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sábado, 1 de octubre de 2022

A MARTÍN

 - Hola, pequeño.

La criatura, chupando un bibe, me miraba desde el regazo de su madre. Con cuidado alargué la mano para tocarlo. No me atreví con la carita y pasé las yemas de dos dedos por unos tobillos del tamaño de media lenteja. El chico no me quitaba ojo.

- ¿No ve todavía, verdad? -pregunté a la madre.
- No, pero sí oye -respondió sonriendo.
- ¿Desde que nacen?
- Sí. Reconocen las voces. Incluso cuando están dentro del vientre.
- ¿Qué tiempo tiene? ¿Mes y medio?
- ¡Un mes! -dijo ella sonriendo más- ¡Jo, Kufisto, ya no te acuerdas!
- He fallado por poco. ¡Y he estado de vacaciones! ¡Hola, pequeño! Soy Kufisto, el camarero de tu madre. He visto nacer a tus dos hermanitos y ahora te veo a ti. Bueno, nacer no, eso tu padre, pero vamos que enseguida se pasaron por aquí, por el bar...¡Qué guapo eres!

Nos reímos. El chico seguía mirándome aún sin tocarle.

- ¿Como se llama?
- Martín.
- Martín...Bonito nombre. ¡Hola, Martín! Cuando tu seas un chaval yo ya seré un viejo; ¡aunque espero llegar a tiempo de ponerte tu primer cubalibre!

Y su madre y yo nos reímos con ganas.


Hay días...Hay días a los que uno despierta de la noche como un preso. Días nocturnos al primer parpadeo. El ayer subyuga al hoy cobrándose la deuda dejada a cambio por el antes de ayer. En el ayer del día de antes uno sólo está para superar la borrachera a cualquier precio; ese es tu día, poderla. El malo es el siguiente: te vaciaste tanto para sacar de tu cuerpo todo lo malo que también con él expulsaste lo bueno que aún queda en ti. Como en una de esas sesiones de quimio que reciben los enfermos de cáncer; bueno y malo, todo se va de ti. Y ese, Martín, este, es el día vacío, el peor. El día que hay que dejar pasar desde el momento en el que abres los ojos para recuperar la consciencia y la memoria. Porque tú no tienes memoria, pequeño, pero la tendrás; y la memoria (más si va siendo mala) es un mago malo, amigo, un mago negro que se alimenta de tus debilidades hasta hacerte creer que no has hecho nada bueno desde que naciste del vientre de tu madre.


Fue una mañana como tantas otras; una mañana como tantas otras mañanas de sábado. Sólo hubo un cliente extraño; el resto estuvo dentro de todos los sábados que consigo recordar; con alguna ausencia, sí, pero...hemos estado de vacaciones y la gente, los clientes, también se descolocan. Volverán, ya verás. 

A veces, Martín, pasa que todo fluye. Es raro, pero pasa. Como ese tren que toma una amplia curva sobre los raíles sin tú darte cuenta. Es una curva larga (ahí estarán los matemáticos para explicártela) en la que estás dentro y sin embargo no la sientes. El mundo, la Tierra donde has nacido, gira sobre si mismo persiguiendo al sol a una velocidad de espanto. Si lo piensas un poco es una locura. Pero así es, chaval.

Así pasó el mediodía en el bar, como una gran curva que parecía una recta. Una curva amable, una curva abierta.


Y entonces llegaste tú con tu madre, tu padre y unos amigos.


Eran las cuatro de la tarde cuando salí a fumar a la puerta del bar. Tú ya llevabas un buen rato ahí dentro, en los brazos de tu madre o en los de la amiga todavía yerma o en tu carrito de bebé. Poco antes había visto salir del bar a tu madre tras dejarte en los brazos de tu padre que pronto te colocó en tu camita a ruedas.

Vi llegar el coche conducido por tu madre y me fijé en la matrícula. "Veintisiete" Siempre sumo los números de las matrículas, desde que era un chaval que empezaba a dar paseos escuchando a Pink Floyd. Veinte es el mínimo, aunque diecinueve lo dejo pasar.

- Veintisiete -le dije.
- ¿Qué? -respondió tu madre.
- La suma de los números de tu matrícula...Yo tenía veintisiete años en el dos mil...¿Qué llevas ahí?
- El bibe...¡Esta es la ventaja de tener unas tetas pequeñas!


Hola, pequeño.


Me  alegro mucho de verte por aquí.


No recordarás cuanto.





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