viernes, 19 de noviembre de 2021

PASE SIN LLAMAR

Como era de esperar, el viento arreció de cara en cuanto alcancé la gran avenida que hasta no hace tanto delimitaba al pueblo del viejo camposanto. Las ligeras nubes estaban tan altas que parecían quietas, blanqueadas por el suave ocaso del sol otoñal, tan inocentes e inofensivas que era como si estuviesen perdidas esperando a alguien antes de la llegada de la noche. En la amplia y despejada acera el viento corría cual chiquillo con su bicicleta nueva lejos del temor de los padres, con toda su fuerza, con toda su alma, henchido por la ilusión de libertad. Cargando mi peso hacia delante y la cabeza baja llegué hasta el final de la casi desierta avenida. Allí me desvié dejando al otro lado el bajo muro blanco y los altos cipreses cimbreantes del cementerio y su crematorio.

Caminé entre pequeñas naves industriales, talleres de coches, gimnasios low-cost, restaurantes de franquicia y casas de putas camufladas de bares. Un poco más allá, a la derecha, la última calle del viejo pueblo, viejas casas de una sola planta y persianas verdes ya habitadas sólo por viejos que esperan mientras todo crece a su alrededor. Un local del final de la calle, un local que ha sido muchas cosas, ahora es un centro de reunión evangélica. "Pase sin llamar" declara una cartulina pegada en el cristal de la puerta. A veces miro al pasar y veo las nucas de gente sentada.

Veo los molinos y me tientan. Podría subir hasta ellos. Tal vez con el tiempo justo, la luz se está yendo, pero todavía tendría tiempo. Y fuerza. Pero no, mañana me harán más falta en el bar. 

Por aquí, casi en el límite de las vías del tren, las casas son aún más grandes, más poderosas. Altos muros y varias plantas, todas con el escudo de seguridad en la puerta. Hay una parcela en construcción y otra cercada a la espera. Tan sólo queda libre la adyacente a las vías y ahí, tras los arbolillos que la separan de las vías valladas, es donde paro a mear. Hoy, casi con la chorra fuera, topé por primera vez con un viejo un tanto despistado que quiero suponer venía de hacer lo mismo. Blasfemé algo bajo los auriculares, eché a andar un poco más adelante y no miré atrás.

Allí, en ese banco de ese parquecillo, frente a ese buen graffiti egipcio, releí este último agosto "La montaña mágica" Había caído una tormenta fuerte y el parque, el gran parque del pueblo, estuvo casi tres semanas fuera de servicio. Un poco más y encendería el cigarrillo.

Tres caladas y dejo que se apague. Mucha gente con la mascarilla puesta, la mayoría mujeres. Algunas llegan a bajarse de la acera. 

Me animo y sigo adelante. Estoy bien. Haré el paseo largo. 

Entre las sombras de los edificios llego al otro lado del pueblo veo que el sol todavía está allí, sobre las naves del polígono industrial, no de todas, pero sí de algunas. Y así voy mirándolo mientras camino. Ahora no hace daño si lo haces. 

Unos pajarillos revolotean sobre un edificio de pisos. Nerviosos se posan en las antenas, empujándose, volando otra vez, pillando sitio. La noche llega. La noche, la noche, la noche...

El sol está capado cuando llego al perímetro del parque. Unas lejanas nubecillas se toman sus últimos rayos de luz. Veo un súper de carretera al que no voy hace desde hace años y entro para hacer la compra de mañana. Unas costillas. Un guiso con patatas. Me sale bien. La gente lo dice.

El carnicero está atendiendo a la única clienta de la nave. Lo que fue esto y lo que es ahora. La mujer ha salido para afuera, "ahora te lo llevo" oigo que le dice, y él no me hace ni puto caso, como si no existiera. Me voy mientras Zaratustra me habla de los sabios famosos. Compraré donde siempre.


Hay un grupo de niñas que entran a mi bloque cuando salgo de comprar. No hace falta llave alguna para entrar al patio interior. Son cinco y se sientan en el poyete enrejado que separa el acceso a las cocheras. Abro la puerta y entro al patio. No las miro ni les digo nada. 

- ¡Hola, Kufisto! -grita una-
- ¡Hola, chicas! -digo abriendo la puerta de mi bloque-

Y ríen nerviosas mientras yo paso para adentro. 




martes, 16 de noviembre de 2021

OTOÑO PRIMAVERAL

 Era a la luna a quien el sol había estado mirando. Caí en ello al darle la espalda. La luna, aún sin su mejor cara, despertaba hacia una nueva noche. Un viento frío venía con ella; y el dorado azul del otro extremo del cielo iba transformándose en un oscuro violeta. Me abroché el abrigo, ajusté la bufanda y ya con el gorro de lana sobre la cabeza miré a la tierra que iba pisando, tan llena de guijarros y pequeñas piedras como antes pero que sólo ahora veía y sentía. Deseché encender el medio cigarrillo prometido; lo haría más adelante, cuando anduviera sobre cemento y bajo el paravientos de las que entonces serían las primeras casas del pueblo. Alcé la mirada y vi la luna un poco más alta. Pensé un poco en ello mientras no le quitaba ojo. Parecía quieta, parada. Mi sombra se hizo tan larga que tuve que fijarme en ella. Noté otra acercándose a la mía hasta superarla. Y cuando nuestros cuerpos estuvieron a la misma altura del camino torció la cabeza como para asegurarse de cual era la cara de aquellas espaldas. Era un niño que ya cansado corría de regreso a casa. Vi temor y desconfianza en su infantil mirada. Demasiado tiempo viendo unas espaldas.

Y la luna más alta y más blanca y la noche tras ella y mi oblicua y gigantesca sombra oscureciendo vides secas al otro lado del camino.

Llegué a las primeras casas del pueblo, las últimas, y encendí el cigarrillo; tres caladas después dejé que se apagara entre mis dedos antes de volverlo a guardar en algún bolsillo.

La gran avenida me recibió en sombras; todavía había sol en el otro extremo. Los últimos rayos refulgían sobre el blanco del nuevo bloque de pisos de grises balcones. Y más allá, en lo alto, los molinos capados del cerro. Ayer estuve allí. Subí hasta ellos como tantas otras tardes, por detrás, fuera del camino alquitranado, mirando donde pisaba, resollante, las duras y afiladas piedras que entre abandonadas canteras guardan sus laderas sombreadas. Luego, arriba, el sol poniente de frente. Y después ninguna sombra, ninguna luna. Todo queda atrás hasta que llegas a la gran sombra del pueblo y sus farolas. 


Has sido tú, sol, el que hoy ha trastocado mi camino. Estabas tan radiante y fresco cuando eché a andar que no pude hacer otra cosa sino ir hacia ti. Y me equivoqué.


Parecías primavera pero ahora te toca ser otoño.


Y a mi también.




sábado, 6 de noviembre de 2021

NO ES LA CARRETERA, ESTÚPIDO, ES EL MOTOR

 Topé con ella en la puerta del bar. Yo salía a dejar la bolsa de trabajo en el coche y ella entraba armada de varios apechusques que daban a entender su oficio como azafata de bebidas. Nos dimos el hola en la misma cortina, salí afuera, dejé la bolsa y ya otra vez dentro del bar vacío me preguntó si ese era el bar de Kufisto; respondí que sí y ella suspiró diciendo lo que le había costado encontrarlo, algo que no entendí hasta un ratito después al notar su evidente nerviosismo que pronto confirmó de palabra al confesar que era su primera vez.

Era una chica muy joven, veinteañera, de negra melena rizada, alta a pesar de ir en zapatillas y guapa en lo que permitía ver la mascarilla que no se quitó. El tono de voz era todavía más juvenil, casi colegial. La muchacha no paraba de hablar mientras extraía de los cartones las diferentes partes del tenderete a montar, una cosa de chusco aspecto siendo como era de una ginebra premium. Yo la miraba agacharse para dar fondo a la dudosa forma del mostrador, lo que no logró excusándose con salir otra vez al coche por la cinta americana, los regalos y parte del resto de cosas necesarias. Tenía unas buenas piernas enfundadas en medias. "¡Y me cambio de calzado! -dijo- ¡que así parezco una loca!" No se por qué pero esto me hizo mucha gracia. Todo era tan natural en la chica, todo estaba tan desprovisto de afectación, que era inevitable no sonreírse con ello.

En ese compás de espera llegó mi hermano pequeño a dar el relevo. Le comenté un poco lo que había y ya me iba cuando ella regresaba con los tacones puestos, un plus en toda regla que le sentaban estupendamente.

- Bueno, me voy -le dije- Te dejo con mi hermano. Luego llegará el jefe. Adiós. -
- ¡Adiós! ¡Gracias!

Sonriendo subí al coche. Y pensé en la buena pareja que hacían y en la que iban a montar hasta tener en orden todo aquello. Confieso que casi llegué a reír.


Todo el mundo tiene problemas. Todos los días alguien me cuenta los suyos. A veces son cosas serias, enquistadas en el tiempo y cada vez más complicadas de tratar sin hacerse más daño del ya hecho. A veces, muchas, la gente sigue con sus problemas de puro miedo por no darse de frente con la solución a ellos. Con la edad, con el paso de los años y la pérdida de la juventud, se hacen más grandes los problemas. Y no porque sean más grandes, no, sino porque nosotros los hacemos más grandes. Nunca tiene uno más problemas que cuando es joven pero, por así decirlo, se resuelven solos, tal que ese muñeco que aprietas, retuerces y deformas al extremo pero que le basta con que, cansado de hacer el tonto, lo sueltes para recuperar su forma.


- Vaya noche ayer, Kufisto...-me dijo un buen amigo este mediodía- 
- Ya te estoy oyendo la voz...-
- Anda, ponme un vino blanco bien frío -

Se lo acompañé con una pulga de chorizo que mordisqueó mientras me contaba lo poco que podía recordar.

- Ya no estoy para esos trotes. Ponme otro. Pero no me pongas pincho-

Seguía sin sentirse en su cuerpo.

- Me vas a poner un chupito de ginebra, Kufisto. A ver si así...-

Se lo bebió de un trago, acabó con el vino, pagó y dijo que se iba a por el pan.

"¿Qué tal estás?" me ha dicho la mujer al despertarme hace un rato. "Bien" le he contestado. Es lo mejor, hacer somo si nada. Y encima hoy toca comida familiar...Ay, la hostia.


La chica debutante ya estará tras el frágil tenderete ofreciendo la mercancía con su mejor disposición a los clientes del bar. Mi hermano andará de acá para allá, puro nervio, poniendo copas. Quizá fallé algo, tal vez se desmorone el reutilizado cartonaje de la marca con las risibles consecuencias, pero no pasará de un ay, una pequeña vergüenza y a seguir adelante. Unos pedazos de cartón no podrán con ellos, inocentes del todo. La noche es joven.


Y el día también.

jueves, 4 de noviembre de 2021

4 DE NOVIEMBRE

 Hoy hace veintitrés años que el abuelo se murió. Estaba cerca de cumplir ochenta y un años. Lo hizo al amanecer, en el hospital donde pasó las últimas dos semanas de su vida. La úlcera de estómago que padeció desde la Guerra Civil acabó derivando en un cáncer de estómago, aunque esto nosotros, los chicos, sus nietos, sólo lo supimos tiempo después. Esa palabra, como tantas otras, estaban vedadas en nuestra familia para según quien. "De lo malo no se habla" Nunca oí está frase en boca de ningún familiar pero se sobreentendía. La abuela, tan diferente al abuelo y tan parecida a mi padre, siempre tenía una salida llegado el caso. Tuvo una infancia tan pobre y desgraciada que cuando pudo escapar de las manos de su padre se acabaron todas las penas. "¡Alegría!" decía riendo. Yo a mi abuelo sólo le vi reír y bailar cuando Señor marcó el último gol frente a Malta.

La familia siempre ha dicho que me parezco a él, tanto en el rostro como en el alma. Esto nunca me gustó. Yo quería parecerme a mi padre. Pero me miro en el espejo y veo más a mi abuelo; detrás del espejo ya no lo sé. ¿Quien conoce a su abuelo, a ese hombre que ya era viejo cuando tú naciste? Para su nieto el abuelo nunca será otra cosa que un abuelo.

Jamás hablamos de nada. Tan sólo en la adolescencia, ya alejados del barrio, un domingo de esos que mi hermano y yo íbamos a por la pasta, nos dijo que deberíamos conocer más gente, que siempre andábamos juntos y eso no era bueno. Y era verdad, éramos uña y carne, siempre estábamos juntos, no solos, teníamos amigos, pero donde iba uno iba el otro. Es curioso como él, el hombre de proverbial seriedad, nos incitaba a abrir el círculo de nuestras vidas cuando por el otro lado, por todo el otro lado tan alegre y al mismo tiempo tan cerrado sobre ellos mismos, nos animaban a cuidar el uno del otro. Y ello no tanto por una sentimiento de estar por encima del resto (que creo que también, sobretodo por la rama femenina) sino por un indecible temor a la separación, a la pérdida, a la disolución. Era como si todo contacto con lo extraño, aunque fuese tu vecino, conllevara una amenaza, una espina en esa redondísima burbuja en la que se desarrollaban sus vidas. Y no por falta de sociabilidad, al contrario, todos estaban de cara al público, tanto en el bar, como en la tienda, como en el banco, pero fuera de ahí no había nada más que la familia y las dos o tres parejas amigas desde la juventud.

Vi poco al abuelo en los últimos años de su vida. Yo ya había dejado de estudiar, me emborrachaba, andaba con las tías, me drogaba, mi hermano vivía su vida, trabajábamos en el bar...todo eso. A veces lo acompañaba a comprar la fruta en un mayorista que estaba en la carretera. Hablábamos poco y cada dos por tres nos parábamos a saludar a algún viejo que se acercaba para saludar, algunos con lágrimas en los ojos, algo increíble. Mi abuelo sonreía, decía algo y seguíamos andando. Luego llegábamos a la nave, una cosa enorme, y sin decir nada enseguida se nos acercaba el encargado para ofrecernos mejor material. Yo no podía entender como un hombre que por su enfermedad se había retirado de la circulación a los cincuenta años hasta coger fama de ermitaño podía seguir teniendo veinte después tanta mano a la hora de coger cuatro peras, dos pimientos, tres manzanas y cinco mandarinas.

Cuando cayó tan malo en el hospital iba a verlo todos los días. La abuela estaba siempre con él. Se llevaban apenas cuatro días. Pasaron toda la vida juntos.

La última tarde que le vi, el día antes de su muerte, estaba sentado en el sillón. Tenía los ojos vidriosos, muy oscuros, la tez muy pálida. Me senté sobre su cama y vi a la abuela esforzarse por no llorar. 

- ¿Qué tal, abuelo? -
- Bien, bien...¿Como estás tú, Kufistín? -
- Bien. Me voy para el bar ahora -
- Eso está bien. ¿Qué tal va el bar? -
- Bien, abuelo, bien...-
- Bien...-

Nos quedamos en silencio. La abuela se llevó el pañuelito a los ojos. Hablé al abuelo. Estaba un poco despistado. Me preguntó otra vez por el bar. Le dije lo mismo. Vi como desvió la mirada hacia el cuello de mi camisa blanca.

- Está manchado -dijo-
- ¿El qué? -respondí-
- El cuello de tu camisa- y alargó la temblorosa mano hasta tocarlo-

Miré y no vi ninguna mancha. La abuela se sonó la nariz.

- Ahora me cambio, abuelo -
- Bien, bien...Kufisto-
- ¿Qué, abuelo? -
- No discutas nunca con nadie -
- Claro, abuelo -
- Dame un beso, Kufistín -

 
Estábamos abriendo el bar cuando mi padre cogió el móvil.

- Me voy para el hospital, Kufisto -me dijo- El abuelo ha muerto. Cierra tú con Manolo-

Y cerramos el bar y vi a Manolo llorar como un chico, como el chico que fue cuando su padre, treinta y cinco años atrás, se lo llevó a mi abuelo para ver si podía hacer algo con él.

domingo, 31 de octubre de 2021

¿HABREMOS CAMBIADO?

 Eran dos mozos viejos. Dos mozos viejos de camino hacia el campo de fútbol para ver el partido del equipo del pueblo. Me acordé al verlos andar. Hoy es domingo y a lo lejos se veían más coches de los habituales en aquella zona. Por encima de mis auriculares se oía el típico batiburrillo musical y vocinglero previo al partido. El cielo estaba gris, sin claro alguno, y el fresco viento nos empujaba con fuerza hacia atrás. Dudoso paré. Quizá no debería haber salido a andar. Los mozos viejos me adelantaron con paso característico. Uno de ellos, calvo y de notable estatura, portaba un negro paraguas; el otro, de pelo fuerte y rizado, iba hablando tras las gruesas gafas. Eché a andar no muy convencido y ahora fueron ellos los que se pararon. Algo importante debería estar diciendo, pues acompañaba lo dicho con ligeros toques sobre el cuerpo del otro. Sobrepasándolos me fijé en un camión negro pegado al muro exterior del campo, todo pintado desde hace tiempo de grafittis autorizados. De él provenía todo aquel ruido, al menos en lo tocante a la parte musical. Supuse que al menos el speaker estaría dentro del campo, en la vieja tribuna de cemento. Era difícil de entender. 

Doblé hacia la izquierda y el viento sopló aún con más fuerza. Volví a dudar, esta vez sin pararme. El muro exterior de la piscina municipal mostraba un nuevo grafitti inacabado sobre las firmas que unos y otros habían ido dejando allí. Este era oficial, estaba claro. Permitido por la autoridad. Era grande, abarcaba lo menos veinte metros y aún le faltaban otros diez para completarse. Era una cosa infantiloide de toques pachamamescos. Pasada la puerta de acceso a la piscina cubierta, en la otra mitad del muro, los dos niños superhéroes seguían impolutos en el lugar asignado desde hace unos meses. Un niño y una niña. Él riente, con el puño en alto, y ella ceñuda, en posición de ataque. La primera tarde que los vi me acordé del amado presidente Kim y su Corea del Norte. Todas las tardes que pasó por ahí me acuerdo de Kim y Corea del Norte.

El viento era insufrible; y aunque apenas me separaban doscientos metros para alcanzar la gran avenida los vi casi tan lejanos como a la difuminada mujer que parada en el punto más alejado de la gran rotonda ferial parecía estar esperando mi llegada. No había nadie más. Enseguida caí en que era un perro lo que buscaba con la mirada. Alcancé la esquina del desastrado colegio público, doblé otra vez a la izquierda y ya resguardado y decidido me encaminé a casa.


Una mala salida. Una salida equivocada. Una salida provocada. Una salida causada. No lo habría hecho sin la venida a última hora al vacío bar de esa extraña pareja. Los calé enseguida. ¡Como no calarlos! Tendría que haber estado tan ciego como ellos, tan puesto como ellos. Él se asemejaba a un fraile y ella a una limpiadora de escaleras. Los dos sangraron por la nariz mientras estuvieron allí. Un mal tiro previo de mierda de la peor calidad. Ella le decía a él de viva voz que no era como la "Mamona". Él le hablaba suavemente. Ella me pidió que cambiara de música. Un jazz suave, un jazz mezclado con blues, sonaba discretamente por mis altavoces. Desde lejos le contesté que era lo que había. No insistió. Puede que de haberlo hecho me hubiera dado el gusto de dar forma a una de mis recientes ensoñaciones para estos casos. Lo tengo decidido: las Variaciones Goldberg de Bach. Se marcharon poco antes que viniera a relevarme mi hermano pequeño.


Estoy en casa y el partido está a punto de acabar. Desde aquí a veces se oyen los gritos del público. Creo que los nuestros marcaron un gol, pero no estoy seguro. La gata maullaba, aburrida y desesperada, mientras escribía estas líneas. Cada vez está peor. Daría lo que fuera por escaparse de aquí. A veces me da tanta lástima que tengo la tentación de abrirle la ventana de mi habitación, la que da acceso al tejado del edificio. 


Pero sé que, como la otra vez que se escapó por estas mismas fechas, estará sola, perdida y castrada entre el frío que llega y el salvajismo que siempre nos ronda tras la puerta. Y no siempre encontrará un alma caritativa que tres semanas más tarde, justo antes de la llegada de los primeros y mortíferos hielos, la devuelva a su hogar tras tomarse mil molestias.

La pobre carece de memoria. Ya no recuerda lo que le pasó. Ve la ventana abierta de par en par pero con la persiana bajada casi hasta su tope y se encarama en su quicio dando un magnífico salto sobre cualquier radiador y maúlla porque alguien suba esas rejillas. Pero es mejor así.


Te lo digo yo, pequeña, que todavía, a mi edad, tengo que andar con mucho cuidado. 


Y todavía más cuando creo volver a ver una ventana abierta.





martes, 26 de octubre de 2021

CEMENTERIO DE COCHES

 Ella era maestra y él creo que oficinista bancario. Solían venir a la terraza del viejo bar en compañía de otra pareja que ahora no puedo recordar. No bebían alcohol y tampoco fumaban. Ambos de baja estatura, ella un tanto gordita e inocentemente risueña y él con gafas y serio sin llegar a la antipatía. Padres de dos hijos adolescentes que iban a la misma clase del mismo colegio religioso que dos de mis hermanos pequeños, tenían un cierto contacto amigable con los nuestros, más ellas que ellos, por supuesto, pues el carácter de mi padre era muy otro. Gente educada, discreta, temerosa de llamar la atención, "de orden" como se decía hasta no hace tanto tiempo y con casi total seguridad votantes de aquella AP de Fraga que estaba dando sus últimos coletazos antes de pasarle el anzuelo a Aznar, o puede que ya lo hubiera hecho. La política era tema de conversación en su mesa, no de forma acalorada tal y como se acostumbra aquí aún entre partidarios del mismo bando sino con discreción no exenta de apasionamiento. 

Una de aquellas lejanas noches de verano, y mientras les dejaba las consumiciones en la mesa, le oí decir a él una frase que estuvo a punto de hacerme saltar de indignación juvenil y que jamás he olvidado. 

- Pues yo daría un poco de mi libertad por más seguridad - dijo con absoluta convicción y un tanto acalorado - 


- Jose Luis ya ha llegado adonde iba -ha dicho mi hermano visiblemente emocionado aún tras la mascarilla cuando esta mañana ha llegado al bar para relevarme-
- Joder -respondí-...¿Cuando ha sido? ¿esta noche? -Siempre el "cuando" cuando no se sabe qué decir-
- O esta mañana, yo qué sé-

El hijo pequeño, padre de dos niñas de corta edad, ha muerto de un durísimo cáncer antes de cumplir los cuarenta años. Un chaval sin vicio alguno, sin maldad ninguna.

- Y esa momia -dijo mi hermano, casi con odio, señalando con la cabeza a la nonagenaria clienta sentada en una mesa del salón en compañía de su tacatá, esa que siempre me dice que baje un poco la tele- ahí la tienes. Dando por culo todavía-
- La vida -dije yo-
- Sí. Ya. -
- La vida...

¿Para qué decirle que esa vieja decrépita también perdió hace tiempo un hijo en similares circunstancias, con la salvedad de que en este caso él sí había jugado bastantes papeletas en la rifa y no dejaba a nadie detrás? Mi hermano lo sabe tan bien como yo. Pero el dolor es más fuerte que la memoria.

Regresé al mediodía. Durante una hora no pasó nadie al bar excepto mi tío, que después de haber superado uno poco agresivo de colón un tanto ramificado en la vejiga está tratándose una especie de cáncer fantasma no exento de "suaves" sesiones de quimio y radio por recomendación médica que por el momento no le causan mucho trastorno. El jueves le harán un TAC para ver como va el asunto, si sigue sin haber nada más que sospechas, algo más o nada de nada, que uno ya no sabe por donde atinar.

Salí de la barra y me senté con él.

- Cuando te entra el bicho -dijo- ya no se va. Siempre está rondando-

No dije nada. Le dejé hablar. Me guardé de comentarle lo de Jose Luis aunque ya se habrá enterado. Tiene 73 años aunque dice 74. A mi padre le pasaba igual. Es curioso como los viejos se añaden años. Puntúan como cumplido el que está en curso.

Echa de menos las erecciones. Ríe y dice que tiene la polla como un bígaro. "Aunque ya no haga nada pero joder, al menos tener una erección de vez en cuando..." Aquí le contesté que se iría arreglando, cosa que no le cuadró mucho.

Las cañas pasaron espectrales, mirando el teléfono entre algún que otro tercio para los cuatro penitentes habituales del fondo del salón, jugadores consumados de toda la vida que todavía están en el tiempo de hacer negocios entre comidas en restaurantes buenos y cubalibres rodeados de lindas señoritas. Se fueron a comer y al rato llegó mi amiga.

Venía de acondicionar a la vieja que cuida por horas, una pianista retirada e impedida que tiene terminantemente prohibido que nadie toque el espléndido piano del salón, cosa fácil pues aparte de ella sólo está el marido, un hombre diez años menor, músico también y más raro que un perro verde. Y mi amiga no es precisamente de las que les gustan tocar un piano. Y menos si con ello se juega la muy generosa paga semanal de la señora.

Pero ella no me habló de nada de esto sino del fiestón que organizó el domingo en la casa de un amiga con la concurrencia de once niños pequeños sobreexcitados de refrescos, caramelos, dulces, disfraces y juegos. Foto tras foto, vídeo tras vídeo y entre risas vimos en su móvil parte de lo ocurrido durante la larga jornada: enanos y enanas gritando, bailando, cantando, riendo a carcajadas, cogiendo en brazos a tiernos perritos horrorizados, persiguiendo como locos a un blanquísimo gatete en resbaladiza estampida, devorando pasteles con las naricillas manchadas...

Salimos a fumar y me habló del deseo que tiene de añadir un gato egipcio y un guacamayo al pequeño zoológico que tiene en casa. No le basta con ser madre de tantos hijos, necesita animales a su alrededor, animales a los que cuidar, animales que la necesiten, animales a los que mimar y que la mimen.


- Hola, Kufisto -dijo el Chusco, mi tradicional último cliente. Le puse su café y esperé la próxima llegada de mi otro hermano, el más pequeño de todos nosotros-

Hoy estrenaba coche, me lo enseñó este mediodía con toda su ilusión. No es nuevo pero casi. Un Ford nosequé en un azul metálico muy bonito que hasta ayer era de un viejo solterón de 74 años que se ha comprado otro todavía más grande y potente.

- Si con 74 años andas así -dije durante la comida familiar de todos los lunes- es que tienes un problema-

Lo vi llegar desde la barra a través del ventanal. 

- Por ahí viene mi hermano -dije hablando en alto- Hoy estrena coche -
- ¿Sí? -respondió el Chusco- ¡Qué jodío!

Me crucé con él en la puerta. Siempre tengo ganas de irme.


Había pasado a la otra acera de camino hacia mi viejo coche cuando volví la cabeza. Sí, ahí estaban los dos, mirándolo con atención; casi podían verse sus sonrisas. El Chusco se subía al asiento del conductor. Todos lo hacemos cuando se empeñan en que subamos a un coche nuevo. Yo también, pero no toco ni el volante.


Arranqué, llegué a casa y me metí en el ascensor.


Y al llegar arriba y abrir la puerta la gata, como siempre, me gruñó.

sábado, 23 de octubre de 2021

UN ARROZ EN SU PUNTO

 Miré y como esperaba vi a Paco en la puerta apoyado en su bastón. Hice la rotonda y aparqué delante de él. Yo creo que conoce el ruido del motor de mi coche, pero nunca se apresura en saludar. Bajé y saludé los buenos días; entonces él respondió. Cogí la bolsa que hoy pesaba bastante, abrí la puerta del bar con alguna dificultad y pasamos para adentro. Todavía me acuerdo de Josemari, el merchero, pero hace más de un año que marchó con su mujer a Ciudad Real y no hemos vuelto a saber nada de él. Siempre estaban los dos allí, esperándome, uno para tomar su café y otro para atender los recados de primera hora en el bar. Josemari solía pasar la espera canturreando fandangos, pidiéndole un cigarrillo a Paco que este siempre remoloneaba pero que pocas veces no le daba, o yendo y viniendo a los contenedores cercanos en busca de algo. Muchas veces me ofrecía cosas que yo casi siempre rehusaba. Le encantaban los chismes electrónicos, las cosas de luces intermitentes y todo eso. Sonreía mirándolas. Era como un niño de casi sesenta años.

- ¿De qué vas a hacer hoy el arroz, Kufisto? -preguntó Paco ya una vez sentado en el taburete que le acerqué. Siempre me lo pregunta los fines de semana. Luego, al volver para el café de la tarde, me pregunta si ha sobrado o no. A veces le miento y le digo que no. Creo que se alegra si ha sobrado mucho. No se lo tomo en cuenta. Es normal. Paco es también como un chico de casi sesenta años, como el chico que era cuando se quedó a oscuras para siempre. Eso tiene que joder. Normal que uno quiera que los demás también se jodan un poco.

Es sensible, al igual que lo era Josemari. Un día que yo estaba de resaca, de resaca criminal, y él andaba un tanto desquiciado a causa de la medicación que toma para su problema mental le di una mala contestación a su enésima pregunta absurda; se enfadó y se fue. Yo me quedé con peor cuerpo y al rato salí a la puerta para ver por donde tiraba. Son muchos años juntos. Le vi sentado en un banco de arriba. Cerré y fui hasta él. 

- Perdona, Paco, es que hoy estoy mal y...Venga, vámonos para el bar, anda...-
- ¡No! -respondió enérgico. Y se echó a llorar. Por más que lo intenté no pude llevármelo-

Josemari no decía nada cuando yo le daba una mala contestación, pero en su cara se veía el dolor que le causaba. Acostumbrado desde pequeñito a las burlas de los otros agradecía mi trato normal. La tartamudez no es tan grave como la ceguera pero no por ello deja de ser una cruz que unida a su natural inocencia hacían de él un blanco perfecto para las risas y el cachondeo hasta del más tonto. A veces se sublevaba, le hervía la sangre y respondía con los peores insultos imaginables. En una ocasión, se cuenta, fue navaja en mano tras uno que poco antes le había humillado malamente. Y gracias a que lo escondieron no lo mató.

El tiempo pasa más rápido durante las mañanas de los sábados. Abro un poco más tarde, es verdad, como también lo es que hay que preparar más cosas, y luego están los clientes que van llegando a cuentagotas y uno está solo...Por cierto, y ahora que hablo de clientes, hay una anciana que hará un par de meses viene a desayunar. Es la madre de un viejo amigo, de uno que hace cuatro años largos tuvo que dejar de venir al bar, a cualquier bar, y yo que me alegro. Por ello cual no sería mi sorpresa cuando una mañana de sábado lo vi entrar con su madre. Nos saludamos, la acomodó en una mesa, pidió el desayuno de ella, lo pagó y se fue para regresar una hora y media más tarde a recogerla. Así empezó. Y desde entonces todos los días, sólo que durante la semana es la chica que tiene al cuidado de su madre quien viene y desayuna con ella, una chica fuerte, cuarentona, madre y probablemente divorciada que me mira con buenos ojos. Pero es la anciana, cuando se queda sola los fines de semana, quien llama mi atención. 

Está ahí sentada, pequeña, con las manos recogidas y la cabeza un tanto ladeada hacia el otro lado del televisor, como dormida. Pero cuando salgo a atender a alguien en el salón y vuelvo con la bandeja hacia la barra veo que ella me mira y sonríe con una dulzura indescriptible, una media sonrisa tan de verdad que la primera vez que la vi me dieron ganas de llorar. Esa mujer, casi nonagenaria si no lo es ya, esa mujer que vio como se le moría un hijo y todo lo demás, sonreía a mi paso como alguien que se alegra de verte, como uno que ve algo bueno, como una madre mirando a su hijo que duerme.

Hará como un mes, un lunes en el que nosotros estamos cerrados, de camino al otro bar de abajo al que supongo iba durante todos estos años hasta que ya se le hizo largo, se cayó al suelo a pesar del tacatá y la compañía de su cuidadora. No fue cosa de mucho, no se rompió nada y después de todo su hijo es médico, pero con todo y con eso se le notó. Ahora está un poco triste. Yo le pregunto todos los días y ella responde que regular. Pero aún así, el fin de semana que se queda sola, sigue sonriéndome de la misma forma cada vez que tengo que salir al salón. Y yo le guiño el ojo tras la mascarilla.


Ha sido un buen sábado. No he parado un momento. He dejado una buena caja, una gran caja para un hombre solo. Otra vez he podido hacerlo. Yo solo. A mis cuarenta y ocho años. Eso está bien. Eso es bueno. ¿O no?


Y el arroz, Paco, esta vez sí que se ha acabado.


De verdad.