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lunes, 31 de octubre de 2022

BUENAS TARDES

 - Buenos días, Dominga -dije al abrirle la puerta del bar.
- Buenos días, Kufisto -respondió y volví a echar la llave.

La señora de la limpieza semanal dejó el gran bolso sobre una de las mesas, se quitó el abrigo y sin más dilación que un breve comentario acerca del cambio del tiempo agarró el cubo y la fregona para darle a la zona donde apilamos las cajas con las botellas retornables. Es lo primero que limpia desde hace muchos años. 

- ¡Ah, no me había dado cuenta de que no las has quitado! -la oí decir. Yo estaba en la cocina preparando las pulgas del mediodía con el "Use your ilusion II" sonando por el teléfono.
- No -respondí- Ahora después te las quito.

Es cosa de poco para ella y no tanto para mi. Serán unas treintas cajas a mover y aún estando vacías de contenido pesan lo suyo. Más o menos como aquel cuádruple álbum de los Guns n´Roses.

Terminé con las pulgas, moví las cajas, presencié la recaudación de la tragaperras por el "maquinero" (así lo llama ella), envolví en papel film el bolsón de pan para tostadas que le había encargado al panadero (mañana no harán de este tipo) y un buen rato más tarde de lo acostumbrado y tras alguna que otra tarea accesoria me despedí de ella para regresar a casa.

Eran las diez menos cuarto, poco más de la hora de mi primera salida habitual del bar. Claro que en un día de excepción como hoy tendría que volver una hora antes para abrir, a las doce o así, por lo que la idea de entrenar y comer para llegar al bar con el último bocado entre los dientes resultaba un tanto estúpida teniendo toda la tarde a mi disposición. Pero no me había sentido bien ni al despertar tras un largo sueño sólo trastornado muy al final por los maullidos de la gata y sus pataditas en el infernal quicio de la puerta cerrada del dormitorio. 

"Lo tiene todo -pensé cuando me despertó- Recuerdo que anoche rellené el bebedero y el comedero...¡Qué cojones quiere esta hija de puta!"

Miré el teléfono; disponía de una larga hora más de sueño. "Hija de puta" Decidí ignorarla, ella insistía entre gritos y patadas a la puerta. "Ya se cansará -pensé- No es bueno ceder" Y cuando creías que lo había dejado por imposible, en mitad del último silencio previo a caer en la más profunda sordera, otra vez su terrible "¡Mau!", tan lastimero que dan ganas de levantarse sólo para cogerla del pescuezo y tirarla por la ventana.

Claro que ya estaba amaneciendo y los gatos no saben de cambios de hora. La pobre estaría extrañada de que yo todavía estuviera en la cama.

"¡Despierta, Kufisto, cabrón, hijo de la gran puta, borracho indecente, que vas a llegar tarde al bar!" Pero anoche no bebí a pesar de acabarla a eso de la diez y media viendo un vídeo sobre como se grabó el "Use your ilusion"

Y esta mañana entrené, claro que entrené. Cuando más me gusta entrenar es cuando más dolor siento. Sacrifiqué la comida que había preparado antes de la llegada de la Dominga y me fui al bar con el tupper en la bolsa de trabajo.

El entreno y la consiguiente ducha me sentaron bien. Los dolores musculares tras el brutal entrenamiento de ayer por la tarde habían aminorado sin necesidad de recurrir a los anti-inflamatorios a los que ni siquiera entonces, con una buena resaca, había accedido. Dolor. El dolor es bueno. 

De regreso al bar vi a Paco el Gato hurgando en el contenedor de basura de un chino. Ahora sé uno de los motivos por los qué huele tan mal el hijo de la gran puta. No sé como no no le digo que se vaya a la mierda cuando por la mañana temprano viene al bar a tomarse un café con leche. Es insufrible el hedor. Le salva que a esa hora no hay casi nadie, permanece callado y se va pronto. Por muchos años que haga que lo conozco, por mucha pena que cause su estado. Uno no puede heder así si quiere estar entre personas.

Mi hermano y la Dominga estaban esperándome con cierta impaciencia. Tenían que seguir haciendo cosas por ahí, nada más. Yo no soy un gunsanroses.

Todo estaba listo. Sólo faltaba subir las persianas del ventanal, abrir la puerta, descorrer su cortina, enchufar la tele y Spotyfi y esperar la reacción de la clientela en este extraño lunes de descanso caído este año en víspera de fiesta.

La primera en entrar fue Estela. 

- ¿Tienes ya zumo de piña? -preguntó con su delicioso acento portugués. 
- Creo que no -respondí al tiempo que, convencido, miraba por mirar en la zona de los zumos. Si no lo había ayer, ¡como iba a haberlo hoy!- No, no hay. Sólo de tomate.
- Pues una cocacola zero -Y se fue a la tragaperras.

Le gusta jugar a la tragaperras. Lleva un par de semanas viniendo por aquí para jugar a la tragaperras. Todavía es joven, tiene un buen par de tetas y un aire a Barbra Streissand. Ayer salimos a fumar un pito a la puerta del bar. No tenía fuego y salí con ella para dárselo.

- Yo me llamo Kufisto -y le di la mano.
- Yo Estela -y la cogió

Hablamos un poco  y volvimos para adentro.

- ¿Quieres una pulga? -le dije hoy al dejarle la cocacola
- Sí...¿de qué las tienes? -respondió sin dejar de mirar los displays de la máquina.
- Atún, chorizo, anchoas, salchichón...
- Salchichón.

Estela se fue a recoger su móvil averiado.


No estuvo mal. Hubo más de lo esperado para un mediodía tan raro. Hubo hasta brujitas a las puertas de la menopausia para beber cerveza como cosacas. Y un buen amigo también, un compadre, un animal, uno de los tíos que más saben de música y de drogas.

- Kufisto, me cago en Dios -dijo tras su quinta cerveza- Me vas a poner una buena tosta de jamón, ¡me cago en Dios y en la puta virgen! Una como las del sábado.

En ello andaba cuando desde la cocina oí la voz de la yonqui desquiciada, pidiendo.

- Te vas a tomar por culo -fue la respuesta de mi colega. 


En Soptyfi sonaba la radio de otra buena canción. Es la hostia. ¿Te gusta una canción? Aquí tienes una radio con temas relacionados. 

- Me voy a beber un buen whisky, Kufisto.
- Y yo contigo.


Y lo era. Tanto que al pagar, ya a punto de irme, le invité a otro.

- Joder como está esto, Kufisto...
- La madre que me parió...Un buen whisky arregla mucha cosas.
- ¡Y que lo digas! Dame que me rule un pito de esos tuyos.

Salimos a la puerta dejando solas a las brujitas chupando sus cervezas.

La tarde era muy gris, de nubes bajas y perezosas.

- Me encantan estos días -dijo.
- Sí, están bien.
- Un poco más de frío y lluvia no vendrían mal...
- Sí...Es un poco como el "Use your ilusion"
- ¿Qué?


Un tipo bajaba por la acera de enfrente apoyándose en unas muletas. Una de sus piernas, la derecha, era un muñón a la altura de la cadera.

- Joder.
- Hostia.

Enfiló el primer paso de cebra.

- Viene aquí -dijo mi compadre.
- Pues si llega...ole sus huevos.


Y llegó un poco después de hacerlo mi relevo.

Le aparté la cortina antes de irme a casa.

- Buenas tardes.
- Buenas tardes.




sábado, 29 de octubre de 2022

CAMBIO DE HORA

 ¿Como contar lo que sentí aquella noche?...

Era una noche oscura, despejada, sin luna y llena de estrellas. Era una fría noche de domingo, lo recuerdo bien. Era todavía de día cuando ella vino al bar para despedirse hasta el fin de semana siguiente. El tren hacia Madrid no esperaba a nadie, ni siquiera a ella. El maquinista del tren que va a Madrid no puede esperar a nadie.

Hablo de memoria, ¿pero qué es hablar desde la memoria? 

Salí de casa y caminé las bien iluminadas calles desiertas hasta alcanzar las últimas del pueblo, esas en las que ves la luz de las contadas farolas titilando por el frío. Yo iba escuchando el "Animals" de Pink Floyd, "Dogs" para ser más exactos, lo recuerdo bien...

Un poco más adelante, torciendo a la derecha, estaba la gran avenida salvajemente iluminada frente al cementerio.

Y antes de caminarla decidí dejar de andar para echar un vistazo a lo que había arriba.


Las estrellas brillaban como bombillas a punto de fallar. 








jueves, 27 de octubre de 2022

DE PRESIONES

 - ¿Qué tal, Kufisto? -preguntó el cliente.
- Bueno -respondí-, no estoy en uno de mis mejores días.
- ¿Pero tampoco será de los peores, no?
- No, tampoco tanto. ¿Una copa?
- Sí.

Y con ella en la mano, como tantas otras tardes, fue a sentarse en una de las mesas altas del ventanal. Está claro que prefiere que yo salga a hablar con él a quedarse en la barra hablando conmigo. 

Me salvó que acto seguido entraron dos paisanos del Toboso que hará un par de meses pasan por el bar algún que otro día a la semana tras su rutinaria visita al hospital. 

- ¿Pero con lo de Dulcinea y eso irán muchos chinos, no? -les pregunté la última tarde ante sus lamentos por la imparable muerte de su pueblo.
- ¡Qué va!...Bueno, de vez en cuando para algún autobús y hacen fotos de la Casa de Dulcinea.
- Bonito nombre.
- Ya no quedamos más que viejos allí. 

No sé qué pensarán de un tío con coleta. Claro que para ellos esto es poco menos que Madrid.

Un día más hablaron de los buenos tiempos trabajados aquí. Uno de ellos se sentía especialmente orgulloso por haber sido el único encargado en vallar todo el perímetro de la obra que luego sería el hospital.

- Yo solo. Pim, pam, pim, pam...Enterico. 

Cogí el teléfono y vi que en Forocoches se trataba una vez más sobre el mejor disco de Iron Maiden.

Se fueron poco después de apurar sus soles y sombras. 

Salí de la barra no sin antes abrir un tercio. Después de todo sólo me faltaba media hora escasa para largarme y sé que mi conversación le hace bien a su depresión.

- Es curioso -dije- He estado leyendo algo y con Maiden me pasa algo parecido a los Simpsons: he escuchado menos discos de los que han publicado.

Sonrió y una vez más empezamos a hablar de música.

Controla muchísimo de ese tema. Me supera, lo reconozco. Pero sólo podemos ir por ahí. En todo lo demás, y como tantos otros, es inabordable: dogmático de cajón, todavía cree fervientemente en todo lo que creyó por primera vez, a pesar de todas las durísimas hostias vitales que se ha llevado a causa de las leyes promulgadas por aquellos a quienes defiende. Toda su apertura musical, su sapiencia, se estremece ante las esqueléticas ideas de la sociedad en la que vivimos. Y ahí yo no entro. Capeo como a un toro recién salido de los corrales y poco a poco lo dejo en el centro con la música.

Oyendo su panegírico de Anthrax con el que en mi interior no estaba muy de acuerdo fue que Jorge entró al bar. Un buen tío algo más joven que nosotros, un currante por cuenta propia, un rockero que va a su marcha, una de esas personas que no necesita hablar para estar a gusto en un bar.

Venía hasta los cojones, todavía con la ropa de trabajo puesta.

- ¡Una Voll-Damm?
- No, Kufisto. Hoy me vas a poner un gintonic.
- Con dos huevos, di que sí.
- ¡Qué día!
- Jajaja...

Y fue que la conversación pasó de dos a tres bandas, pues tal era la situación de las bolas: yo en la barra, Jorge tras ella y Jose empeñado en no moverse de la mesa del ventanal. 

Jorge no tiene ni la mitad de la mitad de la mitad de idea del rock que yo; no digamos que de Jose. Pero Jorge ha aprendido. Sospecha. Y por eso me gusta hablar con él.

No, no hablamos de nada "profundo"; soy camarero y sé con quien hablo. Uno no va por ahí enseñando todas sus cartas a menos que sea imbécil o tenga veinte años. Pero sé ver en los modos de la gente. Y eso es algo que se ve casi al toque si tienes la suficiente experiencia.

Abrí otra cerveza. Jose cedió un tanto y quedó a medio camino entre el salón y la barra. La conversación sobre la música había retomado el vuelo. Jorge abominaba de la educación musical actual a cuenta de lo que oye de boca de sus sobrinos. Ni él ni yo tenemos hijos. Jose si, varios y desde hace tiempo mayores de edad. Apenas tuvo tiempo para verlos crecer. Ahora se va con ellos de conciertos masivos cuando puede.

Salí a fumar a la puerta del bar. Jorge callaba, escuchándonos. Hablé de un concierto del año que viene, una especie de festival con Def Leppard y Motley Crue. Jose removió en sus recuerdos para encontrar la vez que vio a los primeros en la gira del "Hysteria" Ha estado en más conciertos que yo de putas.

- Pues se hace en el auditorio "Miguel Ríos" -dije- ¿Donde coño queda eso?

Y entonces, ante el silencio, Jorge habló para decir donde quedaba. 

- Ahí vi yo a Extremoduro hará tres o cuatro años.


Llegó mi hermano para el relevo. Cogí mis cosas, el tercio y salí de la barra ya un tanto aligerado de la pesadez que me había embargado durante todo el mediodía. 


Jose estaba con los cascos puestos en la mesa del ventanal cuando me fui tras beberme la tercera cerveza con Jorge.


Ni miró cuando dije adiós.

martes, 25 de octubre de 2022

CAPABLANCA

 Cualquiera puede hacer una "jugada de máquina" en una posición dada, incluso quien no sabe jugar al ajedrez. Como con todo, también aquí se miente desde el principio o, para ser más exactos, no se dice lo que en verdad es. Una jugada de máquina no es sino la primera de una serie de ellas, todas únicas entre el abanico que va extendiéndose con las excepciones forzadas de los obligados intercambios de piezas. Una jugada de máquina es una exacta combinación de movimientos que conducen a la ventaja decisiva. Una jugada de máquina son varias jugadas de máquina dentro de una combinación correcta de principio a fin. Una combinación de máquina no admite segundas opciones: o haces la mejor en cada movimiento o pierdes. Eso es una "jugada de máquina" Por esto son tan asombrosas y por ello sólo las máquinas son capaces de encontrarlas.

Muchas de las partidas más bonitas de la historia del ajedrez están llenas de errores por ambos bandos. Cualquier módulo de nuestros días las analizaría entre carcajadas si pudieran reír, pero se conforman con presentar ante nuestro ojos la pura verdad de las variantes correctas a tanto desatino. Para ellas, para las máquinas, las centenarias partidas de Morphy, Anderssen, Staunton, La Bourdonnais, Zukertort o el mismo Steinitz son un sindiós, algo así como un huevo frito en Fairy. Todas aquellas maravillosas partidas que tanto placer te causaron al reproducirlas sobre el tablero de madera eran mentira en su mayor parte. Mentira. Aquella belleza no era sino pura ilusión. Después de todo sólo eran hombres jugando al ajedrez y no máquinas creadas para jugar al ajedrez.


Apenas había empezado a amanecer cuando la yonki rompió la cinta de entrada a un nuevo día en el bar. 

- ¡Kufisto!
- ¿Qué? 
- ¡Dame un mechero, por favor!

Un mechero. Hoy tocaba un mechero. Nunca la había visto tan temprano

- No tengo, hermosa.
- ¡Por favor! -dijo en ese tono plañidero- ¡por favor!...

Recordé que al ponerme la chaqueta había encontrado uno en el bolsillo aparte del que llevaba en la mano.

- Voy a ver
- Por favooorrr

Se lo di. La llama era floja pero quizá le sirviera para hacer base.

- ¡Gracias, gracias, gracias!

Un buen acto, una buena acción. "Da de comer al hambriento y de beber al sediento" Pues más o menos. Ella quería un mechero y yo se lo di. Un mechero, nada más. Yo no soy su padre ni su guardián, sólo soy otro al que le pide cosas y a veces se las da sin esperar nunca nada a cambio. 

"¿Y para qué quieres el mechero? ¿Quieres fuego, un cigarrillo? Yo te lo rulo de los míos y te doy fuego, salimos a la puerta y nos fumamos un pito ahora que está amaneciendo...¿Pero para qué quieres un mechero tan tirada y desesperada a estas horas de la mañana? ¿Tienes algún problema? ¿Quieres que hablemos?"

No, la cosa no funciona así. Ni para ella ni para mi.


- ¡Kufisto! -dijo un buen cliente
- ¿Qué?
- ¿Como te va la vida?

Sonriendo, serví los dos vinos blancos.

- No creo que esa sea la pregunta correcta -respondí un tanto anonadado al oírme.
- ¿Y eso? -dijo sorprendido.

Ya no había marcha atrás.

- Pues...Creo que es la vida quien se pregunta como le va conmigo...¡O con nosotros! -añadí riendo. Y ellos también rieron.


Algo más jóvenes que yo, en la edad donde las mujeres han dejado de sangrar o están a punto del cierre total de la escotilla, las dos buenas amigas vinieron a tomar las cervezas de su día de descanso. El mediodía estaba tranquilo, muy tranquilo, y me senté con ellas en una de las mesas altas del ventanal. Ninguna de las dos fue nunca una flor pero en una noche muy antigua me follé a la pequeña en los wateres de un garito después de meternos unos tiros de coca.

Siempre hablo un poco con ellas cuando vienen al bar; les digo algo mientras dejo los servicios y poco más. Pero hoy, cosa rara, necesitaba estar con alguien y como no había sino poca gente y de confianza me senté con ellas.

Poco a poco se fueron los restos y nos quedamos solos. Eran casi las tres de la tarde cuando abrí mi segunda cerveza por la tercera de ellas. La conversación fluía sin dificultad entre alguna que otra salida mía a la puerta para fumar. La otra se fue al water y quedé solo con la pequeña.

- ¿Como estás, Kufisto?
- Bien

Sonrió.

- Es raro -dijo.
- ¿Qué?
- Pues eso...Que estés aquí...con nosotras...
- Bueno, había poca gente...
- Ya...Pero eso no lo haces siempre.
- Sí...Será que hoy no quería estar solo sin necesidad...Es raro, sí.


La cosa cambia con Capablanca. Muchas máquinas le dan como el mejor jugador humano de la historia, aquel que cometió menos jugadas erróneas en su carrera. 


El juicio de la máquina no se basa en tus buenas jugadas.

domingo, 23 de octubre de 2022

FRACTALFÓBICO



Todavía era noche cerrada cuando salí de casa. Los árboles agitaban sus grandes ramas como pidiendo clemencia. Por una vez tiré en dirección prohibida no sin ciertas precauciones aún tratándose de treinta metros escasos. En la otra calle vi un bulto tirado en la acera, un bulto grande. Aminoré la marcha y mirando hacia atrás comprobé que era alguien durmiendo en un saco junto a su perro despierto, que le olisqueaba. Allí, en mitad de la acera. Apenas quince, veinte metros atrás o adelante hubiera podido encontrar un refugio más adecuado a las puertas del colegio o en los aledaños del edificio de pisos de la esquina. Pero no, el hombre se había plantado allí, en mitad de la acera. Ya le dará igual.

Era la farmacia de guardia, Internet no me había engañado. Bajé del coche y un bofetón de viento fue el primero en darme los buenos días, mi arisca gata aparte. Llamé al timbre mirando al interior. Un letrerito anunciaba que se atendía por el otro lado, volviendo la esquina. Volví la esquina. El viento corría como un chaval que estrena zapatillas en su cumpleaños. No vi nada, todo estaba apagado, ni un hueco con acceso a algo. Regresé a la puerta y al fondo, tras el enrejado, vi a una mujer que parecía joven en la penumbra haciéndome señas para el otro lado. Volví al otro lado y ya estaba a punto de vocear cuando vi que quizá tras ese recodo enladrillado podría haber algo. Y había algo. Algo tipo carcelario. Oí una voz hosca. Pedí un jarabe para la tos. Del mismo modo preguntó si con expectoración o no. Se lo dije y al rato volvió. Yo no la veía. Pidió el dinero abriendo la bandeja. Introduje algunas monedas y el chisme se cerró. ¿Y el jarabe? ¡Y el puto jarabe! Por segunda vez estuve a punto de vocear. Entonces la compuerta se abrió, cogí el jarabe y me largué hacia el coche. Sabía a rayos.

Se hizo rara la ida hasta el bar. Nunca voy por ahí y se hizo rara. Era como si no fuera a trabajar. Pero la distancia seguía siendo corta y no tuve tiempo de pensar qué otra cosa podría ser. Aparqué y pasé para adentro. Una hora más tarde recibí a los primeros clientes. 

Paco el Gato en la barra, la anciana en su mesa, yo en la cocina, preparando, y algo en la tele a un volumen moderado para no molestar a la vieja. Nunca está suficientemente bajo para ella.

Hacía más de veinte años que no veía al Gato, desde que nos fuimos del viejo bar. Verlo en ese sentido, claro, en el de bar. En estos últimos años, quizá dos o tres, quien sabe, en verano, solía verlo sentado en un banco a primera hora de la mañana, solo, viendo pasar los coches, los brazos cruzados sobre la panza, a un lado los contenedores de basura y tras él un jardín de arena con cuatro árboles. Nunca le he visto con nadie, ni con la deforme mujer que tuvo. Siempre solo, siempre callado, siempre rondando los bares, siempre mosca de bar una vez que salió de la cárcel por robar en las iglesias. Así lo conocí en el viejo bar, como recadero. 

Tres semanas hará ya que empezó a venir por aquí. Más canoso, más renqueante de su pierna mala, apestando a sudor. Se toma el café pagando justo lo estipulado. Una mañana me dio un billete de cinco euros y un buen rato después voceó:

- ¡Jefe! -no recuerda mi nombre y yo no he hecho por recordárselo.
- ¿Qué? -dije saliendo de la cocina.
- ¿Esto está bien? - preguntó con voz casi ininteligible. Nunca supo hablar pero ahora está un paso más allá, con el añadido de estar medio sordo.

Abrió la manaza y enseñó las monedas. Estaba bien.

- Sí, Paco -por primera vez le llamé por su nombre- Está bien. El café es uno treinta y ahí tienes tres con setenta.
- Ah.

Y no dijo más. Si alguna vez supo sumar y restar ya lo ha olvidado. 

Nadie habla con él, nadie quiere estar cerca de él. La gente entra, da los buenos días y él devuelve el saludo. Y sentado en el taburete se mira las manos, o gira la cabeza hacia el televisor, o echando una risita que quiere ser de complicidad cuando a petición de la vieja salgo de la cocina para bajar aún más el volumen del televisor. Es como si la anciana mujer estuviese a punto de resolver el sentido de la existencia y ese imbécil anticuario inglés se lo impidiera. Hay mañanas en las que mi bar parece una iglesia. Pero tampoco ella tarda mucho en irse.


Acabé la noche de ayer viendo un documental del Universo. Otro. Hacía mucho tiempo que no veía uno. Llevo semanas viendo cosas que no habría creído si me lo hubieran dicho hace un par de años. Y las veo bien, es decir, con cierto gusto. Pero si me parara a pensarlo sería algo preocupante. Es mirar algo por ver otra cosa. Es encontrar algo donde nunca hubo nada para ti. Es, supongo, el inicio de la decadencia. Es el aburrimiento. Es la desilusión. Es el entretenimiento. Es la deformidad.

Como siempre que se habla del Universo todo eran imágenes de ordenador. Bonitas, muy bonitas, pero recreaciones. El narrador trataba de convencer a cuenta de la naturaleza fractal de la realidad. Basándose en números casi místicos postulaba el orden intrínseco existente en el caos aparente. Mil veces visto con otras palabras, también llegaba a la misma conclusión: Todo es Uno y Uno es Todo. Bien. Estupendo. Bajémonos los calzones aún sin entender una mierda y alcemos los brazos dando gracias a lo que sea por haber tenido la oportunidad de formar parte de ello y al mismo tiempo ser Ello. En verdad somos la hostia. La puta hostia. Lo que pasa es que no lo sabemos si no nos lo cuentan.


Desperté tosiendo como un perro. Vi a uno intentando despertar del sueño a su amo yacente como un Universo pasado por millones de trillones de bricks de don Simón tinto. La joven farmacéutica soñadora que estaba pronta a acabar la guardia de una noche de sábado, su divinísimo ectoplasma, me recibió como si yo fuera el fractal del primer idiota que le metió mano. Paco y su peste mareante, la vieja con su oído absoluto y luego el gran resto, la siempre imprevisible marabunta, pidiendo de beber y de comer como si no hubiese otra manera de seguir viendo la película.


Cuando todo acabó y pude tranquilizarme un tanto vi la reciente microfotografía de la cara de una hormiga. Era horrorosa, un puto monstruo de Lovecraft. 

- ¿Por qué las pisas? -me dijo el abuelo en una de aquellas lejanísimas tardes que pasamos en su casita de campo.
- ¿Por qué? -respondí- No lo sé.
- ¿Te han hecho algo? ¿te han hecho daño?
- No.
- ¿Y entonces, por qué las pisas?

No supe que responder. No he vuelto a pisarlas. 

Vistas con los ojos son admirables. 


Pero dale zoom a tus ojos y verás donde queda todo lo sagrado que aún queda en ti. 


Un fractal, eso es lo que siempre has sido. Un fractal que cierra relato para ir a comprar más whisky y cigarrillos.

viernes, 21 de octubre de 2022

LA ÚLTIMA TARDE QUE TE VI EN EL BAR ESTUVE A PUNTO DE ACARICIAR TUS CABELLOS

 La última tarde que te vi en el bar estuve a un paso de acariciar tus cabellos. Un sólo paso de menos y lo habría hecho; pero el pensamiento, como tantas otras veces, llegó después de la acción. ¿Sabes que hay científicos que postulan la existencia de un intervalo de diez segundos entre lo que el cerebro percibe y las reacciones consecuentes? ¡Diez segundos! ¡Una eternidad! Pero un sólo paso no dura diez segundos. Y aunque ya voy siendo mayor no lo soy tanto. Sí, he visto andar a personas muy viejas, me voy fijando en ello. Les cuesta horrores dar un paso ayudados por el tacatá, tal vez dos o tres segundos; puede que mañana haga la comprobación con mi viejecita de todos los días. Espíritu científico. ¿Lo creerás, pequeña? ¡Yo! ¡Espíritu científico! ¡Jajajajajaj!

Claro que en tu caso es un poco diferente. 

La cosa pasó en la segunda vez que te dejé atrás. La primera había sido para tomar nota de las consumiciones de tus padres, tu querida hermana y, supongo, tu tío. Ya entonces me fijé en ti al dar media vuelta para regresar a la barra. "Me fijé"...¿como puede uno fijarse en unas décimas de segundo? Pero sí, me fijé, esa es la verdad. Tu sonrisa, eso fue. Tu sonrisa. La sonrisa que vi en tu rostro durante las décimas de segundo de un par de pasos de camarero se fijó en mi cerebro. A veces unas décimas de segundo en el bar dejan más huella que todo un paseo bajo un atardecer otoñal.

No era tu primera vez aquí, no, qué va. Eso empezó este verano, en la terraza. Bueno, no sé...quizá fuera en el anterior, sí. Seguro. Pero tampoco me hagas mucho caso. Tengo muchas dudas con respecto al paso del tiempo. Ayer, sin ir más atrás, lo pensé a cuenta de una memoria que yo creía más lejana hasta que Google me reveló que no lo era tanto. Google es una cosa bastante tonta, pequeña: es como una memoria sin alma ni espíritu. Bien, podrías objetar, a fin de cuentas es un robot. Sí, cierto. Y un robot está ahí para hacer lo que le han mandado. Pero ni tú ni yo somos robots. Somos seres sensibles que reaccionan de diferente manera según los estímulos, haya diez segundos entre ellos o no. 

El pasado domingo, la última tarde que te vi por el bar, empecé a sentirme raro de verdad. Ya el día anterior lo pasé medio jodido pero no le di importancia. Y no es que hubiese bebido la noche de antes, no, eso fue el miércoles de esa semana, que por cierto me dejó una resaca tan fuerte que casi no podía creerla, pero de eso ya habían pasado dos días enteros y más o menos estaba bien, listo para la siguiente. Pero el domingo...el domingo se me hizo largo de cojones. Hasta que a última hora entrasteis al bar.

La tarde era gris y amenazaba una lluvia que luego no llegaría. Y por primera vez en tu vida viste mi bar por dentro.

No había nadie más que vosotros. Tu querida hermana, una muchacha grande, dulce y hermosa, situó tu silla de ruedas junto a la mesa de todos, se sentó y te agarró la mano. 

Tomé nota. Y entonces, al irme hacia la barra, vi tu sonrisa. 


Sí, la vi. La vi, pequeña. La vi por primera vez. La sonrisa que siempre has llevado puesta, la que hoy, ahora que no te veo, seguirás llevando puesta. La gente, yo, no quiere mirar los abismos. Se marean. Nos mareamos.

Estabas preciosa con esa sonrisa. Mirabas a quienes hablaban, seguías la conversación con la mano de tu hermana sobre la tuya. Desprendías tal felicidad que me partió el alma. Ahí fue, cuando dejé los servicios sobre la mesa, que estuve a punto de acariciarte el cabello. Yo malo por mi mala cabeza y tú con esa sonrisa sin siquiera poder girar el cuello. 

Y tu sonrisa ante la conversación de los otros era como un milagro. 

Eras como Cristo en el Sermón de la Montaña. Así tuvo que ser. Así debería haber sido. 


Un paso, pequeña. Sólo me sobró un paso para acariciar tus cabellos. Quizá eso me habría ahorrado la terrible semana que he pasado.





miércoles, 12 de octubre de 2022

EL PREMIO DEL COCO

Nadie pidió que pusiera el desfile militar. Claro que a esas horas de la mañana no había mucho ambiente en el bar. Día de fiesta. En la tele muda, una mujer insistía en enseñar el culo apretado tras unas mallas. Buen culo. Dándole la espalda un cliente jugaba a la tragaperras. También hay culos en la máquina. No culos humanos, por supuesto; son culos dibujados por ordenador, culos de mujeres dibujadas en poses insinuantes. Algunas son magníficas. Yo no juego pero los lunes hago la recaudación de la máquina y mientras a puerta cerrada espero al operario en compañía de la señora de la limpieza (una beata ya en edad de jubilación) hay veces que me quedo mirando su programa. En especial cuando veo aparecer en la pantalla a la sonriente joven de pelo moreno, piel blanca, ojos verdes y dos cocos por sostén. Está ante una mesa con tres suertes ocultas y detrás de ella hay una palmera y el soleado mar. La chica no está inerte, parpadea, mueve los hombros y sonríe y espera con la boquita cerrada. La isla, el mar, el sol y la simpática morenita de ojos verdes que te sonríe con dos cocos ocultándole las tetas. Luego cambia a las gang sisters y ya no es lo mismo: demasiado putas. Y de las malas. 

Otro mediodía de locos en el bar. De locos...

Cambié de canal después de ver unos cinco segundos a la orgullosa tía enseñando su trasero, no sé si lo dije. No puse el desfile militar, claro, no recuerdo haber perdido nada allí. Cualquier otra cosa, lo que fuera. Nunca he sido amigo de guerras, ni de ejércitos, ni de batallas ordenadas en base a los galones ni de hostias parecidas.

La batalla de hoy inició como un suave amanecer en los molinos; pero de pronto, y como siempre, una nube negra; y con ella la tormenta llena de endriagos sedientos. Y una vez más, solo y con mano firme sobre el grifo de la cerveza, los recibí a todos.


Arranqué el coche, encendí el cigarrillo y tiré para casa. La peña andaba sentada en las terrazas, bebiendo las primeras copas o acabando de comer, según el garito. Otro día de fiesta. Hoy el de la fiesta de España, tu país.


Tres opciones: salir a andar, entrenar en día de descanso o escribir bebiendo bajo tu techo aunque mañana te cueste un dolor.


¿Sabes, jovencita, morena, blanquita, ojosverdes de simpática sonrisa cerrada que con dos cocos por sostén esperas en una isla a un jugador, sabes que algún día, o mejor aún, alguna futura noche bien soñada, seré yo quien esté al otro lado de tu mesa de las tres suertes? ¿Y que me dará igual el premio que descubra el coco que elija?







domingo, 9 de octubre de 2022

¡QUÉ DÍA LA DE AQUELLA MAÑANA!

 - ¿Sabes quienes son los que están sonando? -le pregunté.

Una hora más tarde empecé a volar por la barra del bar como otros lo hacen en las olas que el océano vomita sobre las costas.


Una tranquila mañana de domingo en el bar. Una mañana que me dejó toda una hora por delante para ser consciente del cansancio arrastrado por la vida que llevo, por el sueño que todavía tengo, por la última  bala que queda en la recámara de aquel enorme cargador de sueños y fantasías.

Pasó el mediodía, llegaron las cañas. Y de repente la calma chicha se transformó en un maremoto. Y entonces ya sólo te quedaba volar. Cuando uno está solo tras una barra sólo le queda volar. Volar. No hay otra palabra. Volar. Todo lo demás no existe. Vuelas. No hay dolor, no hay cansancio, no hay preguntas estúpidas, no hay pensamientos que cedan el paso a preguntas estúpidas, no hay nada más que volar. O como otro dijo en frase más afortunada sin haber sentido en su acomodada vida el verdadero significado , "cabalgar el tigre"

Y volé. Volé una vez más. Una vez más en solitario, como siempre. Todo solo. "¿No es lo que deseabas con toda tu alma cuando todavía estabas a tiempo de otra cosa? Muchas veces tuviste la oportunidad y sin embargo elegiste otro camino. Eras joven, listo, duro y fuerte..."

- Pareces cansado, Kufisto -me dijo un cliente, un viejo cojo adinerado, cuando ya en pleno Maelstrom le acerqué un plato de jamón a la mesa.

Uno no se ve en el espejo, lo siente en la cara de los demás. En verdad creo que uno muere sin haberse visto.

Seguí volando en círculos concéntricos, Ahora recuerdo a un águila que vi cerca del cementerio hará un año. Volaba bajo un sol despejado de nubes mientras yo andaba escuchando la obertura del Parsifal wagneriano. Fue algo tan hermoso y yo llevaba tal resaca a cuestas que estuve a punto de echarme a llorar. 

Saqué la labor adelante. Como Jesús con los panes y los peces, a nadie le faltó. Y como con Él hubo quien se maravilló de que pudiera hacerlo.

- Eres el mejor, Kufisto -decían mientras me veían volar.

Eran las tres y media y la barra, el salón y la terraza parecían un campo de batalla con todo decidido.

- Ahora sí -dije a mis dos amigos de la barra- Ahora me voy a echar una cerveza y a fumarme un pito. ¡Y que le jodan a quien no pueda!

No resultó del todo. Todavía quedaban rescoldos y hube de hacerlo a saltos. Pero la sensación de poderío ya estaba ahí otra vez.

Al fin todo se calmó. Dejé a mi hermano una buena pila de platos por lavar, algo que nunca he hecho. Pero ya estaba bien. Ya. Suficiente.

- ¡Pon algo de rock ahora que estamos solos, Kufisto, me cago en Dios!

Puse una emisora de rock, me eché otra cerveza y rulé otro pito. Y volvió la conversación del rock. La misma de la última hora de todos los domingos. 

Ellos ya estaban más que bien entonados y a mi, en tal estado de nervios, poco me hace falta para coger el ritmo.

Hablamos sobre lo que íbamos escuchando, canciones todas de nuestra juventud. A quien más, todos los tres defendíamos el valor de aquella música que tanto nos hizo vibrar cuando todavía estábamos tan limpios como una patena. Y la memoria de ello todavía aguanta el peso de todo lo que vino después.

Más cerveza, más tabaco, más pelos erizados no tanto por la música en sí sino por rememorarla en compañía de otros.

- Bueno, chicos me voy -les dije cuando mi hermano llegó a relevarme.
- Eres un crack, Kufisto. 
- Ya...


- ¿Sabes quienes son los que están sonando? -le pregunté.

El chico no respondió. Está dentro de lo que se llama el espectro autista. Su padre es amigo mío. Estaba jugando a la tragaperras. 

- Son los Beatles -insistí- Es la mejor banda que jamás escucharás...

Silencio. El chico seguía mirando absorto su teléfono. Empecé a cantar las canciones que iban sonando.

- Tú que tocas el piano -le dije- dile a tu maestra el próximo día si conoce a los Beatles.

Había cambiado de música poco antes de su venida. Estaba tan cansado y me sentía tan mal que me acordé de los Beatles. Y los Beatles curan.

Seguí cantando las canciones sentado en el taburete frente a él o yendo de acá para allá para los últimos ajustes del aperitivo.

- ¡I wanna hold your haaaannnddd...!

Y de repente el chico empezó a seguir el ritmo con su cuerpo.

Y dejó de mirar nervioso hacia su padre, aunque no el teléfono. Pero llevaba el ritmo.

- Esta se llama "It´s been a hard days night" Joder, qué buena. Cuando yo era tan chico como tú, un poco más, lo flipaba con ella. Luego le dices a tu maestra...Los Beatles.

El chico bailaba sentado en el taburete sin dejar de mirar el teléfono.


- Dile adiós a Kufisto -le dijo su padre.
- Adiós, Kufisto -dijo él sin mirarme.
- Hasta luego, Óscar. Y no olvides lo que te he dicho de los Beatles y tu profesora de piano.


Y su padre rió.






viernes, 7 de octubre de 2022

COMO CABALLO SIN HERRADURA

 Es una confusión de sensaciones. Tú crees que tienes sueño, marchas a la cama, apagas la luz, cierras los párpados y piensas que esta vez sí todo está hecho, tal es el cansancio que lleva tu cuerpo; pero no, estás equivocado; tu mente no está cansada, al contrario: está aburridísima. Y así es como la mente subyuga al cuerpo: "tú estás cansado; bien te has llevado lo tuyo durante el día, pero yo lo he pasado entero cazando moscas y todavía no estoy tan deteriorada como para no darme cuenta...Así que ahora me toca jugar a mi. Y si tienes sueño no es mi problema: estoy muy despierta y necesito comer antes de dormir tanto como tú"

Eran las nueve de la noche. Había pasado toda la tarde viendo las divagaciones de un colgao que habla tan bien como un libro, algo muy complicado. Lo suyo sería ver a alguien que además de hablar bien dijera cosas interesantes, ¡como Artur Mas leyendo el Zaratustra!...Pero eso no es para ver, ni siquiera para oír sentado en tu casa: eso hay que hacerlo andando por el campo; o por la ciudad, es igual, pero mejor a las afueras. Tu mente se alimenta al mismo tiempo que el cuerpo acaba por agotarse. Y luego llegas a casa y duermes como Dios.

Conocerse a uno mismo es lo más difícil de todo, dicen. Y dicen bien. Es toda una experiencia. Es la experiencia de la vida. Es el camino. No hay otro. 

Después de tres mil seiscientos intentos uno llega a saber cual es su camino. Lo reconoce. No me preguntéis como, pero lo reconoce. "Este es mi camino. Por fin" Nadie le ha comido la cabeza, no lo dice desde un raro momento de arrebatamiento sensorial; es algo paulatino en el tiempo, algo así como una conjunción de fuerzas que se van de tu cuerpo para refugiarse en tu mente. 

"Sí -piensas- esto es lo que siempre he querido: el auto-control, el equilibrio en mi caos. Esto es" Vivir tu vida sobre el alambre, algo tan manido en las canciones rockeras que tanto te gustaron y aún te siguen gustando de vez en cuando, sobretodo cuando bebes. 

Vivir la vida en el alambre no es cosa fácil aunque haya una red abajo. Luego hay que subir las escaleras por tres mil seiscientas y una vez.


¿Qué hora sería cuando al fin me dormí para soñar con cosas inenarrables? ¿La dos y media de la mañana, las tres? No sé. Cinco largas horas pasaron hasta que mi mente dijo que tenía lo suficiente como para dejarle sitio a mi alma. Entretanto me levanté tres veces de la cama para fumar en el salón.


Desperté reventado. Me duché y me fui al bar.


Llegó el mediodía y hubo una especie de reunión de amigos de la infancia en el barrio. Realmente ninguno de los dos fueron amigos míos en aquel tiempo, yo era algo mayor que ellos y además de otra calle, porque entonces la frontera era una calle, no los países, ni los continentes, ni el mundo entero, no...La frontera era tu calle: fuera de ella, todos hijos de puta.

Pero en fin, con el tiempo las fronteras se relajan, los caminos se entrecruzan y todos vamos cumpliendo años como caballos sin herraduras.

Ahora son algo así como amigos. Ahora no, desde hace muchos años. La diferencia de años deja de tener importancia cuando todos hemos llegado a ser hombres.

Se contaron historias del barrio, personajes típicos, aventuras, chiquilladas...

 Al fin se fueron. Recogí el bar.


Agotado por la pesada conversación, y tras recoger la barra, abrí una cerveza.


Qué rica, joder, qué rica.


"Y ahora un whisky, Kufisto. Te lo mereces, coño"


Yo creo que sí.

martes, 4 de octubre de 2022

AH, KUFISTO...ME VOY A TRABAJAR

 Lo único de extraño que tienen los sueños es la falta de transición entre ellos. Más que los diferentes escenarios, más que los distintos personajes, más que lo estrambótico de algunas situaciones es la desmemoria de la continuidad entre ellos lo que al despertar te lleva a saber con toda certeza que sólo fueron sueños. 

Un tipo feliz vino hoy al bar. Un hombre que por edad ya es anciano pero se niega a resignarse. Ha tenido una vida plena: un trabajo vocacional muy bien remunerado, un sólo matrimonio, hijos, nietos y biznietos, mil líos con mujeres y subalternas, innumerables fiestas con los amigos, viajes alrededor del mundo...

- ¡Kufisto! -dijo nada más cruzar la puerta.
- ¡Hombre, qué tal! -respondí. Y me echó la mano. Hacía unos meses desde la última vez.
- ¡Joder, macho! ¡Cada día estás mejor, cabrón!
- ¡Tú sí que estás bien! -dije riendo sin necesidad de mentira piadosa alguna. Tiene algo más de setenta años y exuda mas vitalidad que la inmensa mayoría de jóvenes que veo pasar por la calle.

Venía con un chico joven, el típico chaval con gafas y barbas bien cuidadas, que por lo visto un rato más tarde tenía que ser una especie de ahijado, el hijo de un buen amigo que empieza a trabajar en el hospital y todo eso.

Pidió de beber y comer sin contemplaciones: jamón del bueno, lomo del bueno y queso del bueno. Una de cada, nada de medias. Como siempre. Se sentaron a una mesa.

Tuve suerte. En ese momento el bar estaba tranquilo y podría dedicarme a ello sin aceleros. Cuando uno trabaja solo no es sencillo hacer los raros extras.

Pero nada más me había puesto a ello cuando otro cliente entró, uno de reciente data, uno de los buenos, un tío extraño a mi mirada, uno que no deja de sonreír pero sin transmitir esa alegría característica del hombre que pasa por la vida sabiendo lo que viene a cada momento. Eso se tiene o no se tiene.

Es un hombre de unos sesenta años, ojos saltones, calvo y de boca grande. Le gusta hablar. Le he caído en gracia. Empezó a venir hace unos meses en compañía de un antiguo cliente, un tío muy prudente al que por esas cosas de la vida he empezado a tratar con gusto a raíz de esta nueva entrada. Es curioso esto. Muy curioso. 

- Una cerveza, Kufisto. ¿Qué tal estás? 
- Bien, un poco liado...

Se la tiré, él alabó mi maestría como siempre hace y seguí a lo mío.

Acabé de hacerlo justo cuando llegó uno de los factotums del hospital para unirse a los dos que esperaban en la mesa. Mi amigo pidió otra botella de vino que no sería la última.

Con todo ya controlado quedé a la merced del tipo de los ojos saltones. Era la primera vez que lo veía solo a esas horas del mediodía y lo dejé caer. Venía del hospital de hacerse unas pruebas. Neumología y algo más, no recuerdo qué. Enseguida pasó a su vida en Londres cuando fue joven y no tenía un duro pero veía a los Simple Minds y a los Cure tocando en garitos de la capital inglesa; y poco después llegó a sus tres hijos, dos hembras y un macho, todos jóvenes pues se casó tarde con una mujer mucho más joven que él con la que ha empezado a venir al bar todos los fines de semana a pesar de vivir en otro pueblo.

Son músicos. Los tres hijos son músicos profesionales; al menos la mayor de ellos ya vive de su trabajo: piano, violín y chelo.

- Esto ya me lo enseñaste la otra vez -le dije cuando me pasó el teléfono para que viera los vídeos de sus hijos tocando sus instrumentos- Son la hostia

Tocaban un arreglo del "Ave María" de Schubert en trío en una iglesia para la boda de un familiar; también el tema principal de la banda sonora de "La Misión".

- ¿Conoces el "Ave María", Kufisto?
- Sí. 
- Es maravilloso...

Y no soltaba el teléfono para que no dejara de verlo.

- ¡Kufisto! -voceó, mi amigo desde la mesa.
- ¿Qué?
- Dime que te debo.

Salí y se hizo cargo el otro. Mi amigo no protestó. 

- ¡Kufisto! -dijo cuando salía por la puerta.
- ¿Qué?
- Un placer como siempre
- El placer es mío, ya lo sabes. Me gusta verte por aquí.
- He estado viendo a mi familia del otro lado del charco. Por eso es que ha pasado tanto tiempo sin venir por aquí.
- Joder, eres el patriarca. Todo el mundo te espera en todos los sitios.
- Jajaja, ¡qué cabrón! ¡Me has llamado viejo a lo fino! -rió- Me alegro de verte, Kufisto. ¡Y de que estés tan bien! Todo excelente, como siempre. ¡Adiós!
- ¡Adiós, amigo!

Más vídeos. Más hijos tocando sus respectivos instrumentos. Ilusión en los ojos. Salgo a fumar un pito a la puerta. Desde la barra sigue hablándome del futuro de sus hijos. Entra el abogado que conoce a mi cliente y se saludan con cariño. Poco después se va.

- Me voy, Kufisto.
- Un placer, como siempre.
- Mañana vendré con Jose. A probar ese vinillo tan bueno que dices te han traído.
- ¡¡Y bien frío!
- Jajaja...Adiós, Kufisto.
- Adiós.

-Oye, Rafa, ¿como se llama este tío?
- Javier 
- Gracias.


Rafa se fue. Salí a fumar y a beberme un tercio en la terraza. 

- Hola, Kufisto -musitó una cincuentona a mis espaldas mientras pasaba para adentro.
- Hola.

Entré y le serví un café. Poco después llegó su amiga y empezaron a despotricar del hombre que se ha separado de la primera. Pidieron dos cubalibres y se fueron al ventanal.

- Hola, Kufisto
- Hola, Gema, ¿café?
- Descafeinado
- ¡Hola, Kufisto!
- ¡Hola, Aida!
- ¡Uno con leche para llevar!

Estaba echándolos cuando las miré. Gema parecía cansada. Aída le hablaba en tono bajo tan sorprendida como yo.

- ¿Qué te pasa, pequeña? No eres tú. Y menos a estas horas de la tarde.
- Nada, que estoy cansada. Me despierto y no me levanto como antes. Voy a hacerme unos análisis.
- Mira bien sino sea por haber dejado de tomar café...
- No, no es eso...Ya no tomo ni por la tarde...Es que...
- ¿Qué?
- ¡Pues que hay gente que parece que siempre tienes que invitarla, coño! ¡Y ya estoy harta! "Tú no eras así. Ahora eres una rata" Pero joder, ¿por qué tengo que invitarte siempre? Y luego me acuesto y no duermo comiéndome la cabeza. ¿Soy mala? ¡Yo trabajo! ¿Tú qué haces? ¿Tengo que invitarte por la cara? ¿Tú no pagas nada? La luz, el piso, el coche...¡yo qué sé, lo que sea!
- Mira, chica. Soy mucho mayor que tú. Y si algo bueno tiene cumplir años es que te suda el rabo lo que piensen de ti. Tal cual, y perdona que te lo diga con esta crudeza. Quien piensa igual a los veinte que a los treinta que a los cuarenta o los cincuenta o es subnormal o no ha vivido. Y tú estás empezando a aprender que lo mejor del melocotón está en el hueso. Más allá no hay nada. Puedes plantarlo o jugar con él antes de echárselo al perro que tanto quieres ahora. Pero el hueso tiene una fecha de caducidad que no tienen los perros. Ni las perras. 
- ¿Qué dices, Kufisto?
- Digo que te vengas arriba, que todavía eres muy joven y que sepas que eso no durará para siempre. Eso es lo que digo.
- Ya te entiendo...El amor no dura para siempre
- ¿Un sueño dura para siempre?
- No...
- ¿Y porqué no? ¿No puede un sueño durar para siempre? Cuando tu sueñas, ¿crees en otra cosa? Si te pillaran en mitad de un sueño, ¿no jurarías que aquello había sido tan real como la luz que te despierta? ¿no dirías "dejadme soñar esto hasta que yo quiera despertar"?


- Ah, Kufisto...Me voy a trabajar.


sábado, 1 de octubre de 2022

A MARTÍN

 - Hola, pequeño.

La criatura, chupando un bibe, me miraba desde el regazo de su madre. Con cuidado alargué la mano para tocarlo. No me atreví con la carita y pasé las yemas de dos dedos por unos tobillos del tamaño de media lenteja. El chico no me quitaba ojo.

- ¿No ve todavía, verdad? -pregunté a la madre.
- No, pero sí oye -respondió sonriendo.
- ¿Desde que nacen?
- Sí. Reconocen las voces. Incluso cuando están dentro del vientre.
- ¿Qué tiempo tiene? ¿Mes y medio?
- ¡Un mes! -dijo ella sonriendo más- ¡Jo, Kufisto, ya no te acuerdas!
- He fallado por poco. ¡Y he estado de vacaciones! ¡Hola, pequeño! Soy Kufisto, el camarero de tu madre. He visto nacer a tus dos hermanitos y ahora te veo a ti. Bueno, nacer no, eso tu padre, pero vamos que enseguida se pasaron por aquí, por el bar...¡Qué guapo eres!

Nos reímos. El chico seguía mirándome aún sin tocarle.

- ¿Como se llama?
- Martín.
- Martín...Bonito nombre. ¡Hola, Martín! Cuando tu seas un chaval yo ya seré un viejo; ¡aunque espero llegar a tiempo de ponerte tu primer cubalibre!

Y su madre y yo nos reímos con ganas.


Hay días...Hay días a los que uno despierta de la noche como un preso. Días nocturnos al primer parpadeo. El ayer subyuga al hoy cobrándose la deuda dejada a cambio por el antes de ayer. En el ayer del día de antes uno sólo está para superar la borrachera a cualquier precio; ese es tu día, poderla. El malo es el siguiente: te vaciaste tanto para sacar de tu cuerpo todo lo malo que también con él expulsaste lo bueno que aún queda en ti. Como en una de esas sesiones de quimio que reciben los enfermos de cáncer; bueno y malo, todo se va de ti. Y ese, Martín, este, es el día vacío, el peor. El día que hay que dejar pasar desde el momento en el que abres los ojos para recuperar la consciencia y la memoria. Porque tú no tienes memoria, pequeño, pero la tendrás; y la memoria (más si va siendo mala) es un mago malo, amigo, un mago negro que se alimenta de tus debilidades hasta hacerte creer que no has hecho nada bueno desde que naciste del vientre de tu madre.


Fue una mañana como tantas otras; una mañana como tantas otras mañanas de sábado. Sólo hubo un cliente extraño; el resto estuvo dentro de todos los sábados que consigo recordar; con alguna ausencia, sí, pero...hemos estado de vacaciones y la gente, los clientes, también se descolocan. Volverán, ya verás. 

A veces, Martín, pasa que todo fluye. Es raro, pero pasa. Como ese tren que toma una amplia curva sobre los raíles sin tú darte cuenta. Es una curva larga (ahí estarán los matemáticos para explicártela) en la que estás dentro y sin embargo no la sientes. El mundo, la Tierra donde has nacido, gira sobre si mismo persiguiendo al sol a una velocidad de espanto. Si lo piensas un poco es una locura. Pero así es, chaval.

Así pasó el mediodía en el bar, como una gran curva que parecía una recta. Una curva amable, una curva abierta.


Y entonces llegaste tú con tu madre, tu padre y unos amigos.


Eran las cuatro de la tarde cuando salí a fumar a la puerta del bar. Tú ya llevabas un buen rato ahí dentro, en los brazos de tu madre o en los de la amiga todavía yerma o en tu carrito de bebé. Poco antes había visto salir del bar a tu madre tras dejarte en los brazos de tu padre que pronto te colocó en tu camita a ruedas.

Vi llegar el coche conducido por tu madre y me fijé en la matrícula. "Veintisiete" Siempre sumo los números de las matrículas, desde que era un chaval que empezaba a dar paseos escuchando a Pink Floyd. Veinte es el mínimo, aunque diecinueve lo dejo pasar.

- Veintisiete -le dije.
- ¿Qué? -respondió tu madre.
- La suma de los números de tu matrícula...Yo tenía veintisiete años en el dos mil...¿Qué llevas ahí?
- El bibe...¡Esta es la ventaja de tener unas tetas pequeñas!


Hola, pequeño.


Me  alegro mucho de verte por aquí.


No recordarás cuanto.