Poco más y hubiera tenido que esperar a estar bien muerto para llevar el pelo largo.
miércoles, 28 de abril de 2021
EL MELENAS
sábado, 17 de abril de 2021
HOSTIAS
"Las cincuenta mejores jugadas de Michael Jordan" Eso fue lo último que vi ayer. Intento recordar qué me llevó hasta allí pero no lo recuerdo. ¿Algo del Jordán...? ¡Sí, "El Buscón" de Quevedo, su audiolibro, el nombre del padrino de Pablos en la chirlería, el que lo introdujo en ella!: "Don Toribio nosecuantísimos Jordán" Don...dán, como son de badajo. Pero...no estaba oyéndolo a esas horas ni aún antes, aunque sí después. Jordan, Jordan...Sí, supongo que fue eso.
miércoles, 14 de abril de 2021
ERA MEDIODÍA
No recuerdo a santo de qué pero seguro era con motivo de una celebración familiar, no una boda, algo como una comunión o un bautizo en Ciudad Real y que en aquella cafetería entramos solos mi tío, uno de mis hermanos y yo. Puede que el asunto transitara por uno de esos intervalos que siempre hay entre el fin del hecho en sí y el consiguiente ágape, fotos, firmas, esperas y todo eso pero mi tío se llegó a nosotros y dijo de ir a tomar a algo mientras los otros acababan con los formulismos necesarios, a lo que, claro está, no nos negamos de ningún modo.
jueves, 1 de abril de 2021
JUEVES SANTO
El sol todavía está alto. Son las siete y media de la tarde y sigo viéndolo tras mi ventana. El cambio de hora. Hay gente que dice quedarse muy afectada por ello. Yo no. No recuerdo si alguna vez llegó a afectarme. Ahora me levanto y es de noche pero es lo mismo: abro el bar, enciendo las luces, me pongo detrás de la barra y espero. La gente viene y va, a veces hablo con ellos y luego soy yo el que desaparece. Así pago las facturas del piso. Y no es que piense mucho en ellas. La verdad es que suelo dejarlas hasta el último momento, cuando los avisos son ya concluyentes. De hecho no me importa pagar el recargo correspondiente. Ir hasta Correos, a sus horas, sólo matinales, aguardar en la inmensa cola durante mi día de descanso para al fin dar cumplida respuesta a las jodidas cartas para las que sólo hay lugar en mi buzón...no. Prefiero hacer cualquier otra cosa. Al menos hasta que sea irremediable.
Hoy es Jueves Santo. De chico iba con mis padres y hermanos a hacer las estaciones. Pasábamos por todas las iglesias del pueblo, estábamos allí un rato y luego nos íbamos a tomar algo. No sé porqué lo hacíamos, la nuestra no era una familia religiosa, o al menos no de esas que iban a misa los domingos, supongo que sería cosa de otra superstición: ya que no cumplíamos el precepto dominical, al menos dar la cara en día tan señalado. Y he de confesar que me gustaba, no sé porqué. Eso de ir de una iglesia a otra sin quedarse demasiado tiempo en ninguna para llegar a la siguiente y encontrar lo mismo, gente silenciosa, cirios ardiendo y gorigoris que retumbaban en los altos techos...Sí, ahora que lo pienso creo que esto era lo que me gustaba, los altos techos ocultos entre las sombras. Levantabas la cabeza y casi te mareabas si mantenías la posición. Luego bajabas la cabeza y entre las espaldas de los demás vislumbrabas al tremendo cristo crucificado.
El otro día entró un alcohólico al bar. No es de aquí, lo conozco de otras veces pero no es de aquí. Creo que fue su tercera o cuarta vez. En la primera tuve que echarle de malas maneras junto a su sempiterna mochila porque no atendía a razones. Luego, al cabo de los meses o quizá un par de años, volvió como uno que no sabe bien si ha estado allí. Le atendí y por la mirada supe que entonces recordó algo, siquiera una ensoñación. Y esa vez y la siguiente, también muy espaciada, se fue sin rechistar tras decirle un gesto que no le servía más. Es un tío alto y ancho, fuerte, todavía joven, de mi edad, tal y como me confesó esta última vez cuando los efluvios del coñac le soltaron la lengua, de suyo tan encadenada como la del mayor de los pecadores, pero se ve que vio que la cosa ya estaba hecha en el bar y que apenas quedaban un par de clientes en el salón y quitándose los auriculares que llevaba puestos desde que entró se animó a hablarme, a llamarme señor Kufisto, pues no se dirigió a mi de otro modo sino con el señor por delante y por mi nombre por detrás, que sin duda debió oír durante el tiempo que estuvo allí. Me habló de lo bueno que era hablar con alguien, de ser escuchado, de la noche que había pasado en Cáritas, de Paulo Coelho, de lo golfo y flamenco que era o había sido, cosa que no me creí mucho pues un golfo y un flamenco nunca tiene cara de buena persona, incluso de ignorante, pero yo atendía y de vez en cuando decía algo pues con el rabillo del ojo veía a uno de mis hermanos cagándose en Dios por lo bajo, que este era uno de los dos clientes que quedaban cuando el borracho por fin se decidió a hablar conmigo, y con mi hermano no valen tonterías, pues si ya no trabaja aquí lo hizo durante mucho tiempo y a esta clase de gente no le daba ni los buenos días, y aún siendo la mitad de grande que este no le habría durado ni cinco segundos, que no es tanto la grandeza como el motor que todavía la mueve, y en eso el de mi hermano da miedo como ronronea aún estando tras el paddock. El alcohólico me pidió otra copa dejándola sobre la barra, le dije que no y después de mirarme un momento se marchó despidiéndose lo más educadamente que pudo. Y mi hermano, ya liberado, viéndolo andar haciendo eses por la acera de enfrente, se cagó en Dios mucho más fuerte que antes, vino a la barra, pidió otra copa para él y su amigo y me reprochó mi paciencia. Y yo, que estaba a punto de irme a mi casa, con mis cosas, lo dejé estar con un par de comentarios apaciguadores. Ya en casa cogí otra novela de Simenon y me olvidé de todos.
Son las nueve y once minutos.. El sol ya se ha ido pero todavía hay luz ahí afuera
miércoles, 17 de febrero de 2021
YOG SOTHOTH
miércoles, 10 de febrero de 2021
DATOS
El comisario Maigret, asqueado, había rechazado la directa proposición de la principal sospechosa, una mujer casada, una burguesa estéril, una elegante parisina que poco antes, al pie de un acantilado, había terminado el relato de su ninfomanía, gang bang incluido.
Miré por el ventanal y vi que estaba anocheciendo. Sorprendido, pensé en salir a pasear, en completar el abortado paseo de la tarde cuando un sol más fuerte del esperado me hizo recortar el camino apenas iniciado: había salido con la misma ropa que por la mañana y ahora me sobraban un montón de prendas. Con todo, aproveché la salida para comprar algunas cosas en el nuevo super que han abierto al lado de casa. Apenas había gente y pude hacer la compra con total tranquilidad. Ya en casa ni se me ocurrió volver a salir más ligero de equipaje. La tarde era espléndida, sí, y han sido unos cuantos los días pasados entre nubes, lluvia y un viento tan molesto como él solo pero...me puse cómodo junto al ventanal y abrí otra novela del buen Maigret.
Por tercera vez en el día eché a andar con el mismo hato. Ahora sobraban menos cosas que en la segunda pero los bolsillos de mi abrigo son grandes. Ahí se quedaron los guantes y todavía habría sitio para el gorro en según qué zonas. La bufanda resulta más complicada de tan grande como es: alguien, hace tiempo, se la dejó olvidada una noche en el bar y tras un mes de permanencia en el perchero me la quedé. Lo mismo pasó con los guantes. El abrigo es mío y el gorro también; uno me lo compró mi madre y el otro me lo pidió un cliente por Internet. Y del resto, menos las zapatillas, no ha habido probador que reflejara mi imagen en su espejo.
No es igual ver lo mismo, no...no lo es. Las mismas calles son otras cuando es su luz quien las ilumina. Entré en ellas como uno que ve un bar, abre la puerta, pasa adentro, ve lo que hay y al instante se da cuenta de que ese no es su sitio; entonces pide algo para no echarse atrás, lo bebe rápido y se va; aunque llega un momento en la vida en el que uno se queda en él hasta que algo le eche.
En el paseo de la gran avenida vi la Osa Mayor, la única que reconozco en todo el firmamento, las tres estrellas, las tres Pirámides. Hacía años de la última vez. Y lo menos veinte de la primera que me fijé en ella cuando todo este cuidado paseo era un erial.
viernes, 29 de enero de 2021
NO ES LA PRIMERA VEZ QUE NO LO HACES
Fui a dormir en paz. A punto estuve de escribir una loa a Jesucristo poco antes de hacerlo. Pero me vi incapaz tras la primera línea y lo dejé correr.
Dormí de un tirón tras fantasear durante un buen rato con ayudar a todo aquel que me lo pidiera. Ya tenía abiertos los ojos cuando a eso de las seis oí los golpes de la gata en la puerta. Me levanté, se la abrí y dormitamos juntos durante una mala hora.
Uno se da cuenta enseguida de como va a ir el día. Es levantarse y casi verlo al completo. Y luego, ya duchado y desayunado, acelerando el coche por las calles desiertas, ves cualquier cosa que no cuadra en el círculo perfecto que anoche creíste cerrar antes de dormir.
¿Donde había quedado aquel estupendo paseo del atardecer, aquella ligereza de pies y pensamiento que me habían dejado en casa con una sensación tal de paz que casi me dio miedo? Recuerdo una vez, caminando una aurora durante otras vacaciones sin salir del pueblo, ya en sus afueras, en marcha hacia los molinos, que por un instante creí que todo estaba bien, que todo había estado bien.
Llegué al bar y no estaban esperándome ni Josemari ni la niña, cosa esta última que me quitó un peso de encima. Es la hija de una degenerada mujer que está tomando la costumbre de mandarla al bar a por su café, unos churros y tabaco, todo a cuenta, claro. La chiquilla acaba de empezar sus estudios en el instituto, así que supongo no tendrá más de doce años. La otra mañana me la encontré junto a Josemari esperándome en la puerta, en pantuflas, con el pijama y un abrigo, tiritando de frío. "¿Pero qué coño?" Josemari salió zumbando a por los churros sin parar por la prensa y mientras tanto le puse un gran vaso de colacao y galletas y el Discovery Max en el lugar de mi Teletienda de todos los días.
- No está bien que salgas así a la calle con este frío. Te vas a resfriar -le dije-
- Ya...-dijo con timidez-
La puta de la mala madre, resacosa, le habría despertado a gritos para que viniera a por su café, los churros y su tabaco.
La chiquilla miraba la tele del salón desde su taburete en la barra desierta.
- ¿Qué quieres ser de mayor?
- Maestra -respondió con voz apagada-...o veterinaria-
Josemari llegó poco después que yo. Al rato lo hizo la niña. "Hoy vengo vestida -me dijo- Le dije a mi madre lo que me habías dicho tú" Más churros. Otro café. Un cigarrillo de los míos. No hay más paquetes por la cara. La niña me dio las gracias como siempre y se fue.
- ¿Y esta cría como es que tiene que andar así? -preguntó, triste, el buen merchero antes de irse a sus cosas.
- Pues yo qué sé, Josemari, yo qué sé...
Pronto todo se fue a la mierda, niña incluida. Todos los buenos deseos, todas las buenas acciones soñadas, se diluyeron ante la realidad de otra mañana metido en el bar.
No hay nada que hacer. No es la primera vez que no lo haces. Tus deseos son aún más débiles que tus sueños.
Mañana amaneceré con mi gata.
Sólo tendré que abrirle la puerta del dormitorio cuando al clarear el día me saque del sueño con sus afiladas uñas.