Pongamos que era el otoño de 1984. Arconada, a pesar de todo, todavía era el portero de la selección. El "Live is life" de Opus inundaba las cuatro ondas que entonces sólo le hacían cosquillas a nuestras glándulas pineales. "¡Leif is leif!" berreabas entusiasmado ante el nuevo descubrimiento de la música entre paradas a lo Arconada jugando en las calles. La portería eran los bordillos de las aceras, el campo de césped el duro alquitrán y el larguero...bueno, el larguero entraba dentro del imaginario colectivo, con todo lo que ello conllevaba:
- ¡Alto! -gritaba yo.
- ¿Alto? Mis cojones. Es gol -respondía el goleador.
- ¡Ha sido alto, gilipollas!
Hablar a tacos te hacía hombre. Nuestros padres decían tacos y nosotros estábamos hasta los huevos de ser niños, muy a pesar de nuestras madres.
- ¡A que te meto una hostia!
- ¡Me vas a dar dos!
Y quizá llegabas a engancharte y enseguida venían los amigos a separarnos y seguíamos jugando toda la tarde, hasta el anochecer, con algunas breves interrupciones de los coches que pasaban por allí.
Recuerdo ir con mi padre en el coche escuchando el "Satisfaction" de los Rolling Stones y el "Black is black" de los Bravos.
- ¡Ponla otra vez! -le decíamos mi hermano y yo mientras dábamos una vuelta haciendo tiempo hasta que mi madre se arreglaba y apañaba a los pequeños para salir. Y nuestro padre volvía a ponerlas entre caladas de Winstons y yo, que iba en el asiento delantero, veía que se sonreía y me excitaba aún más.
Así descubrimos el "Thriller" de Michael Jackson, que fue un auténtico petardazo en nuestras cabezas. Y cuando vimos el vídeo en la tele...no había nada mejor, a no ser una parada a lo Arconada.
Y nuestro padre llegó un día y trajo un vídeo.
Era un VHS. Había tres opciones: el beta (el que iba a hacerse con el mercado, decían), el 2000 (poco menos que para sibaritas) y el nuestro. Pero mi padre también tenía amigos que sabían del tema y le aconsejaron la carta a primera vista perdedora. Y luego ganó, como siempre. Mi padre no fallaba nunca. Era Superman.
Todas las noches veíamos una película con él. Nuestro madre acostaba a los tres pequeños y se venía con nosotros pero pronto nos mandaba a la cama y allí se quedaban ellos dos, solos, viendo el resto de la peli junto a él no sin antes decirnos a voces que rezáramos el padrenuestro de rigor en voz alta. Y después de eso nos dormíamos como los críos que todavía éramos y ellos quedaban tranquilos por un día más siendo padres de cinco hijos varones.
Los fines de semana se reunía toda la enorme familia. Tíos y tías, primas y primos, todos juntos delante del televisor, ¡incluso hasta los abuelos llegaron a venir en alguna rara ocasión! Los chicos nos sentábamos de cualquier manera y los mayores fumaban y bebían una copichuela.
Y ponían una peli.
Y una tarde de sábado vimos "Los energéticos" de Esteso y Pajares.
- ¡No miréis, niños! -decían las madres.
Y mirábamos, claro que mirábamos; mi hermano y yo estábamos a punto de explosión.
- ¡Vaya películas que traes!...¡Que no miréis!
- Déjalos...
- ¡Como qué déjalos! ¡Tú eres todo déjalos!
Y pasaba la escena y venía otro chiste y todos nos reíamos, ellos por la escena y nosotros por lo que no entendíamos. Pero todo el mundo estaba tan contento que te reías de pura excitación.
Esteso y Pajares salían baldados tras una orgía preparada por el taimado moro de Ozores.
- Joder con Azofaifa -decía el maño a su derrengado compadre- Yo no hacía más que decirle que parara, que no podía más...
- ¿Y por qué no paró? -respondía Pajares
- ¡Porque era sorda!
Y aquello fue el sindiós de la risa.
Ahora, a mis cincuenta y pocos años, prácticamente inválido, termino de escribir esto tras haber visto "Los bingueros" y algunos capítulos de Poirot con la compañía de mi gata. Pongo el brasero y ella viene a mi regazo.
La acaricio mientras el detective belga (y no francés) va resolviendo misteriosos asesinatos.
En uno de ellos, en las mismas vías del tren, un enamorado Poirot se despide de la otoñal condesa Rosakoff a sabiendas de que ella era la ladrona.
Y la también enamorada condesa saca la cabeza por la ventanilla del tren que se va para no volver y Poirot alza la mano enfundada en uno de sus guantes de una manera que parece ser el adiós a todo.
A todo.
Hasta el siguiente capítulo.
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