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domingo, 30 de enero de 2022

TAMBIÉN YO SÉ SONREÍR

 Los ajos. Ayer fueron las naranjas y hoy han sido los ajos. Y eso que anoche me acordé de ellos mientras veía en Youtube otro playgame, uno un tanto aburrido: "Los ajos, Kufisto. Levántate y echa una cabeza en la bolsa de trabajo que mañana se te va a olvidar" 

Juraría que pasaron por mi cabeza cuando desperté todavía de madrugada. Duermo bien pero poco. La última mujer con la que me acosté hará como dos meses me dijo que mi sueño parecía el de un muerto: ni me rebullía, ni roncaba, ni siquiera se oía el ruido de la respiración. 

Eran las cinco y "Custard Pie" suena a las siete y media los fines de semana, aunque casi siempre lo hace en la cocina del bar. Dos horas en tal estado bajo el mando del impaciente cerebro dan hasta para acordarse de la cabeza de ajos, creo, pero no es plan. Puse en el móvil un audiolibro de Lovecraft cuando vi que la cosa iba yéndose de madre y entré en una especie de duermevela del que, hastiado, salí a las seis y media, hora en la que "Bron Yr Aur" llega para sacarme del sueño los días de diario mientras en el mejor de los casos ya estoy afeitándome.

- Los ajos -me dije al sofreír los pimientos para el arroz del mediodía- Los putos ajos, Kufisto. Me cago en la puta.

Pero había que esperar al momento adecuado. Apenas eran las ocho y aún no había venido ni la churrera, esa que no me mira a los ojos y sin embargo me recuerda a mi abuela. No era plan de dejarla colgada. Y también estaba el panadero, siempre atacado. Y luego el de los periódicos, aunque hoy como ayer lo sustituía la hermana porque se ha ido a Zaragoza a un torneo de billar.

Fueron viniendo en tiempo, al menos los dos primeros. La chica se retrasaba un poco y justo fue llegar y ya estar yo cogiendo el abrigo para salir hacia casa cuando vi a una mujer que entraba. La primera clienta del día y encima la propietaria del local. No podía excusarme. Siempre estamos al debe.

- ¿Qué tal, Kufisto?
- Bien, Carmen...¿y tú?
- Con mi padre en el hospital...
- Ah...sí. El otro día no te dije nada porque estabas con una amiga, pero lo imaginé.
- Sí. Tiene un poco de neumonía pero no parece que sea demasiado grave. Los médicos dicen si todo va bien que nos iremos esta semana.
- Joder, pues menuda paliza te estarás metiendo. Venir desde el pueblo y todo eso...
- No tanto, nos vamos turnando.
- Bueno, ¿café?
- Y una tostada. 
- ¿Tomate, mantequilla, jamón, atún...?
- Mantequilla
- ¿Mermelada de fresa o melocotón?
- La que quieras.

Buen rollo. Pero dos meses de retraso. 

Preparé la tostada y la llevé a la mesa. En el intervalo, a falta de ajos, me puse con las pulgas.

- ¿Kufisto?
- ¿Sí?
- ¿Puedes darme otra pastilla de mantequilla? Tus tostadas son muy grandes.
- Claro.

"Está claro -me decía conforme iba colocando rodajas de salchichón y chorizo sobre una fina capa de tomate untada en el pan- Está claro"

- ¿Kufisto?
- ¿Sí? 
- Cóbrame

No le cobré el extra de mantequilla. La invitación está descartada por deseo de ella. 

Viuda desde hace algunos años y madre de al menos una hija ya casada con la que ha venido al bar alguna vez, es mujer que maneja las propiedades de su difunto marido como mejor puede. Para ella, está claro, no es fácil, aunque pienso que es más por la presión de sus hijos. Pero con nosotros se porta bien y nos conocemos desde hace mucho tiempo. Siempre estamos al retrotero (deudores) pero siempre cumplimos. 

- Espero que tu padre se mejore, Carmen.
- Sí. Ya te digo que parece no es grave. Es muy mayor...Tiene cien años.
- ¿Cien años?
- Noventa y nueve. Los cumple este que estamos.
- ¡Cien años! ¡La madre que me parió!
- Jajaja...

Hablamos un poco más. Le pregunté acerca de la vida que había llevado su padre y se explayó un tanto. Quizá mi hermano había saldado la deuda.

- Bueno, Kufisto, me voy...Y los dos meses esos que te dije el otro día por wasap...
- Sí, claro, no te preocupes. Mañana como con mi hermano y se lo recuerdo.
- Bueno, no lo dejéis. Yo voy a manteneros el alquiler aunque nos ayudan subido el IRPF, pero vamos a hacer porque todo vaya bien.
- Claro, claro, no te preocupes.

Se fue. Ojalá dure tantos años como su padre.

Agarré el abrigo, la bufanda y el gorro y ya estaba en la calle cuando antes de cerrar la puerta eché un vistazo a la esquina y vi que la ancianita y su hijo, vecinos nuestros, venían de camino al bar. Joder.

- Me iba -dije de viva voz.
- ¿Otra vez? -dijo él- Bueno, pues esperamos.

Ayer les pasó lo mismo con las putas naranjas, sólo que no los vi al salir. ¿Pero como vas a dejar a esa dulce nonagenaria tirada en medio de la calle a las nueve de la mañana de un domingo de enero? ¡A la mierda los ajos!

- No, no, no...De todas formas no tardo nada...¿Oye, tienes una cabeza de ajos en casa? -le voceé en un instante de lucidez al hijo que apenas había avanzado al paso del tacatá de su madre.
- ¿Una cabeza de ajos?
- Sí, una cabeza de ajos.
- Sí, creo que sí.
- Bueno, pues...Si quieres yo me quedo con tu madre y me la bajas...
- Claro, claro.

Es un tío cojonudo, un médico a quien no me cabe la menor duda le debemos que nuestro padre viviese los últimos veinte años que vivió. Me acerqué a la anciana y él se fue a por la cabeza de ajos.

- Hola, Carmen.
- Hola, Kufistín.

Y soltó la manita derecha del tacatá hasta acercarla a mi mejilla.

- ¡Qué frío hace! -dije.
- No. Es que te quiero.

Poco a poco, pasito a pasito, alcanzamos la plataforma de la puerta de entrada al bar que con mucho cuidado y a petición suya la ayudé a subir.

Siempre lo hago. Lo de las caras, digo. Ella se toma el desayuno y su hijo se va a hacer recados. Durante la semana tiene a la cuidadora y habla con ella, pero el finde lo pasa sola. A veces, en mis salidas de la cocina a la barra con las bandejas de pulgas, la veo con la cabeza ladeada, como dormida; pero es salir para atender a algún cliente, dejarle el servicio y al darme la vuelta veo que está sonriéndome. Entonces le hago una mueca bajo la mascarilla y sonríe todavía más.

Gonzalo llegó a eso de las dos y media. Enseguida vi que no estaba del todo bien. Pidió un café que le serví descafeinado, pagó con un billete de diez euros y murmurando tal y como había entrado se fue a la tragaperras. 

Había poca gente en el salón. Afuera, en la terraza, apurando los últimos rayos del sol en nuestra acera, en la mesa alta que da a la puerta, seguía aquel grupete del mediodía, tres tíos y una tía rubia cachonda más una niña que se había pasado todas las horas mirando un teléfono. Uno de ellos estaba apoyado en mi sucio coche. No me importó. 

Gonzalo empezó a tirar de tarjeta, de diez euros en diez euros, el límite que le tienen estipulado. Se lo dije una vez hace tiempo, puede que dos o tres. Ya no le digo nada. Y cada visita a la barra era más desquiciada. Su padre tenía la culpa. Su padre y su falta de confianza en él. Su padre era el culpable de lo que estaba haciendo. Su padre era el culpable de todo. Su padre.

- Ojalá no hubiese nacido -le oí decirse a sí mismo al tiempo que le entregaba otras diez monedas que recogió como si yo no existiera.

Ya iba por los setenta pavos cuando le vi juntar las manos a modo de oración. 

- ¡Kufisto! -dijo poco después- ¿Como se cobra esto?

Salí y miré la máquina.

- No lo sé, Gonzalo.

Finalmente encontró la forma, me cambió cincuenta euros y se fue más tranquilo.

A la conversación del grupete de afuera, ya de cubalibres, se le había añadido una pareja de conocidos por la cercanía de las mesas altas.

- Adiós, Kufisto -dijo mi colega al verme salir abrigado con la bolsa de trabajo.
- Adiós.
- Te he dejado este lado del coche niquelao -dijo el otro sonriendo.


También yo sé sonreír.

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