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lunes, 10 de enero de 2022

DOCTOR JEKYLL EN CASA Y MÍSTER HYDE EN LA TELE

 El hombre que daba la charla tenía aspecto de maestro. Lo hacía desde un despacho, no sé si del trabajo o de casa, aunque yo apostaría por la última. Era ingeniero y supongo que de vías y caminos por el contenido del vídeo, la canalización del agua en el mundo antiguo, algo vital en la creación de las ciudades, tal y como se preocupó de repetir en varias ocasiones denotando un cierto orgullo por aquello que había animado su vida. Diferentes fotografías iban sucediéndose en la pantalla partida mientras explicaba lo que veíamos con la ayuda de un puntero. Todo eran ruinas y algunas que otras recreaciones virtuales en las más significativas, mucho más bonitas. Con un tono alejado de toda teatralidad, como de quien no necesita dar cuentas a nadie, recitaba no sin cierto poso de entusiasmo algo tan conocido para él. De hecho las fotografías eran suyas, tomadas durante los viajes efectuados a tales lugares ya fuera por placer o por trabajo. Me gustó y miré por más en una serie de Televisión Española. Pero eso ya era otra cosa.

De entrada el tipo que la presentaba parecía haber sido picado por la tarántula. Le habían quitado las gafas y vestido de manera informal pero con pulcritud. A sus pies, sobre una omnipresente infografía de Europa que por epatante acababa por resultar molesta, aparecían y desaparecían mojones virtuales señalando diferentes puntos de interés de las vías del Imperio Romano. Con una voz que a todas luces había sido doblada con el consiguiente efecto irritante iba y venía de acá para allá cual estúpido presentador del tiempo esperando a Filomena. Era el mismo de antes pero era otro. Antes estaba en casa y ahora en un plato de Radiotelevisión Española, con las cámaras delante y los técnicos tras ellas. Y como por arte mágico había dejado de ser maestro para transformarse en actor. Y parecía encantado de la vida.

Entre saltitos y sonrisitas, como quien quiere gustar a un niño pequeño, viajábamos hacia los lugares físicos que un instante antes él había pisado de forma virtual como en éxtasis. Ya en ellos de verdad, y entre ruina y ruina, veíamos recreaciones animadas de la vida en aquellos tiempos. Unos actores horrorosos (aunque gracias a Dios mudos) hacían breves representaciones de lo que se estaba contando. El efecto era terrorífico y entre la voz impostada, emperadores semejantes a trabajadores de Telepizza e ingenieros romanos que parecían recién salidos del bar tras ver el partido aquello iba tomando un cariz difícil de aguantar. Tanto que estuve a punto de quitarlo pero no lo hice de puro cansancio. Los domingos son agotadores con toda la semana detrás y ya llevamos unos cuantos demasiado seguidos. Si el Día del Señor será un perpetuo domingo que no cuenten conmigo.

Aquel desconocido (pues casi no podía creer que se tratara de la misma persona) había sido poseído por el espíritu de Indiana Jones: no bastaban las explicaciones, teníamos que verle a él, a él, saltando de un lado a otro, arrastrándose en un túnel, encaramado en todo lo alto de un acueducto mientras un helicóptero se encargaba de filmarlo, de pie junto a un pozo de grotescas dimensiones ("cabe un camión" dijo de igual manera que quienes miden en longitudes de campos de fútbol)...Y mediado el segundo capítulo hice un esfuerzo y lo quité.

¿Es necesario todo eso para interesar al público? ¿No es mejor lo otro, hablar con tu voz desde la calma del hogar, alejado de las bambalinas y las salas de maquillaje, con la honestidad propia de quien lo hace a su manera? ¿Ceder hasta el extremo de que aceptes un cambio de cara y de voz? ¿Hace falta tanta gente alrededor para recrear algo que con sólo tu conocimiento, algunas fotos y ciertas nociones básicas de Paint puedes conseguir sin necesidad de nadie más? ¿Tanto pueden las ansias de notoriedad hasta en un viejo profesor?


El misterio y la maravilla se desvanecen cuando otros se juntan para representarlos al detalle. Es entonces llega la sospecha y el regreso a la cueva.

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