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jueves, 27 de diciembre de 2018

RELATO DIFERIDO

Mirabas todo aquello como si no entendieras nada de lo que pasaba a tu alrededor


De esta manera, justo ahora hace algo más de dos días, unas cincuenta y una horas, pensé en empezar el relato que tu imagen de la tarde anterior trajo a mi mente mientras caminaba por el parque viejo del pueblo.

El mediodía de Navidad estaba siendo esplendoroso. Toda la niebla de los días previos, la misma que durante todo el día de hoy, semejante a ayer, no ha permitido que viésemos el sol, se había disipado hasta no dejar rastro alguno. En la amplia avenida en la que desemboca el gran parque nuevo se veía un continuo ir y venir de padres con los hijos que ilusionados estrenaban los regalos de Nochebuena: pequeñas bicicletas de llamativos colores con las dos ruedecillas de atrás puestas; patines con todo el equipo completo incluido (rodilleras, coderas y casco); balones de futbito, alguno de mini-basket, raquetas de tenis y de padel que iban a estrenarse en las cercanas y bien acondicionadas pistas multi-deportivas; había incluso quienes conducían patinetes eléctricos con una sonrisa tan grande como la que uno le pinta al sol cuando lo dibuja siendo niño. Todos acompañados de sus padres, algunas mamás empujando el carrito de otro hermanito y los papás vigilantes, orantes más bien, para que nada malo sucediera. También se veían perritos que papá Noel había dejado a alguna niña que se había portado especialmente bien; una pequeña iba hablándole a su recién estrenado juguete mientras sujetaba la correa con una manita y la otra se la daba al padre; el perrillo la miraba de vez en cuando, parándose, como preguntándole con los ojos si estaba haciendo bien eso que ella decía, fuera lo que fuese aquello; entonces la niña reía nerviosa, miraba a su padre que sonreía, y le gritaba excitada que su perrito entendía lo que ella le decía.

Más adelante, ya fuera de allí y decidido a subir los molinos como una especie de acción de gracias por ese mediodía que más parecía primavera en Navidad que otra cosa, sucedió que los perros que se veían en la ya cercana lejanía no eran tan pequeños e iban sin correa de acá para allá ante la pasividad de sus amos, contentos de ir encontrándose con muchos otros como ellos. Y viendo a tantos extraños que iniciaban el peregrinaje en compañía de sus bestias, imaginando a todos la que podría ir encontrándome en el camino y tras un breve examen de mis nervios tras una larga noche, poco sueño, una buen resacón y un par de horas de limpieza de las huellas de la batalla que habían quedado en el bar, dejé la acción de gracias para otro momento menos dudoso. Tomé el camino normal y tras una larga y liberadora meada en el matorral de siempre pensé que la vuelta sería esta vez por esa calle que he descubierto hace poco, una paralela a la habitual pero en la que los gatos parecen ser los señores de la misma.

La primera vez que pasé por allí no tardé mucho en sorprenderme ante su actitud: permanecían tranquilos ante mi paso, sin soliviantarse. Algunos yacían tomando el sol sobre los capós y los techos de los coches, cosa que me hizo una gracia infinita; otros estaban en posición de esfinge sobre las aceras; algunos quedaban arrullados plácidamente sobre las raíces de los árboles; y todo ese raro silencio entre tanto gato feliz de estar bajo el sol me recordó a ti.

Llegaste al bar dentro de un grupito que comandaba alguien que sólo viene aquí por estas fechas, alguien no demasiado agradable de ver para mi. Una chica de boca cubista parecía ser su nueva pareja, cosa nada sorprendente; había también un tío mayor con aspecto de no querer estar allí y luego estabas tú. Enseguida me fijé en ti. Siempre me gustaron las mujeres con la piel ajustada y sin más colores que los que da la sangre.

Primero fueron los cafés y pronto, ya en el tumulto de esa tradicional tarde berlanguiana, se pasaron a las más que previsibles copas que el conocido empezó a trasegar con fruición aún con la nueva nota de "cortas", cosa que tampoco me sorprendió mucho pues es algo que ya vamos haciendo todos aunque al final acabemos como siempre. Tú no pediste nada más hasta que poco menos te obligaron a beber algo. Y fue entonces, una vez que yo andaba aclarando vasos, cuando miré como echabas un lento traguito, como hacen quienes no le gusta lo que están bebiendo, y sentí que justo en ese momento ibas a mirarme. Y me miraste con esa mirada reconocible y nunca olvidada, de felina salvaje. Y estuviste así un par de segundos, sin dejar de despegar tus labios de ese vaso que tan poco te estaba gustando lo que contenía.

En toda la tarde te oí hablar. Sólo estabas ahí de pie, viendo como se abrazaban los demás, oyendo sus gritos, sus risas, su creciente histeria, el nerviosismo general, la sensación de rapidez, de velocidad, de desenfreno que acompaña a todo lo vulgar y agotado en sí mismo mucho antes de llegar a haberlo sido en alguna ocasión...

Más tarde te irías en algún momento.

Y esa noche no, pero la siguiente soñé con aquella otra mujer que conociera exactamente igual que te conocí a ti.


Después pasamos doce años juntos que empezaron calentando los verdes bancos de las calles en Navidad y terminaron en el sopor de mi jaula hipotecada con calefacción de Gas Natural.


A ti no te volveré a ver.


O mucho me equivoco.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

ANTONIO

Lo conocí una mañana que vino al bar. Era un hombretón ya mayor (al menos tan viejo como todavía lo era mi padre), de ojos claros y una mirada limpia, decidida, que causaba confianza en quien la reconociera por haberla visto en otros. Pidió una cerveza y se la serví con la sensación de que él sí me conocía a mi. Tenía la voz grave, profunda, de fumador precoz de hojas de patatera. Una cabeza romana, imponente, conservaba casi todo el cabello, también de aspecto fuerte; la tez roja denotaba la enorme vitalidad de la sangre que circulaba por sus venas; y una boca grande, de labios carnosos y buena dentadura, dibujaba en él un rictus de perpetua sonrisa aún sin sonreír, cosa que les pasa a quienes han reído mucho.

- Gracias -dijo cuando le puse la cerveza
- De nada
- Una cerveza bien tirada
- Muy amable -respondí como quien lo ha oído decir un millón de veces
- ¿Tú no me conoces, verdad? -dijo sonriendo tranquilizador
- Pues no, la verdad -respondí mirándole a los ojos- No le recuerdo ahora mismo...-dije respondiendo un tanto avergonzado
- Yo soy amigo de tu padre -contestó con seguridad, con una mirada tan penetrante que no dejaba lugar a la duda: no había más que verlo decir eso para saber que era amigo de mi padre. Se presentó y seguí sin reconocerle- ¿Qué tal está? ¿Viene por aquí? Tengo muchas ganas de verlo.

Entonces fue cuando le dije que había caído enfermo, sin ocultarle la gravedad, y que en esos días estaba pasándolo un poco mal por el tratamiento. Vi como le cambiaba la cara conforme se lo decía y él tuvo la delicadeza de no preguntar nada más. Poco después se fue no sin decirme antes que por favor le diera recuerdos de su parte y los mejores deseos para su mejoría. Así lo hice aquella misma tarde cuando fui a verlo a casa mientras veíamos una vieja película de vaqueros. Él sonrío en su sillón, dijo su nombre como quien se acuerda de algo agradable y añadió que era un buen tío, sólo eso. Después volvimos a callar y continuamos viendo a los vaqueros matando indios de la misma manera en la que lo hacían cuando todo estaba claro y no había lugar para la duda.

Aquellos niños que lo fueron en los años cincuenta del pasado siglo iban a la escuela a aprender las cuatro reglas y poco más. Algunos, las excepciones, eran buenos estudiantes y conseguían beca para entrar en la Universidad, pero la inmensa mayoría lo dejaba mucho antes para ponerse a trabajar. Todavía niños, andaban de acá para allá rodeados de mayores mientras aprendían un oficio. Entremedias se iniciaban en las cosas de estos y poco a poco iban haciéndose hombres. La religión, también ya fuera del colegio público, seguía siendo un coñazo reservado a mujeres y maricas pero no tenían ninguna necesidad de ir quemando iglesias: ya no tenían la obligación de ir, ni de confesar sus pecados a ningún extraño sospechoso, y eso no dejaba de ser otra liberación. Todo era trabajar, salir con los amigos, flirtear con las chicas decentes y, con el tiempo, irse de putas a un pueblo vecino para desvirgarse, cansados ya de las pajas que, casi por misericordia y un par de perras chicas, les hacían algunas señoras putas del pueblo en el que nacieron. Un poco más tarde conocían alguna buena muchacha, se hacían novios formales sin derecho a roce, llegaba el servicio militar, las cartas de amor y al regreso ya había que ponerse a trabajar en serio mientras se intentaba dilatar un poco más la alegre vida del soltero. Aunque muchos no regresaban tras conocer la vida de una gran ciudad. Y la mayoría de quienes volvieron, teniendo Madrid a tiro de piedra razonable, decidieron buscar fortuna en la capital del Reino. Mi padre no pero su amigo sí. Y por eso no lo conocía. Yo siempre trabajé con mi padre y nunca vi a su amigo por el viejo bar.

La mayor parte de la familia de mi padre acabó en Madrid. Él tenía su bar, el buen bar de su padre, y no vio ninguna necesidad de irse a buscar suerte a ningún otro lugar. En cuanto mi abuelo vio que, por fin, lo de su hijo con mi madre iba en serio se retiró del bar alegando su enfermedad y no volvió a aparecer allí. Tres años más tarde mis padres se casaron y vivieron los años más felices de sus vidas haciendo hijos mientras sacaban adelante sus negocios. Al tercero, dicho por mi padre, el suyo ya empezó a mirarle mal. Él había tenido dos (con un aborto natural, el primero) y más de eso era exageración para un hombre tan austero como lo fue él. Cuando algunos años después, ya tras la casi consecutiva triada, mi padre le dijo que venía el cuarto tuvo una seria discusión. Y apenas un par de años tras esto llegó la anunciación del quinto y, directamente, le dijo que si estaba loco. Yo supongo que mi padre se reía con esto; era un hombre de buen humor y gran confianza y seguridad en sí mismo. Al final se había casado como tanto le insistían y qué otra cosa había que hacer sino hijos: cuantos más mejor. A él le encantaba ser padre, tenernos sobre su panza y besarnos con aquel bigote tan suyo cuando llegaba a casa de trabajar e iba a echarse la siesta después de comer: "teneros ahí, veros sonreír, acariciar vuestra piel, tan fina como si fuera de seda, cuando eráis bebés...eso es lo más grande que puede pasarle a un hombre, lo mejor que me ha pasado en la vida" me dijo alguna de aquellas últimas tardes que pasamos juntos.

Y en el quinto hijo paró porque mi todavía joven madre estuvo a punto de morirse desangrada y el médico le dijo que no tuviera más.

Un par de meses después (quizá cinco, no lo sé, el paso del tiempo es una cosa que cada día se difumina más) su viejo amigo Antonio de visita en el pueblo volvió al bar. Esta vez, y ya sobre aviso, lo primero que hizo fue preguntarme por la salud de mi padre. Yo no me escondí, le dije que estaba peor, y pude ver como le subía el dolor al rostro. Se desencajó todo lo grande que es y cuando se rehízo sin que nadie más que yo lo notara pidió una cerveza y un pincho de tortilla que comió con voracidad, como si otra vez tuviera quince años, como si haciéndolo así todo volviera a ser como fue, como si deseara atragantarse hasta quedarse sin sentido, algo casi que vetado para una constitución como la suya.

- Kufisto -me dijo muy emocionado una vez que hubo acabado-, por favor, te voy a dar mi número de teléfono para que se lo des a tu padre y me llame cuando quiera.

Hasta en eso tuvo la delicadeza de no pedirme el de mi padre. Pensó que en esas circunstancias lo mejor era que lo llamara él. Y así debe ser y así no se hizo.

Lo recuerdo perfectamente. Hay cosas que uno recuerda perfectamente y cosas que no.

Aquel día era jueves y no ningún otro. Llegué a casa de mis padres después de pasear tras salir del trabajo. Mi madre abrió la puerta con aquella cara, con esa cara de Pandora ante el señor de las mil llaves. Mi padre estaba meando con sangre otra vez, como en su penúltimo ingreso. Subí arriba y lo vi sentado en su sillón, asustado. Yo me senté en el sofá de al lado y mi madre en el otro, el que está junto a las ventanas. En la tele estaba la de vaqueros y hablamos bajito. Mi padre tenía los ojos brillantes. Mi madre, medio en penumbra, mantenía la cara como podía sin dejar de decirme lo que había ante el cabreo de mi padre.

- No es tanto -decía él- Es sólo que sale un poco manchada, como con color...
- Es sangre -decía ella- Bebe agua a ve si haces pis, que lo vea el chico.

Y mi padre, obediente al fin, cogía la botella y echaba unos sorbitos.

- Bebe más -decía ella con suavidad

Y entonces mi padre se cabreaba y echaba un buen trago.

"Parece que me estoy meando" dijo un rato después entre silencios y tiros. Mi madre se levantó, ayudó a hacer lo mismo a su marido y, poco a poco, llegaron hasta el water mientras yo permanecía clavado en el sofá.

- Ven, Kufisto -dijo mi madre un ratito después- Mira

Miré la meada de mi padre. Miré la meada del hombre que me acariciaba sobre su panza cuando volvía de trabajar. Miré la meada del hombre que me dijo como atarme los cordones de las zapatillas. Miré la meada del hombre que me enseñó a tirar una cerveza. Y había sangre.

- Hay sangre, papa. Poca, pero hay -le dije para tranquilizarnos.

Ya en el salón decidimos esperar ante su reticencia de ir a Urgencias y la llamada que le hicimos al médico amigo de la familia. Era una cosa más o menos normal por el tratamiento y si no resultaba escandaloso no había necesidad de más.

Era el tratamiento, que era así.

Aquella noche me fui al piso pensando que mi padre de verdad se estaba muriendo.

Llegó el domingo. Mi madre había ido a ver la suya y estábamos solos.Vimos una de Berlanga y nos meamos vivos, casi hasta el paroxismo. Estaba acabando cuando mi madre regresó en compañía de mis tíos y todo se torció. Los muy idiotas encendieron las luces y no hacían más que hablar de que había que ir a Urgencias, que cada vez había más sangre en el meado de mi padre y que había que hacer algo, que no había otra opción, que por narices aquella noche, inmediatamente, había que ir a que lo miraran. Nosotros no hacíamos más que reír hasta las lágrimas viendo a Sazatornil con Torrebruno en aquella puta cárcel.

- ¡Callaros, coño! -dijo mi padre

Se callaron y vimos los diez últimos minutos de la película de otra manera. Y después nos fuimos al hospital.

Mi padre murió doce días más tarde, al amanecer de un sábado de primeros de marzo.


Algún tiempo después Antonio reapareció por el bar. Ya con el miedo en la mirada (¡qué mal le sienta!) preguntó por mi padre. Le dije que había muerto hacía algunos meses y que si no lo llamó fue porque ese mismo día en el que me dio su teléfono se puso malo y hubo que ingresarlo. Unas cuantas lágrimas se hicieron paso como pudieron entre sus ojos y se fue sin pedir nada, balbuceando que él quería mucho a mi padre.


Ayer (¿o puede que fuera el viernes pasado?) salí a fumar un pito a la puerta del bar. Estaba ahí, fumando solo, mirando los árboles de la mediana, cuando un carrillo mecánico de esos que transportan a un ser humano paró en la entrada.

- ¿Me ayudas? -dijo el que iba encima

Y reconocí a Antonio.

Calcé la puerta y le ayudé a subir la rampa sin saber muy bien como hacerlo. Era una de esas sillas electrónicas que se mueven controladamente con un sólo dedo mientras no haya un centímetro de desnivel en el acceso, como es el caso de mi bar. Puedes salvarlo con su potencia, claro, pero ahora en invierno, con las puertas cerradas, te arriesgas a estrellarte contra ellas. Dio la suerte que yo estaba allí fuera y no hizo falta más.

Lo pasé. Adentro había unos cuantos clientes que enseguida le hicieron sitio. Él se acomodó como mejor pudo y pidió un café que dejé en el borde de la barra para que pudiera cogerlo. Antes que pudiera decir nada llegó más gente y tuve que olvidarme de él hasta que alguien le ayudó a salir del bar.

Hoy ha venido otra vez. En esta ocasión yo no estaba fumando en la puerta. Él le ha dado el alto a alguien que pasaba por la calle y al final nos hemos apañado para entrarle al bar. Se ha quedado en la barra y ha pedido una cerveza y dos coreanos.

- ¿No quieres tortilla?
- No porque te voy a pedir un pincho.

Le he puesto un buen pedazo mientras lo veía levantarse de su silla para sentarse en un taburete.

- ¿Qué te pasa? -he preguntado la pregunta del otro día que no pude hacerle
- Nada, algo neuro-degenerativo
- Ah...

Y ha entrado más gente y las he atendido.


- Oye, Kufisto -ha dicho mientras pagaba- ¿tú sabes algo de Pepito?
- ¿De Pepito? ¿de vuestro amigo?
- Sí
- Pues sé que está en Madrid...o al menos lo estaba...Llamó a mi madre para darle el pésame por la muerte de mi padre...
- ¿Está vivo todavía, no?
- Sí...me hubiera enterado...
- Ya sólo quedamos nosotros dos de los cinco que éramos
- Ya...


- Yo me muero este año que viene, Kufisto.


Y luego vino todavía más gente, y les dieron por culo y esta vez fui yo quien sacó del bar a Antonio, el amigo de mi padre que va a morirse el año que viene.


Entré y todo el mundo quería tostadas con tomate.


Cogí el rallador y rallé tomates como si mi viejo todavía estuviera viendo viejas películas de vaqueros en su sillón.




martes, 11 de diciembre de 2018

SLIDE

Yo estaba mirando las cosas pasar por el cristal y tú llegaste adonde estaba mirando y te bajaste de la bici mientras me mirabas como si me hubieras visto en algún otro lugar que no fuera ese bar. Yo no dejé de mirarte y por un par de segundos que ahora, diez horas más tarde, sigo recordando para no olvidarlos te miré como si en tus ojos hubiese algo que perdí hace mucho tiempo o que, quizá, jamás haya encontrado. Tu melena pelirroja, rizada, destacaba aún más sobre tu blanco rostro; tu boca pequeña, entreabierta, dejaba ver dos filas bien ordenadas de dientes perfectos; tu fina nariz dividía tu rostro en dos mitades que eran el mismo visto dos veces; y tus ojos, creo que negros, me miraron mientras frenabas del todo junto a mi pared.

Fui a la barra esperando que entraras y pasaste como esas otras dos veces que lo hiciste sin que te viera llegar. Estábamos solos y me pediste un café igual que si estuvieras aparcando tu bicicleta. Te miré mientras lo hacías y sólo supe repetir lo que acababas de decir. Dijiste que sí y fui a hacértelo sin dejar de mirar como mi café caía en tu taza. Ry Cooder estaba rasgando su guitarra hasta un momento antes de llegar tú. Me ocupé de que la taza estuviera en el platillo correcto, ese en el que no tiene escapatoria por torpe que sea quien lo lleve, y y te la llevé. Sin mirarte esta vez te dije que ahí lo tenías. Ya no recuerdo si respondiste algo, sólo que fui a mi extremo de la barra y volví a sacar el teléfono del bolsillo de atrás del pantalón. Y miré algo sin dejar por un instante de saber que tú estabas allí, en el otro rincón, igual que las otras dos veces.

Hablaste. Querías un mechero y te dije que no tenía pero que podía dejarte el mío. Dijiste que sí, me acerqué y te lo di en la mano. Saliste a la calle sólo con la taza de café, ya sin el platillo. Y sólo ahora, diez horas más tarde, pienso que pude haber salido contigo a fumar uno de mis medios pitos que siempre tengo apagados en la cocina. Todo lo que atiné a elucubrar, todo lo que vino a mi cabeza en esos momentos, fue que iba a darte el mechero.

Un par de minutos más tarde volvías a estar dentro. Soltaste el mechero sobre la barra preguntando qué me debías. Te dije el precio y que te quedaras el mechero. Y tú pagaste respondiendo que no, que sólo era ese cigarrillo que te quedaba del sábado anterior y que el tabaco era algo que lo habías dejado en febrero. Yo, ya igual de lejos que antes de ti y viendo que te ibas, no se me ocurrió otra cosa; te dije que no fueras tonta y no jugaras con eso, que así volví yo y que es una tontería, y tú dijiste algo igual de circunstancial y te fuiste.

No salí enseguida de la barra. Esperé.


Cuando regresé al ventanal ya no estabas fuera. Me senté en el mismo taburete y miré hacia el mismo punto que estaba mirando hasta tu llegada. Vi gente pasar, coches subir y bajar y gorriones picar algo invisible para mi en el alquitrán durante los breves intervalos en los que ninguna vibración les ordena remontar el vuelo. Y viendo esto contigo y nada más que contigo tras los ojos pensé que nunca he visto un gorrión atropellado.



miércoles, 5 de diciembre de 2018

BLACK LABEL

Veinte grados.

Cinco de diciembre y veinte grados. Hice una captura de pantalla con el móvil y pensé en enviársela a alguien casi que descartando la idea al segundo siguiente. ¿A quien podría interesarle aquello? Quiero decir, ¿quien de mis contactos estaría dispuesto siquiera a dudar que tal cosa, semejante aborto, estuviese ocasionado por esas extrañas estelas que dejan los aviones en el cielo? Ni yo me atrevo a comentarlo. Bastante rara es ya mi situación como para encima ponerles más dioptrías a sus miradas. Recordé a Gustavo, el esquizo, aquel chico del que escribí en una ocasión. Él a veces, cuando por alguna razón deja de medicarse, cree en cosas a las que yo no puedo darle ningún crédito; supongo que nuestra situación en tales momentos es parecida a la que sería con los otros si yo les dijera lo que de verdad creo de todo esto. Pero callo. Gustavo también calla cuando está bien drogado. De hecho no dice nada, pasando por el bar como un espectro que todos ven e intentan ignorar. Yo le pongo su café y también callo si todavía está cercana su última crisis. Luego, poco a poco, si estamos solos, hablamos de cosas como esas extrañas nubes en el cielo o de otras parecidas. Pero entonces no hay lugar para curas contra el cáncer que alguien le impide hacer públicas, muertos que andan y hablan y extraños seres benévolos de lejanas galaxias. Cuando empieza así ya sé que está sin drogar y que lo mejor es dejarle soltar a borbotones todo lo que lleva dentro con la esperanza de su pronta marcha. Tal estado le dura algunos días. Luego desaparece durante un par de semanas y cuando vuelve ya es el mismo Gustavo de siempre, ese espectro silencioso que todos ven y casi todos pretenden ignorar.

Tampoco a él le mandé mi captura. Quizá fuera porque empecé a oír el crujido de hojas secas bajo mis pies, pulverizadas a cada paso que daba, deshechas cuando todavía deberían estar enmohecidas, muertas pero enteras, cadáveres aún bien conservados. Pero no, no era así; su ciclo de muerte y resurrección estaba acelerándose a pasos tan agigantados que pareciera como si quien estuviera a la vuelta de la esquina fuera la primavera y no el invierno.

Mi caminar fue haciéndose cada vez más pesado. El mortal aburrimiento de ocho horas más en el bar me había dejado tan exhausto de no hacer nada que a punto estuve de no salir a pasear. Esto, que antes nunca me pasaba, ahora sucede cada vez con más frecuencia. Antes no hacía falta ni animarse a salir con la seguridad de que un rato afuera sería suficiente para disipar cualquier nube, incluso de recibir algunos rayos de sol en forma de ideas para la cabeza. Cualquier cosa, hasta la más nimia, valía para que aquella enseguida empezara a carburar imaginando historias reales o imaginarias que contar. Caminaba por ahí con la idea encima y ya no veía nada más, llevara la música que llevara puesta o sin ella. Era divertido, excitante, prometedor. Llegaba a casa y me faltaban dedos para escribir lo que había llevado dentro. Pero con todo y eso algo quedaba.

Hoy desperté con un mosquito merodeando alrededor de la cabeza. El otro día alguien me dijo que los que quedan ya no pican y es verdad. Están como esas moscas que todavía hay por el bar, las últimas del año, las más tardías de todas ellas, aquellas que nacen a la vida tan tarde que no saben ni lo que hacer; ni molestar pueden. Las veo caminando sobre la barra y es como si buscaran que las mataran, que las liberen de su absurdo proceder. A veces extiendo un dedo en su trayectoria y veo como se suben a él y se quedan quietas, nada más. Luego, viendo que nada pasa, siguen su errático via crucis y al llegar al borde echan un vuelo tan pobre que dan hasta ganas de adoptarlas. Tal vez llegue el día en que hasta las moscas tontas puedan ser adoptadas. Harán a alguien tan feliz como ahora pueda hacerlo un gato.

(Mi gata esterilizada maúlla mientras escribo esto buscando alguna ventana abierta que dé a algún sitio. Tengo bajadas lo suficiente las problemáticas)

Veinte grados, cinco de diciembre, una captura del tiempo y unas hojas muertas que creen estar a punto de volver a la vida...

Alcé la vista y vi los molinos, que me recordaron las Pirámides. O puede que algo me recordara las Pirámides y después mirara los lejanos molinos. El lunes subí a ellos por un camino no andado antes. Lo vi de sopetón como tantas otras veces pero en esta, sin pensarlo, lo tomé por ver como era. Se me hizo un tanto más duro que el habitual y al llegar arriba, al más distante del que suelo ir, no me conformé con ello y bajé por detrás, por otro que sí conocía aunque mucho menos que el habitual. El descenso por allí es mucho más duro y peligroso. Por mucho que vayas mirando las piedras no dejan de devolverte tu pisada en forma de incómoda respuesta. Un mal paso y no adiós mundo cruel pero sí hola esguince de tobillo. Y hay una cierta distancia hasta el pueblo y las tardes son cada vez más cortas.

Llegué abajo y también entonces decidí subir el cerro aledaño por distinto camino del normal. Estaba a punto de iniciar el cómodo ascenso cuando vi que a mi izquierda se extendía un terreno baldío que llevaba al mismo sitio. Tampoco lo pensé esta vez y ahí me metí, aunque pronto me di cuenta de que iba a costarme mucho más: las pisadas hollaban la tierra y la maleza provocaba que fuera haciendo eses, cosa esta bastante habitual en mi vida. Una vez dejado atrás este terreno (que parecía mucho más corto al principio de lo que luego se me hizo) alcancé la ascensión propiamente dicha, también fuera de cualquier camino; y aunque fue corta estaba tan llena de naturaleza odiosa, de esa en la que nadie repara hasta que se le encuentra, que al llegar arriba lo hice con las piernas tan cargadas como el camión grande de la Mahou en ferias. Tuve que parar un momento para recuperar el resuello. Después, ya con la aventura terminada, tomé el camino de siempre, pillé un par de viejos libros famosos en la biblioteca, llegué a casa, empecé uno que dejé a las veinte páginas y leí de otro que hoy esperaba terminar como quien termina sus ocho horas en el bar.

De chico me gustaban un par de cosas. Bueno, tres: el Universo, las Pirámides, y las banderas de los países. El Universo era tan grande que yo lo leía con la boca abierta, en el caso de que esto sea cierto, pero vamos, es una forma de hablar. Todavía hoy lo miro en la pantalla de vez en cuando, aunque con la boca bien cerrada. Las banderas de los países eran tan coloridas, estaban tan bien ordenadas, que podía pasarme horas mirándolas y copiándolas, con especial predilección por la del Brasil. Y las Pirámides eran tan grandes y tenían guardados tantos misterios que creo ya entonces decidí que algún día las vería. Y las tocaría.

Tengo una tía viajera, una solterona como yo pero que conoce los cinco continentes del globo más o menos como yo conozco los cinco rincones de mi provincia. Con ella fui a Madrid a ver a Bob Dylan hace cuatro años y desde entonces he hablado poco con ella. Agarré tal mierda y supongo monté tal show que se le quitaron las ganas de mantener el ya leve contacto que manteníamos en aquellos días. Pero recuerdo que una vez le pregunté por el sitio más impactante que había visitado y me dijo que ese era las Pirámides. Ya no eran ensoñaciones mías, eran hechos: una tía que había visto un montón de cosas decía que lo mejor era lo que yo siempre había soñado que era lo mejor.

Fuera por ir sin escuchar a Led Zeppelin o a Boris Brejcha, fuera por caminar haciendo polvo hojas que deberían hacerme resbalar, fuera por el aburrimiento mortal del paseo a veinte grados un cinco de diciembre tras ocho horas en el bar capaces de volver monje budista al Tyson de veinte años, fuera por no ser capaz de escribir una buena historia desde hace más tiempo del que puedo recordar, fuera por lo que fuera, provocó que mi cerebro, inconscientemente, buscara algo con lo que animarme. Y vi mis molinos, imaginé las Pirámides y pensé que no había tanta diferencia. No son tres pero más o menos están a las mismas distancias unos de otros. Quizá, si alguien mira bien, estén invocando a algunas estrellas del cielo. El Universo es tan grande que parece tener estrellas para todo. Son tantas que muchas de las que vemos están muertas desde hace más tiempo del que ellas vivieron. Este va a una marcha y el espacio a otra. La existencia es como estar esperando largo tiempo un concierto de Bob Dylan y estar para el big crunch en la tercera canción.


En otro tiempo no hubiera dudado ni cero coma en subir los molinos como un desafío en un atardecer como el de hoy: "¿dices que las Pirámides están muy lejos? ¡Ahí tienes tus molinos! ¡Súbelos aunque se te haga de noche, haga frío o nieve, ya sean ocho o dieciséis las horas de hastío, veinte grados arriba o abajo del cero! ¡tú eres un quijote, el último quijote, el único de tu gente que lo has conocido, el que has reído y has llorado con él, el que crees en él, el que piensas como él, el que si no tiene lo que quiere se lo inventa, el que pisa hojas muertas y se compadece de ellas, el que encuentra piedras traicioneras y no las evita, el que da conversación al pobre rico incómodo y asustado por la vejez que ya le llega mientras espera en el bar a otros más jóvenes que él para ir a comer y después a follar putas con la ayuda de Viagra, el que le pone un café con leche y una porra al desgraciao que ha pasado la, esta sí, fría noche en la puta calle de diciembre, el que hace porque Gustavo, ese buen chico, ese chaval que puede que su problema sea que vea más que todos vosotros juntos, vuelva una y otra vez a tu vez a tu bar, a estar contigo, a sentirse todavía partícipe de toda esta gran mágica pirámide pedregosa en la que todos estamos metidos, el que recoge un gato callejero (borracho, sí) y lo lleva a la veterinaria, y después a su casa, y lo cuida y hace por él, el que tras subir mil veces los molinos, plantando por tres veces las manos sobre ellos en forma de saludo y mirando por un momento a al infinito horizonte manchego, ha dado gracias a Dios por permitirle vivir ese instante de paz, de consuelo, de comprensión, de gracia, tú, hombre, que reconoces los errores cometidos cuando todavía no lo eras y los aceptas sin protestar en los que vas encontrando, tú, soberbio y envanecido, lleno de jactancia sin posibilidad de error, que por fuerza (como si no) te ves sumergido en las aguas de los otros y ves y miras y compruebas que tarde o temprano los jeroglíficos nos alcanzan a todos, que sin ser tus deseos sus certezas ninguno es tan diferente, que dos por dos siempre serán cuatro multipliques lo que multipliques, que tus ayeres son tus ahora y que tus mañanas serán el mismo chiste que al final fue todo lo demás, que lo que vendrá te hará comprender lo incomprensible, que el único límite que existe está en el miedo, en tu miedo, en el que le tengas a los límites, a los veinte grados en diciembre, a una mala mañana en el bar, a mil malas mañanas en el bar que te consumen el alma y el espíritu...Te conozco, Kufisto. Te conozco mucho más que tú a mi...Tú, tú, Kufisto, eres tan quijote como lo fui yo!"


Me sobraron dos esquinas para volver a casa. Derrotado me topé con una vieja que hacía ganchillo en una esquina que otrora fuera célebre en el pueblo. Un gato estaba muy quieto a un par de metros de ella.


- Qué gordo está  -le dije
- No, es que tiene mucho pelo para el invierno 
- Ya, a la mía le pasa lo mismo.
- ¡Ay, hijo mío, tú eres el hijo de Kufisto...! Ahora que te veo bien te conozco
- Sí, yo soy
- ¿Y tu padre? ¿como está?
- Murió hace año y medio.
- ¡Ay Dios, con lo bueno que era!


Y poco después llegué llegué a casa y abrí la botella de Black Label.

sábado, 1 de diciembre de 2018

SUDORES

La hora del aperitivo se había alargado un poco más. Eran las tres y media de la tarde y los del jamón todavía estaban por el salón. Le dije a mi hermano pequeño que dejara ya de lavar platos, que se fuera, que me dejara a mi el resto y que poco a poco lo iría haciendo. El chaval había venido un par de horas antes para dejar las tapas y viendo el panorama se quedó conmigo sin necesidad de decirle nada. Cosas de hermanos. Las cinco de la tarde (su hora de entrada oficial sin contar la que al mediodía pasa en la cocina de nuestra madre preparando el tapeo) estaban echándose encima y luego, a eso de las ocho o así, cuando llegue otro hermano, se irá para volver a las doce con la marabunta de copas que conlleva una noche de sábado. Y es que después de todo los camareros también tenemos estómago.

- Venga, vete ya -le dije pensando más en mi que en él. No me gusta esperar en mi hora de salida. Y menos aún las tardes de los sábados con sus primeras copas.
- Vale, Kufisto. Acabo de limpiar estos y me voy

Hubo suerte y los del jamón empezaron a marcharse tras pagar a escote antes de que mi hermano acabara con aquel último pilón. Nuestra tía pasó adentro para agradecernos el esfuerzo hecho para con el jamón rifado en la reciente boda de su hija a la que asistimos casi en pleno y de la que nos marchamos en cuanto pudimos para volver a abrir el bar la noche de aquel sábado. Preguntó si había sobrado, mi hermano le dijo que sí, le entregó una bolsa con seis o siete bandejas del jamón que algún carnicero les había fileteado y envasado al vacío y después de preguntar por el queso que venía de regalo y decirle que de ese no había sobrado nada nos dio un par de besos a cada uno y una bandeja del jamón sobrante.

Y mientras yo recogía a toda velocidad el salón mi hermano acabó por pulirse todos los platos que quedaban.

Eran las cuatro y cuarto cuando dimos fin a la tarea casi al mismo tiempo.

- Quédate la mitad -dijo Álvaro
- No, quédatela tú

Él terqueo como es su generosa costumbre y yo volví a decirle que no. Al final se fue y tras comerme un plátano, unas nueces y una manzana fui al baño para lavarme las manos, la cara y mirarme al espejo.

Sí, yo también veo que tengo un lado de la cara más favorecido que el otro. No sabría decir por qué pero veo mejor el lado izquierdo que el derecho. Bueno, a Julio Iglesias le pasa algo parecido y le quiere todo el mundo. Quizá sean mis ojos los que no le gustan a la gente; mi abuela decía que los tenía del color de la miel. Y que mis manos eran de pianista.

Ya en la barra, con todo controlado y poco más que tres clientes amigos en uno de sus extremos, en el mío, decidí echarme una copa para pasar el rato que quedaba en conversación con ellos. Cogí un vaso, le puse un buen cubito de hielo macizo, la botella de Black Label y fui echando hasta que llegó a la cuarta fila de esos magníficos cuadraditos tallados. Lo dejé reposando, puse techno, salí a echar un pito con una amiga que está medio loca, vi pasar ante mis narices y sin saludar a parte de la gente que poco antes habían estado jamoneando el bar y volviendo adentro tras escuchar las locuras de mi muy jamona amiga miré el ordenador mientras hacía tiempo para que el buen, extraordinario, whisky pillara el frío toque que tanto me gusta a pesar de lo que digan quienes no han bebido de él ni la centésima parte que yo. Y pensé en la puta mierda de familia que tengo.

Ella ha enviudado hace poco. Ha tomado la costumbre de venir al bar. Aquí se siente a gusto y se nota. A veces la acompaña su amiga, la mujer de alguien que conozco de toda la vida y que fuera buen amigo de mi padre, y se ponen ahí a hablar de sus cosas. Cuando viene sola y la mañana no está muy ajetreada me pongo con ella y hablamos. Ella lo agradece y yo lo sé. En ocasiones viene con la nieta y ya no hay más tema de conversación. Es muy hermosa, muy pequeña, muy salá. Acaba de aprender a andar y es un no parar. El otro día no hacía más que sacar la comida que su abuela tenía en el carrito para dármela a mi.

- Muchas gracias, preciosa. Pero ahora vas a coger esta bolsa de patatas fritas y la vas a dejar en el mismo sitio del que la has cogido.

Ella me miraba sonriendo, los ojazos como universos, cogía la bolsa que yo le devolvía y con la decisión que da el no tener ninguna duda en la cabeza iba a trompicones hasta el carrito de la compra de la abuela. Y entonces cogía un paquete de croquetas congeladas y me lo traía sonriendo todavía más.

El marido era un tiarrón al que el cáncer se lo comió. Fue poco antes que se lo detectaran a mi viejo pero él duró un poco más siendo de lo mismo. Claro que el grado de malignidad del que padeciera mi padre fue mayor. Recuerdo que uno de los médicos, un tío muy serio que viene a comer churros al bar, me dijo después que no se creía su reacción cuando le dijo lo que tenía. Acostumbrado a ver derrumbamientos se quedó de piedra al ver el hormigón que era mi viejo.

- Kufisto...me sonreía
- Ya...mi padre era así. Tenía mucho ánimo.

Una vez, al final, en nuestra casa, en su casa, ya estaba muriéndose, poco antes de su último ingreso en el hospital del que no salió con vida, me dijo que él sabía que se moría. Se le había puesto la nariz aguileña, caída, floja, y estábamos viendo una de esas películas de Castilla la Mancha, una de esas vaqueradas que siempre veíamos, y yo lo miraba de reojo y veía como iba muriéndose en su nariz, una que no era la suya, una que parecía de otro, una que no había visto nunca.

Una tarde, ya muy al final, era tan mala la puta película de vaqueros que buscamos alguna otra en el picho cargado de pelis que la mujer de uno de sus hijos le iba grabando para que las viera. Recuerdo muchas, supongo que todas, pero esta fue especial. 

Mi padre fue un tío que quizá leyera cuatro libros en su vida. Pero desenvolviéndose en ella fue el bibliotecario de Alejandría.

Aquella tarde fuimos pasando títulos del pincho de su yerna. O ya los habíamos visto, o a la vista estaba que era una puta mierda para ambos, o yo le daba al FF sin escuchar su opinión, "Joder, Kufisto...no le das una oportunidad" o...salían buenos actores en los títulos de crédito.

Y fuimos a dar con una en la que salían y la dejamos estar. Yo sabía de qué iba la vaina (algo que dejaría a las combinaciones ajedrecísticas de Tal en las mías cuando juego borracho) y callé sin perderle ojo. Y poco a poco, por más que sus actores salieran en pantalla, vi como iba soliviantándose. Tenía una manera muy particular de recogerse las sayas sobre las piernas. Y venga echárselas para arriba, y venga ver algo que ni Magnus Carlsen vería...

- Oye, Kufisto...
- ¿Qué, papa?
- Quita esto, anda, y pon Pasapalabra
- Pero si todavía no es la hora
- Pues pon lo que sea


La viuda se animó un poco más cuando se pasaron a los cubalibres. Yo también al echar el segundo trago del mío. Es lo bueno de haber bebido tanto durante tantos años, que enseguida te entonas.

Habló de unas primas que apenas conocía e iban a venir al pueblo para ver qué tal estaba. Se quedarían el fin de semana y no sabía como hacerlo. No sabía si decirles que se quedaran en su casa, que se fueran a hotel o que, directamente, no vinieran. Si decirles que se quedaran en su casa, que se fueran a un hotel, que se fueran a tomar por culo sin necesidad de tener que decírtelo...¿qué coño hacéis aquí ahora?...¿qué?

 ¿Qué mierda habéis pintado nunca? De verdad, ¿qué hacéis aquí?

La mujer no hacía más que darle vueltas a la cabeza a voces.

- Hey, tía, llévatelos a los molinos. Hay horarios y tal.


Miré en internet. Había horarios para ver los molinos.


Una tarde de verano, una que estaba muerto de sed, subí los molinos como siempre hago cuando subo los molinos. Era fin de semana, horario normal, y pensé que allí arriba alguien me daría agua.


Llegué y nadie me la dio. Ahí estaban unos mejicanos escuchando hablar a uno de la tierra. Yo llegué pasando puertas, "¿tenéis agua?", y sólo decir esa pregunta fue algo molesto, algo fuera de lugar, algo de sobras.


Bajé bebiendo el mismo agua que cuando subí.


Hay que sudar.


Todavía no has sudado lo bastante.




domingo, 25 de noviembre de 2018

E4

Puse "El señor de los anillos" y a los diez minutos estaba preguntándome qué coño hacía viendo eso. Un cuarto de hora antes había terminado con el primero de "Lunas de hiel", cuando me di cuenta de que aquella historia que tanto estimulara la imaginación en mi juventud ahora que tenía la edad del protagonista estaba viéndola con disgusto: no vivo en París, no tengo dinero, no he escrito ninguna novela y no puedo siquiera fantasear con tener una relación con una mujer parecida a Emmanuel Seigner. De hecho, ahora que ya tengo cuarenta y cinco años, casi he olvidado soñar con algo. A veces, cuando me voy a la cama y apago las luces, imagino cosas como antes; pero ahora sólo es para intentar que el sueño me venza hasta dejarme en negro. Luego hay mañanas que despierto recordando cosas que nunca son agradables. Pero al menos estas las olvido pronto.

La tarde en el bar había acabado de forma un tanto extraña. Ayer era sábado y sus tardes son un tanto diferentes a las de los otros días. Viene más gente, pones más copas, das más volumen a la música pero las ganas de irme a casa en cuanto llegue el relevo son las mismas que todos los días. Apenas faltaba media hora para que esto sucediera cuando entró alguien como buscando caras conocidas. No vio ninguna, se acercó a la barra y mirándome raro pidió un café. Era un tío de mi edad, más alto y de hombros más anchos, todavía con todo el pelo y de mandíbula cuadrada. Estaba muy pálido y esto es algo que choca aún más cuando todo lo demás parece ser lo perfecto. Tuve la sensación de que me conocía y de que yo lo conocía a él. No dijimos nada y le puse lo que pidió. Al rato llegó un cliente, se acercó al desconocido y se fundieron en un gran abrazo, cosa a la que no le di mayor importancia al ser este uno de una pandilla de viejos amigos entre los que no es extraño verlos saludarse de forma tan efusiva. Poco después, uno a uno, fueron viniendo más con el mismo saludo. Y para cuando llegó el cuarto o el quinto yo, que estaba en mi rincón de la barra a no más de un metro de ellos viendo en el móvil los disturbios de París, no pude menos que enterarme de que al desconocido le habían detectado un tumor y acababa de terminar con el primer ciclo de quimioterapia.

El asunto parecía estar yendo razonablemente bien, según contaba su protagonista. Los médicos lo habían detectado en una fase temprana y esto es algo muy importante en tales circunstancias. Del ciclo de quimio decía que, por ahora, más que debilidad le había dejado un cierto malestar a la hora de comer: no era que la comida no le supiera a nada sino que le sabía mal, como a metálico. Todo esto lo decía con ánimo, bromas incluidas para sus amigos, muy alejado del semblante con el que me había obsequiado aunque ahora sólo viera su espalda. Con todo yo veía las caras de las otros y eran como si su amigo del alma se hubiese transformado en otro Kufisto. Yo lo he notado toda la vida. Supongo que el desconocido estará empezando a sentirlo.

Y al llegar el relevo me despedí rápidamente de todos dando palmadas en las espaldas más cercanas del cada vez más numeroso grupo, las más alejadas de la órbita que tocaba en esa tarde de sábado.

Llegué a casa cuando faltaba poco para que anocheciera. Salir a andar de noche ha dejado de tener sentido para mi. Antes, cuando todavía tenía abuelos, me gustaba salir por ahí a cualquier hora. El día, la noche, el sol y la luna eran cosas sin importancia. La lluvia, el calor, la niebla o la nieve eran cosas a vencer. Ahora llega noviembre y hago como los osos en su cueva, sólo que como ya París parece Plutón y Emmanuel Seigner el puto Big Bang me ha dado por ver series en el ordenador.

Vi Breaking bad en poco menos de tres semanas. A su relance, y no porque me subyugara, acabé con Better call Saul en dos. Poco más o menos cien horas delante de la pantalla. Antes, cuando yo era chico, bastaban diez minutos de revisión del Padrino para apagar la luz y dormir convencido de todo. Ahora pasan horas hasta que el sueño puede conciliarse conmigo.

Antes de ayer empecé The young Pope. Hace tiempo que había leído algo por ahí, lo recordé y la puse sin muchas esperanzas. A mitad del segundo capítulo la quité.

Sigo el mundial de ajedrez. He visto en directo todas sus partidas. Mañana se jugará la última de las doce previstas. Van once tablas. En los tiempos de Fischer y Tal esto sería un mal chiste. A propósito de esto me pasó una cosa muy divertida...Era el día anterior al inicio del match. Yo estaba ahí, en el bar, hablando con un colega que me pilla las camisetas por Internet, cuando se me ocurrió que por qué no seguir el acontecimiento en su página oficial, con cámaras individualizadas a placer, es más, con imagen, porque de un tiempo a esta parte hasta cobran para ver ajedrez. Bien, apenas eran treinta y pocos euros, una miseria hasta para un pobre colgado como yo y un pastonazo para los millonarios que los cobran y en fin, que le dije al nota que tirara de su tarjeta a cambio de mi metálico para acceder a su servicio.

- Dame tu email, Kufisto
- ¿Para qué? -dije yo
- Pues para que recibas el código de acceso

Y por no descubrirme le di el secundario. Y por eso he tenido que aguantar al par de idiotas de Chess24.

No recordaba la contraseña, eso fue todo. Tengo muy mala memoria para todo lo que dejo atrás.


Pronto llegará la Navidad. En esos entrañables días vendrán al bar muchos parecidos al desconocido, aunque estos sí todavía recordados por cosas como ver "Sexy vacaciones en el mar" en comunidad. Vienen de por ahí fuera, nos abrazamos como si fuésemos aquellos que fuimos y les pongo copas. Lo bueno es que yo también bebo, que todo se hace más llevadero y que a mi ya me sudan la polla los recuerdos de mi memoria.


A veces pienso que es por eso lo regular de la vida que llevo, aunque pensar sea decir mucho. No pienso en nada. Veo series de mierda y campeonatos de ajedrez que son una puta vergüenza. De vez en cuando me hago una paja. A veces me sale una verruga en el bigote y voy al ambulatorio. Me dicen que vaya al dertamatólogo dentro de tres meses y cojo el papel y me voy con la música a mi parte. Hasta hace uno paraba en la biblioteca y pillaba algún libro que leer. Algunos fueron realmente buenos pero al final no empezaba a leer más que basura, con todo lo grande que es ese magnífico laberinto de ahí arriba. No sé, será que estoy perdiendo más visión de la que en verdad veo estoy perdiendo.


Los hobbits, los elfos, los magos, los monstruos y los machos alfa iban por ahí, todos corriendo dos horas y media tarde de haberlos puesto. Todavía quedaba otra hora y media, supongo que se trataba de la versión extendida para el frikismo, pero cuando Aragorn llegó malherido al abismo de Helms y aquella angelical rubia le miró como si acabara de ver resucitado a su amado muerto yo ya no pude más y me fui a acostar.


Una hora y media después me levanté, me hice una paja mirando a una guarra y al rato dormí fantaseando con hacerle la Alekhine a Carlsen.








viernes, 2 de noviembre de 2018

FOOL IN THE RAIN

La mujer hablaba por teléfono preguntando por un número de teléfono. Miré su tarjeta de identificación y vi que se llamaba Vanessa. Extrañado eché cuentas y supuse que poco más o menos tendría la edad de la hija de Manolo Escobar. "Bueno -pensé- ahí tienes una posible respuesta a un nombre tan inusual para alguien de su edad. Por entonces Manolo era famoso y supongo que los padres de esta pensaron que sería una buena idea"

Eran las cinco de la tarde y todavía no había comido. Esperando en la enorme cola de paso a las diferentes cajas sentí un leve mareo que azuzado por el gilipollas que tenía detrás estuvo a punto de conseguir que le echara mano a una de esas barritas de mierda azucarada estratégicamente colocadas para niños malcriados y adultos descabezados. El joven imbécil no paraba de decirle estupideces a su madre y a la hermanita que con bastante más seso que él le pedía que la dejara en paz. Diez minutos tardé en llegar a mi caja, una atendida por una chica extraña, una mujer que parece sacada de una peli de Tim Burton, una tía que puedes imaginarla haciendo cualquier cosa sin extrañarte. Saqué las cosas del carro, casi todas para el bar, y esta vez no olvidé las cuchillas de afeitar. Pagué sin mirarla y ya más tranquilo me fui donde estaba al principio.

Miré a un lateral del mostrador y me vi en su estrecho espejo: una barba de varios días y las ojeras de siempre me devolvieron una mirada que no tuve problema alguno en sostener hasta que desviándola me fijé en la mujer que estaba esperando detrás y que con parecido aspecto al mío miraba como yo estaba mirándome en el espejo. Al instante deshicimos el deshecho nudo y volví a apoyarme del todo en el mostrador de atención al cliente. Una mujer muy gorda y uniformada con los colores de la empresa pasó adentro y Vanessa aprovechó para pedirle otro número de teléfono. La gorda le contesto que no lo sabía con cara de una gran tensión mientras se movía torpemente, rebuscaba papeles y cogía algunas llaves antes de perderse tras la puerta interior entre visibles muestras de estrés. Vanessa dejó el auricular sobre el mostrador y pasó tras ella. Poco después volvió a salir con un papelito entre sus manos, volvió a coger el teléfono y volvió a marcar otro número con mi ticket entre sus manos. "Esta chica tuvo que ser guapilla en su juventud -pensé- Aún con gafas y todo..." Me cae bien incluso desde antes que supiera de su joven viudedad al cargo de dos hijas. Tiene un semblante de concentración, de repartidora de cartas, de inteligencia aplicada al medio, de hacer bien los test de visión para renovar el carnet de conducir. Me volví para mirar a otro lado y estaba vez encontré la mirada de un tío con el que a veces me encuentro en la carnicería y siempre delante de mi, pidiendo carne como si al mundo le quedaran dos telediarios y medio. Es uno que me parece mal conozco de algo y no recuerdo qué, cosa que creo también le sucede a él. Alguna vez lo he visto acompañado por sus críos, aunque no estoy seguro. Esta mañana fueron al bar un par de tíos como este, como yo, y al oírles preguntarse por sus familias me sentí como si no hubiera entendido un chiste.

- Señor -terminó por decirme Vanessa- hoy no vamos a poder hacerle la factura, tenemos problemas con el terminal.
- Bueno, vale, no importa. Lo dejamos para otro día.
- Claro. Guarde su ticket y lo haremos otro día
- Claro

Antes de salir paré a echar una bonoloto, un euromillón y una primitiva. Un rumano estaba flirteando con la lotera, una gordita casada con otro que parece el carpintero de Norman Bates y que cuando me ve se pone como si tuviera a Harry Callahan delante. El rumano se hizo levemente a un lado, como si se fuera, y al instante metí baza dejándole con la palabra en la boca. Se había olvidado de echar algo más pero ya era demasiado tarde. Por joder le pedí a la lotera que también me hiciera una quiniela aleatoria, un gordo del domigo y una múltiple para las carreras de caballos.

Dejé la compra en el asiento de atrás, encendí una colilla y arranqué el motor. Robert Plant acababa de darse cuenta de que esa no era la esquina donde había quedado con la chica.


Y al llegar a casa, de pie y yendo de un lado a otro entre los maullidos y las acometidas de la gata, me comí una lata de magro cocido acompañado con unas rebanadas de pan tostado integral de consumo preferente en 2016 que me supieron a gloria.


Esta vez sólo me he olvidado del pan.


Creo.




miércoles, 24 de octubre de 2018

ESPERANDO UNA LLAMADA

Todavía algo jodido y sin embargo contento salí a la puerta del bar para fumar un cigarrillo. La sospecha sobre qué era aquello que me sentaba mal había pasado a ser certeza esta misma mañana. Pero ahora, sin recurrir a nadie, a fuerza de ensayo y error, por fin había descubierto el por qué y el como evitarlo. Y esto es algo que pone de buen humor a cualquiera.

Un tipo hablaba por teléfono. Estos últimos días ha venido al bar alguna que otra tarde. De aspecto normal pero como un tanto desubicado producía esa conocida sensación de incomodidad aún sin que abriera la boca más que para pedir un café. Evité encontrar su mirada y miré el teléfono. Poco antes había hecho un comentario acerca de Dios en una página de Internet y quería saber las reacciones que hubiera podido suscitar; nada especial, una cosa más de otro que mía, pero buscar la aprobación de los otros aún despreciándolos las más de las veces es una de las enfermedades que padezco de nacimiento. "Mejor cree en ti, que Dios vendrá después" leí el comentario de uno refiriéndose a quien había abierto el tema. Le di las gracias al leerlo.

Bueno, no estaba mal. La tarde lucía espléndida y pronto saldría del bar para dar un paseo a mi gusto con el que quitarme los rescoldos del malestar que seguro ya no volverá. La música que salía era buena y pasé adentro para darle un poco más de volumen. Al volver a salir vi que el otro estaba ahora en la acera de enfrente todavía con el teléfono en la oreja. No se iba, seguía allí dando pasos de acá para allá, como quien hace algo que no sabe qué está haciendo. Con un poco de suerte acabaría por perderse de vista y me libraría de su presencia. No me apetecía nada que pasara a mi bar. Pero al final dejó de hablar y se encaminó hacia donde yo estaba.

- No tienes gente -dijo al verme en la puerta
- Pues no -respondí sonriendo de mala gana y un tanto sorprendido de esa confianza. Era la primera vez que cruzábamos más palabras de las pertinentes y no me gustaron. Esas cosas no se dicen así, de esa manera. Uno puede llegar a entender que el otro se alegra de que no tengas gente. Y si es alguien desconocido peor. Tiré la colilla y pasamos adentro.

Le puse el café mientras él pasaba al servicio y decidí que era el momento justo para ponerme a fregar los platos. Con suerte bastaría con ese rato para que se fuera y así lo hice, pero él no. Todavía estaba allí cuando salí de la cocina. Me senté en un extremo de la barra a esperar que pasaran los últimos veinte minutos, mirando otra vez lo mismo en el móvil, Dios esto Dios lo otro, mi comentario, los insultos cruzados, otra vez mi comentario que seguía igual, tampoco esta vez había sido nada especial, seguía ahí perdido entre otros tantos, pronto olvidado hasta por mi, más insultos, más mala leche, la gente se cabrea un montón cuando no le hacen caso y también cuando se lo hacen pero no como él esperaba...Sonreí pensando en la de veces que eso me había pasado a mi.

El tipo se levantó del taburete, dejó el teléfono por un momento y preguntó qué debía. Le cobre y no sé por qué, quizá por terminar con algo parecido a como él había empezado, le pregunté qué tal, así por decir algo, como para corresponder un tanto, tampoco hace falta ser desagradable.

Y entonces me dijo que regular.

Una hija, su única hija de apenas quince meses, en el hospital. Una enfermedad rara, grave, más que probablemente mortal de necesidad. Una cosa de las enzimas que no saben qué hacer con las grasas. Están ahí pero es como si no estuvieran. Y esto, este desconocimiento celular, está provocando que su niña se muera.

- Nos dimos cuenta a partir del quinto mes. La niña estaba cada vez más débil y la llevamos al hospital. Le hicieron unas pruebas y vieron que era algo grave. Luego le hicieron algunas más y nos dijeron que era algo degenerativo, que no había solución, que no sobreviviría, que no sobrevivirá. Es un gen que llevamos tanto la madre como yo y que cuando se juntan hay un 25 % de posibilidades de que el niño salga con la enfermedad. Nosotros no lo sabíamos, ¿como podíamos haber sabido eso?... Mi mujer está deshecha, no se separa de ella. No sé qué va a pasar cuando se muera...No hacemos más que preguntarnos el por qué de todo esto...Hace unos días la pobre niña tuvo un ataque epiléptico que le duró una hora. Estaba ahí, entre convulsiones, con los ojos en blanco...Se quedó tan reventada que desde entonces ha pegado un bajón que la ha dejado sin fuerza alguna...Cada día que pasa puede ser el último, o al menos eso es lo que nos dicen. Si hubiera alguna forma, algún tratamiento, lo que fuera, aún en América o donde sea...pero no hay nada. Sólo esperar.

Recordé a otro cliente que está viviendo un caso muy parecido, aunque parece que este tiene más esperanzas.

- Pues te agradecería que pudieras ponerme en contacto con él. Creo que nos vendría bien hablar con alguien en nuestra misma situación.

Hice una llamada. Me dijeron que en cuanto dieran con él me darían su teléfono. Se lo dije y él me dio su tarjeta.

- Seguro que doy con él -le dije convencido

Nos dimos la mano

- Me llamo Kufisto
- Javier


Y se fue.


Salí a la puerta. Encendí otro cigarrillo. Coches arriba y abajo y gente caminando de la mano de sus móviles. Los árboles de la mediana dejaban caer algunas de sus hojas. Me fijé en que unos tenían menos y más amarillas que los otros. Eran justo aquellos que no tienen la sombra de los edificios de enfrente, aquellos que reciben los rayos del sol de poniente entre las calles que separan las moles de hormigón que según la hora nos cobijan a algunos y dan sombra a casi todos.

Oí llegar a Paco golpeando los tobillos de la mía con su bastón. Unos bastonazos fuertes, de amplio arco, como si todo en la vida fuera de cemento y que poco importa si alguien viene de frente.

- ¡Paco! -le grité desde lejos
- ¡Qué! -contesto de igual forma parándose
- ¿Qué tal va eso, hombre?
- ¡Mal! -respondió mirando a algún punto intermedio entre él y yo mientras se agarraba a su bastón

Sorprendido por tan inusual respuesta me acerqué a él.

- ¿Qué te pasa?
- Mi madre, que no hace más que mirarme la cartera y decirme que llevo mucho dinero
- Ya
- Estoy harto
- Bueno, es tu madre, Paco. Y eso son muchos puntos a su favor
- Ya, pero...
- Venga, vamos para el bar.


Me agarró del brazo y llegamos a la puerta. Encendimos un cigarrillo mientras esperábamos que llegara mi hermano.


- Tanto mirar, tanto mirar...
- Venga, Paco...Es tu madre que te quiere mucho y se preocupa por ti
- ¡Pero ya no soy un niño!
- No, ya eres casi un viejo que juega demasiado a lo ciegos
- ¡Pero es mi dinero! ¿Qué le importa a ella? Mi trabajo me costó
- Eso es lo que tenías que hacer, volver al kiosko a despachar cupones
- Ya, ¡miau! Con lo bien que estoy jubilao
- Jajaja...qué cabrón
- Anda, vamos para adentro y ponme una cocacola light
- La cocacola no es buena para perder peso...
- Vete a la mierda tú también, so listo, que me tenéis harto entre los unos y los otros. Tanto consejo, tanto consejo...¡Anda ya!
- Jajaja...Siempre lo he dicho: no hay mejor médico que uno mismo
- Sí
- Y si no lo eres, para eso están las mamis
- ¡Mira que te arreo!
- Jajaja...
- Y déjame el móvil para llamar a Antonio
- Mira que no quiero ser cómplice de tus desfases...
- Pues si no me lo das tú ya me lo dará otro
- En fin, cada uno es cada uno y cada dos, dos.
- Eso mismo
- Toma. Ya está llamando
- ¿Antonio? Oye, que ya estoy aquí. Vente para el bar


Mi hermano llegó y cogiendo el móvil y lo demás me fui de allí esperando la llamada que ojalá llegue cuanto antes.

viernes, 5 de octubre de 2018

PINCHAZOS

La idea era salir a por cambio, dejarlo en el bar y poco más; de paso echar un euromillón, una bonoloto y una primitiva, quizá un breve paseo antes que anocheciera, regresar a casa, ver algunos vídeos en Youtube de tíos devorando montañas de comida basura con un cronómetro delante y luego irme a dormir. La siesta no había podido serlo tras el ajetreo de las cañas y su rápida recogida para cerrar a tiempo. Y cansado de no poder dormir me hice una paja y salí a la calle.

En el estanco me cambiaron cien pavos y compré tabaco. Había una chica muy mona ofertando marcas de esas que nadie fuma. Van pintadas que da gusto verlas y más aún ignorarlas. Al despedirme de todos también lo hice de ella, que contestó con una gran sonrisa roja. Fui a la administración a pillar los boletos y la quiniela de la peña. La chica de la ventanilla nunca está maquillada. Joven, con gafas y seria sin llegar a ser repelente es una muchacha muy hermosa para mis ojos. Lleva unos aritos en la oreja derecha pero no está marcada, al menos que se vea. Delgada, de facciones marcadas, nariz noble y pecho pequeño pero firme, está ahí sentada, esperando a la gente que tienta a la suerte, como si quienes vamos a tentarla tuviésemos algo con que hacerlo.

- Dame un Gordo de la Primitiva también.
- Suerte, Kufisto
- Gracias, adiós
- Adiós, Kufisto

Y al salir le ha dado al botón de voz automático que desea suerte a pesar de que estábamos solos.

De camino al bar he visto a una ludópata clienta mía hablando con sus vecinas. La he ignorado por educación y supongo que ella habrá hecho lo mismo. Es una mujer de aspecto prehistórico, de esas que alguna vez has visto en fotografías de estatuas de arcilla o en el asiento trasero de tu coche una noche que andabas de resaca cercana a la locura.

Ya en el bar he dejado el cambio. No quedaba nada que hacer más que irse y eso he hecho tras cerrar la puerta, pero aprovechando la cercanía de la farmacia de confianza he ido a por una pomada. Estaba la tiarrona, una mujer que hace unas semanas vi sentada sola en el parque y a la que saludé desde la bici sin dejar de pedalear. Me sorprendió su semblante. No al saludar sino antes: estaba ahí, en ropa deportiva, sentada en un banco, muy seria, como mirando fijamente a algún punto de hace muchos años. Al oír mi saludo fue como si saliera de un trance y correspondió como de costumbre, como hoy, como esta tarde.

- ¿Qué quieres, Kufisto?
- Quiero una pomada para los eccemas...Y la diferencia del bote de vitamina C de ayer -le he dicho sonriendo

Se ha reído con sus grandes dientes y me ha dicho que ya se la había dado a Paco el ciego esta misma tarde, que había sido un error de no sé qué. Y es que la cosa había aumentado como un veinticinco por cien de precio en apenas dos meses.

- Ah, vale. Entonces ya lo veré. Adiós.
- Adiós, Kufisto.

Iba tan cargado de cosas en los bolsillos ("El Camino" de Delibes incluido) que decidí dejarlas en casa antes del paseo. Sonó el teléfono:

- ¿Kufisto? -dijo mi hermano
- ¿Qué?
- Oye, a ver si puedes decirle a Julio que nos lleve unas cajas de...

Ya se lo había dicho antes. Y antes. Y antes. Cuatro veces hoy. El hermano en jefe está de vacaciones y se nota.

- ¿Julio?
- ¡Me cago en tu cabeza!
- Jojojo...Venga, joder, sólo dos cajas más...
- ¡La madre que te parió, desgraciao, que me tienes consumío, cabrón...!
- Veeenga
- ¡A las siete estoy ahí! ¡NI UN MINUTO MÁS, EH!
- Venga, sí, te abro yo
- Cagüen Dios...

Llegué a casa a las seis y veinticinco. Eché cuentas y pensé que iba a andar muy justo de tiempo para ir a la biblioteca, dejar el libro, pillar otro y volver al bar antes de que Julio, con justicia, empotrara su camión contra mi pobre puerta, así que dije: "bueno, está más que visto que no pasa nada por no leer" y bajé a la cochera por la bici.

Nada más salir de la rampa, en cuanto empecé a dar pedales, me di cuenta de que algo no iba bien. La rueda de atrás. Todavía estaba cerrándose la puerta cuando al sentir mi presencia volvió a abrirse y bajé.

No parecía pinchada. Era como si estuviera desinflada. "¿La última vez que la cogí?" La última vez que la cogí fue hace cuatro días, yo que sé, no me acuerdo, pero no hace treinta años, y eso todavía tenía aire dentro. Bien, creo que tengo un bombín por algún sitio. De hecho recuerdo haberlo comprado no hace tanto tiempo, sí. Y allí estaba, en el trastero,  tirado como si fuera mi piso. "Estupendo" Lo malo era que no recordaba como había que abrirlo para meterle el pitorro adecuado. Es uno de esos que lleva varias bocas para las diferentes medidas de rueda y tal...Y ya cuando estuvo a punto de romperle la cabeza me he dado cuenta de que quizá, sólo quizá, la buena fuese la que llevaba puesta. Y esa era.

Y en ese, mientras la hinchaba como buenamente podía, me ha llamado Julio.

- ¡¡¡KUFISTO!!!
- ¡¡¡QUÉ, ME CAGO EN DIOS!!!
- ¡Qué haces, coño!

Miré el reloj.

- ¡Son las 18:47, cacho perro. Dijimos a las siete!
- Venga, vente pacá
- Voy, joder, voy

La rueda aguantaba el aire pero ya no había tiempo. Cogí el coche y me fui al bar.

Metimos las cajas en el almacén y le puse una copa, me eché una cerveza y puse a los Badfingers

- Discazo, Kufisto
- La puta polla
- ¿Sabes cuanto vale este disco? Yo lo tengo. El original.

Hablamos un rato, se fue y entonces, mientras terminaba de recoger, pensé que por qué no quedarme mientras llegaba mi hermano a abrir el turno de noche. Y me quedé al ver que llegaba Paco el Ciego repartiendo bastonazos a las paredes.

- ¡Paco!
- ¡Kufisto! ¿Qué haces por aquí? ¿Y tu hermano?
- Está al llegar
- Ahhh
- Creo que me voy a quedar mientras viene
- Pues muy bien...Anda, ponme una cocacola

Se la puse y me quedé hasta que llegó mi hermano.


Pasó más gente durante esa media hora. Pasó un tío con una bici que le aparcó justo al lado de donde yo estaba empezando a desplegar la terraza; "¿te molesta?", "¿no, tranquilo?" Pasaron tres hermanos, uno de ellos compadre mío, a los que poco a poco está muriéndose el padre. Pasaron dos que son de otra manera cuando vienen en mi turno, más tempranero: "¿Qué haces aquí, Kufisto?" "pues ná, aquí estoy" La gente iba pasando como yo iba haciéndolo con mis cervezas. Las campanas tronaban y todo eso que dicen en La Regenta y todas esas novelas tan campanudas. Y cuando el cielo tremendo estaba a punto de caer sobre mi cabeza llegó la gorda casi que al mismo tiempo que mi hermano. Cinco minutos antes, ¡qué coño, dos!, ¡medio!, y yo no hubiese estado allí.

- ¿Qué tal? -le pregunté de cualquier manera mientras le ponía la primera copa.
- Bueno...mal
-Ahhh

No es fea. Podría ser muy guapa si no estuviera tan gorda. Ojos, piel, cabello...podría ser muy guapa si tuviera treinta kilos menos...

Ha roto con su novio. Él ha roto con ella. Ella también estaba harta. Diez años. Yo también lo hice hace tiempo.. Por eso empecé a escribir. Y por eso sigo vivo.

- Menudo cabrón -dijo
- Ya


Y le cogí un cigarrillo, me eché otra cerveza y me senté a oírla hablar.

martes, 18 de septiembre de 2018

POBRE MARÍA

Fue una muchacha pálida, alta y flacucha. Llevaba los malos nervios de su madre en la altiva mirada y la frustración del padre en los finos labios pegados. Cuando los abría era para proferir palabras de enfado y consternación. Los chicos se burlaban de ella y las chicas la temían. A veces su desgarro era tan grande que las abuelas del barrio tenían que tranquilizarla mientras alguien iba a buscar al padre a algún bar de la plaza. La madre rara vez se dejaba ver fuera de casa. La hermana pequeña lloraba asustada a su lado. Luego todo se calmaba, los chicos sentían un cierto sentimiento de culpa ante los reproches de sus abuelas y las chicas reían nerviosas por lo bajo. La noche caía, los niños se recogían y los viejos salían a la puerta de sus casas para tomar el fresco de otro sofocante día de verano. Entonces el viejo barrio, tan agitado durante la tarde, recuperaba su eterno y antiguo aspecto de lago con letreros de prohibido echarle comida a los patos.

María no era la única persona especial de allí. En aquel tiempo todo el mundo tenía hijos y todos nacían. Algunos no dejarían de ser niños toda su vida; otros, pobres, no podrían llegar ni a serlo. Las propias familias hacían por evitarse cualquier situación enojosa. La Iglesia, siempre presente, decía que todos éramos hijos de Dios pero eso no llegaba a quitar la vergüenza en un pueblo temeroso de Dios al menos entre sus mujeres: los hombres creían a su manera y aquellas en la que decía el señor cura.

Había niños especiales, pero lentos, que jugaban con los que no lo eran casi que como fueran uno más hasta que la pubertad empezaba a llamar a la puerta. Entonces la cosa cambiaba pero sin dramatismos; los chicos se daban cuenta pero detrás tenían un pasado común y no había crueldad. Era como decir adiós a un amigo que se queda en puerto. Él te sonreía y tú montabas en el barco. Más tarde volverías a verle en el mismo sitio, él seguiría sonriéndote y tú, mejor yendo solo, le devolverías la sonrisa y el saludo.

María no. María siguió creciendo sola con sus anormales nervios. Sólo era eso, nervios. No había retraso, ni idiotez, ni deformidad, ni nada que la hiciera tan diferente del resto. Quizá lo único que le hiciera saltar la regla fuese la fuerte religiosidad que exhibía. Iba a misa a diario con su madre y era muy devota de todos esos carteles tan rimbombantes que anunciando novenas, triduos y demás cosas extrañas que exhibían las panaderías, estancos y tiendas de comestibles del barrio. En Semana Santa era algo digno de ver. Era como si dijera: "¡Ahora os jodéis, hijos de puta!" No es que estuviera guapa, no lo era, pero todo aquello, toda esa altivez, le sentaba bien en ese momento.

Los años siguieron pasando y todo el mundo se perdió de pista. Los amigos de entonces se transformaron en adoquines en el mejor de los casos y el viejo barrio llegó a hacerse tan aburrido como siempre lo fue cuando uno deja de ser un niño.

Un día, hace unos años, María pasó al bar en compañía de un hombre. Hacía semanas que la había visto cruzar mi paso de cebra agarrada del brazo. Me sorprendí. El tío era uno, más raro que un buen disco de U2 después de Achtung Baby, que de vez en cuando pasa a mi bar para echar un par de monedas en las tragaperras y nunca pide nada pero no dejó de parecerme algo hermoso. "He ahí -me dije con otras palabras- que finalmente ha encontrado a alguien parecido a su padre"

María entró con su novio, maquillada como lo haría una abuela, y mirando el bar y mi persona como si fuera un un triduo del padre Ángel pidió un Aquarius de limón.


Estaba hoy a lo mío cuando ha llegado mi tío.

- ¿Sabes a quien le han sacado un cáncer?
- ¿A quien?
- A María, la loca del barrio. La hija de...

Ya, ya, ya...


De pulmón. Y metástasis en la cabeza. Fumando lo mismo que yo cuando la abuela decía que no nos riéramos de esa pobre chica.


Luego, en aquellas noches de verano, mi hermano y yo nos acostábamos con ella y acurrucados entre sus grandes tetas nos contaba historias de miedo hasta que los nervios conseguían que el abuelo nos gritara desde la habitación de al lado que calláramos de una vez.


Pobre María.


sábado, 15 de septiembre de 2018

SOL DE AGUA

- Es un sol de agua -dijo el cliente
- Sí -respondí por decir algo que mi silencio no provocara hablar más y peor después- El aire huele húmedo.

Yo no sabía qué era ese "sol de agua" del que hablaba el amigo, pero por el contexto colegí que se refería a la posibilidad de lluvia. Estábamos en la puerta del bar y él dijo eso y bueno, qué iba a decir yo, pues que sí, que a pesar de las pocas y ligeras nubes olía a humedad y todo eso, que era muy posible que lloviera durante la tarde y todo lo demás, que ya llega octubre, el otoño, las hojas caen, los días se hacen más cortos, el cambio de hora y la Navidad...El colega quedó satisfecho y pasamos para adentro. Pronto llegó otro y se hizo con él, le vale casi cualquiera. Yo me liberé otra vez de toda mala conciencia por mi perpetuo desinterés en público y empecé a recoger la barra. En media hora, si no había ningún imprevisto, estaría solo en casa para no hacer nada que no quisiera hacer.

En el otro extremo de la barra había dos currantes hablando de las cosas del trabajo, criticándolas. Uno de ellos, el más viejo, me dijo una vez que si no sabía quien era él; empezó a darme explicaciones de sus hermanos, amigos y familiares, bares antiguos en los que por fuerza tuvimos que coincidir de jóvenes y de los que yo apenas recordaba nada. Con todo a veces decía que sí, o "ahhh, ya...ese que", respuestas abiertas que daban a entender mi conocimiento de la cosa en cuestión aunque en verdad fuera un subterfugio para salir del paso cuanto antes. El contexto ayuda bastante en todo esto. No sé qué sería de mi sin el contexto. Seguramente haría bastante tiempo que estaría en prisión.

El contexto apareció en mi vida cuando dejé de estudiar y algún tiempo después empecé a trabajar. Hasta entonces yo no sabía lo que era tal si no quizás por los libros que leía: uno no podía estar cada dos por tres mirando en el diccionario por las palabras que no conocía. Bastaba con encontrártelas en un párrafo para más o menos situarlas en sus márgenes. Los escritores son una gente bastante coñazo; como no son habladores, escriben y escriben conteniendo el aliento; buscan palabras con las que amartillar sus frases, adjetivos y sustantivos que poco o nada añaden a lo que están contando y que causan en el joven e impetuoso lector unas ganas enormes de darle un puñetazo en el estómago. Luego, como en la vida, recuerdas que siempre te quedará el contexto y te calmas. O sino otro libro o el fin de tu turno.

Ya se habían ido los dos currantes (les invité a un par de cañas que agradecieron casi tanto como yo dejar de escuchar sus tonterías) y sólo quedaban el colega y el otro tío de cara rara. Es este un cuarentón divorciado que se ha quedado en el paro. Es callado conmigo y hablador con otros, como el colega, otro que le gusta hablar. Y ahí estaban, hablando de sus cosas mientras yo terminaba de limpiar la barra, bajar los toldos y apagando la maldita televisión. Bajé la música (country de mierda pero que al menos no me subleva) y estaba a punto de cerrar la puerta cuando llegó el último cliente, uno con el que me fumé unos cuantos petas en mi juventud. Le dejé pasar, cerré la puerta, le puse su café de rigor y se quedó enzarzado con el As. Le chiflan los deportes. "Kufisto, ¿no pones el...?" lo que sea, me dice algunas tardes de verano. Y entonces cojo y lo pongo; sin voz, claro. Y él va echándoles vistazos entre página y página del deportivo. Una vez le pregunté a uno de sus amigos sobre su trabajo. Se rió y me dijo que no trabajaba en nada, que ese no sabía lo que era trabajar. Está casado con uno de mis primeros amores platónicos y parece ser que eso y cuidar de su hijito le basta. No me disgusta. No es tonto y sabe estar callado. Pero yo le he visto esa mirada y esas palabras de loco por tonterías difíciles de entender. Una pequeña broma de este su amigo que os digo le llevó una tarde a una especie de paroxismo que nos dejó a todos petrificados. Se ve que el fuerte contexto familiar que padeció en su infancia dejó eterna huella en su genio. Y viendo que podía vivir de una mujer pensó que lo mejor para él era no trabajar.

Se fue al poco y me quedé con los otros dos ya a puerta cerrada. Era mi nuevo amigo quien estaba en el uso de la palabra tras el largo soliloquio que el otro había escupido mientras yo andaba de acá para allá. Retazos de odio y mala leche por su última experiencia laboral quedaron en mis oídos sin quererlo yo. Recordé aquella vez que tras su tercera copa escuchó el comentario mío sobre el hijoputa de Inda que le estaba diciendo a un amigo y las palabras de odio animal y la mirada aún más cerrada que le entraron al oír ese nombre. Ahora estaba escuchando el comentario de Totus tuus, que así habría que llamarlo y así voy hacerlo desde este momento, pues es increíble la cantidad de gente que conoce y más aún que le quieren. Y ya, una vez acabado todo lo que tenía que hacer, me salí para sentarme con ellos.

Totus tuus estaba repitiendo otra vez la parte más decisiva de la alucinante escena que había tenido con una jefa al principio de entrar a trabajar en lo que todavía sigue trabajando. Yo no pude menos que reírme al oírlo. Él, siempre tan simpático y comedido, tan educado y buena gente, ahora tenía la yugular bombeando sangre como si estuviera viendo a la misma puta zorra gorda que tanto le sublevara aquel día en el que por una nimiedad lo dejó en ridículo a la vista de todos.

- Luego la cogí y le dije que quería hablar con ella. Le dije que ni se le ocurriera tratarme otra vez como lo había hecho. Y que si lo hacía LA RAJABA. Claro que entonces todavía no estaba esta ley de mierda de las mujeres  y tal...pero es igual, hoy le hubiese dicho lo mismo.

Me reí tanto al ver ese odio saliendo por su boca que los tres acabamos por reírnos.

- Joder, Totus tuus, ¿de verdad le dijiste eso? -le dije
- ¡Que me quede muerto si no fue así!

Él, un chico enfermizo, un tío con problemas de salud, un chaval condenado desde su nacimiento no había podido evitar aquel arrebato de odio extremo hacia alguien que se había pasado de la raya por muy jefa que fuera...

Nos fuimos. Totus tuus se vino conmigo. Durante el trayecto hacia su casa, la de sus ancianos padres enfermos a los que cuida y con los que sigue viviendo, siguió explicándome toda aquella situación, como justificándose. Yo reía y él se animaba por hacerlo con trazos aún más gruesos. Él me conoce desde hace más tiempo de lo que yo a él y supongo que pensaba que eso era lo que me iba a gustar. Y así fue.

A Totus tuus lo conozco desde siempre, sólo que antes no era nadie para mi. Supongo que mi falta de contexto, la irreductible barbarie que me dominó durante mis años más tiernos, hizo que él me viera como una especie de loco peligroso. Luego coincidí con él alguna que otra vez por circunstancias más que obligadas y la cosa no fue a mejor, todo lo contrario, aunque no fuera nada de vis a vis. Y al final, hace algunos meses, ha venido a parar a mi bar y nos hemos caído en gracia. Por el contexto en mi caso, claro. Siempre por el contexto.

Yo de pequeño, cuando empecé a tener consciencia, lo primero que me gustó fue el Universo. Miraba los planetas tan grandes y luego leías que apenas eran nada con el resto y me quedaba maravillado. Yo quería hacer algo de eso. Mirar los planetas con un telescopio, viajar a ellos y ver si era de verdad todo todo aquello. Yo era pequeño y me gustaba todo lo grande, lo enorme, lo que te dejaba con la boca abierta. Leía a Julio Verne y sus veinte mis leguas de viaje submarino. "Veinte mil leguas...¿cuanto es una legua?" Era el contexto. Un viaje es algo medible, así que legua era algo que se podía medir. Todavía no sé cuanto es una legua.

- Kufisto -me decía Totus tuus de camino a casa de sus padres- yo es que no sé como puede haber gente así, tan cabrona, tan hija de puta...Mira que han pasado años y no puedo olvidarlo. Esa hija de puta trabaja desde hace tiempo en la otra oficina pero es que no puedo ni verla...El otro día vino a la mía a no sé qué y le dije que lo hiciera de la forma y manera debida. Por supuesto ni se atrevió a contestar, yo hace tiempo que soy su par y ni se atreve a levantarme la voz...Pero es que sigue siendo tan hija de puta como hace veinte años. Y no. No me da la gana. "¿Quieres esto? Bien; pero vas a hacerlo como manda el reglamento" Y se fue. ¡Se fue sin decir nada! ¡Que le jodan, maldita zorra!


Lo dejé en la casa de sus padres. Llegué a la mía y viéndome ya medio malo por el inaudito exceso físico de hace un par de días decidí que lo mejor sería salir a andar un rato. No es bueno quedarse en casa cuando uno no está bien.


El sol sería de agua pero no llovía. Más o menos todo estaba como antes de ayer y aunque yo era el mismo la cosa se hacía un poco más complicada. ¿Por qué hacer lo mismo si yo no era el mismo? ¿Lo haría si a la vuelta me esperara algo mejor? ¿Lo haría por una ilusión, por un sueño, como tantas veces lo hice cuando era menos viejo que ahora? Antes hacía cosas sólo para probarme, para ver si era capaz de hacerlas. Y cuanto peor estaba, más ganas de hacerlas tenía. La fuerza, su exceso, tiene los ojos muy juntos. Y el peligro está en que te quedes bizco.


Y vi el monte y pensé que lo mejor sería volver a casa y escribir algo antes de que al sol de agua le diera por llover.


Cosa que a esta hora sigue sin hacer.





domingo, 2 de septiembre de 2018

STREETS OF GOLD

A esta hora estarás por ahí, en otros bares, con tu novio o marido o lo que sea que fuere ese pijo tan educado que te abrazaba por detrás de vez en cuando. Tus amigas, tan compuestas ellas, tan monas, seguirán riendo contándose sus cosas y haciéndose fotos que enseñar al momento. Los chicos de tus amigas, tu novio o marido entre ellos, hablarán a grandes voces entre ellos: que si las motazos que llevan, que si las que se van a comprar, que si este coche de mil caballos o esa bicicleta para los domingos que vale más que mi puto auto. Dos meses han tardado en pasarle la ITV, algo que nunca les llegará a pasar a ninguno de tus hombres. Una mañana de descanso vi la cola que había y decidí que era mejor llevarlo al taller, a "mi" taller, para que la pasaran ellos. Y no es que tuviera urgencias que hacer, sólo soy un camarero que a veces escribe, pero no podía soportar la idea de estar haciendo cola durante horas en mi día libre. Dos meses. Tampoco es que me hiciera mucha falta...pero dos meses. Luego fui a recogerlo y pagué encima de la mano. No había necesidad, pero cuando uno vive como yo lo llevo haciendo desde hace tanto tiempo lo único que quiere es que le dejen en paz. Vivir en paz es casi como descansar en paz, preciosa. Por eso cuando ayer llegaste al bar y vi tus ojos azules hablándome de la copa que querías beber fue como si hubieses atravesado el anillo de fuego y me hubieras despertado con un beso. Es algo de Wagner y pasa al revés, pero fue así aunque tú no sepas de qué coño estoy hablando. Muchas veces es un coñazo, todo hablar en bárbaro de carros de fuego capaces de llegar al sol o de espadas de titanio reforzado tanto como para hacer llorar de miedo a los titanes que quieren el maillot amarillo de los domingos. Pero entre medias habla del amor. Y entonces soy yo el que lloro.

Tampoco es para tanto. Una furtiva lágrima de vez en cuando y fuera. No creas que soy un plancha abanicos ni nada de eso, no...Al contrario: cuanto más fuerte es el viento, más me cago en Dios. Me gusta esa sensación. Si yo fuera Dios me gustaría ver a alguien como yo. Todos esos curillas, toda esa gente que ve a Dios como si fuera tu novio, no tienen ni puta idea de lo que significa crear algo de prácticamente nada, lo que sea. Pero empiezo a hablar de Dios y esto no será cosa de tu agrado. Tú estás ahí, has pasado este fin de semana por mi bar, te he visto, y lo que quieres es alguien con un par de huevos que eche la escalera al cielo que lleva hacia ti, como Matilde con el buen Sorel. ¿Has leído ese libro? Es el último que he leído. Claro que al final lo primero es lo primero. Eso siempre será así.

De todas formas estoy echándola por ti. A mi manera, claro; ya no tengo veinte años, tú tampoco, y por la cara con la que recibías los arrumacos de tu torrelodones tampoco es que parezca ser lo que todavía puedes conseguir. No conmigo, claro, sólo soy un puto camarero más o menos bien conservado...

Ya había llegado mi hermano y yo estaba ahí afuera echándome un pito. Entonces tú has salido la primera y te has ido. Luego todos los demás. Faltaban algunas copas por pagar y he pasado adentro. Una de tus amigas, la más simpática de vosotras y bien mona, estaba pagándole a mi hermano pequeño. Hemos hablado un momento entre risas celebrando la buenas copas y el buen techno de estos días que tanto les ha hecho bailar y me ha dicho que gracias por todo.

- ¿Os vais hoy?
- Mañana a primera hora
- Ah...


Adiós.





miércoles, 29 de agosto de 2018

DOBLANDO ESQUINAS

Desperté de la siesta con una erección. Fui a comprar naranjas a la frutería de la esquina y al pagarlas ella no hizo el comentario que esperaba. No dijo nada y volví a casa. Cogí la bici y me fui al parque. Estuve leyendo en un banco apartado hasta que el sol empezó a ponerse y las sombras fueron oscureciendo el papel. Sorel acababa de pegarle dos tiros a su primera amante creyendo haberla matado. Luego, en la cárcel, se enteró de que estaba con vida y se alegró. Recogí las cosas y marché para casa mientras veía a la gente pasando ante mi.

Todavía era de día y yo apenas llevaba algo más de dos horas despierto. Estaba relajado y pensé que lo mejor sería salir a pasear antes de encerrarme por hoy. Dudé en volver a salir con la gorrilla pero al final me la llevé. El ocaso era tibio y despejado. La humedad que había recibido al día se había difuminado con sus nubes y todo parecía estar en su sitio correcto. Los viejos sacaban la basura por el barrio antiguo y un poco más allá, en la gran avenida, la gente andaba, corría, iba en bici, en patines o miraba jugar a sus hijos. El calvo de la oficina inmobiliaria se afanaba por convencer de sus planos a una pareja joven que le escuchaba con las piernas encogidas y la mano en la boca. Tuvo tiempo para mirarme de refilón mientras daba unos golpecitos en la mesa como queriendo recalcar algo. Sonreí.

Vi gente tomando el fresco en la calle y olí a chicos fumando hierba en los parquecillos; otros estaban sentados en las terrazas y hablaban; también me encontré a quien como yo sólo andaba por ahí; el último de estos era mayor que yo, llevaba la gorra del revés y olía mal; por suerte estaba cerca la esquina y no tuve necesidad de acelerar el paso.

Una pareja de ancianos caminaban delante de mi cogidos de la mano. Puede que vinieran de misa. La iglesia que hacía poco había dejado atrás todavía tenía luz cuando pasé por su puerta. El hombre andaba como si fuera en un barco y movía el brazo como algunos hacen cuando hablan. La mujer miraba de vez en cuando a la otra acera, quizá buscando alguna amistad a la que saludar.

Ya en la manzana de mi piso vi una bolsa de basura desparramada en el suelo. Creí ver algo pero no paré. A lo lejos, poco a poco, vi acercarse a una mujer con una camiseta naranja fosforescente y unos pantaloncitos negros. Ella también había salido a andar y también llevaba los auriculares puestos. Tenía la melena negra y rizada, el pecho firme y los muslos dorados y prietos. Pasamos de largo y doblé la última esquina.

En la puerta de mi bloque, un poco más allá, los trabajadores del super hablaban entre ellos después de su jornada laboral. Mientras me acercaba fui buscando la llave correcta del llavero y así entré en el rellano.


Y ya en el ascensor le di al botón, se cerró la puerta y me quité los cascos.

sábado, 11 de agosto de 2018

SEIS DÍAS A TIEMPO COMPLETO

Despierto a eso de las siete. Salgo a pasear durante tres cuartos de hora y regreso a casa. Cojo las bolsas, la bici y me voy al parque. Hago algo de ejercicio y después leo un par de horas. Voy a ver a mi madre, hablo un rato con ella y de vuelta a casa para hacer la comida. Como pronto y me  echo un rato en el sofá sin llegar a dormirme profundamente: hace demasiado calor en el piso para eso. A las cuatro y pico vuelvo a coger mis cosas y otra vez al parque. Se está mejor allí. Leo otro par de horas y otra vez para casa. A veces salgo a dar otro breve paseo sobre las ocho, cuando ya declina el sol. Pero por lo general ya me quedo allí, leyendo. Ceno algo y a la cama.

La mejor parte del día es la primera. Un paseo al amanecer es mejor que meterse en el bar a poner cafés y tostadas. El parque es una maravilla, todo verde y sin ruidos ni voces. El verde es un color fabuloso. A veces me levanto del banco donde leo para fumar un cigarrillo y me pongo a mirar la hierba y los árboles. De vez en cuando aparece algún pato torpe y despistado. No me gustan demasiado; son ridículamente desconfiados; siempre te miran de reojo y un poco altaneros, como tantos de esos que uno se encuentra en la vida. Me recuerdan a la gente. No hacen más que comer y gritar. La otra tarde, sin embargo, me llevé una agradable sorpresa al ver a una gata con sus tres crías. Yo iba con la bici, ya a punto de irme, cuando me di cuenta de que entre los patos que entorpecían al camino, a un lado, justo en el margen del canal, una gata deambulaba un tanto acogotada entre tanto pato. Alguno había que le alzaba el cuello chillándole, seguro de estarlo protegido por el resto de los patos. La gata desviaba su camino y se iba hacia otro lado, como rondando, como haciendo guardia. Me bajé de la bici y enseguida vi a sus crías, aún muy pequeñas y de ojillos asustados. Maullaban sin parar y seguían a la madre que parecía no hacerles mucho caso. Uno de ellos era negro y contrastaba bastante con la espléndida belleza de los otros dos; también era un poco más torpe al moverse y tuve la sensación de que la madre no le tenía el mismo aprecio que a los otros dos. Me quedé un rato ahí, sentado en un banco cercano, mientras los miraba hacer. La madre parecía nerviosa, como asqueada por el hambre suya y la de sus crías que no dejaban de recordársela intentando chupar de la teta. Pensé en ir a casa y llevarles algo de la comida de mi gata pero decidí dejarlo para el día siguiente.

Y así lo hice. Era por la tarde y la gata estaba por el mismo rodal del día anterior, junto al canal, en las cercanías del hermoso platanero. Cosa rara, no había patos alrededor. Tampoco vi a los gatitos. Me acerqué con cuidado. Con todo, ella se alejó unos metros más allá sin dejar de mirarme fijamente. Oí unos pequeños maullidos procedentes del árbol y para mi sorpresa vi a los tres gatitos entre sus frondosas ramas. Me miraban con la misma cara de susto que la tarde anterior, maullando entre las sombras de las grandes hojas del platanero, refugio y también coto de caza de bichos tales como avispas, palomas, gorriones, moscardones y demás seres zumbadores. Por un momento pensé en el miedo que debían sentir las crías mientras esperaban el regreso de su madre. Todo ese ruido negro, todas esas formas amenazantes amplificadas por mil, era lo que llegabas a ver en sus miradas. Me giré y miré a la madre, que andaba nerviosa junto al canal. Cogí la comida que llevaba y la dejé al pie del árbol. Y retirándome a un banco cercano me senté a mirar.

Al principio la gata se quedó muy quieta, como esperando a ver cual era mi siguiente movimiento. Luego, una vez calibrada la situación, se acercó lentamente a la comida, la husmeó, la probó y viendo que estaba buena se sentó sobre sus patas traseras y empezó a comer con ansia, tanta que pronto se olvidó de mi, aunque hubiera bastado el más leve movimiento descompuesto para traerle mi recuerdo a su memoria. Cuando acabó y se alejó me acerqué y vi que apenas había dejado nada para nadie. Quizá esperaba que bajaran sus gatitos y se unieran a la fiesta todos felices y contentos, como en las pelis, ¡qué sé yo!, pero no fue así. Y es que para dar de comer, primero hay que haber comido. Ya les daría de su leche después.

Por lo demás la gente en el parque no es mucha y se ven pequeños desde mis bancos. Coloco la bolsa con la almohada dentro en una de las esquinas y así me pongo cómodo para leer. A veces, cuando me levanto y recojo las cosas para echármelas a la espalda y pillar la bici, me veo como uno de esos vagabundos que van por ahí con el mismo plan. Hoy, esta tarde, he visto a uno de ellos saliendo con su bici y el petate de las cercanías de los servicios. Llevaba la cara y el pelo mojados y he pensado que venía de asearse, incluso de hacer sus necesidades. Esta mañana pasé a mear por primera vez desde que ando por aquí y fue más o menos como me esperaba. Nadie tira de la cadena en estos sitios. Ni aunque en lugar de tirar de las viejas cadenas ahora baste con pulsar un botón.

Las novelas son buenas, el tiempo acompaña y yo estoy tan bien como pueda estarlo alguien como yo: dueño de mi espacio y de mi tiempo.


No hay nada mejor.

domingo, 5 de agosto de 2018

POCAS COSAS HAY QUE NO CURE UN PASEO

Y si no es que es malo.

Ayer me chispé. Hacía tiempo desde la última vez. Trabajé por la mañana y luego de noche como refuerzo. Me fui a casa a las cuatro. Un amigo me acercó en su coche. Tengo el mío en el taller para que le pasen la ITV. Ya lleva más de tres semanas allí, aparcado en la acera de enfrente. Suelo pasar junto a él durante mis paseos. No he llamado al mecánico para preguntar qué pasa. No me hace falta. Me apaño con la bici. Me gustaría venderlo por un precio razonable. No sé para qué lo tengo.

El paseo ha sido raro. Estaba en casa, acalorado y un poco triste, y he pensado que uno me haría bien como tantas otras veces antes. He mirado la aplicación del móvil y marcaba 38 grados. Parecía demasiado. En circunstancias normales no hubiera salido. Pero hoy no estoy normal. La mañana ha sido dura y un tanto desquiciante. Cada vez me sienta peor el alcohol. Eso que gano.

Por una vez he salido sin los auriculares. Quizá por esa falta de distracción he ido más receptivo durante el camino. Todo lo que salía a mi paso me decía algo: una sombra, un pájaro, los árboles, una moto, unos chicos haciéndole fotos a su auto, el asfalto, las pintadas, los molinos lejanos...cualquier cosa. Pensaba en mi vida y en lo rápido que está pasando. Apenas he hecho nada y parece como si ya lo tuviera todo hecho. Por un rato he pensado en lo raro y antinatural que es no tener mujer e hijos, vivir tan solo como yo vivo, sin desear nunca el trato con la gente nada más que cuando es estrictamente necesario. Hace años que no quedo con nadie. Hace años que no tengo relación con ninguna mujer. Vivo como si nadie mereciera la pena. Trabajo, paseo y leo. He meditado si realmente me doy cuenta de lo que he hecho con mi vida.

Poca gente en la calle. A esas horas estarían entre ellos, en las piscinas o en los bares tomando algo. O en casa viendo la tele. Quizá luego, al caer la noche, salgan a las terrazas a tomar un montado y unas cervezas. Me he acordado de mi padre, de como fue capaz de serlo de cinco hijos. No he conseguido entenderlo. Y su buen humor...Era un hombre que se preocupaba de su familia. Lo demás carecía de importancia. Jamás le vi leer nada que no fuera un periódico. recuerdo que una vez, de chaval, nos dijo que había leído "La metamorfosis" de Kafka, "lo del insecto". Supongo que sería cosa del colegio. Recuerdo bien el sentimiento de cercanía al oírle hablar de un libro que me había gustado tanto. Pero él apenas recordaba y no pasamos más allá del tío que se despierta convertido en un bicho. De sus temores y neuras no hubo ocasión. Pero me gustó que al menos lo conociera.

Unos tíos estaban fumando yerba sentados en un sucio banco. Eran de mi edad. Son de esa clase de gente que conoces desde siempre y con quienes no has cruzado palabra en la vida, tan sólo leves miradas, cada vez más leves, como si vernos fuese algo cada día más penoso. Estamos aquí, seguimos aquí y ya está bastante claro que no saldremos de aquí.

He saludado al gato malherido que vive junto a una casa. Tiene unas heridas horribles en el lomo. Es negro y tiene los ojos de color verde intenso, preciosos. Creo que el dueño de la casa le da de comer y beber. El animalito está siempre tirado en la sombra, somnoliento, aunque parece no sufrir. Ya son muchos los meses que llevo viéndolo. Y cada vez que paso por ahí me acuerdo de él. Siempre lo encuentro y me alegro por ello.

Un hambre feroz me ha asaltado casi desde que salí. Hoy apenas he comido nada y anoche no cené. He pensado en comer, en pegarme un atracón de comida basura, pero luego he caído en la mala noche que vendría después y al final no voy a comer nada. Dormir es lo que me hace falta. Y descansar. Mañana empiezo las vacaciones. Serán quince días. No sería malo intentar hacer otras cosas. Casi he decidido que las tardes las pasaré en la biblioteca. Al menos allí tienen aire acondicionado y hay gente joven silenciosa. Quizá conozca a alguna muchacha. Aunque ya soy viejo para ellas. Siempre lo fui.

Voy a fumar unos cigarrillos y a beber agua. Ya estoy mejor.