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jueves, 27 de junio de 2019

UNA CIERTA SIESTA

El niño moro estaba sentado en el alféizar de la frutería de sus padres. Miraba la evolución de la obra que hay enfrente, faraónica para estos lares. Por decir algo (soy cliente habitual) le hice un comentario al paso sobre los camiones que pretendía ser una broma y él sólo me miró de reojo, como quien ya sabe que es tontería responder a alguien que sigue andando y encima va con los auriculares puestos.

Crucé el paso de cebra y seguí andando pensando en esto. Doblé una esquina, alcé la vista y vi que una mujer de buen aspecto venía por la misma acera. Llevaba lo que parecía un perro atado de una correa. En la otra acera un tío vestido de catálogo veraniego subía a su coche y le observé por si la miraba, cosa que no hizo. Volví a mirarla, todavía estaba lejos; creí reconocer a un viejo amor que hará un par de días estuvo por el bar en compañía de una pareja y que aunque ya desmejorada y con poco más que un hola de cumplido consiguió que pasara buena parte del día pensando en ella. Ya más cerca vi que eran dos los perros que llevaba atados. A ella siempre le gustaron los perros y muchas veces la he visto pasear por ahí con ellos. Y justo cuando ya andaba preparando otro pretendido comentario jocoso con el que salir del paso me di cuenta de que no era ella sino una que se parecía a una clienta que tengo, una tía grandona y feúcha, muy desconfiada, que hasta mirándote a los ojos parece que lo hace de reojo. Pero tampoco era ella si no otra parecida y en el último instante cerré la boca ya casi abierta para saludar y nos cruzamos sin mayor incidencia que la leve mirada que me echó el galgo que llevaba atado de su mano derecha.

Un mostrenco que hablaba por teléfono como lo haría un gorila en un zoológico y una fila de contenedores de basura dificultaban mi cruce a la siguiente acera. Allí apestaba a mierda podrida pero el tipo parecía no darse cuenta de nada, moviéndose de un lado a otro con su cadena de horo al cuello y gesticulando como si estuviera reconciliándose con su novia, una de esos bombones venenosos que salen en los vídeos donde se recitan mierdas bajo un ritmo cansino por vago y bribón mientras el personal se atusa el pelo, se tocan las tetas, se rascan las pelotas y lamen revólveres dorados.

Atravesé la calzada y alcancé la otra acera sin que nadie me atropellara ni me pegara un tiro a modo de inequívoca demostración de amor eterno.

No había necesidad alguna de haber pasado por todo aquello, ninguna. Mi turno había acabado a las cuatro y ya en casa no dudé en desnudarme para dormir un poco, sin pensar siquiera en comer. No supe que lo había hecho hasta que cogí el móvil y vi que ya eran las cinco y media, por lo que sí, según el reloj debía haberme dormido. O a lo mejor no, pero el tiempo pasó tan rápido como pasa cuando estás dormido.

Ahora sí comí algo después de cagar parte del mal almuerzo. Eran las seis y pico y no quedaba más que poner una lavadora y si eso ir a echar una primitiva para estirar las piernas. Y sin pasar por lo primero salí a lo segundo. Sería cosa de poco, apenas veinte minutos, pero algo haría. La tarde era demasiado calurosa como para plantearse cualquier estúpido esfuerzo a modo de no sé qué puto reto en los molinos de viento, esos que a lo mejor llegó a ver vivos tu bisabuelo, quienquiera que fuese. Paseíto corto, ver a la chica de la administración de loterías y a de vuelta a casa a ver algo en el ordenador. Después, pronto, a la cama e intentar dormir algo más de tiempo que el gastado en intentar coger el sueño.

De repente, casi llegando a destino, se vino un ventarrón que salió de la nada y que por poco me tira de espaldas. Una nube de aire ardiente y arena en suspensión lo envolvió todo hasta hacer casi imposible ir con los ojos abiertos. Y un poco más allá, apenas unos pasos, no quedaba ni rastro.

Llegué aturdido a por mi primitiva de hoy. Delante de mí sólo estaba una tía que creí reconocer aún de espaldas. Estaba hablando con el propietario mientras le atendía la muchacha. Me quité los auriculares, la oí hablar y supe que esta vez no me había equivocado. El aire acondicionado estaba a tope y me hice a un lado para que al menos no me diera directamente, cosa difícil de conseguir si no quieres perder el sitio o pasarte de listo. Ellos hablaban y hablaban y la gente llegaba. Se veía que al gordito le ponía la rumana. Sí, está buena aunque no tanto como antes, pero el tío con el que está no es para andarle con tonterías. El gordito lo sabe seguro, claro, pero bueno, su mujer parece un botijo desde hace años y en fin, no es nada, sólo estaba solucionándole alguna duda o parecido, hablando con ella, teniéndola cerca, apenas a un palmo, oliendo su perfume y todo eso...Miré atrás y vi cinco tíos esperando, todos con aspecto de estar cansados y malhumorados. Sonreí. Nadie dijo nada. Al final la tía se fue haciendo como que no me había visto y llegó mi turno. Esas tías sólo te miran cuando necesitan algo de ti, como por ejemplo que le pongas un vermut. Fuera de ahí dejas de existir.

Regresé a casa rodeando la manzana. Los de la obra parecían estar echando el telón. Una leve nube de polvo en suspensión envolvía toda la calle después del ajetreo del día. Eché un vistazo y vi con cierto gusto y respeto las palas excavadoras y los camiones ya quietos tras otro día de frenética actividad. Los currantes se quitaban los cascos y recogían las señales de tráfico provisionales. Un mirón, un gitano joven, gordo y de pocas luces hablaba con uno que portaba una señal de estrechamiento de calzada. El mirón me miró y se me quedó mirando. Quizá pensara que para mirar ya estaba él. La gente se cabrea por todo. Fuera de nuestro sitio todos somos una molestia para todos. Y dentro sólo para nosotros mismos.


Dormir y despertar sin dudar de haber dormido y sin recordar nada de lo soñado. Y empezar otra vez el nuevo día de siempre, lleno de polvo, paja y encendedores con las piedras gastadas por el uso.

domingo, 23 de junio de 2019

VOODOO PEOPLE

Alguien había escrito algo contra la crispación abogando por un poco de funk. Recordé una banda inglesa y coloqué su canción más famosa. Sí, sonaba de puta madre entre calada y calada. Y abrí una cerveza y el blog.

Demasiado tarde para salir a andar cuestas y demasiado pronto para meterse en la cama. El terrible verano manchego ha llegado puntual, dejando tan escaso margen como siempre. Hay quien asegura que es peor el calor húmedo y puede que sea verdad; pero yo no vivo allí en la orilla sino aquí, tierra adentro.

La última vez que vi el mar...¿cuando fue? Más de diez años seguro; y luego desde ahí para atrás pueden ser otros dos o tres más, o uno, o cuatro, ni idea...Ya no me acuerdo de todo eso. Sí, recuerdo el final, o el principio, según se mire, y de eso hace ya diez años y cuatro meses y pico (jamás os diré el día, hijos de puta). Así que la última vez que estuve en el mar fue hace diez años +N. No sé si estará bien formulado, seguro que no, pero se entiende. A veces me las he dado de haber podido ser un buen matemático cuando en realidad apenas llegué a estudiar nada más allá de la regla de tres y tal; cuando llegamos a los senos, cosenos y todo eso yo ya había decidido decantarme por las letras al año siguiente, el primer año clave en la vida de un estudiante. Y la verdad es que sin saberlo casi me encontraba en la recta final de mi vida estudiantil. Pero sí, sumando y restando, multiplicando y dividiendo, era un auténtico crack. Incluso las raíces cuadradas, un completo misterio para la mayoría de nosotros, se me daban bien por lo mucho que me gustaba hacerlas. Y esa facilidad aquí, en esta tierra adentro tan alejada por igual de todas las costas, era poco menos que un claro signo de inteligencia superior, cosa que te daba cierta ventaja entre la gente que no te interesaba y poca o ninguna entre quienes deseabas estar. La vida de un adolescente es un mar inquieto con laberínticos muros en lugar de olas.

Yo estaba sufriendo por mi gata mientras tiraba las cañas del mediodía. Cierto era que esta mañana se había despertado algo mejor pero seguía estando aturdida por la anestesia y las perrerías que le hicieron. Ayer no comió, ni bebió, ni maulló, ni me arañó ni nada. Estaba zombi total. Las muy zorras le habían cortado las uñas sin mi consentimiento, pero yo tenía tanta prisa y tanto calor que apenas reparé en ello cuando me lo dijeron mostrándome una bolsa con el poco pelo que le habían quitado como a modo de excusa tras indicarme que también la habían lavado. ¿Pero qué vas a lavar a un gato? Tuve diez años al que ella me regaló y jamás en la vida lo lavé. Un gato, esta gatita, se lavan solos, a lametazos, con su propia saliva. Tú les tocas un poco y en cuanto pueden se zafan de ti para limpiarse, como si tú no fueras más que un montón de mierda infecta, que con toda probabilidad es lo que eres. No hay bicho más limpio, no hay ser vivo más pulcro, que un simple gato. Se pasan media vigilia haciendo eso, ¿qué  coño vas a lavarle tú, listilla? ¿acaso crees que es un puto perro comemierdas, uno de esos que van oliendo los orines de los otros por las esquinas? Y sí se limpian el culo con la lengua es porque no les queda más remedio y porque con toda seguridad será la mejor forma de hacerlo. En fin, que les daba palo haberme cobrado 44 euros por quitarle cuatro pelos y decidieron recrearse por su cuenta. Por lo visto esta no es gata para raparla tal y como hice el año pasado en mi veterinaria habitual y bueno...que no se puede quedar para nada cuando uno está haciendo otra cosa.

Mi hermano no llegaba y yo ya llevaba una hora y media sufriendo por mi gata. A eso de las dos apareció y allí lo dejé con la palabra en la boca. "Enseguida vuelvo. Ponle tú la caña a Jesús"

Entré en el coche y lo menos estaba a 60 grados. Le di al contacto y llegué a casa poco menos que conduciendo el volante telepáticamente. Dos o tres me pitaron en sus respectivas preferencias de paso ante mi más absoluta indiferencia. Ni el dedo les saqué. Con el corazón en un puño aparqué el coche y subí en el ascensor sin dejar de mirar la frase "actos vandálicos" de una nota informativa que ahí lleva pegada algunos días.

- ¿Pancracia? -abrí la puerta sin oír su habitual maullido de bienvenida. No estaba esperándome como siempre. "Me cago en la puta..." Pero enseguida salió de la cocina, gruñéndome como todos los días de estos casi dos años de vida en común.
- ¡Ayayayay...me cago en la puta, Segismunda, qué alegría me das! -y la cogí en brazos y le acaricié la barriguilla, cosa que no rechazó con sus afiladas garras por estar desprovista de ellas gracias a esas malas perras.

Había bebido agua. La comida parecía casi intacta pero no le di importancia, ya lo haría. Lo importante es beber, hidratarse. La regla del 3, como le dije esta mañana a uno que quedó estupefacto ante mi sabiduría adquirida: "3 minutos sin respirar, 3 días sin beber, 3 semanas sin comer" Qué fácil es hacerse pasar por otro cuando no hay moros en la costa.

No hubiera podido perdonarme su muerte. Sí, no habría sido culpa directa mía pero casi, y tras la eterna duda que albergo sobre si no fui yo quien inconscientemente envenenó al gato que ella me regalara, esto hubiese sido casi una espoleta hacia la autodestrucción, o al menos una clara invitación a no ser nunca más responsable de nada ni de nadie. Y todo por una puta equivocación, por otra de mis jodidas ventoleras.

No fue fallo mío, no. Ellas me dijeron el día y la hora pero nada de que fuera sin comer ni beber desde la noche anterior. Es una subcontrata o subpollas que tengan a la que te redirigen cuando llamas para pedir cita en la peluquería. Tú las llamas y ellas te dicen el día y la hora, nada más. Y allí me presenté tal cual, como cualquier otro día en la vida de Paca. Y cuando ya iban a llevársela para adentro les dije:

- Oye, no le he quitado ni el pienso ni el agua por la noche
- ¿No se lo has quitado?
- No. Nada me dijeron -quien sabe, quizá en un año habían descubierto el sistema para hacerlo. Siempre están diciendo que descubren cosas y luego todo sigue igual o peor y si dices algo te responden que es que antes los controles eran más laxos y ahora todo se sabe antes y tal-
- Ahhh...

Y hablaron entre ellas, y pasaron adentro y al salir dijeron que me la llevara a casa porque no podía hacerse.

- Te vienes el viernes que viene, ¿vale?
- Vale
- Ya te llamamos para confirmar la hora. Y eso sí, le quitas el agua y la comida la noche anterior.

Aquello fue un jueves y dejé pasar el viernes. Del fin de semana no hay ni que hablar y el lunes era mi día de descanso y no ese día no tengo ganas de ninguna historia; así que el martes, en el intervalo de los primeros y los segundos desayunos de la bar, en un momento en el que andaba más o menos tranquilo, llamé para confirmar la hora, no sé por qué, porque yo soy de esa clase de gente que confía en la palabra de gente, a dos desperraos tengo a cuenta casi personal en el bar y ahí estamos, soy un buen tipo, pero coño, ya tengo 45 años y mi cornada tiene más trayectorias que la de Paquirri en un vídeo de rap, y en fin que a nadie le gusta sentirse demasiado idiota estando sobrio y yo qué sé, coño...

- ¿Hola? Sí, llamo para confirmar la hora de peluquería de mi gata para el viernes, sí...¿Su nombre? Sí, María Magdalena...Sí, sí, es un nombre curioso, sí...Espero...¿Como? ¿que no sabéis nada? Pero vamos a ver...Me dijistéis que este viernes, ESTE VIERNES, me la íbais a pelar...Nonono...espera, espera, espera... Eso fue lo que me dijistéis...No, el fallo fue vuestro por no haberme advertido del ayuno y tal, yo no tengo la obligación de recordar nada, podríais haber descubierto cualquier cosa para hacerlo sin eso, no...Yo no soy el especialista ni tengo una memoria de elefante ni recuerdo lo que bebí ayer...NONONO, nada de eso. La culpa es vuestra, déjate de hostias. ¿Qué? ¿que no te hable así? ¿y mi puta gata qué? Viene una ola de calor de tres pares de cojones y la pobre va a pasar las de Caín por vuestra culpa...¿qué? no...¿y entonces para cuando? ¡y una poca polla! ¿Sabes lo que te digo? que a la mierda. Hemos terminao. Y sabes que soy un buen cliente: allí la capé, que me cobrasteis casi trescientos euros, y le puse todas las malditas vacunas que dijistéis cuando era una cría..."Que si esto, que si lo otro, que si lo del más allá..." Yo no sé las que le pusistéis pero sí que eran a veinticinco pavos la tirada, me cago en Dios...¿Como? ¡A la mierda, coño!

Y me la llevé a la única veterinaria-peluquería Paco de mierda que vi en Internet.

Ya me mosqueó el tono poco profesional de la "telefonista" pero en fin...Justo el día del primer error en la veterinaria de confianza los llamé para pedir cita aún reservándome aquella carta del viernes siguiente en la mía de siempre. Tengo 45 años, ¿no?

- Sí, vente el martes que viene.

Y el lunes, ya más confiado, los llamé para decirle que mira, que me había surgido un imprevisto, que poco más o  menos yo era un pobre desgraciao que se comía los mocos y que me había llegado un pago imprevisto y tal, la ITV, el IBI, el ETS o algo así y que todo, todo, era imposible y que muchas gracias por las molestias que esperaba no les hubiese causado mayor perturbación que la mía.

La verdad es que me sorprendió un tanto la aparente ausencia de mala leche en la telefonista, soy terrible mintiendo, y bueno...Joder, pues está bien, ¿no? Buen rollo siempre. Una vez, cuando era joven, una tía me regaló un libro que se llamaba "Una queja es un regalo" Jamás lo leí.

Otra vez en fin...Que las llamé, me reconocieron y sin hacer preguntas me dieron cita para este sábado.

Pobrecica mía. Pobre gata mía. Sweet cat o´mine.

Esto ya va para largo y creo que ya dije que mi Sebastiana ya está bien. Con cuatro pelos menos pero bien. Por hacerle le hicieron hasta las "ingles brasileñas" como riéndose me dijo la puta nazi que me la entregó. 44 euros por un pelao inexistente dan para mucho, Mengela. Y además que es doncella y siempre lo será, no como tú, cacho puta.

Ya más tranquilo acabé el turno en el bar. Eran las cinco y cuarto de la tarde y no lo pensé mucho, no soy tan cabrón. Mi última abuela lleva una semana muriéndose y entre eso y salir a andar nuestras ridículas montañas para vosotros (auténticos himalayas para nosotros) decidí que no había nada distinto a hacer que lo de ayer.

Yo ya iba notando una cierta, muy manchega e insinuante sensación de que todo mi mundo pensaba que estaba comportándome como una mierda ante el hecho. Bien es cierto que uno de mis hermanos ha sido padre esta misma semana y todo se ha trastabillado un poco en el bar, teniendo una buena excusa para ello. Pero soy el mayor y el mayor tal y cual, y tú acuérdate, y tú tienes mucho que agradecer, y tú no te olvides de quien te sacaba las castañas del infierno cuando la del gato te dejó y yo qué sé...Nadie te dice nada pero tú sabes que te lo están diciendo.

Hoy no estaba mi tío el rockero. Decir mi tío el rockero ahora, en estos días, puede llevar a error. Ahora el rock no pinta una mierda pero en los ochenta lo era todo. Ahora él tiene más de sesenta y yo casi 46 y todo está casi escrito.

Echamos un buen rato. La yaya al final se durmió y pudimos hablar de nuestras cosas, del rock, de sus adorables hijas....Es igual que hace treinta años. Yo no, pero él sí, o eso me parece. Claro que con una historia tan prematuramente trágica como la suya no veo ni quiero imaginarme, ni mucho menos ponerme a contar, las circunstancias que le llevaron a quedarse congelado en el tiempo. Sigue siendo fácil estar con él aunque hayan pasado treinta años de todo aquello y de lo que todavía vino después.

La mujer de su hijo muerto hace tres años estaba sentada junto a la cama de mi yaya. Nunca quiso que la llamáramos abuela. La abuela era la otra, la de mi padre. Ella era demasiado joven como para aceptar lo de abuela, más aún cuando se quedó viuda antes de cumplir sus cincuenta años y yo de estrenar los nueve.

Ella iba a su marcha, cogió su marcha. Es decir...nada de puterío, eran principios de los ochenta y España entonces era de otra manera...Ella se metió en la religión, inexistente hasta ese momento. Se hizo acólita de una secta de esas aprobadas por la ICAR (creo que Comunión y Liberación) y allí montó la ola, viajes incluidos. Recuerdo el de JPII y aquel Totus Tuus, no sé qué año era pero sería por entonces. Vino con tela de mierdas de todo aquello. Las raras veces en las que íbamos a su casa era un no parar de rollos bíblicos y tal. Claro que al lado vivía su hija con mi tío el rockero y pocos años después ya imagináis donde acabó vuestro colega Kufisto.

Se convirtió en una exaltada. Hasta sus hijas, y por mil antiguas razones más (al menos en el caso de mi madre), pasaron de ella y sus paranoias. Aquí todo el mundo creía en Dios mientras no tocara los cojones. ¿Quien no cree cuando es padre, o madre? Hace poco, antes de ayer, escuche a un negro decir que antes de ser padre no temía a nada y después de serlo estaba aterrado.

Nos criamos con la otra abuela, con el otro abuelo, con el único que nos quedaba. Sólo íbamos a casa de la yaya. a su barrio, en circunstancias muy especiales y casi recuerdo que obligadas, como para limpiar conciencias ajenas. Pero eran cosas muy puntuales, aunque jamás olvidaré oír en la radio el gol de Zamora en El Molinón. Aquella tarde llegué a casa pidiéndoles por favor a mis padres que me dejaran ver el resumen de Estudio Estadio. Accedieron, pero me dormí antes de verlo y estuve unos cuantos días muy cabreado conmigo mismo y con quienes no me despertaron.

- ¿Me vais a despertar si me duermo?
- Que síii...Tranquilízate, Kufisto
- Si me duermo me despertáis. Jurádmelo.
- Sí
- Hemos ganao la Liga...
- Sí, la habéis ganado
- Sí, por Arconada...Yo soy como Arconada

Yo era como Arconada.


La yaya estaba atada a la cama como ayer, como todos los días desde que está allí, en el hospital, en ese sitio donde he visto morir a todos mis seres queridos. Ninguno, ninguno, ha muerto en su puta cama. Todos allí, en el hospital. Al menos ella está sola en la habitación. Quizá tenga compañía si aguanta hasta mañana. Todo el mundo sabe que se muere y parece estar dándole un margen de tiempo para hacerlo.


- Levántame -decía sin reconocer a nadie
- ¿Qué?
- Que me levantes -susurraba
- No puedo
- Quítame esto
-¿El qué?
- Quítamelas -se refería a las ataduras con las que las atan a la cama para que no se quitan las vías- Levántame.
- No puedo hacer eso, yaya
- Quítamelas. Levántame.


La mujer del hermano de mi madre miraba la escena como si la hubiese oído ochenta veces.


- No puedo hacer eso, yaya. Eso sólo puede hacerlo la doctora.
- Levántame
- No puedo

Tenía su mano izquierda agarrada desde que llegué. Estaba un poco más caliente que el día anterior. Le toqué las piernas y era lo mismo. Había más calor en su cuerpo, en su sangre, en lo poco que le que de vida.

- Levántame -decía una y otra vez- Levántame...
- ¿Para qué?
- Levántame
- No puedes, yaya
- Levántame

Poco a poco accionamos el sistema hidráulico de la cama hasta dejarla casi sentada.

- Levántame
- Ya no hay más, yaya. Y tanto seguro que no le hace bien a tu espalda.

Y la bajamos un poco después.

- Levántame...levántame...levántame...
- Yaya, no puedes levantarte...Vas a hacerte daño
- Levántame, levántame...Ampárame
- Te amparamos, yaya, te amparamos...
- Levántame, por favor, levántame...


Llevaba una hora allí. Ayer fue hora pico. No he pasado tanto tiempo ni con mi padre cuando estaba muriéndose. Soy incapaz de pasar más de cinco minutos en un hospital.


- Creo que voy a irme -dije después de una hora tras ver que no había manera de que se tranquilizara. Hasta puse Tele5 por ver si dejaba de hacer por levantarse.


- Levántame -dijo por setecientas vez mientras yo seguía cogiendo su manita- Levántame, por favor, levántame...
- No puedo, yaya, no puedo...Me voy


- Tú eres una buena persona -dijo mirándome
- ¿Yo?
- Sí, eres una buena persona


Y me quedé media hora más cogiéndole la mano y haciéndole caricias.


- Me voy, yaya.
- Eres una buena persona


Y lo dijo como si en ese momento me reconociera. Y en ese instante fue como volver a mi padre en la última tarde que lo vi.


Andaba escribiendo esto cuando mi madre me llamó. Estaba a punto de irse para pasar otra noche allí y en fin, todo se sabe. Después de cinco días de aparente dejadez, su primogénito hacía por cuidar de la madre de ella como jamás lo había hecho con su marido, mi héroe total. Yo, Kufisto, quien de sus cinco hijos se pone más enfermo a la hora de visitar un hospital, ahí estaba, con la yaya, con la abuela que salvo en contadas ocasiones lo fue para mi y menos pera ella.


- ¿Sabes, Kufisto? -me dijo una de las veces que íbamos a visitarla a la privada residencia dond ha pasado estos últimos tres años- Jamás en la vida he querido tanto a mi madre como ahora. Jamás. Con todo lo que me hizo sufrir...pero la ves ahora, tan débil, tan vieja...No sé, yo no sé hablar como tú, pero es ahora cuando más la quiero
- Ya, mama, ya...
- La quiero mucho...
- Ya...
- Con todo el daño que me hizo...


- ¿Sabes, mama? -le he respondido- Al irme la he visto igual que cuando papa se murió aquella noche, como rehaciéndose, como dejando un margen de un par de días más, al menos. Recuerdo que él, drogado de morfina como estaba,  tras darle un beso me dijo: "¡Ahí va ese tío!" ¡Y lo dijo sonriendo con aquella sonrisa que tenía, reconociéndome, joder!
- Venga, Kufisto...
- Es verdad, joder...


- Te quiero, hermoso. No esperaba menos de ti.
- Venga, vale...Tengo que terminar de escribir esto.
- ¿El qué?
- Venga. Un beso, mama. Que pases buena noche.



Agustina ya está bien. En cierto sentido es bastante mejor que el gato de ella. El muy hijo de puta no me dejaba escribir, siempre andaba por la mesa y tenía que sacarlo del salón para seguir escribiendo. Esta, Petronila, no, esta va a su aire y cuando ve que me lío se va a sus cosas. Y están perfectas, que lo he visto.



Dentro de un mes tendrá las uñas en todo su esplendor. Podrá volver a arañar lo poco que Suerte dejó sin hacer en los sofás y escalar hasta el techo en las putas cortinas del ventanal que da a la calle. Es un espectáculo cuando atinas a ver como lo hace. Qué fuerza. Qué agilidad.


Y luego, cuando se ve arriba del todo y que tú la estas mirando, hace como que llora por no saber como bajar.


Y al final, viendo que tú estás ahí aunque no quieras echarle una mano, baja a trompicones y sacude la cabeza tras el último agarre que la deja en el suelo.




miércoles, 19 de junio de 2019

TRUE DETECTIVE

El hombre en la silla de ruedas parecía necesitar ayuda y me levanté de la mesa tras dudarlo sólo un poco.

- ¿Necesita ayuda? -le dije
- Pues sí, la verdad...estas aceras

Estaba varado en las barras metálicas que protegen la esquina de un poco más arriba. Eran las tres de la tarde y mis vecinos de bar todavía tenían colocadas las mesas de la terraza junto a la pared y yo ya había devuelto las mías a su sitio legal. Se ve que el hombre vio demasiado scalextric para él solo. Era una silla de las manuales y entre la pendiente descendente de la acera y los obstáculos del camino no podía hacerse con ella. A la vista estaba que tras su bigotazo las fuerzas escaseaban en ese débil cuerpo.

- Venga, vamos.

Lo saqué de la chicane y una vez enfilado en la puerta de mi bar ya recogido dijo de ir a tomarse un café en  la terraza del bar de la siguiente manzana que justo acababa de abrir. En un momento vi la situación y le dije que no se preocupara, que se lo tomara en este que era el mío aunque pareciera a punto de cerrar, como así era.

- Yo soy el camarero de esto. Siéntese aquí -le dije mientras lo colocaba en una de las mesas con sus sillas ya apiladas al mismo tiempo que me daba cuenta de la estupidez que acababa de decir. Eso es algo que me pasa muchas veces aún sin la primera cerveza- ¿Qué quiere? -le dije soltándolo
- ¡Que se te va! -dijo mi compañero de mesa y cerveza. Y efectivamente se iba. Esa puta máquina no era tan buena como esas que a veces por ahí.
- Me cago en la puta -dije sujetándolo antes que se estrellara con mi coche aparcado- ¿Pero esto no tiene un seguro o algo?
- Sí, espera -dijo él. Y accionó una manivela negra y quedó quieto.
- Bueno, estupendo. ¿Qué quiere?
- Un café
- ¿Como lo quiere?
- Cortado, por favor...Y si es tan amable de sacarme un paquete de tabaco...
- Claro
- Un Camel

Me dio el dinero. El tío apestaba más de lo aparente. Quizá hubiese sido por el esfuerzo hasta llegar allí. Pasé adentro, eché el café, compré el tabaco y salí afuera.

- Ahí tiene
- Gracias, gracias...Tengo que ir al hospital...
- ¿A este de al lado?
- Sí...a ese...-dijo un tanto tocado. Me dieron ganas de preguntarle el por qué iba en dirección contraria pero no lo hice.
- Ah, bueno, pues nada. Tómese el café tranquilamente, no hay prisa. Yo voy a cerrar ahora pero usted tranquilo.
- Gracias, gracias...

Y volví a sentarme con mi amigo.

- ¿Y no sabes la habitación de tu hermano? -dijo
- ¡Que no joder, que no! Espérate que cierre y ahora vamos los dos
- Pero es que la cocina del restaurante cierra a y media
- ¡Me cago en el copón! Pues vete tú, es la doscientos sesenta y no se cuantos, no será tan difícil dar con él
- ¡Cagüen Dios, ni recordar la puta habitación de tu puto hermano!
- Pues no, no me acuerdo. Espera que voy a llamarle
- ¿A llamarle? Me cago en la puta...¡Yo no sé qué coño pasa con vosotros que ninguno cogéis el puto teléfono! ¡He llamado hasta a tu madre y nada! Putos kufistos

Discutimos un poco. Al final se levantó, cogió el ramo de flores que me había dejado al llegar una hora antes y se fue para allá no sin antes saber el número de la habitación de mi hermano tras una llamada mía.

Adentro sólo quedaba un cliente de confianza al que ya había advertido del tema y recogí la última mesa de la terraza. Y entonces pensé: "Joder...si yo voy ahora al hospital y este hombre parece tener que ir al mismo sitio...¿por qué no lo llevo?"

- Oiga, amigo -le dije
- Dígame
- Mire...yo tengo que ir también al hospital para un asunto...¿Quiere que lo acerque?
- Pues si me hicieras el favor...
- No se preocupe

Pasé adentro y me eché otra cerveza helada mientras recogía los últimos retales. Es fantástico hacer eso cuando sabes que esa última, vacía y pesadísima hora no la vas a echar.

Quité la música y el televisor; barrí la barra y el salón; bajé las cortinas y apagué la máquina tragaperras; apagué el aire acondicionado y mi último cliente se fue como habías acordado. Es un gran tipo aunque parezca medio maricón.

- Venga, vámonos -le dije al de la silla.

Y para allá nos fuimos.

Durante el trayecto fue señalándome los obstáculos del camino. Era como llevar un peso pluma. Hubiera podido llevarlo hasta Aranjuez.

- ¿Ves aquí? Pues antes casi me caigo.

Y yo lo veía sobre mis dos piernas y me parecía bastante posible en su situación.

- Joder
- Sí...Y aquí me ha faltao el canto un duro para caer...

Y yo miraba eso y decía, "Joder, pues sí. Si yo estuviera como él no habría llegado al bar"

- Y eso que ahora las cosas no son como antes -le dije- Ahora todo está accesible y tal...Aunque sí, si vas con una máquina de estas tiene que ser chungo, sí...¿como no pillas una de esas eléctricas?
- Sí, voy a tener que hacerlo, sí...

Con todas las ayudas arquitectónicas que hay hoy en día es imposible que alguien enfermo en pleno mes de junio manchego se maneje con una silla de ruedas manual. Imposible. Comprobado.

Tiré con él para adelante y enseguida, tras una leve ascensión, llegamos a nuestro destino.

- No -dijo- es un poco más adelante -señaló alzando su bracillo. Era otra puerta, otra entrada. Y allí lo llevé y lo entré tras dejar mi pito en un quicio que encontré.
- No, aquí no se puede fumar -dijo como de cachondeo
- No, claro que no

Pasamos y había gente esperando en sus asientos. Enfrente estaba recepción.

- ¿Llamo a un celador o algo?
- No, ya está bien. Ahora me pedirán una ambulancia para llevarme a casa. Muchas gracias. Volveré a ir a tu bar.
- Claro. Yo me llamo Kufisto.
- Y yo Jose Luis.
- Nos vemos, Jose Luis
- Nos vemos, Kufisto. Y muchas gracias por todo.

Doscientos sesenta y dos, la habitación de mi hermano. La recepcionista del otro edificio me indicó el camino desde otra puerta.

- Sales a la izquierda, coges el ascensor y vas a la segunda planta. Ya allí estás cerca.

Hice lo que me mandó y al salir me encontré con Antonio hablando con una pareja de viejos, quizá indicándoles el camino a alguna parte. Antonio está calvo total y parece lo que es, un psiquiatra. De vez en cuando viene al bar a desayunar mientras mira el móvil y mea fuera de la taza, para sofocación de mi buen Josemari: "¡Ese es, Kufisto, ese es el cabrón que se mea fuera! Hijoputa". Es nuevo en el hospital y por lo que una vez le oí hablar con uno que parecía Mefistófeles aún sin pasar de vendedor de drogas legales parece ser que no está demasiado a gusto en el centro. Es un tipo extrañísimo que me cae de putísima madre.

- ¡Antonio!
- ¡Kufisto! ¿Qué haces aquí?
- Vengo buscando la habitación de mi hermano, la 262...
- Ahhh, sí...-respondió como recuperándose de la impresión- Sigue recto y cuando ves una puerta con unos monos dibujados, entra.

Con mucho cuidado y más tensión llegué hasta la puerta de los monos. Por los números de las habitaciones me di cuenta de que estaba dentro, pero tuve que dar tres vueltas hasta dar con la 262

- Hola.

Estaban sólo ellos. Yo no sé por qué me esperaba una boda gitana. Pero estaban ellos dos. Ellos tres.


El niño estaba mamando de la teta derecha de su madre que recostada le daba la cara a su marido, el padre de la criatura, mi hermano. En la otra cama había alguien con nadie.

- Hola -dije en voz baja. Y le di dos besos a la madre, una risueña mujer que me miró como quien acaba de hacer lo que había venido a hacer.

Ya le había dos a mi hermano cuando esta mañana llegó al bar, así que no repetí.

- Hola, Kufisto -me dijo serio
- Hola, David...¿qué pasa? -le respondí pensando que se había muerto la última abuela que nos queda y que por esas cosas de la vida está a punto de morirse.
- ¿Que qué pasa...? Que eres tío
- Joder, me cago en la puta...


Me mandó la foto de madrugada, como lo hizo otro hermano con el nacimiento de sus hijas. Nació hoy, 19 de junio de 2019 mientras yo estaba durmiendo. Anoche, antes de irme a dormir y apagar el wifi del teléfono, terminé por segunda vez la primera temporada de True Detective. Y Rust miraba el firmamento, las estrellas, y le decía a Woody que antes todo era oscuridad.


- Vamos ganando


Vamos ganando.

sábado, 15 de junio de 2019

MOLINO VERDE

No sabía qué hacer y me eché a dormir. Hay a quienes esto también les funciona y otros como yo a los que tampoco. Caen el cama, o en el sofá, o en el sillón o donde sea y les basta cero coma para quedarse dormidos; nosotros caemos y caemos y volvemos a caer y al final nos dormimos porque ya no hay más espacio por el que caer a no ser que estés muerto. Entonces sí, entonces supongo que ya no caes más y duermes tranquilo de una puta vez.

Esta vez ni busqué el aburrido libro que estoy leyendo como si fuera un potentísimo antiinflamatorio  ni cogí el móvil para navegar por el insólito mundo. Hay quien dice que para el objetivo buscado una cosa es buena y la otra no; también hay quien dice que lo mejor para dormir es estar cansado y ya si nos vamos a los malditos chinos afirman que antes de dormir es preciso haber estado despierto, sea esto lo que quiera Dios que sea pues aunque pretendas saber lo que significa al final te quedas igual que siempre, es decir, sin conseguir lo que quieres hasta que ya no queda más remedio. Es como en esos sueños en los que parece que vas a follar a muerte y de repente aparece alguien tan inesperado hasta para un sueño que hace que te preguntes el qué cojones pinta este aquí ahora, desvelando con su presencia que, no me jodas, eso está siendo un sueño y que esa ardiente mujer va a desaparecer de tus brazos ya mismo, haciendo que te levantes ante el nuevo día empalmado, ofuscado y con una cierta duda de si no habrá alguien descojonándose de ti en ese momento.

La cortina del salón estaba corrida aunque decir esto no sea decir mucho. Es tan leve y fue tan blanca que aún echada estoy seguro de que podrían verme si hubiera interés. Claro que podría haber bajado la persiana, pero eso me parecía algo intolerablemente deprimente para una tarde en la que no lo estaba: no había resaca, ni disgusto, ni se me había muerto el pájaro por no darle de comer en tres días ni había envenenado al gato en un descuido. Sólo estaba aburrido y cansado, por ese orden. La mañana en el bar había ido al trasatlántico de las mañanas en el bar y ni tenía ganas de salir a andar ni de irme al parque a leer. Puto libro de mierda. Si hubiese tenido uno como Dios manda ahora todavía estaría allí, sentado en un banco bajo la suave luz del sol filtrada por el verde, profundo y serio follaje de los pinos, fumando entre los piopíos de los pajarillos, las gilipolleces de los lejanos patos y el discreto encanto de las ardillas, esos bichos que al igual que los simpáticos gorrioncillos que veo picotear en la acera del bar parecen saltarse fotogramas en la vida.

Cerré los ojos tratando de no pensar en nada y enseguida vinieron pensamientos de mi mente: que si qué haces, que son las seis de la tarde de un día de junio, que el tiempo es estupendo, que todavía no hace calor, que bien podrías calzarte las zapatillas e irte a los molinos para subirlos una y otra vez como si en una de esas fuera a recibirte aquella banda de trompetas llena de tías buenas vestidas de verde con un tío de pajarita y micro al frente que te diera el premio de follártelas a todas por cansino, que si el parque, que si quizá la bici, que incluso salir a cenar por ahí (aquí me reí), que llamar a un amigo para salir a tomar algo (jajaja)..."¿Y si escribes algo?" llegó también, como no. Pero no, no puedo escribir nada. Escribir me estresa, me pone malo. El otro día vi una película de chinos en la que decían algo como que quien desea quiere poseer y que quien posee está dispuesto asesinar por lo poseído o algo así. Casi dos horas de película sin salir de una casita en mitad de un lago. Como me aburro, joder.

En fin, que ya estaba viendo imposible dormir por culpa de la cabeza cuando sonó el teléfono. Era tan extraño que por un instante pensé si en verdad no estaba soñando. ¿Quien podía llamarme a esas horas? ¿mi hermano preguntándome por cualquier cosa del bar? ¿mi madre por algún hecho inesperado? ¿mi...? Me levanté, miré quien era, lo cogí y un minuto y 48 segundos después colgué incrédulo por lo que acababa de oír. Era algo tan absurdo, tan subnormal, que no podía ser más que una señal para hacer algo, lo que fuera. Volví a tumbarme, alcé la vista y vi a la gata mirándome desde arriba, sobre el Cossío que tengo en la estantería superior. Lo hacía con calma y fijeza, como quien sabe que dadas las posiciones de cada cual resulta imposible cualquier movimiento amenazador que no deje el tiempo suficiente para la huida. Alcé el brazo derecho a modo de advertencia y ella ni se inmutó; todavía faltaba otro para alcanzarla. Moví lo dedos en señal de amenaza y sólo los miró por un momento antes de volver a clavarme la mirada azul. Y ya cuando vio que me levantaba se puso en guardia, pero yo me fui a la cocina a comer algo.

Ya bien comido pensé que, ahora sí, había que hacer algo. Apenas eran las siete de la tarde de un sábado y podía hacer cualquier cosa, incluso ir a los putos molinos. Decidido después de dudarlo mucho entre eso, el parque, volver al sofá, el libro o una paja me calcé las zapatillas y los auriculares y con Led Zeppelin a medio gas salí al patio. Y no había dado ni diez pasos cuando pensé que mejor sería ponerme otro par de calcetines si pretendía subir los molinos.

Andaba poniéndomelos cuando vi que no tenía ninguna gana de subirlos. Nunca, por más que los he subido, me ha pasado nada, nunca. Y las veces que pasaron fueron yendo en coche, hace muchos años. La verdad es que no sé qué coño hago andando tanto los molinos desde hace tanto tiempo. Y entonces fue cuando pensé en pillar algo de beber.

Sí, sería lo mejor. De hecho era perfecto. Apenas me quedaba el culillo de una botella de whisky y con que pillara unas cervezas sería suficiente. Es mejor no tener mucho whisky a mano.

Dudándolo un tanto cogí las llaves del coche. La idea fija era evitar el super de al lado y su personal, con demasiados antiguos amigos que ya no queremos vernos a no ser que yo vaya tan encendido como para que me importe tres cojones que me vean, e ir al cercano y anónimo 24 horas y hacerlo allí, pero quizá fuera incluso mejor salir a la carretera y hacer la compra en el mayorista donde tengo cuenta y ningún viejo amigo o amiga aunque sí algunos conocidos de aquellos tiempos, cosa que no dejan de recordarme siempre que me ven con sus torvas y, a la fuerza, discretas miradas. Sí, iba bajando en el ascensor cuando decidí que la compra iba ser ahí. Y también una botella de whisky, qué coño, que allí al menos no es garrafón como la del 24 horas.

Arranqué el coche y al salir por la rampa me dio el sol en los ojos. Iba a ser jodido llegar estar allí. Llevo el parabrisas lleno de mierda, hace un año que no lavo el coche, y así con el sol de cara...hay demasiadas rotondas y reductores y pasos de cebra y todas esas historias. Y sí, estoy sobrio total pero...mejor no, aunque esto es algo que decido en el último momento, en la última oportunidad, en el último desvío. Iba a quedarme sin la posibilidad de comprar whisky pero en fin...mejor así.

Entré a la tiendecilla dando las buenas tardes y fui donde las cervezas. No había nadie más y desde el fondo pregunté por el precio de las latas. La otra respondió una exageración por una puta Skol, ni llegué a preguntarle por la Mahou, y casi que a punto de tomar la determinación de salir a la carretera pensé que mejor era pillar una litrona y adiós muy buenas. Le voceé que cuanto era, me dijo algo más o menos razonable, pillé dos y cuando me vio aparecer vi que se puso nerviosa, como si yo fuera otro como el atracador que tuvieron hace un mes, o quizá miré a todos los tíos de la misma manera, yo qué sé...Yo iba con mi puta gorra regalada de los Bulls y mi camiseta de 2001, joder, que soy un buen chico. Hay que joderse. Qué castigo de vida. Qué puto castigo de vida.

Iba a irme ya con la compra para no ponerla más nerviosa de lo que estaba cuando un viejo pasó a por hielo y me lo recordó. Me adelanté (tienen la cámara fuera) y le di la suya antes de coger yo la mía y ni con esas la dependienta dejó de mirarme como si yo fuera un delincuente. Me largué de allí asqueado.

Y bueno, eso fue todo. Volví a casa y empecé por el whisky del que salieron dos copas que volaron mientras escribía los tres primeros párrafos. El jodío es bueno para eso.


Y ahora que ya estoy harto de cerveza de mierda que no voy a acabar voy a hacerle otra visita al 24 horas.









lunes, 10 de junio de 2019

NARANJAS Y TOMATES

Había subido y bajado cuatro veces los molinos y de regreso a casa sentí necesidad de agua fresca. La que quedaba de la botella con la que había partido un par de horas antes ya estaba algo más que templada y conociendo la cercanía del ambulatorio y su máquina expendedora me reservé de beberla. A veces el agua no es suficiente si no está fría.

No había salido con la idea de subir tantas veces el cerro. Creo que en todos los años que llevo haciéndolo jamás he pasado de dos y en muy contadas ocasiones; no tanto por la dificultad sino porque no había reparado lo suficiente en ello. Suelo hacerlo por las vías más escarpadas, las que no están alquitranadas y sí llenas de piedras, las más solitarias. También llego allí campo a través, evitando las vías normales de acceso. Ahora están llenas de maleza y hay que andar con cuidado por las malas hierbas. Ayer, sin ir más lejos, rocé una que durante un rato me dejó un pequeño recuerdo de mi paso por sus dominios. Luego, enseguida, llegas a la vía del tren, miras a los lados y las cruzas entre piedras y traviesas hasta alcanzar el camino un poco más limpio en cuyo margen izquierdo pastan las ovejas por las mañanas pastoreadas por un hombre de aspecto brutal y sus fieles perros. Un poco más allá, en una revuelta del camino, empieza el de acceso al de los molinos, en muy mal estado hasta que alcanzas el primer llano alquitranado. Ya casi arriba, en su parte más complicada, atajo por un infame sendero por el que nunca he visto a nadie subir o bajar si no es algún ciclista que otro, con el consiguiente peligro para los dos, aunque esto es algo que pasa pocas veces. Y casi resbalando en la arenosa y empinada pendiente final alcanzo la cima, toco el molino con las dos manos y sin más vuelvo a bajar por donde acabo de subir.

Esta mañana desperté aún más temprano que de costumbre. Eran las cinco cuando abrí los ojos y pronto me di cuenta de que no había más necesidad de sueño. Había dormido unas siete horas y me sentía descansado. Pensé que pronto amanecería (junio es estupendo para eso) y no me obcequé como otras veces por volver a dormir. Dejé pasar el tiempo y a eso de las seis me levanté, hice mis cosas, cogí el coche, fui al bar, adelanté unas tareas y salí a andar hasta la hora convenida con la mujer de la limpieza, las ocho y media. Bajé la avenida y llegué al mercadillo que como todos los lunes se estaba montando sobre la marcha. Los primeros en llegar estaban montando sus tenderetes casi en silencio, como se hacen las cosas cuando están tan claras que no necesitan palabras. Todavía en sombras, hombres y mujeres, españoles y extranjeros, juntaban hierros, sacaban cajas de las furgonetas y ordenaban mercancías conforme la tienda iba tomando forma. Entre toda la afanosa marabunta uno podía vislumbrar que el sol ya estaba iluminando el campo que iba buscando. Y cuando llegué a él eché cuentas y vi que podía dar una vuelta completa al arroyo antes de volver al bar para abrirle a la Dominga.

Hace tiempo lo hacía todos los días. Por entonces trabajaba de noche y muy mal tenía que estar para no levantarme pronto e ir a pasear con el primer sol. Me gustaba empezar el día a su ritmo, sentir su viento fresco, echarle un vistazo cuando todavía no hace tanto daño, ver su luz desparramándose sobre el campo como la última copa en el fregadero de un borracho que se va a dormir...Aquellas mañanas eran inspiradoras.

A la vuelta seguí a una vieja que con su carrillo se adentraba entre el todavía no completado mercado. Iba con el tiempo justo y decidí que eso era lo más acertado si no quería perderme en el laberinto en formación, ya bastante más iluminado y por lo tanto ruidoso que una hora antes. Las prisas y los últimos en llegar a sus sitios provocaban algunas pequeñas discusiones que se apagaban conforme se planteaban por la urgencia del asunto. Era maravilla ver a un gitano decirle un tanto a un paisano y quedar ahí la cosa sobre la marcha. Los negros, altos y estilizados, de aspecto inocente, sostenían hierros esperando órdenes. Al final, al principio de antes, ahora había un puesto de encurtidos atendido por una mujerona y su hombre. Un viejo que me recordó a aquel pastor, fuerte aunque no tan simple, probaba banderillas mientras le pesaban aceitunas. Y un poco más allá, ya lindando con la carretera, había uno que vendía especias junto a un gitano jovencillo que andaba a toda prisa por montar el chiringuito mientras respondía con grandes voces a las bocinas de los coches de la rotonda que le pitaban a su furgoneta.

A la mitad de mi primera subida a los molinos me quité los cascos. Iba escuchando a Iron Maiden, la playlist que alguien había hecho en Spotify, y cuando acabó "Run to the hills" pensé que ya era suficiente. Tengo 45 años, no 15, y ya es suficiente. No pasa nada, sólo que ya es suficiente.

Hoy no había escogido la ruta habitual. Me dolía el pie derecho y por mucho que había mirado la zapatilla estaba bien, sin roturas de ningún tipo. A veces me pasa eso, que me duelen algo por una buena razón y sólo me doy cuenta cuando el dolor es mucho más que notorio. No han sido pocas las ocasiones en las que sólo me he dado cuenta de que las zapatillas estaban para tirarlas al ver que la suela para ver que tenía tal raja que casi iba andando a pelo. Pero no, esta vez no era por eso. Y tras mirarla una y mil veces, gastada y sucia pero todavía no rota, no sé como pensé que quizá fuera por andar los malos caminos. Y me fui por los buenos. Y viendo que iba tan bien, que nada me dolía, que hoy es lunes y descanso, que seguro habría poca gente y que mañana será otro día, decidí que quizá pudiera ser probarse como las personas que andan los caminos normales. Y yendo y viniendo, subiendo y bajando, encontrándome para mi sorpresa con algunos que hacían lo mismo que yo, terminé por hacerlo cuatro veces, las cuatro sin pisar más que alquitrán, como todos.

Hubiera podido hacerlo siete u ocho, o diez. Quizá lo haga cuando el día de descanso venga seguido por mil días de descanso. Llevaba dos horas andando y apenas había bebido un trago de agua.

En la entrada al ambulatorio me salió al abordaje una niña de unos cuatro años que escapaba de su madre, que en brazos llevaba a otra más pequeña. La paré y al levantar la vista vi que se trataba de una mujer que viene a desayunar al bar todos los días, una muchacha que según me dijeron es del Opus y en su tiempo libre se dedica a ayuda en los comedores sociales y todo eso.

- ¡Ay, gracias...! ¡Pero si eres Kufisto!
- Sí, soy yo, jajaja
- No te había conocido con la gorra...
- Ya...A todo el mundo le pasa

Pasé adentro, seco, y había una abuelilla con sus dos nietos ante la máquina que yo iba buscando como si fuese el maná. La mujer estaba hurgando en el monedero mientras decía que no entendía nada. El chico, el mayor, de unos diez años, la miraba como si no pudiera entender todo aquello; la pequeña, de unos tres años, miraba fija la máquina como si fuese una caja llena de tesoros.

- ¡Ay, no sé como funciona esto...! ¿Pero esto da cambio? -dijo como queriéndose hacer oír por la recepcionista, que ni puto caso le hizo.
- Sí, señora -dije yo- Da cambio
- ¡Ay, gracias joven...! ¿Y como hay que hacerlo?

El chico seguía empeñado en no decir nada.

- Pues usted le echa la moneda, elige lo que quiere, y la máquina le devuelve lo que le sobre.
- ¿Pero donde tengo que darle para que salga la botella de agua?
- Usted eche la moneda que yo le doy.
- Ay, gracias, gracias...

La mujer echo la moneda y antes que yo llegara a pulsar los números indicados llegó el nieto y los marcó sin decir nada. La botella salió.

- Ay, gracias, gracias...¿Y el cambio?
- Ahí abajo, señora, tras esa pestaña -y conforme lo decía, el niño sacó la mitad del euro y se lo dio a su abuela, que lo volvió a echar ante el, esta vez, mi dudoso amago por pulsar el número correcto de su elección que sin dudarlo ni cero coma volvió a repetir sin decir ni una sola palabra.
- Ay, muchas gracias señor...Dadle las gracias a este señor, niños.

Nadie respondió nada. Todos se fueron, yo pillé mi botella de agua con el mismo número que había elegido el niño, tiré la otra y bebí un buen trago de agua fresca. La abuela todavía estaba guardándose el monedero en el bolso cuando salí de allí. Afuera mi clienta andaba arrancando el coche tras colocar a sus crías en los asientos. La saludé con un gesto. Ella sonrió tan dócil y firme como siempre.

Me rulé un cigarrillo sobre la marcha, lo encendí e iba por la mitad, disfrutándolo, cuando me encontré con un grupo de chiquillos que, nerviosos, escapaban de algo tras alguna trastada. Los perdí de vista y al rato los oí tras de mi, en la otra acera, diciendo palabrotas, riéndose nerviosos por ellas.


Sonreí.


- Dame una bolsa grande, Fátima, hermosa -le dije mientras ella pesaba lo de otro.


Y compré naranjas y tomates.




jueves, 6 de junio de 2019

AMNESIA

Era un tipo grande, de cabeza pequeña y ojillos desmemoriados. Pidió un café y una copa de coñac. Dejó la mochila en el reposapiés de la barra y pasó al water. El café ya estaba templado cuando salió.

Una ludópata jugaba en la tragaperras. Viene temprano y luego sigue por ahí. Ni da los buenos días ni se despide. A veces no pide nada y se va directa a la máquina, pero también hay mañanas en las que pide un café con leche fría que no endulza y se toma mientras juega. En raras ocasiones se come un churro con la misma parsimonia con la que se mueve. Es como si no tuviera ganas de llegar a ningún sitio. Sólo si la llaman por teléfono se acelera un tanto; entonces deja activado el jugador automático y sale a la calle para atender la llamada, nunca muy larga. Luego vuelve y sigue jugando. Cuando gana viene con las monedas a la barra. Las va dejando encima mientras hace viajes al cajón, cogiendo las monedas como si fueran chinarros en el camino. Y ya con todas espera a que yo se las cuente.

Paco seguía pidiendo una cosa tras otra: un café, una manzanilla, un churro, dos, tres, una cocacola, agua, un zumo de naranja, cuatro paquetes de tabaco...Le gusta hablar cuando cree que no hay nadie extraño. Pero si oye voces que no conoce o hay jaleo se abstiene de bromear conmigo para salirse a la puerta a abrasar cigarrillos que tira mucho antes de que se hayan consumido aunque, eso sí, en el cenicero que tenemos atornillado en la pared. Siempre me avisa cuando se da cuenta de que está lleno.

El tipo grande de la cabeza pequeña salió del water y se bebió el café como quien teme que algún desconocido le diga algo desagradable. Apestaba a tabaco y a sudor de varios días. Los ojillos tras las gafas eran como los del gato atrapado en un piso de sudamericanos. No había nada más que esos ojillos en ese grandón. Las anchas espaldas, las manazas ensartadas en esas grandes muñecas que cualquiera diría capaces de abrir cabezas de un sólo golpe se difuminaban en la nada con sólo verle la cara. Cogió el coñac y bebió un sorbo. Preguntó por la cuenta y pagó. Después salió a fumar.

La rumanita rubia del colacao, el zumo de naranja y las dos porras que nunca acababa vino después de mucho tiempo, quizá un año. Sigue teniendo la misma carita de cansancio y las pocas ganas de hablar y mirar a nadie. Pidió un café y un par de churros para llevar. No dejó de mirar el móvil mientras bebía a sorbitos. No se bebió ni la mitad antes de irse sin despedirse.

La mujer de la máquina hoy tuvo suerte. Pero los ochenta euros que le cambié no le cambiaron la cara ni las costumbres. Se fue sin decir adiós.

En una de sus salidas a la puerta para fumar, Paco me dijo adiós por primera vez en la mañana.

El tipo grande de los ojos pequeños apuró su copa y se fue.

Salí a la puerta para verlo marchar.


No. Esta vez no iba de lado a lado de la carretera como hace un año.


Claro que entonces eran las seis de la tarde y hoy son las nueve de la mañana.