jueves, 4 de noviembre de 2021
4 DE NOVIEMBRE
domingo, 31 de octubre de 2021
¿HABREMOS CAMBIADO?
Eran dos mozos viejos. Dos mozos viejos de camino hacia el campo de fútbol para ver el partido del equipo del pueblo. Me acordé al verlos andar. Hoy es domingo y a lo lejos se veían más coches de los habituales en aquella zona. Por encima de mis auriculares se oía el típico batiburrillo musical y vocinglero previo al partido. El cielo estaba gris, sin claro alguno, y el fresco viento nos empujaba con fuerza hacia atrás. Dudoso paré. Quizá no debería haber salido a andar. Los mozos viejos me adelantaron con paso característico. Uno de ellos, calvo y de notable estatura, portaba un negro paraguas; el otro, de pelo fuerte y rizado, iba hablando tras las gruesas gafas. Eché a andar no muy convencido y ahora fueron ellos los que se pararon. Algo importante debería estar diciendo, pues acompañaba lo dicho con ligeros toques sobre el cuerpo del otro. Sobrepasándolos me fijé en un camión negro pegado al muro exterior del campo, todo pintado desde hace tiempo de grafittis autorizados. De él provenía todo aquel ruido, al menos en lo tocante a la parte musical. Supuse que al menos el speaker estaría dentro del campo, en la vieja tribuna de cemento. Era difícil de entender.
Doblé hacia la izquierda y el viento sopló aún con más fuerza. Volví a dudar, esta vez sin pararme. El muro exterior de la piscina municipal mostraba un nuevo grafitti inacabado sobre las firmas que unos y otros habían ido dejando allí. Este era oficial, estaba claro. Permitido por la autoridad. Era grande, abarcaba lo menos veinte metros y aún le faltaban otros diez para completarse. Era una cosa infantiloide de toques pachamamescos. Pasada la puerta de acceso a la piscina cubierta, en la otra mitad del muro, los dos niños superhéroes seguían impolutos en el lugar asignado desde hace unos meses. Un niño y una niña. Él riente, con el puño en alto, y ella ceñuda, en posición de ataque. La primera tarde que los vi me acordé del amado presidente Kim y su Corea del Norte. Todas las tardes que pasó por ahí me acuerdo de Kim y Corea del Norte.
El viento era insufrible; y aunque apenas me separaban doscientos metros para alcanzar la gran avenida los vi casi tan lejanos como a la difuminada mujer que parada en el punto más alejado de la gran rotonda ferial parecía estar esperando mi llegada. No había nadie más. Enseguida caí en que era un perro lo que buscaba con la mirada. Alcancé la esquina del desastrado colegio público, doblé otra vez a la izquierda y ya resguardado y decidido me encaminé a casa.
La pobre carece de memoria. Ya no recuerda lo que le pasó. Ve la ventana abierta de par en par pero con la persiana bajada casi hasta su tope y se encarama en su quicio dando un magnífico salto sobre cualquier radiador y maúlla porque alguien suba esas rejillas. Pero es mejor así.
martes, 26 de octubre de 2021
CEMENTERIO DE COCHES
Ella era maestra y él creo que oficinista bancario. Solían venir a la terraza del viejo bar en compañía de otra pareja que ahora no puedo recordar. No bebían alcohol y tampoco fumaban. Ambos de baja estatura, ella un tanto gordita e inocentemente risueña y él con gafas y serio sin llegar a la antipatía. Padres de dos hijos adolescentes que iban a la misma clase del mismo colegio religioso que dos de mis hermanos pequeños, tenían un cierto contacto amigable con los nuestros, más ellas que ellos, por supuesto, pues el carácter de mi padre era muy otro. Gente educada, discreta, temerosa de llamar la atención, "de orden" como se decía hasta no hace tanto tiempo y con casi total seguridad votantes de aquella AP de Fraga que estaba dando sus últimos coletazos antes de pasarle el anzuelo a Aznar, o puede que ya lo hubiera hecho. La política era tema de conversación en su mesa, no de forma acalorada tal y como se acostumbra aquí aún entre partidarios del mismo bando sino con discreción no exenta de apasionamiento.
Una de aquellas lejanas noches de verano, y mientras les dejaba las consumiciones en la mesa, le oí decir a él una frase que estuvo a punto de hacerme saltar de indignación juvenil y que jamás he olvidado.
- Pues yo daría un poco de mi libertad por más seguridad - dijo con absoluta convicción y un tanto acalorado -
sábado, 23 de octubre de 2021
UN ARROZ EN SU PUNTO
Miré y como esperaba vi a Paco en la puerta apoyado en su bastón. Hice la rotonda y aparqué delante de él. Yo creo que conoce el ruido del motor de mi coche, pero nunca se apresura en saludar. Bajé y saludé los buenos días; entonces él respondió. Cogí la bolsa que hoy pesaba bastante, abrí la puerta del bar con alguna dificultad y pasamos para adentro. Todavía me acuerdo de Josemari, el merchero, pero hace más de un año que marchó con su mujer a Ciudad Real y no hemos vuelto a saber nada de él. Siempre estaban los dos allí, esperándome, uno para tomar su café y otro para atender los recados de primera hora en el bar. Josemari solía pasar la espera canturreando fandangos, pidiéndole un cigarrillo a Paco que este siempre remoloneaba pero que pocas veces no le daba, o yendo y viniendo a los contenedores cercanos en busca de algo. Muchas veces me ofrecía cosas que yo casi siempre rehusaba. Le encantaban los chismes electrónicos, las cosas de luces intermitentes y todo eso. Sonreía mirándolas. Era como un niño de casi sesenta años.
- ¿De qué vas a hacer hoy el arroz, Kufisto? -preguntó Paco ya una vez sentado en el taburete que le acerqué. Siempre me lo pregunta los fines de semana. Luego, al volver para el café de la tarde, me pregunta si ha sobrado o no. A veces le miento y le digo que no. Creo que se alegra si ha sobrado mucho. No se lo tomo en cuenta. Es normal. Paco es también como un chico de casi sesenta años, como el chico que era cuando se quedó a oscuras para siempre. Eso tiene que joder. Normal que uno quiera que los demás también se jodan un poco.
Es sensible, al igual que lo era Josemari. Un día que yo estaba de resaca, de resaca criminal, y él andaba un tanto desquiciado a causa de la medicación que toma para su problema mental le di una mala contestación a su enésima pregunta absurda; se enfadó y se fue. Yo me quedé con peor cuerpo y al rato salí a la puerta para ver por donde tiraba. Son muchos años juntos. Le vi sentado en un banco de arriba. Cerré y fui hasta él.
domingo, 10 de octubre de 2021
HUELE A ESPÍRITU JOVEN
Alcé la vista y vi a dos chavales echando unas canastas en la pista adyacente al viejo pabellón. Uno de ellos, gordo, fofo y con gafas, lanzaba la pelota contra el tablero de una forma que daba asco verlo, tal era la desgana y el desacierto. Las más de las veces no tocaba ni aro. El otro, por contra, un chico delgado y atlético de pelo largo y rizado, tiraba en suspensión y trotaba ágil en pos de la pelota tanto tras sus tiros como los del inane ser con quien estaba pasando la última hora de la tarde, ya ensombrecida y fresca en aquel arrabal del pueblo.
Fue cuando andaba un poco más cerca, a unos cincuenta metros, que dudé si el chico que al menos lo intentaba no era sino una chica que estaba intentándolo, Me acerqué un poco más y sí, era una chavala de pequeños pechos. Bajé la vista a la tierra (no me gusta mirar al pasar por esos sitios) y justo estaba llegando a su altura cuando la pelota salió botando por la portería de futbito. Me agaché para recogerla y devolvérsela a la chica que venía por ella, apenas había un par de pasos de distancia a mi favor y podría no haberlo hecho, pero siempre devuelvo los balones que encuentro a mi paso aunque en este caso fuese un tanto ridículo por la cercanía. La flexión del cuerpo después de una hora de camino causó que se escapara un leve ay de mi boca. Y fue entonces, en ese sólo instante en el que me dio las gracias con una gran sonrisa, que la vi.
Era preciosa. Llevaba una gastada camiseta de Nirvana, precisamente de Nirvana, y era tan grande la exultante juventud de aquel rostro tan atractivo por natural que el resto del paseo lo hice como sonámbulo, preso de ensoñaciones a cual más quimérica. Llegué a casa e intenté escribir algo, pero no pude. Y hoy, dos días más tarde, intento hacerlo.
Volví a pasar ayer por allí. Es mi camino y no me sentí culpable. Pero esta vez iba con la vista alzada. No había nadie más que unos chiquillos jugando al fútbol. Tampoco se escapó ninguna pelota mientras pasaba con la cabeza baja. El resto del camino lo hice oyendo el audiolibro de Ligotti. Cerca de casa alcé la vista hacia el acristalado del supermercado y vi la mirada de un cajero tras su mascarilla. Él no hizo ni el amago de saludar y yo tampoco, no esta vez. La antigua amistad ya queda muy atrás. Sentí hasta hostilidad en los ojos de esas manos enguantadas en látex azul que esperaban recibir el dinero por la mercancía de una señora que andaba rebuscando en su bolso. Fue como si odiara que hubiésemos sido amigos. Fue como si deseara no haber conocido nunca a aquel chaval con el que compartió porros, alcohol y risas en los breves años en que Nirvana fueron los reyes del mundo que por entonces compartíamos, poco después de haber dejado de lado para siempre las pistas de fútbol y baloncesto.
El día había sido duro. Lleno de energía después de una noche de sueño profundo, vacío y reparador me había zambullido en él otra vez en pos del dólar, de mi dólar. Y tanto fue así que la noche se me hizo larga y espesa de tan cansado como me dejó nadar en tantas piscinas, propias y ajenas. El paseo final había sobrado. Sí, había sobrado totalmente. Eso fue lo que me mató, tal y como me lo había olido poco antes de salir a la calle. Pero tenía que hacerlo.
sábado, 2 de octubre de 2021
UN GRANO EN EL CULO
Suele empezar así. Tienes una buena mañana en el bar, te vienes arriba y una vez con todo limpio y recolocado en sus respectivos sitios te sirves una cerveza de barril bien fría, sales a la puerta de la calle, enciendes un cigarrillo, echas un trago, das una larga calada, miras los árboles de la mediana y los blancos edificios de enfrente iluminados por el sol poniente y desde la sombra sientes que has vuelto a conseguirlo, que todavía puedes hacerlo sin la ayuda de tu hermano y que después de todo un grano en el culo no es más que otro grano en el culo, nada que no se cure con unos días de antibióticos y antipiréticos, aunque quizá si hoy tomas, si bebes, se retrase un tanto la curación, ¡pero qué importa!, acaba de empezar octubre, tu mes, y los peores días de infección y fiebre ya han quedado atrás y hoy hace una tarde esplendida que bien merece algo más que volver a casa para tumbarse en la cama y oír audiolibros mientras intentas dormir sin llegar a caer nunca en los cálidos abismos del negro sueño profundo, de ese que al devolverte a la superficie te deja con suavidad en la orilla y no en mitad del retumbante oleaje y los relámpagos, fieros como ellos solos, siempre crueles, siempre rompiendo donde más duela aunque tú creyeras que aquello ya no podía hacerte más daño del que te hizo, pero ¡ay amigo!, ahora estás enfermo y debilitado, y estás soñando, y no dejas de soñar encallado entre rocas de aristas como navajas que se clavan en tu alma sin permitirte continuar tu descenso hacia las benditas profundidades del sueño negro, ¡y pobre de ti si, valiente, intentas zafarte de sus afiladas hojas!, entonces lo que era una amenaza en forma de juego se transforma en un castigo severo, cosa que sucedería de todos modos pero ahora lo hace con más ahínco, con más ansia, con más sed de dolor y auto-tortura...
sábado, 25 de septiembre de 2021
LAS MEJORES TETAS DEL PUEBLO
Le vi hablando con el novio y noté que no podía mirarla. Fue un instante, tan sólo la exigua fracción de tiempo que concede el tiro de un grifo de cerveza bien mantenido. Allí, al otro lado de la barra, apenas a tres metros, a ojos vista, estaba desarrollándose otro pequeño drama subterráneo ante la tranquilizadora indiferencia del resto de la gente inconsciente: ella, para aquel y para mi, se había hinchado como un globo de feria; los otros, en cambio, bien podían pensar que sólo se trataba de otra joven con un sobrepeso lindante a la obesidad.
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