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domingo, 31 de julio de 2022

LOS ANILLOS DE PLUTÓN

 Las cifras eran tan enormes que tus ojos de niño no podían sino maravillarse al ver tantos ceros a la derecha. Algunas magnitudes de espacio y tiempo entre diferentes cuerpos eran tales que el autor se las había ahorrado con una frase divertida del tipo "tu cuaderno no tendría suficientes páginas para escribir tantos ceros" Las impactantes fotografías de los planetas de nuestro Sistema Solar te dejaban boquiabierto, especialmente las del grandioso Júpiter y Saturno con su anillo. Tirado sobre la alfombra del salón, ausente para tus hermanos pequeños y medio tontos, pasabas con cuidado las brillantes hojas de ese libro tan grande y pesado, de tapas duras y con la imagen de la hermosa Tierra, tu redondo planeta, vista desde el espacio como portada. Entonces tu madre voceaba desde la cocina por la cena hecha y tú y tus hermanos teníais que dejar lo que estuvierais haciendo para atravesar el largísimo pasillo donde, para desesperación de vuestra madre, jugabais al fútbol en los días de lluvia. Luego un ratito más en el salón, la todavía joven madre durmiendo en sus brazos antes de meterlo en la cuna al último en llegar a la muy numerosa familia, hasta que padre volvía de trabajar y besándonos a todos nos mandaba a la cama. Y ya en las literas de la habitación donde dormíamos los tres mayores oíamos la voz de nuestra madre:

- ¿Habéis rezado ya? 
- No

Y en voz alta rezábamos el Padrenuestro de aquella manera. 

- A dormir, hijos míos. Apagad la luz y no deis guerra.

Ese era el lugar de la religión en nuestra familia allá por los años ochenta. Rezar el Padrenuestro antes de dormir. Y una vez acabados los sofocos de las risas contenidas y de la lucha por más espacio en la cama compartida que en muchas ocasiones acababa con la visita de nuestro benévolo padre para llamarnos al orden, cerrabas los ojos y dormías pensando en lo grande que era Júpiter, la belleza del anillo de Saturno y la inmensa cantidad de ceros a la derecha que había en el Universo. La sorpresa ante los ceros a la izquierda vendría mucho más tarde. Y sería muy diferente.


Alguien está haciendo fotografías con un gran telescopio. Creo que su nombre es James Webb, según he leído en un foro. La última es de una estrella, o constelación de estrellas, no recuerdo, de hace treinta y cinco mil millones de años luz. Entre trol y trol había una especie de discusión entre los diferentes opinadores acerca de la diferencia entre espacio y tiempo, pues es cosa sabida que el Universo tiene unos quince mil millones de años luz. "Entonces, ¿como se puede fotografiar a una estrella que tiene más de veinte mil millones de años luz de antigüedad?" Con ejemplos sencillos había quien explicaba con total claridad la supuesta paradoja. Con todo, no parecía ser suficiente para unos cuantos. Pero el brevísimo descanso previo al ajetreado mediodía de otro domingo en el bar arrancó de mi toda esa interesante cuestión a modo de llamada hacia aquellas cenas de hace casi cuarenta años no luz.

Una vez más, todo estaba preparado para otro Big Bang. Y una vez más salió adelante. 


A eso de las tres, con el asunto controlado aunque todavía con la cocina a medio limpiar, me serví una cerveza y salí a fumar. Poco antes había recogido los toldos de la fachada con la esperanza de que corriera algo de aire en la sombra recién proyectada por el edificio. Pero el calor era infernal. El sol, nuestra estrella, está tomándoselo muy en serio este verano maldito. Aunque lo peor es que la insignificante luna sigue su ejemplo. Y eso sí que te destroza casi que por completo. Los ceros a la izquierda.

Miré el teléfono. Tenía un wasap. Lo abrí y vi que era la fotografía enviada apenas diez minutos antes por mi amiga. Estaba bañándose en la piscina hinchable de su casa con sus tres hijos pequeños. El chico, de unos ocho años, salía haciendo los cuernos con una mano mientras braceaba sacando la lengua; la chica se apuraba en alcanzar a su madre mientras la más pequeña flotaba enrollada a su cuello con una grandísima sonrisa.

"Después de todo eso es la felicidad, ¿no?" respondí. Y pasé a acabar la tarea.


Creo que hoy en día no se considera a Plutón como un planeta. Cuando yo era chico y leí aquel libro sí que lo era. Era un planeta muy pequeño; era tan pequeño y estaba tan lejos que había noches en las que, hastiado de la grandeza de Júpiter y del anillo de Saturno, te fijabas más en él; estaba muy lejos, tardaba no se cuantos cientos de años en girar alrededor del sol y apenas recibía su luz; viajaba por el espacio casi en noche perpetua pero sin duda alguna dentro de la órbita del sol, algo que nadie, ni aún hoy, se atreve a negar. Sus números también eran muy grandes; negativos, sí. Pero grandes en lo pequeño.


¿Quien sabe? Quizá Plutón pierda toda gravidez antes del colapso final del sol. Entonces seguirá su oscuro camino errante hacia otra estrella mientras de Júpiter y Saturno no quedará más que polvo estelar.


Acabé con la cocina. El bar estaba impoluto, como si nadie hubiera pasado por él.


"Ven a darte un baño, Kufisto" decía el wasap acompañado por una fotografía de su espalda desnuda.

viernes, 29 de julio de 2022

UN PASEO

 El chico se duerme nada más salir de casa. Es mediodía de uno laborable y hay gente por el centro. Me pongo los auriculares y empujo el carrito hacia las afueras. Los peatones se apartan cediéndonos el paso. Sólo un grupito de chicas muy jóvenes absortas en sus móviles no se aperciben de nuestra llegada. Están frente a un centro de educación para adultos que quizá también sirva para jóvenes desorientados; algunas de pie y otras sentadas de cualquier manera junto a la pared. Es un buen momento para volver a disfrutar de la extraordinaria manejabilidad del carrito y sin bajar el ritmo dibujo una limpia ese entre las levantadas y el hoyo del árbol. David no se entera de nada y seguimos adelante, atravesando todos los pequeños pasos de cebra previos a los dos grandes que dan acceso al parque. Miro bien y los cruzamos sin problemas.


Circunvalamos el parque casi en soledad. Apenas tres o cuatro caminantes salen a nuestro encuentro. Tras la reja se oyen los ladridos de los perros que corren en busca de las pelotas lanzadas por sus dueños en la zona acotada. Al otro lado la carretera con el tráfico habitual y en la cercana lejanía los diferentes supermercados y grandes tiendas de chinos. Ahora los árboles sombrean nuestro camino. Ellos están dentro y nosotros fuera pero el sol todavía está detrás de todos. Los pájaros cantan y parecen contentos. Un gran pájaro planea en solitario bajo el cielo azul. Lo miro hasta dejarlo atrás. David duerme con el chupete puesto.

Cruzamos la carretera y entramos en el gran paseo, ya al alcance del sol pero a la contra. Escogemos el camino de en medio, el más estrecho y menos transitado. Hoy es día de mercadillo y prefiero evitarlo. Nuestro camino es estrecho pero la gente es poca; sólo alguna señora con su perrito y algún que otro gran árbol como el magnífico olmo blanco. Un cierto cuidado con el embaldosado no viene mal; las raíces de los árboles hacen que en ciertas zonas sea algo sinuoso. De todas formas llevo el carro bien agarrado.

La parte más complicada es la situada a la altura del mercadillo. Allí tengo que bajar una acera sin rebajar ni paso peatonal que da acceso a una de las vías de la rotonda. Nunca me había fijado en ello hasta hace un mes. Es el momento de mayor atención. Miro bien, bajo con cuidado el carrito y sin subirme a la otra acera que a ninguna parte lleva pero con David muy pegado a ella hago el pequeño trecho que nos separa hasta la mediana. Ahí subo el escalón y ya estamos en el paso de cebra que da acceso al paseo principal ya con el mercadillo atrás. David sigue durmiendo. No se ha enterado de nada. El sol empieza a darle en la carita. Le miro y la luz del sol me revela unos mofletes que parecen melocotones. Sonrío.

Esta parte del paseo está más concurrida pero no importa. La acera es amplia y hay sitio de sobra para todos. Algunos ancianos están sentados en los bancos agarrados a sus garrotas. Por el carril bici hay quien va en ellas, o en patinete eléctrico o en patín normal; también alguna que otra vieja con su carro de la compra; ahí la superficie es lisa y se desliza mejor; nadie parece enfadarse.

Cerca del siguiente paso de cebra noto las vibraciones de los pequeños puntos que lo señalan para aquellos que no pueden ver. Nunca había reparado en ellos. Están como en forma de T. Será para indicarles el camino recto, no sé. Hoy, por primera vez, caigo en que sería bueno evitar el palo largo para no molestar al niño que sigue durmiendo. Allí no hay árboles y el embaldosado es perfecto. La cosa va como la seda. Es tan fácil...

Pronto alcanzamos el último tramo, ese en el que ya voy sospechando que David se despierta al sentir como giro sobre mis pasos. Pero voy a hacer una prueba y hoy vamos a cambiar el rumbo. Tampoco es cuestión de que David siga mis pasos, de ninguna manera.

Giro a la izquierda cuando llegamos al final de la avenida, entramos en la sombra y...el cabrón se despierta igual. Es como si lo tuviera cronometrado. Poco a poco empieza a entornar los ojos y mira a los lados. Me ignora. Cruzamos algunas pequeñas calles abiertas al sol y ahí cierra sus ojillos claros doloridos por el exceso de luz. Así pasamos unas cuantas hasta hacerme reír. Y al oírme por fin me mira, aunque de manera que me hace recordar a su padre y esto hace que ría aún más. "Espera, espera -le digo viendo venir la siguiente claridad- Vas a ver como ahora no me vas a mirar..." Y pasamos otra callecilla y cierra los ojillos, y gira la cabecilla..."Jajaja"

Ya no busco más que sombra. Otra entrada hacia el sol, esta un poco más larga pero necesaria para regresar a casa de la abuela, y ¡mira! ¡ahí esta mi tía! Ella no me ve todavía pero sé que va a hacerlo. Va paseando su perrito. Gira la cabeza. Nos ve. Sigo sonriendo. "¡Ayyy...!" Y viene hacia nosotros, ata al perrete en un banco, me da dos besazos y empieza a hacerle carantoñas a David que, como es normal, no rechaza pero ignora.

Ahí estamos un rato y luego nos vamos. Atravesamos calles y callejas y en una de estas veo a un viejo amigo venir de frente hablando por teléfono. Me ve, sonríe y cuelga. Se acerca y nos saludamos. "¿Ejerciendo?", "ejerciendo" Hace algunos años que la amistad se enfrió por causas ajenas pero imponderables para ambos. Amistad de bar, amistad entre venenos varios, pero amistad comprobada. Le están saliendo canas. Creo que lleva algún tiempo más centrado, al menos eso he oído. A veces lo veo cuando salgo a andar por ahí y sí, nos paramos a saludar y tal pero está claro que ya no es lo mismo. Al despedirnos no puedo evitar que venga a mi mente la palabra "empujacarritos" Sonrío.

Pronto llegaremos a casa de la abuela, David. Ahora no haces más que mirarme mientras te llevo por la parte sombreada de esas callejas. Espera, que ya estamos en nuestra vía de acceso. David mira a la derecha como reconociendo lo que sale, lo he incorporado en la sillita. De vez en cuando, traicioneramente, otra vez la luz del sol. Más risas. Llegamos a casa.

Abro la puerta, entro el carrito, le quito el gorro y la chaquetilla y lo saco del carro. Liberado ya me sonríe con esa boquita vacía de dientes y lo subo por encima de mi cabeza y lo bajo y se deshueva y beso esas mejillas y lo vuelvo a subir y a bajar y también él abre la boca como si también quisiera comerme y me eha las babas y baja mi madre y lo coge y todo se repite.

BARCO A VENUS

 Yo no debería haber salido aquella tarde. O no haber vuelto tan temprano. Tres o cuatro veces había mirado por la ventana. El cielo seguía tan gris como todos esos últimos días pero parecía como si no lloviera. Abrí la ventana para mirar los charcos de enfrente. Mi visión ya llevaba algún tiempo dando muestras de ir a menos. Pronto necesitaría gafas. Tantas horas delante del ordenador habían acabado por dañar mi pobre vista, también deteriorada de nacimiento. "Ojo vago" lo llamaban entonces. Hasta los doce años llevé gafas. Muchas me las rompieron. Después el oftalmólogo dijo que ya podía quitármelas y yo me alegré. También dijo que ejercitara el ojo derecho poniendo un parche sobre el izquierdo mientras veía la televisión. Pero esto fue algo que no hice más de una o dos veces. Era muy molesto y mis hermanos se reían de mi. Y con el izquierdo veía todo lo bien que se pueda ver. Mis padres no insistieron, como tantas veces harían con el paso de los años: los primeros habían sido tan difíciles que quizá pensaron que de ahí en adelante eso era lo mejor que podían hacer.


Abrí la ventana y fijándome en el charco más grande vi que no llovía. No lo pensé más y cogí las cosas para salir a la calle. Quizá tuviera tiempo para un paseo. El aire fresco y la humedad de tantos días lluviosos harían el resto. No recordaba un temporal como aquel. Nadie podía recordarlo. Dos o tres días seguidos de lluvia era algo raro desde hacía mucho tiempo, pero dos semanas como aquellas eran ya algo poco menos que olvidado.

Salí enfundado en el impermeable y lo primero que vi fue a los trabajadores del super fumando en la puerta. Cambié de acera mientras hacía por ponerme la capucha. Doblé la primera esquina y me la quité. Alguien bajaba de un coche. Era uno de esos trabajadores. Muchos años atrás habíamos sido amigos, pero ya hacía unos cuantos en los que el sólo saludo se había convertido en algo odioso. Lo saludé por su nombre y a él le bastó con un hola. Durante un rato caminé pensando en ese desprecio, en esa falta de afecto que siempre me ha acompañado. Ya de pequeño sentía ese vacío con los demás, ese distanciamiento que todavía sin saber por qué me separaba del resto. La vida de un niño enfermo es una gran mentira hasta que tus demonios vuelven para ver como te va.

Apenas había dejado atrás los últimos pasos de cebra cuando se puso a llover. No era tanto como para regresar a casa; en muchas otras ocasiones le había hecho frente a eso sin dudarlo un instante, pero una sensación de derrota, de error, de equivocación me embargó de tal manera que después de dudarlo unos segundos regresé sobre mis pasos para volver por donde había venido.

Y entonces, apenas un poco antes de donde había dado el último saludo, dejó de llover y se abrió un pequeño claro en el cielo.

Busqué las llaves. No se iban a reír más de mi. Al menos no aquella tarde.

Doblé la esquina otra vez. No había nadie fumando. No había nadie haciendo nada. Nadie.

Llegué al portal y vi como una niña abría la puerta. Pasé tras ella y la cogí tapándole la boca. Alguien se había dejado abierta la puerta de mi bloque y entré. El ascensor estaba allí. Pulsé mi número y la puerta se cerró. Nadie en el pasillo. Saqué las llaves, abrí y entramos en casa. Le pegué dos bofetadas y dejó de patalear. La imagen de mi maestro de primaria vino a mi como un trueno tetrapléjico. Una excitación animalesca me embargó por completo. Paralizada por el miedo se dejó llevar a la habitación. La desnudé y entré en ella. Vi su sangre brotar y lo último que recuerdo es morderla...

Desperté y estaba muerta.


Me entregué. Todo el mundo quería matarme. Todos habían sabido que al final acabaría por hacer algo así. Todos se tiraban de los pelos por no haberme quitado de en medio cuando todavía estaban a tiempo. Hasta el maestro que metía su dedo en mi culo para después olerlo cuando iba a preguntarle alguna duda sobre la regla de tres meneaba la cabeza. Estaba claro desde el principio. Todo había estado claro y habían dejado que pasara. Era un fracaso total, global.

Y aquí estoy, pudriéndome en una celda, esperando la muerte que todos quisieran darme.

Tal vez, quizá, puede que entonces, cuando me alcance, consiga ver bien con el ojo derecho aunque sólo sea por un instante.

Y con un poco de suerte a lo mejor me dejan tranquilo el tercero.


Yo no lo quise así.

VEREMOS AGUILAS; O, AL MENOS, ESTRELLAS

 No la vi llegar al bar cuando vino por segunda vez. Yo estaba fumando en la cocina, ella se asomó sonriendo y de repente la vi como a una aparición. 


Tampoco es que me sobresaltara; una hora antes me había enviado varios wasaps avisando de que intentaría volver; se había quedado con ganas de estar conmigo; otras veces le ha pasado igual y algunas no ha podido, yo casi lo había olvidado tras la conversación que acababa de mantener con mi amigo Gonzalo, el chico bipolar que por cierto lleva unos días un tanto trastornado, también esa había sido su segunda visita en el día pues fue el primero en llegar al bar, tanto que entró conmigo pues no había abierto aún la puerta cuando me pitó desde su coche.

- Kufisto -
- Hola, Gonzalo-
- Hola, ¿tienes boquillas?-
- Sí, pero pasa- dije por no aventurarme otra vez entre la nieve y el hielo de la acera cargado con las bolsas-

Abrí, encendí las luces y el aire acondicionado, saqué la bolsita de las boquillas y le di unas cuantas sin preguntarle nada de qué hacía por ahí a esas horas sin necesidad alguna, eso es algo que dejo para los otros, además que Gonzalo suele ser buen madrugador, le gusta salir al campo, ver bandadas de pájaros volar, incluso águilas solitarias que le subyugan y graba con el móvil siempre que tiene la ocasión. Le dije que la cafetera estaba recién encendida y él respondió que no importaba, que acababa de tomar café en un bar del polígono. Con todo, se quedó allí conmigo, hablando tranquilamente de cualquier cosa mientras yo iba colocando todas las cosas como todos los días. Diez minutos más tarde le dije que si quería un café. Se lo puse descafeinado tal y como vengo haciendo desde hace algún tiempo. Él no se entera. Tampoco creo que si lo hiciera con otros se dieran cuenta. Pero con los otros no tengo ninguna razón para hacerlo. Con Gonzalo, sí. 

Habló de adonde iba a ir y le advertí. Los caminos debían estar hechos cisco y en una mañana como la de hoy no era cosa de risa. Se fue poco después.

Cuando vino por segunda vez a eso de las dos de la tarde ya lo hizo de otra manera: nervioso, enfadado, hablando solo. Se fue a su rincón, junto a la salida de la barra, al lado de los servicios, y pidió otro café. 

- Kufisto-
- ¿Qué?
- Dame dos sobres de azúcar. O tres, o cuatro...- Es diabético. Le di dos un poco preocupado. Pero le solté otro más al oírle decir que andaba de bajada y veía borroso. Había discutido con su padre. Estábamos solos en el bar-

Dijo que había salido corriendo de su casa (a la vuelta de la manzana) y ese esfuerzo le había provocado la bajada de azúcar. Habló mal de su padre, muy mal, y yo dejé que lo hiciera hasta que se calmó un poco. Sin darse cuenta vino hacia la barra. Le dejé estar mientras miraba sus maltrechos dedos de uñas desolladas jugando con un papel de fumar vacío al que miraba con fijeza. Entonces intenté hacerle ver que ni él era así ni su padre (al que no conozco) podía serlo. 

- Gonzalo, tú eres un chico muy espiritual (adjetivo que detesto pero sé que él tiene por bueno a causa de sus malas lecturas) y no va contigo decir las cosas que estás diciendo de tu padre. Y de tu madre. No, espera un momento. Tú eres una buena persona, un tío honrado, sí, déjame hablar...uno que se vuelca con la gente, con toda la gente...Y eso es un error. Eso es un error porque luego todas esas frustraciones que te llevas con quienes no te escuchan las cobras en quienes te quieren, aunque tampoco ellos hagan mucho caso de lo que tú te empeñas en enseñarles. Entiende, Gonzalo, que llegado un punto nadie cambia, y que hacer por cambiarlos es perder el tiempo y, más todavía, condenarte y sufrir por ello. Hay que hablar a quien se le puede hablar, no a todos y en cualquier momento y lugar. Y aún entre quienes te importan hay que hacerlo con delicadeza y sólo en el caso en el que te requieran ¿Crees tú acaso que yo, llegado el momento, llegaré a mi madre y le diré, por ejemplo, que por nada del mundo se ponga la jodida vacuna? Ni por pienso. Todo lo más será que le diré que yo no me la pondré. Y antes me arrancaría con tenazas todos los dientes que permitir un daño irreparable a quien más me ha amado. ¿Y sabes por qué? ¡Porque no lo sé, porque no estoy seguro, porque quizá sea yo el equivocado y sea la inmensa mayoría quien tenga razón! ¡No lo sé, Gonzalo, joder, no lo sé! Yo no voy a ponérmela, tendrán que arrastrarme de los pelos, ¡pero soy yo, no tengo ni el derecho ni la fuerza para obligar a nadie a creer en mi, me cago en Dios!...Tú hablas de tu padre, bien, espera...Te controla el dinero de tu jubilación, tienes que mendigarle todos los días, te está cortando el grifo últimamente...de acuerdo, es jodido eso. Pero...¿qué coño haces tú jugando a la tragaperras? ¡Tú!...Nonono, espera un momento ¡que yo te veo aquí!...¡pues sí, me jode!...No es cosa mía pero me jode, hostia puta. ¿Qué hace un tío como tú jugando a esas mierdas? Si me dijeran otro, yo qué sé, el típico ser vacío de todo que no tiene más entretenimiento que perder dinero ante un armario con dibujos de tías en pelotas, diría, "bueno, quizá sea lo suyo" ¡Pero tú no! ¡Pero tú no, Gonzalo, coño! ¡Tú no eres así! ¡Tú estás lleno de otras cosas, de cosas buenas, de buenas intenciones! ¿Qué haces tú, tan sobrio, tan alejado de todo materialismo, tan frío ante el oro y de todo lo que brilla como el oro, qué haces tú dándole pienso a la Vaca Manchada que tanto odias, joder?...No hables así de tu padre, Gonzalo, me cago en Dios. Y si los psiquiatras te amenazan con ingresarte otra vez, si tus padres, con todo su dolor, no ven más opción que esa, ¡sé más listo que ellos, hazlo bien, cede, no quieras imponerte! No quieras imponerte, Gonzalo, porque si lo haces, si te empeñas, si a toda costa tratas de hacerles ver la orilla con tus ojos...acabarás estrellándote contra las rocas-


- ¡Coño!-
- Ya estoy aquí -dijo ella-

Pasó a la cocina, me abrazó y me besó.

- Venga -dije yo- vamos para afuera...-

Por esta vez dejó su sitio habitual (el mismo que el de Gonzalo) para venirse a la barra. El bar seguía tan vacío como casi toda la mañana. El guiso, la cruda idea del guiso que unas horas antes había bajado conmigo del coche entre la nieve y el hielo del amanecer, yacía ahora cocinado, entero y muertísimo sobre la cocina; y casi todas las pulgas de embutido que yo había hecho como todos los días esperaban muertas de risa a que su creador las quitara de en medio de la barra. 

Fue hablando con ella hace algún tiempo, no demasiado, cuando por fin descubrí que la gente sólo habla de sí misma, que oyen no para escuchar sino para hablar de ellos mismos. Se lo dije una mañana mientras fumábamos en la puerta del bar, otra mañana en la que por fin había empezado el colegio de algunos de sus hijos:

- ¿Te das cuenta de que cuando uno dice algo el otro no escucha, que sólo espera que se calle para decir lo que él piensa sobre lo mismo, que no hay preguntas, que no hay interés por la posición del otro, que tan sólo se trata de una autoafirmación?

Ella me miró todavía más encoñada. Hay mujeres, mujeres muy vividas, no todas, claro; tampoco es tan difícil diferenciarlas, a las que le llega una edad en la que ven a alguien, a uno, que las rejuvenecen, que literalmente, sin razón alguna las vuelven locas. Sea quizá por haber pasado toda su vida entre manguis y malotes que la embarazaban a cuenta, las discusiones con los padres, con sus padres, con la odiosa madre, que encuentran a uno que no es demasiado gilipollas y al que ya parece importarle todo tres cojones, que es como si vieran la luz.

Me contó todas las cosas de la Navidad con sus hijos. Yo, gracias a ella, no dije ninguna. En otro tiempo no tan lejano la hubiese cortado para decirle las mías. 

Habló, la hice hablar otra vez (sé que le gusta), de sus antiguas correrías, de cuando era mucho más joven que ahora, de cuando fue una bestia parda sin miedo a nada, sin apenas hijos, tan sólo las dos del primer padre, de cuando vivió al límite del hambre al dejarlo, de sus fuertes adicciones de aquellos años, de su lucha, de los molinos, vizcaínos y leones que tuvo que hacer frente.


- Tengo que irme, Kufisto-
- Claro-

Nos besamos. Ya en la puerta ella se volvió:

- Te hace falta a ti más amor que a mi-


Recogí las pulgas.


Y otra vez todo estaba hecho.

"NADA DURA PARA SIEMPRE. NI SIQUIERA LA LLUVIA DE NOVIEMBRE"

 Hay días como estos; días en los que dices "mira, de verdad, a tomar por culo" Días que son como otra noche calurosa leyendo cigarro en mano y con los ojos rojos la última noticia estrambótica en la Red, esa que te obliga a apagar el ordenador, el teléfono, la luz y casi el automático antes de tumbarte desnudo en el gólgota que otrora llamaras colchón, nombre este casi olvidado después de tres semanas en un infierno de sol tan inclemente que ya parece tonto.

Suena el despertador. Son las seis y media de la mañana. Abres un ojo y ves cierta claridad a través de la ventana abierta. Un mes ha pasado desde el cenit solar y va notándose en la luz, no así en el fuego: todo el remanente pasado sigue ahí. Tu casa es un puto horno. Y tú eres el pollo que está dentro.

¿Cuanto has dormido hoy? ¿cinco horas quizá? Aún con menos te levantas como un toro en cualquier otra época del año. Pero ahora no. En ninguna otra circunstancia se siente la relatividad del tiempo como al despertar del sueño. 

Llegas el bar, enciendes alguna luces y la cafetera, vas colocando, quizá alguien entra y si no lo conoces le dices que todavía no está abierto, no hay problema, nadie busca problemas a esas horas, es demasiado temprano y flota una especie de solidaridad entre todos los que nos levantamos temprano. 

Salgo a la calle para bajar los toldos; el sol, el joven sol todavía medio subnormal, ya mira por encima del edificio de enfrente haciendo el efecto de una lupa en mi ventanal. "Es igual que yo -me digo- cuando tenía veinte años" Saludo al barrendero, un sonriente sudamericano casi sesentón que lleva su festiva música puesta al aire, y a la tía del perro que anda por la mediana, una tía seria, algo mayor, aunque de buenas piernazas.

A eso de las diez vuelvo a casa y desnudo otra vez me echo en la cama. Por un momento creo que voy a dormirme; pero no, falsa alarma. Otra. 

Me levanto, como algo, enciendo un cigarrillo, miro cosas en la Red y enseguida al dormitorio. Quizá ahora con el estómago tranquilo. Todavía hay tiempo hasta la una. 

Nada. Imposible. No sé las horas que paso en la cama al cabo del día. ¿Doce? 

Entro al bar y no me gusta lo que veo. Hay pocos clientes y la mitad no me gustan. Llega la chica de la ONCE, viene a mi lado, dice lo mismo de estos últimos días y le suelto la que mi cerebro reptiliano le tenía guardada. Tengo 49 años pero los veinte fueron al menos tan intensos como este verano. Me lo ha puesto a huevo y después de todo a ella no le parece tan mal pues se quedará un buen rato conmigo, ronroneando. ¡Qué coño, era la verdad!

De repente me cambia el humor incluso hacia quienes no me gustan, aunque no tardarán en irse. El público también cambia; viene hasta mi amiga, que hará un par de semanas que no la veo. Una mujer con muchos problemas. Hablamos. Reímos. La dejo hablar, lo está deseando. A las mujeres hay que dejarlas hablar y preguntarles algo de vez en cuando para que sepan que estás escuchando. En ocasiones es pura táctica y en otras, raras, por cierto interés profesional.


Se va. Viene otra gente. Hablo con gusto a quien se queda en la barra mientras de vez en cuando le echo un vistazo a las piernas cruzadas de la joven psicóloga que junto a dos compañeros está sentada en un taburete junto al ventanal.

Suena una canción que por alguna razón me recuerda "Sweet child o´mine" La busco eligiendo su radio para no dar más vueltas y la pongo. Es tonto, lo sé; ella no había nacido cuando Guns n´Roses publicó esa canción. Pero tampoco busco nada; es sólo para hacer más ambiente a mi buen humor. 

Y después empiezan a saltar de la lista una serie de canciones de mi juventud. Spotyfi es la mayor maravilla de Internet tras el audiolibro de Zaratustra en la voz de Artur Mas.


Todavía estaba allí cuando por los altavoces sonaron las primeras notas de "November rain"


Y entonces, de pura alegría, no me pude contener y de viva voz, mientras iba de aquí para allá, recogiendo vasos o sirviendo otros, canté aquella mítica frase, primero en su idioma y luego, en la segunda vuelta, traducida al español.


"Nada dura para siempre. Ni siquiera la lluvia de noviembre"




miércoles, 27 de julio de 2022

NO RECUERDO A CASI NADIE

 - Hoola, Kufisto.
- ¡Ey, hola! 

No me había dado cuenta de su llegada. Estaba mirando hacia el otro lado, hacia abajo, como casi siempre que salgo a fumar. Es más cómodo que hacerlo al frente; ahí está el resalte, los conductores reducen la velocidad y y por pura inercia echan una mirada hacia la puerta del bar. Hay quienes tocan el claxon o agitan la mano tras la ventanilla. Muchas veces ni los reconoces; o pasa que estás fumando en compañía de otro y ninguno sabe si era el elegido era él. Bueno, sacas la mano, o alzas la barbilla o mueves la boca y santas pascuas, yo qué sé. Otros miran como si les debieras dinero, o una explicación, o cualquier otra cosa que sólo Dios sabrá. Y también hay alguna que echa un vistazo, claro. Eso está bien. Pero vamos, que habiendo circulación prefiero mirar hacia abajo.

Pasamos adentro, se quitó la mascarilla, le puse una cerveza, saludó a los dos que había en la barra y tras hablar con ellos un par de minutos se la llevó a su mesa del ventanal diciéndome algo de la pronta venida de su camarada, un cliente que apenas quince minutos antes se había ido en compañía de otro tras decirme algo de una siesta, y así se lo dije a este a lo que respondió que acababa de hablar con él y que venía para el bar. Pues nada, perfecto, no me sobran los clientes. ¿De todas formas quien puede dormir con semejante calor? Y este de quien hablo menos, que lo suyo con Morfeo parece más asunto de Freddy Krueger.

Vino y esta vez pidió vino. Tinto, por más señas, aunque de la cámara. Suele tomarlo del tiempo pero eso ahora es demasiado absurdo. Antes se había bebido dos Voll-Damm´s (las suyas, eso sí, con la copa sin escarchar) y ahora se decidía por el vino tinto. 

Uno de los habituales hizo acto de presencia y tras él la avanzadilla de una cuadrilla a la que ahora le ha dado por venir aquí de vez en cuando. Bien, tengo pocos clientes, estos son cinco y ando a ver si los cazo. Las primeras veces lo hicieron un tanto incómodos, como unos que saben que el camarero sabe que vienen a su bar porque el de la esquina está de vacaciones; pero bueno, ya está abierto y hoy han vuelto a venir. Todos menos el habitual se saludaron con cierta efusividad, algo que tampoco ocurría por primera vez. 

Los dos de la barra, ambos tíos altos y de buena crianza, se fueron poco después que pagara el primero en llegar, uno al que no conocía y que sin embargo me miró al entrar como alguien que espera un saludo de reconocimiento. Fue cosa de un segundo, como lo de los coches, pero lo noté. Eso se nota siempre. Al otro lo conozco desde hace tiempo, es un cliente flotante que tiene una mujer estupenda.

Más cervezas, el vino del otro, el tercio del habitual que hoy está otra vez solo con su móvil; su camarada, mi compadre, anda de vacaciones por Cádiz con un colega, me envía vídeos y fotos, "que se joda quien no pueda"

Salgo a fumar. Son las tres de otra tarde de julio en La Mancha. Miro al frente. Algunos árboles de la mediana, los desprotegidos por la sombra de los edificios, ya están empezando a secarse. No doy tres caladas cuando aquel del principio sale a hacer lo mismo. A este sí lo conozco desde siempre. Nunca hemos sido amigos pero lo conozco y le recuerdo. En mi loca juventud fui muy amigo de uno suyo, uno de su quinta.

- ¿De qué año eres tú, Kufisto?
- Del 73.
- Yo del 72.
- También es buena cosecha.

Llevo puesta la gastada camiseta verde de Fischer pero no añado nada más. Empieza a hablar de aquellos años en la escuela, en el colegio de curas. Apenas puedo acordarme de él. Al relance salen los compañeros, los maestros y entre ellos el más célebre de todos, aquel que mejor me conoció, el único que me enseñó algo aunque al final acabara decepcionándole.

- Jamás olvidaré -le digo tras oír lo de su conocida muerte hará tres años- la última vez que estuvo por el bar, poco antes de su muerte. De lo que bebió y lo que me dijo al irse.

Se la cuento guardándome de decirle sus últimas palabras aún cuando en ese momento alguien llega a la barra dando golpecitos a modo de señal. Paso a la barra y paga lo suyo. Después viene el resto y les cobro a todos.

Ya no quedan más que los dos. Se han bebido cuatro cervezas y tres vinos en apenas media hora. Vienen a la barra. Hablan de los que se han ido y yo asiento a todo como si los conociera, como si alguna vez me hubiera emborrachado con alguno de ellos. No conocía más que a alguno de vista y al cliente de la mujer estupenda. Pero debería conocerlos a todos, a todos...

No, no me acuerdo de ninguno.


Se van. Cierro la puerta y bajo las persianas. Coloco la última carga del lavavajillas, apago el aire acondicionado, me sirvo una cerveza helada y enciendo un cigarrillo.


- ¡Kufisto! -dijo la última vez que lo vi, aquella noche en la que vino al bar en compañía de una pareja que le ayudaba a andar.
- ¿Qué, padre?

Y desde la puerta del bar, más colgado de los brazos de los otros que cuando entrara sin haber bebido dos Larios con cocacola, mirándome con cierta ternura y bajando un tanto el tono de la inconfundible voz de impenitente fumador que había sido me dijo:

- Tuviste que hacerme caso...

Me acerqué a él y le cogí la mano.

- Sí, padre. 

Brillaban sus inteligentísimos ojos. Los míos también. 


- Adiós, Kufisto.
- Adiós, padre.


jueves, 21 de julio de 2022

"ES DE FUERA. DE MADRID"

 Llegaron al bar casi a última hora. Los cinco clientes del fondo ya estaban levantándose de los taburetes, el solitario abogado es amiguete y los otros dos del ventanal eran de confianza. Apenas un par de minutos, los que aquellos tardaran en venir a pagar a la barra, y ya podría echar la llave para cerrar la jornada matinal. Pero...a veces pasa.

Él es médico; lo sé porque las dos o tres veces que le he visto por aquí lo hizo acompañado por trabajadores del hospital, aunque resultaba evidente que él no era uno de ellos, que era el jefe. No sé, es algo que se ve en la gente, tanto si va sola como acompañada. Es una manera de pedir las cosas, de mirar, de soltar el billete a la hora de pagar...lo ves. Y en este caso se confirmó de veras al ver la familiaridad con la que una de aquellas tardes saludó a un jefazo del hospital. 

Tendrá cerca de los sesenta años; el pelo blanco aunque íntegro, de estatura algo por encima de la media generacional, delgado, marcados rasgados faciales, nariz aguileña y ojos claros, muy vivos. La mujer con la que entró al bar era una gordita cincuentona, o puede que cuarentona, el sobrepeso avejenta, de cara vulgar (la nariz es clave en las mujeres) y bastante maquillada. Pidieron cerveza (él de barril, ella una Radler de Alhambra tras dudarlo un rato entre las diferentes opciones) y se fueron a la mesa alta del fondo.

¡Bueno, qué le vamos a hacer! De todas maneras apenas eran las tres, tampoco hay que ir con tanta prisa, el límite horario son las cuatro y ese también me lo salté hasta el corvejón hará dos semanas, precisamente con aquel antiguo jefazo del hospital, claro que este es caso aparte, estaba comiendo con unos amigos y me supo mal mandarlos a la calle sabiendo que después vendrían los licores caros y en fin...Que camarero y puta son casi sinónimos.

Conforme a lo previsto los dos del ventanal se marcharon poco después de servirle las cervezas al médico y su acompañante. Extraño par de dos estos, aún conociéndolos, sobretodo a uno, un chico de mi edad que nació enfermo y sin embargo todavía se esfuerza por caer bien a todo el mundo; a su manera, claro, deberíais verlo cuando algo no le cuadra: un odio indescriptible se trasluce en su mirada aún más que en sus palabras. Católico, soltero, misógino, de derechas, del Real Madrid, yo diría que virgen y con un trabajo de cierta responsabilidad a la hora de mover papeles. Todo el mundo le conoce y él conoce mucho más a todo el mundo. A veces tiemblo cuando me habla de este o aquel. Y no porque lo haga mal, al menos no siempre, sino por mi desconocimiento del entorno.Yo, que no me interesa casi nadie, aserto como ante libro malo para hacer avanzar el relato, aunque él no es tonto y creo que se da cuenta.

Son las tres y veinticinco. Hace un rato que apagué la tragaperras a modo de primera señal. Poco después había sacado el quicio de madera de la puerta abierta. Así el bar paree un poco más cerrado. El abogado me paga y pide cambio para tabaco. Sabe como va esto pero se vuelve a sentar a apurar el tercio sin dejar de mirar el teléfono. Oigo al médico decir algo de una cero. La mujer se acerca a la barra y pide la tostada de Mahou, la doble cero, y otra con limón para ella, aunque más pequeña si puede ser. Le digo que todo son tercios aunque si quiere puedo ponerle una caña de barril con limón. Acepta tras dudarlo un poco. Me iré a las cuatro.

Y al dejar los servicios sobre la mesa, con ellos absortos en su conversación, oigo que el médico pronuncia la palabra "libido" a cuenta de no sé qué tratamiento en base a pastillas. 

"Libido -me digo- Está hablando de la libido con una mujer, más que probablemente su secretaria, pues este se las habrá follado a todas y ya no quiere líos; del follar, de las pollas duras, supongo, aunque tal vez haya algo de sitio para la frigidez femenina. ¿Entonces es urólogo?"

- Una cerveza, Kufisto -dice el abogado volviendo a entrar con el humo del tabaco todavía en la boca.

Se la llevo y riendo me enseña en su móvil la previsión de temperaturas para los próximos días. El infierno no tiene fin en La Mancha, nunca lo tendrá. De haber estado solos como otros días ya con la puerta cerrada quizá le hubiera pedido que me invitara a una raya de cocaína.

- Me da miedo salir afuera, Kufisto.
- Es el infierno en la Tierra -respondo- A veces me pregunto si no será este el infierno.
- Jajaja...
- Si tuviera dinero...

Bajo las persianas del ventanal y la música; apago la tele; me sirvo una cerveza y me siento en el taburete mirando el teléfono. 

Son casi las cuatro. Quito la música. Sólo quedan las cuatro luces.

La pareja se acerca a la barra pidiendo la cuenta. Va a pagar ella. Él hace un amago pero no terquea. La chica saca un billete de cincuenta de euros dejándolo sobre la barra como alguien que no está acostumbrado a hacerlo. Es muy fácil de ver. Muy fácil.

Se van. También el abogado. Me quedo solo, recojo mis cosas y me voy a casa.


"Es de fuera -me digo mientras conduzco- De Madrid. Y viene aquí algunos días para hacer sus cosas"

martes, 19 de julio de 2022

LO SÉ

 El tono de la conversación del par de dos empezó a sobrepasar el límite tolerable incluso para un español. Era tal y como si estuvieran en la barra de una discoteca, sólo que en este caso la mantenían en la de nuestro bar a las tres y pico de la tarde de otro domingo cualquiera. Ambos divorciados, con hijos ya mayores, el uno en el servicio de limpieza del Ayuntamiento y el otro trabajando en el campo. Clientes domingueros, algo mayores que yo, conocidos de toda la vida y de parecidos gustos musicales al mío de juventud que, sin embargo, no han variado un ápice con el paso de las décadas.

Siete tercios de cerveza los contemplaban cuando poco antes se marchó el penúltimo compadre, el más joven, uno de mi edad, otro mal divorciado con hijos que anda de acá para allá, Europa incluida, con tal de no estar en el mismo pueblo que su ex. El primero en irse había sido el último en llegar, el más listo, un mozo viejo recién jubilado, fanático del Real Madrid, que se ríe de todos nosotros: "¡Jamás pensé que se pudiera vivir tan bien!" Pero en verdad la cosa siempre es mano a mano, el barrendero y el agricultor; luego, a última hora, suele aparecer el mozo viejo, se bebe dos y se larga riendo; y de vez en cuando el otro. 

A eso de la una llega el agricultor con los auriculares puestos, que no se quitará hasta la más que previsible venida de su amigo el barrendero. Se sienta en su sitio de la barra, como en la escuela, y mira el teléfono cabeceando de vez en cuando al compás del jevi que está oyendo. Al rato aparece el otro y me mira en silencio desde la puerta como diciendo "¡verás!" Le da un pequeño toque, el amigo pega un respingo, se caga en todo y le saluda insultándolo. Hay confianza. Hay que demostrar la confianza. La vida es algo así como una perpetua demostración ante uno mismo o ante los demás, como una prueba para algún papel en Dios sabrá qué obra. Y cuanto peor es la película que al final te toca representar más te metes en el papel, más lo quieres, aunque a veces te cruce por la mente la idea de que no es posible que después de tanto tiempo el silencioso director de la obra siga al menos mirándote desde la oscura platea. Pero ya da igual.

El "Kill´em all" de Metallica. "Mátalos a todos" Sí, buen disco para cuando uno cumplió catorce años en los ochenta. 

- Ese disco -decía poco menos que gritando el agricultor- se lo regalé yo a Toni.

Otra vez. Era la cuarta o quinta ocasión en la que escuchaba la historia del disco y del común amigo muerto hará dos años, un tipo con el que nunca cambié dos frases y que sin embargo, sin saber yo la razón, o al menos sin recordarla, siempre me miró como si le debiera algo de valor.

- Buen tío -digo siempre, acotando.

De ahí, sin dejar de vocear nada más que para beber, loando hasta extremos indecibles al amigo muerto y su pasión por el jevi, pasaron más atrás, a sus tiempos de juventud, incluso al de la niñez. Los tercios de cerveza seguían cayendo en sus abultados estómagos.

Yo estaba en el otro extremo de la barra, consciente de mi importancia como espectador visible, incluso tangible. "Buen tío...buen disco...buen concierto...buen año para el jevi...buenas pajas...buen garito..." Y ellos se animaban aún más y me cortaban, se superponían nerviosos cuando ya un poco animado por un par de cervezas intentaba desarrollar algo más. Era imposible.

Muy pronto me iría dejándolos al cargo de mi hermano pequeño, un chaval para el que todas esas cosas son algo parecido a Cicerón y sus catilinarias.

Y me fui tras despedirme al paso.

Quizá acabaron en el puticlub. Es bastante posible. Hay domingos en los que acaban en el puticlub, el único que hay sin salir a la carretera.


En casa intenté dormir pero no pude hacerlo, tampoco esta vez. El calor era insoportable aún en el dormitorio con sus ventiladores. Qué tortura de verano. "El buen tiempo" El buen tiempo...


Cuatro horas más tarde me levanté del sofá del salón todavía con la noche sin terminar de derrumbarse, dejando a Hans Castorp en la Montaña Mágica justo cuando el regreso de madame Chauchat estaba a la vuelta de la esquina. Ahí dejé de leer.


Sé muy bien como acaba esa historia.


Lo sé.


No hace falta que nadie me lo diga.





viernes, 15 de julio de 2022

OTRA TARDE SIN DORMIR

 Por fin en el ascensor me acordé de Pepito Sonrisas, el de la tienda de chuches de cuando éramos chicos. La puerta se abrió y vi que también lo estaba, aunque sólo entornada, la de los vecinos del otro lado, unos sudamericanos realquilados; mejor dicho, una discreta señora sudamericana a la que suelen visitar sus hijos, supongo que a llevarse la comida pues siempre huele a cocina. Cosa rara, se oían los excitados chillidos de una niña. "Oh, Dios mío..."

La formación de las tormentas es una cosa bastante sencilla de entender: dos corrientes, una baja y otra alta, cruzan sus caminos y de ahí nacen los truenos y los relámpagos. Será que una pierde ligereza y empieza a caer sobre la otra, o que esta, sin embargo, pierde pesadez anhelando ser más ligera y no siéndolo aún lo suficiente choca contra la que baja. Cuando todos los aires del cielo están altos, el día es claro y despejado; cuando todos los aires del cielo están bajos, el día es oscuro y puede que llueva. No siempre; a veces, muchas, no llueve. Sólo está oscuro. Y en alguna rara ocasión se produce como una especie de ceda el paso de autoescuela y sale el arco iris, esa cosa maravillosa que nadie, ni el más bruto de los hombres, puede dejar de mirar siquiera por un momento. Pero esta es la excepción.

Él llegó al bar a eso de la una y media, poco después de mi segunda venida. Lo hizo solo, como otras veces, pidió cerveza, tomó asiento en una mesa alta y miró el móvil. Es un tío todavía joven, no tendrá cuarenta años, casado y padre de una niña. No es que tengamos una amistad siquiera de barra pero nos conocemos, sabemos quienes fueron nuestros padres. Salí a fumar, la cosa estaba tranquila, y de reojo vi que llegaba la mujer con la niña en compañía de un tío que no conocía. Nos saludamos, retiré la cortina para ella, entraron, tiré el cigarrillo y pasé para adentro.

Pronto se trasladaron a una de las mesas del ventanal. Allí les acerqué las cervezas y un zumo para la niña, muy crecida desde la última vez que la vi hará poco más de dos meses. Es increíble los estirones que meten los críos. 

No tenía su zumo y le ofrecí otro.

- Vale. De limón.
- ¿Con pajita?
- No. En vaso y con un hielo -respondió convencida dejando por un momento de mirar el teléfono.
- Ya es mayor -dijo la madre.

También yo sonreí.

Así se fue casi una hora, entre contadas salidas al salón y canciones de los Cure y bandas relacionadas por Spotyfi. Presté atención cuando "Catch" saltó. Hacía un montón de años que no la escuchaba. Qué buena es. 

Y de pronto llegó ella, mi amiga, con dos de sus hijas pequeñas.

Hacía un par de semanas que no la veía, un tiempo bastante largo y corto a la vez, aunque por diferentes motivos. Siempre con prisas, eternamente acelerada por tantos hijos que cuidar, pidió cerveza una vez que me dio un fuerte abrazo y unos cuantos besos correspondidos a mi "sosa manera" y se fue con ellos, con sus vecinos, o al menos la pareja lo es. Y entonces las corrientes, altas y bajas, empezaron a entrar en colisión. 

Tres niñas pequeñas juntas en un bar. Por separado están más o menos a lo suyo, sin dar guerra, unas más y otras menos, por supuesto, pero cuando se juntan, cambian. Y también los grandes: por un lado son de una forma; por el otro, cuando se mezclan, son de otra. Y de ahí, de la mezcla, nacen muchos errores y equivocaciones.

Más cerveza, zumos para las alocadas niñas que luego se dejarían prácticamente, bolsas de patatas fritas que sí devoraban, las voces de los mayores cada vez más altas, más excitadas. 

- ¡Sal a fumar, Kufisto! -me gritó desde la puerta.

Salí a fumar. Tenía ganas de fumar. Me dio otro achuchón. Estaba con la otra, una chica diez años más joven que ella. Hablaban de cuando eran jóvenes y en días como este fumaban porros con los amigos en la piscina municipal, de como se divertían, se cortaron de mentar la cocaína que aún la más joven se mete cuando puede y mi entrañable amiga no porque "ya no puedo"

- No me quieres, Kufisto. No me quieres como yo te quiero.

Sí. Esa era otra de las canciones que había oído antes que llegara: "I love you more than you love meeee..."

Entraron dos parejas, una habitual de estas dos últimas semanas y la otra una que enseguida vi que no iba a ir bien con el pandemonium que ya había dentro. Ella, sobretodo, me recordó a la fotografía de una jugadora de ajedrez que vi en una revista cuando empecé a interesarme por el juego. Pero entre que uno llega a un sitio y se sienta y tal, si no está muy avispado o demasiado enfermo, el camarero tiene tiempo para salir rápido, poner el capote en medio y sacar unas cuantas cervezas del lance. De todas formas no tardaron quince minutos en irse. Suficiente.

La parte buena era que ya casi estábamos solos, con la excepción de Kámel y el abogado que va a su puta bola. Kámel se fue al water, estuvo sus buenos quince minutos en él, y al salir vio que las niñas habían tomado posesión de su mesa. Confundido vino a la barra, pidió otro chupito de whisky que bebió del trago acostumbrado y murmurando algo ininteligible miró a uno y otro lado hasta que vio su hatillo en la mesa de los otros, pues mi amiga se las había recogido para que las niñas no hurgaran en él. Lo vi salir, coger la bicicletilla y marchar con ella andando hacia la calle de enfrente. El abogado, a todo esto, seguía imperturbable en la mesa adyacente, mirando cosas en su teléfono y bebiendo tercios.

Tres y casi y media. Hora más que de cierre ahora en verano. Debería estar en casa, tumbado en la cama, sino durmiendo al menos con los ojos cerrados. Apagué la tragaperras, la música y el televisor, las luces, bajé las cortinillas y me serví una cerveza. El abogado se fue.

- ¿Cierras, Kufisto?
- Sí
- Pues venga, la última.

En ese momento entraron dos buenos clientes. 

- ¡Estás abierto, Kufisto?
- Si queréis una cerveza rápida, sí.

Pero viendo el pampaneo se salieron afuera.

Las corrientes, los aires, el sol, la luna, las montañas y las estrellas ya estaban todas mezcladas. Las niñas pasaban a la barra para pedirme cosas, gusanitos y patatas. Una de ellas, la del estirón, me dijo que le colocara las cintas del bañador, que le hacían daño en la espalda. A esto entró un calvo y le dije que no había lugar, con la mala suerte que al salir él entraron dos currantes con sus monos, uno de ellos amigo mío de juventud, uno que me hizo una putada que jamás olvidaré, pero conocía a mi amiga y se abrazaron y tal...

- ¡Ponles cerveza, Kufisto!

Me cago en Dios.

- La pongo, pero cierro la puerta ya.

Salí a la calle y avisé a mis dos clientes. El calvo, dudando, todavía andaba por allí con su chica.

- Entrad que cierro. No importa que estéis fumando.

Entraron un tanto acojonados. La más pequeña de las niñas se echó a llorar en cuanto vio que cerraba la puerta. Un terror indescriptible se dibujaba en su cara. Era evidente que no le gustaban las puertas cerradas. Su madre, mi amiga, tuvo que cogerla en brazos y con todo y con eso no dejó de llorar, aunque menos. Los dos clientes se marcharon unos minutos después.

- La última, Kufisto. Tómate una, que la pago yo.

Otra cerveza. Voces, gritos, lloros...

- ¡Y ahora a mi piscina! ¡A bañarnos todos! ¿Te vienes, Kufisto?
- Cuando despierte de la siesta.


Se fueron. Recogí los restos. Encendí otro cigarrillo y me serví otra cerveza. 


Qué silencio, joder.


Qué silencio.

jueves, 14 de julio de 2022

LOREN

 



Cuando uno va por la calle con el abrigo puesto en pleno mediodía del julio manchego es que al menos tiene un problema. Y si a esto le añadimos un caminar como de pueblerino en la Quinta Avenida de Nueva York ya tenemos dos a simple vista. 

Los coches paraban a fin de que cruzara el paso de cebra. Desde el ventanal del bar podía ver los alucinados caretos de sus ocupantes. Loren, el protagonista de esta historia, una vez alcanzada la mediana hacía señas con el brazo a modo de guardia de tráfico para que los coches que bajaban por ese lado siguieran su trayecto. Necesitaba recuperar el resuello. Después hacía otro esfuerzo y llegaba a la acera de nuestro bar, quedándose un ratito en la puerta antes de decidirse a entrar.

Mano derecha durante muchos años de un conocido hostelero del pueblo era una especie de hombre para todo que lo mismo arreglaba pequeñas averías de los diferentes locales, que los pintaba o cualquier cosa que se terciara. Ejercía también como de controlador para que las cosas no se salieran de madre, aunque de ningún modo pueda decirse que fuera un tío fuerte ni nada de eso. Pero conocía el ambiente, llevaba toda la vida en él, y eso es un gran punto en el negocio. Hombre tranquilo, de parsimoniosas formas, nunca le vi borracho. Ni sobrio. Era de esa clase de alcohólicos que una vez alcanzado tal estado parece ser el suyo natural. En ningún momento, en ningún sitio le vi perder los papeles. Es más, en alguna ocasión logró que yo no acabara por perder los míos. Pero todo esto cambió de unos pocos meses a esta parte. No su carácter, eso no, sino su actividad: se le veía cada vez más deteriorado en lo físico aunque también la parte mental sufría un considerable aumento del típico despiste alcohólico. Cada día que pasaba era más difícil mantener una conversación con él; le costaba un mundo fijar la atención y en muchas ocasiones saltaba por cerros que no venían a cuento para enseguida dirigirse a la tragaperras junto a su inseparable copa de anís con hielo.

El pasado viernes llegó a eso de la una y media. Lo hizo con el abrigo que llevó durante estas últimas semanas, pidió su copa, hablamos algo sin sentido alguno y se fue a la tragaperras. Desde mi esquina de la barra le echaba un ojo de cuando en cuando. No estaba seguro de que estuviera jugando. Y si lo hacía se lo tomaba con mucha calma. Entre jugada y jugada hablaba con ella, le musitaba cosas que nadie que no lo estuviese mirando podría oír. 

Eran casi las tres y media cuando empecé a bajar persianas, apagar luces y bajar el volumen de la música.

- ¿Cierras ahora, Kufisto? -preguntó.
- Sí, Loren.
- ¿Y a qué hora abres?
- A las seis media.

Las mismas preguntas y respuestas de estos últimos días. 

Se vino a la barra, se fue la última pareja que quedaba en el salón, eché la llave, me serví una cerveza, encendí un cigarrillo, saqué el cenicero y le dije que podía fumar si quería. 

- Estoy hecho caldo -dijo encendiendo uno de sus puritos- Tengo la pierna destrozada.
- ¿Pero qué te ha pasado?
- Me caí.
- ¿Te caíste? ¿Donde?
- En una obra. En Madrid.
- No jodas.
- Sí. De un décimo piso.
- ¿Que te caíste de un décimo piso y sigues vivo?
- Me agarré de ...cuando llegaba al segundo.
- Me cago en la hostia puta. Para haberte matao.
- Ya es la tercera vez.
- ¿La tercera vez de qué?
- La tercera vez que estoy a punto de matarme.

Entonces, erráticamente, me contó las otras dos.

- La madre que te parió, Loren. Eres inmortal.

El domingo se repitió la misma escena, sólo que peor. A su sempiterno anís, ya con la botella en mis manos, esta vez le sucedió un tinto de verano que me dejó estupefacto. Mis miradas esquineras hacia donde él estaba jugando se cruzaron en algún momento con la suya, la boca abierta. Era como si no me viera, o eso es lo que sentí. Era como si él estuviese viendo otra cosa.

Poco antes del cambio de turno salió a la terraza apenas sombreada desde hacía una hora. El calor era insoportable y ahí estaba él, sentado con el abrigo, las gafas de sol puestas, su segundo tinto casi entero, la tez más cenicienta que nunca. Le había dicho que comiera algo, cualquier una cosa, una pulga de chorizo o algo del arroz que había sobrado del aperitivo, a lo que respondió que no le entraba nada y que su hermano mayor con el que convivía en la cercana casa familiar había comprado una caja de langostinos y quizá comería un par de ellos cuando llegara a casa. 

- Bueno, Loren, me voy -dije.
- Yo también me voy a ir pronto. Pero se me hace tan largo el camino hasta casa...
- Ya...Adiós, Loren.
- Adiós, Kufisto.

Abrí la puerta del coche.

- Oye, Loren, ¿te acerco?
- No, no...No te preocupes. Ya me voy yo luego. Poco a poco.
- Bueno, adiós.
- Adiós, Kufisto.


Esta mañana, a eso de las nueve y media, llegó uno de mis hermanos para el habitual cambio de turno en los días de diario. 

- ¿Te has enterado de quien se ha muerto?
- ¿Quien?
- Loren.
- ¿Qué Loren? -respondí estúpidamente. Conozco a varios, sí, pero sólo podía ser ese Loren.
- ¡Pues Loren, quien va a ser!
- ¿El borr...? -no terminé de decirlo avergonzado por el calificativo.
- Sí, Loren.
- Joder...Estaba fatal. Me dijo que se cayó de un andamio desde un décimo piso...
- ¡Qué se va a caer de un andamio!

Qué tonto soy. Me lo creo todo.


Loren soñó que se caía desde un décimo piso y en el último momento agarraba algo que le había salvado de la muerte. Y se lo creyó. Yo también.


Regresé al bar a la una. Enseguida, yo que soy tan despistado, mientras dejaba las llaves sobre el mueble expositor, me di cuenta de que allí había algo raro.


Alcé la vista. 


En el botellero central, en la bandeja superior, ahí donde se exhiben nuestros licores más caros, esos sólo al alcance de los bolsillos más pudientes, en posición central y un paso al frente de todos ellos señoreaba una botella sin abrir de su marca de anís.


Descansa en paz, amigo.




miércoles, 13 de julio de 2022

ANTES DE LA VENIDA DEL SOL




 Ahora el tipo leía un texto, el final de la historia, la del amor imposible entre un hombre y una diosa. Casi con lágrimas en los ojos, la voz quebrada, la "muerte de amor" del Tristán de fondo como muleta y unos largos encadenados de fotogramas y pinturas venidas al caso, el curioso psicólogo argentino, el persistente buscador de lo oculto, el autodenominado "mago de mano derecha" y fundador de su propia escuela iniciática parecía verse a sí mismo en las palabras que, esto sí, con la acostumbrada e incomparable dicción que le caracteriza iban saliendo de su boca.

- Basta -me dije- ¡Basta! Suficiente. Se acabó. ¡También yo podría hacerlo con esa música de fondo, no te jode! ¡Hasta ver a un mono pajeándose se transformaría en algo profundo si es con la música del Tristán! Basta, basta...Qué calor, me cago en dios.

Eran las ocho y media de la tarde y el salón parecía estar a punto de alcanzar la temperatura adecuada para empezar mi cocción.

En la cocina fregué unos cuantos platos retrasados más por sentir el agua corriendo sobre mis manos y muñecas que otra cosa. Al terminar vi que la gata estaba allí, junto al radiador, toda estirada, en silencio y sin moverse lo más mínimo. Tan ofuscado había entrado a la cocinilla que ni la había visto.

- ¡Así que estabas aquí, eh! -le dije a lo cual respondió sólo con un movimiento de sus grandes ojos- ¡Chica lista! ¡Tú sí que sabes...! Ganas me dan de tumbarme aquí, contigo, pues si tú estás aquí seguro que este es el sitio más fresco del piso...Sí, no se está tan mal aquí, no...No allí, en el salón, con el ventanal, aunque tenga la persiana bajada hasta los topes. Y encima viendo gilipolleces. ¿Lo podrás creer? He pasado casi dos horas viendo otra vez a ese tío, sí, al mismo que el otro día mandé a la mierda después que borrara un comentario mío un tanto crítico con este último vídeo. Claro que yo estaba un poco borracho y tal, bueno quizá bastante, y puede que fuera un poco ácido pero eso no daba...El otro sí, en el otro lo mandé a tomar por culo y me desuscribí de su canal después de tantos años. Pero no creas, que al día siguiente estuve a punto de suscribirme otra vez, arrepentimiento de borracho, pero no, no lo llegué a hacer. En fin, vamos a ver algo más en Youtube, quizá a esa joven pastora, algo coño, hay que hacer tiempo hasta que al menos sea de noche. Bueno, te dejo tranquila. Hasta luego.

Me tragué el último de la brava pastorcilla y sus problemas con los bancos. Después tiré de suscripciones y casi abajo del todo vi ese canal de cocina de la eslava asturiana, Esvieta; qué bien suenan los nombres eslavos.

- ¡Hola, amigos! -decía alegre, saludando con la mano, sin importarle que llevará un par de años pasando de ella.

Vi cuatro o cinco vídeos, sonriendo siempre que ella aparecía en pantalla, esto es, al principio en la presentación y, sobretodo, al final con la degustación. Qué encanto de mujer. Qué bien come. Y qué bien cocina.

La noche no fue demasiado mala. Dos o tres veces desperté con la almohada empapada, dándole vueltas por tandas como si mi cabeza fuese un horno que esperara encontrarla en su punto al despertar. 

¿Y el día laboral? Bien, normal, uno más. Ayer fue muy bueno y hoy no tanto. Claro que ayer estaban cerrados casi todos los bares de alrededor. La gente es de costumbres. Una gaviota no hace verano y todo eso. Es tontería luchar contra el verano. Sólo hay que pasarlo para alcanzar el siguiente.

La cuadrilla de todos los días, hoy un tanto exigua, se marchó un poco antes, a eso de las tres, quedándome solo con el abogado y Kámel, el pobre que bebe chupitos de J/B.  Lo había visto subir la avenida con la bici y el macuto arrastras una media hora antes, mientras andaba recogiendo los toldos para que al menos corriera algo de aire en la puerta ya liberada del fuego de los rayos del sol. 

Apagué la tragaperras y la televisión y bajé las persianas del ventanal.

- ¿Cierras ya? -preguntó Kámel
- Sí, pero tómate la caña tranquilo, sin prisas -De vez en cuando mete una caña entre los chupitos que se bebe de un trago en la barra, a veces acompañada de una pulga, hoy de anchoas.

Eché la llave a la puerta y no pasaron dos minutos que Kámel vino a la barra con la caña mediada y bebiendo un trago se despidió. Y apenas otros dos para que el abogado hiciera lo mismo. Buena gente. Ya sólo faltaba colocar la última carga del lavavajillas para beberme con tranquilidad fuera de la barra la copa de cerveza helada y fumar el cigarrillo con el que cierro todas estas mañanas de verano en el bar. Pequeños homenajes. Pequeños recuerdos.

Y entonces fue que la lista de Spotyfi soltó "Lovesong" en su versión extendida.

Compré ese maxi cuando tenía unos veinte años. Era muy fan de los Cure. De hecho, a estas alturas, puedo certificar que ellos ya son una de las cuatro o cinco bandas de mi vida. Y ya no hay ni tiempo ni espacio para más bandas. Pero es que esa canción, y mira que tienen canciones, me llegó muy fuerte. Por eso compré aquel maxi de maravillosa portada.

Tenía veinte años...y esto empieza a hacerse largo una vez más. 

Yo estaba enamorado. Ahora la veo de vez en cuando por la calle paseando a un gran perro y nos saludamos sin pararnos, aunque sonriendo. Tiene los mismos ojos, la misma mirada, lo que más me gustaba de ella; más cansados, sí, pero el cuerpo ya es muy otro. Está sola. No ha sido madre ni ya podrá serlo. Pero entonces estaba muy colgado de ella. Y ella de mi, aunque su sueño fue más veraniego, no como el mío, que parecía ser el de un oso polar. 

El amor...Conozco a uno, un buen amigo y cliente, divorciado con un hijo entre medias, un alcohólico de buena, muy buena posición, que sigue creyendo que al final, aún en la vejez, se juntará con el amor de su vida, una mujer casada y con un hijo de la que anda encoñado desde siempre. Yo creo que eso, por imposible que parezca, es lo que todavía le mantiene vivo; el sueño del amor, del amor soñado, del recuerdo de un sueño. 

La juventud. Ser joven, haber amado. Era la orquesta ensayando, haciendo ruido para afinar los instrumentos. Algunas veces, casi todas, era sólo eso, ruido. Pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, sin que te dieras cuenta, un raro compás te pillaba a traspié y entonces oías como algo dentro de ti decía:

- ¡Chist! ¡Escucha! ¡Está aquí! ¡Delante de tus ojos! ¡Mírala, idiota! ¡Mírala bien! No es una amiga, es tu amante.


La muerte de amor de "Tristán e Isolda", pase lo que pase en el mundo, hará creer en el sueño del amor por los siglos de los siglos. Puedes poner a una rata comiéndose un...
 

Pero cuando ya viejos y arrugados nos encontremos por ahí, solos y ya medio podridos en vida, paseando por las calles, quizá, quien sabe, te diré:


-¿Recuerdas esta canción?





sábado, 9 de julio de 2022

Y DE PRONTO ME CAYERON BIEN

 Veinte años han pasado, veinte, desde que rebotado del viejo bar vine aquí, al nuevo abierto hacía tres por dos de mis hermanos, los dos siguientes a mi, el mayor. Hay algunos meses más, diría que unos ocho. Veinte años y ocho meses.

Durante todo ese enorme espacio de tiempo he conocido a mucha gente. Algunos ya no están y otros dejaron de venir. He visto a niños crecer hasta convertirse en adolescentes huidizos de sus padres y luego, ya algo mayores, hechos unos hombrecitos o mujercitas y con los viejos fuera de juego, venir a la barra para pedirme un cubalibre; con cierta timidez al principio, sí, por supuesto, yo era mucho más viejo, pero enseguida se soltaban. Después de todo me iría pronto, sería sustituido por mis dos hermanos pequeños, mucho más jóvenes, aquellos que sustituyeron a los fundadores que hartos de este trabajo lo dejaron por otros menos esclavos. 

¿Hace cuanto tiempo que conozco a las dos parejas de hoy? ¿Quizá quince años? ¿Dieciocho? ¿Ya estaban por aquí cuando yo llegué? No lo sé, no lo recuerdo bien. La memoria está fuera del tiempo. Recuerdas algunas cosas pero no podrías asegurar ni siquiera aproximadamente el tiempo pasado. Claro que los hombres de ciencia hablan de cientos o miles de millones de años para explicar accidentes geográficos o desarrollos evolutivos, por no hablar del Universo y sus millones de años luz, y todo ello, por supuesto, con un gran margen de error, es decir, diez mil años arriba o abajo en la datación de una era geológica es una fruslería, ni qué decir tiene lo que será hablar en términos astronómicos, y sin embargo uno se cabrea, o al menos se mosquea, cuando apenas veinte años después no puede certificar lo que pasó en su vida sin temor de caer fuera de la red, cada vez más pequeña a tus estrictos ojos, cansados ya, ¡encima!, de tanto ser forzados a mirar atrás.

Pero no creáis; con todo y con eso conservo algunos tiempos, algunas certezas; fechas clave, años decisivos...Eso sí lo recuerdo bien: 1987, nueve de marzo de 1992, quince de mayo de 2005, catorce de febrero de 2009...

A una de las chicas de esta tarde, una de las mujeres por mejor decir, pues ya estará más cerca de los sesenta que los cincuenta a los que poco me falta para llegar, la conocí cuando todavía estaba con su marido. Formaban parte de un gran grupo de parejas maduras, uno de esos que se conocen desde la juventud, que se casaron y tuvieron hijos y todo lo demás pero que en cuanto podían quedaban entre ellos y salían por ahí a pasarlo bien. Gente que todavía se casó por el poder de la Iglesia pero con cuerpo, alma y espíritu fuera de ella desde hacía mucho tiempo.

Una de esas madrugadas en las que yo todavía cerraba el bar (¿hará cuanto, trece años?), con ella muy borracha y de facto separada por decisión propia y en compañía de la única amiga soltera del grupo, una ninfómana muy potente, terminé de fregar el bar y echando la llave me eché una copa con ellas. Hablaba de suicidio y todo eso. Estaba muy, muy borracha. Dos horas, o al menos una, pasaron hasta que pudimos irnos de allí.

¿Cuantos años lleva con el tipo con el que está? ¿Cinco? ¿Siete? ¿Diez? Él es de otro pueblo, de uno con fama de muy bestia, el típico macho hispánico, conquistador por sus cojones. Conocí a su ex ya cuando no estaba con él, una de las mujeres más locas que me haya encontrado.

Y allí estaban hoy las dos parejas, una fracción del viejo grupo, en nuestro bar. La otra sigue casada, como el resto, que no ha habido más divorcios entre ellos. 

Bebían cerveza en la barra. Tras la segunda ellas se pasaron al tinto de verano.

- ¡No! -exclamó ella- No me eches vermut, Kufisto-
- Bueno -respondí- pues entonces este es para Ana.
- ¡Qué rico! -dijo Ana
- Bueno -dijo ella- Échame un poco de vermut. Creía que era mora 

Siguieron con la charla, al final ellas por su lado y ellos por el otro. Me senté en un taburete esperando el próximo relevo.


Y de pronto me cayeron bien. Todos estos años, todo este tiempo, los he visto como gente tan extraña a mi como yo a ellos. Evidentemente yo no era de su grupo; llevo solo mucho tiempo, habrá quien diga que soy maricón, por mucho pueblo grande que este lo sea sigue siendo pueblo manchego, aunque de todas formas el otro día, al salir para uno de mis paseos, vi carteles pasados de la celebración del orgullo gay. Algo está cambiando y tal, cosa que por otra parte me la suda bastante.

"Dos parejas, casi sesentonas o al menos a las puertas, los hijos criados y ahí siguen, saliendo a tomar cervezas, a beber entre viejos amigos conocidos de toda la vida, manteniendo aquella amistad de cuando fuimos jóvenes; casados, separados, con hijos que ya son mayores y viven su vida, que ya no te necesitan para nada...¿Qué extraño? ¡Y todavía ríen hablando entre ellos! ¡se descojonan! ¡Y no hablando de La Montaña Mágica! De hecho ella acaba de decir "robotes" refiriéndose a no sé qué tema ¡A nadie le importa que robotes sea robots! ¿Robotes? ¡Pues robotes!"

- ¡Cerveza, Kufisto! -dijo el macho- ¿No cierras, no?
- No. El finde no cierro.

Dos cervezas. Ellas todavía tenían tinto verano. Los hombres beben mientras escuchan. Las mujeres beben cuando tienen sed o hay algo que no les cuadra.

"¿Y por qué sin beber -me preguntaba yo- estoy tan cómodo hoy con esta gente que de ordinario me parece tan estúpida?"

Y entonces recordé que ayer estuvimos de papeleos. Notaría. Mi padre, nuestro padre, fallecido hace cinco años y pico, murió sin testar, como no podría esperarse de otra forma. Y mi tío, mi segundo padre, un hombre que ya está muy enfermo, se ha preocupado de arreglar papeles y tal para el asunto de la casa familiar. Y allí no vimos todos, los cinco hermanos. Pero una cosa que debería haber sido cosa de un momento, de una firma, se transformó en una larga espera, pues uno de mis hermanos tenía caducado el DNI, y a pesar de la cita de renovación era imposible hacerlo sin tener el regla el documento, por mucho certificado electrónico de una próxima renovación guardado en tu teléfono. Y la gestión que apenas era cosa de minutos se alargó hasta las tres horas, hasta cuando ya la notaria decía que tenía que irse a Madrid.

Tuve mucho tiempo para hablar afuera con mi hermano, el que vive en otro pueblo, con el que a fin de cuentas me crié. Una amistad enfermiza que duró mucho tiempo después de habernos pegado tres o cuatro veces al día hasta que tuvimos once o doce años. Recuerdo que un tarde, siendo chicos, tras habernos matados vivos en una de esas peleas que quedaban olvidadas a los diez minutos, alguien, creo que él, arrebatado por el furor, dijo "¡me cago en tu padre!" Y entonces, como uno que ve el límite, respondí que nuestro padre era el mismo y que era como cagarse en él.

Al salir de la notaría, en la calle, a petición, nos hizo varias fotos el de la gestoría, un tipo que tenía que estar allí con nosotros, uno del Opus.

- Nunca os he visto a los cinco juntos- había dicho casi riendo mientras, al fin, esperábamos que la notaria diera inicio a su obligada perorata. Reímos. Sí. Es muy raro. Es muy raro ya. Y desde hace mucho tiempo. Pero fue una cosa buena. Estaba en casa cuando recibí el wasap de mi hermano pequeño con la tirada de cinco fotos, mi tío entre nosotros con la mascarilla puesta en una de ellas.

- ¡Pero quítate la mascarilla! -dijo alguno

Y se la quitó.


- Dos cervezas más, Kufisto. Y a estas que les den, que no hacen más que hablar -dijo el macho.


"¡Qué bien se lo pasan! -pensé- Un suspiro y tendrán sesenta años y siguen hablando, bebiendo y riendo"


Y de pronto me cayeron bien.





jueves, 7 de julio de 2022

SALVADO POR EL MAL

 Hans Castorp deliraba perdido en la tormenta blanca de la montaña mágica. Soñó con la rocosa playa de un cálido mar rodeado de innumerables islas; aquí y allá, donde quiera que fijara la vista desde la atalaya en la que estaba sentado, veía sonriente juventud de bellos cuerpos. Una madre amamantaba a su hijito que, torpe y ciego todavía, todo olfato, tenía que ser ayudado para encontrar el manantial de la rica leche. De pronto ve a un hermoso joven que le mira sonriendo un poco más abajo. Y de golpe, mirando por encima de Hans, cambia la expresión y una mueca de terror se dibuja en su rostro. 

Las tres de la tarde de un día de julio en La Mancha, hora de ir recogiendo en el bar. Una pausa. Un intermedio. Tres horas más, tres y media, y el bar volvería a estar abierto, pero esta vez con otros tras la barra.

Cuando a eso de las diez regresé a casa tras acabar la primera parte de mi turno no lo dudé y me metí en la cama. Tenía tres horas por delante y la comida hecha; pero dormir, el sueño, es otra de esas cosas que uno no puede controlar. Media hora más tarde estaba comiendo más por atraer al sueño que por hambre. Y sí; poco, me costó mucho, pero algo dormí antes de volver al bar.

Otro mediodía. Uno más. A cuentagotas fueron llegando algunos clientes habituales. A eso de la dos menos cuarto entró una cuadrilla de cuatro tíos, cuatro pijos, conocía a uno de ellos, el marido de una mujer con la que anoche, sin motivo alguno, fantaseé hasta caer rendido entre el calor y el ruido de los ventiladores.

Maestros, creo; ella lo es, desde luego. Es más, el fin de semana pasado, me dijeron que está de directora en el colegio privado donde yo estudié. ¡Mira! ¡Ahí está! Del sábado a hoy que es jueves y la mente te lo reserva hasta anoche; y al día siguiente, sin motivo alguno, aparece su marido.

Cerveza. Mucha educación. Demasiada. Pijos. Pijos. Estuviste entre ellos una buena puerta de tu infancia, tronco.

Eran las tres y cuarto de la tarde y aparte de ellos sólo quedaba el abogado de mangantes, uno de mis habituales. Al rato llegó uno de sus clientes, un rumano, un mostrenco tatuado.

Bien. Tres y media como mucho. Luego a casa y a escribir lo de Castorp.

Pero vino uno de mis hermanos, uno que curra en un trabajo duro. Yo ya tenía las persianas bajadas, el televisor apagado y todo lo demás, aparte que me había echado un par de cervezas y eso siempre ayuda.

Hablamos. No es fácil. Hablamos bien, como hermanos que todavía y en lo profundo se quieren a estas alturas de la montaña. Mañana tenemos una cosa familiar por hacer, algo incómodo, y bueno...

Poco antes de la llegada de mi hermano, ya cerca de las cuatro, con casi todas las persianas bajadas menos la de los pijos, había entrado al bar un cliente, uno reciente, un tipo lleno de problemas, uno a los que sin ninguna duda le ha jodido mucho que cerremos a esa hora, a la suya. Preguntó si podía beberse una copa y le dije que sí mientras comentábamos chascarrillos que pocos pueden entender. Para mi sorpresa, se retiró hacia el ventanal, un poco más allá de los pijos a quienes ya había advertido que era la última ronda.

El marido de la mujer con la que ayer fantaseé volvió; ese que media hora antes, entre prudentes imprecaciones de sus amigos, se había ido a "preparar la comida", regresó.

- ¿Ya no hay tiempo para copas, Kufisto? -preguntó tras saludar efusivamente a mi hermano, compañero suyo de estudios.
- No. tío...Tengo que comer -respondí dudando un instante.

Pero era mentira. Ya había comido casi seis horas antes. Comer para dormir un rato antes que llegue el mediodía.  


Hans Castorp giró la cabeza y vio que tras él se elevaba un inmenso palacio lleno de columnas. Se levantó y subió dejando atrás al joven de bello rostro. Grandes espacios vacíos, tenebrosos, iban sucediéndose apoyados en inmensas columnas que no alcanzaban la vista. Oyó ruido y se acercó a él. 

Dos viejas, dos brujas de pechos caídos hasta el estómago, estaban devorando vivo a un niño. 


Y entonces Hans, helado, congelado, aterrorizado, despertado del mortal delirio gracias a la definitiva visión del mal, vio que la tormenta blanca de la montaña mágica empezaba a ceder entre lejanos claros del cielo y encontró el camino de vuelta a casa.


A casa. A dormir.


Y a luchar cuando venga el último sueño.




sábado, 2 de julio de 2022

UN POCO DE WHISKY NO VENDRÍA MAL, KUFISTO

 "Esta tarde sí que sí -iba diciéndome- Dormir. Necesito dormir, descansar bien. Una hora de siesta en la cama con los ventiladores puestos. No simplemente cerrar los ojos, no. Dormir. Estoy tan cansado que creo que hasta la misma mente se tomará un descanso. No imágenes, no situaciones, no fantasías, no pajas recomendadas por los mejores farmaceúticos...nada. Dormir"

Eran las once de la mañana de un sábado más en el bar, el primero de julio, el mes en que el infierno pasa sus vacaciones en La Mancha. Doce horas atrás, reventado, me había ido a dormir con 31º oficiales, ni imaginar puedo los que habría en el dormitorio. Con todo y desnudo no tardé mucho en babear la almohada. Pero así, por más horas de desconexión que te echen, no es posible descansar. De ahí la importancia de la siesta previa, mucho más reparadora. No una larga, una de hora y media, o dos, o incluso más que te dejan atontado para el resto del día, no, aunque yo casi nunca haya sido de esos. Media hora, una como mucho, una de esas en la que al despertar no estás muy seguro de haber dormido es más que suficiente. 

Eran las once de la mañana cuando entraron dos antiguos clientes a quienes no veía desde hacía mucho tiempo y tampoco me hubiese importado mucho no verlos hasta el fin de mis días. Venían en ropa deportiva, "de correr -dijeron entre risas- Bueno, mejor dicho, de andar" Pidieron un par de cervezas y se quedaron en la barra. La conversación, pues, resultaba inevitable. 

Son buenos chicos, no tirados de la vida, qué va. Tienen profesiones liberales, que se dice, ganan dinero por ahí fuera y al menos uno de ellos está casado y con familia. Hace veinte, quince años (¿quien podría recordarlo?) los veía emborracharse como perras; nada de drogas, sólo alcohol, pero como putas perras descompuestas. Universitarios todos, de buenas familias, bebedores de sábado, perdían el control hasta extremos ridículos incluso para mi, aunque nunca sin llegar a crear verdaderos problemas en el bar. Pero ser un buen chico no es gran cosa.

Evidentemente tuvieron la delicadeza de no preguntarme por mi aspecto, tan cambiado a como ellos me conocían. A fin de cuentas todos estudiamos en el colegio de los curas, yo unos cuantos cursos por delante de ellos, y una especie de cauta discreción es algo que siempre queda cuando de chico se han pasado tantas horas oyendo misa. Y por ahí, que yo recuerde, empezó la cháchara. Viejos amigos, viejos conocidos, mismos sitios, viejos recuerdos.

Hicimos un travelling hacia los viejos maestros, seglares hasta los diez años o por ahí y sacerdotes después. Anécdotas, comentarios chistosos, bravucones, en fin...También hubo lugar por mi parte para saber o recordar que fue de este o de aquel otro. La conversación fluía de alguna manera; un tanto forzada, sí, para qué negarlo, pero en cualquier caso era mejor que sentirse tan cansado. Y a cuenta de ella salió a colación el problema religioso, la absoluta decadencia de la ICAR, y bueno, yo no hablo mucho de estas cosas, más bien nada, pero de puro cansancio, y dejando clara mi posición atea, me vine arriba al oír como uno de ellos abogaba por más "apertura" eclesial. Y ahí me di cuenta de que, en puridad, yo era más católico que ellos. Luego vino la economía, el demonio Putin...todo eso. Uno de ellos, economista, pensaba que España iba a quebrar muy pronto y el otro (el padre con hijos) decía que el ruso era poco menos que Satanás. Respondí que ni España iba a quebrar ("no le interesa a Alemania, prefiere tenernos cogidos por los huevos") ni Putin era tan malo.

- ¿Qué harían los Estados Unidos -pregunté- si Rusia tuviera la intención de poner bases militares en la frontera con Méjico?

El mediodía estaba llegando, el arroz del aperitivo y los platos sucios de los contados desayunos esperaban y ya no tuve tiempo para más.

Era un buen arroz. Tenía un aspecto estupendo. Se me da bien hacer arroces. Pero no hubo gente. Y la mayoría de los pocos que vinieron no gustan del arroz. Al menos del mío. Sobró casi entero.

Quique entró otra vez al bar más tarde de lo habitual. Ya habían pasado las dos cuando se apalancó en la barra y sin decir nada más que las habituales coñas de recibimiento le abrí un tercio. Venía con pantalones de trabajo, de esos que llevan muchos bolsillos para herramientas. Hace casi un año que se compró el piso y todavía sigue viviendo con su madre. No se irá allí hasta que esté perfecto. No le meto caña. Es muy buen chico. Y ha vivido experiencias tan traumáticas que no me siento con derecho a ello.

Y ahí andábamos, languideciendo, chinochano, el pequeño salón ocupado por gente tranquila que pronto se iría a comer cuando llegó Miguel, un antiguo cliente del viejo bar de mi padre al que le ha dado por volver aquí desde hace un par de semanas.

Es un tío extraño. Que yo diga esto es raro, pero es la verdad. Recuerdo que a mi padre le caía bien, aunque esto no signifique mucho cuando recuerdas lo pocos clientes jóvenes que teníamos. Pero de todas formas si eras un gilipollas, eras un gilipollas.

Le puse su tercio y poco después, al verme salir con la bandeja, preguntó si molestaba, pues se había puesto cerca del pequeño espacio de salida de la barra.

- No, qué va. No te preocupes.

Tendrá diez años más que yo. Bueno, los tiene, que la otro tarde se lo pregunté a cuenta de no sé qué. Pero el muy cabrón, aunque fofo, conserva todo el pelazo casi negro y apenas cuatro arrugas en los lacrimales. Al relance me dijo que ahora vive con su hermana, la única que conozco, una mujer rara, una de las seis que, para mi estupefacción, me reveló que tenía. 

- Pues sí -dijo él- Ahora vivo con ella en uno de estos pisos. Así nos ahorramos la casa grande, la de la familia. 

Y así estábamos hoy. Yo sentado en mi taburete con Miguel a poco más de u metro mirando su teléfono y Quique uno más allá con la esa característica mirada perdida que se difumina al instante en cuanto habla con alguien.

Por mirar, miré las botellas de whisky que quedan a mi derecha. Es una gran selección. Nadie aquí tiene algo así, nadie. No conozco todos los bares, hace años que no piso ningún bar más que el mío, pero lo sé. 

Preciosas. De diferentes tamaños y formas; las etiquetas, los tapones, todos de corcho, el color del licor, las maderas, las barricas, los años y todo lo demás...

- ¿Por cierto, Kufisto, te has enterado que se ha muerto...? -dijo Miguel-
- ¡No jodas! Bueno, estaba muy enfermo desde hace mucho tiempo...

Lo recordaba. ¡Claro que lo recordaba! ¡Como no recordarlo si fue amigo de mi padre cuando ambos ya estaban medio jodidos! Un hombre de perpetua sonrisa, bebedor, que cuando lo cortaron el grifo dijo hasta aquí, se retiró, desapareció y hasta tuvo un trasplante de riñón.

Miguel empezó a hablar de él, de cuando era un niño y, amigo de la familia, se lo llevaba a pescar bien temprano, todavía de noche, parando antes en cualquier bar para echarse un coñac, o dos, o tres mientras él tiraba de colacao...

- ¡Qué buena gente era! -decía- Sí, bebía mucho...¡Pero nunca le vi perder los papeles! ¡Nunca! De hecho nunca lo vi borracho.

Sí, era verdad. Bebía mucho y nunca jamás lo vi borracho. Es más, siempre colgaba de él la típica sonrisa de bonhomía. Eso se ve enseguida. Hay gente, he conocido a unos cuantos, con una tolerancia indecible al alcohol; pero pocos, contados con los dedos de una mano, aquellos a quienes ya en las puertas de la vejez, y aún mucho antes, no les sienta mal. Y no en el sentido de aguantar la ingesta sino en el del carácter. A este le dio igual hasta que le certificaron que no podía beber más. Y entonces se retiró. Desapareció de la circulación. No podía hacerlo sin beber. Y así ha pasado los últimos quince años de su vida.

Miguel se fue, también los demás, y nos quedamos Quique y yo.

- Cóbrate, Kufisto.
- Tómate una, me cago en la puta.

Miró el reloj. Cuando mira el reloj es que sí.

- Vale.

Abrí una para mi. Los platos podían esperar. Y el arroz, casi entero, ya estaba adjudicado por wasap a un buen colega mío.

Putin, ¡incluso VOX!, no me digáis como, volvió a aparecer. Pero yo quiero a Quique. Y le dejé hablar de sus miedos y odios. Ha tenido una vida muy dura.

Entonces fue cuando Paco corrió la persiana de la puerta y fue a ponerse casi en el sitio que Quique estaba ocupando en la barra vacía.

- Buenas tardes, Paco. Un poco más adelante-dije
- ¡Hola! ¡Vale! -y con cuidado circunvaló al buen Quique que poco menos le faltó desaparecer ante la situación, no tan extraña por otra parte.

- ¿Qué pasa, Kufisto? -dijo apoyándose en la barra y dejando a un lado el bastón.
- Lo que tú quieras, querido.
- Pues una sin alcohol.
- Y otra con para mi.
- Pues muy bien.
- ¿Qué haces tan temprano por aquí?
- Pues que la siesta ha sido corta.

Quique se marchó a comer en casa de madre. 

- Me paso adentro a fregar los platos, Paco.
- Vale.

Fregué lo platos. Paco se fue. Todavía faltaba media hora para la llegada de mi hermano pequeño, uno de sus mejores amigos.

- ¡Voy a ponerme fresco, Kufisto! Luego bajo.
- Adiós, Paco.


Recogí lo poco que faltaba, barrí, fregué lo más gordo, recogí mis cosas, las eché al coche y ya sentado en el taburete, solo, la tercera cerveza a un golpe de grifo, mirando otra vez las botellas de whisky, me rulé un cigarrillo y salí a fumar a la puerta.

Paco subía por la otra manzana. Venía del 24 horas. Seguro que de pillar tabaco.


A veces lo veo fumar en la esquina mientras yo lo hago en la puerta del bar y lo veo venir dando bastonazos a las paredes. 

No quiere que se sepa mucho, y sobre todas las cosas su anciana madre, que, a pesar de todo, sigue fumando. El problema es que no ve desde hace cuarenta años.


"Un poco de whisky no vendría mal, Kufisto, porque siestas hoy...moscas tres"


Pillé una botella mediada y la añadí al carro de las amables cervezas.


Y sí, la verdad es que no ha venido nada mal.