puerta del bar parecía salido de las entrañas de Chernobyl: bajito, escuchimizado, de tez colorada, con cuatro pelos ralos colgando de la pequeña calavera, que eso ya no era ni cabeza, y más feo que un dolor repentino en el brazo izquierdo. Se quedó allí, mirando al interior, como esperando que alguien tocara la trompeta. "Si cree que voy a darle las buenas tardes -pensé- va listo" Eran casi las tres de la tarde y apenas había cuatro clientes en la barra y una pareja en el salón. La festiva mañana no había sido mala pero tampoco nada del otro jueves. "Joder -volví a pensar ante su inexplicable persistencia-, el pueblo lleno de gente y me toca este subnormal para acabar" Un odio instintivo, ese que pocas veces falla, vino a mi acompañado de un asco indecible. Y no es que fuera mal vestido, o borracho, o algo de eso; era él, él. Por entero.

Al final entró y, como no, se puso tras el grifo de cerveza. 

Pidió un botellín, le dije que sólo tenía tercios y aceptó. De cerca era todavía más feo: la boca grande, las orejas colgantes, los ojos grises, hundidos, una nariz casi descarnada y una especie de joroba a sus espaldas. La ropa colgaba de él como la de un espantapájaros en un granja bien. Enseguida empezó a hablar en voz alta, algo que no soporto. Uno que había cerca le haría de oidor durante casi toda la larga media hora que estuvo allí, pues lo que era yo no iba a decirle ni Dios es Cristo. ¿Qué clase de hombre entra así a un bar en el que no lo conocen? Ante mi sorpresa, pues lo tenía por un chaval con los cascos bien herrados, le dio palique a sus desatinos, imposibles de obviar hasta para la pareja del salón, que sonreía. Con todo hubo un momento en el que mi cliente se amohinó un tanto por un comentario mariconil, hasta que se fue. El engendró pidió otro tercio con el primero aún casi entero. "Se ha calentado (a ver, hijoputa, si no has parado de hablar) ¿no tendrás un vaso frío?" Se lo puse y pasé de él. Lo vio claro y salió a la terraza. Luego volvió a entrar, pagó los dos tercios que apenas había bebido y se fue dejándome con un malestar indescriptible.

Media hora más tarde salí del bar poco menos que enfermo. Llegué a casa y me tumbé en la cama. Ese trol me había sorbido la energía. Dijo que tenía cincuenta y cinco años aunque aparentara noventa pero yo creo que tiene diez mil y va arrastrándose por ahí, vertiendo partes de su enfermedad sobre la salud de los otros. 

Eran casi las siete cuando eché a andar. Apenas había dormido, ¡quien podría!, pero tras comer algo y vislumbrar el panorama para lo que quedaba de día decidí que era lo mejor. Algo ligero, breve, una horita.

Uno de los vecinos salía por la rampa de la cochera empujando el patinete de una de sus hijitas. Saludé y creo que no recibí respuesta, pues iba con los auriculares ya puestos, sino una bien cierta mirada hostil. No sé, quizá en una de mis recientes borracheras puse la música demasiado alta y empecé a cantar o algo, no me acuerdo, pero el tartaja del Audi A8 no respondió a mi saludo, no.

Poco después, ya transitando el acceso hacia la periferia del pueblo, vi un perro suelto y una parejita empujando un carrito de bebé. Bebé y perro. Este no parecía peligroso; no era pequeño, tampoco grande, pero paró el trote y se me quedó mirando. Me joden los perros. Seguí caminando y ¡oh, sorpresa! la del carrito era una prima mía, una que parió hará un par de meses. Tuvimos que pararnos a hablar, aunque no por mucho tiempo. Ni se me ocurrió tocar a la criatura; me conformé con preguntar el nombre que le habían puesto y tras decirle otra vez a mi prima que estaba dando un paseo después de haber acabado otra gloriosa jornada en el bar marchó empujando el carrito que contenía al fruto de su potentado y simpatiquísimo marido.

Con estas y Lovecraft iba, ya en la avenida de circunvalación, cuando casi al final de ella alcé la vista, vi los molinos y decidí subirlos una vez más. 

Por el otro lado de la carretera, adelantada, se veía a una mujer con una mochila a la espalda. Tenía el culo muy gordo y no le hice mucho caso, pero cruzó y se encaminó hacia donde yo iba, un camino de tierra justo al lado de algunas naves industriales que es previo a la maleza que viene después. Quizá nos separaran cincuenta metros y ella iba a buen paso, así que no lo más probable es que no hubiese problemas. Pero se paraba, miraba algo en su mano y seguía andando. Y en una de esas, claro, sintió que alguien iba detrás de ella, yo, con la melena al viento y todo lo demás. Y justo cuando llegó al descampado, y tal y como era previsible, se paró mirando lo que ya supuse era un teléfono. Y como será normal, tan solos como estábamos allí, cuando llegué a su altura, me preguntó algo acerca del camino que según su teléfono llevaba a los molinos y sin embargo ella no podía ver. Yo se lo indiqué y seguí adelante, entre la malas hierbas, convencido de no volverla al ver; pero al poco me superó, aunque no tardó en volver a parar, despistada. 

- ¿Y ahora?
- Ahora hay que cruzar la carretera y pasar ese tramo lleno de malas hierbas, el más difícil, y cruzar las vías.

Tendría mi edad. No era guapa, pero no tenía miedo. Siguió adelante después de darme las gracias. Me dijo que era de aquí pero vivía en Valencia desde hacía treinta años; había venido a cuidar a una amiga en el hospital; quería llegar a los molinos sin pisar el asfalto del que tan harta estaba. Por primera vez en mi vida pensé que podría haber culebras bajo nuestros pies. Ella iba con pantalones cortos. Alcanzó el sendero que llevaba a las vías y volvió a pararse cuando la maleza no le dejó ver el camino.

- ¿Y ahora?
- Ahora...Sígueme -respondí quitándome los auriculares.

Volví a pensar en culebras y, cosa rara, en True Detective. Alcanzamos la vía del tren que ella creía estar salvada por un puente.

- No, hay que cruzarlas -dije.
- ¡Como cuando éramos chicos!
- Y poníamos piedras en los raíles.

Rió. Pasamos las vías y después siguió adelante.

Empezó el ascenso. A ella le pesaba el culo y la ventaja se redujo. Hizo algunas fotos. No le dije nada al superarla. Llegué a la concurrida cima por un salvaje atajo y la saludé al encontrármela en el descenso, poco antes de desviarme a la ladera más complicada, la menos transitada, la más consecuente con el extraño viaje, la que muy pocas veces tomo de las tres opciones. Bajé por allí. Mi calzado era el peor de los posibles pero no sentí el dolor de otras veces, de otras penitencias.


Y no diré que no miré atrás cuando llegué al llano.





miércoles, 27 de abril de 2022

ERAN TRES MARIPOSAS BLANCAS

 Flotaba en calma con los ojos entornados sobre las profundas aguas del inquieto mar. El amable sol poniente quedó oculto de repente y girando la cabeza vi como se acercaba una ola gigantesca, fría y casi negra. Alcé la vista y vi a tres mariposillas blancas revoloteando al alcance de mi mano. "Se van a ahogar" pensé. Levanté el brazo derecho y se dejaron atrapar en mi puño. Una de ellas mordisqueó la piel. Lo sentí como un beso, sonreí y cerré los ojos. La ola pasó, abrí la mano, las mariposas volaron y yo desperté en mi dormitorio.

Antes de llegar al bar, antes de reconocer los dos coches de la policía, antes de ver el de mi hermano, supe que nos habían robado. El cristal de una de las hojas de la puerta de entrada estaba destrozado. "La tapa de una alcantarilla -dijeron- es su modus operandi" Habían reventado la tragaperras, una de las reforzadas, aunque poco después nos enteramos que no habían sido capaces de acceder a su contenido. "Pero anoche te dejé tu dinero de la semana en la caja -me dijo mi hermano- Y se lo han llevado" El cambio y la lotería seguían allí, sobre las cámaras frigoríficas de la barra, a la vista. Abrimos poco después de que la poli se despidiera a la francesa ante la indignación de mi hermano.

Eran las diez y media cuando regresé a casa, casi una hora más tarde lo habitual. Debería darme prisa si quería cumplir con mi rutina de ejercicio. Pensé en Zaratustra como banda sonora pero se me había descargado del teléfono, así que continué con "Gusanos de la Tierra" por donde lo había dejado al ver el percal. Tampoco estaba mal.

En el salón estiré como todos los días. Luego hice fondos, abdominales y hombros con la ayuda de una silla. Me fui al dormitorio y empecé con el saco. No sé cuantas veces lo salté de las agarraderas. Las paredes retumbaban como deben resonar los tambores de guerra. Me duché con agua fría y comí arroz y carne roja. Tenía media hora antes de volver al bar. Encendí un cigarrillo y miré algo en Youtube que ahora no consigo recordar.

Sí recuerdo lo que vi ayer, un debate de tres horas entre tres comunistas. Uno de ellos era desastroso, no sabía comunicar. ¡Y encima era el que más hablaba, incapaz de parar su caótica verborrea!. Era como si estuviera drogado, anfetamínico, en fin, penoso, de vergüenza ajena. Pero los otros eran buenos. Y además estaban picados.

Con esas, sobre las diez de la noche, me fui a la cama con "Gusanos de la Tierra" en el teléfono, no sin antes echarle un vistazo a la entrada del autor en la Wiki: se suicidó a los treinta años, el mismo día que su madre con la que convivía entró en coma por tuberculosis. Al siguiente ella murió y los enterraron juntos.

- ¿Kufisto? - dijo mi madre por el teléfono.
- Sí -respondí en modo altavoz mientras preparaba unas de las contadísimas consumiciones de este mediodía.
- ¿Qué te parece? ¡Te he llamado antes!
- Ya...Estaba sin batería -mentí.
- ¡Lo que me he acordado de tu padre! ¡Será que no decía que era imposible que robaran estando al lado del cuartel de la Guardia Civil!
- Ya...Bueno, ha sido la primera vez en veintitrés años...¡Qué se la va a hacer!Tengo que atender, mama
- Venga, un beso, hermoso.
- ¿Qué tal estás?
- Bien, mejor...Ya estoy mejor
- Un beso.
- Un beso.


Eran tres mariposas blancas. Yo estaba flotando igual que el sol poniente, feliz, en medio del mar, con los ojos entornados...









miércoles, 20 de abril de 2022

ME QUEDÉ SOLO EN EL BAR

 Me quedé solo en el bar y puse el "Master of puppets" a buen volumen. Las dos últimas cuadrillas de las cañas (las únicas que había tenido) se habían ido al mismo tiempo, una la de los habituales y otra la de los psicólogos, esta rarísima de ver desde hace años aunque tuvieron una época de venir casi a diario; cosa curiosa, casi un vengayá, es que esta misma noche uno que fue de ellos, un vallisoletano que abandonó su trabajo aquí para irse a Madrid, apareció por primera vez en mis sueños sin saber como ni porqué. Claro que hoy ha sido otra noche de sueños tan vívidos (sobretodo el primero que me despertó sin yo saber durante un buen rato si todavía estaba dentro o fuera de él) que darían como para tomarse el resto de la vida a cachondeo. Evidentemente desperté regular tras una noche como esa, pero a veces pasa que es como si a uno ya le diera igual; después de todo despertar regular es casi un triunfo a estas alturas de la vida, de mi vida, y la verdad es que gracias a mi alma masoquista no me sentía del todo mal a pesar del poco descanso. Y como leí en una magnífica novela de Agatha Christie citando a un poeta inglés: "Hay quien nace para el dulce amor y quien nace para la noche eterna"

- Hay quien nace para el dulce amor y quien nace para la noche eterna -le dije a primera hora a la chica de la clínica odontológica mientras charlaba con ella.

Se me quedó mirando con fijeza. La tengo en el bote.

No he conocido a un sólo psicólogo ni siquiera medio normal. Ni psicóloga, que son la mayoría. Y no es que yo sea normal, no, ni de coña: el día que uno me enganche será uno de los más felices de su vida, aunque no creo que llegue. Pero yo, por mi oficio, trato con gente normal y sé reconocerlos. Ellos no; ellos tratan con anormales, han memorizado libros de anormales y quieras que no se vuelven anormales. Y se siente. "Quien mira un abismo durante demasiado tiempo..." Esta para mañana.

Es su mirada. Aún entre ellos mismos. Viejos, jóvenes, chicos, chicas...En su mirada hay, sobre todas las cosas, desconfianza. Todo es subterráneo y lo que enseñas es una ilusión. Ese es su pensamiento. Como para salir de fiesta. Podría reconocer a un psicólogo con una botella de Johnnie Walker en mi estómago. Por cierto que hará ya dos meses que no viene por el bar mi buen amigo Gonzalo, uno de sus más impacientes y duros pacientes. Supongo que otra vez estará ingresado y muy bien drogado. Espero que cuando salga siga con las mismas ganas de hacerle bien al mundo aunque nadie menos yo entienda sus métodos.

Yo creo que lo del "Master" ha sido por lo de la mascarilla. Subterráneamente, claro. "Memorias del subsuelo", la novela del Dosto más salvaje. Subterráneo. Bajo la tierra, en las raíces que buscan la mierda con la que alimentar a lo que ilumina el sol.

Los vi venir nada más verlos entrar al bar con sus mascarillas, la verdad. Yo no la llevaba y quizá vinieron hoy para tantear, qué sé yo. Ninguno dijo nada pero la tensión podía cortarse. "¿Yo la llevo puesta y tú, cabrón servicial, no?" Pues no. Y además legalmente. Y encima estoy sin vacunar. Con todo, me esmeré con la tapa y pagando cada uno lo suyo se fueron de mi bar despidiéndose todos menos uno, un chico con barbas que muy a pesar suyo casi no podía ocultar su indignación.

Recuerdo como si lo estuviera viendo la primera vez que mi tío nos puso "Battery" en su magnífica salita de música. Nosotros, mi hermano y yo, éramos unos adolescentes enamorados de Maiden, AC/DC, Ángeles del Infierno y demás. En esa edad, cuando uno acababa de salir de la infancia, la música lo era casi todo, todavía más que las chicas que algunos años después empezarían a traernos de cabeza. 

- Vais a flipar -dijo él.

Y entonces pinchó "Battery" en su simpar equipo de música. Y los arpegios de la introducción empezaron a vibrar a través de los enormes altavoces.

- ¿Qué cojones es esto? -le dije, mosqueado, ante tamaña estafa. Pero un minuto después...

Jamás en la vida he sentido algo así con la música salvo una vez, muchos años después, cuando caminando con mis auriculares un amanecer de primavera por las afueras del pueblo no tuve más remedio que echar a correr y a saltar con el Finale de la Novela de Beethoven.

Abrí un tercio y me fui al ventanal. Al rato, ya en el corte de "Master..." vi pasar a un chico joven con cazadora de cuero y la coleta recogida acompañando a una gorda con el pelo violeta. Entraron al bar.

- Hola -dije regresando a la barra. Casi al instante me di cuenta de que al menos a él no iba a molestarle el volumen.
- Hola -respondieron con timidez. Ella llevaba la mascarilla medio puesta y él colgando en su gaznate. Vendrían del hospital.

Café para él  y aquarius para la jefa. Ella salió a fumar. En los ojos de él vi que no se podía creer que algo así estuviera sonando en un bar como el mío.

Todavía estaba la gorda fumando afuera cuando Paco el ciego vino por su café y cocacola de la tarde. 

- Kufisto.
- Hola, Paco. A tu izquierda tienes un taburete.
- Vale. Lo tengo.

- ¿Qué es esto?
- Metallica.
- Ah

Se quedó ciego poco antes de la publicación del Master, cuando todavía era un chaval que iba al instituto.

La gorda de pelo violeta volvió a entrar y se sentó en la mesa con el chico.

Eché un trago. Empecé a tararear el estribillo de "Master"

- Qué viejo suena esto -dijo Paco
- Me estás llamando viejo, cabrón.

La parejita se fue en el "Leper Messiah" Y yo cuando "Orion" estaba a punto de alcanzar su maravillosa parte intermedia.


La tarde estaba gris, fresca, ventosa, casi lluviosa; una tarde para cocido y siesta, tal y como me había jurado mi amigo el camello poco antes de la llegada de los psicólógos.

Bueno, puede que fuera en una tarde como esta cuando hace treinta y cinco años Battery me sacó de mis casillas. ¿Quien sabe? Ahora estoy en mi piso, escribiendo algo mientras bebo, echando el rato. Mi hermano se casó, se fue a otro pueblo y tiene dos hijas. Lo veo poco. El otro día estuvieron por el bar, mi hermano y la mayor, mi ahijada. Ya tiene catorce años. Está preciosa, todavía inocente. 

- ¡No cree que vengamos del mono!- dijo riendo mi descreído hermano antes de pasar a mear.

- ¿No crees que venimos del mono?
- No -respondió ella casi ruborizándose.
- Pues yo creo que sí


Le hice una mueca y sonrió nerviosa.