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sábado, 17 de abril de 2021

HOSTIAS

"Las cincuenta mejores jugadas de Michael Jordan" Eso fue lo último que vi ayer. Intento recordar qué me llevó hasta allí pero no lo recuerdo. ¿Algo del Jordán...? ¡Sí, "El Buscón" de Quevedo, su audiolibro, el nombre del padrino de Pablos en la chirlería, el que lo introdujo en ella!: "Don Toribio nosecuantísimos Jordán" Don...dán, como son de badajo. Pero...no estaba oyéndolo a esas horas ni aún antes, aunque sí después. Jordan, Jordan...Sí, supongo que fue eso.

Al fin hoy vino el del vino, ese viejo a quien el domingo pasado no pude negarme a su casi súplica en memoria de mi padre para que le comprara un par de cajas, un hombre que jamás he tragado, uno que hace tiempo dejó de ser cliente y que tal día se dejó caer como si nada para luego saltarme con esa. Yo de primeras, claro, le dije que hablara con mi hermano que es el que lleva las compras del bar, yo no valgo para eso, pero al viejo no le venía bien el horario (o más bien, no le venía bien mi hermano) e insistió conmigo y a la memoria de mi padre y de los tiempos pasados. Al final accedí, el lunes se lo dije a mi hermano mientras preparábamos entre los dos la comida familiar, se cagó en la hostia, dijo que no "y menos a ese" y en fin, que durante toda esta semana no han sido pocos los momentos en los que me ha venido al pensamiento el incómodo que estaba por llegar, resolviéndome pronto a cogerle las dos cajas, pagárselas de lo mío ("yo te las dejo, las probáis y luego ya vamos funcionando" dijo), confesárselo y cerrar ahí la breve reanudación de nuestro comercio. Total, sería cosa de unos treinta euros pues eran cajas de seis botellas. Conforme. Arreglaría el asunto y tendría en casa dos cajas de vino que no bebo, unos ocho litros que al menos darían para escribir ocho malas historias con las que pasar el rato algo más animado que viendo a Michael Jordan machacando aros. 

Era mediodía. Yo estaba hablando fuera de la barra, en el ventanal, con un cliente cuando de repente vi aparecer en la barra al viejo con una mascarilla de pico de pato. Me pilló tan de sorpresa que apenas pude reaccionar. Ya casi tenía por cierto que durante la semana se había pasado a dejárselas a mi hermano con la consiguiente negativa pero no, allí estaba aunque sin las cajas. Desconcertado por la súbita aparición me subí la mascarilla acercándome a él, cosa que ayudó algo, la verdad. Yo más que mirarle a los ojos miraba la mascarilla de pato, que era lo que le faltaba al hombre para inspirar mayor desconfianza. Enseguida, le recité el arreglo pensado, respondió que no hacía falta que me las quedara para casa, que mejor no, y fuese sin más, como pasa el 99% de las veces que estás dándole vueltas a algo que te reconcome, en este caso quedar como un pardillo ante un hermano diez años más joven que tú.

Luego no mucho más y después a casa, a leer otra de Simenon e incluso empezar bien empezada la segunda, que siendo las cuatro y media de la tarde y estando eventualmente varado por la ya no tan nueva obcecación por mi estado físico (también esto estoy a punto de controlarlo) no es cosa que me disguste.

La de hoy transcurría en América, "El fondo de la botella", título ideal para un hombre como yo con todo un sábado por delante. Y el caso es que no es de las últimas que he descargado, de hecho lleva ahí unas semanas, incluso empecé a leerla, lo recuerdo, y tras cuatro o cinco páginas dejé de hacerlo para coger otra, será por novelas, que llevo no sé cuantos meses leyendo una diaria de este tío. Quizá fuese lo crudo del título, tan bien cocido en mi, pero es igual, el alcohol es omnipresente en toda novela suya. De hecho ahora que lo pienso mientras bebo escribiendo esto se me hace raro no haber pasado un arrebato escritoril bajo su influjo. 

Era la historia de dos hermanos que se reencuentran. El mayor posicionado y el otro fugado de una cárcel en busca de ayuda para pasar la frontera y encontrarse con su familia. El mayor está casado con una divorciada millonaria, borracha como él, sin hijos y al otro le esperan tres y su mujer de toda la vida en Méjico. Hay un juego de identidades falsas entre las ricas amistades, el típico todoputismo simenoniano, una explosión de furor alcohólico, una finísima descripción de su despertar y un sacrificio final de tintes bíblicos que, la verdad, no le va mucho al descreído Simenon.

Tuve que abrir un bote de cerveza antes de la caza final.


Y ahora, tres más tarde, he bajado al super por una botella de whisky. 

Estaba el chavalillo de los pelos largos, ese al que nunca le doy nada. Me asquea ver pidiendo a un tío joven. Ya ni me saluda, dejó de hacerlo, se da la vuelta; y no porque yo no respondiera a su saludo, que lo hacía, soy camarero, sino porque, estoy seguro, le daba vergüenza.

La zona de los whiskies estaba controlada, Como en todos estos sitios está cerca de las cajas para que no den mucho por culo. He pillado una de Johnnie. Tuve la precaución de mirar por el hielo antes de salir. No tenía. No es lo más importante pero ayuda. Cuando yo fumaba canutos llegué a liármelos en papel de Biblia, pero de eso hace mucho tiempo. Por cierto que hace poco oí algo sobre la maldición de utilizar ese papel...¡Ah sí, en "La isla del tesoro"!, otro audiolibro de Spotify. En fin que había dos empleadas hablándose de sus chismes cerca de las cajas y a viva voz, como uno que no tiene un segundo que perder en estado de inspiración, pedí por el hielo. Poco faltó para que en lugar de una me acompañaran las dos.

Me llegué a la caja y pagué con un billete del fajo que siempre llevo en el bolsillo de pantalón. Allí están mis dos meses de supervivencia en zona habitable. No hay más.


El chico de los pelos largos se dio la vuelta cuando me vio salir.


- ¡Eh! -dije-
 
Se volvió hacia mi.

- Toma


- ¡Hostias! -le oí decir- ¡hostias...! 

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