miércoles, 28 de enero de 2026

JODER

En el sueño yo vivía una auténtica aventura. Era tan raro que yo viviese una aventura aún en sueños que tanto me entusiasmé que desperté.

Una mala noche. Otra. El dolor en la cadera no me dejó dormir hasta casi las seis. Poco antes, desesperado, pensé en tomar el relajante muscular recetado pero lo dejé correr in memoriam de experiencias anteriores. Además, tampoco era como otras veces y por fuerza pronto tendría que dormir.

El ulular de un viento huracanado filtrado por la ventana me dio los buenos días a eso de las diez y media. Todavía imbuido en la bruma del sueño recordé que me había levantado a las ocho y pico con los lastimeros maullidos de la gata: anoche olvidé encerrarla en el salón y hoy, ya despierta ella, la muy puta, andaba junto a la puerta de mi dormitorio clamando por los desconocidos motivos por los que siempre clama cuando sólo una puerta nos separa.

- Hija de la grandísima puta
- ¡Miau!
 
Bastó con el amago de una patada para hacerla correr hacia el salón. Entonces la encerré y volví a la cama.
 
 
Otro día en la vida. Pero el último sueño había sido tan...
 
Levanté la persiana del salón. Otro día gris. Casi mejor así: cuando uno está varado prefiere que todo esté varado.
 
Los árboles de enfrente se movían como atacados por aquel color que cayó del cielo. "¿Pero qué coño?"
 
- ¡Miau!
- ¡Qué, joder!
 
Desayuné y, todavía con la pasada aventura en la cabeza, me puse a jugar al ajedrez en el ordenador. La gata, tranquilizada por mi tranquilidad, se arrulló en la manta de su sillón a pesar del fiero monstruo ululante que amenazaba tirar abajo nuestro puto piso.
 
Hora y media más tarde preparé la comida. Unos filetes de hígado muy mal fileteados con un revuelto de cebollas, ajos y huevos. Lo dejé casi entero y tras fumarme un par de pitos volví a la cama. Después de todo no había dormido una mierda y quizá, sólo quizá, pudiera retomar la extraordinaria aventura soñada y abortada en su mejor momento.
 
Que suene el timbre del llamador es muy raro. Pero más raro es que me levante y lo coja. Sólo mi estado actual, casi impedido, me animó a ello pues prefiero la entrega de las malditas cartas certificadas en mano antes que tener que salir dos veces a Correos para saber de qué cojones me están hablando.
 
- ¿Sí?
- Bomberos. ¿Puede abrirnos la puerta?
- Sí.
 
No pregunté nada. Pulsé el botón, abrí la puerta del edificio y volví a la cama.
 
"Joder. Bomberos. En fin ..." 

Dos minutos después oí que llamaban al timbre. Y esto sí que es raro. Rarísimo. Inaudito. 

- ¿Sí?
 
Dos bomberos con todo el equipo.
 
Por lo visto habían estado cayendo tejas como si no costara mientras yo andaba jugando sicilianas e indias de rey de doble filo.
 
- Hoy no damos a basto.
- ¿Qué?
- Hemos recibido el aviso hace un rato...
- ¿Aviso de qué? ¿de quien?
- Están cayendo tejas de su edificio, señor, y necesitamos acceder al tejado.
- Bueno -dije yo, en pijama y chanclas- pero ahí tenéis la trampilla de acceso...Además, ¿veis? no tiene el candado echado.
- Ah, sí...¿tiene un potro, una escalera?
 
"¿Pero qué coño -pensé- eso no tenéis que tenerlo vosotros?"
 
- Pues sí.
- Déjenosla, por favor. 

Pasé a la habitación adyacente donde caga la gata y se la saqué. Uno de ellos se encaramó y accedió al tejado. Luego bajó.
 
- ¿Es suya la buhardilla?
- ¿Qué buhardilla?
- Sí, la ventana que da a la calle, no al patio interior.
- Sí
- Pues hay que entrar por ahí.
 
"¿Pero qué cojones? ¿por la ventana de mi dormitorio?
 
- Pues nada, venga, pasad, pasad...
 
-¡Miau!
 
Show.
 
- Será mejor que encierre a la gata, señor.
- Sí, no me digas ná, llevo siete años encerrándola y no hay manera
- ¿Qué?
- Nada
 
Agarré a la gata, la expulsé al salón y todos los tres entramos a mi dormitorio.
 
- ¿Os molesta el saco? 
- No, no...no pasa nada
 
Y allí fue que uno de ellos subió la persiana hasta los topes, "ay", y encaramado en mi escalera y enganchado a una soga amarrada al compañero salió tras la ventana.
 
- Cuidao -le dijo al otro- que no tengo pie y medio
 
 
Diez minutos lanzando tejas al suelo.
 
 
- Bueno, pues muchas gracias.
- Nada, nada...buen día llevaréis hoy.
- Pues sí. Es un no parar.
- Venga, hasta luego.
 
Volví al dormitorio y como pude bajé la persiana atascada.
 
 
Ni tenía sueño, ni tenía hambre, ni tenía ganas de jugar con la puta gata ni mucho menos tenía fuerzas para salir a andar a mis añorados molinos.
 
 
Joder. 


Joder.
 
 

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