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domingo, 29 de noviembre de 2020

EN EL RINCÓN

 La tipa reía y reía. Una risa escandalosa, una risa explosiva, una risa irritante. ¿Qué clase de tía ríe así después de cagar en un bar? "Gracias, cariño" dijo cuando les llevé el cambio de las primeras cervezas. Cariño. Sólo las putas te llaman hoy así. O las locas.

Llegaron sobre las tres y media. Apenas había otra pareja en el bar. Algo de jazz en el Spotify y mucho sopor en el espíritu. Ese último rato en el bar, esa última hora de la semana, se va cada vez más lentamente. "Acuérdate de todas estas horas -me digo mirando al frigorífico mientras le pego unas caladas al cigarrillo- cuando llegue el día de la recapitulación" Lo peor no es hacer lo que no quieres sino, encima, no hacerlo y tener que seguir estando allí. Es entonces, absurdo sobre absurdo, que el espíritu de la pesadez te deja contra las cuerdas. Y sólo la campana te salva de arrastrarte a tu bienamado rincón, ese que raras veces te ha ofrecido menos de lo que has visto fuera de él.

El tipo, un calvo escuchimizado de brillante y esquiva mirada, se acercó a la barra y pidió dos cervezas. Por quitármelo de delante le dije que ya se las llevaba yo. No me gustó. Dicen que uno crea su propia realidad, que recibes lo que esperas, que si das amor recibes amor y que todas las demás emociones siguen idéntico camino. Pura mierda. Tampoco es que tenga un ojo clínico; en mi hay poco de clínico. Es el tiempo, joder, el tiempo pasado allí, detrás de la barra, y la buena y natural desconfianza hacia lo desconocido lo que hace presentir la otra cara de lo otro.

La chica más hermosa que he visto en mi vida vino hoy con sus padres.

- Hola, Kufisto
- Hola, Sonia. ¿Qué tal?
- Pues aquí, como todos los domingos -dijo sonriendo con los ojos y la maldita mascarilla- 

Pidió las cervezas y esperó para llevárselas. 

- Ahora te las llevo yo -le dije para evitarle la molestia o cualquier incomodidad de estar allí, al otro lado de la barra, esperando que uno que bien podría ser su padre tire unas cañas desde el lado de enfrente; unas cañas que ella, llena como está de amor y dolor, sabe, seguro, enamoradas-
- Gracias

Estaba preciosa al dejarle los servicios. Jamás la he visto tan guapa. Se puso un poco nerviosa cuando fui a recoger la segunda tirada para dejar la tercera. Intentó alcanzarme algo y nuestras manos coincidieron en tiempo y espacio. Unas manos grandes, huesudas, blanquísimas. La pelirroja melena teníala caída hacia un lado. Sonrió otra vez sin mirar. Siempre sonríe, siempre...Pero cuando habla en confianza, cuando lo hace con su padre, a veces se pone seria y saca a relucir una inteligencia que emana de toda ella; y aún desde lejos y a hurtadillas se ve tan brillante como un sol. A veces un grifo de cerveza y cualquier gilipollas sediento te da la ocasión de recordar a ese dios al que le rezabas en tu infancia.

Cuando se despidió de mi llevando del brazo a su madre enferma ya llevaba otra vez la mascarilla puesta.

- Adiós, Kufisto-
- Adiós, Sonia-

Pasé a la cocina, encendí un cigarrillo y mirando el blanco frigorífico acabé por pensar en una operación a vida o muerte de riñón, pulmón, cerebro o corazón. Y yo tenía el único órgano compatible y se lo daba. Y ella, agotada por la enfermedad, me pedía que no lo hiciera y yo le cogía la mano sudada y respondía que no se preocupara, que todo saldría bien, que con un riñón o un pulmón de menos también puedo vivir, incluso sin cerebro, llevo casi toda la vida viviendo sin él, pero que sin verte a ti de domingo a domingo no puedo vivir, que mi corazón, a mis 47 años, dulce niña mía, es tuyo, y que si también lo necesitas aquí lo tienes, no esperes a un moribundo, que hay quien vive más una vez muerto que cuando estuvo vivo, y que, ¡oh, amada mía!, toda mi vida, toda mi existencia, todo lo que soy, todo lo que esperaba ser hace mucho tiempo y ya estaba como durmiendo ahora se despierta rugiente como un león cabreado, ahora que muere, y ¡oh, por favor!, déjame hacerlo, permítelo por ti y por mi, ¡sobretodo por mi (mentiría)!...Y entonces, por algún altavoz, sonaría el preludio de Tristán e Isolda y en su nota discordante ella diría agarrando fuerte mi mano:

- Bien, Kufisto. Hazlo-


Un sucio gordaco con pinta de pajillero llegó y se unió a la pareja de cerdos. Pidió un nestea. 


Y desde entonces hasta el final las risas fueron tan grandes y fuertes que todo se me olvidó.


Hasta que regresé a mi rincón.






viernes, 20 de noviembre de 2020

UN BUEN VIAJE

 No sé porqué pero al cuarto o quinto tono supe que no iba a coger el teléfono. Esperé hasta el último pensando incluso en dejarle un mensaje de voz al final, pero no tenía activado el servicio, cosa que tampoco sé porqué no me extrañó. "Bueno, aprovechemos el tiempo. Yo he cumplido" Y tiré con el coche hacia el centro comercial para hacer la compra del fin de semana. "Mejor ahora que esta tarde. Una cosa menos. Así tendré tiempo de aprovechar el sol"

Estaba entrando por la puerta cuando recibí su llamada.

- Hola, Gonzalo -respondí-
- Holaaa...-respondió una voz que con toda evidencia acababa de regresar del más profundo de los sueños. Yo no estaba seguro de que me hubiese reconocido. Era la primera vez que hablábamos por teléfono y de hecho tuve que añadir su wasap (nuestro medio de comunicación, digamos, "habitual" aparte del presencial) a mis contactos para hacer la llamada-
- Qué pasa, hombre. Soy Kufisto -le dije-
- Ah sí, Kufisto...
- ¿Oye, hacemos eso que dijimos?
- Sí, sí -respondió la voz- Dame un rato para ducharme y eso-
- Claro, claro...Yo estoy comprando. Una media hora o así, ¿vale?-
- Vale, vale-
- Te llamo cuando esté-
- Vale-

Eran al menos de las once cuando llegué al bar en busca de mi tabaco. Creí habérmelo dejado allí pero no. El que sí estaba era Gonzalo a medio camino entre la barra y la primera mesa alta, como quien no tiene claro donde ponerse, algo que por otra parte no es tan raro en estos días. En el salón uno de mis hermanos estaba reunido con unos proveedores. Saludé desde lejos y pasé a la barra.

- ¿No me he dejado aquí el tabaco? -le pregunté a mi otro hermano-
- No, no he visto nada

Miré y no vi nada. Después de todo tendría que estar en la bolsa que llevo al trabajo, en la misma donde poco antes había buscado, pero llevo tanta mierda dentro que no lo vi. En fin.

- ¿Bueno, qué? Vámonos -dije-

Y salimos del bar mientras pensaba divertido en la cara que debían tener mis hermanos al ver que el mayor había quedado con alguien como Gonzalo. 

- Bueno -dije-, yo tengo el coche en dirección contraria. Tira tú para allá y espérame a la entrada del camino-
- Pero vamos en el mío, ¿no?-
- No no no...Tira tú para allá y espérame.

Cuando di la vuelta todavía estaba él sin arrancar. Es un hombre tranquilo, Gonzalo. Cuando está bien.

Conduje rápido. En la avenida industrial que lleva al camino le di caña. Un par de badenes imprevistos, sin señalizar, (sobretodo el primero, hacía años que no pasaba por allí) por poco no me hicieron reventar el cárter. La mañana era magnífica, soleada, poderosa...¿como no pisar el acelerador? Recordé aquella vez, hará 25 años, en la que pusimos el Golf G60 de un amigo a casi 200 en esa misma avenida con el "Exit" de U2 atronándonos los oídos. Esta vez no pasé de 80. Tampoco mi coche corre a 200.

Bajé a esperarlo fumando un cigarrillo. Poco a poco fui quitándome ropa de encima. En verdad la mañana era allí aún más magnífica de lo que parecía. Acabé quedándome en camiseta. Vi venir un coche y al pasar a mi lado lo saludé creyendo que era Gonzalo, pero era un viejo que me miró como si fuese maricón. No respondió al saludo. Y fue en ese momento que en verdad parecía un maricón, ¿qué coño hacía allí, solitario, en zona casi mariconil, un coche parado a las once de las mañana con uno exhibiéndose cual pavo real a su lado? ¡Oh, Dios, no me jodas! ¡La madre que me parió!

Como a los diez minutos recibí una llamada de Gonzalo.

- ¿Donde estás, Kufisto?-
- Donde voy a estar, joder. Aquí, esperándote-
- ¿Pero donde?
- Pues donde quedamos. Aquí, al final de la avenida...-
- No, no, no...Espera que ya voy-

Joder.

Esta vez llegó pronto.

- Venga, sube. Vámonos en el mío- dijo-
- No. Cada uno en el suyo. Tira tú delante y te sigo-

Tiró casi a paso de abuela y enseguida llegamos al camino, apenas al otro lado. Yo había metido la jodida mascarilla en el bolsillo de la cazadora y casi que la eché de menos al ver la procesión que íbamos formando. Un maricón estaba esperando junto a su coche al final de la avenida correcta. Nos miró. "Me cago en la puta"

Gonzalo entró al camino de tierra a su marcha. En caminos parecidos a esos reventamos unos cuantos coches hace años. Bastantes años.

Y de pronto las ovejas. Un rebaño de ovejas. Estuvimos parados un rato que se hizo eterno. Y ya con vía libre el mamón de Gonzalo no se decidía a tirar. El pastor, un chico joven, le hizo señas para que lo hiciera pero él no se decidía, quizá asustado de asustar a esos animales. Los perrillos iban y venían tirando ovejas a la cuneta y ya cuando no quedaba ninguna nos miraban como si fuésemos tontos o maricones. Pité. Gonzalo tiró aún con más cuidado. El pastor nos vio pasar. Volví a acordarme de la puta mascarilla. El último perro, uno que había dejado baldada a una pobre oveja rezagada, me echó una mirada que no olvidaré.

Un poco más adelante, ¡una liebre!. La vi saltar y perderse como hacen todas las liebres. Gonzalo me llamó:

- ¿Has visto?-
- ¿Qué?-
- ¡La liebre! -dijo entusiasmado-
- Sí
- ¿Te has fijado en sus orejas?-
- (Me cago en Dios, ¿quien se fija en las orejas de una maldita liebre?) No-
- ¡Eran triangulares al final! ¡Una cosa extrañísima! ¿no lo has visto?-
- No, coño, tira-
- Joder...¡Triangulares!
- (¿Pero qué cojones?) Venga, tira.

Tiró. Un poco más allá, cuatro árboles mal plantados. Vuelta a parar en la cuneta. Esta vez se bajó del coche.

- Kufisto, ¿te importa si paramos en este bosque un momento? Quiero ver si la liebre vino de aquí-
- (¿Bosque?) No no no...A las doce tengo que estar de vuelta y no da tiempo. Vamos. 

Otra parada, esta vez al lado de cuatro piedras. Otra vez que se baja.

- Quiero enseñarte este dolmen -dijo-
- ¿Dolmen?
- Sí, baja -respondió con firmeza-

"Yo a las montañas subí, yo a las cabañas bajé"

Piedras. Algunas grandes y otras pequeñas. Ninguna encima de ninguna. El dolmen.

- Aquí hice un ritual -dijo-
- Sí-

Me explicó algo, no mucho, pues vio musgo en las piedras.

- ¡MIRA, KUFISTO!-
- ¿Qué?
- Aivá chaval...¡Mira que musgo!

Una cosa verde sobre las rocas. Estupendo. Creo haber leído algo del musgo en las novelas de Agatha Christie.

- Sí-
- Aivá chaval...-y se agachaba y lo tocaba. Y no sé porqué me dio asco-
- Gonzalo...a las doce tengo que irme-

Al final llegamos, como siempre que se llega al final aunque este no diste más de cinco kilómetros del principio, un mundo para mi.

Aquello era...más piedras. Muchas piedras. 

Ya en la parada anterior tuve que ponerme el jersey, pero allí pillé la cazadora y la bufanda mañanera. Con todo, hacía fresquete. Es increíble como cambia la temperatura en campo abierto.

Echamos a andar. Al principio yo detrás de él pero pronto cada uno a su bola, pues no hacía más que pararse a comentar cosas, rituales anteriores en compañía de alguna bruja, aunque él la llamó de una manera que no entendí. Que si aquí, en La Mancha, hubo mar, "¿pero prehistórico, no?", que rituales del fuego a los dioses, que otro dolmen que sólo él veía, que mira esto, "¿musgo?, "¡LÍQUEN!", que un trébol de cinco hojas que casi lo sacó de quicio...lo dejé y eché a andar entre las piedras.

- ¡HUELES EL AIRE, KUFISTO!- bramó-
- Sí, sí...

La verdad es que allí se estaba tan bien como en cualquier sitio en el que uno está solo. El aire era más ligero, sí, y aparte de piedras que mirar para no torcerte el tobillo el buen sol, mi viejo amigo, iluminaba toda la escena como quien tiene el frigorífico lleno de latas de cerveza. A lo lejos oía gritar a Gonzalo por sus nuevos descubrimientos. "Sí, sí..." Poco a poco aquel bosque de piedras, el fuerte silencio y la lejanía del otro hicieron vibrar a mi alma en su estrecha onda correcta. Sí, sin lugar a dudas, ese era un buen sitio.

Miré el reloj. Pronto tendría que irme de allí. Y eché a andar de vuelta.

- Vámonos, Gonzalo-le grité-

Él andaba recogiendo cosas del suelo.

- ¿Qué haces?-
- Hay que mantener limpio esto-

Postas, cristales, latas y algunas piedras maravillosas que se había encontrado.

- Toma, Kufisto. Este cuarzo para ti-

Cerca de donde los coches vimos la pelada calavera de un animal, de uno pequeño. Gonzalo se maravilló pero yo (tras un vistazo y su breve explicación de que era un pequeño depredador, un lobezno o así) seguí adelante, pues ya iba estando fuera de hora.

- Venga, Gonzalo- voceé

Y vino con las manos y los bolsillos llenas de postas, cristales, latas, piedras maravillosas y calaveras. 

Intentó abrir el capó del coche pero no pudo.

- Kufisto, por favor, méteme la mano en el bolsillo y ábrelo tú-

Se la metí, lo abrí y aquello era algo inenarrable de la mierda que allí había. Con todo y mucho cuidado fue depositando todo el material como si fueran explosivos.

- Bueno, venga, vamos -dije yo-
- Ku-fis-to -dijo él- ¿te importa irte tú solo? Es que yo tengo que hablar con mi padre...-
- Claro, claro -dije yo como un secundario de Lovecraft- Sin problema-

Arranqué el coche. Él tuvo tiempo para acercarse. Ya estaba todo dentro y bien colocado en su maletero.

- Kufisto- y me tendió su huesuda mano- ¿no te importa, verdad?
- Qué coño.


El regreso de un viaje siempre es mucho más corto. 


Y si se hace sobre arena y sin ovejas a la vista ya es algo casi orgiástico.

domingo, 8 de noviembre de 2020

LO QUE TÚ NECESITAS ES QUE TE QUIERAN, kUFISTO

 - Lo que tú necesitas es que te quieran. Y querer -dijo ella sin perder de vista a tres de sus chiquillos-

Y alcohol para escribirlo.

Un gato muerto, reventado contra el frío asfalto de la rotonda del bar, logró quitarme la somnolencia del mal dormir y de la ducha que no había tomado. Aparqué junto a la puerta. Una señora, cabizbaja, cruzaba el paso de cebra del otro lado. Tampoco ella quería verlo. Por un instante pensé en decirle algo, qué pena o algo así, no son maneras de empezar otro jodido domingo; pero no, preferí el silencio. Metí la llave y pasé para adentro. Encendí la cafetera, accioné algunas luces, me quité la chaqueta y el gorro, vacié el lavavajillas, retiré de la barra las últimas copas de la noche, saqué algunas cosas del frigorífico, bajé los taburetes, quité de en medio el cubo y la fregona, el cogedor y la escoba, saqué la terraza, coloqué las mesas del interior, encendí la tragaperras y el televisor, subí las cortinas y así, poco a poco y sin escándalo, desperté al bar, todavía envuelto en la sombra del edificio de enfrente.

Eran las tres y cuarto de la tarde cuando ella llegó. Todo había sido ya hecho, y bien hecho. Apenas quedaban dos parejas en el salón y no les faltaba mucho para irse hasta el domingo que viene. La mañana se fue dejando tras de sí algunos raros fotogramas que el mediodía había corregido de la forma habitual. Mi hermano había dejado la cocina impoluta, yo tenía la barra hecha y apenas quedaba barrer un poco y esperar el cambio de turno. Una hora larga, la más larga de todas las horas, la que te mata como te descuides, esa que no sabiendo ella que hacer contigo ni tú con ella suele formar nubes a modo de pasatiempo, el peor de ellos.

Pensé en esa chica medio francesa que a veces viene de la capital para ver a sus padres. ¿Pero no está Madrid confinado? Hoy vino. ¿Quizá esté aquí? El otro domingo, mientras estaba fumando en la puerta,  oí a su padre decirle que a lo mejor sería bueno venirse para acá. ¿Fue el pasado o el anterior? ¿O el anterior del anterior? No sé. Su madre está delicada desde hace mucho tiempo y cada vez lo está más. No he llegado a conocerla sana. Y los conozco desde hace un montón de años. ¿Cuantos años tendría ella entonces? ¡Dios mío! ¡sería una cría! Pero no consigo acordarme de ella tan pequeña. A lo mejor no venía con ellos. Pero son muchos años y ella apenas tendrá veinticinco, en ningún caso treinta. Trabaja en Madrid, tiene un novio francés, de su edad, alguna vez lo he visto por aquí...tal vez ya no lo tenga. Y hoy ha sido como si no hubiese venido. Todos los domingos, todos los sábados, cuando veo aparecer a su padre viniendo a pedir para que se lo llevemos a la terraza, espero que pida tres servicios, y de un tiempo a esta parte casi siempre eran dos para gran consternación mía. Cuando hace frío y están dentro del bar es ella quien se acerca a la barra. Normalmente le digo a todo el mundo que se larguen, que ya les llevo yo las bebidas, lo que sea con tal de quitármelos de en medio mientras tiro las cervezas, pero no a ella. Es tan femenina, tan joven y educada, tan natural, tan agradable, tan guapa, tan sonriente, tan mediofrancesa...Y hoy que ha venido no le he hecho ni puto caso. Ahora que escribo me acuerdo de ella como si no pensara en otra cosa, pero no, no le he hecho ni puto caso.

Eran las tres y cuarto de la tarde cuando ella llegó con tres de sus hijos, los más pequeños. Entre fuertes avisos maternales cuyos efectos no duraron más de dos minutos escasos me explicó que estaba por irse a por o a llevar a una de sus hijas mayores, ya no me acuerdo. En todo caso un viaje de doscientos kilómetros de ida y otros doscientos de vuelta. Y con los tres enanos. El padre no había querido saber nada de la película de una de las hijas de otro pero a ella le había dado igual, como de costumbre. Y se llevaba consigo a los tres suyos, para que se jodiera.

Los chiquillos, dos niñas y un niño que malamente hace de mayor con cinco años, empezaron a corretear por ahí. Las dos parejas que quedaban en el salón tardaron cero coma en levantar el vuelo. La más pequeña, una criatura de apenas dos años de grandes ojos y mejillas trompetescas, un solete, iba y venía como podía tras las alocadas huellas de sus hermanitos. Saqué zumos y patatas fritas que devoraron. La pequeña no hacía más que mirarme y se acercaba y me ponía la manita sobre la pierna. Sus dos hermanos jugaban con la persiana de la puerta hasta que el chico se hizo daño al hacerse un nudo con los hilos metálicos. 

- Ahora Kufisto y yo vamos a salir a fumar -dijo la madre- Vamos para afuera 

Salimos todos.

Los chiquillos empezaron a corretear acera arriba y acera abajo. La pequeña, con unas grandes botas que me recordaron al gato del cuento, hacía lo que podía tras ellos. Los tres reían y gritaban mientras su madre y yo hablábamos de algo sin perderlos de vista. Me contó un triste viernes de fuertes discusiones con un moro de mierda y con su padre. Yo, como siempre, estaba poco menos que alucinado viendo el espectáculo. Los chiquillos se encaramaban a las barras de la esquina saludando a los coches.

- ¡¡¡EHHH, COCHE ROJO!!!, ¡¡¡EHHH, MOTO!!!, ¡¡¡EHHH, COCHE BLANCO!!!

Algunos pitaban a modo de respuesta y un poco más abajo yo los veía pasar sonriendo dentro de sus coches. 

Volvimos todos para dentro. Yo me eché una cerveza y empecé a pensar en dejar la tabla gimnástica para mañana. De pronto apareció un chaval en un silla de ruedas mecánica. Tenemos rampa, claro, y muy bien hecha, pero también está la cortina-columpio metálica. Enseguida fue Esther hacia él y le apartó los hilos. 

Ya lo conocía. Es un chaval disminuido psiquíco, uno que andará por los  cuarentaitantos. Alguna que otra vez ha pasado al bar en todos estos años. Una vez dentro se acercó a la barra y dijo algo que no entendí, pues iba con la mascarilla. "¿Qué?" pregunté. Si ya de por sí el pobre no puede ni hablar, en esas circunstancias resultaba algo imposible.

- Whoawhoa

Los chiquillos le miraban como si fuera una luciérnaga.

- ¿Qué?
- Espera -dijo Esther. E intentó quitarle el bozal para que hablara, cosa a la que él, en una especie de espasmo, se negó-

Al final estuvo claro que sólo quería mear. Esther se ofreció a ayurdale (trabaja en el tema) pero él se ofendió muchísimo y tras unas cuantas maniobras entró en el water y meó solo.  

Salió al cabo de cinco o diez minutos. Los chicos seguían haciendo la cabra por ahí, olvidados ya de ese tío extraño. Esther decía que dos minutos e iba a por él. No llegó.

La más pequeña vino a refugiarse en mi pierna con sus manitas mientras veíamos como se iba el que acababa de mear. Su madre estaba corriéndole las cortinas a grandes voces, indicándole el desnivel de la rampa. Iratxe miraba todo eso como asustada. Luego el que vino se fue y todos volvimos a correr.

- ¿Sabéis que Kufisto tiene una gata? -dijo Esther por decir mientras fumábamos en la puerta del bar-
- ¿Un gato? -dijo el mayor-
- Una gata -respondí--
- ¡Un gato!
- Sí -dijo la madre- una gata. Pero es muy arisca. Como su amo -Y me miró como si estuviera viendo aquella tarde en que la cogió entre sus brazos. Sólo al final, tras mil estupefactos avisos míos, recibió lo suyo-
- Bueno...es una gata que pasa mucho tiempo sola y...en fin


 - Lo que tú necesitas es que te quieran. Y querer