viernes, 15 de julio de 2022

OTRA TARDE SIN DORMIR

 Por fin en el ascensor me acordé de Pepito Sonrisas, el de la tienda de chuches de cuando éramos chicos. La puerta se abrió y vi que también lo estaba, aunque sólo entornada, la de los vecinos del otro lado, unos sudamericanos realquilados; mejor dicho, una discreta señora sudamericana a la que suelen visitar sus hijos, supongo que a llevarse la comida pues siempre huele a cocina. Cosa rara, se oían los excitados chillidos de una niña. "Oh, Dios mío..."

La formación de las tormentas es una cosa bastante sencilla de entender: dos corrientes, una baja y otra alta, cruzan sus caminos y de ahí nacen los truenos y los relámpagos. Será que una pierde ligereza y empieza a caer sobre la otra, o que esta, sin embargo, pierde pesadez anhelando ser más ligera y no siéndolo aún lo suficiente choca contra la que baja. Cuando todos los aires del cielo están altos, el día es claro y despejado; cuando todos los aires del cielo están bajos, el día es oscuro y puede que llueva. No siempre; a veces, muchas, no llueve. Sólo está oscuro. Y en alguna rara ocasión se produce como una especie de ceda el paso de autoescuela y sale el arco iris, esa cosa maravillosa que nadie, ni el más bruto de los hombres, puede dejar de mirar siquiera por un momento. Pero esta es la excepción.

Él llegó al bar a eso de la una y media, poco después de mi segunda venida. Lo hizo solo, como otras veces, pidió cerveza, tomó asiento en una mesa alta y miró el móvil. Es un tío todavía joven, no tendrá cuarenta años, casado y padre de una niña. No es que tengamos una amistad siquiera de barra pero nos conocemos, sabemos quienes fueron nuestros padres. Salí a fumar, la cosa estaba tranquila, y de reojo vi que llegaba la mujer con la niña en compañía de un tío que no conocía. Nos saludamos, retiré la cortina para ella, entraron, tiré el cigarrillo y pasé para adentro.

Pronto se trasladaron a una de las mesas del ventanal. Allí les acerqué las cervezas y un zumo para la niña, muy crecida desde la última vez que la vi hará poco más de dos meses. Es increíble los estirones que meten los críos. 

No tenía su zumo y le ofrecí otro.

- Vale. De limón.
- ¿Con pajita?
- No. En vaso y con un hielo -respondió convencida dejando por un momento de mirar el teléfono.
- Ya es mayor -dijo la madre.

También yo sonreí.

Así se fue casi una hora, entre contadas salidas al salón y canciones de los Cure y bandas relacionadas por Spotyfi. Presté atención cuando "Catch" saltó. Hacía un montón de años que no la escuchaba. Qué buena es. 

Y de pronto llegó ella, mi amiga, con dos de sus hijas pequeñas.

Hacía un par de semanas que no la veía, un tiempo bastante largo y corto a la vez, aunque por diferentes motivos. Siempre con prisas, eternamente acelerada por tantos hijos que cuidar, pidió cerveza una vez que me dio un fuerte abrazo y unos cuantos besos correspondidos a mi "sosa manera" y se fue con ellos, con sus vecinos, o al menos la pareja lo es. Y entonces las corrientes, altas y bajas, empezaron a entrar en colisión. 

Tres niñas pequeñas juntas en un bar. Por separado están más o menos a lo suyo, sin dar guerra, unas más y otras menos, por supuesto, pero cuando se juntan, cambian. Y también los grandes: por un lado son de una forma; por el otro, cuando se mezclan, son de otra. Y de ahí, de la mezcla, nacen muchos errores y equivocaciones.

Más cerveza, zumos para las alocadas niñas que luego se dejarían prácticamente, bolsas de patatas fritas que sí devoraban, las voces de los mayores cada vez más altas, más excitadas. 

- ¡Sal a fumar, Kufisto! -me gritó desde la puerta.

Salí a fumar. Tenía ganas de fumar. Me dio otro achuchón. Estaba con la otra, una chica diez años más joven que ella. Hablaban de cuando eran jóvenes y en días como este fumaban porros con los amigos en la piscina municipal, de como se divertían, se cortaron de mentar la cocaína que aún la más joven se mete cuando puede y mi entrañable amiga no porque "ya no puedo"

- No me quieres, Kufisto. No me quieres como yo te quiero.

Sí. Esa era otra de las canciones que había oído antes que llegara: "I love you more than you love meeee..."

Entraron dos parejas, una habitual de estas dos últimas semanas y la otra una que enseguida vi que no iba a ir bien con el pandemonium que ya había dentro. Ella, sobretodo, me recordó a la fotografía de una jugadora de ajedrez que vi en una revista cuando empecé a interesarme por el juego. Pero entre que uno llega a un sitio y se sienta y tal, si no está muy avispado o demasiado enfermo, el camarero tiene tiempo para salir rápido, poner el capote en medio y sacar unas cuantas cervezas del lance. De todas formas no tardaron quince minutos en irse. Suficiente.

La parte buena era que ya casi estábamos solos, con la excepción de Kámel y el abogado que va a su puta bola. Kámel se fue al water, estuvo sus buenos quince minutos en él, y al salir vio que las niñas habían tomado posesión de su mesa. Confundido vino a la barra, pidió otro chupito de whisky que bebió del trago acostumbrado y murmurando algo ininteligible miró a uno y otro lado hasta que vio su hatillo en la mesa de los otros, pues mi amiga se las había recogido para que las niñas no hurgaran en él. Lo vi salir, coger la bicicletilla y marchar con ella andando hacia la calle de enfrente. El abogado, a todo esto, seguía imperturbable en la mesa adyacente, mirando cosas en su teléfono y bebiendo tercios.

Tres y casi y media. Hora más que de cierre ahora en verano. Debería estar en casa, tumbado en la cama, sino durmiendo al menos con los ojos cerrados. Apagué la tragaperras, la música y el televisor, las luces, bajé las cortinillas y me serví una cerveza. El abogado se fue.

- ¿Cierras, Kufisto?
- Sí
- Pues venga, la última.

En ese momento entraron dos buenos clientes. 

- ¡Estás abierto, Kufisto?
- Si queréis una cerveza rápida, sí.

Pero viendo el pampaneo se salieron afuera.

Las corrientes, los aires, el sol, la luna, las montañas y las estrellas ya estaban todas mezcladas. Las niñas pasaban a la barra para pedirme cosas, gusanitos y patatas. Una de ellas, la del estirón, me dijo que le colocara las cintas del bañador, que le hacían daño en la espalda. A esto entró un calvo y le dije que no había lugar, con la mala suerte que al salir él entraron dos currantes con sus monos, uno de ellos amigo mío de juventud, uno que me hizo una putada que jamás olvidaré, pero conocía a mi amiga y se abrazaron y tal...

- ¡Ponles cerveza, Kufisto!

Me cago en Dios.

- La pongo, pero cierro la puerta ya.

Salí a la calle y avisé a mis dos clientes. El calvo, dudando, todavía andaba por allí con su chica.

- Entrad que cierro. No importa que estéis fumando.

Entraron un tanto acojonados. La más pequeña de las niñas se echó a llorar en cuanto vio que cerraba la puerta. Un terror indescriptible se dibujaba en su cara. Era evidente que no le gustaban las puertas cerradas. Su madre, mi amiga, tuvo que cogerla en brazos y con todo y con eso no dejó de llorar, aunque menos. Los dos clientes se marcharon unos minutos después.

- La última, Kufisto. Tómate una, que la pago yo.

Otra cerveza. Voces, gritos, lloros...

- ¡Y ahora a mi piscina! ¡A bañarnos todos! ¿Te vienes, Kufisto?
- Cuando despierte de la siesta.


Se fueron. Recogí los restos. Encendí otro cigarrillo y me serví otra cerveza. 


Qué silencio, joder.


Qué silencio.

jueves, 14 de julio de 2022

LOREN

 



Cuando uno va por la calle con el abrigo puesto en pleno mediodía del julio manchego es que al menos tiene un problema. Y si a esto le añadimos un caminar como de pueblerino en la Quinta Avenida de Nueva York ya tenemos dos a simple vista. 

Los coches paraban a fin de que cruzara el paso de cebra. Desde el ventanal del bar podía ver los alucinados caretos de sus ocupantes. Loren, el protagonista de esta historia, una vez alcanzada la mediana hacía señas con el brazo a modo de guardia de tráfico para que los coches que bajaban por ese lado siguieran su trayecto. Necesitaba recuperar el resuello. Después hacía otro esfuerzo y llegaba a la acera de nuestro bar, quedándose un ratito en la puerta antes de decidirse a entrar.

Mano derecha durante muchos años de un conocido hostelero del pueblo era una especie de hombre para todo que lo mismo arreglaba pequeñas averías de los diferentes locales, que los pintaba o cualquier cosa que se terciara. Ejercía también como de controlador para que las cosas no se salieran de madre, aunque de ningún modo pueda decirse que fuera un tío fuerte ni nada de eso. Pero conocía el ambiente, llevaba toda la vida en él, y eso es un gran punto en el negocio. Hombre tranquilo, de parsimoniosas formas, nunca le vi borracho. Ni sobrio. Era de esa clase de alcohólicos que una vez alcanzado tal estado parece ser el suyo natural. En ningún momento, en ningún sitio le vi perder los papeles. Es más, en alguna ocasión logró que yo no acabara por perder los míos. Pero todo esto cambió de unos pocos meses a esta parte. No su carácter, eso no, sino su actividad: se le veía cada vez más deteriorado en lo físico aunque también la parte mental sufría un considerable aumento del típico despiste alcohólico. Cada día que pasaba era más difícil mantener una conversación con él; le costaba un mundo fijar la atención y en muchas ocasiones saltaba por cerros que no venían a cuento para enseguida dirigirse a la tragaperras junto a su inseparable copa de anís con hielo.

El pasado viernes llegó a eso de la una y media. Lo hizo con el abrigo que llevó durante estas últimas semanas, pidió su copa, hablamos algo sin sentido alguno y se fue a la tragaperras. Desde mi esquina de la barra le echaba un ojo de cuando en cuando. No estaba seguro de que estuviera jugando. Y si lo hacía se lo tomaba con mucha calma. Entre jugada y jugada hablaba con ella, le musitaba cosas que nadie que no lo estuviese mirando podría oír. 

Eran casi las tres y media cuando empecé a bajar persianas, apagar luces y bajar el volumen de la música.

- ¿Cierras ahora, Kufisto? -preguntó.
- Sí, Loren.
- ¿Y a qué hora abres?
- A las seis media.

Las mismas preguntas y respuestas de estos últimos días. 

Se vino a la barra, se fue la última pareja que quedaba en el salón, eché la llave, me serví una cerveza, encendí un cigarrillo, saqué el cenicero y le dije que podía fumar si quería. 

- Estoy hecho caldo -dijo encendiendo uno de sus puritos- Tengo la pierna destrozada.
- ¿Pero qué te ha pasado?
- Me caí.
- ¿Te caíste? ¿Donde?
- En una obra. En Madrid.
- No jodas.
- Sí. De un décimo piso.
- ¿Que te caíste de un décimo piso y sigues vivo?
- Me agarré de ...cuando llegaba al segundo.
- Me cago en la hostia puta. Para haberte matao.
- Ya es la tercera vez.
- ¿La tercera vez de qué?
- La tercera vez que estoy a punto de matarme.

Entonces, erráticamente, me contó las otras dos.

- La madre que te parió, Loren. Eres inmortal.

El domingo se repitió la misma escena, sólo que peor. A su sempiterno anís, ya con la botella en mis manos, esta vez le sucedió un tinto de verano que me dejó estupefacto. Mis miradas esquineras hacia donde él estaba jugando se cruzaron en algún momento con la suya, la boca abierta. Era como si no me viera, o eso es lo que sentí. Era como si él estuviese viendo otra cosa.

Poco antes del cambio de turno salió a la terraza apenas sombreada desde hacía una hora. El calor era insoportable y ahí estaba él, sentado con el abrigo, las gafas de sol puestas, su segundo tinto casi entero, la tez más cenicienta que nunca. Le había dicho que comiera algo, cualquier una cosa, una pulga de chorizo o algo del arroz que había sobrado del aperitivo, a lo que respondió que no le entraba nada y que su hermano mayor con el que convivía en la cercana casa familiar había comprado una caja de langostinos y quizá comería un par de ellos cuando llegara a casa. 

- Bueno, Loren, me voy -dije.
- Yo también me voy a ir pronto. Pero se me hace tan largo el camino hasta casa...
- Ya...Adiós, Loren.
- Adiós, Kufisto.

Abrí la puerta del coche.

- Oye, Loren, ¿te acerco?
- No, no...No te preocupes. Ya me voy yo luego. Poco a poco.
- Bueno, adiós.
- Adiós, Kufisto.


Esta mañana, a eso de las nueve y media, llegó uno de mis hermanos para el habitual cambio de turno en los días de diario. 

- ¿Te has enterado de quien se ha muerto?
- ¿Quien?
- Loren.
- ¿Qué Loren? -respondí estúpidamente. Conozco a varios, sí, pero sólo podía ser ese Loren.
- ¡Pues Loren, quien va a ser!
- ¿El borr...? -no terminé de decirlo avergonzado por el calificativo.
- Sí, Loren.
- Joder...Estaba fatal. Me dijo que se cayó de un andamio desde un décimo piso...
- ¡Qué se va a caer de un andamio!

Qué tonto soy. Me lo creo todo.


Loren soñó que se caía desde un décimo piso y en el último momento agarraba algo que le había salvado de la muerte. Y se lo creyó. Yo también.


Regresé al bar a la una. Enseguida, yo que soy tan despistado, mientras dejaba las llaves sobre el mueble expositor, me di cuenta de que allí había algo raro.


Alcé la vista. 


En el botellero central, en la bandeja superior, ahí donde se exhiben nuestros licores más caros, esos sólo al alcance de los bolsillos más pudientes, en posición central y un paso al frente de todos ellos señoreaba una botella sin abrir de su marca de anís.


Descansa en paz, amigo.




miércoles, 13 de julio de 2022

ANTES DE LA VENIDA DEL SOL




 Ahora el tipo leía un texto, el final de la historia, la del amor imposible entre un hombre y una diosa. Casi con lágrimas en los ojos, la voz quebrada, la "muerte de amor" del Tristán de fondo como muleta y unos largos encadenados de fotogramas y pinturas venidas al caso, el curioso psicólogo argentino, el persistente buscador de lo oculto, el autodenominado "mago de mano derecha" y fundador de su propia escuela iniciática parecía verse a sí mismo en las palabras que, esto sí, con la acostumbrada e incomparable dicción que le caracteriza iban saliendo de su boca.

- Basta -me dije- ¡Basta! Suficiente. Se acabó. ¡También yo podría hacerlo con esa música de fondo, no te jode! ¡Hasta ver a un mono pajeándose se transformaría en algo profundo si es con la música del Tristán! Basta, basta...Qué calor, me cago en dios.

Eran las ocho y media de la tarde y el salón parecía estar a punto de alcanzar la temperatura adecuada para empezar mi cocción.

En la cocina fregué unos cuantos platos retrasados más por sentir el agua corriendo sobre mis manos y muñecas que otra cosa. Al terminar vi que la gata estaba allí, junto al radiador, toda estirada, en silencio y sin moverse lo más mínimo. Tan ofuscado había entrado a la cocinilla que ni la había visto.

- ¡Así que estabas aquí, eh! -le dije a lo cual respondió sólo con un movimiento de sus grandes ojos- ¡Chica lista! ¡Tú sí que sabes...! Ganas me dan de tumbarme aquí, contigo, pues si tú estás aquí seguro que este es el sitio más fresco del piso...Sí, no se está tan mal aquí, no...No allí, en el salón, con el ventanal, aunque tenga la persiana bajada hasta los topes. Y encima viendo gilipolleces. ¿Lo podrás creer? He pasado casi dos horas viendo otra vez a ese tío, sí, al mismo que el otro día mandé a la mierda después que borrara un comentario mío un tanto crítico con este último vídeo. Claro que yo estaba un poco borracho y tal, bueno quizá bastante, y puede que fuera un poco ácido pero eso no daba...El otro sí, en el otro lo mandé a tomar por culo y me desuscribí de su canal después de tantos años. Pero no creas, que al día siguiente estuve a punto de suscribirme otra vez, arrepentimiento de borracho, pero no, no lo llegué a hacer. En fin, vamos a ver algo más en Youtube, quizá a esa joven pastora, algo coño, hay que hacer tiempo hasta que al menos sea de noche. Bueno, te dejo tranquila. Hasta luego.

Me tragué el último de la brava pastorcilla y sus problemas con los bancos. Después tiré de suscripciones y casi abajo del todo vi ese canal de cocina de la eslava asturiana, Esvieta; qué bien suenan los nombres eslavos.

- ¡Hola, amigos! -decía alegre, saludando con la mano, sin importarle que llevará un par de años pasando de ella.

Vi cuatro o cinco vídeos, sonriendo siempre que ella aparecía en pantalla, esto es, al principio en la presentación y, sobretodo, al final con la degustación. Qué encanto de mujer. Qué bien come. Y qué bien cocina.

La noche no fue demasiado mala. Dos o tres veces desperté con la almohada empapada, dándole vueltas por tandas como si mi cabeza fuese un horno que esperara encontrarla en su punto al despertar. 

¿Y el día laboral? Bien, normal, uno más. Ayer fue muy bueno y hoy no tanto. Claro que ayer estaban cerrados casi todos los bares de alrededor. La gente es de costumbres. Una gaviota no hace verano y todo eso. Es tontería luchar contra el verano. Sólo hay que pasarlo para alcanzar el siguiente.

La cuadrilla de todos los días, hoy un tanto exigua, se marchó un poco antes, a eso de las tres, quedándome solo con el abogado y Kámel, el pobre que bebe chupitos de J/B.  Lo había visto subir la avenida con la bici y el macuto arrastras una media hora antes, mientras andaba recogiendo los toldos para que al menos corriera algo de aire en la puerta ya liberada del fuego de los rayos del sol. 

Apagué la tragaperras y la televisión y bajé las persianas del ventanal.

- ¿Cierras ya? -preguntó Kámel
- Sí, pero tómate la caña tranquilo, sin prisas -De vez en cuando mete una caña entre los chupitos que se bebe de un trago en la barra, a veces acompañada de una pulga, hoy de anchoas.

Eché la llave a la puerta y no pasaron dos minutos que Kámel vino a la barra con la caña mediada y bebiendo un trago se despidió. Y apenas otros dos para que el abogado hiciera lo mismo. Buena gente. Ya sólo faltaba colocar la última carga del lavavajillas para beberme con tranquilidad fuera de la barra la copa de cerveza helada y fumar el cigarrillo con el que cierro todas estas mañanas de verano en el bar. Pequeños homenajes. Pequeños recuerdos.

Y entonces fue que la lista de Spotyfi soltó "Lovesong" en su versión extendida.

Compré ese maxi cuando tenía unos veinte años. Era muy fan de los Cure. De hecho, a estas alturas, puedo certificar que ellos ya son una de las cuatro o cinco bandas de mi vida. Y ya no hay ni tiempo ni espacio para más bandas. Pero es que esa canción, y mira que tienen canciones, me llegó muy fuerte. Por eso compré aquel maxi de maravillosa portada.

Tenía veinte años...y esto empieza a hacerse largo una vez más. 

Yo estaba enamorado. Ahora la veo de vez en cuando por la calle paseando a un gran perro y nos saludamos sin pararnos, aunque sonriendo. Tiene los mismos ojos, la misma mirada, lo que más me gustaba de ella; más cansados, sí, pero el cuerpo ya es muy otro. Está sola. No ha sido madre ni ya podrá serlo. Pero entonces estaba muy colgado de ella. Y ella de mi, aunque su sueño fue más veraniego, no como el mío, que parecía ser el de un oso polar. 

El amor...Conozco a uno, un buen amigo y cliente, divorciado con un hijo entre medias, un alcohólico de buena, muy buena posición, que sigue creyendo que al final, aún en la vejez, se juntará con el amor de su vida, una mujer casada y con un hijo de la que anda encoñado desde siempre. Yo creo que eso, por imposible que parezca, es lo que todavía le mantiene vivo; el sueño del amor, del amor soñado, del recuerdo de un sueño. 

La juventud. Ser joven, haber amado. Era la orquesta ensayando, haciendo ruido para afinar los instrumentos. Algunas veces, casi todas, era sólo eso, ruido. Pero de vez en cuando, muy de vez en cuando, sin que te dieras cuenta, un raro compás te pillaba a traspié y entonces oías como algo dentro de ti decía:

- ¡Chist! ¡Escucha! ¡Está aquí! ¡Delante de tus ojos! ¡Mírala, idiota! ¡Mírala bien! No es una amiga, es tu amante.


La muerte de amor de "Tristán e Isolda", pase lo que pase en el mundo, hará creer en el sueño del amor por los siglos de los siglos. Puedes poner a una rata comiéndose un...
 

Pero cuando ya viejos y arrugados nos encontremos por ahí, solos y ya medio podridos en vida, paseando por las calles, quizá, quien sabe, te diré:


-¿Recuerdas esta canción?





sábado, 9 de julio de 2022

Y DE PRONTO ME CAYERON BIEN

 Veinte años han pasado, veinte, desde que rebotado del viejo bar vine aquí, al nuevo abierto hacía tres por dos de mis hermanos, los dos siguientes a mi, el mayor. Hay algunos meses más, diría que unos ocho. Veinte años y ocho meses.

Durante todo ese enorme espacio de tiempo he conocido a mucha gente. Algunos ya no están y otros dejaron de venir. He visto a niños crecer hasta convertirse en adolescentes huidizos de sus padres y luego, ya algo mayores, hechos unos hombrecitos o mujercitas y con los viejos fuera de juego, venir a la barra para pedirme un cubalibre; con cierta timidez al principio, sí, por supuesto, yo era mucho más viejo, pero enseguida se soltaban. Después de todo me iría pronto, sería sustituido por mis dos hermanos pequeños, mucho más jóvenes, aquellos que sustituyeron a los fundadores que hartos de este trabajo lo dejaron por otros menos esclavos. 

¿Hace cuanto tiempo que conozco a las dos parejas de hoy? ¿Quizá quince años? ¿Dieciocho? ¿Ya estaban por aquí cuando yo llegué? No lo sé, no lo recuerdo bien. La memoria está fuera del tiempo. Recuerdas algunas cosas pero no podrías asegurar ni siquiera aproximadamente el tiempo pasado. Claro que los hombres de ciencia hablan de cientos o miles de millones de años para explicar accidentes geográficos o desarrollos evolutivos, por no hablar del Universo y sus millones de años luz, y todo ello, por supuesto, con un gran margen de error, es decir, diez mil años arriba o abajo en la datación de una era geológica es una fruslería, ni qué decir tiene lo que será hablar en términos astronómicos, y sin embargo uno se cabrea, o al menos se mosquea, cuando apenas veinte años después no puede certificar lo que pasó en su vida sin temor de caer fuera de la red, cada vez más pequeña a tus estrictos ojos, cansados ya, ¡encima!, de tanto ser forzados a mirar atrás.

Pero no creáis; con todo y con eso conservo algunos tiempos, algunas certezas; fechas clave, años decisivos...Eso sí lo recuerdo bien: 1987, nueve de marzo de 1992, quince de mayo de 2005, catorce de febrero de 2009...

A una de las chicas de esta tarde, una de las mujeres por mejor decir, pues ya estará más cerca de los sesenta que los cincuenta a los que poco me falta para llegar, la conocí cuando todavía estaba con su marido. Formaban parte de un gran grupo de parejas maduras, uno de esos que se conocen desde la juventud, que se casaron y tuvieron hijos y todo lo demás pero que en cuanto podían quedaban entre ellos y salían por ahí a pasarlo bien. Gente que todavía se casó por el poder de la Iglesia pero con cuerpo, alma y espíritu fuera de ella desde hacía mucho tiempo.

Una de esas madrugadas en las que yo todavía cerraba el bar (¿hará cuanto, trece años?), con ella muy borracha y de facto separada por decisión propia y en compañía de la única amiga soltera del grupo, una ninfómana muy potente, terminé de fregar el bar y echando la llave me eché una copa con ellas. Hablaba de suicidio y todo eso. Estaba muy, muy borracha. Dos horas, o al menos una, pasaron hasta que pudimos irnos de allí.

¿Cuantos años lleva con el tipo con el que está? ¿Cinco? ¿Siete? ¿Diez? Él es de otro pueblo, de uno con fama de muy bestia, el típico macho hispánico, conquistador por sus cojones. Conocí a su ex ya cuando no estaba con él, una de las mujeres más locas que me haya encontrado.

Y allí estaban hoy las dos parejas, una fracción del viejo grupo, en nuestro bar. La otra sigue casada, como el resto, que no ha habido más divorcios entre ellos. 

Bebían cerveza en la barra. Tras la segunda ellas se pasaron al tinto de verano.

- ¡No! -exclamó ella- No me eches vermut, Kufisto-
- Bueno -respondí- pues entonces este es para Ana.
- ¡Qué rico! -dijo Ana
- Bueno -dijo ella- Échame un poco de vermut. Creía que era mora 

Siguieron con la charla, al final ellas por su lado y ellos por el otro. Me senté en un taburete esperando el próximo relevo.


Y de pronto me cayeron bien. Todos estos años, todo este tiempo, los he visto como gente tan extraña a mi como yo a ellos. Evidentemente yo no era de su grupo; llevo solo mucho tiempo, habrá quien diga que soy maricón, por mucho pueblo grande que este lo sea sigue siendo pueblo manchego, aunque de todas formas el otro día, al salir para uno de mis paseos, vi carteles pasados de la celebración del orgullo gay. Algo está cambiando y tal, cosa que por otra parte me la suda bastante.

"Dos parejas, casi sesentonas o al menos a las puertas, los hijos criados y ahí siguen, saliendo a tomar cervezas, a beber entre viejos amigos conocidos de toda la vida, manteniendo aquella amistad de cuando fuimos jóvenes; casados, separados, con hijos que ya son mayores y viven su vida, que ya no te necesitan para nada...¿Qué extraño? ¡Y todavía ríen hablando entre ellos! ¡se descojonan! ¡Y no hablando de La Montaña Mágica! De hecho ella acaba de decir "robotes" refiriéndose a no sé qué tema ¡A nadie le importa que robotes sea robots! ¿Robotes? ¡Pues robotes!"

- ¡Cerveza, Kufisto! -dijo el macho- ¿No cierras, no?
- No. El finde no cierro.

Dos cervezas. Ellas todavía tenían tinto verano. Los hombres beben mientras escuchan. Las mujeres beben cuando tienen sed o hay algo que no les cuadra.

"¿Y por qué sin beber -me preguntaba yo- estoy tan cómodo hoy con esta gente que de ordinario me parece tan estúpida?"

Y entonces recordé que ayer estuvimos de papeleos. Notaría. Mi padre, nuestro padre, fallecido hace cinco años y pico, murió sin testar, como no podría esperarse de otra forma. Y mi tío, mi segundo padre, un hombre que ya está muy enfermo, se ha preocupado de arreglar papeles y tal para el asunto de la casa familiar. Y allí no vimos todos, los cinco hermanos. Pero una cosa que debería haber sido cosa de un momento, de una firma, se transformó en una larga espera, pues uno de mis hermanos tenía caducado el DNI, y a pesar de la cita de renovación era imposible hacerlo sin tener el regla el documento, por mucho certificado electrónico de una próxima renovación guardado en tu teléfono. Y la gestión que apenas era cosa de minutos se alargó hasta las tres horas, hasta cuando ya la notaria decía que tenía que irse a Madrid.

Tuve mucho tiempo para hablar afuera con mi hermano, el que vive en otro pueblo, con el que a fin de cuentas me crié. Una amistad enfermiza que duró mucho tiempo después de habernos pegado tres o cuatro veces al día hasta que tuvimos once o doce años. Recuerdo que un tarde, siendo chicos, tras habernos matados vivos en una de esas peleas que quedaban olvidadas a los diez minutos, alguien, creo que él, arrebatado por el furor, dijo "¡me cago en tu padre!" Y entonces, como uno que ve el límite, respondí que nuestro padre era el mismo y que era como cagarse en él.

Al salir de la notaría, en la calle, a petición, nos hizo varias fotos el de la gestoría, un tipo que tenía que estar allí con nosotros, uno del Opus.

- Nunca os he visto a los cinco juntos- había dicho casi riendo mientras, al fin, esperábamos que la notaria diera inicio a su obligada perorata. Reímos. Sí. Es muy raro. Es muy raro ya. Y desde hace mucho tiempo. Pero fue una cosa buena. Estaba en casa cuando recibí el wasap de mi hermano pequeño con la tirada de cinco fotos, mi tío entre nosotros con la mascarilla puesta en una de ellas.

- ¡Pero quítate la mascarilla! -dijo alguno

Y se la quitó.


- Dos cervezas más, Kufisto. Y a estas que les den, que no hacen más que hablar -dijo el macho.


"¡Qué bien se lo pasan! -pensé- Un suspiro y tendrán sesenta años y siguen hablando, bebiendo y riendo"


Y de pronto me cayeron bien.





jueves, 7 de julio de 2022

SALVADO POR EL MAL

 Hans Castorp deliraba perdido en la tormenta blanca de la montaña mágica. Soñó con la rocosa playa de un cálido mar rodeado de innumerables islas; aquí y allá, donde quiera que fijara la vista desde la atalaya en la que estaba sentado, veía sonriente juventud de bellos cuerpos. Una madre amamantaba a su hijito que, torpe y ciego todavía, todo olfato, tenía que ser ayudado para encontrar el manantial de la rica leche. De pronto ve a un hermoso joven que le mira sonriendo un poco más abajo. Y de golpe, mirando por encima de Hans, cambia la expresión y una mueca de terror se dibuja en su rostro. 

Las tres de la tarde de un día de julio en La Mancha, hora de ir recogiendo en el bar. Una pausa. Un intermedio. Tres horas más, tres y media, y el bar volvería a estar abierto, pero esta vez con otros tras la barra.

Cuando a eso de las diez regresé a casa tras acabar la primera parte de mi turno no lo dudé y me metí en la cama. Tenía tres horas por delante y la comida hecha; pero dormir, el sueño, es otra de esas cosas que uno no puede controlar. Media hora más tarde estaba comiendo más por atraer al sueño que por hambre. Y sí; poco, me costó mucho, pero algo dormí antes de volver al bar.

Otro mediodía. Uno más. A cuentagotas fueron llegando algunos clientes habituales. A eso de la dos menos cuarto entró una cuadrilla de cuatro tíos, cuatro pijos, conocía a uno de ellos, el marido de una mujer con la que anoche, sin motivo alguno, fantaseé hasta caer rendido entre el calor y el ruido de los ventiladores.

Maestros, creo; ella lo es, desde luego. Es más, el fin de semana pasado, me dijeron que está de directora en el colegio privado donde yo estudié. ¡Mira! ¡Ahí está! Del sábado a hoy que es jueves y la mente te lo reserva hasta anoche; y al día siguiente, sin motivo alguno, aparece su marido.

Cerveza. Mucha educación. Demasiada. Pijos. Pijos. Estuviste entre ellos una buena puerta de tu infancia, tronco.

Eran las tres y cuarto de la tarde y aparte de ellos sólo quedaba el abogado de mangantes, uno de mis habituales. Al rato llegó uno de sus clientes, un rumano, un mostrenco tatuado.

Bien. Tres y media como mucho. Luego a casa y a escribir lo de Castorp.

Pero vino uno de mis hermanos, uno que curra en un trabajo duro. Yo ya tenía las persianas bajadas, el televisor apagado y todo lo demás, aparte que me había echado un par de cervezas y eso siempre ayuda.

Hablamos. No es fácil. Hablamos bien, como hermanos que todavía y en lo profundo se quieren a estas alturas de la montaña. Mañana tenemos una cosa familiar por hacer, algo incómodo, y bueno...

Poco antes de la llegada de mi hermano, ya cerca de las cuatro, con casi todas las persianas bajadas menos la de los pijos, había entrado al bar un cliente, uno reciente, un tipo lleno de problemas, uno a los que sin ninguna duda le ha jodido mucho que cerremos a esa hora, a la suya. Preguntó si podía beberse una copa y le dije que sí mientras comentábamos chascarrillos que pocos pueden entender. Para mi sorpresa, se retiró hacia el ventanal, un poco más allá de los pijos a quienes ya había advertido que era la última ronda.

El marido de la mujer con la que ayer fantaseé volvió; ese que media hora antes, entre prudentes imprecaciones de sus amigos, se había ido a "preparar la comida", regresó.

- ¿Ya no hay tiempo para copas, Kufisto? -preguntó tras saludar efusivamente a mi hermano, compañero suyo de estudios.
- No. tío...Tengo que comer -respondí dudando un instante.

Pero era mentira. Ya había comido casi seis horas antes. Comer para dormir un rato antes que llegue el mediodía.  


Hans Castorp giró la cabeza y vio que tras él se elevaba un inmenso palacio lleno de columnas. Se levantó y subió dejando atrás al joven de bello rostro. Grandes espacios vacíos, tenebrosos, iban sucediéndose apoyados en inmensas columnas que no alcanzaban la vista. Oyó ruido y se acercó a él. 

Dos viejas, dos brujas de pechos caídos hasta el estómago, estaban devorando vivo a un niño. 


Y entonces Hans, helado, congelado, aterrorizado, despertado del mortal delirio gracias a la definitiva visión del mal, vio que la tormenta blanca de la montaña mágica empezaba a ceder entre lejanos claros del cielo y encontró el camino de vuelta a casa.


A casa. A dormir.


Y a luchar cuando venga el último sueño.




sábado, 2 de julio de 2022

UN POCO DE WHISKY NO VENDRÍA MAL, KUFISTO

 "Esta tarde sí que sí -iba diciéndome- Dormir. Necesito dormir, descansar bien. Una hora de siesta en la cama con los ventiladores puestos. No simplemente cerrar los ojos, no. Dormir. Estoy tan cansado que creo que hasta la misma mente se tomará un descanso. No imágenes, no situaciones, no fantasías, no pajas recomendadas por los mejores farmaceúticos...nada. Dormir"

Eran las once de la mañana de un sábado más en el bar, el primero de julio, el mes en que el infierno pasa sus vacaciones en La Mancha. Doce horas atrás, reventado, me había ido a dormir con 31º oficiales, ni imaginar puedo los que habría en el dormitorio. Con todo y desnudo no tardé mucho en babear la almohada. Pero así, por más horas de desconexión que te echen, no es posible descansar. De ahí la importancia de la siesta previa, mucho más reparadora. No una larga, una de hora y media, o dos, o incluso más que te dejan atontado para el resto del día, no, aunque yo casi nunca haya sido de esos. Media hora, una como mucho, una de esas en la que al despertar no estás muy seguro de haber dormido es más que suficiente. 

Eran las once de la mañana cuando entraron dos antiguos clientes a quienes no veía desde hacía mucho tiempo y tampoco me hubiese importado mucho no verlos hasta el fin de mis días. Venían en ropa deportiva, "de correr -dijeron entre risas- Bueno, mejor dicho, de andar" Pidieron un par de cervezas y se quedaron en la barra. La conversación, pues, resultaba inevitable. 

Son buenos chicos, no tirados de la vida, qué va. Tienen profesiones liberales, que se dice, ganan dinero por ahí fuera y al menos uno de ellos está casado y con familia. Hace veinte, quince años (¿quien podría recordarlo?) los veía emborracharse como perras; nada de drogas, sólo alcohol, pero como putas perras descompuestas. Universitarios todos, de buenas familias, bebedores de sábado, perdían el control hasta extremos ridículos incluso para mi, aunque nunca sin llegar a crear verdaderos problemas en el bar. Pero ser un buen chico no es gran cosa.

Evidentemente tuvieron la delicadeza de no preguntarme por mi aspecto, tan cambiado a como ellos me conocían. A fin de cuentas todos estudiamos en el colegio de los curas, yo unos cuantos cursos por delante de ellos, y una especie de cauta discreción es algo que siempre queda cuando de chico se han pasado tantas horas oyendo misa. Y por ahí, que yo recuerde, empezó la cháchara. Viejos amigos, viejos conocidos, mismos sitios, viejos recuerdos.

Hicimos un travelling hacia los viejos maestros, seglares hasta los diez años o por ahí y sacerdotes después. Anécdotas, comentarios chistosos, bravucones, en fin...También hubo lugar por mi parte para saber o recordar que fue de este o de aquel otro. La conversación fluía de alguna manera; un tanto forzada, sí, para qué negarlo, pero en cualquier caso era mejor que sentirse tan cansado. Y a cuenta de ella salió a colación el problema religioso, la absoluta decadencia de la ICAR, y bueno, yo no hablo mucho de estas cosas, más bien nada, pero de puro cansancio, y dejando clara mi posición atea, me vine arriba al oír como uno de ellos abogaba por más "apertura" eclesial. Y ahí me di cuenta de que, en puridad, yo era más católico que ellos. Luego vino la economía, el demonio Putin...todo eso. Uno de ellos, economista, pensaba que España iba a quebrar muy pronto y el otro (el padre con hijos) decía que el ruso era poco menos que Satanás. Respondí que ni España iba a quebrar ("no le interesa a Alemania, prefiere tenernos cogidos por los huevos") ni Putin era tan malo.

- ¿Qué harían los Estados Unidos -pregunté- si Rusia tuviera la intención de poner bases militares en la frontera con Méjico?

El mediodía estaba llegando, el arroz del aperitivo y los platos sucios de los contados desayunos esperaban y ya no tuve tiempo para más.

Era un buen arroz. Tenía un aspecto estupendo. Se me da bien hacer arroces. Pero no hubo gente. Y la mayoría de los pocos que vinieron no gustan del arroz. Al menos del mío. Sobró casi entero.

Quique entró otra vez al bar más tarde de lo habitual. Ya habían pasado las dos cuando se apalancó en la barra y sin decir nada más que las habituales coñas de recibimiento le abrí un tercio. Venía con pantalones de trabajo, de esos que llevan muchos bolsillos para herramientas. Hace casi un año que se compró el piso y todavía sigue viviendo con su madre. No se irá allí hasta que esté perfecto. No le meto caña. Es muy buen chico. Y ha vivido experiencias tan traumáticas que no me siento con derecho a ello.

Y ahí andábamos, languideciendo, chinochano, el pequeño salón ocupado por gente tranquila que pronto se iría a comer cuando llegó Miguel, un antiguo cliente del viejo bar de mi padre al que le ha dado por volver aquí desde hace un par de semanas.

Es un tío extraño. Que yo diga esto es raro, pero es la verdad. Recuerdo que a mi padre le caía bien, aunque esto no signifique mucho cuando recuerdas lo pocos clientes jóvenes que teníamos. Pero de todas formas si eras un gilipollas, eras un gilipollas.

Le puse su tercio y poco después, al verme salir con la bandeja, preguntó si molestaba, pues se había puesto cerca del pequeño espacio de salida de la barra.

- No, qué va. No te preocupes.

Tendrá diez años más que yo. Bueno, los tiene, que la otro tarde se lo pregunté a cuenta de no sé qué. Pero el muy cabrón, aunque fofo, conserva todo el pelazo casi negro y apenas cuatro arrugas en los lacrimales. Al relance me dijo que ahora vive con su hermana, la única que conozco, una mujer rara, una de las seis que, para mi estupefacción, me reveló que tenía. 

- Pues sí -dijo él- Ahora vivo con ella en uno de estos pisos. Así nos ahorramos la casa grande, la de la familia. 

Y así estábamos hoy. Yo sentado en mi taburete con Miguel a poco más de u metro mirando su teléfono y Quique uno más allá con la esa característica mirada perdida que se difumina al instante en cuanto habla con alguien.

Por mirar, miré las botellas de whisky que quedan a mi derecha. Es una gran selección. Nadie aquí tiene algo así, nadie. No conozco todos los bares, hace años que no piso ningún bar más que el mío, pero lo sé. 

Preciosas. De diferentes tamaños y formas; las etiquetas, los tapones, todos de corcho, el color del licor, las maderas, las barricas, los años y todo lo demás...

- ¿Por cierto, Kufisto, te has enterado que se ha muerto...? -dijo Miguel-
- ¡No jodas! Bueno, estaba muy enfermo desde hace mucho tiempo...

Lo recordaba. ¡Claro que lo recordaba! ¡Como no recordarlo si fue amigo de mi padre cuando ambos ya estaban medio jodidos! Un hombre de perpetua sonrisa, bebedor, que cuando lo cortaron el grifo dijo hasta aquí, se retiró, desapareció y hasta tuvo un trasplante de riñón.

Miguel empezó a hablar de él, de cuando era un niño y, amigo de la familia, se lo llevaba a pescar bien temprano, todavía de noche, parando antes en cualquier bar para echarse un coñac, o dos, o tres mientras él tiraba de colacao...

- ¡Qué buena gente era! -decía- Sí, bebía mucho...¡Pero nunca le vi perder los papeles! ¡Nunca! De hecho nunca lo vi borracho.

Sí, era verdad. Bebía mucho y nunca jamás lo vi borracho. Es más, siempre colgaba de él la típica sonrisa de bonhomía. Eso se ve enseguida. Hay gente, he conocido a unos cuantos, con una tolerancia indecible al alcohol; pero pocos, contados con los dedos de una mano, aquellos a quienes ya en las puertas de la vejez, y aún mucho antes, no les sienta mal. Y no en el sentido de aguantar la ingesta sino en el del carácter. A este le dio igual hasta que le certificaron que no podía beber más. Y entonces se retiró. Desapareció de la circulación. No podía hacerlo sin beber. Y así ha pasado los últimos quince años de su vida.

Miguel se fue, también los demás, y nos quedamos Quique y yo.

- Cóbrate, Kufisto.
- Tómate una, me cago en la puta.

Miró el reloj. Cuando mira el reloj es que sí.

- Vale.

Abrí una para mi. Los platos podían esperar. Y el arroz, casi entero, ya estaba adjudicado por wasap a un buen colega mío.

Putin, ¡incluso VOX!, no me digáis como, volvió a aparecer. Pero yo quiero a Quique. Y le dejé hablar de sus miedos y odios. Ha tenido una vida muy dura.

Entonces fue cuando Paco corrió la persiana de la puerta y fue a ponerse casi en el sitio que Quique estaba ocupando en la barra vacía.

- Buenas tardes, Paco. Un poco más adelante-dije
- ¡Hola! ¡Vale! -y con cuidado circunvaló al buen Quique que poco menos le faltó desaparecer ante la situación, no tan extraña por otra parte.

- ¿Qué pasa, Kufisto? -dijo apoyándose en la barra y dejando a un lado el bastón.
- Lo que tú quieras, querido.
- Pues una sin alcohol.
- Y otra con para mi.
- Pues muy bien.
- ¿Qué haces tan temprano por aquí?
- Pues que la siesta ha sido corta.

Quique se marchó a comer en casa de madre. 

- Me paso adentro a fregar los platos, Paco.
- Vale.

Fregué lo platos. Paco se fue. Todavía faltaba media hora para la llegada de mi hermano pequeño, uno de sus mejores amigos.

- ¡Voy a ponerme fresco, Kufisto! Luego bajo.
- Adiós, Paco.


Recogí lo poco que faltaba, barrí, fregué lo más gordo, recogí mis cosas, las eché al coche y ya sentado en el taburete, solo, la tercera cerveza a un golpe de grifo, mirando otra vez las botellas de whisky, me rulé un cigarrillo y salí a fumar a la puerta.

Paco subía por la otra manzana. Venía del 24 horas. Seguro que de pillar tabaco.


A veces lo veo fumar en la esquina mientras yo lo hago en la puerta del bar y lo veo venir dando bastonazos a las paredes. 

No quiere que se sepa mucho, y sobre todas las cosas su anciana madre, que, a pesar de todo, sigue fumando. El problema es que no ve desde hace cuarenta años.


"Un poco de whisky no vendría mal, Kufisto, porque siestas hoy...moscas tres"


Pillé una botella mediada y la añadí al carro de las amables cervezas.


Y sí, la verdad es que no ha venido nada mal.





jueves, 30 de junio de 2022

CUATRO MÉDICOS JUBILADOS

 - Estamos esperando -dijo el viejo tras acomodar al anciano en una de las mesas del salón.
- Bien -respondí.

Estupendo. Pocas cosas hay que me jodan más que ver entrar al bar a dos desconocidos, dos vejestorios, y que me digan que están esperando a otros. Y hoy tampoco era el mejor de mis días. 

Era la una y media, hora de cañeo, hora de hacer algo. Y ahí tenía a dos momias ocupando una de las cinco mesas. 

Pronto llegó alguien, un médico recién jubilado, el más joven, uno a quien nada más verlo supuse que venía en avanzadilla del factotum. Y entonces vi la cosa con otros ojos.

Gente de dinero. Gente que se gasta la pasta.

Él llegó y enseguida pidió por todos. Jamón, queso, botella de vino...Estaba tan pletórico como siempre a pesar de su edad.

- ¿No tienes tortilla, Kufisto?
- No -respondí como tantas otras veces. Dejamos de hacerlas tras el confinamiento. Dimos un giro nuevo al bar. En una ocasión le di mi número de teléfono para que me advirtiera el día anterior a su venida, algo que de poco ha servido. Él recuerda la tortilla de patatas cuando ya está en el bar, no antes.

Es normal. Es un jefe. Ha vivido mucho y bien. Todavía hoy, años después de jubilarse, sigue tirando de quienes fueron sus subordinados en el hospital. ¿Por qué se iba a acordar de avisar a un camarero? 

Hombre de humor, vitalista, extranjero en La Mancha de los años ochenta, integrado, no apocalíptico, que diría Eco, algo que nosotros, nuestra familia, no quiso ver por pura cerrazón de la lealtad. Y así estamos como siempre hemos estado, según mi memoria, ya larga, recuerda.

Jamás le vi en el viejo bar de mi padre. Supongo que chocarían, Hoy me he enterado que llegó aquí en el 81, cuando este pueblo era otra cosa muy diferente a la actual. En aquel año yo ya tenía algo de razón; mi primer recuerdo del mundo es de diciembre del año anterior, el asesinato de Lennon. Pero él, entonces, era un tío joven, un atractivo extranjero medio moro, un ginecólogo que se encargaba de cuidar los coños de las santas mujeres del pueblo y de las de no tan santas, de esas chicas sobre las que los infantiles maridos de aquellas se medían entre cubalibres y partidas de dados que regularmente acababan a hostias. 

- ¡Otra botella, Kufisto!

Estaba sentado junto al anciano, un hombre que en ese momento me preguntó por si era hijo de mi padre. Yo le dije que sí, que era el mayor de sus hijos, y él respondió presentándose, y entonces supe quien era, una celebridad del viejo pueblo, no lo había reconocido, han pasado tantos años desde que nos fuimos del viejo bar...

Pasó el tiempo con el resto de clientes y nos quedamos solos. Una buena mañana si acabara ahora, a las tres y media, perfecta. El más joven había pagado la abultada cuenta y yo estaba deseando volver a casa, echarme en la cama y descansar.

- ¡Kufisto! -dijo el jefe- ¿qué tienes por ahí?

Más comida, más bebida. Fabada y garbanzos con callos, esto de bote, de Casa Gerardo. Primera División. No había más blanco del que habían bebido y se pasaron al tinto.

Me resigné. En verano cerramos durante las horas de más calor pero bueno, hoy estaba siendo una excepción. 

Otra botella de vino. Ya iban cuatro para cuatro jubilados. Jamón, queso curado, fabada, garbanzos con callos...

Eran casi las cuatro. Bajé las persianas del ventanal. Apagué la tragaperras y la televisión. No iba con ellos. Más cómodos. 

- Café, Kufisto.

Café. Y chupitos caros, "¡lo mejor que tengas!. Y chistes verdes, y recuerdos verdes y risas rojas.

El bar estaba como cerrado para ellos aunque no se diesen cuenta. Me serví la primera cerveza y esperé sentado en un extremo de la barra.


Bien. A fin de cuentas sólo es otro día en una existencia apocalíptica.