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domingo, 31 de octubre de 2021

¿HABREMOS CAMBIADO?

 Eran dos mozos viejos. Dos mozos viejos de camino hacia el campo de fútbol para ver el partido del equipo del pueblo. Me acordé al verlos andar. Hoy es domingo y a lo lejos se veían más coches de los habituales en aquella zona. Por encima de mis auriculares se oía el típico batiburrillo musical y vocinglero previo al partido. El cielo estaba gris, sin claro alguno, y el fresco viento nos empujaba con fuerza hacia atrás. Dudoso paré. Quizá no debería haber salido a andar. Los mozos viejos me adelantaron con paso característico. Uno de ellos, calvo y de notable estatura, portaba un negro paraguas; el otro, de pelo fuerte y rizado, iba hablando tras las gruesas gafas. Eché a andar no muy convencido y ahora fueron ellos los que se pararon. Algo importante debería estar diciendo, pues acompañaba lo dicho con ligeros toques sobre el cuerpo del otro. Sobrepasándolos me fijé en un camión negro pegado al muro exterior del campo, todo pintado desde hace tiempo de grafittis autorizados. De él provenía todo aquel ruido, al menos en lo tocante a la parte musical. Supuse que al menos el speaker estaría dentro del campo, en la vieja tribuna de cemento. Era difícil de entender. 

Doblé hacia la izquierda y el viento sopló aún con más fuerza. Volví a dudar, esta vez sin pararme. El muro exterior de la piscina municipal mostraba un nuevo grafitti inacabado sobre las firmas que unos y otros habían ido dejando allí. Este era oficial, estaba claro. Permitido por la autoridad. Era grande, abarcaba lo menos veinte metros y aún le faltaban otros diez para completarse. Era una cosa infantiloide de toques pachamamescos. Pasada la puerta de acceso a la piscina cubierta, en la otra mitad del muro, los dos niños superhéroes seguían impolutos en el lugar asignado desde hace unos meses. Un niño y una niña. Él riente, con el puño en alto, y ella ceñuda, en posición de ataque. La primera tarde que los vi me acordé del amado presidente Kim y su Corea del Norte. Todas las tardes que pasó por ahí me acuerdo de Kim y Corea del Norte.

El viento era insufrible; y aunque apenas me separaban doscientos metros para alcanzar la gran avenida los vi casi tan lejanos como a la difuminada mujer que parada en el punto más alejado de la gran rotonda ferial parecía estar esperando mi llegada. No había nadie más. Enseguida caí en que era un perro lo que buscaba con la mirada. Alcancé la esquina del desastrado colegio público, doblé otra vez a la izquierda y ya resguardado y decidido me encaminé a casa.


Una mala salida. Una salida equivocada. Una salida provocada. Una salida causada. No lo habría hecho sin la venida a última hora al vacío bar de esa extraña pareja. Los calé enseguida. ¡Como no calarlos! Tendría que haber estado tan ciego como ellos, tan puesto como ellos. Él se asemejaba a un fraile y ella a una limpiadora de escaleras. Los dos sangraron por la nariz mientras estuvieron allí. Un mal tiro previo de mierda de la peor calidad. Ella le decía a él de viva voz que no era como la "Mamona". Él le hablaba suavemente. Ella me pidió que cambiara de música. Un jazz suave, un jazz mezclado con blues, sonaba discretamente por mis altavoces. Desde lejos le contesté que era lo que había. No insistió. Puede que de haberlo hecho me hubiera dado el gusto de dar forma a una de mis recientes ensoñaciones para estos casos. Lo tengo decidido: las Variaciones Goldberg de Bach. Se marcharon poco antes que viniera a relevarme mi hermano pequeño.


Estoy en casa y el partido está a punto de acabar. Desde aquí a veces se oyen los gritos del público. Creo que los nuestros marcaron un gol, pero no estoy seguro. La gata maullaba, aburrida y desesperada, mientras escribía estas líneas. Cada vez está peor. Daría lo que fuera por escaparse de aquí. A veces me da tanta lástima que tengo la tentación de abrirle la ventana de mi habitación, la que da acceso al tejado del edificio. 


Pero sé que, como la otra vez que se escapó por estas mismas fechas, estará sola, perdida y castrada entre el frío que llega y el salvajismo que siempre nos ronda tras la puerta. Y no siempre encontrará un alma caritativa que tres semanas más tarde, justo antes de la llegada de los primeros y mortíferos hielos, la devuelva a su hogar tras tomarse mil molestias.

La pobre carece de memoria. Ya no recuerda lo que le pasó. Ve la ventana abierta de par en par pero con la persiana bajada casi hasta su tope y se encarama en su quicio dando un magnífico salto sobre cualquier radiador y maúlla porque alguien suba esas rejillas. Pero es mejor así.


Te lo digo yo, pequeña, que todavía, a mi edad, tengo que andar con mucho cuidado. 


Y todavía más cuando creo volver a ver una ventana abierta.





martes, 26 de octubre de 2021

CEMENTERIO DE COCHES

 Ella era maestra y él creo que oficinista bancario. Solían venir a la terraza del viejo bar en compañía de otra pareja que ahora no puedo recordar. No bebían alcohol y tampoco fumaban. Ambos de baja estatura, ella un tanto gordita e inocentemente risueña y él con gafas y serio sin llegar a la antipatía. Padres de dos hijos adolescentes que iban a la misma clase del mismo colegio religioso que dos de mis hermanos pequeños, tenían un cierto contacto amigable con los nuestros, más ellas que ellos, por supuesto, pues el carácter de mi padre era muy otro. Gente educada, discreta, temerosa de llamar la atención, "de orden" como se decía hasta no hace tanto tiempo y con casi total seguridad votantes de aquella AP de Fraga que estaba dando sus últimos coletazos antes de pasarle el anzuelo a Aznar, o puede que ya lo hubiera hecho. La política era tema de conversación en su mesa, no de forma acalorada tal y como se acostumbra aquí aún entre partidarios del mismo bando sino con discreción no exenta de apasionamiento. 

Una de aquellas lejanas noches de verano, y mientras les dejaba las consumiciones en la mesa, le oí decir a él una frase que estuvo a punto de hacerme saltar de indignación juvenil y que jamás he olvidado. 

- Pues yo daría un poco de mi libertad por más seguridad - dijo con absoluta convicción y un tanto acalorado - 


- Jose Luis ya ha llegado adonde iba -ha dicho mi hermano visiblemente emocionado aún tras la mascarilla cuando esta mañana ha llegado al bar para relevarme-
- Joder -respondí-...¿Cuando ha sido? ¿esta noche? -Siempre el "cuando" cuando no se sabe qué decir-
- O esta mañana, yo qué sé-

El hijo pequeño, padre de dos niñas de corta edad, ha muerto de un durísimo cáncer antes de cumplir los cuarenta años. Un chaval sin vicio alguno, sin maldad ninguna.

- Y esa momia -dijo mi hermano, casi con odio, señalando con la cabeza a la nonagenaria clienta sentada en una mesa del salón en compañía de su tacatá, esa que siempre me dice que baje un poco la tele- ahí la tienes. Dando por culo todavía-
- La vida -dije yo-
- Sí. Ya. -
- La vida...

¿Para qué decirle que esa vieja decrépita también perdió hace tiempo un hijo en similares circunstancias, con la salvedad de que en este caso él sí había jugado bastantes papeletas en la rifa y no dejaba a nadie detrás? Mi hermano lo sabe tan bien como yo. Pero el dolor es más fuerte que la memoria.

Regresé al mediodía. Durante una hora no pasó nadie al bar excepto mi tío, que después de haber superado uno poco agresivo de colón un tanto ramificado en la vejiga está tratándose una especie de cáncer fantasma no exento de "suaves" sesiones de quimio y radio por recomendación médica que por el momento no le causan mucho trastorno. El jueves le harán un TAC para ver como va el asunto, si sigue sin haber nada más que sospechas, algo más o nada de nada, que uno ya no sabe por donde atinar.

Salí de la barra y me senté con él.

- Cuando te entra el bicho -dijo- ya no se va. Siempre está rondando-

No dije nada. Le dejé hablar. Me guardé de comentarle lo de Jose Luis aunque ya se habrá enterado. Tiene 73 años aunque dice 74. A mi padre le pasaba igual. Es curioso como los viejos se añaden años. Puntúan como cumplido el que está en curso.

Echa de menos las erecciones. Ríe y dice que tiene la polla como un bígaro. "Aunque ya no haga nada pero joder, al menos tener una erección de vez en cuando..." Aquí le contesté que se iría arreglando, cosa que no le cuadró mucho.

Las cañas pasaron espectrales, mirando el teléfono entre algún que otro tercio para los cuatro penitentes habituales del fondo del salón, jugadores consumados de toda la vida que todavía están en el tiempo de hacer negocios entre comidas en restaurantes buenos y cubalibres rodeados de lindas señoritas. Se fueron a comer y al rato llegó mi amiga.

Venía de acondicionar a la vieja que cuida por horas, una pianista retirada e impedida que tiene terminantemente prohibido que nadie toque el espléndido piano del salón, cosa fácil pues aparte de ella sólo está el marido, un hombre diez años menor, músico también y más raro que un perro verde. Y mi amiga no es precisamente de las que les gustan tocar un piano. Y menos si con ello se juega la muy generosa paga semanal de la señora.

Pero ella no me habló de nada de esto sino del fiestón que organizó el domingo en la casa de un amiga con la concurrencia de once niños pequeños sobreexcitados de refrescos, caramelos, dulces, disfraces y juegos. Foto tras foto, vídeo tras vídeo y entre risas vimos en su móvil parte de lo ocurrido durante la larga jornada: enanos y enanas gritando, bailando, cantando, riendo a carcajadas, cogiendo en brazos a tiernos perritos horrorizados, persiguiendo como locos a un blanquísimo gatete en resbaladiza estampida, devorando pasteles con las naricillas manchadas...

Salimos a fumar y me habló del deseo que tiene de añadir un gato egipcio y un guacamayo al pequeño zoológico que tiene en casa. No le basta con ser madre de tantos hijos, necesita animales a su alrededor, animales a los que cuidar, animales que la necesiten, animales a los que mimar y que la mimen.


- Hola, Kufisto -dijo el Chusco, mi tradicional último cliente. Le puse su café y esperé la próxima llegada de mi otro hermano, el más pequeño de todos nosotros-

Hoy estrenaba coche, me lo enseñó este mediodía con toda su ilusión. No es nuevo pero casi. Un Ford nosequé en un azul metálico muy bonito que hasta ayer era de un viejo solterón de 74 años que se ha comprado otro todavía más grande y potente.

- Si con 74 años andas así -dije durante la comida familiar de todos los lunes- es que tienes un problema-

Lo vi llegar desde la barra a través del ventanal. 

- Por ahí viene mi hermano -dije hablando en alto- Hoy estrena coche -
- ¿Sí? -respondió el Chusco- ¡Qué jodío!

Me crucé con él en la puerta. Siempre tengo ganas de irme.


Había pasado a la otra acera de camino hacia mi viejo coche cuando volví la cabeza. Sí, ahí estaban los dos, mirándolo con atención; casi podían verse sus sonrisas. El Chusco se subía al asiento del conductor. Todos lo hacemos cuando se empeñan en que subamos a un coche nuevo. Yo también, pero no toco ni el volante.


Arranqué, llegué a casa y me metí en el ascensor.


Y al llegar arriba y abrir la puerta la gata, como siempre, me gruñó.

sábado, 23 de octubre de 2021

UN ARROZ EN SU PUNTO

 Miré y como esperaba vi a Paco en la puerta apoyado en su bastón. Hice la rotonda y aparqué delante de él. Yo creo que conoce el ruido del motor de mi coche, pero nunca se apresura en saludar. Bajé y saludé los buenos días; entonces él respondió. Cogí la bolsa que hoy pesaba bastante, abrí la puerta del bar con alguna dificultad y pasamos para adentro. Todavía me acuerdo de Josemari, el merchero, pero hace más de un año que marchó con su mujer a Ciudad Real y no hemos vuelto a saber nada de él. Siempre estaban los dos allí, esperándome, uno para tomar su café y otro para atender los recados de primera hora en el bar. Josemari solía pasar la espera canturreando fandangos, pidiéndole un cigarrillo a Paco que este siempre remoloneaba pero que pocas veces no le daba, o yendo y viniendo a los contenedores cercanos en busca de algo. Muchas veces me ofrecía cosas que yo casi siempre rehusaba. Le encantaban los chismes electrónicos, las cosas de luces intermitentes y todo eso. Sonreía mirándolas. Era como un niño de casi sesenta años.

- ¿De qué vas a hacer hoy el arroz, Kufisto? -preguntó Paco ya una vez sentado en el taburete que le acerqué. Siempre me lo pregunta los fines de semana. Luego, al volver para el café de la tarde, me pregunta si ha sobrado o no. A veces le miento y le digo que no. Creo que se alegra si ha sobrado mucho. No se lo tomo en cuenta. Es normal. Paco es también como un chico de casi sesenta años, como el chico que era cuando se quedó a oscuras para siempre. Eso tiene que joder. Normal que uno quiera que los demás también se jodan un poco.

Es sensible, al igual que lo era Josemari. Un día que yo estaba de resaca, de resaca criminal, y él andaba un tanto desquiciado a causa de la medicación que toma para su problema mental le di una mala contestación a su enésima pregunta absurda; se enfadó y se fue. Yo me quedé con peor cuerpo y al rato salí a la puerta para ver por donde tiraba. Son muchos años juntos. Le vi sentado en un banco de arriba. Cerré y fui hasta él. 

- Perdona, Paco, es que hoy estoy mal y...Venga, vámonos para el bar, anda...-
- ¡No! -respondió enérgico. Y se echó a llorar. Por más que lo intenté no pude llevármelo-

Josemari no decía nada cuando yo le daba una mala contestación, pero en su cara se veía el dolor que le causaba. Acostumbrado desde pequeñito a las burlas de los otros agradecía mi trato normal. La tartamudez no es tan grave como la ceguera pero no por ello deja de ser una cruz que unida a su natural inocencia hacían de él un blanco perfecto para las risas y el cachondeo hasta del más tonto. A veces se sublevaba, le hervía la sangre y respondía con los peores insultos imaginables. En una ocasión, se cuenta, fue navaja en mano tras uno que poco antes le había humillado malamente. Y gracias a que lo escondieron no lo mató.

El tiempo pasa más rápido durante las mañanas de los sábados. Abro un poco más tarde, es verdad, como también lo es que hay que preparar más cosas, y luego están los clientes que van llegando a cuentagotas y uno está solo...Por cierto, y ahora que hablo de clientes, hay una anciana que hará un par de meses viene a desayunar. Es la madre de un viejo amigo, de uno que hace cuatro años largos tuvo que dejar de venir al bar, a cualquier bar, y yo que me alegro. Por ello cual no sería mi sorpresa cuando una mañana de sábado lo vi entrar con su madre. Nos saludamos, la acomodó en una mesa, pidió el desayuno de ella, lo pagó y se fue para regresar una hora y media más tarde a recogerla. Así empezó. Y desde entonces todos los días, sólo que durante la semana es la chica que tiene al cuidado de su madre quien viene y desayuna con ella, una chica fuerte, cuarentona, madre y probablemente divorciada que me mira con buenos ojos. Pero es la anciana, cuando se queda sola los fines de semana, quien llama mi atención. 

Está ahí sentada, pequeña, con las manos recogidas y la cabeza un tanto ladeada hacia el otro lado del televisor, como dormida. Pero cuando salgo a atender a alguien en el salón y vuelvo con la bandeja hacia la barra veo que ella me mira y sonríe con una dulzura indescriptible, una media sonrisa tan de verdad que la primera vez que la vi me dieron ganas de llorar. Esa mujer, casi nonagenaria si no lo es ya, esa mujer que vio como se le moría un hijo y todo lo demás, sonreía a mi paso como alguien que se alegra de verte, como uno que ve algo bueno, como una madre mirando a su hijo que duerme.

Hará como un mes, un lunes en el que nosotros estamos cerrados, de camino al otro bar de abajo al que supongo iba durante todos estos años hasta que ya se le hizo largo, se cayó al suelo a pesar del tacatá y la compañía de su cuidadora. No fue cosa de mucho, no se rompió nada y después de todo su hijo es médico, pero con todo y con eso se le notó. Ahora está un poco triste. Yo le pregunto todos los días y ella responde que regular. Pero aún así, el fin de semana que se queda sola, sigue sonriéndome de la misma forma cada vez que tengo que salir al salón. Y yo le guiño el ojo tras la mascarilla.


Ha sido un buen sábado. No he parado un momento. He dejado una buena caja, una gran caja para un hombre solo. Otra vez he podido hacerlo. Yo solo. A mis cuarenta y ocho años. Eso está bien. Eso es bueno. ¿O no?


Y el arroz, Paco, esta vez sí que se ha acabado.


De verdad.





domingo, 10 de octubre de 2021

HUELE A ESPÍRITU JOVEN

 


Alcé la vista y vi a dos chavales echando unas canastas en la pista adyacente al viejo pabellón. Uno de ellos, gordo, fofo y con gafas, lanzaba la pelota contra el tablero de una forma que daba asco verlo, tal era la desgana y el desacierto. Las más de las veces no tocaba ni aro. El otro, por contra, un chico delgado y atlético de pelo largo y rizado, tiraba en suspensión y trotaba ágil en pos de la pelota tanto tras sus tiros como los del inane ser con quien estaba pasando la última hora de la tarde, ya ensombrecida y fresca en aquel arrabal del pueblo.

Fue cuando andaba un poco más cerca, a unos cincuenta metros, que dudé si el chico que al menos lo intentaba no era sino una chica que estaba intentándolo, Me acerqué un poco más y sí, era una chavala de pequeños pechos. Bajé la vista a la tierra (no me gusta mirar al pasar por esos sitios) y justo estaba llegando a su altura cuando la pelota salió botando por la portería de futbito. Me agaché para recogerla y devolvérsela a la chica que venía por ella, apenas había un par de pasos de distancia a mi favor y podría no haberlo hecho, pero siempre devuelvo los balones que encuentro a mi paso aunque en este caso fuese un tanto ridículo por la cercanía. La flexión del cuerpo después de una hora de camino causó que se escapara un leve ay de mi boca. Y fue entonces, en ese sólo instante en el que me dio las gracias con una gran sonrisa, que la vi.

Era preciosa. Llevaba una gastada camiseta de Nirvana, precisamente de Nirvana, y era tan grande la exultante juventud de aquel rostro tan atractivo por natural que el resto del paseo lo hice como sonámbulo, preso de ensoñaciones a cual más quimérica. Llegué a casa e intenté escribir algo, pero no pude. Y hoy, dos días más tarde, intento hacerlo.

Volví a pasar ayer por allí. Es mi camino y no me sentí culpable. Pero esta vez iba con la vista alzada. No había nadie más que unos chiquillos jugando al fútbol. Tampoco se escapó ninguna pelota mientras pasaba con la cabeza baja. El resto del camino lo hice oyendo el audiolibro de Ligotti. Cerca de casa alcé la vista hacia el acristalado del supermercado y vi la mirada de un cajero tras su mascarilla. Él no hizo ni el amago de saludar y yo tampoco, no esta vez. La antigua amistad ya queda muy atrás. Sentí hasta hostilidad en los ojos de esas manos enguantadas en látex azul que esperaban recibir el dinero por la mercancía de una señora que andaba rebuscando en su bolso. Fue como si odiara que hubiésemos sido amigos. Fue como si deseara no haber conocido nunca a aquel chaval con el que compartió porros, alcohol y risas en los breves años en que Nirvana fueron los reyes del mundo que por entonces compartíamos, poco después de haber dejado de lado para siempre las pistas de fútbol y baloncesto.

El día había sido duro. Lleno de energía después de una noche de sueño profundo, vacío y reparador me había zambullido en él otra vez en pos del dólar, de mi dólar. Y tanto fue así que la noche se me hizo larga y espesa de tan cansado como me dejó nadar en tantas piscinas, propias y ajenas. El paseo final había sobrado. Sí, había sobrado totalmente. Eso fue lo que me mató, tal y como me lo había olido poco antes de salir a la calle. Pero tenía que hacerlo.

Hoy desperté cansado. Hoy no iba a hacer nada más que lo imprescindible. Hoy no iba a haber calistenia, ni saco, ni paseo. Hoy el bar de siempre y fuera. Luego, cuando saliera a las cuatro, una pequeña siesta si era posible, un buen baño caliente, algo de cenar, algo del volcán y a la cama con Ligotti, con Lovecraft o con Nietzsche.


El día pasó lleno de signos de agotamiento, entre parejas agotadas que, aburridas, comen mejillones de lata y blísters de caña de lomo ibérico; entre viejos amigos que no hacen más que cagarse en Dios mientras beben cerveza, ven la Fórmula 1 en sus móviles y comen lo que les pongas; entre tipos duros y desconocidos de burdos tatuajes talegueros que piden cafés con chorritos de alcohol y hielo; entre ciegos sobreprotegidos y ya jubilados desde hace tiempo con pensiones estratosféricas que lo primero que hacen al entrar al bar es pasar a cagar; entre viejos acojonados a quienes les han descubierto un tumorcillo de nada, "una cosa sin importancia", pero que no por ello y por prescripción facultativa pasan también el donoso escrutinio de una quimioterapia buenrollera mientras leen el As y hablan a voces del partido de la selección que supongo estará jugándose en estos momentos; entre separadas de rostro tan duro como un "¡no!" de Hannibal Lecter a Clarice que ríen con malignidad desde la mesa adyacente al maldito televisor...


Salí del bar. Y me eché una pequeña y ligerísima siesta que también la gata, excepcionalmente, compartió conmigo. Cuando desperté del duermevela vi que todavía estaba allí porque noté un bulto moviéndose perezosamente bajo la manta tirada adyacente a mi cama china. Todo es adyacente. Todo. Pabellones, pistas, colegas, clientes, camas y mantas. Todo adyece. Todo ad.


Ad. Ad libitum. Ad tres cervezas en el frigo. Ad chino. Ad botella de Johnnie Walker. Ad...Me cago en Dios.


Qué guapa. Qué sonrisa.


Todo adyece. Lo que pasa es que todavía no hemos descubierto los agujeros de gusano.


El agujero de tu gusano.




sábado, 2 de octubre de 2021

UN GRANO EN EL CULO

 Suele empezar así. Tienes una buena mañana en el bar, te vienes arriba y una vez con todo limpio y recolocado en sus respectivos sitios te sirves una cerveza de barril bien fría, sales a la puerta de la calle, enciendes un cigarrillo, echas un trago, das una larga calada, miras los árboles de la mediana y los blancos edificios de enfrente iluminados por el sol poniente y desde la sombra sientes que has vuelto a conseguirlo, que todavía puedes hacerlo sin la ayuda de tu hermano y que después de todo un grano en el culo no es más que otro grano en el culo, nada que no se cure con unos días de antibióticos y antipiréticos, aunque quizá si hoy tomas, si bebes, se retrase un tanto la curación, ¡pero qué importa!, acaba de empezar octubre, tu mes, y los peores días de infección y fiebre ya han quedado atrás y hoy hace una tarde esplendida que bien merece algo más que volver a casa para tumbarse en la cama y oír audiolibros mientras intentas dormir sin llegar a caer nunca en los cálidos abismos del negro sueño profundo, de ese que al devolverte a la superficie te deja con suavidad en la orilla y no en mitad del retumbante oleaje y los relámpagos, fieros como ellos solos, siempre crueles, siempre rompiendo donde más duela aunque tú creyeras que aquello ya no podía hacerte más daño del que te hizo, pero ¡ay amigo!, ahora estás enfermo y debilitado, y estás soñando, y no dejas de soñar encallado entre rocas de aristas como navajas que se clavan en tu alma sin permitirte continuar tu descenso hacia las benditas profundidades del sueño negro, ¡y pobre de ti si, valiente, intentas zafarte de sus afiladas hojas!, entonces lo que era una amenaza en forma de juego se transforma en un castigo severo, cosa que sucedería de todos modos pero ahora lo hace con más ahínco, con más ansia, con más sed de dolor y auto-tortura...

Pero hoy no saliste a la puerta del bar para ver los otoñales árboles de la mediana y el blanco edificio de enfrente. Hoy saliste para sentarte junto a una pareja que no lo es y estar un rato entre ellos mientras llegaba el próximo relevo de tu hermano. Hablaban con fervor, atropellándose, de ellos mismos, de lo que hicieron hace unos días, de lo que les pasó hace muchos años, de lo que harían esta misma tarde mientras la cerveza y el humo de los cigarrillos no dejaban de caer por nuestros gaznates. Una excitación absurda para gente de nuestra edad, una excitación no tanto alcohólica como de cercanía, de proximidad, de necesidad de otro. Él no dejaba de darme ligeros toques en el antebrazo mientras hablaba, como si no estuviera del todo seguro que yo fuese una ilusión; ella, desde el otro lado de la mesa, pujaba por llamar mi atención con sus palabras pretendidamente escandalosas. Al cabo, ya en la tercera cerveza, se nos añadió uno que había pasado en un coche entre los gritos de mis compañeros de mesa. Sus historias se hicieron más zafias, más groseras, más rocosas...

Llegué a casa. Estaba medio chispado con las cuatro cervezas caídas en un estómago vacío. Pasé al water y cagué pensando qué hacer. Eran las cuatro y media de la tarde y todavía tenían que venir muchas horas. Bajé al súper tras dudarlo. Compré whisky, hielo y cervezas. 


El sol está mirando el sofá a través del ventanal. No es gran cosa, era de mi difunta abuela y mi madre me lo encasquetó cuando aquella murió hace un par de años, pero el sol lo mira mientras se va hacia otras ventanales, otros sofás, otros árboles, otros edificios, otras vidas y otros planetas, los mismos de siempre. 


Quien sabe, quizá también él ande con un grano en el culo mientras huye de la eterna noche que le rodea con cuatro cervezas en un núcleo sólo lleno de fuego abrasador.