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viernes, 26 de abril de 2019

CANGREJOS




- ¿Cuatro por tres?
- Doce
- ¿Siete por cinco?
- Treinta y cinco
- ¿Ocho por nueve?
- Setenta y dos
- ¡Y todavía dice que tiene la cabeza turuleta! -dije riendo
- Tengo la cabeza turuleta -volvió a repetir la yaya

Mi madre le dio un pedacito de bizcocho que comió con gusto tras mojarlo un poco en el té.

- ¿Cuantos años tienes? -le preguntó
- Ochenta y ocho
- ¿En qué año naciste?
- No me acuerdo. Esto es una casa de locos. Tengo la cabeza turuleta.

La cafetería de la residencia estaba a medio gas en ese momento. Eran las seis de la tarde y la espléndida luz del sol poniente se derramaba generosa por los amplios ventanales. Alcé la mirada y vi los molinos a lo lejos. Pequeños y blancos, coronados en negro, parecían uno de esos paisajes que tanto se pintaban por aquí. La vista era magnífica y así se lo dije a la yaya, que no se dignó a volverse para verlos. Miraba su té y el bizcocho y a veces a mi y a la pared que había tras de mi. Las gafas ahumadas la protegen de las miradas de los otros.

- ¿Quieres que te limpie las gafas? -le preguntó mi madre cogiéndola por la mano- Qué fría estas...Trae, déjame las gafas -le dijo con cuidado

La yaya inclinó un poco la cabeza y entonces mi madre le quitó las gafas y ella miró como lo hacía. De vez en cuando me echaba furtivas y desconfiadas miradas. Enseguida las tuvo limpias.

Hubo más preguntas que fueron contestadas con casi absoluta seguridad. El nombre de sus padres, el de sus hijas, el de su hijo...Mi madre comenzaba a tararear una tonadilla típica y ella la terminaba de corrido, sin entonar. Dichos y refranes antiguos propios del pueblo fueron completados tan maquinalmente como la forma en la que tenía de coger el vaso de té, cosa que hacía con una seguridad y soltura tal que sorprendía en alguien tan frágil. Era algo tan extraño que cuando reparé en ello sólo esperaba que volviera a hacerlo.

- Vámonos -dijo un poco nerviosa
- Espera que todavía es pronto -contestó mi madre- Come un poco más de bizcocho que está muy rico -cosa que hizo obediente

Todavía faltaba un cuarto de hora para el turno de tarde en la administración de la insulina a los internos diabéticos. Pero a la yaya siempre le gusta ser la primera para ser la primera en irse. No le gusta relacionarse con los otros internos. No se habla con nadie.

Se habló un poco más entre las cada vez más frecuentes peticiones de la yaya para que nos fuéramos. Me fijé en las manos de mi madre, ya venosas y con lunares, cuando ella cogía las pequeñas y arrugadas de la suya para darles algo de calor.

- Estas fría, mama
- Esto es una casa de locos

Cada respiración acababa en una especie de pequeño lamento inconsciente, imposible de ser voluntario. Era como si estuviésemos en la cafetería del Everest en lugar de la llanura manchega. Eran ochenta y ocho años sin fecha de nacimiento.

- Adiós -dijo levantándose una joven cuidadora que sola había estado merendando unos gusanitos sobre un plato en la mesa de al lado. Me recordó vivamente a una camarera que conocí hace algunos años. Pero no podía ser ella: era tan joven como cuando la conocí.

Un hombretón, sin duda el hijo de la anciana que tenía enfrente, hacía de tripas corazón para no llorar ahí mismo mientras mezclaba las fichas de dominó. Su mujer, o su hermana, y una madura cuidadora acariciaban a la señora anclada a una silla de ruedas. En el otro lado de la misma mesa estaba ese señor mayor que pasa todo el día ahí con su impedida esposa, una mujer que parece muerta. Mi madre me dijo una vez que el pobre sólo se va a dormir a su casa. El resto del tiempo lo pasa junto a ella.

- Vámonos. Esto es una casa de locos. Tengo la cabeza turuleta
- Espera un poco, mama. Todavía no es la hora.

Una mujer aún joven pero deforme por la obesidad entró dando voces en la sala con una peineta de papel en la cabeza. Una anciana empujaba su andador mientras le decía algo. Hace poco que abrieron un ala para enfermos mentales. A veces se mezclan. Supongo que se habrán hecho amigas.

Cuando llegamos a la residencia ellos salían a dar un paseo por los alrededores en compañía de personal de la residencia. Eran veinte o treinta y no vi a ningún viejo. Sí vi a un amigo de la infancia, un chaval que inexplicablemente perdió la cabeza muy pronto. Era fantástico jugando al fútbol, rápido como una liebre y muy hábil, imprescindible en el equipo del barrio. Callado y tímido, delgado y rubio, criado en una humilde familia muy religiosa, era el segundo de tres hermanos, tan diferentes entre ellos que de no ser imposible cualquiera hubiese pensado que eran de distinto padre. Luego, años después, cuando todo aquello hacía tiempo que se había deshecho, me enteré de que "se había vuelto loco" A veces lo veía andando por ahí y nunca me atreví a decirle nada. Tampoco hoy.

Llegaron casi las siete y no hubo más remedio que levantarse. La yaya insistía e insistía y mi madre cedió no sin antes meter una torta dulce en el bolso de la yaya.

- ¡Pero como le das eso si es diabética!
- Esta es sin azúcar
- Pero qué va a ser sin azúcar...-dije en tono de cariñoso reproche- En fin, supongo que ya da igual

A la yaya le gusta lo dulce, tiene ochenta y ocho años y quizá por ese químico balance aún le funciona la memoria mecánica y el coger el vaso de té mejor que su nieto el de whisky cuando le da por escribir.

Salimos de la cafetería y poco a poco, cediendo el paso las más de las veces, llegamos como al entrar pero al revés al gran salón todavía sólo iluminado por el sol poniente. Algunos internos miraban el televisor, otros hablaban con familiares o cuidadoras y había quienes parecían dormir. La gran mayoría eran mujeres. Mi madre, siempre cariñosa, saludaba a algunas mientras la yaya pasaba de todo el mundo en busca del pinchazo y la inyección.

- Bueno, yo me voy -le dije a mi madre- Te espero fuera. Dame un beso, yaya

Encendí un cigarrillo justo en la puerta. Eché unos pasos como si todavía estuviera dentro y miré tras los ventanales. Era una especie de biblioteca o algo así, sólo que tenía el mismo aspecto que la infantil de la municipal que tanto visito. Agudicé la vista y conseguí ver el título de un libro que descansa de espaldas, "El Atardecer" No pude ver quien era el autor. Pronto llegó una limpiadora, una mujer de ajado y cansado rostro, y la dejé hacer su trabajo.

Un poco más allá estaba una especie de sala de gimnasio. Era como esas que ves en los parques, sólo que limpia y algo mejor dotada. Una especie de conos de plástico estaban apilados uno encima de otro a modo de matrúska rusa. El sexo vino a mi cabeza y eché a andar unos pasos más allá, hacia donde daba el sol.

Allí, en ese lado, en los alrededores de aquella laguna, varias tías me la chuparon hace años en el coche. También las he cruzado en bicicleta no hace tanto, ¿o puede que sí?, más o menos...Si miras al frente ya ves la grandeza del pueblo y todo eso...Si miras un poco más allá, hacia arriba, ves la gran antena del cerro y los molinos a su derecha. Y si sigues girando el cuello te encuentras esas casas derruidas de los alrededores de la residencia, esas que alguna vez hollaste, tan asustado como excitado, en tus solitarias excursiones de juventud, cuando de la residencia no existían ni el sueño de sus planos. Y si ya mueves los pies lo suficiente como para no partirte el puto cuello ves la limpia torre norte de la residencia con su imponente letrero dedicado a la virgen del pueblo, nuestra señora.


Mi madre al fin salió. Me hubiera dado tiempo a echarme otros dos pitos. Las nubes pequeñas, bajas y leves, ya parecían cangrejos.


- ¿Qué tal?
- Nada. Ciento cincuenta.
- ¿Te llevo al centro comerciaaaal?
- Sí, tonto


La llevé. Había quedado con su cuñada.


- ¿No te quedas conmigo?
- No, me voy ya


martes, 16 de abril de 2019

FOTO FINISH

La chica, alta y delgada, parecía salida de un anuncio de champús para mujeres. Una larga melena lisa y negra se balanceaba graciosamente sobre la espalda al vivo compás que los tacones le iban marcando. Caminaba junta a una mujer mayor, quizá su madre. Un vestido de color azul dejaba ver los hombros y las blancas rodillas. La cara ovalada y limpia, la boca pequeña y el pecho escaso y firme terminaban por causar una mezcla de resignado estupor. Los ojos miraban al frente o a la mujer que hablaba junto a ella. Pasé a un metro suyo y estoy convencido que no me vio.

Un par de pasos más adelante, sin solución de continuidad, echado con la cara hacia la pared en uno de los bancos pegados al Hogar del Jubilado, yacía un hombre ya mayor a cuenta de las canas que dejaba ver la sucia gorra que aún así llevaba puesta. Debajo del banco, a la hipotética altura de la mano, un litro de cerveza metido en una bolsa de plástico esperaba. El hombre dormía sobre la dura madera en posición fetal. Una pequeña mochila apoyada en una de las patas de hierro que agarraba con el brazo derecho hacía las veces de almohada para el cuello.

La tarde era espléndida. El sol todavía brillaba alto dejando caer sus dorados rayos en el intenso azul del cielo que apenas era interrumpido por ligeras nubecillas blancas y altas. Allá a lo lejos, en lo alto del chimeneón, una cigüeña guardaba su nido.


Todavía lo miraba sonriendo el niño, el cuello casi dislocado, una piruleta en la mano, cuando pasé junto a ellos.


- ¿Y el papá donde está? -le preguntaba a su madre
- Por comida. Enseguida volverá.


Doblé la esquina, llegué a casa y miré atrás antes de meter la llave en la cerradura.

sábado, 13 de abril de 2019

CUANDO SALTAN LOS PLOMOS

- No te entiendo, madre.

Cuatro meses habían pasado desde la última vez que la entendiera. Un ictus la había privado de articular palabra y de la movilidad del lado izquierdo del cuerpo. Los médicos dijeron que parecía imposible que hubiese sobrevivido al ataque. Varias veces todos los hijos fueron llamados al hospital en vista de la cercanía de la muerte, pero sobrevivió. Y a las tres semanas de aquello estaba de vuelta al piso de su único hijo soltero.

Cuatro años habían pasado desde que lo jubilaran por incapacidad total. La vista, ya pobre desde pequeño, había alcanzado la degradación suficiente como para darlo por inútil e incluso peligroso para el trabajo. Desde entonces se había dedicado por entero a cuidar de su anciana madre (ya casi sorda y muy debilitada de salud) en la vieja casa familiar que hacía tiempo sólo ocupaban ellos dos. Y si al principio había podido permitirse dejarla sola para salir un rato, esto pronto se acabó tras una mala caída de su madre.

La casa grande se hizo enorme y el hijo decidió comprar un pisito cercano adonde vivía una de sus hermanas. Así, pensó, las cosas serían algo más fáciles. Pero las buenas palabras y las mejores promesas de sus hermanos pronto quedaron en el olvido y sólo su vecina hermana le echaba una mano cuando podía.

Estaba claro: él no tenía familia propia ni nada que hacer y era el más indicado para cuidar a la madre. Por supuesto que ellos siempre estarían disponibles en los escasos momentos que las familias y los trabajos les permitieran, tan excepcionales que muy pronto acabaron siendo poco menos que protocolarios y a la carrera. Pero no importaba. Él cuidaría de su madre hasta el fin. Y luego, todavía sin ser un viejo, aún tendría algún tiempo para vivir. Quizá encontrar una mujer, o quien sabe si formar una familia, o dedicarse a viajar por ahí, sí...Durante toda su vida había sido ahorrador y disponía de un bonito capital que unido a la pensión y a la ausencia de deudas daban de sobras para vivir lo que le quedara sin locuras pero tampoco con privaciones.

Aquella mala caía trajo consigo una rotura de cadera y esto lo complicó todo un poco más. A nadie parecía importarle y momentos había en los que en silencio maldecía a sus hermanos por su indiferencia. Alguno hubo, ya al borde de sus fuerzas, en el que llegó a decírselo de viva voz con el consiguiente enfado para todos, cosa que acabó por hacerle ver que de aquellos hermanos que fueron quedaba muy poco. Les dijo que nunca más volvería a pedirles nada. Y así, con la sola ayuda de la hermana, continuó cuidando de su madre.

¿Qué había hecho él? ¿por que tenían que haber salido las cosas así? ¿qué culpa, qué crimen había cometido para merecer todo eso? La opción de la residencia para mayores siempre estaba ahí, claro, pero él se negaba a admitirla: no dejaría a su madre en manos extrañas.

Un día la hermana le habló de las monjitas que vivían a la vuelta de la esquina. Allí iba la madre a oír misa cuando todavía podía valerse por sí misma. Tenían algunas habitaciones y podían encargarse de ella, además que en cualquier momento podrían ir a visitarla. Y tras muchas dudas y algunas preguntas veladas eso fue lo que hicieron. Dos semanas más tarde estaba de regreso en el piso. Dos semanas habían sido suficientes para darse cuenta de la desidia con la que las monjitas trataban a las ancianas. Su madre no protestaba pero él podía verlo en su cara: "siete hijos para que al final tengan que cuidarme estas malas monjitas a las que nada les importo"

La Navidad estaba próxima cuando llegó el ictus. Y ahora sí, la apuntaron en la lista de espera para la residencia de ancianos. Tan sólo había que esperar las vacantes que fueran quedando. Ella era la cuarta en la lista.


Cuatro meses habían pasado desde la última vez que la entendiera. Sonidos ininteligibles salían de su boca torcida por la enfermedad. Había que vestirla y lavarla, darle de comer y llevarla al aseo, no olvidarse de poner las barreras en el sofá y en la cama para que no se cayera al suelo, acompañarla y estar con ella, ver la televisión y mirar la primavera por la ventana...

Ya habían caído tres en la residencia. La próxima muerte sería la puerta de entrada para su madre. Pronto le llamarían. Todavía tenía que venir algo de frío. Y si no qué más daba: aquello estaba lleno de viejos esperando morir. No podía faltar mucho.


La magnífica tarde estaba apagándose tras las cortinas del salón. En la tele un tronante presentador se dedicaba a hacer de casamentero entre una pareja de nerviosos viejos maquillados. La luz de la lámpara del techo, encendida desde hacía rato, poco a poco iba haciéndose más presente convirtiendo la estancia en algo casi fantasmal para nuestro amigo. La madre río un poco con alguna ocurrencia del guapo presentador y dijo algo que nuestro amigo no entendió. Y la miró y tuvo miedo. Y la madre siguió diciendo algo entre caóticas risas sin quitar la vista de la pantalla y él siguió sin entender.


- No te entiendo, madre...De verdad que no lo entiendo.


Y se fue la luz.

jueves, 11 de abril de 2019

URGENCIAS

Josemari llegó a última hora con otro de sus teléfonos y un par de cargadores portátiles. El bar llevaba un rato vacío y yo ya tenía ganas de irme de allí. Saludó desde la puerta y pasó adentro mirando a ver si había alguien. Se vino donde yo estaba y sacó el nuevo teléfono para que lo viera.

- ¡Mira, Kufisto, qué teléfono me han dao!
- ¿Otro?

Raro es el día en el que no aparece con alguno. Son teléfonos averiados: los hay que carecen de batería y los hay que tienen mal la entrada del cargador; algunos lucen tras la pantalla rota; otros, en cambio, se iluminan sin distorsión pero sólo pueden mostrar un mortecino tono gris. Y todos, sin excepción, andan faltos de tarjeta con la que ser usados para lo que de verdad fueron creados.

La gente se los da por inútiles y él los coge, o los encuentra tirados entre los contenedores de basura por los que husmea en busca de cosas. El llavero que tengo desde hace algún tiempo me lo dio él una mañana que aparecí en el bar con el mío roto. Es un convertidor metálico de euros a pesetas. Es duro y creo que me durará bastante tiempo.

Josemari cogió uno de los cargadores y lo enchufó en el teléfono. Enseguida apareció en la pantalla una especie de gran pila con un poco de verde en el fondo y un número debajo: 8%. Unas pequeñas bolitas verdes ascendían desde abajo con destino a la exhausta batería. Josemari sonrió como quien ve de comer a un niño hambriento. Eran muy hermosas esas pequeñas burbujas verdes.

Le pregunte si quería un café, dijo que sí, se lo puse y empezamos a hablar del tiempo.

- ¿Crees que lloverá? -le pregunté
- No -respondió categórico- Hay nubes pero no son de agua.

Y diciendo esto sacó su teléfono, el bueno, el que le compró su mujer y lleva envuelto en su funda en un bolsillo con cremallera del mono azul que siempre lleva puesto.

- ¿Lo llevas en la funda?
- Sí, para que no se raye. Es un regalo de mi mujer -me dijo una vez más.

Con cuidado lo puso sobre la barra y buscó la información metereologica.

- ¿Ves? -dijo-, hoy no va a llover.

Bajó por la pantalla y vimos el tiempo previsto casi hasta final de mes. Una sucesión de bonitos soles, algunas nubes y poca lluvia iba apareciendo ante nuestros ojos junto a las temperaturas previstas para todos esos días.

- Mira, Jose -dije yo-, este día va a hacer 26 grados...y este otro 29...
- ¡Claro, Kufisto, es primavera! -dijo contento


- Entonces...-le había dicho una hora antes a mi amigo en la puerta del bar mientras nos fumábamos un cigarrillo lejos de oídos indiscretos- ¿ya te la has follado?
- Anoche. Todavía no me lo creo.

Y me habló con el rostro erizado por las sombras del sexo que le había dado esa mujer.

Hace tres días me enseñó una foto que ella le había enviado la noche anterior en una conversación de wasap.

La chica de la foto era muy atractiva. Estaba tumbada en la playa, un poco incorporada en atención al objetivo. El bikini dejaba ver unos muslos tersos y tonificados, de atleta, casi de velocista; resultaban tan apetecibles que la escasez de pecho apenas hacía mella en su figura; parecía como si el mismo sol se hubiera recreado acariciando esas piernas; el vientre plano no hacía más que confirmar que por fuerza aquel cuerpo se esculpía en los gimnasios. Sólo su cara dejaba ver algunas arrugas alrededor de los finos labios entreabiertos. Unas gafas de sol tapaban sus ojos. El cabello mojado, negro y brillante, caía sobre sus hombros morenos. No sonreía y esto también era algo magnífico.

- ¿Quien es? -le había preguntado a mi amigo. Me lo dijo y la reconocí sin apenas haberla visto en mi vida. Sí, esa leyenda erótica de nuestra ciudad, todavía tenía que estar así, esa chica inaccesible para el furioso jevi que fuiste cuando ella, apenas un par de años mayor que tú, ya estaba follando en los chalets de todos los pijos de mierda mientras tú te matabas a pajas calzando libracos universales de mierda en la puerta de la habitación compartida con uno de tus numerosos hermanos...Sí, ella todavía tenía que estar así.

- Me da hasta vergüenza -ha terminado por decirme esta tarde en la puerta del bar
- ¿Por qué?
- Porque no estoy a su altura, Kufisto, joder...Estoy gordo y ella...¡joder, es que es increíble! ¡se le marcan las tabletas en el estómago, coño! Y las piernas...
- Con dos hijos y casi cincuenta años...La madre que me parió
- Las tetas las tiene pequeñas...¡pero qué pezones! ¡Hostia puta, que no he estado en mi vida con una tía de ese calibre, joder! ¡Ni en el Hot de Madrid en sus buenos tiempos!

Y todo esto lo contaba con la misma cara de quien acaba de follar por primera vez. Él, un empresario de éxito, un tío hecho a sí mismo, divorciado y padre de un hijo pequeño, un hombre acostumbrado a que le sonrían zorras ciegas para la mayoría de los hombres, él...estaba feliz y febrilmente asustado por lo que pueda venir. Por un momento he pensado que iba a decirme que se apuntaba a un gimnasio. Todo se andará.

- Me das envidia -le dije


Josemari estaba bebiéndose su café cuando mi hermano llegó y salí del bar.

- Mañana a la hora de siempre, Kufisto, ¿no? -voceó Jose
- Claro


Tenía que comprar algunas cosas para mi y para el bar. Como esperaba, la primera parada todavía estaba cerrada. Seguí adelante ya sin lugar a la duda y compré parte de lo mío y de lo del bar. A la vuelta vi que el primer y más importante destino seguía cerrado.


Y como tantas otras veces pensé que tampoco era tan urgente como para perder el tiempo dando una vuelta por la ciudad pudiendo hacer cualquier otra cosa como esta y lo dejé para mañana.

miércoles, 3 de abril de 2019

FUNCIONAL

No pensé mucho en la peli de Motley Crue al meterme en la cama pero sí soñé con lo que vi en ella. Desperté con la imagen de una cosa absurda y bizarra en la mente, tan ridícula en su insensatez que creo fue por ella acabar el sueño. Soy un tío raro, sí, ayer hubo alguien que volvió a recordármelo por si lo había olvidado, pero no tanto como para no darme cuenta de que llega un punto en el que sé que estoy soñando. Y entonces, de tanto forzarlo, el sueño se difumina y regreso a la consciencia.

Lo hice sonriendo, casi riendo; tal era la reacción que me había causado esa última situación onírica. Casi pude verme a mi mismo dentro del sueño, como si por un instante lo hiciera desde afuera. Y me vi riendo poco a poco hasta la carcajada, como quien pilla en un renuncio a uno muy seguro de sí mismo, quizá demasiado. Luego, enseguida, noté como un poco de frío y se me quitó la tontería. Llevo casi un mes sin hacer la cama y ya va siendo hora. Pronto llegarán noches frías, según dicen.

Lo siguiente que pasó fue lo de siempre de esta última época. No hubo nada raro hasta última hora, cuando llegaron al bar dos grupos de funcionarios poco habituales y gracias a ellos rematé una mañana de bien a casi sobresaliente. Uno de los grupos estaba formado en su mayoría por mujeres; treintañeras las más y alguna cuarentona, todas bien conservadas. El macho alfa había quedado claro nada más que entraron y los otros no hacían mal su papel de comparsas. Reían mucho y hablaban en voz alta bajo la subliminal dirección y estímulo del amigable jefe. Todos bebían cerveza y comían con apetito de los platos que iba sacando sin que nadie me prestara más atención de la casi obligada al ver como tiro las cervezas.

En el otro extremo de la barra se hallaba un amiguete mío comiendo de pie un plato de habas con jamón. Es un tipo singular, atento y solícito con todo el mundo y más aún si sabe que tienen problemas. Siempre de buen humor, muy hablador, es de constitución débil y enfermiza salud que no le impiden desarrollar una gran actividad al cabo del día. Tiene un trabajo bastante estresante al que no duda en culpar de algunos de los males que le aquejan. Conmigo se conduce a la defensiva, siempre dispuesto a bromear antes que lo haga yo, cosa que nunca hago ni he hecho pero que él, por alguna razón que desconozco, piensa que es la mejor manera de estar a mi lado. Lo conozco de toda la vida pero sólo hasta hace unos pocos años hemos entablado relación. Puede que él recuerde mejor el pasado. A mi no me importa mucho, nunca me ha importado. Quizá sea esa una de las razones de mi mala memoria.

Pero conozco pronto a la gente que voy encontrando. Y sabía que a él, a mi amigo, no le estaban gustando los funcionarios.

Esto es una cosa que le he notado en el transcurso de todo este tiempo. Suele ser muy amigable con todos excepto si quien está en su amplio, amplísimo, campo de visión demuestra una excesiva felicidad envuelta por una buena constitución física. Ahí es como si se amohinara, como si no le sentara bien tenerlos delante. Y cosa curiosa, aún siendo como es educado hasta el extremo, hay veces en que lo veo mirándolos con fijeza, como si no se diera cuenta, como si estuviera en estado pre-epiléptico, con una mirada rara y un rictus que denota una malsana tensión interior. Nunca nadie se ha dado cuenta de esto, al menos en mi bar, pero yo sí lo veo. Quizá sea porque al ser feo nadie de los pocos que no le conocen repara en él.

Hoy le ha vuelto a pasar con los funcionarios. Y cada vez que por algún motivo me acercaba adonde él estaba, aunque fuera al paso o casi la carrera, no hacía más que hacerme gestos o decir algún chascarrillo para que lo oyera. Y yo sonreía y seguía a lo mío.

Mi turno estaba a punto de acabar y una parte del grupo (el macho alfa entra ellos) ya se habían ido. La cosa ya estaba controlada justo a tiempo y sólo quedaba esperar la cercana venida de mi hermano. Me puse en el rincón donde él estaba ya con el café para liarme el cigarrillo de salida y, como esperaba, empezó a tirar puyitas a media voz. Yo sonreía y callaba.

- ¿Me llevas a casa? -dijo al ver que mi hermano llegaba
- Claro

Y despidiéndome yo y él no de los funcionarios y funcionarias que quedaban nos montamos en mi coche.

Por supuesto, no podía ser de otra forma, conocía al macho alfa de aquella manada. Era un cabrón hijo de la gran puta que se levanta 7.000 euros al mes, algo que por lo menos hoy no ha demostrado en el bar pues todos pagaron a escote, supongo que para hacer equipo y tal. La señora del cabrón, otra zorra, funcionaria también ella, anda por los cinco o seis mil euros mensuales.

- Así que echa cuentas, Kufisto...-decía- Y te digo que ella le pone los cuernos a él, que lo sé, te lo digo yo.

Estuve a punto de decirle que no lo dudaba, pero como me importaba una mierda opté por expresarle mi más absoluta seguridad (dentro de que es algo que me importa tres cojones) de que él hacía lo mismo con ella.

- En esa clase de parejas -le contesté- eso funciona así. "Tú haz lo que quieras por tu lado y yo haré lo mismo por el mío" Funciona de esa manera. Son diferentes

No estará de más, aunque casi deba darse por excusado, decir que él goza de poco o nulo éxito sexual entre las mujeres que no necesitan su bonhomía, que son prácticamente todas las de edad fértil.

Lo dejé en su casa y me fui a la mía.

La tarde estaba ventosa y un mar de esas cosas parecidas a pelos muertos en forma de pequeños pétalos dorados ajados por el sol primaveral lo inundaba todo. Sin dudarlo un momento me cambié y salí a la calle con el medio cigarrillo apagado que había tenido la precaución de dejar de fumar durante el trayecto de vuelta en coche. El viento era fuerte en la primera parte del paseo. El sol todavía estaba alto y no había ninguna nube en el horizonte. Guardé el cigarrillo para encenderlo donde sabía que el viento me soplaría de espaldas.

Al fin rodeé el parque y enfilé la gran avenida. Como esperaba, el viento se puso a mi favor. Saqué la chusta y la encendí refugiándome en la mampara de una parada de autobús. Eché a andar y aspiré un par de caladas.


El cielo estaba azul, el sol amarillo y los árboles verdes.


Y casi me descojono.