y

y

miércoles, 30 de noviembre de 2022

¡MÍRALO!

 - ¡Míralo! -dijo extendiendo el móvil hacia mi lado de la barra.

Pues sí, muy hermoso.

Era una fotografía de él con su pajarito multicolor posado en el hombro, una fotografía que sin duda alguna la había echado su hermano, también presente en la conversación.

Son de otro pueblo. Hace unos años que vienen por aquí. Revisiones médicas. Son algo mayores que yo, no mucho, y el más pequeño, el del pajarito en el hombro, carga con el bicho dentro. Hubo un tiempo en el que pareció haberse ido por las cloacas pero no; tan sólo estaba latente, como todos. 

Hará medio año que el otro, el alto, el más risueño de los tres (pues al principio fueron tres, lo recuerdo bien), me dijo que estaba en lo mismo. Así que ahora andan por aquí un par de veces por semana. 

Contaron más cosas del pajarito, un agapurni hembra, de donde la compraron hará casi cinco años, de como cayó mala al poner su primer huevo que no quería salir de ella, se le enquistó ahí dentro y era una pena verla, la llevaron a una veterinaria de Ciudad Real deprisa y corriendo...

- Se me partía el corazón, Kufisto -dijo el alto- Si hubieses visto como sufría la pobrecilla...

Un tanto más hinchado de lo normal, mi viejo amigo Luis entró al bar con su bastón. Saludó, pidió una cerveza y fue a sentarse a una mesa. 

- ¿Qué tal?
- ¡Pues no me ves, cabrón!

Nos reímos y volví a la barra. 

Los hermanos se fueron con la promesa de volver en un par de horas y ya estando solos salí de la barra para sentarme con mi viejo amigo Luis.

- Este cabrón -me dijo refiriéndose al médico- me quiere matar.

¿Cuantos años hace desde que le diagnosticaron el cáncer? ¿siete? ¿ocho? ¿nueve? Mi padre lleva muerto casi seis años y aguantó la enfermedad año y medio. Y Luis lo tuvo primero.

- Y encima es moro -dijo refiriéndose al doctor.
- Joder, lo tiene todo.
- ¡El hijoputa quiere matarme! ¡Dice que me quedan cuatro días si no dejo de beber!

Y seguimos riendo y hablando de paridas.

- ¿Qué tal estás, Kufisto? -dijo mirándome fijamente con sus brillantes ojos azules.
- Bien.
- Me alegro. Está la cosa un poco floja, ¿no?
- Sí...Fin de mes, la Navidad a las puertas...Pero bueno, vamos tirando.
- ¿Y tú?
- También

Entonces fue que Estela entró.

- Hola.
- Hola, Estela.
- Un zumo de piña -dijo con ese delicioso acento portugués.
- ¿Quieres una pulga? ¿Salchichón, chorizo, queso, anchoas, atún...?
- Queso.

Y se fue a la tragaperras.

Me serví un té doble y volví a sentarme en la mesa con mi viejo amigo Luis.

- ¿Qué es eso? -dijo.
- Un té.
- ¿Un té?
- Un té.
- Ponme un vino, anda.

Sabía que Estela jugaba fuerte pero no tanto. Me sentí un tanto incómodo desde mi posición.

- Kufisto -dijo Luis-, no se ve más que gente amargada por la calle. 
- Sí
- No, en serio...Una mala hostia, una mala leche...-continuó riendo- No lo entiendo.
- Pues sí.
- No me estás haciendo ni puto caso, hijoputa.
- Venga, joder...
- ¡Cuanto me acuerdo de tu padre!
- ¿Cuantos años tienes?
- Setenta recién cumplidos.
- ¡Joder, pues no los aparentas! Dos más tenía mi viejo cuando dobló.
- ¡Cabrón!
- ¡Jajaja!

Llegó Kamel y me levanté.

- ¿Chupito?
- ¡Ja! Y una caña.
- ¿Salchichón, chorizo, queso...?
- ¡Choriso!

Cogió el As y fue a sentarse en la mesa más pequeña.

- ¿Atiendes a este? -dijo Luis
- Sí. Lleva viniendo por aquí desde hará dos años. 
- ¡Pero si es un desgraciao, un puto pedigüeño liante!
- Pero aquí paga y no crea ningún problema.
- Joder, Kufisto...Si te viera tu padre.
- Peor es mi hermano y es compadre suyo, no me preguntes porqué.
- Tu padre era la polla, Kufisto.
- Sí
- Yo le pinchaba cuando los dos ya estábamos malos y él se enfadaba.

Reímos.

- Sí -respondí- Pero tú es que eres más cabrón que un cuerno.
- ¡Qué buen tío era tu padre!

Me levanté de la mesa. No me parecía bien estar de esa manera. Un camarero tiene que estar detrás e la barra.

Sentado en mi taburete vi jugar a Estela mientras recibía llamadas que no cogía para contestarlas con mensajes sin perder ripio de la pantalla. Luis miraba la televisión y el pobre Kamel volcaba su cabeza sobre las páginas del As.


Y entonces, en ese extraño silencio clientelar sólo roto por canciones de mi gusto, pensé que tampoco yo estaba tan mal.

domingo, 27 de noviembre de 2022

SANGRE SABIA

Dudaba. Elegí esa película por su director. No me apetecía nada revisitar los clásicos de mi juventud. Cuando a veces lo hago suelo llevarme una decepción. No siempre, claro: todavía hay viejas películas que soportan el paso de mi tiempo. Por aquello fue que decidí verla por primera vez a cuarenta años de su estreno.

Era una de sus últimas películas. Primero fue el título lo que alertó mi atención, luego la portada y después leer en la ficha que estaba dirigida por él. No me sonaba ni de casualidad. Bien, perfecto, no importaba nada, mejor aún. Tenía por delante casi dos horas de un film desconocido del tío que realizó una de esas películas que soplan las cenizas de todos los años pasados desde que la viste por primera vez.

La vi entera. El final se hizo un tanto largo, absurdo y deslavazado. Había sido una extraña película. Él ya estaba viejo y sin embargo podías sentir que lo había pasado bien rodándola. Apagué el ordenador y me fui a la cama. Tardé en dormirme.

Desperté mucho antes de tiempo y poco después oí maullar a la gata. Pensé si habría sido ella y no mis sueños quien me había desvelado antes de tomarse un descanso. Tiene una maullido tristísimo, te parte el corazón. Y los sueños. No permití su entrada al dormitorio. Poco después calló, vencida. Aún tenía una película de sueño por delante y al final caí en ella no sin dar antes mil vueltas sobre el colchón.

Lo bueno de hacer las cosas bien y a lo grande es que si sobra sirve para otro día. Cuando uno está en ello puede acabar un tanto pillado de tiempo, pero sabe que o se da muy bien, demasiado bien, o lo más probable es que con eso sea más que suficiente para mañana. Y allí, bien resguardada en el frigorífico del bar, estaba la olla con la mitad del gran guiso de patatas con chorizo picantón que realicé ayer. Hoy incluso estaría mejor.

Fue una mañana demasiado relajada. Llegó el mediodía y la caja estaba a medio gas. Las mismas cañas parecían lanzas en un largo primer momento. Pero acabaron por ceder una vez más.

Eran las tres y media largas cuando pude echarme una cerveza con mi colega. Salimos a fumar un cigarrillo, hablamos de la Navidad a las puertas y de aquella Nochevieja que pasó en su puticlub de confianza.


Una hora más tarde, a punto de irme, entraron dos compañeros de escuela con sus esposas e hijos.

- ¡Hombre, Kufisto! ¡Por una vez te pillamos!
- Estoy a punto de irme -sonreí- ¿Qué queréis?

Cafés. Y se fueron al ventanal.


- Gracias, Kufisto -dijo una de ellas al servirle el suyo.
- No hay de qué -respondí un tanto sorprendido al oír mi nombre en sus labios.


Hacía tiempo que no nos veíamos.


Ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos por primera vez.


jueves, 24 de noviembre de 2022

LA PALOMA

 Dos mujeres pidieron café y fueron a sentarse junto al ventanal. Una de ellas, la más gordita, fue clienta habitual en otro tiempo. Ya entonces y con igual sobrepeso lo tomaba con sacarina aunque en otra compañía, femenina también. Pero han pasado muchos años, y tres visitas en tres semanas a última hora del cambio de turno no son suficientes como para hacerme recordar a la primera su manera de endulzar el café con leche. Sí recordaba bien su mirada hacia mi, un tanto hostil, que aún mantiene.

Y entonces el tío que estaba en la barra se volvió hacia ellas y habló:

- ¿Sois vosotras las de la tienda de al lado?
- No 
- Ah 

Entró al bar poco antes que ellas. Desde la barra y a través del ventanal le había visto aparcar el coche en zona limitada sin motivo alguno. Creí reconocerlo en cuanto se bajó y no me hizo gracia. Pero echó a andar y pasó de largo. Por curiosidad salí a ver. Caminaba calle abajo. Caminaba calle abajo como quien espera encontrar algo al volver sobre sus pasos. Pasé para adentro.

Salí a fumar y le vi sentado en uno de los taburetes que están al otro lado de la puerta de la tienda cerrada, fumando. Eché un paso atrás.

- Joder, es él.

No me había equivocado. Era él. Mi subconsciente lo había reconocido al primer golpe de vista. Poco después entró al bar. Yo, desde luego, no iba a salir.

- Hola -dijo.
- Hola
- Una manzanilla.

Sabía que iba a pedir algo así. Es más, sabía que iba a pedir una manzanilla. Siempre pedía eso. Estaba casi seguro que la tomaba con sacarina. Le puse azúcar.

- Sacarina -dijo

Se la di y le quité el sobre de azúcar que agarraba entre sus dedos.

- ¿Tienes Lotería Nacional?
- Tengo Lotería de Navidad
- ¿Como?
- Tengo Lotería de Navidad
- Ah...¿Qué te debo?
- Uno treinta. 

Sacó dos euros.

- ¿Puedo pagarte la lotería con tarjeta? No llevo efectivo.
- No.

Le devolví el cambio. Entraron las dos mujeres.

- ¿Puedes cambiármela a un vaso? Está muy caliente. ¿Sabes a qué hora abren la tienda de al lado? -Eran las cuatro de la tarde.
- A y media, creo.

- ¿Sois vosotras las de la tienda de al lado?


- Dame un décimo -dijo sacando un billete de cincuenta. Y salió afuera 


- Hola, Kufisto
- Hola, Alfredo

Es algo mayor que yo. Lleva un año de baja por ansiedad. Es un buen tío. Cuando éramos jóvenes nos matábamos con la mirada, luego nos olvidamos y ahora somos amigos de media hora en el bar. 

Solemos hablar de música. Él sabe mucho más que yo, al menos de música moderna; moderna en el buen sentido, claro. Pero a veces hablamos de otras cosas menos problemáticas, como hoy. O ayer. O incluso antes de ayer. Ya son tres tardes sin hablar de música.

Su madre se había caído lastimándose la muñeca en la residencia pública donde pasa los días desde hace unos meses, desde que su deterioro mental hizo imposible cualquier otra opción razonable. Le llamaron por la mañana, fue a por ella y se la llevó a las Urgencias del Hospital. 

- Vámonos a casa -le decía su madre- Aquí no nos hacen caso.
- No, mama -decía él- Tienen que mirarte
- Vámonos
- Que no, hay que esperar
- ¡Algún día Dios te castigará por todo esto!


Nos reímos por no llorar y la conversación derivó hacia su cercana pre-jubilación: apenas le faltan tres años. Tendrá cincuenta y cinco, divorciado de larga data, los hijos mayores y él en condiciones para llegar a ser abuelo, disfrutar de los nietos y tal vez encontrar el último amor.


Vino mi hermano y me dio el relevo. Era la hora de irme pero la conversación era buena. Abrí otro tercio y salí de la barra.


Luego salimos afuera para fumar. El tipo extraño seguía esperando la apertura de la tienda de al lado.


Una anciana con su tacatá reconoció a mi amigo. Nos contó que iba calle arriba para ve si encontraba a la paloma herida que había visto por la mañana. Llevaba con ella una caja de zapatos agujereada para meterla dentro y llevársela a su casa.


Una de las chicas de la tienda cerrada subía calle arriba cuando mi amigo, la abuela y yo nos despedíamos. 

- Ya era hora -dijo el tío irritante.


Me subí al coche aparcado al otro lado de la mediana.


Y vi a la anciana empujando su tacatá calle arriba a la búsqueda de la paloma herida que había visto por la mañana.

viernes, 18 de noviembre de 2022

NI ME ENTERÉ

 En la misma entrada al museo de anime y manga existe un parquecillo por donde se accede a las instalaciones. El caminante pagó, entró y una muchacha le recibió para darle algunas indicaciones a las que tímidamente respondió con su acostumbrada parquedad. Luego se quedó solo y echó a andar.

Eran las primeras horas de la noche cerrada cuando esas rocas de forma ovalada desperdigadas entre la arboleda empezaron a brillar desde su interior. Todos los colores del arco iris se sucedían en rápida transición bajo unas notas de xilófono emitidas por altavoces ocultos a la vista. Los árboles cambiaban de color en cuestión de segundos, dando un aspecto de ensueño a la escena. El silencioso caminante, siempre prudente, dejó pasar algo de tiempo antes de atreverse a tocar aquellas luminosas rocas con forma de huevo. Nosotros lo conocemos y sabemos que jamás se hubiese atrevido a ello sin previa autorización. Y entonces vimos que las rocas con forma de huevo podían moverse sobre su peana con una sola mano. No eran ni rocas ni huevos de aliens. Tan sólo era una cosa que parecía otra antes de tocarla. Metacrilato, un circuito electrónico y algunas bombillas, eso era todo. Pero los árboles eran árboles, no había duda posible sobre esto. Y los árboles iban cambiando de color al compás de las falsas rocas iluminadas con forma de huevo de alien que parecían seguir las notas del xilófono que no podíamos ver. Y pronto, muy pronto, tanto el buen caminante como nosotros nos olvidamos de la superchería para maravillarnos ante la indescriptible belleza del extraño espectáculo. La intensidad de esos colores sólo se ve en los sueños. Pero el parque encantado era pequeño.


Era mi última hora en el bar cuando cambié de música. Salí a la puerta y encendí un cigarrillo. El edificio de enfrente ya estaba en sombra casi por entero. Hace cinco meses, a la misma hora, la sombra no llegaba a lamer ni su base. Pero han pasado cinco meses, ciento cincuenta días. Y poco a poco y a la misma hora pronto llegará el día en el que me vaya del bar y lo vea en sombras de pies a cabeza. Y con toda probabilidad no me daré ni cuenta. 

Era mi última media hora en el bar cuando una pareja que no piensa en estas cosas entró al bar. Pidieron los dos gintonics de rigor y se fueron a uno de las mesas altas del ventanal. La otra estaba ocupada por una chica que hoy ha estado sola. Las otras veces, no tantas, quizá cuatro viernes, los pasó en compañía de una amiga o, como el pasado, con dos más. Pero hoy ha estado con su teléfono. Se ha bebido tres tercios con pinchos incluidos, algo que me ha sorprendido por se la primera vez que lo acepta.

- Bueno, adiós -dijo-
- Adiós.


Eran las cuatro y media de la tarde cuando salí del bar. Seguro que había menos luz que una hora antes. 


Ni me enteré.





miércoles, 16 de noviembre de 2022

CAMBIO DE LUNA

 - Joder -dijo-
- ¿Qué? -respondí mientras le escanciaba su cerveza belga de 8´5 grados.
- Vaya día de mierda. 
- Sí -coincidí- Otro puto día de mierda.
- ¿Pues no me despierto hace un rato, enciendo el teléfono y antes de meterme en la ducha ya me están llamando de la oficina para decirme no sé qué hostias de problemas con un banco? Gracias, Kufisto, muy amable...

Agarró la copa con ambas manos y bebió un sorbo.

- Y llego allí -continuó- y encima me encuentro a un pesao, a un viejo podrido de dinero contándome su puta vida de pé a pá...Joder. Es un buen cliente, hay que tragar, pero sabiendo que no fuma me he puesto a echar humo empalmando un cigarrilo con otro hasta que al final se ha cansao de tragar humo. ¡Qué cruz, Kufisto, qué cruz!
- Sí, una puta cruz.
- Es el cambio de luna -dijo yéndose hacia la mesa donde le esperaban dos de sus comerciales.
- ¿El cambio de luna?
- Sí, el cambio de luna que todo lo remueve.

Bueno, no sé, no tengo ni zorra idea de los cambios de luna. Sé que a las tías les afecta en la menstruación pero tampoco es algo que me importe una mierda. Hace quince años que no convivo con ninguna y ya casi he olvidado todo lo relacionado con sus neuras. Sé que el cambio de luna afecta a las mareas. Pero yo vivo en La Mancha y el mar también me pilla muy lejos.

- Adiós, Kufisto.
- Adiós, chicos. Buena comida.
- ¿No sales a despedirnos? -dijo él, coñón, ya con los otros dos fuera y la segunda belga reposando en su estómago.
- No -sonreí- Me quedo aquí, en el corner. El día no merece ni humo.
- Es el cambio de luna -respondió tras pensarlo un poco.
- El cambio de luna, sí.

Y nos despedimos como dos viejos amigos.


Era una tarde gris y fría y llena de nubes bajas que poco después demostraron tener un cierto sentido. Llovió, en fin. A veces las lejanas nubes de los mares llueven hasta en el corazón de La Mancha.


Estaba sentado frente al ventanal. La fina lluvia caía sobre el asfalto para desvanecerse en pequeños charcos. Unos charcos pequeños más por el firme que por el agua: allí donde había una pequeña depresión del terreno, allí se juntaba la poca lluvia que caía del cielo.


"Es el cambio de luna, Kufisto, el cambio de luna...Lo de hoy es por el cambio de luna"


Sonreí a nadie mientras apuraba el segundo vino.

domingo, 13 de noviembre de 2022

EL APARCAMIENTO

 Con el sol aún curioseando por el ventanal del salón del piso me senté ante el ordenador para buscar algo que me entretuviera. La tarde estaba casi vencida, pronto llegaría la noche y lo único que tenía claro era que debía descansar. Miré las recomendaciones de Youtube y elegí el último vídeo de una de mis suscripciones. El Lobo, como de costumbre, empezaba tranquilo su discurso mientras conducía para acabar casi en estado paroxístico, también como de costumbre. Con todo, me quedé con su referencia final de una película de reciente estreno. La busqué en Odyssey y la encontré tras algunas acotaciones en el buscador. 

Me alegró ver que duraba dos horas y media. Entre mis pitos y flautas alcanzaría casi el mínimo para irme a la cama. Unas cuantas pasadas más por la Red y después, el sueño reparador.

Pero sólo aguanté diez minutos.

En la estrambótica barra de relacionados aparecía la que puede considerarse opera prima de uno de los artistas que más me han afectado. Hacía años, muchos años, del último visionado y me decidí a verla a pesar de su corta duración. Pero el anzuelo no era nada bueno y tuve que buscar otro por la Red. Y lo encontré. Quería verla de nuevo. Quería verla ahora.

¡Y como la disfruté! Ahí estaba su mirada, ahí estaba todo lo que dirigió después. A pesar de todas las evidentes carencias de medios y menos de juventud, todo él, toda su profunda personalidad, ya estaba allí. 

La noche ya había caído cuando acabó. Tenía claro cual iba a ser la siguiente a ver. No me hizo falta ninguna barra de recomendados. Pero antes dejé pasar algo de tiempo. No es conveniente cambiar de un autor a otro sin hacer un descanso. Fregué la pila de platos de toda la semana, preparé la cena y mientras se templaba recogí la ropa tendida desde hace más de una semana.

La peli, todavía más antigua, duraba casi dos horas. Me dejaría a las puertas del sueño. Una tremenda tormenta de rayos y truenos amenizó casi todo el visionado

- ¡Que película, joder! -dije al terminarla- ¡Qué película, joder! -le dije a la gata- ¡Qué película, coño! -dije mientras meaba.

¡Qué película! Esa era la obra de un maestro en plenitud.

Ya en la cama, con las mantas hasta las narices, la luz apagada, la persiana bajada hasta los topes y el rumor de una fina lluvia lejana pensé: "¡Qué película! ¡Qué películas!" Y me dormí.


Fue un sueño profundo, pero corto. Todavía no eran las cuatro cuando abrí por primera vez los ojos. Luego vería las cinco e incluso las seis. Y cuando estaba cayendo otra vez en lo profundo sonó el despertador y me levanté sin quejarme.


Fue una buena mañana en el bar. Otra buena mañana de fin de semana. Ya son muchas buenas mañanas de fin de semana en el bar. No puede ser una casualidad. Y menos en este mes tan terrible para los bares. 


- Kufisto.
- ¿Qué?
- ¿Te acuerdas cuando veníamos toda la cuadrilla por aquí?
- Sí
- Ha pasado mucho tiempo...
- Sí
- ¿Pero te acuerdas de aquello? ¿Te acuerdas de aquella noche...?
- Sí...Bueno, tengo que irme. Adiós.


Arranqué el coche y encendí un cigarrillo.


La puerta de la cochera se abrió, aparqué en mi sitio y cogí el ascensor.

jueves, 10 de noviembre de 2022

TREINTA AÑOS

 No podría decir el motivo de aquella silente y mutua hostilidad; todo lo más, que ambos éramos jóvenes. Y hablando por mi, demasiado joven. Pero la juventud es inestable, caótica como un problema de ajedrez de Lloyd: esas posiciones jamás se dan en una partida real. Esos problemas de fantástica solución son imaginarios. Un compositor de problemas de ajedrez, por muy bueno que sea, no es un gran jugador de ajedrez. El gran dolor del artista moderno está en la necesidad de extraer belleza del caos, porque del orden, de la verdadera belleza, ya está todo hecho. Pero el caos, el desorden, lo desnaturalizado deja un amplio margen de maniobra. Infinito.

En la juventud la gente se pierde de vista sin darse cuenta. Hoy estamos aquí jurándonos amor eterno bajo la luz de una pálida farola y mañana, tirando una caña de cerveza, nos sorprendemos intentando recordar el nombre de aquella chica. Quizá antes has visto pasar a alguna chica mientras fumabas en la puerta del bar. Y la memoria rebusca y encuentra y te lo trae y sonríes o no y cuando estás poniendo el pincho ya te has olvidado de todo.

¿Cuanto tiempo ha pasado? ¿treinta años? En todo caso cerca. Treinta años...


Está de baja por depresión. También tiene algunos problemas físicos y anda de rehabilitación, de ahí su venida al bar. Divorciado con cuatro hijos ya mayores de edad y con cuatro o cinco años más que yo a sus espaldas entró al bar recordándome en su mirada. Y hablamos por primera vez. 

La barra de un bar es un gran cosa. Yo estoy dentro y tú estás fuera. Tú pides y yo te pongo. Pagas y te vas. En ese orden.

¿Cuanto tiempo ha pasado? ¿Un año? 

Nos hemos hecho amigos. No hablamos más que de música. 

Llega al bar como una media hora antes de mi relevo. Le sirvo una copa y enseguida nos ponemos al tema. En mi bar siempre hay música, menos a la hora de los desayunos, claro.

- ¿Sabes qué? -le digo- Ayer puse el "Led Zeppelin IV" a las ocho y cuarto de la mañana. Me saltó una alerta en el móvil avisando que hacía cincuenta y un años de su publicación. 

Hablamos mientras trasiega una copa de Jameson. Hoy ha venido antes. Nos queda una hora por delante. Se beberá tres.

Controla muchísimo de música, me supera, lo reconozco. Ha vivido muchos conciertos que yo no viví, muchas escenas en las que no entré, muchos amigos que no llegué a conocer. 

- ¿Escuchaste el disco que te dije ayer?

No, no lo escuché. Ayer vi algunas cosas pero no esa.

- Pues no, la verdad. ¡Aunque espera, seguro está en el Soptyfi! ¡Coño, joder! ¿Por qué no escucharlo aquí?

Era un crooner americano cantando canciones hard con la compañía de una Big Band: Metallica, AC/DC, Ozzy Osbourne, Led Zeppelin, Guns n´Roses, Deep Purple...

¡Joder como sonaba! ¡Qué arreglistas! ¡qué artistazos!


Pasamos un rato estupendo mientras bebíamos hablando sobre la música.

- ¡Mira, mira, mira -decía excitado- como suena el "Holy Diver" de Dio!

Y empezó a sonar y era tan raro y al mismo tiempo tan bueno que aunque nunca me haya gustado Dio la celebré de corazón.

La hora de partida se acercaba y no tenía ganas de irme. Me eché otra cerveza.

- Joder, qué bien suena esto -dije.
- ¡Te lo dije, coño, Kufisto!
- Y tienes razón...¿Qué vi ayer? No me acuerdo


Llegó mi hermano y tras él una petarda amiga de juventud de mi colega, una de las tías más tontas que conozco. Y no tuvo más remedio que hablar con esa puta loca que esperaba al ignorante que ahora se la folla.

- ¿Y sabes qué? -decía la zorra riente- ¡Ahora mi madre se ha echao la manta a la cabeza! ¡Jajaja!


La tarde era fría, clara y despejada cuando salí del bar para meterme en el coche. 

- Hola, mama.
- Hola, Kufisto. En la cocina tienes el tupper con las judías.

Fui a la cocina. Volví al salón.

- ¿Qué tal?
- Bien...Pero el chico está malo.

El chico es su nieto.

- ¿Y eso?
- Hoy amaneció con fiebre...

Vive para su nieto. Y para sus hijos. Y vivió por su marido. Telecinco acompañaba al brasero eléctrico.

- Ahora voy a ponerme las vacunas -dijo-
- ¿Qué vacunas?
- Las dos. La cuarta del Covid y la de la gripe.
- Joder...Ponte una sola, ¿no?
- Ya, lo que me diga Carmen...Sabes que siempre ha estado muy pendiente de nosotros-
- Pero papa no eres tú...
- Ya...
- Joder...
- ¿Estás bien?
- Sí.
- Me han salido riquísimas. El chorizo que trajo tu hermano le ha dado un sabor...
- Mañana me las como.
- ¿Tú estás bien?...
- Sí 


Se levantó para acompañarme hasta la escalera.

- Oye, mama.
- Dime.
- Ponte sólo una, ¿vale? Y la otra para otro día.
- No sé...lo que me digan. Tu tía se puso las dos el otro día y no tuvo ninguna reacción.


Subí al coche.


En verdad ya ha pasado mucho tiempo.






martes, 8 de noviembre de 2022

NUNCA ROMPE A NADA

En la primera viñeta Filemón reclama a Mortadelo, que aparece en la siguiente disfrazado de monstruo. El jefe cae rodado al suelo con el corazón escapando por la boca y entonces el calvo miserable dice:

- ¡Rayos, jefe! ¡No creía que mi "pesadilla por indigestión de garbanzos" le causara tanta impresión!


Lo peor del día de descanso es ser un día de descanso, de lo que se deduce que lo peor de todo es ser algo.


Dios creó el mundo en seis días y al séptimo descansó; vio que todo era bueno, lo dejó correr y como todo creador se quitó de en medio para estar a otras cosas. Después de eso sólo reapareció cuando nuestros gritos fueron haciéndose tan fuertes y frecuentes como para desviar su atención de lo que estuviera haciendo. Y tanta era su frustración, tanto su odio, que pensó en ser padre de un hijo como última opción antes de acabar con todo. Y mandó al Buen Cordero al mundo para sacrificarlo en bien Suyo y nuestro. Y desde entonces, olvidado en la memoria de su Hijo, vive feliz pintando acuarelas, escribiendo cuentos y dibujando comics por toda la Eternidad. Todo ello sin pretensiones.


No es buena idea dormir al mediodía cuando uno no está acostumbrado a hacerlo nada más que una vez cada siete días. Pero uno se siente tan cansado y el sueño es tan bueno que no puede evitarlo aún sabiendo que pagará peaje nocturno. Con todo y con ello, y tras una tarde-noche lo más aburrida posible, estaba a punto de caer en hora al profundo sueño cuando los telefónicos gritos del vecino de abajo me desvelaron. Hijo de la gran puta. Y desde ese momento que no duró tanto como otras veces, el resto de la noche se transformó en un duermevela en el que vi todas las horas impares de la madrugada en el teléfono, hasta que la los lastimeros maullidos de la gata consiguieron que viera también las pares con sus minutos. Pero no la dejé pasar por muchas patadas que diera a la puerta del dormitorio. Recordaba haberle dejado todo dispuesto por la noche: bebedero, comedero y manta sobre el mullido sillón del salón. "Te jodes"

- ¡Te jodes!


Desperté del todo minutos antes de que sonara el despertador, encendí la luz y enseguida vi que el día ya estaba hecho. Salí de la habitación y no vi a la gata. Encendí un fuego y herví agua para el té. Por curiosidad di la luz del salón y vi a la gata enrollada sobre la manta de mi sillón. Abrió un ojo.

- Hija de puta.

Me lavé. Todavía era noche cerrada cuando bajé a la cochera y tiré para abrir el bar.


Regresé a casa a eso de las nueve y media y me puse a entrenar. A la primera serie me di cuenta de que no iba a ir bien. Por un momento pensé en dejarlo, pero como tantas otras veces me obligué. Tuve que alcanzar la quinta para convencerme de que podría llegar a la novena. Y acabé pletórico; no mi mejor entreno pero sí el mejor en esas condiciones. Y entonces fue cuando tras ducharme me comí una ensalada de garbanzos de bote.

Yo sé, lo sé desde hace tiempo, que los garbanzos cocidos de bote me sientan como una patada en los cojones, pero uno sale a comprar botes de lentejas cocidas y quieras que no también echa al carro alguno de judías o de infernales garbanzos por lo que pueda pasar. Puede pasar cualquier cosa en este mundo, está visto. Hasta que te comas un bote de garbanzos teniendo al lado otro de lentejas. Un día de descanso, un vecino de abajo medio loco, una gatita más puta que su madre, un sueño de discoteca setentera y ya te da igual lentejas que garbanzos. Y como no, el espíritu de la pesadez vino a por mi alma.


Hace años, tampoco tantos aunque no pocos, habría volcado buena parte de mi malestar sobre los clientes del bar. De hecho hoy, nada más volver a él, tuve la tentación al ver a uno de mis clientes, un buen cliente, un muy buen cliente, uno más o menos reciente, un tío muy bien educado y dicharachero, tal vez demasiado, no sé de qué coño va...

Pasó el mediodía, lánguido, para dejar paso a las primeras horas de la tarde. 


El bar estaba desierto. Abrí una cerveza y rulé un cigarrillo. Salí a la puerta.


Nubes bajas, pesadas, de esas que al verlas te dan frío.

- Hola, Kufisto.
- Hola.
- Dame algo.
- Ya te di el otro día.
- ¿Cuando?
- El otro día. No te acuerdas.
- Ah...¿Pero dame algo hoy, no?
- No
- ¡Te la chupo por cinco euros!
- No
- ¡Venga, Kufisto!
- ¿Quieres un bocadillo? ¿una botella de agua? ¡te la doy!
- No...quiero algo
- Pues algo no tengo hoy.


La vi subir calle arriba, errática.


Y me fui a mi rincón, me serví otra cerveza, rulé otro cigarrillo, busqué una canción en Spotyfi y le di volumen antes de salir a la puerta.


Quería oírla bien. Quería oírla bien fuerte mientras miraba a las amenazadoras negras nubes bajas.


Pero al final no rompieron a nada.

jueves, 3 de noviembre de 2022

VAGABLUNDER

 King Diamond, ya maquillado en su sala privada del back stage, respondía divertido a las preguntas de su mujer. Un niño, su hijo, trasteaba una tablet sentado en un trono de aspecto tétrico que desentonaba en la habitación blanca y bien iluminada. El resto de miembros de la banda tocaban sus instrumentos desenchufados o hacían ejercicios de estiramiento o se miraban ante al espejo como la chica joven que ahora llevan con ellos, la bajista: era su noche de estreno y se la veía tensa y nerviosa. Mercyful Fate no será la banda más grande del mundo pero llevan cuarenta años girando con su música.

El chico dejó la tablet para tirarse sobre el alfombrado piso y dar vueltas sobre sí mismo, riendo. Su madre grabó algo más hasta que otro tipo de rudo aspecto entró para anunciar que faltaban quince minutos para salir a escena. Entonces salió afuera con la cámara para encontrarse con algunos espectadores VIP´S con derecho a pase en el back stage. A todos los saludó, reconoció a unos cuantos. Varias parejas tan adultas como ella, nada de locuras. Risas, abrazos, algunos besos...un ambiente casi familiar. Era el primer concierto de la gira en Estados Unidos y parecían encantados de volver a verse. Después de hablar un buen rato con ellos atendió a dos chavales de serio semblante con camisetas de símbolos satánicos. Les dio otras dos pulseras identificativas y, como a los otros, les indicó donde debían colocarse cuando el concierto diera comienzo, recordándoles igualmente que tras él también tendrían acceso al back stage. Mientras tanto una marabunta de operarios andaba de acá para allá con los últimos preparativos.

La mujer salió para enfilar el frontal del escenario todavía oculto por el telón. De fondo se podía oír el "Metal Gods" de Judas Priest. Los "pipas" ajustaban por última vez el sonido de los diferentes instrumentos. Y entre la valla de separación y el escenario se movían los seguratas y el personal encargado de recoger la inminente caída del telón. El clamoroso "Wrathchild" de los Maiden de DiAnno tomó el relevó como música de ambiente. Y la peña lo recibió con más aplausos.

Era el heavy de los ochenta en el 2022. Y la cámara lo dejó bien claro en su barrido por las primeras filas.

La mujer alcanzó la otra esquina del escenario y filmó el lugar. Era algo así como una nave grande, una de esas discotecas peladas y mondadas con un segundo piso para los reservados. Estaba lleno. Después de todo era el regreso a América de Mercyful Fate con la formación casi original.

Por un resquicio del telón filmó el interior del escenario. Una grande y blanca cruz invertida envuelta en una luz roja era el motivo central. Y cuando DiAnno estaba dando fin por los altavoces a su mítico "Wrathchild" el telón cayó, unas nubes de humo blanco inundaron el escenario y Mercyful Fate y King Diamond con su horrible voz asaltaron el escenario entre los vítores de la multitud. Y ahí fue cuando lo apagué. Tenía que regresar al bar. Aunque hubiese hecho lo mismo de no tener que hacerlo. Jamás en la vida me gustó Mercyful Fate. Ni King Diamond.


Eran las tres de la tarde y no me sentía nada bien. Me serví un buen vino tinto que me entonó al tercer trago. "In vino veritas" pensé. Es increíble. 

Tenía por única compañía al abogado con su tercio y su teléfono sentado a su mesa. Yo estaba fumando afuera cuando salió a hacer lo mismo para contarme sus cosas. Menos mal que lo mío era una chusta y la acabé pronto. No me dio ninguna vergüenza pasar para adentro tras apurar la última calada. 

"Está bueno este vino" pensé. Y me eché otro.


Eran las cuatro y media cuando salí del bar en bastante mejor estado anímico que a las tres.

"Tengo que tenerlo por aquí, me cago en Dios..." Y lo tenía.