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domingo, 13 de marzo de 2022

COJONES FRITOS

 


Acabé el día dándole fin a la que creo era la última novela de Agatha Christie que me faltaba por leer. El primer capítulo (leído la tarde anterior) había sido realmente bueno: una anciana Miss Marple se valía de una astuta artimaña para desembarazarse de su pesada cuidadora durante un par de horas con el fin de salir un rato y ver la nueva urbanización de Saint Mary Mead. Luego todo seguía por los entretenidos derroteros habituales pero sin esa magia inicial. Quizá Agatha pudo haber hecho lo que Simenon, tenía el talento suficiente para ello, pero cuando se salió de sus márgenes sólo lo hizo por escribir cosas románticas bajo seudónimo. "La mujer es superficie" dijo Nietzsche. Miré en la Red por la novela, su ficha en la Wiki, están todas, también el extenso artículo en inglés, su desaparición durante dos semanas cuando ya famosa fue abandonada por el marido, su inscripción en un hotel bajo el nombre de la amante que había destrozado el matrimonio...todo eso. Intrigado escribí "Agatha Christie young" y busqué en imágenes. En algunas no estaba mal, incluso interesante, tenía una buena nariz, pero la mejor de todas era la de siendo niña: en esos ojos, en esa mirada, en esa boca cerrada, estaba todo lo que vino después.

Apagué el ordenador y me fui a la cama. Estaba reventado. No tardé en dormirme.

Ya ayer lo pensé de mi ancianita, la que a primera hora traen a desayunar al bar, aunque es demasiado mayor. Podría ser Miss Marple con veinte años más. Está fatal de las piernas pero la cabeza le funciona bien. Lee el periódico y tiene su opinión sobre las cosas que pasan, bastante seguidista, por cierto. A veces me echa la mano cuando le dejo el café, el churro y el zumo de naranja y con una sonrisa me dice: "Gracias, compañero, ¡qué hambre tengo!. ¡Cuanto te voy a echar de menos cuando no esté aquí!" Ella a veces cree que pronto se irá a su tierra, a Cantabria, pero eso es algo que sólo pasa con las vacaciones de verano del hijo que la cuida. 

- ¡Adiós, hijo! -me dijo arrastrando el tacatá cuando a eso de las diez volvió el suyo para recogerla.
- ¡Hasta el martes, compañera! -respondí.
- Sí...-dijo parándose- Es una pena que no abras los lunes.
- Pero el martes llega pronto, doña Carmen.
- No creas, Kufistín, no creas...Adiós.

"Días de mucho, vísperas de ná" Así pasó la mañana y aún el mediodía. Tuve tiempo para mirar las moscas y pensar que no nos dan tanto asco como las cucarachas sólo porque tienen alas. Todo lo que vuela es menos malo que todo lo que se arrastra.

Mi amiga llegó a eso de las tres menos cuarto. Hacía una semana larga que no la veía. Y hará tres o cuatro días que se me jodió el teléfono y estoy tirando con uno viejo pero sin wasap ni audiolibros, esto último muy a mi pesar. ¿El viernes? sí, el viernes, el día que se fundió a negro estuve a punto de ir a comprar uno nuevo, pero llovía y lo dejé estar. Y ayer no era día para eso. "¿Quien sabe? -pensé- Quizá me venga bien. No estar tan pendiente de Internet, no escuchar tanto audiolibro, no tener wasap...Como decía el malaventurado Pangloss en Cándido: todo sucede de la mejor manera que puede suceder"

Yo estaba charlando con un amigo, un buen chico que también piensa como la abuela, "hijo de Putin"; perdió a un hermano siendo joven, está soltero, todavía vive son su madre y ve la televisión y sus anuncios.

En fin, que mi amiga llegó y lo primero que hizo fue enseñarme un vídeo de una de sus adorables hijas pequeñas hablando de la guerra en Ucrania y de los niños que los rusos están matando.

- Escucha, Kufisto -me dijo enseñándome el teléfono. Pero no oía una puta mierda.
- Está muy guapa la chica -le dije poco antes de terminar.
- ¿Y lo que dice?
- No he entendido nada
- Gilipollas

Le pasó el teléfono a mi amigo y este lo cogió y se lo llevó a la oreja.

- Muy bien, muy bien...
- ¿Qué? -dijo ella- ¿Qué os parece? Me he apuntado a recoger a un niño refugiado.
- No jodas -dije yo.
- ¿No jodas, qué?
- ¿Con siete hijos te has apuntado a por otro?
- ¡Vaya! ¡Y me lo llevo!
- Joder...

Salimos a fumar. Un coche pasó pitando por el otro lado de la avenida. 

- ¡Eh, ehhh! -gritó ella. Era su "padrino" Pararon. Tres chicos y un bebé venían con ellos.

- ¡Kufisto! -voceó él nada más entrar- ¿Qué tal va eso?
- Bien, coño, bien...
- Aquí estás con mi niña
- Ya

Revolución. Mi a migo se largó a comer las sobras de ayer con su madre.

- ¡Cerveza, Kufisto!

Cerveza. Venga cerveza.

- Kufisto -dijo la niña mayor.
- ¿Qué?
- ¿Sabes como te llama mi abuelo?
- No 
- ¿No te vas a enfadar?
- No
- ¿Seguro?
- Seguro
- ¡Kufisto, el de los cojones fritos!


La gata está arañando la silla desde la que escribo. Le he dejado abierta la puerta de la habitación para que pueda encaramarse a la ventana bajada aunque sólo sea para vislumbrar lo que hay afuera. Por ahí se escapó una vez. Pero se ha cansado pronto. Y viene aquí y araña donde yo estoy sentado. Es un buen sillón, no creáis, lo compré hace unos meses y se nota un montón. Le tengo puesto una especie de trapo por encima, una cosa que podría decirse en una palabra que no sé pero "bien está", como decía una de las viejas de las mejores novelas del gran Simenon. Lo malo es que las ruedecillas se enganchan en la tela sobrante y se pierde movilidad. Pero eso se soluciona dando un empujón. Un buen empujón.


Maúlla la gata. Yo creo que hasta ella sabe quien es el asesino.