martes, 10 de febrero de 2026

MULHOLLAND DRIVE (II): COLABORADORES Y REPARTO (1)

 Tras la presentación de "Una historia verdadera" en Cannes en mayo de 1999, sin esperar al estreno mundial en octubre y en vista de la muy buena acogida recibida por la película Lynch se puso manos a la obra en el proyecto que tenía en mente desde hacía años. Desechando, con buena visión, la idea de un spin-off sobre Audrey Horne, Lynch remodeló el argumento para hacerlo original: "Mulholland Drive" iba a ser su primer guion en solitario desde "Terciopelo Azul"

Para el apartado musical eligió, como no podía ser de otra forma, a Angelo Badalamenti, fiel colaborador suyo desde "Terciopelo Azul" y que acababa de firmar una magistral banda sonora para "Una historia verdadera", quizás (y sin el quizás) una de las partituras más emotivas creadas para la gran pantalla.

En una entrevista concedida algún tiempo después del estreno de la película Badalamenti habló sobre el proceso de creación que hubo de enfrentar. Algo tal vez poco conocido de la relación músico-director es que las líneas generales de la música se concebían antes de la realización de la película. El tema principal con el que se abren los créditos de Mulholland Drive fue compuesto incluso antes de la elección del casting (de hecho hay una anécdota muy sabrosa que comentaré cuando llegue el turno de Laura Elena Harring) Para el famoso tema de amor Lynch le pidió un tono romántico a lo música rusa del XIX, muy apreciable en el tercer movimiento de la suite que no se incluyó en la versión final pero sí en la banda sonora publicada más tarde. Lo último que Badalamenti compuso, ya con el proyecto retomado como película, fue la movida canción del prólogo y la música ambiental para ciertos momentos oscuros en los que Lynch le pidió bajos prolongados y distorsionados. El propio Lynch colaboró con su parte sobretodo en la sección de realidad de la película en colaboración con el ingeniero de sonido, John Neff.

Peter Deming fue el encargado de la fotografía al igual que lo había sido en "Carretera perdida" Para Mulholland Drive, cuenta Deming, Lynch tenía muy claros los colores y su utilización pero dejaba manga ancha en la iluminación llegado el momento de rodar. Así hay escenas que empiezan en un tono para acabar en otro según va cambiando el ánimo del protagonista; por ejemplo en la escena del sofá en la que Rita intenta recordar adonde se dirigía la luz que ilumina su rostro va haciéndose más tenue a medida que avanza la escena mientras la de Betty permanece estable y natural, como indicando que Rita está entrando en un estado de ensoñación.

A cargo del montaje estuvo Mary Sweeney, fiel colaboradora de Lynch que acabó covirtiéndose en su tercera esposa después de años siendo amantes en un matrimonio que apenas duró unos meses.
 
 
En cuanto al casting se refiere Lynch contrató a viejas estrellas de Hollywood para los papeles indicados. 
 
Robert Forster como el detective del inicio vio como su papel quedaba anulado tras la conversión a película aunque fue rescatado para interpretar al sheriff en la tercera y última temporada de Twin Peaks. 

Dan Hedaya como uno de los hermanos Castigliani, Lee Grant como Louise Bonner, Chad Everett como Jimmy Katz, el propio Michael J. Anderson como el señor Roque y algunos otros también tuvieron sus escenas. Pero hay que hablar sobretodo de Ann Miller y su maravillosa interpretación de Coco.
 
La participación de Miller en Mulholland Drive fue un empeño personal de Lynch. Miller, prácticamente retirada del cine desde 1956, aceptó la propuesta con la única condición de que no fuera una película "guarra" Gran estrella de los musicales clásicos de Hollywood en los años 40 y 50 declaró haber dejado la actuación en películas porque no soportaba la deriva que estaba tomando el cine americano. Niña prodigio del baile, se casó tres veces por breve tiempo y el único hijo que concibió durante su primer matrimonio lo perdió en el último trimestre de gestación después de que su marido la tirara por la escalera fracturándole la espalda. Estos malos tratos continuaron con su segundo esposo y tras el tercer divorcio (1962) decidió que ya había tenido suficiente y desde entonces vivió con la compañía de su fiel secretaria hasta la muerte acontecida en 2004 a la edad de 80 años.
 
Resulta conmovedor como Lynch escribió el papel para ella, haciéndola andar en casi todas sus escenas con esa gracia natural que todavía conservaba a tan avanzada edad.
 
En una de las entrevistas concedidas tras la presentación de la película Miller comentó que no había entendido nada al mismo tiempo que confesaba haber sido una de las mejores experiencias de su vida como actriz y se deshacía en elogios para con el "tierno y gentil" David Lynch.

 

 

lunes, 9 de febrero de 2026

MULHOLLAND DRIVE (I)

 La idea germinal era hacer un spin-off de Twin Peaks centrado en el personaje de Audrey Horne (Sherilyn Fenn) donde veríamos su viaje a Los Ángeles para convertirse en una estrella de cine tras recuperarse (o no, con Lynch todo era posible) de las lesiones causadas por la explosión en el banco. 

No es ningún secreto que Lynch acabó muy decepcionado con el desarrollo de la serie. En un intento de arreglar un poco las cosas (y con el recuerdo de TP todavía caliente) realizó "Fire walk with me" que fue un fracaso tanto de crítica como de público, tal vez el mayor de su carrera. Y por esta razón tampoco fue ninguna sorpresa que no encontrara productora interesada en el nuevo proyecto: simplemente la gente había acabado hasta las narices del universo TP. Y David Lynch tuvo que dejar correr la historia del que sin duda era su personaje femenino favorito de la serie.

Uno de los grandes errores de la segunda temporada de Twin Peaks fue desperdiciar la historia de amor entre el agente Cooper y Audrey. Y ello fue por un motivo tan estúpido que cuesta creerlo. Lara Flynn Boyle (Donna) estaba saliendo con Kyle MacLachlan y se negó en redondo a que su novio en la vida real tuviera esa relación con Audrey Horne, bajo amenaza de dejar la serie. Y así fue como por una tonta rabieta Sherilyn Fenn (que por entonces era pareja de Johnny Depp) vio como su personaje quedaba de lado cuando todo parecía indicar que iba a ser clave. Luego vino lo que vino y en fin...pasó lo que pasó.

Pero volvamos al inicio. Es 1992 y David Lynch presenta "Fire walk with me" en Cannes entre abucheos cuando apenas dos años antes se había llevado la Palma de Oro por "Corazón Salvaje" El niño mimado de la crítica gafapasta europea de la época puesto en la picota por los mismos que le habían encumbrado. Los productores no quieren saber nada más del jodido pueblo de 51.201 enfermos mentales y Lynch, triste y solitario en su cadillac, se retira a meditar a sus aposentos angelinos tras divorciarse de Isabella Rossellini y prácticamente desaparece de la circulación durante cinco años: el mundo, sí, estaba claro desde el principio, era una basura.

El regreso en 1997 a los mandos de "Carretera Perdida" (¡y ahora más perdida que nunca!) fue una golosina para sus detractores pero no tanto para el público y la crítica joven, modernilla, que vio en ella y en su banda sonora una razón para joder por joder, algo siempre muy sano cuando a uno, sin saber como ni porqué, le echan al ruedo para que reciba a la fiera que va a salir por los toriles entre gritos del irrespetable de "¡Nosotros vimos torear a Manolete!"

Y llegamos a 1998 y sucede lo Inexplicable: Lynch va a filmar una película distribuida por Disney.

En la historia del mundo, a veces, han ocurrido cosas que por muchas vueltas que les des no encuentras explicación: la construcción de las pirámides, el pintor austríaco dejando escapar a los ingleses en 1940 y la victoria del Depor ante los galácticos en la final de Copa de su Centenario y en su propio estadio son algunas de ellas. Y "Una historia verdadera", sin duda, está entre las más señaladas. Resultado: la crítica cayó rendida ("así toreaba Manolete, ¡perdón!, así filmaba John Ford") y la película tuvo una recaudación muy superior a las precedentes. Lynch, haciéndose pasar por el Gran Tuerto, había logrado coger un poco de aire para seguir exhalando sus ommms al mundo-basura en el que había encarnado.

Y entonces fue que el rarito nacido en Missoula (esa Ciudad Real yanqui), ese frustrado pintor que se metió en la Meditación para no subir a una azotea en compañía del siempre fiable don AK-47 pensó que, ahora o nunca, era llegado el momento de darle forma a su sueño, el sueño para el que había nacido en este mundo-basura lleno de malos padres blanquitos estupendillos, bichos asquerosos nacidos de la desesperación sexual, hordas de desarrapados siempre dispuestas para el linchamiento de todo lo que puedan linchar, negros asesinos merecedores de ser apalizados hasta la muerte, zorras sin alma que no pierden la calma ni con la cocaína y productores de sueños con el mismo gusto que Dani Güiza.

El sueño en el que había estado trabajando desde "La Abuela", pasando por "Cabeza Enfermadora", "Ciertopelo Azul", "Pueblo pequeño, infierno grande", "Carretera Socialista", "Una historia para taurinos" y demás borradores: 

Mulholland Drive.

sábado, 7 de febrero de 2026

UN MILLÓN DE GOTERAS

 Era una torrencial tarde de invierno, tan fría y gris como esta, en un pueblucho extraño y hostil. Refugiados en el piso alquilado la semana anterior, tumbados en el viejo sofá y arropados por una manta, en silencio, te abrazaba por detrás como tantas otras veces en tantos otros sofás. Era mi último día allí. En la tele, en uno de esos programas de cotilleos que tanto te gustaban, alguien dijo algo que me recordó otra cosa. Y dije algo que, a pesar de toda tu tristeza, te hizo gracia.

- Qué tonto eres.

Redoblé la apuesta y tu sonrisa se transformó en risa. Y entraste al juego con una memoria cuyo recuerdo me hizo carcajear. Y así fue que respondí al hilo abierto por ti con una respuesta que nos llevó a la carcajada común. Y entre alocadas risas surfeadas de lágrimas, retorciendo el argumento hasta el paroxismo, empezamos a besarnos como si en lugar de cinco días fueran cinco años los que íbamos a estar sin vernos. 

- Espera -dijiste- Quiero hacerle una foto.

Y con mi polla dura cogiste tu teléfono para fotografiarla. 
 
 
El día amaneció frío, gris y lluvioso. Desayuné, tomé las pastillas contra el dolor, me vestí y jugué al ajedrez mientras preparaba la comida. Nada especial: unas salchichas cocidas en vino blanco junto a un resto del guiso de patatas con costillas de cerdo que hice antes de ayer.
 
Mi compañero de piso robó un par de botellitas de aceite "Oro de Bailén" el otro día y me dio una. Es extraordinario. Es tan bueno que haría decente a una mierda de otro. Eché un buen chorreón sobre el plato de patatas con salchichas y lo devoré mirando el foro.
 
Dos pitos más tarde apagué el ordenador para regresar a la cama. Volví a ponerme el doble pijama e intenté conciliar un sueño que no pude lograr. Una hora después, muerto de frío, me levanté y volví a jugar al ajedrez.
 
Era la una y media de un frío mediodía que no se veía por ningún lado. Con las sayas de la mesa sobre mis piernas calentadas por el brasero eléctrico me zambullí en Sicilianas con c3 en la tercera jugada e Indias de Rey con Ce8 en la quinta. La gata, tan contenta como siempre de verme en tal estado, se acurrucó entre mis piernas, ronroneante.
 
Dos horas pasaron y tras una derrota bastante tonta y dolorosa vi que era llegado el momento para ir a casa de mi madre. Volví a cambiarme de ropa y me fui.
 
Llovía cuando salí con el coche. Apenas doscientos metros separan las dos casas pero ahora tengo que cogerlo: doscientos metros de ida y doscientos metros de vuelta son cuatrocientos metros. Y yo, que hasta hace nada podía hacerme 40 kilómetros en un día bueno ahora no puedo hacer 400 metros sin que me cueste el sueño de la noche. 

Subí las escaleras. En la parte final vi dos cubos recogiendo las goteras que evité con cuidado. En el recibidor había otros dos. Ella estaba en la cocina. No me oyó llegar. El largo pasillo que la separa de la escalera, Telecinco a toda hostia y su vejez...
 
- ¡Hombre, Kufisto, hijo mío! ¡Ya creía que no venías!
- Pues aquí estoy. Es imposible aparcar por la mañana.
 
Nos besamos.
 
- ¿Has visto como está la casa?
- Sí
 
Sí.
 
Joder.
 
Acabó de fregar los restos de la comida apenas terminada junto al último de sus cinco hijos que todavía viven con ella. Maravillado una vez más por la limpieza nos fuimos al salón tras recoger la comida que ella y mi tía me habían comprado para la semana. Dejé la bolsa los pies del perchero. No quería irme tan pronto. La calefacción de gasoil ya estaba puesta y el brasero del salón también. Mi madre siempre ha sido muy friolera
 
- Tus hermanos dicen que venda la casa y nos vayamos a un piso pero yo no quiero. Esta es mi casa y para lo que me queda...
- Venga, mama...
 
Cogí el mando para poner cualquier canal que no fuera la telebasura a la que está enganchada mientras, entusiasmada, me contaba las visitas que esa mañana le habían hecho sus dos nietos pequeños. Y fue que viendo a un par de maricas remodelando casas que mi tía, mi querida tía, la llamó.
 
Y hablaron. Y hablaron con el altavoz encendido. Y siguieron hablando. Y mi tía le dijo que su hija mayor había abortado el programado encuentro en Madrid con sus amigas y las de su hermana pequeña por el mal tiempo...
 
Y entonces dijeron tu nombre. Y entonces escuché.
 
 Me fui poco después, cuando empezaron a hablar de otra cosa.
 
- Me voy, mama.
- Venga, hijo 
- Un beso, tía -voceé
- ¡Un beso, hijo!
- ¡Adiós! 

Seguía lloviendo. Tiré la bolsa de basura y arranqué el coche.
 
 
Y un millón de goteras cayeron sobre mi cabeza.
 
 


 

domingo, 1 de febrero de 2026

ESTESO Y POIROT

Pongamos que era el otoño de 1984. Arconada, a pesar de todo, todavía era el portero de la selección. El "Live is life" de Opus inundaba las cuatro ondas que entonces sólo le hacían cosquillas a nuestras glándulas pineales. "¡Leif is leif!" berreabas entusiasmado ante el nuevo descubrimiento de la música entre paradas a lo Arconada jugando en las calles. La portería eran los bordillos de las aceras, el campo de césped el duro alquitrán y el larguero...bueno, el larguero entraba dentro del imaginario colectivo, con todo lo que ello conllevaba: 

- ¡Alto! -gritaba yo.
- ¿Alto? Mis cojones. Es gol -respondía el goleador.
- ¡Ha sido alto, gilipollas!
 
Hablar a tacos te hacía hombre. Nuestros padres decían tacos y nosotros estábamos hasta los huevos de ser niños, muy a pesar de nuestras madres.
 
- ¡A que te meto una hostia!
- ¡Me vas a dar dos!
 
Y quizá llegabas a engancharte y enseguida venían los amigos a separarnos y seguíamos jugando toda la tarde, hasta el anochecer, con algunas breves interrupciones de los coches que pasaban por allí.
 
Recuerdo ir con mi padre en el coche escuchando el "Satisfaction" de los Rolling Stones y el "Black is black" de los Bravos.
 
- ¡Ponla otra vez! -le decíamos mi hermano y yo mientras dábamos una vuelta haciendo tiempo hasta que mi madre se arreglaba y apañaba a los pequeños para salir. Y nuestro padre volvía a ponerlas entre caladas de Winstons y yo, que iba en el asiento delantero, veía que se sonreía y me excitaba aún más. 

Así descubrimos el "Thriller" de Michael Jackson, que fue un auténtico petardazo en nuestras cabezas. Y cuando vimos el vídeo en la tele...no había nada mejor, a no ser una parada a lo Arconada.
 
Y nuestro padre llegó un día y trajo un vídeo.
 
Era un VHS. Había tres opciones: el beta (el que iba a hacerse con el mercado, decían), el 2000 (poco menos que para sibaritas) y el nuestro. Pero mi padre también tenía amigos que sabían del tema y le aconsejaron la carta a primera vista perdedora. Y luego ganó, como siempre. Mi padre no fallaba nunca. Era Superman.
 
Todas las noches veíamos una película con él. Nuestro madre acostaba a los tres pequeños y se venía con nosotros pero pronto nos mandaba a la cama y allí se quedaban ellos dos, solos, viendo el resto de la peli junto a él no sin antes decirnos a voces que rezáramos el padrenuestro de rigor en voz alta. Y después de eso nos dormíamos como los críos que todavía éramos y ellos quedaban tranquilos por un día más siendo padres de cinco hijos varones.
 
Los fines de semana se reunía toda la enorme familia. Tíos y tías, primas y primos, todos juntos delante del televisor, ¡incluso hasta los abuelos llegaron a venir en alguna rara ocasión! Los chicos nos sentábamos de cualquier manera y los mayores fumaban y bebían una copichuela.
 
Y ponían una peli.
 
Y una tarde de sábado vimos "Los energéticos" de Esteso y Pajares.
 
- ¡No miréis, niños! -decían las madres.
 
Y mirábamos, claro que mirábamos; mi hermano y yo estábamos a punto de explosión.
 
- ¡Vaya películas que traes!...¡Que no miréis!
- Déjalos...
- ¡Como qué déjalos! ¡Tú eres todo déjalos! 

Y pasaba la escena y venía otro chiste y todos nos reíamos, ellos por la escena y nosotros por lo que no entendíamos. Pero todo el mundo estaba tan contento que te reías de pura excitación.
 
Esteso y Pajares salían baldados tras una orgía preparada por el taimado moro de Ozores. 
 
- Joder con Azofaifa -decía el maño a su derrengado compadre- Yo no hacía más que decirle que parara, que no podía más...
- ¿Y por qué no paró? -respondía Pajares
- ¡Porque era sorda!
 
Y aquello fue el sindiós de la risa. 


Ahora, a mis cincuenta y pocos años, prácticamente inválido, termino de escribir esto tras haber visto "Los bingueros" y algunos capítulos de Poirot con la compañía de mi gata. Pongo el brasero y ella viene a mi regazo. 
 
La acaricio mientras el detective belga (y no francés) va resolviendo misteriosos asesinatos.  

En uno de ellos, en las mismas vías del tren, un enamorado Poirot se despide de la otoñal condesa Rosakoff a sabiendas de que ella era la ladrona.
 
Y la también enamorada condesa saca la cabeza por la ventanilla del tren que se va para no volver y Poirot alza la mano enfundada en uno de sus guantes de una manera que parece ser el adiós a todo.
 
 
A todo.
 
 
Hasta el siguiente capítulo.

miércoles, 28 de enero de 2026

JODER

En el sueño yo vivía una auténtica aventura. Era tan raro que yo viviese una aventura aún en sueños que tanto me entusiasmé que desperté.

Una mala noche. Otra. El dolor en la cadera no me dejó dormir hasta casi las seis. Poco antes, desesperado, pensé en tomar el relajante muscular recetado pero lo dejé correr in memoriam de experiencias anteriores. Además, tampoco era como otras veces y por fuerza pronto tendría que dormir.

El ulular de un viento huracanado filtrado por la ventana me dio los buenos días a eso de las diez y media. Todavía imbuido en la bruma del sueño recordé que me había levantado a las ocho y pico con los lastimeros maullidos de la gata: anoche olvidé encerrarla en el salón y hoy, ya despierta ella, la muy puta, andaba junto a la puerta de mi dormitorio clamando por los desconocidos motivos por los que siempre clama cuando sólo una puerta nos separa.

- Hija de la grandísima puta
- ¡Miau!
 
Bastó con el amago de una patada para hacerla correr hacia el salón. Entonces la encerré y volví a la cama.
 
 
Otro día en la vida. Pero el último sueño había sido tan...
 
Levanté la persiana del salón. Otro día gris. Casi mejor así: cuando uno está varado prefiere que todo esté varado.
 
Los árboles de enfrente se movían como atacados por aquel color que cayó del cielo. "¿Pero qué coño?"
 
- ¡Miau!
- ¡Qué, joder!
 
Desayuné y, todavía con la pasada aventura en la cabeza, me puse a jugar al ajedrez en el ordenador. La gata, tranquilizada por mi tranquilidad, se arrulló en la manta de su sillón a pesar del fiero monstruo ululante que amenazaba tirar abajo nuestro puto piso.
 
Hora y media más tarde preparé la comida. Unos filetes de hígado muy mal fileteados con un revuelto de cebollas, ajos y huevos. Lo dejé casi entero y tras fumarme un par de pitos volví a la cama. Después de todo no había dormido una mierda y quizá, sólo quizá, pudiera retomar la extraordinaria aventura soñada y abortada en su mejor momento.
 
Que suene el timbre del llamador es muy raro. Pero más raro es que me levante y lo coja. Sólo mi estado actual, casi impedido, me animó a ello pues prefiero la entrega de las malditas cartas certificadas en mano antes que tener que salir dos veces a Correos para saber de qué cojones me están hablando.
 
- ¿Sí?
- Bomberos. ¿Puede abrirnos la puerta?
- Sí.
 
No pregunté nada. Pulsé el botón, abrí la puerta del edificio y volví a la cama.
 
"Joder. Bomberos. En fin ..." 

Dos minutos después oí que llamaban al timbre. Y esto sí que es raro. Rarísimo. Inaudito. 

- ¿Sí?
 
Dos bomberos con todo el equipo.
 
Por lo visto habían estado cayendo tejas como si no costara mientras yo andaba jugando sicilianas e indias de rey de doble filo.
 
- Hoy no damos a basto.
- ¿Qué?
- Hemos recibido el aviso hace un rato...
- ¿Aviso de qué? ¿de quien?
- Están cayendo tejas de su edificio, señor, y necesitamos acceder al tejado.
- Bueno -dije yo, en pijama y chanclas- pero ahí tenéis la trampilla de acceso...Además, ¿veis? no tiene el candado echado.
- Ah, sí...¿tiene un potro, una escalera?
 
"¿Pero qué coño -pensé- eso no tenéis que tenerlo vosotros?"
 
- Pues sí.
- Déjenosla, por favor. 

Pasé a la habitación adyacente donde caga la gata y se la saqué. Uno de ellos se encaramó y accedió al tejado. Luego bajó.
 
- ¿Es suya la buhardilla?
- ¿Qué buhardilla?
- Sí, la ventana que da a la calle, no al patio interior.
- Sí
- Pues hay que entrar por ahí.
 
"¿Pero qué cojones? ¿por la ventana de mi dormitorio?
 
- Pues nada, venga, pasad, pasad...
 
-¡Miau!
 
Show.
 
- Será mejor que encierre a la gata, señor.
- Sí, no me digas ná, llevo siete años encerrándola y no hay manera
- ¿Qué?
- Nada
 
Agarré a la gata, la expulsé al salón y todos los tres entramos a mi dormitorio.
 
- ¿Os molesta el saco? 
- No, no...no pasa nada
 
Y allí fue que uno de ellos subió la persiana hasta los topes, "ay", y encaramado en mi escalera y enganchado a una soga amarrada al compañero salió tras la ventana.
 
- Cuidao -le dijo al otro- que no tengo pie y medio
 
 
Diez minutos lanzando tejas al suelo.
 
 
- Bueno, pues muchas gracias.
- Nada, nada...buen día llevaréis hoy.
- Pues sí. Es un no parar.
- Venga, hasta luego.
 
Volví al dormitorio y como pude bajé la persiana atascada.
 
 
Ni tenía sueño, ni tenía hambre, ni tenía ganas de jugar con la puta gata ni mucho menos tenía fuerzas para salir a andar a mis añorados molinos.
 
 
Joder. 


Joder.
 
 

miércoles, 14 de enero de 2026

PAGUITERO

 El dolor llegó a la hora prevista. Encendí la luz para echar mano a la tableta del relajante muscular ("caducidad 2012") que desde hace un par de semanas tengo al lado de la cama. El efecto deseado (según prospecto y en verdad así es) acontece a los veinte minutos de la toma, más o menos, por lo que aproveché para levantarme y fumar un pito en el frío salón. En el ordenador, con la gata arrullada en mi regazo, miré algunos hilos de Reddit acerca de Mulholland Drive que me condujeron a un segundo cigarrillo. Volví al dormitorio y pronto el sueño inducido me atrapó.

Desperté bien, sin pesadez, no como con el relajante recetado por la doctora de cabecera que me dejó tirado todo el día la única noche que lo tome, precisamente la de Nochevieja. Tanto fue que durante la cena mi madre me preguntó qué me pasaba. Creo que la pobre hubiera preferido verme medio borracho a pesar del coraje que le provoca.

Dudé en afeitarme después de la ducha. La blanca barba de tres días no me daba muy buen aspecto. Un amigo, un conocedor, dice que a esos sitios es mejor ir lo peor que puedas, pero al final el espejo me indujo a pasarme la cuchilla. Me vestí con ropa limpia, desayuné, tomé el primero de los tres opiáceos diarios recetados, jugué un par de partidas de ajedrez para hacer hora y salí a la calle.

Enseguida noté el dolor. Ayer, a causa de unos recados ineludibles, hube de andar más de lo habitual en estos dos últimos meses y lo pagué. Podría haber cogido el coche, diría alguien sensato, pero todos estaban circunscritos a la zona centro y allí aparcar es casi un milagro, además que es precisamente cuando conduzco que el dolor se hace más intenso. 

Terminé el cigarrillo justo cuando llegaba a la primera puerta y tras cruzar la segunda pasé bajo un detector que no emitió ningún pitido. A la derecha, a unos diez metros, el tipo de seguridad le comentaba algo a una señora con las manos llenas de papeles. Le reconocí. Era el mismo que el del año pasado: un chico joven, atlético, bien parecido y amable. Esperé. Pronto se acercó y me preguntó la razón de mi visita. Se la dije y me indicó que esperara un momento, que pronto me atenderían. Me quité la gorra, el abrigo y la bufanda y me senté al lado de una mujer de buen aspecto que devolvió mi saludo. Cinco minutos más tarde dijeron mi nombre y la mesa a la que debía dirigirme.

Esta vez me tocó con un viejo conocido que en tiempos fue amigo. Se sorprendió al verme.

- ¡Hombre, Kufisto, cuanto tiempo! -dijo saliendo de su mesa para darme la mano. Por un instante pensé que iba a abrazarme pero nos conformamos con darnos sendas palmadas en los hombros.
- Sí, ya ves...Desde que cerramos el bar.
- ¿Hace cuanto? ¿cuatro, cinco años?
- No. Dos.

Tras el breve e inevitable bienintencionado interrogatorio de rigor preguntó el motivo de mi visita y se lo dije.

- ¿Pero ya lo pediste el año pasado? -preguntó.
- Sí -respondí sacando el DNI y el certificado de empadronamiento que una amabilísima por joven funcionaria del ayuntamiento me entregó ayer al módico precio de seis euros y pico.
- Entonces no hace falta...pero vamos a asegurarnos.
 
Cogió el DNI y tecleó en el ordenador. 

- Está bien, mira...-dijo moviendo la pantalla- Ya te han ingresado lo de este mes con la subida aprobada para el año.
- Joder...¿Entonces no tengo que hacer nada? ¿no tengo que renovarlo?
- No mientras sigas en la situación en la que estás...Es decir, si te toca la lotería (no dijo encontrar un trabajo) o algo así pues sí pero mientras...
- Estupendo.
 
El segurata se acercó a traerme la gorra olvidada en la silla.
 
- Gracias, muchas gracias...
 
Me despedí de mi prudente amigo con otro efusivo apretón de manos y, casi en éxtasis y a pesar de lo temprano de la hora, me encaminé en dirección a la casa de mi madre para dar buena cuenta de la fabada anoche prometida en una llamada telefónica. Pero en el último crucé recordé la Bonoloto y fui a echarla a la administración habitual donde me atendió la chica maja, esa que me llama por mi nombre sin conocer yo el suyo.
 
La fabada estaba deliciosa. Mi madre se fue al salón con las dos infusiones para ver lo de Julio Iglesias. Zapeando encontré un canal local que estaba pasando "Cásate y verás", una vieja comedia de la gran Bárbara Stanwyck.
 
- ¿Qué tal estaba? -volvió a preguntar.
- Buenísima -repetí yo.
 
Tanto que por una vez no cambié de canal.
 
Ya en casa, y con un considerable dolor en la pierna, miré algo en el ordenador y me fui a la cama. Todavía no era mediodía.
 
Pronto supe que, aún con la fabada procesándose en el estómago, no iba a poder conciliar el sueño. Me levanté y jugué algunas partidas acariciando a la insaciable gata. Tenía sueño pero no podía dormir. Con los ojos pesando quintales dejé a un lado a la gatita y volví al dormitorio. Y era tanto el sueño que me dormí a pesar de dolor.
 
Desperté un par de horas después hecho calderilla. El sueño había vencido al dolor pero a un alto precio. Tuve unos sueños tan vívidos, tan desagradables y aterradores, que de haberlo sabido no hubiese dormido. Tomé el segundo opiáceo y volví a hacer tiempo jugando al ajedrez antes de la segunda, e inevitable, salida del día.
 
A pesar de todo, la buena nueva de la mañana había dejado en mi un buen ánimo y pensé en pillar unas cervezas para celebrarlo. El problema era que no tenía nada de dinero, o eso creía, pero rebuscando aquí y allá conseguí reunir casi cinco euros que bastaban para el propósito. Y como todavía tenía un cierto margen de tiempo cogí el coche y fui a comprarlas.
 
"¡Vaya, otra vez el coche! -pensaréis- ¿pero no dices que es cuando más te duele la pierna?" Sí, pero hay que cogerlo cuando uno quiere pillar una cerveza medio decente a un precio asequible para quien ha llegado a ese punto de su vida en el que debe mirar hasta por el céntimo.
 
Compré las seis que podía permitirme, regresé a casa, las metí en el frigorífico y me fui al hospital.
 
Enseñé la citación en recepción y me indicaron el camino. La amplia sala estaba vacía. Una madura sanitaria, algo gordita, hablaba por teléfono con otro paciente indicándole las fechas señaladas. Colgó, le entregué el papel, realizó unas operaciones en el ordenador y me indicó la sala.
 
Allí esperaban una mujer y un hombre algo mayor que yo con una muleta. Una señora mayor salió y llamaron al cojo. La señora habló con quien evidentemente era su hija y se marcharon. El próximo sería yo. Y apenas habían pasado tres minutos desde la entrada del cojo cuando por los altavoces dijeron mi nombre y la cabina, tanto que tropecé con él al abrir la puerta correspondiente.
 
Una voz joven, de enfermera, me recibió.
 
- ¿Dejo esto aquí? -dije a cuenta del abrigo y todo lo demás, todavía sin verla, en el espacio separador de las estancias.
- Sí, déjelo ahí.
 
Así lo hice colgándolo todo en una especie de percha.
 
Ella iba con mascarilla, con buen tipo. Me vino a la cabeza Julio Iglesias y sus dolores anales.
 
- Venga aquí -dijo señalando una camilla- Bájese los pantalones hasta las rodillas y túmbese. Junte la punta de los pies, así...Y no se mueva.
 
Así lo hice.
 
Ajustó los aparatos y se fue.
 
- Ahora gire la pierna derecha...Aaasí. No se mueva.
 
Volvió a irse.
 
- Ya está, puede irse.
 
Y me fui.
 
 
Eran las seis y media de la tarde. El sol ya se había ido pero todavía se podía circular sin encender las luces del coche. Tengo jodida la izquierda de cruce y no debo arriesgarme a una multa. Llegado el caso había pensado en ir con las largas bajándolas de nivel, pero hice la prueba con la ruleta indicada en la cochera y no vi ninguna diferencia. El coche tiene más de veinte años.
 
El mes que viene tengo que pasar la ITV. La maneta trasera derecha está partida. Todavía conservo el otro trozo, fue un corte limpio. Tal vez con un poco de pegamento fuerte pueda apañarla. Lo de las luces es más complicado. He visto algunos vídeos en Youtube pero no tengo las herramientas necesarias. Un vecino que apenas veo, un viejo amigo, un chófer, un cliente del que fue nuestro bar lo haría en un pis pas como lo hizo tres años atrás pero...
 
 
Llegué a casa, me puse el pijama, abrí la primera cerveza del año y encendí el ordenador y un cigarrillo.
 
 
La gata sabe cuando debe arrullarse en su manta.

sábado, 3 de enero de 2026

PIANISTA

 La hora del aperitivo se había alargado un poco más. Eran las tres y media de la tarde y los del jamón todavía estaban por el salón del bar. Le dije a mi hermano pequeño que dejara ya de lavar platos, que se largara, que me dejara a mi el resto y que poco a poco lo iría terminando. El chaval había venido un par de horas antes para dejar las tapas y viendo el caótico panorama se quedó conmigo sin necesidad de decirle nada. Cosas de hermanos. Las cinco de la tarde (su hora de entrada oficial sin contar la que al mediodía pasa en la cocina de nuestra madre preparando el tapeo) estaban echándose encima y luego, a eso de las ocho o así, cuando llegara otro de los hermanos, se irá para volver a las doce con la marabunta de copas que conlleva una noche de sábado. Y es que después de todo los camareros también tenemos estómago.

- Venga, vete ya -le dije pensando más en mi que en él. No me gusta esperar en mi hora de salida. Y menos aún las tardes de los sábados con sus primeras copas.
-Vale, Kufisto. Acabo de limpiar estos y me voy

Hubo suerte y los del jamón empezaron a marcharse (la típica larga marcha de los poco habituados) tras pagar a escote antes de que mi hermano acabara con aquel último pilón. Nuestra tía pasó adentro para agradecernos el esfuerzo hecho para con el jamón rifado en la reciente boda de su hija a la que asistimos casi en pleno y de la que nos marchamos en cuanto pudimos para volver a abrir el bar la noche de aquel sábado. Preguntó si había sobrado, mi hermano le dijo que sí, le entregó una bolsa con seis o siete bandejas del jamón que algún carnicero les había fileteado y envasado al vacío y después de preguntar por el queso que venía de regalo y decirle que de ese no había sobrado nada nos dio un par de besos a cada uno y una bandeja del jamón sobrante.

Y mientras yo recogía a toda velocidad el salón mi hermano acabó por pulirse todos los platos que quedaban.

Eran las cuatro y cuarto cuando dimos fin a la tarea casi al mismo tiempo.

- Quédate la mitad -dijo Álvaro
- No, quédatela tú

Él terqueó, como es su generosa naturaleza, y yo volví a decirle que no. Al final se fue con la bandeja de jamón completa (siempre seré el primogénito) y tras comerme un plátano, unas nueces y una manzana fui al baño para lavarme las manos, la cara y mirarme en el espejo.

Sí, también yo veo que tengo un lado de la cara más favorecido que el otro. No sabría decir por qué pero veo mejor el lado izquierdo que el derecho. Bueno, a Julio Iglesias le pasa algo parecido y le quiere todo el mundo. Quizá sean mis ojos los que no le gustan a la gente; mi buena abuela (la de la otra rama de la familia) decía que los tenía del color de la miel. También me decía que mis manos eran de pianista aunque no creo que ella viera las manos de ninguno. Quien sabe.

Ya en la barra, con todo controlado y poco más que tres clientes amigos en uno de sus extremos, en el mío, decidí echarme una copa para pasar el rato que quedaba en conversación con ellos. Cogí un vaso, le puse un buen cubito de hielo macizo, agarré la botella de Black Label y fui echando hasta que llegó a la cuarta fila de esos magníficos cuadraditos tallados. Lo dejé reposando, puse techno y salí a echar un pito con una amiga que está medio loca. Hacía un calor del copón. Vi pasar ante mis narices y sin saludar a parte de la extraña gente que poco antes habían salido del bar y volviendo adentro tras escuchar las locuras de mi todavía muy jamona amiga miré el ordenador mientras hacía tiempo para que el buen, extraordinario, whisky pillara el frío toque que tanto me gusta a pesar de lo que digan quienes no han bebido de él ni la centésima parte que yo. Y pensé en la puta mierda de familia que tengo.

Ella, mi amiga loca, ha enviudado hace poco. Ha tomado la costumbre de venir al bar. Aquí se siente a gusto y se nota. A veces, como hoy, la acompaña su amiga, la mujer de alguien que conozco de toda la vida y cuyo marido, un chapista, fuera buen amigo de mi padre, y se ponen ahí a hablar de sus cosas. Cuando viene sola y la mañana no está muy ajetreada me pongo con ella y hablamos. Ella lo agradece y yo lo sé. En ocasiones viene con la nieta y ya no hay más tema de conversación. Es muy hermosa, muy pequeña, muy salá. Acaba de aprender a andar y es un no parar. El otro día no hacía más que sacar la comida que su abuela tenía en el carrito para dármela a mi.

- Muchas gracias, preciosa. Pero ahora vas a coger esta bolsa de patatas fritas y la vas a dejar en el mismo sitio del que la has cogido.

Ella me miraba sonriendo, los ojazos como universos; cogía la bolsa que yo le devolvía y con la decisión que da el no tener ninguna duda en la cabeza iba a trompicones hasta el carrito de la compra de la abuela. Y entonces le echaba mano a un paquete de croquetas congeladas y me lo traía sonriendo todavía más.


El marido era un tiarrón al que el cáncer se lo comió. Fue poco antes que se lo detectaran a mi viejo pero él duró un poco más siendo de lo mismo. Claro que el grado de malignidad del que padeciera mi padre fue mayor. Recuerdo que uno de los médicos, un tío algo mayor que yo, muy serio, que viene a desayunar churros, me dijo después que no podía creerse su reacción cuando, sin anestesia, a pelo según su no siempre compartida crudeza, le dijo la gravedad de lo que tenía. Acostumbrado a ver derrumbamientos se quedó de piedra al ver el pedazo de hormigón que era mi viejo.

- Kufisto...-me sonreía- Es muy raro ver algo así.
- Ya...mi padre era de esa manera. Tenía mucho ánimo.

Una vez, al final de la enfermedad, en nuestra casa, en su casa, ya estaba muriéndose, poco antes de su último ingreso en el hospital del que no salió con vida, me dijo que él sabía que se moría. Se le había puesto la nariz aguileña, caída, floja, y estábamos viendo una de esas películas de Castilla la Mancha, una de esas vaqueradas que siempre veíamos, y yo lo miraba de reojo y veía como iba muriéndose su nariz, una que no era la suya, la de siempre, una que parecía de otro, una que no había visto nunca.

Una tarde, ya muy al final, era tan mala la puta película de vaqueros que buscamos alguna otra en el pincho cargado de pelis que la mujer de uno de sus hijos le iba grabando para que las viera. Recuerdo muchas, supongo que todas, pero esta fue especial.

Mi padre fue un tío que quizá leyera cuatro libros en su vida. Pero desenvolviéndose en la biblioteca de la Vida fue el bibliotecario de Alejandría.

Aquella tarde fuimos pasando títulos del pincho de una de sus yernas. O ya los habíamos visto, o a la vista estaba que era una puta mierda para ambos, o yo le daba al FF sin escuchar su opinión, "Joder, Kufisto -me decía-, no le das una oportunidad" o...salían buenos actores en los títulos de crédito.

Y fuimos a dar con una en la que salían unos cuantos y la dejamos estar.

Mi viejo era un gran amante del cine, de las películas americanas, es decir, yanquis. Pero era un tío de actores, no como yo que desde mi más temprana juventud decliné hacia los directores después de tragarme todas las mierdas que hizo Brando tras mi obnubilación por su rol en el puto Padrino de los cojones, que tanto me subyugara.

No había noche que no la acabara viendo una peli en el vídeo. Ese era su rato, junto a mi madre, los dos solos, que, según decía él, no duraba ni quince minutos sin dormirse; algo normal, por otra parte, para una mujer madre de cinco hijos, todos varones. Recuerdo ir todas las tardes al video-club que había enfrente del bar a recoger un último estreno o alguna otra . El dueño se las guardaba, era cliente nuestro. El pobre estaba casado con una mujer horrorosa y además de terrible carácter. Supongo que esos ratos que echaba con mi padre al cerrar su negocio eran para él como un bálsamo parecido a los tres o cuatro o vinos que bebía antes de regresar al hogar.

Yo sabía de qué iba la vaina (una de Terrence Malick, ni más ni menos) y callé sin perderle ojo. Y poco a poco, por más que algunos de sus actores fuesen apareciendo en pantalla, vi como iba soliviantándose. Tenía una manera muy particular de recogerse las sayas de la mesa sobre las piernas. Y venga echárselas para arriba, y venga incorporarse hacia adelante como si quizá no estuviera viendo bien a pesar de que jamás en la vida tuvo necesidad de gafas; pero los actores eran los mismos que tanto le gustaban y sin embargo aquello, aquello...aquello.

- Oye, Kufisto...
- ¿Qué, papa?
- Quita esto, anda, y pon Pasapalabra
- Pero si todavía no es la hora
- Pues pon lo que sea

 

La viuda se animó un poco más cuando se pasaron a los cubalibres. Yo también al echar el segundo trago del mío. Es lo bueno de haber bebido tanto durante tantos años, que enseguida te entonas.

Habló de unas primas que apenas conocía e iban a venir al pueblo para ver qué tal estaba. Se quedarían el fin de semana y no sabía como hacerlo. No sabía si decirles que se quedaran en su casa, que se fueran a un hotel o que, directamente, no vinieran. ¿Qué coño hacéis aquí ahora?...¿qué?

¿Qué mierda habéis pintado nunca en mi vida? De verdad, ¿qué hacéis aquí?

La mujer no hacía más que darle vueltas a la cabeza.

- Hey, llévalos a los molinos -dije- Hay horarios y tal.

Miré en internet. Había horarios para ver los molinos.


Una infernal tarde de verano, otra de resaca, durante uno de mis kamikazes paseos, una que estaba muerto de sed y con la botella de agua ya vacía, me empeñé en subir los molinos. El ánimo del caminante, del verdadero caminante, es caminar al menos lo mismo bajo cualquier circunstancia. Era fin de semana, horario normal, y pensé que allí arriba alguien me daría agua.

Desastrado como iba, con la mirada de las mil y una resacas superadas bajo el sol de los molinos de La Mancha, esos que tanto amo, esos que tantos buenos ratos me han hecho pasar en la más absoluta soledad, subí por primera vez en mi vida las escaleras de caracol de uno de ellos. Ahí estaban unos mejicanos escuchando con atención a uno del terruño, un funcionario, muy limpito, el idiota encargado.

- ¿Tenéis agua?

No sé como lo dije, qué mirada tendría o qué lado de mi cara les ofrecí pero me miraron como si fuese a matarlos a todos.


Bajé y alcancé mi puta casa bebiendo la misma agua que cuando subí.


Hay que sudar.


Tu vida es sudar.


Todavía no has sudado lo suficiente.


Pianista.