y

y

sábado, 31 de agosto de 2019

UNIVERSO VISIBLE

Bueno, doce botes de cerveza de mierda tampoco son tanto. De hecho procuré que fueran de mierda al comprarlos. La Voll Damm tiene demasiado grado y eso es algo que no me conviene. Luego me vengo arriba, salgo y como mínimo acabo con tres días de mi vida.

Si echo cuentas he perdido años con eso. Ya de chaval me costaba remontar las resacas. Todo eso de que con veinticinco años y tal...Bueno, yo empecé a beber con catorce y en fin, es lo que hubo. Claro que te recuperabas, como ahora y siempre que no hicieras el subnormal: aún hoy, a mis cuarenta y seis, si bebo lo que pido no voy malo más allá del mediodía, la tarde como mucho. La verdad es que sigo recuperándome bien, igual que cuando era un chico. Ahora, si salgo a beber por ahí es cuando la jodemos: uno se lía, va a sitios poco frecuentados y fin de la historia. Conocer el terreno es la llave para no perder.

Bien, la gente es puta mierda, claro, pero a veces, cuando uno bebe, tienes necesidad de ella aunque trabajes en un bar. Llega el sábado, una semana trabajando, madrugando, aburrido, viendo las páginas pasar y sí, joder, algunas son buenas y tal, hace dos noches terminéA Seratonina por segunda vez y es cojonuda, anoche le di una vuelta al Por qué no creo en Dios de Russell y bueno, vale, pero yo qué sé, hay que hace algo, algo más, salir o escribir, no quedarse ahí tirado en la cama esperando el sueño, no es que me importe tres cojones su falta, la llevo bien de toda la puta vida, ya me da igual, sino que coño, haz algo, no te dejes, muévete, no vayas a terminar como Paco el ciego, empastillao por hacer siempre lo mismo, claro que él lleva ciego más de treinta años, tú no, haz algo coño, algo. bebe para escribir y que sea lo que tenga que ser, qué más da, qué importa que no puedas hacerlo sin beber, qué importa que no tengas imaginación alguna, que todo sea tú, y tú y tú y yo, qué más da, ¡escribes para alguien? ¿alguna vez has ganado pasta con esto? ¡nunca! y nunca la ganarás, es un vómito, un exabrupto, una cagada, un echarlo pá fuera...Pues échalo, cojones.

Ahora mismo, pero ahora mismo, podría coger el dos e irme a un puto bar que tengo a tres minutos andando, sin necesidad de coger el coche ni nada de eso. Es un bar deprimente, al menos para mi, la peña está ahí viendo el puto fútbol, todo tíos, ahí sólo van tíos viejos al olor de la camarera, yo a mi 46 soy casi el baby, quitando a mi colega de la cocaína, uno que hace poco ha venido a caer por aquí y que viene a desayunar a mi bar, un tío que junto a su pareja de tetas operadas parecía haber salido de otro planeta las primeras veces que vinieron y luego resultó ser que eran de un pueblo de al lado, en fin...Todo es un misterio.

El fin de semana pasado, el sábado, hice eso que no voy a hacer hoy, salir fuera después de haber bebido dentro. Esta es una regla que llevaba años sin romper, con las consabidas salvedades, claro. Pero el otro día salí, tenía que con estar alguien, no podía dormir, estaba en la cama y joder, supe que era imposible, que no había bebido lo suficiente, y entonces me dije qué coño, vámonos para allá, seguro que este está por allí, y llegó después, el partido ya había acabado y los viejos estaban acoplándose en las mesas de la terraza, y entonces yo también salí, la camarera no me hacía ni puto caso, yo estaba ya medio pedo, y ahí en la mesa de al lado estaba él con su mujer y el viejo que va con ellos, las dos hijas pequeñas revoloteando de un lado a otro, y pedí de beber y en fin, lo que pasa, tú pides y después te dicen que pases al water, bueno, no es que sepan que te estás meando cuando no tienes ganas de mear pero sí que allí, en ese hoyo de inmundicia, está esperándote algo que sin duda quieres. Y vas y pasas. Y luego pierdes el farol en algún otro lugar tan extraño como un Universo paralelo, uno de esos en los que Bobby Fischer sigue siendo campeón del mundo de ajedrez y tú eres el cantante de Led Zeppelin en los setenta, más bien su primera década.

Tres días no son nada para muchas cosas. ¿Tres días? ¡tres días! Tres días me los paso por los cojones. ¡Claro que te los pasas! Pero tres días malo no los pasas tan fácilmente, a no ser que seas Cayetano Martínez de Irujo o Pocholo Martínez Bordiú. Yo no lo soy, nunca lo fui, y por eso pago el precio todas las veces que hagan falta.

Sí, el jueves pillé un pack de doce botes de cerveza Mahou Clásica, 4' 8 grados, muy alejada de los 7´2 de la Voll Damm, la cerveza que bebía mi padre, pero claro, él era mi padre y yo sólo su hijo, y él se bebía dos y no seis o nueve, y a mi esos 7´2 me llevan a ver un Celta-Valencia en un bar de barrio, y bueno, me la suda pero siempre hasta cierto punto. ¿Quien jugará hoy? ¿el Madrid con yo qué sé, el Levante? No, no quiero verlo, me quedo aquí.

Bien, esto es más llevadero. Ha habido un momento chungo pero ya está bajo control. Escribo y acabo. Nadie tiene que aguantarme, no me pongo malo del todo y todos contentos. Sólo es cuestión d graduación. Mañana a la tarde ya estaré bien. Cuando salga del bar quizá me dé un paseo y para casa. El lunes descanso y compraré aguacates a 2´50 la pieza. Cuido mi alimentación, intento mantener el equilibrio. Tampoco es como antes, apenas una vez a la semana.


Recuerdo que hace años, cuando yo trabajaba de noche, eché cuentas con mi compadre de aquel tiempo, un tío indestructible a la hora de beber. Me salían casi doscientas borracheras al año. Él no se lo podía creer hasta que le eché las cuentas y asintió divertido. Ahora es un alcohólico con dinero que tiene a su hijita viviendo seis días a la semana con el hombre que ha hecho madre por segunda vez a su ex, una mujer que lo despreció mucho antes de que él dejara de adorarla: sólo cuando ves claros los cuernos quitas la foto del wasap.


A mi me pasó una cosa parecida; no tan extrema pero casi en aquellas circunstancias. Ella me había dejado y yo iba llorando por las esquinas. Bebía y me emborrachaba como un animal. Cuatro meses después de la dejada (lo recuerdo bien) una noche llegué a casa y no podía dormirme. De hecho escribí una historia sobre ello que ahora no viene a cuento ("Eran 73" de Kufisto), pero así fue. Yo estaba en la cama y no sé qué había hecho que el corazón se me salía por la boca y tuve que levantarme para no morir. Me comí dos ibuprofenos y ya más tranquilo busqué el teléfono que no encontré. Por entonces yo ya tenía ordenador de mesa con su teléfono correspondiente y sin darme cuenta, palabra, tecleé el de mi ex pensando que era el mío con la esperanza de oírlo sonar y no haberlo perdido. La sorpresa fue enorme cuando escuché su voz. Ella había bloqueado mi número desde el principio de la separación. Eran las cinco de la mañana y andaba por ahí de cachondeo, tal cual, como si nada, como me contestó tras mi disculpa por el error, casi no me dio tiempo a explicárselo, en fin...fue tremendo, catastrófico, jamás lo hubiera imaginado, mi chica, MI CHICA, tan tranquila por ahí, de fiesta, mientras yo estaba matándome...A partir de entonces fue cuando cambió la cosa: no, no iba a matarme por esa puta zorra de mierda.


Estoy solo. He estado con muchas tías (de pago y sin pagar) pero lo tengo claro: si pasó eso con esa no hay más que rascar. ¿Tuve la culpa? Posiblemente, es más, seguro. Pero ya me la suda.


Nueve años llevo escribiendo, uno menos desde que me dejó. Desde entonces sé más como soy. He encontrado gente que me ha apoyado, que me ha dado aliento para todo esto aún en mis momentos más jodidos. Internet es una cosa tan grande, hermosa, fría e indiferente como el Universo. A mi me ha salvado la vida. No basta con abrirte el corazón.


Alguien tiene que verlo.

FOTOGRAFÍA

Entré a vivir aquí hace catorce años más cinco días. Aquella noche no pasó nada memorable, ni hubo fiesta de inauguración con los amigos, ni follé y ni siquiera me acosté borracho. Tan sólo recuerdo echarme en la cama grande (metro cincuenta de ancho) y estirarme y dar vueltas hasta quedarme dormido. Las otras camas que habían sido mías casi no alcanzaban el nombre, más bien fueron catres que ni de coña llegaban al metro. Alguna vez me caí, pero muy raramente. Es curioso como uno controla el espacio cuando está durmiendo.

La verdad es que la casa, el piso, todavía estaba a medio amueblar pero yo había decidido que en cuanto llegara el colchón iba a irme para allá. Mi madre y sus hermanas se encargaron de todo el mobiliario (soy incapaz para todas esas cosas) y yo sólo puse la pasta. En realidad tampoco era tanto; la cocina, por ejemplo, estaba completamente equipada, lavadora incluida aunque no empezara a utilizarla hasta doce años después. Lo único a acondicionar era el salón y mi habitación, pues las otras dos bien podían quedarse tan limpias como estaban, aunque en una de ellas, la más pequeña, metí una cama y un armario ante la insistencia de las mujeres que tantas molestias se habían tomado. Por cierto que el armario lo monté yo en un alarde incomprensible que me duró aquella tarde: todavía está esperando que le ponga las agarraderas a los cajones y los pomos a las puertas.

El piso (de nueva construcción) estaba destinado para una pareja que rompió justo antes de irse a vivir juntos. Supe quienes eran un poco más tarde, cuando ella vino por el bar a comentarme algo relacionado con el mismo. La conocía, una tía fuerte que salía con un jevi, venían mucho por el bar, se sorprendió al saber que iba a ser yo quien viviera allí. Creo que no la he vuelto a ver desde entonces, tampoco a él. Cuando uno se rompe con algo rompe con el resto del decorado, incluso más, como si más culpable fuese esto que aquello. Esto es algo que he tenido la oportunidad de comprobar muchas veces en el bar.

Los del banco, agradecidos por la hipoteca, me dieron un pequeño televisor con lector de DVD que coloqué en la cocina. Ya por entonces no veía la tele nada más que cuando la enchufaba mi hermano en la habitación compartida (que era hasta para dormirse con el canuto a medio apagar) pero, cosa rara, no tardé en comprar una para el salón, el dormitorio estaba totalmente excluido, por supuesto. Supongo que fue por la Play2 que tiempo atrás había comprado para echar ratos con la novia de entonces, la misma de después, la última que tuve. No es que jugáramos mucho pero el del videoclub me hizo precio por cierre y me había quedado con ella. Llegué a comprar un pequeño equipo de música, todavía no tenía ordenador, me hice hasta con unos metros de cable para colocar los altavoces en la posición correcta, cosa que nunca hice y creo ya nunca haré porque hace tiempo que no me los encuentro por ahí. Quizá se los di a mi primer gato para que jugase con ellos y luego los tiré a la basura, no me acuerdo.

Al principio hicimos algunas cenas. A veces nos juntábamos en parejas, tres o cuatro, y el asunto iba rotando. Era lo típico de la situación, todo eso que pasa con los primeros tiempos de la independencia, los proyectos en común, las revistas de muebles y todas esas cosas que tanto le gustan a las tías. Recuerdo la primera vez que fuimos como invitados al piso de una de esas parejas. Llegamos allí y el tío estaba sentado delante del televisor jugando a la consola exactamente igual que un chico pequeño. Ni me miró cuando le saludé. Yo iba medio pedo en previsión y casi no podía creérmelo. Luego llegó otro y se sentó junto a él para comentar la partida. Me fui a la cocina para beber con la excusa de ayudarlas a preparar la cena. Aquella noche no acabó bien entre nosotros.

Una vez cada quince días venían a hacer limpieza general, o sea, la única que se hacía. Mi madre y una asistenta llegaban por la mañana mientras yo estaba en el bar y al regresar a eso de las cuatro era como entrar en el maravilloso mundo de Oz. Los estores bajados filtraban la luz con el color de cada uno y la limpieza, el olor y hasta el cariño podían olerse en todas las habitaciones, la cama limpia y arreglada, el indescriptible colchón (¿qué coño hacían con el colchón?), la almohada perfumada que era dejarte caer en ella y recibir el perdón por todos tus pecados...Corté con esto algunos años después. Pasé una racha peor de billetes y no quise que mi vieja se diera la paliza ella sola. Bastante era que me lavara el saco de ropa que le llevaba todas las semanas.

De todo esto hace tiempo que no queda nada. Tengo la casa a mi gusto aunque no creo que sea lo que ella hubiera esperado. Tal vez esté como la gata que ya no sabe como ingeniárselas para escaparse de aquí después de dos años conmigo, el otro estuvo diez. A los dos los capé pero esta parece no haber perdido el instinto de liberación, ya que sí el sexual. Lo bueno de las casas es que tienen que joderse y aguantarse sin remisión, al menos tanto como tú, o pedir a su Dios por la ruina de sus todavía hipotecados propietarios con la esperanza de que venga otro nuevo y haga algo más con ella antes de darse a los poltergeist por pura desesperación. Pero tampoco creo en los dioses de las piedras.


Creo...¿en qué creo a estas alturas? ¿en qué creo a mis cuarenta y seis años? Hoy he pasado otras diez horas en el bar y casi no lo podía creer cuando llegó la novena. Me acordé de cuando era chico y pasaba por el arruinado bar de mi padre para echarle una mano. Sentado en la cocina leía novelas a la espera de una rara voz pidiendo una ración de algo. A mi padre le gustaba vocear. Fue un hombre que pudo vocear. Yo leía a Hesse y rebozaba calamares o ponía gambas en la plancha. Siddharta, el Lobo Estepario, decían unas cosas tan grandes, tan evocadoras para un chaval de dieciséis años, que todo lo demás parecía una pesadilla a punto de acabar. Los calamares, las gambas, la gente estúpida y el coñazo del instituto con sus prejuiciosos profesores, todo eso, toda aquella mierda estaba a punto de ser dejada atrás para siempre, podía sentirlo hasta en el batir de la sangre por mis anchas venas, tan ardientes como el sol que se levanta tras las montañas...


Hoy Hesse me parece un chiste. Ya me lo pareció hace veinte años, una vez que ya metido en la rueda intenté recuperar algo de todo aquello...


El bar es otro y mi padre ya no está. Aquella chica se fue llorando hace diez años de este mismo salón y no la he vuelto a ver. Mi madre vive en la casa familiar con el último de sus cinco hijos, que es el tercero. Toda la casa está llena de fotos de la familia. Hace poco murió su madre y se ha traído algunas que tenía en su casa. La semana pasada, durante los preparativos de la comida familiar de todos los lunes, se empeñó en mostrarme algunas mías de cuando era un bebé.


Y tuve que mirarlas.


Es mi madre.

sábado, 24 de agosto de 2019

LAZY

El chaval estaba contándome que había esperado más del concierto de Bon Jovi. Bueno, esa banda siempre ha sido una caca pero él parece un buen chico, aunque esto tampoco signifique mucho ya. La mañana en el bar había sido bastante buena y el comienzo de la tarde estaba yendo por el mismo camino, así que yo estaba lo que se puede decir de buen humor. No tanto por el dinero (que también) como por estar activo, en marcha, listo para lo que siguiera viniendo. Es la falta de acción lo que mata al espíritu que te mueve.

Siguió hablando por comparación. Uno de los WASP al que había ido sin muchas ganas luego resultó ser la leche. Ahí dije yo la típica frase de las expectativas que no por serlo deja de ser verdadera y estuvimos de acuerdo. "Pero en todo" añadí a modo de recalco para iniciados, cosa a la que asintió como quien no sabe muy bien lo que acaba de oír. Y así, entre copas para unos y otros, pasó la penúltima charla del día en el bar.

Las viejas amistades se subliman con el paso del tiempo. Incluso quienes alguna vez quisieron abrirte la cabeza ahora vienen a ti por su cerveza. No es que nos hagamos amigos, pero quizá esto sólo sea una cuestión de más tiempo. Ya son muchos los años y cualquiera puede caer en cualquier momento. Y la gente viene a mi bar y bebe y se va soltando; no del todo, claro: todavía no somos tan viejos como para no darnos de hostias de una puta vez. Pero vamos enterrando a nuestros padres y ya los siguientes somos nosotros. Y como qué..."Coño, qué más da. Después de todo te conozco de los buenos tiempos" Puede que en las postrimerías de todo esto nos encontremos haciendo cola para comernos una hostia de manos de un tío que jamás ha tenido ni media, dándonos la paz y tal, aunque por mi parte no creo que llegue a eso.

- El tiempo es el verdadero juez de todas las cosas -le había comentado poco antes al viejo rockero a la luz de Deep Purple. Casi cincuenta años después siguen sonando de maravilla-
- ¡Hostia lo que acaba de decir Kufisto, me cago en Dios! -se volvió hacia su mujer y su hijo, ya treintañero- ¿qué has dicho, qué has dicho que lo oigan estos?

Lo repetí.

- Wuahhh...¡sí señor, qué puta pasada! ¡Eso es! ¡El tiempo, el paso del tiempo es el que dice qué es bueno y qué no vale ni para limpiarte el culo! -dijo-
- Exacto -respondí sonriendo-
- Dios, es que eres muy listo, Kufisto, muy listo...Es verdad, joder

Y con esa frase mil veces dicha demostré sin querer mi inteligencia superior ante los otros.

Tan sólo hay que escucharles, dejarles hablar. Muy rara es la gente que llegado el momento no te cuenta hasta su última vergüenza tras haberse explayado en sus glorias, por supuesto: si tú no les pones freno capaces son de pedirte que los mates. Pensar, rumiar tus cosas es como un sueño que se escapa y se escapa y se vuelve a escapar. Llega un momento en el que quieres encadenarlas de alguna manera, ya sea hablando con otro, o escribiendo, o pintando, o haciendo el pino en mitad de la plaza del pueblo, pero alguien más tiene que saberlo: el paso del tiempo vuelve locos a los hombres.

Mi padre casi no me contó nada que no supiera de él durante el año y medio que se estuvo muriendo. Todas las tardes iba a verle, mirábamos una peli y de vez en cuando decíamos algo. Algunas hubo en las que lo hice bebido, no borracho, claro, no era plan, pero se me notaba aunque sólo fuera por mi raro palique. Lo bueno era que siempre estábamos solos: en cuanto yo llegaba mi madre se iba a hacer la compra. La cosa era no dejarlo solo. No porque fuera un bragas (¿qué hombre puede serlo cuando ha sido padre de cinco machos?) sino porque a él nunca le gustó estar solo.

- A veces me despierto, Kufisto, y creo que no tengo esto que tengo...Luego me doy cuenta y...Esto sólo lo sabe quien lo pasa, hijo mío.

Nunca le vi llorar. Muy al contrario, la última tarde que pasamos juntos antes de su última y definitiva entrada en el hospital quizá fuera la que más nos reímos; con la ayuda de Berlanga, claro, pero iba intercalando historias propias mientras veíamos todo aquello. Reímos hasta las lágrimas. Cuando mi madre llegó un par de horas después en compañía de mis tíos le dijo que fuera a mear para que ellos vieran lo que salía entre su orina. Se quedaron locos al vernos reír de aquella manera. Mi padre, obediente a su pesar, bebió toda el agua que pudo y un rato más tarde fue al water. Sangre.


Durante mi turno en el bar tengo tiempo de ver todas las fases del día, desde los cafés hasta las primeras copas pasando por las cervezas y los vinos. Todas las caras tienen su bebida y su tiempo. Pocas, muy pocas, son repetidas. Tan sólo al relance del día (señalado o no en el calendario), a la acción de no tener nada que hacer, se debe que haya extras para unir unos tiempos con otros. Y es precisamente ahí, en ese encadenamiento, cuando el pasado, tu presente y el futuro que ahora empiezas a vislumbrar se confunden en una amalgama de emociones tal que consiguen cosas tan maravillosas como no sólo soportarnos la existencia sino estar a gusto de seguir aquí, todos juntos, en una cierta armonía cuando por los altavoces, como un sol poniente de La Mancha, el camarero del bar piensa que ha llegado la hora para el "Lazy" de Deep Purple.



domingo, 18 de agosto de 2019

DESDE LA GRADA

A punto he estado de ir a la presentación del equipo de fútbol del pueblo. Esta mañana pasé por el campo y leí el cartel anunciador. La entrada era gratis y la hora no mala, las ocho de la tarde. Hará más de diez años que no voy. Uno de la directiva venía por el bar y por dos o tres temporadas sacamos el carnet de socio. No es que fuera todos los domingos pero tampoco era raro. Aquello estaba todavía más desangelado de lo que pensaba. La gente, "la afición", prefiere ver el fútbol de los grandes por la tele antes que presenciar in situ al equipo de su tierra. Recuerdo que de chico no era así. Tampoco muchas otras cosas. No es que cambien, más bien se diluyen hasta la insignificancia, como si lleno ya el vaso el agua se vertiera en un recipiente mucho más grande, tan grande que ni nos habíamos dado cuenta de que estábamos dentro de él.

Iba con mi novia y una amiga suya. Por no ver a nadie nos sentábamos en una pequeña grada que hay tras una de las porterías. Allá en la tribuna uno podía encontrarse con cualquier gilipollas del país y no había necesidad de tentar a la suerte. Son cuatro pero pareciera que también es suyo el equipo del pueblo. Van sólo donde hay gente ante la que figurar. Todavía quedan Fanuccis por los pueblos de España. Saben de todo y todo lo desprecian. Siempre van en camarilla y a la bola que les den los otros. Todo es mamoneo y chismorreo. El agua mala mañana puede ser buena y al revés. Todo es cuestión de saber donde y cuando hay que poner el cazo. La gente confunde el sólo interés y el cálculo con la magnanimidad. Es tan triste y descorazonador...Y son los amos del pueblo.

Recuerdo que allí, tras la portería, estaba la peña joven del equipo, nada del otro mundo. Eran poco más de diez o doce chiquillos con un bombo que aporreaban de vez en cuando, no fuera a ser que alguien les llamara la atención a voz en grito desde la tribuna. Tan sólo cuando la situación lo requería golpeaban el instrumento con todas sus fuerzas, así como palmeaban la pequeña valla que rodea el campo de juego. Era curioso porque el más activo de todos ellos era una chica, una muchacha de doce o trece años que se tomaba muy en serio su función. Yo creo que era la única persona que sufría por todo aquello. Podías verle la cara de preocupación en los momentos malos y el arrebato en los buenos. Gritaba hasta desgañitarse, ya fuera insultando a los de fuera o animando a los nuestros, de los que conocía todos los nombres. Había uno, un colgaete, que le dio por dejarse media barba, es decir, media cara barbada y la otra media afeitada. Y esto unido a la melena y a lo brutote que parecía y era hacía que la muchachada lo hubiese adoptado como ídolo. Apenas sabía darle una patada a un bote pero repartía estopa sin contemplaciones, muy en su papel, cosa que enardecía a las masas como no podía ser de otra manera. Pero al ser tan bestia apenas salía de titular por el peligro de quedarte con uno menos a las primeras de cambio, aunque casi siempre entraba sustituyendo a alguien a petición de la afición.

El partido solía acabar mal y el público se marchaba con esa especie de resignación que traen las últimas horas del domingo. A paso lento y sin muchas ganas la gente se iba a seguir con su vida a otra parte. Era como si a pesar de todo no tuvieran deseos de irse de allí. Quizá lo que les esperaba fuera era todavía peor. Allí, en el campo de fútbol, más o menos podían hacer y decir lo que les saliera de los cojones. Fuera la cosa cambiaba. Ser libre por un rato aún en el aburrimiento es mejor que estar encadenado a las obligaciones contraídas.

Salíamos de los últimos, sin prisas. Algunos todavía se entretenían a las puertas del campo comentando a voces esto y aquello. La mayoría subía a sus coches y se incorporaban a la circulación como si no fuera con ellos. Era el último acto de rebeldía antes de volver a ponerse la careta. La autoafirmación en el acelerador con punto muerto y la negativa a accionar los intermitentes.

Del campo nos íbamos a tomar algo o tal vez a mi casa o a la suya si no estaban sus padres. Ya no me acuerdo bien. Todo se difumina hasta casi el olvido. Quizá sea lo mejor.


Al final no he ido. Hoy he andado demasiado. Tenía que sacar fuera todo lo que anoche metí dentro.


Estoy tan cansado...

LIBRE

La noche es larga y caliente. Aquí no duerme ni la gata y no queda casi cerveza. Sigo solo e insomne y si imagino salir para no estarlo enseguida se me va de la cabeza. Haría falta un poco de whisky para eso. Si no, no salgo. Y no tengo. Ese sí que lo tiré.

Tengo una gata que está loca por irse de aquí. Ando con mil ojos con las persianas y las puertas. Cuando la encontré, cuando me encontró, fue como una mutua iluminación: ella no hacía más que entrar al bar y yo la echaba una y otra vez. Le puse de comer ahí afuera, en la acera...un poco de leche y eso. Era una blanquísima gatilla de asustados ojos azules que no le hacía ni caso a la leche por el miedo que tenía. Sólo quería pasar adentro, al bar, conmigo, escapar de todo lo que le había llevado hasta allí.

Una y otra vez, hasta seis (las conté), entró al puto bar. A la séptima, viendo como se escondía tras la tragaperras quizá pensando que allí no podría echarle mano, me dije que si aguantaba la llevaría a casa. Y aguantó. La agarré al salir y me la llevé a casa.

Luego se fue por una ventana en un descuido que al principio me pareció magia y al cabo de tres semanas, cuando ya la había dado por muerta, en puertas de la primera gran helada de aquel otoño, la recuperé gracias al buen corazón de una mujer que nunca me había sido simpática. Era de esas que tú siempre pensaste era una bruja y luego resultó ser un hada madrina. A veces, durante esas noches perdidas, me acostaba en la cama y pensaba en lo que daría porque andara jodiéndome por ahí con sus pequeños miaus. Algunas hubo en las que me rallé de más. Algunas hubo en las que me cagué en Dios al comprobar que la magia sólo se debía a un puto descuido. Pero durante unos días casi me volví loco hasta dar por donde se había ido. Os juro que llegue a pensar que había un portal interdimensional en mi puto piso. No podía explicármelo.

Cuando volvió condené su vía de escape tras escapárseme por segunda vez. Era la ventanita del salón que daba acceso al tejado, Había sido por ahí las dos escapadas. Esa vez volvió por la ventana de mi habitación, la agarré y la metí para adentro jurando que jamás en la vida se me iba a volver a escapar.

La noche cae y cae y esto es un horno de persianas bajadas. Dudo hasta de los saltos de tres metros para arriba. Ella podría hacerlo.

Ya no la dejo dormir conmigo. Es abrir la puerta de mi habitación y salir disparada hacia la ventana que da acceso al tejado. Está ahí, esperando que abra, para encontrar su única vía de escape en estos días de verano. Yo le meto el pie y se echa para atrás gruñendo mientras cierro la puerta. Lo pasó muy mal en aquellas tres semanas pero lo olvidó pronto. La libertad es una cosa brutal. No hay cosa mejor que ser libre.


Libre. Dueño de tus puertas y tus ventanas. Libre.


Y esas pocas horas libres valen por una vida de esclavitud.

sábado, 17 de agosto de 2019

APOCALYPSE NOW

Después de escribir esta mañana me eché en la cama un par de horas, sin dormir pero con los ojos cerrados y la persiana bajada, nada de móviles ni libros. El hambre me levantó y preparé algo con lo que quedaba por ahí: arroz, unos tomates, una lata de sardinas. Tenía previsto salir a comprar pero pensé que era mejor dejarlo para la tarde. Comí con ganas, fumé un cigarrillo y regresé a la habitación con los ventiladores a tope. Quizá tuviera tiempo de dormir algo antes de la llegada del espantoso calor de la tarde. Había despertado a eso de las cinco y notaba la falta de sueño. Uno no sabe ni como dormir después de 46 años.

Miré el móvil y viendo la hora que señalaba supuse que algo habría dormido. Eran casi las tres y a esa hora el centro comercial estaría casi vacío. Era el momento de hacerlo. Cogí el coche y fui para allá. Compré lo justo para mañana y regresé a casa. Habían bastado veinte minutos fuera y apenas cinco sin aire acondicionado para darme cuenta que todas las opciones se reducían a una: no salir de casa, poner los ventiladores y pasar el tiempo. Comprobé la previsión y vi que daba más de treinta hasta las diez. Demasiado tarde para salir a andar. Ya sólo me gusta cuando amanece. A ver si llega mi invierno.

Había que hacer algo. Cambié la arena de la gata y bajé a tirar la basura acumulada en estos tres últimos días. Puse un documental sobre algo que me gustó mucho cuando era chico y ayer me costó terminar de ver. En él se explicaba el proceso de filmación de la película. Y entre que se cortaba cada dos por tres y que en verdad ya no me interesa, el tiempo se hizo otra vez largo y pesado. Volví a la cama y miré cosas en el móvil hasta dolerme las muñecas. Gente cabreada comentaba las noticias que otros publicaban hasta hacerte partícipe de su cabreo. Insultos y sarcasmos, bilis y mala leche aderezada con vídeos que, como dijo aquel de la peli, ganas daban de arrancarte los dientes pasaban ante mis ojos sin solución de continuidad. Cabía la posibilidad de leer algo y lo intenté, pero no pasé del primer florido párrafo. Dormir otra vez gracias al reloj no era una opción pero lo intenté. Al final volvió a levantarme el hambre y comí algo con la pequeña esperanza de que eso me obligara a andar. Salir fuera y ver lo de siempre quizá ayudara para dormir por la noche. La vida no es sueño, la vida es coger el sueño y ya dentro pasar también de puntillas. Volví al salón y seguí en el ordenador de mesa.

Pero el calor, el calor...Tiempo atrás salí mil veces a andar otros muchos más fuertes que el de hoy. Pero haber ganado mil veces sólo significa que te venciste mil veces.

Hay un estado mental en el calor, que llega tras el paso del tiempo y los excesos, en el que no queda más que una especie de espesa neblina que te dificulta avanzar río arriba. Dentro de ella se apaga la imaginación aún antes que los ojos, inútiles cuando no saben donde mirar. Es un dejarse llevar como un ciego con insuficiencia respiratoria que no por ello deja de fumar, sino que al contrario lo hace todavía más. ¿Qué más da ya donde pise? ¿no han sido demasiados los años pisando con cuidado para no andar más que en círculos? ¡pues entonces dejadme andar a ciegas río arriba, solo pero libre, fuera de la seguridad del barco que son vuestros hombros y en medio de la jungla de asfalto repleta de tigres con bocinas...! No me asustan ya, ¡qué me van a asustar! Que paren y si no...¡que me atropellen! Ese será el final del río. Ese será el final de mi río. Y allí veré.

Cayendo la tarde detrás de la gran persiana bajada del salón regresé a la cama para hacer lo mismo que la última vez. El calor era insoportable. Casi reí al apagar la luz tras volver a intentarlo con el libro. Ni cinco minutos duré esta vez. No di tiempo a que llegaran los pensamientos absurdos, las ensoñaciones delirantes de otras veces: aquello era imposible de inicio, no había lugar, petición de acceso rechazada, wrong code, recargo por retraso en el pago, camina si quieres que te diga a qué distancia estás...

Me levanté. Tenía sed de algo frío y recordé que no había tirado las cervezas que juré tirar al despertar el jueves por la mañana. Abrí una y eché un buen trago. Estaba deliciosa y quedaban seis más, dos menos de las que me llevaron a maldecirlas hace tres días por los siglos de los siglos...


El calor, el calor es tan horroroso que bien vale vencerlo a cuenta de tu sacrificio.

NARCOTIZA A TU GALLO

La luna llena estaba empezando a perder su batalla de siempre contra el sol ante la indiferencia general. Borrachos y basureros se apiñaban en la pequeña terraza de la bien iluminada churrería en busca de harina frita en aceite requemado, unos para acabar la noche y otros para empezar el día que llegaba. En la penumbra del paseo que rodea el parque una gata trotaba tan cautelosa como todas las mañanas. Allí al fondo se veía la carretera tan bien iluminada como un circuito de carreras. Luz, más luz. ¿Para qué sirve ya la luna llena? Nunca hubo más gente en el mundo y nunca ha sido más ignorada.

El camión de la basura paró junto al contenedor y dos brazos mecánicos lo agarraron por las solapas hasta vaciarlo por completo sobre él. Centenares de kilos de mierda desaparecieron en un visto y no visto ante los ojos del paseante que quisiera contemplar el espectáculo, dos en ese momento. La aurora terminaba de dar sus cuartos al pregonero y las sensibles farolas fueron apagándose en orden y concierto. Tampoco nadie le hizo caso a todas estas maravillas, mucho más cercanas en el tiempo y la memoria que las de aquella luna lunera.

Algunos ciclistas bien equipados daban inicio a su día de descanso. Salían a las carreteras pertrechados de llamativos maillots y culottes más cómodos que muchos sofás. Botines, guantes, cascos y gafas constituían el resto del equipo necesario para concentrarse sólo en dar pedales. Un pequeño ordenador a bordo del manillar contaría cuantos y a qué velocidad. Otro agarrado al brazo les informara de las pulsaciones y del esfuerzo realizado durante el trayecto. Quizá al acabar lo escriban en un cuaderno con la fecha de hoy para recordar y comparar. O puede que ni eso haga falta. Las tarjetas de memoria se inventaron para evitar esas molestias.

Oí cantar al gallo con el sol ya sobre el horizonte. No vi ni al uno ni al otro, aquel oculto tras una vallas destartaladas y este sombreado todavía por una insignificante serie de casuchas a medio derruir. Los perros ladraban a mi paso por si albergaba la idea de colarme allí dentro en busca de sabe Dios qué. Perros grandes y amenazadores, enseñando los dientes de buena mañana. Así pasarán todo el día a cambio de algo de comida y un lugar fuera de la perrera.

La ciudad todavía estaba dormida. Su hora del gallo es la hora en la que los centros comerciales levantan las verjas. Entonces sí, dormidos y despiertos saldremos a comprar, los borrachos dormirán con sus cuerpos trabajando a destajo y los basureros seguirán limpiando calles y volcando contenedores hasta que todo quede bien limpio por un rato.

Los churros y las porras mantienen y guardan la dorada viña del señor.

lunes, 12 de agosto de 2019

DE LA MANO DE ZARATUSTRA

Zaratustra acababa de dejar atrás a la sombra, a su sombra, el último de los incordios que había padecido en aquel último descenso al encuentro del superhombre que había creído oír. El magnífico locutor describía ahora por boca del profeta las solitarias montañas de sus dominios, libres ya de toda decadencia en forma humana. Allí casi era mediodía y aquí la tarde caía hacia su ocaso. La sombra sobre la que yo andaba junto a la carretera revelaba que apenas faltaba media hora para la puesta de sol. Sus rayos ahora dorados recuperaban la horizontalidad del que va a dormir, que es la misma del que despierta. A veces me digo que no hay diferencia entre una cosa y otra. Si el sol hiciera su camino al revés sería lo mismo. Sólo el invisible viento que trae y lleva consigo te dice cuando es una cosa y cuando la otra. El viento y tu memoria del sol. Fuera de ahí todo es lo mismo.

Los coches de la carretera iban y venían, algunos con las luces ya encendidas. Un ciclista que luego vería de cerca iba rápido por el otro lado. Un poco más allá, apenas a tres minutos de mis piernas, el sol todavía podía derramar algo de su poder sin que ningún edificio humano le hiciera frente. El polígono industrial estaba cerrando sus naves y la carretera lo sentía en ella. Todo esto y alguna cosa más sin importancia lo vi sin darme cuenta. A veces uno anda mejor con los orejas.

El magnífico locutor decía ahora que el profeta se había sentado a descansar tras la extraña mañana. Uno tras otro habían ido apareciendo ante él los mejores de los hombres que quedaban en la Tierra, en peregrinación a sus montañas para verlo y oírlo. Y los mejores no resultaban ser más que viles caricaturas de lo que él estaba esperando: los dos reyes, el último Papa, el mago, el adivino...Especialmente ridículo y risible era aquel que se había retirado a vivir entre las vacas para aprender de ellas. Este había sido rico y lo había dado todo a los pobres, entre los que no encontró nada. Cansado de todo decidió ir en busca del último profeta. Y perdido se conformó con entender a las vacas y ser partícipe de su felicidad, algo que aún no había logrado. Zaratustra, al verlo, se había apiadado también de él invitándole a subir a la caverna donde estaban esperando todos los demás. Su misma sombra, muy pequeña a esa hora, había tomado el mismo camino viendo el ansia y el deseo de soledad de su amo. A todos ellos los despidió afable y hospitalario. Y ya solo se sentó y se quedó dormido.

Y en ese instante, justo cuando el profeta se quedó dormido con el sol en todo lo alto, oí un frenazo en la rotonda y vi al ciclista caer.

Llamé al 112 mientras me acercaba. Enseguida un remolino de gente, todos caminantes como yo, habían hecho círculo alrededor de él, que permanecía en la calzada. Uno que estaba con el teléfono me hizo señas como diciendo si ya estaba llamando yo. Le dije que sí y seguí acercándome. Los coches del stop más cercano estaban parados y el resto pasaban con cuidado por el carril interior. Cuando llegué, apenas un minuto después, ya eran nueve o diez las personas reunidas en torno al accidentado, que ya había logrado incorporarse. Un hombre de su misma edad se había hecho cargo y por la tranquilidad con la que se conducía supuse que tal vez fuese médico, o al menos enfermero. Las mujeres, que eran todas menos los ya citados, el chaval del coche y un trabajador que iba de camino a su nave, miraban aquello sin intervenir. Reconocí al chaval que estaba muy nervioso. Una voz de mujer al teléfono me dijo que le preguntara la edad al accidentado. Dijo que tenía 52. La mujer del teléfono dijo que le preguntara su nombre y ya no quiso responder, quizá mosqueado por algo tan estúpido en ese momento. No insistí, repetí la dirección, el hombre con pinta de médico le preguntó al ciclista si se podía levantar, poco a poco lo hizo y con cierto cuidado cruzamos todos los hombres la gran rotonda hacia el carril bici del otro lado.

El chaval del coche, un chico como la mayoría, uno que conozco desde que apenas sabía hablar y que luego se puso aros en las orejas y tatuajes en las piernas, un muchacho, otro, que pretendió ser lo que no es y que desde hace algún tiempo, quizá desde que murió su madre, parece haberse dado cuenta de ello, apenas me reconoció por los nervios. No hacía más que acercarse una y otra vez al ciclista para preguntarle como estaba y decirle esto y lo otro. Intenté calmarle llamándole por su nombre y dijo que acababa de salir de trabajar y que no lo había visto. Pensé en el sol que se estaba poniendo y en el ciclista que iba rápido. El hombre que parecía médico le dijo con la misma tranquilidad que lo mejor sería que quitara el coche de donde estaba, no fuera a ocurrir otro accidente. El chaval obedeció como hacen todos ante quien conserva la calma.

El trabajador se ofreció a llevar la bicicleta a su nave, cosa a la que el ciclista accedió. Le dijo la dirección y yo me quedé con el nombre de la empresa por si hacía falta. Le ofrecí un poco de agua que aceptó con la mano que palpaba su hombro derecho. La ambulancia llegó y cuatro sanitarios bajaron de ella. El ciclista se quejaba de la clavícula izquierda, seguramente fracturada. Algunas magulladuras en las piernas eran todo lo visible. Reconocí a uno de los de la ambulancia y este fue el que cogió al chaval para los datos del coche, que también lo conocía. Me fui con ellos adonde había aparcado el coche, llegaron unos familiares del chico y viendo que ya no tenía nada más que hacer allí me fui no sin antes decirle al sanitario el nombre de la empresa del trabajador que se había llevado la bicicleta.

Regresé a Zaratustra. Apenas escuchaba lo que decía. Mi paseo, que ya antes de todo esto estaba llegando a su fin, ahora se dirigía directamente hacia su ocaso.

Vi gente bailando en el parque. Era un grupo de chicas jóvenes haciendo una coreografía basada en uno de esos ritmos que tanto les gustan. Entonces volví a escuchar a Zaratustra. Estaba diciendo que la gente se siente mejor cuando encuentra y ayuda a alguien más desgraciado que ellos. Y que por eso mismo lo ayudan. Era la compasión.

Recordé a aquel volatinero muerto que el joven Zaratustra dejó en el hueco de un árbol. Había bajado de las montañas para hablar en la plaza y sólo el moribundo le escuchó. Cuando todavía estaba vivo entre sus brazos le había prometido enterrarlo con sus propias manos. Luego, después de haber cargado su cadáver durante horas por el bosque, tuvo un pensamiento y cambio de idea: un árbol hueco también es un buen lugar para un cuerpo muerto. Y siguió su camino.

Llegué a casa. La idea, el plan hecho poco después de haber salido a caminar bajo el sol, era acabar el día en el parque leyendo palabras escritas por otros. Cogería la bici e iría allí con todas mis cosas. Me sentaría cómodamente en algún banco apartado y bien iluminado y leería algo fácil en esta tibia noche de verano. Era una buena idea.


Pero al quitarme el calzado y lavarme la cara pensé que mejor sería escribir una historia propia.



miércoles, 7 de agosto de 2019

EN EL ÁRBOL

Dejé las aventuras de Kim a un lado del banco, alcé la vista y vi el tronco cortado. Es lo primero que ves si te sientas donde yo lo hago. Tiene una considerable circunferencia. Años atrás tuvo que ser un árbol al menos tan enorme como el resto, aunque hará lo menos dos que ya no lo es. El año pasado durante estos mismos días me senté en este mismo sitio y recuerdo bien que estaba igual. Lo recuerdo porque toqué su resina por hacer algo y para mi sorpresa todavía estaba fresca. Algunos bichejos habían encontrado allí su última parada. Era de buena calidad, lo suficiente como para pegarte las yemas de los dedos si las juntabas, lo justo como para preguntarte en qué coño estabas pensando. Supongo que quedarán restos de ella en algunas páginas del ejemplar de "La Montaña Mágica" que saqué de la biblioteca. Quizá sus lectores de este año hayan tenido algunas dificultades para pasar las páginas de la Chauchat, tal y como a veces pasaba con las revistas porno que comprábamos entre amigos.

Este es el mejor sitio del parque para leer. Más aún este año, que han quitado la gran mesa de las cercanías de las barras para hacer dominadas. Allí solían juntarse cuadrillas de chicos y chicas para tontear mientras cada cual demostraba sus habilidades. La mesa no estaba anclada y la movían a su antojo, siempre hermano de la estupidez cuando uno tiene esa edad. Puede que algún gimnasta flipado sufriera un traspiés algo más serio y que alguien tomara la estupenda decisión de quitarla de allí. Es lo mejor cuando hay hombres y mujeres a medio hacer por medio. El caso es que este año, al menos durante estos dos días que llevo de vacaciones, no he visto a nadie rondando por allí. Les quitan la mesa y se van a hacer dominadas a otra parte. Todo el mundo necesita su público.

Es un buen parque. También lo era antes del proyectado canal navegable de la última ampliación. Aquella noticia cayó como una bomba en el pueblo: ¡un canal navegable con barquitos y todo eso! Se podía ver la ilusión hasta en aquellos que jamás habían entrado al parque por pensar que era cosa de pobres. ¡Pero un canal navegable! ¡Y puede que hasta con gondoleros como en Venecia! Eso sería ya el remate para demostrar quien manda en el corazón de La Mancha. Pasaron las elecciones, la ampliación bajó el ritmo hasta casi olvidarnos de ella y cuando alguien quiso darse cuenta no había nada de todo aquello más que una canalización para desahogar al pueblo cuando de higos a brevas llega una lluvia torrencial.

- Pues también está bien
- Pues sí

El cartel metálico con la pasta que se gastaron todavía está de pie tras la última verja del parque por si alguien quiere mirarlo.

Hay un canal que circunvala el parque por el que nadan los patos cuando están hartos de comer y algunos peces de los que sólo Dios y algún otro sabrá sus nombres. Allí donde yo me siento a leer, en lo más recogido, justo al lado de donde los empleados del parque tienen las casetas de los estúpidos patos, tras la valla de madera que guarda el canal, suele el mirón encontrar un buen reguero de plumas de palomas. Esta misma mañana, sin ir más lejos, vi a una gata llevándose a una entre los dientes de camino a su guarida, un poco más allá de donde yo leo novelas. Y esta tarde la he vuelto a ver en una de esas paradas de las aventuras de Kim.

La tarde era magnífica, que bien pudiera ser el comienzo de una novela. No, en serio, era magnífica. Yo estaba asándome en el piso y al salir fue como entrar a otro planeta. Llevo catorce años aquí y ayer me enteré del porqué paso tanto calor. Iba a subir en el ascensor desde la cochera cuando me encontré con un vecino (el presidente de la comunidad) que andaba por ahí con sus cosas; hay varios de estos aquí, quiero decir, jubilados o casi que prefieren andar allí abajo que arriba en sus casas, por lo que sea, por el fresquito o por la mujer, pero los veo más en las cocheras que en cualquier otro sitio, especialmente a uno, un señor que parece el Frankenstein de Mel Brooks y que rara es la ocasión en la que bajo a por el coche y no veo luz en su trastero.

- ¿Qué tal, Kufisto? -dijo como de buen rollo, como a uno que siempre está al corriente de pago, como alguien que no recuerda nada de los últimos catorce años, sobretodo de los cuatro primeros-
- Bien. Hoy empiezo mis vacaciones
- Eso está bien -contestó un tanto vacilante-
- Pues sí -dije yo-, ya me hacían falta...Me voy por ahí que estoy asao en el piso.
- Claro...Tú vives ahí arriba y te llevas todo el calor. Y encima con el techo bajante (¡Dios es verdad!) que te lleva todo el fuego
- Sí...claro...sí...
- ¿Tendrás aire acondicionado?
- Sí, lo tengo pero como si no lo tuviera. No recuerdo la ultima vez que funcionó. Estará descargado. Tengo que meterle gas y eso...
- Bueno, yo casi que tengo que taparme algunas noches (vive en el primero), pero tú...Adiós Kufisto
- Adiós, adiós...-y le di al tercero

Jamás había caído en el techo bajante, jamás. Coño, que lo tengo a un metro de mi cara si me ndoy la vuelta a izquierdas. Puto ático, puta lotería y putos libros.

Lo conté, sí. Ya lo conté hace unos días. Fui a casa de mi madre por unos libros que iban a tirar. Había un problema de termitas y mi hermano, el tercero, el único que todavía vive con ella, se cagó en Dios al verlas bajo el catre donde tantos años dormí antes que él y dijo que iba a prenderle fuego a todo aquello. Por suerte llegué en el último momento del plazo dado y arramblé con casi todo.

¿Qué hacer? Esta era una pregunta que muchos de los buenos se hicieron al vislumbrar la que se nos vendría encima. Antes de ayer era como si no estuviera de vacaciones e hice lo que siempre hago cuando no lo estoy, que es siempre menos dos semanas. Pero ayer ya era el día y había que leer algo. Y casi estaba decidido para ir a la biblioteca por el 2666 tantas veces recomendado por mi amigo el concejal de cultura cuando recordé que tenía toda una ristra de bolsas del Lidl llenas de libros rescatados de la ciega ira de mi hermano tercero. Eché un vistazo y para mi pesar cogí el primero que vi: "Kim"

No sé porqué pero hay libros que los ves y no te entran. Y este ha sido uno de ellos durante toda mi vida. Recuerdo verlo danzar en las colecciones que mis padres compraron para que leyéramos y nunca, nunca, tuve el menor interés en hacerlo. Quizá fuera el título, quizá, más tarde, fuera por saber
que era una puta novela de las Indias pero la verdad es que sólo meterle mano me daba un mal rollo increíble.

- Kim, Kim...¿qué puta mierda es esa de Kim? ¡Y encima este es el del libro de la selva y toda esa mierda! Que le jodan

Yo entonces leía cualquier cosa que no me recordara la infancia. Unos se van a hacer dominadas a otro sitio más concurrido y otros leen cosas para menos ojos.

Kim andaba en las manos de un mago cuando cerré el libro y miré el tronco. La suave brisa del oeste me dejó en una especie de agradable letargo consciente. El tronco cortado estaba allí, me levanté y lo toqué. No había resina, no había bichos, no había nada. Estaba seco y el tajo había sido un tanto problemático. Podían verse los diferentes cortes que hubieron de hacerle para tumbarlo al suelo. No había sido una cosa limpia, no...

Conté los anillos por encima: "Tatatá...cuarenta y pico"

Como yo.

domingo, 4 de agosto de 2019

LAS COSAS CLARAS

Su padre era el psicólogo del colegio, aunque eso fue algo que supe algún tiempo después. Era un hombre en la treintena, alto y delgado, fibroso, de piel bronceada y con algunas entradas en la cabellera de corte casi militar. Hacía las evaluaciones psicológicas de los alumnos que llegaban a una determinada edad, creo recordar que unos siete u ocho años. Nos reunían en una clase nunca vista, una de los mayores, y hacíamos una especie de test para comprobar nuestras capacidades. Ese fue el único contacto que tuvimos con él, al menos por mi parte.

A ella la conocí en BUP, cuando las puertas del colegio religioso donde estudié se abrían a las chicas no desde hacía mucho. Era muy alta y quizá por eso no tenía demasiado éxito entre los chicos, tal vez intimidados por aquella tiarrona que tampoco es que tuviera las tetas grandes o un culo de esos, aparte de la mirada, fija e inquisitiva, muy alejada de lo que un chaval de entonces esperaba de esas cosas extrañas llamadas chicas. Ella demostró ser inteligente y aplicada y no muy dada a perder el tiempo por ahí. Yo tenía fama de golfillo, ya había estado con una de sus compañeras de clase, y en una de esas fiestas que se montaban al recibir las notas de las evaluaciones trimestrales, uno de esos mediodías en los que la chavalería tenía por costumbre ir de bares a celebrarlo en la calle, trabamos una cierta amistad al relance del alcohol, sobretodo por mi parte. Ella, aún entonces, no perdía la cabeza porque a casi todos le hubiese dado por perderla en ese día. Al año siguiente repetí curso y ella se emparejó con un buen chaval que era amigo mío, un chico cuyo padre se había hecho millonario con la llegada de la democracia y de la izquierda al ayuntamiento del pueblo. Y, cosa rara, treinta años después siguen juntos y son padres de tres hijos.

La madre era el vivo retrato de ella sólo que en rubio oxigenado. La verdad es que aquella pareja, el psicólogo y la maestra de instituto, no pegaban en el ambiente del pueblo, al menos de los barrios en los que yo me crié. Eran como gente de ciudad, universitarios, sofisticados y elegantes, un tanto altaneros aún en el caso de que no se lo propusieran. En los pueblos manchegos de entonces se veía sospechoso al hombre que cuidaba su físico. Las mujeres sí, claro, para eso estaban, pero un hombre...

La vida siguió sus cursos y todos fuimos perdiéndonos de vista. Estaba claro que ella iba a ir a la Universidad aunque de esto ni me enteré, como tampoco de cuando se casaron. Algunas veces veía a sus padres paseando por ahí, envejeciendo aunque bien erguidos, solos, a su aire. Por supuesto nunca les pregunté nada por su hija, no había lugar, ni me conocían ni yo tenía verdadero interés en saber algo de ella, pero siempre que los veía me acordaba de Nuria. Lo único que he sabido de ellos en todos estos años fue que su otro hijo se mató en un accidente de coche yendo a trabajar a un pueblo cercano.

Volví a verla como veinte años después, ya una vez pasado lo de su hermano. Fue por pura casualidad, yo paseaba y ella salía de su trabajo a fumar junto a una compañera. Me fijé en la espléndida figura de ella sin reconocerla y justo al pasar a su lado nos vimos. Estaba igual que veinte años atrás sólo que mejor. Hay mujeres a las que le pasa eso, que destacan mucho más con el paso de los años. Intercambiamos saludos, un par de besos y algunas preguntas típicas. Era increíble, había vivido aquí casi siempre y no nos habíamos visto nunca. Llevar vidas tan diferentes hace que lo complicado se vuelva natural si lo piensas un poco.

Una mañana, hará unos cuantos meses, el matrimonio vino al bar con sus tres hijos, el más pequeño de ellos apenas un bebé. Habían quedado allí con una pareja habitual y la sorpresa fue grande al verlos. Él también estaba igual que antes aunque la mirada ya era otra bien distinta. Creo que volvieron una vez más pero mi bar no es para esa clase de familias con hijos pequeños.

Hoy la he vuelto a ver a lo lejos desde una de las calles que cruzan el paseo principal del pueblo. Iba con sus padres, ella empujando el carrito de su bebé y su padre el suyo, una especie de tacatá de esos para los ancianos. Me he quedado de piedra al verlo todo encorvado. No hará tanto que lo vi como siempre, o eso creo. El tiempo se difumina cuando el espacio es tan restringido como el mío.

Nuria lucía un tipazo espectacular envuelto en un vestido rojo de verano.


Será lo que da tener las cosas claras desde el principio.

viernes, 2 de agosto de 2019

MALEDICENCIA

Parece que Paco ha llegado al final de su escapada. Hoy se fue del bar sin pagar, calle abajo, hacia la farmacia donde le pesan cada quince días, una de sus torturas más dolorosas durante estos últimos años. Salí a la puerta cuando él había hecho un alto en la esquina, apenas separada de nuestro local por unos veinte metros. "¡Paco!" le llamé y no oí que respondiera nada ni se dio la vuelta. Se quedó ahí, creo que sin fumar, sólo recuperando el resuello por los veinte metros andados. Grité su nombre y no reaccionó. Era tan extraño como lo había sido su primer simpa; o como lo fueron sus dos equivocaciones con los billetes en estas dos últimas semanas, algo impensable en él, siempre tan cuidadoso con el dinero; o el fallo de memoria al recordar el número de teléfono que yo tenía que marcarle, cosa verdaderamente inaudita en su memoria, tan prodigiosa para recordar fechas señaladas, números de nueve cifras y cualquier otro dato de interés para quien como él ve la vida exterior por el sonido que hace su bastón en las aceras del pequeño mundo donde nuestro bar tiene un lugar preferente...Pensé en acercarme a decirle algo pero había gente en el bar y no podía dejarlo sin saber lo que me iba a encontrar. Ya volvería del pesaje.

Alguien me dijo después que uno de los vecinos del bloque había comentado ayer que Paco era un borracho. De siempre torpe para manejarse con la ceguera sobrevenida a los 17 años, casi cuarenta más tarde está mucho más gordo y cada vez peor físicamente por la insuficiencia respiratoria derivada del consumo compulsivo de tabaco, que según me confesó hace algunos días le ha dejado con un 40% de capacidad pulmonar. Pero Paco no le hace caso a nadie, ni a su madre. Y esta falta de oxigenación no sólo le afecta a las piernas sino, claro está, a la cabeza que falta del oxígeno necesario para el correcto funcionamiento cada vez va yendo a peor, hasta tal punto que algún malicioso subnormal puede llegar a pensar que la desorientación exhibida por el pobre ciego se debe al consumo de alcohol que, sin duda alguna, le sirven en el bar de Kufisto, pues como todos saben no sale de aquí y tal y cual.

- ¿Quien te ha dicho eso? -pregunté. Paco no bebe nin gota de alcohol-
- Uno del bloque, no creo que lo conozcas -respondió
- Bien, pues la próxima vez que lo veas le dices de mi parte que es un hijoputa, tal cual. Y que si tiene algo que decirme que venga aquí y me lo diga si tiene cojones.

Vi pasar a la madre de Paco por la puerta. Entró y preguntó por él. Le dije que se había ido a la farmacia y la anciana señora se marchó hacía allá. Y entonces lo vi claro, salí tras ella y le dije que entrara un momento al bar para contarle algo importante. Y se lo conté.

- Canallas...canallas...¡ir diciendo eso de mi pobre hijo!

No estaba dispuesto a esperar que se enterara por otros. Ella me conoce, nos conoce, y sabe que nunca haríamos eso con Paco. Pero la infamia o la atajas de principio o puede liarlo todo si la dejas correr. Y no estoy dispuesto.

Una media hora más tarde llegó Paco en compañía de su madre y su hermano pequeño, un guardia civil a quien sin duda había llamado la señora tras nuestra conversación.

- He bajado tres kilos, Kufisto -dijo Paco exhausto por el esfuerzo. Se apoyó en la barra y liándose un poco pidió café para él y la madre- ¿Tú no quieres? -le preguntó a su hermano-
- No, yo no quiero -respondió con dulzura-

Los rostros reflejaban un dolor tan grande que nadie fue capaz de decir nada más.

- No encuentro la cartera -dijo al ir a pagar- La habré perdido por ahí...
- Paco -dije yo-, esta mañana se te olvidó pagar y salí enseguida que te fuiste. Y ahí afuera no había nada
- Pues no sé...No sé donde está...No la encuentro...

Miré a la madre y bajé la vista al encontrarme con sus ojos.

- La tienes aquí, Paco -le dijo su hermano echándole mano a uno de los bolsillos copados por paquetes de tabaco- Tómala.
- Ah, sí...Cóbrate, Kufisto.

Pagó, se fueron y al instante supe que ese mediodía no lo vería por el bar.

Luego también supe que tampoco lo vería por la tarde a la hora del café. Y así fue.


Y ahora sé que mañana, a eso de las siete y media, cuando llegue al bar para limpiarlo con la ayuda de mi buen Josemari no estará Paco esperando en la puerta. El ciego y el gitano montando guardia en el bar de Kufisto. ¿De qué hablarán mientras llego? ¿de si habré pasado una buena noche, si habré dormido bien y estaré de buen humor o por contra vendré masticando almendras sin ganas de hablar con nadie tras una noche de esas? Josemari canta fandanguillos y le pide un cigarro a Paco que casi siempre le da. Luego él le traerá un mechero del estanco cuando vaya a por el tabaco del bar, aunque sólo si está la chica, si está el jefe no, que le dice que si se cree que los mecheros están para regalarlos...Pasamos adentro y Josemari baja un taburete de la barra para ponérselo a Paco, que pronto se saldrá a fumar. Josemari abre las puertas y empieza a sacar la terraza. Paco pide el primer café y comienza el bombardeo habitual de preguntas y respuestas mientras preparo la barra y la cocina. Vienen las bromas y las peticiones de llamadas, a este o al otro, al que sea que le coja mi teléfono. "Marca este...ahora este a ver...este otro" Luego llegará alguien. Josemari ya está fregando, cantando sus cosas, diciéndole gracias a Paco, que se ríe. "¡Ya verás, Paco, te voy a traer los churros más grandes de la churrería en cuanto me mande Kufisto" "¡Y calientes!" "Eso, y calientes...Dame una cigarra, Paco de mi alma" "Toma"...


- Paco está malo, Kufisto -me ha venido diciendo Josemari todos estos últimos días-
- Sí lo está, Jose, sí lo está


Todos lo hemos notado. Todos excepto quienes no se preocupan de él. Esos prefieren ir diciendo por ahí que es un borracho.