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viernes, 8 de julio de 2011

ÁNGEL





Cuando la primera noche de tu luna de miel la pasas en una casa de putas...mal empiezas. Y es que a los gitanos no hay que hacerles mucho caso; y menos aún si les da por filosofar.

Allí pasaron su primera noche como marido y mujer mi amigo Ángel y señora.

Barcelona, años cincuenta, una pareja de pueblerinos bajan del tren después de un interminable viaje, salen de la estación y pillan un taxi, "llévenos a una buena pensión", le dice mi amigo, el tipo arranca la tostadora e inicia el viaje hacia la noche de la extraña pareja, después de dar las mil vueltas de rigor los deja ante un edificio, "aquí estaréis bien", mi amigo le suelta una propina, "que no se diga", y excitado agarra a su mujer, pasan para adentro, piden una habitación y la sube en volandas deseoso de hacerla ver las luces de colores..."deja que me asée", le pide su virgen, "no tardes", se lía un cigarrillo, lo enciende y en esas está cuando comienza a oír jadeos, risas, escaleras arriba y escaleras abajo, jarana, portazos, más risas...sorprendido va a la puerta para ver que pasa, y cuando la abre y ve dónde se ha metido recuerda al taxista, y a la madre del taxista, y al padre del taxista, y a la mujer del taxista, y al copón bendito que los había parido a todos...les había llevado donde las putas se trajinaban a sus clientes. Al salir su mujercita del baño, asustada, le pregunta, "¿dónde nos hemos metido, Ángel?", y mi pobre amigo no sabe qué decirle, ella se da cuenta y rompe a llorar, él la abraza, ella lo rechaza, él piensa en cogerla e irse de allí, pero es muy tarde, están en otro planeta y aún no se cree lo que les está pasando...pasó toda la noche tirado a los pies de la cama oyendo los lloros de su santa.

Ángel había nacido el día que se proclamó la II República, cosa que solía recordar con una pícara sonrisa, "así salí yo...", pasó la guerra, y empezó las posguerra, los años del hambre y las cartillas de racionamiento, su padre lo metió a trabajar en el mercado cuando debería haber estado aprendiendo a sumar y allí aprendió todo lo demás, todo lo necesario, lo básico: que si no se espabilaba se lo iban a comer las moscas. Y espabiló. Al menos allí estaba la poca comida que había y un chico listo podía atiborrarse de plátanos si sabía cuando podía hacerlo, rápidamente, engulléndolos como si fuera un pato, si lo veían lo inflaban a hostias, pero el hambre tiene que ser muy mala, tanto como para preferir que te puedan dar una paliza a seguir con el estómago vacío.

Con el paso de los años abrió una pescadería con su hermano mayor, se casó y llegaron los niños, uno tras otro, entonces un polvo sí que era situación de alto riesgo, "la jodienda no tiene enmienda", ahora sí que la tiene pero antes no, el marido trabajaba y la mujer embarazeaba hasta que la edad o algún problema se lo impedía, a la de Ángel le llegó con el quinto, supongo que darían gracias a Dios, por muy jodido que estés siempre hay que darle gracias a Dios, no sea que se mosquee y encima te regale un cáncer, hay que agradecerle hasta las desgracias, por lo que pueda pasar...Dios es el que reparte las cartas y conoce bien la baraja, así que mejor no juegues con Él.

"El día que nacistes armamos una buena..." me dijo en una ocasión, yo era el primógenito y mi padre un figura, un artista, puedo imaginarme perfectamente la que se lío sin que jamás me lo contara, el primero y un chico...

Ángel siempre andaba por el bar, o estaba en la pescadería o por los bares, en su casa paraba poco, para dormir en el camastro que le dejaron en un rincón, llegó un momento en el que su mujer no podía ni verlo, y como entonces no podían separarse tenían que tragar, vivían en la misma casa pero no se veían, se decía que era por culpa de Ángel, que había desatendido la casa y los niños, que casi todo lo que ganaba se lo pulía en juergas, que no era un buen padre ni un buen marido, que era un desastre de hombre en resumidas cuentas...a mí me caía bien, a mí siempre me cayó bien, yo no soy quien para juzgar a nadie, no estaba allí, no ví lo que pasaba, no conocí a su mujer durante todos aquellos años, a sus hijos los veía alguna que otra vez, pocas, pero yo siempre veía y hablaba con Ángel. Y era un tío cojonudo.

Era bajito, cabezón, ojos pequeños y una gran nariz, fuerte de pecho, buenas espaldas y manos de pescadero, hinchadas por el agua y el frío, con unos dedazos enormes, como morcillas, te cogía la mano y no la veías, a veces apretaba, de broma, y parecía como si unas tenazas estuvieran estrujándote los dedos, él te miraba con su eterna sonrisilla, veía como enrojecías y la soltaba, "Kufistín, Kufistín...".

Los últimos años de su vida laboral los pasó trabajando en la pescadería de una ricachona amiga suya, así pudo cotizar algo, y otro amigo le preparó los papeles del tal forma que le quedara una pesioncilla medio decente para su jubilación, él jamás había pagado a Hacienda cuando tenía su negocio, en aquellos años las cosas funcionaban de otra forma, no había máquinas que supieran hasta las veces que meabas y todo consistía en darles algo de dinero a los recaudadores cuando hacían acto de presencia en el pueblo; iban al Ayuntamiento y citaban a los autónomos, éstos les daban lo que podían y los dejaban en paz, con los años la cosa fue perfeccionándose y empezaron a pedir los libros de cuentas, Ángel me contó que en una ocasión uno de aquellos capullos no estaba conforme con lo que le daba, le pidió el libro de cuentas, mi amigo tenía un mal día y el negocio no marchaba bien, y para colmo ahí estaba ese capullo de la capital pidiéndole explicaciones...salió bufando del Ayuntamiento, fué al puesto, cogió un papel de estraza, garabateó cuatro números ininteligibles y con el sucio mandil de trabajar volvío a ajustar cuentas con ese maldito imbécil, "¡ahí tienes mi libro de cuentas!" le espetó, el otro lo miró y dijo algo así como que eso no era serio, entonces Ángel, condenao y hasta los güevos, le dijo quitándose la correa: "¡QUÉ QUIERES! ¿DARME POR CULO? ¡¡¡NO VES QUE NO PUEDO PAGARTE MÁS!!!". El otro al verlo le dijo que estaba bien, que les diera lo que pudiera...otros tiempos, otros hombres.

Yo hablaba mucho con él, era muy joven y exaltado, para mí todo era blanco o negro y él siempre intentaba hacerme entrar en razón, hacerme ver que la vida no era tan sencilla, que había que ser buena gente, no un cabrón, no quererlo todo para uno, que todos teníamos derecho a un trozo de la tarta...un viejo hablándole a un chico, alfiles de distinto color.

Las mujeres le gustaban con locura, las mujeres con carnes, "donde te puedas agarrar", es curioso, a todos aquellos hombres les gustaban las mujeres rollizas, con kilos de más se diría ahora, a ellos no les sobraba ninguno, renegaban de las flacas, "piel y huesos", Ángel ya era viejo y no se le ponía dura, "ya no hay nada que hacer" me decía con su sonrisilla, pero cuando pasaba alguna mujer de aquellas yo veía como la miraba, después él me miraba a mí y sin decir nada nos reíamos...había sido muy mujeriego, muy follarín, y puede que el nabo estuviera muerto pero el deseo seguía ahí, mordiéndole las pelotas...

Solo le ví perder la sonrisa en una ocasión, una noche en la que un amigo suyo, veintitantos años más joven, completamente borracho, le echó en cara lo de su familia, lo hacía a menudo, era un poco gilipollas cuando bebía y Ángel pasaba de él, no le hacía caso...pero aquella noche algo se le rompió por dentro al oír eso, lo enganchó por el cuello con la mano izquierda, lo estampó contra la pared y elevó su puño derecho para reventarle la cabeza, en el último momento bajó el puño y lo soltó, el borracho cayó al suelo, la cara blanca, acojonado, miré a Ángel y ví su mirada, jamás se la había visto ni se la volví a ver, daba miedo, no era él..."si vuelves a decirme eso te mato" le dijo jadeando, después se fue y todos nos quedamos a cuadros, estuvo varios días raro pero al final se le pasó, aquel imbécil volvió a meterse con el tema alguna que otra vez, siempre borracho, pero mi amigo no le mató, no cumplió su palabra, simplemente aquella noche algo le había crujido por dentro, y es que hay que tener cuidado con lo que se dice, cuando se dice y cómo se dice, aunque al otro se lo hayas dicho un millón de veces antes.

Un incipiente Parkinson hizo que en los últimos años de su vida la cabeza se le moviera como un muñequito de esos que al tocarlo no deja de moverse. En lugar de ir al médico lo sosegaba con su alcoholismo, un curioso alcoholismo porque en todos los años que le conocí jamás lo ví borracho, sabía retirarse, sabía beber, pero no había probado el agua desde que era pequeño. Una vez lo ví con mala cara y le pregunté qué le pasaba, en voz baja me dijo que hacía una semana que no "hacía de vientre", le escribí en una servilleta el nombre de unas pastillas que mi madre tomaba para el asunto y se fue a la farmacia...al rato vino:

- "Kufisto, ¿son éstas?"
- "Sí Ángel, ésas son, tómate una, ¿quieres un poco de agua?"
- "No...dame un chato"

Se lo puse.

Al rato lo miré y me fijé que movía la boca como si estuviera chupando un caramelo...

- "¿Qué haces?"

Y se señaló la boca. Estaba chupando esa mierda.

- "¡Pero tragátela!"

Lo hizo.

- "¡Qué mal sabe!"
- "¡Pues claro que sabe mal, eso es para tragar, no para chupar! ¿es que no te has tomado una pastilla en tu vida?"
- "Nunca"

Me quedé loco.


Cuando murió, su familia lo enterró tan malamente que recordé aquella escena de los Simpson donde Homer imagina su entierro: una excavadora lo echa en un hoyo, unos tipos le tiran arena encima, se largan y enseguida llegan los perros para devorar las piernas que han quedado fuera.


Al menos a él lo habían enterrado entero, no se veían perros alrededor, solo estaba yo y el ocaso de un día de noviembre, junté las manos y recé un padrenuestro. Cuando me iba recordé una cosa que me dijo una lejana noche de verano.


- "Kufisto"
- "¿Qué, Ángel?"
- "Todo es mentira, menos la jodienda."


Para el hombre que soñaba con ser invisible.


Seguro que para comprobar si los demás eran tan buenos como decían.

1 comentario:

  1. Buen microrelato.
    Mejor aún si no es verdad.
    Sigue así.
    Me gusta, coje los lacasitos que quieras.

    Juanito.

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