martes, 29 de agosto de 2017

UN DESPERTADOR PARA DORMIR


A veces sabes que has dormido porque recuerdas los sueños, aunque tu cuerpo y tu cabeza sigan igual que cuando se acostaron.

Hay noches en las que primero debes dormir un ojo y un rato después el otro, por lo que pueda pasar. Noches en las que el sueño te vence el pulso de todos los días pero no como siempre: tiene que estamparte la mano contra la mesa para darte por derrotado, hasta el jaque mate, nada de abandonos prematuros. Y no es que no quieras dormir, sólo que ya sabes que esas noches únicamente puedes hacerlo así, por lo que pueda pasar.

Luego, durante el día, no hay sol que alegre tu corazón ni música que alivie tus pensamientos. El estúpido y obeso perro del remordimiento muerde tus pelotas sin compasión y así andas tú, de acá para allá con cara de "debo haber perdido algo en algún sitio"; pero como son tantas las cosas perdidas y tantos los sitios en los que has estado no eres capaz de dar con el hueso que aleje al perro de tus cojones; al contrario, cada recuerdo hace que la dentellada sea más fuerte, más dolorosa, tanto que cuando terminas la rutinaria tarea del día lo único que quieres es tumbarte y mirar por centésima vez el Mortadelo de los okupas. No hay nada mejor en un día así. No puedes apagarte, programar que te despierten a las ocho de la mañana y dormir dieciséis horas de un tirón. Eso es cosa de las máquinas y de los bebes. Y tú no eres ninguna de esas dos cosas.

Vuelve a caer la noche. Otro día que pasa igual que las botellas vacías al contenedor de la basura. Tendrías que salir un rato, respirar aire fresco, eso siempre ayuda. Pero sales y te das cuenta que el chisme de la música tiene aún menos energía que tú, que hay demasiada gente por las calles, demasiados coches, demasiadas luces, demasiado ruido...Regresas a casa y pones música. Tienes toda la noche por delante. Quizá más tarde será mejor, cuando sólo los gatos y los solitarios pisen las calles, cuando se apaguen las luces de los comercios, ¿para qué tenerlas encendidas?; aquellos no tienen bolsillos y tú sigues con tu agujero de siempre en los tuyos; unos a rebuscar en la basura y nosotros a mirar el suelo y el cielo; ellos encontrando rica mierda y tú y yo una ración más de nada para el coleto. Rica.

Una rápida ducha y un poco de jabón. Ni hambre tienes. Te sientas ante el ordenador. Apagas la música y enciendes el enésimo cigarrillo. Escuchas tu respiración y el rumor de la máquina. Alguien empieza a tirar cohetes. Así es la vida: unos tiran cohetes, otros los miran y nosotros los oímos. Ya queda menos para salir a la noche. Ojalá y no quede ninguno por lanzar cuando salgas afuera.


Y entonces oyes la llegada del camión de la basura y decides irte a la cama.

domingo, 27 de agosto de 2017

EL AGUA QUE ACLARA LA VISTA

El día, por fin, amaneció gris y fresco. Cogí el coche y pasando por el bar de camino a la gasolinera no vi a Jose y su bicicletilla esperándome en la puerta. Me extrañó. Eran las ocho y media y ayer le dije que llegaría sobre las nueve. "Bueno, yo estaré por aquí a las ocho" dijo. La poca gente que se veía eran viejos paseando con una bolsa de churros o chavales volviendo a casa como podían después de otra noche perdida por ahí. A veces ven a Jose y le insultan si van en coche. "¡Guarro!, ¡feo!, ¡tío mugre!, ¡momia!" y cosas así. Y entonces Jose deja de hurgar en el contenedor de basura o de limpiar mi terraza y a grandes voces, tartamudeando, se caga en sus putas madres y en sus malditos muertos. A veces temo que alguna vez tengamos un disgusto. Uno nunca sabe con una cuadrilla de chavales borrachos. Yo le digo que no les haga caso pero él no puede. Son ya muchos años de humillaciones sin sentido. El otro día me contaron que hace años pasó a un bar de pijos armado con una especie de espada en busca de un niñato que lo llevaba sacando de quicio durante demasiado tiempo. Le vio entrar ahí y supongo que se le cruzaron los cables. Echaría mano del cuchillo ese o lo que fuera que esa mala mañana se hubiera encontrado por ahí y fue a ajustarle las cuentas. Menos mal que el otro tuvo tiempo de esconderse; sino hubiera acabado mal, que no hay nada más peligroso que un buen hombre desatado. Tan bueno es, tan inocente, que me costó creer la historia. Pero sí, así fue.

Los chicos de la gasolinera estaban hoy con cara de pocos amigos. Yo no había despertado mucho mejor pero al verlos me animé. Pillé la prensa y me fui al bar.

Apenas había empezado a colocar las cosas cuando oí un tímido golpe en la puerta. Abrí y efectivamente era Josemari.

- ¿Hay algo que hacer, Kufisto? -dijo. Él sabe que los fines de semana siempre hay algo que hacer pero siempre pregunta antes para no molestar ni dárselas de listo. Su madre lo educó lo mejor que pudo. "Pide, no robes" Tiene 94 años y vive en una residencia de ancianos. Jose es el único hijo de los 18 que parió que va a verla todos los días. Algunos ya están muertos, otros viven fuera y a los demás les da miedo de lo vieja que está. "¿Pero te conoce?" le pregunto, "¡Claro que me conoce! Y hablamos. Está muy viejita ya, pero...es mi madre, Kufisto. Es mi madre" Su padre murió por el alcohol con apenas 50 años. Alguno de sus hermanos también llevaron el mismo camino. Él no bebe, sólo fuma. El alcohol, dice, "me volvía loco" Y yo que le conozco desde hace más de 30 años jamás lo he visto beber ni una gota.

Le dije que sí y se alegró. Y como siempre hace me dio su pronóstico del tiempo para hoy. Respondí que ojalá y cayera el Diluvio. Se rió y empezó a sacar fuera la terraza cantando sus cosas. Yo me lié a fregar. Y así, en buena armonía y con un silencio sólo roto por sus leves cantes, arreglamos otro domingo más el bar.

Suele terminar su parte antes que yo la mía. No me dice nada. Se espera. Y una vez que acabo le doy un paquete de tabaco y algo de dinero. No está mal por media hora de trabajo. Él lo sabe por comparación con otros y así me da las gracias.

- Bueno, me voy pá el bar de Boni, Kufisto
- Muy bien
- ¡Ayer estuve con mi mujer en el hospital! -dijo como quien recuerda en el último momento algo que tenía que decir
- ¿Y eso?
- El ojo otra vez, que se le puso peor. Lo tiene ciego ya, la pobre -me dijo con cara de lástima por ese ojo desgraciado por el borracho de su padre cuando ella era una niña. Ahora es una señora muy simpática y bastante fea que poco después de la muerte de mi padre me dio el pésame que más sentí. Iba yo paseando por las afueras, pensando en él, cuando me los encontré saliendo del barrio donde viven. Ella se acercó, me dio dos fuertes besos y cogiéndome las manos dijo que contara con ellos para lo que fuera: "Aquí estamos para lo que haga falta, Kufisto, de verdad"

Jose se fue y abrí el bar. A eso del mediodía hubo un leve intento de llover. Vino poca gente. La tarde iba poco más o menos que igual hasta que unos amigos vinieron para beber whisky del bueno. No quise unirme a ellos. Bueno, sí quise pero no lo hice.

Salí a la puerta y encendí un cigarrillo. Ahora sí parecía que por fin iba a llover algo. Podías oler la humedad. Es maravilloso volver a olerla después de tantos meses. La esperanza es hermosa cuando la sientes cerca. Y terrible cuando parece olvidarse de nosotros.

Oí cantar a Jose. Miré a la izquierda y vi que venía andando. Por la tarde no saca la bici, pero sí el palo de escoba con el que se ayuda para buscar en los contenedores de basura. Tiene unos sesenta años que parecen aún más en su arrugadísimo rostro y la agilidad de un chico de veinte. Hemos estado mil veces codo con codo y jamás le he olido a sudor ni a nada. Será porque no tiene un gramo de grasa. Y a que se lava. Feo sí, guarro no. Y mejor que muchos, también.

- ¿Qué pasa, Kufisto?
- Pues mira, echando un pito
- Va a llover
- También decías eso esta mañana
- Jajaja...¿me das uno?
- Toma. ¿Y tu mujer?
- Mejor, ya está mejor. Le han dado unas gotas para el ojo...

Y fumando vimos llegar una tímida lluvia.

- ¡Qué bien huele, Kufisto!
- Sí, Jose
- ¡El agua es vida!
- Sí


En silencio estuvimos un rato respirando ese aire húmedo después de tres meses infernales. Pronto escampó. Él se fue a lo suyo y yo volví a la barra y me eché una cerveza para los últimos diez minutos en el bar en compañía de los amigos.


Lo había conseguido.

viernes, 25 de agosto de 2017

TINA ROLLINS

Tina Rollins apuró su tercera copa. Hizo bailar los pequeños trozos de hielo mirándolos como a hojas secas en el suelo y dejó el vaso en la barra como si fuera un pañuelo de papel con mocos. Sacó un cigarrillo del gran bolso y se lo llevo a los labios.

- Dame fuego, muñeco -le dijo al joven camarero. Y salió a la calle para fumárselo.

Un viento furioso y abrasador estaba trabajándose a los árboles del paseo de la estación. El verano estaba acabando y las primeras hojas muertas anunciaban la próxima llegada del otoño. Tina se sonrió al verlas. Tenía 46 años y también estaba harta del calor. Una fuerte ráfaga la hizo estornudar. Cogió un pañuelo de papel y se sonó los mocos. Lo tiró y vio como se lo llevaba el viento calle arriba. Después escupió el cigarrillo, lo pisó y pasó al bar a por otra copa.

Tina Rollins se había casado joven y muy enamorada con el primer hombre que se la había follado en condiciones y que le había cruzado la cara cuando no se había portado bien. Pronto tuvieron una hija y poco después se separaron. El amor había durado hasta que el otro empezó a repartirlo por otros coños. El suyo lo notó pronto y las estrellas dejaron de ser tan infinitas como para compensar lo otro. El infinito es algo en lo que sólo pueden creer los ciegos, los vagos o los tontos. Y ella ya no era ninguna de las tres cosas.

Hay mujeres guapas y mujeres atractivas. Los chicos y los viejos prefieren las guapas, pero los hombres desean a las atractivas. Y Tina lo era. Conoció a muchos. Algunos hubo que estuvieron dispuestos a dejar a sus mujeres e hijos por ella, pero no quiso: eran poco más que unos desgraciados astrónomos podridos de dinero. Y a ella ya le habían enseñado las estrellas que había que ver y había visto para lo que valía el dinero.

La hija fue creciendo y ella envejeciendo. Pronto se vio que el fruto de sus entrañas iba a ser al menos tan atractivo como la semilla. Tina seguía pudiendo estar con el hombre que quisiera, o casi, pero poco a poco, viendo a su hija hacerse mujer, se fue dejando un tanto. Al final la niña se fue a estudiar a otra ciudad y ella se quedó sola.

Durante algún tiempo estuvo buscando un hombre. Se puso en forma y pronto volvió a causar sensación: hay mujeres que necesitan un coach hasta para mear y mujeres que les basta cualquier cosa para estar bien otra vez.

Tina Rollins volvió a ser Tina Rollins con unos cuantos años más. Y los hombres seguían estando ahí. ¿Los hombres? ¿qué hombres? Ella no veía más que a niños apesadumbrados buscando el coño de su madre. Hasta los yogurines del fin de semana, tan musculosos, se deshacían como el hielo en la copa cuando les sonreía. Era Tina Rollins, la comehombres.


Tina pidió la cuarta copa. El tren de su hija ya habría llegado al festival. Cogió el móvil y le escribió algo. Y sin esperar respuesta lo dejó sobre la barra.


- Qué calor -le dijo al joven camarero
- Sí
- Vamos a fumarnos un pito a la calle...¿fumas o qué?

martes, 22 de agosto de 2017

MANOLO

Manolo llegaba al viejo bar a eso de las nueve de la noche; o de la tarde si era verano. Nuestro bar era su última parada antes de ir a casa. Se ponía en una esquina, cogía un taburete, sacaba el paquete de tabaco y el mechero, los dejaba sobre la barra y se sentaba con tal porte y distinción, con una naturalidad, que sólo con verlo ya tenías una idea de quien podía ser ese hombre. Alto y delgado, de nariz aguileña, abundante cabello blanco y prominente nuez, era la viva estampa imaginada del hombre que ha visto mundo. Los compañeros, unos chicos por entonces, lo miraban con admiración y un cierto cachondeo. Yo también, aunque ya iba siendo un hombre. Y él nos dejaba hacer sin darle importancia.

Mi padre lo conocía de toda la vida y nos contó algunas cosas de la de ese viejo tan inusual mientras dábamos buena cuenta de aquellas estupendas cenas que hacíamos al cerrar el bar. "¿Sabes como está bueno de verdad el montado de lomo, Kufisto?" decía mi tío, "no" respondía yo esperando su respuesta, harto como estaba de hacerlos a la plancha. Y entonces partía unos filetes el doble de gordos, cogía una sartén, la ponía bien de aceite y cuando estaba caliente echaba la carne poco más que vuelta y vuelta. Después los retiraba y los cubría con ese mismo aceite. Y al pan bien borracho, sin más.

Manolo había nacido en el mullido seno de una familia bien de la comarca, de cuando las familias bien se contaban con los dedos. No había dado un palo al agua en su vida, más allá de andar de acá para allá (océano Atlántico mediante) y picar de flor en flor. Se lo pulió todo en cuanto pudo. Y ya viejo y sin un duro se vino a pasar sus últimos años a nuestro pueblo.

Tenía un hijo que a veces venía con él. Era un poco mayor que yo, aunque nos conocíamos de vernos golfeando por ahí. Pero normalmente venía solo. Tomaba vino blanco, "¿cual?", "el que sea mientras no sea malo y esté bien frío" (entonces no había la tontería que ahora hay con el vino), se bebía pausadamente tres o cuatro fumando un cigarrillo tras otro y cuando iba a marcharse a su habitación de realquilado pedía una botella de vino y un trozo de mojama para llevar.

No es que no hablara con nadie pero a ninguno buscaba. Él estaba ahí y si alguien se le acercaba hablaba con él. Conmigo lo hacía cuando le apetecía. Siempre he sabido escuchar a los viejos. Él me contaba cosas y yo lo oía con atención. Le gustaban las mujeres caribeñas y la gente educada. Abominaba de la violencia y de los extremismos. La modernidad le parecía un cuento chino. Un bolero abrazado a una bella mujer era lo más grande de la vida. Todo lo demás era mentira.

Una noche alguien puso una cinta de Julio Iglesias en el muy sufrido equipete de música que teníamos bajo la vitrina. Y entonces él, en su taburete de aquella noche que siempre parecía ser el mismo de lo bien que le sentaba, se puso a canturrear mientras fumaba. Esto era algo que jamás había hecho con Iron Maiden, U2 o los Chemicals Brothers, repertorio habitual cuando ya andábamos de recogida con el mute en el televisor. Y fue tal la cosa que a partir de entonces cada vez que entraba al bar alguno ponía a Julio para recibirle.

- Hola, Manolo. ¿Un vinito?
- Pues sí

"Soy Quijote de un tiempo que no tiene edaaad...soy feliz con un vino y un trozo de paaan...¡y también, como no, con caviar y champáaan!"

Nos metíamos a la cocina para reír. Era él, era Julio y estaba en nuestro bar.

Le cogimos mucho cariño. Reírse de alguien no siempre significa perderle el respeto, al contrario: todos queríamos que él nos prestara atención. Él se daba cuenta de todo, claro. Pero le divertía. Era un tío inteligente.


Después nos fuimos del viejo bar y ya no volví a saber nada más de él. Supongo que murió hace mucho tiempo.




lunes, 21 de agosto de 2017

LOS ESPONTÁNEOS

Es un golfo, un mujeriego. Su padre fue policía y él se hizo maestro. Hace unos años dejó de serlo, tal cual, sin pedir una baja o una reserva temporal o como quiera que se llame eso. Se hartó y se fue con lo puesto dejando atrás todo lo que conlleva ser funcionario. Quien me lo contó, aún reconociéndole como un sinvergüenza, no podía ocultar cierta admiración al hacerlo. Y yo, que sólo lo he conocido de refilón, no dejé de mostrar cierta simpatía por ese inusual gesto.

Nuestros encuentros juveniles fueron eso, encuentros. Teníamos algún amigo en común y muy esporádicamente coincidíamos por ahí, sin que ninguno mostráramos el más mínimo interés por el otro. Se casó pronto, fue padre y poco tiempo después se separó entre rumores de palizas, malos tratos e infidelidades. De vez en cuando lo veía pasar por delante del bar con algún cochazo en compañía de alguna tía buena y poco más. Nunca le han faltado mujeres, no así amigos. Y de guapo o cuerpazo tiene bien poco. Será que sabe como tratarlas. Pero suele suceder que quien sabe tratar a las mujeres no sabe tratar con los hombres.

Poco después de dejar su trabajo se juntó con un familiar y abrieron un negocio que les fue muy bien durante algún tiempo. El dinero entraba a espuertas y daba para todo, hasta para construirse una especie de mansión en las afueras del pueblo que suelo pasear.

Una tarde vino al bar uno vestido de torero.

- Un café con leche

Se lo puse. Era un chico joven, ennegrecío, delgado, con cara de haber visto hasta muertos andando. Dejó la montera sobre la barra y suspiró.

- ¿Tu eres un cobrador de morosos, no? -le pregunté perspicaz
- Claro, quillo, qué voy a ser...¿Voy a ir así vestío con la que está cayendo, mi arma?

Me reí. Estábamos solos y hablamos un rato. Una vida perra, sin duda, pero esa era su vida. Ya se iba cuando me preguntó por una dirección. Y entonces supe quien era el moroso que estaba buscando. Un par de horas más tarde pasé, como todos los días, por aquella mansión de las afueras. Y allí estaba el torero, junto a su coche de feria aparcado detrás del deportivo. La policía estaba tomándole los datos y el moroso no hacía más que gesticular enfurecido. El torero callaba y sacaba papeles en silencio, más acostumbrado a salir por la comisaría que por la Puerta Grande. Pero esa tarde al menos hubo uno que en silencio pidió las dos orejas y el rabo. Aunque seguro que no fui el único: todos los palcos y barreras aledañas tenían las persianas a medio echar.

Hará un par de años que este de quien os hablo empezó a venir al bar por las mañanas. Solía llegar él solo con aspecto de no haber dormido, se tomaba un par de cafés con dos sacarinas, compraba un paquete de Marlboro y salía a fumar cada dos por tres. Alguna visita al baño para meterse una loncha y hablar de algo conmigo. Un rato más tarde aparecía una tía y le metía un poco de mano mientras desayunaba. Así durante algunos meses. Ya había roto las medias del negocio que tan próspero había sido y andaba trampeando de acá para allá. Hubo, me dijeron, quien le soltó una hostia en su propia fábrica y no consiguió más que se echara a llorar como un chico pequeño.

Una mañana vino al bar mi proveedor principal en compañía de un señor muy serio y encorbatado que luego supe era representante de vinos. Este fue a sentarse a una de las mesas y ya solos mi proveedor y amigo me contó que habían quedado con el figura para negociar la posibilidad de suministrarle al bar que iba a abrir. Yo me quedé de piedra. Si hay alguien que conoce los piescojeísmos son los proveedores, y más en las circunstancias en las que estamos. Pero como él me dijo, "si no lo hago yo lo hará otro. Aunque eso sí, no somos tontos" Doy fe.

El nuevo y próximo competidor en esta jungla que es la hostelería llegó y enseguida me di cuenta de que iba puesto. Ya sentados le vi gesticular muy serio, demasiado, como sabiendo que los que tenía delante no eran ningunos pardillos a los que engatusar. Al final la cosa se hizo y para la Semana Santa de este año abrió su bar. Salió hasta un reportaje en el periódico local. En las fotografías podía verse a un pianista y a una mujer cantando, un jamón, algunos clientes con caras de no creérselo y a él tirando una caña para la posteridad, puede que la única.

A los dos meses dejaron de abrir por las mañanas. Y el mes pasado, ya con un par de semanas de cierres permanentemente bajados, le cambió el nombre por otro aún más ridículo y todavía no lo ha abierto. Ni lo va a abrir. Será otra jugada más. Patada adelante y a correr. Y como este, muchos.


Mientras tanto, a los cuatro toreros que vamos quedando no nos queda otra que jugárnosla cada tarde con el ruedo lleno de espontáneos y la enfermería cerrada a cal y canto.

sábado, 19 de agosto de 2017

MAL DE OJO

- De trescientos sesenta y cinco días que tiene el año -dije-...salvo veinte. Y me paso.

Jose se rió. Yo también. Todavía faltaba algo más de una hora para acabar mi turno en el bar. Me serví una copa e hicimos tiempo hablando del calor, las mujeres, las familias, Led Zeppelin y un faro en Groenlandia. Después lo acerqué a casa y me fui para la mía a escribir. Estaba abriéndose la puerta de la cochera cuando vi que del portal de enfrente emergía la irritante figura de uno que camina como si estuviera planeando en el aire. Iba con su hijito, como esta tarde en las cocheras, cuando a eso de las tres me vine con la excusa de cagar aunque más era para quitarme de en medio durante media hora. Me saludó como si fuera escuchando "El cóndor pasa" y haciéndole un gesto con la mano enfilé hacia mi plaza de garaje. Abrí la segunda puerta de acceso a mi bloque y casi estrello al chico del vecino que estaba detrás junto a su padre. "Perdón" dije con el pito en la boca. Pasé al ascensor y me miré en el espejo hasta que llegué arriba. Al final solté una tremenda mierda y volví para el bar.

Una sensación de pesadez, como de estar siendo objeto del conjuro de la rechazada mujer de ayer o víctima de un resfriado imposible no me había abandonado desde la tarde anterior. La noche había sido tan calurosa que por tres veces tuve que darle la vuelta a la almohada. Al menos no he despertado con una herida en la frente. Días hay en los que lo hago sangrando. Suelo morderme las uñas, pero a veces se me olvida. O eso o el conjuro.

El sistema del sábado en el bar es algo diferente al de los demás días. Para empezar, abro más tarde y soy yo el que friega; aunque Josemari, el merchero bueno, me echa una mano a cambio de un paquete de tabaco y cuatro perras. Luego voy a comprar y abro a eso de las diez y media. Y poco a poco, de uno en uno, van llegando los clientes del sábado a primera hora.

Café, periódico y silencio. La música country haciendo de ruido blanco. La tele en modo mute y en un canal olvidado de la mano del Gran Arquitecto. Uno en una esquina de la barra, otro en la otra y aquel en el ventanal. Yo en la cocina preparando el arroz del mediodía. El ciego que llega repartiendo bastonazos. "Aquí, Paco, aquí" Un "ponme" y un "¿que...?" que serán continuos mientras no tenga ganas de fumar. Luego algo, muy poco, y después una escapada para al menos poder cagar tranquilo en mi water.

Al kilo de arroz le sobraron casi tres cuartos. Mi hermano se llevó algo para su casa y el resto se quedó allí esperando a que lo tiraran por la noche. El arroz tiene su momento. Fuera de él sólo está para estómagos demasiado hambrientos por enfermos.

Jose llegó y poco a poco fue viendo algo. Le cuesta pasar de la luz a la penumbra. Ni los chicos de Montoro fueron capaces de negarle la jubilación prematura. Vamos a irnos un par de semanas a Las Vegas en cuanto nos toque alguna de los dos apuestas fijas que jugamos a la Primitiva desde hace año y medio.

Suele venir un par de veces por semana, aunque a veces no aparece ni en dos o tres: o su madre está un poco pachucha o ninguno de sus hermanos "puede" llevársela con ellos. Él se calla y lo acepta. Y luego bebe y me lo cuenta.

- Pues eso es lo que hay, Kufisto -dijo al acabar su relato
- Ya...
- ¿Y tú como vas?
- Una mujer me ha echao mal de ojo -insistí, ahora de viva voz
- ¿Otra? la madre que te parió...
- Pues sí
- No te queda mas solución que el faro
- Lejos
- Lejos
- Muy lejos
- Anda, Destroyer, quita la puta mierda que tienes puesta y pon a los Zeppelin
- Pues sí...pá cuatro que estamos
- Y después de Las Vegas a Groenlandia con tu puto faro.

- ¿Sabes? -le dije- De trescientos sesenta y cinco días que tiene el año...salvo veinte. Y me paso.










miércoles, 16 de agosto de 2017

LOS PARÉNTESIS DEL BAR

Todavía estaba fresca la imagen de la mujer del director del banco cuando un viejo llegó y apartando como pudo la cortinilla de la entrada pasó al bar. Había un hueco justo a su izquierda y allí se quedó. Un hombre que estaba a su lado le cedió su taburete y el viejo se sentó. Me acerqué, le di los buenos días y le pregunté qué iba a tomar.

- Una cerveza -dijo mirando como colocar su bastón.
- ¿Grande o pequeña? -le dije. No es algo que suela preguntar a no ser que quien la pida ya tenga una edad.
- ¿Como es la grande?

Le enseñé la copa

- Pues grande -dijo ante mi decepción.

Era un hombre más enfermo que viejo. Tenía aspecto descuidado, sin afeitar, despeinado, de uñas un tanto largas y con algo de roña. Le puse la cerveza y un par de pinchos de los que no necesitan tenedor, aunque añadí un par de palillos a modo de banderillas sobre el asadillo de pimientos en pan tostado; lo otro era un simple trocito de sandwich mixto sin tostar. Blandito.

El bar se vació y nos quedamos solos en compañía de un chaval que lleva unos días viniendo por aquí a diario después de hacerlo de higos a brevas. Más o menos desde que he empezado a hablarle. Ahora está de vacaciones. Trabaja en las oficinas de una mediana empresa; ordenadores y tal. Yo hubiera jurado que era camarero. Es un tipo solitario, callado e introspectivo. No sé por qué me caía gordo. Ahora, después de tratarle un poco, veo que es otro buen chico. Nadie tiene la culpa de ser como es. No es fácil trabajar con tu código genético.

Conoce gente, no es ningún asocial. El otro día, el sábado sin ir más lejos, se saludó con alguien que jamás en la vida hubiese pensado que conocería. Quizá también él tenga su pasado. Y quizá por eso ahora anda solo. También saludó a alguna mujer. Bastante atractiva, por cierto; pero lo hizo de la manera en que suelen hacerlo quienes no saben tratarlas nada más que desde la distancia.

Suele colocarse en el centro de la barra. Cosa rara porque se ve que es un tío de bar y estos normalmente escogen las esquinas. Pide un tercio, sin vaso y sin pincho. Pasa una servilleta por el gollete y bebe a tragos pequeños y frecuentes. Después pedirá otro. Y otro. Y otro. Cuatro es la base, aunque el domingo se le unió un amigo cuando ya llevaba un rato y se pimpló seis. Suelo invitarle al último cuando ya ha pagado, tal y como me enseñaron. No lo desprecia. Fuma tabaco de liar, como yo. Lleva su chivata y una bonita cajetilla metálica donde guarda el papel y algunas boquillas. Una mañana que le pedí un pito me di cuenta de que usamos el mismo papel y las mismas boquillas. Se lo dije y él amplió un poco más su desencantada sonrisa habitual. No estaba malo su tabaco a pesar de parecer seco al tacto. Me dijo que era así, que no llevaba ningún tipo de no sé qué. Y no, no estaba seco.

El viejo sacó el teléfono y empezó a hablar por él. La radio country del Spotify estaba seleccionando casi las mismas canciones de siempre sólo que en diferente orden y ninguno de nosotros se puso a bailar, siquiera a canturrear. Los paréntesis en los bares son así de largos, que ya llega un momento que piensas si te saltaste el de cierre o si alguna vez hubo uno de apertura. Y como la música era una mierda soportable y el viejo se notaba que nunca le había susurrado nada a ningún caballo nos pusimos a escucharle.

Toda la movida se reducía a un candado. Había una casa de campo, puede que una finca, una cochera y un coche. Al otro lado de la línea estaba una mujer. El viejo le preguntaba por una llave. La otra no sabía de qué llave estaba hablando. Salió a relucir la Sagrario. Por la respuesta supimos que al menos había dos con el mismo nombre. El viejo empezó a soliviantarse y colgó. Hablando entre dientes marcó otro número. Miré a Enrique y vi que estaba sonriéndose como yo. Quizá también estuviera recordando a su padre. En el bar se escuchó un clarísimo "soy el último mono" Yo tuve que pasarme un momento a la cocina. Cuando salí, la Sagrario, una de las dos, tampoco sabía decirle al viejo donde estaba la llave que abre el candado de la cochera de su finca. Recuerdo algo de "la alfalfa" y un sonoro "me cago en Dios" Después, el silencio, una mirada al móvil tipo informe médico y un qué te debo.

- El pan está duro -me dijo señalando el del asadillo que se había comido con los palillos.
- Ya, es que lo tostamos -le dije yo
- Ya, pero yo con los dientes...-respondió señalándose la boca.

Se fue.

Eran las doce y media y yo ya tenía una ganas locas de echarme un pito que no tenía. Mi hermano se estaba retrasando y no podía esperar más. Le pedí uno a Quique y me lo fumé en la puerta, tras la cortinilla, charlando amigablemente.

Ninguno mentó al viejo.


No hacía falta.