lunes, 9 de septiembre de 2019

MAL DÍA

El día había ido mal y salí a andar con idea de estar cuatro horas por ahí. Volvería a eso de las diez y ya sólo quedaría acostarse de cualquier manera y dormir peor. Mañana estaría cansado tras el día de descanso y empezaría la semana con las piernas y las uñas doloridas. Luego diez horas en el bar y después...en fin, lo que fuese.

El viento soplaba con fuerza. De hecho él fue quien me despertó de la temprana siesta. Había dejado entornada la ventana de la habitación y el golpear de la persiana bajada fue lo que me me sacó del sueño casi de un salto. Recordaba que las zapatillas lavadas estaban en la repisa para secarse y temí que ya no estuvieran. Por suerte todavía estaban allí y las cogí todavía húmedas para dejarlas en la del patio interior junto a las gorras y gorrillas. Volví a echarme pero ya no pude dormir. Encendí el teléfono y vi que habría dormido como una hora. A veces una hora te deja nuevo, hablando tan exagerado como siempre hablamos quienes deberíamos haber nacido mudos, pero esta de poco valió. Con todo y con eso volví a intentarlo pero la extrema falta de sueño ya se había dado por satisfecha y sólo quedaba tu cabeza en modo fusta, a todo galope, tal que el carruaje de Drácula hacia su castillo. Me levanté.

El súper estaba casi vacío pero no por ello dejé de oler a ajo en forma de idiotas del pasado. Poco antes, al entrar, por primera vez en mi vida, pregunté en atención al cliente por un producto que han retirado hará un par de meses. La mujer de hoy, por suerte la que mejor me cae, la más preparada, una que se quedó viuda de joven al cargo de dos hijos y que no se ha vuelto a casar, tomó nota y dijo que se lo diría al encargado cuando llegara, cosa de la que no dudé que haría. En ella todo es profesional. Hay otra parecida pero en su caso la mirada inquisitiva no deja de notar una especie de trato de cursillo y comidas en la casa de campo con la familia y los amigos. El resto, más jóvenes pero no tanto como piensan, son directamente estúpidas por creídas.

Bajé al moro de la frutería y estaba la hija.

- Dame una caja de naranjas -le dije conforme entré, un poco cortante. Un tío grande estaba delante de la caja-
- Sólo me quedan de las caras -respondió ella un tanto sorprendida-
- Joder
- Se las han llevado todas los de los bares esta mañana
- Me cago en la puta...-le eché un vistazo a las caras- ¿Cuanto?
- Uno cincuenta el kilo. Para ti -dijo-
- Pues cógeme una caja

Ella obedeció sin quejarse. El tío grande era el vendedor de gusanitos y todas esas mierdas. Vi que me miró raro pero no dijo nada. La caja sobrepasó el peso de la báscula y la morita quitó algunas naranjas hasta que aparecieron los quince kilos.

- Venga, va -dije-
- Y estas de regalo

A esa hora ya estaría abierto el último sitio al que tenía que ir y eso hice. No cogí ni carro y con los brazos arramblé una caja de leche, otra de aceite para el bar y unas latas de sardinas para mi. En las cajas desiertas estaba esa rubita que tan bien me cae. Es como una canción de Scott McKenzie mezclada con un video de Diabolic Pictures.

- ¿Qué tal el finde? -preguntó tan simpática como siempre-
- Bien, ¿y el tuyo? -dije yo-
- Aquí, trabajando como una tonta...-Y sonrió-
- Ya somos dos tontos
- Sí, jajaja...

Fui para el bar, aparqué en mitad del paso de cebra y al ir a echar mano de las llaves vi que me faltaba una, la habitual en los lunes. Recordé haberla recogido al mediodía cuando dejé el tabaco pero entonces iba con otros pantalones. Me cagué en Dios, claro, pero después de todo la cosa no era tan grave. Bastaba con guardar el coche en la cochera y dejar toda la compra del bar en él. A fin de cuentas nada era tan perecedero. Naranjas, leche, aceite y limones bien pueden aguantar una noche en en el coche. Aún en el mío. Menos mal que la vieja todavía no tiene las llaves.

Y salí a andar. Cuatro horas. Y el viento soplaba fuerte.

De primeras puse algo de techno, pero pronto me di cuenta de que no era eso lo que necesitaba. Pasé a mis bandas de rock y después de un rato también me sobraron. Por un instante pensé en Mozart pero fue eso, un instante pensado. Y caminé por las afueras sin escuchar música alguna.

Al poco de entrar al pueblo vi a una muchacha que iba delante de mi. Llevaba unos pantalones negros ajustados y un top verde claro, como de bosque pintado por un niño. Una melena negra y lacia caía sobre su casi descubierta y bronceada espalda hasta llegar a la cintura que se abría en las caderas mostrando dos nalgas perfectas, redondas y musculadas que se balanceaban a su paso. No quería mirar y busqué algo de música. Doblamos la esquina y me quedé en la otra acera. Seguía sin querer mirar todo aquello pero no podía dejar de hacerlo. Ella seguía andando con su teléfono, olvidada del resto, como un huracán, como dos placas tectónicas que despiertan amodorradas justo cuando todo el mundo está entregándose oscars los unos a los otros, como meteorito que cae en planeta muerto, como galaxia que todavía se está formando y no sabe qué hacer mientras tanto...

Ella dobló otra esquina hacia una urbanización y creí haberla perdido de vista. Pero al doblar yo la mía, la de siempre, volví a encontrarla. Y más cerca.

No fue durante mucho tiempo. Enseguida supe que iba a la academia de baile. Un cuerpo así, por necesidad, tenía que acabar su trayecto allí. Una adolescente, una niña, la esperaba tras la puerta con el dedo en la boca, seguro que sin darse ni cuenta. Ella le dijo algo y pasaron para adentro. Yo seguí hacia delante.

Saltó "Child on time" tras desechar algunos temas. "Child on time" siempre ha sido la canción que más me ha gustado de Deep Purple, aún cuando era chico y la oí por primera vez. Es una gran canción. Y más desde que Houellebecq, el único escritor vivo que merece la pena leer, le ha dedicado su pluma en la última novela publicada, quizá la mejor de todas las suyas.

Nacer a tiempo. Nacer bien. Nacer de buenos padres. Nacer de buenos partos. Nacer a buenas educaciones. Nacer con los códigos correctos marcados a fuego. Nacer a la buena familia.

Nacer sin demonios. Nacer como si la vida fuera un premio y no un castigo eterno. Nacer a ella como si no pudiera existir otra cosa mejor. Nacer perfecto y entero. Nacer para bailar. Nacer para ser gloria viva de la vida. Nacer para amar y ser amado. Nacer para no ir mirando por ahí. Nacer para vivir la vida en la Tierra.


Corté las cuatro horas premeditadas cuando sólo había pasado una y media. Recordé que han abierto un chino por ahí cerca y pasé. Cogí unos botes de cerveza y pregunté por el precio del Johnnie Walker.


Es cuatro pavos menos que en la tienda de mis urgencias.


Ya lo sé para otra vez.



viernes, 6 de septiembre de 2019

TOKYO

La cosa empezó por el tresillo de la difunta abuela, que si yo lo quería y tal, que seguro me vendría bien después de tantos años y dos gatos. Dije que sí por no hacerle un feo a mi madre y nada más. Los días, como no, fueron pasando y en vistas de mi falta de noticias volvió a llamarme una y otra vez, que si conocía a alguien con una furgoneta y esto y lo otro, y yo dije que sí, que hablaría con no sé quien y en fin, quizá se olvidaran de mi; tal vez se cansaran de esperar y se lo dieran a otro hijo más interesado, o a una prima, o yo qué sé. Al final, como no podía ser de otra forma, fue la vieja quien se preocupó por dar con uno que tuviera una furgoneta. Estaba claro que quería que el tresillo de los cojones, el tresillo de la difunta abuela, fuera para mi. Y consiguió a un rumano que va haciendo buenas chapuzas por ahí, la casa de mis padres incluida.

El domingo pasado vino al bar. No sabía quien era pero él sí quien era yo. Pidió una cerveza y a la segunda (supongo que viendo que no sabía quien era) se presentó y enseguida llegamos a un acuerdo para el asunto de la hora. Yo había andado de resaca mala malísima y bueno, en vistas de que como de costumbre ya iba estando bastante mejor tras una mañana de jaleo, empecé a dudar un poco en hacerlo aquella misma tarde, quitármelo cuanto antes de encima y tal, no me gusta postergar las cosas cuando alcanzan el punto de lo inevitable, pero al final lo dejé correr hasta el día siguiente, el de mi descanso.

- Bien, perfecto -dije- Yo vivo en...
- Sé donde vives -respondió-
- Joder, ¿y eso?
- Pues porque yo también vivo allí
- Coño, pues nunca te he visto -dije-
- Yo sí -respondió sonriendo-

Y llegó y metió la furgo en la cochera, y bajamos el sofá pequeño, cosa que conseguimos gracias a su experiencia en mover bichos de esos por espacios reducidos, porque lo que es yo ni por casualidad. De hecho recuerdo que el test de inteligencia que de chicos nos hicieron en el colegio lo malogré en el apartado de esas movidas: de haberlo hecho medio bien yo hubiera sido un superdotado pata negra de cursos adelantados y todo eso. Esto es algo que yo achaco a mi mala visión con el ojo derecho, el famoso ojo vago de aquel entonces.

Estábamos abajo, ya con el sofá cargado, cuando tuve un no sé qué de si no estaría haciendo algo incompleto, como de costumbre. Y llamé a mi madre a pesar de que se encontraba en la misa ofrecida a la abuela muerta hace menos de un mes, yo no sé como coño va eso, pensaba que era al mes o algo así...ah, no, ahora que recuerdo es al mes siguiente del fallecimiento, como el de mi padre: puedes morirte el último día del mes que la primera misa de difuntos del siguiente entras en la alineación. En fin, que, como esperaba, la vieja cogió el teléfono (nunca ha sido muy de misas; nada, de hecho) y en susurros me dijo que teníamos que bajarnos el otro, el grande, que los dos iban fuera. Se lo dije al rumano y viendo que no había espacio material para echar los dos de una tiramos con ese hacia las últimas calles edificadas del pueblo. Y allí, en pleno crepúsculo, dejamos abandonado el primero de los sofás como quien se desembaraza de un cadáver olvidado de todos.

El segundo, el grande, era aún más problemático, por lo que primero bajé yo en el ascensor con los almohadones, aunque luego subiría dos de los pequeños para que la gata tuviera algo que rascar. Al volver arriba vi toda la mierda que había quedado abajo, el rumano no dijo nada ni a mi me importó. Y volvimos a hacer lo mismo que con el primero sólo que en otro sitio no muy lejano. Ya sólo quedaba ir a casa de la abuela, coger el tresillo y acabar con todo eso.

Allí ya nos esperaban mi madre, su hermana y un tío. Y cual no fue mi sorpresa al comprobar que el famoso tresillo era eso, tres trastos y no uno como yo pensaba. Un tresillo es un sofá para tres, pensaba yo, pero no: un tresillo es un sofá y dos sillonacos que te cagas. Como pudimos, gracias al genial uso de los espacios del rumano, pudimos meter los tres trastos en la furgoneta. Pero no quedó ahí la cosa: ya que estábamos, podíamos bajar otro sofá de mierda del piso superior, cosa que logramos sin que nadie (yo) se matara en el intento. Finalmente nos fuimos de allí, subimos el material a mi piso y cuando le pregunté qué le debía me dijo que nada. Una hora y pico haciendo el cabrón y no quiso cobrarme un duro. Nos dimos un buen choque de manos y cada uno se fue hacia la puerta que daba acceso a sus bloques respectivos.

Y así lo dejé todo, tal cual quedó. Ni recogí la basura aparecida tras el gran sofá. Allí, después de todo, no parecía verse nada de valor. Y me fui a la cama.

Al mediodía siguiente me llamó mi madre:

- Kufisto, ¿cual es el código de entrada de la puerta al patio?
- ¿Qué haces allí?
- Venimos a traerte una almohada -respondió hablando por su hermana-

No lo recordaba. Yo sólo funciono con las llaves. Nunca se me olvidan.

Consiguieron entrar. Y luego a la tarde me llamó con un tono tal de voz que me recordó a las madres de los asesinos múltiples.

- Kufisto, ¿pero como puedes vivir así? -dijo antes de empezar con una retahíla que tuve que cortar-

Viviendo. Es mi casa. Mi piso. Mi libertad.

A la tarde siguiente, ya miércoles y ya desde la puerta, supe que ella había estado allí. Salón y cocina estaban impolutos. Mi habitación y su pesadillesco baño habían quedado sin hacer no por mucho tiempo. Por cumplir la llamé y le di unas gracias que en verdad no quería darle. Ayer, jueves, todo lo demás estaba a su gusto. La ristra de libros que tengo alrededor de la cama habían desaparecido para formar una especie de cuidado ziggurat en la mesa baja del salón; la montaña de ropa sucia que tenía tirada bajo la ventanilla del water también; el descuajeringado cagadero estaba impoluto (creo que esto fue lo que más le dolió; supongo que todavía no sabe que cago en cuclillas) y el lavabo y su espejo parecían aptos para un comercial de chitty chitty bang bang; un ambientador de tiro automático había sido colocado en la habitación; aquello olía demasiado bien y no me gustaba; ayer, reventado por el trabajo y el exceso de ejercicio, pasé de quitarlo pero hoy ha sido lo primero que he hecho al llegar: no me gusta que huela bien, me pone malo. Esa obsesión, ese empeño por hacer que las cosas huelan bien no van conmigo: basta con no oler mal.

También encontré la ropa limpia y planchada, incluso una camiseta nueva colgada del saco de boxeo "No more parties in Tokyo" ¿Tokyo? Sí, llevo un tiempo pensando en lo bueno que sería para mi ir a Tokyo, pero no se lo he dicho a nadie. A nadie.

Tampoco hoy la he llamado. 


Cuando dentro de dieciséis años tenga sesenta y dos venderé el piso, cogeré la pasta y me iré a Tokyo. Y luego, con el dinero justo para hacerlo, volaré a Egipto para ver las Pirámides.


Ese es el plan.

sábado, 31 de agosto de 2019

UNIVERSO VISIBLE

Bueno, doce botes de cerveza de mierda tampoco son tanto. De hecho procuré que fueran de mierda al comprarlos. La Voll Damm tiene demasiado grado y eso es algo que no me conviene. Luego me vengo arriba, salgo y como mínimo acabo con tres días de mi vida.

Si echo cuentas he perdido años con eso. Ya de chaval me costaba remontar las resacas. Todo eso de que con veinticinco años y tal...Bueno, yo empecé a beber con catorce y en fin, es lo que hubo. Claro que te recuperabas, como ahora y siempre que no hicieras el subnormal: aún hoy, a mis cuarenta y seis, si bebo lo que pido no voy malo más allá del mediodía, la tarde como mucho. La verdad es que sigo recuperándome bien, igual que cuando era un chico. Ahora, si salgo a beber por ahí es cuando la jodemos: uno se lía, va a sitios poco frecuentados y fin de la historia. Conocer el terreno es la llave para no perder.

Bien, la gente es puta mierda, claro, pero a veces, cuando uno bebe, tienes necesidad de ella aunque trabajes en un bar. Llega el sábado, una semana trabajando, madrugando, aburrido, viendo las páginas pasar y sí, joder, algunas son buenas y tal, hace dos noches terminéA Seratonina por segunda vez y es cojonuda, anoche le di una vuelta al Por qué no creo en Dios de Russell y bueno, vale, pero yo qué sé, hay que hace algo, algo más, salir o escribir, no quedarse ahí tirado en la cama esperando el sueño, no es que me importe tres cojones su falta, la llevo bien de toda la puta vida, ya me da igual, sino que coño, haz algo, no te dejes, muévete, no vayas a terminar como Paco el ciego, empastillao por hacer siempre lo mismo, claro que él lleva ciego más de treinta años, tú no, haz algo coño, algo. bebe para escribir y que sea lo que tenga que ser, qué más da, qué importa que no puedas hacerlo sin beber, qué importa que no tengas imaginación alguna, que todo sea tú, y tú y tú y yo, qué más da, ¡escribes para alguien? ¿alguna vez has ganado pasta con esto? ¡nunca! y nunca la ganarás, es un vómito, un exabrupto, una cagada, un echarlo pá fuera...Pues échalo, cojones.

Ahora mismo, pero ahora mismo, podría coger el dos e irme a un puto bar que tengo a tres minutos andando, sin necesidad de coger el coche ni nada de eso. Es un bar deprimente, al menos para mi, la peña está ahí viendo el puto fútbol, todo tíos, ahí sólo van tíos viejos al olor de la camarera, yo a mi 46 soy casi el baby, quitando a mi colega de la cocaína, uno que hace poco ha venido a caer por aquí y que viene a desayunar a mi bar, un tío que junto a su pareja de tetas operadas parecía haber salido de otro planeta las primeras veces que vinieron y luego resultó ser que eran de un pueblo de al lado, en fin...Todo es un misterio.

El fin de semana pasado, el sábado, hice eso que no voy a hacer hoy, salir fuera después de haber bebido dentro. Esta es una regla que llevaba años sin romper, con las consabidas salvedades, claro. Pero el otro día salí, tenía que con estar alguien, no podía dormir, estaba en la cama y joder, supe que era imposible, que no había bebido lo suficiente, y entonces me dije qué coño, vámonos para allá, seguro que este está por allí, y llegó después, el partido ya había acabado y los viejos estaban acoplándose en las mesas de la terraza, y entonces yo también salí, la camarera no me hacía ni puto caso, yo estaba ya medio pedo, y ahí en la mesa de al lado estaba él con su mujer y el viejo que va con ellos, las dos hijas pequeñas revoloteando de un lado a otro, y pedí de beber y en fin, lo que pasa, tú pides y después te dicen que pases al water, bueno, no es que sepan que te estás meando cuando no tienes ganas de mear pero sí que allí, en ese hoyo de inmundicia, está esperándote algo que sin duda quieres. Y vas y pasas. Y luego pierdes el farol en algún otro lugar tan extraño como un Universo paralelo, uno de esos en los que Bobby Fischer sigue siendo campeón del mundo de ajedrez y tú eres el cantante de Led Zeppelin en los setenta, más bien su primera década.

Tres días no son nada para muchas cosas. ¿Tres días? ¡tres días! Tres días me los paso por los cojones. ¡Claro que te los pasas! Pero tres días malo no los pasas tan fácilmente, a no ser que seas Cayetano Martínez de Irujo o Pocholo Martínez Bordiú. Yo no lo soy, nunca lo fui, y por eso pago el precio todas las veces que hagan falta.

Sí, el jueves pillé un pack de doce botes de cerveza Mahou Clásica, 4' 8 grados, muy alejada de los 7´2 de la Voll Damm, la cerveza que bebía mi padre, pero claro, él era mi padre y yo sólo su hijo, y él se bebía dos y no seis o nueve, y a mi esos 7´2 me llevan a ver un Celta-Valencia en un bar de barrio, y bueno, me la suda pero siempre hasta cierto punto. ¿Quien jugará hoy? ¿el Madrid con yo qué sé, el Levante? No, no quiero verlo, me quedo aquí.

Bien, esto es más llevadero. Ha habido un momento chungo pero ya está bajo control. Escribo y acabo. Nadie tiene que aguantarme, no me pongo malo del todo y todos contentos. Sólo es cuestión d graduación. Mañana a la tarde ya estaré bien. Cuando salga del bar quizá me dé un paseo y para casa. El lunes descanso y compraré aguacates a 2´50 la pieza. Cuido mi alimentación, intento mantener el equilibrio. Tampoco es como antes, apenas una vez a la semana.


Recuerdo que hace años, cuando yo trabajaba de noche, eché cuentas con mi compadre de aquel tiempo, un tío indestructible a la hora de beber. Me salían casi doscientas borracheras al año. Él no se lo podía creer hasta que le eché las cuentas y asintió divertido. Ahora es un alcohólico con dinero que tiene a su hijita viviendo seis días a la semana con el hombre que ha hecho madre por segunda vez a su ex, una mujer que lo despreció mucho antes de que él dejara de adorarla: sólo cuando ves claros los cuernos quitas la foto del wasap.


A mi me pasó una cosa parecida; no tan extrema pero casi en aquellas circunstancias. Ella me había dejado y yo iba llorando por las esquinas. Bebía y me emborrachaba como un animal. Cuatro meses después de la dejada (lo recuerdo bien) una noche llegué a casa y no podía dormirme. De hecho escribí una historia sobre ello que ahora no viene a cuento ("Eran 73" de Kufisto), pero así fue. Yo estaba en la cama y no sé qué había hecho que el corazón se me salía por la boca y tuve que levantarme para no morir. Me comí dos ibuprofenos y ya más tranquilo busqué el teléfono que no encontré. Por entonces yo ya tenía ordenador de mesa con su teléfono correspondiente y sin darme cuenta, palabra, tecleé el de mi ex pensando que era el mío con la esperanza de oírlo sonar y no haberlo perdido. La sorpresa fue enorme cuando escuché su voz. Ella había bloqueado mi número desde el principio de la separación. Eran las cinco de la mañana y andaba por ahí de cachondeo, tal cual, como si nada, como me contestó tras mi disculpa por el error, casi no me dio tiempo a explicárselo, en fin...fue tremendo, catastrófico, jamás lo hubiera imaginado, mi chica, MI CHICA, tan tranquila por ahí, de fiesta, mientras yo estaba matándome...A partir de entonces fue cuando cambió la cosa: no, no iba a matarme por esa puta zorra de mierda.


Estoy solo. He estado con muchas tías (de pago y sin pagar) pero lo tengo claro: si pasó eso con esa no hay más que rascar. ¿Tuve la culpa? Posiblemente, es más, seguro. Pero ya me la suda.


Nueve años llevo escribiendo, uno menos desde que me dejó. Desde entonces sé más como soy. He encontrado gente que me ha apoyado, que me ha dado aliento para todo esto aún en mis momentos más jodidos. Internet es una cosa tan grande, hermosa, fría e indiferente como el Universo. A mi me ha salvado la vida. No basta con abrirte el corazón.


Alguien tiene que verlo.

FOTOGRAFÍA

Entré a vivir aquí hace catorce años más cinco días. Aquella noche no pasó nada memorable, ni hubo fiesta de inauguración con los amigos, ni follé y ni siquiera me acosté borracho. Tan sólo recuerdo echarme en la cama grande (metro cincuenta de ancho) y estirarme y dar vueltas hasta quedarme dormido. Las otras camas que habían sido mías casi no alcanzaban el nombre, más bien fueron catres que ni de coña llegaban al metro. Alguna vez me caí, pero muy raramente. Es curioso como uno controla el espacio cuando está durmiendo.

La verdad es que la casa, el piso, todavía estaba a medio amueblar pero yo había decidido que en cuanto llegara el colchón iba a irme para allá. Mi madre y sus hermanas se encargaron de todo el mobiliario (soy incapaz para todas esas cosas) y yo sólo puse la pasta. En realidad tampoco era tanto; la cocina, por ejemplo, estaba completamente equipada, lavadora incluida aunque no empezara a utilizarla hasta doce años después. Lo único a acondicionar era el salón y mi habitación, pues las otras dos bien podían quedarse tan limpias como estaban, aunque en una de ellas, la más pequeña, metí una cama y un armario ante la insistencia de las mujeres que tantas molestias se habían tomado. Por cierto que el armario lo monté yo en un alarde incomprensible que me duró aquella tarde: todavía está esperando que le ponga las agarraderas a los cajones y los pomos a las puertas.

El piso (de nueva construcción) estaba destinado para una pareja que rompió justo antes de irse a vivir juntos. Supe quienes eran un poco más tarde, cuando ella vino por el bar a comentarme algo relacionado con el mismo. La conocía, una tía fuerte que salía con un jevi, venían mucho por el bar, se sorprendió al saber que iba a ser yo quien viviera allí. Creo que no la he vuelto a ver desde entonces, tampoco a él. Cuando uno se rompe con algo rompe con el resto del decorado, incluso más, como si más culpable fuese esto que aquello. Esto es algo que he tenido la oportunidad de comprobar muchas veces en el bar.

Los del banco, agradecidos por la hipoteca, me dieron un pequeño televisor con lector de DVD que coloqué en la cocina. Ya por entonces no veía la tele nada más que cuando la enchufaba mi hermano en la habitación compartida (que era hasta para dormirse con el canuto a medio apagar) pero, cosa rara, no tardé en comprar una para el salón, el dormitorio estaba totalmente excluido, por supuesto. Supongo que fue por la Play2 que tiempo atrás había comprado para echar ratos con la novia de entonces, la misma de después, la última que tuve. No es que jugáramos mucho pero el del videoclub me hizo precio por cierre y me había quedado con ella. Llegué a comprar un pequeño equipo de música, todavía no tenía ordenador, me hice hasta con unos metros de cable para colocar los altavoces en la posición correcta, cosa que nunca hice y creo ya nunca haré porque hace tiempo que no me los encuentro por ahí. Quizá se los di a mi primer gato para que jugase con ellos y luego los tiré a la basura, no me acuerdo.

Al principio hicimos algunas cenas. A veces nos juntábamos en parejas, tres o cuatro, y el asunto iba rotando. Era lo típico de la situación, todo eso que pasa con los primeros tiempos de la independencia, los proyectos en común, las revistas de muebles y todas esas cosas que tanto le gustan a las tías. Recuerdo la primera vez que fuimos como invitados al piso de una de esas parejas. Llegamos allí y el tío estaba sentado delante del televisor jugando a la consola exactamente igual que un chico pequeño. Ni me miró cuando le saludé. Yo iba medio pedo en previsión y casi no podía creérmelo. Luego llegó otro y se sentó junto a él para comentar la partida. Me fui a la cocina para beber con la excusa de ayudarlas a preparar la cena. Aquella noche no acabó bien entre nosotros.

Una vez cada quince días venían a hacer limpieza general, o sea, la única que se hacía. Mi madre y una asistenta llegaban por la mañana mientras yo estaba en el bar y al regresar a eso de las cuatro era como entrar en el maravilloso mundo de Oz. Los estores bajados filtraban la luz con el color de cada uno y la limpieza, el olor y hasta el cariño podían olerse en todas las habitaciones, la cama limpia y arreglada, el indescriptible colchón (¿qué coño hacían con el colchón?), la almohada perfumada que era dejarte caer en ella y recibir el perdón por todos tus pecados...Corté con esto algunos años después. Pasé una racha peor de billetes y no quise que mi vieja se diera la paliza ella sola. Bastante era que me lavara el saco de ropa que le llevaba todas las semanas.

De todo esto hace tiempo que no queda nada. Tengo la casa a mi gusto aunque no creo que sea lo que ella hubiera esperado. Tal vez esté como la gata que ya no sabe como ingeniárselas para escaparse de aquí después de dos años conmigo, el otro estuvo diez. A los dos los capé pero esta parece no haber perdido el instinto de liberación, ya que sí el sexual. Lo bueno de las casas es que tienen que joderse y aguantarse sin remisión, al menos tanto como tú, o pedir a su Dios por la ruina de sus todavía hipotecados propietarios con la esperanza de que venga otro nuevo y haga algo más con ella antes de darse a los poltergeist por pura desesperación. Pero tampoco creo en los dioses de las piedras.


Creo...¿en qué creo a estas alturas? ¿en qué creo a mis cuarenta y seis años? Hoy he pasado otras diez horas en el bar y casi no lo podía creer cuando llegó la novena. Me acordé de cuando era chico y pasaba por el arruinado bar de mi padre para echarle una mano. Sentado en la cocina leía novelas a la espera de una rara voz pidiendo una ración de algo. A mi padre le gustaba vocear. Fue un hombre que pudo vocear. Yo leía a Hesse y rebozaba calamares o ponía gambas en la plancha. Siddharta, el Lobo Estepario, decían unas cosas tan grandes, tan evocadoras para un chaval de dieciséis años, que todo lo demás parecía una pesadilla a punto de acabar. Los calamares, las gambas, la gente estúpida y el coñazo del instituto con sus prejuiciosos profesores, todo eso, toda aquella mierda estaba a punto de ser dejada atrás para siempre, podía sentirlo hasta en el batir de la sangre por mis anchas venas, tan ardientes como el sol que se levanta tras las montañas...


Hoy Hesse me parece un chiste. Ya me lo pareció hace veinte años, una vez que ya metido en la rueda intenté recuperar algo de todo aquello...


El bar es otro y mi padre ya no está. Aquella chica se fue llorando hace diez años de este mismo salón y no la he vuelto a ver. Mi madre vive en la casa familiar con el último de sus cinco hijos, que es el tercero. Toda la casa está llena de fotos de la familia. Hace poco murió su madre y se ha traído algunas que tenía en su casa. La semana pasada, durante los preparativos de la comida familiar de todos los lunes, se empeñó en mostrarme algunas mías de cuando era un bebé.


Y tuve que mirarlas.


Es mi madre.

sábado, 24 de agosto de 2019

LAZY

El chaval estaba contándome que había esperado más del concierto de Bon Jovi. Bueno, esa banda siempre ha sido una caca pero él parece un buen chico, aunque esto tampoco signifique mucho ya. La mañana en el bar había sido bastante buena y el comienzo de la tarde estaba yendo por el mismo camino, así que yo estaba lo que se puede decir de buen humor. No tanto por el dinero (que también) como por estar activo, en marcha, listo para lo que siguiera viniendo. Es la falta de acción lo que mata al espíritu que te mueve.

Siguió hablando por comparación. Uno de los WASP al que había ido sin muchas ganas luego resultó ser la leche. Ahí dije yo la típica frase de las expectativas que no por serlo deja de ser verdadera y estuvimos de acuerdo. "Pero en todo" añadí a modo de recalco para iniciados, cosa a la que asintió como quien no sabe muy bien lo que acaba de oír. Y así, entre copas para unos y otros, pasó la penúltima charla del día en el bar.

Las viejas amistades se subliman con el paso del tiempo. Incluso quienes alguna vez quisieron abrirte la cabeza ahora vienen a ti por su cerveza. No es que nos hagamos amigos, pero quizá esto sólo sea una cuestión de más tiempo. Ya son muchos los años y cualquiera puede caer en cualquier momento. Y la gente viene a mi bar y bebe y se va soltando; no del todo, claro: todavía no somos tan viejos como para no darnos de hostias de una puta vez. Pero vamos enterrando a nuestros padres y ya los siguientes somos nosotros. Y como qué..."Coño, qué más da. Después de todo te conozco de los buenos tiempos" Puede que en las postrimerías de todo esto nos encontremos haciendo cola para comernos una hostia de manos de un tío que jamás ha tenido ni media, dándonos la paz y tal, aunque por mi parte no creo que llegue a eso.

- El tiempo es el verdadero juez de todas las cosas -le había comentado poco antes al viejo rockero a la luz de Deep Purple. Casi cincuenta años después siguen sonando de maravilla-
- ¡Hostia lo que acaba de decir Kufisto, me cago en Dios! -se volvió hacia su mujer y su hijo, ya treintañero- ¿qué has dicho, qué has dicho que lo oigan estos?

Lo repetí.

- Wuahhh...¡sí señor, qué puta pasada! ¡Eso es! ¡El tiempo, el paso del tiempo es el que dice qué es bueno y qué no vale ni para limpiarte el culo! -dijo-
- Exacto -respondí sonriendo-
- Dios, es que eres muy listo, Kufisto, muy listo...Es verdad, joder

Y con esa frase mil veces dicha demostré sin querer mi inteligencia superior ante los otros.

Tan sólo hay que escucharles, dejarles hablar. Muy rara es la gente que llegado el momento no te cuenta hasta su última vergüenza tras haberse explayado en sus glorias, por supuesto: si tú no les pones freno capaces son de pedirte que los mates. Pensar, rumiar tus cosas es como un sueño que se escapa y se escapa y se vuelve a escapar. Llega un momento en el que quieres encadenarlas de alguna manera, ya sea hablando con otro, o escribiendo, o pintando, o haciendo el pino en mitad de la plaza del pueblo, pero alguien más tiene que saberlo: el paso del tiempo vuelve locos a los hombres.

Mi padre casi no me contó nada que no supiera de él durante el año y medio que se estuvo muriendo. Todas las tardes iba a verle, mirábamos una peli y de vez en cuando decíamos algo. Algunas hubo en las que lo hice bebido, no borracho, claro, no era plan, pero se me notaba aunque sólo fuera por mi raro palique. Lo bueno era que siempre estábamos solos: en cuanto yo llegaba mi madre se iba a hacer la compra. La cosa era no dejarlo solo. No porque fuera un bragas (¿qué hombre puede serlo cuando ha sido padre de cinco machos?) sino porque a él nunca le gustó estar solo.

- A veces me despierto, Kufisto, y creo que no tengo esto que tengo...Luego me doy cuenta y...Esto sólo lo sabe quien lo pasa, hijo mío.

Nunca le vi llorar. Muy al contrario, la última tarde que pasamos juntos antes de su última y definitiva entrada en el hospital quizá fuera la que más nos reímos; con la ayuda de Berlanga, claro, pero iba intercalando historias propias mientras veíamos todo aquello. Reímos hasta las lágrimas. Cuando mi madre llegó un par de horas después en compañía de mis tíos le dijo que fuera a mear para que ellos vieran lo que salía entre su orina. Se quedaron locos al vernos reír de aquella manera. Mi padre, obediente a su pesar, bebió toda el agua que pudo y un rato más tarde fue al water. Sangre.


Durante mi turno en el bar tengo tiempo de ver todas las fases del día, desde los cafés hasta las primeras copas pasando por las cervezas y los vinos. Todas las caras tienen su bebida y su tiempo. Pocas, muy pocas, son repetidas. Tan sólo al relance del día (señalado o no en el calendario), a la acción de no tener nada que hacer, se debe que haya extras para unir unos tiempos con otros. Y es precisamente ahí, en ese encadenamiento, cuando el pasado, tu presente y el futuro que ahora empiezas a vislumbrar se confunden en una amalgama de emociones tal que consiguen cosas tan maravillosas como no sólo soportarnos la existencia sino estar a gusto de seguir aquí, todos juntos, en una cierta armonía cuando por los altavoces, como un sol poniente de La Mancha, el camarero del bar piensa que ha llegado la hora para el "Lazy" de Deep Purple.



domingo, 18 de agosto de 2019

DESDE LA GRADA

A punto he estado de ir a la presentación del equipo de fútbol del pueblo. Esta mañana pasé por el campo y leí el cartel anunciador. La entrada era gratis y la hora no mala, las ocho de la tarde. Hará más de diez años que no voy. Uno de la directiva venía por el bar y por dos o tres temporadas sacamos el carnet de socio. No es que fuera todos los domingos pero tampoco era raro. Aquello estaba todavía más desangelado de lo que pensaba. La gente, "la afición", prefiere ver el fútbol de los grandes por la tele antes que presenciar in situ al equipo de su tierra. Recuerdo que de chico no era así. Tampoco muchas otras cosas. No es que cambien, más bien se diluyen hasta la insignificancia, como si lleno ya el vaso el agua se vertiera en un recipiente mucho más grande, tan grande que ni nos habíamos dado cuenta de que estábamos dentro de él.

Iba con mi novia y una amiga suya. Por no ver a nadie nos sentábamos en una pequeña grada que hay tras una de las porterías. Allá en la tribuna uno podía encontrarse con cualquier gilipollas del país y no había necesidad de tentar a la suerte. Son cuatro pero pareciera que también es suyo el equipo del pueblo. Van sólo donde hay gente ante la que figurar. Todavía quedan Fanuccis por los pueblos de España. Saben de todo y todo lo desprecian. Siempre van en camarilla y a la bola que les den los otros. Todo es mamoneo y chismorreo. El agua mala mañana puede ser buena y al revés. Todo es cuestión de saber donde y cuando hay que poner el cazo. La gente confunde el sólo interés y el cálculo con la magnanimidad. Es tan triste y descorazonador...Y son los amos del pueblo.

Recuerdo que allí, tras la portería, estaba la peña joven del equipo, nada del otro mundo. Eran poco más de diez o doce chiquillos con un bombo que aporreaban de vez en cuando, no fuera a ser que alguien les llamara la atención a voz en grito desde la tribuna. Tan sólo cuando la situación lo requería golpeaban el instrumento con todas sus fuerzas, así como palmeaban la pequeña valla que rodea el campo de juego. Era curioso porque el más activo de todos ellos era una chica, una muchacha de doce o trece años que se tomaba muy en serio su función. Yo creo que era la única persona que sufría por todo aquello. Podías verle la cara de preocupación en los momentos malos y el arrebato en los buenos. Gritaba hasta desgañitarse, ya fuera insultando a los de fuera o animando a los nuestros, de los que conocía todos los nombres. Había uno, un colgaete, que le dio por dejarse media barba, es decir, media cara barbada y la otra media afeitada. Y esto unido a la melena y a lo brutote que parecía y era hacía que la muchachada lo hubiese adoptado como ídolo. Apenas sabía darle una patada a un bote pero repartía estopa sin contemplaciones, muy en su papel, cosa que enardecía a las masas como no podía ser de otra manera. Pero al ser tan bestia apenas salía de titular por el peligro de quedarte con uno menos a las primeras de cambio, aunque casi siempre entraba sustituyendo a alguien a petición de la afición.

El partido solía acabar mal y el público se marchaba con esa especie de resignación que traen las últimas horas del domingo. A paso lento y sin muchas ganas la gente se iba a seguir con su vida a otra parte. Era como si a pesar de todo no tuvieran deseos de irse de allí. Quizá lo que les esperaba fuera era todavía peor. Allí, en el campo de fútbol, más o menos podían hacer y decir lo que les saliera de los cojones. Fuera la cosa cambiaba. Ser libre por un rato aún en el aburrimiento es mejor que estar encadenado a las obligaciones contraídas.

Salíamos de los últimos, sin prisas. Algunos todavía se entretenían a las puertas del campo comentando a voces esto y aquello. La mayoría subía a sus coches y se incorporaban a la circulación como si no fuera con ellos. Era el último acto de rebeldía antes de volver a ponerse la careta. La autoafirmación en el acelerador con punto muerto y la negativa a accionar los intermitentes.

Del campo nos íbamos a tomar algo o tal vez a mi casa o a la suya si no estaban sus padres. Ya no me acuerdo bien. Todo se difumina hasta casi el olvido. Quizá sea lo mejor.


Al final no he ido. Hoy he andado demasiado. Tenía que sacar fuera todo lo que anoche metí dentro.


Estoy tan cansado...

LIBRE

La noche es larga y caliente. Aquí no duerme ni la gata y no queda casi cerveza. Sigo solo e insomne y si imagino salir para no estarlo enseguida se me va de la cabeza. Haría falta un poco de whisky para eso. Si no, no salgo. Y no tengo. Ese sí que lo tiré.

Tengo una gata que está loca por irse de aquí. Ando con mil ojos con las persianas y las puertas. Cuando la encontré, cuando me encontró, fue como una mutua iluminación: ella no hacía más que entrar al bar y yo la echaba una y otra vez. Le puse de comer ahí afuera, en la acera...un poco de leche y eso. Era una blanquísima gatilla de asustados ojos azules que no le hacía ni caso a la leche por el miedo que tenía. Sólo quería pasar adentro, al bar, conmigo, escapar de todo lo que le había llevado hasta allí.

Una y otra vez, hasta seis (las conté), entró al puto bar. A la séptima, viendo como se escondía tras la tragaperras quizá pensando que allí no podría echarle mano, me dije que si aguantaba la llevaría a casa. Y aguantó. La agarré al salir y me la llevé a casa.

Luego se fue por una ventana en un descuido que al principio me pareció magia y al cabo de tres semanas, cuando ya la había dado por muerta, en puertas de la primera gran helada de aquel otoño, la recuperé gracias al buen corazón de una mujer que nunca me había sido simpática. Era de esas que tú siempre pensaste era una bruja y luego resultó ser un hada madrina. A veces, durante esas noches perdidas, me acostaba en la cama y pensaba en lo que daría porque andara jodiéndome por ahí con sus pequeños miaus. Algunas hubo en las que me rallé de más. Algunas hubo en las que me cagué en Dios al comprobar que la magia sólo se debía a un puto descuido. Pero durante unos días casi me volví loco hasta dar por donde se había ido. Os juro que llegue a pensar que había un portal interdimensional en mi puto piso. No podía explicármelo.

Cuando volvió condené su vía de escape tras escapárseme por segunda vez. Era la ventanita del salón que daba acceso al tejado, Había sido por ahí las dos escapadas. Esa vez volvió por la ventana de mi habitación, la agarré y la metí para adentro jurando que jamás en la vida se me iba a volver a escapar.

La noche cae y cae y esto es un horno de persianas bajadas. Dudo hasta de los saltos de tres metros para arriba. Ella podría hacerlo.

Ya no la dejo dormir conmigo. Es abrir la puerta de mi habitación y salir disparada hacia la ventana que da acceso al tejado. Está ahí, esperando que abra, para encontrar su única vía de escape en estos días de verano. Yo le meto el pie y se echa para atrás gruñendo mientras cierro la puerta. Lo pasó muy mal en aquellas tres semanas pero lo olvidó pronto. La libertad es una cosa brutal. No hay cosa mejor que ser libre.


Libre. Dueño de tus puertas y tus ventanas. Libre.


Y esas pocas horas libres valen por una vida de esclavitud.