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martes, 29 de octubre de 2019

YOU COULD BE MINE

- Me voy a Móstoles -dijo uno-
- ¿A Móstoles? -respondió otro-
- Sí. A comer empanadillas.
- ¿Ah, sí? Ya tienen que estar buenas
- Cojonudas

Estaba claro que el otro no había cogido la gracia. Quizá en su memoria ya no quede espacio para ella.

La mañana había pasado mucho más gris y plomiza de lo vaticinado por las previsiones de nuestros móviles. Esto fue tema de conversación entre varios de mis clientes. Consultábamos los teléfonos y cada uno decía lo del suyo con cierta satisfacción al comunicarlo. Alguno hubo que hasta daba algo de lluvia, cosa que no llegó a pasar, pero la sensación general era que estaba demasiado gris, al menos tanto como parece ser lo es el plomo.

- Un día plomizo 
- Sí

- ¿Sabes? -le dije al de las empanadillas un poco por no dejarle con la miel en los labios-, volví a verla el otro día y la verdad es que me quedé un poco a cuadros. "¿Como pude reírme tanto con esto?" pensaba mientras la veía. Fue un poco triste. No consiguió arrancarme ni una sonrisa, siquiera por el recuerdo.
- Es el tiempo -respondió- 
- Ya, pero hay cosas que lo aguantan...-dije yo-
- Sí, supongo -contestó echando un trago de su cerveza- Todo pasa.

Después se tomó un montado, un café y una copa y se fue para Móstoles a firmar un proyecto.

Todavía estaba él cuando cambié de música en Spotify. Yo había estado mirando otra vez mis páginas de Internet en el móvil. Son pocas, sobran los dedos de las manos. Como en mi vida. Pulsas el buscador, aparecen tus sitios y automáticamente eliges uno de los cinco que muestra la pantalla si la mantienes en posición vertical. Pero esta vez mi dedo se fue a la i (Infocatólica forma parte de uno de esos dedos que no sobran) y esta, sensible, mostró algunas más, todas recientes, pronto las olvidará.

Era Izzy Stradlin, el guitarrista rítmico de Guns & Roses. Hace dos noches, ya en la cama y no recuerdo por qué, busqué información sobre él. No había escuchado nada de ellos pero quizá leí algo en la Red antes de ir a dormir. "Izzy Stradlin 2019...Izzy Stradlin drugs...Izzy Stradlin young..." Ni se me pasó por la cabeza poner un rato aquel mítico concierto grabado en sala Ritz de Nueva York, ese que tan anodadado me dejó durante un tiempo de mi juventud, ese cuya cinta en VHS conseguí a precio de oro en una extraña página de anuncios y que ahora cualquiera puede ver en Youtube. Todos, todos, estaban magníficos a los ojos de un chaval de dieciséis años que amaba al Rock por encima de todas las cosas. Pero Izzy destacaba, al menos para mi: la gorra de cuero, ese chalequillo y esa camisa blanca remangada, el cigarrillo caído, ese ir a su bola tan lejano del histrionismo de Axl como del disfraz de Slash, esa actitud en el escenario, ser el que lleva el ritmo a pesar de todo, el que pase lo que pase mantiene la máquina en funcionamiento...Joder, era lo mejor del mundo. 

Esta tarde elegí el primero de los Use your ilusion. Aún hoy recuerdo cuando y donde lo compré, quizá porque entonces yo ya estaba saliendo de ese mundo. Con todo, era mucha la ilusión ante ese disco que fue cuádruple. Y ya entonces no le di muchas vueltas: aquello, estaba claro, había terminado para mi.

Las canciones pasaban una detrás de otra, en orden, pues había quitado la selección aleatoria que desde siempre prefiero para la música que me gusta. Algunas, bastantes, lo hicieron sin apenas recordar nada de ellas. Otras, pocas, me hicieron sentir algún interés por el sólo hecho de reconocerlas. Llegó "November rain" y tampoco me pareció tan grande como suele decirse por ahí. Es buena pero no tanto para mil millones de visitas en Youtube. O sí. Busqué por la letra traducida (apenas me quedaba otra cosa por hacer que esperar el cambio de turno) y no estaba mal aún concediendo que las traducciones mejor situadas son siempre mierda pura. Tenía algunos buenos versos como ese de que al final hasta la fría lluvia de noviembre también pasa, algo que ya había medio entendido mientras la escuchaba.

Ya iba siendo demasiado pero no había mucho más que hacer sino esperar. En verdad ese disco tiene demasiado relleno, tanto de azúcar como de grasas trans. Hubiera podido ser un buen disco, uno solo, ya que no a la altura del Appetite por lo menos no fuera de su órbita, pero cuatro...Se les fue la cabeza. Y la jodieron.

Jose pasó al bar desierto y pidió lo de siempre. Después de ponérselo yo volví a mi rincón del otro lado de la barra.

Dos cuarentones en una barra, aunque él es mucho más cuarentón que yo; de facto salta los cincuenta aunque su buena genética le haga aparentar algunos años menos a pesar de la cruz que lleva a cuestas en forma de segunda mujer para una hija tardía.

Salió la Navidad. Apareció la Navidad. Él estaba leyendo el As, pasando páginas con parecido entusiasmo al que yo mantenía por la música.

- Joder -dije- La Navidad está a la vuelta a la esquina
- Sí -contestó sin levantar la mirada del periódico-
- Es increíble como pasa el tiempo...Hace nada era Navidad otra vez. Casi no me puedo creer que haya pasado otro año.
- Sí. La verdad es que parece mentira -dijo levantando por un momento la mirada del periódico-

"Yo es que a veces...joder...Mira, ayer estuve en casa de mi madre, la comida familiar del día de descanso y todo eso, ya sabes que tengo otro sobrinete, es un sol, de verdad que es un sol de cuatro meses...Yo ahora llego allí media hora antes de lo convenido sólo para verlo, para decirle cosas, para cogerlo...Le digo tonterías, o callo y no digo nada nada, sólo lo miro mientras voy y vengo a la cocina para ayudar a su padre, mi hermano pequeño. A veces lo cojo con mucho cuidado y joder, es mismamente como ver a su padre, de verdad, tiene su mirada, ¡su misma mirada con apenas cuatro meses de vida!, es increíble, increíble hasta que no lo ves...¡Es él! Es él, sin duda alguna, es él con cuatro putos meses de vida, él....Yo ya tenía diez años cuando él nació. Claro que ya no me acuerdo de qué cara tenía mi cuarto hermano al nacer, ni de cachondeo...Yo era el mayor y a veces, muy pocas, Nochevieja y poco más, mis padres se iban a tomar algo y si no estaba disponible la otra abuela era yo quien me hacía responsable de él. "Kufisto, eres el mayor, ten cuidado" Y yo lo cuidaba, a mi cuarto hermano, es decir, lo dejaba ahí en la cuna y si se ponía a berrear mucho lo agarraba entre mis brazos y andaba un rato por ahí con él...joder. Y mira ahora. Es como tu hija, la pequeña, ¿cuantos año tienes ya? ¿siete? ¡siete! La madre que me parió...Siete años y hace nada estaba por aquí como una croqueta...Siete años...¿Recuerdas cuando nació? ¡Como no vas a recordarlo, perdona...! ¡Era como una croquetilla de lo pequeña que era! Siete años ya...Era la cosa más hermosa que he visto en toda mi puta vida, de verdad, era increíble...A veces estábamos todos por aquí de de aquella manera, ya sabes, y aparecíais vosotros con ella y era como debe ser ver un cacho de plomo en un laboratorio o a un ángel durmiendo. Luego ha crecido, claro, y ahora no conoce a nadie, por supuesto. Es normal, es normal..." 


El cielo empezó a abrirse de nubes poco antes de la hora de mi salida. Un sol exuberante a su modo, rítmico, como de quien sabe lo que hay por debajo de él y no por ello deja de hacer lo que tiene que hacer, iluminaba la última escena del día.


Un tío con cara de perpetua resaca llegó a la puerta del bar y reconociéndome como el camarero que fumaba dijo algo de tomar un vino.


- ¿Blanco o tinto? -contesté tras echarle un rápido vistazo-
- Tinto
- Pues venga -dije tirando la colilla- Vamos para adentro.




viernes, 25 de octubre de 2019

ALPINISMOS

Una de las veces que salí a la terraza vi a Gonzalo hablando solo en la puerta del bar. Parecía tan cabreado como siempre que habla solo. Estaba apurando su cigarrillo y muy pronto pasaría adentro. "Malo" pensé. Hace dos semanas vino al bar tras salir del hospital de la revisión habitual con su psiquiatra, uno nuevo según me contó, un chico joven que le amenazó con ingresarlo "por su bien y el de todos" si continuaba con sus "delirios extraterrestres". Gonzalo, enfadado, se defendió de ello ante mi escudándose en Donald Trump, quien por lo visto ha reconocido su existencia. Yo lo escuché con cierta preocupación, más o menos la misma de todos estos años en circunstancias parecidas. De vez en cuando, por el motivo que sea (no tomarse la medicación o que se le quede corta, tal vez un poco de hierba, no sé, lo que sea), vienen a su mente estos estados alterados de consciencia que acaban en un ingreso hospitalario. Luego vuelve al cabo de un tiempo ya en su estado normal de medicación, es decir, "zombi" como dicen quienes le ven y evitan aún sin conocerlo, tal vez por esa superstición atávica al contagio que todos llevamos dentro. Yo, quizá, si no fuera el camarero haría lo mismo; así que tampoco aquí me pondré medalla alguna. Aunque en verdad me siento cercano desde siempre a todos los enfermos mentales.

En realidad es un buen chico, sensible, aficionado a hacer fotografías al amanecer en los molinos y lector incansable de todo lo relacionado con la espiritualidad y ciencias poco o nada reconocidas. Vive con sus padres pero se gana la vida en el mantenimiento de una guardería. Muchas veces, cuando llega el otoño, me cuenta el rollo que es barrer las hojas que caen de los árboles. Con una tímida sonrisa dice que alguien tiene que hacerlo por esos "pequeños cabrones" Muy de vez en cuando me envía por wasap alguna foto suya que considera buena, o algún enlace a una conferencia, cosas así. Siempre le respondo. A cambio, y también de higos a brevas, le envío algo de buena música, cosa de la que nunca hemos hablado.

Fue verlo hablando solo ya dentro con su café y darme ganas de beber alcohol. Ayer estuve con la sensación de estar incubando un resfriado que tras las precauciones tomadas no había quedado en nada. Desperté y enseguida me di cuenta de que estaba bien. Es bonito levantarse de la cama mejor de lo que uno había esperado cuando fue a acostarse. Por eso me vine todavía más arriba cuando vi a Gonzalo.

La cosa ya había empezado a despegar algunas horas antes, no muchas, pues era mediodía cuando Rubén y su joven ayudante llegaron al bar para desayunar. Con las caras por los suelos pidieron café y zumo. El joven me preguntó si tenía algo para el dolor de cabeza, algo que nunca falta en mi bolsa del trabajo. Le di la tableta de ibuprofenos y Rubén cogió otro sin pensarlo mucho.

- ¿Fue dura la noche? -dije sonriendo-
- Joder -respondió Rubén-

Hoy era yo el que no estaba enfermo; ayer no fui yo el que se volvió loco por ahí. El temor a la enfermedad pasajera consiguió que ayer le diera un día de descanso a mi vida para ahorrarme siete en ese tren. Dediqué toda la tarde y parte de la noche a seguir releyendo "La rebelión de Atlas". Unos ajos crudos, pocos cigarrillos, una nutritiva cena y una infusión de manzanilla con cacao y miel más un paracetamol antes de acostarme habían obrado el milagro: la enfermedad, la ilusión de mi enfermedad, se había diluido de una manera tan inesperada, tan graciosa, tan fácil, que casi daban ganas de ponerle un plátano delante de su jaula.

Y ese plátano lo cogió Gonzalo.

No pasó nada. No hubo el espectáculo de aquella otra vez. Gonzalo habló solo mientras se bebía el café con la leche fría que le puse. No movió el azúcar en el café como si estuviera leyéndolo como hace cuando está bien, al contrario, pero no hubo más. Intento recordar de qué hablaba pero con consigo recordarlo. Había poca gente en la barra, la mayoría estaba en la terraza o en el salón, y la agradable  y educada pareja que viene todos los viernes hacían como que no pasaba nada desde su sitio en la barra apenas a un par de metros de él. Yo no le hice ni puto caso. Es lo mejor. A los cinco minutos se fue maldiciendo algo...¡Ah, sí! Los ricos. Los ricos eran quienes tenían la culpa. Todo era culpa de ellos. Si él hubiese nacido con todo arreglado...

Apenas quedaba recoger la hora de las cañas. Eran las tres de la tarde y en la barra sólo quedaban un par de tíos mayores que yo, unos conocidos, unos de siempre y de nunca. Profesiones liberales y tal, como se suele leer en los anuncios de contactos; gente de cierto dinero que siempre están pelaos, gente que han marchao desde que nacieron, gente divorciada, con hijos ya mayores y a su marcha y todo eso, gente que sólo come en casa en Nochebuena y Nochevieja, gente que vino al mundo con el libro de instrucciones y averías más o menos correcto y en español.

Rulé un cigarrillo y abrí un tercio de cerveza. Uno de ellos hablaba de algo y conforme salí a la puerta comenté cualquier cosa. Se hizo la conversación tras la cortina metálica y al final, más molesto él que yo de vernos como en carta de ajuste, se decidió a salir. Con mirada cansada y mientras volvíamos para adentro, como de quien sabe que, después de todo, al final también él muere, dijo que lo mejor era reír.


- Reír, Kufisto, reír. Eso es lo mejor. Reír.


Mañana cambiarán la hora. Entonces será mi última oportunidad en meses para salir al campo, lo más lejos posible de los molinos, para reír como león riente que no teme a la luna que viene tras las luminosas montañas.

martes, 22 de octubre de 2019

DE LOS DESPRECIADORES DEL CUERPO

El nuevo calzado me ha dejado los pies deshechos. Estaba de oferta en el Centro Comercial, a quince pavos el par. Agarré uno con el número correcto y lo probé sentado en una especie de caja flamenca que lucía un extraño espejo a mis ojos. Sólo ahora, al recordarlo, comprendo su función. Entonces me bastó con ponérmelos y sentir que todo estaba más o menos bien. Quizá fuera necesario un par más de calcetines pero eso no sería ningún problema ahora que llegan los fríos. Además que cuando salgo por el campo siempre llevo dos pares aún en esas tardes del julio manchego en que las cigarras gritan con desespero por sus malditas vidas. Y ahora llevo un tiempo que he vuelto a salir a los campos aunque esta vez en sentido contrario: los molinos estuvieron a punto de acabar con mis rodillas en una exultantemente estúpida semana del verano. Desde entonces no he vuelto a ellos.

La tarde de ayer fue todavía luminosa. Eran las cinco y pico cuando desperté de la siesta; quedaba tiempo para pasear las dos horas de rigor con Zaratustra y mis nuevas botas de trekking, que es una cosa como dura y fuerte, heavy, de montañas nevadas, muy zaratustresco. La verdad es que incluso estaba un tanto excitado, como quien se va a estrenar con algo, que en verdad era lo que iba a pasar. He visto a mucha gente con esas botarracas, nunca había tenido unas y por fin había llegado mi momento. Y si el precio era un tanto sospechoso...buah.

Ya de primeras noté que eran un tanto bastas. Todavía en el piso eché a andar para probarlas y me sentí poco menos como supongo se sentirá un buzo primerizo, que ya es sentir mares y montañas en un desgraciado mancheguito que lo más lejos que ha ido en la vida ha sido a Benidorm y a la frontera con Francia, y esto una vez y hace muchos años. Pero todo se olvidó en cuanto Zaratustra empezó a atronar mis orejas en el ascensor.

Hice una vez más el camino y poco antes de alcanzar la desviación que me alejaría de todos durante una hora alguien que venía de frente dijo mi nombre cuando nos cruzamos. Nos saludamos sin necesidad de pasarnos previamente la mano por nuestros rostros y al final, que casi fue automático, el amigo decidió venirse a andar conmigo. Con cierto, ciertísimo pesar, quité a Zaratustra y echamos a andar y a hablar, más él que yo, de poco de lo divino y muy mucho, demasiado, de lo humano.

Política, mujeres, cuñadas, reformas del hogar e incluso algo de fútbol se sucedieron sin solución de continuidad durante la hora y media que anduvimos juntos por ahí. Él es un hombre que considera raro beber té y casi extraterrestre a quien lo hace sin azúcar ni edulcorante de ningún tipo como yo.

- Eres mu raro, Kufisto -me dijo una vez en el bar al ver como lo bebía a pelo-

Sí, lo sé y lo tengo asumido desde hace tiempo: soy raro. No tomo azúcar ni pan, no me gusta el fútbol, la política de telediario me la sopla, la mujer que no tengo más y mis cuñadas son mis cuñadas, no sé qué otra cosa podrían ser. De todo esto hablé con él, apostillando un tanto su verborrea para no dejarlo sentirse incómodo. En tales menesteres, he de reconocerlo, soy un experto: treinta años de barra de bar dan para ello. Y ni por un instante se pasó por mi cabeza el pensamiento de hablarle del superhombre y que el hombre es algo que debe ser superado. En esas circunstancias, andando por caminillos tan dejados de la mano de Dios como los bajos de los puentes que salvan las autovías, la sola mención hubiera podido llegar hasta casi la hostia. Y él me saca una cabeza, veinticinco kilos y treinta años de kárate y cinturón no sé qué Dan.

Y fue cuando estábamos casi a punto de despedirnos que un dolor negro vino de golpe a mis pies, sobretodo al derecho, a su dedo meñique, a lo más pequeño; una cosa horrorosa que si no me hizo deternerme para llamar a un taxi fue por la cercanía de mi caverna y de mis animales a no más allá de cinco minutos de donde me encontraba. Como pude y sin dar muestras de ello alcance mi destino ya con Zaratustra otra vez en las orejas. La gata salió a recibirme tan cabreada como siempre y al pasar a la habitación para arrancarme las botas pude ver en la pared de enfrente al mosquito que antes de ayer me picó en el párpado del ojo izquierdo mientras dormía.

El dedo, mi pobre dedillo pequeño del pie derecho, esa cosa minúscula e inservible a estas alturas de la evolución estaba tan rojo como un tomate; y con él todo yo estaba enfermo.

Con una tirita lo cubrí esta mañana cuando al final me levanté. Había despertado una hora antes de lo normal por su causa. Durmió mal y así nos hizo dormir a todos los demás. Pero la tirita le hizo bien y entre eso y las viejas zapatillas todo ha quedado en casi nada.

Eso sí, hoy no he salido a andar. El día ha amanecido oscuro, tan oscuro como pueda serlo a estas alturas del año, y la tarde ya no era luminosa. Las nubes bajas, pesadas, como ancladas, como sin fuelle alguno de los vientos de las lejanas costas que las trajeron hasta aquí. Agotadas y pesadas, apenas sí han podido soltar algo de todo lo que llevan dentro, tal que si también ellas, las nubes que alcanzan la Meseta, padecieran retención de líquidos cual gordo granudo harto de azúcar, pan, fútbol, tabiques a tirar, Cataluñas y cuñadas. O como borracho tras otra noche intentando abrazar al mundo picapárpados.


Hoy he despertado de una siesta más pequeña. Desde que mi dedo meñique y yo nos levantamos pensé que debía escribir algo sobre lo de ayer. Pronto el pensamiento, el ansia, se ocultó ante la presencia de ese perro del infierno que es la barra de un bar; pero ahí quedó, larvado, subterráneo, como apresado por dos pares de calcetines y unas botas de trekking de quince euros.

Con las viejas zapatillas fui a la mora de la esquina a comprar naranjas y limones para el bar que mañana vendrá. Cual mochilero que lejos de las playas de papá se va a subir los Pirineos oscenses, a la aventura, con su hermano y un amigo tiré hacia él antes que hacerlo con los fríos de la aurora de mañana. El cabrón del mecánico de mi coche me las pagará todas juntas algún día.

Miré el ticket al salir de la frutería: diez kilos de peso a mis espaldas. En este mes y medio que va voy a echar más hombros que cuando le pegaba al saco.

Dejé la mercancía. Sólo quedaba pasarse por el chino y la administración de loterías.

El chino andaba tikkeando las bandejas de unos pasteles cercanos a los expositores de los botes de bebida. Cogí seis de cerveza. Dos niños chinos, supongo que sus hijos, correteaban por ahí, jugando en chino. Le dije que las metiera en una bolsa, pagué y fui a ver a la chica de las loterías y eché para hoy.


No me dolía nada, todo estaba correcto. Todo estaba tan correcto como cuando nada te duele demasiado.


A escribir.

sábado, 12 de octubre de 2019

2

En mi nuevo camino abandono pronto el pueblo. Llego hasta el cementerio y transito junto a su tapia para enseguida acceder a los senderos del bien conocido canal, siempre seco. Allí todavía puedes toparte con paseantes y algún que otro corredor o ciclista, aunque muchas han sido las ocasiones en las que no he visto a nadie. Luego, justo a su mitad, donde está el parquecillo infantil, lo abandono y voy hacia el oeste que señala el sol, todavía a esas horas más alto que mis ojos. Es un camino de tierra seca, tan seca que los más pequeños de los raros vehículos que van por ella son capaces de levantar enormes nubes de polvo por más cuidado que algunos quieran poner ante el paseante. Entonces yo, al verlos venir, me subo a la cuneta contraria. También los oigo bajo los auriculares cuando llegan por detrás. Entonces no recuerdo qué hago.

Mi mala cabeza me llevó a él y ahora le doy las gracias. Muchas veces me ha pasado esto, aunque decir muchas sea una cosa demasiado subjetiva. He tenido poco de casi todo y quizá todo me parezca más de lo que realmente es. En el cinturón de paseo que llevo en la cintura guardo una navaja para los perros salvajes. La única vez que me encontraron no hicieron nada al darse cuenta de que yo no les hacía caso. Iba oyendo a Led Zeppelin y ni me enteré hasta que tuve a la jauría casi debajo de mis huevos. De esto escribí algo hace mucho tiempo. Fue el no verlos llegar lo que me salvó. Y, cosa rara, al darme la vuelta no me asaltó el pánico y decidí que lo mejor que podía hacer era seguir caminando igual, aunque eso sí ya con los cascos fuera de las orejas.

Unos veinte minutos después alcanzas el puente que salva la autovía. Allí a veces tengo ganas de parar y ver como pasa la circulación desde lo alto, es una cosa bastante tentadora. Pero no lo hago, nunca lo he hecho, jamás paro cuando salgo a andar, ni para rularme un pito. Bajo el puente, meo, y accedo al camino que acompaña a la autovía mientras lío un cigarrillo que fumaré en dos veces.

Un kilómetro y pico más tarde alcanzo el otro puente. No he visto a nadie en tres semanas. Sombrea un canal de aguas estancadas, muertas, que extrañamente no exudan muy mal olor. Allí abajo, en el hormigón que lo sostiene, hay pintadas que se afirman a ellas mismas. Allí abajo, junto a las aguas estancadas, no hay resquicio alguno para una pintada más. Si yo quisiera escribir mi nombre en esos pútridos muros tendría que hacerlo sobre el de alguno.

A partir de ahí son veinte los minutos que cuesta volver al pueblo. A lo lejos, bastante lejos, hacia el este, los molinos. A veces los miro como si quisiera ir a ellos en la típica superabundancia de quien se siente fuerte y bien oyendo otra vez a Zaratustra en la voz de Artur Mas, pero no, ya no hace falta, ya los he subido todas las veces.


 - Ni hoy pone la tele para ver el desfile -le dijo el guardia a Paco el ciego-

Tenía puestos a los Brianjonestown Massacre en el equipo y el Dmax en modo mute, como siempre.

- ¿Pero es que no sabes que Kufisto es moro? -respondió Paco
- ¿Moro? -dijo el guardia
- Sí...Canta cosas moras y eso...
- Amos no me jodas
- Sí, cuando menos te lo esperas se arranca con un cante moro...

Pero sólo lo hago cuando Paco y yo estamos solos.

Los dos arroces, tanto el público como el privado, salieron en condiciones a pesar de todo y esta es una de esas cosas que siguen haciéndote mirar los molinos como si fuesen remolinos de feria.

Pasada la marabunta de las cañas empezó a llegar, poco a poco, la de las copas. Entre ellos vino un antiguo compañero mío de estudios, ese que cuando éramos unos chiquillos me achacaba lo cortado que era con las tías, y era verdad; luego, años más tarde, me enrollé con la que después fue su mujer y madre de sus dos hijos, pero en fin...

Y entonces, entre todo eso y más o menos, volvió a venir al bar esa tipa rubia con su nuevo novio.

- Hola ¿qué queréis? -pregunté-
- Yooo...-dijo ella- Un Jameson con cocacola light -respondió como sin verme-
- Zero -dije yo-
- Vale-

 Y el otro no dijo nada, como si se lo estuviera pensando; y entonces yo tiré para otro lado y atendí otras cosas y después volví, y ya él me dijo lo que quería, y cuando puse las dos copas ella me miró y dijo divertida que como era posible que supiera lo que bebía, y yo respondí que aparte porque lo había dicho ya sabía que eso es lo que bebía de otras veces, que me acordaba, y sonrió como si los molinos estuvieran a la vuelta de la esquina, y el tío no dijo nada y yo me fui a por quienes seguían viniendo a mi barra porque eso eso es lo que tengo que hacer.


Qué piernas. Tiene unas piernas estupendas, de molino, ya con un coño cercano a estar como las aguas de un canal de autovía de La Mancha pero parece que le da igual, que le basta y le sobra con eso.


Ayer acabé con los dos gigas del teléfono. Zaratustra pesa escasos diez días cuando debería haber aguantado sólo un mes.


El sol vuela alto. El mañana siempre regresa. La primera parte de la noche ya está aquí y yo ya no sé qué hacer. La gata corre vencida por los nervios. Le abrí una ventana sin escape para que me dejara en paz. Ella maulló un rato, la oí mientras escribía esto.


El nuevo camino acaba siendo el mismo.


¿Hay otra manera?


No. No hay más maneras.