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sábado, 19 de diciembre de 2020

RED

Los chiquillos, ya del todo desatados, hicieron del bar otra habitación de juegos. Tal que el santo al que Zaratustra encontró en el bosque al bajar de su montaña, corrían, gruñían, reían y lloraban como arrebatados por el dios de los niños. La más pequeña, de apenas dos años, una criatura que parece una manzana riente, a veces se sentaba junto a la madre para bailar sobre ella un vídeo de Youtube. La puerta del water de señoras, heroica, soportaba como podía las continuas idas y venidas del resto. En el salón, junto al ventanal, en una de las dos mesas altas, dos maduras parejas tomaban sus consumiciones de todos los sábados como si esta vez estuvieran esperando la llegada de Hércules Poirot. En la otra dos parejas más con una niña pequeña que finalmente también fue poseída de la furia, pues reconocía en ella a los amiguitos del lejano barrio donde todos ellos duermen, pero no tardaron mucho en irse. Y a la izquierda, en la gran mesa alta del fondo, junto a la pared donde hace muchos años estuvo la bendita máquina de dardos, una solitaria y taciturna pareja de jubilados quizá se preguntaban la razón o el motivo que les había impulsado a salir también hoy de su cercana casa siendo como era un frío mediodía lleno hasta los topes de nubes amenazadoras. Y por primera vez en los tres o cuatro meses que lleva viniendo eché de menos al viejísimo médico cascarrabias del solitario café y el vaso de agua, a ese que se sienta en la única mesa baja disponible para leer los periódicos en modo biblioteca, a ese a quien cuando llega el fin de semana y para liberar la única mesa baja del salón le insto de buenas formas a hacer lo suyo sobre una de las pequeñas mesas de apoyo que tenemos casi al lado de la gran mesa alta del fondo, cosa que ni a él ni a nadie le importa mucho de momento mientras tenga disponible una silla en la que sentarse.  Pero...¿donde está Dios cuando se le necesita?

Eran las dos y media de la tarde cuando empezó a llover de verdad. La pareja del fondo se marchó enfurruñada, quejándose él de haberle hecho caso a la mujer y venir hasta aquí en un día como hoy, y encima andando, sin la compañía de los amigos de siempre y sin paraguas. Ella sonrió aburridísima. Y entonces fue que salí a la puerta del bar para fumar un cigarrillo y ver la lluvia caer. Pero allí también estaba él, el todavía joven abuelo de una de las cuatro criaturas. Claro está, tuvimos que hablar mientras fumábamos. 

Empezamos, empezó, por lo obvio: el marmitako que yo había cocinado durante buena parte de la mañana y del que tanto sobró. Alabó brevemente su sabor, no hizo pregunta alguna, y enseguida pasó a explicarme pormenorizadamente lo que ellos tenían preparado para comer. Luego llegó el virus y su determinación a ponerse la vacuna en cuanto esté disponible. En esas estaba cuando sentí un buen sobe en el culo. Era ella, la madre de los otros tres niños. 

- Cada vez tienes menos culo, Kufisto -

Normalmente se conforma con palparlo a modo de broma, pero hoy se recreó, sin duda animada por el par de litros de cerveza que ya llevaba en el cuerpo. La dejé hacer, el abuelo dijo algo, tiré el cigarrillo consumido y volví para adentro.

- Vente con nosotros cuando salgas -me dijo-
- No -respondí-
- Cobarde -

Se fueron. Recogí. Me eché una cerveza. Eran las tres y media. Una hora más y también yo estaría afuera.


Cambié la música. Quité el jazz para poner a los Motorhead. Cogí el vaso y me fui al ventanal.

Llovía bien. Llovía sobre el charco formado ante el reductor de velocidad del paso de cebra. Me fijé en los perfectos círculos que las gotas de lluvia dibujaban al ir cayendo las unas cerca de las otras antes de la llegada de los desastrosos neumáticos. Y viendo la forma que creaban al caer sobre la tierra recordé algo que hace muchísimos años me dijo un viejo que conocía la lluvia.

"Llueve bien" pensé.


Apuré el vaso, fui a la barra, cambie a techno y regresé al ventanal con otro vaso de cerveza en la mano.


Sí. Llovía bien.


De puta madre.





sábado, 12 de diciembre de 2020

DE LOS PLANEOS

El plan, el penúltimo plan para pasar la tarde, era llegar a casa, tomar un baño, cenar cualquier cosa, leer una novela e irme a la cama. Poco antes había desechado algunas alternativas, todas ellas relacionadas con un molesto dolor muscular que ya me avisó en la tarde de ayer. Hoy no habría lugar para la tabla de gimnasia ni, mucho menos, para ningún paseo que por otra parte y desde hace bastante tiempo me cuesta un mundo dar cuando ha anochecido. Otras posibilidades como llamar a alguien para salir a tomar algo o simplemente salir a tomar por mi cuenta y ver qué hay por ahí ni las contemplo. Bueno, tampoco era tan mal plan: estaría solo, a mi aire, haciendo cosas que no me disgustan y de paso me lavaría las greñas. Hoy mi tío me dijo con un cierto tono de enfado que ya iba siendo tiempo de que me las cortara, que me hacen más viejo, que esto y lo otro...Yo, un tanto sorprendido por la ruptura de nuestro tácito pacto de no hablar más que del tiempo, apenas dije algo por no dejarle con la palabra en la boca, una cosa como "qué se la va a hacer", después de todo tengo casi 50 años, él ya no cumplirá los 70 y se sigue tiñendo como ala de cuervo la corona de pelo que tiene por cabellera y los cuatro pelos de arriba. Por un momento pensé que iba a decirme algo acerca de lo poco que le gustaría a mi padre verme así, cosa que probablemente fuera cierta, pero murió hace casi cuatro años y no creo eso sea razón de peso. Puede que él, mi tío, lo eche más de menos que yo. Siempre lo tuvo por una especie de hermano mayor. Eran muy diferentes, discutían casi todos los días pero siempre iban juntos. Mi viejo era de otra manera. De entrada no era calvo, estaba gordo, tenía bigote y su lema bien podría haber sido "vive y deja vivir", ¡como no serlo habiendo sido padre de cinco hijos!, diría él. Tenía muy claras sus cuatro ideas pero no por ello trataba de imponerlas. Quizá su facilidad para la vida fue la que pronto le enseñó que lo contrario era una total pérdida de tiempo, siempre y cuando los suyos fueran por unos márgenes más o menos razonables. Pero de puertas para afuera no le hacía la cruz a nadie que no fuera un absoluto desastre. Esto también puede ser que tenga que ver con nuestro oficio, con ser hosteleros. Y con la experiencia, que lo suyo le costó ir por la vida sin esconderse. Pero una cosa es no esconderse y otra mostrarse ante cualquiera y a cualquier precio. Sí, yo creo que mi padre acabó siendo sabio a su manera. 

Dylan cantaba en nuestro bar sus canciones modernas, las del 90 para acá, las que más me gustan, las que siempre pongo cuando tengo ganas de escucharlo, las que no tienen la jodida armónica. El Dylan del "Desire", ese es mi punto de partida. Todavía entonces le daba al tema, pero poco a poco fue dejándola a un lado, como la política. Otro que aprendió. 

Eran las tres de la tarde y yo seguía tan relajado como lo había estado durante gran parte de la mañana. Había empezado el día con una cierta pesadez de espíritu, como quien ha pasado la noche soñando cosas extrañas e inconscientemente aún cabalga en ellas. Los sueños, mis sueños, son cada vez más estrambóticos, más extremos, pero, cosa rara, desde que han tomado ese cariz tan acusado estoy en ellos más tranquilo, más seguro, menos temeroso. Hoy, por ejemplo, vi venir un perro furioso hacia mi y no me moví del sitio. Vi la sombra de alguien que lo había soltado. Estábamos en el campo. Recordé que no hay que mirar a los ojos de las bestias y continué mirando lo que estaba mirando. Lo esperé oyéndolo ladrar hacia mi, sintiendo su alocada carrera, pero no como uno paralizado por el miedo, no, sino como quien está ahí parado en el sitio porque ya estaba parado en ese mismo sitio. El perro llegó hasta mi, calló y luego desapareció. 

Hasta el mediodía estuve sin parar de preparar cosas para el aperitivo. Un gran guiso de patatas con bonito, calamar y mejillones estaba dispuesto. En el último momento, cuando ya estaba apartado y gracias a la llegada de unos clientes, se me fue un tanto el calor remanente y algunas patatas más de las debidas se deshicieron. Con todo, seguía teniendo un aspecto estupendo. Puse una bayeta fría bajo la cacerola, me rulé un cigarrillo (¡el segundo!) y salí afuera a darle unas caladas.

La mañana era magnífica. Un sol primaveral iluminaba la escena. Yo ya estaba bien, muy bien, y verlo me hizo recordar algunos buenos momentos andados bajo su luz. Él me ha regalado muchos buenos momentos en mi vida. Instantes de felicidad, de una alegría arrebatadora que incluso me llevaban a saltar y gritar. Una vez, escuchando por los auriculares el final de la Novena, me pasó en la avenida principal del pueblo. Pero las más eran en sus afueras, amaneciendo, lejos de todos; entonces dejaba de oír lo que fuera que iba oyendo, me quedaba quieto y con los ojos entornados lo miraba elevarse un día más. ¡Cuanto bien me hizo! ¡cuanto dolor anestesió en mi vida!

El guiso quedó casi entero. Apenas serví cuatro o cinco cazuelas. La mañana fue floja. A veces pasa. La sombra llega muy pronto a nuestra pequeña terraza y entonces hace frío.


Quité el jazz que suelo poner durante las horas de las cañas; un jazz moderno, suave, uno que no molesta, y volví a poner al Dylan de los desayunos de estos últimos días. 

Eran las cuatro de la tarde y yo, medio escondido junto a la cafetera, ya había decidido qué hacer con el resto del día que me esperaba media hora después cuando uno llegó al desierto bar y pidió un café floreado, un café de nombre estúpidamente largo, de esos que un hombre jamás pediría. Le llevé su café con una gota, ¡una gota!, de leche, sacarina e hielo y regresé a mi rincón para seguir escuchando el "Tempest" de Dylan.

Y entonces fue que empezó a sonar "Tempest", la canción que da título al disco.


Y mientras, casi con lágrimas en los ojos, escuchaba esa tremenda canción sobre aquella tragedia pensé:


"¿Y por qué no escribir yo algo?"


Y eso es lo que al final he hecho.









domingo, 29 de noviembre de 2020

EN EL RINCÓN

 La tipa reía y reía. Una risa escandalosa, una risa explosiva, una risa irritante. ¿Qué clase de tía ríe así después de cagar en un bar? "Gracias, cariño" dijo cuando les llevé el cambio de las primeras cervezas. Cariño. Sólo las putas te llaman hoy así. O las locas.

Llegaron sobre las tres y media. Apenas había otra pareja en el bar. Algo de jazz en el Spotify y mucho sopor en el espíritu. Ese último rato en el bar, esa última hora de la semana, se va cada vez más lentamente. "Acuérdate de todas estas horas -me digo mirando al frigorífico mientras le pego unas caladas al cigarrillo- cuando llegue el día de la recapitulación" Lo peor no es hacer lo que no quieres sino, encima, no hacerlo y tener que seguir estando allí. Es entonces, absurdo sobre absurdo, que el espíritu de la pesadez te deja contra las cuerdas. Y sólo la campana te salva de arrastrarte a tu bienamado rincón, ese que raras veces te ha ofrecido menos de lo que has visto fuera de él.

El tipo, un calvo escuchimizado de brillante y esquiva mirada, se acercó a la barra y pidió dos cervezas. Por quitármelo de delante le dije que ya se las llevaba yo. No me gustó. Dicen que uno crea su propia realidad, que recibes lo que esperas, que si das amor recibes amor y que todas las demás emociones siguen idéntico camino. Pura mierda. Tampoco es que tenga un ojo clínico; en mi hay poco de clínico. Es el tiempo, joder, el tiempo pasado allí, detrás de la barra, y la buena y natural desconfianza hacia lo desconocido lo que hace presentir la otra cara de lo otro.

La chica más hermosa que he visto en mi vida vino hoy con sus padres.

- Hola, Kufisto
- Hola, Sonia. ¿Qué tal?
- Pues aquí, como todos los domingos -dijo sonriendo con los ojos y la maldita mascarilla- 

Pidió las cervezas y esperó para llevárselas. 

- Ahora te las llevo yo -le dije para evitarle la molestia o cualquier incomodidad de estar allí, al otro lado de la barra, esperando que uno que bien podría ser su padre tire unas cañas desde el lado de enfrente; unas cañas que ella, llena como está de amor y dolor, sabe, seguro, enamoradas-
- Gracias

Estaba preciosa al dejarle los servicios. Jamás la he visto tan guapa. Se puso un poco nerviosa cuando fui a recoger la segunda tirada para dejar la tercera. Intentó alcanzarme algo y nuestras manos coincidieron en tiempo y espacio. Unas manos grandes, huesudas, blanquísimas. La pelirroja melena teníala caída hacia un lado. Sonrió otra vez sin mirar. Siempre sonríe, siempre...Pero cuando habla en confianza, cuando lo hace con su padre, a veces se pone seria y saca a relucir una inteligencia que emana de toda ella; y aún desde lejos y a hurtadillas se ve tan brillante como un sol. A veces un grifo de cerveza y cualquier gilipollas sediento te da la ocasión de recordar a ese dios al que le rezabas en tu infancia.

Cuando se despidió de mi llevando del brazo a su madre enferma ya llevaba otra vez la mascarilla puesta.

- Adiós, Kufisto-
- Adiós, Sonia-

Pasé a la cocina, encendí un cigarrillo y mirando el blanco frigorífico acabé por pensar en una operación a vida o muerte de riñón, pulmón, cerebro o corazón. Y yo tenía el único órgano compatible y se lo daba. Y ella, agotada por la enfermedad, me pedía que no lo hiciera y yo le cogía la mano sudada y respondía que no se preocupara, que todo saldría bien, que con un riñón o un pulmón de menos también puedo vivir, incluso sin cerebro, llevo casi toda la vida viviendo sin él, pero que sin verte a ti de domingo a domingo no puedo vivir, que mi corazón, a mis 47 años, dulce niña mía, es tuyo, y que si también lo necesitas aquí lo tienes, no esperes a un moribundo, que hay quien vive más una vez muerto que cuando estuvo vivo, y que, ¡oh, amada mía!, toda mi vida, toda mi existencia, todo lo que soy, todo lo que esperaba ser hace mucho tiempo y ya estaba como durmiendo ahora se despierta rugiente como un león cabreado, ahora que muere, y ¡oh, por favor!, déjame hacerlo, permítelo por ti y por mi, ¡sobretodo por mi (mentiría)!...Y entonces, por algún altavoz, sonaría el preludio de Tristán e Isolda y en su nota discordante ella diría agarrando fuerte mi mano:

- Bien, Kufisto. Hazlo-


Un sucio gordaco con pinta de pajillero llegó y se unió a la pareja de cerdos. Pidió un nestea. 


Y desde entonces hasta el final las risas fueron tan grandes y fuertes que todo se me olvidó.


Hasta que regresé a mi rincón.






viernes, 20 de noviembre de 2020

UN BUEN VIAJE

 No sé porqué pero al cuarto o quinto tono supe que no iba a coger el teléfono. Esperé hasta el último pensando incluso en dejarle un mensaje de voz al final, pero no tenía activado el servicio, cosa que tampoco sé porqué no me extrañó. "Bueno, aprovechemos el tiempo. Yo he cumplido" Y tiré con el coche hacia el centro comercial para hacer la compra del fin de semana. "Mejor ahora que esta tarde. Una cosa menos. Así tendré tiempo de aprovechar el sol"

Estaba entrando por la puerta cuando recibí su llamada.

- Hola, Gonzalo -respondí-
- Holaaa...-respondió una voz que con toda evidencia acababa de regresar del más profundo de los sueños. Yo no estaba seguro de que me hubiese reconocido. Era la primera vez que hablábamos por teléfono y de hecho tuve que añadir su wasap (nuestro medio de comunicación, digamos, "habitual" aparte del presencial) a mis contactos para hacer la llamada-
- Qué pasa, hombre. Soy Kufisto -le dije-
- Ah sí, Kufisto...
- ¿Oye, hacemos eso que dijimos?
- Sí, sí -respondió la voz- Dame un rato para ducharme y eso-
- Claro, claro...Yo estoy comprando. Una media hora o así, ¿vale?-
- Vale, vale-
- Te llamo cuando esté-
- Vale-

Eran al menos de las once cuando llegué al bar en busca de mi tabaco. Creí habérmelo dejado allí pero no. El que sí estaba era Gonzalo a medio camino entre la barra y la primera mesa alta, como quien no tiene claro donde ponerse, algo que por otra parte no es tan raro en estos días. En el salón uno de mis hermanos estaba reunido con unos proveedores. Saludé desde lejos y pasé a la barra.

- ¿No me he dejado aquí el tabaco? -le pregunté a mi otro hermano-
- No, no he visto nada

Miré y no vi nada. Después de todo tendría que estar en la bolsa que llevo al trabajo, en la misma donde poco antes había buscado, pero llevo tanta mierda dentro que no lo vi. En fin.

- ¿Bueno, qué? Vámonos -dije-

Y salimos del bar mientras pensaba divertido en la cara que debían tener mis hermanos al ver que el mayor había quedado con alguien como Gonzalo. 

- Bueno -dije-, yo tengo el coche en dirección contraria. Tira tú para allá y espérame a la entrada del camino-
- Pero vamos en el mío, ¿no?-
- No no no...Tira tú para allá y espérame.

Cuando di la vuelta todavía estaba él sin arrancar. Es un hombre tranquilo, Gonzalo. Cuando está bien.

Conduje rápido. En la avenida industrial que lleva al camino le di caña. Un par de badenes imprevistos, sin señalizar, (sobretodo el primero, hacía años que no pasaba por allí) por poco no me hicieron reventar el cárter. La mañana era magnífica, soleada, poderosa...¿como no pisar el acelerador? Recordé aquella vez, hará 25 años, en la que pusimos el Golf G60 de un amigo a casi 200 en esa misma avenida con el "Exit" de U2 atronándonos los oídos. Esta vez no pasé de 80. Tampoco mi coche corre a 200.

Bajé a esperarlo fumando un cigarrillo. Poco a poco fui quitándome ropa de encima. En verdad la mañana era allí aún más magnífica de lo que parecía. Acabé quedándome en camiseta. Vi venir un coche y al pasar a mi lado lo saludé creyendo que era Gonzalo, pero era un viejo que me miró como si fuese maricón. No respondió al saludo. Y fue en ese momento que en verdad parecía un maricón, ¿qué coño hacía allí, solitario, en zona casi mariconil, un coche parado a las once de las mañana con uno exhibiéndose cual pavo real a su lado? ¡Oh, Dios, no me jodas! ¡La madre que me parió!

Como a los diez minutos recibí una llamada de Gonzalo.

- ¿Donde estás, Kufisto?-
- Donde voy a estar, joder. Aquí, esperándote-
- ¿Pero donde?
- Pues donde quedamos. Aquí, al final de la avenida...-
- No, no, no...Espera que ya voy-

Joder.

Esta vez llegó pronto.

- Venga, sube. Vámonos en el mío- dijo-
- No. Cada uno en el suyo. Tira tú delante y te sigo-

Tiró casi a paso de abuela y enseguida llegamos al camino, apenas al otro lado. Yo había metido la jodida mascarilla en el bolsillo de la cazadora y casi que la eché de menos al ver la procesión que íbamos formando. Un maricón estaba esperando junto a su coche al final de la avenida correcta. Nos miró. "Me cago en la puta"

Gonzalo entró al camino de tierra a su marcha. En caminos parecidos a esos reventamos unos cuantos coches hace años. Bastantes años.

Y de pronto las ovejas. Un rebaño de ovejas. Estuvimos parados un rato que se hizo eterno. Y ya con vía libre el mamón de Gonzalo no se decidía a tirar. El pastor, un chico joven, le hizo señas para que lo hiciera pero él no se decidía, quizá asustado de asustar a esos animales. Los perrillos iban y venían tirando ovejas a la cuneta y ya cuando no quedaba ninguna nos miraban como si fuésemos tontos o maricones. Pité. Gonzalo tiró aún con más cuidado. El pastor nos vio pasar. Volví a acordarme de la puta mascarilla. El último perro, uno que había dejado baldada a una pobre oveja rezagada, me echó una mirada que no olvidaré.

Un poco más adelante, ¡una liebre!. La vi saltar y perderse como hacen todas las liebres. Gonzalo me llamó:

- ¿Has visto?-
- ¿Qué?-
- ¡La liebre! -dijo entusiasmado-
- Sí
- ¿Te has fijado en sus orejas?-
- (Me cago en Dios, ¿quien se fija en las orejas de una maldita liebre?) No-
- ¡Eran triangulares al final! ¡Una cosa extrañísima! ¿no lo has visto?-
- No, coño, tira-
- Joder...¡Triangulares!
- (¿Pero qué cojones?) Venga, tira.

Tiró. Un poco más allá, cuatro árboles mal plantados. Vuelta a parar en la cuneta. Esta vez se bajó del coche.

- Kufisto, ¿te importa si paramos en este bosque un momento? Quiero ver si la liebre vino de aquí-
- (¿Bosque?) No no no...A las doce tengo que estar de vuelta y no da tiempo. Vamos. 

Otra parada, esta vez al lado de cuatro piedras. Otra vez que se baja.

- Quiero enseñarte este dolmen -dijo-
- ¿Dolmen?
- Sí, baja -respondió con firmeza-

"Yo a las montañas subí, yo a las cabañas bajé"

Piedras. Algunas grandes y otras pequeñas. Ninguna encima de ninguna. El dolmen.

- Aquí hice un ritual -dijo-
- Sí-

Me explicó algo, no mucho, pues vio musgo en las piedras.

- ¡MIRA, KUFISTO!-
- ¿Qué?
- Aivá chaval...¡Mira que musgo!

Una cosa verde sobre las rocas. Estupendo. Creo haber leído algo del musgo en las novelas de Agatha Christie.

- Sí-
- Aivá chaval...-y se agachaba y lo tocaba. Y no sé porqué me dio asco-
- Gonzalo...a las doce tengo que irme-

Al final llegamos, como siempre que se llega al final aunque este no diste más de cinco kilómetros del principio, un mundo para mi.

Aquello era...más piedras. Muchas piedras. 

Ya en la parada anterior tuve que ponerme el jersey, pero allí pillé la cazadora y la bufanda mañanera. Con todo, hacía fresquete. Es increíble como cambia la temperatura en campo abierto.

Echamos a andar. Al principio yo detrás de él pero pronto cada uno a su bola, pues no hacía más que pararse a comentar cosas, rituales anteriores en compañía de alguna bruja, aunque él la llamó de una manera que no entendí. Que si aquí, en La Mancha, hubo mar, "¿pero prehistórico, no?", que rituales del fuego a los dioses, que otro dolmen que sólo él veía, que mira esto, "¿musgo?, "¡LÍQUEN!", que un trébol de cinco hojas que casi lo sacó de quicio...lo dejé y eché a andar entre las piedras.

- ¡HUELES EL AIRE, KUFISTO!- bramó-
- Sí, sí...

La verdad es que allí se estaba tan bien como en cualquier sitio en el que uno está solo. El aire era más ligero, sí, y aparte de piedras que mirar para no torcerte el tobillo el buen sol, mi viejo amigo, iluminaba toda la escena como quien tiene el frigorífico lleno de latas de cerveza. A lo lejos oía gritar a Gonzalo por sus nuevos descubrimientos. "Sí, sí..." Poco a poco aquel bosque de piedras, el fuerte silencio y la lejanía del otro hicieron vibrar a mi alma en su estrecha onda correcta. Sí, sin lugar a dudas, ese era un buen sitio.

Miré el reloj. Pronto tendría que irme de allí. Y eché a andar de vuelta.

- Vámonos, Gonzalo-le grité-

Él andaba recogiendo cosas del suelo.

- ¿Qué haces?-
- Hay que mantener limpio esto-

Postas, cristales, latas y algunas piedras maravillosas que se había encontrado.

- Toma, Kufisto. Este cuarzo para ti-

Cerca de donde los coches vimos la pelada calavera de un animal, de uno pequeño. Gonzalo se maravilló pero yo (tras un vistazo y su breve explicación de que era un pequeño depredador, un lobezno o así) seguí adelante, pues ya iba estando fuera de hora.

- Venga, Gonzalo- voceé

Y vino con las manos y los bolsillos llenas de postas, cristales, latas, piedras maravillosas y calaveras. 

Intentó abrir el capó del coche pero no pudo.

- Kufisto, por favor, méteme la mano en el bolsillo y ábrelo tú-

Se la metí, lo abrí y aquello era algo inenarrable de la mierda que allí había. Con todo y mucho cuidado fue depositando todo el material como si fueran explosivos.

- Bueno, venga, vamos -dije yo-
- Ku-fis-to -dijo él- ¿te importa irte tú solo? Es que yo tengo que hablar con mi padre...-
- Claro, claro -dije yo como un secundario de Lovecraft- Sin problema-

Arranqué el coche. Él tuvo tiempo para acercarse. Ya estaba todo dentro y bien colocado en su maletero.

- Kufisto- y me tendió su huesuda mano- ¿no te importa, verdad?
- Qué coño.


El regreso de un viaje siempre es mucho más corto. 


Y si se hace sobre arena y sin ovejas a la vista ya es algo casi orgiástico.

domingo, 8 de noviembre de 2020

LO QUE TÚ NECESITAS ES QUE TE QUIERAN, kUFISTO

 - Lo que tú necesitas es que te quieran. Y querer -dijo ella sin perder de vista a tres de sus chiquillos-

Y alcohol para escribirlo.

Un gato muerto, reventado contra el frío asfalto de la rotonda del bar, logró quitarme la somnolencia del mal dormir y de la ducha que no había tomado. Aparqué junto a la puerta. Una señora, cabizbaja, cruzaba el paso de cebra del otro lado. Tampoco ella quería verlo. Por un instante pensé en decirle algo, qué pena o algo así, no son maneras de empezar otro jodido domingo; pero no, preferí el silencio. Metí la llave y pasé para adentro. Encendí la cafetera, accioné algunas luces, me quité la chaqueta y el gorro, vacié el lavavajillas, retiré de la barra las últimas copas de la noche, saqué algunas cosas del frigorífico, bajé los taburetes, quité de en medio el cubo y la fregona, el cogedor y la escoba, saqué la terraza, coloqué las mesas del interior, encendí la tragaperras y el televisor, subí las cortinas y así, poco a poco y sin escándalo, desperté al bar, todavía envuelto en la sombra del edificio de enfrente.

Eran las tres y cuarto de la tarde cuando ella llegó. Todo había sido ya hecho, y bien hecho. Apenas quedaban dos parejas en el salón y no les faltaba mucho para irse hasta el domingo que viene. La mañana se fue dejando tras de sí algunos raros fotogramas que el mediodía había corregido de la forma habitual. Mi hermano había dejado la cocina impoluta, yo tenía la barra hecha y apenas quedaba barrer un poco y esperar el cambio de turno. Una hora larga, la más larga de todas las horas, la que te mata como te descuides, esa que no sabiendo ella que hacer contigo ni tú con ella suele formar nubes a modo de pasatiempo, el peor de ellos.

Pensé en esa chica medio francesa que a veces viene de la capital para ver a sus padres. ¿Pero no está Madrid confinado? Hoy vino. ¿Quizá esté aquí? El otro domingo, mientras estaba fumando en la puerta,  oí a su padre decirle que a lo mejor sería bueno venirse para acá. ¿Fue el pasado o el anterior? ¿O el anterior del anterior? No sé. Su madre está delicada desde hace mucho tiempo y cada vez lo está más. No he llegado a conocerla sana. Y los conozco desde hace un montón de años. ¿Cuantos años tendría ella entonces? ¡Dios mío! ¡sería una cría! Pero no consigo acordarme de ella tan pequeña. A lo mejor no venía con ellos. Pero son muchos años y ella apenas tendrá veinticinco, en ningún caso treinta. Trabaja en Madrid, tiene un novio francés, de su edad, alguna vez lo he visto por aquí...tal vez ya no lo tenga. Y hoy ha sido como si no hubiese venido. Todos los domingos, todos los sábados, cuando veo aparecer a su padre viniendo a pedir para que se lo llevemos a la terraza, espero que pida tres servicios, y de un tiempo a esta parte casi siempre eran dos para gran consternación mía. Cuando hace frío y están dentro del bar es ella quien se acerca a la barra. Normalmente le digo a todo el mundo que se larguen, que ya les llevo yo las bebidas, lo que sea con tal de quitármelos de en medio mientras tiro las cervezas, pero no a ella. Es tan femenina, tan joven y educada, tan natural, tan agradable, tan guapa, tan sonriente, tan mediofrancesa...Y hoy que ha venido no le he hecho ni puto caso. Ahora que escribo me acuerdo de ella como si no pensara en otra cosa, pero no, no le he hecho ni puto caso.

Eran las tres y cuarto de la tarde cuando ella llegó con tres de sus hijos, los más pequeños. Entre fuertes avisos maternales cuyos efectos no duraron más de dos minutos escasos me explicó que estaba por irse a por o a llevar a una de sus hijas mayores, ya no me acuerdo. En todo caso un viaje de doscientos kilómetros de ida y otros doscientos de vuelta. Y con los tres enanos. El padre no había querido saber nada de la película de una de las hijas de otro pero a ella le había dado igual, como de costumbre. Y se llevaba consigo a los tres suyos, para que se jodiera.

Los chiquillos, dos niñas y un niño que malamente hace de mayor con cinco años, empezaron a corretear por ahí. Las dos parejas que quedaban en el salón tardaron cero coma en levantar el vuelo. La más pequeña, una criatura de apenas dos años de grandes ojos y mejillas trompetescas, un solete, iba y venía como podía tras las alocadas huellas de sus hermanitos. Saqué zumos y patatas fritas que devoraron. La pequeña no hacía más que mirarme y se acercaba y me ponía la manita sobre la pierna. Sus dos hermanos jugaban con la persiana de la puerta hasta que el chico se hizo daño al hacerse un nudo con los hilos metálicos. 

- Ahora Kufisto y yo vamos a salir a fumar -dijo la madre- Vamos para afuera 

Salimos todos.

Los chiquillos empezaron a corretear acera arriba y acera abajo. La pequeña, con unas grandes botas que me recordaron al gato del cuento, hacía lo que podía tras ellos. Los tres reían y gritaban mientras su madre y yo hablábamos de algo sin perderlos de vista. Me contó un triste viernes de fuertes discusiones con un moro de mierda y con su padre. Yo, como siempre, estaba poco menos que alucinado viendo el espectáculo. Los chiquillos se encaramaban a las barras de la esquina saludando a los coches.

- ¡¡¡EHHH, COCHE ROJO!!!, ¡¡¡EHHH, MOTO!!!, ¡¡¡EHHH, COCHE BLANCO!!!

Algunos pitaban a modo de respuesta y un poco más abajo yo los veía pasar sonriendo dentro de sus coches. 

Volvimos todos para dentro. Yo me eché una cerveza y empecé a pensar en dejar la tabla gimnástica para mañana. De pronto apareció un chaval en un silla de ruedas mecánica. Tenemos rampa, claro, y muy bien hecha, pero también está la cortina-columpio metálica. Enseguida fue Esther hacia él y le apartó los hilos. 

Ya lo conocía. Es un chaval disminuido psiquíco, uno que andará por los  cuarentaitantos. Alguna que otra vez ha pasado al bar en todos estos años. Una vez dentro se acercó a la barra y dijo algo que no entendí, pues iba con la mascarilla. "¿Qué?" pregunté. Si ya de por sí el pobre no puede ni hablar, en esas circunstancias resultaba algo imposible.

- Whoawhoa

Los chiquillos le miraban como si fuera una luciérnaga.

- ¿Qué?
- Espera -dijo Esther. E intentó quitarle el bozal para que hablara, cosa a la que él, en una especie de espasmo, se negó-

Al final estuvo claro que sólo quería mear. Esther se ofreció a ayurdale (trabaja en el tema) pero él se ofendió muchísimo y tras unas cuantas maniobras entró en el water y meó solo.  

Salió al cabo de cinco o diez minutos. Los chicos seguían haciendo la cabra por ahí, olvidados ya de ese tío extraño. Esther decía que dos minutos e iba a por él. No llegó.

La más pequeña vino a refugiarse en mi pierna con sus manitas mientras veíamos como se iba el que acababa de mear. Su madre estaba corriéndole las cortinas a grandes voces, indicándole el desnivel de la rampa. Iratxe miraba todo eso como asustada. Luego el que vino se fue y todos volvimos a correr.

- ¿Sabéis que Kufisto tiene una gata? -dijo Esther por decir mientras fumábamos en la puerta del bar-
- ¿Un gato? -dijo el mayor-
- Una gata -respondí--
- ¡Un gato!
- Sí -dijo la madre- una gata. Pero es muy arisca. Como su amo -Y me miró como si estuviera viendo aquella tarde en que la cogió entre sus brazos. Sólo al final, tras mil estupefactos avisos míos, recibió lo suyo-
- Bueno...es una gata que pasa mucho tiempo sola y...en fin


 - Lo que tú necesitas es que te quieran. Y querer






jueves, 29 de octubre de 2020

CAMBIO DE HORA

 Como chicos de quince años, cuchicheando los tres cerca de la puerta del bar sobre cuanto pillar, con dos de ellos ya visiblemente tocados de la cabeza a pesar de ser poco más de las cuatro de la tarde, les oí acordar pollo y medio desde el otro extremo de la barra. Dos salieron a hacer la compra mientras el más pasado se quedaba esperando ya en la calle en compañía de un viejo buscavidas. Así los dejé.

Me había tocado aguantar sus gilipolleces durante la última media hora. Uno de ellos estaba empeñado en que hacía años que no me veía, cosa que era mentira pero dejé estar al oírlo por cuarta vez de tan emocionado como lo decía. Con todo, tuvo que repetirlo tres o cuatro veces más, abrazo incluido. Yo no recordaba ni su nombre. Otro, el que todavía estaba sereno, comentó que habían levantado el toque de queda. Creo que fue esta noticia la que acabó por animarlos a comprar más cocaína. Poco antes, nada más llegar, el más joven y pasado de todos, uno al que no le queda mucho para cumplir 40, hizo su entrada al bar explicando a grandes voces y entre risas como había pipeado a la secreta justo antes del trapicheo anterior, de ese del que ya no le quedaba nada, un encargo para un casi sesentón, un tipo de dinero, un hombretón alegre y divertido, un tío agradable, uno que pegó el braguetazo y que de vez en cuando viene de la gran ciudad al pueblo, uno que al quedarse conmigo solo en el bar dijo como para sí mismo y con cierto tono de asqueo que él ya no estaba para eso. Y otra vez, sin hablar ni por un segundo del tema, me contó de qué conocía a ese niño rico, a ese pobre desgraciado, de la larga amistad que tiene con su padre y en fin, que poco después le faltó tiempo para meterse al water tras salir de él su conseguidor, el hijo de su buen amigo al que conoce desde pequeño. Luego se fueron y después volvió él solo. Un amigo algo más joven, algo menos viejo, le había estado esperando enfrascado con su teléfono. Y cuando ya iban a irse los dos para comer y todo lo demás me dijo aliviado:

- Kufisto, si vuelve ese y pregunta por mi dile que me he ido. 

Salí con Gustavo, el chico que a veces habla solo, a fumar a la puerta de la calle. Todavía no eran las tres y ya todo era sombra en la acera de nuestro bar.

- Así es como noto el cambio de hora, Gustavo -le dije- Hace unos días todavía había bastante sol por aquí-

Continuamos la conversación que habíamos llevado dentro del bar. No sabía que el evangelio de San Juan, que había tomado por apócrifo, es canónico, que viene en la Biblia. Se lo expliqué. 

- Es el diferente, el "especial" Están los de Mateo, Marcos y...Lucas, que más o menos vienen a ser lo mismo, pero el de Juan es más original, más subjetivo. No olvides que fue "el discípulo amado del Señor"-
- No estoy bautizado -respondió-
- Bueno...

Habló de algunos libros de JJ Benítez. La otra madrugada me reenvió por wasap unos audios con su voz. Era la primera vez que lo hacía y dejé pasar unos días hasta decidirme a escucharlos. En ellos hablaba a otro amigo sobre algo terrible que había descubierto gracias a un péndulo. El primero duraba dieciséis minutos y el segundo era una especie de coda de tres. Los escuché tres veces seguidas.

No le he dicho nada. Tampoco él ha preguntado. 

El viento cortaba algunas de las secas hojas de los árboles de la soleada mediana de enfrente, apenas separada de nosotros dos por unos pocos metros. Allí, a diez pasos, en su hora, todavía estaba el sol. 


Y fue entonces que pensé que todo aquello era demasiado bueno. Y entonces, de repente, apareció el pobre niño rico con su coche en compañía del viejo buscavidas. Y supe que todo se había acabado y deseé que al menos mi buen amigo Gustavo tuviera la intención de irse del bar.

jueves, 15 de octubre de 2020

FIFTEEN FEET OF PURE WHITE SNOW

 - ¡Tu tío Kufisto, David, tu tío Kufisto!...¡Ehhh, Kufisto!

La voz de su abuela llegó hasta mis oídos a pesar de la distancia y al ir tapados por los auriculares que en ese instante hablaban de las viejas y nuevas tablas a medio escribir de Zaratustra. Miré, los vi y ya con las orejas liberadas me acerqué hasta ellos sonriendo.

Es un parquecillo de barrio, con toboganes, columpios, balancines y algunas otras cosas de las que desconozco sus nombres. Una cosa pequeña, recogida, vallada por maderos de quizá un metro de alto y pintados de alegres colores. Los niños juegan allí dentro mientras los padres miran o, sin son tan pequeños como mi chico, los acompañan durante sus aventuras. El piso es del tipo acolchado y así el peligro es menor. También está pintado de colores. El sol se estaba poniendo y el frescor de la incipiente noche llegaba, también obediente. Yo lo vi salir en la fría mañana pensando otra vez que no es que salga sino que nosotros salimos a él, pero bueno. Le costó superar los edificios de enfrente. Luego, a eso de las once y media, empezó a calentar y fue maravilloso ver como su luz y su calor lo vivificaba todo, hasta lo muerto, hasta las hojas caídas en la pequeña mediana arbolada que divide la vía donde se encuentra nuestro bar. Apagué el cigarrillo, contento, y volví para adentro.

- ¿Es Nick Cave? -preguntó el último cliente antes de irse con el resto del grupo-

Sí, sonaba como Nick Cave pero yo no estaba seguro. Sorprendido me acerqué al ordenador. Era Nick Cave.

- Sí, es Nick Cave. Buen oído.

Y se marchó. Apenas podía creerlo. Ese tío, ese que me había recordado a aquel patán de ayer, reconocía a Nick Cave mientras hablaba de gilipolleces con sus compañeros de cañas, unos que han conocido a Eddie van Halen cuando el telediario dijo que había muerto.

"Sospecha -me dije ya solo y a puerta cerrada- Sospecha. Quizá llevaba una aplicación de esas en el móvil y vio la canción..." Pero no. Era absurdo. Completamente absurdo. Conocía a Nick Cave. Te había recordado al imbécil de ayer pero este conocía a Nick Cave.

Llegué a casa y me eché un rato con Zaratustra, en su segunda parte. Cerré los ojos mientras hablaba de las tarántulas. 

Así estuve una hora. Supe que había dormido porque no recordaba haber oído algún capítulo. Miré en el teléfono y comprobé que no recordaba nada de al menos dos de ellos. Veinte, treinta minutos...suficiente. En verdad basta con cerrar los ojos para descansar. Esto es algo que he descubierto hace poco tiempo.

Me levanté fuerte y decidido a hacer la tabla de gimnasia que tocaba. Estiré e hice el precalentamiento indicado de siempre desde hace unos meses, no sin antes tener un leve forcejeo con la gata y su empeño por arañar la esterilla. Un par de voces, un amago de patada y ya estaba todo en su sitio, también Zaratustra con su tercera parte, la mejor si no existiera la cuarta. Aunque es la más hermosa de todas.

Una ducha caliente, templada, fría, obediente, en el baño grande...La de mi habitación está medio loca: un leve toque al grifo consigue hacerla pasar de hirviendo a helada en cosa de segundos. Eso no está mal cuando te hierve la sangre pero yo ya tengo 47 años y aunque todavía hiervo no es cuestión de hacer más tonterías. Esto tampoco lo he aprendido hace tanto.

Fui a comprar para el bar y para mi. Pensé en la chiquita rubia tan simpática de la caja, en decirle lo preciosa que es, en invitarla al cine, a cenar y a mi piso pero hoy no estaba. Me tocó la gorda, que me atendió simpática. 

El sol ya estaba bajo al salir de allí. La Tierra giraba sobre si misma hacia otras caras. Diecisiete kilómetros por segundo. Esa es la velocidad a la que se desplaza tras su sol. Diecisiete kilómetros por segundo mientras gira sobre sí misma como una bola de billar disparada con un cierto efecto. Un brazo fuerte el del taco, sin duda.

Casi no salgo. Pensé en pegarle un buen viaje a "Crimen y castigo" Ayer la retomé tras haberla dejado hace un par de semanas en su tercera parte. No sé cuantas veces la he leído. Por ella llegué a él cuando yo era chico. Suelo decir que me gustan más otras novelas suyas. Pero la verdad es que esta es la mejor. Sonia empezó a leer el Evangelio...

Salí. Me abrigué bien. Dobles calcetines, chaquetilla...Los pies tienen que estar calientes. Todo lo demás pude estar frío pero los pies tienen que estar calientes. O no fríos. Maldito plato de ducha.

La tercera parte es la mejor. Zaratustra canta ahí como nadie ha cantado; ni siquiera Robert Plant en "Since I´ve been loving you" 

Ya había que buscar el sol. Las aceras que te llevan hacia las afueras. Gente vieja transcurría por ellas, algunas cogidas del brazo por sus depauperados hijos. Una leve desviación, sombra fría y enseguida el último sol del día que se va. En la distancia, un tío le da patadas a un balón tras el cual corre su hijito y después él. Como yo, también van hacia el sol. Al dobla la esquina que divide la luz y la sombra veo que juegan sobre una rampa con la pelota. Los coches están muy lejos. La pelota sube y baja y el chico se vuelve loco. Sólo es una pelota que sube y baja por una leve altura. El chico se maravilla y ríe.

Cojo al chico. La abuela está reventada. La madre se ha ido a algo y se lo ha dejado a ella un momento. El chico me coge la gorra, rollizo y cabrón. "¡Tu tío Kufisto, David! -dice la abuela- Anda, tenlo un rato que yo ya estoy reventada"

Tu tío Kufisto.

Le gusta la gorra que llevo desde hace años. Siempre le ha gustado. Mi gorra tiene un toro rojo grabado en la frente. Él lo mira e intenta arrancarlo otra vez. En año y medio ha jodido tantas cosas que parece no explicarse como no puede hacer lo mismo con esa.

Pronto llega la madre. Es la suya quien la ve aparcando el coche. 

- ¡Mira, David! ¡mama!

David oye mama y mira. Y en cuanto la ve salir del auto, enmascarada, se tira de mis brazos hacia los de ella.

- ¡Espera, cabrón! 

Se va con su mama. Le ríe.

- ¿Qué tal, Kufisto?
- Bien, aquí con el petardo este

Reímos y hablamos. Y un buen rato después me voy.


Es tarde. Al sol le queda poco. La noche llega y lo mejor es estar en casa.


En tu caverna.




jueves, 17 de septiembre de 2020

UN CHICO RARO

El chico, un chaval de unos diez años, guapo y bien formado, entró al bar, dio unos "buenos días" perfectos y sin más se dirigió hacia la mesa del salón, todavía sin las sillas desplegadas. Enseguida apareció su padre, un tiarrón de aspecto curtido con acento del Este de Europa, pidió para los dos y se fue con él.

Preparé un colacao y un café que llevé mientras la tostada iba haciéndose. Dejé los servicios y el chico me dio las gracias apartando por un momento la mirada del teléfono. "¡Qué chico más raro!" pensé. Subí las cortinas, bajé los taburetes de las mesas altas y encendí el televisor dándole volumen. El inglés calvo también empezaba su jornada laboral en busca de trastos viejos.

Llevé la tostada del chico. "Deja el teléfono" le dijo el padre. No les oí hablar más.

El padre vino a la barra, pidió una botella de agua y una copa de coñac y pagó. Un poco más tarde, ya desayunados y con el padre aún en el water, el chico salió del bar despidiéndose, "adiós". 

"Qué chico más raro" volví a pensar. "Entra solo a un bar, saluda al camarero, despliega las sillas, da las gracias y se despide...Apenas tendrá diez años y ya sabe todo eso"


Y la mañana siguió por los duros derroteros de casi todos los días. 

jueves, 20 de agosto de 2020

WILD CHILD

Los días van decayendo poco a poco. Hace semanas que me di cuenta de esto. Ese rayo de sol del amanecer dejó de deslumbrarme al doblar con el coche la primera esquina del breve viaje. La verdad es que ni bajaba la visera de tan próxima como está la siguiente curva. El rayo cegaba pero yo todavía puedo ver lo que viene de frente sin necesidad de parar la marcha.

A veces te encuentras con alguien delante de ti pero que no ven como tú. Suelen ser jubilados. Entonces paran durante demasiado tiempo y el primer fastidio del día llega antes de lo previsto. Miran a uno y otro lado, vuelven a mirar y cuando crees que al fin se han decidido a avanzar pisan otra vez el freno para dejar pasar a otro que no lo necesitaba ni de lejos. El jubilado cree que todo el mundo está jubilado. Mientras tanto, detrás de él, hay gente que aún tiene prisa por llegar a los sitios, quizá los mismos pero no de la misma manera.

Allí en la churrería que está al final de la avenida donde tengo el bar suele haber algunos, aunque lo normal a esa hora es que sean trabajadores. El tipo que me sirve los churros, un cincuentón con gusto por el oro, se llama Amalio, lo lleva escrito en la camiseta, sobre el corazón, aunque yo nunca le he llamado así ni tampoco de ninguna otra manera. "Ocho para llevar". Y él coge las pinzas y como mejor sabe va metiéndolos en una bolsa de papel y luego e otra de plástico. Hay días que recuerdo a mi joven padre al ver esa esclava en su muñeca.

- ¿Qué es eso, papa?
- Una esclava, hijo
- Ah...¿y para qué sirve? -preguntaba sorprendido por el nombre-

- Adiós -digo a modo de despedida-
- Adiós, chaval -responde siempre un jubilado sentado en un taburete y apoyado junto a la pared donde se fríen los churros-

Ya nadie espera mi llegada en la puerta del bar. El ciego hace meses que no puede valerse por sí mismo a causa de la cadera y Josemari, mi fiel ayudante, se fue a Ciudad Real hará dos meses. Antes de irse me dijo que sería para una semana, "dos como mucho, Kufistín...no me gusta aquello", pero no ha vuelto. La mujer tiene una hermana allí y al parecer estaba enferma, aunque vistos los acontecimientos que tras la partida se desarrollaron en su barrio marginal bien pudiera ser un quitarse de en medio. Primero fue el uno y después el otro. Al principio de verme solo lo noté.

Hay una muchacha. Trabaja en una establecimiento cercano al mío pero sólo ahora le ha dado por venir antes de entrar a trabajar. Es guapa. Todavía es joven. Yo creo que alguna compañera le habló de mi, de lo serio que era, y es como si ella adoptara una especie de excesiva seriedad al hablar para gustarme. Sí, está claro que le gusto: con demasiada frecuencia me habla de su novio. El otro día me dijo que iba a hacerse otro tatuaje. Lanzó la cosa como quien tira el anzuelo sin mirar al río y sólo vuelve la mirada hacia él cuando lo oye caer en el agua. 

Como azucarillo que cae en ella, así se deshacen los nudos más fuertes. Amistades que parecían y juránrose eternas se transforman en odio por causa de una borrachera descompensada. Así se ha jodido mi más preciada cuadrilla del bar. Una mala palabra, unas malas palabras a lomos de muchas otras que parecían olvidadas, y en un momento todo lo bueno que hubo entre ellos se va al infierno. Y por no verse, para evitarse el uno al otro, los he perdido a casi todos sin tener nada que ver en el asunto. Así es la vida cuando te ha tocado verla desde detrás de la barra con otra mascarilla encima de la que ya te pusieron.

- No puedes ser así, Kufistín -me decían de pequeño-
- ¿Y por qué no? -gritaba yo-
- Vas a penar más que garbanzo en olla

Mi entrañable amiga llegó puntual. Le puse un tercio y arrancamos a hablar. No había nadie en el bar y esta vez vino sola, lo cual ayuda bastante en este caso. Tampoco entró nadie durante un buen rato. Los ratos en los que no entra nadie son la nueva normalidad. Pero entonces se habla mejor.

- Me voy a hacer otro tatuaje, Kufisto -dijo- Aquí, en la pierna.
- Vaya -respondí-
- ¿Qué? -dijo ella-
- Una clienta me ha dicho lo mismo esta mañana, aunque no donde
- ¿Quien?

Cerré a las tres. Ahora cerramos a las tres y volvemos a las seis. Vuelven. Llegan otros.

Un amigo me llamó en el último momento.

- ¿Estás allí todavía?
- Sí, cerrando y a punto de irme pero todavía estoy.
- Espérate un momento que te llevo la botella.
- Vale

Una botella. ¿Una botella? ¡Ah, sí! La botella. La botella de DYC de diez años que le dije me comprara hace algún tiempo. Me arrepentí de haberle dicho que todavía estaba aquí.

Llegó con ella y a puerta cerrada bebimos, fumamos y hablamos. Él se metió algo de speed y siguió hablándome incluso cuando me fui a cagar. El whisky era bueno pero yo estaba sin comer desde el desayuno. Yo cagaba y me limpiaba el culo mientras el rememoraba una vieja velada en el Excalibur de Madrid, una en la que lloró escuchando el "Wild child" de los WASP


Subí los molinos por detrás, por un durísimo sendero recién descubierto. A veces me sorprendo a mi mismo. Años, años y años subiendo los molinos y jamás se me había ocurrido hacerlo por detrás.


El atardecer también está cambiando. Es menos escandaloso que su cara luminosa pero esto sólo es debido a un punto de vista: cuando él ya no está yo hace tiempo que lo estoy en mi casa. La noche viene antes que el día pero cuando uno está a cubierto no se entera de nada.



 

sábado, 11 de julio de 2020

MASCARILLA

Lo mejor, sin duda, era salir a la calle. El piso, especialmente el salón con su gran ventanal, lleva en modo horno algunas semanas y en esas condiciones no se puede hacer nada. Está la opción de quedarse tumbado en el dormitorio, algo más fresco por oscuro, pero resulta un tanto deprimente meterse en él cuando son las siete de la tarde. Miré el teléfono y vi que la temperatura afuera no era tan alta como otros días, podría soportarlo con cierta facilidad. Hace algunos años ni miraba esas cosas. Claro que entonces una de las cosas que no tenía era un teléfono que me dijera la temperatura que había afuera.

Bajé en el ascensor alemán disfrutando de su frescor. Una pegatina sobre los llamadores mostraba la caricatura de una pareja de simpáticos ancianos sin facciones con una llamada solidaria. Es cosa de los del mantenimiento. Todos los meses hacen la revisión y ya de paso ponen una pegatina corporativa adecuada a las circunstancias del momento. Sólo las de diciembre sufrían algún acto de vandalismo. La del año pasado ya venía nada más que en castellano. Quedó impoluta.

La tarde, en efecto, era calurosa pero no tanto como en el piso. El movimiento (está demostrado) produce calor pero su ausencia causa desesperación. Pasé por delante de la piscina municipal, bajo los árboles del mediado aparcamiento, y ya sin más sombra que transitar enfilé hacia una de las avenidas de la desierta ciudad. Allí fue donde me crucé con aquel gilipollas.

Es una acera grande, espaciosa, con el tamaño suficiente como para hacer una vía de tres carriles de coches. De frente, a lo lejos, a unos doscientos metros, vi a un tío caminando en sentido contrario al mío. Con una cierta sorpresa (todavía me sorprendo) observé que iba con la mascarilla puesta. Bien, yo iba sin ella pero el espacio entre nuestras respectivas trayectorias era más que suficiente como para respetar al menos tres distancias de seguridad. Sin embargo, y poco a poco, noté como el tío tendía su línea de paso hacia la mía, tal que si hubiese caído en mi zona de gravedad y no pudiese escapar de ella. Y fue la cosa que al llegar el cruce de las dos fuerzas poco le faltó para sobrepasar el límite del cual iba él protegiéndose, quizá esperando que yo, avergonzado por algo, tendiese al otro lado, a la pared de la cual me separaba metro y medio, al paredón de los edificios, cosa que no hice en ningún momento. Tampoco bajé la mirada ni miré a ningún sitio más que al frente, pero en ese último instante pude ver auténtico odio en su mirada, algo tan desproporcionado que estuve a punto de echarme a reír. No miré atrás pero juraría que él sí lo hizo, pues la sensación de odio hacia mi persona la llevé conmigo durante lo que quedaba de avenida. Y fue esa misma sensación la que me dio fuerzas para decidirme a tomar el camino hacia los molinos. El odio fortalece. Sólo la risa destruye.

Tomé el camino que va junto a la carretera. Un camino lleno de maleza sólo aliviada por las huellas de los tractores, pero con todo preferible al escaso arcén alquitranado: allí casi puedes sentir al fuego subir por tus piernas. Apenas vi coches, qué decir de humanos. El campo abrasado, las tinajas derruidas, el puente y la vía del tren. Me las vi negras para cruzarlas: un mar de espinosos cenizos la guardaban celosos. Al fin encontré un claro y mirando a los lados bajé entre las traicioneras piedras puntiagudas. Volví a mirar y crucé las traviesas, los raíles, las piedras y las malas hierbas del otro lado hasta llegar al pequeño sendero que todo lo bordea. Allí meé y me rulé un cigarrillo para después.

La última vez que subí los molinos vi bastante gente. Ya era época de mascarillas pues muchos las llevaban puestas aún subiéndolos. En esta ocasión no encontré a nadie. Sólo arriba un coche aparcado junto al mirador daba señales de vida. Una pareja muy joven estaba sentada a la vuelta del segundo molino, en su sombra, la que a esa hora mira hacia el pueblo, abrazados. Bajé recortando por la cantera y ya en la otra cara del camino seguí sin cruzarme con nadie.

Tomé el atajo que hay antes de pasar el puente del otro lado que te devuelve al pueblo. Bajo él, a mano derecha, hay un difícil sendero que por detrás alcanza al cerro. A su vera, a mano izquierda, hay una pequeña finca con algunos árboles frutales: el limonero es un primor cuando está en flor. A la derecha, otra pelada y seca con un burro que vaga por ahí. Pero el que vi ayer era un burrito, no el otro que casi acaricié una vez tras la valla: se acercó tanto a mi desde tan lejos que estaba que tuve la tentación. Luego, cuando volvía a pasar por ahí, siempre lo saludaba. Él hacia el amago de venir pero yo no paraba y entonces la distancia parecía ser más grande. Este chiquitín se conformó con rebuznar con ganas desde su posición en la valla este. Yo le saludé a grandes voces mientras subía hacia el norte y él entonces se calló. Agarré bien la cuesta de cabras que alcanza el cerro por detrás y resollando alcancé su cumbre arbolada. En ella volví a mear y dejando atrás al santo de piedra salpicado por hoces y martillos y a la antena de telecomunicaciones enrejada descendí hacia la ciudad.

Ya en ella tampoco vi a nadie durante unos minutos. Sólo cuando llegué a las inmediaciones del pabellón encontré a unos chavales jugando al baloncesto en una maltrecha pista adyacente. Un poco más allá el pequeño parquecillo trasero lindante a la carretera. Unos adolescentes se encaminaban hacia él riendo. 


Entré en la primera calle con nombre y encendí el cigarrillo. Dejé la sombra de la acera afortunada y me pasé a la del sol para no molestar a los contados enmascarillados que venían de frente. Con todo, por ella venía una mujer con su carrito de bebé. Y me eché a la calzada.


Y así, zigzagueando, fue mi regreso a casa.


Sólo al final, ya anocheciendo, cuando no hubo más remedio, me puse la mascarilla que había llevado en el codo todo el tiempo.




miércoles, 27 de mayo de 2020

TABURETE

Llega la noche, sus parejitas, sus cuadrillas y sus solitarios. Toca fijarse en estos, copa en una mano y teléfono en la otra, mirándolo como si fuera una estampita de aquellas que adoraban nuestras abuelas, esperando no se sabe qué, quizá introduciendo la secuencia correcta aparezca la Pataky deseosa de hacerte una mamada por la cara. Un trago, una mirada alrededor, nadie mira a los capullos solitarios con móvil en la mano, "ponme otra", y venga a teclear en la máquina, a levantar la mirada, a ver que nadie te mira. Al final, aburridos y decepcionados por otra noche más sin dar con la clave, se largan a sus cuchitriles para meneársela antes de dormir, ahí no hacen falta códigos ignotos, únicamente la mano y que aún se te ponga medio dura. Al sobre, a soñar que eres el que muchas veces soñaste llegar a ser.

Estoy recogiendo cuando entra uno de esos solitarios que se había largado media hora antes. Lo conozco, un cuarentón soltero, apocado, obeso, calvo, feo y vicioso. Hacía tres o cuatro años que no lo veía por mi bar. Es el típico desgraciao que se pone a todo lo que da porque no se soporta a sí mismo. Algunos lo llevan bien pero este no pertenece a esa categoría. No es peligroso cuando está pasado pero molesta. Me hizo las estúpidas preguntas de rigor, contesté en modo "pasando del tema", se bebió su copa y se marchó. Por eso me sorprende verlo otra vez. Aunque ahora no parece él.

Sí, es el mismo tipo que se había ido normal media hora antes, pero ahora tiene las pupilas tan completamente negras y brillantes que me asusto: son iguales a las de los demonios en forma de niños que atormentan a Judas poco antes de ahorcarse en "La Pasión" de Gibson. Enseguida me doy cuenta de que a ese tío le va a pasar algo. Para más inri me hace exactamente las mismas preguntas de antes. Yo lo miro y me quito de en medio esperando que le pase cualquier cosa en un breve.

Al minuto cae rodao del taburete. El nota está tirado en el suelo boca arriba, cerrados los ojos, un hilillo de sangre sale de su cabeza. Una tía que es bizca y enfermera, puta rematada, borracha como una cuba, se acerca a él. Nos aparta a los seis o siete que estamos alrededor del caído y empieza a hablarle, "¡¡¡LLAMAD A UNA AMBULANCIA!!!" El tipo consigue abrir los ojos y farfulla cosas ininteligibles. Se reanima un tanto y abraza como puede la cabeza de la chica:

- ¿Me...me quieres? -le pregunta
- ¡¡¡SÍ, TE QUIERO, ABRÁZAME FUERTE, NO TE DUERMAS!!!
- Yo...yo te quiero mucho...
- ¡¡¡Y YO A TI TAMBIÉN!!! ¿HABÉIS LLAMADO A LA AMBULANCIA!!!
- Sí, coño

Saco un paño limpio y se lo coloco bajo la cabeza. Llega la ambulancia. La enfermera de todos nosotros conoce a la doctora de guardia, una mujer bajita, consumida, que la hace a un lado en cero coma dos. Se agacha sobre el caído y le habla mientras apunta una luz sobre sus pupilas. El tipo va recobrando el poco conocimiento que le queda y habla, dice su nombre, su dirección, que siente mucho todo aquello, que lo dejen ir...Se lo llevan.


- Ponme una copa, Kufisto -dice ya más tranquila la buena samaritana llegándose a mi rincón-
- Vale, pero bébela rápido que voy a cerrar.

- ¿Vamos a tomar la última por ahí, no? -dice-
- Venga

Subimos en mi coche y nos vamos. Acabamos la noche en el último bar abierto, el primero en abrir allí cuando todos los demás por fin cierran. Ahora sí nos tomamos la última, la dejamos casi entera  y conduzco hasta el cercano polígono industrial para ver la salida del sol. Aparco, me besa y me echa mano a la bragueta.


- Me voy, Kufisto -me susurra al oído recién duchada-
- Mmm...
- Que me voy a trabajar
- Ehhh...¿Qué hora es?
- Las doce y media
- Joder...Quédate un poco más, ¿no?
- No, tengo que irme -dice mientras me besa en los labios- Tengo papeleos que hacer antes de ir a trabajar. Eres un encanto
- Ohhh, joder...¡quédate un poco más! ¡te quiero!
- No...otro día, de verdad. Adiós, Kufisto


Oigo la puerta cerrar, me levanto, me doy una ducha, me afeito, me lavo los dientes y me miro en el espejo.


Jodeeer...




sábado, 23 de mayo de 2020

PIEDRAS

El sol pareció llegar como quien tiene prisa para irse a otro lado. Un cielo azul casi ocultado por grandes y perezosos cirros lo precedía. Por debajo de ellos la habitual procesión hacia el mismo destino de todas las mañanas, aunque ahora toca llevar los capirotes sobre la boca. No importa. Antes no era así y tampoco nuestra estrella varió su marcha. Le da igual. También a nosotros, claro: nadie le canta ya canciones. Está ahí, siempre ha estado ahí, y punto. Da su luz y nosotros andamos en ella, olvidados de él y absortos en lo que nos muestra. Es como poner la tele o la radio para que hagan ruido. Muchos sólo consiguen dormir así.

Flores que nadie ha plantado exhalan susurrantes alientos de vida para algunos y malestar para otros. Pequeñas mariposas blancas revolotean errantes entre ellas. El viento que nosotros no vemos y apenas sentimos las lleva como alcohólicas hacia nuevos bares. Hormigas enfiladas cruzan los caminos ajenas a los peligros que en ellos las acechan, aunque tal vez sean menores a no hacerlo. Es el instinto. Tienen que hacerlo como harían otra cosa si tuvieran alas blancas.

Malas hierbas crecen exageradamente junto al terraplén de la autovía vallada. Entre el espacio dejado por sus alambres se retuercen formando figuras grotescas, desafiantes. El breve alquitrán detiene la conquista y más allá quedan las tierras labradas y la perpetua lucha de quienes cuidan de ellas. Después, a lo lejos, la sierra ignota, todavía azulada, siempre azul.

Árboles salvajes junto a las valladas vías del tren hacen de urinario para los caminantes y cagadero para algunos perros sin dueño. Piedras de vía, piedras que sobraron, piedras caídas en el último momento, piedras volcadas por alguien que quizá volcó la noche anterior, piedras iguales o mejores a las que están allí arriba, en su sitio, entre las vías, sujetándolo todo unas contra otras, en la vibración, en la onda correcta. Piedras.


El chico estaba hoy un poco serio, o quizá sea mejor decir que no tan alegre como antes. Pronto hará un año y ya se le va notando. En sus ojos, en su intensa mirada azul, en la inteligente fijeza que ya demuestra, se ve que va dándose cuenta de que está dejando de ser un juguete en brazos de su tío o de cualquier otro. La memoria llegará más tarde, claro, pero el instinto ya está ahí: el instinto nace cuando puedes mover tus piernas y mantenerte sobre ellas, aunque todavía sea tan complicado como para necesitar la ayuda de su tío, de uno de ellos, aún de ese que habiendo andado mil caminos sigue meando fuera del tiesto.




martes, 19 de mayo de 2020

BABY BLUE

Mi padre apoyando las manos sobre la cámara frigorífica que estaba junto al ventanal, esa en la que enfriábamos las jarras de cerveza. Desde allí se veía el bar de enfrente. Él miraba y callaba. El nuestro casi vacío y aquel casi lleno. Una noche cualquiera. Otra noche de aquellas. ¿Cuantos años tendría él entonces?

Ni se miraban cuando hacían la caja, qué decir de hablar. Él y su socio, su primo hermano. Mi padre cogía las cuatro perras y luego nos íbamos a casa, andando. El trayecto era corto, apenas cinco minutos. Me gustaba andar junto a mi padre después de trabajar, de vuelta a casa. Hablábamos de cualquier cosa menos del bar de enfrente y de mi tío. Entrábamos en casa y mi madre preguntaba qué tal nos había ido. "Bien" era la respuesta de siempre, como cuando iba a ver al abuelo y me preguntaba por como iba el bar. Él lo dejó antes de cumplir cincuenta años, apenas cuatro de los que yo ahora tengo.

Dormí mal y salí a pasear. La mañana era espléndida pero yo no. Una vieja con mascarilla me dijo que yo no la llevaba y poco me faltó para mandarla a la mierda. "Todavía no es obligatoria, chivata" respondí. Ya son muchos días solo y hasta yo me sorprendí de la acritud de mi voz. La verdad es que me dieron ganas de partirle la cabeza. Puta vieja estúpida.

No tenía ganas de andar más y recorté. Bajé por el centro del pueblo y vi que algunos bares empezaban a sacar las terrazas, terrazas grandes, de esas que aún partiéndolas por la mitad todavía pintan algo. Pasé junto a la casa de mi madre y poco después llegué a la mía tras comprar algo en la tienda de la mora.

Me eché en la cama y miré el reloj: todavía faltaba un buen rato hasta las diez. Habría podido estar por ahí pero ya estaba aquí. Intenté dormir y no pude. El cansancio de la mala noche seguía, pero el sol ya estaba ahí aún con la persiana bajada. Abría los ojos y veía claridad. Era de día, era el día, y no se puede dormir así. Si ya es complicado de noche qué decir de día. Me levanté y comí antes del mediodía.

Volví a la cama y unos poceros me sacaron del sueño que llegaba. No pude volver a cogerlo por más que lo intenté. Cuando se fueron a eso de las dos yo ya estaba totalmente desvelado.

Pasé la tarde viendo una serie que ya he visto. No es mala pero tampoco buena. Demasiado larga. Las cosas deberían guardar el sentido de la medida, el tempo justo, la posibilidad de una isla donde pararse en mitad de un océano. Pero sigo viéndola, reviéndola, y ya no queda mucho para acabarla. Sé como acaba pero llegaré hasta el final. Y la verdad es que la parte final es lo mejor de todo: allí, con todo lo pasado, junto a todos los ventanales y vueltas a los refugios, entre sueños, cánceres y pajas a medio hacer, al final, suena una buena canción que medio te salva.


Y no es poco.




martes, 12 de mayo de 2020

EL PODER DEL ACERO

Conan. No tengo un recuerdo claro de ella. Sí de muchas otras...quizá "Karate kid" sea el más grande de todos aquellos años en los que las películas sólo podían verse en el cine. Esa patada a la pata coja del final nos puso a todos en pie, gritando como posesos. Era lo que habíamos estado esperando. Queríamos eso, que se cargara a ese chulo de mierda, a ese rubito de los cojones. Oh sí, aquello fue una auténtica explosión de felicidad por la justicia: el chico bueno vencía al chulo de mierda. Sí, me acuerdo bien. Pero Conan...no sé, no consigo recordar nada de entonces. Quizá lo viera como a un chulo de mierda. Todos esos músculos, toda esa fuerza, toda esa determinación estaba tan lejos de mi que no podía simpatizar con ello ni aún siendo el bueno. Para mi no había mérito en eso, supongo: Conan era demasiado grande y fuerte como para verme reflejado en él.

Hoy puse "Conan" Leí algo en algún sitio y la puse. Nunca vería "Conan" sin que otro me la recordara. Y aún así tampoco la vería: ¿para qué ver Conan a mis 46 años? Hay gente de mi edad que sí la ve, como ese que leí antes de hacerlo yo; será que para él si fue importante. Yo no he vuelto a ver "Karate kid" nada más que alguna escena suelta en televisión. Había muchas películas que ver en aquellos años y yo estaba creciendo. Pronto "Karate kid" me pareció algo ridículo. Pero una vez me hizo saltar de la silla y gritar de felicidad. Entonces uno salía de allí creyendo que al final todo acabaría por estar en su mano: los aplausos, el coche rojo y la buena chica no rubia.

La quité antes de acabar, justo después de incinerar a su walkyria, una rubia como todas las rubias de mi vida. De todas formas ya la había visto entera no hace tanto tiempo, también leyendo a otros, puede que a los mismos, no es que me mueva mucho ni en Internet. Hablaban del rollo nietzscheciano de la peli y bueno, yo soy nietzscheciano, ¿no? Sí, te la explican, la ves con su música y dices "sí, ecce Nietzsche" Pero no acabas de verla, o la ves entera entre miradas al reloj, o te olvidas de ella a los cinco minutos. Una cosa es leer a Nietzsche (que está bien), otra oírlo mientras haces algo (que es lo mejor) y otra muy distinta verlo.

Eran casi las cinco de una tarde lluviosa. Estamos confinados y salir a la calle es un riesgo hasta los ocho. Y además, ando por la mañana, entre las seis y las diez; prefiero ver el sol cuando sale y sube hasta arriba. Claro que no siempre aprovecho todo el tiempo permitido, de hecho sólo lo hice el viernes pasado y eso bajo el signo de una buena resaca que me sacó pronto de la cama. Lo normal es a las ocho, ocho y media, y a las diez o así en casa. Y ya no salgo. Aparte que a las ocho de la tarde están todos los vecinos cantando abajo en el patio y me da cosa pasar entre ellos. Bueno, no todos, serán algunos, pero cada vez que paso al water en esos momentos los oigo cantar por la ventanilla ciega canciones folklóricas, algo a lo que le tengo un asco indecible desde mis tiempos de chaval en la terraza del viejo bar: aquellas tardes de festivales eran las peores, un completo horror en todos los aspectos, nada más que viejos y viejas atrincherados por horas en nuestras sillas con un puto trinaranjus o una leche manchada. Joder, madre mía, qué tardes aquellas...De todas formas las juntas de las ventanas del piso son buenas (no así las puertas) y aparte no hacen mucha falta con esto, ninguna en verdad, pues sólo se oye ahí, en el water, y tampoco tarda tanto uno en mear. Pero siempre que los oigo me acuerdo de toda aquella mierda.

No dura mucho. La verdad es que ya nada dura demasiado. Pronto lo olvido y a otra cosa. Aunque sí, hay veces que uno se emociona al encontrar algo nuevo y enseguida vuelva a él aquella patada a la pata coja pero no, no es lo mismo. Es un rato, un ratín. Por entonces te dormías pensando en eso que acababas de procesar. Ahora lo único que quieres es quedarte en blanco para dormir.

Fregué los platos y las sartenes de ayer y hoy, limpié un poco la cocina. Pensé en fregar el piso del salón. Hace unos días que fregué la habitación y la cocina y el cubo todavía está ahí, en el pasillo. Volví a dejarlo para otra ocasión. La lejía aguanta.

Era otra hora y ya no sabía que hacer. Leer ya me tiene harto, no leo más que libros de mierda. Ayer acabé de un tirón con la biografía de David Mustaine. Y no porque me gustara sino porque no di para otra cosa: leí algo en algún lado, vi que se podía descargar y...en fin, lo de siempre. Nunca fui fan de Megadeth pero bueno. Es un gilipollas y el libro es basura pero el tiempo muerto está dilatándose tanto como el culo de esa chica de la que el otro día hablaban en la Red: joder, se mete cualquier cosa por el culo. Intento recordar su nombre pero no lo consigo. Cuando acabe esto pondré una foto suya, sé donde tiene que estar, me muevo muy poco en la Red. Pero ahora estoy escribiendo.

"True detective" Ya la he visto entera dos veces. Jamás hubiera caído en que ese mamón fuese capaz de hacer un papel como el de Rusty. Jamás hubiera pensado que un chulo de mierda como él, el tipo al que en mi adolescencia le habría hecho un karatekid de haber podido, treinta años más tarde iba a transformarse en algo tan cercano como lejano: el tiempo es relativo, sí, pero también lo es el espacio.

Ahí estaba el dolor del chulo de mierda, el de la patada final. Jodido y demacrado, tan jodido y demacrado como cualquiera, castigado al fin por la vida. Pero aún así hablaba con los polis de otra manera a la imaginada alguna vez por ti: todavía en la mierda era claro que aún diciendo lo mismo que tú imaginas decir a alguien, él lo hacía de otra forma, mejor, más creíble, más todo.

Lo quité a medias del tercer episodio, en el flirteo con la potente mujer de su compañero que más tarde se follará y despreciará tras haber hecho una heroicidad, después de su pasada por la iglesia evangélica, cuando me di cuenta de que en esa serie en el mejor de los casos yo no sería más que otro sospechoso.


Héroes, Nietzsche...Conan y Karate kid...


El grupo de wasap de los hosteleros en el que estoy metido lleva unos días un tanto parado. Estamos todavía en fase cero, ya como deprimidos, a la espera de las alegres cadenas. Algunos se mueven un tanto para pillar en común gel hidroalcohólico a buen precio. Todo son buenas palabras y frases tipo Paulo Coelho.


Ninguna patada de pájaro a la rótula del otro.


Ni mucho menos algún rastro del poder del acero.


A fin de cuentas todos somos camareros.


También tú.

jueves, 7 de mayo de 2020

TYSON vs DE LA CIERVA

El día valió las tres horas que estuve andando.

Amaneció nublado y con algo de viento que en las afueras se explayó bastante más. Por él no subí los molinos ni anduve malos senderos, antes bien lo hice como todos los demás, aunque la verdad es que tampoco iba con muchas ganas. Los dejé atrás, rodeé el otro cerro y ya dentro rodeé todo el pueblo y un poco más. Casi todos los paseantes que en las calles me encontré llevaban la mascarilla puesta. Yo no, la mía es de esas de graffitero y no me la pongo para salir a pasear.

Alcancé el perímetro del parque. Miré el reloj y vi que todavía tenía algo de tiempo. Bueno, hubiera podido cortar allí y volver a casa pero no lo hice. Pasé adelante y volví a salir afuera pero esta vez por el otro extremo. Ahí me crucé con un tío y su perro. Él me saludó y yo se lo devolví sin dejar de mirar la tierra del camino. El puente de la autovía estaba cerca. Volví a mirar el reloj y vi que lo mejor era ir regresando.

A lo lejos, en la otra punta, diminutos, aparecían los molinos. A sus pies había estado hacía un rato. Parecía mentira. Tan lejos en el espacio y tan cerca en el tiempo. Tuve una rara sensación, como si no hubiese salido de casa y sin embargo ya llevaba casi tres horas fuera de ella. Ni rastro de cansancio ni idea alguna en la cabeza. Llegué a casa.

Comí, hice algo y me eché en la cama. Casi me dormí pero no llegué a hacerlo. Justo cuando estaba a punto salía de mis labios una especie de burbuja que me sacaba del sopor. Las babillas de la desconexión, supongo. A la tercera o cuarta vez me levanté. Miré el reloj y no había pasado ni una hora. Me fui al salón.

Puse un combate de boxeo en el ordenador, el Tyson-Holyfield, la primera pelea. Esa la vi en su momento con mi padre, en el viejo bar, hace muchos años. Recordaba que Tyson le había metido una hostia a Holyfield nada más dar el gong que casi lo sacó del cuadrilátero. Claro que esa madrugada yo ya estaba muy borracho. Pero sí, fue así aunque ni mucho menos tanto. Quizá todo haya sido así.

La verdad es que sólo pensaba ver eso, esa primera hostia, pero lo dejé correr para acabar viéndolo entero. Yo iba con Mike, claro. Pero perdió otra vez. Holyfield le daba gracias a Dios en la entrevista tras el combate, no hacía más que decir eso entre bufido y bufido. Hijo de puta.

Puse el segundo, el de la oreja. También lo vi entero, aunque este fue mucho más corto. Mike le mordió dos veces. Estaba muy cabreado cuando le dieron perdedor. Una nube de polis ascendió al ring para controlar la situación. Nadie podía calmar a Mike. Le entrevistaron al salir del vestuario y gruñía como una fiera herida señalando su ojo derecho que había hecho de diana para los disimulados cabezazos del buenazo de Holyfield en los clinchs. Tenía una brecha en el párpado superior que se la había abierto en el segundo asalto. Había peleado con un ojo, le decía al entrevistador. Cuando este le preguntó si se arrepentía del mordisco lo miró como si fuera a arrancarle la cabeza de un bocado.

Vi muy por encima algunos combates más de otra gente y luego fui al sillón del ventanal.

Había descargado una novela negra de un noruego actual, una que decían era buena. Pasé cuatro o cinco hojas con cierto cuidado y a la sexta la dejé. No, hoy no iba a mirar nada más que leer. Ya no sé que tecla pulsar. Esto empezó bien, muy bien, pero desde hace un par de semanas o tres o cuatro se ha transformado en un callejón sin salida.

Ayer fue ya la puntilla con el mamotreto que me bajé de Ricardo de la Cierva. Mi padre tenía su biografía de Franco (que leí de chaval) y cual no sería mi desesperación que al verlo citado por ahí pensé en leer algo suyo. Bueno, el día anterior y el del día de antes lo había pasado con Mario Conde y sus "Días de gloria", así que miedo ninguno. Pero no, no, no...¡Joder, me cago en la puta, no! Qué cosa más coñazo, qué rollo eclesial, qué locura de huesos pulverizados. Cinco minutos a salto de página bastaron para borrarlo hasta del ordenador. Que no quedara ni rastro.

Eran las cuatro y media y ya no había nada que hacer. Cogí el teléfono y pasé el resto de la tarde mirando Internet.


Cuando empezó todo esto llegué a ser feliz. No había otra cosa que hacer que gimnasia y leer. Leí un montón de buenos libros y la buena forma, poco a poco, volvió a mi sin necesidad de estar tres horas andando por ahí. Media hora de ejercicio y un cuarto de pegarle al saco hacen más milagros que cualquier libro lleno de polvo y mierda trasmundana. Después una buena ducha, una buena comida, una tranquila siesta con la boca cerrada y la tarde para leer. ¡Qué buenos ratos pasé! Ni me acordaba que estaba encerrado.

No sé si primero fue el pequeño dolor en la pierna que me hizo parar un tanto hasta hacerlo del todo o la paulatina escasez de libros buenos pero la cosa fue que poco a poco todo ha acabado por joderse. Luego llegó el dolor en el cuello por una mala postura ante el ordenador y eso fue el acabóse: he pasado tres noches sin apenas dormir. Ayer por la tarde (el segundo día medicado) estuve a punto de ir a Urgencias. Pero aguanté.


Ha habido un buen libro durante todo este tiempo revuelto, en este nublado que ha ido viniendo: el de Tyson. Una biografía que es un ajuste de consigo mismo. Un epílogo que me recordó las "Memorias del subsuelo" de Dostoyevski. Una cosa brutal. Un rajarse a uno mismo como pocas veces he visto. Tan fuerte que se nota le dieron el toque para que lo edulcoraran un tanto en su remate. Pero no hay que ser muy listo para darse cuenta de que ese ya no es Tyson sino su editorial.


Mañana saldré tan pronto como hoy. Puede que lo haga antes. He bebido y será mejor que ponga el despertador. No quiero dormirme. Ya no tengo libros.

Saldré a la calle y enseguida andaré por las afueras, pero esta vez entre los salvajes matorrales nacidos en esta rara primavera, allí donde no se ve más camino que el guardado por tu memoria, entre tinajas abandonadas y chamizos derruidos, imposibles hasta para el más tirado de los vagabundos; cruzaré las vías del tren y mearé en sus cunetas, aunque puede que lo haga entre aquellas; miraré hacia arriba, veré el pedregoso sendero que conduce a los molinos de viento y lo haga o no subiré hasta ellos por su cara más jodida, por su peor ladera, allí donde las viñas hace tiempo que no tienen nombre. Y cuando llegué arriba plantaré las dos manos sobre su encalado por tres veces.

Y bajaré de allí sin pararme a mirar nada, sin necesidad de respirar nada, sin la obligación de sentir nada.


Luego, desde el otro lado, los encontraré pequeños, diminutos, como tantas otras veces.


Y mañana será una más.




viernes, 20 de marzo de 2020

RESISTIRÉ

Hoy le ha tocado al salón. La tarima que hay sobre el sofá ha quedado limpia de libros y películas, también de todas las cosas que he ido dejando sobre ellos durante estos años: facturas, librillos de papel, cables...cosas. Había un mar de mecheros bajo el sofá y casi todos funcionaban; algunas piezas de ajedrez, más papeles y hasta una nuez. Lo he guardado todo menos el polvo y la pelusa y en cajas y grandes bolsas me los he llevado a una de las habitaciones de los trastos.

No se ha librado la mesa baja del televisor. El vídeo, la play2, el equipillo de música y el TDT han corrido la misma suerte. Hace muchos años que no utilizo nada de eso. Los tenía ahí porque no tenía tiempo. Incluso he llegado a pensar en dejarme los riñones con el televisor (es de los antiguos y llevo años sin encenderlo) pero me he acordado de mi madre y una vez limpio he vuelto a dejarlo en su sitio. No sé, quizá tenga que venirse aquí y a ella le gusta ver la televisión.

Después he terminado la segunda parte de las lentejas con salchichón que hice ayer y la he llamado.

No podía dormirme en el sofá y me fui a la habitación. Allí creí hacerlo durante más tiempo del que dijo el teléfono cuando lo miré, apenas treinta minutos después. Ahora duermo menos que antes. Tengo más tiempo, tengo todo el tiempo, pero duermo menos. Anoche llegué a ver las dos y media. Y a pesar de que como siempre la persiana estaba bajada a tope he visto las seis en el reloj. Un poco más, al otro lado, el brazo por debajo de la sudada almohada, por abajo, los pensamientos, las ensoñaciones, el cerebro despertando, un poco de Zaratustra en la voz de Artur Mas para apagarlo, otra vuelta, esa parte me gusta, más cerca, mi sobrinete, quiero verlo, hace once días que no le veo...

Ayer tuve una llamada de vídeo con él. Su padre, mi hermano, me avisó el día anterior. Yo estaba en el sofá, como hoy, leyendo otra novela de Agatha Christie en mi nuevo Kindle, una de las regulares. Fue mi primera videollamada.

El chico miraba al teléfono en los brazos de su padre, que le decía que ese que estaba ahí dentro era su tío, ese que los lunes que descansa le saca en el carrillo. Sí, lo llevo por ahí al mediodía de los lunes. Este último no, claro. El chico miraba el teléfono y yo me veía en una ventanilla. "¡Tu tío -le decía su padre- tu tío!" Pero el chico miraba aquello sin saber muy bien a qué atenerse. Alzaba los bracitos como esperando que yo lo cogiera para subirlo. Sí, era yo, era su tío, ese pelón que todos los lunes lo sube hasta el techo cubriéndole de besos antes de encerrarlo en el cochecito, pero esta vez, por alguna razón no podía hacérselo. Y además, ¿como es que ahora era yo tan pequeño cuando antes parecía un gigante?

Hoy no había partidas en el Torneo de Candidatos. Ayer el chino, uno de los favoritos, le ganó la partida al más favorito de todos, el americano, uno que estos días he visto demasiado sobrado. Y eso que contra todo pronóstico había perdido las dos primeras partidas. Ahora está otra vez en la pomada: ganó a quien tenía que ganar y empataron todos los demás. La ronda perfecta tras dos para olvidar. A veces pasa eso, que te viene un golpe bueno, aunque tal vez sea más por el espectáculo que por ti. Es muy jodido remontar después de haber empezado tan mal. Muy jodido.

Con mucho temor y cuidado reanudé la limpieza con la gran mesa del ordenador. En otro tiempo estaba en otro sitio, junto al ventanal, cumpliendo su función social sin ordenador necesario. Pero de eso ya hace muchos años.

Por un momento pensé en meterle los altavoces del equipillo de música que había quitado. No son gran cosa, una ful, pero mejores que los que tengo seguro. Claro que también pensé que eso ya lo había pensado antes y así fue, pues cuando vi las conexiones se me quitaron las ganas. Limpié como pude sin quitar más accesorio que el teclado y eso haciendo una clara nota mental sobre qué cable había desconectado.

La novela de hoy no era demasiado buena. Tenía la sensación de haberla leído ya. O puede que la haya visto en uno de esos episodios de Poirot. No sé; es como leer algo que deberías reconocer pero que sin embargo aparece a tus ojos de otra manera. De todas formas mañana seguiré dándole una oportunidad.

A las ocho empezaron otra vez con las palmas. Poco antes, apenas dos minutos, un gilipollas abrió las ventanas de su piso y pinchó el "Resistiré" del Dúo Dinámico a todo lo que daba. Algunos salieron a las ventanas para dar palmas y voces.


Creo que mañana voy a poner el de Barón Rojo a la misma hora y a todo trapo.


Sí. A mi manera. Como el chino del ajedrez. Como Ding Liren. Como quien parece tenerlo todo perdido y se clava en su silla frente al sobradísimo subcampeón del mundo y juega una apertura dudosa y se mete en líos demasiado duros para su decepcionante clasificación y con todo y con eso va hacia ello. Y al final ganas y vuelves a estar dentro.


Resistiré, sí. Pero a mi manera.