El dolor llegó a la hora prevista. Encendí la luz para echar mano a la tableta del relajante muscular ("caducidad 2012") que desde hace un par de semanas tengo al lado de la cama. El efecto deseado (según prospecto y en verdad así es) acontece a los veinte minutos de la toma, más o menos, por lo que aproveché para levantarme y fumar un pito en el frío salón. En el ordenador, con la gata arrullada en mi regazo, miré algunos hilos de Reddit acerca de Mulholland Drive que me condujeron a un segundo cigarrillo. Volví al dormitorio y pronto el sueño inducido me atrapó.
Desperté bien, sin pesadez, no como con el relajante recetado por la doctora de cabecera que me dejó tirado todo el día la única noche que lo tome, precisamente la de Nochevieja. Tanto fue que durante la cena mi madre me preguntó qué me pasaba. Creo que la pobre hubiera preferido verme medio borracho a pesar del coraje que le provoca.
Dudé en afeitarme después de la ducha. La blanca barba de tres días no me daba muy buen aspecto. Un amigo, un conocedor, dice que a esos sitios es mejor ir lo peor que puedas, pero al final el espejo me indujo a pasarme la cuchilla. Me vestí con ropa limpia, desayuné, tomé el primero de los tres opiáceos diarios recetados, jugué un par de partidas de ajedrez para hacer hora y salí a la calle.
Enseguida noté el dolor. Ayer, a causa de unos recados ineludibles, hube de andar más de lo habitual en estos dos últimos meses y lo pagué. Podría haber cogido el coche, diría alguien sensato, pero todos estaban circunscritos a la zona centro y allí aparcar es casi un milagro, además que es precisamente cuando conduzco que el dolor se hace más intenso.
Terminé el cigarrillo justo cuando llegaba a la primera puerta y tras cruzar la segunda pasé bajo un detector que no emitió ningún pitido. A la derecha, a unos diez metros, el tipo de seguridad le comentaba algo a una señora con las manos llenas de papeles. Le reconocí. Era el mismo que el del año pasado: un chico joven, atlético, bien parecido y amable. Esperé. Pronto se acercó y me preguntó la razón de mi visita. Se la dije y me indicó que esperara un momento, que pronto me atenderían. Me quité la gorra, el abrigo y la bufanda y me senté al lado de una mujer de buen aspecto que devolvió mi saludo. Cinco minutos más tarde dijeron mi nombre y la mesa a la que debía dirigirme.
Esta vez me tocó con un viejo conocido que en tiempos fue amigo. Se sorprendió al verme.
- ¡Hombre, Kufisto, cuanto tiempo! -dijo saliendo de su mesa para darme la mano. Por un instante pensé que iba a abrazarme pero nos conformamos con darnos sendas palmadas en los hombros.
- Sí, ya ves...Desde que cerramos el bar.
- ¿Hace cuanto? ¿cuatro, cinco años?
- No. Dos.
Tras el breve e inevitable bienintencionado interrogatorio de rigor preguntó el motivo de mi visita y se lo dije.
- ¿Pero ya lo pediste el año pasado? -preguntó.
- Sí -respondí sacando el DNI y el certificado de empadronamiento que una amabilísima por joven funcionaria del ayuntamiento me entregó ayer al módico precio de seis euros y pico.
- Entonces no hace falta...pero vamos a asegurarnos.
Cogió el DNI y tecleó en el ordenador.
- Está bien, mira...-dijo moviendo la pantalla- Ya te han ingresado lo de este mes con la subida aprobada para el año.
- Joder...¿Entonces no tengo que hacer nada? ¿no tengo que renovarlo?
- No mientras sigas en la situación en la que estás...Es decir, si te toca la lotería (no dijo encontrar un trabajo) o algo así pues sí pero mientras...
- Estupendo.
El segurata se acercó a traerme la gorra olvidada en la silla.
- Gracias, muchas gracias...
Me despedí de mi prudente amigo con otro efusivo apretón de manos y, casi en éxtasis y a pesar de lo temprano de la hora, me encaminé en dirección a la casa de mi madre para dar buena cuenta de la fabada anoche prometida en una llamada telefónica. Pero en el último crucé recordé la Bonoloto y fui a echarla a la administración habitual donde me atendió la chica maja, esa que me llama por mi nombre sin conocer yo el suyo.
La fabada estaba deliciosa. Mi madre se fue al salón con las dos infusiones para ver lo de Julio Iglesias. Zapeando encontré un canal local que estaba pasando "Cásate y verás", una vieja comedia de la gran Bárbara Stanwyck.
- ¿Qué tal estaba? -volvió a preguntar.
- Buenísima -repetí yo.
Tanto que por una vez no cambié de canal.
Ya en casa, y con un considerable dolor en la pierna, miré algo en el ordenador y me fui a la cama. Todavía no era mediodía.
Pronto supe que, aún con la fabada procesándose en el estómago, no iba a poder conciliar el sueño. Me levanté y jugué algunas partidas acariciando a la insaciable gata. Tenía sueño pero no podía dormir. Con los ojos pesando quintales dejé a un lado a la gatita y volví al dormitorio. Y era tanto el sueño que me dormí a pesar de dolor.
Desperté un par de horas después hecho calderilla. El sueño había vencido al dolor pero a un alto precio. Tuve unos sueños tan vívidos, tan desagradables y aterradores, que de haberlo sabido no hubiese dormido. Tomé el segundo opiáceo y volví a hacer tiempo jugando al ajedrez antes de la segunda, e inevitable, salida del día.
A pesar de todo, la buena nueva de la mañana había dejado en mi un buen ánimo y pensé en pillar unas cervezas para celebrarlo. El problema era que no tenía nada de dinero, o eso creía, pero rebuscando aquí y allá conseguí reunir casi cinco euros que bastaban para el propósito. Y como todavía tenía un cierto margen de tiempo cogí el coche y fui a comprarlas.
"¡Vaya, otra vez el coche! -pensaréis- ¿pero no dices que es cuando más te duele la pierna?" Sí, pero hay que cogerlo cuando uno quiere pillar una cerveza medio decente a un precio asequible para quien ha llegado a ese punto de su vida en el que debe mirar hasta por el céntimo.
Compré las seis que podía permitirme, regresé a casa, las metí en el frigorífico y me fui al hospital.
Enseñé la citación en recepción y me indicaron el camino. La amplia sala estaba vacía. Una madura sanitaria, algo gordita, hablaba por teléfono con otro paciente indicándole las fechas señaladas. Colgó, le entregué el papel, realizó unas operaciones en el ordenador y me indicó la sala.
Allí esperaban una mujer y un hombre algo mayor que yo con una muleta. Una señora mayor salió y llamaron al cojo. La señora habló con quien evidentemente era su hija y se marcharon. El próximo sería yo. Y apenas habían pasado tres minutos desde la entrada del cojo cuando por los altavoces dijeron mi nombre y la cabina, tanto que tropecé con él al abrir la puerta correspondiente.
Una voz joven, de enfermera, me recibió.
- ¿Dejo esto aquí? -dije a cuenta del abrigo y todo lo demás, todavía sin verla, en el espacio separador de las estancias.
- Sí, déjelo ahí.
Así lo hice colgándolo todo en una especie de percha.
Ella iba con mascarilla, con buen tipo. Me vino a la cabeza Julio Iglesias y sus dolores anales.
- Venga aquí -dijo señalando una camilla- Bájese los pantalones hasta las rodillas y túmbese. Junte la punta de los pies, así...Y no se mueva.
Así lo hice.
Ajustó los aparatos y se fue.
- Ahora gire la pierna derecha...Aaasí. No se mueva.
Volvió a irse.
- Ya está, puede irse.
Y me fui.
Eran las seis y media de la tarde. El sol ya se había ido pero todavía se podía circular sin encender las luces del coche. Tengo jodida la izquierda de cruce y no debo arriesgarme a una multa. Llegado el caso había pensado en ir con las largas bajándolas de nivel, pero hice la prueba con la ruleta indicada en la cochera y no vi ninguna diferencia. El coche tiene más de veinte años.
El mes que viene tengo que pasar la ITV. La maneta trasera derecha está partida. Todavía conservo el otro trozo, fue un corte limpio. Tal vez con un poco de pegamento fuerte pueda apañarla. Lo de las luces es más complicado. He visto algunos vídeos en Youtube pero no tengo las herramientas necesarias. Un vecino que apenas veo, un viejo amigo, un chófer, un cliente del que fue nuestro bar lo haría en un pis pas como lo hizo tres años atrás pero...
Llegué a casa, me puse el pijama, abrí la primera cerveza del año y encendí el ordenador y un cigarrillo.
La gata sabe cuando debe arrullarse en su manta.
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