sábado, 7 de febrero de 2026

UN MILLÓN DE GOTERAS

 Era una torrencial tarde de invierno, tan fría y gris como esta, en un pueblucho extraño y hostil. Refugiados en el piso alquilado la semana anterior, tumbados en el viejo sofá y arropados por una manta, en silencio, te abrazaba por detrás como tantas otras veces en tantos otros sofás. Era mi último día allí. En la tele, en uno de esos programas de cotilleos que tanto te gustaban, alguien dijo algo que me recordó otra cosa. Y dije algo que, a pesar de toda tu tristeza, te hizo gracia.

- Qué tonto eres.

Redoblé la apuesta y tu sonrisa se transformó en risa. Y entraste al juego con una memoria cuyo recuerdo me hizo carcajear. Y así fue que respondí al hilo abierto por ti con una respuesta que nos llevó a la carcajada común. Y entre alocadas risas surfeadas de lágrimas, retorciendo el argumento hasta el paroxismo, empezamos a besarnos como si en lugar de cinco días fueran cinco años los que íbamos a estar sin vernos. 

- Espera -dijiste- Quiero hacerle una foto.

Y con mi polla dura cogiste tu teléfono para fotografiarla. 
 
 
El día amaneció frío, gris y lluvioso. Desayuné, tomé las pastillas contra el dolor, me vestí y jugué al ajedrez mientras preparaba la comida. Nada especial: unas salchichas cocidas en vino blanco junto a un resto del guiso de patatas con costillas de cerdo que hice antes de ayer.
 
Mi compañero de piso robó un par de botellitas de aceite "Oro de Bailén" el otro día y me dio una. Es extraordinario. Es tan bueno que haría decente a una mierda de otro. Eché un buen chorreón sobre el plato de patatas con salchichas y lo devoré mirando el foro.
 
Dos pitos más tarde apagué el ordenador para regresar a la cama. Volví a ponerme el doble pijama e intenté conciliar un sueño que no pude lograr. Una hora después, muerto de frío, me levanté y volví a jugar al ajedrez.
 
Era la una y media de un frío mediodía que no se veía por ningún lado. Con las sayas de la mesa sobre mis piernas calentadas por el brasero eléctrico me zambullí en Sicilianas con c3 en la tercera jugada e Indias de Rey con Ce8 en la quinta. La gata, tan contenta como siempre de verme en tal estado, se acurrucó entre mis piernas, ronroneante.
 
Dos horas pasaron y tras una derrota bastante tonta y dolorosa vi que era llegado el momento para ir a casa de mi madre. Volví a cambiarme de ropa y me fui.
 
Llovía cuando salí con el coche. Apenas doscientos metros separan las dos casas pero ahora tengo que cogerlo: doscientos metros de ida y doscientos metros de vuelta son cuatrocientos metros. Y yo, que hasta hace nada podía hacerme 40 kilómetros en un día bueno ahora no puedo hacer 400 metros sin que me cueste el sueño de la noche. 

Subí las escaleras. En la parte final vi dos cubos recogiendo las goteras que evité con cuidado. En el recibidor había otros dos. Ella estaba en la cocina. No me oyó llegar. El largo pasillo que la separa de la escalera, Telecinco a toda hostia y su vejez...
 
- ¡Hombre, Kufisto, hijo mío! ¡Ya creía que no venías!
- Pues aquí estoy. Es imposible aparcar por la mañana.
 
Nos besamos.
 
- ¿Has visto como está la casa?
- Sí
 
Sí.
 
Joder.
 
Acabó de fregar los restos de la comida apenas terminada junto al último de sus cinco hijos que todavía viven con ella. Maravillado una vez más por la limpieza nos fuimos al salón tras recoger la comida que ella y mi tía me habían comprado para la semana. Dejé la bolsa los pies del perchero. No quería irme tan pronto. La calefacción de gasoil ya estaba puesta y el brasero del salón también. Mi madre siempre ha sido muy friolera
 
- Tus hermanos dicen que venda la casa y nos vayamos a un piso pero yo no quiero. Esta es mi casa y para lo que me queda...
- Venga, mama...
 
Cogí el mando para poner cualquier canal que no fuera la telebasura a la que está enganchada mientras, entusiasmada, me contaba las visitas que esa mañana le habían hecho sus dos nietos pequeños. Y fue que viendo a un par de maricas remodelando casas que mi tía, mi querida tía, la llamó.
 
Y hablaron. Y hablaron con el altavoz encendido. Y siguieron hablando. Y mi tía le dijo que su hija mayor había abortado el programado encuentro en Madrid con sus amigas y las de su hermana pequeña por el mal tiempo...
 
Y entonces dijeron tu nombre. Y entonces escuché.
 
 Me fui poco después, cuando empezaron a hablar de otra cosa.
 
- Me voy, mama.
- Venga, hijo 
- Un beso, tía -voceé
- ¡Un beso, hijo!
- ¡Adiós! 

Seguía lloviendo. Tiré la bolsa de basura y arranqué el coche.
 
 
Y un millón de goteras cayeron sobre mi cabeza.
 
 


 

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