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domingo, 2 de enero de 2022

ESCRIBIR PARA COMPRENDER

 Aún hoy recuerdo el nombre del juego. El año no lo tengo tan vivo en la memoria pero no sería más allá de 1985. La yaya había ido de excursión a Andorra con su comunidad religiosa (creo que "Comunión y Liberación") y nos trajo un Spectrum. Por entonces las viudas todavía jóvenes se metían a esas cosas. Y es que a ella nunca le gustó que la llamásemos abuela; era la yaya. La otra, la paterna, la que nos aguantaba con gusto todas las tardes no tenía ningún problema con la palabra. También es verdad que era algo mayor y conservaba al marido, iba a misa todos los días y rezaba el rosario pero no estaba metida en ningún grupo de beatas con sed de Dios. Esta era una mujer de muy buen humor y aquella era arisca. Para la yaya nosotros éramos un fastidio y de hecho sólo íbamos por su casa muy de vez en cuando. Creo que no echó mucho de menos al abuelo, tan diferente a ella. Pienso que hoy en día habría cambiado la repentina pasión religiosa por otras cosas. Apenas contaba cincuenta años y a decir de los hombres todavía tenía un meneo, aunque claro está que esto lo supe después. Pero a comienzos de los ochenta en un pueblo de La Mancha no había más para estas mujeres que la Iglesia.

Aquello fue un acontecimiento para nosotros. Supongo que para ella sería una especie de lavatorio de conciencia. De todas formas no nos duró mucho. Tuve que cargármelo yo porque de haber sido mi hermano le hubiese abierto la cabeza y no recuerdo tal cosa. El ordenador tenía una ranura donde se cargaban los juegos y había que andarse con ojo, pues tal era la advertencia de manipulación. Muchas veces se quedaba colgado y entonces había que reiniciarlo o algo así y volver a colocar el cartucho. Hasta que una tarde, supongo, desesperado por la lentitud de todo corrí el riesgo, me salté las reglas y perdí y me lo cargué. Mis gritos, maldiciones y lamentaciones tuvieron que ser de banda noruega de death metal. 

Anoche acabé de ver la serie de vídeos con el gameplay de "Call of Cthulhu" El tío que la jugaba y comentaba tenía mi edad. Me recordó a un amigo de juventud. Todo me recuerda a algo.

Había sido un mal día de Año Nuevo. No me quité el malestar del cuerpo en todo el día, y eso que caminé cuatro horas por ahí bajo un sol magnífico. Por ello no presté demasiada atención a la última parte del juego, tan magnífico de ver. Un detective (como aquel que siendo niño maté para siempre) iba de acá para allá haciendo preguntas y buscando objetos misteriosos; también había algo de acción, alguna chica sexy y otra inquietante, como en "La novena puerta" de Polanski. Los gráficos que a mi parecer eran maravillosos no pasaban del aprobado justito para el experto comentador. Había monstruos horripilantes que te mataban una y otra vez hasta que tú encontrabas la vía correcta para matarlos una y cambiar de escenario. Era divertido de ver como se desesperaba el jugador. Uno hubo (ahora que lo pienso sólo había uno que salía un par de veces) que lo trajo por el camino de la amargura durante tres cuartos de hora. El pobre hombre ya no sabía qué hacer. Consultaba por el chat a quienes le siguieron en directo hace tres años, cuatro gatos mal contaos. Y gracias a uno de ellos pudo acabar con ese "cabrón" Había dos finales y escogió el "malo" no sin expresarnos su desinterés por el otro: "había venido a jugar y ya" dijo rememorando la frase del Un, Dos, Tres. Era un cachondo. Al acabar hizo un breve comentario alabando el juego que tantas veces le había vencido. Cerré la página, abrí una porno, me masturbé, apagué todo, me lavé los dientes y tras aplicar un poco de pomada en la cabeza contra la dermititis me puse el gorro de ducha y entré en la cama donde no tardé en dormir acompañado del audiolibro "El que susurra en la oscuridad"

Dormí del tirón y sólo tras salir de la ducha noté que algo no iba bien en el cuello. Una mala posición. El puto gorro. El descanso no había servido de nada y tuve que tomar un ibuprofeno que apenas sentí. A eso de las doce, cuatro horas más tarde, saltándome las recomendaciones, tomé otro que al rato me alivió un tanto. Esperaré a las ocho para el tercero.


Hubo un instante curioso hoy en el bar. Eran las tres de la tarde y la clientela de lo más variopinta: un par de sudamericanos en la barra, aparte de los dos amigos a quienes estaba oyendo contarse sus viejas películas y en el salón un par de maestras en compañía de un gay; un padre pijo tomando café con su hijo pijo; un niñato demasiado grande ya para seguir siéndolo, esta vez sin la compañía de su estúpida novia y el pobre de iglesia que desde hace meses viene a nuestro bar.

Mis amigos se fueron sin haberme dejado hablar; en cuanto trataba de decir algo, aunque fuese una apostilla de cortesía, seguían a su ritmo, como si no oyeran. Pronto dejé de intentarlo. Entonces oí el rumor de la conversación de los panchitos, mucho "usted" hablando de charlas mantenidas con otros, "porque usted, le dije..." Unas voces melodiosas, muy alejadas de la sequedad usada por aquí que más parecen rocas que palabras lo que sale de nuestras bocas. El pobre de iglesia se acercó a la barra por otro chupito de JB. Poco antes había saldado la pequeña deuda que suele tener con nosotros, nunca más de diez o quince euros. "Cobro tal día -dice- y vengo y te pago" Y así lo hace. Cumple su palabra y le damos carrete. No molesta a nadie, va a su aire. Llega, coge el bote desinfectante que hay junto a la puerta y con cierta notoriedad se embadurna manos y antebrazos con él. 

- ¿Chupito?" le pregunto
 - Ja -responde y le sirvo el primero que se bebe de un trago- Y una caña

Le añado una pulga de chorizo o de atún, coge el As y va a sentarse en la mesa rinconera para leerlo. Luego una pasada por el water (que siempre deja impoluto), otro chupito de trago, recoge su mesa, deja el periódico en el revistero y adiós. Agarra la bicicletilla y se va.

Hemos hablado un par de veces; más bien le he escuchado, pues este también va a su ritmo. No puedo decir su edad; lo mismo tendrá cuarenta años que sesenta; el rostro oscuro, todo lleno de arrugas y apenas tres o cuatro dientes en una boca grande, el pelo ensortijado, negro, fuerte; hay quien le encontraría aspecto de bosquimano pero él me contó que es "eslavo", con esa uve tan característica de aquellas gentes. Por el acento yo pensaba que era brasileño o portugués, quien lo sabe. Estuvo en Herrera de La Mancha, bebe demasiado, tiene una hija y cree en Dios con todo su corazón. Duerme en una cochera de alguien de la Cruz Roja. Pide en las iglesias y ayuda al sacerdote en las tareas que le encomiendan. Se le ve bravo, conserva una cierta dignidad personal. Sabe donde está pero "nadie es más que nadie, ¡sólo Deus!" No es un pordiosero, mantiene un buen aseo personal, algo que es un buen síntoma.


Hay un bar. Tú estás dentro y la gente entra y sale. Algunos interaccionan contigo y otros sólo hacen bulto. Te cuentan cosas y después se van. Unos vuelven y otros no. Tu objetivo es...


¿Escribirlo para llegar a comprenderlo?

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