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miércoles, 29 de enero de 2020

COMPARTIMENTO ESTANCO

La cosa estaba entre empezar a leer otro libraco sobre Led Zeppelin o salir primero a andar y aprovechar las dos horas de sol que todavía quedaban. La mañana en el bar había sido desastrosa, dejándome con esa especie de nube negra que Ibáñez dibuja encima de las cabezas de sus cariacontecidos personajes; por esto no me costó mucho tomar la decisión, aunque con cierta desgana. Pero antes pasé a cagar sin muchas ganas. Lo hice mientras le echaba un vistazo al libro con las partidas de Bobby Fischer, el segundo tomo, que lleva ahí ni se sabe. Creo que ya me sé de memoria la mayoría de los diagramas. A veces pienso en cambiarlo y coger alguno de los otros dos tomos pero es limpiarme el culo y olvidárseme todo. Cogí un trozo extra de papel higiénico y salí a la calle.

Hoy no iba a haber Nietzsche. No, no y no, tres veces no. Estoy harto de Nietzsche. Llevo cuatro o cinco meses que no oigo otra cosa. Hoy no iba a haber nada. Hoy iba a escuchar el sonido de la calle y nada más, quizá así me inspirara.

A los cinco minutos ya había puesto techno.

Cambié la ruta de salida cuando vi a lo lejos a una pareja de tontos fumando en la puerta de un bar. Los tiempos de mantener la trayectoria a cualquier precio quedaron atrás. Esos saludos forzados que más parecen maldiciones, esas miradas torvas, desconfiadas, que jamás en todos estos años (y en el mejor de los casos) pasaron de un hola y adiós, ese reconocimiento por el mero hecho de estar atrapados en el mismo sitio durante toda la puta vida ya me asquea lo suficiente como para dar buena la escapada siempre que no sea deshonrosa. Esto todavía no lo he superado pero no creo que tarde mucho.

Ya en el paseo periférico decidí hacer verdad lo dicho a una pequeña amiga unas horas antes y enfilé hacia los molinos. Le había mentido y pensé que no estaría mal hacer como un acto de contrición cumpliendo esa parte de nuestra conversación. Para esto me ha servido Nietzsche.

El paseo tomó un cariz ridículo desde el primer momento. Un par de tíos mayores que yo venían como picados. Yo entré en la gran acera por delante de ellos pero enseguida me rebasaron, primero el más viejo de los tres (que ya iba con la gorra en la mano) y luego el otro, uno que me miró al superarme, uno que no me costó imaginar dando voces a la tele en su bar de barrio con un botellín en la mano y el escudo de su equipo en el pecho. Creo que fue en ese instante que empezó a picarme el culo. Todavía era pronto para aliviarse.

Cinco minutos después y en la parte final de la avenida, justo cuando el tonto iba a dar alcance al más viejo, vi como aquel se hacía a un lado para mirar un coche. Yo estaba a unos treinta metros de ellos y me dio tiempo a ponerme en segundo lugar. El tipo miraba por una de las ventanillas como buscando algo; luego se hacía atrás, hacia el capó, y volvía a acercarse para curiosear la parte trasera. Y justo fue cruzar su perpendicular cuando se reincorporó a la marcha para volver a sobrepasarme. Por un momento pensé si llevaba puesto mi viejo gorro de la Real Sociedad pero enseguida recordé que lo perdí hace años y que lo que llevaba sobre la cabeza era una gorra de los Bulls. No sé, tal vez el tío era de los yo qué sé, de los que se caguen en los Bulls, a mi esa puta gorra me la regaló uno que ahora me evita porque me debe pasta, coño.

El viejo llegó en primer lugar al final de la avenida, rodeó el último árbol y volvió sobre sus pasos. El otro torció hacia la izquierda y yo crucé la rotonda por la calzada, en línea recta, hacia los molinos.

Y fue que al dejar atrás las cuatro naves y meterme en el camino de mierda vi que este todavía se hallaba medio embarrado por las lluvias del fin de semana, cosa que me desanimó bastante. Un perro ladró y volvió a ladrar. Odio a los perros. Volví la cabeza y no lo vi pero lo seguí oyendo bajo mis auriculares. Por el olor a mierda de oveja supuse que era el que guardaba la nave donde las hacinan. Pero esto fue suficiente para quitar la música y sacar la navaja que siempre llevo en el bolsillo interior para ponerla en el del pantalón.

Asqueado por el barro y lo demás, en silencio, sombrío bajo un triste sol atacado por un gran número de pequeñas nubes como moscas, alcancé la siguiente intersección, esa que da acceso al último bloque de viviendas del pueblo. Y ahí mismo fue, fuera del perímetro vallado desde hace años para hacer no sé qué ampliación, que volví a limpiarme el culo, eché una meada y decidí que lo mejor era volver a casa y dejar las contriciones y todo lo demás para otro día.

Y fue que me sentí perdido, pues hacía tiempo de la última vez que yo andara por allí. En otro tiempo ese había sido mi paso habitual, aunque en el otro sentido, y ahora lo hacía como si estuviera en otro sitio. Vi coches aparcados en el otro lado de una larga curva y pensé que cualquiera podría estrellarse en ellos. Emanaban una rara paz, una cierta seguridad de su situación. Recordé mi hostia de hace años y el derrapar del coche que a última hora de esta tarde se puso casi en dos ruedas en la rotonda del bar. Rodeé el edificio y me subí a la pequeña acera en cuanto la vi. Luego una larga recta de feas casas con persianas a las puertas, algún que otro chalet con el cartel de SE VENDE (ya estaba cuando solía pasar por ahí) y una especie de mansión negra con unos dorados y enormes enrejados que siempre al paso llamaban mi atención. Al final una esquina y otra vez dentro. Pero esta vez con los molinos detrás.

Fue entonces cuando pensé en pillar unas cervezas. De ahí a mi casa apenas me separaban veinte minutos. Y empecé a vislumbrar la historia que ya no se fue de mi cabeza.

Las pillé en el chino de la esquina de la pequeña calle industrial. Me acordé del virus de esa ciudad. Hace días que lo sigo en un foro de Internet. No veo la tele, no oigo la radio, no leo periódicos. La gente no hace más que escribir sobre ello. En el bar nadie habla de eso. Mi gata tampoco.

- ¿No tienes Voll Damm? -le pregunté al chino-
- ¿Uh?
- Que si no tienes Voll Damm

No entendió un pijo pero dijo que no. Yo juraría que era el mismo de la otra tienda, la que está cerca de mi casa. Pillé unas Mahou y le pagué con la chatarra sobrante que suelo llevar en el bolsillo del pantalón. Tenía también buenos whiskys, el cabrón. Pero yo tengo uno mejor en casa. Media botella que me sobró el otro día, jajaja...

"Tabaco", pensé. Tabaco. Palpé el bolsillo interior y tuve que sacarlo. Mala señal. Y en verdad lo era. Había suficiente para dos días pero no para una historia. Pensé en abrir una cerveza de camino pero no lo hice.

Entré en el pueblo, por su parte vieja, en la que me crié. Sólo había mujeres. Mujeres andando, mujeres conduciendo, mujeres tras las persianas. A todas las puse en una situación sexual. Un par de paletos forrados de pasta (al menos uno de ellos, el que construyó mi bloque) hablaban a voces mientras se despedían de canalizaciones de ríos y trasvases a Murcia. Flipé con esto. Yo me crié allí. ¿De qué planeta soy, oh Dios mío? ¿Como soy? ¿De qué? ¿Por qué? ¿Qué pasó conmigo? ¿Por qué soy así?

Reí, reí, reí...Iba andando y riendo. Andando y riendo.

Dos estancos. Llegué al más cercano a mi casa, el más viejo del pueblo, y estaba cerrado. Había que dar marcha atrás para el otro, ir a la plaza del pueblo, cruzarse con toda esa gente, con aquel bar...No, no y no...tres veces no.

Palpé la bolsa de nuevo. Esta vez la abrí y metí los dedos. Quizá aguantara para esto.


Y ha aguantado.