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jueves, 27 de diciembre de 2018

RELATO DIFERIDO

Mirabas todo aquello como si no entendieras nada de lo que pasaba a tu alrededor


De esta manera, justo ahora hace algo más de dos días, unas cincuenta y una horas, pensé en empezar el relato que tu imagen de la tarde anterior trajo a mi mente mientras caminaba por el parque viejo del pueblo.

El mediodía de Navidad estaba siendo esplendoroso. Toda la niebla de los días previos, la misma que durante todo el día de hoy, semejante a ayer, no ha permitido que viésemos el sol, se había disipado hasta no dejar rastro alguno. En la amplia avenida en la que desemboca el gran parque nuevo se veía un continuo ir y venir de padres con los hijos que ilusionados estrenaban los regalos de Nochebuena: pequeñas bicicletas de llamativos colores con las dos ruedecillas de atrás puestas; patines con todo el equipo completo incluido (rodilleras, coderas y casco); balones de futbito, alguno de mini-basket, raquetas de tenis y de padel que iban a estrenarse en las cercanas y bien acondicionadas pistas multi-deportivas; había incluso quienes conducían patinetes eléctricos con una sonrisa tan grande como la que uno le pinta al sol cuando lo dibuja siendo niño. Todos acompañados de sus padres, algunas mamás empujando el carrito de otro hermanito y los papás vigilantes, orantes más bien, para que nada malo sucediera. También se veían perritos que papá Noel había dejado a alguna niña que se había portado especialmente bien; una pequeña iba hablándole a su recién estrenado juguete mientras sujetaba la correa con una manita y la otra se la daba al padre; el perrillo la miraba de vez en cuando, parándose, como preguntándole con los ojos si estaba haciendo bien eso que ella decía, fuera lo que fuese aquello; entonces la niña reía nerviosa, miraba a su padre que sonreía, y le gritaba excitada que su perrito entendía lo que ella le decía.

Más adelante, ya fuera de allí y decidido a subir los molinos como una especie de acción de gracias por ese mediodía que más parecía primavera en Navidad que otra cosa, sucedió que los perros que se veían en la ya cercana lejanía no eran tan pequeños e iban sin correa de acá para allá ante la pasividad de sus amos, contentos de ir encontrándose con muchos otros como ellos. Y viendo a tantos extraños que iniciaban el peregrinaje en compañía de sus bestias, imaginando a todos la que podría ir encontrándome en el camino y tras un breve examen de mis nervios tras una larga noche, poco sueño, una buen resacón y un par de horas de limpieza de las huellas de la batalla que habían quedado en el bar, dejé la acción de gracias para otro momento menos dudoso. Tomé el camino normal y tras una larga y liberadora meada en el matorral de siempre pensé que la vuelta sería esta vez por esa calle que he descubierto hace poco, una paralela a la habitual pero en la que los gatos parecen ser los señores de la misma.

La primera vez que pasé por allí no tardé mucho en sorprenderme ante su actitud: permanecían tranquilos ante mi paso, sin soliviantarse. Algunos yacían tomando el sol sobre los capós y los techos de los coches, cosa que me hizo una gracia infinita; otros estaban en posición de esfinge sobre las aceras; algunos quedaban arrullados plácidamente sobre las raíces de los árboles; y todo ese raro silencio entre tanto gato feliz de estar bajo el sol me recordó a ti.

Llegaste al bar dentro de un grupito que comandaba alguien que sólo viene aquí por estas fechas, alguien no demasiado agradable de ver para mi. Una chica de boca cubista parecía ser su nueva pareja, cosa nada sorprendente; había también un tío mayor con aspecto de no querer estar allí y luego estabas tú. Enseguida me fijé en ti. Siempre me gustaron las mujeres con la piel ajustada y sin más colores que los que da la sangre.

Primero fueron los cafés y pronto, ya en el tumulto de esa tradicional tarde berlanguiana, se pasaron a las más que previsibles copas que el conocido empezó a trasegar con fruición aún con la nueva nota de "cortas", cosa que tampoco me sorprendió mucho pues es algo que ya vamos haciendo todos aunque al final acabemos como siempre. Tú no pediste nada más hasta que poco menos te obligaron a beber algo. Y fue entonces, una vez que yo andaba aclarando vasos, cuando miré como echabas un lento traguito, como hacen quienes no le gusta lo que están bebiendo, y sentí que justo en ese momento ibas a mirarme. Y me miraste con esa mirada reconocible y nunca olvidada, de felina salvaje. Y estuviste así un par de segundos, sin dejar de despegar tus labios de ese vaso que tan poco te estaba gustando lo que contenía.

En toda la tarde te oí hablar. Sólo estabas ahí de pie, viendo como se abrazaban los demás, oyendo sus gritos, sus risas, su creciente histeria, el nerviosismo general, la sensación de rapidez, de velocidad, de desenfreno que acompaña a todo lo vulgar y agotado en sí mismo mucho antes de llegar a haberlo sido en alguna ocasión...

Más tarde te irías en algún momento.

Y esa noche no, pero la siguiente soñé con aquella otra mujer que conociera exactamente igual que te conocí a ti.


Después pasamos doce años juntos que empezaron calentando los verdes bancos de las calles en Navidad y terminaron en el sopor de mi jaula hipotecada con calefacción de Gas Natural.


A ti no te volveré a ver.


O mucho me equivoco.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

ANTONIO

Lo conocí una mañana que vino al bar. Era un hombretón ya mayor (al menos tan viejo como todavía lo era mi padre), de ojos claros y una mirada limpia, decidida, que causaba confianza en quien la reconociera por haberla visto en otros. Pidió una cerveza y se la serví con la sensación de que él sí me conocía a mi. Tenía la voz grave, profunda, de fumador precoz de hojas de patatera. Una cabeza romana, imponente, conservaba casi todo el cabello, también de aspecto fuerte; la tez roja denotaba la enorme vitalidad de la sangre que circulaba por sus venas; y una boca grande, de labios carnosos y buena dentadura, dibujaba en él un rictus de perpetua sonrisa aún sin sonreír, cosa que les pasa a quienes han reído mucho.

- Gracias -dijo cuando le puse la cerveza
- De nada
- Una cerveza bien tirada
- Muy amable -respondí como quien lo ha oído decir un millón de veces
- ¿Tú no me conoces, verdad? -dijo sonriendo tranquilizador
- Pues no, la verdad -respondí mirándole a los ojos- No le recuerdo ahora mismo...-dije respondiendo un tanto avergonzado
- Yo soy amigo de tu padre -contestó con seguridad, con una mirada tan penetrante que no dejaba lugar a la duda: no había más que verlo decir eso para saber que era amigo de mi padre. Se presentó y seguí sin reconocerle- ¿Qué tal está? ¿Viene por aquí? Tengo muchas ganas de verlo.

Entonces fue cuando le dije que había caído enfermo, sin ocultarle la gravedad, y que en esos días estaba pasándolo un poco mal por el tratamiento. Vi como le cambiaba la cara conforme se lo decía y él tuvo la delicadeza de no preguntar nada más. Poco después se fue no sin decirme antes que por favor le diera recuerdos de su parte y los mejores deseos para su mejoría. Así lo hice aquella misma tarde cuando fui a verlo a casa mientras veíamos una vieja película de vaqueros. Él sonrío en su sillón, dijo su nombre como quien se acuerda de algo agradable y añadió que era un buen tío, sólo eso. Después volvimos a callar y continuamos viendo a los vaqueros matando indios de la misma manera en la que lo hacían cuando todo estaba claro y no había lugar para la duda.

Aquellos niños que lo fueron en los años cincuenta del pasado siglo iban a la escuela a aprender las cuatro reglas y poco más. Algunos, las excepciones, eran buenos estudiantes y conseguían beca para entrar en la Universidad, pero la inmensa mayoría lo dejaba mucho antes para ponerse a trabajar. Todavía niños, andaban de acá para allá rodeados de mayores mientras aprendían un oficio. Entremedias se iniciaban en las cosas de estos y poco a poco iban haciéndose hombres. La religión, también ya fuera del colegio público, seguía siendo un coñazo reservado a mujeres y maricas pero no tenían ninguna necesidad de ir quemando iglesias: ya no tenían la obligación de ir, ni de confesar sus pecados a ningún extraño sospechoso, y eso no dejaba de ser otra liberación. Todo era trabajar, salir con los amigos, flirtear con las chicas decentes y, con el tiempo, irse de putas a un pueblo vecino para desvirgarse, cansados ya de las pajas que, casi por misericordia y un par de perras chicas, les hacían algunas señoras putas del pueblo en el que nacieron. Un poco más tarde conocían alguna buena muchacha, se hacían novios formales sin derecho a roce, llegaba el servicio militar, las cartas de amor y al regreso ya había que ponerse a trabajar en serio mientras se intentaba dilatar un poco más la alegre vida del soltero. Aunque muchos no regresaban tras conocer la vida de una gran ciudad. Y la mayoría de quienes volvieron, teniendo Madrid a tiro de piedra razonable, decidieron buscar fortuna en la capital del Reino. Mi padre no pero su amigo sí. Y por eso no lo conocía. Yo siempre trabajé con mi padre y nunca vi a su amigo por el viejo bar.

La mayor parte de la familia de mi padre acabó en Madrid. Él tenía su bar, el buen bar de su padre, y no vio ninguna necesidad de irse a buscar suerte a ningún otro lugar. En cuanto mi abuelo vio que, por fin, lo de su hijo con mi madre iba en serio se retiró del bar alegando su enfermedad y no volvió a aparecer allí. Tres años más tarde mis padres se casaron y vivieron los años más felices de sus vidas haciendo hijos mientras sacaban adelante sus negocios. Al tercero, dicho por mi padre, el suyo ya empezó a mirarle mal. Él había tenido dos (con un aborto natural, el primero) y más de eso era exageración para un hombre tan austero como lo fue él. Cuando algunos años después, ya tras la casi consecutiva triada, mi padre le dijo que venía el cuarto tuvo una seria discusión. Y apenas un par de años tras esto llegó la anunciación del quinto y, directamente, le dijo que si estaba loco. Yo supongo que mi padre se reía con esto; era un hombre de buen humor y gran confianza y seguridad en sí mismo. Al final se había casado como tanto le insistían y qué otra cosa había que hacer sino hijos: cuantos más mejor. A él le encantaba ser padre, tenernos sobre su panza y besarnos con aquel bigote tan suyo cuando llegaba a casa de trabajar e iba a echarse la siesta después de comer: "teneros ahí, veros sonreír, acariciar vuestra piel, tan fina como si fuera de seda, cuando eráis bebés...eso es lo más grande que puede pasarle a un hombre, lo mejor que me ha pasado en la vida" me dijo alguna de aquellas últimas tardes que pasamos juntos.

Y en el quinto hijo paró porque mi todavía joven madre estuvo a punto de morirse desangrada y el médico le dijo que no tuviera más.

Un par de meses después (quizá cinco, no lo sé, el paso del tiempo es una cosa que cada día se difumina más) su viejo amigo Antonio de visita en el pueblo volvió al bar. Esta vez, y ya sobre aviso, lo primero que hizo fue preguntarme por la salud de mi padre. Yo no me escondí, le dije que estaba peor, y pude ver como le subía el dolor al rostro. Se desencajó todo lo grande que es y cuando se rehízo sin que nadie más que yo lo notara pidió una cerveza y un pincho de tortilla que comió con voracidad, como si otra vez tuviera quince años, como si haciéndolo así todo volviera a ser como fue, como si deseara atragantarse hasta quedarse sin sentido, algo casi que vetado para una constitución como la suya.

- Kufisto -me dijo muy emocionado una vez que hubo acabado-, por favor, te voy a dar mi número de teléfono para que se lo des a tu padre y me llame cuando quiera.

Hasta en eso tuvo la delicadeza de no pedirme el de mi padre. Pensó que en esas circunstancias lo mejor era que lo llamara él. Y así debe ser y así no se hizo.

Lo recuerdo perfectamente. Hay cosas que uno recuerda perfectamente y cosas que no.

Aquel día era jueves y no ningún otro. Llegué a casa de mis padres después de pasear tras salir del trabajo. Mi madre abrió la puerta con aquella cara, con esa cara de Pandora ante el señor de las mil llaves. Mi padre estaba meando con sangre otra vez, como en su penúltimo ingreso. Subí arriba y lo vi sentado en su sillón, asustado. Yo me senté en el sofá de al lado y mi madre en el otro, el que está junto a las ventanas. En la tele estaba la de vaqueros y hablamos bajito. Mi padre tenía los ojos brillantes. Mi madre, medio en penumbra, mantenía la cara como podía sin dejar de decirme lo que había ante el cabreo de mi padre.

- No es tanto -decía él- Es sólo que sale un poco manchada, como con color...
- Es sangre -decía ella- Bebe agua a ve si haces pis, que lo vea el chico.

Y mi padre, obediente al fin, cogía la botella y echaba unos sorbitos.

- Bebe más -decía ella con suavidad

Y entonces mi padre se cabreaba y echaba un buen trago.

"Parece que me estoy meando" dijo un rato después entre silencios y tiros. Mi madre se levantó, ayudó a hacer lo mismo a su marido y, poco a poco, llegaron hasta el water mientras yo permanecía clavado en el sofá.

- Ven, Kufisto -dijo mi madre un ratito después- Mira

Miré la meada de mi padre. Miré la meada del hombre que me acariciaba sobre su panza cuando volvía de trabajar. Miré la meada del hombre que me dijo como atarme los cordones de las zapatillas. Miré la meada del hombre que me enseñó a tirar una cerveza. Y había sangre.

- Hay sangre, papa. Poca, pero hay -le dije para tranquilizarnos.

Ya en el salón decidimos esperar ante su reticencia de ir a Urgencias y la llamada que le hicimos al médico amigo de la familia. Era una cosa más o menos normal por el tratamiento y si no resultaba escandaloso no había necesidad de más.

Era el tratamiento, que era así.

Aquella noche me fui al piso pensando que mi padre de verdad se estaba muriendo.

Llegó el domingo. Mi madre había ido a ver la suya y estábamos solos.Vimos una de Berlanga y nos meamos vivos, casi hasta el paroxismo. Estaba acabando cuando mi madre regresó en compañía de mis tíos y todo se torció. Los muy idiotas encendieron las luces y no hacían más que hablar de que había que ir a Urgencias, que cada vez había más sangre en el meado de mi padre y que había que hacer algo, que no había otra opción, que por narices aquella noche, inmediatamente, había que ir a que lo miraran. Nosotros no hacíamos más que reír hasta las lágrimas viendo a Sazatornil con Torrebruno en aquella puta cárcel.

- ¡Callaros, coño! -dijo mi padre

Se callaron y vimos los diez últimos minutos de la película de otra manera. Y después nos fuimos al hospital.

Mi padre murió doce días más tarde, al amanecer de un sábado de primeros de marzo.


Algún tiempo después Antonio reapareció por el bar. Ya con el miedo en la mirada (¡qué mal le sienta!) preguntó por mi padre. Le dije que había muerto hacía algunos meses y que si no lo llamó fue porque ese mismo día en el que me dio su teléfono se puso malo y hubo que ingresarlo. Unas cuantas lágrimas se hicieron paso como pudieron entre sus ojos y se fue sin pedir nada, balbuceando que él quería mucho a mi padre.


Ayer (¿o puede que fuera el viernes pasado?) salí a fumar un pito a la puerta del bar. Estaba ahí, fumando solo, mirando los árboles de la mediana, cuando un carrillo mecánico de esos que transportan a un ser humano paró en la entrada.

- ¿Me ayudas? -dijo el que iba encima

Y reconocí a Antonio.

Calcé la puerta y le ayudé a subir la rampa sin saber muy bien como hacerlo. Era una de esas sillas electrónicas que se mueven controladamente con un sólo dedo mientras no haya un centímetro de desnivel en el acceso, como es el caso de mi bar. Puedes salvarlo con su potencia, claro, pero ahora en invierno, con las puertas cerradas, te arriesgas a estrellarte contra ellas. Dio la suerte que yo estaba allí fuera y no hizo falta más.

Lo pasé. Adentro había unos cuantos clientes que enseguida le hicieron sitio. Él se acomodó como mejor pudo y pidió un café que dejé en el borde de la barra para que pudiera cogerlo. Antes que pudiera decir nada llegó más gente y tuve que olvidarme de él hasta que alguien le ayudó a salir del bar.

Hoy ha venido otra vez. En esta ocasión yo no estaba fumando en la puerta. Él le ha dado el alto a alguien que pasaba por la calle y al final nos hemos apañado para entrarle al bar. Se ha quedado en la barra y ha pedido una cerveza y dos coreanos.

- ¿No quieres tortilla?
- No porque te voy a pedir un pincho.

Le he puesto un buen pedazo mientras lo veía levantarse de su silla para sentarse en un taburete.

- ¿Qué te pasa? -he preguntado la pregunta del otro día que no pude hacerle
- Nada, algo neuro-degenerativo
- Ah...

Y ha entrado más gente y las he atendido.


- Oye, Kufisto -ha dicho mientras pagaba- ¿tú sabes algo de Pepito?
- ¿De Pepito? ¿de vuestro amigo?
- Sí
- Pues sé que está en Madrid...o al menos lo estaba...Llamó a mi madre para darle el pésame por la muerte de mi padre...
- ¿Está vivo todavía, no?
- Sí...me hubiera enterado...
- Ya sólo quedamos nosotros dos de los cinco que éramos
- Ya...


- Yo me muero este año que viene, Kufisto.


Y luego vino todavía más gente, y les dieron por culo y esta vez fui yo quien sacó del bar a Antonio, el amigo de mi padre que va a morirse el año que viene.


Entré y todo el mundo quería tostadas con tomate.


Cogí el rallador y rallé tomates como si mi viejo todavía estuviera viendo viejas películas de vaqueros en su sillón.




martes, 11 de diciembre de 2018

SLIDE

Yo estaba mirando las cosas pasar por el cristal y tú llegaste adonde estaba mirando y te bajaste de la bici mientras me mirabas como si me hubieras visto en algún otro lugar que no fuera ese bar. Yo no dejé de mirarte y por un par de segundos que ahora, diez horas más tarde, sigo recordando para no olvidarlos te miré como si en tus ojos hubiese algo que perdí hace mucho tiempo o que, quizá, jamás haya encontrado. Tu melena pelirroja, rizada, destacaba aún más sobre tu blanco rostro; tu boca pequeña, entreabierta, dejaba ver dos filas bien ordenadas de dientes perfectos; tu fina nariz dividía tu rostro en dos mitades que eran el mismo visto dos veces; y tus ojos, creo que negros, me miraron mientras frenabas del todo junto a mi pared.

Fui a la barra esperando que entraras y pasaste como esas otras dos veces que lo hiciste sin que te viera llegar. Estábamos solos y me pediste un café igual que si estuvieras aparcando tu bicicleta. Te miré mientras lo hacías y sólo supe repetir lo que acababas de decir. Dijiste que sí y fui a hacértelo sin dejar de mirar como mi café caía en tu taza. Ry Cooder estaba rasgando su guitarra hasta un momento antes de llegar tú. Me ocupé de que la taza estuviera en el platillo correcto, ese en el que no tiene escapatoria por torpe que sea quien lo lleve, y y te la llevé. Sin mirarte esta vez te dije que ahí lo tenías. Ya no recuerdo si respondiste algo, sólo que fui a mi extremo de la barra y volví a sacar el teléfono del bolsillo de atrás del pantalón. Y miré algo sin dejar por un instante de saber que tú estabas allí, en el otro rincón, igual que las otras dos veces.

Hablaste. Querías un mechero y te dije que no tenía pero que podía dejarte el mío. Dijiste que sí, me acerqué y te lo di en la mano. Saliste a la calle sólo con la taza de café, ya sin el platillo. Y sólo ahora, diez horas más tarde, pienso que pude haber salido contigo a fumar uno de mis medios pitos que siempre tengo apagados en la cocina. Todo lo que atiné a elucubrar, todo lo que vino a mi cabeza en esos momentos, fue que iba a darte el mechero.

Un par de minutos más tarde volvías a estar dentro. Soltaste el mechero sobre la barra preguntando qué me debías. Te dije el precio y que te quedaras el mechero. Y tú pagaste respondiendo que no, que sólo era ese cigarrillo que te quedaba del sábado anterior y que el tabaco era algo que lo habías dejado en febrero. Yo, ya igual de lejos que antes de ti y viendo que te ibas, no se me ocurrió otra cosa; te dije que no fueras tonta y no jugaras con eso, que así volví yo y que es una tontería, y tú dijiste algo igual de circunstancial y te fuiste.

No salí enseguida de la barra. Esperé.


Cuando regresé al ventanal ya no estabas fuera. Me senté en el mismo taburete y miré hacia el mismo punto que estaba mirando hasta tu llegada. Vi gente pasar, coches subir y bajar y gorriones picar algo invisible para mi en el alquitrán durante los breves intervalos en los que ninguna vibración les ordena remontar el vuelo. Y viendo esto contigo y nada más que contigo tras los ojos pensé que nunca he visto un gorrión atropellado.



miércoles, 5 de diciembre de 2018

BLACK LABEL

Veinte grados.

Cinco de diciembre y veinte grados. Hice una captura de pantalla con el móvil y pensé en enviársela a alguien casi que descartando la idea al segundo siguiente. ¿A quien podría interesarle aquello? Quiero decir, ¿quien de mis contactos estaría dispuesto siquiera a dudar que tal cosa, semejante aborto, estuviese ocasionado por esas extrañas estelas que dejan los aviones en el cielo? Ni yo me atrevo a comentarlo. Bastante rara es ya mi situación como para encima ponerles más dioptrías a sus miradas. Recordé a Gustavo, el esquizo, aquel chico del que escribí en una ocasión. Él a veces, cuando por alguna razón deja de medicarse, cree en cosas a las que yo no puedo darle ningún crédito; supongo que nuestra situación en tales momentos es parecida a la que sería con los otros si yo les dijera lo que de verdad creo de todo esto. Pero callo. Gustavo también calla cuando está bien drogado. De hecho no dice nada, pasando por el bar como un espectro que todos ven e intentan ignorar. Yo le pongo su café y también callo si todavía está cercana su última crisis. Luego, poco a poco, si estamos solos, hablamos de cosas como esas extrañas nubes en el cielo o de otras parecidas. Pero entonces no hay lugar para curas contra el cáncer que alguien le impide hacer públicas, muertos que andan y hablan y extraños seres benévolos de lejanas galaxias. Cuando empieza así ya sé que está sin drogar y que lo mejor es dejarle soltar a borbotones todo lo que lleva dentro con la esperanza de su pronta marcha. Tal estado le dura algunos días. Luego desaparece durante un par de semanas y cuando vuelve ya es el mismo Gustavo de siempre, ese espectro silencioso que todos ven y casi todos pretenden ignorar.

Tampoco a él le mandé mi captura. Quizá fuera porque empecé a oír el crujido de hojas secas bajo mis pies, pulverizadas a cada paso que daba, deshechas cuando todavía deberían estar enmohecidas, muertas pero enteras, cadáveres aún bien conservados. Pero no, no era así; su ciclo de muerte y resurrección estaba acelerándose a pasos tan agigantados que pareciera como si quien estuviera a la vuelta de la esquina fuera la primavera y no el invierno.

Mi caminar fue haciéndose cada vez más pesado. El mortal aburrimiento de ocho horas más en el bar me había dejado tan exhausto de no hacer nada que a punto estuve de no salir a pasear. Esto, que antes nunca me pasaba, ahora sucede cada vez con más frecuencia. Antes no hacía falta ni animarse a salir con la seguridad de que un rato afuera sería suficiente para disipar cualquier nube, incluso de recibir algunos rayos de sol en forma de ideas para la cabeza. Cualquier cosa, hasta la más nimia, valía para que aquella enseguida empezara a carburar imaginando historias reales o imaginarias que contar. Caminaba por ahí con la idea encima y ya no veía nada más, llevara la música que llevara puesta o sin ella. Era divertido, excitante, prometedor. Llegaba a casa y me faltaban dedos para escribir lo que había llevado dentro. Pero con todo y eso algo quedaba.

Hoy desperté con un mosquito merodeando alrededor de la cabeza. El otro día alguien me dijo que los que quedan ya no pican y es verdad. Están como esas moscas que todavía hay por el bar, las últimas del año, las más tardías de todas ellas, aquellas que nacen a la vida tan tarde que no saben ni lo que hacer; ni molestar pueden. Las veo caminando sobre la barra y es como si buscaran que las mataran, que las liberen de su absurdo proceder. A veces extiendo un dedo en su trayectoria y veo como se suben a él y se quedan quietas, nada más. Luego, viendo que nada pasa, siguen su errático via crucis y al llegar al borde echan un vuelo tan pobre que dan hasta ganas de adoptarlas. Tal vez llegue el día en que hasta las moscas tontas puedan ser adoptadas. Harán a alguien tan feliz como ahora pueda hacerlo un gato.

(Mi gata esterilizada maúlla mientras escribo esto buscando alguna ventana abierta que dé a algún sitio. Tengo bajadas lo suficiente las problemáticas)

Veinte grados, cinco de diciembre, una captura del tiempo y unas hojas muertas que creen estar a punto de volver a la vida...

Alcé la vista y vi los molinos, que me recordaron las Pirámides. O puede que algo me recordara las Pirámides y después mirara los lejanos molinos. El lunes subí a ellos por un camino no andado antes. Lo vi de sopetón como tantas otras veces pero en esta, sin pensarlo, lo tomé por ver como era. Se me hizo un tanto más duro que el habitual y al llegar arriba, al más distante del que suelo ir, no me conformé con ello y bajé por detrás, por otro que sí conocía aunque mucho menos que el habitual. El descenso por allí es mucho más duro y peligroso. Por mucho que vayas mirando las piedras no dejan de devolverte tu pisada en forma de incómoda respuesta. Un mal paso y no adiós mundo cruel pero sí hola esguince de tobillo. Y hay una cierta distancia hasta el pueblo y las tardes son cada vez más cortas.

Llegué abajo y también entonces decidí subir el cerro aledaño por distinto camino del normal. Estaba a punto de iniciar el cómodo ascenso cuando vi que a mi izquierda se extendía un terreno baldío que llevaba al mismo sitio. Tampoco lo pensé esta vez y ahí me metí, aunque pronto me di cuenta de que iba a costarme mucho más: las pisadas hollaban la tierra y la maleza provocaba que fuera haciendo eses, cosa esta bastante habitual en mi vida. Una vez dejado atrás este terreno (que parecía mucho más corto al principio de lo que luego se me hizo) alcancé la ascensión propiamente dicha, también fuera de cualquier camino; y aunque fue corta estaba tan llena de naturaleza odiosa, de esa en la que nadie repara hasta que se le encuentra, que al llegar arriba lo hice con las piernas tan cargadas como el camión grande de la Mahou en ferias. Tuve que parar un momento para recuperar el resuello. Después, ya con la aventura terminada, tomé el camino de siempre, pillé un par de viejos libros famosos en la biblioteca, llegué a casa, empecé uno que dejé a las veinte páginas y leí de otro que hoy esperaba terminar como quien termina sus ocho horas en el bar.

De chico me gustaban un par de cosas. Bueno, tres: el Universo, las Pirámides, y las banderas de los países. El Universo era tan grande que yo lo leía con la boca abierta, en el caso de que esto sea cierto, pero vamos, es una forma de hablar. Todavía hoy lo miro en la pantalla de vez en cuando, aunque con la boca bien cerrada. Las banderas de los países eran tan coloridas, estaban tan bien ordenadas, que podía pasarme horas mirándolas y copiándolas, con especial predilección por la del Brasil. Y las Pirámides eran tan grandes y tenían guardados tantos misterios que creo ya entonces decidí que algún día las vería. Y las tocaría.

Tengo una tía viajera, una solterona como yo pero que conoce los cinco continentes del globo más o menos como yo conozco los cinco rincones de mi provincia. Con ella fui a Madrid a ver a Bob Dylan hace cuatro años y desde entonces he hablado poco con ella. Agarré tal mierda y supongo monté tal show que se le quitaron las ganas de mantener el ya leve contacto que manteníamos en aquellos días. Pero recuerdo que una vez le pregunté por el sitio más impactante que había visitado y me dijo que ese era las Pirámides. Ya no eran ensoñaciones mías, eran hechos: una tía que había visto un montón de cosas decía que lo mejor era lo que yo siempre había soñado que era lo mejor.

Fuera por ir sin escuchar a Led Zeppelin o a Boris Brejcha, fuera por caminar haciendo polvo hojas que deberían hacerme resbalar, fuera por el aburrimiento mortal del paseo a veinte grados un cinco de diciembre tras ocho horas en el bar capaces de volver monje budista al Tyson de veinte años, fuera por no ser capaz de escribir una buena historia desde hace más tiempo del que puedo recordar, fuera por lo que fuera, provocó que mi cerebro, inconscientemente, buscara algo con lo que animarme. Y vi mis molinos, imaginé las Pirámides y pensé que no había tanta diferencia. No son tres pero más o menos están a las mismas distancias unos de otros. Quizá, si alguien mira bien, estén invocando a algunas estrellas del cielo. El Universo es tan grande que parece tener estrellas para todo. Son tantas que muchas de las que vemos están muertas desde hace más tiempo del que ellas vivieron. Este va a una marcha y el espacio a otra. La existencia es como estar esperando largo tiempo un concierto de Bob Dylan y estar para el big crunch en la tercera canción.


En otro tiempo no hubiera dudado ni cero coma en subir los molinos como un desafío en un atardecer como el de hoy: "¿dices que las Pirámides están muy lejos? ¡Ahí tienes tus molinos! ¡Súbelos aunque se te haga de noche, haga frío o nieve, ya sean ocho o dieciséis las horas de hastío, veinte grados arriba o abajo del cero! ¡tú eres un quijote, el último quijote, el único de tu gente que lo has conocido, el que has reído y has llorado con él, el que crees en él, el que piensas como él, el que si no tiene lo que quiere se lo inventa, el que pisa hojas muertas y se compadece de ellas, el que encuentra piedras traicioneras y no las evita, el que da conversación al pobre rico incómodo y asustado por la vejez que ya le llega mientras espera en el bar a otros más jóvenes que él para ir a comer y después a follar putas con la ayuda de Viagra, el que le pone un café con leche y una porra al desgraciao que ha pasado la, esta sí, fría noche en la puta calle de diciembre, el que hace porque Gustavo, ese buen chico, ese chaval que puede que su problema sea que vea más que todos vosotros juntos, vuelva una y otra vez a tu vez a tu bar, a estar contigo, a sentirse todavía partícipe de toda esta gran mágica pirámide pedregosa en la que todos estamos metidos, el que recoge un gato callejero (borracho, sí) y lo lleva a la veterinaria, y después a su casa, y lo cuida y hace por él, el que tras subir mil veces los molinos, plantando por tres veces las manos sobre ellos en forma de saludo y mirando por un momento a al infinito horizonte manchego, ha dado gracias a Dios por permitirle vivir ese instante de paz, de consuelo, de comprensión, de gracia, tú, hombre, que reconoces los errores cometidos cuando todavía no lo eras y los aceptas sin protestar en los que vas encontrando, tú, soberbio y envanecido, lleno de jactancia sin posibilidad de error, que por fuerza (como si no) te ves sumergido en las aguas de los otros y ves y miras y compruebas que tarde o temprano los jeroglíficos nos alcanzan a todos, que sin ser tus deseos sus certezas ninguno es tan diferente, que dos por dos siempre serán cuatro multipliques lo que multipliques, que tus ayeres son tus ahora y que tus mañanas serán el mismo chiste que al final fue todo lo demás, que lo que vendrá te hará comprender lo incomprensible, que el único límite que existe está en el miedo, en tu miedo, en el que le tengas a los límites, a los veinte grados en diciembre, a una mala mañana en el bar, a mil malas mañanas en el bar que te consumen el alma y el espíritu...Te conozco, Kufisto. Te conozco mucho más que tú a mi...Tú, tú, Kufisto, eres tan quijote como lo fui yo!"


Me sobraron dos esquinas para volver a casa. Derrotado me topé con una vieja que hacía ganchillo en una esquina que otrora fuera célebre en el pueblo. Un gato estaba muy quieto a un par de metros de ella.


- Qué gordo está  -le dije
- No, es que tiene mucho pelo para el invierno 
- Ya, a la mía le pasa lo mismo.
- ¡Ay, hijo mío, tú eres el hijo de Kufisto...! Ahora que te veo bien te conozco
- Sí, yo soy
- ¿Y tu padre? ¿como está?
- Murió hace año y medio.
- ¡Ay Dios, con lo bueno que era!


Y poco después llegué llegué a casa y abrí la botella de Black Label.

sábado, 1 de diciembre de 2018

SUDORES

La hora del aperitivo se había alargado un poco más. Eran las tres y media de la tarde y los del jamón todavía estaban por el salón. Le dije a mi hermano pequeño que dejara ya de lavar platos, que se fuera, que me dejara a mi el resto y que poco a poco lo iría haciendo. El chaval había venido un par de horas antes para dejar las tapas y viendo el panorama se quedó conmigo sin necesidad de decirle nada. Cosas de hermanos. Las cinco de la tarde (su hora de entrada oficial sin contar la que al mediodía pasa en la cocina de nuestra madre preparando el tapeo) estaban echándose encima y luego, a eso de las ocho o así, cuando llegue otro hermano, se irá para volver a las doce con la marabunta de copas que conlleva una noche de sábado. Y es que después de todo los camareros también tenemos estómago.

- Venga, vete ya -le dije pensando más en mi que en él. No me gusta esperar en mi hora de salida. Y menos aún las tardes de los sábados con sus primeras copas.
- Vale, Kufisto. Acabo de limpiar estos y me voy

Hubo suerte y los del jamón empezaron a marcharse tras pagar a escote antes de que mi hermano acabara con aquel último pilón. Nuestra tía pasó adentro para agradecernos el esfuerzo hecho para con el jamón rifado en la reciente boda de su hija a la que asistimos casi en pleno y de la que nos marchamos en cuanto pudimos para volver a abrir el bar la noche de aquel sábado. Preguntó si había sobrado, mi hermano le dijo que sí, le entregó una bolsa con seis o siete bandejas del jamón que algún carnicero les había fileteado y envasado al vacío y después de preguntar por el queso que venía de regalo y decirle que de ese no había sobrado nada nos dio un par de besos a cada uno y una bandeja del jamón sobrante.

Y mientras yo recogía a toda velocidad el salón mi hermano acabó por pulirse todos los platos que quedaban.

Eran las cuatro y cuarto cuando dimos fin a la tarea casi al mismo tiempo.

- Quédate la mitad -dijo Álvaro
- No, quédatela tú

Él terqueo como es su generosa costumbre y yo volví a decirle que no. Al final se fue y tras comerme un plátano, unas nueces y una manzana fui al baño para lavarme las manos, la cara y mirarme al espejo.

Sí, yo también veo que tengo un lado de la cara más favorecido que el otro. No sabría decir por qué pero veo mejor el lado izquierdo que el derecho. Bueno, a Julio Iglesias le pasa algo parecido y le quiere todo el mundo. Quizá sean mis ojos los que no le gustan a la gente; mi abuela decía que los tenía del color de la miel. Y que mis manos eran de pianista.

Ya en la barra, con todo controlado y poco más que tres clientes amigos en uno de sus extremos, en el mío, decidí echarme una copa para pasar el rato que quedaba en conversación con ellos. Cogí un vaso, le puse un buen cubito de hielo macizo, la botella de Black Label y fui echando hasta que llegó a la cuarta fila de esos magníficos cuadraditos tallados. Lo dejé reposando, puse techno, salí a echar un pito con una amiga que está medio loca, vi pasar ante mis narices y sin saludar a parte de la gente que poco antes habían estado jamoneando el bar y volviendo adentro tras escuchar las locuras de mi muy jamona amiga miré el ordenador mientras hacía tiempo para que el buen, extraordinario, whisky pillara el frío toque que tanto me gusta a pesar de lo que digan quienes no han bebido de él ni la centésima parte que yo. Y pensé en la puta mierda de familia que tengo.

Ella ha enviudado hace poco. Ha tomado la costumbre de venir al bar. Aquí se siente a gusto y se nota. A veces la acompaña su amiga, la mujer de alguien que conozco de toda la vida y que fuera buen amigo de mi padre, y se ponen ahí a hablar de sus cosas. Cuando viene sola y la mañana no está muy ajetreada me pongo con ella y hablamos. Ella lo agradece y yo lo sé. En ocasiones viene con la nieta y ya no hay más tema de conversación. Es muy hermosa, muy pequeña, muy salá. Acaba de aprender a andar y es un no parar. El otro día no hacía más que sacar la comida que su abuela tenía en el carrito para dármela a mi.

- Muchas gracias, preciosa. Pero ahora vas a coger esta bolsa de patatas fritas y la vas a dejar en el mismo sitio del que la has cogido.

Ella me miraba sonriendo, los ojazos como universos, cogía la bolsa que yo le devolvía y con la decisión que da el no tener ninguna duda en la cabeza iba a trompicones hasta el carrito de la compra de la abuela. Y entonces cogía un paquete de croquetas congeladas y me lo traía sonriendo todavía más.

El marido era un tiarrón al que el cáncer se lo comió. Fue poco antes que se lo detectaran a mi viejo pero él duró un poco más siendo de lo mismo. Claro que el grado de malignidad del que padeciera mi padre fue mayor. Recuerdo que uno de los médicos, un tío muy serio que viene a comer churros al bar, me dijo después que no se creía su reacción cuando le dijo lo que tenía. Acostumbrado a ver derrumbamientos se quedó de piedra al ver el hormigón que era mi viejo.

- Kufisto...me sonreía
- Ya...mi padre era así. Tenía mucho ánimo.

Una vez, al final, en nuestra casa, en su casa, ya estaba muriéndose, poco antes de su último ingreso en el hospital del que no salió con vida, me dijo que él sabía que se moría. Se le había puesto la nariz aguileña, caída, floja, y estábamos viendo una de esas películas de Castilla la Mancha, una de esas vaqueradas que siempre veíamos, y yo lo miraba de reojo y veía como iba muriéndose en su nariz, una que no era la suya, una que parecía de otro, una que no había visto nunca.

Una tarde, ya muy al final, era tan mala la puta película de vaqueros que buscamos alguna otra en el picho cargado de pelis que la mujer de uno de sus hijos le iba grabando para que las viera. Recuerdo muchas, supongo que todas, pero esta fue especial. 

Mi padre fue un tío que quizá leyera cuatro libros en su vida. Pero desenvolviéndose en ella fue el bibliotecario de Alejandría.

Aquella tarde fuimos pasando títulos del pincho de su yerna. O ya los habíamos visto, o a la vista estaba que era una puta mierda para ambos, o yo le daba al FF sin escuchar su opinión, "Joder, Kufisto...no le das una oportunidad" o...salían buenos actores en los títulos de crédito.

Y fuimos a dar con una en la que salían y la dejamos estar. Yo sabía de qué iba la vaina (algo que dejaría a las combinaciones ajedrecísticas de Tal en las mías cuando juego borracho) y callé sin perderle ojo. Y poco a poco, por más que sus actores salieran en pantalla, vi como iba soliviantándose. Tenía una manera muy particular de recogerse las sayas sobre las piernas. Y venga echárselas para arriba, y venga ver algo que ni Magnus Carlsen vería...

- Oye, Kufisto...
- ¿Qué, papa?
- Quita esto, anda, y pon Pasapalabra
- Pero si todavía no es la hora
- Pues pon lo que sea


La viuda se animó un poco más cuando se pasaron a los cubalibres. Yo también al echar el segundo trago del mío. Es lo bueno de haber bebido tanto durante tantos años, que enseguida te entonas.

Habló de unas primas que apenas conocía e iban a venir al pueblo para ver qué tal estaba. Se quedarían el fin de semana y no sabía como hacerlo. No sabía si decirles que se quedaran en su casa, que se fueran a hotel o que, directamente, no vinieran. Si decirles que se quedaran en su casa, que se fueran a un hotel, que se fueran a tomar por culo sin necesidad de tener que decírtelo...¿qué coño hacéis aquí ahora?...¿qué?

 ¿Qué mierda habéis pintado nunca? De verdad, ¿qué hacéis aquí?

La mujer no hacía más que darle vueltas a la cabeza a voces.

- Hey, tía, llévatelos a los molinos. Hay horarios y tal.


Miré en internet. Había horarios para ver los molinos.


Una tarde de verano, una que estaba muerto de sed, subí los molinos como siempre hago cuando subo los molinos. Era fin de semana, horario normal, y pensé que allí arriba alguien me daría agua.


Llegué y nadie me la dio. Ahí estaban unos mejicanos escuchando hablar a uno de la tierra. Yo llegué pasando puertas, "¿tenéis agua?", y sólo decir esa pregunta fue algo molesto, algo fuera de lugar, algo de sobras.


Bajé bebiendo el mismo agua que cuando subí.


Hay que sudar.


Todavía no has sudado lo bastante.