lunes, 31 de octubre de 2022

BUENAS TARDES

 - Buenos días, Dominga -dije al abrirle la puerta del bar.
- Buenos días, Kufisto -respondió y volví a echar la llave.

La señora de la limpieza semanal dejó el gran bolso sobre una de las mesas, se quitó el abrigo y sin más dilación que un breve comentario acerca del cambio del tiempo agarró el cubo y la fregona para darle a la zona donde apilamos las cajas con las botellas retornables. Es lo primero que limpia desde hace muchos años. 

- ¡Ah, no me había dado cuenta de que no las has quitado! -la oí decir. Yo estaba en la cocina preparando las pulgas del mediodía con el "Use your ilusion II" sonando por el teléfono.
- No -respondí- Ahora después te las quito.

Es cosa de poco para ella y no tanto para mi. Serán unas treintas cajas a mover y aún estando vacías de contenido pesan lo suyo. Más o menos como aquel cuádruple álbum de los Guns n´Roses.

Terminé con las pulgas, moví las cajas, presencié la recaudación de la tragaperras por el "maquinero" (así lo llama ella), envolví en papel film el bolsón de pan para tostadas que le había encargado al panadero (mañana no harán de este tipo) y un buen rato más tarde de lo acostumbrado y tras alguna que otra tarea accesoria me despedí de ella para regresar a casa.

Eran las diez menos cuarto, poco más de la hora de mi primera salida habitual del bar. Claro que en un día de excepción como hoy tendría que volver una hora antes para abrir, a las doce o así, por lo que la idea de entrenar y comer para llegar al bar con el último bocado entre los dientes resultaba un tanto estúpida teniendo toda la tarde a mi disposición. Pero no me había sentido bien ni al despertar tras un largo sueño sólo trastornado muy al final por los maullidos de la gata y sus pataditas en el infernal quicio de la puerta cerrada del dormitorio. 

"Lo tiene todo -pensé cuando me despertó- Recuerdo que anoche rellené el bebedero y el comedero...¡Qué cojones quiere esta hija de puta!"

Miré el teléfono; disponía de una larga hora más de sueño. "Hija de puta" Decidí ignorarla, ella insistía entre gritos y patadas a la puerta. "Ya se cansará -pensé- No es bueno ceder" Y cuando creías que lo había dejado por imposible, en mitad del último silencio previo a caer en la más profunda sordera, otra vez su terrible "¡Mau!", tan lastimero que dan ganas de levantarse sólo para cogerla del pescuezo y tirarla por la ventana.

Claro que ya estaba amaneciendo y los gatos no saben de cambios de hora. La pobre estaría extrañada de que yo todavía estuviera en la cama.

"¡Despierta, Kufisto, cabrón, hijo de la gran puta, borracho indecente, que vas a llegar tarde al bar!" Pero anoche no bebí a pesar de acabarla a eso de la diez y media viendo un vídeo sobre como se grabó el "Use your ilusion"

Y esta mañana entrené, claro que entrené. Cuando más me gusta entrenar es cuando más dolor siento. Sacrifiqué la comida que había preparado antes de la llegada de la Dominga y me fui al bar con el tupper en la bolsa de trabajo.

El entreno y la consiguiente ducha me sentaron bien. Los dolores musculares tras el brutal entrenamiento de ayer por la tarde habían aminorado sin necesidad de recurrir a los anti-inflamatorios a los que ni siquiera entonces, con una buena resaca, había accedido. Dolor. El dolor es bueno. 

De regreso al bar vi a Paco el Gato hurgando en el contenedor de basura de un chino. Ahora sé uno de los motivos por los qué huele tan mal el hijo de la gran puta. No sé como no no le digo que se vaya a la mierda cuando por la mañana temprano viene al bar a tomarse un café con leche. Es insufrible el hedor. Le salva que a esa hora no hay casi nadie, permanece callado y se va pronto. Por muchos años que haga que lo conozco, por mucha pena que cause su estado. Uno no puede heder así si quiere estar entre personas.

Mi hermano y la Dominga estaban esperándome con cierta impaciencia. Tenían que seguir haciendo cosas por ahí, nada más. Yo no soy un gunsanroses.

Todo estaba listo. Sólo faltaba subir las persianas del ventanal, abrir la puerta, descorrer su cortina, enchufar la tele y Spotyfi y esperar la reacción de la clientela en este extraño lunes de descanso caído este año en víspera de fiesta.

La primera en entrar fue Estela. 

- ¿Tienes ya zumo de piña? -preguntó con su delicioso acento portugués. 
- Creo que no -respondí al tiempo que, convencido, miraba por mirar en la zona de los zumos. Si no lo había ayer, ¡como iba a haberlo hoy!- No, no hay. Sólo de tomate.
- Pues una cocacola zero -Y se fue a la tragaperras.

Le gusta jugar a la tragaperras. Lleva un par de semanas viniendo por aquí para jugar a la tragaperras. Todavía es joven, tiene un buen par de tetas y un aire a Barbra Streissand. Ayer salimos a fumar un pito a la puerta del bar. No tenía fuego y salí con ella para dárselo.

- Yo me llamo Kufisto -y le di la mano.
- Yo Estela -y la cogió

Hablamos un poco  y volvimos para adentro.

- ¿Quieres una pulga? -le dije hoy al dejarle la cocacola
- Sí...¿de qué las tienes? -respondió sin dejar de mirar los displays de la máquina.
- Atún, chorizo, anchoas, salchichón...
- Salchichón.

Estela se fue a recoger su móvil averiado.


No estuvo mal. Hubo más de lo esperado para un mediodía tan raro. Hubo hasta brujitas a las puertas de la menopausia para beber cerveza como cosacas. Y un buen amigo también, un compadre, un animal, uno de los tíos que más saben de música y de drogas.

- Kufisto, me cago en Dios -dijo tras su quinta cerveza- Me vas a poner una buena tosta de jamón, ¡me cago en Dios y en la puta virgen! Una como las del sábado.

En ello andaba cuando desde la cocina oí la voz de la yonqui desquiciada, pidiendo.

- Te vas a tomar por culo -fue la respuesta de mi colega. 


En Soptyfi sonaba la radio de otra buena canción. Es la hostia. ¿Te gusta una canción? Aquí tienes una radio con temas relacionados. 

- Me voy a beber un buen whisky, Kufisto.
- Y yo contigo.


Y lo era. Tanto que al pagar, ya a punto de irme, le invité a otro.

- Joder como está esto, Kufisto...
- La madre que me parió...Un buen whisky arregla mucha cosas.
- ¡Y que lo digas! Dame que me rule un pito de esos tuyos.

Salimos a la puerta dejando solas a las brujitas chupando sus cervezas.

La tarde era muy gris, de nubes bajas y perezosas.

- Me encantan estos días -dijo.
- Sí, están bien.
- Un poco más de frío y lluvia no vendrían mal...
- Sí...Es un poco como el "Use your ilusion"
- ¿Qué?


Un tipo bajaba por la acera de enfrente apoyándose en unas muletas. Una de sus piernas, la derecha, era un muñón a la altura de la cadera.

- Joder.
- Hostia.

Enfiló el primer paso de cebra.

- Viene aquí -dijo mi compadre.
- Pues si llega...ole sus huevos.


Y llegó un poco después de hacerlo mi relevo.

Le aparté la cortina antes de irme a casa.

- Buenas tardes.
- Buenas tardes.




sábado, 29 de octubre de 2022

CAMBIO DE HORA

 ¿Como contar lo que sentí aquella noche?...

Era una noche oscura, despejada, sin luna y llena de estrellas. Era una fría noche de domingo, lo recuerdo bien. Era todavía de día cuando ella vino al bar para despedirse hasta el fin de semana siguiente. El tren hacia Madrid no esperaba a nadie, ni siquiera a ella. El maquinista del tren que va a Madrid no puede esperar a nadie.

Hablo de memoria, ¿pero qué es hablar desde la memoria? 

Salí de casa y caminé las bien iluminadas calles desiertas hasta alcanzar las últimas del pueblo, esas en las que ves la luz de las contadas farolas titilando por el frío. Yo iba escuchando el "Animals" de Pink Floyd, "Dogs" para ser más exactos, lo recuerdo bien...

Un poco más adelante, torciendo a la derecha, estaba la gran avenida salvajemente iluminada frente al cementerio.

Y antes de caminarla decidí dejar de andar para echar un vistazo a lo que había arriba.


Las estrellas brillaban como bombillas a punto de fallar. 








jueves, 27 de octubre de 2022

DE PRESIONES

 - ¿Qué tal, Kufisto? -preguntó el cliente.
- Bueno -respondí-, no estoy en uno de mis mejores días.
- ¿Pero tampoco será de los peores, no?
- No, tampoco tanto. ¿Una copa?
- Sí.

Y con ella en la mano, como tantas otras tardes, fue a sentarse en una de las mesas altas del ventanal. Está claro que prefiere que yo salga a hablar con él a quedarse en la barra hablando conmigo. 

Me salvó que acto seguido entraron dos paisanos del Toboso que hará un par de meses pasan por el bar algún que otro día a la semana tras su rutinaria visita al hospital. 

- ¿Pero con lo de Dulcinea y eso irán muchos chinos, no? -les pregunté la última tarde ante sus lamentos por la imparable muerte de su pueblo.
- ¡Qué va!...Bueno, de vez en cuando para algún autobús y hacen fotos de la Casa de Dulcinea.
- Bonito nombre.
- Ya no quedamos más que viejos allí. 

No sé qué pensarán de un tío con coleta. Claro que para ellos esto es poco menos que Madrid.

Un día más hablaron de los buenos tiempos trabajados aquí. Uno de ellos se sentía especialmente orgulloso por haber sido el único encargado en vallar todo el perímetro de la obra que luego sería el hospital.

- Yo solo. Pim, pam, pim, pam...Enterico. 

Cogí el teléfono y vi que en Forocoches se trataba una vez más sobre el mejor disco de Iron Maiden.

Se fueron poco después de apurar sus soles y sombras. 

Salí de la barra no sin antes abrir un tercio. Después de todo sólo me faltaba media hora escasa para largarme y sé que mi conversación le hace bien a su depresión.

- Es curioso -dije- He estado leyendo algo y con Maiden me pasa algo parecido a los Simpsons: he escuchado menos discos de los que han publicado.

Sonrió y una vez más empezamos a hablar de música.

Controla muchísimo de ese tema. Me supera, lo reconozco. Pero sólo podemos ir por ahí. En todo lo demás, y como tantos otros, es inabordable: dogmático de cajón, todavía cree fervientemente en todo lo que creyó por primera vez, a pesar de todas las durísimas hostias vitales que se ha llevado a causa de las leyes promulgadas por aquellos a quienes defiende. Toda su apertura musical, su sapiencia, se estremece ante las esqueléticas ideas de la sociedad en la que vivimos. Y ahí yo no entro. Capeo como a un toro recién salido de los corrales y poco a poco lo dejo en el centro con la música.

Oyendo su panegírico de Anthrax con el que en mi interior no estaba muy de acuerdo fue que Jorge entró al bar. Un buen tío algo más joven que nosotros, un currante por cuenta propia, un rockero que va a su marcha, una de esas personas que no necesita hablar para estar a gusto en un bar.

Venía hasta los cojones, todavía con la ropa de trabajo puesta.

- ¡Una Voll-Damm?
- No, Kufisto. Hoy me vas a poner un gintonic.
- Con dos huevos, di que sí.
- ¡Qué día!
- Jajaja...

Y fue que la conversación pasó de dos a tres bandas, pues tal era la situación de las bolas: yo en la barra, Jorge tras ella y Jose empeñado en no moverse de la mesa del ventanal. 

Jorge no tiene ni la mitad de la mitad de la mitad de idea del rock que yo; no digamos que de Jose. Pero Jorge ha aprendido. Sospecha. Y por eso me gusta hablar con él.

No, no hablamos de nada "profundo"; soy camarero y sé con quien hablo. Uno no va por ahí enseñando todas sus cartas a menos que sea imbécil o tenga veinte años. Pero sé ver en los modos de la gente. Y eso es algo que se ve casi al toque si tienes la suficiente experiencia.

Abrí otra cerveza. Jose cedió un tanto y quedó a medio camino entre el salón y la barra. La conversación sobre la música había retomado el vuelo. Jorge abominaba de la educación musical actual a cuenta de lo que oye de boca de sus sobrinos. Ni él ni yo tenemos hijos. Jose si, varios y desde hace tiempo mayores de edad. Apenas tuvo tiempo para verlos crecer. Ahora se va con ellos de conciertos masivos cuando puede.

Salí a fumar a la puerta del bar. Jorge callaba, escuchándonos. Hablé de un concierto del año que viene, una especie de festival con Def Leppard y Motley Crue. Jose removió en sus recuerdos para encontrar la vez que vio a los primeros en la gira del "Hysteria" Ha estado en más conciertos que yo de putas.

- Pues se hace en el auditorio "Miguel Ríos" -dije- ¿Donde coño queda eso?

Y entonces, ante el silencio, Jorge habló para decir donde quedaba. 

- Ahí vi yo a Extremoduro hará tres o cuatro años.


Llegó mi hermano para el relevo. Cogí mis cosas, el tercio y salí de la barra ya un tanto aligerado de la pesadez que me había embargado durante todo el mediodía. 


Jose estaba con los cascos puestos en la mesa del ventanal cuando me fui tras beberme la tercera cerveza con Jorge.


Ni miró cuando dije adiós.

martes, 25 de octubre de 2022

CAPABLANCA

 Cualquiera puede hacer una "jugada de máquina" en una posición dada, incluso quien no sabe jugar al ajedrez. Como con todo, también aquí se miente desde el principio o, para ser más exactos, no se dice lo que en verdad es. Una jugada de máquina no es sino la primera de una serie de ellas, todas únicas entre el abanico que va extendiéndose con las excepciones forzadas de los obligados intercambios de piezas. Una jugada de máquina es una exacta combinación de movimientos que conducen a la ventaja decisiva. Una jugada de máquina son varias jugadas de máquina dentro de una combinación correcta de principio a fin. Una combinación de máquina no admite segundas opciones: o haces la mejor en cada movimiento o pierdes. Eso es una "jugada de máquina" Por esto son tan asombrosas y por ello sólo las máquinas son capaces de encontrarlas.

Muchas de las partidas más bonitas de la historia del ajedrez están llenas de errores por ambos bandos. Cualquier módulo de nuestros días las analizaría entre carcajadas si pudieran reír, pero se conforman con presentar ante nuestro ojos la pura verdad de las variantes correctas a tanto desatino. Para ellas, para las máquinas, las centenarias partidas de Morphy, Anderssen, Staunton, La Bourdonnais, Zukertort o el mismo Steinitz son un sindiós, algo así como un huevo frito en Fairy. Todas aquellas maravillosas partidas que tanto placer te causaron al reproducirlas sobre el tablero de madera eran mentira en su mayor parte. Mentira. Aquella belleza no era sino pura ilusión. Después de todo sólo eran hombres jugando al ajedrez y no máquinas creadas para jugar al ajedrez.


Apenas había empezado a amanecer cuando la yonki rompió la cinta de entrada a un nuevo día en el bar. 

- ¡Kufisto!
- ¿Qué? 
- ¡Dame un mechero, por favor!

Un mechero. Hoy tocaba un mechero. Nunca la había visto tan temprano

- No tengo, hermosa.
- ¡Por favor! -dijo en ese tono plañidero- ¡por favor!...

Recordé que al ponerme la chaqueta había encontrado uno en el bolsillo aparte del que llevaba en la mano.

- Voy a ver
- Por favooorrr

Se lo di. La llama era floja pero quizá le sirviera para hacer base.

- ¡Gracias, gracias, gracias!

Un buen acto, una buena acción. "Da de comer al hambriento y de beber al sediento" Pues más o menos. Ella quería un mechero y yo se lo di. Un mechero, nada más. Yo no soy su padre ni su guardián, sólo soy otro al que le pide cosas y a veces se las da sin esperar nunca nada a cambio. 

"¿Y para qué quieres el mechero? ¿Quieres fuego, un cigarrillo? Yo te lo rulo de los míos y te doy fuego, salimos a la puerta y nos fumamos un pito ahora que está amaneciendo...¿Pero para qué quieres un mechero tan tirada y desesperada a estas horas de la mañana? ¿Tienes algún problema? ¿Quieres que hablemos?"

No, la cosa no funciona así. Ni para ella ni para mi.


- ¡Kufisto! -dijo un buen cliente
- ¿Qué?
- ¿Como te va la vida?

Sonriendo, serví los dos vinos blancos.

- No creo que esa sea la pregunta correcta -respondí un tanto anonadado al oírme.
- ¿Y eso? -dijo sorprendido.

Ya no había marcha atrás.

- Pues...Creo que es la vida quien se pregunta como le va conmigo...¡O con nosotros! -añadí riendo. Y ellos también rieron.


Algo más jóvenes que yo, en la edad donde las mujeres han dejado de sangrar o están a punto del cierre total de la escotilla, las dos buenas amigas vinieron a tomar las cervezas de su día de descanso. El mediodía estaba tranquilo, muy tranquilo, y me senté con ellas en una de las mesas altas del ventanal. Ninguna de las dos fue nunca una flor pero en una noche muy antigua me follé a la pequeña en los wateres de un garito después de meternos unos tiros de coca.

Siempre hablo un poco con ellas cuando vienen al bar; les digo algo mientras dejo los servicios y poco más. Pero hoy, cosa rara, necesitaba estar con alguien y como no había sino poca gente y de confianza me senté con ellas.

Poco a poco se fueron los restos y nos quedamos solos. Eran casi las tres de la tarde cuando abrí mi segunda cerveza por la tercera de ellas. La conversación fluía sin dificultad entre alguna que otra salida mía a la puerta para fumar. La otra se fue al water y quedé solo con la pequeña.

- ¿Como estás, Kufisto?
- Bien

Sonrió.

- Es raro -dijo.
- ¿Qué?
- Pues eso...Que estés aquí...con nosotras...
- Bueno, había poca gente...
- Ya...Pero eso no lo haces siempre.
- Sí...Será que hoy no quería estar solo sin necesidad...Es raro, sí.


La cosa cambia con Capablanca. Muchas máquinas le dan como el mejor jugador humano de la historia, aquel que cometió menos jugadas erróneas en su carrera. 


El juicio de la máquina no se basa en tus buenas jugadas.

domingo, 23 de octubre de 2022

FRACTALFÓBICO



Todavía era noche cerrada cuando salí de casa. Los árboles agitaban sus grandes ramas como pidiendo clemencia. Por una vez tiré en dirección prohibida no sin ciertas precauciones aún tratándose de treinta metros escasos. En la otra calle vi un bulto tirado en la acera, un bulto grande. Aminoré la marcha y mirando hacia atrás comprobé que era alguien durmiendo en un saco junto a su perro despierto, que le olisqueaba. Allí, en mitad de la acera. Apenas quince, veinte metros atrás o adelante hubiera podido encontrar un refugio más adecuado a las puertas del colegio o en los aledaños del edificio de pisos de la esquina. Pero no, el hombre se había plantado allí, en mitad de la acera. Ya le dará igual.

Era la farmacia de guardia, Internet no me había engañado. Bajé del coche y un bofetón de viento fue el primero en darme los buenos días, mi arisca gata aparte. Llamé al timbre mirando al interior. Un letrerito anunciaba que se atendía por el otro lado, volviendo la esquina. Volví la esquina. El viento corría como un chaval que estrena zapatillas en su cumpleaños. No vi nada, todo estaba apagado, ni un hueco con acceso a algo. Regresé a la puerta y al fondo, tras el enrejado, vi a una mujer que parecía joven en la penumbra haciéndome señas para el otro lado. Volví al otro lado y ya estaba a punto de vocear cuando vi que quizá tras ese recodo enladrillado podría haber algo. Y había algo. Algo tipo carcelario. Oí una voz hosca. Pedí un jarabe para la tos. Del mismo modo preguntó si con expectoración o no. Se lo dije y al rato volvió. Yo no la veía. Pidió el dinero abriendo la bandeja. Introduje algunas monedas y el chisme se cerró. ¿Y el jarabe? ¡Y el puto jarabe! Por segunda vez estuve a punto de vocear. Entonces la compuerta se abrió, cogí el jarabe y me largué hacia el coche. Sabía a rayos.

Se hizo rara la ida hasta el bar. Nunca voy por ahí y se hizo rara. Era como si no fuera a trabajar. Pero la distancia seguía siendo corta y no tuve tiempo de pensar qué otra cosa podría ser. Aparqué y pasé para adentro. Una hora más tarde recibí a los primeros clientes. 

Paco el Gato en la barra, la anciana en su mesa, yo en la cocina, preparando, y algo en la tele a un volumen moderado para no molestar a la vieja. Nunca está suficientemente bajo para ella.

Hacía más de veinte años que no veía al Gato, desde que nos fuimos del viejo bar. Verlo en ese sentido, claro, en el de bar. En estos últimos años, quizá dos o tres, quien sabe, en verano, solía verlo sentado en un banco a primera hora de la mañana, solo, viendo pasar los coches, los brazos cruzados sobre la panza, a un lado los contenedores de basura y tras él un jardín de arena con cuatro árboles. Nunca le he visto con nadie, ni con la deforme mujer que tuvo. Siempre solo, siempre callado, siempre rondando los bares, siempre mosca de bar una vez que salió de la cárcel por robar en las iglesias. Así lo conocí en el viejo bar, como recadero. 

Tres semanas hará ya que empezó a venir por aquí. Más canoso, más renqueante de su pierna mala, apestando a sudor. Se toma el café pagando justo lo estipulado. Una mañana me dio un billete de cinco euros y un buen rato después voceó:

- ¡Jefe! -no recuerda mi nombre y yo no he hecho por recordárselo.
- ¿Qué? -dije saliendo de la cocina.
- ¿Esto está bien? - preguntó con voz casi ininteligible. Nunca supo hablar pero ahora está un paso más allá, con el añadido de estar medio sordo.

Abrió la manaza y enseñó las monedas. Estaba bien.

- Sí, Paco -por primera vez le llamé por su nombre- Está bien. El café es uno treinta y ahí tienes tres con setenta.
- Ah.

Y no dijo más. Si alguna vez supo sumar y restar ya lo ha olvidado. 

Nadie habla con él, nadie quiere estar cerca de él. La gente entra, da los buenos días y él devuelve el saludo. Y sentado en el taburete se mira las manos, o gira la cabeza hacia el televisor, o echando una risita que quiere ser de complicidad cuando a petición de la vieja salgo de la cocina para bajar aún más el volumen del televisor. Es como si la anciana mujer estuviese a punto de resolver el sentido de la existencia y ese imbécil anticuario inglés se lo impidiera. Hay mañanas en las que mi bar parece una iglesia. Pero tampoco ella tarda mucho en irse.


Acabé la noche de ayer viendo un documental del Universo. Otro. Hacía mucho tiempo que no veía uno. Llevo semanas viendo cosas que no habría creído si me lo hubieran dicho hace un par de años. Y las veo bien, es decir, con cierto gusto. Pero si me parara a pensarlo sería algo preocupante. Es mirar algo por ver otra cosa. Es encontrar algo donde nunca hubo nada para ti. Es, supongo, el inicio de la decadencia. Es el aburrimiento. Es la desilusión. Es el entretenimiento. Es la deformidad.

Como siempre que se habla del Universo todo eran imágenes de ordenador. Bonitas, muy bonitas, pero recreaciones. El narrador trataba de convencer a cuenta de la naturaleza fractal de la realidad. Basándose en números casi místicos postulaba el orden intrínseco existente en el caos aparente. Mil veces visto con otras palabras, también llegaba a la misma conclusión: Todo es Uno y Uno es Todo. Bien. Estupendo. Bajémonos los calzones aún sin entender una mierda y alcemos los brazos dando gracias a lo que sea por haber tenido la oportunidad de formar parte de ello y al mismo tiempo ser Ello. En verdad somos la hostia. La puta hostia. Lo que pasa es que no lo sabemos si no nos lo cuentan.


Desperté tosiendo como un perro. Vi a uno intentando despertar del sueño a su amo yacente como un Universo pasado por millones de trillones de bricks de don Simón tinto. La joven farmacéutica soñadora que estaba pronta a acabar la guardia de una noche de sábado, su divinísimo ectoplasma, me recibió como si yo fuera el fractal del primer idiota que le metió mano. Paco y su peste mareante, la vieja con su oído absoluto y luego el gran resto, la siempre imprevisible marabunta, pidiendo de beber y de comer como si no hubiese otra manera de seguir viendo la película.


Cuando todo acabó y pude tranquilizarme un tanto vi la reciente microfotografía de la cara de una hormiga. Era horrorosa, un puto monstruo de Lovecraft. 

- ¿Por qué las pisas? -me dijo el abuelo en una de aquellas lejanísimas tardes que pasamos en su casita de campo.
- ¿Por qué? -respondí- No lo sé.
- ¿Te han hecho algo? ¿te han hecho daño?
- No.
- ¿Y entonces, por qué las pisas?

No supe que responder. No he vuelto a pisarlas. 

Vistas con los ojos son admirables. 


Pero dale zoom a tus ojos y verás donde queda todo lo sagrado que aún queda en ti. 


Un fractal, eso es lo que siempre has sido. Un fractal que cierra relato para ir a comprar más whisky y cigarrillos.

viernes, 21 de octubre de 2022

LA ÚLTIMA TARDE QUE TE VI EN EL BAR ESTUVE A PUNTO DE ACARICIAR TUS CABELLOS

 La última tarde que te vi en el bar estuve a un paso de acariciar tus cabellos. Un sólo paso de menos y lo habría hecho; pero el pensamiento, como tantas otras veces, llegó después de la acción. ¿Sabes que hay científicos que postulan la existencia de un intervalo de diez segundos entre lo que el cerebro percibe y las reacciones consecuentes? ¡Diez segundos! ¡Una eternidad! Pero un sólo paso no dura diez segundos. Y aunque ya voy siendo mayor no lo soy tanto. Sí, he visto andar a personas muy viejas, me voy fijando en ello. Les cuesta horrores dar un paso ayudados por el tacatá, tal vez dos o tres segundos; puede que mañana haga la comprobación con mi viejecita de todos los días. Espíritu científico. ¿Lo creerás, pequeña? ¡Yo! ¡Espíritu científico! ¡Jajajajajaj!

Claro que en tu caso es un poco diferente. 

La cosa pasó en la segunda vez que te dejé atrás. La primera había sido para tomar nota de las consumiciones de tus padres, tu querida hermana y, supongo, tu tío. Ya entonces me fijé en ti al dar media vuelta para regresar a la barra. "Me fijé"...¿como puede uno fijarse en unas décimas de segundo? Pero sí, me fijé, esa es la verdad. Tu sonrisa, eso fue. Tu sonrisa. La sonrisa que vi en tu rostro durante las décimas de segundo de un par de pasos de camarero se fijó en mi cerebro. A veces unas décimas de segundo en el bar dejan más huella que todo un paseo bajo un atardecer otoñal.

No era tu primera vez aquí, no, qué va. Eso empezó este verano, en la terraza. Bueno, no sé...quizá fuera en el anterior, sí. Seguro. Pero tampoco me hagas mucho caso. Tengo muchas dudas con respecto al paso del tiempo. Ayer, sin ir más atrás, lo pensé a cuenta de una memoria que yo creía más lejana hasta que Google me reveló que no lo era tanto. Google es una cosa bastante tonta, pequeña: es como una memoria sin alma ni espíritu. Bien, podrías objetar, a fin de cuentas es un robot. Sí, cierto. Y un robot está ahí para hacer lo que le han mandado. Pero ni tú ni yo somos robots. Somos seres sensibles que reaccionan de diferente manera según los estímulos, haya diez segundos entre ellos o no. 

El pasado domingo, la última tarde que te vi por el bar, empecé a sentirme raro de verdad. Ya el día anterior lo pasé medio jodido pero no le di importancia. Y no es que hubiese bebido la noche de antes, no, eso fue el miércoles de esa semana, que por cierto me dejó una resaca tan fuerte que casi no podía creerla, pero de eso ya habían pasado dos días enteros y más o menos estaba bien, listo para la siguiente. Pero el domingo...el domingo se me hizo largo de cojones. Hasta que a última hora entrasteis al bar.

La tarde era gris y amenazaba una lluvia que luego no llegaría. Y por primera vez en tu vida viste mi bar por dentro.

No había nadie más que vosotros. Tu querida hermana, una muchacha grande, dulce y hermosa, situó tu silla de ruedas junto a la mesa de todos, se sentó y te agarró la mano. 

Tomé nota. Y entonces, al irme hacia la barra, vi tu sonrisa. 


Sí, la vi. La vi, pequeña. La vi por primera vez. La sonrisa que siempre has llevado puesta, la que hoy, ahora que no te veo, seguirás llevando puesta. La gente, yo, no quiere mirar los abismos. Se marean. Nos mareamos.

Estabas preciosa con esa sonrisa. Mirabas a quienes hablaban, seguías la conversación con la mano de tu hermana sobre la tuya. Desprendías tal felicidad que me partió el alma. Ahí fue, cuando dejé los servicios sobre la mesa, que estuve a punto de acariciarte el cabello. Yo malo por mi mala cabeza y tú con esa sonrisa sin siquiera poder girar el cuello. 

Y tu sonrisa ante la conversación de los otros era como un milagro. 

Eras como Cristo en el Sermón de la Montaña. Así tuvo que ser. Así debería haber sido. 


Un paso, pequeña. Sólo me sobró un paso para acariciar tus cabellos. Quizá eso me habría ahorrado la terrible semana que he pasado.





miércoles, 12 de octubre de 2022

EL PREMIO DEL COCO

Nadie pidió que pusiera el desfile militar. Claro que a esas horas de la mañana no había mucho ambiente en el bar. Día de fiesta. En la tele muda, una mujer insistía en enseñar el culo apretado tras unas mallas. Buen culo. Dándole la espalda un cliente jugaba a la tragaperras. También hay culos en la máquina. No culos humanos, por supuesto; son culos dibujados por ordenador, culos de mujeres dibujadas en poses insinuantes. Algunas son magníficas. Yo no juego pero los lunes hago la recaudación de la máquina y mientras a puerta cerrada espero al operario en compañía de la señora de la limpieza (una beata ya en edad de jubilación) hay veces que me quedo mirando su programa. En especial cuando veo aparecer en la pantalla a la sonriente joven de pelo moreno, piel blanca, ojos verdes y dos cocos por sostén. Está ante una mesa con tres suertes ocultas y detrás de ella hay una palmera y el soleado mar. La chica no está inerte, parpadea, mueve los hombros y sonríe y espera con la boquita cerrada. La isla, el mar, el sol y la simpática morenita de ojos verdes que te sonríe con dos cocos ocultándole las tetas. Luego cambia a las gang sisters y ya no es lo mismo: demasiado putas. Y de las malas. 

Otro mediodía de locos en el bar. De locos...

Cambié de canal después de ver unos cinco segundos a la orgullosa tía enseñando su trasero, no sé si lo dije. No puse el desfile militar, claro, no recuerdo haber perdido nada allí. Cualquier otra cosa, lo que fuera. Nunca he sido amigo de guerras, ni de ejércitos, ni de batallas ordenadas en base a los galones ni de hostias parecidas.

La batalla de hoy inició como un suave amanecer en los molinos; pero de pronto, y como siempre, una nube negra; y con ella la tormenta llena de endriagos sedientos. Y una vez más, solo y con mano firme sobre el grifo de la cerveza, los recibí a todos.


Arranqué el coche, encendí el cigarrillo y tiré para casa. La peña andaba sentada en las terrazas, bebiendo las primeras copas o acabando de comer, según el garito. Otro día de fiesta. Hoy el de la fiesta de España, tu país.


Tres opciones: salir a andar, entrenar en día de descanso o escribir bebiendo bajo tu techo aunque mañana te cueste un dolor.


¿Sabes, jovencita, morena, blanquita, ojosverdes de simpática sonrisa cerrada que con dos cocos por sostén esperas en una isla a un jugador, sabes que algún día, o mejor aún, alguna futura noche bien soñada, seré yo quien esté al otro lado de tu mesa de las tres suertes? ¿Y que me dará igual el premio que descubra el coco que elija?