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jueves, 30 de junio de 2022

CUATRO MÉDICOS JUBILADOS

 - Estamos esperando -dijo el viejo tras acomodar al anciano en una de las mesas del salón.
- Bien -respondí.

Estupendo. Pocas cosas hay que me jodan más que ver entrar al bar a dos desconocidos, dos vejestorios, y que me digan que están esperando a otros. Y hoy tampoco era el mejor de mis días. 

Era la una y media, hora de cañeo, hora de hacer algo. Y ahí tenía a dos momias ocupando una de las cinco mesas. 

Pronto llegó alguien, un médico recién jubilado, el más joven, uno a quien nada más verlo supuse que venía en avanzadilla del factotum. Y entonces vi la cosa con otros ojos.

Gente de dinero. Gente que se gasta la pasta.

Él llegó y enseguida pidió por todos. Jamón, queso, botella de vino...Estaba tan pletórico como siempre a pesar de su edad.

- ¿No tienes tortilla, Kufisto?
- No -respondí como tantas otras veces. Dejamos de hacerlas tras el confinamiento. Dimos un giro nuevo al bar. En una ocasión le di mi número de teléfono para que me advirtiera el día anterior a su venida, algo que de poco ha servido. Él recuerda la tortilla de patatas cuando ya está en el bar, no antes.

Es normal. Es un jefe. Ha vivido mucho y bien. Todavía hoy, años después de jubilarse, sigue tirando de quienes fueron sus subordinados en el hospital. ¿Por qué se iba a acordar de avisar a un camarero? 

Hombre de humor, vitalista, extranjero en La Mancha de los años ochenta, integrado, no apocalíptico, que diría Eco, algo que nosotros, nuestra familia, no quiso ver por pura cerrazón de la lealtad. Y así estamos como siempre hemos estado, según mi memoria, ya larga, recuerda.

Jamás le vi en el viejo bar de mi padre. Supongo que chocarían, Hoy me he enterado que llegó aquí en el 81, cuando este pueblo era otra cosa muy diferente a la actual. En aquel año yo ya tenía algo de razón; mi primer recuerdo del mundo es de diciembre del año anterior, el asesinato de Lennon. Pero él, entonces, era un tío joven, un atractivo extranjero medio moro, un ginecólogo que se encargaba de cuidar los coños de las santas mujeres del pueblo y de las de no tan santas, de esas chicas sobre las que los infantiles maridos de aquellas se medían entre cubalibres y partidas de dados que regularmente acababan a hostias. 

- ¡Otra botella, Kufisto!

Estaba sentado junto al anciano, un hombre que en ese momento me preguntó por si era hijo de mi padre. Yo le dije que sí, que era el mayor de sus hijos, y él respondió presentándose, y entonces supe quien era, una celebridad del viejo pueblo, no lo había reconocido, han pasado tantos años desde que nos fuimos del viejo bar...

Pasó el tiempo con el resto de clientes y nos quedamos solos. Una buena mañana si acabara ahora, a las tres y media, perfecta. El más joven había pagado la abultada cuenta y yo estaba deseando volver a casa, echarme en la cama y descansar.

- ¡Kufisto! -dijo el jefe- ¿qué tienes por ahí?

Más comida, más bebida. Fabada y garbanzos con callos, esto de bote, de Casa Gerardo. Primera División. No había más blanco del que habían bebido y se pasaron al tinto.

Me resigné. En verano cerramos durante las horas de más calor pero bueno, hoy estaba siendo una excepción. 

Otra botella de vino. Ya iban cuatro para cuatro jubilados. Jamón, queso curado, fabada, garbanzos con callos...

Eran casi las cuatro. Bajé las persianas del ventanal. Apagué la tragaperras y la televisión. No iba con ellos. Más cómodos. 

- Café, Kufisto.

Café. Y chupitos caros, "¡lo mejor que tengas!. Y chistes verdes, y recuerdos verdes y risas rojas.

El bar estaba como cerrado para ellos aunque no se diesen cuenta. Me serví la primera cerveza y esperé sentado en un extremo de la barra.


Bien. A fin de cuentas sólo es otro día en una existencia apocalíptica.

miércoles, 29 de junio de 2022

TRATAMIENTO DE CHOQUE

 Hace algún tiempo, no sabría decir cuanto, le veía bajar la avenida bien temprano junto a quien yo suponía era su madre. Vestían monos de trabajo, de fuertes colores, de esos que llevan los servicios de limpieza del Ayuntamiento. En este caso quedaba claro a simple vista que formaban parte de los trabajadores del mantenimiento del parque, puestos reservados para personas en severo riesgo de exclusión social. Los barrenderos de vías urbanas, los conductores de camiones de la basura, los jardineros...todos estos van aparte, por subcontrata. Muchos de ellos cobran buenos sueldos; algunos, por antigüedad y todo lo demás, incluso muy buenos. Pero esta gente juega en otra división, en la última: tras ella sólo queda el trapicheo, la prostitución o la mendicidad. Quizá sea por esto que prácticamente todas son mujeres. En las mañanas de verano, a eso de las siete y pico, veo pasar a alguna por la puerta del bar mientras voy sacando y extendiendo la pequeña terraza. Mucho pelo teñido, mucho perfume fuerte, los ojos derrumbados sobre el móvil y casi siempre solas. Luego, a la tarde, a eso de las dos y media, hay veces que me las encuentro mucho más animadas, regresando en pequeños grupos a sus hogares en el barrio pobre, ese que queda al otro lado de la carretera de circunvalación.

Aquel chico de errático caminar lo hacía unos pasos detrás de aquella mujer, madre o hermana mayor, quien sabe. Esta siempre iba mirando al suelo, hablándole entre susurros; él, sin embargo, andaba en silencio, como un gangster en barrio enemigo que tuviese el campo de visión circunscrito a la posición del cuello. 

No duraron mucho. No duran mucho. Recuerdo a un conocido gitanillo que apenas aguantó un par de semanas. Prefirió seguir vendiendo calcetines y calzoncillos de bar en bar, a su aire. No pueden trabajar por leve que sea el trabajo, estar sujetos a un horario, es algo superior a su ánimo. Siempre habrá algo por ahí.

La mujer aguantó algo más que el chico. Las bromas brutales, las humillaciones, debían de ser terribles para personas tan sensibles como lo son los enfermos mentales. Era un dolor verla. En ocasiones la vi pasar con lágrimas en los ojos. Se te partía el corazón.

Salí a fumar a la puerta del bar. Una clienta, una tiarrona, hablaba por teléfono mientras deambulaba bajo los toldos. Una chica fuerte, casada, el marido dentro jugando a la tragaperras. Miré hacia el otro lado y vi a aquel chaval. Apenas cinco metros nos separaban. Parecía todavía más nervioso que como le recordaba. Un andar eléctrico, como a espasmos, y sin embargo esta vez llevaba la mirada casi fija. 

Y al pasar al lado de la mujer agitó la mano y una especie de grotesca sonrisa se dibujó en su feo rostro, sonrisa y saludo que fueron correspondidos. Y siguió calle abajo mientras ella continuaba la conversación telefónica.

"La conoce -pensé- Esta chica debe ser trabajadora social o algo parecido. Le trata bien. Le sonríe. Es un poco de amor para él. Estará pensando en ella todo el día. Soñará con ella, en que le ha devuelto el saludo en la calle, ¡en la calle!, ¡y con una amable sonrisa mientras hablaba por teléfono!"


Apuré el cigarrillo. 


La inmensa bandada de vencejos sobrevolaba una y otra vez en círculo los edificios de enfrente sin chocar entre ellos.

domingo, 26 de junio de 2022

UN MAPA DE ISLANDIA

 El pequeño cabroncete entró por segunda vez a la barra.

- ¡Chuches! -gritó en esta ocasión. La primera no dijo nada; simplemente pasó hasta donde está el zumo que le gusta y lo cogió sonriendo mientras me miraba.

- ¡Adrián! -voceó la madre que junto a su cuñada estaba esperando las cervezas que yo andaba tirando- ¡Sal de ahí, Adrián! ¡ahora mismo! -dijo yendo a por él.

El chiquillo, quieto, seguía sonriendo con el zumo entre sus manitas, mirándome.

- Trae, torpedo -le dije. Se lo abrí, le puse una pajita y se lo devolví. 

- ¡No debes entrar ahí! -le riñó la madre recogiéndolo. Es una buena mujer, tiene otro algo mayor, ahora menos travieso que antes. 

Pero hoy habían venido al bar en compañía de otra pareja. A él lo conocía, es un comercial de tabacos, y enseguida caí en la cuenta de que era el hermano de mi clienta. Resulta curioso como se relacionan las cosas cuando coinciden en tiempo y espacio. Por separado jamás he caído en ello durante todos estos años, a pesar de que la hermana trabaja en un estanco, pero ha sido verlos juntos y decirme "sí, son hermanos. ¡Son iguales! El mismo mentón pronunciado...Son hermanos, Kufisto" 

Esta pareja nueva (a ella sí que no la conocía) venían con sus dos hijos, un chico ya algo mayor, de unos doce años, y una chiquilla de la edad del mayor de los otros dos. La madre tenía una mirada un tanto cansada, agotada. Era guapilla, más que la otra, mi amiga, pero se la veía más débil.

Enseguida, tras darle unos tragos a los zumos en la mesa donde estaban separados de sus respectivos padres, los chicos se pusieron a jugar a una especie de escondite que el grande (un chico alto, delgado y con gafas) intentaba que no se saliera de madre.

- ¡Chuches! -dijo riendo-
- ¡No tengo! -respondí convencido. Y la verdad es que no tengo- ¡Pero espera! -añadí recordando que en el revuelto de frutos secos hay gominolas. Tampoco quería que el chico pensara de mi que soy una especie de ogro. Quizá vengan por las tardes y alguno de mis hermanos les dé unas pocas. ¡Y a mi me encantan los chicos, joder!

- Toma -le dije poniendo en sus manitas un cuenco lleno de quicos, cacahuetes, avellanas y alguna que otra gominola de diferentes colores.

Esta vez fue el mayor quien estaba recogiéndolo. El pequeño salió disparado pero él se quedó mirando mi camiseta.

- Eso es Islandia -dijo-
- ¿Qué? -respondí más por incredulidad que por otra cosa
- El mapa de su camiseta. Es Islandia.

Era Islandia.

Es una camiseta verde con el mapa de Islandia en el pecho y dentro de él la figura de un caballo de ajedrez y h5.

- Sí, es Islandia -respondí completamente alucinado- ¿como lo has sabido?
- Me gusta mirar mapas. Y banderas. Las dibujo.

Recordé que cuando yo era chico también me gustaba mirar mapas y banderas. Y dibujarlas. 

- Muy bien...-dije sin salir de mi asombro- Esto que ves dentro de ella es una jugada de ajedrez y este de quien se habla detrás -dije dándome la vuelta por un momento- el jugador que la hizo allí en Islandia, en el campeonato del mundo de 1972...
- ¿En Reykjavik? -dijo sin pestañear-
- Exacto. En Reykjavik.

También conocía los nombres de las capitales de los países. De chico yo...

Marchó y seguí a lo mío pero ahora preso de una sensación indescriptible que ya no me abandonaría en el resto de lo que quedaba de turno, apenas una hora y media más.

- ¡Chuches! -aulló el enano por segunda vez, sudando como un monito-
- ¡Pero si tienes entero el otro! -le dijo su primo mayor-
- ¡Chuches!
- Espera -dije yo- Sé lo que quiere.

Pasé adentro y en una servilleta fui colocando unas cuantas golosinas, ya libres de los malditos frutos secos.

- Toma, que no se te caigan.

Y salió disparado.

El chaval se quedó un momento ahí parado, mirando a su primito.

- Así que te gustan los mapas -dije- La verdad es que me has sorprendido. Es la primera vez en los cinco años que tengo esta camiseta que encuentro a alguien que sabe el nombre del país. 
- Sí. Me gusta la Geografía y la Historia.
- ¿También la Historia?
- Sí.
- Ah, ¿qué tal el curso? ¿ha ido bien?
- Sí. El año que viene empiezo el bachillerato.
- Muy bien.
- Me llamó Andrés -dijo tendiéndome la mano.
- Y yo Kufisto -respondí extendiendo la mía.

Y sin dudarlo me echó mano al antebrazo. Estamos en tiempo de pandemia. 

- Pues a estudiar, Andrés.
- Sí. Quiero tener un futuro.

Faltó poco para que me diera un blancazo al oírle decir eso.

- Usted me parece simpático -dijo con firmeza.
- Claro -respondí al borde de caerme muerto.

Y se fue a cuidar de los pequeños.


Recogí el bar. Limpié los platos de la cocina. El lavavajillas hacía su trabajo entre tanto. Después barrí el salón y lo fregué por encima, lo más gordo. 

Eran las cuatro menos cuarto. Media hora más y estaría fuera. Me serví otra cerveza, rulé un cigarrillo y salí a la puerta. 

Dos chavales, dos chavales de todos los días, dos mostrencos, bajaban la avenida en chanclas, toalla al hombro y la gorra del revés en dirección a la piscina municipal oyendo a un fumeta diciendo gilipolleces por el Auto-Tune. 

Fumé. Bebí. Recordé la tarde de ayer, cuando un poco menos borracho que ahora mientras escribo esto decidí salir a andar tras escribir la historia de otro día: me sentí tan ciego y era tan temprano que era eso o bajar por una botella de whisky y ponerme hasta el culo.

Salí. No hacía mucho calor. Fui hacia la avenida de circunvalación. Vi los molinos, me quité la camiseta y una vez más tiré hacia ellos, esta vez por la carretera, en el arcén.

A mitad de camino vi una figura que se incorporaba. Así tan lejos no podía saberse si era hombre o mujer. A ojo de buen cubero serían doscientos metros largos los que nos separaban.

Quité a Lovecraft y puse a Metallica. Apreté el paso. 

Poco después me di cuenta de que era un tío. "Lo pillaré poco después de entrar en el sendero de los molinos" me dije caminando como un maníaco. Los coches que venían de frente cortaban el aire a cuchillazos a metro y medio de mi. Pero yo sólo veía al tío que iba delante. 

Apenas medio kilómetro más adelante, justo cuando uno entra en el camino hacia los molinos, ya tenía al tío a tiro. Allí mismo se paró y lo vi quitarse la camiseta y echar un trago. Medio minuto más tarde ya era mío. 

Subí la cuesta como nunca, a todo lo que daba. "Hijo de puta, te voy a mear la boca. Voy a subir y a bajar esto cuando tú todavía estés por el merendero"

A un ritmo brutal y por el camino más corto y jodido coroné el molino. Miré hacia abajo mientras descendía y no vi al puto subnormal. ¿Donde se había metido? Bajé con "St. Anger" a toda hostia en mi cabeza.

"¡Míralo! ¡Está allí, bajando! ¡Ja! ¡Ha subido hasta el merendero, nada más! ¡Hijo de puta!"

Apreté más el paso. Tenía que adelantarlo antes del final del puente, antes de desviarme hacia el segundo cerro. Lo alcancé al son de "Hardwared for self desctrut" Me vio sobrepasarle por segunda vez.

"Hijo de puta"

Subí corriendo la parte final, la más dura.

Eufórico y descamisado, pecho lobo, entré en el pueblo.


Estará vacunado. Es muy bueno en Geografía e Historia. Seguro que habrá buscado qué pasó en Reykjavik en 1972.


"Parece simpático"


Claro, chico. ¿Como no parecerlo cuando oyes a un chaval reconocer el mapa de Islandia?

sábado, 25 de junio de 2022

MI MAYA

Alcé la vista. La tarde, inmensa, lucía espléndida, toda azul y dorada. Allí enfrente una blanquísima nubecilla pasaba un tanto avergonzada, arrastrada por uno de los infinitos brazos del suave viento. ¿De donde la habría sacado? ¿adonde la llevaba? ¿en manos de quien iba a dejarla? ¿acaso dentro de una negra tormenta? ¿o quizá en el cálido vientre de una de esas grandes nubes blancas?

Bajé la vista. El viento barría el asfalto de las primeras hojas caídas, las más débiles, esas a quienes la primavera despertó demasiado tarde, esas que, perezosas, prefirieron seguir durmiendo mientras sus hermanas saltaban nerviosas para coger sitio entre las ramas de los árboles.

Vi a una chica gorda cruzando el paso de cebra. La conozco. Vive con su novia en el edificio de enfrente. Hace años venían alguna vez por el bar. Parecía enfadada. Aún yendo juntas parecen enfadadas. A veces las veo pasar con el perrito, sin hablar, sin mirarse, tristes.

Ya iba a tirar el cigarrillo cuando vi bajar la avenida a dos gitanillos subidos en sus patinetes eléctricos.

- ¡Para! -dijo uno de ellos- ¡Vamos a tomarnos un café aquí, con el colega!

Es de mi edad. Lo conozco desde hace mucho tiempo. Lleva años con el hígado destrozado. Se le ve en la cara. El otro era un chaval. 

- ¡Qué pasa, Kufisto!

Pidieron dos cafés a su manera, no lo pueden evitar. Los gitanos son muy infantiles. 

Charlé con ellos. Me sentía bien. El mediodía había sido bueno y eso siempre ayuda.

- ¡Tómate algo con nosotros, Kufis!
- No que todavía tengo que terminar de recoger. Ahora después.

Ya estaban calzados en los patinetes cuando volví a salir a la calle con una cerveza en la mano.

- ¡Adiós, chicos!
- ¡Adiós, Kufisto!

Miré el teléfono: las tres y media. Media hora más y estaría fuera. Mi amigo Cujo, el camello, había enviado un wasap a la una y media pidiendo que le guardara el arroz si sobraba, que llegaría sobre las tres. Se lo guardé.

Hice tiempo mirando en el teléfono el Torneo de Candidatos de Madrid. ¿Cuando tendré otra ocasión como esta? Son los mejores ajedrecistas del mundo exceptuando al campeón y apenas estoy a una hora de ellos, pero...¿como llegar hasta allí sin causar ningún problema? ¿realmente quiero ya, a estas alturas de la vida, salir de casa para ver a unos tíos jugando al ajedrez? Por no hablar del dinero que supondría. Madrid es Madrid, aunque si fuera Fischer tiraría mis eternos dos meses de supervivencia por ir a verlo al Himalaya. 

Eran casi las cuatro cuando entró al bar una pareja amiga. Neponiamchitchi, el líder, estaba casi forzando las tablas con negras en plena apertura y uno de los hijos de Atila se lo estaba pensando muy mucho con las blancas. Es valiente. 

Hablé con la adinerada pareja. Tenía ganas de hablar con alguien. Me serví otra cerveza. Llegó uno de mis hermanos para el relevo. 


Tardé lo justo en recoger mis cosas, despedirme de todos, meterme en el coche y volver a casa.




domingo, 19 de junio de 2022

MORIR CON ESTILO

Los árboles de la mediana se agitaban al errático compás del viento. Las hojas, aún verdes, danzaban como a espasmos bajo la amable luz solar de la tarde, lejano ya en el perpetuo olvido el fuego de estos últimos diez días. Tregua. Vienen soles más tranquilos y lunas menos castigadas. Lo dice el teléfono.

Vi al ciego doblar la esquina de abajo en dirección a nuestro bar. Siempre me recuerda a una viñeta de un cómic de Jan cada vez que lo observo andar por la calle. Paró unos pasos más adelante, pocos, junto a uno de los ventanales del local donde estaba la antigua sucursal bancaria, cerrado hará ya tres años. Tuve una buena amistad con su último director, un cojo con mucha retranca.

- ¿No querrás un...? -me decía a veces. Yo no tenía cuenta en su banco, tampoco el bar, pero siempre venía al nuestro; solo, con clientes o con las dos mujeres que trabajaban con él. 

Seguros, alarmas, tostadoras, lavadoras...Fue muy gracioso con esta última. Lo dijo sin mirarme, la caña de cerveza casi en los labios, y nos echamos a reír como dos chiquillos.

El ciego se echó mano al bolsillo de la camisa y sacó un paquete de tabaco. Encendió el cigarrillo, que se fumó en dos minutos de reloj, y reanudó su corto trayecto habitual. Por alguna razón ya no fuma en la puerta del bar. De hecho me enteré que seguía fumando una vez que como esta lo hacía yo en la puerta del nuestro y lo vi parado en la esquina del de arriba mientras devoraba al viejo estilo un par de cigarrillos empalmados. Tiene un serio problema pulmonar, entre otros, ceguera aparte, y a pesar de que a veces, sobretodo después de algún ingreso en el hospital, es capaz de estar un tiempo sin hacerlo siempre vuelve. Claro que ahora fuma mucho menos. Hubo un tiempo en la que daba miedo verle fumar. 

Tiré la colilla del cigarrillo, volví a tocarme el dolorido cuello, y pasé para adentro antes de que él alcanzara la puerta.

Es una especie de auto-imposición de manos: cuando algo te duele llevas la mano hacia la zona dolorida. Es como si en las manos, en los dedos, en sus nerviosas yemas, yaciera durmiente cual Cthulhu una sanación. Pero Cthulhu sigue durmiendo y mientras tanto hay que tirar de Ibuprofeno.

Así hice al despertar por segunda y última vez. La primera había sido un par de horas antes para cerrar la ventana. La madrugada había cambiado el signo de la noche previa, tal y como advertía el teléfono. Sonámbulo me levanté y al volver a la cama noté que algo ya iba mal en el cuello. Pero tenía tanto sueño que me volví a dormir siquiera antes de pensar en subirme el nudo de la coleta.

Fue al sacar a la barra la segunda bandeja de pulgas, la de salchichón, cuando vislumbré a un par de jovencitas tras las cortinas del bar, apoyadas en un coche que no era el mío. Por lo que oí estaba claro que iban borrachas y deseé que no entraran. No entraron. Cuando saqué la tercera bandeja, la de chorizo, salí a fumar un poco y vi que todavía andaban por el otro bloque, apenas separado del nuestro por una distancia de treinta metros. La rubia era la que peor iba. Se metió en la calzada sin mirar, aunque la morena no tardó mucho en hacer lo mismo. Apenas había tráfico a esas horas pero los contados coches debían andarse con cuidado. Ellas hacían porque pararan, levantaban los brazos desnudos de sus exiguos vestidos y reían. Nadie paró. Tampoco al otro lado de la mediana. Uno hizo el amago y tiró para adelante. Eran preciosas sí, pero nadie paraba.

Una tristeza tan grande como para mitigar el dolor en el cuello vino a mi durante el tiempo que tardé en preparar la cuarta y la quinta bandeja de pulgas, las de anchoas y atún.

Eran muy guapas, apenas tendrían veinte años...¿como puede hacerse eso a sí misma la belleza? No podía quitármelo de la cabeza.

"La belleza salvará al mundo" ¿Y como es que tengo que ver algo así? ¿no eran lo suficientemente guapas? ¿es necesario trasformarlas en unas cerdas sin alma?¡Santo Dios! ¡Muchos hombres morirían en su lugar por una mirada de ellas! Lo primero que un hombre mira cuando la noche se acaba es una mujer.

Loren, buen tío, llegó poco antes del mediodía enfundado en un abrigo, algo que por más que no quieras no deja de sorprender en plena ola de calor. 

Anís, vaso de agua y tragaperras. Hora y media estuvo jugando. A veces salía de la barra para recoger algo de las mesas y lo veía ahí, delante de la máquina, completamente obnubilado, alcoholizado, al límite. Pronto, muy pronto, le alcanzará la muerte.

Me quedé un buen rato en el ventanal viéndole cruzar los pasos de cebra. Los ocupantes de los coches que pasaban le miraban alucinados enfundado en su abrigo.

- Ahora sí, Kufisto -dijo el barrendero

Acababa de poner a Metallica en Spotyfi. Eran las tres de la tarde y lo poco que había habido ya estaba hecho. Llevo unos días, bueno, quizá un par de semanas, escuchando a Metallica, tanto al entrenar como al salir al pasear. Me sienta bien.

Eran cuatro, una pareja del ramo y estos dos, el otro un amiguete que lo pasó muy mal tras el divorcio aunque ahora parece estar medio bien.

La pareja, propietarios de un bar, es la típica demasiado educada que no suena del todo bien. Normalmente se toman dos en compañía de la familia y marchan; pero hoy vinieron solos, se liaron con estos dos y cual no sería mi sorpresa cuando a la tercera ella empezó a hablar como una verdulera.

- ¡Esta última es mía, Kufisto! -dijo él.
- Vale -respondí ante el empeño del divorciado.

La pareja se fue y no vi ningún billete en la barra. Los otros dos se quedaron un rato más mientras hablábamos del hard rock.

Y se fueron.


Bueno, la última ronda no se pagó. No pasa nada. Se habían dejado una pasta. De hecho había determinado invitarles a una ronda. Lo uno por lo otro. Beben y se les olvida. Decir yo pago no es lo mismo que pagar.


Me quedé solo. Abrí otra cerveza y cogí el teléfono. En el foro decían que habían muerto cinco tíos en la carrera de la isla de Man. El vídeo de uno de los motoristas que la han corrido para contarlo resultaba espeluznante. La discusión era fuerte.


Salí a la puerta del bar. 


Y vi el viento 





sábado, 11 de junio de 2022

HACÍA UN CALOR DEL COPÓN

 - ¿Chupito? - pregunté ya con la botella de J/B en la mano
- Ja -respondió Kámel.

Era el tercero de la mañana. El tercero en los quince minutos que llevaba allí sentado en una mesa, leyendo el As, volcado sobre el periódico. No debe tener muy buena vista, aunque este no sea el mayor de sus problemas. 

Acababa de irse el otro cliente, un técnico de la Mahou al que conozco de toda la vida y a quien no le quedará mucho para la jubilación. Viene todos los fines de semana a desayunarse un café y una pulga mientras lee el As. Buen tío, muy buen profesional. Pero hoy, para su fastidio, el As lo tenía Kámel. Podría haber cogido alguno de los dos generalistas a disposición del público pero no lo hizo. Se quedó sentado mirando el televisor sin volumen con Lera Lynn sonando por los altavoces. No tardó en marcharse. No había empezado bien su fin de semana.

- Escucha, hermano -dijo Kámel
- La canción de la alegría...-tarareé a sabiendas de lo que venía después.
- ¿Qué?
- Nada, dime.
- Este me lo apuntas.
- Vale.
- Esta noche vengo y voy liquidando...
- Sin problema.
- Diez euros...No sé. Lo que pueda.

Me fui al rincón mientras él volvía a la mesa para recoger sus cosas. Y asegurándose de que estábamos solos se acercó y empezó a hablarme en su extraño lenguaje. 

El cura de una de las iglesias del pueblo había presentado en su contra una denuncia en los juzgados por amenazas de muerte y le habían prohibido acercarse a sus inmediaciones. Un cura nuevo, uno que según parece apenas lleva un año por aquí.

- ¿Es joven? -pregunté
- ¡Nooo, qué va! ¡Es viejo! ¡Pero está loco!

Y prosiguió con la historia intercalando alguna frase bíblica referida a los pobres como él, pues Kámel otra cosa no pero pobre sí que lo es. E ilegal, chatarrero, pobre de iglesia, ex-presidiario, alcohólico, y padre de una niña a la que apenas ve y cuya abuela, una rumana más mala que el whisky de garrafón, le trae por el camino de la amargura. 

En fin, la cosa quedó en que el cura era un cabrón, aunque el calificativo es mío. Kámel se conformaba con describirlo como un loco.

- ¡Está loco! -repetía-

Le han jodido bien. Los días de diario apenas rascaba nada pero raro era el domingo en el que no sacaba al menos veinte euros. Y luego las viejecillas le daban ropa, comida...

- Hay más iglesias -le dije-
- ¡Sí! -contestó él- ¡Hay otras muy buenas! ¿Pero por qué ese señor dice eso? ¡Yo no le he amenazado! ¡Miente! ¡Y el Señor dijo que...!

Pidió otro chupito después de analizar someramente su última cita bíblica. Ya iba a ponérselo cuando vi que en el otro lado de la barra seguía entero el que antes le había puesto.

- Pero si tienes aquí este entero, Kámel.
- ¡Ah, perdona!

Se lo bebió de un trago, como siempre.

- ¡Adiós, hermano!


Eran casi las doce del mediodía, hora de misas. Y un sábado más no había ni treinta euros en la caja abierta desde las ocho.

Miguel llegó todo vestido de blanco, cosa nada rara con este calor, no como Kámel y su camiseta negra de Fernando Alonso. Claro que Miguel es un tío de pasta, con clase, se ve a la legua.   

Lo conocí...¿hace cuanto? Tanto puede ser un año como dos, o incluso tres. Tiene a un hijo trabajando en el hospital y cayó por aquí cuando venía a ver que todo iba bien. Él vive en Madrid. Es consultor, o lo ha sido, no sé si estará jubilado, no se lo he preguntado. 

Una mañana me comentó algo acerca de la buena música que siempre oía en nuestro bar. Recuerdo que sonaba una banda sesentera, una americana, una de esas con una canción que siempre sale en todas esas recopilaciones que de madrugada vendían por la tele. Y hasta hoy.

- ¿Qué tal, Kufisto?
- Bien, Miguel. ¿Cerveza?
- Sí, por favor.

Se fue a su mesa del ventanal y allí estuvimos hablando un rato.

No sé como llegamos a su oficio, en todo caso fue cosa suya, pero cuando empezó a hablar del terremoto que en 1994 constituyó lo de hacer operaciones bancarias a través del teléfono...¡Ah, sí! ¡Estábamos hablando de Internet, del comercio en la Red! Él decía que veía próxima una caída en su uso e importancia, tanto en lo comercial como en lo relativo a las redes sociales y yo no lo veía tan claro aduciendo a mi favor el hecho de que los mayores consumidores de comida basura pertenecen a las clases inferiores, mucho más numerosas.

- ¿Y eso, Kufisto? -dijo extrañado. Poco antes me había contado que su hijo apenas hacía uso ya de todo eso si no era para algo enfocado en sus aficiones. Pero claro, su joven hijo ya es médico.
- Bueno, pues que puede trasponerse a todo lo demás. Todo el mundo tiene acceso a Internet. Y cuanto menos tienes, más deseas. Al menos cuando uno es joven. O pobre.

- Kufisto -me dijo al pagar un rato después delante de su mujer y su hijo, que habían llegado mientras hablábamos- ¿Tú eres de aquí?
- Sí
- Yo creía...Yo creía que tú no eras de aquí. 
- Pues sí. Manchego. Manchego de pura cepa -dije riendo- Manchego de pies a cabeza.

- ¿Pues no era en aquellos años -le había dicho a Miguel- cuando Mario Conde renovó por entero la informática de Banesto y todos los demás fueron al relance?
- Sí, Kufisto, sí...Así fue


Quique es el mejor cliente que un camarero pueda desear, si es que es posible que un camarero desee a un cliente. Bebedor, tranquilo, buena gente...Perdió a un hermano en un accidente de tráfico, algo de lo que no le da miedo hablar. El otro día me contó lo que sintió al verlo en un cajón del helado depósito de cadáveres. 

- Era como las películas, Kufisto. Yo iba con un amigo y me tuvo que recoger para que no me cayera al suelo. No me lo podía creer.

Hoy vino más tarde, ya eran casi las dos. Lleva unos fines de semana con un cierto retraso. Está muy liado con el piso que compró hará pronto un año, claro, pero todavía anda dándole los últimos retoques. Vive con su madre, que tampoco quedará tan lejos una vez él se haya instalado de una puta vez.

- Quique, yo me fui a mi piso, hará ahora en agosto hará diecisiete años, cuando me llevaron el colchón. A pelo. Siempre a pelo.

Rió. Tiene una risa muy franca.


Poco a poco, chinochano como se dice por aquí, fui arreglando el desastre matinal, aunque lo perdido pues eso, estaba perdido. 

En esas estábamos, chinochaneando, cuando Ucho llegó y tomó asiento en la barra junto a Quique.

- Una birra, Kufis. ¿Te queda arroz?
- Sí.

Ucho es fotógrafo; y camarógrafo. Es un as en lo suyo, no le falta trabajo. Graba y edita operaciones del hospital que luego son mostradas y premiadas por el mundo entero. Hace poco les dieron otro premio en los Estados Unidos. También es drogadicto. Y un buen chico.

Resulta curioso calificar de "chico" a alguien que apenas tiene tres años menos que tú, ya casi cincuentón, pero hay gente que se conserva joven toda la vida. Y Ucho es uno de ellos. Y después de todo, y a pesar de conocernos desde que  éramos chavales, él siempre me ha visto como alguien mayor, algo no raro por otra parte.

Ucho va a su aire. Estuvo a punto de casarse con una negra en Nigeria cuando estuvo desenganchándose de la heroína. Filmó porno con apenas veinte años. Y buen porno noventero, a la altura de cualquier producción francesa de aquel tiempo y con las cuatro perras que le soltaba el productor, un rico y desquiciado cocainómano madrileño que andaba enrollado con el putón protagonista que acabó anunciando el primer Jet-Extender en un sofá junto a un viejo nauseabundo.

Pero ahora anda por aquí. Está bien con su intermitente trabajo en el hospital; tiene ingresos y cuando le falta se busca las mañas en forma de trapicheos. La droga es importante para él. Hace no mucho me reveló un sistema para meterse speed sin que nadie se diese cuenta. Es un buen invento. Es un chico muy mañoso.

- ¿Te queda paella hoy, Kufisto?
- Sí, hoy sí, Ucho-

Y le puse un buen plato junto a la cerveza.

Quique y Ucho charlaban mientras yo iba recogiendo. Bueno, chinochano...lo que al final había fallado era la mañana. 


Quique se fue a comer con su madre y en eso, yo fregando los platos perseguido por Ucho hasta cuando salí a mear, entró uno que viene al bar muy de vez en cuando, de Navidad en Navidad, algo no tan raro cuando se intuye que vive en Dublín desde hace doce años. 

Es un chaval...¡joder, otra vez lo de chaval! Bueno, es igual. Es uno de aquí que se fue a Dublín y que siempre que lo veo parece atacao. Él se quedó con Ucho y yo fui terminando.

Acabé, salí a la barra, me serví una cerveza helada y me senté en mi rincón. 

El chico nuevo, no recuerdo por qué, empezó a hablar de Europa, de Irlanda, de la vida que allí se llevaba, de su educación, del bonus de veinte libras que les dan a los pobres que tiene perros, eso sí, atados y embozados, de la simpatía de la gente que no te conoce y sin embargo te saluda, de las cervezas, carísimas a nuestros oídos pero llevaderas en ese mundo; del verano y de sus breves noches frescas; de la educación, del tráfico, tan incomparable al español donde todo dios parece ir cargado con la escopeta de matar conejos. Escuché con gusto. La última vez que salí de aquí fue para ir a Toledo a pillar un chisme para ver un Barcelona-Madrid en el bar. Todavía jugaba Ronaldo el gordo, creo.

Recordé mis últimas experiencias en Youtube mientras le oía hablar de Escocia. Veo vídeos de japoneses andando por las calles con una cámara en la cabeza.

- Están limpísimas -dije- No es que no veas un puto papel en el suelo, no...¡Es que no ves papeleras!


Salimos a fumar. Ucho se abrochó un par de tiros de speed diluido en un botecillo pequeño, como para los ojos. 


Hacía un calor del copón. 

jueves, 9 de junio de 2022

LA SOMBRA SOBRE LA MANCHA

 Cuando las ensoñaciones pasaron de eróticas a pornográficas decidí que lo mejor era levantarse de la cama e ir al mayorista para hacer la postergada compra del bar. No era mala idea, la verdad; mañana hará un calor del carajo y resultaba más conveniente quitarse la molestia de en medio cuanto antes. Después de todo, entre el calor y los tristes maullidos de la gata que no se cansaba de arañar la puerta cerrada del dormitorio, no había logrado dormir la siesta y estaba claro que con las imágenes que la mente iba pasando por mi cerebro iba a ser cosa imposible. Y ya no estoy para pajas.

El almacén está a las afueras, en pleno secarral manchego, pero dada mi situación antes tengo que transitar la principal arteria del pueblo. Y allí había chicas, mujeres, un montón de ellas. Y stops, y semáforos, y pasos de cebra, y Lovecraft, al igual que durante la abortada siesta, calentándome los cascos a través de los auriculares con su susurrador en la oscuridad, esa maravillosa comedia.

Tuve suerte, no choqué con nadie ni me subí a ningún bordillo y cuando llegué al almacén vi que había un sitio en el aparcamiento de sombra.

La compra fue tan rápida como siempre, sólo que al final añadí unos botes de cerveza para consumo propio a pesar del juramento realizado el pasado lunes. Esperando turno en la caja vi que había una chica nueva, una conocida que va por el bar, una mujerona de mi edad, una del tipo de las dos amigas a las que, puestas en pompa y esperando turno, estaba dándoles lo suyo en mi cama del piso, ya descartada mi joven y delicada francesita (¡Oh, Sonia!) y los dulces paseos bajo la luz de luna de Innsmouth.

- ¡Hola, Kufisto!
- Hola, Aurora, ¡qué sorpresa!

Estuvo muy simpática. Charlamos un poco mientras hacía su trabajo. Tiene contrato hasta septiembre y está contenta. Estupendo. Mi cama es grande. Cabrán tres tías a cuatro patas.

- ¿Estás segura? -le dije al oír la cuenta.
- Síii...Mira, pasa y la ves.

Pasé. Creí ver un error y se lo dije, pero ella me corrigió y tuve que darle la razón.

- La madre que me parió -acerté a decir a modo de disculpa.
- Sí, está todo muy caro.

Me despedí un tanto abochornado, cogí la factura y afuera repasé la cuenta. Sí, era eso. Todo correcto. Conduje hasta el bar, descargué el material y tiré para casa todavía con la pasta gastada en la cabeza, casi no lo podía creer, aunque no por ello dejé de tener espacio para un putón rubio, ya medio ajada por las drogas, que en minifalda roja y con negras medias de rejilla iba contorneándose calle abajo con el teléfono en la oreja y la mirada en modo Terminator.

"Cuatro, sí. Cuatro, Caben. Bien pegados caben los cuatro culos"


Metí todos los botes en el frigo y salí a andar un rato entre los desesperados lamentos de mi gata.


Acabaremos en el psicólogo.

domingo, 5 de junio de 2022

ERAN LAS ONCE Y MEDIA DE LA MAÑANA Y NO HABÍA NI VEINTE PAVOS EN LA CAJA

 Eran las once y media de la mañana y no había ni veinte pavos en la caja. Salí a fumar a la puerta del bar dejando solo a un viejo cliente que tocaba con tiento los botones de la tragaperras. Al poco salió y se unió a la fiesta.

- No hay nadie por ahí -dijo- Deberías abrir más tarde los domingos, Kufisto. A las doce, doce y media...-se arriesgó-
- Ya
- ¿A qué hora has abierto hoy?
- A las siete y cuarto. Como siempre.
- Joder...¡Qué calor hace!
- Bueno, no tanto
- Dicen que la semana que viene será terrorífica...
- Pues nada...
- Bueno, me voy. Adiós, Kufisto.
- Adiós.

Lo vi marchar hasta su coche aparcado en la sombra de la vía de enfrente. Un par de minutos más tarde arrancó, se incorporó con cuidado a la inexistente circulación, hizo la rotonda por dentro y al pasar por el bar tocó el claxon como lo haría Jesús Quintero. Respondí con un leve movimiento de cabeza. "Está muy enfermo -pensé- Se va a morir muy pronto y tiene mucho miedo. Con lo que ha sido él..."

Vi pasar gente andando, paseando, caminando. Vi ciclistas con cascos en la cabeza. Vi coches con solitarios gordos conduciéndolos con el brazo izquierdo por fuera de la ventanilla. Un asco indecible se apoderó de mi y de mi mal dormir. Un odio indescriptible hacia lo que mis ojos estaban viendo. 

Fue entonces que levanté la mirada para mirar las danzarinas hojas de los árboles de la mediana. Y entonces tuve una especie de kairós.

Yo era arrastrado por un par de tíos que me llevaban a algún sitio. Abrían una puerta y me tiraban al suelo. Dolorido, exhausto, levantaba la cabeza y allí estaba Bill Gates on sus gafas.

- Hola, Kufisto. Bienvenido. Perdona la brutalidad, pero era necesaria. Necesitábamos comprobar que realmente eras capaz de llegar hasta el final. No hay muchos como tú, como nosotros, no...Bien, recupérate, siéntate ahí, en esa silla, sí, muy bien...No te va a pasar nada, tranquilo. Ya estás aquí y este es el final, nadie te va a hacer más daño. Has superado todas las pruebas y todas las trampas sin ceder ante ninguna de ellas. Bien. Muy bien. Eso demuestra que tú eres uno de los nuestros. Y nada nos gusta tanto como encontrar a uno de los nuestros. ¿Sabes? Todo ha estado tan perdido, tan oculto, tan deslabazado, tan a la buena de Dios...

- Hola, Kufisto.
- Hola, Javi.

Pasamos adentro y le serví su café previo a la ida hacia el bar de mierda en el que trabaja. Habló del tiempo y del calor que viene para arrasarnos a todos a no ser que tengas el aire acondicionado que tenemos roto desde hace unos días. Fue irse y acordarme de Pink Floyd. Puse el "Atom heart mother" y en ese mismo momento decidí que esta mañana se iba a oír de corrido a Pink Floyd hasta el "Animals", algo que aconteció a eso de las dos y media. No son largos los discos de los Floyd.

Poco a poco fue animándose el mediodía, una cosa llevadera, algo del peso conveniente para unas espaldas como las mías.

Y hubo un curioso momento, amigos míos. Llegaron al bar unos pijos, unos pijos rematados, medio clientes míos. Suelen venir de vez en cuando, no es raro verlos, al menos a dos de ellos, dos nuncafollistas de mi edad, dos buenos chicos. Entonces ya estaba por allí Kámel, el indigente que, mudo, se alimenta a base de chupitos de J/B y algún que otro pincho; mi amiga la atractiva folladora y su nuevo malote; un rojo depresivo tomando tercios en la barra y una pareja no menos extrema, ella limpiadora de escaleras y él no sé qué cojones pero vasco de pura cepa. Y fue tal el cuadro que cuando vi quien entraba por la puerta tuve que echarme la primera cerveza.

Demasiado aguanté. Desde ayer tenía ganas de beber algo. De John Ford decían que era dipsómano. Hace tiempo que lo miré en Internet y vi que eso era lo que más cuadraba conmigo.

Kámel pidió una tostada de queso, tomate y pimiento morrón. "Tengo hambre, Kufisto", dijo pagando por adelantando. Me preocupa. Lleva unos días hablando solo. Hace poco me dijo que el médico, "un buen hombre", le había dicho que estaba en las últimas. Pero él sigue con su régimen, J/B, marihuana y alguna tostada o pulga.

Kámel leía el "As" en una mesa adyacente a la de los pijos cuando llegaron más de ellos al tiempo que yo dejaba las consumiciones sobre la mesa. Una chiquita de no más catorce años, apañada, limpísima, saludó dándole la mano a un chaval de polo Martina y bandera de España en la muñeca ante mi absoluta estupefacción y su inevitable por efervescente y nerviosa incredulidad. 

Los pijos se fueron. Kámel también, "¡Adiós, hermano!" voceó mientras yo fregaba los platos.

Loren llegó cuando ya todo estaba hecho. Hacía tiempo que no le veía. Está alcoholizado desde hace muchos años.

- ¿Tienes billetes de cinco, Kufisto?- 
- No.
- ¿Y la máquina? ¿Cambia?
- No lo sé.

Se fue a la tragaperras para ver si cambiaba billetes.

- ¿Cambia esta máquina en billetes pequeños, Kufisto. Me hacen falta para el bar.
- Ni puta idea.

Y se puso a cambiar. O a jugar.

Como Kámel, empezó a hablar solo. No era raro. Lo raro fue que me oyera musitar sentado en mi taburete de la barra.

- ¿Qué dices, Kufisto?- preguntó sin apartar la mirada de la máquina.
- Nada. Tú a lo tuyo -respondí sorprendido por su fino oído.
- ¡Ah, vale! Creí que...


Salí del bar. El coche ardía.


- A casa, pequeño. A casa.

jueves, 2 de junio de 2022

ETERNA RESURRECCIÓN

 He ido al podólogo. Pedí cita ayer. En la puerta había un cartel de mascarilla obligatoria. Llamé, la puerta se abrió automáticamente, no había nadie en recepción y tomé asiento en la vacía salita de espera. Pronto salió él mismo de una de la puertas de enfrente.

- Enseguida te atiendo, Kufisto.

No dijo nada de la mascarilla. Pensé si tendría alguna en el coche pero lo dejé estar. El hilo musical era el de siempre, horroroso. Esta gente que ha estudiado no tiene gusto musical, lo tengo más que comprobado. Y yo sin los auriculares. Saqué el teléfono y miré cosas en la Red. Un chaval en patinete por la autovía adelantaba a un conductor que iba a 90 kilómetros por hora. La gente comentaba el fantástico vídeo. 

- Pasa, Kufisto -dijo saliendo otra vez. "¿Y la recepcionista?" me pregunté

Sólo habían pasado cinco minutos cuando lo normal son quince o veinte o quizá algo más. A veces he tenido que salir un momento para renovar el ticket de la zona azul. Peo hoy que le había echado todo un euro no iba a tener esa inquietud.

- Siéntate y quítate los zapatos -dijo volviendo a salir por la puerta que comunica a otra habitación. Obedecí y ya instalado continué mirando el teléfono por no hacer mucho caso a los lamentos del demoníaco latino que también allí cantaba sus tonterías de amor. Una enorme mascota con forma de pez se tragaba a uno de los barrenderos de un partido de béisbol. Sonreí.

- Bueno, vamos a ver...

No hablamos mucho. Quiero decir de ordinario. Hoy incluso menos. Lo dejó hacer y ya está. ¿Para qué hablar? Yo no voy ahí a hablar. Y él tampoco se ve muy hablador, aunque que puede que fuera de allí sea otro. Su padre aún vive, un médico chiquitín, un practicante de los antiguos, vamos, jubilado desde hace mucho tiempo que siempre tuvo fama de follador. El otro día lo vi por la calle. Está muy viejo.

Llamaron a la puerta y salió. "¿Pero y la recepcionista?" Era alguien sin cita, oí la conversación. Regresó y sin decir nada siguió a lo suyo hasta que otra llamada le obligó a salir, indicándole que tomara asiento mientras terminaba conmigo. Otra vez a mis pies, a mi callo del pie izquierdo, "el derecho siempre lo tienes mejor", a mis uñas. Miré un pie que había a mi izquierda sobre la mesa de trabajo; bueno, los huesos de un pie. De un pie derecho, para ser más exactos, aunque reconocer esto me costó más dudas de las razonables al verlo de frente. Ando muy espeso estos últimos días. Y nadie más que yo tiene la culpa.

Es como un racimo de uvas. Se divide en dos. El gordo y el siguiente por un lado y los tres pequeños por el otro. Hay muchísimos huesos en un pie.

Una muchacha de blanco se asomó por la puerta y saludó con timidez. Él no respondió y yo tampoco. Volvieron a llamar a la puerta y esta vez él siguió a lo suyo.

Terminó aún más pronto que otras veces. 

- Hasta la próxima, Kufisto.

Todavía estaba poniéndome los calcetines cuando entró la chica. No era la de siempre. Era mucho más joven y mucho más guapa, aún con la mascarilla puesta. Le pregunté qué le debía, pagué con un billete de cincuenta y me sonrió al traerme las vueltas. 

¿Se la estará follando? ¿o quizá sea su sobrina, o su hija? No sé, no me imagino al podólogo follando. La verdad es que no me imagino follando a nadie que vea por la calle.

Regresé a casa y con un audiolibro de Conan hice la tabla de gimnasia diaria que esta mañana había cambiado por comer y dormir, algo que me sentó bien. Me machaqué a conciencia, volví a ducharme y comí un bote de patatas cocidas con una lata de sardinas en aceite y algo de cebolla cruda.

Eran las siete y media cuando acabé. Salir a andar no era muy apropiado, la verdad; así fue que miré en Youtube y volví a decidirme por vídeos de chinos cocinando.

Bueno, no son chinos, son japos y coreanos, creo que algún tailandés, pero vamos, chinos. Son vídeos con sonido directo, sin comentarios, la mayoría de ellos incluso sin subtítulos que en todo caso puedes desactivar, tal y como yo hago. Son estupendos, muy bien grabados. Ayer vi uno de un solitario pastelero que empezaba a currar a las tres de la madrugada y era magnífico verlo obrar con esa rapidez y seguridad. Luego, sobre las seis, iban uniéndosele compañeros hasta que a las ocho abrían las puertas dando fin al vídeo.

Qué feliz parecía ese hombre trabajando solo, a su aire. O qué feliz lo veía yo. 


Quizá sea por ese recuerdo que hoy, después de todo, he vuelto a coger la pluma antes que seguir viendo trabajar a otros en soledad.