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sábado, 19 de diciembre de 2020

RED

Los chiquillos, ya del todo desatados, hicieron del bar otra habitación de juegos. Tal que el santo al que Zaratustra encontró en el bosque al bajar de su montaña, corrían, gruñían, reían y lloraban como arrebatados por el dios de los niños. La más pequeña, de apenas dos años, una criatura que parece una manzana riente, a veces se sentaba junto a la madre para bailar sobre ella un vídeo de Youtube. La puerta del water de señoras, heroica, soportaba como podía las continuas idas y venidas del resto. En el salón, junto al ventanal, en una de las dos mesas altas, dos maduras parejas tomaban sus consumiciones de todos los sábados como si esta vez estuvieran esperando la llegada de Hércules Poirot. En la otra dos parejas más con una niña pequeña que finalmente también fue poseída de la furia, pues reconocía en ella a los amiguitos del lejano barrio donde todos ellos duermen, pero no tardaron mucho en irse. Y a la izquierda, en la gran mesa alta del fondo, junto a la pared donde hace muchos años estuvo la bendita máquina de dardos, una solitaria y taciturna pareja de jubilados quizá se preguntaban la razón o el motivo que les había impulsado a salir también hoy de su cercana casa siendo como era un frío mediodía lleno hasta los topes de nubes amenazadoras. Y por primera vez en los tres o cuatro meses que lleva viniendo eché de menos al viejísimo médico cascarrabias del solitario café y el vaso de agua, a ese que se sienta en la única mesa baja disponible para leer los periódicos en modo biblioteca, a ese a quien cuando llega el fin de semana y para liberar la única mesa baja del salón le insto de buenas formas a hacer lo suyo sobre una de las pequeñas mesas de apoyo que tenemos casi al lado de la gran mesa alta del fondo, cosa que ni a él ni a nadie le importa mucho de momento mientras tenga disponible una silla en la que sentarse.  Pero...¿donde está Dios cuando se le necesita?

Eran las dos y media de la tarde cuando empezó a llover de verdad. La pareja del fondo se marchó enfurruñada, quejándose él de haberle hecho caso a la mujer y venir hasta aquí en un día como hoy, y encima andando, sin la compañía de los amigos de siempre y sin paraguas. Ella sonrió aburridísima. Y entonces fue que salí a la puerta del bar para fumar un cigarrillo y ver la lluvia caer. Pero allí también estaba él, el todavía joven abuelo de una de las cuatro criaturas. Claro está, tuvimos que hablar mientras fumábamos. 

Empezamos, empezó, por lo obvio: el marmitako que yo había cocinado durante buena parte de la mañana y del que tanto sobró. Alabó brevemente su sabor, no hizo pregunta alguna, y enseguida pasó a explicarme pormenorizadamente lo que ellos tenían preparado para comer. Luego llegó el virus y su determinación a ponerse la vacuna en cuanto esté disponible. En esas estaba cuando sentí un buen sobe en el culo. Era ella, la madre de los otros tres niños. 

- Cada vez tienes menos culo, Kufisto -

Normalmente se conforma con palparlo a modo de broma, pero hoy se recreó, sin duda animada por el par de litros de cerveza que ya llevaba en el cuerpo. La dejé hacer, el abuelo dijo algo, tiré el cigarrillo consumido y volví para adentro.

- Vente con nosotros cuando salgas -me dijo-
- No -respondí-
- Cobarde -

Se fueron. Recogí. Me eché una cerveza. Eran las tres y media. Una hora más y también yo estaría afuera.


Cambié la música. Quité el jazz para poner a los Motorhead. Cogí el vaso y me fui al ventanal.

Llovía bien. Llovía sobre el charco formado ante el reductor de velocidad del paso de cebra. Me fijé en los perfectos círculos que las gotas de lluvia dibujaban al ir cayendo las unas cerca de las otras antes de la llegada de los desastrosos neumáticos. Y viendo la forma que creaban al caer sobre la tierra recordé algo que hace muchísimos años me dijo un viejo que conocía la lluvia.

"Llueve bien" pensé.


Apuré el vaso, fui a la barra, cambie a techno y regresé al ventanal con otro vaso de cerveza en la mano.


Sí. Llovía bien.


De puta madre.





sábado, 12 de diciembre de 2020

DE LOS PLANEOS

El plan, el penúltimo plan para pasar la tarde, era llegar a casa, tomar un baño, cenar cualquier cosa, leer una novela e irme a la cama. Poco antes había desechado algunas alternativas, todas ellas relacionadas con un molesto dolor muscular que ya me avisó en la tarde de ayer. Hoy no habría lugar para la tabla de gimnasia ni, mucho menos, para ningún paseo que por otra parte y desde hace bastante tiempo me cuesta un mundo dar cuando ha anochecido. Otras posibilidades como llamar a alguien para salir a tomar algo o simplemente salir a tomar por mi cuenta y ver qué hay por ahí ni las contemplo. Bueno, tampoco era tan mal plan: estaría solo, a mi aire, haciendo cosas que no me disgustan y de paso me lavaría las greñas. Hoy mi tío me dijo con un cierto tono de enfado que ya iba siendo tiempo de que me las cortara, que me hacen más viejo, que esto y lo otro...Yo, un tanto sorprendido por la ruptura de nuestro tácito pacto de no hablar más que del tiempo, apenas dije algo por no dejarle con la palabra en la boca, una cosa como "qué se la va a hacer", después de todo tengo casi 50 años, él ya no cumplirá los 70 y se sigue tiñendo como ala de cuervo la corona de pelo que tiene por cabellera y los cuatro pelos de arriba. Por un momento pensé que iba a decirme algo acerca de lo poco que le gustaría a mi padre verme así, cosa que probablemente fuera cierta, pero murió hace casi cuatro años y no creo eso sea razón de peso. Puede que él, mi tío, lo eche más de menos que yo. Siempre lo tuvo por una especie de hermano mayor. Eran muy diferentes, discutían casi todos los días pero siempre iban juntos. Mi viejo era de otra manera. De entrada no era calvo, estaba gordo, tenía bigote y su lema bien podría haber sido "vive y deja vivir", ¡como no serlo habiendo sido padre de cinco hijos!, diría él. Tenía muy claras sus cuatro ideas pero no por ello trataba de imponerlas. Quizá su facilidad para la vida fue la que pronto le enseñó que lo contrario era una total pérdida de tiempo, siempre y cuando los suyos fueran por unos márgenes más o menos razonables. Pero de puertas para afuera no le hacía la cruz a nadie que no fuera un absoluto desastre. Esto también puede ser que tenga que ver con nuestro oficio, con ser hosteleros. Y con la experiencia, que lo suyo le costó ir por la vida sin esconderse. Pero una cosa es no esconderse y otra mostrarse ante cualquiera y a cualquier precio. Sí, yo creo que mi padre acabó siendo sabio a su manera. 

Dylan cantaba en nuestro bar sus canciones modernas, las del 90 para acá, las que más me gustan, las que siempre pongo cuando tengo ganas de escucharlo, las que no tienen la jodida armónica. El Dylan del "Desire", ese es mi punto de partida. Todavía entonces le daba al tema, pero poco a poco fue dejándola a un lado, como la política. Otro que aprendió. 

Eran las tres de la tarde y yo seguía tan relajado como lo había estado durante gran parte de la mañana. Había empezado el día con una cierta pesadez de espíritu, como quien ha pasado la noche soñando cosas extrañas e inconscientemente aún cabalga en ellas. Los sueños, mis sueños, son cada vez más estrambóticos, más extremos, pero, cosa rara, desde que han tomado ese cariz tan acusado estoy en ellos más tranquilo, más seguro, menos temeroso. Hoy, por ejemplo, vi venir un perro furioso hacia mi y no me moví del sitio. Vi la sombra de alguien que lo había soltado. Estábamos en el campo. Recordé que no hay que mirar a los ojos de las bestias y continué mirando lo que estaba mirando. Lo esperé oyéndolo ladrar hacia mi, sintiendo su alocada carrera, pero no como uno paralizado por el miedo, no, sino como quien está ahí parado en el sitio porque ya estaba parado en ese mismo sitio. El perro llegó hasta mi, calló y luego desapareció. 

Hasta el mediodía estuve sin parar de preparar cosas para el aperitivo. Un gran guiso de patatas con bonito, calamar y mejillones estaba dispuesto. En el último momento, cuando ya estaba apartado y gracias a la llegada de unos clientes, se me fue un tanto el calor remanente y algunas patatas más de las debidas se deshicieron. Con todo, seguía teniendo un aspecto estupendo. Puse una bayeta fría bajo la cacerola, me rulé un cigarrillo (¡el segundo!) y salí afuera a darle unas caladas.

La mañana era magnífica. Un sol primaveral iluminaba la escena. Yo ya estaba bien, muy bien, y verlo me hizo recordar algunos buenos momentos andados bajo su luz. Él me ha regalado muchos buenos momentos en mi vida. Instantes de felicidad, de una alegría arrebatadora que incluso me llevaban a saltar y gritar. Una vez, escuchando por los auriculares el final de la Novena, me pasó en la avenida principal del pueblo. Pero las más eran en sus afueras, amaneciendo, lejos de todos; entonces dejaba de oír lo que fuera que iba oyendo, me quedaba quieto y con los ojos entornados lo miraba elevarse un día más. ¡Cuanto bien me hizo! ¡cuanto dolor anestesió en mi vida!

El guiso quedó casi entero. Apenas serví cuatro o cinco cazuelas. La mañana fue floja. A veces pasa. La sombra llega muy pronto a nuestra pequeña terraza y entonces hace frío.


Quité el jazz que suelo poner durante las horas de las cañas; un jazz moderno, suave, uno que no molesta, y volví a poner al Dylan de los desayunos de estos últimos días. 

Eran las cuatro de la tarde y yo, medio escondido junto a la cafetera, ya había decidido qué hacer con el resto del día que me esperaba media hora después cuando uno llegó al desierto bar y pidió un café floreado, un café de nombre estúpidamente largo, de esos que un hombre jamás pediría. Le llevé su café con una gota, ¡una gota!, de leche, sacarina e hielo y regresé a mi rincón para seguir escuchando el "Tempest" de Dylan.

Y entonces fue que empezó a sonar "Tempest", la canción que da título al disco.


Y mientras, casi con lágrimas en los ojos, escuchaba esa tremenda canción sobre aquella tragedia pensé:


"¿Y por qué no escribir yo algo?"


Y eso es lo que al final he hecho.