y

y

viernes, 31 de diciembre de 2021

LOS OJOS DE LOS OTROS

 Acabo de poner una lavadora. No he bebido en todo el día. Tal vez sea por el chico de esta mañana.

Entró al bar con la mascarilla puesta y sin quitársela pidió un White Label con naranja. Todavía no era la una del mediodía, no lo conocía y estuve a punto de decirle que no, que no servía copas hasta la tarde, pero vi su mirada y se la puse. 

Había poca gente, apenas un par de clientes en la barra y otro en el salón; el chico estaba ahí varado, junto a la puerta. Bebía rápido y mirando de reojo, como uno que está descolocado. Pasó al water después de echar un vistazo al bar. Pronto pidió el segundo, como en un susurro. Estaba claro que no era el primer bar del día para él. El vaso vacío y la fanta a medias.

Iba limpio, era alto, rubio, la barba cuidada y de mirada clara aunque ya acuosa. Pidió un tercero con el zumo todavía entero. "Sólo el whisky" Preguntó cuanto debía, se lo dije, sacó la cartilla del banco y de ella extrajo uno de los billetes. Se fue poco después. No habían pasado ni quince minutos desde su llegada.

Poco antes de irme, a eso de las tres y media, oí a dos clientes hablar de una amiga mía. Hace unos días, puede que diez, por circunstancias que no vienen al caso, sufrió una crisis de ansiedad en un bar y se lió parda. Tuvo que ir hasta la policía. Es una mujer admirable en muchos aspectos, pero está medicada y el alcohol en exceso no le sienta bien. Entendí porqué sólo la he visto una mañana desde entonces. Ella me contó algo de lo que le pasaba en el breve rato que estuvo conmigo. La vi regular, con miedo. Anoche me envió una canción de amor por wasap. No respondí.


También yo las he liado pardas, incluso en días como hoy o el de hace una semana. Muchas veces. Habré sido comidilla popular como para alimentar a una bandera legionaria durante un año. Pero yo no las oía, aunque luego sí veía las miradas y algún que otro difuso fotograma en mi cabeza que no intentaba retener.

Esta tarde he llegado a casa pensando sólo ligeramente en escribir algo, pero enseguida me he puesto a hacer ejercicio; luego una ducha, un afeitado y ya casi eran las seis. Todavía faltaban dos horas para regresar al bar, limpiar, recolocar, cerrar e ir a cenar con la familia. 

Puse una lavadora y recogí la ropa tendida. Un cuarto de hora menos. ¿Escribo algo?

Miré en el armarito y vi lo que esperaba: no había whisky. Lo terminé el 26. 


Son las siete y media y acabo de oír el final del programa de la lavadora. Voy a tenderla y ya casi será la hora. 


Me abriré una cerveza en cuanto llegue al bar. Los últimos clientes que queden estarán borrachos y sentimentales. Tres cervezas como mucho, no más. Ni una copa.


Y a cenar con la familia.

domingo, 26 de diciembre de 2021

NUBES EN EL CIELO

 Llueve ahí afuera. No recuerdo como llegué hace tres días hasta aquí. ¿Acaso fue por recomendación de La Página? No lo sé, ¿pero hay alguna otra explicación más verosímil? Ella conoce mis gustos, está claro; a veces me sugiere opciones extrañas; o, ahora que lo pienso, tal vez no sean tan extrañas, sólo que no me doy cuenta. Ella me conoce mejor, me recuerda mejor. Ella no olvida nada.

Un tío está jugando un juego de ordenador. Es una aventura gráfica, un juego de puzzles a resolver. No puedes morir, nadie va a matarte. Pero los puzzles son tan complicados, contienen tantas sutilezas, que ni aunque dedicara a ello el resto de mi vida sería capaz de resolverlos. Abandonaría. Me quedaría varado en algún puzzle, en bucle, una y otra vez. Fumaría, bebería y probaría otra vez sin resultado. Pasado el tiempo y casi a la fuerza avanzaría hasta el siguiente. Y la historia se repetiría. Pero el juego es largo, demasiado largo, y yo tengo que hacer otras cosas para seguir teniendo acceso a la partida que otro jugó hace diez años. Uno que dirigió hasta el final al muñeco que otros crearon. Unos creadores que hubieron de atenerse a unos parámetros dados antes de crearlo. 

Sigue lloviendo. Una lluvia muy fina, una de esas lluvias que sólo fijándote mucho la ves si estás bajo techo. Ni los charcos son garantía. Tienes que abrir la ventana y sacar la mano para asegurarte de que está lloviendo. No basta con los ojos, no es suficiente. Tienes que sentirla en tu carne.

Ahora lo recuerdo, sí...La Página tenía un motivo. Días atrás, ¿un par de semanas?, de pura nostalgia, miré por el juego del Necronomicón. De hecho llegué a escribir algo. Si buscara cuando, La Página me diría el día y la hora exacta. Cuando era chico y miraba aquellos grandes libros del Universo fantaseaba con una máquina que contestara con total exactitud a cualquier pregunta que le hiciera. Ahora me aturde.

Nubes en el cielo cuando esta mañana llegué al bar. Un cielo todavía a medio despertar, otro cielo sin sol. Desde el coche vi como el ciego subía calle arriba. Aparqué, entré al bar y cerré la puerta. No abrí al sentirlo tras ella. 

- ¿A qué hora has abierto, Kufisto? -preguntó una más tarde.
- A las ocho y cuarto.
- Joder, pues casi cuando he llegado antes.

 Es un puzzle llevadero. Lo has hecho muchas veces y en bastantes peores condiciones. Los progresos son imperceptibles pero del cansancio también se crea. Sólo hay que poner esto aquí, esto allí y abrir la puerta. Nueve horas después puedes regresar a casa para ver como otro juega su partida.


Llueve. Bueno, supongo que llueve. Bajé las persianas al llegar y no voy a levantarlas para sacar la mano y comprobar si sigue lloviendo.





viernes, 24 de diciembre de 2021

EL HOMBRE DE LAS BOLSAS

Esta vez, la cuarta, el hombre de las bolsas que viene los viernes adelantó un día su visita al bar. Tomó asiento en la barra, como siempre, junto al círculo que da entrada a la misma y donde yo suelo sentarme a esperar. No se sienta de frente sino de medio lado, como uno que no quiere incomodar con su presencia. Pero ayer no estaba mi amiga e hizo igual.

Tendrá unos cincuenta años, bajo de estatura, con un cierto sobrepeso, vestido de cualquier manera, barba corta y descuidada, pálido, de pelo ralo y gafas demasiado grandes. A veces mira el teléfono pero por poco tiempo; pasa el rato mirando el tercio, en silencio, ajeno a todo. Luego pide otro y un poco más tarde el tercero y último. En este sale a fumar un cigarrillo. Paga dejando una propina y se va.

Estábamos solos en la barra; yo mirando el teléfono y él su tercio. Eran las tres de la tarde y apenas había una cuadrilla de habituales en el salón a punto de irse a comer. Pensé que estaría bien invitarle a una cerveza después que pagara.

- ¿Quieres una cerveza? -le dije mientras él sacaba el dinero.
- Eh, no, no...-contestó sorprendido.

Tres cervezas. Tres. Ni una más. 


Dejó un euro de bote y se fue como siempre, con sus bolsas, en el día que está para hacer hueco entre la lotería de Navidad y la Nochebuena.





domingo, 19 de diciembre de 2021

FUERA DE CONTROL

 Entraron al bar y pidieron dos copas. Enseguida, por el oído, vi que iban puestos. A estas alturas uno no habla de esa manera sin haberse metido cocaína. Uno de los nuestros, se entiende. Cogieron las copas y se fueron al ventanal. Eran las tres y cuarto de la tarde. La madura pareja de progres con la que había estado hablando de alcoholes durante los últimos quince minutos se marchó poco después tras apurar sus copas de vino. Él empezó con ello al mostrar interés por una de las botellas que tengo en el mueble expositor, un coñac, un brandy superior; de ahí había derivado hacia todo lo demás, bastante previsible para un profesional. Ella es maestra (me he enterado hoy al oírla hablar con otra clienta de su mismo gremio) y no le queda mucho para jubilarse; él está en Cultura, creo, y por otra conversación de barra con un amigo que no tuve más remedio que oír sé que ha publicado algún que otro libro de poemas. Por cierto que fue a este y en esa misma ocasión a quien le oí hablar de Thomas Mann y su Montaña Mágica en términos laudatorios, cosa que fue casi un shock para mi pues por entonces andaba colgado de ella. Sentí ganas de entrar en la conversación pero me contuve. Yo era el camarero y un camarero no está para entrar en charlas ajenas. Esto es así y así me lo enseñaron desde pequeño.

Uno de aquellos dos, un viejo y buen amigo, hablaba por teléfono casi a gritos conminando a su interlocutor para que viniera. Llegaron poco después, también conocidos míos. Venían de trabajar y estaban frescos. Pidieron dos copas y se fueron con ellos. Terminé de recoger y me senté en un taburete a esperar el cercano cambio de turno.

Mi viejo amigo llevaba la voz cantante. Se le nota un montón cuando se pone. No es que de ordinario sea un tipo callado no, sino que no lo hace con esa pasión. Hablaba de sentimientos y enfermedades ajenas, de amados muertos a los que en vida nunca les dijo lo que sentía por ellos, de amigas todavía jóvenes y sin embargo próximas a desaparecer del juego por lo mismo, de la puta mierda que es la vida. Uno de los recién llegados corroboraba lo dicho en la figura de su padre y en el diferente cuidado que le diera el hermano mayor con el que aún hoy sigue sin hablarse. De ahí el asunto pasó a recientes historias de violencia, de capullos capataces en sus brutales trabajos, de idiotas madrileños que te miran de arriba a abajo como si ser manchego fuese una deshonra, hablándote como si fueras un negro hasta que te acercas a ellos y les voceas que una vez más y le arrancas la nuez de un bocado. 

En esas andaban cuando salí a calzar la puerta para que corriera el aire.

Pero allí había un tío en chancletas vestido de hospital. Lo vi de refilón mientras ajustaba el zoquete de madera en el quicio de la puerta pero sí, era un chico joven vestido con la ropa de paciente. Y entró detrás de mi y vino a la barra, justo tras el grifo de cerveza.

Lo primero que balbució fue que se había escapado del hospital y que necesitaba dinero para comprar tabaco y tomarse una copa. Yo lo miré, vi que no estaba nada bien y suavemente le dije que no mientras me iba a la cocina para coger la escoba con la que barrer los últimos restos de basura que había visto al salir de la barra para calzar la puerta. Y entonces el chico, ofuscado, le dio un manotazo al grifo yéndose hacia la puerta y la cerveza empezó a correr. Sin decir ni media palabra ni mirarle lo cerré y salí a barrer con él todavía mirándome desafiante. Se fue. Menos mal que no se habían dado cuenta los de dentro.

Los dos últimos en venir se fueron tras beberse el último trago en la calle mientras fumaban. Y entonces los dos primeros volvieron a entrar.

- ¿Qué, Kufisto, nos pones dos copas de Navidad por una puta vez? ¡Ya está bien, no!

Bueno, sólo se habían tomado una pero qué más da; las puse, me eché una cerveza y salieron a relucir los viejos tiempos, las viejas historias, los viejos colocones, lo viejo todo: éramos tres solteros cuarentones hablando de cosas que pasaron décadas atrás. Me eché otra cerveza.


- Vámonos por ahí, Kufisto -dijo cuando mi hermano llegó para relevarme.
- No, tío. Tengo que hacer cosas...
- ¡Venga, no jodas, qué tienes que hacer un puto domingo!
- Poner lavadoras, limpiar...

"Una más y la cago"


Empezamos demasiado pronto, ese fue el primer error, pero gracias a las consecuencias que iban trayendo llegaron los intervalos en los que durante meses me recluía en casa a leer libros y ver películas. Y de la tara nació el peso. Tan sólo cuando muchos años después me quedé solo recaí con toda la fuerza que seguía esperándome tras la esquina. Y entonces, ya muy cerca de no rebotar en el suelo, empecé a escribir.


Los caballos ganadores se ven en la línea de salida, sí...Pero la carrera es larga y al final todo consiste en llegar a la línea de meta antes del fuera de control.


Y ahora, a mis años, después de tantas historias, tengo la impresión de que tampoco es eso.







viernes, 17 de diciembre de 2021

Y ME ACUERDO DE TODO

 "Necronomicón, el Alba de las Tinieblas" para Playstation2; una demo de tres horas y media en Youtube. 

La he visto en otras ocasiones. Te sientas en el sillón frente al ordenador con las piernas extendidas sobre una silla, te echas una manta y dejas pasar la tarde. 

Compré el juego junto con la Play cuando me independicé, hará como veinte años. Mi chica y yo pasamos muchas tardes con él hasta que, incapaces de resolver los puzzles, tuvimos que buscar la solución en la Internet que ella tenía en la casa de sus padres. Ahora lo veo jugado por otro y lo recuerdo todo.

Hoy ya había ambiente de fiesta. Comidas de empresa, al menos las que no han suspendido por toda esta locura. Pasaban por el bar a tomar una caña previa o el café y las copas de después. Poco a poco ves como van acelerándose, como les anima el alcohol y lo demás. Tres clientas habituales, tres cuarentonas aún de buen ver para según quien, las tres casadas y con hijos ya mayores, beben cerveza y hablan entre carcajadas de los viejos y buenos tiempos. Son las únicas mujeres en el bar y lo saben. Yo no paro: vaso, hielo, rodaja de cítrico, refresco, botella y cobrar o apuntar. Apenas conozco al resto de clientes. Algunos me miran raro. No sé qué pasa con la gente cuando salen de sus casillas. Pronto me iré.

Una de las casadas me besa al despedirme. Basta un encuentro inesperado con dos amigas de su quinta y varias cervezas para quitarse veinte años de encima. Salgo disparado después que me toca el culo. Tengo muchos recados por hacer.

Compro la carne del bar y de casa en el super de al lado. Sólo hay una bandeja del chuletón que me gusta y necesito dos para el fin de semana. Veo que no hay nadie en la carnicería y pregunto si tienen más del mismo, enseñándoselo. El carnicero con gafas me mira extrañado y dice que claro que sí. Le pido uno de medio kilo y lo corta de trescientos y poco. Herido en su amor propio y a pesar de decirle que no importaba parte otro y no llega a los cuatrocientos. Ofuscado hachea uno más y lo consigue con un exceso de sesenta gramos. 

Tampoco hay casi gente aquí, en el otro super, en el de los hosteleros que al final acabaron abriendo al por menor. Estos son de la vieja escuela pero hoy están conmigo más simpáticos que de costumbre. No veo a la chavalita rubia, siempre tan agradable. Tardo muy poco en coger lo que necesito. Sólo falta ir al moro por las naranjas y los limones. Hoy está la madre, como siempre hablando por teléfono. Soy incapaz de desplegar el guante de plástico y sólo tras desesperantes intentos consigo abrir las bolsas. Voy a pagar y la mujer se había olvidado de encender la balanza. Sonríe mientras esperamos en silencio. 

Regreso al bar y dejo parte de la compra. Ya no hay tanta gente. De vuelta a casa me voy fijando en los otros bares: apenas se ve movimiento. Supongo que empezará más tarde. Yo ya no estaré por ahí.

El psicólogo argentino que sigo en Youtube pronuncia una charla para mujeres con su habitual maestría en la dicción. Pero no me interesa. "Hay que comer" pienso del argentino y me levanto a poner una lavadora.

Ya es casi de noche. Meriendo, fumo un cigarrillo, cojo el móvil, pongo "El caso de Charles Dexter Ward" en Spotify y voy al water. 

Qué gran historia. Un chico solitario, estudioso y noble viviendo una insólita aventura de trágicas consecuencias. 

Entonces recuerdo el juego de la Playstation. Lo busco en Youtube y lo encuentro.


Y me acuerdo de todo.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

UNA HORA DE SOL

 Hoy dormí bien. Un sueño largo, profundo, fundido a negro, sin interferencias. Ayer al mediodía el cuerpo me pasó factura a la tregua que le había negado un par de horas antes. La gimnasia y el saco acentuaron las molestias previas que aconsejaban dejarlos para mañana. Pero era hoy cuando tocaba descansar, no ayer. Y como tantas otras veces la mente le hizo cara al cuerpo aún a sabiendas. Tuve que tomar un ibuprofeno antes de volver al bar.

Hay algo bello en eso de plantarle cara al propio cuerpo, de no transigir demasiado. El cuerpo entonces se vuelve un tirano, un niño mal criado, un auto con un rodaje tan suave y tan de manual que no se le cae la L de la cara en toda la vida. Hay que forzarlo y, de vez en cuando, violarlo. Por delante o por detrás, para bien o para mal, pero si yo no pedí estas cartas tampoco vas a ser tú quien juegue todas las bazas.

Con todo, a la tarde, después del trabajo y tras hacer algunas compras inaplazables, me recogí en casa y ya no salí de ella. Todavía quedaba una hora de un sol magnífico, luminoso, uno de esos soles de diciembre que tanto amo, un sol ya fresco por la noche cercana, un sol de esos que uno agradece con toda su alma. ¡Cuanto bien me han hecho tales soles! ¡Cuantas nubes ha despejado de mi alma! ¡Cuantas noches oscuras habré podido vadear gracias a la promesa de su luz, de su fuego, de su eterno vaciarse a sí mismo! Lo miré un rato desde la ventana, a punto de ser ocultado por los edificios de enfrente. "Una hora, Kufisto. Una hora todavía" 

¡Qué gracia me hizo la viejita el otro día! Llegó al bar con su cuidadora, una chica fuerte que se come las tostadas como dibujada por Escobar, y nada más pisar el bar con su tacatá me dijo a grandes voces: "¡Buenos dias, Kufisto! ¡Dame churros!" Os juro que fue una risión. Qué ánimo con noventa y pico años. Le puse el de siempre, uno grande que parte en tres trozos conforme les dejo todo lo demás.

- ¡Ay qué hambre, hijo!

¡Y qué bien suena esa palabra en la boca de ancianas como esta! En verdad uno se siente querido. Estas mujeres que dieron a luz y vivieron lo suficiente como para ver como alguna se apagaba alcanzan una lucidez terminal en la que no hay claroscuros; todo se reduce a un churro grande, un zumo de naranja y un café con leche, dos azucarillos y sonreír a Kufisto cuando la mira tras recoger alguna mesa para después regresar al piso con la ayuda del tacatá y la cuidadora. 

- ¡Mira que eres tozuda! -le gruñó el sábado tras un primer aviso a una niña que andaba aporreando la tragaperras ante la indiferencia de su padre. Qué gracia me hizo. "Tozuda". No lo hizo más y enseguida se fueron.

Todavía no había llegado la noche de ayer y yo ya había llenado el estómago, cosa que me hacía falta. La comida del mediodía había resultado escasa y pronto noté el agradecimiento del cuerpo. Nos sentamos a ver vídeos de Youtube con la gata sobre la manta que cubría sus piernas. A eso de las siete y media me entraron unas ganas horribles de irme a dormir. Un duermevela de quince minutos me despejó un tanto. No era plan de ir a la cama. Luego despiertas a las tres y ya no hay nada que hacer con el día siguiente. Apenas eran las diez y media cuando caí como un bendito bajo el ronroneante manto del audiolibro de Charles Dexter Ward.

La primera parte de la mañana en el bar pasó como casi todas. Vino la chica de la clínica odontológica y un par de médicos del hospital haciendo negocios con el representante de una farmacéutica, un tipo que parece sacado de un promocional de La Tienda en Casa. Creo que Rosa está enamorada de mi. Cuando puedo hablar con ella siempre acaba por sacar al novio. Está buena y es joven.

Hoy sí, hoy no había que entrenar. Llegué a casa y a eso de las once menos cuarto ya estaba comiendo. Tenía hambre y comí bien. Un pito más tarde me fui a la cama y para mi sorpresa no tardé en dormirme; tanto que el despertador del móvil casi tuvo que dar las tres voces en forma del "Custard Pie" de Zeppelin. 

Poca gente. Siempre hay poca gente, pocos clientes. Sólo el fin de semana anima esto. Vino mi amiga a eso de las tres, tan asqueada como, inesperadamente, lo había hecho a las nueve y cuarto. Pero yo estaba de puta madre con el cuerpo descansado y la mente aún más fría que de costumbre. Escuché sus cosas y al final se fue. Estaba a punto de largarme cuando volvió con la más pequeña de sus hijas, un solete. 

- Dile a Kufisto lo que quieres-
- Patatas -respondió, tímida, la cría con el vaso de mosto entre los labios-
- ¿Qué? -dije yo- No te oigo
- ¡Patatas!

Se las puse en un pequeño cuenco azul marino.

- ¿Qué se dice? -dijo la madre.
- Gracias -dijo la cría.
- ¿Gracias a quien? -dijo mi amiga.
- Gacias, Kufisto.
- De nada, señorita.


Quedaba otra hora de sol cuando llegué a casa; hora de darle fuego a la mente, al alma, al vaso.


Mañana protestarás, cuerpo mío, pero esto es así. 


¿Para qué estar bien si uno no puede soportar estar mal?

domingo, 5 de diciembre de 2021

SANGRE

 Era la Nochebuena de, pongamos, mil novecientos ochenta y tres. Nosotros habíamos acabado de cenar en casa y como de costumbre mi padre cogió el coche y fuimos a ver a los abuelos. Por entonces todavía venía al pueblo en esas fechas parte de la familia que se fue a Madrid, sobretodo aquellos que aún no estaban casados. Cada familia cenaba en su casa pero después nos juntábamos todos en la del patriarca, por así decirlo. Era aquella una noche familiar en la que no se salía de copas, eso vino algo más tarde; de hecho no había nada abierto. La gente cenaba, luego se reunían, cantaban villancicos, bebían y de vuelta a casa. Recuerdo, yo era un niño, la alegría de los otros, la algarabía, la sidra El Gaitero, los besos de ellas y los pellizcos en el moflete de ellos, la tele puesta, las risas de la abuela y la proverbial seriedad del abuelo, un tanto descompuesta ante la visión del evidente exceso general, su hijo mayor incluido el cual se divertía lanzándole cariñosas puyas mezcladas con besos que el abuelo rechazaba casi espantado. Él padecía del estómago desde la Guerra y no bebía ni gota alcohol, aparte de una dieta de lo más estricta aún en noches como esa. Yo, el mayor de sus nietos, solía sentarme a su derecha, en la bancada, mientras él partía nueces y me las daba ya limpias del todo. Creo que éramos los únicos en aquel pequeñísimo salón que deseábamos el fin de la celebración. 

Aquella noche llegamos aún más tarde de lo habitual. Si normalmente cenábamos tarde (cosas de tener un padre con un bar) esa vez nuestra llegada se retrasó un poco más, y cuando llegamos ya estaba casi todo el mundo. Yo me senté en una silla junto a la mesa (ese año, y a causa de la tardanza, fue mi prima la que ocupó mi lugar) pero con todo no tardaron en llegar las nueces peladas, los besos, los pellizcos y todo lo demás sólo que aumentado ante mi débil posición. Era insufrible pero yo ya entendía que no había otra manera de hacerlo. Pronto volvería a casa y cogería un Mortadelo y Filemón, o una novela infantil ilustrada de Julio Verne o Emilio Salgari y me dormiría leyendo para a la mañana siguiente ir a jugar al fútbol con los amigos. Y en esas estábamos cuando vino el hermano de mi tío con la mujer.

Estaba borracho, hasta yo me di cuenta. El ambiente se tornó un tanto incómodo y él, por la razón que fuera, ofuscado pero intentando ser gracioso ante alguien, la tomó conmigo de manera que sentí como todos esperaban mi estallido, pues sabían como era. Pero, cosa rara, aguanté; incluso le seguí el juego mientras comía las nueces del abuelo entre el paulatino silencio general que iba derramándose por aquella salita llena de gente con rostros preocupados. Cuando poco después nos fuimos para casa, al subir al coche, mi padre me dijo que estaba orgulloso de mi. Fue la única vez que me lo dijo. Sé que, a pesar de todo, lo pensó después en muchas otras ocasiones, estoy seguro. Pero esa fue la única vez que le oí decirlo de su boca.


- Kufisto...-oí decir desde la cocina
- Voy -respondí bajo el estruendo del extractor. Salí y vi que era él- ¡Ah, eres tú!
- Sí, soy yo. Ponme un cortao, anda.

Suele venir al bar los domingos por la mañana, antes de ir a echar de comer a los gatos de su parcelita campestre. Ya está jubilado, aunque sigue sabiéndolo todo de todos. Es lo que tiene haber sido director de banco durante cuarenta años. Si tengo tiempo hablamos, o más bien escucho pues yo no conozco a casi nadie a pesar de decirle a veces que sí para darle continuidad a sus interesantes relatos. Hoy volvió a tocar el tema de su hermano mayor, mi tío, y el problema económico que sigue teniendo ahora añadido al de salud. Yo pensaba que aquel ya estaba resuelto pero no. Sigue en las mismas mientras el otro continúa progresando entre el tradicional y avestrucesco oscurantismo familiar. "No es nada pero me tienen que hacer esto..."

Después pasó a él y volvió a contarme su historia de alcoholismo; como lo dejó con ayuda profesional y en las mierdas que se vio durante el largo proceso hasta volver a recuperar su puesto y, claro está, ajustar cuentas con aquellos que no habían dado un duro por él, padre de cuatro hijos en esas fechas y dos más después. 

Me contó las peripecias de aquellos años, algunas no oídas, y celebré interiormente que hubiera sobrado gran parte del guiso del día anterior para poder escucharlas. Estaba abriéndose las venas delante de mi, delante de aquel niño del que su padre le dijo una vez que se sentía orgulloso de él, y en un instante comprendí la razón de todo ello, de todos estos domingos, de todas estas mañanas de domingo de todos estos últimos años jubilados...¡También él se acordaba! ¡No de la noche, no, nadie se acuerda de nada cuando se levanta borracho, sino de después, del día después, de lo que tuvieron que decirle, de lo que tuvo que sentir al oír todo eso...! 

Estaba emocionado, a punto de las lágrimas. También era él quien estaba tras su hermano mayor. Y el hermano mayor ya estaba demasiado viejo como para cambiar. Y él estaba sufriendo por ello. El hermano mayor siempre es el hermano mayor, vengan los años que vengan. Y él, también ya viejo, ¡no podía aceptarlo! ¡Eso era! ¡Su hermano mayor! Si él, el mediano, había podido con algo tan jodido como un alcoholismo...¡como no podía él, joder, el mayor, dominarse ante una máquina!


Se fue a echarle de comer a los gatos.


 En una mesa del salón dormita mi anciana de todos los días, la madre de mi amigo el médico, el que hace unos años, justo tras la muerte de mi padre, su paciente, se auto-prohibió la entrada a cualquier bar, incluido el mío que en la práctica era el único.

- Si vengo y te pido de beber, Kufisto, no me lo pongas -me dijo- En serio.

Hoy es fin de semana y está sola. La cuidadora no está y su hijo me la ha traído para el desayuno. Luego vuelve y la recoge poco a poco, como quien barre el piso antes de una cita. Cada vez que salgo de la barra para ir a recoger cosas del salón me mira y me sonríe con la sonrisa más dulce que pueda imaginarse.

- Mi hijo mayor era muy bueno -oí como le decía a su cuidadora uno de estos días- Pero le dio por beber y se mató.


Viene mi amiga. Me queda una hora acabar el turno. Le pongo una cerveza y sin pensarlo me sirvo una Voll-Damm. 

- Esta cerveza es para tomarla con calma -le digo loándola.

Todavía está Sonia allí, en una de las mesas altas, con sus padres. Hace dos meses de la última vez. Se va.

- Adiós, Kufisto.
- Adiós, Sonia.


Hablo con mi amiga y bebo y a a cada trago hablo más de lo normal. Ha sido automático. En sus ojos veo extrañeza. También en los míos. Salimos afuera para fumar y le hablo de Wagner y la memoria de la sangre.

- ¿Te das cuenta -le digo- que la sangre nunca se para, que siempre circula la misma sangre por nuestras venas? El otro día lo vi en un vídeo. Tu sangre, la mía, la de tus padres y la de los míos, la de lo abuelos y los bisabuelos y más allá se comunica constantemente a través del cordón umbilical. ¡Es increíble! ¡La sangre siempre es es la misma desde hace milenios! ¡Tú eres un montón de sangre! ¡Yo soy un montón de sangre!...
- Joder, Kufisto...





jueves, 2 de diciembre de 2021

LA LARGA MEADA

 - ¡Felicidades, Kufisto!

Era mi prima. Había entrado al bar sólo para eso. El marido se había quedado afuera. Yo estaba sentado frente al ventanal, mirando el teléfono, y no me había dado cuenta de su inesperada parada previa al habitual paseíllo por el paso de cebra que les conduce hasta sus respectivos coches una vez acabada la jornada laboral. Muchas veces los veo pasar.

Me levanté del taburete y ella, como quien duda, se detuvo a un metro de mi. Trabajan en el hospital y están muy concienciados con las medidas de seguridad frente al virus. Yo también dudé pero hice lo mismo que ella, aunque no me puse la mascarilla. 

- Vaya, gracias -respondí un tanto sorprendido
- Me lo dijo ayer mi padre.
- Sí, estuvo aquí por la mañana.

 Sus bonitos ojos sonreían sobre la mascarilla.

- ¿Y cuantos caen ya? -preguntó divertida
- 48...-respondí ya seguro del error- Pero lo de ayer fue mi santo
- ¡Ay, Dios! -dijo llevándose la mano a la frente- ¡Si mi padre me dijo que era tu cumpleaños!

Mi tío está cada vez más viejo y sensible. Ayer me felicitó porque se lo oyó decir a otro cliente. Luego me contó la archisabida anécdota de mi difunto padre y el último alcalde franquista del pueblo: siempre le felicitaba el día de su santo con el típico refranillo religioso del día en cuestión. No recordaba como era, yo menos, pero estuvo a punto de echar una lágrima.

Crucé algunas breves frases de despedida con María, un tanto avergonzada por su error, y después salió del bar y junto a su marido enfilaron el paso de cebra para ir a recoger a su hija. Los miré mientras se alejaban. Hace mucho tiempo que no recuerda cuando nací. 

Sentí el frío cuando media hora más tarde salí del bar. La tarde era soleada pero el viento estaba empeñado en contradecirla. Una vez más pensé en mi calzado, el mismo que en verano aunque rellenado con un par de calcetines que no consiguen del todo su objetivo. Alcancé la acera de enfrente, entré en el coche y me fui para casa. 

La gata me recibió maullando. Miré en su habitación y vi que no tenía agua. Si maúlla es porque tiene hambre, sed, frío o aburrimiento extremo, una especie de angustia vital por su encierro que lleva a preguntarse si realmente perdió el instinto sexual con la temprana castración, algo que suple con caóticos e inverosímiles ejercicios gimnásticos al caer la noche.

Me cambié de ropa y salí a andar un rato.

El piso era aún más frío que el viento. Los edificios de enfrente sombreaban la acera de salida y lo noté en los pies, así como un leve dolor en el hombro izquierdo: demasiado entusiasmo con el saco de boxeo el de esta mañana. Me gusta como suena cuando le pego bien. Yo creo que si fuera sordo no lo haría.

Diez minutos para llegar hasta el sol. Pero es peor. Allí, en las afueras, el viento pega a placer. Me calo el gorro y me pongo los guantes. Agacho la cabeza y camino. No paro a mear tras los árboles de las vías valladas a pesar de las ganas. Aguanto y sigo adelante. Media hora, no más. Tampoco es tanto y ya estoy otra vez dentro. El viento amaina un tanto, no demasiado, está como recogiendo aire para soltarlo de golpe entre calles que van cruzándose con las mías. Me estoy meando y ya no puedo hacerlo. Aprieto el paso. Tengo que llegar a casa pero antes hay que parar en la tienda del moro de la esquina a comprar tomates y naranjas para empezar el día de mañana en el bar. Compro. Abro la puerta de mi portal y llamo al ascensor. Uno no puede pararse cuando se está meando. Ando sin moverme mientras espero que baje. Por fin llega y le ordeno que primero me lleve a la cochera para dejar las bolsas en el coche. Tengo más ganas de no volver a salir de mi casa que de mear. Son apenas unos segundos que se hacen eternos. Rápidamente dejo las bolsas en los asientos traseros. Nadie ha llamado al ascensor durante la ausencia. Aquí nadie llama a nadie, que yo sepa. Golpeo con la llave en el tres, el último, el más alto. Me estoy meando vivo, joder, vivo. Sube, sube, sube...

Abro la puerta. La gata no maúlla, no sale a recibirme, no me necesita, tiene el paquete básico completo y todavía no ha caído la noche. Directo al water de la habitación desalojo una meada que hace por tres. 

- ¡Oh Dios, oh Dios, oh Dios...

Me quito el gorro y el abrigo. Es tiempo de seguir escribiendo.





miércoles, 1 de diciembre de 2021

Y SI ESTE ES NUESTRO ENTIERRO QUE AL MENOS SEA SONADO

 El joven malagueño estaba realmente emocionado. Nada más acabó de tragar el último pedazo de la enorme pizza, y casi con lágrimas en los ojos, se acordó de todos aquellos que en sus inicios se reían de él. Luego vinieron los agradecimientos a la familia y a la tierra que le voy nacer. Y por último una fotografía realizada por la sorprendida encargada del local: había sido el primero en conseguirlo sin la ayuda de pareja alguna y figuraría en el cuadro de honor reservado a aquellas que lo habían logrado antes que él. Se despidió de nosotros anunciando que pronto terminaría su largo periplo por Estados Unidos y pidiendo por favor que le diésemos al like del vídeo, que nos suscribiéramos al canal y que compartiésemos la nunca vista hazaña. 

Todavía era temprano para ir a la cama y recargué la página de recomendaciones. Uno de los vídeos era el del entierro de Sigfrido con la vibrante dirección de ese alemán con cara de resaca. Volví a verlo. La música es aún más enorme que aquella pizza y los planos del director de orquesta acongojantes. No hay pose alguna en ellos; está tan traspasado que hay momentos en los que el rostro está desencajado. En mitad de la interpretación, de puro entusiasmo y sin darse cuenta, golpea con la cintura el atril que cae con la partitura causando un sonido seco. Sin inmutarse continúa adelante hasta el final. Una vez más eché un vistazo a su trágica vida. El éxito le había llegado al final, justo cuando peor estaba de salud. De nervios frágiles, tímido y propenso a la depresión se había negado en varias ocasiones salir a escena, dejando colgado a todo el mundo. Pero aquella noche en Tokio dirigiendo a la Filarmónica de Londres no le importó tirar abajo el atril. Estaba dominado por la pasión. 

Abrí tema en un foro con el vídeo en cuestión, lamentándome por aquella Europa perdida. Pronto, y para mi sorpresa, comenzaron a llegar respuestas y agradecimientos. Poco después vi en otro foro el recientísimo vídeo donde un francés presentaba su candidatura a la República. Se parecía al señor Burns, el de los Simpsons. Aureolado por la mayestática música de la séptima de Beethoven, con imágenes intercaladas de la Francia de hoy y la de ayer, sentado a la mesa de un despacho de corte clásico lleno de libros, leía de unos folios una declaración con tono grave y sin mirar a la cámara, detalle que me gustó. Sólo al final alzaba la cabeza, miraba a la cámara y pedía el apoyo del pueblo "por la República, pero sobretodo por Francia", acabando con un "¡viva Francia!" que arropado por la emocionante música resultaba de tanto efecto que abrí otro tema en el foro consiguiendo, esta vez sí, el esperado aluvión de opiniones. 

Y así las cosas, apagué el ordenador un poco más tarde y ya en la habitación me apliqué la pomada mágica para la dermatitis seborreica, me puse el gorro de ducha y me metí en la cama conciliando el sueño más pronto de lo habitual.

A eso de las cinco me despertaron los arañazos de la gata en la puerta. Con tono lastimero, como siempre hace, pedía entrar de la misma manera que cuando voy a dormir. Pero entonces no le hago caso y no tarda en abandonar la intentona. Otra cosa es cuando se despierta con el salón ya frío. No le basta la manta que dejo sobre el sofá y quiere amanecer conmigo. Y ahí sí que no me queda otra alternativa, pues su insistencia es feroz. Me levanto, abro la puerta, aprovecho para mear y pasamos juntos la última parte de la fría y oscura noche. En una especie de duermevela, entre sueños tan vívidos como desconcertantes, transcurre la hora y media restante en el despertador. 

Extrañamente lúcido para la temprana hora, niego la entrada al bar a un desconocido que asoma por la puerta preguntando si está abierto, que se va sin rechistar. Quince minutos pasan hasta que con todo lo necesario colocado en su sitio enciendo las luces y subo las persianas. 

El primero en entrar es un camarero. Pide café y charlamos del frío. Viene con las manos ateridas tras quitar el hielo del parabrisas de su coche. "El invierno se ha adelantado este año", digo, y él comenta algo que anoche vio en televisión, unos vientos huracanados en Turquía que habían derribado camiones y campanarios. Y entonces va y suelta que deberíamos hacer caso a esa chica. 

- ¿Qué chica? -pregunto con un resquemor casi perceptible atravesando mis venas.
- La chica esa -dice- La del cambio climático.
- ¿La Greta no sé cuantos?
- ¡Sí, esa!
- ¡Esa hija de la grandísima puta!

Y en un instante salta por los aires todo el estado zen en lo referente a actualidad que he guardado durante todos estos últimos años. 

Por un momento parece no comprender y llego a creer que piensa que estoy de cachondeo. Pero enseguida se da cuenta de que voy en serio, de que me estoy cagando en la maldita joven y en todos los que la apoyan y sustentan, de las marionetas que desde las jodidas televisiones nos dicen qué creer y qué opinar, de las putas madres de chinos e indios que contaminan más que nadie mientras nosotros hacemos el subnormal abrasados por los impuestos, de las veces que nos aseguraron que tal zona estaría inundada o desértica para tal año y resultó mentira, de la manada de bastardos que viven como Dios de lo que nosotros pagamos y encima pasando por ser los buenos de la historia mientras no dan un palo al agua, de como la gente joven tiene que comer como un animal en la jungla para ganar algo de dinero fuera de este país cuencoarrocista, de como hay que beber hasta perder el oremus para escribir algo con lo que sobrellevar el viaje en esta infecta sociedad...Me quedo como Dios, paga y se va.


Y si este es nuestro entierro que al menos sea sonado.