viernes, 19 de noviembre de 2021
PASE SIN LLAMAR
martes, 16 de noviembre de 2021
OTOÑO PRIMAVERAL
Era a la luna a quien el sol había estado mirando. Caí en ello al darle la espalda. La luna, aún sin su mejor cara, despertaba hacia una nueva noche. Un viento frío venía con ella; y el dorado azul del otro extremo del cielo iba transformándose en un oscuro violeta. Me abroché el abrigo, ajusté la bufanda y ya con el gorro de lana sobre la cabeza miré a la tierra que iba pisando, tan llena de guijarros y pequeñas piedras como antes pero que sólo ahora veía y sentía. Deseché encender el medio cigarrillo prometido; lo haría más adelante, cuando anduviera sobre cemento y bajo el paravientos de las que entonces serían las primeras casas del pueblo. Alcé la mirada y vi la luna un poco más alta. Pensé un poco en ello mientras no le quitaba ojo. Parecía quieta, parada. Mi sombra se hizo tan larga que tuve que fijarme en ella. Noté otra acercándose a la mía hasta superarla. Y cuando nuestros cuerpos estuvieron a la misma altura del camino torció la cabeza como para asegurarse de cual era la cara de aquellas espaldas. Era un niño que ya cansado corría de regreso a casa. Vi temor y desconfianza en su infantil mirada. Demasiado tiempo viendo unas espaldas.
Y la luna más alta y más blanca y la noche tras ella y mi oblicua y gigantesca sombra oscureciendo vides secas al otro lado del camino.
Llegué a las primeras casas del pueblo, las últimas, y encendí el cigarrillo; tres caladas después dejé que se apagara entre mis dedos antes de volverlo a guardar en algún bolsillo.
sábado, 6 de noviembre de 2021
NO ES LA CARRETERA, ESTÚPIDO, ES EL MOTOR
Topé con ella en la puerta del bar. Yo salía a dejar la bolsa de trabajo en el coche y ella entraba armada de varios apechusques que daban a entender su oficio como azafata de bebidas. Nos dimos el hola en la misma cortina, salí afuera, dejé la bolsa y ya otra vez dentro del bar vacío me preguntó si ese era el bar de Kufisto; respondí que sí y ella suspiró diciendo lo que le había costado encontrarlo, algo que no entendí hasta un ratito después al notar su evidente nerviosismo que pronto confirmó de palabra al confesar que era su primera vez.
Era una chica muy joven, veinteañera, de negra melena rizada, alta a pesar de ir en zapatillas y guapa en lo que permitía ver la mascarilla que no se quitó. El tono de voz era todavía más juvenil, casi colegial. La muchacha no paraba de hablar mientras extraía de los cartones las diferentes partes del tenderete a montar, una cosa de chusco aspecto siendo como era de una ginebra premium. Yo la miraba agacharse para dar fondo a la dudosa forma del mostrador, lo que no logró excusándose con salir otra vez al coche por la cinta americana, los regalos y parte del resto de cosas necesarias. Tenía unas buenas piernas enfundadas en medias. "¡Y me cambio de calzado! -dijo- ¡que así parezco una loca!" No se por qué pero esto me hizo mucha gracia. Todo era tan natural en la chica, todo estaba tan desprovisto de afectación, que era inevitable no sonreírse con ello.
En ese compás de espera llegó mi hermano pequeño a dar el relevo. Le comenté un poco lo que había y ya me iba cuando ella regresaba con los tacones puestos, un plus en toda regla que le sentaban estupendamente.
jueves, 4 de noviembre de 2021
4 DE NOVIEMBRE
domingo, 31 de octubre de 2021
¿HABREMOS CAMBIADO?
Eran dos mozos viejos. Dos mozos viejos de camino hacia el campo de fútbol para ver el partido del equipo del pueblo. Me acordé al verlos andar. Hoy es domingo y a lo lejos se veían más coches de los habituales en aquella zona. Por encima de mis auriculares se oía el típico batiburrillo musical y vocinglero previo al partido. El cielo estaba gris, sin claro alguno, y el fresco viento nos empujaba con fuerza hacia atrás. Dudoso paré. Quizá no debería haber salido a andar. Los mozos viejos me adelantaron con paso característico. Uno de ellos, calvo y de notable estatura, portaba un negro paraguas; el otro, de pelo fuerte y rizado, iba hablando tras las gruesas gafas. Eché a andar no muy convencido y ahora fueron ellos los que se pararon. Algo importante debería estar diciendo, pues acompañaba lo dicho con ligeros toques sobre el cuerpo del otro. Sobrepasándolos me fijé en un camión negro pegado al muro exterior del campo, todo pintado desde hace tiempo de grafittis autorizados. De él provenía todo aquel ruido, al menos en lo tocante a la parte musical. Supuse que al menos el speaker estaría dentro del campo, en la vieja tribuna de cemento. Era difícil de entender.
Doblé hacia la izquierda y el viento sopló aún con más fuerza. Volví a dudar, esta vez sin pararme. El muro exterior de la piscina municipal mostraba un nuevo grafitti inacabado sobre las firmas que unos y otros habían ido dejando allí. Este era oficial, estaba claro. Permitido por la autoridad. Era grande, abarcaba lo menos veinte metros y aún le faltaban otros diez para completarse. Era una cosa infantiloide de toques pachamamescos. Pasada la puerta de acceso a la piscina cubierta, en la otra mitad del muro, los dos niños superhéroes seguían impolutos en el lugar asignado desde hace unos meses. Un niño y una niña. Él riente, con el puño en alto, y ella ceñuda, en posición de ataque. La primera tarde que los vi me acordé del amado presidente Kim y su Corea del Norte. Todas las tardes que pasó por ahí me acuerdo de Kim y Corea del Norte.
El viento era insufrible; y aunque apenas me separaban doscientos metros para alcanzar la gran avenida los vi casi tan lejanos como a la difuminada mujer que parada en el punto más alejado de la gran rotonda ferial parecía estar esperando mi llegada. No había nadie más. Enseguida caí en que era un perro lo que buscaba con la mirada. Alcancé la esquina del desastrado colegio público, doblé otra vez a la izquierda y ya resguardado y decidido me encaminé a casa.
La pobre carece de memoria. Ya no recuerda lo que le pasó. Ve la ventana abierta de par en par pero con la persiana bajada casi hasta su tope y se encarama en su quicio dando un magnífico salto sobre cualquier radiador y maúlla porque alguien suba esas rejillas. Pero es mejor así.
martes, 26 de octubre de 2021
CEMENTERIO DE COCHES
Ella era maestra y él creo que oficinista bancario. Solían venir a la terraza del viejo bar en compañía de otra pareja que ahora no puedo recordar. No bebían alcohol y tampoco fumaban. Ambos de baja estatura, ella un tanto gordita e inocentemente risueña y él con gafas y serio sin llegar a la antipatía. Padres de dos hijos adolescentes que iban a la misma clase del mismo colegio religioso que dos de mis hermanos pequeños, tenían un cierto contacto amigable con los nuestros, más ellas que ellos, por supuesto, pues el carácter de mi padre era muy otro. Gente educada, discreta, temerosa de llamar la atención, "de orden" como se decía hasta no hace tanto tiempo y con casi total seguridad votantes de aquella AP de Fraga que estaba dando sus últimos coletazos antes de pasarle el anzuelo a Aznar, o puede que ya lo hubiera hecho. La política era tema de conversación en su mesa, no de forma acalorada tal y como se acostumbra aquí aún entre partidarios del mismo bando sino con discreción no exenta de apasionamiento.
Una de aquellas lejanas noches de verano, y mientras les dejaba las consumiciones en la mesa, le oí decir a él una frase que estuvo a punto de hacerme saltar de indignación juvenil y que jamás he olvidado.
- Pues yo daría un poco de mi libertad por más seguridad - dijo con absoluta convicción y un tanto acalorado -
sábado, 23 de octubre de 2021
UN ARROZ EN SU PUNTO
Miré y como esperaba vi a Paco en la puerta apoyado en su bastón. Hice la rotonda y aparqué delante de él. Yo creo que conoce el ruido del motor de mi coche, pero nunca se apresura en saludar. Bajé y saludé los buenos días; entonces él respondió. Cogí la bolsa que hoy pesaba bastante, abrí la puerta del bar con alguna dificultad y pasamos para adentro. Todavía me acuerdo de Josemari, el merchero, pero hace más de un año que marchó con su mujer a Ciudad Real y no hemos vuelto a saber nada de él. Siempre estaban los dos allí, esperándome, uno para tomar su café y otro para atender los recados de primera hora en el bar. Josemari solía pasar la espera canturreando fandangos, pidiéndole un cigarrillo a Paco que este siempre remoloneaba pero que pocas veces no le daba, o yendo y viniendo a los contenedores cercanos en busca de algo. Muchas veces me ofrecía cosas que yo casi siempre rehusaba. Le encantaban los chismes electrónicos, las cosas de luces intermitentes y todo eso. Sonreía mirándolas. Era como un niño de casi sesenta años.
- ¿De qué vas a hacer hoy el arroz, Kufisto? -preguntó Paco ya una vez sentado en el taburete que le acerqué. Siempre me lo pregunta los fines de semana. Luego, al volver para el café de la tarde, me pregunta si ha sobrado o no. A veces le miento y le digo que no. Creo que se alegra si ha sobrado mucho. No se lo tomo en cuenta. Es normal. Paco es también como un chico de casi sesenta años, como el chico que era cuando se quedó a oscuras para siempre. Eso tiene que joder. Normal que uno quiera que los demás también se jodan un poco.
Es sensible, al igual que lo era Josemari. Un día que yo estaba de resaca, de resaca criminal, y él andaba un tanto desquiciado a causa de la medicación que toma para su problema mental le di una mala contestación a su enésima pregunta absurda; se enfadó y se fue. Yo me quedé con peor cuerpo y al rato salí a la puerta para ver por donde tiraba. Son muchos años juntos. Le vi sentado en un banco de arriba. Cerré y fui hasta él.