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miércoles, 14 de abril de 2021

ERA MEDIODÍA

No recuerdo a santo de qué pero seguro era con motivo de una celebración familiar, no una boda, algo como una comunión o un bautizo en Ciudad Real y que en aquella cafetería entramos solos mi tío, uno de mis hermanos y yo. Puede que el asunto transitara por uno de esos intervalos que siempre hay entre el fin del hecho en sí y el consiguiente ágape, fotos, firmas, esperas y todo eso pero mi tío se llegó a nosotros y dijo de ir a tomar a algo mientras los otros acababan con los formulismos necesarios, a lo que, claro está, no nos negamos de ningún modo. 

Era mediodía. La cafetería amplia y luminosa, con grandes ventanales a lo largo de los cuales estaban dispuestas las mesas y frente a ellas una amplia barra en forma de codo que ya iba luciendo aperitivos. Junto a la puerta de entrada se hallaba una mesa de servicio sobre la que, medio apoyado en ella, esperaba también a la vera de una enorme copa de vino tinto un camarero alto, delgadísimo, calvo y cuarentón que llegando a nosotros tomó nota cantándonos de manera un tanto desafinada parte de la carta, algo que bien pudo haberse ahorrado al oír el primer no de mi tío, hombre poco amigo de repetir las cosas y menos aún de escuchar letanías. El camarero voceó los servicios un tanto desencantado y regresándose a su muleta echó mano a aquella copaza de vino y le dio un beso tal que mi hermano y yo, estando como estábamos sentados de cara a él, no pudimos menos que sonreír.

- ¿De qué os reís? -dijo nuestro tío. Y señalándolo con las miradas él se volvió y volviéndose hacia nosotros soltó un "joder" tan típico que no pudimos menos que soltar la risa.

Vinieron las cervezas, derramáronse parte de ellas conforme las traspasaba de la bandeja a la mesa y dejando las patatas fritas más listas de todas las que habían venido sobre el plato volvió a insistir acerca de lo que antes parecía haber quedado claro. Entonces mi tío lo miró y el otro no esperó a oír la respuesta.


Esto le conté hoy a mi amigo y mejor cliente frente al ventanal del bar al salir de la barra con una copa de vino tinto en la mano. Eran las tres de la tarde, estábamos solos, hablando y callando como lo hacen dos largos amigos, dos que juntos bebieron hasta casi reventar. Pero una cosa es recordarla y otra contarla.


Y otra escribirla. 
 

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