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sábado, 28 de mayo de 2022

CUATRO NOCHES BLANCAS

 ¡Y qué no sentiría yo en la solitaria juventud, aquella en la que borracho y vencido acababa sentado sobre el poyo de alguna casa desconocida en la oscura madrugada, quizá acariciando a algún perro callejero que se acercaba, susurrándole casi entre lágrimas mis penas, qué no sentiría yo, repito, la primera vez que leí las "Noches blancas" de Dostoyevski! 

Qué no sentiría yo...

Uno no llega a Dostoyevski por "Noches blancas" como uno no llega a Madrid cogiendo la carretera hacia Liverpool. Se llega a Dostoyevski por "Crimen y castigo", por Raskólnikov; y después de leído por un espíritu joven, por un corazón sensible hasta lo enfermizo, viene todo lo demás, pues difícil es no ir por el resto una vez que se ha leído esa historia. Rodion Romanovich para enemigos y policías; Rodia para el amigo, la madre y la hermana; Raskólnikov para todos aquellos que alguna vez en la vida, algunas veces en la vida, hemos sido presos de un alma tan cismática como la suya.

Recuerdo comprar las Obras Completas en una feria del pueblo. Era la última noche, mi hermano y yo habíamos acabado de trabajar en el bar y en compañía de un amigo nos dirigíamos hacia la diversión, a pilla esto y lo otro, cuando paré un momento en el puesto de libros para echar un vistazo.

- ¡Venga, Kufisto!
- ¡Un momento, joder!

Lo de todos los años. Ya me iba cuando alzando la vista vi en las estanterías cuatro tomos en tapa dura con su nombre en letras doradas. Pregunté el precio. Veinte mil pesetas. Llevaba encima quince mil, les saqué el resto a los otros dos, que se cagaron en mi calavera, y me fui para casa. A leer. A leer a Dostoyevski. El corazón me latía como cuando todavía más joven, casi un niño, pillaba una revista porno en el kiosko de ese tronchao que acabaron cerrando porque también pasaba chocolate.

Puede que aquella misma noche, seguro, leyera "Noches blancas" Cosa rara, recuerdo con toda lucidez mi empeño en leerlas cronológicamente. La primera era "Pobres gentes", que me supo a poco aún cuando fue la que le dio la fama instantánea, tal y como contaba la extensa introducción del gran Rafael Cansinos Assens. Quizá fuera por ese motivo la impresión que me produjo "Noches blancas", mucho peor recibida. Yo era ese tío. Mejor aún, yo me "sentía" como ese tío, pues no en vano (y aún hoy) recordaba aquella magnífica frase de "Crimen y castigo" tras el asesinato de la vieja: "...pues aunque estaba solo no podía sentirse solo" Joder. 

Esta semana ha ido bien. El finde pasado me pasé un tanto de más pero bueno, lo superé y a otra cosa. El bar, la gimnasia, el saco de boxeo, los paseos con mis audiolibros de Nietzsche, Lovecraft y Howard, la alimentación, corto de fumar...bien. Con todo busqué algo más, por cambiar, en Spotyfi y me acordé de Dostoyevski aunque sin mucha esperanza pues, claro está, lo he probado muchas veces y apenas hay nada para esos novelones. Y para escuchar una versión reducida mejor pillo una revista porno y me hago una paja.

"Noches blancas, de Fedor Dostoyevski" 

Era una tía la que hablaba. No me gustan las tías que hablan. No me entendáis mal, me encantan las tías, lo que más me gusta en esta vida es verlas bailar, pero oír su voz en una historia de alguien como Dosto...¡joder! La descargué. Y luego, al salir del bar, me la puse para el paseo.

Y cero coma me faltó para echarme a llorar. ¡Qué voz, qué dicción, qué sentimiento! "Noches blancas" necesita la voz de una mujer. Un hombre no puede leer en voz alta esa novela.


Y mientras esto me decía andaba en pantalón corto entre los hirientes campos de maleza ya casi quemada por el fuerte sol que te llevan a la carretera de los molinos, cruzando las vías del tren, pisando piedras de trenes, no de hombres, jodiéndome los muslos, las pantorrillas, las piernas, el alma, el espíritu.


Y allí arriba los molinos. Los cuatro molinos. Vamos para allá, ¡arriba!, que Dosto se viene abajo, que Nástenka acabará por irse con el otro, que llegará, no lo dudes, llegará.


Y llega. Y se va con él. 


Y Dosto sabe que a pesar de todos sus juramentos jamás la volverá a ver.


Pero hasta el fin de los tiempo se quedó para él con cuatro noches blancas.


Cuatro noches blancas.

sábado, 21 de mayo de 2022

ESCUCHA, HERMANO

 - Escucha, hermano -susurró Kámel acercándose otra vez a la barra- Ya no tengo...
- ¿Chupito? -respondí sin esperar más explicaciones-
- Ja, chupito.

Le puse el cuarto chupito de J/B, más las dos cañas de cerveza que ya llevaba puestas.

- Gracias, hermano. Apúntalo. Está mal la cosa. No tengo pero pago...Todos somos humanos...Gracias, hermano.

No lo apunté en su pequeña cuenta al debe. Ese último iría por el bote que casi siempre deja. Creo que es el cliente que más propina da. Creo no, seguro. El cliente que más propina deja en nuestro en bar es un pobre de iglesia. Literal. ¿Qué bar puede vanagloriarse de algo así? El nuestro.

Cogió el chupito y lo bebió como siempre, de un trago. Pasé a la cocina para fregar los últimos platos mientras él se embadurnaba hasta los antebrazos de gel hidroalcohólico.

- ¡Adiós, hermano! 
- Adiós.

Salí a fumar. Kámel andaba por el segundo paso de cebra con una pequeña bolsa al hombro. Así que hoy no había venido con la bici. A veces pasa, no creo que se la hayan robado. Tal vez la tenga pinchada, o puede que no se fíe con este calor. Una caída, te rompes algo ¿y luego qué? Caminaba errático sin llegar a hacer eses. Alcanzó los bancos de enfrente y por un instante lo vi dudar. Pero la tarde era tan bochornosa que lo pensó mejor y dejó para otro momento el petardo de marihuana. Siguió adelante y de repente hizo un giro extraño, retrocedió y pasó por la calzada, detrás de los coches aparcados. Pronto vi la razón. Una pareja venía de frente y Kámel no quiso cruzarse con ellos. Es un ilegal en tierra extraña, un ex-presidiario de la sección psiquiátrica de Herrera de La Mancha, un hombre alerta que prefiere evitar los problemas. Tiene una navaja, me la enseñó una tarde que nos quedamos solos en el bar. Sólo me habla cuando nos quedamos solos. Entonces me cuenta historias de su vida, de su llegada a España hace once años, de la hija que tiene con una rumana que le amenaza. El resto del tiempo lo pasa callado, sentado en una mesita leyendo el periódico deportivo, ajeno a todo. Ya irá para un año que lo tenemos de cliente. 

Recuerdo verle a la puerta de la iglesia cuando volvía de mis paseos. Un asco indecible se apoderaba de mi mientras le veía abrir solícito la puerta de entrada a las viejas que iban llegando. Yo caminaba escuchando el Zaratustra, venía de los molinos, fuerte como un sol matinal que viene de oscuras montañas, y veía eso y se me ponían los pelos de punta. Un par de veces estuve a punto de irme a él al ver que mantenía mi mirada. Tenía una cara toda arrugada, quemada, casi negra sin serlo, el pelo ensortijado, la boca grande de todos los mentirosos...¡Dios, qué puto odio me daba!

Kámel siguió caminando por la calzada y justo cuando iba a perderle de vista volvió a hacer otro giro extraño al ver que un coche de la Guardia Civil venía por detrás. El coche siguió su marcha hacia el cuartel adyacente y Kámel subió por la misma calle. Y allí lo perdí de vista.

Una pareja cruzaba el paso de cebra mientras apuraba el cigarrillo. Todavía pensando en Kámel casi no me di cuenta cuando se plantaron en la puerta del bar. Me hice a un lado, les saludé y entraron. Creí reconocer a la chica y un poco a él. Pasé adentro.

En el bar no quedaban más que dos busconas medio ajadas, dos de esas en las que sólo puedes pensar con la polla resacosa, que habían llegado media hora antes, cuando todavía estaban allí esos que mueven miles de euros como tú las decenas, una pequeña cuadrilla de nuncafollistas, una extraña pareja y Kámel. 

La verdad es que me alegré de su venida. No me apetecía nada quedarme solo con esas dos. Ya al llevarles la segunda consumición una de ellas, la rubia con el rostro lleno de maquillaje, la amiga de la clienta habitual, me había jijeado. Sí, daba asco verla, pero llevaba un vestido ajustado que le marcaba todo y hoy yo andaba con esa resaca amable, esa resaca tipo zen, que te da el haberte retirado a tiempo la noche anterior. Las jodidas son peores porque entonces estás más salido que los picos de mil puertas y se nota. 

Tan llevadera había sido la dulce resaca que a eso de las dos y media me había servido la primera cerveza, algo que evito desde hace tiempo; pero toda la mañana había pasado tan fácil como una partida de Capablanca y yo me sentía bien, tan despejado como un cielo por el que las nubecillas pasan como con miedo. Sí, afuera el cielo estaba cargadísimo, todo él hecho una nube baja, pesada pero blanca, una especie de olla mal tapada, pero yo me sentí ligero durante toda la mañana, tan ligero como el sueño que había tenido durante la madrugada. 

Las chicas pagaron y se fueron y la pareja pidió otra ronda de lo mismo. Yo conocía a la chica, bueno, a la mujer, pues ya no cumplirá los cuarenta años. Siempre ha sido feúcha, aún hace veinte años, cuando uno de mis hermanos, el follador, todavía estaba aquí, en el bar. El tío era un tío grande, de mi edad, de corta barba sin peluquería, buena gente. Enseguida alabó mi gusto musical, que no era sino una emisora del Spotyfi que había puesto unas horas antes a petición de un amiguete muy cansino por una canción de los Clash. Pronto llegaron los recuerdos de juventud y todo lo demás. Una conversación agradable. A su pasión por los Radiohead saqué a colación a mi hermano Marcos, el follador, y vi como a la chica se le encendía la mirada. Él no hacía más que hablar de bandas de los noventa, de los festivales, de la que se supone también tuvo que ser mi década, pero yo, aún conociéndolas a todas no había oído a ninguna. Sí, claro, conocía sus éxitos, ¡quien no!, pero mis bandas son otras más viejas. Y aquellos años, los años de mi juventud, los pasé de otra manera.

Jamás en la vida pensé, cuando era un adolescente que leía a Dostoyevski en la cocina del viejo bar mientras esperaba la voz de mi padre por una ración de calamares, jamás en la vida pensé, repito, que mi futuro estaría en un bar. No sé lo qué quería, no lo recuerdo, tampoco creo que entonces lo supiera, ya tempranamente fuera de los estudios y todo eso, pero seguro, seguro, no era esto.

Pero ahora, a mis casi cincuenta años, sin un duro en el banco y solo desde hace muchos años, algo que siempre me busqué, miro atrás, miro adelante, miro los coches que pasan por mi camino y los doy por buenos y sigo calle arriba. 


Estoy escribiendo mi vida. ¿No sería eso lo que deseabas cuando leías a Dostoyevski en la cocina del viejo bar?


¿Y qué mejor sitio que un puto bar en el que tu mejor limosnero es uno que pide limosna?










viernes, 20 de mayo de 2022

ACNÉ JUVENIL

 Salí a fumar a la puerta del bar. El viento, el ardiente "solano" tan típico de La Mancha, corría con toda la fuerza de un nuevo amanecer; un poco más tarde, cuando el sol empezara a remontar el cielo, se calmaría. O no. Hay días en los que no deja de soplar, como ayer, y entonces la gente, sobretodo las mujeres, se quejan de dolor de cabeza. 

La chavalería pasaba de camino a los institutos cargados con sus mochilas, ellas en grupo o en parejas y animadas charlas y ellos no tanto, algunos solos, los auriculares puestos, el móvil en la mano, la mirada dubitativa. Me fijé en uno que cruzaba solo el paso de cebra del otro lado de la avenida. Andaba cabizbajo, sin teléfono en la mano. Ya en el que da acceso a nuestro bar vi que tampoco llevaba auriculares. Pasó a mi lado, la mirada fija en el suelo, el semblante serio, tenso, reconcentrado...tenía las mejillas llenas de granos.

Una infinita ternura conmovió todo mi ser mientras le vi alejarse calle abajo. Era guapo, de buena estatura, pelo fuerte, complexión atlética pero...le esperaba otro día en el infierno. Las chicas no quieren besar a quien tiene esas mejillas. Las chicas ven eso con ojos de asco o, en el mejor de los casos, miran hacia otro lado; y los chicos...bueno, te humillarán todo lo que puedan, se vengarán en ti de sus miserias.

La enfermedad visible pasará y después, si todo va bien, no será más que otro borroso archivo de la mente. Eso es fácil decirlo. Todo recuerdo se torna llevadero porque la memoria es la fotografía de un molino de viento. Y si te ha tocado empezar a subir hasta él por el pedregoso sendero de las cabras, fuera del camino asfaltado, no te quedes abajo por ello. Sube, camina, siente el dolor en tus pies, aplasta a las piedras que sólo creen en pezuñas y luego, cuando dolorido, bufando y sudoroso alcances la cima del viejo molino, atado de pies y manos desde hace mucho tiempo cual monstruo de feria, sonríe; sonríele al sol, sonríele al viento, sonríele a la vida, sonríele a las piedras, sonríele a las cabras, sonríele a los granos.


Y entonces, chaval, sentirás como el viejo molino te sonríe sólo a ti. 

sábado, 14 de mayo de 2022

LATELY

La anciana llegó al bar apoyada en el tacatá bajo la cercana supervisión de su hijo que hoy como mañana hacía las veces de la cuidadora habitual. Acomodó a su madre en la mesa de todos los días y le acercó el desayuno. Pagó con el móvil y charlamos un poco acerca del programa de televisión que tenía puesto, uno nuevo, uno de ovnis. Ovnis a las nueve de la mañana. Estábamos bromeando sobre ello cuando la anciana voceó por menos volumen. Siempre lo hace, ya sean ovnis, yanquis buscadores de tesoros o anticuarios ingleses. Obedecí, el médico se marchó y regresé a la cocina.

- ¡Bájalo un poco! -oí otra vez. Salí a la barra, quité el volumen del televisor y puse algo de música suave, Lera Lynn, y ya la vieja no protestó. Tolera mejor la música cuando se queda sola ahí sentada, con las manos juntas como una buena chica, mirando la portada del periódico. 

- Gracias, hijo.

Nunca me ha llamado por mi nombre. Siempre me dice hijo o compañero. A menudo, cuando salgo al salón para atender a alguien, me sonríe y me echa la mano, una mano pequeña, fría y suave surcada por venas azuladas. 

- Cuanto te quiero, hijo. 
- Yo también a usted, compañera.

Al rato llega su hijo, la recoge y se van a casa. Y el día está hecho. El resto del tiempo lo pasa viendo películas, series o, ya menos, leyendo libros. 

- Ahora la tengo con las de 007 -me dijo su hijo esta mañana- Con el volumen quitado, sólo los subtítulos. Tiene una vista...Apenas utiliza las gafas.
- Y el oído ni te cuento.
- Jajaja...

Pero es estar en el bar lo que más le gusta, lo sé. Bajar del piso, salir a la calle, empujar su carrito y desayunar en el bar de su compañero que tan bien le prepara el café con leche.

- ¡Es que está perfecto! -dice casi nerviosa- ¡No sé, en mi casa no sabe igual! Tienes una mano...

Y yo sonrío y recojo la que me tiende.

- Me recuerdas tanto a mi hijo, al que se murió...Se mató con el alcohol, el pobre...Era tan bueno, pero...en fin. ¿Tu has estado en mi tierra, en Cantabria?
- No, compañera.
- Pues es una cosa...-dice con los ojos brillantes de emoción- Aquello es precioso, todo verde, el mar, las montañas...¡Con lo andarina que he sido yo y ya ves ahora! Pero aquí, en La Mancha, ¡no hay nada!, ¡y ese calor! No sé como podéis soportarlo.
- Quizá porque no conocemos Cantabria.
- ¡Ay si la conocieras, hijo...! ¡Vente con nosotros este verano!
- No puedo.
- Tengo una casa grande allí. Y el mar está cerca. Respirar aquel aire...Cuanto lo echo de menos. No me acostumbro a esta tierra.
- Pues ya lleva muchos años aquí.
- Sí, muchos...Demasiados
- Leí una vez una cosa sobre las mujeres cántabras...
- ¿Lees, hijo?
- Sí, compañera. Y a veces hasta escribo.
- ¿Y qué escribes?
- Cuentos. Bueno...cosas que me pasan.
- Yo también escribí cuando era joven. Poemas...Mi hija, la que está en Francia, es escritora ¿Pero qué era eso que ibas a decirme de las cántabras?
- Pues que según los romanos eran unas mujeres duras como ellas solas. Cuando parían eran ellas las que cuidaban del marido.
- Jajaja...Sí, somos gente dura, hijo. La vida es dura...la vida ha sido muy dura. ¿Pero sabes? No me quiero morir. ¡Y mira que ahora estoy hecha una piltrafa! pero no, no quiero morirme. Lo que peor llevo son las piernas. Si pudiera andar...Bien está, qué le vamos a hacer. Pero echo mucho de menos mi tierra.
- La tierra de uno lo es todo...
- Sí que lo es, sí. Más tarde te darás cuenta, hijo.




miércoles, 4 de mayo de 2022

EL ÚLTIMO PEÓN DE BOBBY FISCHER

 Cuando le vi tomar asiento en la barra supe que hoy venía solo. Pidió su primera cerveza y empezamos a charlar. Enseguida, tras la cuestión del tiempo, salió a relucir nuestro común amigo, su compañero habitual en la mesa del fondo. Hace unos días de su cumpleaños y recordé que el lunes me contó un tanto abrumado la festiva semana que le esperaba con dos cumpleaños más del grupo de amigos; uno fue ayer y el otro será mañana. El cliente se extrañó de este último, algo que me inquietó un tanto por si había metido la pata, pero pronto cayó en la cuenta de que era un tema del tiempo, de la lluvia, del sitio donde iba a celebrarse. Y con esto pasamos a charlar de este último celebrante, un hombre adinerado del pueblo, como todos los de la cuadrilla, aunque puede que sea el que más. 

Me habló de la reciente venta de un pisazo en pleno centro de Madrid, del dinero que había sacado y de su voluntad de liquidar casi todas las propiedades o terrenos por efectivo, con el consiguiente embrollo familiar. El hombre, que siempre ha sido de fuerte constitución, lleva un par de años con problemas de salud y parece tenerlo claro. Oí unos cantidades de dinero que me dejaron atónito.

Poco más tarde llegó al bar otro integrante de la cuadrilla, el que ayer cumplió años, y la conversación derivó hacia la reapertura de un conocido restaurante de la localidad que llevaba cerrado por reforma desde primeros de año.

- ¿Como? -dije yo- ¿Que lleva cerrado desde Reyes?
- Sí
- ¡Joder! ¡Pues la primera noticia que tengo! Y mira que paso por ahí.

Creo que fue en ese preciso momento cuando me vino a la cabeza que llevó unos días oyendo un audio-libro de Conan el Bárbaro. 

Con gusto me explicaron el tema, que se resume en pocas palabras: al final ha comprado por jubilación del propietario el cercano local por el que tantos años llevaba detrás uniéndolo todo para crear una especie de trasatlántico hostelero de primera clase. Y eran tales las cantidades de dinero, de trabajadores, de dimensiones de la terraza exterior que casi fue como cuando veo algún documental del Universo. Yo, mi familia, tres generaciones de camareros autónomos, y casi con una mano delante y otra detrás, siempre a dos meses de no poder hacer frente a la hipoteca con el banco, lejos ya, muy lejos de los buenos tiempos del abuelo que ahora resultarían irrisorios, lejos también de los complicados años que tuvo que afrontar mi padre aunque con la inestimable ayuda de la tienda de ropa que abrieran atendida por mi madre y una tía (algo que muchos años después, ya con la tienda cerrada por jubilación y mi padre muy enfermo, me confesó que fue la tienda y no el ruinoso viejo bar la que traía la mayor parte del dinero y los problemas a casa) la que nos hizo pasar una infancia en la que creímos ser mucho más de lo que éramos, al menos yo...Y este tío que salió de la nada, trabajando para el restaurante más famoso del pueblo, que se fue por su cuenta pegando un buen petardazo y luego partió con su socio y montó el propio justo enfrente de aquel donde había empezado hasta convertirlo en el más elegante de la ciudad, el lugar donde la gente de dinero va a comer y a hacer negocios, y no contento con eso levantó un gran pub para que lo llevara su hijo, y ahora, ya mayor y supongo cerca de la jubilación, echa el resto con la confianza puesta en el hijo, volcado en el restaurante desde hace tiempo...

Toda mi vida trabajadora he estado igual. Quizá no tan mal como ahora pero parecido. Siempre he trabajado, nunca he faltado a mi puesto bajo ninguna circunstancia, pero fuera del bar se acaba el bar. Esta gente no. Esta gente le da a la cabeza. Esta gente no piensa en otra cosa. Y por eso ganan.

Nunca olvidaré aquella frase de mi idolatrado Bobby Fischer en una entrevista tras vencer a Petrossian la final de Candidatos en Buenos Aires y ganarse el derecho de luchar por el título mundial frente a Spassky: "Demasiadas veces la gente no hace todo lo que puede, no tiene espíritu entusiasta, el espíritu de vencer. Y una vez que usted lo tiene debe dedicarse a ello por completo. Por eso no pierdo el tiempo por ahí. Mi meta es ganar el campeonato mundial de ajedrez. Y me tomo esto muy en serio"

Salí del bar con Conan en el teléfono. Subí al coche, encendí la chusta y conduje hasta casa pensando que no era raro que Howard se hubiese suicidado a los treinta años.  Cerré la puerta del dormitorio para desesperación de la gata, me eché en la cama y durante una hora dormí a ratos mientras el locutor sudamericano murmuraba otra vez las extraordinarias luchas del Bárbaro por recuperar su trono frente a un mal mago.


No, nunca he sido como el gran Fischer. Ni como Conan. Ni como este del restaurante.


Pero bueno, también fue Fischer quien al final de su vida renegó de toda ella salvo de su última parte.


Aquella en la que, por fin, sintió el verdadero calor humano.


La última carta es paciente, Kufisto.

lunes, 2 de mayo de 2022

Y NO DIRÉ QUE NO MIRÉ ATRÁS CUANDO LLEGUÉ AL LLANO

 El tío que se plantó en la puerta del bar parecía salido de las entrañas de Chernobyl: bajito, escuchimizado, de tez colorada, con cuatro pelos ralos colgando de la pequeña calavera, que eso ya no era ni cabeza, y más feo que un dolor repentino en el brazo izquierdo. Se quedó allí, mirando al interior, como esperando que alguien tocara la trompeta. "Si cree que voy a darle las buenas tardes -pensé- va listo" Eran casi las tres de la tarde y apenas había cuatro clientes en la barra y una pareja en el salón. La festiva mañana no había sido mala pero tampoco nada del otro jueves. "Joder -volví a pensar ante su inexplicable persistencia-, el pueblo lleno de gente y me toca este subnormal para acabar" Un odio instintivo, ese que pocas veces falla, vino a mi acompañado de un asco indecible. Y no es que fuera mal vestido, o borracho, o algo de eso; era él, él. Por entero.

Al final entró y, como no, se puso tras el grifo de cerveza. 

Pidió un botellín, le dije que sólo tenía tercios y aceptó. De cerca era todavía más feo: la boca grande, las orejas colgantes, los ojos grises, hundidos, una nariz casi descarnada y una especie de joroba a sus espaldas. La ropa colgaba de él como la de un espantapájaros en un granja bien. Enseguida empezó a hablar en voz alta, algo que no soporto. Uno que había cerca le haría de oidor durante casi toda la larga media hora que estuvo allí, pues lo que era yo no iba a decirle ni Dios es Cristo. ¿Qué clase de hombre entra así a un bar en el que no lo conocen? Ante mi sorpresa, pues lo tenía por un chaval con los cascos bien herrados, le dio palique a sus desatinos, imposibles de obviar hasta para la pareja del salón, que sonreía. Con todo hubo un momento en el que mi cliente se amohinó un tanto por un comentario mariconil, hasta que se fue. El engendró pidió otro tercio con el primero aún casi entero. "Se ha calentado (a ver, hijoputa, si no has parado de hablar) ¿no tendrás un vaso frío?" Se lo puse y pasé de él. Lo vio claro y salió a la terraza. Luego volvió a entrar, pagó los dos tercios que apenas había bebido y se fue dejándome con un malestar indescriptible.

Media hora más tarde salí del bar poco menos que enfermo. Llegué a casa y me tumbé en la cama. Ese trol me había sorbido la energía. Dijo que tenía cincuenta y cinco años aunque aparentara noventa pero yo creo que tiene diez mil y va arrastrándose por ahí, vertiendo partes de su enfermedad sobre la salud de los otros. 

Eran casi las siete cuando eché a andar. Apenas había dormido, ¡quien podría!, pero tras comer algo y vislumbrar el panorama para lo que quedaba de día decidí que era lo mejor. Algo ligero, breve, una horita.

Uno de los vecinos salía por la rampa de la cochera empujando el patinete de una de sus hijitas. Saludé y creo que no recibí respuesta, pues iba con los auriculares ya puestos, sino una bien cierta mirada hostil. No sé, quizá en una de mis recientes borracheras puse la música demasiado alta y empecé a cantar o algo, no me acuerdo, pero el tartaja del Audi A8 no respondió a mi saludo, no.

Poco después, ya transitando el acceso hacia la periferia del pueblo, vi un perro suelto y una parejita empujando un carrito de bebé. Bebé y perro. Este no parecía peligroso; no era pequeño, tampoco grande, pero paró el trote y se me quedó mirando. Me joden los perros. Seguí caminando y ¡oh, sorpresa! la del carrito era una prima mía, una que parió hará un par de meses. Tuvimos que pararnos a hablar, aunque no por mucho tiempo. Ni se me ocurrió tocar a la criatura; me conformé con preguntar el nombre que le habían puesto y tras decirle otra vez a mi prima que estaba dando un paseo después de haber acabado otra gloriosa jornada en el bar marchó empujando el carrito que contenía al fruto de su potentado y simpatiquísimo marido.

Con estas y Lovecraft iba, ya en la avenida de circunvalación, cuando casi al final de ella alcé la vista, vi los molinos y decidí subirlos una vez más. 

Por el otro lado de la carretera, adelantada, se veía a una mujer con una mochila a la espalda. Tenía el culo muy gordo y no le hice mucho caso, pero cruzó y se encaminó hacia donde yo iba, un camino de tierra justo al lado de algunas naves industriales que es previo a la maleza que viene después. Quizá nos separaran cincuenta metros y ella iba a buen paso, así que no lo más probable es que no hubiese problemas. Pero se paraba, miraba algo en su mano y seguía andando. Y en una de esas, claro, sintió que alguien iba detrás de ella, yo, con la melena al viento y todo lo demás. Y justo cuando llegó al descampado, y tal y como era previsible, se paró mirando lo que ya supuse era un teléfono. Y como será normal, tan solos como estábamos allí, cuando llegué a su altura, me preguntó algo acerca del camino que según su teléfono llevaba a los molinos y sin embargo ella no podía ver. Yo se lo indiqué y seguí adelante, entre la malas hierbas, convencido de no volverla al ver; pero al poco me superó, aunque no tardó en volver a parar, despistada. 

- ¿Y ahora?
- Ahora hay que cruzar la carretera y pasar ese tramo lleno de malas hierbas, el más difícil, y cruzar las vías.

Tendría mi edad. No era guapa, pero no tenía miedo. Siguió adelante después de darme las gracias. Me dijo que era de aquí pero vivía en Valencia desde hacía treinta años; había venido a cuidar a una amiga en el hospital; quería llegar a los molinos sin pisar el asfalto del que tan harta estaba. Por primera vez en mi vida pensé que podría haber culebras bajo nuestros pies. Ella iba con pantalones cortos. Alcanzó el sendero que llevaba a las vías y volvió a pararse cuando la maleza no le dejó ver el camino.

- ¿Y ahora?
- Ahora...Sígueme -respondí quitándome los auriculares.

Volví a pensar en culebras y, cosa rara, en True Detective. Alcanzamos la vía del tren que ella creía estar salvada por un puente.

- No, hay que cruzarlas -dije.
- ¡Como cuando éramos chicos!
- Y poníamos piedras en los raíles.

Rió. Pasamos las vías y después siguió adelante.

Empezó el ascenso. A ella le pesaba el culo y la ventaja se redujo. Hizo algunas fotos. No le dije nada al superarla. Llegué a la concurrida cima por un salvaje atajo y la saludé al encontrármela en el descenso, poco antes de desviarme a la ladera más complicada, la menos transitada, la más consecuente con el extraño viaje, la que muy pocas veces tomo de las tres opciones. Bajé por allí. Mi calzado era el peor de los posibles pero no sentí el dolor de otras veces, de otras penitencias.


Y no diré que no miré atrás cuando llegué al llano.